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Fruto de la experiencia clínica del autor y su equipo en instituciones de Salud Pública, esta obra aborda los consumos problemáticos en entornos virtuales más allá de la adicción y examina las apuestas y los juegos online, el ciberacoso, el impacto de la inteligencia artificial y la manipulación algorítmica. Introduce el concepto de ciberlaxia una exposición digital ingenua, despreocupada y acrítica, fundamental para comprender los nuevos riesgos, y destaca cómo la hiperconectividad y la sociedad del rendimiento reconfiguran la identidad, fragilizan los lazos sociales y generan nuevas formas de sufrimiento psíquico. Dirigido a profesionales de la salud, la educación, familias, funcionarios y legisladores, este libro brinda herramientas concretas, accesibles y actualizadas para prevenir, intervenir y reflexionar. Incluye relatos clínicos, ensayos, estadísticas y propuestas de intervención clínica interdisciplinaria y de prevención para fomentar un equilibrio saludable con la tecnología. Y ofrece una mirada integral y de derechos que enmarca el consumo digital en un uso consciente y cuidado, promotor de una alfabetización digital crítica que fortalezca los lazos humanos.
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Seitenzahl: 406
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Alberto Trimboli
CIBERLAXIARiesgos de la exposición digital ingenua en infancias y adolescencias
Intervención clínica y prevención de los consumos problemáticos en entornos digitales
Autoras invitadas: Daniela Antonaccio, Karina Elalle, Yesica Lasala, Betsabé Leicach, Mariana Manté, Silvia Raggi, Fabiana Santos
Trimboli, Alberto
Ciberlaxia : riesgos de la exposición digital ingenua en infancias y adolescencias. Intervención clínica y prevención de los consumos problemáticos en entornos digitales / Alberto Trimboli. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2025.
(Conjunciones ; 92)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6603-91-3
1. Cultura Digital. 2. Adicciones. 3. Conductas Autodestructivas. I. Título.
CDD 178
Corrección de estilo: Liliana Szwarcer
Diagramación: Patricia Leguizamón
Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda
Fotografía de cubierta: es.123rf.com/
Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.
1º edición, agosto de 2025
Edición en formato digital: agosto de 2025
Noveduc libros
© Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.
Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina Tel.: (54 11) 5278-2200
E-mail: [email protected]
ISBN 978-631-6603-91-3
Conversión a formato digital: Numerikes
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
Alberto Trimboli. Doctor en Psicología. Especialista en Psicología Clínica por el Ministerio de Salud de la Nación. Se desempeñó como Director Nacional de Investigación de la Secretaría de Políticas de Drogas de la Nación (SEDRONAR). Fundador, expresidente y actual presidente honorario de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM). Ocupó el cargo de presidente de la Federación Mundial de Salud Mental (WFMH) entre 2017 y 2019. Se desempeñó como Coordinador del Sector de Adicciones del Hospital General de Agudos Dr. Teodoro Álvarez hasta octubre de 2024. Es profesor y actual codirector de la Carrera de Especialización en Adicciones de la Universidad Nacional de Tucumán. Director de la Diplomatura en Políticas, Gestión y Administración de Sistemas y Servicios de Salud Mental, dictado entre la Universidad Isalud y la AASM. Es profesor de la Especialización en Psicología jurídica de la Universidad Nacional de Tucumán y de la carrera de Especialización en Estrategias de Intervención en el Campo de la Salud de la Universidad Nacional de Villa María. Fue nombrado Profesor Honorario de la Facultad de Psicología de la Universidad de Chiclayo (Perú) y se desempeñó como docente y tutor de la Università della Sapienza desde 2005 a 2015.
Daniela Antonaccio. Licenciada en Psicología, graduada en la Universidad de Buenos Aires. Especialista en Adicciones por la Universidad de Tucumán. Psicóloga del Sector de Adicciones del Hospital General de Agudos Dr. Teodoro Álvarez, se desempeña como coordinadora del Hospital de Día “Mafalda”, para niños con diagnóstico de autismo. Coordinadora Docente del Curso de actualización en Psicología Clínica (AASM/APBA).
Karina Elalle. Licenciada en Psicología, graduada en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Especialista en Drogadependencias (UNT). Especialidad en Psicología Clínica. JTP Facultad de Psicología (UBA). Vicepresidenta del Capítulo “Salud mental, lo público y la urgencia” (AASM). Psicóloga clínica en el Sector de Adicciones del Hospital General de Agudos Dr. Teodoro Álvarez.
Yesica Lasala. Licenciada en Terapia Ocupacional (TO), graduada en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Especialista en la Problemática del Uso Indebido de Drogas por la Facultad de Psicología (UBA). Exayudante de primera de la Cátedra de Teoría y Técnica de Terapia Ocupacional II (UBA). Se desempeña como Terapista Ocupacional del Sector de Adicciones del Hospital General de Agudos Dr. Teodoro Álvarez y como coordinadora del grupo de trabajo de (TO) de la División de Salud Mental de ese mismo hospital. Articulador hospitalario de las prácticas profesionales supervisadas de grado y posgrado terapia Ocupacional.
Betsabé Leicach. Médica especialista en Psiquiatría. Se desempeña como cocoordinadora del Sector de Adicciones del Hospital General de Agudos Dr. Teodoro Álvarez. Especialista en Adicciones por la Universidad Nacional del Tucumán (UNT). Realizó la residencia de Salud Mental en el Hospital Álvarez y fue jefa de residentes. Supervisa residentes y concurrentes de SM de CABA y participa de espacios de docencia en cursos de Salud Mental de CABA.
Mariana Manté. Licenciada en Psicología. Especialista en Psicología Clínica. Se desempeña como cocoordinadora del Sector de Adicciones del Hospital General de Agudos Dr. Teodoro Álvarez. Especialista en Adicciones por la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Es profesora en enseñanza media y superior en Psicología (UBA).
Silvia Raggi. Psicóloga. Especialista en Psicología Clínica. Especialista Universitaria en Adicciones por la Universidad Nacional de Tucumán. Se desempeña como vicepresidenta Regional para América Latina de la Federación Mundial de Salud Mental (WFMH). Fue presidenta de la Asociación Argentina de Salud Mental (2016-2019). Es miembro del Consejo Consultivo Honorario en Salud Mental y Adicciones. Exdocente adscripta del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos. Miembro del Sector de Adicciones del Hospital General de Agudos Dr. Teodoro Álvarez hasta 2022.
Fabiana Santos. Licenciada en Psicología. Especialista en Adicciones (UNT). Especialidad en Psicología Clínica. Jefe de Trabajos Prácticos de la Facultad de Psicología (UBA). Psicóloga de Planta en Grupo de Trabajo de Adicciones del Hospital General de Agudos Dr. Teodoro Álvarez.
Es una enorme satisfacción presentar este libro, cuya escritura comenzamos junto a los profesionales del Grupo de Trabajo de Adicciones Hospital General de Agudos Dr. Teodoro Álvarez en septiembre de 2024, poco tiempo después de la creación del “Dispositivo de abordaje de los consumos problemáticos en entornos digitales”, en julio de ese mismo año. Desde entonces, han ocurrido muchos acontecimientos significativos. Uno de ellos, a fines del año pasado, fue mi retiro del hospital después de cuatro décadas, lo que implicó también dejar la coordinación del servicio. Pero, sin duda, lo más relevante es que, a lo largo de este año, el equipo (autores de esta obra) ha construido una experiencia singular, profunda y valiosa, que queremos compartir con ustedes en los capítulos que siguen.
Este libro nace de la práctica clínica cotidiana en una institución pública, un hospital general donde desde hace décadas se acompaña a personas que atraviesan problemáticas de consumo, así como a sus familias. Esta experiencia, forjada en el trabajo diario y muchas veces alejada de los marcos teóricos hegemónicos, enfrenta desafíos que los manuales diagnósticos aún no han logrado comprender. Las formas contemporáneas del sufrimiento, cada vez más mediadas por dispositivos tecnológicos, redes sociales y entornos digitales, demandan enfoques terapéuticos actualizados, dispositivos de atención flexibles y, sobre todo, una escucha singularizada, capaz de alojar lo subjetivo sin reducciones y sin prejuicios.
El equipo de adicciones del Hospital General de Agudos Dr. Teodoro Álvarez ha sido, desde hace décadas, pionero en el desarrollo de estrategias terapéuticas inclusivas, comunitarias y respetuosas de los derechos de las personas que transitan problemáticas de consumo de sustancias psicoactivas. En los últimos tiempos, frente al crecimiento vertiginoso de las consultas vinculadas a las apuestas online, los videojuegos, las redes sociales y otros consumos digitales, este mismo equipo asumió el desafío de construir un dispositivo clínico específico para su abordaje, sin replicar modelos abstencionistas ni reproducir estigmas sobre las juventudes.
Esta obra es fruto de esa experiencia. Pero también constituye una invitación: un llamado a que otros equipos de salud, de educación y de gestión pública encuentren aquí ideas, fundamentos y orientaciones útiles para pensar sus propias prácticas. Porque la clínica no se exporta ni se copia: se construye, se arriesga y se reinventa todos los días, en diálogo con lo que nos interpela.
Que este libro circule, genere preguntas, incomode y movilice. Que sirva para pensar mejor cómo acompañar a quienes más lo necesitan en esta era compleja, hiperconectada y profundamente desigual.
Alberto Trimboli
La revolución digital ha transformado de manera irreversible nuestras formas de vivir, vincularnos, aprender, trabajar y construir identidad. Hoy, niños, niñas, adolescentes y jóvenes crecen en un ecosistema en el que la vida online y la vida offline ya no pueden pensarse como esferas separadas, sino como dimensiones coexistentes, entrelazadas y mutuamente constitutivas. Lo virtual no es una extensión de lo real, sino parte de su estructura misma. Esta mutación cultural y tecnológica ha reconfigurado la subjetividad contemporánea, generando nuevas formas de deseo, de exposición, de vínculo y también de padecimiento.
En este nuevo escenario emergen riesgos que, aunque cotidianos y generalizados, permanecen en gran medida invisibilizados o mal comprendidos. Las políticas públicas de salud y educación aún no han logrado consolidar una mirada integral sobre las problemáticas subjetivas que se despliegan en los entornos digitales. Cuando lo hacen, muchas veces lo reducen a una lectura moralizante o focalizada en exceso, como ocurre con las campañas centradas exclusivamente en las apuestas online o en la mal llamada “ludopatía”.
Este libro se propone cuestionar esa mirada parcial. Aborda los consumos problemáticos en entornos digitales como un fenómeno complejo que no puede explicarse solamente en términos de pérdida de dinero o de control de impulsos, sino como una expresión de una conflictiva subjetiva más profunda. La exposición sistemática e ininterrumpida a plataformas diseñadas para capturar la atención, explotar la necesidad de validación y reforzar patrones de dependencia emocional y cognitiva constituye un terreno fértil para el desarrollo de nuevas formas de malestar. Estas conductas, como la hiperconectividad, las apuestas online, la exposición a noticias falsas, las compras digitales reiteradas, la sobreexposición sexualizada, el acoso, el aislamiento social mediado por pantallas o la circulación incesante por redes sociales conforman un mapa amplio y cambiante de malestares. Hasta este momento, estos no encontraban una denominación unificada, pero tienen consecuencias profundas en la salud mental.
En ese marco, el libro introduce por primera vez el concepto “ciberlaxia”, acuñado para referirnos a una actitud generalizada de exposición digital ingenua, acrítica y sin conciencia de los riesgos, en adolescentes y adultos. Esta postura despreocupada frente a las amenazas del entorno virtual (acoso, adicción, explotación, manipulación de datos, noticias falsas, exposición a discursos de odio, captación de menores, etc.) representa uno de los grandes desafíos de la prevención y la clínica actual, ya que no responde a una negación defensiva sino a una verdadera falla en la percepción del riesgo. El concepto “ciberlaxia”, creado como herramienta conceptual no diagnóstica, permite agrupar una serie de conductas digitales descuidadas que, por su naturalización, han sido hasta ahora poco tematizadas en el campo clínico y educativo.
Reducir el problema al dinero apostado o a la conducta visible implica desatender lo esencial: la pérdida de autonomía psíquica, la erosión del lazo social, el debilitamiento de las funciones simbólicas y la conformación de un yo regulado por estímulos inmediatos, métricas de popularidad y sistemas de recompensa programados algorítmicamente. Como advierte Han (2012), el sujeto contemporáneo ya no es dominado por la represión, sino por una aparente libertad que lo empuja a explotarse a sí mismo bajo el imperativo de rendimiento, visibilidad y éxito constante.
La premisa central es que las adicciones digitales no deben ser concebidas como enfermedades en sí mismas, sino como respuestas sintomáticas ante un sufrimiento psíquico que las precede. El consumo problemático, en este sentido, no es el inicio del padecimiento, sino su manifestación. Por eso, el objetivo terapéutico no puede limitarse a eliminar la conducta o el objeto, sino que debe intervenir sobre las coordenadas que la sostienen: la historia subjetiva, los vínculos familiares, los modelos culturales, los conflictos no tramitados y las carencias simbólicas que estructuran el malestar.
Este libro está dirigido a una pluralidad de actores. Está pensado para profesionales de la salud mental y la salud en general, pero también para docentes, equipos de orientación escolar, familias, funcionarios públicos, legisladores, operadores territoriales y miembros de la comunidad que quieran comprender lo que ocurre hoy con las infancias y juventudes en el entramado digital. Lejos de proponer una mirada alarmista o tecnofóbica, ofrece una herramienta crítica y accesible a quienes deseen intervenir, acompañar, prevenir o simplemente reflexionar. Sus capítulos incluyen desarrollos conceptuales, relatos clínicos, estadísticas, propuestas de prevención y dispositivos institucionales que se sostienen en una perspectiva clínica y de derechos. No se aborda el fenómeno como patología autónoma, sino como un síntoma subjetivo que requiere escucha, contexto y singularidad. El eje no está en prohibir o controlar el uso de la tecnología, sino en problematizar el tipo de vínculo que se establece con ella y las condiciones que lo vuelven problemático.
Vivimos en un mundo en el que lo físico y lo digital ya no pueden pensarse como esferas separadas. Desde los primeros años de vida, niños, niñas y adolescentes transitan su existencia en una realidad que combina el entorno tangible con plataformas, pantallas y algoritmos que moldean, estimulan y condicionan su modo de ser y de estar en el mundo. Este libro propone un recorrido interdisciplinario y actualizado sobre los consumos problemáticos en entornos digitales, con foco en las infancias y adolescencias, y una mirada que integra aportes clínicos, sociológicos, culturales y educativos.
Desde la consolidación de la llamada “sociedad de la información” (Bauman, 2003) se ha instalado un nuevo régimen de visibilidad, inmediatez y gratificación continua que redefine el deseo, la identidad y los vínculos humanos. Como plantea Zuboff (2019), ya no solo somos usuarios de la tecnología, sino que nuestros datos y emociones se han convertido en materia prima para la economía del algoritmo. Esta transformación cultural no puede comprenderse sin considerar la forma en que las tecnologías digitales producen subjetividad: cuerpos que se exponen, que se autoevalúan, que compiten por la atención y el reconocimiento en lógicas propias del capitalismo de plataforma (Couldry y Mejías, 2019).
El libro que aquí presentamos recorre, entre otros temas, la emergencia de nuevas problemáticas de consumo no asociadas a sustancias, como las apuestas online, el uso compulsivo de redes sociales, la exposición a discursos de odio y noticias falsas, la dependencia de videojuegos, el grooming o la participación en comunidades digitales de riesgo. Se analizan también los mecanismos de manipulación algorítmica que promueven su uso adictivo y la autoexplotación, así como los efectos psíquicos que provocan la hiperconectividad y la sobreexposición permanente.
La obra se propone también como una herramienta para la prevención. Por ello, incluye propuestas para el trabajo en escuelas primarias y secundarias, el análisis de series y películas útiles para el debate con estudiantes, y estrategias terapéuticas adaptadas a los consumos digitales. Esta perspectiva se sustenta en la convicción de que no se trata solo de regular el acceso a la tecnología, sino que es preciso acompañar la construcción de subjetividades más autónomas, reflexivas y protegidas en un mundo hiper-ciber-conectado.
El texto articula teoría y clínica, aspectos sociales y práctica comunitaria, y propone un enfoque que escapa tanto del tecnofetichismo ingenuo como del moralismo prohibicionista. La tecnología no es ni buena ni mala en sí misma: lo decisivo es qué lugar ocupa en la experiencia de los sujetos, qué efectos produce y qué posibilidades de elaboración se abren o se cierran con su uso. Como señala Flusser (1985), el paso del pensamiento lineal al visual ha transformado radicalmente nuestra forma de narrar, imaginar y comprender el mundo.
Este libro no está dirigido únicamente a profesionales de la salud mental, sino también a médicos pediatras, enfermeros, docentes, equipos de orientación escolar, legisladores, funcionarios, madres, padres y referentes comunitarios que acompañan las trayectorias de vida de niños, niñas y adolescentes. Su valor reside en ofrecer herramientas concretas, accesibles y actualizadas para comprender los riesgos de la vida digital y las posibilidades de intervención desde distintos ámbitos.
En este sentido, plantea una crítica a las políticas públicas de salud y educación que, si bien han comenzado a reconocer el problema de las apuestas online, tienden a reducir la complejidad del fenómeno digital a la dimensión del juego de azar o la pérdida económica. Esta mirada fragmentaria invisibiliza que el verdadero riesgo no es solo perder dinero, sino perder autonomía, salud mental, vínculos protectores y sentido de realidad.
Habitar el mundo digital requiere algo más que acceso: exige formación, alfabetización digital crítica y acompañamiento. Porque si bien las tecnologías pueden ser herramientas valiosas para el aprendizaje, la expresión y la conexión social, también pueden volverse espacios de exposición, manipulación y violencia si se transitan sin cuidados ni reflexión.
Este libro busca precisamente contribuir a esa tarea urgente de estar informados, sensibilizados y preparados para una época que ya no es del futuro: es del presente. Este libro se inscribe en ese cambio de paradigma, buscando nuevas formas de decir, escuchar y cuidar en la era de la imagen, del algoritmo y de la hiperconexión.
Asimismo, a partir de la experiencia acumulada por el Servicio de Adicciones del Hospital General de Agudos Dr. Teodoro Álvarez, este libro presenta una serie de ejes conceptuales y dispositivos específicos de intervención frente a los consumos problemáticos en entornos digitales. Entre los abordajes terapéuticos desarrollados se destacan las entrevistas de admisión, la psicoterapia individual, los grupos de admisión, los grupos de familiares, los grupos multifamiliares, la intervención psiquiátrica y el trabajo desde terapia ocupacional. Estos espacios están guiados por una concepción clínica no centrada en la abstinencia ni en la internación como solución universal, sino en el acompañamiento sostenido, la escucha activa y la construcción de estrategias singulares que devuelvan al sujeto su lugar y su palabra en el proceso de tratamiento.
En suma, este libro propone una lectura crítica, situada y comprometida de los consumos problemáticos en entornos digitales. No se trata de rechazar la tecnología, sino de comprender su ambivalencia: su capacidad para conectar, crear y facilitar, pero también para someter, fragmentar y alienar.
Hasta no hace mucho tiempo, el mundo que habitábamos estaba compuesto por cosas, objetos, instituciones y vínculos que se caracterizaban por su estabilidad, su materialidad y su permanencia. Vivíamos en un entorno en el que lo tangible ofrecía certezas, donde las relaciones se forjaban cara a cara y los espacios eran transitados físicamente. Ese “orden terrenal”, basado en la solidez de los elementos y las relaciones sociales físicas, ha comenzado a desvanecerse, desplazado progresivamente por un nuevo orden: el “orden digital”. Este entorno novedoso, desmaterializado y etéreo, redefine nuestras formas de habitar, de vincularnos y de construir sentido. En lugar de experiencias ancladas en la realidad física, emergen interacciones fugaces, mediadas por pantallas, donde lo instantáneo y lo efímero reemplazan a lo reflexivo y a lo profundo.
Si la irrupción de ese nuevo orden digital se despliega en el seno de la sociedad de consumo, entonces no nos hallamos simplemente ante una transformación tecnológica, sino frente a una mutación cultural profunda, donde el deseo, el lazo social y la identidad son redefinidos bajo nuevas lógicas de visibilidad, rendimiento y control. La época actual inaugura una complejidad subjetiva inédita, que desafía los marcos tradicionales con los que solíamos comprender el consumo y la experiencia humana.
Transitamos una época marcada por la hipertrofia del consumo como forma dominante de organización social. Desde mediados del siglo XX, el pasaje de una economía productiva a una economía centrada en el consumo de bienes, servicios, experiencias e identidades ha alterado profundamente la manera en que las personas se vinculan con el mundo, consigo mismas y con los otros. Como sostiene Bauman (2005), “En la sociedad de consumidores, las relaciones humanas también se consumen y se desechan”. Nada parece escapar a esta lógica: ni los vínculos afectivos, ni el cuerpo, ni el tiempo subjetivo.
Con la irrupción del mundo digital, esta dinámica se ha intensificado y expandido. La virtualidad no solo ha creado nuevas formas de consumo, sino que ha reconfigurado el modo en que se produce, circula y valida el deseo. Las redes sociales, las plataformas de entretenimiento, las apps de citas, los videojuegos y los espacios de interacción en línea no son simples herramientas tecnológicas, sino espacios simbólicos que modelan las formas de ver, desear y estar en el mundo.
El sujeto actual ya no consume solo objetos materiales, sino imágenes, datos, emociones, estilos de vida. En este escenario, uno mismo se vuelve un producto a exhibir: la identidad se mercantiliza y se oferta a través de la lógica del algoritmo. Lo que se vende no es solo un bien, sino también la pertenencia, el reconocimiento y la visibilidad. Como advierte Han (2012), hemos pasado “de una sociedad disciplinaria a una sociedad del rendimiento, donde cada uno se explota a sí mismo creyendo que se está realizando”. La conexión constante no genera necesariamente comunidad, sino, muchas veces, una fragmentación del lazo y una exposición ansiógena.
Así, el mundo digital no solo refleja la sociedad de consumo: la potencia y la redefine, extendiéndola a territorios que antes permanecían parcialmente al margen, como la infancia, la vida íntima o el descanso. La “economía de la atención” y la “cultura del like” operan como nuevos dispositivos de control subjetivo, más sutiles, pero tan eficaces como los antiguos sistemas disciplinarios.
En este contexto, no se trata solo de comprender cómo el orden digital amplifica las lógicas de la sociedad de consumo, sino de asumir la gravedad de no estar preparados para habitar este nuevo escenario. Mientras los entornos virtuales avanzan sin pausa, nuestras respuestas (clínicas, legales, legislativas, educativas, vinculares) siguen siendo fragmentarias o tardías. Y, en esa demora, quienes más lo padecen son los niños, niñas y adolescentes, inmersos en un espacio para el que no fueron guiados, pero que los habita desde el comienzo.
Como se ha expresado, vivimos en una época en la que la línea que separa lo físico de lo virtual resulta cada vez más difusa. La digitalización ha permeado todos los aspectos de nuestra existencia, creando una realidad dual en la que cohabitamos simultáneamente en el mundo tangible y en el digital. Esta coexistencia plantea desafíos significativos, especialmente en relación con la manipulación que ejercen los entornos digitales sobre nuestras decisiones, comportamientos y percepciones (Zuboff, 2019).
La vida física y la virtual no son esferas separadas; se interrelacionan y se influyen mutuamente. Las experiencias en el entorno digital pueden tener repercusiones significativas en nuestra vida física, afectando nuestras relaciones, nuestra salud mental y nuestro comportamiento. Del mismo modo, nuestras experiencias en el mundo físico influyen en cómo interactuamos y nos presentamos en el entorno digital (Turkle, 2011). Esta coexistencia plantea la necesidad de desarrollar una conciencia crítica sobre cómo navegamos entre estas dos realidades. Es fundamental reconocer los mecanismos de manipulación presentes en los entornos digitales y desarrollar estrategias para mantener nuestra autonomía y bienestar en ambos mundos (Castells, 2009).
En la actualidad, resulta indispensable abordar los consumos problemáticos en relación con los entornos digitales. No se trata únicamente de identificar nuevas prácticas de riesgo, sino de comprender cómo se configura una nueva ecología cultural que atraviesa el cuerpo, el deseo y la subjetividad. Vivimos inmersos en dos culturas simultáneas: la física, estructurada por la presencia, los espacios territoriales y los ritmos del cuerpo, y la virtual, organizada por la lógica algorítmica, la instantaneidad y la hiperconectividad (Lipovetsky, 2006).
La cultura virtual no es simplemente un escenario en el que ocurren cosas, sino un sistema simbólico que produce subjetividad. Como advierte Jones (1997), el ciberespacio se ha vuelto un lugar donde se construyen identidades, comunidades y vínculos afectivos que ya no responden exclusivamente a coordenadas geográficas o presenciales. En este sentido, lo digital deja de ser una herramienta y se transforma en un hábitat: un entorno donde se habita, se expresa y también se sufre.
Entre los adolescentes, esta inmersión digital es particularmente intensa. Gran parte de su construcción identitaria, su pertenencia social y su regulación emocional ocurre en el plano virtual. Lo que sucede en línea, un like, una apuesta o una interacción pueden tener consecuencias psíquicas más profundas que lo que sucede en la vida física. Esta transformación no es neutra: el diseño algorítmico de las plataformas digitales promueve la repetición, la gratificación inmediata y la estimulación constante, lo que genera condiciones fértiles para la aparición de consumos problemáticos (Sibilia, 2008).
En este marco, las apuestas online emergen como una de las formas más visibles y silenciosas de adicción digital. La promesa de ganar dinero rápidamente, la estética lúdica y el acceso irrestricto las convierten en una trampa particularmente efectiva para subjetividades jóvenes que buscan afirmación, estímulo o escape. Como afirma Griffiths (2003), los juegos de azar en línea comparten con otras adicciones comportamentales la lógica de refuerzo intermitente y la ilusión de control, elementos que potencian la compulsión.
El problema, sin embargo, no radica únicamente en las plataformas o sus mecanismos, sino en cómo estas se integran y organizan la vida cotidiana. La virtualidad no sustituye lo real, sino que lo reconfigura. Las rutinas, los vínculos, el descanso, el juego y el trabajo se ven progresivamente reorganizados en función de tiempos digitales: lapsos cortos, simultáneos, exigentes. Como plantea Turkle (2011), las tecnologías digitales modifican la forma en que los sujetos se relacionan con el otro, con su propio cuerpo y con la noción de tiempo.
Frente a esta escena, la coexistencia de dos culturas (la digital y la física) puede generar tensiones sociales y clínicas relevantes. El sujeto puede sentirse escindido entre dos tiempos, dos lenguajes, dos formas de existencia. En algunos casos, la vida digital aparece como un refugio, en otros como un lugar de exposición o autoexplotación. El cuerpo, en tanto anclaje de lo real, queda muchas veces silenciado, desplazado o estetizado al punto de perder su valor como experiencia.
Pensar los consumos digitales como fenómenos culturales nos permite alejarnos de las explicaciones patologizantes y acercarnos a una lectura mucho más compleja. Lo que está en juego no es solo el uso de una tecnología, sino una transformación de la experiencia. Y para acompañar esa transformación, necesitamos profesionales capaces de habitar también esa doble cultura, sin negarla ni idealizarla, sino interrogándola desde su potencia clínica, política y subjetiva.
Byung-Chul Han retoma y resignifica una idea planteada originalmente por el filósofo de los medios Vilém Flusser, quien ya advertía que la información estaba desplazando progresivamente a los objetos materiales como base de la experiencia humana. En 1999, Flusser señalaba que estábamos asistiendo al avance de las “no-cosas”: entidades inmateriales, como datos, imágenes digitales o algoritmos, que comenzaban a poblar el mundo y a reconfigurar nuestra forma de habitarlo.
Byung-Chul Han desarrolla ese planteo en su libro No-cosas (2021), donde sostiene que hemos transitado desde una cultura centrada en la presencia física, la estabilidad y la duración (la era de las cosas) hacia una cultura gobernada por lo intangible, lo efímero y lo inasible: la era de las no-cosas. Mientras que las cosas nos anclaban al mundo mediante el peso de su materialidad, las no-cosas –como notificaciones, flujos de datos, mensajes de texto o imágenes virales– nos sumergen en una dinámica de atención fragmentada y aceleración permanente de lo virtual.
Este desplazamiento no es solamente tecnológico, sino también existencial: transforma nuestra relación con el tiempo (que se vuelve instantáneo), con el espacio (que se digitaliza) y con los otros (que aparecen como contactos, perfiles e imágenes, y no como cuerpos). Han advierte que esta nueva configuración de mundo produce un tipo de subjetividad desvinculada, volátil, orientada al rendimiento y a la conexión superficial. La profundidad, la contemplación y el arraigo –valores asociados a la experiencia con las cosas– son reemplazados por una lógica de inmediatez, actualización constante y consumo visual.
En este entorno, los vínculos pierden materialidad, los objetos pierden memoria y la experiencia se ve colonizada por la información. “Las no-cosas –sostiene Han (2021)– no permiten una narrativa. Carecen de historia. Son puntos de información sin profundidad ni contexto”. En este sentido, lo digital no solo sustituye a lo físico, sino que transforma la forma en que percibimos, recordamos y nos relacionamos con el mundo.
En palabras de Bauman (2007), “Lo sólido se desvanece en el aire” y con ello también se licúan nuestras formas de existencia, atrapadas en una dinámica de consumo permanente de información, imágenes y vínculos de corta duración. Esta transformación se inscribe en lo que Lipovetsky (2006) denomina “el capitalismo de la seducción”, una etapa en la que el consumo deja de limitarse a bienes materiales para convertirse en una lógica cultural que invade todos los ámbitos de la vida y convierte incluso los vínculos humanos en objetos de intercambio rápido, desechables y reemplazables.
A esta lógica se suma lo que Zuboff (2019) define como “capitalismo de la vigilancia”: un nuevo régimen económico en el que los datos personales se recolectan, se procesan y monetizan de forma masiva para anticipar y modificar comportamientos. Ya no consumimos únicamente productos: nosotros mismos nos convertimos en el producto. En este contexto, el sujeto contemporáneo queda expuesto a una presión constante por optimizarse, por rendir, por mostrarse competitivo, feliz y siempre disponible, tal como advierte Han (2012): “La sociedad del rendimiento produce sujetos agotados, fracasados y deprimidos”.
Vilém Flusser (2015) sintetiza con mucha claridad la transformación del mundo contemporáneo al advertir que “Ya no podemos retener las cosas, y no sabemos cómo retener la información; nos hemos vuelto inestables”. Esta observación puede ubicarse dentro de lo que significa la disolución de la estabilidad material que caracterizó a la era industrial, reemplazada ahora por una fluidez digital que altera no solo los objetos, sino también nuestras formas de ser y de habitar el mundo. El ser humano del porvenir, ya sin apego a los objetos ni necesidad de transformar con esfuerzo la materia, dejaría atrás la figura del homo faber (el sujeto que trabaja y transforma el mundo) al ir hacia una forma emergente de sujeto definido por su vínculo con el juego, la ligereza y la interacción constantes, para encarnar la figura del homo ludens, un sujeto que no trabaja, sino juega; no construye, sino programa, y cuyo contacto con la realidad está mediado por aparatos inteligentes que realizan por él las tareas del mundo material (Flusser, 2002).
Este homo ludens (término originalmente formulado en 1938 por Johan Huizinga, 2007) representa al ser humano como un ente lúdico que encuentra en el juego no solo una forma de ocio, sino una estructura fundamental de la cultura. Huizinga subraya que el juego no es un simple pasatiempo, sino una actividad fundacional de la cultura humana. En el contexto digital actual, esta figura reaparece transformada: el juego se convierte en interfaz de la existencia cotidiana, desde los videojuegos y las redes sociales hasta los entornos de trabajo “gamificados”. Sin embargo, mientras en Huizinga el juego era expresión de libertad, en la sociedad de consumo contemporánea el homo ludens digital corre el riesgo de convertirse en un consumidor dormido, atrapado en ciclos interminables de recompensa inmediata, likes y desafíos virtuales diseñados para maximizar su atención. Lo lúdico, lejos de ser espontáneo, es ahora inducido, regulado y monetizado por alguien o algo que está, pero no vemos.
En este contexto, las plataformas, las aplicaciones, los entornos educativos y laborales se estructuran crecientemente a través de mecanismos de recompensa, desafíos e historias que apelan a la lógica del juego. Es lo que se conoce como “gamificación”, una estrategia que busca aumentar el compromiso y la participación mediante la incorporación de elementos propios de los juegos a contextos no lúdicos (Pérez López y Navarro-Mateos, 2020).
En ese sentido, McGonigal (2006) sostiene que los juegos tienen el poder de transformar la realidad y generar motivación intrínseca para resolver problemas del mundo real. Sin embargo, esta visión idealista convive con advertencias más críticas, como la de Galloway (2006), quien señala que los videojuegos y plataformas lúdicas actuales no solo entretienen, sino que operan como sistemas de control y de captura de conducta. Así, el homo ludens contemporáneo puede oscilar entre la libertad subjetiva y la subordinación algorítmica, entre el juego como creación y el juego como dispositivo de gobierno.
Lejos de ser una herramienta neutral, la gamificación plantea una ambigüedad estructural. Por un lado, tiene el potencial de motivar, facilitar el aprendizaje y ofrecer experiencias inmersivas y creativas, pero también de ponernos en riesgo. En ese sentido, autores como McGonigal (2006) destacan su capacidad para fortalecer habilidades cognitivas, promover la colaboración y fomentar el optimismo. Por otro lado, estas mismas dinámicas pueden volverse mecanismos de control conductual, como advierte Galloway (2006), quien sostiene que los videojuegos y sistemas gamificados funcionan como estructuras algorítmicas que modelan la conducta y anticipan decisiones.
En este contexto, la figura del homo ludens digital se vuelve paradójica: si bien parece gozar de libertad, diversión y autonomía, muchas veces está inmerso en entornos diseñados para capturar su atención, sostener su permanencia y convertir sus acciones en datos. La gamificación ya no es simplemente una forma de estimular el interés, sino una técnica de gobierno blando, que opera sobre la motivación, la conducta y el deseo. El juego deja de ser un espacio libre para convertirse en una forma de productividad encubierta, que explota emocional y cognitivamente al sujeto bajo la apariencia de entretenimiento.
En términos más amplios, podríamos decir que esta nueva configuración subjetiva expresa una transición cultural profunda: de un mundo regido por la resistencia material de las cosas, como señalaba Flusser (2002), a un entorno digital en el que prevalece lo inestable y lo inmaterial. El sujeto ya no se define por su capacidad de transformar la materia, sino por su destreza para navegar flujos de información, cumplir desafíos virtuales y sostener su visibilidad dentro de sistemas que recompensan la hiperactividad y la exposición permanente.
La era digital nos ofrece oportunidades sin precedentes para la conexión, la información y la expresión personal. Sin embargo, también nos enfrenta a desafíos significativos relacionados con la manipulación y la construcción de identidades en entornos digitales. Es esencial fomentar una alfabetización digital crítica que nos permita navegar de manera consciente y saludable entre nuestras vidas física y virtual, reconociendo los riesgos y aprovechando las oportunidades que ofrece la sociedad hiperconectada, como propone Turkle (2011). Este autor señala que la identidad, entendida como la percepción que tenemos de nosotros mismos y cómo nos presentamos ante los demás, ha encontrado en el entorno digital un nuevo espacio de expresión y, a la vez, de vulnerabilidad. Las redes sociales y otras plataformas digitales nos permiten construir y modificar nuestras identidades de manera constante, pero también nos exponen a comparaciones, juicios y presiones que pueden afectar nuestra autoestima y bienestar emocional.
Sherry Turkle, en su obra Alone Together (2011), destaca cómo la tecnología ha transformado nuestras relaciones interpersonales y la forma en que nos conectamos con los demás y nos ha llevado a transitar una paradoja: estamos más conectados que nunca, pero a la vez más solos. Esta construcción de identidades digitales puede llevar a una disociación entre nuestro yo físico y nuestro yo virtual, generando conflictos internos y una sensación de desconexión con la realidad.
Los entornos digitales no son neutrales; están diseñados para captar nuestra atención y dirigir nuestro comportamiento. A través de algoritmos sofisticados, las plataformas digitales analizan nuestros datos y patrones de comportamiento para ofrecernos un contenido personalizado que refuerza nuestras creencias y preferencias creando burbujas informativas y cámaras de eco (Zuboff, 2019).
Emilio Ferrara (2016), en su estudio sobre la manipulación y el abuso en las redes sociales, señala cómo estas plataformas pueden ser utilizadas para difundir desinformación, manipular opiniones y fomentar comportamientos adictivos. La exposición constante a contenido seleccionado algorítmicamente puede limitar nuestra capacidad de tomar decisiones informadas y autónomas, al afectar nuestra percepción de la realidad y nuestra libertad de elección.
Las redes sociales virtuales han experimentado una expansión vertiginosa, hasta el punto de que muchos usuarios se ven inmersos en ellas casi sin haber adoptado una decisión consciente de participación. Tal como señala Bauman (2007), estas plataformas se han convertido en un destino prácticamente forzoso para una cantidad cada vez mayor de personas, particularmente entre jóvenes –varones y mujeres– e incluso entre niños y niñas.
El autor afirma, además, que el éxito de los desarrolladores y promotores de estas redes se debe, en parte, a que han logrado activar una sensibilidad latente. Sostiene que “Es evidente que los inventores y promotores de las redes virtuales han tocado una cuerda sensible, un nervio tenso y virgen que hace mucho esperaba la llegada del estímulo adecuado” (Bauman, 2005). Este señalamiento resulta particularmente revelador y será retomado más adelante, ya que, aunque en forma indirecta, aporta una clave interpretativa que permite cuestionar la mayoría de las concepciones dominantes tanto en el discurso social como en ciertos enfoques profesionales en torno a las denominadas adicciones.
Actualmente, es cada vez más frecuente que gran parte de la vida cotidiana se encuentre mediada por dispositivos electrónicos y almacenada en entornos digitales, comúnmente referidos como “la nube”. En este contexto, podría afirmarse que la existencia humana tiende a escindirse en dos dimensiones: la física y la virtual. En el caso de los adolescentes, esta división resulta especialmente notoria, ya que desarrollan una porción significativa de su vida social, afectiva y comunicacional a través del teléfono móvil, mientras que solo un porcentaje reducido de sus experiencias tiene lugar en el ámbito físico.
Coincidimos con Bauman (2016) cuando advierte que las redes sociales pueden convertirse en una trampa, ya que ofrecen una ilusión de comunidad sin las exigencias de las relaciones reales. Esta “modernidad líquida” se caracteriza por vínculos frágiles y efímeros, donde la conexión constante en entornos digitales no necesariamente implica una comunicación significativa.
En sus trabajos sobre la modernidad líquida, Bauman (2003) ya alerta sobre un proceso de fragilización de los vínculos humanos: relaciones volátiles, compromisos débiles y vínculos afectivos fácilmente desechables. Este análisis resulta especialmente vigente cuando se lo aplica al ecosistema de las redes sociales digitales, donde la posibilidad de “conectarse” no garantiza necesariamente una experiencia de relación profunda ni estable.
En lugar de fortalecer los lazos sociales, la mayor parte de las plataformas tiende a replicar una lógica de conexión rápida, instrumental y cuantificable. Como señala Bauman (2013), “la red puede conectar, pero no une”. La conexión, entendida como una función técnica, se ha naturalizado como sinónimo de vínculo, pero en realidad se trata de un tipo de lazo sin peso, sin responsabilidad mutua y fácilmente reversible. Basta con deslizar el dedo o hacer clic para dejar de seguir, eliminar o bloquear. La relación social, así, se convierte en un ejercicio reversible, sin consecuencias duraderas.
Por otro lado, Jose van Dijck (2013) subraya que las plataformas digitales funcionan bajo una lógica de “conectividad programada”. Las interacciones no son libres ni espontáneas, sino que están mediadas por sistemas que jerarquizan, filtran y modulan qué se ve, qué se oculta y a quién se escucha. La amistad, el interés o la influencia se miden en métricas visibles: seguidores, visualizaciones, comentarios. Estas cifras, lejos de ser neutrales, producen efectos subjetivos y sociales, generando nuevas formas de capital simbólico y de ansiedad por el reconocimiento.
Por otro lado, Couldry (2019) advierte que el régimen mediático actual impone una forma de poder “dataficado” en el que las experiencias humanas se traducen en datos disponibles para ser monetizados. En este entorno, los sujetos internalizan la lógica de exposición permanente: no solo se muestran, sino que aprenden a hacerlo de la manera que los sistemas premian. De este modo, la red no solo modela la comunicación, sino también la forma en que las personas se piensan a sí mismas, se representan y se relacionan.
Los autores mencionados hacen notar que, desde hace algunos años (y con mayor intensidad en la última década), y no solo en cada vez más adolescentes sino también en numerosos adultos, se observa una necesidad persistente de exponerse a contenidos digitales y de mantener una presencia constante en redes sociales. Esta necesidad imperiosa no se reduce únicamente al concepto de “adicción a internet”, sino que responde a una lógica más profunda: una “adicción” a la visibilidad, a la aprobación inmediata y al reconocimiento constante. En el contexto de una sociedad de consumo y una sociedad líquida en la que los vínculos son efímeros, los valores inestables y la identidad se construye de forma fragmentada, esta necesidad de exposición se vuelve parte del modo en que las personas buscan validación y sentido. Entre adolescentes y jóvenes, este fenómeno puede interferir significativamente en los procesos de desarrollo subjetivo, afectando la construcción de la identidad y la capacidad de establecer vínculos sólidos y duraderos. Como señala Bauman (2003): “En una sociedad líquida moderna, los vínculos se vuelven frágiles y fácilmente disolubles; en lugar de relaciones duraderas, proliferan conexiones que pueden ser iniciadas y terminadas con un simple clic”.
Como en todo el mundo, en América Latina los procesos de digitalización no solo avanzan con gran velocidad en términos tecnológicos, sino que también impactan profundamente en los modos de socialización desde edades cada vez más prematuras. Según informes recientes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), se observa una tendencia creciente en el acceso temprano a dispositivos móviles con conexión a internet por parte de niños y niñas, incluso en sectores sociales con ingresos limitados (CEPAL, 2021). Es de lamentar que esta expansión del acceso no haya sido necesariamente acompañada de una alfabetización crítica o de políticas públicas que regulen los efectos subjetivos, educativos y vinculares del uso intensivo de pantallas en la infancia.
Lo llamativo no es tan solo la disponibilidad del dispositivo, sino el tipo de experiencias que se habilitan a través de él. El celular no se presenta como una herramienta complementaria, sino como una verdadera plataforma de iniciación cultural, a través de la cual se accede al entretenimiento, al lenguaje, a la sociabilidad y al deseo. En muchos casos, el primer contacto sistemático con el mundo ocurre mediado por pantallas: la mirada del otro, el juego simbólico y la exploración del entorno físico ceden lugar a un entorno digital regulado por algoritmos y lógicas de consumo.
Este fenómeno tiene consecuencias que trascienden lo pedagógico y lo tecnológico. Supone una transformación profunda en los procesos de construcción de subjetividad y en la manera en que las infancias comienzan a relacionarse consigo mismas y con los otros. El dispositivo móvil, intensamente personalizado, disponible las veinticuatro horas e íntimamente ligado al cuerpo, se convierte en un entorno envolvente, una especie de prótesis emocional y social que acompaña, modela y condiciona la experiencia.
La paradoja de este acceso temprano es que, mientras se amplía la conectividad, también se amplían las brechas: brechas en la comprensión crítica de los contenidos, en la capacidad de autorregulación emocional frente al estímulo constante, y en la calidad de los vínculos sociales que se construyen. Desde etapas muy precoces, las redes sociales, los videojuegos en línea y los contenidos virales introducen patrones de consumo simbólico que muchas veces refuerzan estereotipos, hiperestimulan la atención e inhiben la capacidad de sostener la espera, el aburrimiento o la reflexión.
Por otro lado, en Europa y Estados Unidos la penetración temprana de dispositivos móviles con acceso a internet se ha vuelto una característica estructural de la infancia contemporánea. Diversos estudios revelan que niños y niñas acceden a pantallas conectadas –especialmente smartphones y tablets– desde edades cada vez más prematuras, en muchos casos antes de los cinco años (Rideout y Robb, 2020). Esta incorporación precoz de tecnología personal no se da como extensión del ámbito escolar o familiar, sino como forma de inmersión en una cultura digital que estructura buena parte de la vida cotidiana, incluso antes del ingreso formal al sistema educativo.
En estos contextos, el dispositivo no solo cumple funciones recreativas, sino que se transforma en una interfaz afectiva y cognitiva, un puente a través del cual el niño accede a los primeros lenguajes visuales, gestuales y simbólicos que marcarán su modo de estar en el mundo. YouTube, TikTok, Instagram y otras plataformas dominan el imaginario infantil, determinando formas de atención, modos de expresión y perspectivas de deseo. A diferencia de lo que sucedía en las generaciones anteriores, la cultura ya no se transmite solo por la escuela o el grupo familiar, sino por medio de flujos algorítmicos globales que filtran, jerarquizan y programan los contenidos a los que se accede.
Este fenómeno también plantea dilemas complejos con respecto a la autonomía, la intimidad y la formación de la identidad. La exposición a redes sociales, juegos en línea y narrativas virales se produce en momentos del desarrollo en los que aún no están consolidadas ciertas funciones básicas como la autorregulación, la percepción crítica o la estabilidad emocional. Lo digital no se limita a ser un entorno de entretenimiento: es un sistema que introduce lógicas de placer inmediato, comparación social e introducción de representaciones sociales desde etapas precoces.
En muchos hogares, el dispositivo móvil ha sustituido funciones que históricamente cumplían el juego libre, la conversación o la interacción con el entorno físico. La hiperconexión en la infancia no es solo una cuestión de cantidad de horas frente a la pantalla, sino la falta de las experiencias y vínculos con el entorno físico cuando lo digital ocupa el centro de la vida. Esta situación ha encendido alarmas en sectores gubernamentales, legislativos, académicos, clínicos y educativos, que advierten sobre el impacto del uso intensivo y descuidado de dispositivos en niños y adolescentes. Sin embargo, como veremos más adelante, implementan acciones erróneas que dejan al descubierto el riesgo enorme que encierran los consumos en entornos digitales.
Comprender la época actual, en especial los consumos problemáticos en entornos digitales, exige necesariamente una lectura generacional. Los comportamientos de niños, niñas, adolescentes y jóvenes con respecto a las tecnologías digitales no pueden ser interpretados al margen del contexto sociohistórico en el que han crecido. En este sentido, conceptos como millennials y Generación Z no solo sirven como referencias etarias, sino también como categorías culturales útiles para analizar cómo las distintas generaciones se vinculan con las tecnologías, los consumos y los modos de subjetivación.
La Generación Y (la de los millennials) incluye a las personas nacidas aproximadamente entre 1981 y 1996. Esta generación fue testigo del pasaje del mundo analógico al digital. Vivió su infancia o adolescencia en un entorno todavía marcado por la televisión, los videojuegos de consola y el teléfono fijo, pero su adultez temprana ya estuvo fuertemente influida por el surgimiento de Internet, la telefonía móvil, las redes sociales y la globalización de la cultura. Muchos de sus hábitos se formaron entre ambos mundos, lo que los convierte en una generación bisagra en términos tecnológicos y culturales.
Por su parte, la llamada Generación Z, la de los centennials, comprende a quienes nacieron entre 1997 y 2012. Se trata de la primera generación nativa digital por completo. Para estos jóvenes, la conectividad constante, la comunicación instantánea, el acceso irrestricto a contenidos y la lógica de las redes sociales forman parte constitutiva de su experiencia vital. Han crecido en un mundo en el que la identidad se construye en entornos virtuales, donde los límites entre lo público y lo privado están difusos, y donde la imagen y el rendimiento son centrales (Twenge, 2017).
Ambas generaciones presentan desafíos específicos en relación con los consumos digitales. En el caso de los millennials, se observan formas de marcadas por la necesidad de conciliación entre la vida laboral y la personal, una búsqueda de sentido en lo que consumen y una progresiva desconfianza hacia los discursos institucionales. La relación con lo digital está mediada por cierta nostalgia del mundo anterior a Internet y por la progresiva dependencia tecnológica que desarrollaron en la adultez.
En cambio, en quienes integran la Generación Z, los consumos digitales tienden a adquirir un carácter más compulsivo y fragmentado. Los adolescentes y jóvenes de esta generación están expuestos desde edades muy tempranas a plataformas de entretenimiento, redes sociales, videojuegos en línea, apuestas digitales y múltiples dispositivos. Como resultado, no solo se modifican los patrones de atención y comunicación, sino también las formas de vincularse con el cuerpo, el deseo y los otros (Sibilia, 2008). La vida digital se convierte en un escenario de validación constante, exposición, idealización de la imagen y presión por la permanencia en línea. En muchos casos, estas dinámicas, sobre un terreno de vulnerabilidad preexistente, pueden derivar en malestares subjetivos significativos y empeorar ese malestar previo, generando aislamiento, ansiedad social, insomnio, deterioro del rendimiento académico o laboral y comportamientos adictivos.
En este escenario, los consumos problemáticos en entornos digitales no deben ser interpretados exclusivamente como desviaciones individuales o fallas del autocontrol, sino también como síntomas sociales, como expresiones subjetivas de una época marcada por la hiperconectividad, la cultura de la inmediatez y el imperativo del rendimiento constante. Tal como señala Bauman (2016), vivimos en una “sociedad líquida” donde las relaciones humanas son frágiles, los vínculos efímeros y las identidades inestables. Esta precariedad vincular también se reproduce y amplifica en los entornos digitales, especialmente entre los más jóvenes.
Entonces, cualquier intervención orientada a la prevención o abordaje de consumos problemáticos en estas generaciones debe tener en cuenta las características culturales, tecnológicas y subjetivas propias de cada cohorte etaria, con atención a evitar enfoques moralistas o patologizantes y fuera de contexto.
Si bien cada persona manifiesta una singularidad irreductible, resulta limitado abordar los consumos problemáticos digitales como simples trastornos individuales o desórdenes del comportamiento. Muy por el contrario, es necesario comprenderlos como expresiones de procesos sociales, culturales y generacionales complejos, profundamente vinculados al contexto histórico que habitan. En particular, las generaciones millennial y Z se desarrollaron en un entorno marcado por la hiperconectividad, la inmediatez y la digitalización de los vínculos, lo que configura nuevas formas de malestar subjetivo.
Desde esta perspectiva, se vuelve imprescindible superar las explicaciones reduccionistas y adoptar enfoques integrales, interdisciplinarios y centrados en los derechos humanos, que reconozcan las condiciones estructurales que atraviesan a estos sujetos. Solo así será posible construir respuestas terapéuticas y preventivas que no patologicen la diferencia, sino que habiliten espacios de escucha, contención y participación activa para los y las jóvenes en el marco de su comunidad.
