Codicia - María Reimóndez - E-Book

Codicia E-Book

María Reimóndez

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Beschreibung

Luz es una niña que vive con su familia en un Recuncho, lugar pobre y desertificado del que solo se puede escapar si se es merecedora de la Lotería de la Fertilidad, un bien muy preciado en un mundo distópico asolado por la incapacidad de reproducción. Llevada a la fuerza a la Capital del Oeste para engendrar tanta descendencia como su útero le permita —descendencia que pasará a ser propiedad de las élites conocidas como Las Familias—, Luz tendrá acceso a una educación privilegiada en el seno de la LifeCorps que con el tiempo se traducirá en una brillante carrera científica. Junto a Kalpana llevará a cabo un descubrimiento que cambiará para siempre la historia de la humanidad. En otra línea temporal que tiene lugar después de la Gran Desconexión, tres seres creados a partir de materia vegetal, pero con forma humana, son capturados por Augustus Paul, un descendiente del hombre que fue Director General de la LifeCorps y que conoce su verdadera naturaleza. Su objetivo será esclavizarlos y explotarlos para seguir amasando fortuna, privilegio y estatus en las ruinas de la civilización humana. El destino diferente de Dandara, Seh-Dong y Tassie pondrá en jaque a las estructuras dominantes. Codicia, ganadora del I Premio Pinto e Maragota a la diversidad sexual y de género, es una apasionante novela de ciencia ficción que coloca a María Reimóndez en la órbita de Ursula K. Le Guin, Octavia E. Butler, Akwaeke Emezi y Manjula Padmanabhan. La autora nos propone una revolucionaria reflexión sobre la construcción del sexo y el género, las identidades y las orientaciones sexuales y la explotación del cuerpo femenino, así como una profunda mirada feminista y ecologista sobre el futuro de nuestro planeta.

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Seitenzahl: 236

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Codicia

Editorial Dos Bigotes

Codicia

María Reimóndez

Primera edición: noviembre de 2022

COBIZA © María Reimóndez 2021, en colaboración con Agencia Literaria Antonia Kerrigan

© de la traducción: María Reimóndez

© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.Publicado por Dos Bigotes, A.C.www.dosbigotes.es

ISBN: 978-84-125123-8-0

eISBN: 978-84-125975-5-4

Depósito legal: M-26512-2022

Impreso por Kadmos

www.kadmos.es

Diseño de colección: Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

Esta obra recibió una subvención de la Consellería de Cultura, Educación y Universidad de la Xunta de Galicia.

La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de Codicia es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

A mi madre, por darme la vida, no solo en el sentido literal

Contenido

PARTE I TRAVESÍAS

Tassi

Seh-Dong

Diario de Luz Divina

Jenny

Dandara

Presentación de Luz Divina ante el Congreso Internacional de Clonación Humana

Jenny

Agnes

Diario de Luz Divina

Jenny

Diario de Luz Divina

Seh-Dong

Diario de Luz Divina

Tassi

Dandara

Diario de Luz Divina

Jenny

Diario de Luz Divina

PARTE II TIERRA/S

Tassi

Diario de Luz Divina

Agnes

Diario de Luz Divina

Seh-Dong

Diario de Luz Divina

Jenny

Dandara

Tassi

Seh-Dong

Jenny

Tratado del origen

Tassi

Seh-Dong

Dandara

Tratado del origen

Tassi

Jenny

Tassi

Dandara

Tratado del origen

Jenny

Seh-Dong

Tassi

Seh-Dong

Tratado del origen

Tassi

Seh-Dong

Tassi

Dandara

Tassi

Seh-Dong

PARTE III ORIGEN

TÍTULOS DE DOS BIGOTES

PARTE I

TRAVESÍAS

AÑO 30 a. G.D.

Hace tiempo que Luz espera este momento. Tal vez más de lo que le gustaría admitir. Después de todo el sufrimiento, los dilemas, la pérdida, las meditaciones y, sobre todo, los cálculos y experimentos, es hora de actuar.

«Más importante que crear es preservar», decía Kalpana, entre abejas e insectos. Le parecía que había pasado mucho tiempo desde entonces… pero no tanto como desde el germen de esta idea, que había nacido con ella en aquel Recuncho perdido y degradado del Noroeste. Un Recuncho en el que nada crecía después de la era de los eucaliptos, que ahora se producían más baratos en otros lugares. En aquel Recuncho, las epidemias llegaban por el mar, que había invadido con el deshielo de los polos kilómetros de deshilachada costa. El agua salada había cubierto ciudades, pueblos, playas y acantilados para dar paso al desierto. En aquel Recuncho, la contaminación, las epidemias y la degradación habían hecho de la muerte y la esterilidad la única constante.

Ella había sido, de hecho, una de las últimas nacidas. Su padre y su madre trabajaban en una mina de bitcoins que estaba a punto de cerrar porque la desertificación que había provocado la plantación masiva de eucaliptos desde el siglo anterior había hecho que la temperatura fuera demasiado elevada para mantener las supercomputadoras que antes encontraban el clima fresco del lugar más llevadero.

Luz había crecido rodeada de aquel desierto cada vez más caluroso, donde los desechos cubrían lo que en otro momento habían sido paisajes verdes, dunas, rocas. Aparecían recreadas en las fotos y películas que emitían las pantallas incesantes. Había crecido rodeada de zombis que buscaban salir de su mundo pagando por entradas a las realidades virtuales de baja calidad, que eran aquellas que estaban disponibles para las comunidades pobres y periféricas como la suya. Yonquis del juego virtual que robaban cables de cobre, atracaban casas y personas para poder seguir jugando sin fin. Pero ni siquiera robar tenía aquí mucho futuro.

Marcharse había dejado de ser una alternativa desde que terminaron de construir los muros fronterizos, desde que el control del movimiento de personas había pasado a ser función de las corporaciones y de sus ejércitos. Los coches autopilotados, los escasos aviones, las mercancías… todo estaba bajo el Sistema de Vigilancia Mundial, el SVM, que enviaba constantes mensajes encabezados por la frase «Por su seguridad» y la madre de Luz siempre murmuraba por lo bajo «¿Por la de quién?». El caso es que nadie podía moverse sin que el SVM supiera hacia dónde, y en cuanto se traspasaban los límites permitidos para cada persona, se desencadenaba un protocolo de seguridad del cual nadie regresaba. «Mejor no intentarlo», le decía a Luz su padre.

Todo el mundo quería marcharse y al mismo tiempo quedarse. Porque tampoco se sabía muy bien si marcharse iba a ser mejor que quedarse donde se estaba. Porque todos aquellos relatos de las Capitales del Oeste y del Este parecían cosa de la realidad virtual que les vendían las corporaciones como entretenimiento ante su miseria. Aquellos mundos de casas brillantes, comida abundante y, sobre todo, sol que no provocaba de inmediato manchas cancerígenas en la piel. Mundos de verde y azul con plantas, árboles y agua. «Las Capitales son los pulmones del mundo, por eso toda la población debe trabajar para mantenerlas».

Luz no sabía si eran realmente los pulmones o el estómago del mundo, pero lo que estaba claro es que eran los ojos y las manos, porque desde ellas se controlaban los satélites, los vehículos, los dispositivos móviles. Desde allí se investigaba la vida, se creaba la realidad virtual. Y la que no lo era.

—¿Por qué el tío Andrés no puede quedarse en nuestra casa a dormir? —le preguntaba un día Luz a su madre cuando era pequeña.

—No está permitido.

—¿Qué quiere decir eso?

—Son normas de las Capitales: cada unidad familiar, un hombre y una mujer y, de tenerla, descendencia —le contestó su padre, que estaba lavando harapos que usaban como ropa en un cubo de agua igualmente sucia.

—¿Por qué?

—Porque así es más fácil controlarnos y saber también quién es fértil y quién no —rezongó su madre.

—Como si poner a un hombre y a una mujer a vivir en el mismo lugar fuese a provocar fertilidad —rezongó a su vez su padre.

Luz no entendía muy bien aquel tema, pero sabía que había cosas que pasaban en su casa que no se podían contar por ahí. Como las visitas del tío Andrés o de Lucinda y Ora, las amigas de su madre. Aunque Luz pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa revolviendo en la basura y buscando cosas útiles (e incluso inútiles, porque nunca se sabía para qué podría valer una etiqueta de plástico de las que había traído el mar en su día y que tardaban varios siglos en descomponerse), a veces llegaba a casa y veía a su padre desnudo con el tío Andrés, o a su madre «jugar», según le parecía a ella, con sus amigas Lucinda y Ora. Ella no le encontraba nada de malo, porque eran momentos en los que su madre y su padre parecían felices, igual que cuando le contaban alguna historia o le enseñaban la lengua antigua. Por eso no entendía por qué el tío Andrés no podía quedarse en casa a dormir, ¿qué problema había?

Tan solo las voces de algunas vecinas le recordaban el porqué.

—Menos mal que las Capitales vinieron a poner orden.

Luz escuchaba muchas veces escondida entre las montañas de cascotes de los edificios que habían ido cayéndose abandonados con el paso del tiempo.

—Menos mal que ahora las cosas son como dios manda, un hombre y una mujer e intentar tener hijos.

—¡Figúratelo! En los tiempos que corren, sería el colmo. En vez de procrear, dejarse llevar por el vicio.

Las vecinas chasqueaban la lengua, reprobatorias.

—Estoy segura —cuando comentaban estas ideas bajaban siempre la voz— de que en las Capitales no hay más que degeneración y gais y lesbianas venga a secuestrar mujeres, mujeres de las nuestras, para que les produzcan su descendencia.

—¡Degeneración!

—Sí, seguro que secuestran a pobres parejas heterosexuales.

Su madre, las pocas veces que estaba presente, intervenía.

—Como si allí no hubiera la misma normativa que aquí.

—Pues en las realidades virtuales aparecen muchos invertidos, viciosas… —replicaba otra vecina.

—Sí, mientras sigan el mismo patrón de estar por pares en las casas, bajo férreo control, todo va bien.

Y su madre solía marcharse molesta. Tendría que verlas luego en la mina, así que mejor no hablar de más.

Cuando presenciaba estas escenas, Luz entendía por qué su madre no se relacionaba mucho con el resto de la gente, exceptuando con sus amigas. Y su padre, exceptuando con el tío Andrés, tampoco.

—Si no han aprendido ya que reproducirse no tiene nada que ver con la heterosexualidad, mal van. —Se reía el tío Andrés cuando se quedaba en casa durante el día.

—¿Y con qué tiene que ver? —preguntaba Luz.

—En las Capitales, tiene que ver con explotar el cuerpo de una persona que tenga ovarios y útero funcionales. Hoy en día a veces solo útero. Y luego una intervención para mejorar cualquier esperma y… ¡voilà!

El tío Andrés, que en realidad no era para nada tío de ella en el sentido en que usaban el término otras personas, había sido científico antes de las grandes pandemias. Luego se había quedado sin trabajo cuando se distribuyeron las zonas de producción y funciones mundiales, cuando se limitaron los movimientos desde los Recunchos todavía más que antes, acogiendo zonas que antes recibían a personas de otros lugares. Había intentado hacerse agricultor, pero la degradación de la tierra no le había permitido mantener mucho tiempo su actividad. Aquí se dependía de la ayuda alimentaria que la Capital del Oeste enviaba en barcos y por la que había que pelear y luego preservar durante muchos días sin que se pudriera. O comérsela podrida al final. Ahora el tío Andrés estaba inmerso en el comercio ilegal del cobre que iba desmontando de instalaciones. Cada vez quedaba menos.

A Luz le gustaba mucho hablar con él. Le hacía preguntas y él la animaba a buscar la respuesta.

—¡Soy una niña! —decía Luz convencida.

—¡Tú qué vas a ser! ¡Eres una corriente eléctrica! —le tomaba el pelo él.

—Claro, pero también soy una niña.

—¿Por qué lo dices? —la retaba el tío Andrés.

—Porque… porque… —Luz no sabía qué responder.

Recordó las respuestas de las vecinas: porque tienes vagina, porque llevas el pelo largo, porque eres sensible, porque tienes el potencial más grande, el de ser mamá. Pero ella sabía que el tío Andrés también tenía vagina y era un hombre, que su padre y muchos otros hombres llevaban el pelo largo, que muchas personas con vagina no eran mamás de nadie. Aquello no encajaba por ninguna parte.

—Mira, Luz —le había dicho un día el tío Andrés, antes de desaparecer—, te voy a contar un secreto. Pero será entre tú y yo, ¿sí?

Luz asintió.

—Todo ese rollo de ser hombres y mujeres es un invento. Un engaño para controlarnos. Las Capitales necesitan que la gente encaje en esas cajitas. Necesitan a cada persona bien definida. Las cajas son como las cadenas que ahogan. Antes de que tú nacieras, mucho antes, determinaron que nuestras culturas, en las que no nos relacionábamos de esta manera en parejas, eran primitivas y nocivas. E impusieron normas para el control. La gente como yo puede ser un hombre teniendo vagina, como estoy seguro de que sabes, siempre y cuando siga siendo un hombre, siempre y cuando no pongamos en duda que solo hay dos maneras de encajar en la sociedad, de crear parejas, de buscar la reproducción. Todo lo que escuches sobre este tema, como buena científica, habrás de ponerlo en cuestión. Pero no lo hagas públicamente, porque es peligroso, ¿entendido? Si tienes dudas, me las preguntas a mí, ¿de acuerdo?

Luz asintió. Y desde aquel día buscaba con frecuencia al tío Andrés para que le explicase todas aquellas cosas que escuchaba, todos aquellos documentales de la realidad virtual que decían que las mujeres eran de un modo y los hombres de otro, que ciertas características físicas casaban indefectiblemente con valores, actitudes y visiones de la vida. Todo «según la ciencia». Las evidencias se referían al tamaño del cerebro y hasta de los pies, la unificación de conductas por si los genitales estaban dentro o fuera del cuerpo, por hormonas que solo se medían en unos cuerpos y no en otros. «Las evidencias son indiscutibles», decían las voces de la realidad virtual, «por eso la distribución en dos géneros es lo connatural al ser humano y debe promoverse, manejando con cuidado las aberraciones biológicas». El tío Andrés desmontaba todos aquellos pseudoestudios y Luz ansiaba verlo. Hasta el día que dejó de venir. Hacía unos dos años de ello.

Su padre había perdido desde entonces un cierto brillo. Su madre también. Le explicaron, en voz baja, que había sido atrapado por el SVM por negarse a convivir con la persona que le habían impuesto. Con la mujer que le tocaba y que, en su caso, para promover la reproducción, tenía que tener un pene. Pero al tío Andrés nadie podía obligarlo a hacer lo que no quería. Así que lo detuvieron por incitar a la llamada «rebelión genérica», a negarse a encajar, un crimen importante.

—¿Va a volver? —preguntó Luz, triste.

—No creo, mi niña —le dijo su madre, bajito.

Solo tiempo más tarde escucharía a las vecinas decir que la gente que cometía ese crimen era castigada pasando a formar parte de la población de investigación, gente sobre la cual se hacían experimentos «para el avance de toda la humanidad», «para el bien común».

Lucinda y Ora también dejaron poco a poco de venir por la casa, los rumores eran demasiado fuertes y la ausencia del tío Andrés demasiado marcada. Cuando Luz les preguntó a sus padres, su madre contestó:

—No hay nada malo en querer a más de una persona, al contrario.

—Entonces, ¿por qué os escondéis? —Ella seguía sin comprender.

—Porque hay gente que, por necesidad, busca delatar a personas como nosotras para poder vivir mejor.

—¡Gente mala!

—No sé, hija. La necesidad lleva a las personas a hacer cosas impensables y horribles.

—Y para ti ¿qué es vivir mejor? —preguntó Luz de forma inocente.

—Pues tener algo que darte de comer cada día. No vivir con la angustia de no poder cuidar de ti. Que el mundo se haga inhabitable. Que te pase algo malo. Que te hagan daño. Las palabras de su madre parecían tener poco que ver con la idea que vendían las realidades virtuales de lo que era una vida mejor. Básicamente, no vivir en un Recuncho, sino allá donde se hablaba la mejor variedad de la Lengua Única, sin bastardismos ni interferencias de todas las lenguas muertas que la habían precedido. Era, según los anuncios que emitían en el Recuncho en el que vivía Luz, un mundo de color, bienestar y salud. Todo aquello de lo que ella carecía. Parecía que las imágenes eran contradictorias: lo que le contaban su madre y su padre y lo que aparecía por la tele no tenían nada que ver. En cualquier caso, ella nunca llegaría allí, nunca tendría las vías científicas para comprobar quién decía la verdad. Lo único que podía garantizar llegar a ellas era la Lotería de la Fertilidad y, desde que se había puesto en marcha el sistema, nadie del Noroeste había ganado.

Por eso cuando cumplió doce años y la convocaron, sus esperanzas eran muy escasas. A su dispositivo móvil había llegado un mensaje explicando que un equipo de la Capital del Oeste se aproximaría a su Recuncho a hacerle unas pruebas a ella, la única adolescente del lugar, para comprobar si tendría capacidad para reproducirse. Su madre la había tenido antes de que se implantase la medida, así que nadie sabía qué pasaba si por alguna extraña razón daba positivo. La promesa era llevarse a la menor a la Capital, a un mundo mejor y lleno de posibilidades.

Luz sentía un remolino de impresiones en su interior mientras caminaba hacia el vehículo, que parecía salido de otro planeta, al igual que quien la escoltaban. Sus dientes eran blancos, su piel hidratada, su cabello lustroso. Nunca había visto en persona a gente así. Tampoco había visto aquellos instrumentos, aquellas agujas, aparatos, luces. Tanta electricidad en un único habitáculo. En su Recuncho, la electricidad estaba totalmente restringida porque eran las supercomputadoras de la mina de bitcoins las que necesitaban este recurso mucho más que las personas.

Ni hospitales, ni vacunas, ni radiadores, ni ventiladores, ni ordenadores en las casas. Solo los pequeños dispositivos de control con baterías de alta eficiencia que la gente tenía la obligación de cargar en las dos horas diarias de corriente que se les permitía a los hogares a última hora de la tarde para cumplir con la obligación de estar siempre conectados. Con el descenso de la población en la última pandemia, aún podían quemar materiales de las casas deshabitadas para cocinar. Ruinas de un pasado que todavía demasiadas recordaban.

—Pudimos haberlo tenido todo. —El lamento en la voz de su madre era infinito.

—¿Y qué pasó? —preguntaba Luz de pequeña.

Su madre nunca era capaz de contestar a la pregunta.

En el interior de la furgoneta brillante, Luz, con sus doce años y la regla recién estrenada, rumia todas estas cosas.

—Ya que haya llegado a esta edad con las condiciones en las que viven es un milagro —comenta una de las dos personas enviadas al Recuncho desde la Capital del Oeste a hacerle la prueba.

—Sí, pero una cosa es sobrevivir-se y otra reproducir-se —indica la otra, y las dos se ríen de la broma.

—En estos sitios subdesarrollados cada vez les viene la regla antes. ¡Qué asco!

—Ya se sabe, seguro que se pasan el día intentando reproducirse para llegar a las Capitales. Siempre aprovechándose del sistema de bienestar.

—Ponte ahí.

Aquellas dos personas con sus escafandras, con agujas e instrumentos, le piden que se eche ahí, que ponga el brazo en este lado, que abra las piernas. Le hacen daño y la tocan en lugares que no sabía que existían. Hacen comentarios como: «Debemos lavarla primero» o «Qué peste» o «Esta no va a valer para nada» y como todo el mundo habla ahora un único idioma, Luz sabe lo que dicen sin entender muy bien por qué lo dicen.

Cuando por fin termina aquel suplicio, tiene que quedarse sentada en una silla blanca. Espera a que le digan que puede marcharse, quiere ir a ver a su madre y a su padre y contarles lo que ha pasado y volver a su vida de ir de casa en casa recogiendo restos para cocinar.

Espera con angustia cuando una de las personas, ya sin escafandra, entra en la salita con un cierto gesto de sorpresa en la cara blanca y pintada. Es una mujer de cabello vivo y rubio.

—Has dado positivo. Has ganado la Lotería de la Fertilidad. Debes venir con nosotras a la Capital del Oeste.

Luz abre la boca porque quiere decir algo, pero no es posible. Nota un cierto mareo y una sensación desconocida.

—Sí, para quien nunca ha hecho viajes supersónicos, el primero es algo desagradable. Te vamos a dar un sedante y, cuando despiertes, estarás en la Capital del Oeste y podremos desinfectarte como es debido.

Y antes de que Luz pueda decir nada, pueda gritar que quiere despedirse de sus padres, que no quiere ir a la maldita Capital del Oeste, ya el mundo se ha hecho un borrón negro en el que no se puede pensar ni hablar.

AÑO 50 d. G.D.

Tassi

Día 10 de travesía

En el silencio de la noche, escucho con atención. El caer de otro cuerpo como la fruta madura. Otro ser desechable en las profundidades del abismo. No importa si ha sido la enfermedad o la atrocidad, las manos que tiran ese peso sabemos perfectamente de quién son. No las literales, obviamente, para eso están las nuestras, sino las manos que han pensado, robado, que nos han traído hasta aquí, raíces podridas de plantas venenosas. ¿Todo para qué?

Lejos del aroma de la hierba mojada y de la tierra seca. Lejos de las nubes que arrojan sombra. En reclusión en mar abierto. Porque estos seres que nos han apresado, golpeado, arrastrado, se piensan que nuestra historia comienza aquí. Que antes no existíamos. No saben lo que les va a costar su error.

Nos llaman animales, como si eso fuera algo malo. Como si todas las lecciones necesarias para la vida no estuvieran contenidas en esas palabras. Olvidan, porque no los conocen, que los animales son verdaderamente libres y salvajes. Que no hay fuerza que pueda contenerlos. Ignoran que, en nuestro caso, todavía convivimos con ellos y que aprendemos de todo lo que hacen. Que, igual que los animales que algún día estos seres domesticaron, en nuestro caso solo mantenemos la contención de este cautiverio por necesidad, como el matorral que bordea el bosque para acompañarlo. Porque de romper los grilletes pondríamos en peligro a quien se ha quedado atrás, el mundo que protegemos. Pondríamos en peligro la vida que teníamos antes de que nos metieran en este barco y a la que queremos volver.

Seh-Dong

Día 15 de travesía

Tassi dice que no tiene sentido que esté así, pero yo me siento como el último león del cabo observando su final. ¿No éramos quienes debíamos guardar el barro de la vida? Podemos con cualquier bípedo, tenemos la fuerza del rinoceronte negro. O eso es lo que nos contaron los seres Que Tienen La Memoria. Sobre todo QTLM-Shewa, que a menudo me recordaba lo que Luz Divina dejó dicho mientras yo le recitaba la lista de especies extintas: «No hay fuerza humana ni enfermedad que pueda destruiros».

Pero aquí estamos. Porque Luz Divina también dejó dicho que mantuviéramos nuestra unidad para no perecer. Mas parece que al final, como gacela roja que huye del rebaño, olvidamos lo más importante. Tanto canto a la memoria para luego olvidar lo principal. Porque fue así como nos atraparon. En soledad. Tres. No sé cómo lo consiguieron, pero así fue. El recuerdo de mi captura todavía hace que mi interior se revuelva como estornino rodericano. Fuera de nuestro espacio seguro, ¿qué podemos hacer? ¿Qué valemos aquí si no es la supervivencia de quien se ha quedado atrás?

Siento la derrota de quien se creó para luchar y defender la vida. Para ocultar nuestra existencia hasta el momento preciso, como dejó dicho Luz Divina. Pues ahora ni eso es consuelo. Ni eso vale de nada.

—No podemos hacer tal cosa. —Tassi casi entró en pánico cuando Dandara sugirió que nos multiplicásemos y tomásemos el barco.

Dandara es todavía demasiado joven, como un lémur perezoso que avanza por una rama con lentitud y que no sabe que solo podemos reproducirnos así en nuestro espacio natural; dudo mucho que la cosa funcionase en este barco horrible que nos conduce por encima del Mar de Plásticos a no sabemos dónde.

El pánico de Tassi tenía que ver también con que alguien pudiera escucharnos y comprender lo que somos. Tuvimos la suerte, que no llego a entender, de que nos clasificasen entre eso que llaman «mujeres» y nos dejasen movernos más o menos libres por la cubierta. Tenemos trabajos asquerosos, como preparar eso que llaman «comida» o bajar a atender a ese otro grupo que llaman «hombres» y que están sujetos con grilletes. De vez en cuando suben ese montón de cuerpos a la cubierta para hacer ejercicio, pero aun así mueren como moscas. No podemos arriesgarnos a que nos manden abajo. Mucho menos a que caigan en la cuenta de lo que somos. Pero quién sabe si esta gente sabrá nada. La Gran Desconexión extinguió todos los dispositivos de memoria. Aquellas cosas de las que ya solo quedan las viejas palabras: libros, ordenadores, papel, discos, cintas, cedés, cables, corrientes, wifi. La Gran Desconexión. El Gran Cataclismo.

«Y en el espacio siguen

girando solitarios

los satélites

sin nada que comunicar».

Esto dejó dicho Luz Divina. Y de vez en cuando cae alguno. Lo notamos por la agitación que provoca en el agua de la vida.

Creo que fue precisamente un cataclismo de este tipo lo que permitió que entrasen los seres metálicos a través de la membrana que protege nuestro mundo, aquella que dejó instalada Luz Divina hace ya tanto tiempo… La Luz Divina, la Luz Creadora. Que nos dejó la tierra protegida donde todavía hay agua y suelo con los componentes que nos hacen falta para la reproducción, para poder cortar un órgano y plantarlo, para que brote un ser. Un ser invencible para hacer frente a los humanos, pero que terminó preso de ellos en este barco de deshechos que vaga por el Mar de Plásticos, entre el cascote y la oscuridad gris. Un ser derrotado como un elefante que quiere ponerse en pie.

Diario de Luz Divina

Cuanto más avanza el proceso, mayor es mi miedo a las repercusiones. Curar el mundo. O dejarlo morir. ¿A costa de qué? ¿A costa de quién?

Observo los órganos que hice brotar el lunes y espero que sean capaces de darme la respuesta. Sabiendo, finalmente, que la respuesta, en realidad, está en mí.

Jenny

Día 15 de travesía

No entiendo su lengua. Observo sus cuerpos. Me asombran. Estas mujeres altas y fuertes. Tan jóvenes. Tan… intactas. Su piel brillante, sus músculos perfectos. Las tres tan diferentes. Perfectamente conformadas. Tassi, esbelta y con largas piernas, las manos poderosas, el cabello enredado en cuidadas rastas. Seh-Dong, siempre meditabunda, su cuerpo compacto y resistente de anchos huesos. Con cada paso parece pegarse al suelo que pisa, indestructible a pesar de su gesto perennemente enfadado.

Las observo y me miro en ellas. No entiendo de qué mundo provienen. A fin de cuentas, yo no conozco más que el mío. La piel arrugada y la descendencia que nace deforme. Los golpes, el hambre y el terror. Lo que había en casa y la prolongación de este barco que nos lleva a vivir más miserias. Por eso huimos con los cantos de sirena de un mundo mejor. ¡Qué mala es la esperanza! En la búsqueda del paraíso, aquí terminamos.

Mi piel y mi cuerpo chupado de respirar aire contaminado y comer cenizas me marca como hija imperfecta de la Gran Mutación. Del momento en el que los seres humanos dejamos de poder vivir en la Tierra y nos convertimos en residuos. No todos, parece ser, pero sí la mayoría. El agua que bebemos nos mata. La tierra produce veneno. Nuestros cuerpos enferman y tal vez en otra época antes de la Gran Desconexión se podían curar. Ahora no.

Donde yo vivo no crece nada. Los únicos animales que sobreviven son los insectos. Pronto serán devorados por las bacterias que la masa humana y gris producimos. Por lo menos en este barco el movimiento agita el aire y lo hace aparentemente respirable. A pesar de la superficie plástica por la que nos movemos. Sobre todo cuando me pongo al lado de alguna de las tres. Entonces parece que respirar se hace más fácil.

Prefiero pensar en estos pequeños consuelos que en todo lo demás. En mi hermano Ruben que está enfermo. Uno de los motivos que me llevó a emprender la marcha. ¿A dónde vamos en realidad? No lo sé. Y no me importa.

Cuando llegamos, a él se lo llevaron abajo. Necesita salir a la sobrecubierta y medicamento. Miro a estas mujeres de ébano. A ellas no se atreverían a hacerles lo que me hacen a mí. No se atreverían a meterlas en el camarote de Augustus Paul Kennedy Trump. No se atreverían a agarrarlas, a ahogarlas, a empujarlas contra la mesa, con la cabeza golpeándose contra el plástico macizo, y a romperlas por dentro. No pensar en el cuerpo, en el dolor, en el pánico, en la impotencia y en la posibilidad de parir un hijo deforme como los que ya murieron allá en el Gran Agujero del que provengo. Por fortuna, la Gran Mutación mantuvo a la mayoría estéril o productora solo de engendros que no sobreviven. Pero no hay manera de saber el resultado. A fin de cuentas, mi madre nos tuvo a mí y a Ruben. Y Augustus Paul Kennedy Trump tiene una hija. Una hija un poco menor que yo. Una hija de dieciséis años que espera al otro lado de la travesía. Porque mientras él me viola, él y los