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Chillán 1939. Catástrofe, memorias y patrimonialización rememora el hecho histórico que determinó un momento de inflexión en la historia urbana de la ciudad de Chillán. El terremoto de 1939 es revisitado en este libro a través de fotografías, prensa y relatos de sobrevivientes, desde las memorias personales al patrimonio material. La reconstrucción de la memoria de la ciudad es comprendida desde una perspectiva patrimonial, que se presenta desde la historia de la catástrofe a la conmemoración, a más de ochenta años de ocurrido el desastre. El terremoto, a partir de la tragedia y posterior superación, es descrito en el texto como una oportunidad de innovación y aplicación de nuevos modelos arquitectónicos y urbanos. La colaboración entre la Unidad de Patrimonio de la Ilustre Municipalidad de Chillán, el Centro de Patrimonio Cultural de la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Fundación Aldea en este proyecto, da cuenta de una alianza institucional entre la academia, el gobierno local y el Estado que apoya a través del Fondo del Patrimonio Cultural, Concurso Regional 2021-2022, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. El texto expone cómo el proceso de patrimonialización de Chillán es abierto y en desarrollo, fortalecido con la creación de la Unidad de Patrimonio de la Municipalidad (2012), la creación de la nueva Región de Ñuble (2018) y la solicitud de declaratoria de nuevas zonas típicas (2019). ELVIRA PÉREZ V. Subdirectora de Investigación y Desarrollo, Escuela de Arquitectura UC.
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Seitenzahl: 264
Veröffentlichungsjahr: 2023
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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
www.ediciones.uc.cl
CHILLÁN 1939
Catástrofe, memorias y patrimonialización
Segunda edición
Umberto Bonomo, Karin Cárdenas y Alejandro Crispiani, editores
© Inscripción N° 2023-A-2293
Derechos reservados
Segunda edición, marzo 2023
ISBN Nº 978-956-14-3091-4
ISBN digital Nº 978-956-14-3092-1
Director del Centro de Patrimonio Cultural UC: Umberto Bonomo
Editores: Umberto Bonomo, Karin Cárdenas, Alejandro Crispiani
Producción editorial: Ediciones UC
Autores: Anabella Benavides, Umberto Bonomo, Karin Cárdenas, Alejandro Crispiani, Soledad Díaz de la Fuente,
Ivette Quezada, Francisca Molinos y Rodrigo Vera
Recopilación archivos de prensa: Dagoberto Flores
Digitalización del diario La Discusión: Miguel Toro y Dagoberto Flores
Trascripción de entrevistas Unidad de Patrimonio Municipalidad de Chillán (UPA): Javiera Vera
Diseño y retoque de imágenes: Carolina Valenzuela
Agradecimientos: CENFOTO/archivo diario La Nación; Centro de Documentación Patrimonial UTAL/ archivo La Mañana de Talca; Archivo diario El Mercurio; Archivo diario La Discusión, Archivo Fotográfico de la Biblioteca Nacional de Chile
Coordinación asuntos administrativos: María Lorenza Perramón
Organizadores proyecto FONPAT 2020-2022: Unidad de Patrimonio Municipalidad de Chillán (UPA), Centro del Patrimonio Universidad Católica de Chile, Fundación Aldea.
Diagramación digital: ebooks [email protected]
Unidad de Patrimonio Municipal de Chillán (UPA) es: Karin Cárdenas, Anabella Benavides, María Lorenza Perramón, Dagoberto Flores, Miguel Toro
FONPAT FOLIO 36739 / Línea Investigación-2020
Servicio del Patrimonio Cultural, Ministerio de las Culturas las Artes y el Patrimonio.
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Chillán 1939. Catástrofe, memorias y patrimonialización
/ Editores Umberto Bonomo, Karin Cárdenas, Alejandro Crispiani.
Incluye bibliografía.
1. Patrimonio cultural – Chile - Chillán.
2. Protección del patrimonio cultural - Chile - Chillán.
I. Bonomo Tria, Umberto, editor.
II. Cárdenas, Karin, editor.
III. Crispiani, Alejandro, editor.
2022 363.9 + DDC 23 RDA
ÍNDICE
Prólogo / Erwin Brevis y Pamela Conejeros
Presentación / Los autores
Vistas de Chillán / Planos urbanos
CATÁSTROFE
Chillán, un estado aparte. Febrero-mayo 1939 / Alejandro Crispiani
Archivo Fotográfico Manuel Tello / Biblioteca Nacional de Chile
Emergencia y reconstrucción / La mirada de la prensa
¡Reconstruyámonos! / Editorial diario La Discusión. Chillán, jueves 23 de marzo de 1939
MEMORIAS
Subjetividades de un acontecimiento inolvidable: memorias del terremoto de 1939 y el proceso de reconstrucción de una ciudad en ruinas / Ivette Quezada, Soledad Díaz de la Fuente y Francisca Molinos
Extracto de entrevistas realizadas por Fundación Aldea, en el marco de las Jornadas de Participación Ciudadana, proyecto: “Patrimonio Moderno en Chillán: el terremoto de 1939 y el proceso de reconstrucción”
Entrevistas realizadas por la Unidad de Patrimonio de la Municipalidad de Chillán (UPA) el año 2017, en el marco de la conmemoración del terremoto de 1939
Una crónica del terremoto: Guillermo Díaz, velador nocturno / Gabriela Mistral
Bajo los escombros de Chillán / Víctor Acosta
PATRIMONIALIZACIÓN
La idea de habitar en la arquitectura moderna de Chillán / Rodrigo Vera
El patrimonio como proceso abierto. Chillán 1939-2039 / Umberto Bonomo
Patrimonialización: acciones de conmemoración ciudadana en torno al terremoto de 1939 / Karin Cárdenas, Anabella Benavides (UPA Chillán)
Biografías autores
PRÓLOGO
Erwin Brevis, Pamela Conejeros
Entenderemos este prólogo como lo ocurrido antes de la publicación de este libro y no como las palabras introductorias a los textos que en un momento serán leídos. Es necesario contextualizar cómo se llega a concretar esta investigación que hoy el lector tiene en sus manos y cuyo contenido es el resultado de la reflexión sistemática y permanente de una ciudad durante los últimos ochenta y cuatro años, pero con más fuerza, los últimos diez. Y es que estas páginas no se han construido solamente desde el interés académico por explicar uno de los hechos históricos más relevantes de la vida en Chillán, sino que desde el anhelo ciudadano de entender y proyectar una identidad que, a pesar del hormigón sobre el cual principalmente se sostiene, siempre pareciera frágil frente a las dinámicas del, a veces, mal entendido progreso.
En 2012 nace la Unidad de Patrimonio de la Municipalidad de Chillán. A dos años del terremoto del 27 de febrero y en medio de proyectos de reconstrucción habitacional, el equipo técnico perteneciente al gobierno comunal debió asumir tareas inmediatas asociadas al resguardo de la memoria del Barrio Santa Elvira1, uno de los primeros sectores surgidos fuera de la trama urbana fundacional como consecuencia de la migración campo ciudad de los siglos XIX y XX. Los programas de gobierno2 solo contemplaban la recuperación material de viviendas de adobe que habían sufrido los daños provocados por el sismo. De inmediato las memorias asociadas al terremoto de 2010 evocaron las de uno de mayor impacto para la ciudad sucedido el 24 de enero de 1939.
Desde allí se profundizaron los desafíos y las interrogantes para un equipo pionero en la materia a nivel nacional3. ¿Cuál ha sido el impacto de los terremotos para el patrimonio de Chillán? ¿Cuáles han sido las decisiones que se han tomado sobre su desarrollo? ¿Cuáles son los elementos que se deben conservar y poner en valor en el entorno urbano de la ciudad? Preguntas que, por supuesto, no tienen una sola respuesta. Más bien, invitan a reflexionar permanentemente sobre la constante construcción de identidad; ejercicio que la comunidad chillaneja ha realizado varias veces.
Con los terremotos de 1751 y 1835, la ciudad cambió de ubicación; sin embargo, con el de 1939, la decisión fue distinta. Vecinos y gobernantes optaron por mantener el trazado urbano diseñado por el ingeniero francés Carlos Lozier: con sus cuatro avenidas principales y cinco plazas que bien describió la Premio Nacional de Literatura, la escritora chillaneja Marta Brunet, para el centenario de la nueva ciudad.
“Vieja ciudad mía, centenaria, con la nieve
del tiempo que nunca ha de cubrirte
de caduquez, con el soplo de los puelches contrarios
que no han de rendirte jamás, porque la nieve
no llega a tu corazón de cantarito de greda
con agua de cielo y espíritu, ni el puelche agresivo
podrá doblegar tu altivez señorial.
Vieja ciudad mía, mediterránea y recoleta,
mater de esquinas redondas para nuestra dulzura,
con las cinco plazas jugando a ser pájaro y a ser flor,
hinchada leche abundosa en el plato
hondo de tu mercado, con las iglesias diciendo
campanadas y ensoñación, lindas tus mujeres,
benditas en el hijo que les nació sabio para
engrandecimiento tuyo y de la patria.
Vieja ciudad centenaria.
Chillán nuevo en mi corazón”4.
Y barrios suburbanos como Villa Alegre, desde donde la cultura popular emergía a borbotones marcando a fuego la vida de la familia Parra Sandoval, como leemos y cantamos en la composición de la gran Violeta en “Yo canto a la diferencia”.
Yo canto a la chillaneja
Si tengo que decir algo
Y no tomo la guitarra
Por conseguir un aplauso
Yo canto a la diferencia
Que hay de lo cierto a lo falso
De lo contrario no canto5.
El terremoto de 1939, tenía valores diferentes: una refundación sin serlo, un movimiento que puso a Chillán en la vanguardia de la arquitectura de la época y la confirmación de una identidad que se mueve entre lo moderno y lo rural. El cara y sello de una ciudad que se reconocía a sí misma como especial y que, en el proceso de reconstrucción, pudo coordinar las acciones públicas y privadas que hoy entregan a la ciudad una imagen homogénea. Por una parte, el Estado generó un plan de inversión y políticas públicas6 que perduran hasta el día de hoy, y por otra, comerciantes, vecinos y agrupaciones de empleados decidieron generar barrios con la misma apariencia que la de los edificios públicos7.
Entonces, en 2014 y como primera acción para instalar la reflexión ciudadana sobre el terremoto de 1939, se generó una austera, pero significativa actividad de conmemoración. La primera “Alerta de memoria” invitó al Cuerpo de Bomberos de la ciudad a tocar su sirena y a la Catedral de Chillán, sus campanas, a las 23:32 horas. Recordar la hora exacta de la tragedia, casi a la medianoche y con el sonido de la emergencia, generó sorpresa en una comunidad que poco a poco se fue acostumbrando y hasta “encariñando” con las acciones de conmemoración que fueron aumentando cada año en cantidad y contenido. Hoy, el programa 24/01 se ha instalado como una iniciativa de puesta en valor y de participación ciudadana que, por una parte, genera oferta cultural en verano que reúne masivamente a la comunidad en torno a una acción vinculada a la memoria y, por otra, propicia la reflexión sobre los valores y bienes patrimoniales de la ciudad que queremos, o no, conservar para el futuro.
Hoy nuevamente nos cuestionamos el impacto de los terremotos, pero no solamente de aquellos que nos da la tierra; el aumento de la construcción inmobiliaria ha presionado la destrucción del patrimonio moderno de Chillán, incluyendo la idea de ciudad pensada y planificada post terremoto de 1939, lo que ha generado una carrera contra el tiempo por protegerlo. Y es que no solo desaparecen inmuebles, sino que estilos de vida que, todavía, hacen de la capital regional una ciudad amable para vivir. La iniciativa ciudadana por declarar Zona Típica8 el casco histórico de la ciudad genera esperanza sobre el interés de resguardar los valores arquitectónicos, urbanos, sociales y culturales, legado del proceso de reconstrucción; sin embargo, es primordial que quienes toman decisiones sobre el futuro de la ciudad consideren todos los antecedentes que en las próximas páginas de presentan al momento de definir qué se queda y qué no. Por eso hemos llegado hasta aquí.
1 En 2012, la Unidad de Patrimonio de la Municipalidad de Chillán se adjudicó la subvención de cultura del FNDR de la Región del Biobío para escribir el libro Historia del Barrio Santa Elvira.
2 El Ministerio de Vivienda y Urbanismo generó subsidios para zonas de interés patrimonial a través del Programa de Protección del Patrimonio Familiar (PPPF).
3 La Unidad de Patrimonio se crea, inicialmente, en la Secretaría de Planificación de la Municipalidad de Chillán para gestionar el patrimonio local. En 2014 recibe el Premio Nacional de Restauración entregado por el Consejo de Monumentos Nacionales.
4 Texto publicado en la Revista Zig-Zag de 1935 en edición especial dedicada al centenario de la última fundación de Chillán.
5 Del álbum El folklore de Chile, vol. VIII - Toda Violeta Parra editado en 1960 por el sello EMI Odeón.
6 El terremoto de 1939 indujo al presidente Pedro Aguirre Cerda a regularizar la edificación por medio de una ley. También llevó a que, finalmente, se concretara el proyecto de creación de la Corporación de Fomento y Producción (CORFO), con el fin de iniciar la industrialización del país. www.memoriachilena.cl
7 La Caja de Empleados Particulares construyó el Conjunto Habitacional Martín Rucker, sumándose así a los conjuntos construidos por el Estado en otros sectores de la ciudad como el barrio para funcionarios de Carabineros.
8 En 2019 se presentó la solicitud de declaratoria como Monumento Nacional en categoría Zona Típica o Pintoresca de la zona comprendida dentro de las cuatro plazas de Chillán, considerando un polígono de 10 x 10 manzanas. Actualmente la oficina técnica regional de Ñuble del Consejo de Monumentos Nacionales propone proteger el eje comprendido por la Avenida Libertad entre las calles Brasil e Isabel Riquelme.
PRESENTACIÓN
Los artículos que constituyen el presente libro se enmarcan dentro del proyecto de investigación “Patrimonio moderno en Chillán: el terremoto de 1939 y el proceso de reconstrucción” auspiciado por el Fondo del Patrimonio Cultural, Concurso Regional 2021-2022, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Tres organismos convergieron en la realización de este proyecto: la Unidad de Patrimonio de la Ilustre Municipalidad de Chillán, el Centro de Patrimonio Cultural de la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Fundación Aldea. Miembros de estos organismos, así como académicos de la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica, son los autores de estos artículos. Esta convergencia de instituciones orientadas en principio a objetivos diferentes pero sin duda concomitantes, habla ya de la pluralidad de enfoques que guió las investigaciones pero que tuvo una preocupación central y común a todas ellas: comprender la catástrofe y explorar lo que podríamos llamar su fuerza constructiva y sus muchas reverberaciones, a través de la fábrica urbana, las instituciones y en medida no menor las personas.
El suceso acaecido el 24 de enero de 1939, que como todos sabemos es uno de los episodios más dramáticos de la historia de Chile, sigue estando presente de muchas maneras en el momento actual. La memoria directa del mismo aún se conserva en algunos sobrevivientes y su recuerdo, como toda situación altamente traumática, ha sido particularmente resistente al paso del tiempo y se ha ido transmitiendo de generación en generación, constituyendo una parte indeleble de la memoria colectiva de la ciudad. También la ciudad misma, en su materialidad, guarda a su manera el registro de la tragedia y su superación. Así como las personas que sobrevivieron a la catástrofe debieron rehacerse y superar el trauma ocasionado por ésta, también la ciudad tuvo que afrontar un proceso análogo y reconstruirse en una acción muy prolongada a lo largo del tiempo, que en gran medida llega al momento actual y que ha conocido etapas muy diversas, con sus altos y sus bajos. Este proceso de reconstitución, que parte de lo que pudo conservarse de la antigua ciudad y que desemboca en la creación de un nuevo organismo urbano, vinculado de mil maneras a su traumático pasado, podríamos decir que está expuesto públicamente y se manifiesta tanto en las operaciones de trazado de calles y avenidas, en la convivencia pacífica o conflictiva de edificios de diversos tiempos y también en infinidad de detalles arquitectónicos en los que se manifiestan las varias ideas de ciudad que atravesaron a dicho proceso y aún lo atraviesan. Por otra parte, y aunque presentes de un modo distinto, están todos aquellos documentos producidos en el momento de la catástrofe y a lo largo de los años que permitieron concretar, socializar y comunicar este proceso, documentos que, como en el caso de la prensa de difusión masiva, hicieron un seguimiento casi día a día de cómo se fueron desenvolviendo estas acciones, quienes fueron sus protagonistas y cuáles fueron los conflictos e intereses de toda índole que las rodearon.
Este libro investiga en estas tres maneras de hacerse presente que asume la catástrofe y su superación, de ahí las tres grandes líneas que lo definen: memorias personales y subjetividades, patrimonio material e inmaterial e historia. Estas líneas se apoyan mutuamente pero no existe la intención de componer una totalidad sino más bien un conjunto abierto, tanto desde el punto de vista temático como temporal, haciendo convivir diversos enfoques como una manera de dar cuenta de las muchas dimensiones (social, psicológica, política, urbana, etc.) que la catástrofe puso en juego todas juntas y de una sola vez en los escasos minutos que duró el terremoto.
La primera parte del libro se centra justamente en la catástrofe y sus consecuencias inmediatas, en el entendido que se trata de un tiempo crucial y excepcional en la historia de Chillán. El texto de Alejandro Crispiani intenta comprender a partir de un trabajo histórico basado principalmente en estudios de prensa, lo sucedido en los meses inmediatamente posteriores al terremoto, en los que hubo que improvisar e imponer una manera radicalmente nueva de vivir y gobernar la ciudad, en la ausencia de las instituciones y los principios de orden tradicionales. Completa esta parte del libro un conjunto de materiales documentales que permiten vislumbrar lo que podríamos llamar la atmósfera histórica de ese momento. De ellos destaca la colección de fotografías tomadas por el dr. Manuel Tello, que muestra la labor de las brigadas sanitarias en el momento post-terremoto.
A partir de este trabajo histórico, la segunda parte del libro trata de cómo este hecho ha permanecido, de una u otra manera, en la memoria de muchas personas, siendo ésta una via de acceso importantísima a la catástrofe y sus consecuencias. En tal sentido, el trabajo de Soledad Díaz de la Fuente, Ivette Quezada y Francisca Molinos, de la Fundación Aldea, expone una investigación de largo alcance tendiente a comprender la tragedia atendiendo a la experiencia individual y subjetiva de las personas que la vivieron, recogiendo, entre otras varias acciones, testimonios invalorables sobre cómo ese hecho histórico encarnó en la vida de tantas personas y por intermedio de ellas en la ciudad misma.
Por último, en la tercera parte, se trata de dar cuenta de cómo registra la ciudad hoy en día la larga trayectoria de su reconstrucción, que parte con el terremoto y que aún no ha terminado. A esta trayectoria, se ha sumado desde hace algunos años, un nuevo proceso: la patrimonialización y puesta en valor de la ciudad reconstruida. En tal sentido, la investigación de Rodrigo Vera se enfoca, de manera original, en el estudio no de los edificios sino de ciertos elementos o recursos arquitectónicos que se repiten en la ciudad reconstruida, viéndolos como expresión de una forma de habitar que encarna una cualidad hoy en riesgo de desaparición. El trabajo de Umberto Bonomo se refiere a nuevos enfoques sobre ese tipo de patrimonio que, como en el caso de la ciudad de Chillán, tiene su origen en hechos trágicos, lo que abre interrogantes con respecto al sentido que deberían tomar las acciones de patrimonialización y cómo llevarlas a cabo. El artículo de Karin Cárdenas y Anabella Benavides se hace eco de este desafío desde el punto de vista de una institución, como la Unidad de Patrimonio de la Municipalidad de Chillán, que ha decidido mantener viva la memoria del terremoto como vínculo entre sus habitantes a través de herramientas de puesta en valor patrimonial y generando nuevas formas de construcción de memoria y recuerdo, instaurando acciones de conmemoración ciudadana cada 24 de enero.
Se exponen así investigaciones particulares (en varios casos en desarrollo) que intentan más que nada iluminar ámbitos de problemas poco explorados, antes que llegar a ningún tipo de conclusión. Está presente también la intención de que estos trabajos puedan contribuir, en su apertura, a la creación de políticas de patrimonialización novedosas y atentas a los intereses y la sensibilidad ciudadana.
Los autores
Plaza de Chillán, Archivo Fotográfico Ñuble de la Biblioteca Municipal de Chillán Volodia Teitelboim
VISTAS DE CHILLÁN
Planos urbanos
Figura 1. Plano de la ciudad de Chillán indicando las posiciones militares en 1813 . Disponible en Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile. http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-71876.html . Accedido en 2/12/2022
Figura 2. Plano de la ciudad de Chillán, 1895. Disponible en Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile
Figura 3. Plano de la ciudad de Chillán, 1928. “Álbum Provincia de Ñuble: Chile en la Exposición Iberamericana de Sevilla, 1929. Convento Franciscano de Chillán/Biblioteca Nacional de Chile
CHILLÁN, UN ESTADO APARTE.FEBRERO-MAYO 1939
Alejandro G. Crispiani
Profesor titular, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile
Los tiempos de la catástrofe
El terremoto de Chillán, como otros sismos de gran poder destructor, duró menos de un minuto, cuarenta y cinco segundos, según algunas fuentes. Sus consecuencias se hicieron sentir por años y décadas. En un cortísimo período de tiempo quedaron en latencia procesos sociales, demográficos, económicos y políticos que tardarían muchos años en desplegarse y que de hecho llegan hasta hoy en día, como bien puede verse en el presente libro. Este despliegue, cuya manifestación más evidente pudo verse en las súbitas transformaciones materiales de las ciudades y pueblos arrasados por el terremoto, tuvo distintas velocidades y contiene en sí mismo también diversos tiempos y urgencias, cada uno de los cuales planteó problemas que tuvieron que ser resueltos, como se pudo, en parte por el Estado pero también por la población y la sociedad civil que en muchos casos no tuvo otra alternativa que organizarse a sí misma para responder a las imperiosas demandas de la destrucción. Si tomamos lo que podríamos llamar el tiempo largo de la catástrofe, daría la impresión que, en términos generales, hubo una suerte de desaceleración o de ampliación de los tiempos necesarios para enfrentar y tratar de dar respuesta, algún tipo de respuesta, a todos los problemas (llamémosles así) contenidos esos fatídicos cuarenta y cinco segundos del día 24 de enero de 1939. Las primeras acciones, como el salvataje de los heridos entre los escombros, tenían un plazo de tiempo muy exiguo, apenas días u horas para que tuviera sentido llevarlas a cabo. Acciones posteriores, que sin duda abarcaron políticas de Estado y muchas otras iniciativas de diversa naturaleza, tuvieron plazos más largos para su realización, pudiendo llevar semanas, meses, años o décadas. Las ciudades y pueblos del territorio asolado por el sismo conocieron distintas fases, cada vez más largas, para llegar a un estado similar al de las ciudades que no fueron afectadas por él. Se trata de un tema que aún resta por ser investigado y eventualmente corroborado.
Este trabajo se centrará principalmente en lo que podríamos llamar el tiempo corto de la catástrofe, que abarcó aproximadamente los primeros cuatro meses, desde finales de enero a finales de mayo de 1939. Estos meses vieron la implantación de un tipo de gobierno particular en el que convivieron autoridades militares y civiles. La respuesta a las consecuencias directas de la destrucción de la ciudad requería de un conjunto de medidas excepcionales que solo un gobierno excepcional podía afrontar. La situación a la que se enfrentó esta nueva forma de gobierno, que duró cuatro meses, podría sintetizarse de la siguiente manera: había que dar auxilio a los sobrevivientes de la vieja Chillán (cuyo número aún resta ser determinado con cierta precisión pero que sin duda sería de varias decenas de miles1) que en cuestión de segundos se vieron enfrentados a vivir en un entorno inhabitable.
Figura 1. Portada La Nación, 26 enero 1939
Coinciden también estos meses de existencia de un gobierno de excepción, con un hecho de importancia fundamental: el retiro de los escombros del suelo de la ciudad de Chillán. Estos escombros eran la vieja ciudad convertida por el terremoto en una forma material inhabitable pero todavía presente, en la que tuvieron que vivir durante estos meses muchos de los sobrevivientes de la catástrofe así como las muchas personas que fueron enviadas para prestar ayuda y poder superar la situación. En una crónica del día subsiguiente se describe con precisión el dramático cambio en la morfología de la ciudad: “La vieja Chillán tirada al suelo en escombros: la orgullosa vida humana convertida en débil gemido a ras de tierra” (La Nación, 1939: 1). Roto el acople entre la tierra y las construcciones aparece una forma caótica en la que conviven restos de edificios aún en pie, partes y materiales de construcción, objetos de uso diario y cuerpos, que como un manto domina la ciudad. Su sola presencia es amenazante y un factor de desolación y dolor frente al cual lo único que se desea es su desaparición. Luis Hiriart, redactor de El Diario Ilustrado, lo expresa claramente en su crónica de la catástrofe: “Nadie puede imaginarse lo que es la ruina absoluta de una ciudad. Se recibe, ante la magnitud de esta catástrofe, una sensación nueva que desconocíamos; es diferente a la neta sensación del dolor y distinta de la pena y el desaliento. Es más bien un impulso incontenible para restaurar instantáneamente, por levantar escombros y limpiar las calles”2.
En cierta manera, este impulso recorrió todos los estamentos involucrados con la recuperación de la ciudad de Chillán y de todos los centros urbanos grandes y pequeños de las regiones de Ñuble y Bío Bío que vieron destruidas partes enteras de su tejido urbano. En un primer momento, la búsqueda se centró en encontrar heridos, cadáveres, medicamentos u objetos de uso en medio de los escombros. Posterior a su remoción, las iniciativas estatales se centraron en la recuperación de las ciudades y poblados. En ellos anidaba el drama que estaba viviendo gran parte de la población. Era una materia que perpetuaba el estado de caos que se había instalado en la vida de tantas personas. En principio, podría postularse que el proceso de remoción marca el primer tiempo corto de la catástrofe, que se extendió desde el día posterior al terremoto hasta aproximadamente finales del mes de mayo de 1939. Lo ocurrido durante estos cuatro meses sin duda permite comprender con mayor profundidad las características que tuvo la reconstrucción posterior.
La ciudad indescriptible
Después de los escasos segundos que duró el sismo, decenas de miles personas de las regiones de Ñuble y Bío Bío se encontraron situados en una realidad inconcebible minutos antes: aún en el caso de que no estuvieran heridos, vieron desaparecer todo o gran parte de lo que había constituido su vida anterior, empezando, por supuesto, por los seres queridos y cercanos a ellos y siguiendo por sus casas, sus pertenencias y la ciudad misma en la que habitaban. Se ha dicho repetidas veces, con justicia, que la noche del 24 de enero hasta la madrugada del 25 es uno de los momentos más trágicos de la historia de Chile. Las descripciones de la prensa de circulación masiva de esos días relatan, en el caso particular de Chillán, el momento hasta la salida del sol: el estruendo inicial de la ciudad que se derrumba, la profunda oscuridad solo aminorada por la luz de los incendios, los gritos de los heridos en medio del silencio general, el aire casi irrespirable por el polvo de los adobes caídos, etc.3
Las crónicas en la prensa de circulación masiva que describen este momento de total anonadamiento de la población son varias y casi todas coinciden (como el caso de Luis Hiriart) en la imposibilidad de describir con fidelidad la situación de la inmediata post-catástrofe de Chillán. Por su calidad tanto de político como de médico, resulta reveladora la impresión de Salvador Allende en su visita a Chillán el día 25 de enero, en momentos que era diputado del Partido Socialista y una figura ligada al presidente Pedro Aguirre Cerda: “Todo cuanto se diga acerca de las proporciones que alcanzó el terremoto en Chillán queda pálido ante la realidad. […] Reina allí una atmósfera de sopor, de aplastamiento que demuestra con impresionante elocuencia el estado de angustia en que han quedado los habitantes que circulan por las calles atestadas de escombros”4.
Como suele suceder inmediatamente después de que un terremoto ha asolado una ciudad, los sobrevivientes de Chillán comenzaron a moverse, tratando de explorar el nuevo entorno urbano que los rodeaba, en el que en muchos casos las calles habían sido borradas por el manto de escombros y en el que no resultaba fácil reconocer los edificios que anteriormente se hallaban en pie. Las crónicas hablan del peregrinaje de los sobrevivientes por la ciudad destruida y poblada de heridos atrapados entre los escombros y cadáveres5. Por el suelo cubierto de restos de edificios comienzan a dibujarse ya senderos por donde van y vienen los pobladores sobrevivientes. Los que estaban fuera de sus viviendas intentan angustiosamente volver a estas, otros intentan salir de la ciudad o identificar puntos de reunión donde recibir ayuda e información. Ya desde la madrugada la Plaza de Armas se había constituido en el lugar de encuentro principal, esto por su condición de espacio abierto a salvo de nuevo derrumbes y también por su histórica condición de principal espacio público de la ciudad en el que tenían presencia aquellas instancias que de una u otra forma garantizaban su orden y funcionamiento.
Pero también en muchos casos, los sobrevivientes siguieron vinculados a su vivienda, aunque esta se encontrara en ruinas. Según Luis Hiriart: “Cada dueño de casa está preocupado por sus propios escombros: en su dolor los considera su patrimonio y quiere darle un aspecto más presentable a lo que le pertenece”6. Por otra parte, si algún familiar o persona cercana estaba aún entre las ruinas, era necesario montar guardia a la espera de la ayuda para extraerlo. Las ruinas también contenían muebles, enseres, alimentos y quizás medicamentos con los que afrontar la emergencia. En los casos que las viviendas tuvieran un patio posterior o un espacio abierto más o menos grande, algo relativamente usual en la vieja Chillán, se improvisaron refugios que en muchos casos duraron varias semanas. Según un cronista: “Allá en esos fondos están sus habitantes. Han arreglado sus viviendas con lo que han podido y han formado grupos de quince o veinte personas para esperar, reunidos, la ayuda que está por venir”7. Pese a su estado de ruina, la ciudad alojaba a una parte importante de su población, cuyo número resulta difícil de precisar, pero es probable que se acercara a las veinte mil personas en los primeros momentos8. Era una población necesitada de agua, alimentos, auxilios médicos, ciertas condiciones de cobijo, etc., que en el primer momento solo podía procurárselos por cuenta propia, con todo lo que esto implicaba.
Por otra parte, ya desde la noche, se habían formado grupos más o menos espontáneos para sacar de los escombros a los que habían quedado atrapados en ellos y aún vivían, a los que era urgente asistir, ya que para ellos cada hora contaba tanto o aun más que para los heridos.
Figura 2. La ciudad post-terremoto. Archivo Museo Histórico Nacional
El día 25 de enero comenzó con la ciudad completamente aislada del resto del país, que en principio no conocía el alcance completo de la catástrofe. Los diarios de ese día apenas contenían noticias de lo ocurrido el día anterior en Chillán y los pueblos del Ñuble, dando cuenta principalmente de las consecuencias del sismo en Concepción y la región del Bío Bío. Las nuevas “tecnologías del aire”, la aviación y la difusión de la radio tanto a nivel privado como de aficionados, hicieron que las características del siniestro y sus detalles fueran ya conocidos en Santiago por las autoridades y los medios de prensa en las primeras horas de la mañana, un tiempo relativamente corto si se lo compara con terremotos anteriores que dependían del tránsito terrestre para la transmisión de la información. Según El Diario Ilustrado: “Puede afirmarse que a las seis de la tarde todo el país estaba ya alerta”9.
Los primeros vuelos a la zona del desastre partieron ya en la mañana del día 25. Estuvieron a cargo de la Fuerza Aérea de Chile, que puso uno de sus aviones Junkers a disposición del Ministerio del Interior para que autoridades y periodistas pudieran ponerse al tanto de lo ocurrido en la zona comprendida entre Linares y Los Ángeles. A esta nave se sumaron posteriormente en el mismo día aviones de las compañías comerciales Panagra y LAN.
Estos primeros vuelos inauguraron un tráfico aéreo entre Santiago y Chillán que fue aumentando con el correr de los días, llegando a constituirse durante las primeras semanas de febrero una suerte de puente aéreo entre ambas ciudades, al que sumaron posteriormente aviones de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y de Argentina, así como algunas naves privadas. Los vuelos permitían tanto hacer llegar de manera rápida aquellos suministros que se necesitaban de manera urgente en la ciudad así como llevar a Santiago a los heridos que requerían asistencia inmediata.
En el día posterior a la catástrofe permitieron que la ciudadanía tuviera una imagen nueva de la histórica destrucción de las ciudades chilenas a causa de un terremoto: el día 26 los principales diarios del país, El Mercurio, La Nación y El Diario Ilustrado
