2,30 €
Estos dos breves ensayos fueron realizados por el autor en 1999. El primero de ellos, "El ensueño y la acción", nos remite a la Plaza de Colón, en Madrid. En ella, una especie de montaje escenográfico de colosales dimensiones sugiere reflexiones contradictorias. La plaza deja de ser un simple lugar de esparcimiento y desahogo urbano para convertirse en un laberinto de hechos históricos que se desarrollan en complejo entramado.
En "El bosque de Bomarzo", el autor dilucida los significados de un jardín manierista del Renacimiento atestado de alegorías y símbolos originados en la Alejandría del siglo II. En este bosque, hoy convertido en atracción turística, se conservan numerosas esculturas de inspiración mística que siguen dando lugar a interpretaciones fantasiosas.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2014
El ensueño y la acción - El bosque de Bomarzo
Estos dos breves ensayos fueron realizados por el autor en 1999. El primero de ellos, El ensueño y la acción, nos remite a la Plaza de Colón, en Madrid. En ella, una especie de montaje escenográfico de colosales dimensiones sugiere reflexiones contradictorias. La plaza deja de ser un simple lugar de esparcimiento y desahogo urbano para convertirse en un laberinto de hechos históricos que se desarrollan en complejo entramado. En El bosque de Bomarzo, el autor dilucida los significados de un jardín manierista del Renacimiento atestado de alegorías y símbolos originados en la Alejandría del siglo II. En este bosque, hoy convertido en atracción turística, se conservan numerosas esculturas de inspiración mística que siguen dando lugar a interpretaciones fantasiosas.
Madrid, plaza de Colón. Entre árboles, aguas y flores, dos protagonistas hieráticos y distanciados plantean su contrapunto. Mientras el Monumento al Descubrimiento de América se asienta centralmente, la estatua de Cristóbal Colón ocupa un espacio lateral. Y en la noche, cuando el tumulto urbano se ha silenciado, un mundo de calculados laberintos, de contradicciones apenas esbozadas, cobra relieve. El monumento iluminado por potentes haces de luz blanca impone el peso de su masa al tiempo que la silueta del célebre navegante se yergue lejana y fantasmal. Así, el observador queda atrapado en una situación onírica en que los objetos se le hacen extraños. La estatua, en una esquina de la plaza, no puede ser apreciada con justeza porque está de espaldas. Tampoco se puede llegar al monumento pues un estanque lo circunda. Es necesario salir de la plaza y, dando un rodeo, entrar desde la calle. Pero allí se está demasiado cerca de los bloques y es imposible, retrocediendo, regular las distancias que serían necesarias para observar los detalles y el conjunto. Finalmente, cuando se intenta otra perspectiva, unos árboles impiden la visión. Así es que se puede apreciar del complejo un solo aspecto por vez; solo un aspecto, paso a paso. Entre los bloques del monumento se recortan dos severos cipreses mientras en los jardines van alternándose olivos y magnolias. Pequeñas farolas con luces amarillas y algunos bancos de piedra enmarcan al ambiente calmo, recogido y desconcertante.
La plaza fue inaugurada hacia 1841. Actualmente se alza en los jardines una fina columna neo gótica de 20 metros sobre la cual está emplazada la figura del gran genovés(1). Este, llevando en su mano derecha un estandarte plegado con una cruz en su ápice, parece avanzar un paso. En la escena de piedra no se leen fechas decisivas. Los nombres de los reyes de España no aparecen bordados en la bandera. No se ven carabelas, ni nativos de América. Están ausentes las figuras de los hermanos Pinzón acompañando el desembarco en Guanahaní. Es que el escultor no pretendió mostrar la realidad de una extraordinaria aventura sino que materializó la imagen que el marino tuvo de sí mismo cuando se sintió encarnando al San Cristóbal de la leyenda. El artista hizo visible el ensueño que impulsó a Cristóbal Colón a reemplazar su nombre civil por uno ficticio. Así se comprende que la grafía estampada en numerosos documentos de la época no es un seudónimo sino la representación del autor(2), es su firma que dice “Cristo ferens” y que significa “el portador de Cristo.”(3)
El Monumento al Descubrimiento de América(4) está emplazado en el espacio central sobre una plataforma escalonada provista de rampas. Sobre ese piso se levantan unas enormes murallas de hormigón. El monumento consta de 4 volúmenes, de los cuales el más alto mide 17 metros de altura. Grandes dibujos incisos y textos macizos ocupan los 2.000 metros de superficies decoradas de los segmentos murales. La luz juega en las caras planas o curvas de los muros compuestos con áridos rojos de Alicante. Esta gran construcción impresiona por sus sorprendentes características.(5)
Los dos volúmenes centrales del monumento llevan grabadas las principales fechas, lugares y nombres en la historia previa del descubrimiento. Se ve a Colón con su hijo Diego y se aprecia la entrevista con los reyes. Más allá están las barras, los castillos y leones de Castilla y Aragón, junto a las barras y las águilas de Sicilia. Se trata de la heráldica estampada en la bandera que se llevó a las tierras de Guanahaní.
En el enorme bloque final, llamado “El Descubrimiento”, se leen en bajorrelieve los nombres de la tripulación y las circunstancias de la aventura: “...El Almirante bajó a tierra en la barca armada y Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez su hermano que era capitán de La Niña. Sacó el Almirante la bandera real y los dos capitanes las dos banderas de la cruz verde con una ‘F’ y una ‘Y’ encima de cada letra su corona. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes, y aguas muchas, y frutas de diversas maneras... luego se juntó allí mucha gente de la isla”. Una figura de Colón de siete metros, con los pies en el agua y el gran báculo en la mano, al estilo de los San Cristóbal de las catedrales, domina al conjunto.
El inquietante primer bloque, al que el arquitecto de la obra llamó “Las Profecías”, presenta varias inscripciones. Una de ellas corresponde al coro de la Medea de Séneca tal cual fue traducido del latín al castellano por Colón para respaldar sus argumentos en la Corte. En esa traducción libre de los versos del cordobés romano se lee: “Vendrán en los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar océano aflojará los atamientos de las cosas y se abrirá una grande tierra y un nuevo marinero como aquel que fue guía de Jasón y que hubo de nombre Typhis descubrirá nuevo mundo y ya no será la isla Thule la postrera de las tierras”. Frase bastante diferente a la que, en realidad, escribe Séneca: “Tiempos vendrán al paso de los años en que suelte el océano las barreras del mundo y se abra la tierra en toda su extensión y Tetis nos descubra nuevos orbes y el confín de la tierra ya no sea Thule”(6).
Otro escrito, ahora de San Isidoro de Sevilla, acompaña en el muro a las palabras de Séneca. El autor de las “Etimologías” afirma ocho siglos antes del descubrimiento: “Además de las tres partes del mundo existe otro continente más allá del océano”. Esta inscripción, por demás sugestiva, poco tiene de profética y en todo caso se aproxima a la percepción de Raymundo Lulio en la que se habla de la existencia de una gran tierra “en la que el océano debe estribar por occidente.”
![[Colección del Nuevo Humanismo] Notas - Silo - E-Book](https://legimifiles.blob.core.windows.net/images/3be9ec4c08cc977f0c6f4905ca405abd/w200_u90.jpg)