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El primer amor nunca se olvida. Vladímir Petróvich nunca imaginó que aquel verano cambiaría su vida. A los dieciséis años, se enamora perdidamente de Zinaída Aleksándrovna, una joven princesa tan fascinante como imprevisible. Entre juegos, confidencias y silencios cargados de emoción, el adolescente descubrirá la dulzura y la crueldad del amor, y aprenderá que crecer significa también perder algo de sí mismo. Publicada en 1860, Primer amor es una de las novelas más bellas y conmovedoras de Iván Turguénev. Una historia íntima y delicada que captura la esencia de la juventud y la intensidad de los sentimientos que nos marcan para siempre. Una joya de la literatura rusa que sigue conquistando corazones generación tras generación.
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Seitenzahl: 120
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Iván Turguénev
Primer amor
Traducción de Natalia Dvórkina
ALIANZA EDITORIAL
Dedicado a P. V. Ánnenkov
Hacía ya tiempo que los invitados se habían ido. El reloj dio las doce y media. En la habitación solo quedaban el anfitrión, Serguéi Nikoláevich y Vladímir Petróvich. El anfitrión tocó la campanilla y ordenó retirar los restos de la cena.
—Entonces, está decidido —dijo arrellanándose en la butaca y encendiendo un puro—, cada uno de nosotros debe contar la historia de su primer amor. Le toca, Serguéi Nikoláevich.
Serguéi Nikoláevich, un hombre regordete con la cara redonda y el pelo rubio, miró primero al anfitrión y luego elevó los ojos al techo.
—No tuve un primer amor —dijo finalmente—, empecé directamente por el segundo.
—¿Y eso cómo ocurrió?
—Muy fácil. Tenía dieciocho años cuando por primera vez cortejé a una señorita muy atractiva, pero lo hice como si aquello no fuera nuevo para mí: de la misma manera que luego cortejaría a otras. De hecho, me enamoré por primera y última vez de mi niñera cuando tenía unos seis años; pero de esto ya hace mucho. Los detalles de nuestra relación se han borrado de mi memoria, y aunque los recordara, ¿a quién le puede interesar?
—¿Qué podemos hacer entonces? —dijo el anfitrión—. Mi primer amor tampoco tuvo mucho de interesante. No me había enamorado de nadie antes de conocer a Anna Ivánovna, la que ahora es mi mujer... y todo fue como una seda: nuestros padres arreglaron el matrimonio, nos enamoramos muy pronto y nos casamos sin demora. Mi historia se cuenta en dos palabras. He de confesar, señores, que al plantear el tema del primer amor contaba con ustedes, unos solterones a quienes no puedo llamar viejos pero tampoco jóvenes. ¿Tal vez usted, Vladímir Petróvich, pueda entretenernos con algo?
—En efecto, mi primer amor no puede considerarse del todo corriente —dijo con un leve titubeo Vladímir Petróvich, un hombre de unos cuarenta años, de pelo negro con algunas canas.
—¡Ah! —exclamaron al mismo tiempo el anfitrión y Serguéi Nikoláevich—. Esto está mejor... Cuente.
—Como gusten... O mejor no: no se lo contaré. Contar no se me da muy bien: la historia o bien me sale seca y breve o bien prolija y falsa, pero, si me permiten, apuntaré todo lo que pueda recordar en un cuaderno y se lo leeré.
Al principio los amigos no estuvieron de acuerdo, pero Vladímir Petróvich insistió. Al cabo de dos semanas volvieron a reunirse y Vladímir Petróvich cumplió su promesa.
He aquí lo que contenía su cuaderno.
En aquel entonces yo tenía dieciséis años. Todo ocurrió en el verano de 1833.
Vivía en Moscú con mis padres. Ellos alquilaron una dacha cerca de Kalúzhskaya Zastava, frente al jardín Neskuchny. Me preparaba para el ingreso en la universidad, pero trabajaba muy poco y sin prisas.
Nadie coartaba mi libertad. Hacía lo que quería, sobre todo desde que me había dejado mi último tutor francés, que no consiguió acostumbrarse a la idea de que cayó en Rusia «como una bomba» (comme une bombe) y se pasaba los días tumbado en la cama con una expresión de rabia. Mi padre me trataba con tierna indiferencia. Mi madre casi no me prestaba atención, si bien no tenía otros hijos: la absorbían otras preocupaciones. Mi padre, un hombre todavía joven y muy apuesto, se había casado con ella por interés; ella era diez años mayor que él. Mi madre llevaba una vida triste: siempre preocupada, celosa, enfadada, pero no en presencia de mi padre porque le tenía mucho miedo, mientras que él se comportaba de una manera severa, fría, distante... Yo no había conocido a una persona más exquisitamente tranquila, segura de sí misma y despótica.
Nunca olvidaré las primeras semanas que pasé en la dacha. Hacía un tiempo maravilloso. Llegamos de la ciudad el nueve de mayo, el día de San Nicolás. Paseaba por el jardín de la dacha, por el Neskuchny o bien tras la Zastava. Me llevaba algún libro, por ejemplo, el curso de Kaidánov, pero raras veces lo abría y más a menudo declamaba versos en voz alta (sabía muchos de memoria). Mi sangre bullía y en mi corazón sentía un dolor dulce, ridículo: esperaba y temía algo, todo me sorprendía y estaba alerta; mi imaginación volaba y giraba en torno a las mismas imágenes, como vencejos alrededor de un campanario al alba. Me quedaba pensativo, triste e incluso lloraba, pero a través de las lágrimas y de la tristeza inspirada ya fuera por un verso melodioso o bien por la belleza de un atardecer, brotaba como la hierba primaveral el alegre sentimiento de una vida joven y efervescente.
Tenía un caballo de montar. Lo ensillaba yo mismo y me iba lo más lejos posible. Me lanzaba al galope y me imaginaba que era un caballero en un torneo —¡con qué alegría soplaba el viento en mis oídos!— o bien, alzando la cara al cielo, recibía su radiante luz y el azul celeste con el alma abierta.
Recuerdo que en aquella época la imagen de la mujer, el fantasma del amor femenino casi nunca aparecía en mi mente con rasgos definidos; sin embargo, todo lo que pensaba y sentía abrigaba un presentimiento semiinconsiente y vergonzoso de algo nuevo, inenarrablemente dulce y femenino...
Este presentimiento, esta espera, impregnaba todo mi ser: se hallaba en el aire que respiraba, corría por mis venas en cada gota de mi sangre... y pronto estaba llamado a cumplirse.
Nuestra dacha tenía una casa señorial de madera con columnas y dos pabellones bajos; en el de la izquierda había una minúscula fábrica de papel de pared barato... Más de una vez fui allí para ver cómo una decena de chicos flacos con el cabello revuelto, batas mugrientas y caras demacradas se subían a las palancas de madera que presionaban los bloques cuadrados de la prensa y de esta manera, con el peso de sus escuálidos cuerpos, estampaban los abigarrados dibujos del papel. El pabellón de la derecha estaba vacío y se alquilaba. Un día, unas tres semanas después del nueve de mayo, las contraventanas de este pabellón se abrieron y en ellas aparecieron unos rostros de mujer. Una familia se había alojado en él. Recuerdo que aquel mismo día, durante la comida, mi madre preguntó al mayordomo quiénes eran nuestros nuevos vecinos y al oír el apellido de la princesa Zasékina dijo primero, no sin un cierto respeto:
—¡Ah! Una princesa... —y luego añadió—: Debe de ser pobre.
—Han llegado en tres coches de alquiler —observó el mayordomo, sirviendo con reverencia un plato—. No tienen coche propio, y los muebles son de lo más baratos.
—Sí —replicó mi madre—, y sin embargo así es mejor.
Mi padre la miró fríamente y ella se calló.
De hecho, la princesa Zasékina no podía ser una mujer rica: el pabellón que había alquilado era tan decrépito, pequeño y bajo, que las personas mínimamente adineradas no aceptarían alojarse allí. En todo caso, en aquel momento no presté demasiada atención a todo eso. El título de princesa me afectaba poco: recientemente había leído Los bandidos de Schiller.
Yo tenía la costumbre de pasearme al atardecer con una escopeta por el jardín acechando a las cornejas. Desde siempre había sentido odio por estos pájaros cautelosos, rapaces y astutos. El día en cuestión también me dirigí al jardín y después de haber pasado en vano por todas las arboledas (las cornejas me habían reconocido y solo graznaban de forma entrecortada desde lejos), me acerqué por casualidad a la valla baja que separaba nuestras propiedades de la estrecha franja del jardín que se extendía detrás del pabellón de la derecha y que pertenecía a él. Yo iba con la cabeza baja. De pronto oí unas voces, miré por encima de la valla y me quedé de piedra. Una escena extraña se presentó ante mis ojos.
A unos pasos de mí, en un claro entre matorrales de frambuesa verde, se hallaba una joven alta y esbelta, con un vestido rosa a rayas y un pañuelo blanco en la cabeza. A su alrededor se apiñaban cuatro hombres jóvenes y ella aplastaba por turno en sus frentes unas pequeñas flores grises cuyo nombre desconozco pero que los niños conocen muy bien, pues forman unas pequeñas bolsitas que se rompen con un chasquido al estrellarlas contra algo duro. Los jóvenes ponían sus frentes con tanto agrado y en los movimientos de la joven (la veía de lado) había algo tan cautivador, imperioso, tierno, burlón y entrañable, que casi se me escapó una exclamación de sorpresa y placer y me pareció que en aquel momento estaría dispuesto a dar todo lo que tenía para que aquellos preciosos deditos hicieran estallar una flor en mi frente. Mi escopeta se deslizó hasta la hierba, me olvidé de todo y empecé a devorar con la mirada aquella figura esbelta, aquel cuello, aquellos bonitos brazos y el pelo ligeramente despeinado debajo del pañuelo blanco, y aquel inteligente ojo entornado, y aquellas pestañas, y la tierna mejilla debajo de ellas...
—¡Joven, eh, joven! —dijo de pronto alguien a mi lado—, ¿desde cuándo está permitido mirar de esta manera a señoritas desconocidas?
Todo mi cuerpo se estremeció, quedé aturdido... Cerca de mí, detrás de la valla vi a un hombre de pelo negro y corto que me miraba de reojo con ironía. En aquel mismo momento la joven también se volvió hacia mí... Vi sus enormes ojos grises en un rostro vivaz, animado. Y de repente toda esa cara se estremeció, rió, los dientes blancos brillaron en ella, las cejas se levantaron con gracia... Me ruboricé, cogí la escopeta del suelo y, perseguido por una risa sonora pero desprovista de malicia, me fui corriendo a mi habitación, me arrojé sobre la cama y me tapé la cara con las manos. Mi corazón daba brincos. Me sentía muy avergonzado y alegre: experimentaba una emoción nunca vivida.
Después de haber descansado, me peiné, me arreglé la ropa y bajé a tomar el té. La imagen de la joven flotaba ante mí, el corazón me había dejado de dar brincos pero se encogía de una manera agradable.
—¿Qué te ocurre? —me preguntó mi padre de repente—. ¿Has matado una corneja?
De pronto me asaltaron ganas de contárselo todo pero me contuve y solo sonreí en mi interior. Cuando me fui a dormir, no sé por qué, di unas tres vueltas sobre un solo pie, me puse pomada en el pelo, me acosté y dormí toda la noche como un tronco. Antes del amanecer me desperté por un instante, alcé un poco la cabeza, miré a mi alrededor con éxtasis... y me volví a dormir.
«¿Cómo podría conocerlos?», fue mi primer pensamiento en cuanto me desperté por la mañana. Antes de tomar el té fui al jardín pero no me acerqué demasiado a la valla y no vi a nadie. Después del té pasé varias veces por la calle delante de la dacha e intenté mirar por las ventanas desde lejos... Me pareció ver su rostro detrás de una cortina, me asusté y me alejé apresuradamente. «Sin embargo, tengo que conocerla —pensaba mientras paseaba confuso por la explanada arenosa que se extendía delante del Neskúchny—, pero ¿cómo? Ésta es la cuestión.» Recordaba los más ínfimos detalles del encuentro del día anterior y, por alguna razón, la imagen que evocaba con más nitidez era la de ella riéndose de mí... Pero mientras yo estaba ansioso y urdía planes, el destino ya me había tomado a su cargo.
Cuando estaba ausente, mi madre recibió de su nueva vecina una carta escrita en papel gris, sellada con aquel lacre parduzco que se utiliza solo en las notificaciones de correos y en los tapones de vino barato. En esta carta, llena de faltas de ortografía y escrita con letra irregular y poco cuidada, la princesa pedía a mi madre que la amparara: en su opinión, mi madre mantenía buenas relaciones con personas distinguidas, de las cuales dependía el destino de la princesa y el de sus hijos, puesto que ella tenía pleitos muy importantes. «Me dirijo ha usted —escribía ella—, como una dama noble ha otra dama noble, y mees grato aprobechar esta ocación.» Al final pedía permiso a mi madre para venir a visitarla. Mi madre me pareció molesta: mi padre no estaba en casa y ella no tenía a quién pedir consejo. Era imposible no contestar a una «dama noble» que además era princesa, pero no sabía muy bien cómo hacerlo. Escribirle una carta en francés le parecía fuera de lugar; por otro lado, mi madre tampoco dominaba bien la ortografía rusa y, sabiéndolo, no quería quedar en evidencia. Se alegró de mi llegada e inmediatamente me mandó ir a casa de la princesa y asegurarle de palabra que mi madre siempre estaría dispuesta a hacerle un favor a su alteza mientras estuviera dentro de sus posibilidades, además de decirle que la invitaba a venir a visitarla pasadas las doce. El cumplimiento sorprendentemente rápido de mis deseos secretos me alegró y al mismo tiempo me asustó. Sin embargo, no di señales de la confusión que se apoderó de mí y antes de ir a casa de la princesa me dirigí a mi habitación para ponerme la levita y la corbata que acababa de estrenar: en casa todavía llevaba chaqueta corta y cuellos vueltos, si bien me avergonzaban mucho.
En el recibidor estrecho y desarreglado del pabellón, donde entré con un temblor involuntario en todo el cuerpo, me recibió un criado viejo y canoso, de cara color cobrizo oscuro, ojos huraños como los de un cerdo y unas arrugas tan profundas en la frente y las sienes como no había visto en mi vida. Llevaba en un plato una raspa de arenque y, entornando con un pie la puerta que daba a otra habitación, dijo con voz cascada:
—¿Qué quiere?
—¿Está en casa la princesa Zasékina? —le pregunté.
—¡Vonifati! —gritó desde detrás de la puerta una voz trémula de mujer. El criado se volvió sin decir nada, mostrándome la gastada espalda de su librea con un solitario y oxidado botón con escudo, y se fue dejando el plato en el suelo.
»¿Has ido a la policía? —insistió la misma voz de mujer. El criado dijo algo ininteligible—. ¿Eh?... ¿Ha venido alguien?... —se oyó de nuevo—. ¿El señorito de los vecinos? Bueno, hazlo pasar.
