Ciudad Láser - Mariantuá Correa - E-Book

Ciudad Láser E-Book

Mariantuá Correa

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Beschreibung

Una tarde húmeda y fría, al salir de su trabajo en el centro de estética Ciudad Láser, Soledad se dispone a volver a casa, pero no llega a su destino. Giselle Horn, detective a punto de jubilarse, desciende a los abismos de una ciudad que olvidó a los suyos, para seguir el rastro de quien se llevó consigo un profundo secreto. Mientras tanto, Raúl, su novio, se ve arrastrado a una existencia oscurecida por la culpa. A medida que la investigación avanza, la ausencia de Soledad empuja a Horn a indagar en su propio pasado para encontrar las respuestas, porque en una realidad donde nada es lo que parece y la ilusión de libertad se consume a sí misma, a veces es necesario desandar los pasos para desentrañar el misterio. En los lindes de la novela noir, Ciudad Láser es una radiografía actual de la corrupción, el machismo y la perversión de los deseos que nos rodean. Pero sobre todo, se trata de una historia de amor trunca, donde el deseo, y la carencia que lo alienta, dan tumbos en una espiral de violencia ensombrecida por una desaparición.

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Seitenzahl: 181

Veröffentlichungsjahr: 2024

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MARIANTUÁ CORREA

CIUDAD LÁSER

DERECHOS RESERVADOS

© 2023Mariantuá Correa

© 2023Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V.

Avenida Patriotismo 165,

Colonia Escandón II Sección,

Alcaldía Miguel Hidalgo,

Ciudad de México,

C.P. 11800

RFC: AED140909BPA

https://editorialalmadia.com

www.facebook.com/editorialalmadia

@Almadia_Edit

Edición digital: 2024

eISBN: 978-607-8851-73-7

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

Hecho en México.

Para Ale, JJ, Vaca, Calvo y Bicho.

La existencia del pasado depende de la cantidad del presente que le demos, y es posible darle poca, darle ninguna.

JUAN CARLOS ONETTI, LOS ADIOSES

¿De qué sirve mirar? Si no lo puedes coger.

Solo somos parte del paisaje.

LOCOPLAYA, “EL PAISAJE”

Contenido

Ciudad Láser

PUNTO DE FUGA

Piensa en pasado y en futuro, como la mayoría. En presente da pasos torpes que esquivan charcos y evitan las medias mojadas. No quiere llegar con pecueca. Las medias mojadas son una preocupación nueva para Soledad. En la isla se anda a pie pelado o en sandalias, con las medias si acaso se agarran las ollas. Va con el brazo estirado para que uno de esos buses, que alguna vez tuvieron colores vivos, note su insignificancia, pare y la lleve a la pensión. El clima no puede ser sino frío en una capital que no puede ser sino gris, aunque muy de vez en cuando reine el sol picante. Frena una buseta verde desgastado. El conductor la mira, levanta los hombros, abre las palmas y arruga la boca diciendo con el cuerpo: eso es lo que hay. Soledad sube el pulgar, se trepa al bus, no intenta avanzar. Se sienta en la escalera, que es lo que hay. La puerta de acordeón le muerde la pierna para darle paso a un hombre corpulento que la mira fijo como si le debiera plata. Finalmente es la capital y se justifica el mal genio. La molestia del mordisco la desenchufa de lo que piensa: del pasado y del futuro, como todos.

Desde la escalera su horizonte se reduce a botones de blue jeans sobre vientres para todos los gustos. Levi Strauss & Co., lee en el más cercano a su vista. Pasa el ojo al siguiente botón, se le ve solo el perfil. Cada que el vientre abultado se expande el botón amenaza con desprenderse del ojal. En un par de exhaladas podría salir volando y dañar algún ojo fisgón. Rápidamente barre la entrepierna. Regresa al botón. Respira hondo. Traga una bocanada del sahumerio ácido que irradian esos cuerpos húmedos. Sucumbe ante la gravedad de la mirada. Revisa que la dueña del botón no esté al tanto. Se obliga a enfocar justo en ese pliegue que como hoyo negro succiona el pantalón y deja relucir una pezuñota de camello. Qué incómodo tener tela entre la tela. Se estira el pantalón hacia los talones. Aplasta la mirada en cada una de las pezuñas que están a la redonda como forzándose a un ritual de iniciación. Eso será lo que verá de ahora en adelante. Día tras día. Una tras otra. Verá también axilas, pantorrillas y anos. Pero eso la escandaliza menos.

Se sube un chico en sus veintes con una caja de herramientas oxidada que resulta ser un parlante. A codo se abre espacio hasta el centro del bus. Con voz de hambre rapea: Sintonizando. Te respeto demasiao pa date la comida mastica, así que me saltaré la teoría y vamos a la práctica. Quítate la sonrisa sarcástica y el antifaz. Antes me muero de hambre que aceptar tu caridad. Mala canción para pedir plata, piensa, pero ese puede ser Raúl después de tres semanas sin que le toteé un negocito, así que se revisa los bolsillos de su segunda piel, de cuero y negra. Cuando pasa le entrega con timidez una moneda de cien. Sabe que sola es el cero a la izquierda, como toda limosna. Reproduce el mismo gesto que le hizo el conductor del bus hace un rato. Del otro bolsillo saca una tarjeta blanca: Ciudad Láser. Ciencia al servicio de tu cuerpo. La recorre el frío de sus huesos desnudos en la camilla giratoria. El gel sobre sus axilas y su pubis le esponja los poros. La máquina con brazos de robot y ojos rojos tostándole los pelos la pone a sudar. Desata una desagradable reacción en cadena, y el recuerdo del olor a pelo chamuscado le provoca náuseas. Respira hondo y pasa un bolo de saliva para devolver los jugos gástricos a su sitio.

Le asusta pensar que ese sea un camino sin retorno. ¿Qué hará si alguna vez los necesita de vuelta? ¿Si el espejo los llega a extrañar? ¿Si a Raúl no le gusta su calvicie? Los pelos no le han servido nunca para nada, pero tampoco le han quitado ninguna oportunidad. Para algo están donde están. Si después se ponen de moda las mujeres peludas ella estará fuera de concurso. Sin pelos no hay paraíso/Con pelos no hay paraíso: ambos posibles en su justo tiempo. Ella recién sale del paraíso para esa capital a quedarse sin pelos. Las abuelas de la isla les enseñaron que no debían tener pelos en la lengua, los del resto del cuerpo no le importaban a nadie. Todas tenían. ¿Y si vuelve a la isla sin pelos? Ese es un camino sin retorno.

Restriega la suela de los zapatos mojados contra el tapete de bienvenida y deja caer su cuerpo sobre el portón. En la pensión están los inquilinos reunidos junto a la mesa del comedor. Botella de aguardiente y siete copas. Cinco almas pobres y dos gringos viviendo el sueño latinoamericano. Raúl le estira la octava copa. Su pelo negro peinado para atrás brilla a lo lejos como un mineral. Tiene la cara irritada por la loción excesiva que se puso encima de los poros recién afeitados. Lleva la clásica chaqueta de cuero, abajo sale el cuello de una camisa negra con vetas aleatorias blancas. Entre el cinturón grueso de doble hebilla cuadrada y el jean color hielo se le forma una barriga inflada en exclusiva por cerveza, que choca contra la mesa de madera. –¡Por Sole, que hoy le cambia la vida!– grita Raúl, y le llena la copa hasta chorrearle los dedos. Se bogan el trago sin hacer jetas porque el que las hace toma doble y todos quieren tomar de más, pero sin perder. Las copas quedan en blanco: el que deja cuncho también toma doble. Beben en tónica de celebración a velocidad relámpago. Quieren llegar sin peaje a la borrachera. Evitan la ansiedad del entre tiempo. Suri sube el volumen al máximo, el equipo de sonido carraspea. Suena una salsa suave, de las que cuentan una historia de terror en clave tropical:

La exseñorita

No ha decidido

Qué hacer

En su clase de Geografía

La maestra habla de Turquía

Mientras que la susodicha

Solo piensa en su desdicha y en su dilema

Ay, qué problema.

–¿Bailamos o qué? –Raúl la agarra, se la aprieta a la panza, le despega los pies del piso. Dan pasos cortos, pocas vueltas, se juntan más, se exprimen. Soledad siente el peso de las manos de Raúl en la mitad de sus nalgas, piensa en subírselas, pero no es capaz de renunciar a ese calor que la ancla en el mareo del baile y el trago. La voz de Raúl le susurra al oído y ella se deja escurrir. Él canta, ella se hace más débil en cada verso, su cabeza: un perro buscándose el rabo. Piensa en el cuerpo de Fabio, en Marta y la renuncia, el dinero de la lotería, los gastos, la escasez, Raúl, Ciudad Láser. Al son del baile ebulle en ella un mundo de ideas sin ninguna jerarquía. Los pensamientos se muerden unos a otros. Se nubla y rompe en llanto. Raúl siente la vibración de ese cuerpo chocar contra el suyo, el pecho húmedo de lágrimas. La abraza, le alza la cara.

–Sole, chilla, chilla hasta que se te acaben las lágrimas, hasta que a esta camisa le escurran gotas, tomemos, bailemos hasta que se acabe el mundo–. Soledad lo acerca del cuello de la camisa, él entierra las manos en sus nalgas, no queda espacio entre ellos, se besan con lenguas descoordinadas que dan lambetazos por fuera de la boca.

Las hormonas del resto bailan al mismo ritmo. Suri se lleva al gringo rasta para la sombra. Se ve un palo de escoba tirado en el sofá y una bruja cabalgándole reguetón, dándole latigazos de cadera hasta hacerle perder la conciencia.

–Yo no he comido gringo –le dijo Suri a Fira el día que los vieron entrar por el portón de la pensión. Ni ella ni ninguna del barrio. Todas querían, como si un polvo con cualquier gringo filtrara la sangre o diera la Green Card. Y los gringos se habían demorado en caer, se venían mostrando como los más serios de los misioneros. Según Raúl llegaron para soplar perico a huevo y empatan rehabilitando niños de la calle. Porque el que peca y reza: empata. Eso es no hacer nada, como estar en neutro. Fira mira de reojo la escena y se clava dos copas. El gringo está blanqueado, Suri le levanta el tronco del sofá y le sumerge la cara en sus tetas para devolverle vitalidad. Henry está recostado en el hombro de Yolanda, le cuenta chistes, ella se ríe sin quitarle el ojo de encima al gringo para atacar cuando Fira se descuide. Se escucha un putazo, todos quedan quietos, Suri le sampa un cachetadón al rasta que lo deja hundido en los cojines, se levanta con las tetas vomitadas: una tinta amarillenta con tritura de arroz y productos veganos.

–¿Este hijo de puta qué es lo que come? –grita mientras se quita el mazacote con una servilleta.

–Pa qué le dio tanto trago, si ese marica no toma –le dice Raúl mientras se acerca a revisar la vitalidad del rasta.

–¿Ahora es culpa mía? Vea cómo me volvió.

–Vaya y se cambia. ¿Cuál es el problema?

–Que me guasquió las tetas, güeón. ¿Quiere que lo vomite yo a usted o qué? –le grita y se le viene encima.

Raúl la detiene de los hombros y la sacude un par de veces, la suelta para agarrar la copa, lo tienta la idea de aventarle el trago en la cara, voltea en busca de una pista de aprobación, pero se encuentra con los ojos de Soledad que le advierten que ni lo piense. Soledad toma a Suri de la cintura y la sube al baño.

–Encárgate del gringo. Dejen limpio que Marta llega en la mañana –dice con la mirada puesta en Raúl.

Suri se sienta en la taza, Soledad humedece papel higiénico y la limpia.

–¿Sole, qué le ves a Raúl? Ese man es una mierda. Te va a terminar cagando.

O vomitando –responde Soledad.

En este país cada día desaparecen tres personas por estadística, a veces más, casi nunca menos. Hace ocho días desapareció Soledad Erazo Preciado de treinta y tres años de edad, nacida en la isla Bombu y radicada en la capital desde hace dos años. No tiene familia acá ni allá. Fue vista por última vez el siete de septiembre a las 6:00 p.m. Sus compañeras de trabajo se despidieron de ella en las instalaciones del centro de estética Ciudad Láser, como todos los días. El reporte de la desaparición fue aportado por Suri Villanueva, inquilina de la pensión donde vivía la desaparecida, tras cinco días sin tener noticias de ella.

Soledad: fenotipo: 1.70 cm de altura; tipo de sangre: A-; ojos y cabello: marrón; delgada, caderas y senos anchos, fototipo de piel: iv escala Fitzpatrick. Ninguna cicatriz evidente o signo distintivo.

Investigador a cargo: Yo, Giselle Horn, placa dorada 332. Esto último, lo dorado, nada tiene que ver con el éxito de mi labor investigativa, es solo una distinción por antigüedad, que colgó de mi pecho los últimos tres años de servicio. Cuando llegó a mí el caso de Soledad ya estaba redactada e impresa la carta de renuncia a la institución. Comenzaba a sentirme vieja, me veía escuálida; por más comida chatarra que me atragantaba, no subía de peso. Dicen que siempre he parecido un lagarto, y la similitud ya resultaba visible hasta para mí. Le temía al retiro porque no había más vida que el servicio a la institución, no había más cercanos que los desaparecidos. Soltera, cincuentona, asexual, traumatizada. Pero eso es otra historia. En la institución no encontraba nada y adivinaba las respuestas en otro lugar. Quería encerrarme, cultivar una vida de lentejas con arroz, libros y manta, tener plantas, intentarlo de nuevo con una mascota, quizá, escribir las memorias de mi trabajo, tomar baños calientes y sorber té en bata. Una vida engordadora de puertas para adentro. No tenía certeza de poder aguantar tanta convivencia conmigo, pero estaba dispuesta a intentarlo.

Y en medio de tan aparente determinación llegó Soledad a revolcarme los planes. Tuve que guardar la renuncia en el primer cajón de mi mesa de noche mientras duró mi última investigación de desaparecidos. Fijé un propósito terapéutico en la búsqueda de Soledad, anhelaba que me diera la satisfacción de encontrar al último. De encontrar a los primeros. En 1923 un hombre salió de su casa y esta es la hora en que no se sabe su paradero. Las historias así pueden ser infinitas y lo son. Por poner un ejemplo.

El carro prendió después de unos chancletazos exigentes, el olor a cloche quemado me acompañó varias cuadras hasta llegar a la pensión. Toqué el portón y me abrió una señora de dimensiones grandes cubierta en una bata de pijama: seda verde musgo, rosas rojas y algunas pocas manchas de cloro, que de no ser por la textura raída pasarían como diseño de la prenda. Era Marta Escobar Henao, me invitó a tomar un café tan negro que no pude acabar sin que se enfriara. Amargo, ácido, inapropiado para mi gastritis del momento. La señora desempacaba bolsas de calados mientras me hacía un ademán para que me sentara en la mesa del comedor. Así lo hice. Cuando logró sacar su merienda del paquete, la abordé.

–¿En qué piso dormía Soledad? –le pregunté.

–En el tercero y a ratos en el segundo, con Raúl.

–¿Le incomodaba esa relación?

–No, señora agente. Con que los pagos estén al día y no me armen guachafita yo estoy tranquila, lo demás son cosas de los muchachos –respondió Marta.

–Giselle, dígame Giselle. ¿Me acompaña al cuarto de Soledad?

–Claro, sígame nomás.

La cama estaba tendida, el closet cerrado, no había ningún objeto a la vista. Abrí la mesa de noche, ahí encontré una libreta, fotografías, esferos, un tiquete de bus, papeles, una bolsa Ziplock pequeña, un libro titulado Madame Bovary y varios trajes de baño desechables. En el armario, una maleta de cuero resquebrajada con ropas que, puestas una detrás de otra, daban a lo sumo tres metros de tela.

–¿Cómo se vestía Soledad?

–La muchacha no se acostumbró a esta ciudad, iba siempre muy ligera de ropas.

–Debía sentir frío –mencioné mientras extendía las prendas sobre la cama.

–Se echaba la misma chaqueta encima para salir, no sé cómo le duró tanto ese chiro.

–¿Cómo es la chaqueta?

–De cuero, negra, no tenía más.

Era una habitación sin dueño, el espacio de quien busca desaparecer o de alguien con muy pocas pertenencias. Me senté en la cama de Soledad para dar el último barrido de esa visita. Pensé en lo miserable que podía sentirse vivir en ese estrecho cubo de madera, solo algo de peso hace que alguien cambie una isla del Caribe por ese lugar. Las islas son también áreas delimitadas y la de Bombu una muy pequeña, al final es un encierro al aire libre. Di un vistazo debajo de la cama y pude darme cuenta de que Marta no mentía o sabía hacerlo muy bien. El piso estaba sucio de pelos, motas, mugre indeterminada. Podría ser cierto que nadie hubiera intervenido el espacio, como también podría serlo que alguien muy cuidadoso lo hubiera hecho. Cualquier detalle infraordinario puede ser la llave o el desvío definitivo. Lo más difícil es decidir el hilo del que se debe halar. Me puse de cuclillas y saqué de la mugre una bolsa de plástico negra que envolvía un rectángulo. Despegué las cintas que sostenían el amarre y encontré una caja de cartón del tamaño de un antebrazo, abrí la tapa y apareció un dildo rosado, prominente y venoso. Lo sostuve en mis manos como rectificando el hallazgo y sentí una rápida tentación de olisquear. La investigación nunca deja de lado la curiosidad, por no decir que es la curiosidad misma. Descarté la idea y me consolé halando el dedo índice del guante cerca de mi barbilla. Había olvidado el olor del sexo. ¿Por qué tenía Soledad que esconder sus juguetes sexuales? ¿Alguien entraba constantemente a su cuarto?

Bajé las escaleras con las pertenencias de Soledad, me acomodé de nuevo en la misma silla con Marta enfrente y retomé:

–¿Cómo llegó Soledad a vivir en esta pensión?

–Ya nos conocíamos. Ella se quedó hace unos años acá en la pensión, cuando vino con Fabito, el esposo, a conocer la ciudad. Habíamos perdido contacto hasta que un día cualquiera tocó el portón y me pidió que la recibiera, no tenía para donde ir. ¿Cómo la iba a dejar sin techo? Me empezó a ayudar con la pensión mientras se rebuscaba algo para hacer –respondió exagerando lástima.

–Algunos desaparecidos son personas que lo han dejado todo porque tienen deudas.

–Claro, no hay nada más aburrido que deber –sentenció Marta.

–¿Desaparecería usted por una deuda?

–Yo he pagado hasta el último centavo que he debido.

–¿Sabe si Soledad tenía alguna deuda?

–A mí me debía tres meses de pensión, pero apenas consiguió trabajo me pagó de un solo totazo –respondió mientras juntaba las puntas de las servilletas para acomodarlas en el servilletero.

–¿En qué trabajaba Soledad?

–Tengo entendido que en un centro de estética.

–Le pagaban bien entonces.

–Para sostener esa vida de mariachis que se estaban dando, no hay de otra.

–¿Quiénes?

–¿Quiénes qué? –respondió Marta.

–La vida de mariachis ¿quiénes se la estaban dando?

–Pues Soledad y el Raulito. De un tiempo para acá vivían de fiesta en fiesta. Yo francamente no sé cómo les daba.

–¿Raúl está en la pensión?

–Salió esta mañana bien temprano.

–Señora Marta, le agradezco mucho por la información, le dejo mi tarjeta para que me llame si sabe lo más mínimo. –Me recibió la tarjeta y la colgó con un imán de la nevera–. Que nadie entre al cuarto de Soledad. Nos estaremos viendo. –Presioné el micrófono debajo de la mesa del comedor y con el clic, imperceptible para oídos descuidados, me levanté de la silla de terciopelo azul.

Otra vez el puto sueño de quedarse sin dientes levanta a Raúl antes de que vibre la alarma. Con una abdominal queda sentado y con la punta de la lengua comprueba que están completos. Está por fuera de las cobijas, vestido como la noche anterior, con los zapatos puestos. El pelo le brilla, ya no como mineral sino como estropajo. Se lo peina, los dedos hacen fuerza para separar los pegotes de gel. Se huele la carne entre las uñas. Tiene la cara caliente, las manos le tiemblan, llenas de hormigas, le pasa cuando toma de más. Agarra el vaso, hace un buche, el agua se mezcla con el vaho del aguardiente y el cigarrillo, siente náuseas, pero él no vomita, eso es desperdiciar. Se raspa las fosas, hace una bola y de un copetazo la manda al techo junto con el resto de sus constelaciones que brillan en la oscuridad. No tiene memorias claras de la noche anterior, está adiestrado para borrar casete. En el esternón tiene un hueco profundo que no sabe cómo llenar para levantarse y hacer como si nada. Tampoco sabe si la cagó y espera que no haya sido con Soledad, lo otro le importa poco o nada. Baja las escaleras, el orden del comedor lo alivia. Acá no ha pasado nada, se dice. No tendrá que aguantarse la lora de la cucha Marta esa vez. Desliza las medias hasta el cuarto de Soledad, entra sin tocar la puerta, levanta las cobijas, se acuesta junto a ella, la abraza. Soledad es un mar en calma, tenerla ahí, al alcance de sus brazos, le llena el hueco.

–¡A despertar! –le canta al oído y aplaude.

–No joda, Rau, a ti no se te acaban las pilas –le dice subiéndose la cobija hasta la coronilla.

–Yo soy de baterías.

–Si vienes pa eso te me vas por donde entraste. –Se le separa.

–¿Y por qué?

–Estoy cansada, me duele la cabeza.

–Vine a que me cuentes cómo te fue ayer.

Soledad se pone de pie, se sube la pijama hasta los hombros, se baja los calzones.

–Fui por lana y salí trasquilada.

Raúl queda con los párpados pegados mientras la examina.

–No te rías, todavía no sé si me gusta.

–A mí me encanta.

–¿Y antes no?

–A los hombres nos gusta más así. Ya no te pueden salir canas ahí, digamos. Pero no entiendo una mierda ¿por qué te quitaron los pelos a ti?

–La inducción fue en carne propia.

–¿Qué? Cuéntame bien, tírate una historia con tono de abuela de isla. –Le alumbra la cara con la linterna del celular.