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Colección de Iván Turguénev E-Book

Iván Turguenev

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Beschreibung

La "Colección de Iván Turguénev" es un compendio que representa magistralmente las inquietudes y las tensiones de la sociedad rusa del siglo XIX. Los relatos y novelas reunidos en esta obra destacan por su prosa lírica y evocadora, característica de un autor que supo unir la introspección psicológica con la crítica social. Turguénev explora la complejidad de las relaciones humanas y la identidad nacional rusa, ofreciendo un retrato profundo de sus contemporáneos y de un país en transformación. Su estilo, marcado por la claridad y la precisión, se sitúa en el contexto del realismo literario que buscaba representar la vida tal como es, sin idealismos ni excesos románticos. Iván Turguénev, nacido en 1818, fue un destacado novelista y dramaturgo, influyente en la literatura rusa y europea. Su experiencia en el extranjero, en particular su estancia en Francia, moldeó su perspectiva y estilo literario. A través de sus obras, Turguénev se posicionó como un puente entre el realismo ruso y las corrientes literarias occidentales, convirtiéndose en un precursor del existencialismo. Las tensiones entre la tradición y la modernidad, así como su enfoque en el ser humano como ente social, son reflejo de su propio entorno cultural y personal. La "Colección de Iván Turguénev" no solo es un testimonio de la maestría del autor, sino también una invitación a explorar las complejidades de la condición humana. Recomiendo encarecidamente esta obra tanto a estudiantes de literatura como a lectores generales, pues cada historia resuena con la profunda búsqueda de sentido en un mundo en constante cambio. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción amplia expone las características unificadoras, los temas o las evoluciones estilísticas de estas obras seleccionadas. - La Biografía del Autor destaca hitos personales e influencias literarias que configuran el conjunto de su producción. - La sección de Contexto Histórico sitúa las obras en su época más amplia: corrientes sociales, tendencias culturales y eventos clave que sustentan su creación. - Una breve Sinopsis (Selección) oferece uma visão acessível de los textos incluidos, ajudando al lector a seguir tramas e ideias principais sin desvelar giros cruciais. - Un Análisis unificado examina los motivos recurrentes e los rasgos estilísticos en toda la colección, entrelazando las historias a la vez que resalta la fuerza de cada obra. - Las preguntas de reflexión animan a los lectores a comparar las diferentes voces y perspectivas dentro de la colección, fomentando una comprensión más rica de la conversación general. - Una selección curada de citas memorables muestra las líneas más destacadas de cada texto, ofreciendo una muestra del poder único de cada autor.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Iván Turguénev

Colección de Iván Turguénev

Edición enriquecida. Clásicos de la literatura
Introducción, estudios y comentarios de Lucas Paredes
EAN 8596547742395
Editado y publicado por DigiCat, 2023

Índice

Introducción
Biografía del Autor
Contexto Histórico
Sinopsis (Selección)
Colección de Iván Turguénev (Clásicos de la literatura)
Análisis
Reflexión
Citas memorables

Introducción

Índice

La Colección de Iván Turguénev (Clásicos de la literatura) reúne cuatro piezas esenciales de su prosa narrativa: Un sueño, Primer Amor, Nido de Hidalgos y Aguas Primaverales. El propósito de esta selección no es configurar un corpus completo, sino ofrecer un acceso nítido y coherente a distintos registros del autor, desde el relato largo hasta la novela. El lector encontrará un mapa compacto del mundo turguéneviano: la exploración de la conciencia, el pulso del sentimiento, el peso de las decisiones y la visión, a la vez serena y penetrante, de una sociedad en transformación. Son obras que, juntas, condensan una poética y un horizonte moral inconfundibles.

El alcance de esta colección se limita a la ficción en prosa, evitando mezclar géneros como el teatro, el ensayo, la poesía o las cartas. Aquí se reúnen novelas y novelas cortas, además de un relato de aliento singular, con la intención de enfatizar el terreno donde Turguénev alcanzó su máximo rigor artístico: el de la narración que enlaza la vida interior con el detalle concreto. Esta acotación genérica permite concentrar la atención en su maestría para modelar personajes, captar atmósferas, armonizar el paisaje con la emoción y desplegar conflictos sin reducirlos a lecciones tajantes.

Turguénev ocupa un lugar central en el realismo del siglo XIX por su estilo transparente, su sensibilidad moral y su cuidado equilibrio entre compasión e ironía. Su prosa evita el énfasis retórico y la estridencia polémica, prefiriendo la insinuación, la pausa significativa y el diálogo que revela más de lo que declara. En estas páginas se reconoce su doble pertenencia: atención a las realidades rusas y oído atento a corrientes europeas, sin perder la singularidad de su mirada. La perdurabilidad de sus libros nace de esa mezcla de mesura y lucidez, capaz de convertir lo íntimo en experiencia compartida.

Primer Amor presenta la memoria de una iniciación sentimental, evocada desde la madurez con una claridad que no borra el temblor de la juventud. La premisa es sencilla: un joven descubre el amor y se enfrenta al misterio de su objeto, a la vez cercano y esquivo. Turguénev sigue con tacto las oscilaciones del deseo, el vaivén entre ideal y realidad, y la índole formativa —no siempre consoladora— de un sentimiento que deja una huella indeleble. La novela corta edifica su fuerza en la precisión de las escenas y en el modo sobrio con que el narrador mide lo vivido.

Nido de Hidalgos abre la mirada hacia la provincia y la nobleza rural, con un protagonista que retorna al ámbito familiar para reencontrar un orden y examinarse a sí mismo. A partir de esa llegada, Turguénev organiza un tejido de afectos, deberes y expectativas que dialoga con la fe, la tradición y la incipiente modernidad. El paisaje campestre no es un adorno: acompasa el movimiento interior de los personajes, su prudencia, sus titubeos y su coraje discreto. La novela muestra cómo el amor y la responsabilidad se rozan, a veces se armonizan y a veces se exigen renuncias que no admiten solución inmediata.

Aguas Primaverales propone la reaparición de un pasado vibrante que un hombre recuerda con claridad intempestiva. El relato rehace el despertar de una pasión juvenil en el extranjero y las decisiones precipitadas que la acompañan. No se trata de una crónica sentimental al uso, sino de una meditación sobre el tiempo y sus bifurcaciones: cómo una elección, tomada en el impulso de una estación luminosa, puede devenir brújula de toda una vida. Turguénev conduce al lector con una cadencia musical, evitando el melodrama, para mostrar la mezcla de júbilo, vértigo y responsabilidad que anida en todo amor verdadero.

Un sueño, de talante inquietante, explora la frontera entre vigilia y visión. La premisa parte de una experiencia onírica que perturba y orienta al mismo tiempo, como si la sombra revelara una verdad que la luz no alcanza. Turguénev emplea una atmósfera sutil, un ritmo hipnótico y una cadena de imágenes que conectan el inconsciente con la memoria. Sin forzar lo fantástico, la narración sugiere que en la vida psíquica se ocultan claves morales y afectivas, y que comprenderlas exige escuchar aquello que no se deja reducir a explicación inmediata.

Leídas en conjunto, estas obras dibujan un arco que va del descubrimiento del amor a la prueba de la responsabilidad, del fulgor de lo nuevo al examen de lo perdido, y del enigma íntimo al compromiso con la realidad. Las une un interés por los pasajes de la vida —juventud, madurez, retorno, rememoración— y por las zonas de transición donde no hay certezas absolutas. Turguénev mira ese tránsito con respeto: deja espacio a la ambigüedad sin disolverla en relativismo, y a la ética sin convertirla en sermón. Así la experiencia adquiere espesor y la emoción, una forma compartible.

En el plano estilístico, el conjunto revela la precisión de un prosista que confía en la sobriedad. La descripción es selectiva, los diálogos, verosímiles y contenidos, y el paisaje, espejo semántico de lo que está en juego. Turguénev integra la naturaleza —jardines, campos, estaciones— como un contrapunto emocional, nunca como mera decoración. Su ironía es benigna, su compasión, exacta; su ritmo, flexible. Prefiere el matiz a la proclama, el detalle significativo al artificio. De ese temperamento nace una prosa que parece sencilla y, sin embargo, sostiene una compleja arquitectura de puntos de vista y silencios.

La pertinencia actual de estas páginas se mide en la densidad de sus preguntas: qué significa elegir, cómo se aprende a amar sin poseer, de qué modo el lugar de origen y la atracción de lo extranjero moldean el carácter, qué precio tienen la renuncia y la fidelidad. Más allá de su contexto histórico, la lectura permite reconocer la vigencia de una ética de la atención: atender a los otros, a las circunstancias, al tiempo que pasa y transforma. En tiempos de impaciencia, la cadencia turguéneviana revaloriza la pausa y el juicio ponderado, preservando la intensidad de la experiencia.

Esta selección no opera como un itinerario cronológico, sino como un diálogo de formas y motivos. En una novela corta se condensa la educación del sentimiento; en una novela de provincia, la gravitación del deber; en un relato de memoria, la responsabilidad ante el pasado; en una narración de sesgo onírico, la intuición de lo indecible. El lector puede avanzar por afinidades —tema, tono, extensión— y descubrir cómo cada pieza ilumina a las demás. El resultado es un relieve múltiple de una misma voz, capaz de variar su registro sin diluir su identidad.

Clásico es lo que no termina de decir lo que tiene que decir. Estas cuatro obras de Iván Turguénev siguen hablando con discreción persuasiva, ofreciendo placer estético y un reconocimiento moral que no se agota. Aquí la belleza no es evasión, sino forma de verdad; la narración, un acto de confianza en el juicio del lector. Esta colección invita a entrar sin prisa en un mundo de claridad y sombra, de afecto y reflexión, y a comprobar cómo la literatura, cuando es alta, ensancha la vida sin imponerse sobre ella. Que cada lectura sea también un comienzo.

Biografía del Autor

Índice

Iván Turguénev fue una de las voces centrales del realismo ruso decimonónico, figura de puente entre la cultura rusa y la europea. Nacido a comienzos del siglo XIX y activo hasta la década de 1880, cultivó la novela, la nouvelle y el cuento con una prosa clara, musical y contenida. Su obra exploró la psicología individual y las transformaciones sociales de Rusia, evitando el panfleto y privilegiando la observación matizada. Títulos como Un sueño, Primer Amor, Nido de Hidalgos y Aguas Primaverales ejemplifican su capacidad para convertir recuerdos, pasiones y dilemas morales en narraciones de aliento universal, legibles hoy con la misma tersura y hondura que en su tiempo.

Su formación fue rigurosa y cosmopolita. Estudió en universidades de Moscú y San Petersburgo, y amplió estudios en Berlín, donde lo marcaron la filosofía alemana y el clima intelectual del hegelianismo. De regreso en Rusia, se situó cerca de los llamados “occidentalistas”, corrientes que promovían reformas y una apertura cultural frente a posturas más tradicionales. El crítico Vissarión Belinski reconoció pronto su talento y orientó su desarrollo. Turguénev incorporó a su prosa un equilibrio entre ideas y vida observada, refinando recursos del realismo europeo sin renunciar a los ritmos y tonos propios del habla rusa, algo decisivo para su recepción dentro y fuera del país.

Su prestigio literario se consolidó con relatos ambientados en el campo ruso, valorados por su atención a los tipos sociales y a la dignidad de las vidas humildes. Ese foco ético y estético contribuyó al debate público en torno al régimen de servidumbre, entonces en el centro de las discusiones reformistas. En un clima de censura, fue brevemente detenido y sometido a restricciones tras publicar un tributo a Nikolái Gógol; el episodio reforzó su fama de escritor independiente. En la década de 1850 y comienzos de la de 1860 alcanzó gran visibilidad con novelas que mostraban, sin estridencias, los cambios de la nobleza provincial y las tensiones de una sociedad en transición.

Nido de Hidalgos ocupa un lugar decisivo en ese ciclo. La novela retrata la vida de la nobleza terrateniente con una mirada sobria y melancólica, atenta a los matices del carácter y a la lenta erosión de las certidumbres tradicionales. Su arte consiste en dejar que los gestos, los silencios y los paisajes cuenten tanto como los diálogos, logrando un clima de intimidad que rehúye el dramatismo fácil. La recepción fue amplia y respetuosa: se leyó como una obra que hacía visible, con cortesía y firmeza, los límites de un mundo en repliegue. Con ella, Turguénev quedó consagrado como maestro del retrato psicológico y social.

Primer Amor, una de sus nouvelles más celebradas, condensa en pocas páginas la potencia de su estilo. Narrada desde la memoria, explora el deslumbramiento adolescente y la complejidad de los afectos sin recurrir al sentimentalismo ni a la tesis. Su economía expresiva, la modulación de la voz y la precisión de las escenas la han vuelto un texto emblemático para comprender cómo Turguénev convierte lo íntimo en experiencia compartida. La obra fue ampliamente leída y comentada por su finura, y reforzó la idea de que la verdadera novedad del autor no estaba en el argumento, sino en la mirada: una ética de atención al detalle humano.

Aguas Primaverales y Un sueño muestran la amplitud de su registro en los años de madurez. Aguas Primaverales, escrita tras prolongadas estancias en Europa, reflexiona sobre el ímpetu de la juventud y el peso de las decisiones irrepetibles, con una temporalidad ondulante que intensifica el recuerdo sin desvelar más de lo necesario. Un sueño, por su parte, introduce un clima visionario donde lo onírico y lo real se rozan, sin abandonar la contención característica del autor. En ambos casos, la transparencia de la prosa y la delicadeza psicológica sostienen un examen sobrio de la libertad, el deseo y la responsabilidad personal.

En sus últimos años residió largamente en Alemania y Francia, en contacto con escritores europeos y con lectores que lo reconocían como un mediador entre tradiciones literarias. Continuó publicando y revisando su obra, defendiendo un humanismo liberal y la autonomía del arte. Murió en Francia en la década de 1880 y fue sepultado en San Petersburgo. Su legado perdura por la elegancia de su realismo, la empatía hacia sus personajes y la cualidad transnacional de su recepción. Hoy se lo lee como un clásico que iluminó, con discreción y firmeza, el paso de la Rusia tradicional a la modernidad, sin agotar jamás la complejidad de la experiencia humana.

Contexto Histórico

Índice

La trayectoria de Iván Turguénev (1818-1883) abarca décadas de transformación en el Imperio ruso y en Europa. Los textos reunidos aquí —Un sueño, Primer Amor, Nido de Hidalgos y Aguas Primaverales— se publicaron entre finales de la década de 1850 y finales de la de 1870, es decir, en los años que rodean las grandes reformas del reinado de Alejandro II. La colección cubre, por tanto, el paso de una Rusia de servidumbre y nobleza terrateniente a una sociedad sacudida por la emancipación campesina, el debate intelectual occidentalizador y el ascenso de nuevas sensibilidades psicológicas. En ese arco, Turguénev observa la vida privada como índice de fuerzas históricas más amplias.

La sociedad que alimenta estas obras se estructura en torno a la nobleza terrateniente (dvoryanstvo) y al campesinado ligado al régimen de servidumbre, vigente hasta 1861. Las capitales imperiales —San Petersburgo, centro administrativo, y Moscú, corazón de la vieja nobleza— conviven con un vasto mundo provincial de haciendas, parroquias y pequeños círculos de sociabilidad. La lengua francesa domina todavía en salones aristocráticos, signo de una europeización cultural iniciada en el siglo XVIII. A la vez, los rangos del servicio estatal, regulados por la Tabla de Rangos desde 1722, sostienen jerarquías y trayectorias vitales, marcando expectativas de carrera, matrimonio y prestigio.

La biografía del autor aporta un ángulo singular: Turguénev creció en una hacienda de la región de Oriol, estudió en Moscú y San Petersburgo y se formó en Berlín, donde absorbió ideas liberalas y hegelianas en los años 1840. Su temprana colección Apuntes de un cazador, de fuerte tono antiserfista, contribuyó al clima reformista. En 1852 fue arrestado brevemente y confinado en su finca a raíz de un texto sobre Gogol, en un contexto de censura estrecha. Desde la década de 1850 residió largas temporadas en Europa occidental, sobre todo en Francia, lo que le ofreció distancia crítica respecto a Rusia y una red de amistades literarias internacionales.

El desastre de la Guerra de Crimea (1853-1856) reveló debilidades administrativas, tecnológicas y logísticas del Imperio ruso frente a potencias industriales. La derrota impulsó un ciclo de reformas bajo Alejandro II, con el objetivo de modernizar el Estado. Se debatieron desde la reorganización del ejército hasta cambios en justicia, administración local y educación. Ese clima de revisión de instituciones y de autoexamen nacional proporciona un trasfondo decisivo para la sensibilidad turgueneviana, inclinada a observar cómo las fuerzas históricas irrumpen en biografías privadas y en paisajes provinciales aparentemente inmóviles.

La emancipación de los siervos decretada en 1861 fue el hito central del periodo. Liberó a decenas de millones de campesinos y rediseñó la propiedad agraria mediante complejos pagos de rescate y formas comunales de posesión. Para buena parte de la nobleza rural, la reforma significó pérdida de mano de obra dependiente, de rentas tradicionales y la necesidad de reorganizar fincas y deudas. Se sumaron otras reformas, como la judicial de 1864 y los zemstvos (asambleas locales) ese mismo año, que introdujeron autogobierno provincial limitado. El conjunto repercutió en la atmósfera social: promesas de renovación, incertidumbres económicas y tensiones generacionales.

Nido de Hidalgos, publicado en 1859, capta con precisión el crepúsculo de la nobleza provincial en vísperas de la emancipación. La novela se detiene en la vida de hacienda, la educación sentimental y las expectativas del servicio público, todo ello impregnado por la memoria de linajes y por una religiosidad doméstica arraigada. El título alude a un nido de hidalgos, traducción que destaca la pequeña nobleza rusa, orgullosa y vulnerable. La obra observa cómo el prestigio heredado choca con nuevas exigencias de eficiencia y mérito, y cómo el contacto con la cultura europea tensiona identidades forjadas en la rutina rural.

Primer Amor, de 1860, se sitúa en el ambiente urbano y semiaristocrático de Moscú, evocando un mundo previo a la gran reforma. Turguénev narra la irrupción de la pasión adolescente en un entramado de jerarquías familiares, códigos de honor y discretos salones donde circulan rumores y favores. Las dinámicas paternas y las dependencias económicas son históricamente reconocibles en un orden doméstico en el que la autoridad masculina y los convenios sociales estructuran los vínculos. El texto, con frecuencia leído como memoria generacional, deja ver un legado cultural cultivado en francés y una sensibilidad que, pese a su intimismo, revela hábitos de clase y ciudad.

El ecosistema cultural que sostiene esas escenas fue el de las revistas mensuales de gran formato, las llamadas revistas gruesas, y los círculos literarios de San Petersburgo y Moscú. La crítica y la ficción dialogaban con historia, ciencias y política, bajo periódicas presiones censorias. A mediados de siglo, la alfabetización urbana crecía y la conversación intelectual se polarizaba en torno a la utilidad social de la literatura. En los salones, se matizaban vínculos con Europa y se ponderaban modas, filosofías y música occidental. Ese tejido de sociabilidad explica el tono conversacional, analítico y comparatista que Turguénev introduce incluso en narraciones breves.

Aguas Primaverales, publicada en 1872, pertenece a la etapa posterior a las reformas y desplaza parte de la acción a ambientes europeos. El auge del ferrocarril y la consolidación de rutas continentales facilitaron viajes de estudio y ocio para miembros acomodados de la nobleza y de la burguesía. Jóvenes rusos circulaban por Alemania e Italia, a menudo con formación universitaria o pretensiones artísticas. En ese marco, Turguénev explora el contraste entre promesas juveniles y compromisos maduros, con una Europa percibida tanto como horizonte de libertad como laboratorio moral. El cosmopolitismo escénico refleja un nuevo mapa mental surgido tras la Emancipación.

Un sueño, de la década de 1870, aparece en un contexto de tensiones intensificadas. En 1877 estalló la guerra ruso-turca, y en el interior se agudizaron conflictos entre reformismo oficial y radicalización clandestina. En la literatura europea crecía el interés por estados de conciencia, sonambulismo, hipnosis y zonas liminales de la mente, temas presentes en la narrativa breve de la época. Turguénev recoge esas corrientes con su característico realismo psicológico, cruzándolas con la tradición del relato fantástico sobrio. El resultado dialoga con un clima cultural que interroga la memoria, el destino y la fragilidad de la voluntad ante fuerzas sociales y psíquicas.

Las obras se escriben bajo la gran controversia intelectual que enfrentó a occidentalizadores y eslavófilos. Los primeros defendían reformas apoyadas en modelos europeos, educación moderna y libertad civil; los segundos valoraban la comunidad campesina, la ortodoxia y una vía rusa propia. Turguénev simpatizó con perspectivas occidentalizadoras y mostró desconfianza ante el aislamiento cultural. Sin embargo, su narrativa prefiere mostrar tensiones antes que pontificar: personajes divididos entre la fidelidad a la tierra y la atracción por París o Berlín, entre el servicio al Estado y la vida retirada, encarnan ese debate sin convertirlo en panfleto.

La situación jurídica y social de las mujeres es un elemento histórico clave. A mediados de siglo, su educación formal era limitada y las decisiones familiares y patrimoniales dependían a menudo de tutores masculinos. En los años 1860-1870, el tema de la educación femenina cobró fuerza, con grupos que viajaron a universidades europeas, especialmente a Zúrich, hasta que en 1873 se ordenó el regreso de estudiantes rusas. En 1878 se abrieron cursos superiores para mujeres en San Petersburgo. Las heroínas de Turguénev muestran, con matices, ese tránsito entre el ideal doméstico y aspiraciones culturales y morales más amplias.

Cambios tecnológicos sostienen el nuevo ritmo vital que late en la colección. La línea ferroviaria Moscú–San Petersburgo se inauguró en 1851 y, en las décadas siguientes, la red se expandió, acortando distancias entre provincias y capitales. El telégrafo, operativo en Rusia desde mediados de los años 1850, aceleró la circulación de noticias y la sincronización de mercados. Viajar a Baden o a Florencia, o desplazarse de una hacienda a la capital, adquirió otra temporalidad y riesgos morales distintos. Turguénev incorpora esa sensación de aceleración y de cruce de mundos que hace de la decisión personal un acto históricamente situado.

La economía de las haciendas tras 1861 se transformó profundamente. Reducciones de ingresos, deudas y necesidad de adaptar cultivos y contratos presionaron a la nobleza. Algunos terratenientes se orientaron a prácticas capitalizadas; otros, a la venta de tierras o a la vida urbana. Las tensiones con comunidades campesinas por lindes, bosques y cargas de redención formaron parte del paisaje social. Aunque centrado en vidas privadas, Turguénev deja oír estos cambios en silencios y atmósferas: la música en una sala, la administración de una finca, la conversación sobre carreras de Estado o retirada al campo son signos de una economía y una identidad en transición.

La censura y la política editorial condicionaron la escritura y la recepción. Bajo Nicolás I, el control fue riguroso; bajo Alejandro II, la normativa de prensa de 1865 introdujo ciertos alivios, aunque la reacción posterior a 1866 volvió a estrechar espacios. La publicación en revistas seriadas obligaba a medir el tono y a confiar en lectores capaces de percibir alusiones históricas en claves íntimas. Turguénev fue blanco tanto de radicales que exigían mayor propósito social como de conservadores que recelaban del cosmopolitismo. Ese campo de fuerzas explica su preferencia por la ambigüedad expresiva y la crítica a través del detalle cotidiano.

Nido de Hidalgos, en particular, conversa con la idea de servicio al Estado y con el peso de genealogías locales. El prestigio del rango, la ética del honor y la memoria de antepasados guerreros aparecen contrastados con la eficacia exigida por un mundo que cambia. Sin mostrar grandes escenas políticas, la novela ilumina las microrupturas del viejo orden: la circulación de libros europeos, el cuestionamiento de la herencia como destino, la conversación religiosa y la progresiva pérdida de centralidad de la hacienda como eje de vida. Es una elegía sobria y a la vez un diagnóstico de obsolescencia.

Primer Amor registra la educación sentimental como documento histórico. El encuentro entre juventud y experiencia se inscribe en una Moscú de casas con jardín, veraneos y visita ritual a parques y cafés, donde la reputación familiar pesa tanto como el deseo. Aparecen prácticas sociales verificables: la mediación de conocidos en relaciones, la importancia del idioma francés, la vigilancia de la conducta femenina y la economía doméstica como tejido de dependencias. La intensidad afectiva no oculta que el relato discurre por un mundo con reglas precisas, que poco después serían interpeladas por reformas legales y por nuevas expectativas de autonomía personal y profesional, también para las mujeres jóvenes de clase media-alta.,Aguas Primaverales se inscribe en una geografía europea atravesada por música, balnearios, cafés y pensiones cosmopolitas. Sus personajes recorren ciudades alemanas e italianas donde circulan óperas, ciencias naturales y conversaciones transnacionales. Ese marco, posible por pasaportes más accesibles a las élites y por la malla ferroviaria, permite a Turguénev explorar promesas que la modernidad hace —y deshace— al individuo. La nostalgia que recorre la novela es también histórica: en la década de 1870, el optimismo reformista convivía con decepciones y con una conciencia más clara de costes económicos y morales de la movilidad social y geográfica.,Un sueño, asociado a 1877, aparece cuando el Imperio libra guerra contra el otomano y, dentro, la agitación populista gana visibilidad. El interés europeo por ciencias de la mente, magnetismo y zonas inciertas de la conciencia nutre el registro del relato. Sin apartarse del realismo, Turguénev se sirve del motivo onírico para interrogar culpa, destino e impresiones que desbordan voluntad. Ese clima intelectual no es marginal: se cruza con interrogantes morales sobre responsabilidad y libertad precisamente cuando se amplían derechos civiles y, a la par, se intensifican temores al desorden social en ciudades en crecimiento.,A lo largo de la colección late la pregunta por el lugar de Rusia en Europa. Los occidentalizadores veían en la disciplina jurídica y la ciencia occidentales un horizonte de modernización; los eslavófilos reivindicaban originalidad espiritual y comunitarismo rural. Turguénev, cercano a los primeros, no convierte sus ficciones en manifiestos. Prefiere, por ejemplo, mostrar cómo una melodía italiana resuena en una sala moscovita o cómo un lector ruso descubre, en autores franceses o alemanes, un espejo incómodo. Esos desplazamientos culturales subrayan que cada decisión íntima es también una toma de posición ante proyectos de país en disputa.,La generación de lectores que recibió estas obras experimentó un doble movimiento: duelo por un mundo que se iba y expectativa ante oportunidades que se abrían. La crítica rusa del siglo XIX valoró en Turguénev su prosa depurada y su atención a la psicología, y discutió su cautela política. Escritores europeos como Flaubert lo leyeron con admiración, consolidando su prestigio internacional. En el siglo XX, su imagen osciló entre la del testigo elegante del ocaso nobiliario y la del realista que mostró con sobriedad contradicciones sociales anteriores a 1917. Las nuevas traducciones reforzaron su presencia como clásico paneuropeo.,En conjunto, la colección funciona como comentario histórico sobre transiciones que van de la servidumbre a la ciudadanía restringida, del dominio de la hacienda al cosmopolitismo ferroviario, y de la certeza del linaje a la incertidumbre del individuo. Cada texto examina un ángulo: la casa señorial antes de la reforma, la iniciación emocional urbana, el viaje europeo que prueba convicciones y el relato que interroga la mente en tiempos convulsos. Leída hoy, la serie invita a ver cómo emociones privadas condensan un siglo de cambios, y cómo sucesivas generaciones han proyectado en Turguénev sus propias preguntas sobre tradición, modernidad y responsabilidad.

Sinopsis (Selección)

Índice

Primer Amor

Un adolescente narra, desde la distancia de la memoria, el vértigo de su primer enamoramiento y el pasaje brusco de la inocencia a la desilusión. En un registro íntimo y contenido, Turguénev explora los matices del deseo y la ambivalencia de los adultos, con una prosa nítida que convierte lo cotidiano en revelación.

Novelas de madurez: Nido de Hidalgos y Aguas Primaverales

Dos novelas que indagan el amor y su resaca: en la Rusia provincial de la clase terrateniente (Nido de Hidalgos) y en escenarios europeos atravesados por la fugacidad de la juventud (Aguas Primaverales). Sus protagonistas, marcados por decisiones elusivas y por la presión de la sociedad, recuerdan con lucidez melancólica aquello que pudo ser, mientras paisaje y conciencia se entrelazan. La escritura serena y musical de Turguénev combina ironía compasiva y sentido del tiempo para convertir el desengaño en elegía.

Un sueño

Relato breve de atmósfera onírica en el que una visión insistente irrumpe en la vida del narrador y desdibuja los límites entre sueño y realidad. La sugerencia de lo sobrenatural funciona como vía para indagar la memoria, la culpa y el destino, más que como efecto fantástico explícito. La economía expresiva y las imágenes insinuantes dejan una inquietud persistente, fiel al gusto de Turguénev por la psicología contenida.

Colección de Iván Turguénev (Clásicos de la literatura)

Tabla de Contenidos Principal
Un sueño
Primer Amor
Nido de Hidalgos
Aguas Primaverales

Un sueño

Índice

Contenido

I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII

I

Índice

Tenía yo diez y siete años cumplidos y vivía en un pequeño pueblo de la costa con mi madre, que apenas tenía treinta y cinco; se casó muy joven.

Al cumplir siete años, murió mi padre y, no obstante, estaba grabado en mi memoria con suma claridad.

Mi madre era bajita y rubia, su hermoso rostro estaba siempre triste; hablaba lentamente, con voz débil, con ademanes tímidos. En su juventud tuvo reputación de hermosa, y continuó siendo encanta-dora hasta sus últimos días. No he conocido jamás un cabello más fino y suave, unas manos más deli-cadas. Yo la adoraba y ella me amaba entrañable-mente...

Sin embargo, no era alegre nuestra existencia; mi madre parecía padecer un dolor extraño, una desgracia irreparable, injusta, y que corroía sin cesar su existencia.

El dolor que le había provocado la muerte de mi padre no era bastante para explicar aquella tristeza abrumadora, aun cuando fuese grande su pesa-dumbre, porque lo había querido con pasión y reverenciaba su memoria. ¡No! En su congoja había un misterio que me era imposible penetrar, pero que intuía de una manera vigorosa e intensa al mismo tiempo, cada vez que fijaba mi mirada en los apacibles y quietos ojos de mi madre, en sus labios tan hermosos y también inmóviles, apretados sin amargura, pero que parecía que nunca se habían de mover.

Ya dije que mi madre me amaba. Sin embargo, había momentos en que me rechazaba o en que mi presencia le era penosa y hasta inaguantable. Parecía sentir de pronto una repulsión involuntaria hacia mí, sentimiento que la horrorizaba en seguida, y, con lágrimas de contrición me estrechaba contra su pecho.

Suponía yo que esos accesos de animadversión se debían al estado enfermizo de mi madre y a sus pesares... Verdad es que también pudieran ser cau-sados por los extravagantes arrebatos de mal humor y de deseos criminales que se apoderaban a veces de mí... Pero esas crisis no se producían nunca en las ocasiones en que me cobraba ojeriza.

Iba siempre vestida de negro, como si estuviese de luto. Vivíamos con cierto desahogo, aunque sin relaciones.

II

Índice

Mi madre había depositado en mí todos sus pensamientos y cuidados, enlazando su vida con la mía.

Una intimidad tan estrecha entre padres e hijos, no siempre es buena para éstos... Por el contrario, a menudo es nociva para ellos.

Pero yo era hijo único... y los muchachos que no tienen hermanos ni hermanas, generalmente cre-cen de una manera irregular. Al educarlos, sus padres piensan en sí mismos tanto como en su hijo...

No hay nada peor en cuanto a educación.

Con todo, no era yo mimoso ni terco: dos ex-tremos en que acostumbran incurrir los hijos únicos. Pero mi sistema nervioso se había conmovido desde muy temprano y era frágil mi salud, como la de mi madre, con quien tenía yo notable parecido.

Eludía la relación con los muchachos de mi edad, y, en general, me apartaba de los hombres; hablaba muy poco aun con mi madre.

Mi afición preferida era la lectura, pero me gustaba más aun pasearme a solas y soñar, soñar...

¿En qué soñaba? Es difícil decirlo: algunas veces imaginaba que me encontraba de repente ante una puerta entornada, detrás de la cual se escondían misterios insondables. Me quedaba esperando, es-tupefacto, sin poder decidirme a trasponer el umbral de aquella puerta y sin dejar de preguntarme qué ocurría allá, cerca de mí... y aguardaba siempre con una especie de desasosiego o acababa por dormirme.

De haber sido poeta, con seguridad hubiera ex-presado con versos tal estado de ánimo; si hubiese sido proclive a la devoción, hubiera entrado en una comunidad religiosa; pero no era poeta ni piadoso y pasaba el tiempo soñando y aguardando en vano.

III

Índice

Ya dije que a veces me dormía asaltado por ideas y cavilaciones indefinibles. Acostumbraba dormir mucho, y los ensueños jugaban un papel importante en mi vida; todas las noches los tenía.

No los desechaba, y les concedía gran importancia, tomándolos por advertencias, y esforzándome por alcanzar su sentido misterioso; algunos de esos ensueños se sucedieron en varias ocasiones, lo cual siempre me daba mucho que pensar y me parecía muy extraño.

He aquí el ensueño que más intensamente me impresionó.

Estoy en una calle angosta y mal empedrada de una ciudad antigua, entre altas casas de techos cónicos.

Voy deambulando al azar y mientras tanto busco a mi padre, el cual no ha muerto, sino que se es-conde de nosotros y vive en una de aquellas casas.

Paso por una puerta cochera, baja y oscura; atravieso un largo patio y al fin entro en un pequeño cuarto al cual llega la luz por dos ventanas redondas.

En medio de aquella estancia, veo a mi padre con ropas de entre casa; está fumando la pipa. No se parece a mi verdadero padre. Es de elevada estatura, delgado, moreno; su nariz es aguileña, los ojos sin brillo y penetrantes; representa unos cuarenta años.

Le disgusta que haya descubierto su retiro, a mí tampoco me satisface aquel encuentro y permanez-co perplejo, de pie frente a él. Se da media vuelta, murmura algo y anda por la habitación con paso breve... Luego se aleja de mí, sin dejar de mascullar frases que no comprendo, y me echa miradas por encima del hombro... El aposento se agranda y se pierde entre tinieblas.

Me da un miedo terrible al pensar que acabo de perder a mi padre otra vez; me lanzo en pos de él, pero ya no lo veo; sólo oigo su gruñido de oso.

Mi corazón desmaya... despierto, y demoro mucho tiempo en volver a dormirme.

Pasé todo el día siguiente recordando los detalles de ese ensueño, que no atinaba explicarme.

IV

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Corría el mes de junio. La ciudad donde vivíamos, se animaba en aquella época del año. Gran cantidad de barcos anclaban en su puerto, y una muchedumbre de extranjeros recorrían sus calles.

Me agradaba pasear por los muelles y por delante de los cafés y de las fondas, pera presenciar las variadas fisonomías de los marineros reunidos en los establecimientos, en torno de mesitas blancas, sobre las cuales había jarros de estaño llenos de cer-veza.

Un día, al pasar por frente a uno de esos cafés, advertí un hombre que pronto concentró toda mi atención.

Vestía un largo levitón negro y un sombrero de paja encasquetado hasta los ojos. Estaba sentado, inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho. Los pocos rizos de su oscuro cabello le caían sobre la frente; sus labios finos apretaban la boquilla de una pipa corta.

¿A quién era parecido ese hombre? Cada rasgo de su semblante amarillo y quemado por el sol, toda su persona, se habían impreso de tal manera en mi mente, que, sin querer, me detuve delante de él, pensando: ¿Quién es ese hombre? ¿Dónde le he visto antes?”.

Evidentemente, sintió mi mirada clavada en él y levantó hacia mí sus ojos negros y penetrantes.

-¡Ah!- exclamé sin poder evitarlo.

Ese hombre era el padre que se me había aparecido en sueños. Mi primer reacción fue comprobar si aún estaba yo durmiendo.

Pero, no... Era de día, alrededor de mí iba y ve-nía la muchedumbre, brillaba el sol alegremente en lo alto del cielo y no era lo que había delante de mí un fantasma sino un hombre de carne y hueso.

Fui hacia una mesa vacía, pedí un bock de cer-veza y un periódico, y me senté muy cerca de aquel ser enigmático.

V

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Abrí el periódico ante mis ojos, para observar a mi antojo al desconocido valido de aquel resguardo.

Continuaba quieto; de cuando en cuando levantaba la cabeza, que tenía inclinada sobre el pecho. Se advertía claramente que esperaba a alguien.

Le observé con obstinación.

Por momentos me parecía ser presa de un espe-jismo, que no existía aquel parecido, y que me dejaba arrastrar por un extravío de mí imaginación...

Pero, apenas se movía aquel hombre en el asiento o movía ligeramente la mano, me costaba trabajo re-primir una exclamación, y volvía a reconocer con certeza a mi padre; tal como se me había aparecido en sueños.

Por fin, el desconocido notó la insistencia con que lo miraba; al principio expresó extrañeza y lue-

go fastidio; y echando una mirada hacia donde yo estaba; pareció a punto de levantarse. Su movimiento hizo caer un bastoncillo que estaba apoyado en la mesa.

Salté de mi asiento, tomé el bastón y se lo en-tregue El corazón me palpitaba como si fuera a sal-tar del pecho.

Me dio las gracias; pero su sonrisa no era franca.

Aproximó su rostro al mío, enarcó las cejas y en-treabrió los labios, como si alguna cosa lo hubiera contrariado.

-Es usted muy gentil, joven- dijo de pronto con voz firme, aguda y gangosa-; lo que es muy raro en nuestros días... Le felicito por ello: le han dado a usted excelente educación.

No recuerdo lo que le respondí, pero nos pusi-mos a conversar.

Me enteré de que era compatriota mío; que acababa de regresar de América, donde había vivido algunos años y adonde estaba a punto de volver.

Dijo ser el barón de... (no entendí bien el título).

Igual que “el padre de mis ensueños”, termina-ba las frases mascullando entre dientes palabras ininteligibles.

Quiso saber cómo me llamaba, y cuando le dije mi nombre y apellido pareció pensar por un instante; después me preguntó desde cuándo vivía en aquella ciudad y si estaba solo.

Respondía que me acompañaba mi madre.

-¿Y su padre de usted?

-Mi padre falleció hace varios años.

Quiso saber entonces cuál era el nombre de pila de mi madre, y en cuanto lo supo lanzó una risotada que contuvo en seguida y se excusó diciéndome que era un apodo americano, y que por otra parte era muy original.

Volvió a interrogarme para saber dónde estaba nuestra casa, y se lo indiqué.

VI

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La emoción que me embargó al principio de nuestra charla iba calmándose poca a poco; sólo me extrañaba aquel insólito encuentro.

Me disputaba la sonrisa con que el barón me hacía preguntas, y no me gustaba tampoco la expresión de sus ojos, que parecían querer atravesarme...

Sus miradas tenían algo feroz y protector, que es-trujaba el corazón. Nunca había visto esos ojos en mis sueños.

El rostro del barón era muy extraño, un rostro mustio, cansado, y que aún tenía un aire de juventud que causaba desagradable impresión.

“El padre de mis ensueños”, tampoco lucía la cicatriz que marcaba oblicuamente toda la frente de mi nuevo conocido; vi esa cicatriz sólo cuando me aproximé mucho al barón.

Acababa de decirle el nombre de la calle donde vivíamos y el número de nuestra casa, cuando un negro de gran estatura, con un poncho que casi le cubría la cara, se aproximó al barón y le tocó levemente el hombro.

Volvióse mí interlocutor y dijo:

-¡Ah! ¡Por fin!

Y saludándome con un ligero movimiento de cabeza, entró en el café, seguido por el negro.

Permanecí en mi puesto, con la intención de es-perar la salida del barón para hablar otra vez con él.

En realidad, ni siquiera sabía qué decirle; pero de-seaba comprobar de nuevo mi primera impresión.

Pero transcurrió media hora... una hora... y el barón no salía.

Entré en el café y lo recorrí todo sin ver por ninguna parte al barón ni al negro... Indudable-mente habían salido por la puerta de atrás.

Empecé a sentir un fuerte dolor de cabeza, y pa-ra aliviarme di un paseo por la orilla del mar, cos-teando la playa, hasta un vasto parque plantado doscientos años antes.

Volví a mi casa después de dos horas de andar a la sombra de robles y plátanos gigantescos.

VII

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Al cruzar el vestíbulo, me salió al encuentro la doncella con las facciones descompuestas.

Por la expresión de su rostro supuse en seguida que había sucedido algo desagradable durante mi ausencia.

Y así era. Me refirió que una hora antes se había oído un grito desgarrador, que partió del cuarto de mi madre; acudió y encontró a su señora tendida en el suelo, desvanecida y que no volvía en sí sino al cabo de varios minutos. Cuando mi madre recuperó el conocimiento, tenía un aspecto raro, despavorido, y se vio impelida a meterse en cama. No dijo una palabra ni respondió a las preguntas que se le hicie-ron, pero no dejaba de echar, temblando, inquietas miradas alrededor.

La doncella hizo que el jardinero fuera buscar corriendo al médico. Vino el doctor y prescribió un calmante, pero no pudo sacar de mi madre ni una sola palabra.

Afirmaba el jardinero que inmediatamente después de haber proferido mi madre aquel grito, vio en el jardín un hombre desconocido que saltaba apresuradamente por sobre los arriates, encaminándose a la puerta que daba a la calle.

Vivíamos en una quinta cuyas ventanas daban a un gran jardín.

El jardinero no consiguió ver el rostro de aquel hombre; pero tuvo tiempo para ver que llevaba un largo levitón y sombrero de paja.

-¡Así vestía el barón!- dije para mí.

El jardinero no pudo alcanzar a aquel hombre, porque en ese mismo momento le enviaron a buscar al médico.

Corrí inmediatamente a la habitación de mi madre. La encontré en cama, con la cara más blanca que las almohadas donde apoyaba la cabeza.

Me reconoció, sonrióse débilmente y me tendió la mano. Me senté a la cabecera y le pregunté qué había sucedido.

Primero se negó a responder; pero acabó por confesarme que había visto una cosa terrible que la llenó de espanto.

-¿Entró alguien en tu cuarto?- pregunté.

-No, no, nadie- respondió vivamente-. Nadie ha venido... pero me creí... creí ver... un fantasma...

Enmudeció y se tapó la cara con las manos. A punto estuve de decirle lo que acababa de saber por el jardinero y de contarle mi encuentro con el ba-rón; pero, no sé por qué, desistí de mi intento, y me limité a asegurar a mi madre que los fantasmas no aparecían en pleno día.

-Hablemos de otra cosa, te lo ruego- murmuró-

Deja eso... Algún día lo sabrás todo.

Volvió a guardar silencio. Estaban frías sus manos; su pulso latía veloz e irregular. Le di una cucha-rada del calmante indicado por el médico y me alejé de la cama para no fatigarla.

No se levantó en todo el día. Permaneció inmó-

vil, en posición supina, exhalando con raros inter-valos profundos suspiros, abriendo con temor los ojos.

Todos los de nuestra casa estábamos perplejos.

VIII

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Aquella noche, mi madre tuvo un leve acceso de fiebre y me hizo salir de su cuarto.

Pero no fui a mi habitación, sino que me tendí en un diván, en una pieza contigua a la suya. Cada cuarto de hora me levantaba, iba con sigilo a la puerta y escuchaba...

Todo seguía en calma; pero mi madre no pudo conciliar el sueño en toda la noche.

Cuando a la mañana siguiente fui a verla muy temprano, advertí que tenía las mejillas encendidas y los ojos con un fulgor que no era normal. Durante el día se sintió un poco mejor; al atardecer subió la temperatura de su cuerpo.

Hasta entonces había guardado un silencio te-naz; pero de pronto se puso a hablar con voz preci-

pitada y anhelante. No deliraba; sus palabras tenían sentido. Sólo les faltaba ilación.

No me alejé de su cabecera. Poco antes de media noche se incorporó de súbito en la cama con un movimiento convulsivo y comenzó a contar... con la misma voz afanosa, bebiendo sin pausa sorbitos de agua, agitando ligeramente las manos y sin mirarme ni siquiera una vez...

Deteníase con frecuencia, hacía un esfuerzo y continuaba su narración.

Era tan extraña aquella escena, que hubiérase dicho que hablaba entre sueños, como si le faltase conciencia de lo que hacía, y como si otro ser se expresase por boca de ella o dictase sus palabras...

IX

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...”Atiende a lo que tengo que decirte- comenzó-. Ya no eres un niño, debes saberlo todo.

“Tenía yo una íntima amiga que se casó con un hombre a quien amaba con pasión y fue muy dicho-sa con su esposo.

“El primer año de matrimonio viajaron a la capital para pasar allí una temporada y divertirse. Se alojaron en una fonda principal y fueron a los salo-nes y los teatros.

Mi amiga era muy bella, y atraía las miradas de todos. Los jóvenes la cortejaban con empecina-miento. Pero había, sobre todo, un... oficial que la perseguía sin cesar... Por todas partes donde iba ella estaban sus malvados ojos negros. No le fue pre-sentado y nunca le dirigió la palabra sin mirarla con desenfado y con una expresión extraña.

“Aquella suerte de hostigamiento envenenó todos los placeres de mi amiga durante su estancia en la capital; rogó a su esposo que la llevase consigo a otra parte y comenzaron a prepararse para partir.

“Una noche, su marido fue a su círculo, donde había sido convidado a una partida de juego por los oficiales del regimiento al cual pertenecía el galan-teador de mi amiga. Ésta se quedó por vez primera sola en la fonda. Como su marido tardara en regresar despidió a su doncella y se acostó...

“De repente quedó yerta de espanto y comenzó a temblar. Acababa de oír un leve ruido detrás de la pared, como de un perro que arañase. Miró las paredes.

“En un rincón llameaba una lámpara ante las sagradas imágenes; todo el dormitorio estaba tapi-zado con telas.

“De improviso, en el lugar de donde venía el ruido, movióse un entrepaño, se levantó... y aquel hombre horrible, de ojos negros y malévolos, salió del muro sombrío y desmesuradamente alto.

“Quiso gritar ella, pero no pudo emitir ningún sonido; sentíase desmayar de terror.

“Se acercó el hombre con paso rápido, como una fiera; echó a la cabeza de mi amiga una cosa blanca y pesada que la sofocaba... ¿y luego?... No recuerdo lo que ocurrió después... ¡No, no lo recuerdo!...

“Fue la muerte... ¡peor que la muerte!... Cuando por fin se rasgó aquel terrible velo, cuando yo...

cuando mi amiga volvió en sí, ya no había nadie en la habitación.

“De nuevo quedó por largo tiempo sin fuerzas para articular un sonido; después de mucho rato pudo pedir auxilio... Luego, otra vez, quedó todo confuso...

“Más tarde, cuando recuperó el conocimiento, vio a su esposo, a quien habían retenido en el círculo hasta las dos de la madrugada... Tenía el rostro descompuesto; quiso interrogar a su mujer, pero no logró respuesta alguna. Como consecuencia de esos hechos cayó enferma de peligro.

“No obstante, si la memoria no me traiciona, en cuanto quedó a solas se puso a revisar las paredes de su habitación. Bajo las telas que las tapizaban halló una puerta secreta, y advirtió, de pronto, que ya no tenía en el dedo el anillo de boda.

“Aquel anillo era muy original. Estaba guarneci-do con siete estrellas de oro, que alternaban con otras siete de plata; era una joya de familia.

“El esposo de mi amiga preguntó qué había si-do de aquel anillo, y no supo qué responderle. Su-puso que se le habría extraviado y lo buscó él sin resultado. Sintió un vivísimo deseo, no exento de inquietud, de regresar a su casa; y en cuanto el mé-

dico autorizó a la enferma a levantarse, dejaron la capital.

“El mismo día de su partida, tropezaron con una camilla, en la cual iba acostado un hombre con el cráneo roto... Aquel... hombre era el visitante fu-nesto, el de los ojos perversos... ¡Le habían matado en riña, por cuestión de juego!

“Mi amiga se recluyó en el campo, y fue madre, por primera y última vez... Aun vivió algunos años con su esposo, quien nunca llegó a sospechar nada.

¿Y qué hubiera podido confesarle? ¡Ella misma nada sabía!

“Sin embargo, su ventura había quedado rota para siempre. La existencia de los dos ensombre-cióse, y la nube que se cernía sobre ellos se desvaneció. No tuvieron más hijos... Y ese hijo único.. .

Un movimiento convulsivo agitó el cuerpo de mi madre, que se cubrió la cara con las manos.

-¡Oh!, ahora dime- continuó con redoblada energía-, ¿es culpable de algo mi amiga? ¿Qué se le puede reprochar? Fue ultrajada, es cierto. Pero, no tiene derecho a proclamar, ante Dios mismo, que era inmerecido el castigo que la hirió? Si es así, ¿por qué tiene que ver nuevamente su pasado en aquella horrible visión, al cabo de tantos años, como una criminal a quien corroen los remordimientos?

Macbeth había matado a Banqueo; era natural que viese fantasmas... ¡Pero yo!...

En este punto, el relato de mi madre se hizo tan confuso, que ya no pude seguir su ilación. Era evi-dente que deliraba.

X

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No costará trabajo comprender la hondísima impresión que me causó revelación tan inesperada.

En seguida deduje que se trataba de mi madre y no de una amiga; su desliz cuando habló en primera persona, no hizo más que confirmar mis suposicio-nes.

Así, pues, era mi padre a quien descubrí en sue-

ños, y a quien había visto en carne y hueso aquella mañana.

Estaba claro que no lo habían matado en aquella riña, sino sólo herido. Gracias a las noticias que yo le había dado, entró en casa de mi madre y esca-pó después asustado por el desvanecimiento de mi madre. Inmediatamente aclaróse para mi toda nuestra existencia; comprendí el sentimiento de involuntaria repulsión que a veces había notado en mi madre para conmigo, y su tristeza habitual y la soledad en que vivíamos...

Después de esas confesiones, no sabía lo que me pasaba; recuerdo que me tomé la cabeza con las dos manos, como para mantenerla en su sitio. Una sola idea se me había metido como un clavo: ¡encontrar a aquel hombre a toda costa! ¿Por qué?

¿Con qué fin? Yo mismo no lo sabía, pero quería encontrarlo... Había llegado a ser para mí cuestión de vida o muerte el descubrir dónde estaba.

Al día siguiente por la mañana, mi madre estuvo más tranquila, y ya sin fiebre pudo conciliar el sue-

ño.

Después de haberla recomendado al propietario de nuestra quinta, la dejé al cuidado de la servidum-bre, y comencé mis pesquisas.

XI

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Primero fui al café donde el día anterior había encontrado al barón. Nadie lo conocía, ni siquiera habían reparado en él; no hizo más que estar de pa-so. Es cierto que no habían olvidado al negro, porque era un tipo que obligadamente había de llamar la atención; pero nadie sabía de dónde venía, ni dónde se alojaba.

Por lo que pudiera ocurrir, di las señas de mi ca-sa y me puse a recorrer las calles, las grandes vías, los mueIles, los alrededores del puerto; entré en todos los lugares públicos, sin descubrir el más pequeño rastro del barón y de su negro acompañante.

Después de vagar de esa suerte hasta la hora de comer, volví cansado y desalentado a casa. Mi madre estaba levantada; mezclábase con su tristeza habitual algo nuevo, una expresión de perplejidad dolorosa, cuya vista me partía el corazón como un cuchillo.

Pasé la noche al lado de ella; jugó un solitario, y yo la miraba sin chistar. No hizo ninguna alusión a su relato ni a lo acontecido la víspera. Hubiérase dicho que, por virtual acuerdo entre nosotros, nada debía avivar el recuerdo de aquellos extraordinarios y venosos acontecimientos; quizás no recordase tampoco con mucha precisión lo que había dicho en el delirio de la fiebre, y contaba con que yo lo disimularía.

Y así fue, me esforcé por disimular, y ella lo comprendió muy bien. Lo mismo que la víspera, rehuyó mis miradas.

En toda la noche no pude cerrar los ojos.

De pronto estalló una tempestad horrible. Au-llaba el viento y soplaba con violencia. Los cristales de las ventanas temblaban y el aire estaba cargado de gemidos y gritos desesperados. Hubiérase dicho que la cavidad celeste estallaba hecha trizas, con quejidos desgarradores, por sobre las casas, que tre-pidaban.

Poco antes de amanecer me sumí en un entre-sueño... Me pareció ver entrar de repente alguien en mi cuarto, y que me llamaba con voz suave y segura.

Levanté la cabeza para mirar en derredor de mí, y no vi a nadie.

¡Cosa rara! No sólo no me asusté, sino que experimenté un sentimiento de satisfacción: me invadió de repente la certeza de que aquella vez iba a conseguir mi propósito.

Me vestí con premura y salí de casa.

XII

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La tempestad había amainado ya, aun cuando se advertían todavía sus últimas convulsiones...

Era muy temprano aún. Las calles estaban soli-tarias. Aquí y allá veíanse por el suelo pedazos de chimeneas, tejas, tablas, vallas derribadas, ramas de árboles desgajados...

-¡Qué dramas han debido desarrollarse esta noche en el mar!- pensé al ver los vestigios que había dejado la tempestad.

Quería ir al puerto; pero, al parecer, obedientes mis piernas a impulso irresistible, me llevara en otra dirección.

En menos de un cuarto de hora me encontré en una parte de la ciudad que aún no había visitado.

Anduve con lentitud, paso a paso, sin detener-me, invadido por una sensación extraña, y como a la espera de algo extraordinario, sobrenatural, y convencido de que ello ocurriría muy pronto.

XIII

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Y, en efecto, sobrevino algo extraordinario, sobrenatural.

De imprevisto vi a veinte pasos el negro que se había acercado al barón en el café cuando yo hablaba con aquel.

Cubierto por el poncho que ya le había visto, parecía haber surgido de la tierra; y dándome la espalda, seguía con paso rápido por la angosta acera de la callejuela tortuosa.

Me lancé tras él, pero el negro aceleró la marcha sin volverse, y desapareció detrás de la esquina de una casa que sobresalía.

Corrí hacia aquel lugar, rodeé la casa. ¡Oh mila-gro!

Ante mí se extendía una calle estrecha y total-mente desierta. La bruma de la mañana la envolvía con un velo agrisado, pero mi vista atravesó aquella espesa oscuridad y recorrió toda la calle. Hubiera podido contar las casas una por una... Pero no vi alma viviente.

El negrazo, envuelto en el poncho, se esfumó con tan asombrosa rapidez como había surgido.

Me quedé alelado; no obstante, mi estupefac-ción no duró más que un minuto.

Otro pensamiento me asaltó: yo conocía aquella calle que tenía ante mis ojos. ¡La había visto en sue-

ños!

Me estremecí... ¡era tan fresco el aire de la ma-

ñana!... y sin dudar, con una serenidad llena de terror, seguí adelante.

Hurgué con los ojos allí está, a la derecha, sa-liente de la acera: allí está la casa que vi en sueños; allí la vieja puerta cochera, con montículos de piedras a los lados...

Cierto es que las ventanas no son redondas, si-no cuadrangulares... Pero es un detalle sin importancia.

Llamé a la puerta: toqué dos, tres golpes, más fuerte, cada vez más fuerte...

La puerta se abrió al fin muy despacio. rechinando como si bostezase, y me encontré cara a cara con una criada joven, con los cabellos enmarañados y los ojos aun medio dormidos. Era fácil ver que acabara de despertarse

-¿Vive aquí el señor barón?...- pregunté mirando a hurtadillas al patio estrecho y largo.

Era tal y como lo había visto en mí sueño; no faltaba nada, ni las vigas, ni las tablas...

-Aquí no vive ningún barón- repuso la joven.

-¡Cómo! ¿qué no vive aquí ningún barón? ¡Eso es imposible!

-Ya no está aquí, se marchó ayer.

-¿A dónde fue?

-A América.

-¡A América!- repetí involuntariamente- ¿Y

cuándo regresará?

La criada me miró con recelo.

-No sabemos nada... Quizá no regrese.

-¿Estuvo mucho tiempo aquí?

-Una semana, poco más o menos... Acaba de partir...

-¿Cuál es el nombre del barón?

-La joven abrió desmesuradamente los ojos.

-¿No conoce usted su apellido? Nosotros le llamábamos simplemente barón. ¡Eh, Pedro!- gritó

al ver que yo trataba de entrar en el patio-. Aquí hay un extraño que hace muchas preguntas.

Un robusto mocetón, mal encarado, salió de la casa.

-¿Qué sucede? ¿Qué quiere usted?- preguntó con voz bronca.

Y luego de haberme escuchado con visible im-paciencia me repitió lo que me había dicho la joven.

-Pero, ¿quién vive en esta casa?

-Nuestro amo.

-¿Quién es vuestro amo?

-Un carpintero. Hay sólo carpinteros en nuestra calle.

-¿Y podré verle?

-Todavía no se ha levantado.

-¿Me permite que entre en la casa?

-No.

-¿Podré ver más tarde a su amo?

-Seguramente... Siempre se le puede ver... Es un industrial... Ahora; puede usted retirarse... Apenas amanece.

-¿Y el negro?- pregunté de repente.

El mocetón me miró alelado, y después la criada.

-¿Qué negro?- dijo por fin- Váyase usted, caba-llero... Vuelva otra vez y podrá hablar con el amo.

Bajé a la calle. La puerta cochera se cerró a mis espaldas con estrépito, pesadamente y de prisa, pero aquella vez sin rechinar.

Tomé nota de la calle y de la casa, y me fui, pero no para regresar a mi casa.

Me embargaba una especie de desencanto. ¡To-do lo que me había ocurrido parecíame tan raro, tan extraordinario... y había terminado todo de una manera tan prosaica!

Es cierto que estaba convencido de que debía de halIar en aquella casa el cuarto que ya conocía, y en aquel cuarto a mi padre, el barón vestido con ropas de dormir y con la pipa en la boca. Pero en lugar de eso, descubrí que el ocupante de aquella casa era un carpintero, a quien se puede ver todas las horas... del día y a quien se le pueden encomen-dar muebles.

¡Y mi padre había vuelto a partir para América!

¿Qué me queda entonces por hacer? ¿Referir toda esta aventura a mi madre, o enterrar para siempre hasta el recuerdo de aquel encuentro?

No podía resignarme a que esta aventura sobrenatural y misteriosa acabase de modo tan ordinario y vulgar.

Así, pues, no pude decidirme a volver a casa, y eché a andar sin saber a dónde. Así llegue fuera de la ciudad.

XIV

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Caminaba con la cabeza gacha, sin pensar, casi sin experimentar sensación alguna, ensimismado.

Un ruido igual, sordo y furioso, me arrancó de mi abstracción. Levanté la cabeza: el mar rugía y mugía a cincuenta pasos de mí. Entonces advertí que iba andando por la arena de la playa.

El mar, revuelto por la tormenta de la noche, cubríase hasta el horizonte de crestas blancas. Las agudas puntas de las altas olas rompíanse unas tras otras en la playa. Me acerqué a la orilla y me puse a seguir la línea de relieve que el flujo y el reflujo ha-bían marcado en la arena amarilla y rayada, llena de plantas marinas, dúctiles, pedazos de mariscos y matas de esparganio.

Las gaviotas, de finas alas, acudían con el viento del gran desierto aéreo y se remontaban dando gritos lastimeros, blancas como la nieve, para dejarse caer a plomo en el agua; parecía que saltaban de una ola a otra, sobrenadando como objetos de plata, o desaparecían entre montañas de brillante espuma.

Noté que muchas de aquellas aves revoloteaban alrededor de un gran peñasco, que se destacaba con vigor sobre la playa monótona.

Una planta de esparganio desplegábase en matas irregulares por un lado de aquel peñasco; y en el lugar donde sus entrelazados tallos salían de la sali-trosa arena, vi una masa negra, de forma larga y abombada. Miré con atención. Era un objeto siniestro... No se movía... A medida que me acercaba, iba adivinando lo que era.

Y cuando estuve a unos treinta pasos del peñas-co, reconocí con claridad formas humanas, y me dije:

-Es un cadáver, un ahogado devuelto por las olas. Me aproximé al peñasco.

Aquel cuerpo era el del barón, el de mi padre.

Me quedé como petrificado en mi sitio.

Comprendí que desde la mañana me conducían potencias misteriosas y que estaba en poder de ellas.

No sé cuánto tiempo transcurrió así, sin oír más que el zumbido incesante del mar y con el alma embar- gada por el horror en presencia del fatum que me poseía.

XV

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El cadáver yacía de espaldas, ligeramente ladea-do, con la cabeza recostada en la mano izquierda, y el brazo derecho doblado debajo del cuerpo. Las puntas de los pies, calzados con botas altas de marinero, estaban enterradas en el barro. Vestía cha-queta azul, empapada en sal marina, y abrochada hasta el cuello, al cual ceñía una bufanda roja. Su atezado rostro, vuelto hacia el cielo parecía sonreír; el labio superior contraído, dejaba ver sus dientes menudos y apretados; las vidriosas pupilas casi se confundían con el blanco mate de los ojos; los cabellos llenos de espuma y arena flotaban hacia atrás en el suelo y dejaban al descubierto su frente surca-da por una larga cicatriz violácea; la delgada nariz sobresalía blanquecina entre las mejillas deprimidas.

¡La tormenta de la noche había realizado su ta-rea!

El barón no volvería a América. Aquel hombre que había ultrajado a mi madre y arruinado su vida, mi padre- ¡sí!, mi padre, ya no podía dudar de ello-yacía inerte en el fango, a mis pies...

Encontrados sentimientos de venganza satisfe-cha de compasión, de odio y de terror embargaban mi ánimo. De terror sobre todo: el terror que me causaba aquella visión y el pensamiento de lo que acababa de ocurrir...

Esos sentimientos misteriosos de perversidad, esos deseos criminales de que hablé al comienzo despertábanse de repente en mí y me oprimían el pecho.