Consumo problemático de drogas - Alberto Trimboli - E-Book

Consumo problemático de drogas E-Book

Alberto Trimboli

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Beschreibung

Para conocer la problemática y romper con la línea predominante, que indica que la única alternativa posible para la denominada clínica de las adicciones es la internación, esta obra parte del desarrollo histórico del consumo de sustancias, su clasificación y formas de abordaje, los aspectos bioéticos y la influencia del discurso jurídico como herramienta de control social. A la vez, el autor, con una experiencia de casi tres décadas en el tema, profundiza el modelo de abordaje ambulatorio de inclusión sociosanitaria basado en normas éticas y científicas, en contraposición al de la lógica del encierro y el disciplinamiento. En la clínica diaria, llama la atención cómo el imaginario construido por ciertos discursos (en particular, el moral, el jurídico y el religioso) influye en el de los profesionales. Esto da como resultado la puesta en marcha de abordajes basados fundamentalmente en el aislamiento y el autoritarismo, así como las prácticas (sin fundamento científico) de cuestionables normas éticas, que en la mayoría de los casos violan los derechos humanos más elementales.

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Seitenzahl: 266

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Consumo problemático de drogas

Bases para una clínica ambulatoria y de inclusión sociosanitaria

Alberto Trimboli

Consumo problemático de drogas

Bases para una clínica ambulatoria y de inclusión sociosanitaria

Índice de contenido
Portadilla
Legales
Introducción
Capítulo I. El consumo de sustancias según la época
Capítulo II. Categorías sociales intervinientes en el proceso de exclusión
Capítulo III. Términos asociados al consumo de sustancias
Capítulo IV. Drogas y modernidad
Capítulo V. Bioética, subjetividad y ley
Capítulo VI. Abordajes asistenciales
Capítulo VII. Hospital de día de inclusión sociosanitaria como modelo de intervención para el abordaje del consumo problemático de sustancias
Bibliografía

Trimboli, Alberto

Consumo problemático de drogas : bases para una clínica ambulatoria de inclusión sociosanitaria / Alberto Trimboli. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2020.

Libro digital, EPUB - (Conjunciones / 44)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-538-786-7

1. Consumo de Drogas. 2. Adicciones. 3. Psicología Clínica. I. Título.

CDD 362.29092

Colección Conjunciones

Corrección de estilo: Liliana Szwarcer

Diagramación: Patricia Leguizamón

Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.

Noveduc libros

© del Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.

Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina

Tel.: (54 11) 5278-2200

E-mail: [email protected]

www.noveduc.com

Primera edición en formato digital: octubre de 2020

Digitalización: Proyecto451

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

ISBN edición digital (ePub): 978-987-538-786-7

Alberto Trimboli. Doctor en Psicología, psicólogo clínico y psicoanalista. Coordina el sector de Adicciones del Hospital General de Agudos “Dr. Teodoro Álvarez”; fundó, presidió y es miembro de la Comisión Directiva de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM). Entre 2013 y 2015 fue vicepresidente regional para América Latina de la Word Federation for Mental Health (WFMH) y desde 2017 es miembro vitalicio de esa institución. En 2013 presidió el único Congreso Mundial de Salud Mental desarrollado en Argentina organizado por la AASM y la WFMH. Desde 2014 forma parte del Órgano de Revisión de la Ley Nacional de Salud Mental. Tiene actividad docente universitaria tanto a nivel nacional como internacional. Es docente y tutor de la Facultad de Psicología de la Università della Sapienza (Roma, Italia), Profesor Honorario de la Facultad de Psicología de la Universidad de Chiclayo (Perú), profesor adjunto del departamento de Psicología Clínica de la Universidad Argentina J. F. Kennedy. Docente de la Facultad de Psicología y de la de Medicina de la Universidad de Buenos Aires UBA. Es compilador y coautor de numerosos libros y artículos relacionados con la temática.

En primer lugar, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a la Dra. Andrea Grinberg, porque sin sus aportes, su crítica constructiva y sus valiosas observaciones, este trabajo no hubiera sido posible.

No quiero dejar de nombrar a aquellos a quienes van dirigidas las conclusiones y modestos beneficios de esta obra: los pacientes, que con su sufrimiento y esfuerzo me estimulan a trabajar cada día. A ellos, mi respeto.

Agradezco a mis compañeros del Hospital Álvarez de la Ciudad de Buenos Aires y particularmente a los profesionales de mi equipo, un grupo de jóvenes y excelentes profesionales que con su ímpetu, empuje y críticas me contagian energía para seguir adelante, a pesar de los obstáculos.

Quiero agradecer a las autoridades del Hospital Álvarez, que me permiten la no tan común tarea de incluir y aceptar en un hospital general a estas personas que son víctimas permanentes de la estigmatización y discriminación cotidiana.

Por último, y fuera del ámbito profesional, agradezco especialmente a mi familia. A mi esposa, Silvia, y a mis hijos, Damián y Federico, por su inestimable apoyo, paciencia y comprensión por el tiempo que les quité para dedicar a la realización de este trabajo.

También expreso mi agradecimiento a mis padres, por haberme enseñado que el estudio y el esfuerzo son dos elementos inseparables para lograr los objetivos.

Introducción

Breve descripción del problema

Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al finalizar, para tener un morir agradable.

Fiedrich Nietzsche,Así habló Zaratustra

El denominado “problema de las drogas” es, sin lugar a dudas, uno de los temas más discutidos de las últimas décadas. En la actualidad suele ser abordado desde diferentes discursos y lugares de poder, principalmente desde el político, el jurídico, el religioso y el de la seguridad, dejando de lado uno de los principales: el de la salud.

En este libro se detallarán una serie de conceptos relacionados con el denominado “problema de las drogas”, especialmente aquellos que han dado como resultado que las personas que las consumen sean estigmatizadas y excluidas del sistema de salud.

Abordaremos el proceso de elaboración y construcción del “sujeto adicto” por parte de la sociedad y cómo se producen procesos estigmatizadores a través de estereotipos que desencadenan prejuicios y discriminación por desconocimiento e ignorancia, contra las personas que consumen sustancias psicoactivas, así como por la acción de diferentes discursos y la puesta en marcha de acciones concretas de control social por parte de ciertos sectores de poder.

Es indudable que el siglo XX nos ha presentado una serie de contradicciones socioeconómicas, políticas y culturales únicamente comparables con las que se produjeron en el continente europeo hace aproximadamente tres siglos, con la denominada Revolución Industrial. En esa instancia, la tecnología recién aparecida impactó de lleno en la estructura social existente hasta entonces y la vida no volvió a ser la misma. Los individuos debieron adaptarse a los cambios de maneras muy diferentes.

En medio de este panorama, en el periodo de posguerra de la Segunda Guerra Mundial, algunos sectores comienzan a colocar en primer plano lo que hasta el momento era algo desconocido para la sociedad: el denominado flagelo o epidemia de las drogas.

Estas designaciones le otorgan a la problemática dos tipos de connotaciones: una moral y otra médica, que generan la idea de que es necesario proteger a la sociedad de ese “mal”.

Este fenómeno fue construyéndose en el transcurso del siglo veinte, sobre la base de la transmisión de una multiplicidad de discursos ideológicos, políticos, médicos, jurídicos y morales, que dieron como resultado la estigmatización (y penalización) de las personas que consumían ciertas sustancias.

En este contexto, si consideramos que la intervención del Estado como respuesta a la problemática no provino del sistema de salud sino del legislativo, jurídico y moral, debemos decir que la situación no solo no desapareció, sino que se agravó aún más. En efecto, la promulgación de leyes que incluyeron la sanción penal y las denominadas medidas curativas en nombre de la defensa de la sociedad, contribuyeron a que se asignara al usuario de drogas una doble condición: de enfermo, por un lado, y de delincuente, por otro.

Sabemos que el sistema de creencias determina el funcionamiento de una sociedad. En este sentido, podemos decir que el sujeto actúa en tanto que es actuado por el sistema (Althusser, 1968).

Es llamativo cómo ciertos sectores, entre ellos el de los profesionales de la salud, muestran visiones tan particulares sobre este tema e incluso, en la mayoría de los casos, dejan de lado a la persona y sus derechos, centrándose casi exclusivamente en el objeto droga y en el peligro que significa para la sociedad la sustancia ingerida.

Como ejemplo de ello podemos citar a Vélaz de Medrano (2009) que plantea que esta problemática afecta gravemente a la comunidad en su conjunto por la magnitud que alcanza en lo individual y social, no solo en lo atinente a la salud pública, sino también al bienestar y al adecuado desarrollo comunitario.

La misma postura sostiene Mannaioni (1980); este autor afirma que, si la adicción fuera el único factor importante en el problema de la toxicomanía, la solución sería muy sencilla, permitiendo que cada persona pudiera consumir la sustancia de la que depende y controlando la aparición de trastornos físicos y psíquicos. En cambio, agrega, la adicción a las drogas no solo es un problema porque las sustancias producen dependencia, sino porque sus constituyen un peligro para el individuo y para la sociedad.

Es evidente que tanto Vélaz de Medrano como Mannaioni son un ejemplo claro de cómo muchos especialistas en el tema ponen el acento en la sustancia, en el peligro para la sociedad y no en la subjetividad. De esta manera, estos autores estarían dando por sentado que son las sustancias por sí mismas las que provocan el problema; les atribuyen peligrosidad, dejando de lado los mecanismos internos por los cuales cada sujeto o grupo elige consumir una determinada.

Este tipo de planteo es el más sostenido por los sectores políticos y de la prensa y también por el sistema de salud pública estatal. Esto da como resultado la ausencia de dispositivos de salud ofrecidos por el Estado y la proliferación de centros privados, autodenominados de asistencia, la mayoría de ellos con prácticas que violan el marco ético y legal y que no dan respuesta adecuada a las personas con consumo problemático de sustancias.

En este sentido, es indispensable preguntarnos cuáles son los motivos que impiden que el Estado arbitre los medios necesarios para implementar una cantidad necesaria de centros de salud destinados a personas con consumos problemáticos. Los tratamientos existentes, especialmente los pertenecientes al ámbito privado, ¿son inclusivos? ¿O en realidad favorecen la estigmatización?

Parte de la respuesta reside en la construcción del sistema de representaciones. En efecto, uno de los puntos intervinientes en la construcción de un cierto tema dentro de una sociedad determinada son las representaciones sociales. Estas, en el caso del consumo de sustancias, actúan como barrera de acceso al sistema de salud por parte de las personas que padecen esta problemática, pero también actúan negativamente en aquellas que, si bien consumen alguna droga, no constituyen un problema.

Hoy las personas consumidoras de ciertas sustancias psicoactivas son víctimas del sistema de representaciones dominante y habitualmente se las relaciona con el delito y la pobreza. En ese sentido, no sorprende que el abordaje para el tratamiento de ellas sea la internación prolongada, el encierro y muchas veces la aplicación de métodos de castigo sin fundamentación científica alguna.

Como resultado de la puesta en juego de estos mecanismos, ni la sociedad en general, los profesionales de la salud ni el Estado parecen preocupados por poner en marcha modalidades ambulatorias acordes con los criterios científicos y éticos aceptados. La experiencia indica que las internaciones breves son menos costosas, no solo en términos económicos, sino también en términos psíquicos y sociales.

Capítulo I

El consumo de sustancias según la época

Las sustancias psicoactivas han sido utilizadas por el hombre, desde la Antigüedad y a lo largo de la historia, dentro del contexto de prácticas bien definidas y socialmente integradas de orden cultural.

La mayoría de los pueblos primitivos, y muchos de los que actualmente se asientan en regiones en contacto con la naturaleza, poseen una concepción de la misma totalmente diferente de la del hombre urbano quien, podríamos decir, ha perdido contacto con ella.

A través de la naturaleza, estos pueblos dan lugar a la dimensión religiosa que los lleva a simbolizar realidades que trascienden la experiencia humana.

Para el hombre primitivo, las plantas, la vegetación y los animales mantienen una estrecha vinculación con lo sagrado. Por eso, estos elementos ocupan un sitio privilegiado en la simbología antigua.

En este sentido, González Torres sostiene que

La vegetación manifiesta también otra clase de poderes sagrados y divinizados; por ejemplo árboles, flores y frutos milagrosos revelan la presencia de poderes divinos. Los ritos de primavera se centran en las plantas, ramas o árboles a los que se da un tratamiento sagrado; la fertilidad del cosmos es simbolizada por la unión de plantas masculinas y femeninas o por el florecimiento de las ramas de una especie específica (González Torres, 2001).

Si bien no es el objeto central de este libro, es indispensable conocer el desarrollo histórico del descubrimiento y la utilización de las diversas sustancias psicoactivas por el hombre. Veremos la enorme importancia que tiene la historia del consumo en la construcción del “problema de las drogas” en la sociedad actual.

Es innegable que para comprender una de las problemáticas más complejas de la actualidad –con implicancias políticas, económicas, morales, jurídicas y bio-psico-sociales, como es el uso de sustancias psicoactivas– resulta indispensable realizar un recorrido acerca del papel que las mismas desempeñaron a lo largo de la historia de la humanidad y cómo fue la relación entre la sociedad y ellas.

Escohotadodice que:

Hasta hace poco no se ha tenido en cuenta que el empleo de las drogas descubiertas por las diversas culturas constituye un capítulo tan relevante como olvidado en la historia de la religión y la medicina (…) a los historiadores les parece menos nimio examinar la evolución de un estilo pictórico que la evolución del consumo de una droga (…) como sucediera con la sexualidad hasta bien entrado el siglo XX (Escohotado, 1998).

A menudo se cree, incluso en círculos profesionales, que el uso de sustancias psicoactivas es propio de la sociedad contemporánea, como un intento de resolver o evitar las dificultades y/o conflictos. Si bien es cierto que el problema se complejizó en los últimos tiempos, el consumo de sustancias se inicia con el hombre mismo.

Las plantas psicoactivas y sus usos

Existe documentación que da cuenta de la utilización de sustancias –hoy denominadas “drogas”– a lo largo de la historia de la humanidad. Sin embargo, a pesar de que el hombre las utilizó en todas las épocas, ese consumo nunca antes había mostrado signos claros de haberse convertido en problemática social, mientras se mantuvo asociado a sustancias naturales y utilizadas para ciertas prácticas culturales relacionadas con el trabajo y la religión.

El hombre primitivo ha debido aprender con mucho esfuerzo acerca de las herramientas necesarias para luchar por la supervivencia diaria. Por ese motivo debió probar todos los elementos que la naturaleza puso en su camino: minerales, plantas y animales.

Se cree que fue en el periodo paleolítico que cazadores y recolectores nómades, (1) involuntariamente, como consecuencia de su adaptación alimentaria al medio ambiente, sufrieron intoxicaciones ocasionales con plantas que contenían sustancias psicoactivas. Por sus efectos psicológicos, las mismas seguramente ayudaron a construir la representación del mundo que hicieron esos hombres y confirieron materialidad a los productos de su imaginación, así como a las alucinaciones e ilusiones generadas por lo ingerido.

Este universo fantástico –con el cual convivió y convive aún el hombre denominado “primitivo”– le fue accesible por medio de la alucinación producida artificialmente en momentos de trance. Esta posibilidad relacional hombre-mundo sobrenatural, por los peligros que encierra, se le encomienda a quien, en la comunidad, se le reconoce el poder de hacerlo con menor riesgo: el chamán (Escohotado, 1998) (2).

Estas personas, a las que se les atribuían aptitudes curativas y adivinatorias, recurrían a menudo a las sustancias alucinógenas para facilitar el trance. Junto con sus rezos, oraciones, humo de hierbas y otros rituales, el chamán alejaba los demonios, buscando la ayuda de los espíritus que lo guiaban hacia el alma de un antepasado o el saber buscado. Luego del trance retornaba a la realidad, trayendo para la tribu la información buscada o la salud para el enfermo.

Esta experiencia cultural de las poblaciones primitivas (o sea, el empleo de plantas alucinógenas destinadas a alcanzar esos estados de ensoñación) representa una responsabilidad social que el chamán asume, a pesar del riesgo que encierra para él. No obstante, la protección y reproducción de los medios de subsistencia, así como la existencia misma de la comunidad primitiva dependen de él.

A fines de la Edad Media y comienzos de la Moderna, las estructuras tradicionales comenzaron a transformarse. Surgieron las brujas y, consecuentemente, la responsabilidad colectiva de perseguirlas hasta la tortura y la muerte.

Son numerosos los casos relatados por observadores de la época en los que se cuenta que, antes de la noche de brujas, las consideradas hechiceras untaban sus cuerpos con sustancias que las adormilaban y al despertar narraban su “vuelo”.

La imagen típica de la bruja volando sobre una escoba camino al aquelarre parece haber nacido de la costumbre de esas mujeres de frotarse los genitales con un palo embadurnado con ungüentos vegetales, preparados con atropa belladona (3), mandrágora (4), beleño (5) y datura (6), cuyo contenido atropínico (7), absorbido por la piel y las mucosas, les provocaba, entre otras, sensaciones de estar cabalgando.

Blaschke afirma que:

Las brujas fueron conocedoras de plantas y drogas que utilizaban para curar o para alcanzar estados modificados de conciencia como hacían los chamanes. Fueron pintores como Goya los que inmortalizaron a la bruja y al mismo tiempo revelaron su verdadero secreto. En la Cocina de brujas (8) se intuye el ungüento de la Atropa belladona; en El aquelarre (9) los preparatorios, así como la visión de volar en Linda maestra (10). Goya supo representar la utilización del ungüento de Atropa belladona aplicado a un palo de una escoba, que contribuyó a crear la imagen de la bruja subida a una escoba como si volara (Blaschke, 2007).

En las áreas rurales, en lugares en donde los campesinos se ven enfrentados a condiciones muy duras de existencia y de trabajo, las sustancias excitantes como la coca (11) en el Altiplano, el kratom (12) en Tailandia y el kath (13) en África y Arabia han cumplido (y cumplen aun hoy) funciones sociales para los pobladores pues proporcionan artificialmente la energía que necesitan para trabajar o sobrellevar la vida diaria en condiciones hostiles.

En este contexto, también se han utilizado sustancias con fines espirituales o para rituales religiosos: la ayahuasca (14) en el Amazonas, la iboga (15) en África occidental o la kawa (16) en Oceanía. Aún hoy, en los territorios de México y Estados Unidos, los aborígenes utilizan el peyote (17). Tanto es así que existe una religión que nació entre los Sioux: la Native American Peyote Church, que utiliza esa sustancia en sus ritos, une creencias indígenas y cristianas, y se extiende hasta zonas de México.

Algunas plantas psicoactivas

Según Escohotado (1998), la primera droga que llega al registro escrito es el opio. Existen tablillas cuneiformes en Uruk, descubiertas en el tercer milenio anterior a la era cristiana, que representan la adormidera mediante dos signos, de los cuales el segundo significa también “júbilo”, “gozar”. Luego, aproximadamente en el siglo XXII a.C, aparecen unas tablillas sumerias las que se menciona la cerveza como remedio. Las daturas (18) y la mandrágora (19) llegan al registro escrito con los babilonios, según el autor antes mencionado.

Escohotado (ob. cit.) agrega que existen datos botánicos que indican que había cáñamo en toda esa región, aunque hará falta esperar al dominio asirio (IX a. C.) para que la planta aparezca mencionada, concretamente, como incienso ceremonial. El sistema de los sahumerios gozó de gran predicamento en la Antigüedad, como medio de administración para ese y otros fármacos (ob. cit., p. 74).Según López Muñoz y Álamo González (2007), “el consumo de cannabis parece remontarse al siglo II a. C., y pudieron ser los escitas, tribu nómada relacionada con los semitas, los responsables de su difusión por Egipto, Palestina, norte de Rusia y Europa”.

La versión de McKenna (1994) sostiene que fue en el año 7000 a. C. cuando los escitas llevaron el uso del cannabis a Europa.

Herodoto (486 a 406 a. C.) en sus Works, (20) explicaba que los escitas fumaban esta planta, la colocaban sobre unas piedras calientes y aspiraban su humo, lo que les producía efectos embriagantes. También afirmaba que esa forma de consumo estaba relacionada con ceremonias funerarias.

McKenna cita a Herodoto cuando dice:

[Los escitas] han descubierto otros árboles que producen un fruto de una clase particular, el cual los indígenas, cuando se encuentran en grupos y han encendido un fuego, lanzan a éste, mientras se sientan a su alrededor en círculo; al inhalar los humos del fruto que se quema en el fuego se intoxican con el olor, del mismo modo que los griegos hacen con el vino; cuantos más frutos echan, más se intoxican, hasta que se levantan para danzar y ponerse a cantar (McKenna, 1984, p. 183).

Al referirse al uso del cannabis asociado a prácticas religiosas y terapéuticas en la antigüedad, Coello Manuell (2008, p. 5) señala que se han descubierto rastros de ese tipo de uso desde el año 3000 a. C. en la cultura china, persa, griega y de Europa Central. Además, da cuenta de que se han recuperado pipas y restos de objetos hechos con cáñamo en la India, Egipto y el Himalaya. De su empleo en prácticas religiosas se han hallado pruebas en el hinduismo, sintoísmo, budismo, los templarios, los sufís, los cristianos coptos y los rastafaris.

Al respecto, agrega el autor que en la actual región de Alemania, en el siglo V a. C. se empleaba en rituales de fertilidad, ya que era la planta consagrada a Freyja (21), que solo las mujeres podían plantar, cosechar y fumar.

En China, según López Muñoz y Álamo González (2007, p. 1107), el cannabis se conocía desde el Neolítico y se cultivaba por la calidad de sus fibras, semillas y efectos medicinales. Afirman los autores que el emperador Shen Nung fue uno de los primeros en reconocer su uso médico, y escribió que “el exceso de consumo hacía que se viesen demonios, y que tomada durante mucho tiempo favorecía la comunicación con los espíritus y aligeraba el cuerpo”. En el Pen Ts’ao (22), un libro sobre plantas medicinales chinas publicado por ese emperador en el año 2737 a. C., recomendaba el uso de cannabis en casos de malaria, estreñimiento, dolores reumáticos y trastornos de la mujer.

Lewin (1998, p. 91) ya en el año 1924 –fecha de la primera edición de su libro– señalaba que, según sus investigaciones, el uso del cannabis se remontaba probablemente alrededor de veinte siglos antes de Cristo y anticipaba que posiblemente muchas generaciones se valdrán de esta planta mientras puedan seguir cultivándola. Él asegura que existen estudios que informan que los asirios ya utilizaban como incienso el cáñamo en el siglo VIII a. C.; lo llamaban Qunubu o Qunnabu, un término aparentemente tomado de una antigua palabra iraní: Konaba, asociada a la palabra escita KtvvaigIc (cannabis), y ésta, a su vez asociada a término Kanabas, que a su vez deriva de la palabra germánica primitiva Hanapaz. Todos estos términos están emparentados con la palabra griega (cannabis).

En el siglo II, Galeno señalaba expresamente al cáñamo como una sustancia de consumo general, incluso usada como postre en pequeñas tortas. Hacia el año 600 su empleo se extendió desde la India a Mongolia y muchos escritos antiguos en sánscrito hablan de “piedras de alegría”, una preparación a base de cáñamo y azúcar.

En Asia, los miembros de la secta hashishins (23) utilizaban la marihuana para experimentar las recompensas de “la otra vida”, debido a sus propiedades alucinógenas (Royston Loyn, 1998).

McKenna (ob. cit., p. 198) comenta que Marco Polo nos ofrece una descripción del uso del hachís, cuando hace circular por Europa el cuento “El viejo de la montaña”, de Hasan Ibn el Sabah, líder del culto de los hashishin. Según la leyenda, agrega el autor, los jóvenes que querían iniciarse en la secta recibían grandes dosis de hachís que los introducían en un “paraíso artificial”, un oculto jardín de flores exóticas y jovencitas núbiles. Luego, se les decía que retornar a esta tierra de ensueño solo era posible si llevaban a cabo ciertos actos criminales. Por ello se cree que las palabras hashishin y “asesino” están íntimamente relacionadas. La verdad de esta historia es muy discutida, pero no hay duda de que fue la circulación de este relato en Europa la que le otorgó al hachís su leyenda negra, así como al cannabis su fascinación.

En el siglo X, el médico Abu Bakr Ahmad Ibn Wahshiyah (24) incluye al cannabis en su libro “sobre los venenos”, en el que señala que su humo tenía consecuencias fatales. A pesar de ello, el consumo de cannabis siguió expandiéndose por el mundo.

Otra de las plantas usadas por el hombre desde tiempos remotos es la amapola o adormidera. (25) Sus plantaciones en el sur de España, Grecia y en el nordeste de África son las más antiguas del planeta (Escohotado, 2009, p. 15).

La adormidera y la resina del opio (que se extrae de ella) eran utilizadas por los egipcios en medicina y actividades funerarias. En Grecia se decía que la amapola era “la destructora de la tristeza”. Los persas también la utilizaban.

Varios objetos correspondientes a la Edad de Piedra, descubiertos en los lagos suizos, demuestran que sus habitantes la utilizaban desde hacía cuatro mil años. Se encontraron semillas y cápsulas (bulbos) de amapola junto a otros elementos de la época. Por el examen de las mismas se llegó a la conclusión de que habían sido obtenidas mediante el cultivo. Se cree que no solo utilizaban el aceite de las semillas, sino que también extraían su jugo para usarlo como narcótico.

Teofrasto (26), en el año 300 a. C., conocía la adormidera como una sustancia inductora del sueño y sus observaciones son repetidas por Plinio durante el siglo I d. C, con algunas reflexiones sobre la intoxicación con opio. Asimismo, se sabe que “los griegos consagraban la adormidera a Nyx, diosa de la noche, Morfeo, hijo de Hipnos y dios de los sueños, y Thánatos, dios de la muerte. Ellos resumían todas sus propiedades en las deidades a las que se ofrecía” (McKenna, ob. cit., p. 225).

El mundo islámico lo utilizó como remedio para la disentería y para tratar a quienes estaban abrumados por la tristeza y las preocupaciones.

Para el mundo antiguo, entonces, el opio era lo que producía sueño y aliviaba las penas. Los primeros herbolarios ingleses mencionan el jugo extraído de las adormideras como cura de varias enfermedades.

En Roma, muchos emperadores y personalidades consumían opio, tanto en forma independiente como en triacas (27). El jefe de los médicos de Augusto fue Filonio, inventor de la triaca que lleva su nombre, compuesta por pimienta blanca, espinacardo, opio y miel. El opio ya se prescribía como medicamento en los últimos tiempos del Imperio Romano.

Asimismo, se dice que Tiberio se trasladó a Capri para tener más a mano el excelente opio de la isla, sembrado siglos atrás por los colonizadores griegos.

En cuanto a Nerón, su médico de confianza, Andrómaco de Creta, inventó el llamado antidotus tranquillans, hecho con un 30 % de opio y un 70 % de otras sustancias, entre las cuales destacaba la carne de víbora.

Fernández Teruel (2008, p. 19), en Farmacología de la conducta, dice que los hallazgos pertenecientes al segundo milenio a. C. muestran que el opio se fumaba y usaba con fines narcóticos y curativos en Chipre y Egipto, en Asía Menor, y agrega que “las acciones analgésicas y somníferas del opio se hallan también descritas en conocidos escritos de la Antigüedad como el Corpus Hippocraticum de Hipócrates y el Opus, de Galeno”.

La coca es otra de las plantas con propiedades psicoactivas que viene siendo utilizada por el hombre desde hace miles de años.

Al igual que la papa o el maíz, la coca es originaria del continente americano. Sus orígenes se remontan a los comienzos del período postglaciar, cuando el arbusto hoy conocido como Erythroxylum coca debe haber sido descubierto en las faldas orientales de los Andes centrales por los pequeños grupos de nómades que empezaron a poblarlas (Latin America Bureau, 1982, p. 17).

Según Rey Bueno (2008, p. 200), existen pruebas de que el consumo de coca en Perú se remonta a más de 4.000 años atrás.

Las más antiguas pruebas arqueológicas del consumo humano de la hoja de coca datan del IV período precerámico, que se extiende desde el año 2.500 hasta el año 1.800 a. C. La presencia milenaria de la coca en las sociedades andinas también ha sido corroborada por la costumbre ancestral de enterrar a los muertos junto con bolsas llenas de esas hojas en calidad de viático para el “largo viaje a la eternidad” (Latin America Bureau, ob. cit.).

Las diferentes variantes de preparación de la coca han sido utilizadas por los pueblos indígenas del área andina durante milenios como recurso nutricional, médico y elemento ceremonial psicoactivo. En el Altiplano, ella desarrolló una función social, económica y política, pero también tuvo importancia fundamental en el aspecto religioso. Así lo afirma un documento del Instituto de Estudios Políticos para América Latina y África, cuando señala que la coca:

(…) también poseía un valor de carácter sagrado, relacionado con el mundo de las creencias religiosas. Así, los cronistas coloniales relatan la costumbre de los aborígenes de echar hojas de coca al suelo, en honor a la Pachamama (Madre Tierra), al iniciar las cosechas o al edificar una casa: o la costumbre de ofrecer algunas hojas al dios Inti (Sol) o al fuego antes de ponerse a coquear (ídem anterior).

Acerca de la función religiosa de la coca, Rey Bueno (ob. cit., p 97) sostiene que esa planta, además de formar parte del mundo de los vivos, también tenía una importancia fundamental en los actos funerarios. En efecto, una de las costumbres en el altiplano era colocar hojas de coca entre los labios de los muertos como protección de los peligros del más allá.

En los primeros testimonios escritos por Américo Vespucio y Cristóbal Colón, se puede leer que el uso tradicional del coqueo se extendía hasta Centroamérica y la costa de Venezuela, llegando incluso a Cuba (Cabieses Cubas et al., 2005).

A tan solo siete días de haber llegado a América, el 19 de octubre de 1492, Cristóbal Colón registra en su diario:

Ni se me cansan los ojos de ver tan hermosas verduras y tan diversas de las nuestras, y aún creo que hay en ellas muchas yerbas y muchos árboles que valen mucho en España para tinturas y para medicinas de especiería, más yo no las conozco, de que llevo gran pena (Rey Bueno, 2008, p. 197).

Escohotado (ob. cit., pp 18-19) asevera que el arbusto de coca es originario de los Andes y, como prueba de ello, sostiene que hay esculturas del siglo III a. C. que tienen los rostros con las mejillas hinchadas por la masticación de sus hojas. En efecto, se han encontrado hace un par de décadas ciertas esculturas de la cultura mochica en Perú con esas características.

Del mismo modo, Rey Bueno sostiene que:

Las muestras escultóricas más antiguas del consumo de coca son estatuillas halladas en las costas de Perú y Ecuador, donde aparece un rostro con las mejillas hinchadas por el bocado o cocada. La élite mochica disfrutaba de este producto empleado por sus propiedades estimulantes, mientras que las clases populares tenían limitado su uso a determinados festejos (Rey Bueno, ob. cit., p. 200).

Cuando comenzó la conquista de América por parte de los españoles, muy pronto la coca fue incorporada a la economía colonial; una de las normas que se incluyeron fue la autorización del pago de las deudas con hojas de coca.

El descubrimiento de las virtudes energéticas de la misma determinó que los colonizadores comenzaran a fomentar su uso entre los indígenas para aumentar su rendimiento en el trabajo en las minas.

De esta manera, el uso de las hojas de coca se integró en la cultura colonial bajo diferentes modalidades. Los médicos, por ejemplo, la incorporaron a su farmacopea como medicamento contra el asma, las hemorragias, los dolores de muelas, las fracturas de huesos, los vómitos y la diarrea, entre otras dolencias. La mayor parte de la población terminó haciendo uso de ella de una u otra manera, en forma de inhalaciones, infusiones o cataplasmas. En cuanto al hábito de su masticación (coqueo), todos los trabajadores (fueran blancos, mestizos o negros) terminaron utilizándola.

En otro orden de ideas, continuando con los inicios del consumo de plantas y otras sustancias, se sabe que algunas tribus de Siberia consumen un hongo llamado Amanita muscaria que produce efectos alucinógenos (28). Para utilizarlo, lo secan al sol y lo comen solo o acompañado de algún otro alimento.

Según Bello (2003, p. 131), la savia de este hongo, amarga y ácida, se utilizó en ciertos ritos religiosos desde tiempos inmemoriales, con la finalidad de alcanzar una visión mística de la divinidad y un entendimiento perfecto de todo saber.

Por su parte, los indios mexicanos utilizan el psilocibe (29), una sustancia presente en algunas setas, para entrar en un estado de conciencia superior.

Otra sustancia de origen vegetal empleada desde la antigüedad es el alcanfor (30)