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Cianuro para ratones es un libro tremendo: rápido, entretenido, doloroso. Sin ser un libro de terror, nos asusta. Sin ser una novela de humor, nos arranca un par de culposas carcajadas. Sin pretender ser moralista, nos deja lecciones. En su primera novela, escrita en una prosa violenta y que no da tregua, Camilo Pineda nos muestra el nacimiento de un monstruo. Pero no uno de esos con los que nos asustamos de niños, sino uno real, uno de carne y hueso, un monstruo que puede vivir cerca, que puede ser nuestro vecino, nuestro hijo o incluso nosotros mismos.
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Seitenzahl: 241
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© 2021, Editorial Escarabajo S.A.S.
Calle 87A No. 12 – 08 Ap. 501
Bogotá, Colombia.
www.escarabajoeditorial.com
© 2021, Camilo pineda
Diseño de portada: Manuela Córdoba
Ilustración de portada: Juan Sebastián Rivera
Diagramación y diseño del interior: Juliana Saray Ramírez
Diseño de la colección: Escarabajo Editorial SAS & Abisinia Editorial
Logo de la colección La tejedora de coronas: Manuela Giraldo Zuluaga & Tatiana Bedoya
Edición: Juan Manuel Gómez
Asistente de edición: Manuela Córdoba
ISBN:
978-958-53033-8-6
Queda hecho el depósito de ley.
Primera edición en Colombia Editorial Escarabajo S.A.S.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida de forma total o parcial, ni registrada o transmitida en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor o la editorial.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
En el 2021, año en que se aleja cada vez más la esperanza por el pronto fin de la pandemia, en Colombia, Camilo Pineda irrumpe sórdida y poderosamente en el presente canon literario —que se pretende muy humanista y alternativo— en una época donde abundan los textos sobre banderas políticas, la hiperemocionalidad sin compromiso económico, la adulación a los sentimientos de los narcos y la idealización de la ecología mediante la mercadotecnia. Con esta irrupción él escribe el escozor que nadie se atreve a nombrar.
La prosa de Cianuro para ratones no es lastimera ni pretende la compasión, tampoco pretende crear personajes con los que los lectores se identifiquen, admiren u odien. La crudeza de este estilo es la consolidación de la literatura callejera, sucia y agresiva de la gran violencia que se ha gestado en las ciudades colombianas desde la época del narcotráfico. Sin embargo, no invisibiliza la desigualdad social haciendo uso de la corrección política o de tendencias reaccionarias, y tampoco idealiza con discursos demagógicos sobre la moral un modelo artificial de chirrete muy inteligente y profundo. Desde la perspectiva juvenil de un paria, sin siquiera un lugar en su familia, Camilo Pineda escribe una literatura que profundiza la psicología de los personajes en vez de solo describir sus acciones y entornos, él no es un escritor turista atento a exotizar la violencia, sin prejuicios y sin moralejas, hace fluir con la jerga del parlache la sensación de desolación, la crudeza de la normalidad y la narración directa y sin titubeos que construyen el realismo chirrete de Cianuro para ratones.
La realidad violenta y sucia del lente bogotano de clase baja es lo que Camilo Pineda tiene para contarnos. Así, ir a San Andresito de San José y pasar por el gran muro de las camisetas de fútbol piratas, las tiendas de electrónica en los edificios viejos, los interminables locales de zapatillas de contrabando, y encontrarse a un muchacho comprando música en la calle, vendiendo comida rápida al lado de un local de chucherías es una escena que se puede encontrar en cualquier zona comercial de bajos recursos —con las respectivas diferencias culturales— tanto en Bogotá como en Nueva York, Bagdad o Pekín.
En este contexto, Augusto Rodríguez, protagonista de Cianuro para ratones, crece de la mano de su rabia. Pues, desde antes de nacer, en una ciudad como Bogotá, se le negó hasta la esperanza. Casi doscientos años de guerras civiles, tráfico de drogas, explotación ilegal de minerales, desplazamientos internos, miseria extrema, violencia y corrupción a todos los niveles, componen el día a día de quien sale de su madriguera para sobrevivir, con las uñas y los dientes, minuto a minuto.
Cianuro para ratones es una novela que le da una cachetada a Hobbes y a Rousseau, famosos por decir que el hombre nace malo o bueno. La metamorfosis del niño a la rata pone en evidencia que este mundo no es blanco ni negro, sino gris, tan gris como la contaminación. Nadie es inocente, pero nadie es completamente culpable. La hipocresía de esta sociedad, con su extrema violencia y sus ideales de felicidad y amor se contradicen. Sin valores que funcionen en la realidad nos hemos quedado sin un pedazo desde dónde vivir, por eso las ratas apuntan a matar sin pensar, negando a los que les hacen daño se afirman a sí mismas. De este modo, comienza la metamorfosis para convertirse en rata.
El desasosiego, la rabia, la crudeza y la violencia nos las va contando Augusto, mientras intenta justificar su propia vida con la simpleza de sus palabras, su agresividad, su ‘arrechera’ y su triste orfandad. Camilo Pineda es magistralmente certero al decir las palabras que conmueven y corroen el corazón de quien se deja guiar por su narración.
Cuando todos los que intentan ayudar a los demás son masacrados mediante las peores torturas y a los ojos de la sociedad son unos bobos, la falta de guía y de esperanza solo nos permite, como seres humanos, criarnos con miedo y sacar valores de la nada, porque “el vivo vive del bobo”. Así, hay muchos que tienen tatuado en la frente: “Siempre fue un no o un tal vez lo que me abrazó desde pelado y me hizo más gonorrea y despegado de las cosas y de la vida”. En esta novela a quien le imponen un ‘no’ en la vida se autodestruye para construir el nuevo relato de la violencia y la decadencia urbana, la falta de posibilidades y la carencia de esperanza.
Este libro es la voz de una ciudad que no se ha dado cuenta de que murió y que la podredumbre, las ratas y los gusanos son la única vida que puede habitar esta necrosis.
JUAN MANUEL GÓMEZ GARCÍA
Bogotá D.C., febrero de 2021
Que me entierren con la picha por fueraPa´que se la coma un ratón
ROBERTO INIESTA
La noche del mierdero con mi hermana salí corriendo de la casa. Duré unas cuatro horas por fuera, pensando y tratando de calmarme. Doce, trece, catorce o quince cigarrillos para sopesar la rabia. Recorrí absolutamente todo el barrio caminando y mordiéndome las manos. No todo podía ser tan malo. Cuando regresé ella ya no estaba por ahí. Debió haber llegado una ambulancia o cualquier vecino sapo a ayudarla y se la llevaría para el hospital. Ya el dolor en el pecho aparecía y el dolor de cabeza me empezaba a taladrar la conciencia. Sería más la culpa que llevaría el resto de mi vida dentro de mi corazón y mis manos, que los recuerdos amables que tuve con Ana.
Intenté dormir, pero no pude. Me levanté a revisar los estragos de mi ira —la que de niño me abrazaba y parecía no soltarme— con la que siempre estaba intentando lidiar: ponerla en una especie de bolsa de basura y metérmela en los zapatos para que se aplastara y no volviera a salir. Eso pensaba, pero no, eso no es ‘tan así’ como lo estoy escribiendo.
La sangre ya estaba seca. El vidrio del baño del segundo piso estaba roto y el lavamanos con el sifón tapado de tantos vidrios pequeñitos y filudos como espinas de dormidera. El rastro de sangre iba desde el baño del segundo piso hasta la puerta.
Para que Ana despareciera de la casa debió ser que empezó a gritar y alguien desde afuera la escuchó. “¿Será que le pasó algo a mi hermana?”, pensaba mientras trataba de reconstruir lo que había pasado. Alguien abriría la puerta y se la llevaría. Lo raro es que no hubiese policía por ahí cuando yo llegué. O tal vez ni siquiera le pasó nada. Sólo una simple hemorragia y se habría ido de urgencias al hospital. Nada de qué preocuparme.
¿El infierno me daría espera? Porque ya el cielo estaba muy lejos. No tenía para dónde correr. A duras penas tenía algo de la plata que había en la cuenta de la banda para hacer una gira por el país y una batería, ya vieja pero firme, que me ayudaba con mis ataques y me dejaba desahogarme y continuar con el desespero de la vida. La música había sido la única salida para dejar de lado mis problemas, me hacía sentir mejor persona de lo que realmente he sido. Haber perdido a los cuchos, a mi perro y al Sastre, que había sido mi guía y mi compañero durante tantos años, me había revolcado la cabeza y me había bajoneado un resto. Pero desde que empecé con Cronotopos, todo iba cogiendo buen ritmo. Buen camino. Una chimba.
Y ahí estaba, parado frente a la puerta. Azarado por cualquier ruido o cualquier movimiento que hiciera la gente allá afuera. Tenían que llegar por mí en cualquier momento. Había matado a_ese pelado, la madre que sí. A mi hermana no le había hecho nada. Sólo la hice chorrear sangre y llorar. Pero no pasó a mayores.
Me puse a hacer cuentas… ¿Cuántos muertos llevaba? Este, tal, este otro. No, qué va. Era una puta gallina, más cagado que palo de gallinero y más miedoso que cualquiera. Nunca fui capaz de matar a nadie. Bueno, —tal vez sí— a un perro.
***
Mi relación con Ana, mi hermana, nunca fue la mejor. Siempre peleábamos por cualquier maricada. Como yo era el menor, me zangoloteaba y me daba duro. Pero con el tiempo fui creciendo y como era más alto que ella, ya le daba miedo pegarme, así que siempre era a los madrazos que nos tratábamos.
Pero como todo en la vida cambia, apenas quedó embarazada y supe que iba a tener un varón, empecé a estar pendiente de ella y del bebé. Siempre le corría para cualquier vaina. Que el médico, que la comida, que cuidado se cae, que venga le ayudo. Una vez eran como las tres de la mañana y yo ya estaba durmiendo cuando empecé a escuchar que me llamaba a lo lejos. Del susto me puse de pie en un brinco y salí corriendo para el cuarto de ella. Apenas entré tenía una sonrisa de oreja a oreja. La muy malparida me había hecho levantar a esa hora, con tremendo susto, dizque para que le subiera una bola de helado con un vaso de leche, y yo como no le podía decir a ella nada estando embarazada, me tocó aguantarme y correr a llevarle lo que ella quería. Eso me lo hizo como tres o cuatro veces más. Me iba acostumbrando a sus babosadas. Ella no hacía más que agradecerme y reírse de mi cara de trasnocho. Yo no podía ni hacerme la paja en paz. Era una tortura saber que, en medio de la faena, Ana me iba a estar llamando y entonces se perdía todo lo ya realizado.
Para masturbarme me tocaba esperar el fin de semana a que ella fuera a algún control del médico y yo le sacaba cualquier excusa de la banda para no acompañarla y ahí sí me quedaba solo en mi casa, a mis anchas. Ponía el televisor en las noticias del medio día y me iba frotando la iguana poco a poco, mientras encontraba una buena razón para hacerla llorar. En esas soledades, alcanzaba a masturbarme cuatro o cinco veces en una tarde, apenas para ponerme a dormir. No hay nada mejor que un buen sueño luego de una buena paja. Esos eran los mejores días. Sin nadie que jodiera, sin impedimentos, sin afán. Porque masturbarse con afán también es complicado, no es lo mismo. Mejor era un polvo de afán con una nenita, por ahí en un sitio prohibido. Una vez atarzané a_una mona como a la una de la mañana, cuando salimos de la casa de Ancho, el guitarro de la banda, por allá por Salitre, y le bajé los pantalones detrás de un árbol sobre la Avenida Esperanza. Eso sí, uno con la adrenalina al cien se viene rápido. No fueron más de veinte culazos que le pegué y de una torcí los ojos. Es que claro, uno en la madrugada, con ese frío y por ahí pillando que no pasara algún tombo o un sapo, eso es rapidito que se acaba la cuestión. Pero eso sí, a la nena la dejé contenta.
Tuve que dejar hasta de tocar batería mientras Ana estuviera en la casa porque a ella le molestaba el ruido. Me tocaba esperar hasta que ella saliera de la casa para ponerme a darle a los tarros. Pero me fui acostumbrando y aprendí a sobrellevar ese embarazo. Ya hasta me levantaba temprano a subirle algo de desayuno a la cama y le ayudaba a recoger el chiquero del cuarto. Ella se ponía a ver pelis los domingos y yo, mientras tanto, me le hacía al lado y le ponía unos audífonos a la barriga. Desde antes que naciera, yo quería que el pelado supiera lo que era la buena música. Le ponía algo de salsa, punk, guaguancó y rock británico para que fuera sabiendo cómo era la vuelta. Al pelado le fascinaba el punk rock, era evidente. Eso mandaba patadas y puños dentro de la barriga, que apenas se alcanzaban a ver por encima, y si uno le ponía la mano, se sentía que el man movía los brazos al ritmo de la canción.
Una vez Ana se emputó y me mandó a comer mierda. Berrinches de vieja histérica y embarazada. Que dejara de ponerle tanta música al pelado porque podía dañarle el cerebro. Pero yo como no podía permitir que ella no me dejara estar pegado al pelado, le hice caso y empecé a leerle cuentos de unos libros que tenía por ahí. Pero eso sí, me tocaba hacer la lectura en voz baja para que Ana pudiera ver la dichosa televisión que tanto le encantaba, mientras yo le contaba historias al pelado y le leía. De pronto iba a ser flojo para leer, porque nunca reaccionaba a mi voz ni a las historias. Lástima.
En ocasiones cogía un marcador y me ponía a hacerle figuras en la piel, para que el pelado no se viera tan triste ahí dentro de esa barriga parada y blanca, pálida, sin gracia. A veces le pintaba una guitarra, o una especie de grafiti con el nombre de Pedro, como se iba a llamar él, o en ocasiones le pintaba un jardín con rosas, margaritas y unas matas de yuca, para que creciera sabiendo qué era lo necesario, a ver si algún día dejábamos ese mierdero de ciudad para irnos a parchar relajados por allá entre árboles y ríos, entre tierra, mierda de vaca y agüepanela fría.
Yo me había vuelto un buen compañero para Ana, eso lo sé. Ella siempre tenía que depender de mí para todo. Que la acompañara al baño, que fuéramos a tal lado a ver ropa para el bebé, que ella había visto una cuna lo más de linda en Chapinero. Nos íbamos caminando y dábamos vueltas por allá. Luego cogíamos para La Frutería que ella tenía, a revisar todo, me mandaba mi buena ensalada de frutas con helado y kiwi, y nos devolvíamos a eso de las seis de la tarde para la casa. Sí, ella tenía una frutería en San Andresito. De eso vivía, bueno, vivíamos.
Yo ya me soñaba dándole consejos sobre chicas al pelado. Diciéndole que, así como el Sastre me había enseñado, a las nenas toca tratarlas suavemente. Bueno, eso depende. Porque es que también hay peladas que son una gonorrea. Que sólo lo buscan a uno para tirar o fumar alguito y suerte. Eso está bien, pero uno debe tener cuidado con esas, porque esas son las peores, de las que uno más fácilmente se enamora. Entre más gonorrea fuera la nena, yo más estaba al culo de ella. Pero bueno, es que toca ver. Una cosa era estar al culo de ella y otra es que lo cojan a uno de huevón. Porque hay viejas que buscan que uno las mantenga y quieren comérselo a uno por quedar embarazadas y tenga para que se entretenga su chino. Con eso sí amarran a cualquiera.
A mí siempre me gustó tomarme mis chorros por ahí, pero Ana me criticaba diciéndome que yo no podía tomarme un guaro o algo que me picara la lengua, porque de una vez se me pegaba la aguja y decía que si yo no me volvía mierda no paraba de tomar. Pero no siempre era así. Obviamente de vez en cuando uno que estaba contento se echaba sus chorros y pues si había que tomar, se tomaba, o si tocaba dormir, se seguía tomando. Uno llega a este mundo para dos cosas. Para beber y para comer. Ya es decisión de uno qué come. Yo por ejemplo bebía y comía cada nada. Cuando no había qué comer, me buscaba una nenita por ahí, y comía. No me alimentaba, pero pasaba el rato y olvidaba la sensación del hambre. El caso era comer, lo que fuera, pero comer. Eso sí, gurrero nunca fui. Yo le tenía un grandísimo respeto a mi pipí y no iba a permitir que se metiera a cualquier hoyo, aunque los hoyos vienen siendo la misma mierda todos, pero toca verle la cara al santo antes que le soplen la vela.
***
En mis borracheras con algún parcero que llegaba a la casa, ya cuando estábamos más allá que acá, resultábamos cantando rancheras. Eso sí, que no se pierda lo aprendido en el billar, ¡las raíces, papá! Nos íbamos con un Antonio Aguilar, pasábamos por Vicente Fernández y rematábamos la tanda con Cornelio Reyna. En las tomatas empezábamos con salsita suave, luego ya los niveles subían y nos tocaba poner algo de heavy o de hard rock y ya después brincábamos con uno que otro punk rock que nos rompía la cabeza de la mera energía que nos generaba. Una chimba, eso sí para qué, nos pegábamos severos fiestones. Luego de que se hubiese terminado el guaro o la pola, o lo que fuera, ya tocaba ponernos a armar un porrito de lo que hubiera sobrado de otra vez, y luego nos cruzábamos, apenas para ir a dormir y despertar al otro día, plenos para seguir con el siguiente round. Antes de despertarme veía en mi mente la vieja esa que desfila en bikini mostrando las carteleras del round siguiente. Algunas veces alcanzaba a llegar al noveno round.
Puede que Ana tuviera razón. Pero, es que no era cosa de todos los días. Uno se tomaba algo entre semana, pero suave. Fijo los viernes y los sábados sí tocaba, apenas terminábamos de tocar con la banda. Y como muchas veces no nos pagaban en efectivo, sino que nos daban era chorro, pues tocaba aprovechar. En ocasiones sí nos daban plata, pero eso lo guardábamos para el tema de grabaciones y ensayos, porque esa rentica siempre fue brava. Nadie dijo que la música era otra empresa a la que tocaba meterle y meterle plata para que luego diera frutos. Yo al principio pensaba que eso era ensayar una vez a la semana y hágale de una a tocar a todo lado. Que se atuviera Colombia porque Cronotopos iba a ser la banda de rock más grande de todos los tiempos. Pero qué va, pura mentira. Eso de la rosca siempre fue muy gonorrea. Si uno no tenía uno que otro contacto por ahí, paila, no lo hacían sonar a uno ni en las emisoras AM. Menos mal cuando entró Ana a hacer parte del proyecto (más por pedido de los integrantes que mío), ella nos empezó a ayudar con la gestión de todo el tema empresarial. Que registrar el nombre, que crear una empresa, una cuenta bancaria a nombre de la banda, bueno, mejor dicho. Siempre nos hizo falta toda esa vuelta. Lástima que Ana se tuvo que abrir luego de los primeros meses de embarazo, dejó la banda botada y nosotros sin saber qué más hacer, sino ensayar dos veces por semana y emborracharnos cada vez que podíamos.
Un día mientras dormía, Ana empezó a llamarme, como siempre, tipo dos o tres de la mañana. Yo, ya acostumbrado a esas vainas, me levanté, pero no fui directo a la cama de ella, sino que bajé a la cocina para llevarle su bola de helado con el vaso de leche. Cuando abrí la puerta con el helado en una mano y el vaso en la otra, Ana me pidió ayuda. Como pude, prendí la luz del cuarto y me di cuenta de que estaba botando sangre. De una le puse unos zapatos, una cobija, y salimos de urgencias para la clínica Policarpa, que era el lugar más cercano donde la EPS de nosotros tenía convenio. Llegamos y ella había parado un poco de sangrar, pero aún le escurrían coágulos por la pierna. Me tocó ponerme a gritar y a pegarle a las puertas para que algún hijueputa médico nos atendiera, porque como raro tocaba ir a registrarse y esperar a que llamaran. El show sirvió y de una se llevaron a Ana por allá adentro.
Salió después una enfermera diciendo que yo podía entrar y hablar con el médico. El man me dijo que era un sangrado normal. El caso fue que nos soltaron de la clínica a eso de las siete de la mañana. Ese fue el día que más me preocupé por la vida del pelado. Nunca me quise imaginar un futuro en el que no estuviera ese peladito. Debía salir con mi misma fortaleza y con mis rasgos. Más que sobrino, él se iba a convertir en el hijo mío, pero de lejitos. Yo lo iba a cuidar y a educar, hasta donde se pudiera, pero mi hermana era la que tenía que responder por él. El Gordo iba de vez en cuando a visitar a mi hermana y en ocasiones la acompañaba. Eso sí, el pelado no se iba a morir de hambre, la mamá tenía una frutería donde vendían bastante y el papá un bar por Chapinero al que tampoco le iba mal. Y lo mejor de todo, me tenía a mí. A este tío compinche, borracho y mujeriego que todos quisimos ser alguna vez. Ese era yo y estaba listo para poder enseñarle todo al pelado. No había cosa que me amarrara más a la vida en ese momento que la espera por verlo nacer.
***
Para matar crías de ratones sólo se necesitan unos cuantos gramos de carne, algo de pimienta y ajo para condimentar, perejil, sal al gusto y sólo 15 miligramos de veneno.
¿Resultado? Acción lenta y efectiva.
Para matar seres humanos sólo se necesita que estén en una barriga, echar unos cuantos madrazos al aire, botas punteras, pierna derecha en buenas condiciones y una excelente puntería. ¿Resultado? Acción rápida y efectiva.
La muerte se gana diariamente sin siquiera merecerla. Sus ojos saltones nos miran cada segundo acechando la sombra de nuestras pésimas decisiones. El mundo da vueltas en su propio eje y la falta de sueño hace que el sufrimiento sea casi eterno.
Me levanté pasada la media noche sudando y con el corazón a mil. Esa incomodidad en el pecho había vuelto. Puto dolor. El ser humano se aculilla luego de ver la muerte de frente. Pero no su muerte, sino la ajena, la más gonorrea.
Me puse un saco con capucha, cogí las llaves y salí de la casa. Prendí un cigarro. Hacía un frío de mierda. Estoy acostumbrado a las heladas de Bogotá, pero en esta época, en Madrid, al otro lado del mundo, hace una ventisca muy áspera. Igual se sabe que el frío es la mejor excusa para quedarse en la casa, sentir el humo espeso del cigarro, dentro del cuarto con las ventanas cerradas, y masturbarse viendo fotos de modelos en internet, pero ya no me sentía capaz de soportar el encierro. Eran más de las doce de la noche y la gente apenas salía a los bares y las discotecas de donde regresarían a las cinco o seis de la mañana. A esa hora la mayoría de gente en Bogotá estaría despertándose para ir a trabajar o ya deberían estar mandando a sus pelados al colegio.
Por acá es muy difícil ubicarse. Yo andaba más asustado que un perro en una cancha de tejo. A mí me gustaban los perros; pero prefería los ratones. Nunca tuve uno de mascota, pero sí me gustaba pillarlos por ahí corriendo, comiendo y esculcando cualquier vaina en los rincones de los callejones, mientras percibían la noche con su locura rutinaria.
Caminé unas cuantas cuadras mientras trataba de soportar ese dolor tan áspero en el pecho. Vi una puerta de vidrio que reflejaba las luces de los carros que pasaban. Me quité la capucha y entré. El sitio era un bar pequeño y estaba repleto de cabezas que se distribuían en mesas puestas al azar. Había una nube de humo de cigarro que abrazaba a todo el mundo y no lo soltaba. Me senté en un rincón. Los ojos se me nublaron y sentí un corrientazo que empezó en la cabeza y me hizo erizar hasta el culo. Me limpié la frente, no paraba de sudar. Tosí muchas veces. Le hice señas a un mesero que tenía una camisa blanca y un chaleco brillante. Le pedí una cerveza y se la pagué. La música era aburrida: ponían boleros y al rato se mandaban con algo de latin y luego ponían dizque flamenco. Qué visaje. Pero todo era mejor que tener que aguantar el frío tan áspero que hacía afuera y soportar la soledad de mi cuarto, ese cuchitril de mierda donde mi primo, Antonio, me dejó quedarme apenas llegué.
Toño me había dado la dirección la última vez que había estado en Bogotá visitando a la familia. El man siempre fue re crecido, y como era mecánico, me dejó la tarjeta del taller. Yo, bien convencido, pensaba que él vivía en tremenda mansión y con las mejores comodidades del mundo, pero qué va. Puro picado de vivir en España el huevón. Apenas sobrevivía con el mísero sueldo que ganaba. Le inventé que estaba de vacaciones y que había decidido coger mis ahorros para conocer Europa, pero que sólo me había alcanzado para comprar los tiquetes y que no tenía mucho dinero para pagar hospedaje. Le dije que mi hermana me había dejado solo y se había ido a vivir con un gordo asqueroso. El man me creyó. Me dejó quedar las primeras noches en el sofá deshilachado y sucio que tenía en ese tricito de apartamento. Me tocaba aguantarme la mala cara de la perra de Dora, la esposa. Una vieja bruja con uñas largas, verrugas en todo lado y una nariz envidiable para cualquier disfraz de pinocho. Por suerte ellos tenían un viaje programado para un pueblucho del País Vasco y se habían ido unos días. Me dejaron a mis anchas en el apartamento. No sabía en qué momento Antonio se iba a enterar de lo de mi hermana y me iba a entregar a la policía. Ese malparido siempre fue todo sapo y lame culos. Ese era capaz de devolverse de su viaje y avisar que yo estaba ahí. Pero no, mentiras. Ese marica no podía hacer eso conmigo. Cuando éramos pequeños él había vivido una temporada conmigo en la casa de mis papás. Debía devolverme todo lo que yo le di. Bueno, lo que mis papás le dieron.
Me tomé lo que quedaba de cerveza en un dos por tres. Casi la escupo con otro ataque de tos. No paraba de sudar, aunque el frío me penetraba los huesos y me hacía temblar como una maraca. En ese momento entró una nena. Era alta y llevaba un gabán negro, unos guantes como de cuero y un sombrero de lado que le cubría media parte de la cara. Miró el lugar, se quitó los guantes y se sentó en una mesa al otro lado del bar.
La cabeza me palpitaba y sentía que los ojos se querían salir de sus cuevas. Trataba de controlar la respiración y tosía como un desesperado. Pero quién hijueputas me había mandado a salirme de la casa.
La nena no tardó en comenzar a mirarme como si me conociera de quién sabe dónde putas. Me prendí un cigarrillo y me hice el marica como si no la viera, pero la tenía pillada. Chupé con fuerza el cigarro y sentí cómo todo el humo me expandía los pulmones. Volví a toser. Veía a la vieja toda inquieta, mirando a todo lado y pegándole a la mesa con unas uñas largotas en ondulaciones que iban desde el dedo pequeño hasta el gordo. Dele y dele con eso. Dos cervezas después, me di cuenta de que le dijo algo al mesero. El man le llevó un paquete de cigarrillos. La nena se paró y prendió uno, se acomodó el gabán y comenzó a caminar hacia mi mesa.
—Oye, ¿estás bien? —me dijo poniéndome una mano en el hombro.
—Ajá —me volteé para darle la espalda.
—Pero mira cómo tiemblas. ¿Qué haces acá? ¿Estás solo?
—Pues si ve que estoy solo, déjeme solo —no quería mirarla a los ojos.
Nunca me gustó la gente sapa y metida. Esa plaga que se creen mejores personas por darle una moneda a un chirrete en la calle o por darle un abrazo a un desconocido que llora. Ese tipo de gente que va a misa todos los domingos a rogar por sus pecados y que al otro día no hacen sino buscarle el quiebre al otro para robarlo o para hacerlo perder. Malparidos.
La nena se levantó y se sentó en la barra. Revisó su reloj y se rascó la cabeza. Seguro esperaba a alguien. Me miró y haciéndome pistola botó un gargajo de esos que participarían en el concurso del mejor postre de natas sin conservantes. La empecé a detallar: tenía un labial que le hacía brillar la boca, las uñas estaban pintadas de color rojo oscuro, como de sangre coagulada; las pestañas peinadas hacia arriba sobresalían por encima de las cejas; los tacones eran unas mierdas enormes, que le sacarían culo hasta un gato empinado. Se quitó el gabán y lo puso detrás de la silla. Tenía un escote delicioso y una rosa tatuada en medio de ese par de tetas que pedían liberación a gritos. Pinta y presencia de puta. Nunca quise las buenas. Yo quería las peores. De las que nadie se podía enamorar nunca. Aquellas que dejan el vómito regado por el baño como prueba de amor; las que su acto más romántico es escupir en la matera de la entrada de la casa, botar la colilla de cigarro dentro del lavaplatos y que gimen mientras preparaban el tinto de la mañana. Esas eran las mías.
