Cetreros I - Víctor Emilio Cortés Moreno - E-Book

Cetreros I E-Book

Víctor Emilio Cortés Moreno

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Beschreibung

¿Qué piensa la Tierra de su especie dominante? En un futuro cercano, nuestro planeta despertará y decidirá qué hacer con la humanidad. ¿Seguirá manteniéndola en su seno o simplemente se deshará de ella para proteger la biodiversidad? Los mejores científicos del mundo y un grupo de místicos sospechan que el desenlace puede ser trágico y descubren cómo comunicarse con el planeta para pedirle una nueva oportunidad. Para ello, conjugan el avance tecnológico más sofisticado con los jóvenes más aptos para relacionarse con la energía del geotraxis. La preparación para este evento coincide con la amenaza de invasión extraterrestre de los crueles birseks. Cetreros es una aventura llena de imaginación, sensibilidad ambiental e ingenio que nos lleva a la reflexión sobre el papel de los seres humanos en nuestro propio mundo.

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Seitenzahl: 721

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cetreros I

Profecía

Víctor Emilio Cortés Moreno

© Víctor Emilio Cortés Moreno

© Cetreros I · Profecía

Noviembre 2021

ISBN papel: 978-84-685-6360-2

ISBN ePub: 978-84-685-6361-9

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Dedico este libro a aquellos que desde curar mis alas hasta empujarme al viento y volar conmigo en la tormenta, me han hecho elevarme tan alto como he podido.

A Akraron. Gracias, Señor, por una segunda oportunidad.

A los Joes, seis en la tierra, uno en el cielo. Seguimos siendo siete.

Nunca olviden

Índice

Prefacio

Capítulo 0. Nacida en el corazón de la oscuridad

Capítulo 1. Evolución

Capítulo 2. Convocatoria

Capítulo 3. Y Dios se llama Akraron

Capítulo 4. Hermanos

Capítulo 5. Cetreros

Capítulo 6. Kanitkirashi

Capítulo 7. Legado

Capítulo 8. Memorias

Capítulo 9. El juicio del fuego

Capítulo 10. Sabre

Capítulo 11. Carne y metal

Capítulo 12. Krantters Orión

Capítulo 13. Los quanan yumek

Capítulo 14. Los límites del cielo

Capítulo 15. Dos almas en un crisol

Prefacio

En algún lugar de Europa, septiembre de 2021

Jonathan Savage estaba escribiendo en su diario.

Lo hacía iluminado por la clara luz del sol que entraba por el cristal levemente entintado de la ventana blindada y caía sobre el escritorio al cual estaba sentado escuchando los relajantes sonidos del exterior que llegaban a él.

Sonrió torcidamente al pensar en lo bucólica e idiota que resultaba la escena, dado que en el resto del mundo el clima seguía volviéndose cada vez más caótico, duro y despiadado. Bueno, el ser humano fue el que comenzó a ser despiadado con el planeta.

«Todo se revierte», concluyó una vez más.

Pero sinceramente agradecía que la actividad lo mantuviera ocupado. Al menos hasta que se le cansaba la mano. Ya hacía mucho que había dejado de refunfuñar por el hecho de que no le hubiesen proporcionado una holocomputadora aduciendo que el escribir al viejo estilo era terapéutico.

—Y un carajo —susurró por enésima vez al recordar el hecho.

El escritorio y el cómodo sillón que ocupaba, al igual que el resto del mobiliario de la amplia y confortable habitación en que había vivido las últimas semanas, eran sencillos y elegantes. Seguían el estilo que él mismo había impuesto en la organización que había dirigido hasta hacía unos pocos meses. Ahora la idea era que su entorno inmediato, al igual que el sereno y verde panorama que contemplaba a través de la ventana —frondosos árboles, un hermoso y cuidado césped y un par de macizos de flores que eran toda una explosión de colores—, contribuyesen a su recuperación.

En realidad, a Jonathan Savage todo eso le importaba un rábano.

Al ver lo que seguía azotando a una desconcertada y temerosa humanidad, a Savage a veces le parecía que el estar inmerso en su propia tragedia personal parecía egoísta. Pero ese sentimiento duraba poco: era un ser humano que había perdido a su único hijo, un fantástico jovencito de apenas trece años de edad.

Y entonces Jonathan Savage, el joven científico, se había quedado completamente solo.

Guerras, pandemias, crisis ecológicas y económicas, fenómenos naturales nunca antes vistos, enfrentamientos raciales y surgimientos y caídas de líderes casi locos habían desfilado por el planeta mientras él, como director de una poderosa organización idealista, pretendía cambiar las cosas. Un líder que ahora, con el corazón destrozado y la otrora poderosa mente entumecida, pasaba los días en una niebla de dolor, remordimiento y deseos de que el sufrimiento terminara para él de una buena y maldita vez. Pero sus supuestos amigos se lo habían impedido.

Había vivido muy rápido, pero aún tenía mucho que hacer. Era una explicación que le repetían hasta el cansancio.

—A toda velocidad, compadre. —Samuel solía burlarse de él.

Savage se había casado y se había convertido en padre a los dieciocho años, y pese a las negativas predicciones de algunos de sus familiares y amigos, había concluido una carrera y varios posgrados, además de crearse rápidamente un sólido prestigio en la comunidad científica.

Por supuesto, todo lo había conseguido gracias al firme y constante apoyo de Loren, su siempre optimista esposa, que además de trabajar y cuidar al hijo de ambos, lo respaldaba incondicionalmente en todos sus proyectos.

Gracias a ella se había convertido en un reconocido investigador y jefe de proyectos científicos civiles y gubernamentales antes de cumplir treinta años. Al mismo tiempo, ambos habían educado a Steve, una joven e inteligente promesa que se había unido a su equipo de guerreros, como solía llamar Loren a la familia Savage.

Juntos lo habían vencido todo.

Y cuando la vida parecía de un inmejorable color rosa, apareció primero un grupo de científicos y luego un loco tipo místico que les dio a conocer un nuevo mundo. Un mundo al que él, el prodigio científico, había entrado encantado. Un jodido mundo que finalmente le había quitado todo lo que amaba. Un mundo que lo había orillado a intentar matarse.

El mundo que ahora lo obligaba a seguir con vida.

Suspiró profundamente mientras seguía viendo distraídamente por la ventana.

Tenía una vaga idea de dónde estaba. La posición del sol, el tipo de vegetación y el clima eran buenas pistas. Desde su llegada a ese lugar, poco a poco su mente, demasiado acostumbrada al trabajo constante como para desconectarse del todo, había estado analizando el asunto.

Al menos hasta que el «asunto» perdió interés para él.

Siguiendo el consejo de uno de sus amigables «carceleros», que era como los denominaba a ratos, escribía cuando menos un par de horas diarias. Además de ser una excelente forma de terapia (tenía que admitirlo), le ayudaba mucho a hacer que las horas de su encierro fuesen menos interminables, ya que ver noticieros y programas insulsos estaba descartado.

Aunque le habían dicho que podía salir a pasear, el científico sabía, por supuesto, que sería vigilado con la misma atención que en sus habitaciones. De cualquier manera, ya sus mejores amigos (en el fondo sabía que eso eran realmente), que siempre parecían estar ahí cuando era necesario, le habían dicho con amable firmeza que tenía que volver a trabajar. Y pronto. Que mucho, si no es que todo, seguía dependiendo de él. Y que no había otro candidato para el puesto de jefe.

Que debía de ser él: Jonathan Savage.

—Menuda cosa —susurró suavemente mientras se recargaba en el cómodo sillón contemplando con un poco más de atención el bello paisaje.

A pesar de haber publicado diversos libros e incontables artículos en su relativamente corta vida académica, en esos momentos no consideraba que su labor literaria fuese muy relevante. Honestamente pensaba que en esos momentos el registrar sus pensamientos más profundos tenía solamente fines terapéuticos. No buscaba dejar un legado para la posteridad.

«Si es que hay alguna posteridad», pensó meneando la cabeza con suavidad mientras se quitaba distraídamente los lentes.

Usarlos era más un sello de su personalidad que una necesidad, ya que era una operación muy sencilla la que requería para corregir su leve defecto visual, pero nunca la había considerado.

—Te hace ver mayor, Johnny. —Loren solía regañarlo cariñosamente. Era la única que tenía permitido llamarlo así.

—Esa es la idea, pequeña —contestaba él guiñándole un ojo.

Los extrañaba demasiado. Y era consciente de que ni siquiera en sus peores momentos se consideraba capaz de relatar cómo había sido responsable de la muerte de su esposa y de su hijo.

A esos terribles fantasmas procuraba desterrarlos no solo del papel, sino de su mente, al menos hasta que comenzaban a acosarlo en los escasos momentos en que lograba conciliar un agitado sueño.

Con otro profundo suspiro y una casi siempre presente amargura, recordó por enésima vez los tiempos en que, cuando estaba despierto, el constante y sordo dolor que lo destrozaba por dentro solo lograba atenuarse gracias al siempre fiel alcohol.

Pero eso había sido antes.

Sus «amigos» se lo habían quitado desde que lo tenían encerrado. «Por su propio bien».

Y seguían repitiéndole que el futuro de mundo y el destino de la raza humana dependían de su recuperación.

Rio suavemente al reflexionar nuevamente en lo loco y estúpido que sonaba esto. Se preguntó también, por enésima vez desde que estaba ahí, qué era lo que él, Jonathan Savage, realmente deseaba en ese oscuro momento de su vida.

—Al menos nunca me incliné por las drogas, sean clásicas o modernas —se dijo con sarcasmo.

No deseaba pensar. No deseaba trabajar. No deseaba hablar con nadie. No deseaba seguir adelante con planes que ahora le parecían solamente alucinantes fantasías. Mucho menos deseaba dirigir una organización que ya era demasiado grande complicada para su gusto. Y por si fuera poco, con una misión inmensamente difícil por delante.

Una misión que él no había pedido emprender.

Al menos así había sido hasta el día anterior. Aunque fuese a regañadientes, tenía que admitir que la última visita de Hermann había logrado encender una chispa en su interior. Y ese hombre sí tenía derecho a hablarle con dureza.

Tras volver a colocarse sus lentes con un gesto automático, se inclinó para leer lo que acaba de escribir:

Si los seres humanos realmente pudiésemos saber qué nos depara el futuro, ¿podríamos elegir más sabiamente? Es posible. O tal vez no. La historia muestra claramente que aun sabiendo con certeza las terribles consecuencias de nuestros actos, los seres humanos muchas veces, contra toda lógica y razón, elegimos la peor de las opciones: destruir. Destruirnos los unos a los otros, destruir lo que hemos construido a lo largo de años, décadas y siglos. Incluso llegando hasta el más loco extremo: destruir el planeta que habitamos.

Suspiró suavemente al tiempo de seguir leyendo.

Y esa es, simplemente, la suprema prueba de nuestra inmensa estupidez. La demostración de que casi seguramente no somos dignos de seguir adelante como raza. Que nuestro destino no es salir al universo, y mucho menos conquistar otros mundos. No importa lo que se supone que se ha vaticinado al respecto y lo que ya hayamos avanzado en ese sentido. Los buenos no somos suficientes.

Meneó amargamente la cabeza. Siendo honestos de nuevo, él tampoco era precisamente un muy buen ser humano, ¿verdad? Y a final de cuentas, todo ese asunto de la dichosa profecía ya no era algo que le correspondiera resolver a él.

Que Dios, si es que existía, se hiciera cargo del problema. Finalmente, había sido su idea, ¿o no? Él, Jonathan Savage, renunciaba a todo: a dirigir Humanidad, a llevar adelante el proyecto, a impulsar el cumplimiento de lo que decía la profecía, a su destino y al futuro. Él solo deseaba reunirse con su familia, si es que se le concedía esa gracia.

Tomó el bolígrafo y escribió las últimas líneas de ese día:

A final de cuentas, sin querer parecer demasiado arrogante, es muy posible que el papel de Humanidad en la historia cercana cambie con mi muerte. Y que finalmente sea mucho menos espectacular. Nadie es imprescindible. Y yo, simple y sencillamente, he llegado al final de la línea.

Como prueba de que el destino tiene un extraño sentido del humor, en ese preciso instante se abrió suavemente la puerta.

—¿Cómo estás, jefe? —lo saludó Samuel con su humor habitual.

—Jodido. Como todos los días, matasanos —respondió Savage a su mejor amigo con una sonrisa torcida.

Samuel Rivers cambió su expresión al momento de sentarse en un sillón cercano al escritorio.

—Son ellas y ellos, los que nacieron hace tres a seis años, Jonathan. Ya lo confirmamos.

—¿De veras? Pues aún es tiempo para repartir cigarros, amigo —intentó burlarse Savage.

Rivers, que raramente hablaba totalmente en serio, ahora habló con toda firmeza a su compañero de años de lucha, con el que había logrado muchos triunfos.

—Es hora de que honres las palabras y acciones de Steve, Jonathan.

Fue como si hubiera dado una bofetada a su amigo, que se levantó como un resorte.

—¡No te atrevas a hablar de mi hijo! ¡No tienes derecho! —gritó Savage indignado.

Rivers se levantó con la misma presteza, ya que solo era pocos años mayor que su amigo, y le contestó en el mismo tono.

—¡Era mi ahijado! ¡Lo amaba! ¡Su muerte me dolió tanto como a ti! ¡Y debo de honrar su memoria y sus deseos, maldito cobarde!

Por un instante pareció que Savage se lanzaría sobre él para golpearlo, pero el médico no se arredró y siguió mirando al científico con fijeza.

Tras unos largos segundos de apretar los puños y respirar profundamente, Jonathan Savage sintió que la mayor parte de su furia lo abandonaba de repente. Era como si por fin dejara caer un inmenso peso de su corazón.

—¿Y qué carajos se supone que debo de hacer, maldito sabelotodo? —susurró Savage por fin, con un resoplido y ya en tono de resignación.

Rivers, viendo por fin lo que deseaba, pero procurando no demostrar su inmenso alivio, repuso con su habitual sonrisa sarcástica:

—Ponerte de nuevo las pelotas y meterte de lleno en el trabajo que tienes que hacer, jefe. Por cierto —añadió ampliando la sonrisa—, no cuentes conmigo para sostenerte las susodichas pelotas en lo que las ajustas. Eres mi mejor amigo y mi jefe, pero mi dedicación no llega a tanto.

—Hijo de perra —rio secamente Savage al momento de menear la cabeza y dejarse caer en su sillón.

—Y también debes resignarte a estar muerto, por supuesto —añadió Rivers mientras también tomaba asiento con un profundo suspiro.

—¿Ya lo organizaron todo? —preguntó Savage repentinamente interesado.

—Con todo y ceremonia, jefe. —Rivers lo miró con una chispa de diversión en los ojos—. Creo que hasta el presidente va a decir unas palabras acerca de tus logros y tu breve pero luminosa carrera. —Se encogió levemente de hombros—. Nos informan que incluso mencionará algo de tu explosivo carácter y tus épicas rabietas —informó finalmente Rivers con fingida seriedad.

—¡Cabrón! —rio Savage muy a su pesar, mirando con aprecio a su amigo.

—Bienvenido de nuevo a Humanidad, Jonathan Savage. Es hora de pasar a la completa clandestinidad. Y de trabajar nuevamente con todas tus fuerzas —sonrió Samuel Rivers.

Capítulo 0. Nacida en el corazón de la oscuridad

Y llamó Dios a la expansión: Cielos.«Libro del Génesis», en la Biblia

El azar no existe, Dios no juega a los dados.Albert Einstein

Descubrir el camino que Él nos ha trazado siempre es difícil.Incluso puede implicar adentrarnos profundamente en la oscuridad.HeraldoReflexiones

En el inicio del tiempo

Es en la oscuridad donde todos los seres vivos, planetas incluidos, demuestran su temple. Y lo hacen comenzando por aprender dos duras lecciones: que antes de existir la luz, debe existir la oscuridad, y que para alcanzar el destino que tenemos marcado, a veces es necesario que también nosotros lancemos los dados, ya que aún en el desarrollo de los más cuidadosos y grandiosos planes, como aquellos que implican el destino de un mundo, interviene una necesaria porción de azar. Puede que esto sea lo que hace interesantes las cosas.

Ese pedazo de oscuridad galáctica era una mesa de juego en donde existían planes, estrategias y reglas para participar en la partida, partida en la cual, no importando el número que mostraran los dados, el resultado final dependía principalmente de la voluntad y el coraje de los jugadores. Además, como era de esperarse, no había segundas oportunidades, consideraciones ni piedad.

Y la asignación de tal o cual número conllevaba diferentes condiciones, algunas muy duras, algunas menos estrictas que otras, todo dependiendo del mundo. Pero siempre había una constante: el juego era un camino lleno de sangre, dolor y muerte. Todos ellos, finalmente, elementos de un simple y frío proceso de selección que dejaba de lado los sentimentalismos. Se nacía, se luchaba, se sobrevivía o se moría antes de tiempo. Así de sencillo.

Pero también era un camino de esperanza.

Un camino que innumerables razas, en otros igualmente innumerables sitios del infinito universo, habían recorrido, recorrían y recorrerían en el futuro. Todas ellas, llegado el momento, si tenían algo de suerte y mucho empuje, podrían aspirar al logro máximo: preguntarle directamente a su creador por qué habían surgido a la vida y la consciencia.

Y luego averiguar si se les otorgaba más camino por recorrer.

Definitivamente, esas razas eran las más afortunadas y capaces. Unas cuantas entre los millones que quedarían tendidas entre las cenizas de sus esfuerzos, esperanzas y sueños. Porque eran muchas más las razas cuya historia y legado nunca serían conocidos. Razas que habían jugado y habían perdido.

Esta es la historia de una raza que fue elegida para participar en el juego.

Es una epopeya de oscuridad y de luz. De dudas y miedo, esperanza y coraje. De vida y muerte. Y también es la crónica de un pequeño y aislado mundo que obtuvo en los dados el número siete. Un mundo que arriesgaría todo para apoyar a la raza elegida a encontrar su propia y única respuesta a la pregunta final.

Esta es la saga de la humanidad.

Vistas desde la superficie del planeta, las espesas y negras nubes de ceniza y materia flotante eran una capa ininterrumpida que oscurecía el cielo. El inestable terreno era frecuentemente iluminado por enormes fogonazos provenientes de relámpagos descomunales.

Gigantescas tormentas eléctricas iluminaban con terrible intensidad la castigada y cambiante superficie planetaria, como si nunca fuese a existir otra cosa que esas brutales y muertas demostraciones de poder. Y es que a pesar de la inmensa energía que se veía explotar por todas partes en tierra y cielo, este era un planeta muerto. Más correctamente: un planeta que nunca había vivido.

Hasta ese momento.

La oscuridad se partió en dos. De entre las tormentosas nubes surgió un gigantesco proyectil envuelto en un dorado y poderoso brillo. Una recta línea de luz marcaba firmemente el camino que iba recorriendo por el negro cielo. El inmenso poder que portaba refulgía como el oro y abría su camino primero entre las tinieblas y luego, sin que las otras poderosas energías reinantes en la atmósfera planetaria alteraran en lo más mínimo su trayectoria, se dirigía a una velocidad descomunal hacia la superficie del mundo que en un futuro muy, muy distante, sería llamado Tierra por sus habitantes.

El punto de impacto, al igual que el proceso que seguiría a continuación, había sido cuidadosamente elegido. Era un lugar que en ese distante futuro, ya con una geografía planetaria perfectamente discernible, sería parte de un hermoso y salvaje continente llamado África.

El meteorito, por increíble que pareciera, ajustó levemente su trayectoria para finalmente impactar con una fuerza descomunal en el lugar designado.

Gigantescos trozos de dorado material incandescente se desprendieron del aerolito con elegante e inesperada simetría. En medio de una nube, chispas doradas e incandescentes se elevaron en el aire girando con energía y dirección propias, envueltas en una poderosa capa de luz que ondulaba con vida propia y destrozaba la oscuridad.

La energía del geotraxis había llegado a un nuevo mundo.

Simultáneamente surgieron del sitio del impacto chorros de luz igualmente dorada, e iluminaron poderosamente el escenario de lo que algún día sería el escenario para el teatro de la vida.

Así quedó marcado el lugar para el primero y más importante de los denominados quanan yumek: ‘ejes de fuego de la Tierra’.

El choque entre el meteorito y la superficie planetaria no solamente liberó los seis ordenados fragmentos principales del bólido, sino que también insufló la chispa de vida a ese pequeño mundo.

Imparable, el meteorito siguió con el proceso a su cargo: con descomunal fuerza, su núcleo penetró en el suelo. Con alucinante facilidad atravesó capa tras capa de materia sólida y de magma, de tierra y fuego, como en una mítica, salvaje y poderosa fecundación.

Tras un breve y a la vez eterno instante, llegó a su meta: se fundió con el fuego del corazón de la masa planetaria en el soberbio estallido de luz y poder de una cita largamente esperada.

El planeta recibió así un fragmento minúsculo de la inmensa energía esencial procedente del sitio que era el origen de todas las cosas. Era el toque divino que no solo le daba la vida. Le estaba entregando una identidad y una misión.

La estaba dotando de un espíritu.

Un milagro muchas veces repetido, inmensamente singular e importante para cada mundo, estaba ocurriendo en ese rincón de una de innumerables galaxias.

Los seis fragmentos más grandes, con formas extrañamente regulares y perfectamente diferenciadas entre sí, que contenían energía e información muy específicas, volaron hacia los puntos que les habían sido asignados. Siempre envueltos en la dorada luz, penetraron a diferentes profundidades con deliberada lentitud, ajustando paso a paso y de la manera prevista, todos sus parámetros. Con la precisión de células dividiéndose para formar los órganos básicos de un nuevo ser, los fragmentos sentaron las bases de la naciente estructura vital del planeta. Y posteriormente, lo habilitarían para enfrentar un lejanísimo reto.

Así quedaron establecidos los siete quanan yumek.

Visto desde el aire, el espectáculo era algo increíblemente bello, deslumbrante e hipnótico. Cual burbujas de oro, los otros fragmentos, mucho más pequeños pero igualmente vitales, tras desplazarse en el aire por sobre toda la superficie del planeta, se hundieron a profundidades menores y luego se detuvieron a esperar el momento de iniciar sus complejas tareas.

Lo harían en lapsos que eran segundos para el universo y millones de años para el planeta. En ese instante cumplieron su misión inicial: liberaron y distribuyeron la energía del geotraxis.

La dorada sangre del mundo recorrió por vez primera su interior en forma de vivos ríos de luz.

Entonces, tras un instante, comenzó el poderoso acto final: del corazón del planeta, y canalizada por los siete puntos, salió a la superficie parte de esa nueva y vital energía, que permaneció unos segundos suspendida como una especie de neblina dorada antes de elevarse a gran altura en el cielo, atravesando sin problemas la negra capa de nubes.

Después, sin apenas pausa, un nuevo envío de energía surgió a través de los siete quanan yumek en forma de poderosos rayos que, tras volar en dirección al cielo, estallaron simultáneamente en medio de la dorada niebla. Y la transformaron en un instante, como si de agua congelada súbitamente se tratase, en una sólida cubierta; una esfera geodésica que, brillando titilante en la oscuridad del espacio, envolvió completamente el planeta.

Entonces, también por primera vez en esa parte de la galaxia, se escuchó una hermosa y ancestral música que acompañó el proceso de dar vida a un mundo.

El planeta se había convertido en una inmensa joya dorada que flotaba en el negro vacío del espacio. Una joya que vibraría y viviría al compás de su propia música, siguiendo las pautas que su número le indicaba. Un mundo que dormitaría esperando el momento de ser despertado completamente por el poder y el amor de sus heraldos.

Después de un instante cargado de una inmensa tensión, como si esa parte del universo contuviera el aliento, el planeta entero tembló levemente. Procesos inmensamente complejos se estaban desarrollando en su interior a velocidades inimaginables. Desde el espacio pareció que el planeta se desdibujaba aún más entre la áurea bruma de luz. A escala planetaria fue un terremoto en toda regla; un movimiento que, al sacudirlo por completo, fue el preámbulo al milagro definitivo.

Se hizo la luz.

En una final e inmensa explosión de energía, que surgió en forma de una serie de ondas expansivas, una marea de dorada luz salió del planeta al espacio, agrietando poco a poco la esfera geodésica a su paso, para finalmente romperla en inmensos pedazos que tras unos pocos segundos se difuminaron en el espacio como si fueran hielo fundiéndose.

Saliendo de su dorado e inmenso cascarón, el planeta despertó. Despertó a la vida. Despertó a la conciencia. Despertó al ser.

Y gritó lleno de miedo ante la oscuridad que lo rodeaba.

El anuncio de su nacimiento no fue escuchado por nadie del espacio local. Era un planeta solitario, flotando en el oscuro vacío, sin hermanos mayores o primos cercanos que estuviesen igualmente vivos. Pero su despertar quedó fielmente registrado en ese instante en una memoria inmensamente poderosa, situada a una inconmensurable distancia. Desde ahí, gracias a las detalladas instrucciones contenidas en el corazón del meteorito que terminaba de fundirse con su centro, recibió un vínculo.

Recibió su nexo geotraxis.

A través de este indestructible y místico enlace, primero fue tranquilizado y, luego, detalladamente informado de quién era y lo que se esperaba que hiciera. Recibió un nombre provisional y las primeras instrucciones a seguir en su recién iniciada vida. Por el momento eran muy simples: esperar, confiar y aprender.

Pasarían incontables eras antes de que el joven planeta tuviese interlocutores propios suficientemente dignos, primero capaces de oírlo y luego de hablar con él. Millones de años que serían espacios de tiempo infinitesimales para el cosmos, pero extremadamente largos para los habitantes planetarios que surgirían, algunos perdurando y muchos otros cayendo rápida y definitivamente en el olvido.

Un nuevo camino para la vida y la evolución había comenzado a recorrerse. Y en el caso de este planeta específicamente, su aislamiento era parte de un plan mucho más amplio. Pero llegar a ese punto dependería de que aquellos seres que llegarían a considerarse a sí mismos como el pináculo de la evolución lograsen entender muchas cosas que otras razas similares ya habían entendido.

Miles de millones de ellos lo llamarían plan divino. Otros millones dirían que simplemente era algo llamado casualidad. Millones más dirían que sencillamente era parte de un orden natural.

Pero otros, aquellos pocos miles que serían los encargados de llevar esta raza a su destino lo interpretarían de otra manera.

Y lo llamarían Profecía.

Capítulo 1. Evolución

La evolución es tan creativa. Así es como tenemos jirafas.Kurt Vonnegut

La evolución ha ido avanzando hacia la cumbre de la complejidad y, tanto si nos gusta como si no, la cumbre en este momento somos nosotros. De nosotros depende que la evolución continúe produciendo formas más complejas en el futuro. Podemos ayudar a que este mundo sea un lugar más increíble que nunca o acelerar su retorno al polvo inorgánico.Mihály Csíkszentmihályi

No fue el azar. No fue una casualidad. Estaba escrito.HeraldoReflexiones

Planeta Tierra, fines del Pérmico, aproximadamente treinta millones antes del surgimiento de los dinosaurios

La superficie y los habitantes del planeta presentaban un aspecto burdo.

De colores elementales e incluso desvaídos, en el aspecto de ambos se notaba que los sencillos programas de desarrollo eran el resultado de los esfuerzos de un mundo joven, aún en proceso de aprender.

Al principio, la cuna de la vida, los mares, estaban saturados. Seres rígidos y no muy sensibles, tales como trilobites y muchas otras formas vitales elementales los llenaban. La vida rebosaba, pero evidentemente los habitantes del planeta no poseían aún un propósito muy definido. Se limitaban a existir.

No podía pedirse más por el momento. Esos seres eran solo un primer esbozo.

En la tierra, los anfibios prosperaban y medraban a sus anchas, y toscos reptiles depredadores eran los reyes en esa tierra que se hallaba apenas fragmentada. Era una gigantesca isla que flotaba en la superficie de un aún más gigantesco mar planetario.

Era un buen principio, pero era necesario dar mayor impulso, velocidad y vigor al proceso evolutivo.

La Tierra (nombre que el planeta ya había adoptado plenamente, y que se sembraría en la mente de algunos de sus futuros habitantes) tras un sondeo general de los parámetros de su programa, aceptó la recomendación implícita en sus instrucciones. Usó su nexo de geotraxis. Emitió un llamado, y recibió respuesta.

Por desgracia para los habitantes del planeta, ninguno de ellos tuvo la más mínima conciencia de este cósmico intercambio de señales. Y un tiempo después tampoco hubo una respuesta a las transmisiones protocolarias del bólido que surgió del espacio.

Y así, un meteoro heraldo chocó por segunda vez con la Tierra.

El impacto fue nuevamente brutal, y ahora también mortal. La luz dorada y cegadora que lo acompañaba se extendió para cubrir una amplia zona alrededor del sitio del impacto, y, a partir de ahí, destruirlo casi todo en una marea de fuego, escombros, humo y muerte.

La extinción resultante fue la más severa que sufriría el planeta. Sin embargo, no sería tan publicitada como otras en el futuro. No obstante, en ese brutal momento, el 95 % de la vida fue extinguida. Ecosistemas que estaban en pleno desarrollo se terminaron totalmente. Dinastías enteras de animales desparecieron en medio del fuego y las tormentas y oscuridad posteriores. Hasta los insectos, persistentes sobrevivientes, se vieron seriamente mermados.

El mar fue aún más afectado que la tierra. Grandes zonas de corales, lirios de mar y hasta los largamente persistentes trilobites fueron arrasados.

Solo zonas cuidadosamente elegidas y aisladas gracias a la energía del geotraxis fueron preservadas de la destrucción. Únicamente los eslabones más fuertes y prometedores de la cadena fueron elegidos y salvados. Todo lo demás era prescindible. Pasarían largos y muy duros millones de años antes de que la vida volviera a desarrollarse en plenitud. Esta vez crecería y se multiplicaría de una forma más especializada. Y lo más importante: iniciaría con los rudimentos de una conciencia.

Habría ajustes más finos y se aplicarían criterios más estrictos en la siguiente evaluación. Definitivamente se esperaban mejores y más rápidos resultados, y como siempre, no habría medias tintas: fallar sería igual a morir.

Pero por el momento había que trabajar mucho.

Planeta Tierra, fines del Mesozoico. Hace sesenta y cinco millones de años

Parecía un día más de los ciento treinta millones de años que los dinosaurios llevaban dominando el planeta.

Durante ese muy largo tiempo, innumerables especies habían surgido y desparecido. Algunas dejaban su huella en la historia planetaria, pero muchas más pasaban desapercibidas y por ello no serían recordadas. Nuevos cambios climáticos importantes se habían iniciado, y la actividad volcánica estaba en aumento.

Desaparecidos los reptiles primitivos, los dinosaurios habían ocupado su lugar; habían llegado a ser inmensamente grandes y poderosos. Dominaban cielo, mar y tierra. Colmaban de vida el planeta. Sus variedades eran tantas que nunca podrían ser completamente clasificadas. Estaban tan perfectamente adaptados a su mundo, y llevaban tanto tiempo prevaleciendo, que habían llegado a una estabilidad peligrosamente parecida al estancamiento.

El pequeño dinosaurio se movía silenciosamente en dirección a su guarida. Avanzando entre la lujuriante vegetación, los juegos de luz y sombra le servían para pasar inadvertido entre la espesura. El nervioso representante de la especie dominante se movía actuando como depredador, y también como el posible almuerzo de algún individuo más grande; situación de lo más común desde que existía la vida.

La Tierra, de ser un lugar seco lleno de bosques de coníferas, había pasado a convertirse en un vergel lleno de plantas con flores que eran una explosión de colores. Por su parte, el sigiloso cazador que lo recorría era un dinosaurio de un sencillo color verdoso, que a primera vista no se diferenciaba en su estructura de otros que rondaban por ahí. Tenía alrededor de metro y medio de altura y pesaba como 50 kilos. Poseía una fuerte cola que, entre otras funciones, lo ayudaba a estabilizar sus movimientos. Se desplazaba sobre sus poderosas patas posteriores, dotadas de unas respetables garras. Sus pequeños brazos le servían tanto como elemento adicional de balance como para otras funciones bastante más especializadas.

Eran esas manos de tres dedos, con una especie de pulgar oponible, junto con una caja craneana proporcionalmente grande en comparación con las de sus más simples congéneres, las que le daban muy importantes posibilidades evolutivas, y que harían discutir largamente a paleontólogos aún por nacer. Sí, definitivamente tenía posibilidades.

Pero solo eran eso: posibilidades.

Sin estar consciente de nada de esto (tenía cosas más importantes en qué pensar), el pequeño dinosaurio se detuvo a olfatear y observar cuidadosamente a su alrededor con unos ojos que desmentían cualquier indicio de estupidez o instinto demasiado rudimentario. La forma de ladear la cabeza y entrecerrar los ojos le daban un alto nivel de expresividad. Parecía casi posible que de un momento a otro soltase alguna palabra bien estructurada.

Podía usar sus manos para tomar ramas lo suficientemente gruesas para usarlas como herramientas, incluso como armas en algunos casos. Para enfrentarse a depredadores mayores que él, lo que usaba era una mayor cantidad de ingenio.

No obstante, para los planes inmediatos del planeta, lo relevante era poseer capacidades mucho más sutiles y poderosas que las del pequeño reptil. A diferencia de la mayoría de sus compañeros de especie, este dinosaurio también era capaz de sentir la energía vital que emanaba del planeta. Y aún más: apoyándose en esto, podía crear un tosco lazo de comunicación con este.

El relativamente pequeño ser podía manipular de manera rudimentaria un nexo de geotraxis.

Aunque elemental, este poder le daba notables ventajas: sabía con cierta anticipación cuándo habría una erupción volcánica, de dónde venía un incendio y hacia dónde debía huir cuando un depredador andaba demasiado cerca, entre otras. Incluso intercambiaba noticias con algunos de los más dotados de sus congéneres a través de largas distancias, sin medios físicos visibles.

Pero a pesar de ser extraordinario, eso podría no ser suficiente.

El pequeño cazador se inclinó para tomar con su garra derecha una gruesa rama que yacía entre un montón de hojas a medio podrir. Después de arrancarle un par de tallos muertos, la sopesó apreciativamente.

Era perfecta para sus planes.

Pretendía golpear con ella a un pequeño mamífero que se le había escapado. Hacía un par de horas, gracias a su habilidad, había ubicado con precisión uno de sus almuerzos preferidos. Sin embargo, este había conseguido escabullirse en el último momento, y el dinosaurio estaba molesto. Su pareja había quedado al cuidado de la nidada, y seguramente estaba hambrienta. De hecho, él mismo sentía las primeras punzadas de un hambre creciente. Ya había tardado mucho en regresar y su pareja le gruñiría no precisamente como bienvenida. Sí, definitivamente serían varios golpes. De todos modos, a su pareja le gustaba la carne ablandada.

Sacudió suavemente la cabeza para alcanzar un nivel más alto de sintonía con su entorno. Miró atentamente al suelo olfateando y descubriendo, gracias a una cuidadosa inspección, pequeños rastros que indicaban la ruta de huida de su peludo adversario.

El calor empezaba a arreciar, y en el horizonte se divisaba la ya familiar nube de cenizas proveniente de la última erupción de un cercano volcán.

El dinocazador se detuvo bajo la sombra de uno de los ya escasos helechos, e inició una especie de rito que, muchas generaciones atrás, habían comenzado a realizar sus ancestros.

Era algo que ningún paleontólogo imaginaría posible ni en sus más alocadas especulaciones. Un proceso que en el futuro sería desconocido al menos por la gran mayoría de los habitantes del planeta.

Cerró sus ojos. Concentrándose al tiempo de respirar pausadamente, empezó a pensar en colores: colores brillantes, colores vivos. Colores sin nombre que eran parte de un mundo más complejo que el simplemente visible. Estos representaban sensaciones, y eran el camino a su comunión básica con el planeta. Los rojos atardeceres volcánicos de los últimos años eran un buen punto de partida. El rojo era fuerza. El rojo era lucha. El rojo era sangre. El rojo era muerte.

Lograr esto era un gran avance, pero el siguiente nivel, entrar en comunión total con el Eje de Fuego de la Tierra era aún demasiado para él y para el resto de los miembros de su especie.

El dinosaurio empezó a sentir plenamente la existencia que vibraba a su alrededor, el supremo poder del juego de la vida y la muerte. De la eterna lucha por vivir o matar. Percibió claramente la mayoría de los seres que lo rodeaban. Ubicaba a los grandes depredadores, que eran fuertes pero básicamente tontos. También sentía con claridad la presencia de los mansos herbívoros: simple ganado para la alimentación de aquellos. Y, por fin, tal como lo deseaba en ese momento, percibió a su asustada presa.

Sintió el miedo y las ansias de vivir del mamífero, pero al dinocazador eso no le importó en absoluto. El humilde y peludo ser era simplemente su alimento, y lo que pensara no era relevante. Los mamíferos eran advenedizos sin importancia; seguramente no iban a durar en el planeta. El pequeño dinosaurio abrió los ojos, sujetó con más fuerza su rama y se dirigió a encontrar su almuerzo con un trote ligero.

Cien millones de años de convivencia no habían hecho que los mamíferos ganaran gran terreno a los dinosaurios. Medraban y parecían diversificarse, pero no muchos habrían apostado por ellos en la carrera evolutiva. Eran débiles, eran asustadizos, no parecían muy listos, y no eran muy numerosos en comparación con los poderosos y antiguos gigantes. Pero definitivamente las apariencias engañan, y los mamíferos, no solo el entonces inexistente león, no son como los pintan.

En el momento en que el dinocazador se acercaba con un balanceo que le permitiría atajar cualquier intento de huida y acorralaba al mamífero contra la base de un muro de granito, enfrentándose a su mirada de desolación con total indiferencia, sintió algo más que la satisfacción del cazador exitoso.

El mamífero, entrecerrando los ojos a pesar de su comprometida situación, trató también de descifrar la repentina sensación que se sobreponía a su miedo.

Parecido a un tejón de regular tamaño, el mamífero, usando suaves gruñidos y sus patas delanteras trató de comunicarle algo a su verdugo. Bajo otras circunstancias, el asunto podría resultar incluso cómico, pero al dinosaurio no le hizo gracia. Titubeó solo un segundo antes de descargar el golpe mortal, y otros más para asegurarse. No obstante, la extraña y repentina sensación, amplificada por el reciente intento de comunión de su ahora muerto almuerzo, lo hizo volver su vista al cielo.

Además de las ya comunes bandadas de aves y las irritantes nubes de insectos que poblaban el cielo, percibió una más nueva y opresiva sensación en el aire. Extrañamente, era algo que no podía definir. Era importante, muy importante; y estaba por suceder. ¿Pero qué era? Volvió su mirada en dirección a la pradera donde pastaban las grandes manadas de los relativamente nuevos herbívoros, presas para la también relativamente nueva dinastía de depredadores, incluido el rey Tyrannosaurus.

Tampoco ahí encontró la respuesta.

Algunos de los herbívoros también comenzaron a inquietarse. Dejaron de comer y elevaron sus cabezas hacia el cielo. Incluso algunas bandadas de aves cambiaron repentinamente la dirección de su vuelo. Se percibía una sensación apremiante, como la que precede al estallido de una tormenta. Y sí, ese día habría una tormenta como nunca habían visto los entonces habitantes del planeta.

El cazador se olvidó momentáneamente de todo, incluso de su reciente presa que permanecía muerta frente a él. El tiempo pareció quedar en suspenso, esperando la siguiente escena de la obra a presentarse en el teatro de la vida, mientras algunos de los actores miraban al cielo.

Millones de pequeños asteroides habían pasado por las cercanías de la Tierra como lejanos y casi invisibles cometas. Miles se quemaban en la atmósfera diariamente, provocando ocasionalmente el espectáculo de bellas lluvias de estrellas en el cielo nocturno, y algunos de mayor tamaño habían hecho impacto en el planeta. Unos en el océano y otros, recientemente, en los nuevos continentes originados por la división de la gran masa primigenia. Pero ninguno había causado mayores problemas a los habitantes del planeta, que en realidad nunca se percataron de esos trascendentales hechos. Solo algunos habían presentido que algo importante había pasado, pero en ninguna de las ocasiones habían podido definir exactamente qué.

El sistema Tierra-habitantes funcionaba relativamente bien. Sin embargo, la Tierra llevaba la mayor parte de la carga. Una rudimentaria estructura global de conciencia parecía estar empezando a formarse, pero los poderosos saurios estaban, salvo insuficientes excepciones, estancados. Los relativamente pequeños ajustes, posteriores a la última depuración masiva, al parecer no habían sido suficientes.

Era el tiempo de un nuevo ajuste. Con la acostumbrada eficiencia.

Con lo que para muchos podría considerarse fría indiferencia, ese día nuevamente los habitantes planetarios serían evaluados. Y del resultado dependería su permanencia en el planeta.

A millones de kilómetros en el espacio, en una región preestablecida y que era aparentemente igual a las demás en esa esquina galáctica, el espacio tembló con una irrealidad semejante a ondas de agua generadas por la caída de una pequeña piedra en un estanque.

Apareció entonces una brillante fractura en la imperturbabilidad del negro vacío que, tras breves instantes de destellar irregularmente, se estabilizó flotando en la nada. Se asemejaba a un dorado tapiz que ondeaba serenamente en el vacío, brillando cada vez con mayor intensidad en medio de una bruma igualmente dorada.

Era el transportal Alfa.

De pronto, en su interior se abrió un gigantesco túnel de forma ovalada, semejando un descomunal ojo en el que no se reflejaban las estrellas. El tiempo pareció congelarse hasta que, rompiendo de manera brutal la tensa espera, surgió del inmenso túnel un meteorito de diez kilómetros de diámetro con una forma extrañamente regular, compuesto casi en su totalidad de iridio. Irrumpiendo en el espacio local a una velocidad descomunal pero controlada, se dirigió a la Tierra.

Tras él, el túnel se cerró con la misma presteza con que se abrió, y la prueba dio inicio. Al parecer, era un viaje solo de ida. El transportal Alfa siguió brillando, inmutable, a la espera de los resultados.

Esta vez, según el programa, se otorgaba mayor tiempo para la respuesta de los habitantes de la Tierra. Pero seguía siendo muy limitado.

Algunos dinosaurios lo supieron. Por supuesto, el pequeño dinocazador estaba entre ellos. La mayoría de los mamíferos lo intuyeron igualmente, pero unos pocos lo supieron con toda certeza. Fueron leves y escasos destellos de conciencia a lo largo y ancho del planeta.

Era hora de jugarse el todo por el todo.

El meteoro heraldo comenzó a emitir señales de una sutileza y complejidad casi etérea. Hablaba con el planeta e intentaba hacerlo con los habitantes que pudieran entenderlo. Lo hacía a un nivel que involucraba información, medición de señales y calibración de resultados a una velocidad alucinante. El dialogo básico podría traducirse como algo similar a:

Meteoro:

Voy llegando, Tierra. Inicio la fase de aproximación. ¿Me escuchan?

Tierra:

Yo sí, fuerte y claro. Respecto a mis pasajeros, no puedo garantizar su grado de entendimiento. Por eso estás aquí.

Meteoro:

¿No fue tiempo suficiente? ¿Nadie puede responder? Sabes que ahora no debes intervenir. Deben hacerlo solos. Estoy evaluando los datos. ¿Candidatos?

Tierra:

Lo sé. Estarán solos. Tengo dos probabilidades. Una variedad de los dominantes y varias especies de una nueva estirpe.

Meteoro:

¿Te inclinas por alguna? Ya tengo la valoración inicial.

Tierra:

No especialmente. Pero creo que los dominantes ya tuvieron tiempo suficiente. Los ajustes de bajo nivel no han funcionado como esperábamos. Los nuevos parecen aceptables. Que entre ellos lo decidan.

Meteoro:

De acuerdo, pasa el control a Nexo de Geotraxis, nivel 1.

Tierra:

Adelante. Estableciendo nexo de Geotraxis.

Meteoro:

Habitantes de la Tierra, ¿tienen heraldos que hablen en nombre de su mundo? ¿Cuál es su misión? —Y luego añadió la pregunta más importante—: ¿Quiénes son ustedes?

El pequeño dinocazador y casi todos sus compañeros de linaje, dispersos en esa región del planeta, fijaron su vista en la estela de luz que empezaba a notarse en el cielo. Cerraron sus ojos e iniciaron un ritual grupal instintivo. Estaban luchando por demostrar su valía.

Pero tenían competencia.

La gran mayoría de los mamíferos poseían una energía nueva y pura. Ya habían creado los primeros nexos con la energía del geotraxis. Era novatos, pero novatos con muchas ganas de aprender.

Muchos de ellos comenzaron también el proceso con ímpetu. Cerraron sus ojos y por vez primera, gracias a un poderoso instinto de supervivencia que surgió con fuerza de su interior, establecieron un nexo grupal de geotraxis con su mundo. Era un nexo tosco, espontáneo y todavía sin pulir. Pero era pujante, fuerte y, sobre todo, con infinitas posibilidades. Fue una demostración de poder que comenzó a captar la energía de más y más especies de mamíferos, que se unieron a la prueba con gregaria decisión.

Por desgracia para los dinocazadores, la gran mayoría de los otros dinosaurios guardaron un silencio total. Habían llegado a su límite. Los dejaron solos.

En el cielo, el bólido estaba entrando en la atmósfera, ahora convertido en una humeante bola de fuego.

Meteoro:

Repito. ¿Existe un heraldo que hable en nombre de su mundo?

La primera respuesta tardó lo que parecieron unos eternos segundos en llegar.

Mamíferos:

Estamos aquí. No entendemos bien. Pero queremos aprender.

Después, más lenta y menos vital, llegó la segunda respuesta.

Dinocazadores:

Llevamos más tiempo aquí. No somos muchos. Pero conocemos el nexo y poder del Geotraxis y llevamos tiempo dominando. Este mundo es nuestro. Somos sus dueños.

Mamíferos:

Sentimos ese poder, pero estamos aprendiendo. Queremos aprender más. Queremos ser uno con el mundo.

Dinocazadores:

¡Podemos mejorar! Somos lo mejor de este planeta.

Respuesta equivocada. La decisión fue instantánea. Los dinocazadores habían fallado.

Meteoro:

Tierra, va por los nuevos. Extiende campos de protección de Geotraxis.

Tierra:

De acuerdo, extendiendo campos de protección de Geotraxis.

El meteoro ajustó su trayectoria para orbitar la Tierra a toda velocidad, dándole a esta tiempo suficiente para terminar el proceso. Por unos alucinantes y breves instantes, el planeta se vio envuelto en un anillo de fuego.

Muchos mamíferos de diversas especies se habían agrupado sin causa aparente. Lo hacían porque su instinto y algo más profundo se los había indicado. Entonces, en medio de una serie de destellos repentinos, se vieron rápidamente rodeados de islas de dorada luz que flotaba como niebla. Los ojos de todos ellos reflejaban esas gotas de oro. Estaban totalmente abiertos a esa nueva maravilla que los mantenía como hipnotizados.

La niebla comenzó a tomar consistencia, e inmensas formas regulares se fueron delimitando en el suelo. De las esquinas de cada una de las zonas cuadradas así marcadas surgieron repentinamente, en medio de una nueva explosión de chispas doradas, cuatro brillantes puntales semejantes a columnas de oro, que estaban colocados a distancias milimétricamente iguales. Levemente inclinados hacia dentro, se elevaron raudos hacia el cielo hasta encontrarse y fusionarse, con una nueva explosión de luz, en una cúspide a gran altura.

Después, sin pausa aparente, como telas tejidas por invisibles arañas, comenzaron a surgir de los postes los componentes de gigantescas estructuras geodésicas que, entrelazándose con toda precisión, pasaron a llenar las inmensas superficies laterales de las estructuras, hasta semejar piramidales torres de comunicación de tamaño descomunal.

Los animales atrapados en el interior de las ciclópeas construcciones estaban ahora como congelados. No movían un solo músculo. Adultos, crías, todos estaban como hechizados ante lo que no entendían ni de la manera más remota. Solo sentían una extraña seguridad. Una sensación de estar protegidos ante el inminente y portentoso suceso que estaba por ocurrir.

Estaban en paz.

Finalmente, tras una mínima fracción de tiempo, las áreas se recubrieron con muros translúcidos que surgían como olas brillantes desde el suelo hasta llegar al lejano vértice superior. Desde dentro, los animales veían el mundo exterior como difuminado en una bruma dorada que no dejaba pasar muchos detalles.

Las gigantescas pirámides hábitats fueron finalmente completadas por unas esferas semejantes a estrellas que emergieron del suelo y, como deslumbrantes burbujas, flotaron hasta terminar alojándose en la punta de la pirámide, por su parte interior. Estaban listas para fungir como pequeños soles.

Las estructuras tenían las medidas y proporciones precisas: míticas dimensiones para contener cómodamente su carga de vida, y a la vez, manipular y dosificar la energía requerida para sostener esos hábitats a largo plazo. Todo estaba listo.

Minutos de rápida acción ponían fin a millones de años de lenta evolución.

Pocos fueron los convocados, y menos los elegidos. No fueron muchas, respecto al total, las criaturas adicionales a los mamíferos que sintieron el impulso de dirigirse a estos refugios. Los precursores de los modernos cocodrilos, tortugas, ranas y salamandras fueron igualmente seleccionados. Llegaban a unirse a los que ya estaban dentro cruzando sin problema las paredes color oro brillante de las pirámides.

Era como traspasar un hermoso velo de luz dorada que los cubría totalmente al entrar. Los animales de todos tamaños se iban acomodando, como los mudos espectadores de la función final de la obra denominada La persistencia de la vida, en la cual, como era tradición, el acto final era la muerte de muchos seres.

Las doradas pirámides se habían ubicado en sitios con suficiente agua y vegetación. Pero solo los sanos, solo los aptos, principalmente adultos jóvenes y crías, fueron salvaguardados. El resto era totalmente prescindible.

Sin dudas. Sin retrasos. Sin piedad. El proceso siguió su curso.

También hubo insectos, aves y otras muy específicas formas de vida incluidas en la selección. Con presteza volaron, trotaron y saltaron, atravesaron las paredes y abordaron las doradas arcas. En el caso del mar, primitivos tiburones, futuras ballenas y diversas especies fueron puestos a cubierto. Todos ellos preparándose, sin saberlo, para el impacto.

Meteoro:

Tierra, estoy concluyendo la última vuelta en la atmósfera. Punto de impacto seleccionado. Daños calculados. Refuerza nexo de Geotraxis y estabiliza los hábitats.

Tierra:

Entendido. Procedo a reforzar vínculos de protección. Hábitats de seguridad establecidos. Especies seleccionadas a salvo.

Meteoro:

De acuerdo, ahora procedo a fase de ingreso final e impacto.

El meteoro heraldo, incrementando su velocidad, entró en la atmósfera baja a una velocidad aterradora de treinta kilómetros por segundo. Iluminó el cielo como lo que era: una espada de fuego dispuesta a dar el golpe final. Los dinosaurios que tenían a la vista el fenómeno levantaron aún más sus cabezas. Herbívoros, carnívoros, gigantes y enanos, en la tierra y en el mar, de repente sintieron algo cercano al terror.

Los dinocazadores por fin supieron lo que iba a pasar, y repentinamente conscientes de su destino, se acercaron rápidamente a las pirámides de luz dorada para intentar entrar. Fueron rechazados por un campo de fuerza que les impedía el acceso. Nuestro cazador incluso golpeó inútilmente con su rama la dorada barrera.

Meteoro:

Tierra, estoy a cinco segundos del impacto. Te transfiero los nuevos registros. Nos vemos en la siguiente etapa.

Tierra:

Entendido. Quedo en espera.

El pequeño dinocazador quedó frente a frente con un joven mamífero de la especie a que pertenecía su reciente víctima. El ser peludo estaba trepado en una fuerte rama de helecho, pegado al fantasmal muro de luz dorada que los separaba. En un eterno segundo, sus miradas se encontraron y ambos aceptaron lo que vendría. El dinosaurio, con dolor expresado en algo parecido a un grito dirigido al cielo. El rudimentario mamífero, con miedo y esperanza reflejados en un inquieto silencio y una rápida mirada al pequeño sol de su refugio.

Un nuevo capítulo de la vida y la muerte en la Tierra dio inicio. Como correspondía, en la voz del meteorito, Dios dijo: «Hágase la muerte».

Y la muerte se hizo.

La descomunal colisión sacudió al planeta. El meteoro heraldo hizo impacto con la energía de cien millones de megatones en lo que alguna vez sería la península de Yucatán, con fuerza suficiente para abrir un cráter de doscientos kilómetros de diámetro y quince kilómetros de profundidad.

Todos los seres vivos a varios kilómetros a la redonda del impacto fueron instantáneamente vaporizados, y la onda de choque barrió un área muchísimo mayor. Al caer en el agua, el impacto del meteorito generó olas gigantescas que arrasaron las costas y entraron muchos kilómetros en tierra firme, devastando todo a su paso. La destrucción inicial fue nuevamente descomunal.

Pero la muerte solo había empezado su trabajo. Muchísimos más morirían lentamente en el oscuro y larguísimo invierno que sobrevendría. Esto sería conocido e investigado por muchos expertos.

Lo del proceso de selección sería descubierto solo por unos cuantos.

En medio de la brutal destrucción, únicamente las gigantescas pirámides doradas resistían inmutables las colosales energías desatadas. Como poderosas y enormes arcas ante un diluvio, protegieron a sus moradores de todo daño, absorbiendo el choque de olas, fuego y rocas, resistiendo los brutales embates tanto en el mar como en la tierra.

Eran botes salvavidas que el planeta madre sostendría durante el tiempo que fuera necesario, a salvo del frío y de las tinieblas que el polvo producto de la bestial explosión provocaría.

Sería un periodo de educación y paz, de adaptación y preparación. Los seres dentro de los hábitats vivieron bajo reglas temporales de convivencia. Las pirámides eran ecosistemas a escala, cerrados y autosustentables con el apoyo del planeta. Cuando todo pasara, cuando se completara la preparación, y tanto planeta como habitantes estuvieran listos, se abrirían para dejar salir su carga de vida y dar inicio a la siguiente etapa.

Una familia de pequeños mamíferos similares a ratones miraba la hecatombe que se desarrollaba afuera. Se sentían tranquilos a pesar de estar junto a otros mamíferos depredadores y varios cocodrilos. El recuerdo de esa convivencia pasaría a su memoria racial, junto con otros que el planeta les daría en ese periodo de adaptación. Algunos se transformarían en conocimiento instintivo. Otros, en un futuro muy lejano, se convertirían en leyendas. Y los principales serían incorporados a las bases de grandes religiones.

Pero no era la única herencia que el planeta legaría a los mamíferos. Instintivamente, estos sabían que habían ganado su nueva oportunidad por un margen muy estrecho. El derecho a presentar en la forma de sus descendientes un nuevo examen no era gratis. Era momento de aprender.

Y rápido.

Tunguska, Siberia Central, 30 de junio de 1908

Eran las primeras horas de una deslumbrante y clara mañana.

Las densas extensiones de árboles parecían hordas de silenciosos y atentos guardianes, firmes en medio del relativamente benigno clima imperante en esos días. Era un espacio mayormente virgen y salvaje, donde los animales se movían con la precisión y cautela propias de su instinto natural de conservación, acostumbrados a ciclos de vida y muerte casi inmutables. La vida llevaba siglos de relativa estabilidad debido a lo aislado e inhóspito de esa inmensa zona.

Pero eso iba a cambiar en un instante.

La recia estirpe de hombres y mujeres que habitaban la región tampoco constituían un foco de atención muy significativo para el resto del mundo que se consideraba a sí mismo como «civilizado». Al igual que otros pocos privilegiados grupos humanos, los tunguses de Siberia, orgullosos descendientes de los mongoles, vivían respetando y valorando su entorno. Fundamentalmente se dedicaban al pastoreo de renos, y no pedían nada a nadie. Solo que los dejaran en paz para vivir según las tradiciones que los regían desde hacía muchas generaciones.

Y de su serena fortaleza y su sintonía con la naturaleza.

Como todas las tierras duras, bellas y antiguas, Siberia estaba llena de leyendas, historias y mitos; algunos con origen más o menos claro, y otros simplemente repetidos de generación en generación, como parte de las inmemoriales tradiciones locales.

Prácticamente todas las comunidades trataban con chamanes de distintos niveles de prestigio, generalmente acorde al poder que demostraban. Entre estos, aunque de manera discreta, destacaba un grupo que no solamente hablaba con los animales, con el viento y con el fuego, como lo hacía la mayoría de los miembros del gremio. Se decía que ellos podían hablar con la Tierra misma.

Y que el planeta les respondía.

Las leyendas florecen en prácticamente todos los rincones de la Tierra y generalmente no pasan de ser parte del folclor local. Pero en ese preciso lugar, a cerca de setecientos kilómetros del lago Baikal, esas leyendas estaban por demostrar ser totalmente ciertas. Y no solo eso.

El destino de la raza humana estaría en manos de los chamanes que intentarían validarlas.

Eran las 7:05 de la mañana, pero el día ya estaba avanzado. En esas latitudes tan septentrionales, el sol de verano se levanta pronto. Ese pequeño claro del bosque a casi sesenta y cinco kilómetros de Vanavara, el asentamiento humano más cercano, sería el escenario de la que podría ser la primera y última oportunidad de la raza humana para demostrar su valía. Y muy pocos humanos lo sabrían.

Hasta que tal vez fuese demasiado tarde.

La espesura se movió casi simultáneamente en varios puntos alrededor del claro, que tenía una forma muy próxima a la circular. Desde hacía unos cuantos días, animales grandes y pequeños, atraídos por algo que no entendían, se habían ido acercando al claro. Estaban llegando a una cita que, contra todos sus instintos básicos, incluía participar en algo junto a los extraños humanos que habían visto ocasionalmente fundirse con el planeta.

De alguna manera, los animales sabían que ahora esos humanos intentarían algo mucho más difícil: tratarían de invocar y dominar la forma más poderosa de energía de geotraxis que existía.

Desde mucho tiempo atrás, esos hombres y mujeres podían realmente hablar con los que consideraban sus hermanos animales. Por ello, esos salvajes seres tendían a considerar a tales humanos, si no amigos, al menos aliados, ya que ambos grupos entendían cómo se movía el todo.

Los chamanes conocían y podían comunicarse básicamente con la madre Tierra. Y lo hacían con el respeto y amor debidos a la madre de todas las cosas, al contrario de las hordas de sus congéneres que estaban arrasando tierra, mar y cielo en la mayoría del resto del planeta.

Eran heraldos que sentían, al igual que los animales, el dolor del planeta madre. Lamentablemente, no tenían el poder para detener la brutal e insensata destrucción.

Solo podían intentar obtener un tiempo adicional para que la raza humana rectificara el camino.

Y eso planteaba un inmenso reto que requeriría de la unión de todo el poder que hombres y animales pudiesen aportar, además de una verdadera confianza mutua.

Entre otros animales, surgiendo de la espesura con su típico bamboleo, apareció un oso. Tras volverse a mirar en todas direcciones y olfatear con interés el viento un breve instante, se sentó a esperar. No hizo caso de liebres, pájaros y otros seres con posibilidades de convertirse en su alimento que se encontraban cerca y relativamente distraídos.

Por el momento, esas pequeñas criaturas estaban relativamente a salvo.

El oso, con el aspecto de un inmenso muñeco de peluche pardo debido a su postura, presentía desde hacía días que algo importante iba a ocurrir, y que debía de ser parte de ello. Por eso, después de un largo viaje, estaba dispuesto a esperar para descubrir exactamente qué era.

Su curiosidad se vería pronto satisfecha.

Entonces, saliendo de un grupo de arbustos a un par de metros de su asiento, se presentó frente a él un hombre vestido con pieles. Era de estatura y complexión media. Sin parecer amenazador, emanaba una seguridad que inmediatamente tranquilizó los instintos naturales del oso. Le provocó una calma que pronto se convirtió en respeto, cuando un hermoso y gigantesco lobo apareció al lado del hombre. El lobo, adoptando una orgullosa pose, lo miró fijamente a los ojos. Estaba claro que era una criatura muy poderosa por derecho propio y el plantígrado lo aceptó.

Cuando el oso despegó sus ojos de los del lobo, se encontró con la mirada del humano, que de inmediato mostró una bondadosa sonrisa que dividió su barbudo rostro.—Sabre es mi amigo, y amigo tuyo también, compañero oso. Venimos a la misma reunión que tú. Gracias por haber acudido a la cita —le dijo con toda seriedad.

El oso se limitó a gruñir suavemente. Jamás los había visto antes, pero sabía perfectamente quién era el humano: era un heraldo que hablaba la lengua del geotraxis y debía ser respetado. Y ese lobo era su complemento animal, aunque fuese algo engreído también debía de ser respetado. No obstante, mantuvo una actitud de serena y algo indiferente expectativa.

Tras un breve asentimiento de cabeza a manera de despedida, el hombre siguió andando hacia el centro del claro. Su lobuno acompañante ignoró al oso, con olímpico desprecio, antes de seguir al humano. Aún entre los animales de diversas especies había jerarquías.

Su compañero humano se detuvo y se inclinó hacia él, murmurando en la lengua que el lobo conocía perfectamente:

—Es hora, viejo amigo —le dijo su hermano con tono de pesar—. Debes esperar aquí. Hemos recorrido un muy largo camino, siempre juntos, siempre luchando lado a lado. Y agradezco inmensamente tu amistad y fidelidad. —El lobo ladeó ligeramente su cabeza con muda atención, y un brillo especial destelló en sus ojos mientras escuchaba a su hermano humano, su mejor amigo—: Has sido un muy digno representante del Pacto, Sabre. Has cumplido con honor, hermano mío —le dijo ahora con verdadero aprecio—. Y ahora es el tiempo en que los heraldos debemos cumplir con nuestra parte. Pero si todo sale bien, un nuevo Sabre llevará tu nombre y honrará nuevamente el Pacto. Adiós, amigo. —El humano se permitió acariciar brevemente la poderosa cabeza del lobo—. Nos veremos pronto en medio del todo que es uno. En el corazón de fuego del eje de la Tierra —le prometió con firmeza al momento de enderezarse.

El hombre se giró y lentamente siguió caminando hacia el centro del claro. No volvió la cabeza para confirmarlo, pero sabía perfectamente que su fiel amigo lobo no despegaba la mirada de su espalda. En verdad se iban a extrañar.