Ciencias de la vida - Joy Sorman - E-Book

Ciencias de la vida E-Book

Joy Sorman

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Beschreibung

Ninon Moise está maldita. Su madre Esther también, al igual que todas las primogénitas de su familia desde la Edad Media. Cada generación está marcada por una enfermedad, dolencia o achaque singulares: una de sus antepasadas fue la paciente cero de la peste danzante de Estrasburgo en el siglo XVI. Ninon ha crecido reconfortada y fascinada por esta fábula de extraños e inexplicables misterios médicos, contada un sinfín de veces por su madre desde su infancia. Sin estar del todo convencida, Ninon presiente que en algún momento podría formar parte de la maldición familiar. En efecto, su entrada en esta letanía de males aparece de repente una mañana en forma de un ardor insoportable en la piel, desde las muñecas hasta los hombros. Con una inteligencia y determinación feroces, esta joven parisina de 17 años se embarcará en un vertiginoso y desesperante ciclo de médicos, especialistas, procedimientos, agujas, escáneres, terapeutas que la enfrentará con el marco limitado y en ocasiones discriminatorio de la institución médica, hasta el punto de verse consumida por la necesidad de recibir un diagnóstico y encontrar una cura para su dolencia, mientras su vida se desmorona. Ciencias de la vida es una novela provocadora y empática sobre la enfermedad, el remedio, la transmisión, la salud y la herencia familiar, un cuestionamiento profundo y conmovedor de la confianza absoluta que depositamos en la ciencia y las instituciones médicas para proporcionarnos todas las respuestas.

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Seitenzahl: 266

Veröffentlichungsjahr: 2023

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En mí no vive más que mi vida.

Werner Herzog,

El enigma de Kaspar Hauser

La familia de Ninon Moise está maldita, marcada desde siempre con el sello de la infamia y la infección, una maldición tan risible como trágica, un sentido de la transmisión tanto como del contagio, un encadenamiento de catástrofes genéticas generación tras generación: relatos de maleficios, enfermedad, sortilegios y demencia, un sinnúmero de males que azota indefectiblemente a las primogénitas desde el siglo xvi.

El árbol genealógico de Ninon Moise es una historia francesa y patológica compuesta de una infinidad de casos médicos extraordinarios, un mal proliferante que, desde 1518 hasta la década de 2010, mutó con cada nacimiento, como un virus siempre más veloz que la humanidad a la que infecta, más veloz que el progreso y que la ciencia. En vano se buscará la salud o la razón en los intersticios de esta epopeya familiar; será inútil: todas las antepasadas están locas o enfermas, afectadas de una u otra manera. Calamidad que jamás ha impedido, ni siquiera limitado, la descendencia, que no ha desalentado a nadie a procrear, a proseguir la farsa secular; ¿obcecación estúpida y egoísta o, por el contrario, bella despreocupación, confianza en el porvenir y en la vida, en el principio mismo de la vida, movimiento, regeneración y fuerzas contrapuestas?

Ninon Moise es la heroína y la integrante más joven de esta familia que se ha ido deteriorando sistemáticamente siglo tras siglo, es la heredera de un imponente material genético y, tal vez, quién sabe, el último eslabón de esta cadena, la culminación del funesto linaje.

La primera mención de esta maldición familiar, el punto de partida de una serie de metamorfosis clínicas –cuyo minucioso listado jamás ha sido interrumpido–, y también, probablemente, de modificaciones delirantes de las secuencias de ADN, se encuentra en los archivos de la ciudad de Strasbourg: se trata de un caso de epidemia de baile que tuvo lugar durante el verano de 1518 y cuyo paciente cero, el primer individuo infectado, se llama Marie Lacaze, una bordadora de treinta y un años casada con un herrador, tres hijos, sin antecedentes conocidos.

La mañana del 14 de julio, Marie se despierta en un estado particular, como cargada de electricidad: hormigueo en manos y pies, punzadas en el bajo vientre, sensación de calor en la nuca, zumbidos en los oídos, el pelo erizado en la parte posterior de la cabeza.

Algo extraño en el cuerpo que, en pocos minutos, se apodera por completo de Marie, se agrava y degenera totalmente: frente a su marido y sus hijos, que no dan crédito a sus ojos, comienza a contonearse sin motivo, a dar saltitos lanzando gritos agudos, como si el suelo estuviera cubierto de brasas.

Acto seguido, Marie Lacaze sale de la casa como una tromba y en camisón, y atraviesa las calles dando zancadas furiosas, perseguida por su marido, quien no puede hacer nada y no se atreve ni siquiera a tocarla, dado que realmente parece poseída.

Marie baila encarnizadamente, no deja de bailar, nada parece poder detenerla, y así da varias vueltas a la ciudad, con los pies desollados, empapada en sudor, exangüe, el rostro socavado por la fatiga, los ojos rodeados de aureolas negras; su cuerpo ya no le pertenece: sigue bailando, trazando círculos con los brazos, alzando las rodillas, girando sobre sí misma, cae y enseguida se levanta para continuar su danza, y así durante cinco días y cinco noches, en un mutismo desesperante.

Pero muy pronto, Marie deja de estar sola; desde las primeras horas, otros bailarines poseídos por la misma fiebre se unen a ella y, en poco tiempo, ya son cincuenta por las calles de Strasbourg, luego doscientos, y cuatrocientos cincuenta al quinto día, mujeres, hombres e incluso niños, y también curiosos, cada vez más, que vienen a asistir al espectáculo de esos locos de mirada implorante, inyectada de sangre: con sus rostros deformados por el dolor y los dedos crispados por quién sabe qué veneno, gimen de angustia, piden ayuda volteando los ojos, su danza frenética y entrecortada no tiene nada de alegre, el terror se apodera de la ciudad, sus habitantes se encierran por temor a infectarse también. El trance se propaga como una peste; algunos acaban desplomándose, al límite de sus fuerzas y de sus nervios, y los espasmos siguen sacudiendo sus cuerpos tendidos sobre la tierra; más de uno muere –el corazón que no resiste, la nuca que se quiebra, la deshidratación–, y se incineran cuanto antes los despojos tal vez contagiosos –en todo caso, contaminados– de esas criaturas del diablo.

Al quinto día, el Consejo Municipal de Strasbourg finalmente se decide a actuar, y tiene la descabellada y genial idea de llamar a músicos profesionales para que acompañen la danza. De esa manera, espera transformar la locura en fiesta, pues qué puede ser más normal que bailar al son de las panderetas, los cascabeles y las violas. Se montan escenarios en toda la ciudad, las orquestas se relevan y, en tres días, el mal es erradicado, los movimientos anómalos, anárquicos y violentos comienzan a menguar, se tornan armoniosos y fluidos, la melodía corre por las venas como un antídoto, los cuerpos se van ralentizando y luego se inmovilizan; Marie Lacaze es una de las primeras en curarse, sus pulsaciones descienden, sus brazos se aflojan, sus piernas se calman: da unos últimos saltos de gato y todo su cuerpo se detiene, liberado.

Marie jamás se recuperará del todo, sufrirá de calambres, asma, hormigueo en los miembros, crisis de angustia, y ya no soportará ni la más mínima nota musical: hasta el balbuceo melodioso de sus hijos despertará insoportables dolores.

Los orígenes de este episodio de manía danzante nunca fueron dilucidados; circularon varias hipótesis sin que ninguna lograra imponerse: intoxicación por consumo de centeno contaminado por una micotoxina, ceremonia herética, alineación desfavorable de los astros, histeria colectiva en seres débiles e inclinados a las supersticiones, a un mismo impulso de irracionalidad. Como la mayoría de las víctimas era de origen humilde, algunos médicos vieron en ello la prueba de que los individuos pobres demostraban ser más aborregados que los otros, más propensos a los accesos de locura. También señalaron que, en los años precedentes, una serie de epidemias y hambrunas había asolado Strasbourg y tornado a sus habitantes vulnerables y ansiosos, de modo que el terreno era favorable.

Mucho tiempo después, se pensó que podría haber sido un caso de corea de Sydenham o de Huntington, también conocida como baile de San Vito, enfermedad nerviosa que provoca una congestión de las meninges acompañada de movimientos torpes e involuntarios de los miembros, agitación generalizada, contracciones musculares y trastornos digestivos; pero ¿cómo una inflamación de esas características, producida por estreptococos, pudo haber afectado a Marie Lacaze y luego propagarse de ese modo?

Descendiente lejana de Marie y madre de Ninon, Esther Moise le cuenta esta historia a su hija desde muy pequeña, como una leyenda familiar y un mito fundador, con una mezcla de complacencia sincera y fingida aflicción.

Estamos en los años noventa; a Ninon no le interesan las aventuras de El osito pardo, ni Los Cuentos de Papá Castor; solo ese tipo de relatos insólitos calma su excitación infantil, retiene su atención a la hora de dormir, y muy pronto comienza a reclamar, noche tras noche, la historia de Marie Lacaze, esa antepasada perdida, de las épocas más remotas, reducida al estado de pergamino en los archivos de Strasbourg, la cima del árbol genealógico, paciente cero y ancestro cero. Marie Lacaze es la elegida y el monstruo, el gen que mutó, y en ella aún residen, cinco siglos más tarde, el orgullo y la desolación de la familia.

Después de la de Marie Lacaze, primera del linaje, aún hay muchas otras historias inéditas que contarle en la cama, por la noche, a esa niña impaciente y concentrada, con los ojos abiertos de par en par, ahora que todos los libros ilustrados han sido definitivamente relegados al sótano; un ritual nocturno que marca el ritmo de la infancia de Ninon, un paraíso poblado de relatos mágicos, animado por el fervor de Esther, a quien nada le gusta tanto como desplegar la cinta sin fin de la fábula genealógica: a través de las épocas, hay algunos casos de trance y de demencia, alucinaciones visuales y auditivas, trastornos mentales y furores uterinos tratados mediante trepanaciones y sangrías, cuerpos que escapan, desbordan, deliran, documentados por la literatura familiar como otros tantos epifenómenos o réplicas sísmicas de la locura inicial de Marie, pero también hay relatos de jorobas, epilepsia, afasia, sonambulismo, sarna, deformación repentina de los miembros, una niña nacida con una sola oreja, esa campesina de olfato particularmente desarrollado que se cree perro, y otra nacida con una fisura palatina exorbitante que le da una voz de cotorra; muchos genes deletéreos, cabelleras que caen íntegras en una sola noche o se vuelven grises en una hora, un tercer seno que crece en el abdomen, uñas y dientes que se desintegran como arena y no vuelven a crecer, ojos que cambian de color y una mujer barbuda, astenia muscular súbita, trastornos digestivos aberrantes, bradicardias insólitas, múltiples excrecencias y hasta pequeños cuernos que emergen del cráneo, atraviesan el cuero cabelludo y hay que limar regularmente.

Esther cuenta todas esas historias con tal ímpetu dramático y sentido de la puesta en escena, que la pequeña Ninon, impresionada, muy pronto toma conciencia de que lleva el mal en ella como una carga explosiva. Desde los primeros relatos de su madre bajo la luz relajante de la lámpara de noche, la niña comienza a atisbar posibles signos de la maldición hereditaria, escrutando su vientre atenta a los borborigmos, pero también su cabeza, sus manos, sus pies; se inquietará por una orina demasiado pálida, una lengua seca y saburral, o una tez plomiza; y ese ligero vértigo, ese eczema, esa fiebre, esos hormigueos ¿auguran una enfermedad más grave? Su madre no da muestras de angustiarse demasiado por los efectos nefastos que esos relatos podrían producir en un individuo tan joven y tan frágil; parece dar por hecho que ninguna descendiente de Marie Lacaze la estrasburguesa podrá sustraerse al mal y que lo único que resta preguntarse es cuál será su naturaleza, su forma, y en qué momento se manifestará.

Para la niña, ese mal transmitido por la madre, por su madre, que la cría sola –Ninon fue concebida una noche de Año Nuevo, con el concurso de un desconocido ebrio que se esfumó poco después de las doce–, es un motivo de inquietud y a la vez un objeto de deseo, sin dejar de estar perfectamente integrado en el programa de su existencia, dado que se trata de una tradición familiar, dado que ella es hija única y, por ende, primogénita, un blanco privilegiado. Ninon espera que el mal se revele como una gracia divina y, mientras tanto, solo puede bosquejar hipótesis, constatando que, por el momento, tanto la integridad de su cuerpo como la de su mente parecen indiscutibles.

A veces, por supuesto, las anomalías hereditarias permanecen latentes, como propensiones del cuerpo no activadas, ignoradas por el portador durante toda su vida, pero eso nunca ocurrió en esta familia: todas las propensiones se manifestaron, tal vez favorecidas, en cada caso, por el azar de un encuentro, un acontecimiento, por la lucha contra las dificultades de la vida, pero ¿quién puede asegurarlo?

Al final de esta cadena hereditaria iniciada en 1518, justo antes del último eslabón conocido –Ninon–, se encuentra Esther Moise, quien encarna, a su vez, una maravillosa expresión de ese mal que une a todas las primogénitas de la familia a través del tiempo. Esther hereda una forma de degeneración ocular, la acromatopsia, una incapacidad para percibir los colores provocada por la desaparición de los pigmentos visuales de la retina. Su visión, parcial y limitada, se va reduciendo con los años a matices de gris, y sus ojos se vuelven cada vez más sensibles a la luz; a los dieciséis, ya ha perdido definitivamente todos los colores. Los médicos no tardan en diagnosticarla, con la satisfacción perpleja que se experimenta ante un caso raro pero indudable, un caso que se constata, pero no puede explicarse.

Esther es una excepción, como lo ha sido la mayoría de sus antepasadas: muestras para fijar sobre una lámina de vidrio y colocar bajo el microscopio, para pulverizar en el fondo de una probeta, para aislar en una atmósfera estéril, para ser enmarcadas por el entomólogo, disecadas sobre una mesa de laboratorio, conservadas en un frasco con formol y expuestas en una vitrina del Museo de Medicina. En la gran lotería de la herencia, Esther Moise ganó la enfermedad de los ojos apagados, y enseguida pensó que la suerte podría haber sido mucho más cruel. Se adapta a la situación y así va creciendo, no tan descontenta, eximida de algunas exigencias escolares debido a su dolencia, lo que la vuelve especial ante sus compañeros; luego organiza su vida profesional de acuerdo a su condición, y se convierte en proyeccionista en un cine de arte y ensayo de la calle Écoles, tras obtener una licenciatura en cine en la facultad y un CAP* de operador proyeccionista.

Esther es insensible a los dibujos animados Pixar y a las películas de superhéroes, pero, exceptuando esos dos casos, considera que el blanco y negro es apropiado para todas las obras, como es apropiado para la vida, que no necesita tanto de la luz y el color como de movimientos y sentimientos. Ese trabajo nocturno se adecúa a su fotofobia, como el cine se adecúa a su gusto inmoderado por los relatos; y sus lentes ahumados, que solo se quita al caer la noche, le dan un aire de actriz que siempre surte efecto. Esther solo vive plenamente en la penumbra, animal nocturno que huye de los rayos de sol, entrecerrando los ojos tras los cristales oscuros para adaptar su vista a la luz, moviéndose con más comodidad y fluidez a medida que la oscuridad crece, renaciendo a la hora del crepúsculo, guiada por la visión escotópica cuando el común de los mortales avanza a tientas, equipado con linternas.

De día, mientras su hija está en la escuela, Esther permanece encerrada durante largas horas, con las persianas bajas, durmiendo, escuchando la radio y fumando cigarrillos; de noche, tras la última sesión, no vuelve a su casa directamente, a veces deja a su hija con una niñera hasta el amanecer, camina por París en busca de encuentros aleatorios en bares para insomnes, compra medialunas calientes cuando abre la panadería y regresa a despertar a Ninon. Los hombres que atraviesan sus noches caen rendidos apenas se quita los lentes, o cuando se los pone otra vez; su modo de fruncir el ceño, de cerrar los párpados sobre sus pupilas azul marino, la vuelven irresistible.

Ahora que Ninon ha crecido, y a pesar de la edad que avanza, la existencia de Esther sigue siendo más o menos la misma, aunque algo ralentizada: películas, noche, alegres errancias.

Además de las medialunas calientes, tener una madre con acromatopsia presenta, para un niño, al menos dos ventajas: la libertad de elegir con total impunidad prendas de colores chillones, como el malva o el turquesa, y de combinarlas sin ningún criterio, y el beneficio cotidiano de una o incluso varias historias antes de dormir, a la hora en que otros padres acusan la fatiga y aspiran a un poco de descanso y de silencio. Así es como Ninon accede a diferentes versiones más o menos fantasiosas de la acromatopsia de su madre, una de las cuales despierta particularmente su interés: la leyenda del atolón de Pingelap, presentada como un posible origen de la patología de Esther. Se dice que gran parte de los doscientos cincuenta habitantes de este pequeño territorio del archipiélago de las islas Carolinas padece acromatopsia. El idioma vernáculo llamó maskun a ese mal que amenaza a todas las familias de la isla desde la década de 1820. Según la leyenda, la epidemia se habría originado a partir de una embarazada; la mujer había adquirido la costumbre de caminar todos los días a orillas del mar, sin tomar precauciones y bajo un sol cegador que habría quemado los ojos de la criatura que llevaba en su vientre. Desde entonces, esa lesión original, sumada a una fuerte consanguinidad, hizo estragos.

Esa madre inconsciente, que exponía su vientre a los rayos fatídicos, no tarda en unirse a las brujas y a las mujeres posesas que pueblan el imaginario infantil de Ninon.

Ninon Moise cumple tres años, siete años, once años, no sufre de ningún mal, ninguna patología se ha declarado, no hay nada sospechoso; es una nena bastante alegre, arrullada por historias maléficas y cómicas, aunque también un poco solitaria, como su madre, soledad de un cerebro de niña ocupado por relatos tan cautivantes como perturbadores, soledad de un corazón infantil que a veces se encoge de inquietud: ¿cuándo llegará el mal?, ¿cuál será su nombre?, aun si lo espera con cierta excitación.

Ninon no está traumatizada por esas historias crueles; conocerlas no hace que crezca más rápido ni más lento, solo la hace estar un poco más alerta que los otros chicos de su edad; centinela interior, vigila su propio cuerpo esperando una señal. A veces, por supuesto, esta atención le provoca accesos de hipocondría, pero lo más frecuente es que flote, despreocupada, en una zona difusa donde se mezclan las ficciones contadas por su madre y la vida vivida, a la espera de ser vivida.

Ninon Moise tiene diecisiete años, sigue la orientación Literatura en el liceo Jules Ferry, en la plaza Clichy, pronto tendrá el examen para obtener su título secundario, vive con su madre en un tres ambientes haussmanniano de la calle Dames, en París, ha pasado la pubertad, se encuentra dentro del promedio, un metro sesenta y cinco, cincuenta y cinco kilos, 90 B, poco acné, pilosidad controlada, pelo castaño, amigas, notas decentes, salidas al cine, a la piscina, al centro comercial, cigarrillos, vodka con naranja, fiestas y besos robados, nada más. Discreta, común, en apariencia banal, la adolescente a veces desespera a su madre, que en secreto aguarda su elección; una madre que uno juzgaría poco recomendable, incluso inconsciente, interesada en descubrir lo que la suerte y los recursos inagotables del genoma le tienen reservado a su hija, escindida entre el alivio de saberla sana y la impaciencia por verla aquejada a ella también. Si Esther Moise siempre le ha contado a Ninon sus aventuras genealógicas con tanto fervor, irrigando de leyendas su joven cerebro maleable y poroso, esto también se debe a que nunca se sintió desdichada ni agobiada por su enfermedad: la conciencia de su singularidad compensó a tal punto la disminución de sus facultades, que cabía sospechar que hubiera deseado la enfermedad, deseado verse investida con ella para inscribirse en un linaje extraordinario, sustraerse de la masa anónima de los seres humanos, tener un destino, y otras tantas consolaciones de las que Esther Moise siempre se ha enorgullecido.

Así pues, ha llegado el momento de que su hija se distinga, y es como si esa distinción solo pudiera revelarse a través de la herencia, como si la singularidad solo pudiera expresarse en un linaje de células, como si la intensidad de una existencia se redujera por completo a la transmisión de características genéticas que deben ser raras y misteriosas, como si no pudiera encarnarse, por ejemplo, en un acto: que su hija proyectara escalar el Everest sin oxígeno probablemente no le inspiraría a Esther ni asombro, ni alegría, ni siquiera inquietud.

Nadie detectará ningún signo precursor, ninguna alerta, ningún trastorno o alteración del estado general que pueda anunciar el mal que azota por fin. Si ese mal se abría paso discretamente en el silencio y la oscuridad de sus órganos, ella no lo oyó. Tampoco hubo ningún acontecimiento notable, traumatismo o accidente capaz de activar la enfermedad. Es así, es hoy, porque hace falta un inicio, una fecha, una edad; ocurre un 19 de enero por la mañana, al despertar. No será progresivo, no será subyacente y luego exponencial hasta declararse por completo; la anomalía y el dolor están ausentes de su cuerpo el 18 de enero, presentes el 19, revelados, y frente al inquietante e inhabitual síntoma, Ninon comprende rápido que se trata de eso, de eso que ya no sabe nombrar ahora que es su depositaria, el objeto, y sabe bien que ese mal no viene de improviso, que no la azota al azar, que ella es una milhojas lentamente constituida de historias y de tiempos, un apilamiento de estratos patológicos; de modo que ese 19 de enero, al despertar, la existencia desaparece súbitamente bajo su forma conocida, una vida subterránea toma el poder, el veneno hereditario se difunde por todo su cuerpo.

Habitualmente, es la canción de Rihanna en su teléfono móvil –«Bitch Better Have My Money»– lo que la despierta a las siete, pero esa mañana abre los ojos un poco más temprano; la pantalla azulada indica las 6:39, y una sensación inhabitual de molestia, de irritación y, muy pronto, de dolor, arranca a Ninon del sueño, como una pesadilla que deja la boca amarga y los ojos pegoteados, una postura poco confortable que ha anquilosado el cuerpo durante la noche, una especie de fiebre nerviosa, de esas que se reavivan cuando el tiempo está tormentoso. Le lleva algunos segundos salir de ese desagradable sopor, algunos segundos para que el cuerpo y la mente se reconecten con un chisporroteo, para que el espacio de su habitación se reconfigure –ventana con orientación sur, alfombra gris, escritorio de pino claro comprado en Ikea–, y entonces sobreviene la sensación, apremiante, imponente, de la sábana sobre su piel.

Ninon tiene puesto un pantalón de piyama y una musculosa; acostada en posición fetal, con el cuerpo encogido bajo la colcha, el contacto de las sábanas sobre sus brazos desnudos, descubiertos, es extraordinario, ya no siente nada más que eso, la tela pesa mucho –plomo–, quema –ácido–, desuella –papel de lija–, sus dos brazos doloridos le parecen enormes, una sensación brutal, loca, imposible, que no coincide con nada que conozca.

En un rapto de pánico, Ninon salta de la cama como si esta estuviera en llamas, rueda sobre la alfombra, que también le quema la piel, se queda inmóvil sobre su espalda, tiende los brazos frente a ella y espera descubrirlos enrojecidos, raspados, tal vez ensangrentados, en carne viva, despellejados, pero nada, la epidermis se ve lisa y blanca, y el dolor se ha desvanecido tan rápido como apareció, como una alucinación que se disipa sin dejar rastro.

Con la punta de los dedos, Ninon roza el interior de su brazo izquierdo, luego el exterior, desciende, gira y vuelve a subir lentamente desde la mano hasta el hombro; luego lo mismo sobre el otro brazo, con mil precauciones, al acecho, pero no siente más que una presión delicada, una ligera caricia, nada anormal, nada violento. Y, sin embargo, no tiene ninguna duda sobre lo que acaba de ocurrir, sobre lo que su cuerpo acaba de experimentar, sabe que no lo ha soñado; aún tendida de espaldas, recoge valientemente una camiseta apelotonada al pie de la cama, la acerca con aprehensión y comienza a frotar su antebrazo con cuidado: al primer contacto del algodón con su cuerpo, lanza un grito de sorpresa y de dolor, otra vez el fuego, una mordedura; suelta la camiseta y luego, sin levantarse del suelo, agarra todo lo que encuentra a su alcance, una media de lana, un bolso de lona, un unicornio de peluche, un papel arrugado, una cartuchera de cuero, y en cada caso, acerca el objeto a su piel, lo apoya suavemente sobre un brazo o el otro, y es siempre la misma descarga, el mismo veneno que se evapora tan pronto cesa el contacto. A simple vista, sus brazos están intactos, la piel se ve apenas enrojecida, el dolor se desvanece sin dejar aura.

Frente a la extrañeza y la desmesura de lo que ocurre, Ninon no lo duda, es incuestionable: el mal hereditario y definitivo acaba de azotarla como un rayo.

Se incorpora y se sienta en el suelo, en la oscuridad; el despertador sonará muy pronto; en su boca, sabor a tierra y a angustia.

Se levanta y va a despertar a su madre, que, al verla en blanco y negro, con los ojos inmensos y el rostro arrasado por la angustia y el llanto, sacudida por espasmos, comprende enseguida, con la misma certeza que su hija, la violencia irreversible del momento, la suerte que golpea, y se sabe incapaz de tranquilizar o de consolar a Ninon.

¿Qué amarga convicción hace que ni Esther ni su hija imaginen ni por un segundo que quizá se trate de un trastorno pasajero, una afección momentánea o, en el peor de los casos, una trágica casualidad; que no imaginen la cuestión sino como el signo de la mano del diablo? Las dos tan preparadas, tan condicionadas, en verdad tan poseídas que no se permiten dudar.

Mamá, toca mi brazo, apoya tu mano aquí, sobre mi piel, pero con suavidad, solo un dedo, aquí, no tengas miedo, adelante; y tras incorporarse en la cama, mientras su hija, parada frente a ella, le habla con esa voz nerviosa y opaca, de notas graves que ascienden de un abismo, Esther acerca su mano lentamente, toca la epidermis en el hueco del codo, presiona con el índice. Ninon hace una mueca de dolor y ahoga un gritito de pájaro estrangulado, está fuera de sí, la niña que tanto amaba las historias de sus antepasadas se desintegra de golpe –un montoncito de arena a los pies de su madre– bajo el efecto de una descarga de odio, una ráfaga de perdigones en el corazón, y siente ira contra Esther, juzgada instantáneamente culpable, una rabia que crece, que ocupa todo el espacio, el de la habitación y el de su vientre, un líquido refrigerante que congela sus arterias. Sale como una tromba del cuarto de su madre, va a encerrarse en el baño, se desviste con unos pocos movimientos frente al espejo de pie, comienza a evaluar cada parcela de su piel, a evaluar la magnitud del daño, espera caer hecha jirones, desintegrarse como tierra seca; toma una toalla, roza, fricciona y, por último, frota con fuerza pies, pantorrillas, muslos, vientre, espalda, nuca, pecho, nalgas, no siente nada, ni la más mínima chispa, sus manos también están ilesas. Esto le produce un alivio fugaz; quiere decir que solo se trata de los brazos o, más exactamente, del espacio que media entre los hombros y las muñecas, cara interna y externa, izquierdo y derecho con igual intensidad, la debacle está circunscrita, algo es algo.

Pero el pánico no tarda en volver a oprimirla, los pensamientos giran a toda velocidad, en desorden, Ninon está desbordada, es incapaz de dominar su miedo, de desacelerar su corazón, todo se nubla y se descontrola, piensa en el viento y en el sol, ¿volveré a sentir la suavidad del viento y del sol sobre mis brazos?, y luego piensa en los chicos, en que todavía es virgen, en Tom, que le gusta, y con quien imaginaba que eso podía ocurrir, piensa que tal vez sea factible una operación, extraerían trozos de piel de su vientre o su espalda, por ejemplo, para injertárselos en los dos brazos, para repararla, como se hace con los quemados, cultivarían células madre de su epidermis para confeccionarle unas finas y estrechas mangas de piel que se adherirían a su piel enferma, degenerada, y todo volvería a la normalidad.

Ninon trata de calmar las palpitaciones de su corazón, pone su piel bajo el agua de la canilla esperando que el líquido la calme, pero es la misma mordedura, el miedo vuelve con más fuerza aún, y mira descender el chorrito de agua por su brazo como un reguero de metal fundido.

Luego la piel se seca, el dolor se calla; Ninon olfatea sus brazos como un animal inquieto que busca, espera notar olor a podrido, olor a muerto, pero su piel sigue desesperadamente neutra, una superficie homogénea, indiferente, hasta que posa sobre ella la punta de la toalla, presiona suavemente, y entonces el dolor brota de una profundidad inimaginable, como si la carne de los brazos quisiera reventar la fina película del cuerpo, como si esta se rasgara hasta el hueso, una salva de fuego, los nervios por dentro como cables pelados, un cortocircuito y una intermitencia de la conciencia.

Esther está sentada a la mesa de la cocina; el desayuno está listo. Su hija se une a ella; ambas permanecen en silencio, aturdidas, evitan mirarse, revuelven exageradamente su café con leche, contemplan las migas de madalena que flotan sobre la superficie del líquido grasoso; Ninon, cuyo odio ha menguado, acaba por decir, con una voz apenas audible, que tal vez no sea tan grave después de todo, que debe haber una cura; su madre alza la cabeza, ya no parece tan orgullosa de su familia de monstruos, lo siento, no es lo que había imaginado.

La hija piensa que la madre está loca, desequilibrada, que quizá hasta sea peligrosa.

Con la nariz en la taza, ahora Ninon se pregunta si esa excesiva sensibilidad de la piel –parecería posible designar así al síntoma–, eso que, de momento, llama «esta cosa», esta cosa que tengo en los brazos, tiene una definición médica; y al preguntárselo recupera algo de valor, quiere consultar a un médico lo más pronto posible, espera curarse antes de ser declarada oficialmente enferma. Sabe que la medicina a menudo se ha mostrado impotente frente a las sospechosas patologías de su familia, una medicina de conducta expectante que deja que la naturaleza siga su curso; pero muy pronto, pasada la violencia del shock, Ninon se decidirá a cambiar el orden de las cosas.

Son las nueve, Esther pide un turno urgente con el médico del barrio, el doctor Fillet, un cincuentón de tez cerosa y uñas impecables. Ninon exige ir sola; sobre su pantalón piyama y su musculosa, se pone un abrigo largo que le lastima la piel.

Pasan veinte minutos en la sala de espera –paredes sosas, pósters de paisajes, sillones raídos–, antes de ser recibida por ese médico afable y desencantado, de camisa a cuadros, que no llega a preguntarle qué problema tiene, qué la trae por allí, dado que Ninon se echa a llorar antes de poder decir una palabra; desconcertado, el médico le tiende la caja de pañuelitos de papel, espera a que se calme mirando hacia otro lado, sigue con los ojos una grieta en la pared mientras ella intenta serenarse, se disculpa, se sorbe los mocos, articula fragmentos de frases, vengo por un problema en la piel, ya no soporto nada sobre la piel, ningún contacto sobre la piel de los brazos, me arde, hasta el agua me arde, ya no se me puede tocar, ya no soporto la ropa, me duele terriblemente, ¿qué tengo?

El médico marca una pausa, frunce el ceño haciendo aparecer una arruga de león entre sus ojos y le pregunta, en un tono de impostada neutralidad, cuándo comenzó todo eso, si se han presentado otros síntomas, si se produjo recientemente algún acontecimiento fuera de lo habitual, si ha sufrido un shock, si tiene fiebre, vómitos, migraña, si hay antecedentes en su familia, alergias, cánceres, si está deprimida, lo que comió ayer, si bebió alcohol o consumió drogas, si sufrió una caída, si hizo una sesión prolongada de cama solar, si se aplicó alguna crema en los brazos, si toma anticonceptivos o algún otro medicamento: a todas las preguntas, la respuesta es negativa, y Ninon sacude la cabeza con expresión desolada.

Pero lo más sorprendente es que Ninon no menciona la historia patológica familiar de la que ella sería el último capítulo, no menciona ese elemento que ahora le parece anodino: ¿presiente que para romper la cadena maldita hay que callar, aislar su caso y confiárselo a la medicina, no interpretar el dolor y limitarse a tratarlo?