Chantaje a un millonario - Más que una aventura - El implacable italiano - Abby Green - E-Book

Chantaje a un millonario - Más que una aventura - El implacable italiano E-Book

Abby Green

0,0
6,49 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.
Mehr erfahren.
Beschreibung

Chantaje a un millonario Abby Green Dante D'Aquanni no podía tolerar que Alicia Parker se presentara en su villa del lago Como con la pretensión de hacerle responsable del embarazo de su hermana. Pero resultó que el amante de su hermana era el hermano de Dante. Él quería algo más que una disculpa; quería que Alicia le acompañara en su siguiente viaje de negocios… Más que una aventura Julia James Carrie Richards había entrado en el lujoso mundo del millonario griego Alexeis Nicolaides. Tendría todo lo que pudiera desear… si estaba dispuesta a pagar el precio. Pero las consecuencias de una noche de pasión pusieron fin de golpe al cuento de hadas. Resultó que Alexeis no era ningún príncipe azul… El implacable italiano Christina Hollis Beth Woodbury creía haber dejado atrás el pasado… hasta que descubrió que su nuevo jefe era el implacable Luca Francesco. Tuvo que suplicarle que la perdonara por lo sucedido años atrás, pues necesitaba aquel empleo. Luca dejó que se quedara con una condición: durante el día sería su ayudante… por la noche, su amante.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 558

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 404 - abril 2020

 

© 2008 Abby Green

Chantaje a un millonario

Título original: The Mediterranean Billionaire’s Blackmail Bargain

 

© 2008 Julia James

Más que una aventura

Título original: Greek Tycoon, Waitress Wife

 

© 2008 Christina Hollis

El implacable italiano

Título original: Her Ruthless Italian Boss

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-369-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Chantaje a un millonario

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Más que una aventura

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

El implacable italiano

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

ESTOY seguro de que, si fuera a tener un hijo, lo sabría y, además, tampoco sería de su incumbencia, pues no la conozco absolutamente de nada. Haga el favor de quitarme las manos de encima.

Alicia Parker estaba tan sorprendida por lo que había hecho que no se podía ni mover. Sus acciones habían conseguido parar a aquel hombre al que estaba mirando ahora. Se trataba de un hombre de rostro increíblemente bello, era tan guapo que Alicia creyó que no podía respirar.

Lo único que su cerebro, cansado y agotado, podía registrar eran impresiones. Alto. Fuerte. Moreno. Guapísimo. Sexy. Poderoso. Sexy. Poderoso.

Los ojos que la miraban lo hacían con tanta frialdad y arrogancia que era evidente que aquel hombre estaba seguro de que la acusación que acababa de verter sobre él era falsa y que debía de estar loca para haberse aproximado a él de aquella manera.

Aquella mirada helada la podría haber convertido en hielo, pero, extrañamente, Alicia no sentía frío sino, más bien, todo lo contrario. Sentía un calor inconmensurable por todo el cuerpo.

Y mientras ella lo miraba anonadada, Dante D’Aquanni tiró con desdén de la manga de su carísimo traje para librarse de la mano de Alicia, que lo agarraba con fuerza. A continuación, miró a sus guardaespaldas y salió del edificio que alojaba sus oficinas en Londres.

Se había ido, había desaparecido sin mirar atrás, sin prestar la más mínima atención a aquella mujer menuda y despeinada que lo había asediado y que había intentado hacerse escuchar.

En pocos segundos, Alicia se vio rodeada por varios guardias de seguridad que en un abrir y cerrar de ojos la pusieron de patitas en la calle, donde se encontró bajo un increíble aguacero y con la sensación de que lo que acababa de suceder había sido una pesadilla…

 

 

Alicia apretó los dientes. Por desgracia, aquel día, hacía ahora una semana, no había sido una pesadilla. Había ocurrido en realidad y la misma razón que la había llevado a protagonizar aquella escena la había llevado a estar ahora sentada en un minúsculo coche de alquiler y aparcada frente a un increíble hotel situado a orillas del lago Como, en Italia.

Todavía estaba resfriada a causa de la lluvia de aquel día. Dante D’Aquanni se había negado a escucharla entonces, pero ahora no podría negarse.

El sol se había puesto hacía horas, pero el cielo no estaba completamente negro. Todavía había nubes violetas. Era aquel momento mágico del día en el que la luz daba paso a la noche, aquel momento de tanta belleza que solía pasar desapercibido para muchos.

Y, bajo aquella luz tan especial, el hotel brillaba literalmente, envuelto en una nube de lujo y glamour.

Alicia estaba aterrorizada.

Estaba intentando no dejarse intimidar por la mansión ni por las calles limpísimas ni por cómo iban de elegantemente vestidas las personas que salían y entraban del hotel.

Aquel lugar se encontraba a muchos miles de kilómetros de cualquier lugar en el que ella se hubiera encontrado jamás. Alicia cerró los ojos. Le dolían. Lo cierto era que le dolía todo el cuerpo. Estaba exhausta. Era consciente de que estaba a punto de caer rendida, pero no había tenido tiempo de dormir.

Lo único que la obligaba a seguir adelante era la ira al recordar lo que aquel hombre le había hecho.

Aquélla era la única solución y la única manera que le iba a permitir verlo y obligarlo a admitir su responsabilidad, la única manera de que aceptara que era el padre del hijo que iba a tener su hermana.

Alicia recordó el rostro de Melanie tumbada en la cama del hospital y sintió que el corazón se le constreñía de dolor, lo que la llevó a cerrar los ojos de nuevo. Aun así, no podía dejar de ver la cara de su hermana ni tampoco la cantidad de cables y tubos que salían de su delicado cuerpo.

Alicia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y rezó para que no le sucediera nada. Rápidamente, se aseguró a sí misma que nada le iba a ocurrir.

Abrió los ojos más decidida que nunca a conseguir que Dante D’Aquanni le diera el dinero que necesitaba para el tratamiento de Melanie. Aquel hombre tenía que aceptar el papel que había desempeñado en todo lo que había sucedido.

Debía pagar.

Era su única opción.

Alicia estaba desesperada.

Su hermana había tenido un terrible accidente de tráfico mientras conducía para reunirse con su amante. Ella y el bebé habían sobrevivido de milagro, pero Melanie se había fracturado la pelvis y había sufrido varias lesiones internas. Al estar embarazada, necesitaba desesperadamente poner a Melanie en manos de un médico que tuviera experiencia con embarazadas y fracturas. Aquel terapeuta vivía en el centro de Londres y Alicia sabía perfectamente que aquel tipo de cuidados se pagaban de forma privada y a precio muy alto.

Al no tener familia cercana ni amigos íntimos que tuvieran tanto dinero, se había visto obligada a llegar hasta donde lo había hecho. La enfermera que se encargaba de su hermana y que había sido compañera de Alicia durante los estudios de enfermería le había asegurado que Melanie estaba estable y que podía dejarla sola durante un tiempo. Aquello había sido lo que la había impulsado a dar aquel paso drástico y desesperado.

Alicia volvió a mirar hacia las puertas del hotel. Nada. Había seguido a Dante D’Aquanni aquella tarde desde su mansión, situada a orillas del lago, hasta el hotel, donde lo había visto reunirse con una espectacular mujer de pelo castaño.

Alicia se preguntó si se la llevaría a su casa o si le estaría haciendo el amor en una de las maravillosas suites del hotel. Aquello la llevó a morderse el labio inferior y a rezar para que no se la llevara a casa, pues necesitaba hablar con él a solas.

Algo le llamó la atención y volvió a mirar hacia el edificio. El portero acababa de llevar un descapotable plateado hasta la puerta principal, que se estaba abriendo en aquellos momentos.

Alicia reconoció el coche de Dante D’Aquanni inmediatamente.

Y el propietario no tardó en aparecer.

Salía del hotel ataviado con un esmoquin negro, con la pajarita desatada y, desde luego, bastante más despeinado que cuando había entrado. La guapísima mujer de pelo castaño salió a su lado, enfundada en un vestido plateado maravilloso y con apariencia también algo desaliñada.

Era evidente que se habían acostado.

A Alicia le hubiera gustado sentir náuseas, pero lo único que sintió mientras miraba a aquella mujer que estaba abrazando a Dante D’Aquanni y apretándose contra él fue deseo y algo mucho más confuso. Alicia no se podía creer que la belleza y el carisma de aquel hombre le estuvieran haciendo mella desde el otro lado de la carretera.

Como cualquier hermana mayor protectora y cariñosa, estaba convencida de que Melanie era muy guapa y de que todo el mundo la quería, pero también era consciente de que ni ella ni su hermana eran el tipo de mujer en el que se fijaba aquel hombre. Aquel hombre estaba fuera de su alcance, en un nivel que ni siquiera conocían.

Entonces lo comprendió.

Por eso, precisamente, se la había quitado de encima con tanta grosería.

Para entonces, el portero había abierto la puerta del conductor del deportivo. Dante D’Aquanni se libró de la mujer y, tras darle un breve beso en la mejilla, bajó los escalones y se dirigió a su coche. Tras darle discretamente una propina al portero, se colocó al volante y desapareció.

Alicia se quedó mirando a la mujer, que observaba con pena la partida de su amado. A continuación, desapareció en el interior del hotel y Alicia supuso que volvería a la suite que había compartido con él.

De repente, se dio cuenta de que debía seguirlo, así que se apresuró a poner en marcha su coche y a salir del aparcamiento. ¿Qué demonios le estaba ocurriendo? Tenía que concentrarse para poder conducir aquel coche al que no estaba acostumbrada.

Respiró aliviada cuando vio que había un semáforo en rojo pocos metros más abajo y reconoció rápidamente la silueta del deportivo. Casi al instante, el semáforo se puso en verde y el deportivo volvió a avanzar.

Mientras lo seguía, Alicia recordó cómo acababa de tratar a su amante en las escaleras del hotel. Era evidente que a aquel hombre no le importaba ni nada ni nadie.

En aquel momento, sonó el teléfono móvil de Alicia. Lo había dejado sobre el asiento del copiloto y lo agarró. A continuación, escuchó y contestó.

–Ustedes limítense a seguirme y ya les mostraré yo por dónde entrar.

A continuación, miró por el espejo retrovisor y vio al otro coche, del que prácticamente se había olvidado. Ante todo, no debía permitir que el miedo la atenazara.

Pero el miedo ya se había apoderado de ella por lo que iba a hacer. Alicia se dijo que no debía perder la compostura ahora. Había llegado muy lejos, le había costado mucho trabajo averiguar dónde iba a pasar Dante D’Aquanni las vacaciones.

Aquella carretera que discurría junto al lago le habría parecido maravillosa y mágica en cualquier otro momento, pero ahora sólo tenía ojos para el coche de delante.

Sabía que la parte trasera de la mansión de Dante D’Aquanni daba a la orilla del lago. Desde su propiedad, debía de haber una maravillosa vista. Alicia era consciente de que aquellas casas eran realmente exclusivas. Jamás se ponían a la venta a través de anuncios, las transacciones se hacían de boca a boca, los compradores eran multimillonarios y los precios estrafalarios.

Claro que, ¿qué podía esperarse de un multimillonario que era el dueño de la constructora más grande del mundo?

Alicia se fijó en que había dejado de ver las luces del deportivo. Evidentemente, habían llegado. Había llegado el momento de la verdad. Debía hacerlo bien. Por Melanie.

Su hermana había conseguido recuperar la consciencia hacía una semana y había conseguido pronunciar unas cuantas palabras. Después de aquel esfuerzo, había vuelto a entrar en coma, pero había sido suficiente. Alicia había obtenido toda la información que necesitaba.

Tras aparcar bajo un árbol, esperó a que llegara el otro coche. Alicia se había enterado de que su hermana estaba embarazada tras volver de África. Una vez en casa, había corrido al hospital al encontrar varios mensajes en el contestador que le comunicaban el estado de Melanie.

Al estar la mejor amiga de Melanie de vacaciones, en el hospital habían tardado un día entero en identificar a su hermana y en ponerse en contacto con ella y, desde entonces, todo había dado un vuelco inesperado.

Alicia recordó una y otra vez las palabras de su hermana, aquellas palabras que la habían llevado hasta el lugar y el momento en el que se encontraba ahora.

Melanie la había tomado de la mano mientras hacía un gran esfuerzo por hablar.

–Cariño, no hables, guárdate las energías para recuperarte –le había dicho Alicia con el corazón roto.

Pero Melanie había negado con la cabeza.

–Debo decírtelo. Tengo que ver… tengo que hablar con Dante D’Aquanni… es él…

–¿Qué quieres decir? ¿Dante D’Aquanni es el hombre que te ha hecho esto?

Melanie se había recostado entonces sobre las almohadas. Tenía la respiración entrecortada.

–Iba a verlo para decirle que me iba de la empresa, que estaba dispuesta a hacer todo lo que me pidiera con tal de que… estaba muy preocupada y, de repente, apareció aquel camión… –recordó palideciendo y agarrándose a la mano de su hermana–. Debes encontrarlo, Lissy… necesito que… oh, Lissy, lo quiero tanto –se había lamentado Melanie con lágrimas en los ojos–. Lo ha mandado lejos… y lo necesito a mi lado.

Alicia volvió a concentrarse en el lago. La fiebre había hecho que las palabras de su hermana se tornaran incoherentes. Por ejemplo, era obvio que lo que había querido decir había sido que él, Dante D’Aquanni, la había mandado a ella lejos.

Los hechos estaban muy claros. A Alicia no le había costado mucho comprender que su hermana había tenido una aventura con Dante D’Aquanni, el propietario de la empresa en la que trabajaba, que él se había deshecho de ella y que Melanie iba a verlo cuando había tenido el accidente.

Alicia se sentía culpable por no haber estado al lado de su hermana cuando todo aquello había sucedido. De haber estado, habría podido evitar el accidente. Tendría que haberla llamado más desde África.

Durante su estancia en el continente africano, lo único que había sabido era que Melanie salía con un compañero de trabajo. Lo único que le decía en sus correos electrónicos, escritos prácticamente en código Morse, era que salía con alguien. Evidentemente, quería proteger al hombre que le había robado el corazón y la inocencia.

Alicia había intentado ponerse en contacto con la amiga de Melanie, pero no lo había conseguido, así que se había metido en Internet para averiguar quién era aquel hombre. Así, había descubierto que tener relaciones con un compañero de trabajo podía ser considerado un delito dentro de la empresa D’Aquanni. De ahí, que los correos electrónicos de su hermana fueran tan ridículamente secretos.

Y pensar que él mismo había tenido una aventura con una de sus empleadas. Menudo hipócrita.

Al oír que una puerta se cerraba tras ella, Alicia se hizo una coleta y se puso una gorra de béisbol. A continuación, salió del coche. El verano estaba terminando y Alicia se puso una sudadera por si acaso. También agarró su mochila y se aseguró de que su teléfono estaba en modo silencio.

Hecho todo aquello, se acercó a los dos hombres que habían salido del otro coche.

 

 

Dante D’Aquanni paró el coche frente a la puerta de su casa y se sintió enormemente aliviado. Escaleras arriba, lo esperaba su ama de llaves, habló con ella brevemente y entró a la inmensa mansión que era su hogar, su lugar preferido en el mundo.

Recordó entonces cómo Alessandra le había rogado que la llevara con él a pasar la noche allí, cómo se había abrazado a él en la puerta del hotel y le había murmurado al oído promesas eróticas que habían hecho que todo deseo se evaporara.

Dante se sirvió una copa y fue a la terraza desde la que se veía el lago. Era indiscutible que Alessandra Macchi era una de las mujeres más guapas de Italia y también era indiscutible que le había dicho a los cuatro vientos que quería estar con él. Aquello hizo que Dante apretara las mandíbulas. Lo que quería aquella mujer era su dinero. Eso sí que estaba claro.

Cuando había llegado al lago hacía unos días, había salido a tomar una copa y a ver a unos amigos y Alessandra había aparecido de repente diciendo que ella también se iba a tomar unas breves vacaciones. Debía de haberlo tomado con las defensas bajas porque había accedido a pasar a buscarla por su hotel aquella noche para ir a cenar y había permitido que lo sedujera.

¿Qué le había sucedido? Normalmente, no se arrepentía de nada de lo que hacía ya que todas sus decisiones eran tomadas después de haber considerado todos las ventajas y todas las desventajas. Alessandra era el tipo de mujer que le solía gustar: guapa, educada y con experiencia, una mujer a la que tampoco le interesaban los compromisos o que, por lo menos, fingía que no le interesaban. Entonces, ¿por qué aquella noche había sido tan desastrosa, tan mecánica y poco satisfactoria?

Dante se estremeció al volver a recordar cómo le había pedido que la llevara a su casa con él. Era consciente de que no le debía de haber hecho ninguna gracia que la dejara en los escalones del hotel, pero conocía bien a las mujeres como ella y sabía que se repondría.

Mientras se felicitaba por haber podido escapar, se terminó la copa que se había servido y volvió al interior de su casa. En aquel momento, oyó voces, más bien gritos, y vio que su ama de llaves estaba forcejeando con alguien, que estaba intentando entrar.

Al instante, se puso en alerta y sintió que todo el cuerpo se le tensaba, algo que hacía mucho tiempo que no le sucedía. Enseguida, se encontró recordando los peligros de vivir en las calles de Nápoles.

Qué locura.

Aquel mundo había quedado atrás hacía mucho tiempo.

 

 

Alicia estaba intentando controlar las cosas, pero el reportero y el fotógrafo que la acompañaban se estaban mostrando un tanto agresivos. La situación se le estaba yendo de las manos. La pobre ama de llaves los miraba aterrorizada e intentaba cerrarles la puerta. Alicia no sabía italiano para tranquilizarla, para explicarle que lo único que querían era ver a Dante D’Aquanni y, por otra parte, sabía que los guardaespaldas no tardarían mucho en aparecer.

Aunque habían conseguido pasar por el agujero que había encontrado en la valla aquella tarde y esconderse entre los árboles, Alicia sabía que el equipo de seguridad de aquella casa ya los habría detectado.

En aquel momento, la puerta se abrió de par en par y todo el mundo se quedó quieto y callado.

Ante ellos estaba Dante D’Aquanni en persona, resplandeciente y devastador, mirándolos con sus ojos oscuros. Tras mirarlos de arriba abajo, le dijo algo al ama de llaves, que desapareció. A continuación, Dante salió y cerró la puerta tras él.

Alicia se había quedado sin palabras. Tal y como le había sucedido la semana anterior, se sentía desbordada, inútil e impotente. ¿La reconocería?

Dante parecía tranquilo, pero Alicia percibió las oleadas de energía que emanaban de su cuerpo. Dante se cruzó de brazos, dándole a entender que no representaba ninguna amenaza para él. A continuación, la miró fijamente y Alicia tragó saliva.

–Señor D’Aquanni, ¿conoce usted a esta mujer? –le preguntó el periodista.

El miedo inicial que había sentido Dante había desaparecido por completo. Conocía a los periodistas de la zona. No eran más que chusma. Que estuvieran contaminando su casa lo llenaba de ira y la única razón por la que debían de estar allí era aquella mujer.

Al instante, Dante recordó la semana anterior, en sus oficinas de Londres, cuando aquella mujer había salido de detrás de una columna y se había interpuesto en su camino. Dante había estado a punto de llevársela por delante porque era muy pequeña.

Volvió a mirarla de arriba abajo. Aparte de pequeña, no era femenina en absoluto. Llevaba el pelo recogido y, como el resto de ella, era de un color indeterminado, textura desconocida y forma irreconocible.

Para su sorpresa, mientras pensaba todo aquello, se fijó en sus ojos, enormes, marrones y enmarcados por unas larguísimas pestañas. Lo miraba sorprendida.

Aquella mujer no representaba ninguna amenaza.

–Sí, creo que la conozco –contestó.

Así que la había reconocido.

Alicia se preguntó si recordaría también lo que le había dicho. Entonces consiguió liberarse de la intimidación que la mantenía callada. Era su momento, su oportunidad. Aunque los echara y el fotógrafo no pudiera hacer fotografías, el periodista tendría un artículo y Dante se vería obligado a confesar lo que había hecho, se vería obligado a pensar en Melanie.

Alicia abrió la boca, pero, justo en el momento en el que iba a hablar, el reportero se le adelantó.

–Esta mujer nos ha dicho que tiene una historia jugosa sobre usted.

Dante dio un respingo, se fijó en cómo lo miraba aquella mujer, enfadada, y recordó lo que le había dicho cuando le había salido al paso la semana anterior.

«Es usted el padre de mi sobrino y, si cree que va a poder eludir sus responsabilidades, está muy equivocado».

Era una acusación tan ridícula que ni se había parado a pensar en ella. No había salido con nadie en Inglaterra, sabía perfectamente con quién se había acostado recientemente y tenía muy claro que ninguna de sus amantes estaban ni remotamente relacionadas con aquella mujer. Como millonario que era elegía con mucho cuidado a sus amantes y evitaba por todos los medios que se produjeran situaciones como la que se estaba produciendo. Muchas mujeres habían intentado atraparlo y aquélla era una más.

Dante no sabía si era una empleada, pero lo que sí sabía era que debía de ir muy en serio cuando lo había seguido hasta allí. En el acto, se dio cuenta del daño que le podía hacer y decidió que debía impedírselo.

Alicia decidió que había llegado su gran momento y se lanzó.

–Este hombre… –comenzó con valentía.

Sin embargo, al oír un perro a sus espaldas, se giró y vio que se trataba de un guarda de seguridad. Al instante, se dijo que no debía dejarse impresionar, se giró de nuevo hacia Dante D’Aquanni y repitió.

–Este hombre…

Los periodistas que la acompañaban la miraban expectantes y Alicia pensó que debería haberles contado su historia antes de ir hasta allí. Quizás se sintieran defraudados.

–Este hombre es responsable de…

Pero no le dio tiempo a terminar porque sus labios se vieron paralizados bajo una boca cruel y dura. Alicia sintió que el mundo se volvía oscuro y se desorientó. Dante D’Aquanni la había tomado en brazos, la había levantado del suelo y la apretaba contra su pecho.

Alicia se encontraba tan desbordada que le costaba pensar. Para empezar, por el olor que la envolvía, caliente y almizclado, pero también por la sensación de encontrarse pegada a su pecho, un pecho duro, musculado y fuerte. Y no podía liberarse de aquellos labios, unos labios que estaban explorando su boca en aquellos momentos.

De repente, sintió que todo su cuerpo se derretía y que un calor insoportable la recorría de pies a cabeza. La lengua de aquel hombre, aquella invasión sedosa y caliente, aquella lengua que estaba recorriendo su boca…

Alicia pensó que debía de haberse vuelto loca, que alguien la había poseído y que su cuerpo estaba actuando por decisión propia.

Dante apartó la cabeza y se dijo que no sabía por qué había hecho lo que acababa de hacer. Mientras se miraba en los inmensos ojos marrones de aquella mujer y se fijaba en sus labios sonrosados y voluminosos, se dio cuenta de que estaba temblando y que se aferraba con fuerza a su camisa.

¿De dónde había salido aquella ninfa? ¿Se había vuelto loco el mundo en una hora?

El guarda de seguridad gritó algo y Dante sintió que volvía a la cordura. Entonces se dio cuenta de que tenía agarrada a la mujer, que no tocaba el suelo, contra su pecho. Tras soltarla sin miramientos, se percató de que estaba muy excitado.

El guarda de seguridad se acercó a los periodistas y los agarró con fuerza para echarlos.

–Señor D’Aquanni, esta misma tarde se le ha visto con Alessandra Macchi –dijo uno de ellos–. ¿Qué significa esto? ¿Quién es su nueva amiga? Aunque no me lo diga, no tardaré mucho en averiguarlo…

–Sin comentarios –contestó Dante.

Acto seguido, se dio cuenta de que no podía permitir que aquella mujer se fuera. Aquella desconocida era como una escopeta sin seguro. Debía hablar con ella y averiguar por qué lo acusaba de lo que lo acusaba y, sobre todo, debía evitar que la prensa se fijara en él, pues tenía una negociación vital que comenzaba la siguiente semana.

¿Pero qué demonios le había ocurrido? Actuar como lo había hecho, que no era propio de él en absoluto, lo había puesto muy nervioso.

Dante sabía que su guarda de seguridad confiscaría la cámara y borraría las imágenes digitales, pero no estaba seguro de que no hubieran captado aquel beso desde otro ángulo.

Había besado a aquella mujer delante de aquellos hombres, tampoco les hacían falta fotografías.

–Un momento –gritó.

El guarda de seguridad se paró en seco.

Alicia, que había quedado como lobotomizada por el beso de Dante D’Aquanni, se limitó a observar.

–Lo que ha ocurrido, me temo, es muy sencillo –sonrió el empresario–. Esta señorita os ha utilizado. Es cierto que he quedado esta tarde con Alessandra. Ha sido sólo para intentar darle celos a mi pareja actual –relató mirando a Alicia, agarrándola de la mano y besándosela–. Y ha surtido efecto.

Alicia se dio cuenta de que el periodista se creía lo que le estaban contando y se dijo que deberían nominar a Dante D’Aquanni para los Oscar.

–¿De dónde ha salido? –gritó el reportero ya ha cierta distancia.

–Bueno, todos tenemos secretos, ¿no? Después de tantos años, supongo que entenderás que, cuando he decidido tener una relación realmente seria, haya preferido mantenerlo en secreto.

Alicia estaba tan sorprendida que no se le ocurría cómo iba a salir de aquella situación.

Dante odiaba a la mujer que tenía a su lado. ¿Cómo se había atrevido a hacerle aquello? Lo había puesto entre la espada y la pared.. El periodista tenía una historia y, si a Dante se le ocurría llamar a la policía, las cosas no harían sino empeorar, así que se vio obligado a sonreír.

–No hace falta que os diga que ésta es la última vez que invadís mi propiedad y que, si os vuelvo a pillar aquí, pagaréis por ello –sonrió apretándole a Alicia la mano tanto que le hizo daño–. Tenéis suerte de que el amor me haya convertido en un hombre magnánimo.

Y, dicho aquello, el guarda de seguridad se llevó al reportero y a su acompañante. Alicia sintió que las piernas no la sostenían.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

UNA vez a solas, Dante la soltó.

–Entre ahora mismo –le ordenó.

Alicia abrió la boca para protestar, pero Dante se lo impidió.

–No quiero ni una sola palabra, señorita. Haga el favor de entrar ahora mismo –insistió.

Alicia entró en la mansión, vio una silla y se sentó porque temía desmayarse.

–Levántese –le gritó Dante–. ¿Le he dado acaso yo permiso para que se siente?

Alicia elevó la mirada.

–Por favor…

Dante dio un paso al frente, la tomó del brazo y la obligó a levantarse. Alicia se sintió como una muñeca de trapo.

–¿Cómo se atreve entrar en mi casa con esos canallas? Nada más y nada menos que con un fotógrafo, por Dios…

–Me he atrevido, señor D’Aquanni, porque una persona a la que quiero mucho está en el hospital y necesita ayuda, necesita una ayuda que yo no le puedo dar. Por mucho que me moleste tener que venir hasta aquí y vérmelas con una persona tan inmoral como usted, no me ha quedado más remedio –contestó Alicia con amargura–. Créame cuando le digo que tengo cosas mejores que hacer que ir por ahí entrando a escondidas en casa de los demás cuando se hace de noche. Intenté hablar con usted la semana pasada, pero no quiso escucharme.

–No la escuché porque no me gusta perder el tiempo con una persona que se atreve a acusarme de cosas sin fundamento –contestó Dante mirándola de arriba abajo con desdén.

Alicia intentó calmarse.

–Intenté pedir cita para verlo en su despacho, pero habría sido más fácil conseguir audiencia con el Papa –le explicó.

Dante se rió y, en un abrir y cerrar de ojos, le había arrebatado el bolso y había vaciado su contenido en el suelo.

–¿Cómo se atreve…? –se indignó Alicia.

Pero Dante ya estaba rebuscando entre sus cosas. Su cartera con poco dinero, el billete de avión hasta Milán, su teléfono móvil, la tarjeta de crédito.

–Alicia Parker… –leyó en su carné de conducir.

Alicia asintió. Seguro que reconocía el apellido. Parecía ser que no. Dante avanzó hacia ella y Alicia dio un paso atrás.

–¿Y se puede saber qué demonios pretende presentándose aquí con un billete sólo de ida? ¿Acaso creía que todo le iba a salir bien y que iba a volver a su casa en mi avión privado? ¿Acaso el plan era seducirme y quedarse embarazada de verdad?

Era cierto que Alicia sólo había conseguido billete de ida, pues aquel fin de semana había un partido de fútbol en Milán y había sido imposible conseguir el de vuelta.

–Si era ése su plan, le advierto que no le va a dar resultado porque no me gustan las situaciones dramáticas y no me gustan las cazafortunas.

Alicia lo miró y sintió que la adrenalina se apoderaba de ella.

–Melanie. Se llama Melanie Parker –le espetó–. ¿Le dice algo ese nombre o ni siquiera se acuerda del apellido de las mujeres con las que se acuesta?

–¿Qué ha dicho? –gritó Dante.

Alicia se dio cuenta de que Dante parecía realmente confundido.

–Es usted increíble. Así que se acuesta con una mujer y ni siquiera recuerda su nombre…

Dante se acercó a ella, la tomó de los hombros y la zarandeó, lo que la hizo estar a punto de perder el equilibrio. Al darse cuenta de lo frágil que era, Dante se apartó. Alicia se dijo que no debía mostrarse débil. No era el momento. Tenía que ser fuerte por su hermana.

Dante estaba realmente enfadado. Aquel nombre le decía algo y, aunque no quería admitirlo hasta que hubiera podido verificar de qué le sonaba exactamente, tenía claro que aquella mujer había ido hasta allí en busca de dinero.

–Le advierto que tengo muy poca paciencia, así que hablemos claramente. ¿Qué quiere?

Alicia elevó el mentón.

–Lo que quiero, señor D’ Aquanni, es dinero. Necesito dinero para mi hermana, para que la atienda un buen médico. Si no me lo da, su hijo puede que no vea la luz del día –contestó–. ¿Acaso no le importa lo que le vaya a pasar a su propio hijo?

Dante frunció el ceño.

–¿De qué demonios me está hablando?

Alicia vio que Dante no sabía nada del accidente y se puso a contárselo todo a pesar de que se sentía débil… cada vez más débil…

–Melanie… Melanie tuvo un accidente cuando iba a verlo. Un camión se la llevó por delante y…

De repente, Alicia tuvo la sensación de que todo le daba vueltas, lo vio todo doble y se desmayó.

Cuando recobró la consciencia, estaba sentada en una silla con la cabeza entre las piernas y una mano muy grande en la nuca.

¡Qué vergüenza! ¡Ella nunca se desmayaba! Había pasado por situaciones horribles durante el último año y jamás había perdido los nervios y allí, rodeada de todos los lujos del mundo, se había desmayado.

Alicia vio que junto a los zapatos de Dante D’Aquanni aparecían otro par de pies, murmuró algo e intentó moverse. La presión de la mano cedió, Alicia miró hacia arriba y vio la cara del ama de llaves.

Estaban hablando en italiano entre ellos. De repente, Dante D’Aquanni la levantó sin demasiada ceremonia y se la puso al hombro como un saco de patatas.

–¿Qué demonios hace?

–Cállese. Así, le bajará la sangre a la cabeza –contestó Dante mientras subía las escaleras–. ¿Cuándo ha comido por última vez? ¿Acaso estaba tan consumida con su plan para sacarme el dinero que se le ha olvidado comer?

Alicia apretó los puños.

–¿Sacarle el dinero? ¿Sacarle dinero? –se indignó furiosa–. ¿Tiene idea de lo que le ha hecho a mi hermana?

Y, de repente, con la misma velocidad con la que la había puesto sobre su hombro, la dejó en el suelo. Alicia sintió que la habitación volvía a darle vueltas, lo que la llevó a llevarse la mano a la frente

Cuando recobró ligeramente el equilibrio, se dio cuenta de que estaba en una gran habitación elegantemente decorada y de que Dante se alejaba de ella.

–Un momento –le dijo corriendo tras él–. ¿Qué va a hacer con lo de mi hermana? No puede ignorarme así.

Dante se giró al llegar a la puerta

–No, evidentemente, no puedo ignorarla. De momento, lo que voy a hacer es encerrarla aquí.

Alicia abrió la boca para protestar y volvió a cerrarla.

–¿Cómo? ¿No irá a encerrarme de verdad?

–Claro que sí.

Y, dicho aquello, Dante D’Aquanni cerró la puerta y Alicia escuchó estupefacta cómo giraba la llave. Al instante, corrió hacia la puerta y, comprobó horrorizada, que, efectivamente, la había encerrado.

–¡Vuelva aquí inmediatamente! ¡No me puede hacer esto! –protestó.

Nada.

Se había ido.

Alicia se dejó caer hasta el suelo. No tenía nada. Ni siquiera tenía el teléfono para pedir ayuda. Aunque lo hubiera tenido, ¿a quién habría llamado? El único familiar que tenía en el mundo estaba inconsciente en un hospital de Inglaterra y no necesitaba a una amiga para que le dijera lo que ya sabía, que se había metido en la casa de uno de los hombres más influyentes del mundo y que, por tanto, aquel hombre tenía todo el derecho del mundo a llamar a la policía, que probablemente sería lo que estaría haciendo en aquellos momentos.

Alicia se dijo que no debería haber ido hasta allí jamás, que su plan había sido una locura y que debería haberse quedado junto a su hermana. De repente, recordó el artículo sobre Dante D’Aquanni que la había impulsado a ir a Italia.

En él, una mujer que decía haber sido una de sus amantes, afirmaba que la única manera de vérselas con una hombre como Dante D’Aquanni era tomarlo por sorpresa, dándole donde más le dolía: es su imagen pública.

Según afirmaba aquella mujer, incluso los hombres de negocios más poderosos no eran inmunes a la opinión pública, a la censura pública. Aquello había sido lo que había hecho pensar a Alicia que, si la gente se enteraba de que Dante D’Aquanni le había dado la espalda a una mujer que había quedado embarazada de él…

En aquel momento, llamaron a la puerta y Alicia se puso en pie a toda velocidad.

–Lo siento mucho… –se apresuró a disculparse.

Pero no era Dante D’Aquanni sino el ama de llaves, que llegaba con una bandeja en la que había un cuenco de pasta y un vaso de agua. Alicia estaba tan sorprendida que no se le ocurrió huir. Lo cierto era que estaba muerta de hambre.

La mujer le sonrió, dejó la bandeja sobre una mesa y le indicó que se desvistiera

–No, no… estoy bien, de verdad… –le dijo Alicia deseando saber italiano.

Pero la mujer no se dio por vencida, la llevó hasta la cama, la obligó a sentarse y le quitó la camiseta. A continuación, hizo lo mismo con los pantalones, dejándola en ropa interior.

Después, señaló la bandeja. Junto a la comida, había también algodón y antiséptico. Señaló el rostro de Alicia. Alicia se llevó la mano a la cara y se dio cuenta de que se había cortado. Ni siquiera se había percatado.

El ama de llaves entró en el lujoso baño y salió con un maravilloso albornoz, que dejó sobre la cama. A continuación, recogió la ropa de Alicia y abandonó la estancia. Al hacerlo, Alicia volvió a oír la llave en la cerradura.

Nada había cambiado. Seguía estando prisionera.

Alicia se sentó en el borde de la cama y se dijo que no se iba a comer la pasta, pero olía de maravilla y se encontraba muy débil, así que decidió comer porque necesitaba todas sus fuerzas para vérselas con Dante D’Aquanni.

 

 

Aquella noche, mucho más tarde, Dante giró la llave lentamente y abrió la puerta. La habitación estaba en penumbra. Dante se acercó a la cama con las manos metidas en los bolsillos.

Se había convencido de que lo que le había sucedido cuando había besado a aquella mujer había sido como resultado de las circunstancias tan surrealistas en las que se hallaban inmersos, pero ahora, mientras la miraba, sintió que todo su organismo revivía.

Para ser una timadora profesional, había algo curiosamente inocente en ella.

El albornoz que se había puesto le quedaba grande, ya no llevaba el pelo recogido de cualquier manera y Dante se fijó en que las mechas rubias se habían desparramado sobre la almohada. También se percató de que era realmente guapa con la cara lavada.

Parecía ser que se había quedado dormida muy a su pesar, pues tenía los puños apretados, como si estuviera a la defensiva.

Dante deslizó su mirada por las sábanas y se fijó en la pierna que sobresalía, una pierna de pantorrilla perfecta y pie diminuto, como el de una niña.

Alicia respiraba profunda y lentamente. Estaba completamente dormida. Su ama de llaves le había dicho que llevaba muchas horas durmiendo, lo que lo tenía perplejo, pues no encajaba con la imagen de una persona que ha cometido allanamiento de morada y ha acusado a un hombre de ser el padre de un niño al que ni siquiera conoce.

Dante pensó que aquella mujer era tan caradura que lo que había hecho no le quitaba el sueño. Entonces se encontró dando un respingo al escuchar que Alicia murmuraba algo y se movía nerviosa.

Como resultado del movimiento, el albornoz se abrió un poco, dejando expuesto un pecho pequeño y sorprendentemente exuberante. Se trataba de un pecho coronado por un pezón sonrosado, un pecho que parecía una colina turgente.

Al instante, Dante se encontró transpuesto y sorprendido y el deseo volvió apoderarse de él. De repente, sentía la urgente necesidad de darle vida a aquel pezón y de ver el resto de su cuerpo desnudo.

Desde luego, era un deseo completamente inapropiado.

Hacía mucho tiempo que Dante no sentía un deseo así, un deseo tan primitivo, visceral y básico.

Aquella mujer, que al principio no le había parecido femenina en absoluto, le resultaba ahora de lo más atractiva y Dante no pudo evitar recordar la facilidad con la que la había levantado, lo que había sentido al estrecharla entre sus brazos y al hacer contacto con sus labios.

Aquel pensamiento y el hecho de que su excitación lo estaba llevando a tener una erección hicieron que saliera de la habitación y cerrara la puerta con llave a toda velocidad, como si la mujer que estaba tumbada en la cama al otro lado fuera una bruja que fuera a materializarse ante él de repente.

Cuando llegó al vestíbulo, su guarda de seguridad lo estaba esperando para entregarle una carpeta.

–La información que estaba esperando. Esa mujer es pariente de Melanie Parker, una de sus empleadas de Londres. Alicia Parker es enfermera. En el último año, he encontrado seis enfermeras en activo que responden a A. Parker, desde una que trabaja en una clínica privada en Devon a otra que ha estado con una organización no gubernamental en África. En menos de veinticuatro horas sabremos cuál de ellas es.

Dante agarró la carpeta y la abrió. A pesar de que lo que le estaban contando lo había dejado anonadado, su rostro no lo reflejaba. En menos de veinticuatro horas, sabría mucho más sobre ella.

–Eso es todo de momento –contestó.

Dicho aquello, se fue a su despacho, se sirvió un coñac, se sentó y leyó el informe. Al cabo de un rato, se echó hacia atrás en su butaca y se quedó mirando por la ventana desde la que se veía el lago.

Se alegraba de no haber llamado a la policía.

Aunque no le gustara reconocerlo, lo que había dicho aquella mujer no iba del todo desencaminado. Desafortunadamente, sabía perfectamente quién era Melanie Parker y, si lo que Alicia decía era cierto, si era verdad que su hermana estaba en el hospital embarazada, las cosas se podían poner bastante feas.

Era evidente que las hermanas Parker iban directas a la yugular. ¿Quién más sabría algo sobre aquel asunto? Sólo podía hacer una cosa. Tenía que mantener a Alicia Parker cerca de él hasta haber desentrañado todo aquel lío y haber descubierto la verdad, hasta haber descubierto qué les podía ofrecer para que se olvidaran de todo aquello.

Dante se terminó la copa y sonrió. Era evidente que la noticia de que tenía nueva novia estaría en los periódicos en pocas horas, así que no creía que fuera a resultar demasiado difícil mantenerla junto a él.

De repente, se encontró recordando el pecho que había quedado al descubierto y tuvo que aferrarse al vaso con fuerza. Lo último que necesitaba en aquellos momentos era que su libido reviviera por una desconocida que amenazaba con dar al traste con el equilibrio que tanto le había costado tener en la vida.

Lo que le apetecía hacer era volver a su habitación, agarrarla del pelo, inclinarse sobre ella y apoderarse de su boca, quería volver a besarla y descubrir si la sentiría prieta cuando la penetrara.

Dante no estaba acostumbrado a que su mente se viera inundada por aquellos pensamientos, así que se puso en pie agitado y se paseó por la estancia, se sirvió otra copa y se la tomó de un trago.

Era evidente que las dos hermanas trabajaban en equipo. Aunque el timo que habían ideado no era especialmente sofisticado, era un timo al fin y al cabo. Claro que a Dante no le costaría mucho dar al traste con él.

Lo sacaba de quicio que una persona creyera que podía engañarlo de aquella manera… otra vez.

Había aprendido la lección la primera vez.

No era el momento para verse involucrado en una guerra de posible paternidad de la que se harían eco todos los medios de comunicación. La negociación de la que dependían tantas personas estaba a la vuelta de la esquina y no iba a permitir que aquellas hermanas y su estúpida historia estropeara las cosas, así que se acercó a su mesa, descolgó el teléfono e hizo la primera de unas cuantas llamadas.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

ALICIA se asomó a la ventana y comprobó que la vista desde allí era realmente espectacular. Era muy pronto, pero ya se había vestido, pues estaba tensa y nerviosa y quería llamar al hospital para ver cómo estaba Melanie.

No se podía creer lo que había sucedido el día anterior y tampoco se podía creer que hubiera dormido casi ocho horas seguidas, pero lo cierto era que había dormido profundamente. En casa de Dante D’Aquanni. Había intentado no dormirse, se había sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared y se había quedado mirando la puerta durante horas, pero, al final, los ojos se le habían cerrado, así que había ido al baño a lavarse la cara, pero al sentir el agua caliente, al quitarse la ropa interior y envolverse en aquel maravilloso albornoz, no había podido impedir que el sueño que hacía semanas la perseguía pudiera con ella.

Menuda hermana mayor estaba hecha. No tendría que haber ido, no tendría que haberse separado de Melanie…

En aquel momento, oyó la llave en la cerradura y dio un respingo, se giró con el corazón latiéndole aceleradamente y vio a Dante D’Aquanni en la puerta.

Aquel hombre era tan guapo que le costaba respirar y le parecía todavía más guapo a la luz del sol. Llevaba unos pantalones negros y una camisa gris. Desde luego, era un hombre con mucho estilo, el perfecto hombre de negocios. Parecía muy molesto.

Al instante, Alicia sintió que la columna vertebral se le tensaba. Como resultado, sintió una punzada de dolor en la zona lumbar. No debería haber hecho tantas cosas últimamente y, desde luego, no debería haber estado corriendo por el jardín escondiéndose entre los arbustos. Y, total, todo eso para terminar como un saco de patatas sobre el hombro de aquel hombre.

Al recordarlo, Alicia sintió que se derretía.

–Señor D’Aquanni…

Dante levantó la mano para que se callara y entró en la habitación. Llevaba el bolso de Alicia y le entregó su teléfono móvil. Alicia se apresuró a mirar la pantalla. Había muchas llamadas perdidas. Todas del hospital.

Pálida como la pared, se apresuró a marcar el número.

Dándole la espalda a Dante, pidió que le pasaran con la enfermera jefe de servicio, con la que mantuvo una breve conversación. Cuando terminó, se giró hacia Dante D’Aquanni, quien se sorprendió al ver que tenía lágrimas en los ojos. No era aquello lo que esperaba y se dijo que aquella mujer era una actriz maravillosa.

–Me han dicho que mi hermana ha recuperado la consciencia y que estaba preguntando por mí, así que me tengo que ir –le dijo.

–Lo sé –contestó Dante de manera cortante.

–¿Cómo que lo sabe? –se sorprendió Alicia.

–Sé muchas cosas, señorita Parker, y sabré muchas más cuando lleguemos a Inglaterra –contestó Dante.

Alicia sintió un inmenso alivio. Así que Dante la iba a dejar marchar. Por otra parte, había algo contradictorio e incómodo en todo aquello.

–¿Eso quiere decir que admite usted que es el padre de mi sobrino?

Dante negó con la cabeza muy irritado.

–No, está usted muy equivocada. Estoy completamente seguro de que no soy el padre del hijo de su hermana… suponiendo que esté realmente embarazada, claro…

Alicia sintió que un tremendo enfado se apoderaba de ella.

–Por supuesto que está embarazada. Mi hermana no miente. Usted es el padre. Ella misma me lo dijo.

–Pues eso es mentira y esta conversación ya me está aburriendo, así que vámonos –contestó Dante girándose y saliendo de la habitación.

Alicia se apresuró a recoger su bolso y a correr tras él.

–Le digo que mi hermana no miente, señor D’Aquanni.

Dante se paró en seco al llegar a las escaleras y Alicia se chocó contra él. Dante se giró hacia ella y la agarró de los brazos con fuerza.

–¡Ya basta! No quiero seguir escuchando esas tonterías. Nos está esperando un helicóptero para llevarnos al aeropuerto de Milán –anunció soltándola de repente.

–¿Eso quiere decir que me va a llevar? –se sorprendió Alicia.

–Teniendo en cuenta que ha venido usted sin billete de vuelta, que apenas tiene dinero en el bolso para pagarse una comida y que supongo que su tarjeta de crédito estará bajo mínimos, no creo que pueda llegar a Inglaterra con la rapidez que esta situación requiere si no la llevo yo –contestó Dante bajando las escaleras–. Usted y su hermana se han equivocado eligiéndome a mí para estos jueguecitos, señorita Parker. No pienso volver a hablar de ese bebé. No pienso permitir que sus absurdas acusaciones hagan mella en mí, pero lo que sí le aseguro es que no pienso quitarle el ojo de encima hasta que todo esto se haya solucionado. Le aseguro que va a pagar por haber puesto a prueba mi paciencia.

Alicia se quedó helada ante sus palabras y, cuando creyó que la histeria iba a poder con ella, se dijo que, por lo menos, no tendría que preocuparse por cómo iba a volver a casa. Dante D’Aquanni tenía razón. Apenas tenía dinero en la tarjeta de crédito. Ni siquiera había pensado en cómo iba a volver a Inglaterra, pues su único deseo había sido encontrar a Dante D’Aquanni.

Ya lo había hecho y ahora lo seguía escaleras abajo a toda velocidad, como si estuvieran montados en el mismo tren y no hubiera manera de escapar.

 

 

Dante miró al otro lado del pasillo de su avión. El rostro de Alicia Parker estaba tenso, al igual que todo su cuerpo. Estaba mirando fijamente por la ventana como si las nubes fueran fascinantes.

A Dante le hubiera gustado levantarla de la butaca y obligarla a pagar por lo que había hecho, haber irrumpido en su vida y haberlo hecho volver a Inglaterra, país que había abandonado casi un año antes.

Sí, debía pagar, pero, ¿cómo?

Alicia no había vuelto a hablar desde que habían salido de su casa, no se había mostrado sorprendida al entrar en el helicóptero que los había llevado al pequeño aeropuerto privado reservado exclusivamente para dignatarios y hombres de negocios. De hecho, en el helicóptero no había tenido ni que explicarle lo que tenía que hacer, pues lo había hecho ella sola automáticamente.

Era evidente que estaba acostumbrada a viajar en helicóptero y aquello de alguna manera no encajaba con la imagen que proyectaba. ¿Desde cuándo una joven ataviada con vaqueros y sudadera sabía comportarse como una mujer acostumbrada a una vida lujosa?

Dante tuvo que admitirse a sí mismo que la primera apariencia que daba aquella mujer no parecía ser la correcta. Al recordar la gran diferencia que se había obrado en ella cuando se había lavado la cara, no quiso ni imaginarse el cambio que daría si se pusiera un vestido bonito que marcara sus maravillosas curvas…

Alicia eligió aquel preciso momento para girarse hacia él y lo sorprendió mirándola intensamente, lo que hizo que se estremeciera de placer y que el corazón le diera un vuelco.

Dante se echó hacia atrás en su butaca y la miró con frialdad. Alicia no pudo apartar la mirada, lo que hizo que se ruborizara.

–Explíqueme por qué está usted tan segura de que soy el padre del hijo de su hermana –le pidió Dante a pesar de que le había dicho que no quería volver a hablar del bebé.

Alicia hizo todo lo que pudo para no perder la calma. No se podía creer que aquel hombre estuviera mostrándose tan obtuso. A lo mejor, tenía tantas amantes que no sabía cuál era cuál. Claro que, por otra parte, parecía demasiado acostumbrado a seleccionar como para tener un comportamiento así, lo que llevó a Alicia a preguntarse de nuevo qué habría visto en su hermana.

–Estoy convencida porque ella misma me lo dijo y yo la creo. Es mi hermana –contestó–. Es evidente que no está usted yendo a Inglaterra porque sí. Lo hace porque sabe que digo la verdad.

Dante apretó los dientes y se inclinó hacia delante, haciendo que Alicia se echara hacia atrás.

–¿Qué le dijo exactamente?

–Le pregunté quién le había hecho aquello y me dijo que usted, me contó que iba a verlo cuando tuvo el accidente y también me contó que usted le dijo que no quería saber nada de ella. Yo sabía que estaba saliendo con un compañero de trabajo, pero no sabía que fuera usted.

Dante frunció el ceño.

–Según tengo entendido, seguía trabajando para mí. Nada la echó.

–Sí, cuando le he dicho lo de que no quería saber nada de ella me refería al plano personal. Cuando hablamos, estaba muy mal. El accidente que tuvo fue muy grave.

Dante sacudió la cabeza como si de repente comprendiera algo. Claro, ¿cómo no se había dado cuenta antes?

–Supongo que su hermana está al corriente de la fusión y sabe perfectamente lo mal que me vendría en estos momentos un escándalo público –recapacitó en voz alta–. Sé perfectamente lo que se proponen.

Alicia se echó hacia delante con las manos apretadas y los ojos escupiendo llamas.

–Señor D’Aquanni. Mi hermana está en estos momentos pasándolo muy mal y le aseguro que no está tramando nada y, en cuanto a mí, ¿cree que no tengo nada mejor que hacer que recorrer Europa en busca de un millonario seductor y déspota?

–Puede dejar de fingir –contestó Dante con frialdad–. Ya no es necesario.

Alicia lo miró furiosa, se desabrochó el cinturón de seguridad y se puso en pie iracunda para plantarse ante él con los brazos en jarras.

–Es usted increíble. ¿De veras se cree que es intocable y que puede ir por ahí tratando a las personas así? ¿Se cree que puede tratar a los demás como si fueran juguetes con los que se puede jugar un rato y de los que se puede deshacer cuando se ha aburrido? A lo mejor, eso es lo que ha hecho durante toda su vida, pero le aseguro que a partir de ahora…

En aquel momento, hubo una turbulencia en el avión que hizo que Alicia se viera lanzada hacia delante y aterrizara irremediablemente sobre el regazo de Dante D’Aquanni.

Alicia intentó separarse de él, pero se encontró con que la había agarrado. Al instante, percibió su olor fresco, masculino y almizclado.

–Suélteme –le ordenó.

–No –contestó Dante–. Me interesa mucho lo que me estaba diciendo, así que, por favor, siga. Creo que iba usted a decirme cómo iban a ser las cosas a partir de ahora –añadió.

Alicia lo miró los ojos y se arrepintió al instante, pues aquel rostro y aquella boca que estaba tan sólo a unos cuantos milímetros de ella…

–Yo… yo…

¿Por qué tenía que sentirse tan atraída físicamente por él? Aquel hombre era su enemigo, el hombre que había dejado plantada a su hermana y que se negaba a aceptar la paternidad de su hijo. Aquel hombre era lo peor de lo peor.

–La verdad es que no me interesa lo que me vaya a contar, lo que me interesa es esto.

Y, dicho aquello y antes de que a Alicia le diera tiempo de reaccionar, Dante se apoderó de su boca y Alicia se sintió transportada a la tarde anterior. Todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo explotaron y se incendiaron. Aquello era una locura, pero el efecto instantáneo que tenía sobre ella era irresistible.

Dante le había deslizado una mano por debajo del suéter y estaba recorriendo su cintura. Al instante, Alicia sintió que sus pechos se endurecían y se revolvió al sentir deseo en estado puro pulsando entre sus piernas. Dante gimió contra su boca y Alicia sintió que el corazón comenzaba a latirle más deprisa mientras la realidad se tornaba una nebulosa imposible de controlar.

Una de las manos de Dante se posó sobre uno de los pechos. Con dolorosa lentitud, su pulgar encontró y comenzó a acariciar el pezón, cubierto por el encaje del sujetador.

«Más fuerte», pensó Alicia mientras dejaba caer la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos.

Jamás se había sentido así, jamás había sentido aquel fuego inmediato que había dado al traste con cualquier resistencia. La única vez en la que había estado cerca de sentir aquello había sido…

Sus pensamientos la hicieron dar un respingo y tensarse. La otra mano de Dante estaba buscando su otro pecho y Alicia comprobó horrorizada que se había movido para facilitarle el acceso.

Alicia se aferró al recuerdo doloroso y consiguió apartarse de Dante echándose hacia atrás. Lo hizo con tanta fuerza que aterrizó sobre la alfombra del pasillo.

¿Qué demonios le había pasado?

Alicia se puso en pie con la respiración entrecortada, se llevó el reverso de la mano a la boca y lo miró con los ojos muy abiertos. Cuando se retiró la mano, Dante comprobó que estaba ruborizada, pero no dijo nada.

A Alicia le pareció el hombre más inconmovible del mundo.

–No vuelvas a tocarme. Me das asco –le escupió, tuteándolo.

Y, antes de que pudiera ver la zozobra que la invadía, se giró y corrió al aseo que había en la parte delantera de la cabina, esquivando casi por milagro a la azafata que llegaba con una bandeja de comida y bebida.

Tras un buen rato echándose agua fría en la cara y en las muñecas, Alicia salió del baño. Se preguntó qué tipo de embrujo había utilizado aquel hombre con ella y sintió náuseas al pensar que iba a tener que enfrentarse a su hermana cuando ella tampoco había podido evitar sus encantos.

De repente, deseó que aquel hombre, realmente, no fuera el padre del hijo de Melanie. Iba a ser la tía del hijo de aquel hombre, no debía olvidarlo. Alicia sintió que el estómago le daba un vuelco y temió vomitar.

Tras echar los hombros hacia atrás, entró en la cabina y, para su sorpresa, se la encontró vacía. La azafata se giró hacia ella y Alicia se preguntó qué habría hecho Dante. ¿Se habría tirado en paracaídas para escapar de ella?

–El señor D’Aquanni está en el despacho que hay en la parte trasera del avión atendiendo una llamada de negocios. Me ha dicho que, si necesita usted algo, me llame. Aterrizaremos en menos de una hora, señorita Parker –le informó en tono profesional.

Alicia asintió.

Evidentemente, Dante tenía un despacho en aquel avión. Seguro que estaba tan asqueado como ella por lo que había ocurrido. Alicia se ruborizó al recordarlo. Prácticamente, se había abalanzado sobre él y le había dado pie a que siguiera…

 

 

Dante estaba sentado en la parte trasera del avión. La llamada telefónica había durado apenas un par de minutos. Todavía sentía el cuerpo caliente y los pantalones demasiado prietos.

Cuando Alicia había aterrizado en su regazo, había tenido muy claro lo que tenía que hacer: apartarse de ella y decirle que se fuera a su sitio de nuevo, pero sus brazos habían actuado por cuenta propia y su trasero había encontrado el sitio perfecto entre sus piernas, como si se conocieran de otra vida, y se había sentido tan bien con su cuerpo entre las manos que había olvidado lo enfadado que estaba con ella.

Por otra parte, lo que le había dicho no tenía sentido. ¿Cómo se atrevía aquella mujer a asumir cómo había sido su vida? Evidentemente no sabía que Dante se había tenido que abrir paso a codazos y patadas y que por causa de alguna fuerza divina había conseguido mantenerse siempre del lado de la ley, pero por poco. Si no hubiera sido por Stefano Arrigi, que los había sacado de las calles, ¿qué habría sido de él y de su hermano?

Dante maldijo a Alicia por hacerle pensar en aquellas cosas. Por supuesto, sabía que no era culpa suya, pues el pasado estaba ahí y Dante, aunque tampoco hablaba de él, no lo había negado nunca. Sin embargo, había aprendido por las malas que, cuando uno tiene dinero, los demás se olvidan de cómo lo ha conseguido. Aun así, la acusación de Alicia le había dado en un punto flaco y no sabía por qué, pues, al fin y al cabo, era una completa desconocida.

Dante no quería que nadie lo compadeciera. Sobre todo, porque no guardaba buenos recuerdos de lo que había sucedido la única vez que había confiado la verdad a otra persona, una mujer.

Dante se puso en pie. Cuanto antes llegaran a Inglaterra y aclararan aquella farsa, mejor. Y cuanto antes le quedara claro a aquella mujer que no tenía nada que reprocharle, mejor. Dante se prometió a sí mismo que estaría de vuelta en su casa del lago Como aquel mismo día y que ninguna de aquellas mujeres sería una amenaza para él.

 

 

Dante volvió a la cabina principal justo cuando el avión estaba aterrizando y Alicia evitó mirarlo. Temblaba por dentro, así que se dedicó a mirar por la ventana cómo iban apareciendo los campos, los edificios, los coches…

De repente, se dio cuenta de que estaban en Oxford.

–¿Cómo sabías dónde venir? No te lo he dicho en ningún momento –comentó.

–Lo sé porque ha sido fácil de averiguar –contestó Dante abotonándose la chaqueta.