Cinco puertas al infierno - José HVV Sáez - E-Book

Cinco puertas al infierno E-Book

José HVV Sáez

0,0
10,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Desgarrada, Julita Rivas se aferra a su adorado grumete para impedir que éste se embarcara a la aventura; su tierno corazón se triza, y llorando tendida sobre el muelle, se quiere morir cuando desaparece el marinero. Ella, al descubrir que espera un hijo suyo, se transfigura en una hembra peligrosa, dispuesta a matar por la vida de su cachorrillo. Una hábil estratagema le permite a Julia desposar al viudo Pedro Gonzales, un rico potentado de la zona. Pero, perturbada por el regreso del marinero, Julia se precipita al océano, abrazada a su hijo.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 492

Veröffentlichungsjahr: 2017

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Indice de Episodios

Aviso legal

Episodio 1. Un casorio muy movido

Episodio 2. Los fastos esponsales

Episodio 3. Las turbaciones de Pedro Segundo

Episodio 4. De cómo Julita salvó Viña Sol

Episodio 5. Volcánica luna de miel

Episodio 6. Una embarazosa pedida

Episodio 7. Vacaciones horribles

Episodio 8. El polluelo saltó del nido

Episodio 9. Vendimia de sangre

Episodio 10. Muerte y resurrección

Episodio 11. La quinta puerta de Julia

Episodio 12. La confesión

Episodio 13. El grumete

Episodio 14. El nombre del padre

Personae y breve diccionario de términos y expresiones locales

Aviso legal

Quedan reservados todos los derechos de difusión, también a través de película, radio, televisión, reproducción fotomecánica, soporte de sonido, soporte de datos electrónicos y reproducción sintetizada.

© 2017 editorial novum publishing

ISBN Libro impreso:978-84-9072-514-6

ISBN e-book: 978-84-9072-515-3

Lectorado: Cristina Andrés

Foto forro:Martin Von Veschler Cox

Diseño de portada, layout & composición:editorial novum publishing

www.novumpublishing.es

Episodio 1. Un casorio muy movido

El minutero y el calor eran las dos únicas cosas que ocupaban la atención de las doscientas y tantas personas congregadas aquel 28 de febrero en el interior de la catedral de Talcuri, al sur del país. La aguja avanzó al minuto dieciocho con exasperante lentitud, brillando bajo el sol de acero que bañaba el reloj del campanario. En el interior del templo el ambiente era asfixiante; cuando la aguja alcanzó el minuto cuarenta y tres, una ahogada exclamación recorrió toda la nave principal, desde el presbiterio hasta el coro:

—¡Ya llega!

Falsa alarma. Eran algunos convidados provenientes de la Capital que llegaban con casi una hora de retraso a la ceremonia. Con rapidez se unieron a los demás conspicuos personajes, invitados expresamente para asistir al casamiento de don Pedro con no se sabía muy bien quién. Fueron los últimos en engrosar el gentío que sobrepasaba la capacidad del amplio templo dieciochesco, por más que se colocaran cincuenta sillas extras en el atrio y otras tantas, en las capillas del crucero. Un casorio de semejante categoría no se había visto nunca en la ciudad.

Afuera, la explanada delante del Pórtico de la Gloria estaba abarrotada de vecinos, conocidos y bastantes curiosos, dispuestos a no perderse ningún detalle de la llegada de la novia, pese al calor y la hora.

Dentro, todos estaban muy atentos también, porque las habladurías que se habían esparcido con rapidez por media ciudad, en cuanto se supo que don Pedro, al fin, había decidido entregarse nuevamente al matrimonio, crecían día a día. En el momento en el que se empezó a rumorear la edad de la novia, la expectación alcanzó un grado tal, que dio lugar a un jugoso cruce de apuestas, incluyendo a muchos convidados.

—¿De dónde pudo haber salido una suertuda igual!? —exclamaban muchos de los conocidos de don Pedro, sabiendo que este, tras haber enviudado, siempre mantuvo una escasa relación amistosa con las numerosas candidatas solteras de su edad, de la alta burguesía local que, hasta hoy, no cesaban de adularle.

Los zureos de los asistentes se volvieron murmullos de alivio en cuanto se corrió la voz de que la novia acababa de salir de la casa del doctor Rivas.

—¡Ya viene! ¿Pero quién diablos es la novia?

—No se sabe quién es —informaron unos cuantos—. Viene con el rostro completamente cubierto.

El último gran calor veraniego, elevándose muy despacio hacia las altas bóvedas del interior del templo, estaba haciendo que los perfumes y los afeites, recalentados por la espera se empezaran a mezclar con el incienso y el humo de los velones, por causa del incesante batir de abanicos y sombreros.

En los bancos delanteros de la nave central, reservados a los familiares directos de los contrayentes y a las altas autoridades y personalidades venidas expresamente desde la Capital, el nerviosismo y el sofoco eran inaguantables; inmediatamente detrás se sentaban las fuerzas cívicas locales primordiales, de cuyas dignas bocas brotaban las más jugosas murmuraciones, expertas en decir barbaridades sin apenas mover los labios, con admiración algunos, y con indisimulada y cruel morbosidad, casi todos los demás.

—¡Caracoles, qué muchedumbre! —dijo el secretario del cabildo municipal al secretario primero de la Intendencia, pasándose el pañuelo por el cuello, quien se estaba dejando la musculatura del cuello en el intento por avisar a su superior del momento exacto de la entrada de la novia.

—Yo no había visto nada parecido desde el funeral de la viuda Jiménez Sánchez —afirmó una elegante dama.

—Que Dios la tenga en su santo reino –musitó otra al oído de la esposa del alcalde —. Una santa, que te lo digo yo.

—Pues no eran muy santos los tres maridos que le dio tiempo de echarse encima a su santidad, la viudita —intervino el alcalde, volviendo la cabeza para guiñar el ojo derecho a la escandalizada mujer—, que de maridos entendía poco, salvo perseguir infructuosamente a candidatos de mucha categoría.

—Es de todos sabido que la impuntualidad calculada es la norma a seguir en estos casos—decía una, muy empingorotada, pero sentada cuatro filas por detrás.

—Cierto, porque veamos, ¿qué es eso de correr hacia el altar, como si una fuese una fresca, denotando frente a todo el mundo el ansia por fertilizar cuanto antes el tálamo? Una novia que se precie de su blanco jamás caería en un descuido así — así remataba otra profesora, pero también de insuficiente apellido y posición.

Mucho peores eran los apagados cuchicheos que se deslizaban de ahí para atrás hasta llegar a las últimas filas, donde el tonillo del pelambre era, en cambio, cruel y grosero. Especialmente graves eran las críticas de aquellos ofendidos por haber sido participados de la boda apenas cuatro días antes.

—¡Vas a ver el escándalo que va saltar aquí, si ni siquiera me mandaron invitación escrita!

Ocho minutos más transcurrieron, uno tras otro, hasta que el campanario soltó la única campanada de la tarde y, entonces, con germánica puntualidad en materia de retrasos, llegó la prometida; la principal dama de honor anunció su llegada, batiendo alocadamente una pequeña campanilla.

—¡Ya se está bajando del auto!

Cientos de cogotes se retorcieron al instante, mientras otros tantos pares de anhelantes ojos, heridos profundamente por el brillante contraluz del pórtico, se quedaron por un segundo paralogizados. Por fin se iba a desvelar el secreto, tan celosamente guardado, de la edad y la identidad de la futura y misteriosa consorte que sería entregada a don Pedro, el más rico latifundista de la región. Antes de volver la cabeza a su sitio, los mirones atisbaron una alta y desdibujada figura envuelta en vaporosas y blancas sedas y tules, con la cabeza cubierta por un largo e impenetrable velo, sujeto por una diadema de flores plateadas.

La divina entrada de la prometida, del brazo de un elegante señor, que más bien parecía su hermano, fue el detonante de la primera y explosiva novedad.

—¡Es huérfana, ya te lo dije, vieja! ¡Seguro que es un cuco! —apostilló una de más allá. Las ahogadas exclamaciones de admiración y de envidia marcaron el pausado y solemne arranque del Ave Maria, de Bach-Gounod. El organista, el cellista y el coro de los ángeles coparon la catedral de gráciles notas que se paseaban por las altas vidrieras, meciéndose sobre las gruesas traviesas de ulmo.

«A-ve Ma-ri-a, gra-ti-a ple-na, Do-mi-nus te-cum…»

A su compás, la joven y hermética novia comenzó a recorrer el largo pasadizo que la conduciría hasta el altar, un camino jalonado de vasijas metálicas que contenían calas blancas y rosadas alternándose con frescas flores silvestres. Ella iba deslizándose por la alfombra roja con contenida parsimonia, arrastrando una larga cola de seda salvaje con palomas bordadas sostenida en la punta por dos chicuelos vestidos de pajecillos.

Bajo el tupido velo se escondía una dulce y juvenil carita que nadie pudo apreciar, cuya expresión, sin embargo, no era ni de lejos la de la novia que camina alborozada hacia los brazos de su amor. Por el contrario, ella caminaba a pasos lentos y cortitos, cargada por el peso de la consternación.

Una falsa invitada, al verla pasar, le dijo a su amiga:

—¡Mírala!, ¡quédonosita, si vaarreboladade dulce emoción por acceder a su nuevo estado!¡Ayayahi! Quién tuviera esa edad para sentir de nuevo esa misma sensación —suspiraba con los ojos enrojecidos, fulminando de soslayo al obeso moreno sentado a su lado.

—Qué emoción ni qué emoción —le destiló al oído su atenta amiga del alma—. ¡Seguro que ya me viene con la balapasá! Ya no existe la vergüenza.

—Pero, ¿esta quién será? Si fuera alguna de laspitucasdel centro, tendría casi los cuarenta.

—Si a esta pobre parece que no la conoce nadie en toda la ciudad…

—¡Miren! La lleva el doctor Rivas. ¡Yo no sabía que este señor tuviera una hermana, porque hija no tiene!

Desde el altar, don Pedro, su futuro cónyuge, estaba de pie en el centro, altivo y poderoso, mirando con absoluto embelesamiento a su futura según se le acercaba, dedicándole una profunda mirada de aprobación y clavando sus ojos anhelantes en la grácil figura que dentro de unos minutos tendría la fortuna de abrazar y amar para siempre, felicitándose por su extraordinaria suerte. Pero no pudo evitar lanzar una brevísima mirada a la primera fila, donde se sentaba su primogénito, el adolescente Pedro Segundo Gonzales. Este le devolvió la mirada envuelta en una triste sonrisa.

A medida que la novia se iba acercando al altar, el muchacho tuvo un triste presagio que le avisaba de que, a partir de ese momento, el enorme cariño que su padre siempre le había profesado comenzaría a enfriarse sin remedio. Su exclusividad en la familia se estaba acabando a pasos agigantados. Una razón más para alejarse de él. Bajó la cabeza para no contemplar su destino. Tampoco quería ver cómo aquella mujer le arrebataba a las únicas dos personas a las que él había entregado su corazón: su padre y ella.

La dulce Ave María seguía deslizándose bajo las archivoltas, esparciendo sus tristes notas sobre todos los fieles.

«Be-ne-di-cta tu mu-li-e-ri-bus et be-ne-di-ctus, fru-ctus ven-tris tu-i…»

La blanca novia continuó avanzando por el pasillo, sin siquiera oírla. Gracias al tupido velo, nadie podía advertir la intensa rojez de sus delicadas mejillas ni ver sus ojos pasados por agua. Las piernas le flaqueaban como si las baldosas bailaran bajo sus pies, y por eso no advirtió que la larga alfombra encarnada se estaba empezando a retorcer. Ni oyó cómo la campana de los cuartos repicaba débilmente, sin haber razón, como tampoco notó que una fina capa de polvillo blanco caía ante ella.

El atronador mordisco de una gigantesca manzana verde rompió súbitamente su silencio. Al levantar el mentón y mirar hacia el altar, vio a través del velo que su futuro y el obispo, cogidos del brazo, miraban despavoridos por encima de su cabeza. Desconcertada, se giró con presteza hacia atrás y lo que vio en el coro le cortó el aliento. Solo entonces la triste chica despertó a la realidad al contemplar cómo se despedazaba el mundo que acaba de escoger.

La soprano Winckler, con su gruesa trenza rubia, sosteniendo aún la partitura bajo su brazo regordete, descendía con majestuosidad desde su peana, rodeada por la masa coral que chillaba, envuelta en una espesa nube de tierra. Las balaustras de cemento del coro cayeron al atrio una tras otra, en ordenada procesión, mientras la cantante aterrizó sobre el organista, bajo el cual se hallaba el cello y, por encima de ellos, se curvaba con fuerza la fila de tubos del órgano, haciendo las veces de alero protector contra los escombros que les enviaba el cielo. No corrieron igual suerte los querubines del coro celestial.

Y todo porque, encima del coro, el campanario de tres plantas se estaba desplomando lentamente, en medio de un estruendo de cascotes, ladrillos, palomas, campanas repicando y gente chillando. En un minuto, más largo que una hora, parte de la fachada oriental del templo catedralicio se vino al suelo, a los pies de las decenas de curiosos que retrocedieron boquiabiertos de pavor, estrellándose en la explanada de la plaza y sepultando todos los vehículos estacionados en la calle. La gran cruz de hierro saltó lejos y acabó clavándose en medio de la laguna de los patos; muchos dijeron después que la vieron caer ardiendo, al rojo vivo, junto con la espléndida vidriera del rosetón. La torre se convirtió en un monte de escombros y, en su lugar, comenzó a alzarse una gruesa tapia de polvo, obstruyendo la entrada a la nave principal que, milagrosamente, se mantenía incólume, gracias a los arcos fajón que sostenían la bóveda de medio cañón y, también, debido a los enormes contrafuertes del exterior.

Dentro, una multitud de invitados, atenazados por el horror, escrutaban el techo implorando a la Virgen del Carmen para que no se soltaran las bóvedas sobre sus espaldas pecadoras. Pero cuando vieron que desde la entrada se les venía encima una gigantesca ola de polvo espeso, corrieron espantados hacia el altar mayor.

Samuel Rivas, tío paterno de la novia, en funciones de padre, sintió como su sobrina estaba temblando, pugnando por sostener aún el precioso ramillete de cien flores silvestres entre sus amoratadas manos. La espantada multitud llegó hasta donde estaban ellos y les separó de golpe; ella giraba y giraba mientras las flores volaban, hasta que la novia no pudo más y cayó en brazos de la turba. A punto de ser pisoteada por tantos pies presurosos que corrían hacia el altar, emergieron los fuertes brazos de Samuel que levantaron a la inerte novia por la cintura.

—Tómala, aquí te la entrego —gritó y se la lanzó a don Pedro, el novio, por encima de los fieles que huían aterrados.

Con ella en sus brazos, Pedro, el novio, se hizo enseguida con la situación y, antes que la turba de despavoridos feligreses se los engulleran a todos, corrió hacia la sacristía, empujando al obispo dentro de la sala, y tras depositar su preciada carga delicadamente en un diván, echó el pesado cerrojo en las narices de sus invitados que clamaban por entrar. Allí dentro, las imágenes y los candelabros estaban regados por todas partes, junto con casullas y ostias, pero la habitación estaba intacta. Decenas de personas golpearon la puerta pidiendo entrar también a la sacristía para no perecer asfixiados, pero esta permaneció cerrada.

El cura Carmelo, un avispado monje de clausura, también golpeó y gritó suplicando que dejaran entrar a la gente. Una pequeña sacudida sobre sus cabezas y la caída al suelo de la Virgen del Carmen sobre un grueso feligrés le hizo reaccionar con presteza.

—Síganme todos —gritó con potente voz a la vez que blandía un gran aro con una llave.

Cruzó corriendo delante del altar sin olvidar persignarse y entró en una capilla lateral, abrió la gran cerradura y empujó unos grandes portones de madera, mostrando a los desesperados el camino de la salvación: el grandioso claustro porticado y su bello jardín de las oraciones. Él mismo se ocupó de empujarlos a todos con vigor dentro del patio, que en pocos momentos se llenó a rebosar de la gente de las primeras filas; un fuerte silbido hizo que las encadenadas puertas de la calle y del refectorio se abrieran con presteza de la mano de los novicios y así los importantes fieles pudieron escapar a la calle. Gracias a eso nadie sufrió heridas mortales. Todos los escapados juraron no olvidar jamás el gesto del cura salvador, y Carmelo lo sabía perfectamente.

Desde la plaza, en cambio, la entrada al templo se veía como una bocamina por donde se filtraba una potente luz, una guía hacia el perdón de los pecados. Muchos de los curiosos se jugaron la vida para entrar a la nave del templo, saltando por encima de los restos del derruido pórtico para salvar a los que venían del interior, aunque todavía caían guirnaldas de yeso y trozos de estuco. Gracias a ello, la gran cantidad de heridos y aturdidos que quedaron atrapados dentro pudo recibir ayuda a tiempo y se evitaron muchos muertos. Entre los que entraron para ayudar a los heridos se encontraban Rufino y Enrique, a quienes se les vio cómo salían con lentitud a la explanada, sosteniendo a los supervivientes. Otros, lamentablemente, saltaron con rapidez pasando por encima de todo, más preocupados por su ropa y su aspecto que del prójimo en desgracia.

Trascurridos cuatro interminables minutos, por fin se apaciguó el dragón.

Había sido un tremendo terremoto, largo y violento, uno más de los que esa tierra albergaba en abundancia.

Al notarlo, Pedro Gonzales se asomó cuidadosamente por la ventana de la sacristía y comprobó con alivio que fuera todo estaba todavía en pie, salvo las bandadas de pájaros que revoloteaban con desorden sobre las copas graznando destempladamente, junto a gallos cantando y perros lejanos ladrando con furia. Una radio estaba emitiendo confusos mensajes sobre la terrible sacudida. Apenas se veía gente por la calle, pues corrieron a sus casas para salvar familiares y hacienda. Horas más tarde se conocieron los daños causados por el terremoto de grado seis y medio que acababa de remecer la región. Gracias a Dios, esta vez quedaría en un grandioso susto que no pasaría a mayores, a diferencia de lo que había sucedido años antes en el norte del país.

Dentro de la sacristía, apenas el sudoroso obispo se hubo tranquilizado, su primera reacción fue salir fuera para asistir a sus fieles. Demudado, Pedro le cortó decididamente el paso, colocándose delante de la puerta y levantando la palma de su mano.

—Alto ahí, reverencia, discúlpeme, pero, antes que nada, acabaremos bien lo que tan mal empezamos…

—¿Perdone?

—Ya que no quiero volver a pasar por esta ceremonia otra vez, ¿me comprende?

—¡Qué atrevimiento! ¡Quite, hágase a un lado…!

—Ya le digo, vuecencia me va a casar ahora mismo y en este lugar.

—No diga necedades. ¿Casar? ¿Aquí? ¿Y ahora? Pobre infeliz, usted se ha vuelto loco, don Pedro, perdone que le diga con toda la confianza que le tengo. Todo queda suspendido en este obispado,sine die, sine annum.

Pero a Pedro Marcial Gonzales casi nada en la vida se le podía negar cuando tenía necesidad y deseo de algo, fuera esto persona, animal o planta. Así que, levantando el índice, le chilló al prelado.

—¡Ahora, coño!

El sorprendido obispo soltó un fuerte refunfuño y se quedó mirándolo, atónito ante lo que oía y veía. Pero quéchuchasle pasa a este gallo, pensó, el sacudón le ha remecido los sesos, lo más prudente es que yo desaparezca ya mismo.

No pudo evitar mirar con honda preocupación a la desgraciada muchacha acurrucada en el sillón, sentada sobre unas casullas. Y, volviéndose hacia Pedro, musitó:

—Ya lo entiendo, es la carne, ¿verdad?, siempre la débil carne. — Suspiró hondamente, puso los ojos en blanco y sus manos en capilla, y le replicó al airado novio que no tenía intención de celebrar ceremonia alguna en semejantes circunstancias, porque además había cuestiones urgentes que requerían de su presencia en la sede episcopal. Entonces, Pedro se encolerizó y perdió definitivamente los papeles. Se metió la mano dentro de la negra levita y, sacando una elegante y larga cartera de cocodrilo, arrancó un manojo de billetes y los lanzó sobre la mesa de mármol.

El obispo palideció y contuvo el aliento.

La amenaza de no volver a recibir ni un centavo más de donativos flotaba en la escena. El gasto de la reconstrucción sería alto y el sorprendente comportamiento de Pedro, rayando la esquizofrenia, le hizo decidir con rapidez. Se volvió al altarcillo y miró al Cristo mascullando en griego que primero pasaría un camello por el ojo de una aguja antes que esteguatón platudollegue siquiera a ver de lejos las puertas del paraíso.

—En cuanto yo quite este cerrojo para que usted salga, una turba vociferante y enloquecida entrará aquí y nos arrollará a todos — exclamó Pedro amenazante.

—Está bien, acabemos con esto, le concedo cinco minutos… ¡Y qué Dios nos perdone a todos! Pero, oiga, harán falta testigos, ¿dónde están? Si no los tenemos, el matrimonio no es válido —clamó el religioso con alivio.

—Ahora esos tunantes cobardes no están disponibles, pero ya firmarán, ya lo creo que sí, se lo prometo.

—¿Y el pueblo de Dios y mis sacerdotes de la misa concelebrada? El altar estará imposible de suciedad y cascotes…

—Ya tengo una montaña de fieles hambrientos esperándome en mi casa para verme entrar del brazo de esta mujer —dijo y miró a la descompuesta novia—, y no lo haré en estado de soltería, puede jurarlo. Vamos, a casarse se ha dicho… y aquí mismo, en este mismo altar y frente a este Cristo de plata.

La angustiada novia, que no conseguía abrir la boca, seca por el temor, consiguió arrancarse el espeso velo, dejando ver que era una chiquilla que estaba en la flor de la vida, más preparada para vivirla alegre y despreocupadamente que para estar allí rodeada de tanta desgracia. Asintió con debilidad, como señal de su regreso al mundo circundante, tras la estremecedora experiencia vivida ya como el peor momento de sus diecinueve añitos. Finalmente pudo decir algo importante, asiendo la mano del obispo.

—Un vasito de agua, por favor, me muero de sed.

Mi pecado ya llegó al cielo, se mortificaba la chica mientras bebía de una botella de agua bendita, dejándose caer luego en el sillón polvoriento. Virgen María, perdóname, y comenzó a rezar, Dios te salve, María, llena eres… Usted no quiere que me casara de blanco pecador delante de toda esa gente cristiana, ¿verdad? Por eso me mandó esto. ¿No iré al infierno por haber vestido esta ropa blanca?

—Esta niña está bastante alterada, me parece a mí —exclamó el obispo con firmeza, quitándole la botella de agua bendita—. Debe reposar un rato. Oiga, don Pedro, sea usted un poco más razonable, por el amor de Dios. Y ya de paso, aprovecho para recomendarle que no le vendría nada mal que ella esperase un poco… Un par de años sería lo prudente.

La novia esbozó una mueca triste e intentó quedarse tumbada en el sillón obispal, pero Pedro no se lo consintió. A ver si se me va a arrepentir y la pierdo para siempre, masculló entre dientes, y levantándola con brusquedad, instó al obispo a que los casara de inmediato.

—Tengo que visitar a las víctimas y a sus familias, todos necesitan mi consuelo inmediato —protestó firmemente el prelado haciendo ademán de quitarse la estola—. ¡No puedo estar aquí más tiempo participando en este sainete de mal gusto…!

—¡Y yo tengo allá fuera a mis padres, a mi hijo y a mis amigos, sin saber nada de ellos!

Pedro, sujetando el brazo de su desmadejada novia, le balbuceó cariñosamente al oído que no debía preocuparse por nada mientras le tuviese a su lado y, en tanto lo hacía, hizo con la cabeza una brusca y conminatoria señal al obispo para que diera comienzo de inmediato con la ceremonia nupcial.

—Pues mayor razón aún para empezar ya mismo.

Ni siquiera se tomó en cuenta el lamentable estado de los contrayentes. Ella había perdido sus zapatitos blancos, la fina cola de seda bordada del traje se había desgajado de la cintura casi por completo y el ramo había desaparecido. En cuanto a él, con la cara ennegrecida, el colero de suave pelo azabache casi aplastado por un terrón de cal y la elegante levita negra, prestada por el banquero Chadwick, salpicada con abundantes motas de yeso; no parecía precisamente eldandyque salió esa mañana de su casa. El obispo Pérez había perdido un zapato, el solideo y el misal, mientras que su costosa casulla con bordado en plata se había rasgado por delante con el cerrojo de hierro de la sacristía. De no haber sido por la fatalidad tan real que los tres acababan de sentir, se les hubiera tildado como personajes arrancados de un extraño y triste carnaval. Sin embargo, eran parte de una realidad inesperada que acababa de nacer así, de tan sorprendente manera.

Y por si aún quedaba alguna duda sobre el guion a seguir, una fuerte réplica metió el miedo y la prisa en el cuerpo de los tres. La interrumpida ceremonia nupcial se reanudó en seguida como se pudo, porque la actitud de Pedro Gonzales, el empecinado patrón de la zona, no dejaba lugar a dudas sobre su firme voluntad.

—Veamos, ¿cómo se llama la novia?

—Me llamo Julia Rivas Del Canto, excelencia, nacida en Las Cañas, hija del teniente coronel…

—Eso sobra, hija mía, por ahora.

Sin misal y sin la prédica que había preparado tan concienzudamente, el obispo recurrió a un largo relato, el salmo 28 delDeuteronomio, en su reemplazo. Con rabia contenida, al acabar de leer, no dijo palabra alguna en alusión al gran discurso que había preparado cuidadosamente, para resaltar las notables virtudes cristianas del desposado. Creo que este no se lo merece ahora, se dijo el religioso, acariciando el papel guardado en su camisa.

Ante la mirada impaciente del novio, se pasó directamente a la pregunta sobre la aceptación de Julia como esposa. Cuando el prelado le preguntó a ella, Julia apenas se mantuvo de pie, mirando al suelo sin atreverse a poner los ojos en el crucifijo de la pared, sumida en atroces compunciones.

—Sí, quiero…

«Será mi castigo casarme de esta manera, lejos de mis dos hombres, los que más amo en esta vida; pues entonces, que no se alegre mi corazón, pensaba ella para sí entre los suaves sollozos que humedecían su oscuro velo ahora bajado.

Tras la colocación de las sortijas de oro trenzado y labrado que Pedro conservaba en el chaleco, les bendijo apresuradamente.

—Ya puedes besar a la novia, bárbaro despiadado —musitó rápidamente el obispo, dando por acabada la insólita ceremonia.

Pedro se acercó poco a poco a ella y le levantó el velo con cuidado, la asió suavemente por los hombros y, cerrando los ojos, besó largamente los amoratados labios de Julia, sin advertir que sus grandes ojos color avellana estaban empañados de fatalidad. Al recién desposado, por el contrario, más felicidad ya no le cabía en la cara, pues la cogió de la mano y la apretó contra su cuerpo, como queriendo fundirse en ese momento con ella, su adorada prenda. Susacaramelamientosse interrumpieron bruscamente cuando en la mansarda se oyó el estrépito de una ventana rota.

Cuatro personas bajaron por la escalera encabezadas por Samuel, el tío de Julia, y Pedro Segundo, el hijo primogénito de Pedro Gonzales, ambos presos de gran agitación.

—Julita, por fin te encuentro, ¿estás bien mi niña? —inquirió el doctor Rivas, con la angustia reflejada en el rostro—. Ahora nos iremos a casa. —Y la atrajo hacia sí con cariño, haciéndola volver al mundo real—. No te preocupes, con tiempo ya buscaremos una fecha adecuada para que te puedas casar como Dios manda.

—Eso no será necesario, Samuel, Julita y yo estamos ya felizmente casados. Ahora eres mi pariente político más cercano. —Y le arrebató la chica, abrazando al estupefacto tío que miraba a su sobrina buscando urgentemente su explicación.

Nada más verle a salvo, Pedrito se abrazó con alivio a su padre y le besó en la cara. A Julia la miró de manera inexpresiva, aunque satisfecho.

—¿Y mis padres? —inquirió de inmediato el flamante esposo.

—A salvo, dentro del auto, papá, a cargo de Enrique.

También bajaron el cura Carmelo y uno de los fugados testigos del matrimonio; ambos se quedaron azorados y desorientados ante la escena que estaban presenciando. Se miraron incrédulos tras comprobar las condiciones en las que se había realizado el casorio, el mismo que estaba llamado a rebosar la crónica social de la región y a ser recordado durante mucho tiempo como referencia de una gran ceremonia nupcial, la más importante de la región.

El fraile acudió enseguida en auxilio de su prelado, quitándole la casulla llena de polvillo y ayudándole a vestirse debidamente para sacarle con rapidez fuera de la sacristía; el testigo, a instancias de Pedro, se puso de inmediato a firmar el registro ceremonial, en tanto que les ponía al día de lo ocurrido afuera.

—Ha sido un sacudón brutal, pero no llegó a caerse mucho en la ciudad, por suerte resistió muy bien. Qué pena el coro, se desplomó como un castillo de naipes —dijo entonces el fiel amigo, con la mano envuelta en un pañuelo ensangrentado, lo que dejó en el registro de casamientos una huella indeleble de lo sucedido en ese pequeño cuarto.

—¡De eso vamos a hablar cuidadosamente, Carmelo, usted y yo! Mañana mismo enviaré a mi capataz para que se inicie la reconstrucción, así que no remuevan nada, ¿me oyó bien? —Pedro le mostró su tieso índice en señal de orden perentoria.

El fraile asintió y le caló el solideo fucsia a su confundido obispo, empujándole irrespetuosamente fuera de la sacristía, lejos del iracundo desposado. Este no aguardó ni un segundo más y, asiendo a Julia con delicadeza del brazo, la sacó al patio del claustro, y de ahí a la calle lateral, escapando por los portones del huerto y llevándola casi en volandas. Su hijo y su médico, Samuel, les seguían conmocionados. Cerraba la comitiva el único testigo, y no pararon de correr hasta salir a la avenida.

Los cinco se quedaron atónitos contemplando la espesa polvareda marrón que se elevaba desde el colosal agujero que produjo el campanario de San Pedro al desplomarse sobre el tejado del atrio, dejando una montaña de escombros delante de la fachada oriental. Por todas partes había grupitos de gente alrededor de personas tiradas en el suelo, algunos les acomodaban y les cubrían o les levantaban los brazos o piernas, mientras otros gritaban pidiendo ayuda. Al verles, Samuel, el médico, besó a su sobrina dulcemente en la frente y corrió hacia ellos, seguido por Julia. Pero su marido impidió seguirle, pues consiguió aferrarla del brazo y, aunque ella se resistió, tuvo que desistir.

—A nosotros no nos necesitan aquí, cariño —le susurró.

En eso estaban cuando se oyó un fuerte chiflido: era Enrique que les llamaba desde la esquina. Pedro exclamó su nombre con alegría y corrió hacia él abrazándole efusivamente, mientras los otros tres se encaminaban hacia ellos. El chofer les guio para abordar el Daimler, en tanto le refería a Pedro que él también había pasado por el hospital para una cura en la pierna. Del vehículo descendieron José y Ester, suspirando con alivio al ver a su hijo y nieto a salvo. Todos se abrazaron emocionados por el terrible suceso que acababan de presenciar y, acto seguido, a instancias de Pedro, se acomodaron en el interior.

—Enriquito, qué agrado verte, ¿podrás conducir? Entonces sácanos de aquí a toda máquina.

El gran vehículo de alto techo, también un poco golpeado por los escombros que le cayeron encima, arrancó con gran suavidad y, evitando las calles principales, consiguió tomar el camino paralelo al río con rumbo a Viña Sol. Por el camino se les unieron otros coches con invitados al gran almuerzo que los esponsales iban a celebrar en la viña, donde se alzaba la casita de veraneo que Pedro poseía en el campo.

Mientras el potente coche rugía con fuerza, Pedro, sin soltar la mano aún enguantada de Julia, relató a sus padres cómo había tenido que desposarla dentro de la sacristía, tras el terremoto. Entretanto, Pedro se dio cuenta de la barbaridad que acababa de hacer en la sacristía, ofendiendo al obispo de ese modo. Y miró a Julia con azoramiento, pero ella estaba observando el paisaje. Nada de lo que estaba ocurriendo era capaz de distraerla de sus silenciosas oraciones. No me importa, Virgen Santa, de mí no te ocupes, pero te ruego con toda mi alma que cuides de los dos y no permitas que se vayan de este mundo sin que yo les abrace, les bese y les pida perdón por lo que les estoy haciendo, y dame las fuerzas para esperar ese momento…

José, el abuelo, estaba rojo como una langosta y para que no lo notaran, se giró por completo y miró atentamente por la ventanilla, pero Ester, su mujer, se tapó la boca para contener una exclamación iracunda, demudada de furia. Su rostro empalideció de indignación y, justo cuando abría la boca para recriminar con acritud a su hijo Pedro por su total falta de sensibilidad hacia el sagrado voto del matrimonio y la tremenda desconsideración hacia ella, su mirada se cruzó con la de la aterida Julia, su inesperada y silenciosa nuera.

Sorprendida, Ester no vio en sus ojos a la chica atemorizada y sumisa que se acurrucaba en los brazos de su hijo, sino a la perfecta efigie de una desconocida, fría y calculadora, que acababa de atrapar al pez más gordo del goloso río de los ricos casamenteros de la región. Sus manos hicieron ademán de agitarse para increparla duramente por lo que hizo, pero sus palabras quedaron sin voz, se arrepintió y prefirió acercarse a su hijo y acariciarlo, pensando en que un matrimonio de semejante laya no podría nunca ser validado por las autoridades eclesiásticas. Conque, se dijo sonriendo, esta raposa no logrará su propósito, de este matrimonio ya me encargo yo que no prospere, ¡pero si no hace mucho en mi casa esta era una mosquita muerta! La mujer que conviene a Pedro es la que yo le había escogido, reflexionó iracunda Ester, clavando las uñas nacaradas sobre el bolso dorado de croché.

El atronador ruido de la marcha y el abundante polvo tampoco facilitaron una conversación familiar sobre el matrimonio recién celebrado.

—Seguro que habrá una mejor ocasión de hablar de esto —le dijo a José, con voz queda, tirándole de la chaqueta.

En cambio, Julia Rivas, la recién desposada, luchaba para apaciguar sus torbellinos interiores. Su relación con Pedro Marcial había transcurrido a una velocidad de vértigo, pues conocerlo, intimar, besarle y casarse fue cuestión de pocas semanas. Miró la ventanilla nuevamente y se vio la cara por primera vez tras horas de asedio y de carreras sofocantes: estaba horrible. Pero no le importó en lo más mínimo. Hasta consiguió arrancarse una sonrisa ante un pensamiento definitivo: había logrado que nadie viera su rostro y así, logró cruzar con éxito la tercera puerta hacia el infierno que le esperaba; y continuó todo el viaje retrepada en el regazo de su esposo, dejándose acariciar el pelo y las mejillas.

Eran las tres y media de la tarde cuando el Daimler llegó a Viña Oro.

Ella lo recordaría siempre como un día atormentado, porque Proteo también quiso tomar parte de él, trocando una blanca boda en un sainete polvoriento que a punto estuvo de acabar como un negro funeral.

Episodio 2. Los fastos esponsales

El nutrido y ruidoso cortejo de parientes y autoridades provenientes de la catedral se detuvo finalmente en la puerta de entrada de la casa de Pedro Gonzales, bajo un enorme arco con un letrero de oxidada caligrafía que rezaba Viña Sol.

Viña Sol, bautizada así por el pionero José Gonzales, era el viñedo más rico de la región, situado justo en el centro de un valle encajonado por la cordillera y el océano. Hacia el norte, las verdes y ondulantes plantaciones ocupaban cerca de cincuenta hectáreas y por el oeste, morían en las faldas de los montes costeros, entre los cuales descollaba el Cerro Polvoriento, cuya cara marítima era un muro calizo roto por innumerables calas que se abrían ante el espumoso mar. En una de esas, se encontraba escondida la minúscula caleta pesquera conocida como Las Cañas, donde nació y se crio Julia Rivas, la dulce novia.

Ella contempló con pánico los soberbios portones de hierro fundido de la entrada principal a la viña —otra puerta que cruzar— que ahora estaban excepcionalmente abiertos de par en par, a la espera de la comitiva nupcial procedente de Talcuri. Elchauffeurllevó el Daimler lentamente hasta colocarlo bajo el imponente pórtico, desde donde hizo sonar repetidas veces el grave claxon. En la explanada de la casa de campo, llena de toda clase de vehículos, los recién casados esperaron unos minutos teatrales y, cuando se hubieron congregado los comensales en el corredor y en el jardín, descendió Enrique, muy envarado y con la gorra bajo el brazo, para abrir ceremoniosamente la puerta trasera de lalimousine. En primer lugar salió Pedro Gonzales y, tras responder sonriente a los entusiastas vítores, alzando los brazos y empuñando las manos, se giró e introdujo medio cuerpo dentro del vehículo. La expectación era máxima entre todos los convidados al banquete, que clavaron la vista en la portezuela que venía con la cortinilla lateral bajada.

Primeramente, apareció la delgada y blanca manga del vestido, sostenida por el consorte con delicadeza, evitando obstruir la vista del gran brazalete de esmeraldas; a continuación, empezó a brotar la amplia campana almidonada del vestido, bellamente bordado con mariposas y palomas y rematado en un zapatito puntiagudo de charol gris que se posó dulcemente en la reluciente estribera. Todo ello aún rociado con delicadeza con el rojizo polvillo del techo de la catedral. La gente soltó una ahogada exclamación cuando apareció la abundante cabellera ensortijada, tocada con una pequeña diadema plateada. Al alzar la vista, con el velo rasgado echado sobre la cabeza, la esbelta figura de Julia Rivas se completó radiantemente. Por unos segundos se quedó azorada y confundida ante tanta gente desconocida que le parecía que la desvestían con la mirada, y se tuvo que apoyar con fuerza en el brazo de su marido, quien estaba contemplándola con arrobo.

Los fotógrafos corrieron hacia ellos portando sus trípodes de madera, buscando el mejor ángulo para satisfacer la orden de don Pedro de obtener una pose especial de los recién casados; les rogaron que se detuvieran y a ella le solicitaron una y otra vez que sonriera y saludara. Julia, todavía alelada ante el jubiloso recibimiento, logró por fin esbozar una mueca de alegría y abrir la boca para corresponder educadamente a la calurosa bienvenida; sin embargo, estaba sorda a la oleada de murmullos de admiración, ahogadas exclamaciones y maledicentes comentarios de los convidados y ciega a los fogonazos del mercurio. Ella solo oía la apresurada cabalgata de su corazón.

—¡Qué bonito color de ojos! Parecen avellanas.

—Y qué delicados pómulos…

—Tiene que ser muy jovencilla…

—¡Y virgencita!

—¡Vivan los novios!

—¡Qué bonita la chiquilla!

—¡Qué grácil! Es como tener una princesa en la cama.

—Ay, caracho, ¿cómo se puede tener tanta suerte en la vida?

Don Pedro intentó entrar directamente con ella en casa, pero sus entusiasmados amigos no se lo permitieron; los fieles compadres Rufo y Tola, portando dos grandes ramos de rosas silvestres, se acercaron y besaron con cariño a la pareja. Al contemplar tamaño recibimiento, el patrón tuvo que contenerse durante un buen rato. Suspirando con resignación, Pedro Marcial tuvo que detenerse a saludar y a cruzar algunas palabras de agradecimiento con muchos de los que les esperaban y que deseaban una presentación inmediata de su joven desposada. Por fin, se estiró el chaleco gris de doble abotonadura y, ofreciendo gentilmente su brazo a Julia, pasaron revista a la servidumbre que esperaba en fila delante de ellos; Dorotea, la vieja jefa de la cocina y su joven hija; una doncella; los dos Emeterio, padre e hijo; y cerrando el grupo, Jacinto, el jefe de la bodega junto a sus dos enólogos.

Hasta que hastiado, apretó la mano de su esposa y se abrió paso con ella para penetrar en su casa cuanto antes, mientras farfullaba algo ininteligible, sonriendo con la mitad de la boca; se la llevó corriendo por el pasadizo hasta la habitación matrimonial y la arrastró dentro cerrando con doble llave, en medio de los aplausos, gritos y bromas de algunos mirones.

De pie en el centro de la estancia, ambos se quedaron mirando el uno al otro por un instante. La anonadada chiquilla de traje blanco y de cara enrojecida lo contemplaba sin parar de parpadear. Pedro se abalanzó sonriendo sobre la aturdida chica y, mascullando algo sobre su maltratado y polvoriento traje de novia, la empujó hacia el ropero, abrió sus puertas de par en par y le mostró el abundante vestuario preparado para la ocasión.

Entonces, se colocó detrás de Julia para empezar a desvestirla con suavidad, pero los 39 botones del traje de novia consiguieron que perdiera la compostura. Cuando por fin consiguió quitárselo, no sin antes clavarse varios alfileres, arrojó las prendas al suelo con impaciencia. Ella, aterida, se tocaba sus muslos ásperos como cáscaras de naranja bajo la suave enagua de seda rosa, dejando entrever el reborde de las medias blancas engarzadas por el broche metálico de los ligueros; con el pelo agolpado sobre el rostro húmedo, ocultando su angustia tras los ojos como almendras tristes, empezó a musitar el perdón por estar ahí ante su vista. Pedro, mudo y tembloroso, como a punto de cometer una canallada, se quedó admirándola por un breve instante. Era la primera vez que la veía así y eso fue precisamente el combustible que avivó el fuego interior del enardecido cónyuge; esa visión maravillosa fue mucho más de lo que sus sentidos pudieron soportar. Se dejó llevar enteramente por la lujuria desatada.

Sobre el vestido cayeron, uno tras otro, la levita, el chaleco y sus pantalones de rayas, e incapaz de reprimirse por más tiempo, la empujó con decisión sobre la cama para cobrar el tan deseado trofeo.

—¿No vamos a comer antes? —preguntó ella con un hilillo de voz.

—No, porque así, loconsumatoya no puede seranulato… —farfulló el enardecido esposo buscando sus labios con ansia.

Pedro no podía ver la expresión de aturdimiento de la pobre Julia mientras yacía aplastada bajo el poderoso varón, que entre jadeo y jadeo, le dedicaba algún que otro piropo y no se cansaba de alabar la blancura de su tersa piel íntima y de suspirar satisfecho por la coyunda con una virgen tan bella; enloquecido tras cada embestida que le propinaba a la infeliz muchacha, en pocos minutos cayó rendido a su lado, bufando como un jabalí herido.

Julia, completamente inerte y desmadejada, incapaz de gesto alguno, estuvo todo el tiempo con los ojos cerrados, contemplando un dulce rostro que le sonreía con amor, despidiéndose para siempre de su recuerdo. Y sin poder reprimirse más, empezó a sollozar en voz baja por el alto precio que había decidido pagar.

—Me alegro tanto de que seas feliz conmigo —musitó Pedro muy complacido, observándola con amor y volviendo con sus lengüetazos y sobeos en cara y cuello.

El enfebrecido Pedro quiso volver a subírsele encima pero entonces ella reaccionó con fuerza y le empujó con brusquedad a un lado, con un gesto de repugnancia. El sorprendido macho la miró, no obstante, con renovadas ansias, pero ella se le escapó ágilmente y corrió hacia el cuarto de baño, cerrando la puerta bajo llave. Pedro puso la oreja y oyó sus sollozos desconsolados.

—¿Estás bien, amorcito? Ya sé que duele muchísimo la primera vez, pero se te pasará pronto. Siempre recordarás con placer este gran momento de amor que estamos viviendo juntos.

No hubo respuesta. Pedro sonrió complacido por su tremenda potencia masculina y le gritó que no se preocupara por nada, que para eso estaba él a su lado, para cuidarla y quererla. Mientras se vestía para el almuerzo del casamiento, añadió que la amaba profundamente, que como él, no había otro marido tan amante, que sería tan feliz a su lado y que ya se ocuparía él de cuidarla y adorarla de por vida. Añadió, victorioso:

—Mi amor, estarás recuperada para esta noche, ya verás. Esto solamente ha sido la bienvenida a mi casa y a la noche te marcaré profundamente con mi amor. Ni te imaginas el placer que me das… —susurró en tanto que escogía cuidadosamente ropa desportque fuese elegante—. Ahora tengo que dejarte para atender a mis amigos. Vístete pronto, querida Julita, me muero por ver la expresión de amigos míos que jamás te han visto antes. Me voy para organizar a los fotógrafos para tu entrada triunfal al banquete. ¡No tardes!

Eran las cinco de la tarde ya pasadas cuando dio comienzo el banquete de esponsales, aunque ya los impacientes convidados habían acabado con todas las empanadas, las de carne y las de cebolla, dando muy buena cuenta de, al menos, diez jarras depichuncho. Al aparecer en el jardín delante de ellos, Pedro Marcial alzó los brazos con fuerza y les gritó:

—¡Dentro de unos minutos tendremos aquí a la novia y vamos a recibirla como se merece! —Y se acercó al director de la orquestilla para darle secretas instrucciones.

A su orden comenzó entonces el desfile de criados y pinches, unos portando grandes bandejas con ensaladas para las mesas y otros, abriendo las cajas del Cabernet y del Merlot, que especialmente había escogido para acompañar la extraordinaria comida. Sus más allegados corrieron a su encuentro para palmotearle la adolorida espalda, abrazarle y besarle. Todos le agobiaban a preguntas sobre la maravillosa Julita, ansiosos por caerle encima y avasallarla con preguntas capciosas, queriendo saber todo de ella, dónde había nacido, de qué familia provenía y en qué colegio se había educado. En la mente victoriana de las más destacadas matronas de la ciudad ardía la curiosidad malsana por hablar con la intrépida joven que había sido capaz de cazar y casarse con elsolitario león de Talcuripara que les relatase los pormenores de su estrategia para conseguirlo en tan pocas semanas. Toda una hazaña de conquista para una desconocida, porque el premio principal había sido un viudo pertinaz y, por añadidura, unplatudo; por tanto, Julia era en ese instante el más jugoso objeto de inquisición en toda la historia de la provinciana ciudad sureña.

Mientras tanto, en la alcoba nupcial, ella entreabrió la puerta del cuarto de baño para comprobar que por fin estaba sola; miró la cama desordenada con un escalofrío y se envolvió en una sábana; se asomó sigilosamente al pasillo y acto seguido se encerró bajo doble llave. Desde el patio entraba la música de los acordeones, los vítores y los aplausos de toda aquella vociferante gente desconocida, y se puso roja de vergüenza de solo pensar que iba a enfrentarse indefensa a ese hervidero de extraños. El agua perfumada del baño y un durorestriegopor todo el cuerpo con esparto jabonoso devolvieron poco a poco la calma a su trastocado espíritu juvenil. En tanto elegía ropa, gimió al mirar las paredes, porque en esa misma habitación, dos meses atrás, ella había cruzado victoriosamente la segunda de sus particulares puertas al infierno, la que la condujo directamente a esta misma alcoba, ahora nupcial. Se desplomó en el sillón y se quedó un instante traspuesta.

Todo comenzó precisamente cuando ella percibió con claridad que Pedro ya no la consideraba una chiquilla desordenada, sino una mujer. Fue así, inesperado, simple y perturbador.

Al abrir los ojos al momento actual, sonrió brevemente y se preparó para enfrentarse a una nueva y terrible prueba para su juventud, su presentación en sociedad. El mayor gentío al que ella se había expuesto en su vida fueron las fiestas invernales de su escuela en la caleta, con dieciséis años, cuando había recitado poesía ante casi cincuenta personas. Muy despacio comenzó a vestirse delante del espejo y comprendió lo que había sucedido. Su hermosa adolescencia y su dorada juventud yacían ahora muertas entre esas sábanas revueltas y sucias. De improviso, a la joven Julia le había llegado el tiempo futuro, sin entender muy bien cómo. Se hizo el propósito de no olvidar nunca aquellos primeros episodios amorosos que había vivido de muchacha entre los bosquecillos de su querida casa natal.

—Aquel fue mi verdadero mundo y siempre lo conservaré fresco en mi memoria hasta que sea una vieja pelleja, balbuceó Julia suspirando profundamente—, esto de hoy es mi penitencia.

Más tranquila salió de su habitación y se encaminó hacia la puerta de la entrada, aspiró profundamente y salió al exterior, sonriendo.

Una gruesa andanada de vítores y aplausos la recibió, a la vez que los músicos se arrancaban con una marcha nupcial. Se quedó pasmada al ver el inesperado recibimiento, y cuando buscó ansiosamente a su marido, este saltó como un puma a su espalda, la levantó con vigor entre sus brazos en señal inequívoca de potencia masculina y gritó con vulgaridad:

—¡Qué vivan las mujeres hermosas! ¡Y vírgenes! ¡Vamos a brindar por el amor! —Y sus más amigotes le aplaudieron a rabiar—. Y después, ¡a devorar!

De pronto, no se le ocurrió nada mejor que cargarla hasta la mesa principal del banquete, pese a sus airadas protestas, y cuando la bajó con torpeza, a la azorada novia se le vio toda su primorosa ropa interior color rosa. En un momento, los más allegados ya la habían empezado a conocer más a fondo.

En cuanto la pareja finalmente pudo sentarse en la mesa principal, sobre la descomunal parrillada giratoria instalada al fondo del patio cayeron decenas de trozos de rojas carnes de vacuno; las ristras de chorizos parrilleros ya se quemaban y las prietas negras humeaban con fuerza atufando el jardín e invadiendo las mesas, alborotando gravemente las papilas de los hambreados comensales. La jovencita Dorotea se acercó a los esposos llevando las dos primeras y gruesas chuletas en una bandeja de loza, chorreando humeante y espeso jugo y con el aroma de carne aún crepitando.

A continuación, se acercó Jacinto, el capataz de la bodega, quien fue el primero en saludar a Julia con un largo beso en la mejilla, acompañado de los enólogos, que escanciaron un luminosoChateau Canetque llenó de rubí las copas de la pareja. Todos guardaron silencio para que Pedro hiciera toda la ceremonia de la cata. Cuando dio el visto bueno con entusiasmo, fue el punto de partida de un tráfico endemoniado de mozos con bandejas de carne y pinches con botellas de vino, sirviendo a destajo; enseguida dieron comienzo los bulliciosos fastos, con abundantes libaciones en honor a los recién casados y a su futura vida en pareja.

—¡Por el amor eterno!

—¡Por una larga vida plena de hijos y nietos!

—¡Por el león herido!

—¡Por las doncellas del mundo! ¡Qué nunca se acaben!

Pedro estaba exultante y, sin soltar la mano de Julia, saludaba sin parar a todos los comensales, dedicando a cada uno frases apropiadas y cariñosas. En la mesa principal, a la izquierda de la pareja, se sentaban Rufo y Tola, padrinos de casamiento del novio, también recién casados. A la diestra, había dos sillas vacías.

—¿Dónde está mi tío Samuel? —inquirió Julia a voces.

—Se retrasa, seguro que tiene trabajo con los heridos en la ciudad —le contestó uno.

Julia les miró a todos con la mirada hueca. Mi pobre padrinito que ni siquiera pudo estar en el casamiento, parece que tampoco llegará para el banquete. Mi pobre papi, abandonado en el sanatorio y mi amor, perdido en el océano, qué otra cosa peor puede pasarme en este día. Y encima tengo que divertirme. Haciendo como que comía con ganas, sonreía a los desconocidos y se quejaba de la ensalada de cebollas y del ajícachocabra.

—¿Alguien sabe algo del alcalde Mancilla? —preguntó un funcionario.

—No vendrá, tiene trabajo con el orden público y la atención a las víctimas del temblor.

—¿Cómo que temblor? Perdona, pero ha sido un terremoto feroz…

—El epicentro estuvo a unos quinientos kilómetros al norte, cerca de Puerto Grande —informó un edil, aplicado a una enorme empanada de pino.

—Aquí en Talcuri nos han informado de más de veinticinco heridos, pero solamente se habla de dos muertos.

Cuando Julita oyó eso, soltó los cubiertos tapándose la boca atemorizada.

—Mi papá, Dios mío, cómo he podido olvidarme de él, pobrecito, qué susto tiene que haberse llevado… y qué solo se tiene que sentir en el mundo.

—Ya lo he preguntado, en las montañas donde está ese sanatorio apenas se ha sentido, no te preocupes mi vida —la tranquilizó el marido. Y añadió—. Mañana temprano dejaré todo e iremos juntos a verle sin falta, te lo prometo, mi amor. Y ahora come, por favor, te noto muy desmejorada.

—También hay bastantes daños en edificaciones viejas, de esas de adobe —seguía informando el edil.

—Ya sabes que se cayó tu famoso campanario, ¿no, Pedro?

—¡Caramba, con tanto ajetreo hasta me había olvidado de ese desastre! Lo he sentido caer casi sobre mis espaldas, Rufo, todavía me duelen las orejas con el estruendo que tuve que sufrir. Menos mal que yo estaba junto a mi mujercita para protegerla… Bueno, ¡qué le vamos a hacer! Es nuestro sino como país. También mañana me ocuparé personalmente de eso… Y ahora, ¡un brindis por nuestra valiente y dura ciudad…!

—Voy a buscar unos pañuelos —susurró Julia al oído de Pedro y se separó cuidadosamente de la mesa, dirigiéndose a la casa con estudiada lentitud, cimbreando la cintura todo lo posible.

En cuanto entró a la casa, corrió hasta la habitación para encerrarse otra vez en su baño, aquejada de incontenibles arcadas, sintiendo que su pequeño estómago era una tormenta. Al rato salió de la habitación y pasó por la cocina a prepararse un enorme vaso de agua tibia azucarada. Maldita comilona, refunfuñó, sobándose el vientre.

En el comedor del patio, todos daban cumplida cuenta de las estupendas carnes junto con las mazorcas recién cocidas y untadas con mantequilla fresca, el ají verde y el rojo en salsa, las fuentes repletas de ensaladas de lechuga, tomate, achicoria y aros de cebolla cruda. Cinco músicos, pintorescamente vestidos, tañían la guitarra y el acordeón, acompañando a un desabrido cantante que casi se caía del proscenio con todo el vino que llevaba encima.

Cuando la desposada volvió a su sitio, Pedro ya se había parado para visitar a sus amigotes. En la mesa principal solamente quedaban sus padres, doña Ester Toledo y don José Gonzales, sentados justo delante de ella, mirándola con una indefinible mirada, entre ternura y desprecio, a la que Julia respondió sonriendo ampliamente, mostrando una actitud entre cariño y aprensión.

—Oiga, Julia, ¿le conté como escapé de Francia justo el día que llegó la filoxera? —le espetó el viejo José apenas la chica se hubo sentado a la mesa.

Y le soltó la larga historia, así, sin más, sin reparar en que la joven comía a duras penas un pellizco de cada cosa para que pareciera que lo devoraba todo. Al cabo de un rato apareció Pedro Segundo, el hijo primogénito de Pedro, que se acomodó entre sus abuelos José y Ester. Al inclinarse la joven sirvienta para servir el plato de Pedrito, este le metió disimuladamente la mano izquierda bajo las enaguas, mientras con la derecha abrazaba a su abuela, sonriéndole encantado. Desde la cocina, el hermanastro de la sirvienta, que lavaba los platos, se lo quedó mirando con odio contenido. También regresaron a la mesa las tías Angustias y Evelyn, provenientes del cuarto de baño, pero ninguna de ellas escuchó nada de lo que les ofreció la sirvienta como postre.

En la mesa principal, se hizo un momento de pesado silencio, pues hasta don José se calló. Todos miraron a Julia de soslayo. Era su turno de incorporarse a la familia política rompiendo su silencio con algo importante que decir. Haciendo un esfuerzo supremo, dejó los cubiertos y le sonrió forzadamente a doña Ester.

—¡Cuánta gente,ah!

La chica recibió una mirada desinteresada de la señora por toda respuesta.

—Yo nunca había visto tanta comida… y tan rica —insistió Julia valerosamente.

Pero no consiguió romper la gélida acogida de la madre de Pedro. Julia iba a interpelarla nuevamente cuando vio con sorpresa que se incorporaba con dificultad y se alejaba de la mesa cojeando. La mujer había sido muy amable con la chica el año pasado, sin embargo, ahora se había convertido en su antagonista, una suegra que iba a ser casi imposible de tratar. Dirigiéndose entonces a Pedrito Segundo, la desposada le sirvió una copa de vino e intentó cambiar impresiones con él acerca de los nuevos estudios que el joven iba a comenzar muy pronto.

—Sí, claro, ahora memetis conversa, después que no me hubieras dadoni boletoen todo el mes… Galla traidora —masculló el joven alejándose en busca de sus amiguetes en la mesa delpellejo.

Menos mal que entonces apareció la tía Sabina, la esposa del doctor Rivas, muy alterada y sofocada, acompañada por un teniente de la guardia que la había conducido hasta allí desde Talcuri. La tía se sentó de inmediato a la derecha de Julia y, apenas consiguió calmar su agitación, se abalanzó sobre la joven y la abrazó con gran ternura; separándose un palmo, la miró a la cara con gran preocupación y la volvió a estrechar entre sus brazos.

—No le pasa nada malo a tu tío —le dijo adivinando la preocupación en los ojos de la chica—, pero él no va a poder estar contigo hoy, tiene mucho trabajo en el hospital, por eso he venido yo en su lugar —dijo toda compungida—. No dejaré que nadie ni nada te perjudique hoy en este, tu día.

Por suerte, la interesante, suave y amable conversación maternal de su tía Sabina pudo distraer a Julia lo bastante como para resistir el resto de la larguísima tarde. Poco a poco fue sintiéndose mejor, gracias a unos pequeños sorbos de vino, y empezó a participar más animada en las conversaciones con sus vecinos de mesa. Pero sin dejar de mirar con ansiedad hacia las demás donde estaban instaladas las más conspicuas damas de la comarca y de la región, todas ellas mirándola con hambre, pretendiendo echársele encima con ferocidad para arrebatarle todos los secretos de sus entrañas y echarla de nuevo al camino yermo por donde había llegado.

Tras los postres, Julia advirtió que una señora madura se dirigía hacia ella con rapidez. Sabina le dijo al oído:

—¿Ves a esa señora tan elegante que viene hacia aquí? Es doña Cuca, la señora del intendente Riesco, ella te cuidará tanto como yo, no temas nada. Ahora tengo que dejarte, me voy a tender un rato, estoy que me caigo… ¡Hola, Cuca, qué gusto verte! Mira, ella es mi sobrina Julita Rivas.

Doña Cuca se acomodó, con toda displicencia, en el sitio dejado por Sabina, lo que fue la señal que todas las importantes señoritas convidadas estaban esperando ansiosamente para empezar su labor de acercamiento a la protagonista del convite. Casi sin hacerse notar, algunas empezaron a levantarse despreocupadamente de sus mesas para acercarse con cuidado a la principal y rodear a doña Cuca, con la pretensión de ser presentadas a Julia. Pero su esfuerzo fue en vano, porque Cuca, una mujer ya madura, sensible y, sobre todo, muy lista, la prohijó de inmediato y no la presentó a nadie, salvo a dos de sus mejores amigas que no necesitaban ceremonia alguna, las que formaron un parapeto alrededor de las dos mujeres. Las anhelantes señoras que pululaban cerca de la mesa comenzaron a retirarse con discreción, perdida la esperanza de someter a la pobre Julia al feroz interrogatorio que cada una había preparado.

La mujer del intendente, con la mirada llena de satisfacción, ejerció todo su poder de primera dama regional no permitiendo que nadie más asediara a Julita, quien agradeció la protección contándole algunos detalles sobre su vida en la caleta de Las Cañas, y lo más jugoso de todo, le reveló cómo había conocido a Pedro Marcial.

—Fue aquí en esta viña precisamente, cuando unos bandidos del vecindario intentaron matarle —le contó Julia, sin concederle demasiada importancia. Y, disculpándose, se levantó en seguida para correr nuevamente a encerrarse su habitación.

En cuanto hubo terminado de palmotear a sus amigos, el dichoso marido regresó a la mesa principal y se dispuso a oír lo que le quería decir Rufino Contreras con tanta alarma. Abogado y principal amigo de la familia Gonzales, estuvo un buen rato hablándole en voz baja, usando la espalda de Tola su esposa, a modo de pantalla. En un momento, enfadado, Rufino explicó algo referido a unos documentos.

—Apenas me ha dado tiempo de redactar el acuerdo que me pediste anteayer, con tantas carreras en estos días se me amontona el trabajo en el bufete.

—No te preocupes —respondió el enfiestado Pedro—. Ponlo todo a mi nombre y ya veremos la manera de firmarlo mañana o pasado; ahora no tiene importancia, lo más duro ya ha pasado. En tres semanas he organizado el casorio más importante de la región, ¿qué te parece?

—Precipitado, pues.