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¿Qué pensarías si la tecnología, por medio de sus avances, diera el siguiente paso en su evolución? ¿Qué ocurriría si tus deidades se transforman y mutan, a algo diferente, pero a su vez… tangible? En un futuro donde la tecnología y la espiritualidad convergen, Anton Millaf, un brillante científico chileno, crea junto a su equipo una inteligencia artificial avanzada. Ellos se encuentran en el corazón de una trama que podría redefinir la humanidad y sus valores, tal como los conocemos. Esta narrativa profundamente original fusiona el suspenso tecnológico con el lirismo evocador, invitando al lector a una reflexión sobre el papel de la tecnología en nuestra evolución espiritual y moral. ¿Hasta dónde estás dispuesto o dispuesta a ir en tu búsqueda de conocimiento y poder? ¿Y a qué costo? Código Redención no es solo una historia de ciencia ficción; es un espejo en el que se reflejan nuestros miedos y esperanzas más profundos en la era digital. Una exploración audaz del alma humana en el crisol de la tecnología avanzada.
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Seitenzahl: 487
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Marko
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-611-3
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Para Tamy…
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El helicóptero oscilaba en el aire mientras el ruido ensordecedor de las hélices inundaba la cabina. El mayor Mitchell, de mirada fría y decidida, enfrentaba al prisionero esposado, cuyos jadeos entrecortados no podían ocultar su terror.
—¿Dónde está el doctor Millaf?— insistió el mayor, con voz dura y amenazante que envolvía al prisionero en un electrizante escalofrío.
El prisionero, empapado en sudor titubeó antes de responder.
—Y-ya sabes que no lo sé, no tengo esa información— balbuceó con voz temblorosa, la pérdida de sangre lo hacía extremadamente vulnerable.
El mayor, impaciente, apretó los puños con furia contenida. Sus ojos se clavaron en el prisionero, reflejaban una determinación despiadada mientras disfrutaba de sus pensamientos oscuros. «Ese maldito doctor tiene la llave de mi liberación, lo capturaré a cualquier costo», repetía en su interior.
—Ya hemos perdido demasiado tiempo ¿crees que puedes engañarme? ¡no toleraré más mentiras! no volveré con las manos vacías, hay demasiado en juego— gruñó con una voz que resonó en los oídos del prisionero, como el eco de una sentencia de muerte.
—¡No te lo diría aunque lo supiera, maldito imbécil! soy solo un programador freelance. ¡No tengo acceso directo a quienes dirigen el proyecto!— su voz era un susurro débil, pero cargado de valentía.
El mayor soltó una risa cruel, llena de desprecio. Se deleitaba con el tormento del prisionero. Descargar su frustración en el agobiado programador le proporcionaba alivio, liberación e incluso placer.
—Inútil, ya no me sirves— dijo con una sonrisa siniestra, ultimando meticulosamente sus siguientes movimientos. El prisionero, desesperado, gritó con todas sus fuerzas.
—¡No..., por favor, NOOO!
El mayor, con frialdad descomunal, se deshizo de él expulsándolo hacia el negro vacío de la noche. El grito desgarrador del hombre se desvaneció rápidamente en la distancia.
El mayor, jugando a ser Dios con ojos perdidos y sonrisa desquiciada, observó cómo la figura se esfumó en la penumbra como si nunca hubiera existido.
La caza por el creador de la IA más avanzada jamás conocida, cobraba su primera víctima y no será la última.
45 días antes
I
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El Dr. Anton Millaf escuchó un ruido familiar fuera de su laboratorio, se acercó a la ventana y a través del cristal observó cómo los estudiantes, cubiertos con paraguas, se apresuraban a resguardarse de la débil lluvia que caía en esa tarde de abril.
«¿Por qué corren?», se preguntó para sí mismo con una leve sonrisa curiosa en sus labios.
«Es sólo una pequeña lluvia». Para él, esa llovizna apenas era una caricia del cielo.
La lluvia despertó en Anton recuerdos lejanos de su querida Araucanía. Nueva Imperial era una tierra donde las precipitaciones eran tan persistentes y largas que la gente simplemente seguía adelante con sus actividades diarias, sin prestarles ninguna atención. Esas lluvias eternas evocaban una sensación de familiaridad y serenidad en su corazón.
Rememoró las discusiones interminables que sostenía con su madre, cuando de niño regresaba de la escuela y ella cuestionaba si era prudente saltar sobre los charcos de agua que se formaban en el camino. Esas disputas, aunque siempre perdiera el debate, eran un deleite para él.
Desde temprana edad, Anton había aprendido a apreciar el arte del debate y a defender sus puntos de vista, incluso cuando ya se vislumbraba la derrota.
Sin embargo, era difícil no recordar en aquellos días de lluvia sus calcetines empapados y su abrigo goteante secándose posteriormente en el cálido abrazo de la cocina a leña, dejando atrás las marcas de su intrépida travesía bajo la lluvia implacable del sur de Chile.
Los paisajes verdes, rebosantes de vida, siempre ejercieron un poder liberador en el corazón de Anton. Por alguna razón, nunca se sintió completamente en sintonía con su familia, a pesar del amor que le profesaban. No era la falta de afecto lo que lo distanciaba, sino más bien su pensamiento crítico además de su creciente cuestionamiento filosófico sobre su cultura ancestral, creencias y deidades.
Esas diferencias ideológicas lo mantenían lejos, ensimismado y ajeno a los propios intereses de un niño normal a su edad. Más bien parecía la renuncia precoz al dulce sabor de la infancia, y la bienvenida a la tormentosa realidad de las dudas e incertidumbres, en un ambiente limitado y carente de respuestas.
Los debates se convirtieron en una herramienta fundamental para Anton, una forma de mantener su mente activa y crítica. A través de esas discusiones apasionadas, encontraba la oportunidad de expresar sus puntos de vista, desafiar las normas establecidas y adentrarse en un mayor entendimiento de sí mismo y del mundo que le rodeaba.
Sin embargo, en un contraste intrigante, Anton también experimentaba un profundo afecto y respeto por las enseñanzas arraigadas en sus raíces culturales.
Con el paso de los años, esa efusividad y ansias irresistibles de niño de conocerlo todo, fueron transformándose en humildad y paciencia. Se decía a sí mismo: «Ya habrá tiempo…». Cada pregunta que formulaba y cada respuesta que obtenía en sus investigaciones, eran hilos que tejían el tapiz en constante evolución de su identidad.
El Dr. Anton Millaf comprendía que su fascinación por la lluvia, sus charlas apasionadas y su necesidad de encontrar respuestas, todo se entrelazaban en su ser. Era esa búsqueda incesante de conocimiento y esa valentía para desafiar los convencionalismos lo que lo llevaba a nuevos horizontes, donde las ideas florecían y los límites se desdibujaban.
Sabía por ende que su camino estaba destinado a ser solitario en muchos aspectos, pero también entendía que esa soledad era un precio pequeño a pagar por la libertad de explorar la riqueza de su propio universo interior.
Así, mientras el sonido de la lluvia persistía en el exterior, Anton se sumergió en los recuerdos de aquel niño empapado por la lluvia, un niño que siempre se debatió entre su amor por la naturaleza y la eterna contradicción entre su cultura ancestral y su intelecto ávido de conocimiento.
En ese instante, una profunda sensación de nostalgia se apoderó de él, como una ola que lo transportaba hacia el pasado, recordándole las dificultades que enfrentó aquel joven en su camino.
La lluvia dibujaba hermosos afluentes multicolores en el cielo, invitando a navegar por ellos al mundo de las nubes. Anton disfrutaba de aquella visión tal como lo hacía de niño, imaginando que aquellas manifestaciones de colores eran señales del universo que le mostraba atisbos de esperanza.
La puerta del laboratorio se abrió de par en par en un estruendo, rompiendo de golpe el hilo de los pensamientos de Anton. Con un salto, se dio cuenta de que era Karen, empapada por la lluvia, quien había entrado.
—Hola jefe...— saludó mientras lo observaba. Anton sorprendido, preguntó.
—¿Pequeña? ¿qué haces aquí?
A pesar de estar mojada, su rostro estaba iluminado por una sonrisa que era difícil de ignorar. Karen era la ayudante más cercana del Dr. Millaf, una brillante desarrolladora de software que colaboraba con él en la programación avanzada en Python para los esquemas de inteligencia artificial.
Aunque siempre había deseado ser parte estable del equipo de Anton, su carácter reservado y dificultad para socializar habían creado cierta distancia entre ellos.
Al principio, Karen no entendía las razones del doctor para no formar con ella un equipo de trabajo estable y compartir así todos los detalles del proyecto. Sin embargo, esas preocupaciones habían quedado atrás, ocupando así toda su concentración y capacidades en el trabajo de codificación. Aunque trabajaba en módulos inconexos, era lo suficientemente brillante como para comprender que trabajaban en algo único y fascinante.
Las normas de seguridad que rodeaban el proyecto siempre eran tema de conversación entre Karen y Anton. Él le solía decir.
«Karen, es por tu seguridad. No necesitas conocer todos los detalles para hacer tu magia de pequeña brujita brillante. Eso te pasa por ser tan inteligente. ¡Ya deja de quejarte!».
Karen conocía cada palabra de esa respuesta, pero disfrutaba escucharla una y otra vez.
—Pequeña, por cierto— dice Anton.
—¿Cuántas veces te he dicho que no me llames jefe?
Karen, mientras limpiaba las gotitas de agua de sus lentes, le responde con un toque de ironía.
—Bueno, jefe, no tengo una respuesta exacta, pero puedo darte una aproximación calculando la probabilidad...— Anton la interrumpe con un suspiro.
—Karen, ya sabes que es una pregunta retórica.
—¿En serio?, si no me lo dices estoy lejos de enterarme— dice Karen guiñándole un ojo.
—Pero hay asuntos más importantes que discutir, señor— se apresura a decir, antes de que Anton pudiera abrir la boca en un intento de respuesta, a su extraño sentido del humor.
—¿Cómo se siente ganar el premio nacional de innovación?— pregunta Karen con entusiasmo. Anton, mirándola con cariño, comprende su legítimo orgullo por el progreso que lograron en la investigación, se preparaba para responderle. Sin embargo, ella lo interrumpe una vez más.
—Lo sé, lo sé. No necesitas decirlo, Anton. Sé que no podrías haberlo logrado sin mí y bla bla bla… Es hermoso, gracias— dijo con un tono sarcástico.
Karen, una joven de 22 años con largo cabello rojo, amaba la tecnología por encima de todo, excepto quizás por su gato Lucifer. Le comentó una vez a Anton que lo bautizó con ese nombre debido al desastre que encontraba cada día al llegar a su departamento. Ella solía decir que el comportamiento de su amado gato se debía a que el diablo lo había acariciado en la barbilla, personalmente.
Criada en un entorno privilegiado como hija de una pareja de doctores, su madre en medicina y su padre en economía, Karen creció inmersa en conversaciones de alto contenido intelectual que no conocían límites. Este ambiente rico en información no impuso presiones ni convencionalismos que pudieran interferir con su libre pensamiento. Los padres de Karen siempre se aseguraron de ampliar sus horizontes intelectuales, deseando que su hija se desarrollara en un entorno lleno de oportunidades, que ella misma elegía en función de sus intereses y gustos académicos.
Gracias a esta crianza, Karen disfrutó de una infancia y adolescencia sin sobresaltos, marcada por notables logros académicos. Avanzó rápidamente en su educación escolar, saltando varios cursos y accediendo a la universidad a la temprana edad de quince años. A los veinte, obtuvo su primer título y a los veintidós completó exitosamente una Maestría en Desarrollo de Software.
Como era de esperar, Karen destacaba por su capacidad intelectual y su amplio bagaje cultural. Siempre privilegiaba el razonamiento lógico por encima de los paradigmas dogmáticos de la fe. En su carrera profesional, encontró un éxito destacado en un corto período de tiempo, y de pronto se vio colaborando con uno de los doctores más prominentes del país en un proyecto único en su clase.
—Karen— dice Anton calmado, con su acostumbrada mirada cargada de seriedad.
—Es importante que entiendas que ganar ese concurso en este momento no tiene un significado especial. Aunque hemos avanzado en nuestra investigación, sabemos que aún no podemos considerarla completa.
»Nos encontramos en una etapa experimental, y si bien hemos obtenido algunos resultados prometedores, todavía carecemos de los antecedentes concluyentes necesarios para evaluar plenamente su aplicabilidad en un escenario real— Anton pausó por un momento reflexionando sobre las complejidades de su trabajo y cómo explicarlas de manera clara y contundente. Luego continúa diciendo.
»El verdadero desafío que enfrentamos ahora radica en el manejo de la información. No se trata solo de recolectar y procesar datos, sino de comprender cómo dicha información es consumida e interpretada por los diferentes componentes del sistema. Solo cuando logremos dominar ese aspecto, podremos asignar y determinar el peso ponderado adecuado a nuestro modelo y fórmula, lo que permitirá una toma de decisiones consciente...
Mientras las palabras fluían de sus labios, Anton se detiene abruptamente. La seriedad en su rostro se transforma en una expresión de introspección profunda. En ese instante, se dio cuenta de que había dicho más de lo que tenía previsto.
Un sentimiento de inquietud se apoderó de él al reflexionar sobre su comportamiento. Durante mucho tiempo mantuvo una postura rigurosa y controladora en relación con cada detalle de su investigación. Ahora comprendía que su actitud podría acercarse peligrosamente a la paranoia.
Sin embargo, la razón detrás de su cautela estaba arraigada y fundamentada en un genuino temor por las implicaciones de lo que estaban desarrollando. Desde las primeras etapas del estudio, había sido consciente de cómo su proyecto podría ser mal utilizado si caía en manos equivocadas.
El uso y control de la información siempre se ha caracterizado por decantar en cuotas inusitadas de poder. Esta realidad se hizo palpable cuando decenas de corporaciones, tanto nacionales como extranjeras, se acercaron a Anton con una serie de propuestas tentadoras. Desde la compra de su estudio hasta jugosos contratos de cooperación, innovación y desarrollo de nuevas tecnologías, incluyendo, por supuesto, la tan codiciada inteligencia artificial.
Inicialmente, las negociaciones reflejaban un tono formal y cortés, pero a medida que las negativas de Anton se acumulaban en los correos electrónicos corporativos, el ambiente comenzaba a cambiar drásticamente.
La ansiedad comenzaba a adueñarse de los remitentes de aquellos mensajes y, en ocasiones, la rudeza se hacía presente en sus estrategias comerciales con el simple fin de ganar.
Las corporaciones se encontraban en un estado de inquietud, incapaces de comprender la resistencia inquebrantable de Anton ante sus propuestas. El científico, consciente del potencial de su investigación y de las consecuencias que podrían derivarse de su mal uso, se mantenía firme en su decisión de mantener el control absoluto sobre la información que poseía.
Los emails llenos de presión y argumentos comerciales, estériles para su forma de ver el mundo, iban y venían, pero él permanecía inamovible. Sabía que detrás de esas ofertas tentadoras y promesas de éxito se escondían intereses ocultos y agendas desconocidas. No estaba dispuesto a permitir que su trabajo y los frutos de años de arduo esfuerzo cayeran en manos equivocadas.
Era plenamente consciente de que su negativa constante generaba tensiones y resentimientos, pero consideraba que el precio a pagar por mantenerse fiel a sus principios y proteger su trabajo, era un sacrificio necesario. Sus esfuerzos no estaban motivados por el deseo de acumular riquezas o de obtener reconocimiento instantáneo, sino por el compromiso de salvaguardar el simple hecho de ver en ejecución su proyecto en un ambiente libre de presiones y lejos de amenazas.
—Anton... ¡Anton!— Karen interrumpió su largo flujo de pensamientos.
—¿Dónde te has ido? has estado ausente en tus pensamientos más de lo habitual. ¿Hay algo que quieras compartir conmigo?— preguntó Karen, mostrando una genuina preocupación en su voz.
—Sí, discúlpame, pequeña— respondió Anton volviendo a la realidad.
—He tenido mucho en qué pensar últimamente. Pero quiero aprovechar este momento para agradecerte por tu impecable trabajo. Es cierto lo que dices, sin ti no podríamos haber avanzado hasta donde estamos. Eres un pilar fundamental para el proyecto...
—¡Ah! Claro pero, aun así, no soy un miembro permanente, solo soy un freelance— interrumpió Karen, dejando escapar un tono burlón en sus palabras.
—Otra vez con eso— dice Anton, en un suspiro, mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios. Luego agrega.
—Karen, sabes muy bien que tu papel va más allá de cualquier contrato laboral. Eres mucho más que un freelance en este equipo. Eres una compañera leal y una amiga de confianza. Tu dedicación y tus habilidades son invaluables para el éxito del proyecto. No puedo expresar con palabras cuánto valoro tu presencia y tu apoyo incondicional.
Karen quedó momentáneamente atónita por las palabras inesperadas de Anton. El silencio se adueña del ambiente, permitiendo que cada una de esas palabras resuene en el aire y se infiltre en todos los rincones de su ser. En ese instante ella comprende la profundidad de los sentimientos que Anton estaba compartiendo, algo que nunca había presenciado antes.
Sus ojos se encontraron, y en ese contacto visual intenso, Karen pudo ver una mezcla de vulnerabilidad y sinceridad en la mirada de Anton. Las barreras que los separaban se desvanecieron, permitiéndoles conectar de forma más profunda y auténtica.
El rostro de Karen se iluminó gradualmente con una sonrisa cálida y genuina. Era un gesto que reflejaba su aprecio y gratitud hacia Anton por abrirse de esa manera tan transparente. En su sonrisa, se podía percibir la aceptación y el entendimiento mutuo.
Con voz suave, llena de cariño, Karen finalmente responde, dejando que sus palabras fluyan como un susurro entre ellos.
—Gracias, Anton. Significa mucho para mí escucharte decirlo. Quiero que sepas que estoy comprometida con este proyecto tanto como tú. Juntos podemos lograr grandes cosas y superar cualquier obstáculo que se interponga en nuestro camino. Somos un equipo, y siempre estaré aquí para ti.
Anton asintió, con los ojos llenos de gratitud y admiración hacia Karen, siendo tan «pequeña» como él le solía decir, admiraba su pasión y entrega. En ese momento, sintió cómo el vínculo entre ellos se fortalecía aún más. La soledad que había sentido durante tanto tiempo empezaba a disiparse, dejando espacio para una conexión fraternal en alguien en quien sí podía confiar. Anton abrió instintivamente sus brazos y cobijó a Karen en un abrazo cálido y profundo.
En ese abrazo no eran sólo dos compañeros de proyecto; eran dos almas intelectualmente afines que habían encontrado en el otro un apoyo incondicional. Fue un gesto cargado de cariño, respeto y admiración mutua, un pacto silencioso que fortaleció su unión.
Desde ese día, ese abrazo fraternal se convertiría en el símbolo de su unión, transformándose en un bálsamo refrescante que los uniría de formas que ellos aún desconocían.
II
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El sol ascendía por encima de las imponentes nubes, bañando el centro de operaciones con sus primeros rayos dorados. El general Thompson se encontraba en su centro de mando, ansioso por la inminente llamada telefónica que sabía que recibiría. El ambiente se cargaba de tensión, mientras rumores sobre una nueva asignación despertaban en él una sensación incómoda y desconocida.
El estridente timbre del teléfono rompió el silencio de la sala. El general Thompson agarró el auricular con firmeza, apartando a los presentes con un gesto de desdén. La voz firme y autoritaria de su superior resonó potente en el auricular.
—General Thompson, aquí el alto mando. Tenemos una misión de vital importancia para usted.
El general Thompson apretó los puños, anticipando lo que vendría a continuación. Sabía que esta misión desafiaría sus creencias y lo llevaría a territorios desconocidos.
—Adelante, señor.
—Su misión será liderar la modernización de los sistemas lógicos de guerra electrónica, para alinearnos con los sistemas digitales tácticos de dispositivos no tripulados. Los avances tecnológicos han sido significativos en el área de operaciones furtivas remotas y necesitamos estar a la altura de nuestras nuevas adquisiciones. Inteligencia nos ha informado sobre los movimientos estratégicos de nuestros enemigos en este campo, por lo tanto, esta es una misión ultrasecreta que debe ser iniciada de inmediato.
El general Thompson sintió una mezcla de frustración y duda. La idea de abandonar los canales tradicionales para satisfacer las necesidades estratégicas de combate y adentrarse en la era digital, le resultaba a decir lo menos, incómoda.
—Con todo respeto, señor, tengo reservas acerca de esta misión. Mi experiencia y enfoque en las tácticas tradicionales me llevan a cuestionar la efectividad...
—¡General!— interrumpió el alto mando con voz decidida, haciendo imposible cualquier posibilidad de diálogo.
—Le recuerdo que, dada su situación, no está en condiciones de cuestionar sus órdenes. Solo le diremos que debemos adaptarnos a los avances tecnológicos para mantenernos un paso adelante. Confiamos en su liderazgo y habilidades para llevar a cabo esta misión sin errores. ¡Fallar no es una opción!— sin más, el alto mando finalizó la llamada.
El general Thompson suspiró profundamente, debatiéndose entre el deber y su intuición. A pesar de sus dudas, sabía que debía aceptar el desafío y superar el error del pasado que aún lo atormentaba. Colgó el teléfono con fuerza, murmurando para sí mismo. «¡Mierda!».
Permaneció allí, en silencio, sintiendo el peso abrumador de la responsabilidad y la incertidumbre que acompañaba a esta nueva misión.
La modernización de los sistemas lógicos de guerra electrónica era un territorio desconocido para él, y enfrentarse a sus propios límites se convertiría en una prueba tanto profesional como personal.
El general Thompson era un firme creyente en los pilares tradicionales de la disciplina y la obediencia, sin lugar para cuestionamientos ni interpretaciones, solo la estricta ejecución de las órdenes. No compartía conceptos como la vulnerabilidad o la debilidad, ya que para él eran sinónimos de fracaso, una situación inaceptable en su comprensión del ámbito militar.
Sentía un profundo repudio hacia los sentimentalismos y las demostraciones de dolor, lo que lo convertía en un ser salvaje, carente de empatía. Era un firme creyente en la victoria a cualquier precio, sin detenerse a considerar los efectos colaterales que pudieran derivar de sus decisiones y menos de sus acciones.
La situación dejó al general sumido en una profunda contradicción interna. Sus convicciones personales, arraigadas en una mentalidad militar de disciplina y obediencia inquebrantables, chocaron frontalmente con lo que acababa de presenciar durante la llamada con el alto mando.
Aquellos momentos de cuestionamiento de órdenes y propuestas de alternativas, que eran completamente ajenos a su experiencia previa en el servicio, sembraron la semilla de la confusión en su mente.
A lo largo de su dilatada vida militar, el general nunca había encontrado motivos para objetar o desafiar las directrices de sus superiores. Las palabras cuestionar y proponer, resonaban como notas discordantes en su mentalidad forjada en la rigidez y la disciplina ciega de la cadena de mando.
Sin embargo, aquella conversación trascendental, lo había cambiado todo. El desconcierto invadió sus pensamientos, poniendo en tela de juicio sus creencias grabadas a fuego en el rigor de la férrea jerarquía, de la que sin duda formaba parte.
Al reflexionar sobre lo sucedido, resultaba evidente que algo perturbaba su juicio. La coherencia que había caracterizado su trayectoria parecía desmoronarse, dejando espacio para la incertidumbre y la inseguridad. Sus convicciones se tambaleaban ante la inesperada disonancia entre lo desconocido y las dudas del pasado, que ya habían manchado irremediablemente su hoja de servicio.
En medio de esa disyuntiva interna, el general se encontraba en un territorio desconocido, un lugar donde las certezas que había sostenido durante años parecían repentinamente perder su valor. Sus pilares de disciplina y obediencia, en los que se había apoyado con firmeza, ahora parecían ceder ante una realidad más compleja y matizada, que se escapaba de su control.
La necesidad de comprender y asimilar esta nueva perspectiva se convertía en un desafío inmenso para su propia identidad. No sabía si debía cambiar, adaptarse y hacer ajustes en su modo de leer y entender la conducta militar, o si, por el contrario, el mundo militar ya había cambiado, dejándolo atrás, obsoleto y esperando su muerte en el mundo de las armas. Estas dudas lo acechaban, alimentando un sentimiento de inseguridad y de temor al fracaso.
En su interior, se debatía entre dos opciones igualmente desalentadoras. Por un lado, se encontraba el miedo a perder su lugar y ser reemplazado por una nueva generación de líderes que se adaptaran a los avances tecnológicos y al cambiante panorama de la guerra moderna. Y, por otro lado, existía el temor a abandonar sus principios arraigados y renunciar a su forma de entender la guerra, despojándose de su esencia y convirtiéndose en un mero ejecutor de las nuevas directrices.
En medio del vertiginoso torbellino de pensamientos, el general Thompson comprendió, con una punzante claridad, que se estaba convirtiendo en lo que más despreciaba: un militar vulnerable, desprovisto de respeto y envuelto en una maraña de inseguridades. Pero en ese fragor de pensamientos, con su conciencia vibrante y urgente, supo que esa es una oportunidad de resarcirse, debía actuar sin demora para escapar de lo que parecía inevitable.
Así, en lo más profundo de su ser, comenzó a forjar un plan audaz, alimentado por una convicción férrea y una determinación inquebrantable. Ya no luchaba por el ejército, por cumplir órdenes o por el bienestar de su patria. ¡No! Ahora, su único propósito era reivindicarse a sí mismo, honrar su nombre y liberarse de las ataduras gastadas y oxidadas, que amenazaban con sofocar su espíritu.
Decidido a todo, dispuesto a cruzar fronteras hasta entonces impensadas, el general Thompson se embarcó en una odisea personal de redención. Atrás quedaron los días de acatamiento ciego y sumisión absoluta. Ahora, cada paso que daba estaba guiado por el ardiente deseo de reconstruir su propio honor, de convertirse en un símbolo viviente de fortaleza y superación.
Nada ni nadie podría detenerlo. No había obstáculo lo suficientemente grande ni adversidad lo suficientemente desalentadora como para hacerlo titubear. Sabía que su viaje sería arduo y lleno de desafíos, pero estaba dispuesto a enfrentarlos todos con valentía. Desde lo más profundo de su ser, emergió una determinación indomable, una llama ardiente que iluminaba su camino y que lo impulsaba a seguir adelante, sin mirar atrás y sin remordimientos.
El general Thompson se adentró en ese territorio desconocido con el corazón en llamas y los ojos fijos en el horizonte. Ya no había vuelta atrás. Su misión era clara: restaurar su propio orgullo, afirmarse como un ser vigente y desafiar todas las expectativas impuestas sobre él. El honor ya no era un simple concepto, sino una fuerza motriz que lo impulsaba a superar cada límite impuesto y a enfrentar todas las sombras que amenazaban su legado.
En ese momento, el general Thompson se convirtió en su propio líder, en el artífice de su destino. Y, con cada fibra de su ser encendida, marchó hacia la batalla más trascendental que jamás había enfrentado; la lucha por su propia redención, la búsqueda incansable de la grandeza que sabía que había perdido, pero que estaba decidido a recuperar a cualquier precio.
III
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La humeante cafetera indicaba que el elixir de los desarrolladores, como lo llamaba Karen, ya estaba listo. El amargo pero sugerente aroma inundaba el laboratorio invitando a sus ocupantes a buscar una taza, o en el caso de Karen, un mug extragrande. Como de costumbre, es ella quien acepta primero la invitación.
—Jefe. Este café sabe horrible— dice Karen, cerrando los ojos y apretando los labios.
—Eso no te impide tomar tres litros al día, pequeña— responde Anton con un tomo burlón y mirándola divertido.
—Oye, jefe, no te rías, con este café me estas quitando años de vida. Mañana traeré otro— dice Karen con voz decidida.
—He escuchado el mismo reclamo cada mañana por dos años— Anton con una nueva sonrisa, mira a Karen con semblante relajado.
—Esta vez sí es cierto— dice Karen con una mueca entre disgusto y ardor, por la temperatura del café.
Luego de reír los dos divertidos, ambos se sorprenden al escuchar abrirse la puerta del laboratorio. Era Pedro, quien entra dando un largo paso.
—¡Maldito Uber!… le dije que tomara la otra vía, pero no, «Waze dice que esta es la mejor…bla bla bla»— termina diciendo con voz de minion.
—Linda mañana, ¿eh, cariño?— pregunta Karen con su acostumbrado tono sarcástico y perspicaz.
—No tienes idea— responde Pedro aún con voz de minion, besándola suavemente en los labios.
—Hola, Doc, ¿cómo estás?— pregunta a Anton.
—Oye, por cierto, muchas felicidades por la cosa esta… del concurso, es algo muy importante, creo, y… claro debes estar contento ¿no?— dice torpemente, mientras baja un par de centímetros para darle un abrazo desprolijo y un poco atolondrado a Anton.
—Muchas gracias, Pedro, si bueno… es algo que no se da todos los días— responde Anton, con una sonrisa incómoda mirando a Karen, quien observaba esa extraña escena, con ternura y con una sonrisa en sus labios.
Pedro era un tipo extremadamente alto y delgado, tanto que a veces parecía que sus piernas no serían capaces de sostener su peso. Sus capacidades y conocimientos en estructura de datos y bases de datos de alta disponibilidad eran suficientemente impresionantes como para ignorar los pantalones ajustados, piercings, camisetas de bandas de rock y melena abundante.
Karen, por otro lado, solía considerar el estilo de Pedro como una moda pasajera. Sin embargo, hace ya un tiempo entendió que era más probable que a ella empezara a gustarle Metallica, a que Pedro abandonara los bototos militares y las camisetas con agujeros.
Pedro era unos cuantos años mayor que Karen. Sin embargo, mientras Karen finalizaba sus estudios, Pedro estaba dando sus primeros pasos en el segundo año. Karen era reconocida por sus peculiaridades académicas, lo cual le había ganado una bulliciosa popularidad entre las chicas. Sin embargo, su belleza y su inteligencia imponente también intimidaban notablemente a los chicos.
Cuando Pedro la vio por primera vez, se enamoró al instante. No había lugar para dudas, ella era la mujer de sus sueños. Sus facciones delicadas, su cabello rojo que caía hasta la cintura, su mirada desafiante, pero con un atisbo de ternura, y su aura de inaccesibilidad, todo ello lo volvía loco. Se decía a sí mismo, con cierto toque de humor y humildad: «Al menos, con mi altura, sí podré alcanzarte...». Su movimiento en la fiesta de universidad fue muy sencillo, simplemente se acercó hasta que no hubo dudas de sus intenciones, y la besó tímidamente, pero con valentía, esperando como respuesta un golpe certero. Sin embargo, y lejos de su pronóstico, recibió como respuesta un beso decidido y lleno de intención, no dejando a la interpretación ninguno de los conceptos que deseaba transmitir. Karen solo dijo.
—Mucho gusto… soy Karen— él solo se quedó sin habla.
—Ya, amor, déjalo, se está asfixiando…— dice Karen para salvar a Anton de aquella incómoda situación.
—Oh, sí, sí— dice Pedro soltándolo bruscamente, y dándole un empujón, toma sus cosas y se dirige a su escritorio. Un «perdón» inaudible se dibuja en los labios de Karen, Anton asiente con un gesto divertido y despreocupado.
—¡Adivinen que!— dice Pedro emocionado cayendo pesadamente en la silla de su escritorio, mientras extrae su laptop de la mochila.
—He terminado de crear la nueva estructura de datos, para el entrenamiento de modelos, basado en la generación de datos sintéticos.
Karen mira a Anton perpleja, sin decir nada.
—¿Vamos, chicos, en serio…?— dice Pedro un tanto frustrado.
—¿De verdad no dirán nada? ah, claro, solo ustedes quieren ser los genios, está bien ya lo veía venir…
Anton se sumerge en sus pensamientos, mientras Pedro totalmente inocente de la profundidad de sus hallazgos, continúa quejándose. Ya sin escuchar nada más que su voz interna, Anton finalmente comprende la trascendencia del avance de Pedro.
Una chispa de emoción ilumina su rostro, mientras comprende que esa nueva estructura de datos es exactamente lo que necesitan para completar el análisis de la ponderación de la fórmula. Una sonrisa se forma en sus labios, anticipando el progreso que esta colaboración trae para el proyecto.
Sin embargo, su semblante cambia drásticamente y de forma repentina cuando en lo más profundo de sus pensamientos, ese instante de claridad se ve rápidamente eclipsado por la duda y un miedo incipiente.
Los viejos fantasmas de la preocupación emergen nuevamente, trayendo consigo sentimientos cargados de incertidumbre. A pesar del transcurso del tiempo y su dedicación a la investigación, estos sentimientos se convierten en inquietantes presagios de dolor, que resuenan en su mente con fuerza.
«Estamos más cerca» se repetía una y otra vez. Esas palabras resonaban en el aire con un solo desenlace, la culminación del proyecto. «¿Qué aguardaba al otro lado? ¿cuáles serían las secuelas y repercusiones? ¿cómo cambiarían las dinámicas y las presiones una vez alcanzado el objetivo?», pensaba Anton.
Eran interrogantes sin respuesta que se acumulaban, pero sorprendentemente no eran estas incógnitas, en realidad, las que le inquietaban. Había algo más, algo más profundo que emergía desde lo más íntimo. Un temor latente y difuso que advertía que lo que se avecinaba sería mucho más desafiante, sin saber cómo o de dónde venían esas ideas. En medio de la incertidumbre, esa sensación crecía, revelando sombras de un futuro incierto y lleno de dolor.
«¿Por qué...? ¿por qué siento este dolor en mi pecho, esta angustia? ¿qué significa? Esto no es normal, ¡está lejos de ser normal! ¿Es la consecuencia de ocultar mis secretos, la paranoia detrás de mis decisiones? ¿o es algo más profundo, una manifestación de mi inconsciente tratando de avisarme algo que no puedo entender? La incertidumbre me agobia, retumbando en mi mente como un eco sin fin. Me enfrento a mis propias sombras, interrogándome sin cesar. ¿Por qué esta sensación anormal? ¿por qué? Todo el mundo dice que eres un genio, ¡demuéstralo! ¿por qué no intuyes lo que ocurre? No eres más que un idiota, un idiota, un… idiota… un…».
—¡Despierta por Dios, Anton!— dice Karen en un sollozo de angustia, casi totalmente acostada en su pecho, moviéndolo con fuerza.
—Vamos, Doc, no nos hagas esto, despierta vamos ¡despierta!— grita Pedro sosteniendo su cabeza, inmovilizándola.
Anton abre poco a poco sus ojos, sin comprender lo que ha ocurrido e incapaz de reincorporarse aún, intenta hablar, pero sólo deja escapar un gemido débil. Karen, abriendo los ojos y cerciorándose de que Anton vuelve a moverse, lo abraza con fuerza y llora en su pecho en una mezcla de agradecimiento y alivio, sin entender con claridad qué había ocurrido. Por su parte, Pedro solo se recuesta en la pared viendo la escena con absoluta consternación.
Luego de unos minutos, Anton aún tendido en el piso, sudando profusamente, pero con mayor movilidad, abraza a Karen en un intento por consolarla.
—Ya estoy bien, pequeña, y-ya estoy bien— dice Anton, con respiración entrecortada.
—¡Por Dios, Anton! ¿Qué fue eso?— dice Karen volviendo a llorar, pero esta vez mirándolo fijamente.
—Desde que ganamos el premio te veo actuando muy extraño, no quise decir nada pensando que era solo estrés. ¿Pero esto?, esto es, es demasiado. Necesito saber qué está pasando.
Anton escuchaba atentamente a Karen, sintiendo una profunda tristeza al verla tan asustada y vulnerable. Sin embargo, le era imposible responder a esas preguntas. Él tampoco sabía qué ocurría, «¿simplemente estaba siendo víctima de sus propias aprensiones? ¿era algo más? ¿cómo podría saberlo?». Se preguntaba a sí mismo.
No sabía realmente si lo que había vivido era producto de una desagradable casualidad o si verdaderamente era algún aviso de su inconsciente o su subconsciente, o como sea que se llame… La desesperación que había sentido debía investigarla con claridad para tener respuestas consistentes para sus amigos y para sí mismo.
Volviendo atrás y reviviendo las palabras que Karen acaba de decir, Anton concuerda y entiende que ella tiene razón. «Todo comenzó en realidad desde el momento en que ganaron el premio de innovación. ¿Qué tiene que ver esto con lo que le está ocurriendo? ¿Será ésta una señal que no debe dejar pasar?». Decidió que debería averiguarlo y mantener en absoluta reserva lo que sea que descubra, hasta cerciorarse al menos que sus sospechas e intuiciones son infundadas.
Anton deja a un lado sus pensamientos e intenta incorporarse ayudado por Karen, mientras Pedro, aún pálido, acerca presuroso una de las sillas.
—Qué susto nos has dado, Anton— dice Pedro tomándose la cabeza con ambas manos y respirando con alivio.
—Sí, ¿puedes decirnos que ha sido eso?— pregunta Karen, ya más repuesta de lo que acaba de presenciar.
—Chicos— dice por fin el doctor, preparando establecer distancia con los hechos, siguiendo su improvisado plan.
—La verdad no tengo idea de qué fue lo que pasó, solo recuerdo despertar en el suelo, mientras te veía llorar— dice a Karen, dedicándole una mirada de cariño.
—¡Te lo dije, Anton!— dice Karen aún con ojos llorosos y con sonrisa aliviada.
—Debes cambiar ese maldito café.
IV
.
La teniente Wilson se presenta en el umbral del despacho del general Thompson.
—¿Lo interrumpo, señor?— pregunta con decisión.
—Pase, teniente— dice el general Thompson. Una duda creciente empezaba a intrigarle.
—¿Estos son todos?— pregunta el general parco, ávido de una respuesta rápida y directa.
—Sí, señor— responde la teniente, y luego agrega.
—Esta es una selección que hemos preparado en base a sus instrucciones. «Muy bien… muy bien», se dice el general a sí mismo.
—¿Algo más, teniente?— pregunta el anciano con desprecio.
—N-no, señor— responde la teniente confundida.
—¡Retírese!— le ordena el general, penetrándola con la mirada.
El general se queda en silencio por un momento, recordando con estupor y por enésima vez, la conversación con el alto mando… «¡Fallar no es una opción…!», pensaba…
«¿Cuándo en mis 30 años de servicio ha sido una opción?», se cuestiona en silencio, mientras busca involuntariamente empatizar con su maltrecho y herido orgullo.
De pronto unas imágenes que creía ya olvidadas toman posesión de su voluntad, esos recuerdos inevitablemente se hacen presente, tan vivos, tan reales, como las heridas sangrantes que esos acontecimientos provocaron hacía ya once años…
—¡Soldado!— llama el capitán Collins en un susurro.
—¡Sí, señor!— responde el soldado de la misma forma, con respiración agitada y sudoroso.
—¡Llame al coronel Thompson, ahora!— ordena el capitán.
—¡Sí, señor!— dice el soldado con voz apenas audible, mientras se apresura a manipular el sistema de comunicaciones para preparar esa importante llamada.
El soldado trabajó en el dispositivo de comunicaciones, estableciendo una línea segura.
—Coronel Thompson en línea, señor.
—¡Bien!, deme eso— indica el capitán.
—¡Señor!— se apresura a decir
—¡La mira láser está en posición!, solicito apoyo aéreo: verificación ECHO, ZULU, FOXTROT, LIMA, TANGO 5 7 8 8 7, coordenadas 34° 43” 59.99” latitud norte y 66° 57” 59.99” longitud este. ¡Solicito confirmar!— susurra nuevamente el capitán teniendo cuidado de no alertar su posición. Después de unos segundos se escucha la voz de coronel.
—Enterado, ECHO, ZULU, FOXTROT, LIMA, TANGO 5 7 8 8 7, coordenadas 34° 43” 59.99” latitud norte y 66° 57” 59.99” longitud este. Ataque aéreo confirmado en 3 minutos…
Yakawlang, una ciudad situada en el Distrito de Yakawlang, en la provincia de Bamiyán, Afganistán, se alza a una altitud de 2.714 metros sobre el nivel del mar.
Inteligencia había recopilado información suficiente para sostener la creencia de que esta localidad era el lugar propicio para albergar valiosas reservas de suministros y armamento utilizados para respaldar a los rebeldes que aún apoyaban al régimen talibán.
Por tanto, las órdenes del alto mando eran claras: interrumpir el flujo de suministros estratégicos, desarticulando así el esquema logístico de las tropas enemigas, en el frente de batalla.
—¡Un minuto para el ataque aéreo!— indica el capitán a sus hombres. Todos ellos se reubican para protegerse del inminente ataque.
—¡Mantengan firmes esas miras láser! ¡De eso depende nuestra misión!— susurra el capitán, mientras sus hombres con gestos de aprobación dan a entender un categórico.
—¡Sí, señor!
Un ensordecedor ruido proveniente del suroeste se escucha en todas direcciones, los hombres ahí expuestos son inmóviles testigos de la cruda imagen. Las bombas impactaron con absoluta precisión sobre los objetivos señalados por los punteros láser en la penumbra de la noche, provocando la algarabía de los militares ahí presentes en aquella madrugada.
Sin embargo, el capitán Collins, con años más de experiencia en el campo de batalla que sus hombres, advierte algo un tanto peculiar. Solo ve la explosión del impacto de las bombas y misiles, sin embargo, no ve o no percibe la fuerza de la explosión de los pertrechos, armas y material de guerra que debería haber explosionado en aquel lugar.
Llamando al orden a sus hombres, los reúne, para dar nuevas órdenes, esperando no confirmar sus sospechas.
—¡Sargento!— llama con urgencia el capitán Collins.
—Lleve a 5 soldados con usted y revise los escombros en búsqueda de restos de armas. —Mirándolo con preocupación.
El sargento, también hombre de experiencia en batalla, entiende inmediatamente sus aprensiones. Asintiendo y devolviendo la mirada de preocupación del capitán, ordena:
—¡Pérez! ¡Williams! ¡O’Neill! ¡Brown! ¡Rodríguez! ¡conmigo!— alejándose del lugar.
Mientras sus hombres se alejan, el capitán Collins indica mirando al soldado responsable de las comunicaciones.
—¡Comuníqueme con el coronel Thompson!— luego de unos minutos, el capitán escucha.
—El coronel en la línea, señor.
—Coronel— dice el capitán con un tono cargado de seriedad e incertidumbre.
—Tengo fundadas razones para pensar que hemos cometido un terrible error. ¡Recomiendo que venga aquí!— dice el capitán con un tono que sonaba peligrosamente a un ultimátum.
—¡Pero que mierda, capitán…!
—¡Coronel!— interrumpió el capitán.
—Con todo respeto. Que venga aquí. ¡Ahora!
El sargento y sus hombres se acercan lentamente a la dantesca escena, el fuego se esparce por todo el lugar, las negras columnas de humo se extienden al cielo dando cuenta de la masacre espantosa que acaba de ocurrir.
El paisaje desolado revelaba una escena que se asemejaba a un ambiente post apocalíptico. Sólo iluminados por el fuego producto de los misiles, eran silentes espectadores de cómo casas, edificios, autos e inmensos trozos de concreto yacían destrozados, reducidos a escombros por la fuerza de la devastación.
Entre los restos dispersos, se encontraban los cuerpos desmembrados y calcinados de mujeres, hombres y niños, víctimas de un destino cruel. No habían tenido oportunidad. Ni siquiera la más mínima posibilidad de reacción, ya que la tragedia los había sorprendido sin aviso alguno, en las sombras de la noche.
El sargento, al contemplar el panorama desolador, sintió un peso en el pecho, compartiendo las aprensiones del capitán Collins. Cada detalle que observaba confirmaba sus sospechas, no había indicio alguno de material militar ni restos de armamento de ninguna clase, sólo civiles sin vida con expresiones vacías.
Sus hombres, llenos de horror y consternación, comenzaban a comprender gradualmente que habían sido los perpetradores de la muerte de un pueblo entero. El peso de esa responsabilidad se hacía cada vez más insoportable mientras asimilaban la magnitud de la catástrofe que habían desencadenado.
—¡Cumplíamos órdenes, sargento!— gritó Pérez, en un estéril intento por encontrar algo de conformidad.
—Cierra la boca, Pérez— dice O’Neill.
—¡Muestra algo de respeto!, nosotros hicimos esto. ¡Órdenes o no, nosotros lo hicimos!— cayendo de rodillas con lágrimas en los ojos, sintiendo todo el peso de sus emociones y su imposibilidad de encontrar paz. El consuelo en esa escena tétrica no era posible y menos el deseo de volver atrás en el tiempo.
Los demás soldados caen también de rodillas sin poder entender, ni menos explicar, lo que ha sucedido. «¿Como pudimos cometer este horrible error?».
Unos pasos más atrás estaba de pie el sargento, quien observaba la recriminación de sus hombres. En sus años de trayectoria militar, nunca había vivido una situación como esa, comprobar de primera mano la desazón de sus hombres, el error inconmensurable y su falta de palabras para poder controlar la situación.
Él mismo estaba contrariado y buscaba respuestas en su interior para explicar lo ocurrido. Sin embargo, lo único que venía a su mente era, «hay que hablar con el coronel».
El helicóptero que traía al coronel Thompson levantó una gran nube de polvo, que poco hizo para enterrar la decepción, ira y terror de los hombres que estaban sólo unos metros abajo. Al aterrizar, el capitán Collins fue el que habló primero, directo al punto y sin rodeos.
—Coronel, señor, se ha revisado el área y no encontramos evidencias de que en este punto estuviera el material de guerra del enemigo, que fue informado por Inteligencia— Su voz estaba cargada de ansiedad. Antes de que el coronel pudiera contestar, el capitán agrega. —Con todo respeto, señor. ¿Quién hizo la verificación de la información entregada por Inteligencia? Porque se hizo la validación ¿No, señor?— pregunta, utilizando sus últimas reservas de paciencia.
El coronel se encontró repentinamente cara a cara con los rostros desencajados e inquisitivos de sus hombres, cuyas miradas reflejaban una mezcla abrumadora de angustia, culpa y búsqueda de redención. Hambrientos por respuestas, anhelaban encontrar alguna forma de aliviar el peso de sus conciencias, ya juzgadas y condenadas, por ellos mismos.
La barbarie desatada en aquel lugar les pesaba de manera aplastante. A pesar de ser militares y estar conscientes de las terribles consecuencias que podrían llegar a tener sus acciones, el sentimiento de culpa los consumía. Se atormentaban al enfrentar la cruel realidad de ser ellos los artífices de tal horror. Las imágenes de destrucción y muerte, los cuerpos desgarrados y los rostros aterrados y vacíos de aquellos inocentes, se grababan en lo más profundo de sus almas.
Cada paso dado en aquella misión ahora parecía cargar con el peso de una responsabilidad insostenible. Las decisiones tomadas en el calor del combate, impulsadas por el deber y la lealtad, ahora los atormentaban. Se cuestionaban si de haber actuado de manera distinta podrían haber evitado semejante tragedia. La realidad se volvía aún más devastadora al reconocer que aquellos a quienes consideraban enemigos, también eran seres humanos, con familias, sueños y esperanzas.
En ese momento, el coronel comprendió que no solo llevaba la responsabilidad de liderar a aquellos hombres, sino también la carga de su sufrimiento y culpa. Era consciente de que debía encontrar una forma de ayudar a sus soldados a lidiar con el tormento que los consumía, buscando la manera de sanar las heridas profundas que habían dejado en su espíritu.
El doloroso caos que habían desatado no solo había cobrado vidas inocentes, sino que también había dejado cicatrices indelebles en la psique de sus hombres. La sombra de lo ocurrido perseguiría a cada uno de ellos el resto de sus vidas, recordándoles el precio humano de sus acciones y la importancia de enfrentar las consecuencias de sus decisiones.
Una brisa tenue envolvía a aquellos hombres, que permanecían de pie, en una formación que no tenía la férrea disciplina militar, sino la férrea disciplina forjada por la culpa.
El incipiente olor a muerte no solo los acariciaba, filtrándose libremente entre ellos, como un inexorable y punzante recordatorio de realidad, sino también hacía su brutal efecto dejando una marca perenne en sus conciencias…
—¡Ya basta! ¡Basta!— dice el general Thompson azotando sus puños con fuerza sobre el escritorio, dándose un orden a sí mismo, en un inocente intento de alejarse de esos recuerdos infames. Sin embargo, lejos de tan ansiada liberación, al cerrar nuevamente sus ojos los recuerdos regresan aún más nítidos y con mayor fuerza…
—¡Coronel!— grita el capitán Collins con desesperación apenas contenida.
—¡Se hizo o no se hizo la verificación de la información entregada por Inteligencia!
El silencio sepulcral que reinaba en aquel lugar solo era interrumpido por las ráfagas humeantes de viento, que los acompañaba como mudo testigo de aquel implacable interrogatorio. El capitán, con los ojos llenos de lágrimas contenidas y la mirada fija en el suelo, empezaba a comprender que el silencio del coronel no hacía más que confirmar sus más brutales sospechas.
En un acto de rendición ante su propia conciencia, Collins dejó caer su fusil de asalto al suelo con un estruendo sordo, seguido de su casco que rodó sin control, como un símbolo de la fragilidad y vulnerabilidad humana frente a las insospechadas consecuencias de sus acciones.
Las manos del capitán temblaban mientras se aferraba a su uniforme, como si buscara encontrar alguna forma de mitigar el dolor abrumador y el peso de la culpa que lo consumía. En medio de aquel mar de emociones desgarradoras, la confirmación del error supremo llegó como un golpe devastador.
Era un error que podría haberse evitado con una simple confirmación de los datos entregados por Inteligencia, pero que inexplicablemente se había pasado por alto. El capitán Collins sintió cómo su corazón se rompía en miles de pedazos, uno por cada víctima inocente en ese pueblo, atormentado por la idea de que su inacción había llevado a una tragedia de proporciones inimaginables.
El capitán levantó la mirada hacia el coronel, encontrando en su rostro una expresión de desolación y arrepentimiento. En ese momento, el capitán entendió que la responsabilidad no recaía sólo sobre sus hombros, sino también en los del hombre que tenía en frente.
En medio de una explosión de furia y desesperación, el capitán Collins, consumido por una ira e irracionalidad desmedida, desenfunda su arma de servicio y la apunta directamente a la cabeza del coronel. La escena se torna caótica en un instante, ya que sus hombres reaccionan de manera instintiva, sacando sus propias armas y apuntándolas hacia su respetado capitán.
En ese momento, la tensión alcanza su punto máximo, el aire se carga con una electricidad amenazante. El silencio que una vez reinaba en el lugar es abruptamente interrumpido, reemplazado por el latido acelerado de los corazones y la respiración entrecortada de los soldados. Las miradas que se cruzan están llenas de profunda consternación e incredulidad, reflejando el horror y la confusión que se ha apoderado de ellos.
El tiempo parece detenerse por un instante, mientras el capitán y el coronel se enfrentan en una lucha interna de voluntades y emociones. El semblante del capitán Collins muestra una mezcla de dolor, rabia, decepción y una pincelada de arrepentimiento, como si luchara internamente con sus propios demonios. Por otro lado, el coronel, con el rostro pálido y una expresión de sorpresa en sus ojos, intenta comprender lo que está pasando.
—Sabe, coronel— dijo el capitán Collins, que aún apuntaba a su cabeza, su voz sonando como un trueno en aquel silencio ensordecedor.
—Un lobo conoce a otro lobo… y usted aquí ya no tiene una manada. Tampoco mi respeto —Le espetó con desprecio.
—Usted no lo vale— concluyó. Y apuntando al cielo sin apartar su mirada fulminante de los ojos incrédulos del coronel, disparó su arma.
El sonido del disparo resonó en los tímpanos del general Thompson, como si el estruendo de ese recuerdo se hubiera producido en ese mismo instante en su despacho y no hace 11 años. Al abrir los ojos inyectados en sangre, y aun contemplando el rostro cargado de desprecio y frustración del capitán Collins, recordó con profunda repulsión lo que había sucedido con aquel grupo de hombres.
El capitán fue condenado a cumplir una baja deshonrosa por apuntar a un oficial superior. Sus hombres, incluido el sargento, lo siguieron leales al exilio de las armas, convencidos de que cada uno de ellos habría actuado de la misma manera, en su situación.
Una oleada de nauseabunda vergüenza lo invadió, haciéndolo ruborizar, mientras dirigía nuevamente su mirada al escritorio, apretando los puños contra los documentos que la teniente Wilson le había entregado.
En ese momento, confirmó que la única opción era seguir adelante con la misión encomendada, y para ello necesitaba un equipo competente, con su misma determinación.
V
.
Mientras caminaba por los jardines de la universidad, Anton disfrutaba de una mañana fresca, adornada con algunas nubes en el cielo. A pesar de que algunos rayos del sol se colaban entre las nubes, la fría brisa persistente golpeaba su rostro sin cesar, ignorando cualquier intento de calentar el ambiente. Anton avanzaba con calma y determinación hacia su laboratorio, preparándose para la reunión diaria que solían llamar «daily».
Esta reunión informal, que duraba no más de 15 minutos, tenía como objetivo analizar los impedimentos para cumplir con la programación del día. Era una práctica ampliamente utilizada en los entornos de dirección de proyectos en marcos ágiles, como Scrum, métodos que Anton había aprendido como parte de su formación doctoral.
Al continuar caminando y reflexionando sobre los puntos que abordaría en la «daily», vio a Karen acercándose rápidamente desde la distancia para saludarlo.
—¡Hola, jefe!— lo saludó Karen con su habitual sonrisa, dándole un cariñoso abrazo.
—¿Cómo estás, pequeña?— respondió Anton, correspondiendo al abrazo con la misma dulzura.
—¿Y… se ha sabido algo?— preguntó Karen con interés.
—No, nada— responde Anton pensativo, comprendía claramente la curiosidad de Karen.
—¿Cuál es el punto de mantenernos con esta incertidumbre, no lo entien…?— el teléfono de Anton interrumpe lo que con seguridad sería un descargo impecable de Karen. Él toma instintivamente el aparato y ve el responsable de la llamada.
—Es el rector— indica Anton. Karen corre y se ubica muy junto a él para poder escuchar la conversación. Anton, sorprendido, sonríe por la rápida reacción de Karen mientras contesta la llamada.
—Buen día, rector, ¿cómo está?— saluda cortésmente Anton.
—Doctor Millaf, buen día, buen día muchacho, veo que tiene guardado mi número.
—Sí, señor, a veces no contesto llamadas de números que no conozco, por eso prefiero guardar mis contactos para no perder las que son importantes— Karen sonriente, le hace un gesto de aprobación con la mano.
—Anton, creo que esta es, en efecto, una de esas llamadas que no querría perderse— dice el rector, Karen abre sus hermosos ojos mirando con expectación a Anton.
—Como ya es sabido por muchas personas de la comunidad universitaria que presido, el premio de innovación es uno de los reconocimientos más importantes a nivel nacional. Usted, por ser parte del equipo de investigadores de esta universidad, y al haber ganado tan prestigioso reconocimiento, la universidad recibe un importante monto de dinero en premios, que por supuesto, a usted y a su equipo le corresponde por derecho propio una importante parte— Anton continúa escuchando las palabras del rector con atención, mientras Karen camina dos pasos, como haciéndose a la idea, para luego invadir el espacio personal de Anton, una vez más.
—Sin embargo, eso no es todo— continúa el rector, con su acostumbrada calma y sosiego. —Ha habido una variación este año, de la cual me acabo de enterar hace unos minutos. El ganador tiene el privilegio de exponer los resultados de su investigación en la Universidad de Stanford, en una conferencia magistral, dirigida no solo a los alumnos del programa de doctorado, sino además a la comunidad científica en general. Durante esta tarde mi secretaria le enviará por correo los detalles.
—Muchas gracias, señor, voy a estar atento entonces para conocer esos detalles. Muy buenos días de nuevo— dice Anton, finalizando la llamada.
Karen por fin se despega de Anton, pero en un nuevo movimiento rápido, vuelve a abrazarlo con emoción.
—Anton, Anton— dice Karen emocionada.
—Qué feliz estoy por ti, esto no es más que el premio merecido a tus años de trabajo y sacrificio personal, te lo mereces más que nadie.
Anton, abrazando a Karen, seguía pensando en las palabras del rector. «Exponer los resultados de su investigación en la Universidad de Stanford». Volviendo en sí, mira a Karen con su acostumbrada ternura.
—Gracias, pequeña, este es un triunfo importante para todos en el equipo y, como escuchaste, tenemos un beneficio económico importante para seguir con nuestra investigación.
Karen mira fijamente a Anton, esboza una sonrisa pícara y dice:
—Sabes lo que eso significa, ¿verdad?— sorprendiendo a Anton con la pregunta. Él responde:
—Bueno, puede significar muchas cosas como, por ejemplo, debo preparar una presentación, conocer las fechas del evento, comprar los pasajes...— Anton parece perdido en sus pensamientos. Karen lo interrumpe con entusiasmo.
—No, no me refiero a eso. Bueno, sí, eso también, en parte. Pero lo más importante es que vamos a comprar café... ¡sí!— exclama con alegría contagiosa. Anton sonríe mientras le responde.
—Parece que solo trabajas por el café.
—Sí, por el café y la comida para el gato. Lo demás me da igual.
Después de reír, ambos continuaron caminando en silencio hacia el laboratorio. Anton seguía sumido en sus pensamientos, reflexionando sobre las palabras del rector. «Exponer los resultados de su investigación en la Universidad de Stanford». «¿Por qué ese pensamiento sigue rondando en mi cabeza una y otra vez?». Debía ser algo realmente importante. Decidió entonces dedicar ese día para establecer los detalles de la visita a Stanford y aclarar lo que hay detrás de sus pensamientos.
Una vez cruzaron el umbral del laboratorio, Karen percibió inmediatamente que algo no estaba bien con Anton. Su mirada perdida y su expresión preocupada eran evidentes.
En un momento de claridad, Karen se descubre a sí misma pensando nuevamente en Anton, una repetición que resuena como una voz de alerta en su mente. «Cuidado», se reprende silenciosamente. Ella conoce perfectamente la razón, sin embargo, no tiene intenciones de dejar expuestos sus sentimientos, ni tampoco herir o dañar su relación actual, por un descuido perfectamente evitable.
Por tanto, se encontraba en un torbellino emocional tan ingrato como podría esperarse. Había descubierto, hace tiempo, que sus sentimientos por Anton eran más profundos de lo que nunca hubiera imaginado, y ahora se enfrentaba a una difícil realidad; «no amo a Pedro».
Mientras estaba sentada en su escritorio, lejos de poder concentrarse en las actividades del día, luchaba internamente con la culpa abrumadora. Sabía que había tomado la decisión correcta al comprometerse con Pedro algún tiempo atrás, la idea de mantener una relación segura y estable era muy interesante, aún más con una persona valiente y con sentimientos profundos como Pedro. Pero ahora se encontraba en una encrucijada emocional dolorosa.
Cada vez que mira a Anton, su corazón se llena de emoción electrizante cargada de una mezcla de un optimismo ridículo, o de alegría absurda. No estaba claro si eso era amor, pero se siente así para ella. Percibe una conexión tan profunda con él, que es imposible de ignorar. Sin embargo, también se daba cuenta de que Pedro no merece ser utilizado, ni tampoco se merece sufrir por sus sentimientos por Anton.
La confusión y la angustia la abrumaban. Sabía que debía tomar una decisión, aunque temía las consecuencias. No quería lastimar a nadie, pero tampoco podía ignorar la realidad. También es víctima de sus pensamientos; la idea probable de ser rechazada, como una pareja amorosa para él. Eso la llena de miedos e incertidumbres como una niña «pequeña»… cada vez que pensaba en eso, silenciaba su voz interna con un categórico, «¡Ay cállate!».
«¿Cómo puedo entrar en ese ser enigmático y misterioso?», se pregunta. «Es dueño de una capacidad intelectual que eclipsa su belleza física, dejándolo en un plano irrelevante. Es tan cercano y a la vez tan distante, inalcanzable como el sol. Aunque puedo sentir su calor, no me consume como quiero. Anhelo experimentar ese fuego que se expande por mi piel, sin restricciones, sin límites ni fronteras. Quiero que deje una huella imborrable, que deje sus marcas grabadas en lo más profundo de mi alma».
—Karen. ¿Tienes un minuto?, necesito conversar contigo— solicita Anton con su habitual tono serio. Karen lo mira, sintiendo un rubor creciente en sus mejillas; pensando melancólica. «No tiene idea de lo que siento».
Sin decir una palabra, se levanta de su escritorio y entra en la sala de reuniones. Anton la sigue, ofreciéndole una taza de café. Karen, intrigada por la seriedad del asunto, saca su iPad y lo prepara para tomar notas. Sin embargo, el mensaje de Anton es directo.
—Karen, necesito que me ayudes con dos cosas— ella espera con expectación sus instrucciones.
—Primero, necesito tu ayuda para preparar la presentación que daré en Stanford. Trabajaremos en ello hoy, y debe estar lista en dos días. El segundo punto es un poco más personal. He hecho algunas averiguaciones, y espero no afecte tus planes, pero ¿podrías acompañarme a Stanford…, por favor?
Karen, sorprendida por la propuesta de Anton, se sume en un silencio prolongado mientras busca las palabras adecuadas para responder. En un primer impulso, la negación brota en su mente «¡No! ¡por supuesto que no!». Consciente de los sentimientos profundos que alberga por Anton, teme que un viaje a solas desencadene un vertiginoso raudal de estímulos intelectuales y emocionales. Una situación que fácilmente podría desbordarla sin control.
Lo que más teme es perder a Anton. Aun siendo consiente que se conformaría sólo con su amistad y la cercanía que comparten, sabe que arriesgarlo todo podría poner en peligro incluso esa conexión especial. Sin embargo, no puede ignorar el efecto revitalizante que su presencia ejerce sobre ella, como un antídoto mágico que ilumina su vida.
A pesar de sus legítimas aprehensiones y celo de mantener en privado su intimidad, no podría dejar a un lado la razón de Anton para invitarla. Sabe que Anton dialoga con la soledad, y generalmente llegan a acuerdos suficientes como para comprender que ambos pueden viajar en mutua compañía sin necesitar a nadie más. «¿Por qué me quiere con él en Stanford? No seas tonta Karen», pensó. «Nunca es bueno sembrar esperanzas en tiempos de sequía, sólo pregunta y sal de la duda». Haciendo caso a su intuición ella replica.
—Muchas gracias por la invitación, Anton— dice Karen, sin la acostumbrada espontaneidad y alegría que la caracteriza. Haciéndole caso a su intuición, pregunta.
—¿Por qué me necesitas en Stanford, qué es lo que puedo hacer yo que tú no puedas?
—Karen, como ya he dicho antes, eres parte importante de este equipo y creo que debes ir conmigo para recibir el crédito por tu trabajo, te lo mereces.
