Color de noche - Alejandro Ramírez - E-Book

Color de noche E-Book

Alejandro Ramírez

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Beschreibung

Color de noche se deshace en reflejos nocturnales y en secretos escondidos, en la sonrisa de la muerte y en diarios escritos a la luz del pasado… La palabra es un milagro que sugiere, crea , enamora y transforma, pero también lo más peligroso que atrapa. Las historias de Alejandro Ramírez hacen eso: nos atrapan y, sabia y cautamente, nos regalan los colores que desvelan los misterios de la noche.

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Seitenzahl: 84

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Primera edición, septiembre de 2000

Director de la colección: Alejandro Zenker

Coordinadora de la colección Ivonne Gutiérrez

Cuidado edirotial: Elizabeth González

Coordinador de producción: Beatriz Hernández

Director de comercialización: Miguel Ángel Sánchez

Formación digital: Itzbe Rodríguez

Fotografía de la portada: Alejenadro Ramírez

© 2000 Solar, Servicios editoriales, S.A. de C.V.

Calle 2 número 21, San Pedro de los Pinos

Teléfonos y fax (conmutador): 5515-1657

[email protected]

www.solareditores.com

ISBN 978-607-7640-82-0

A Gloria

(como siempre, como todo)

Para Ale, Dani y Sara

Con mi amor

Índice

Paseo nocturno

La Muerte en el lobby

Diario inconcluso

Sonata en rojo

Traducción

Nariz tapada

El Coco debajo de la cama

Sombras en el techo

Parientes lejanos

Paseo nocturno

No le es difícil seguir el rastro, hacerlo es casi un juego, el juego de la vida y de la muerte. El olor del miedo traza el camino como dibujándolo en el aire. Ella sabe que permitió a la presa que huyera sólo para prolongar la caza. En el momento en que acecha, ataca, rastrea y tiene a su merced a la víctima es cuando se siente completa.

El incremento en las pulsaciones es casi imperceptible pero constante, domina completamente la situación. Da el último salto, muerde el cuello que se parte como una rama seca al pisarla. La sangre empieza a correr, bebe del borbotón casi con gula. El placer, definitivamente sensual, le eriza la piel.

Sudorosa, agitada, se incorpora; la sábana que la cubre se desliza hasta su cintura. Los pezones desnudos, al recibir el viento fresco de la noche que penetra por el balcón abierto, se tensan tanto que duelen. Sus ojos poco a poco van recobrando su color, del ámbar de reflejos rojizos y dorados al casi negro color de un pozo sin fondo.

Ella se deja caer sobre la almohada. Con el hambre saciada pasa el resto del día mirando al techo, la mente en blanco, con el sabor de la sangre en los labios espera con calma el paso del tiempo, que llegue el momento de su paseo nocturno.

La Muerte en el lobby

El área de más tránsito en un hotel es el lobby, los que llegan y los que se van, todos pasan por ahí. La fauna que lo cruza es de lo más variada. Me gusta observar a la gente en su constante ir y venir, gastando el tiempo como si fuera de ellos, como si fueran inmortales. Me llama la atención el contraste entre las rubias teenagers gringas de apetecible físico y su inminente futuro, su gruesa madre desbordada por las carnes, y el padre gigante, colorado, cuyo abdomen vence el esfuerzo que por albergarlo hace la camiseta de tirantes que porta y que ostenta el letrero: ¡Viva México Cabrones!

Entró justo después de un taxista bigotón. Delgada, muy delgada, con profundas ojeras y vestida de negro llegó la Muerte silenciosamente. Nadie reparó en ella. Sólo yo parecía identificarla. Se sentó casi frente a mí; al igual que yo, observaba a la gente. Parecía buscar a alguien. Un grito nos hizo voltear a los dos. Un niño que corre huyendo de sus padres resbala y su cabeza queda a unos centímetros de estrellarse contra el mármol. Busco a la Muerte en el sillón donde se encontraba; pero no, no es por el niño por quien viene… Ahí sigue sentada, sonriendo y fumando. Cruza una de sus flacas y pálidas piernas, roza una flor que inmediatamente se marchita y se desintegra; el polvo que queda es barrido por un gélido airecillo.

No me muevo, pero mi quietud me delata. Donde todo es ajetreo la tranquilidad se vuelve como un oasis en el desierto. La Muerte me dedica ahora su sonrisa, un leve gesto de saludo entre dos conocidos.

Una pareja se acerca al mostrador. Él tose con esa tos que parece que se lleva un poco de vida cada vez; la mujer que lo acompaña le ofrece un pañuelo. La Muerte se levanta y se acerca a la pareja suavemente; casi con dulzura toca a la mujer, quien se lleva una mano al pecho y se desploma.

El hombre trata de sostener el exánime cuerpo. También yo me acerco al cuerpo; una brillante luz nos baña. La Muerte se ha marchado, y la mujer y yo cruzamos el umbral:

—Calma, hija, calma —le digo, tratando de tranquilizarla.

—Papá, ¿eres tú?

—Sí, hija, después de tantos años he venido a recibirte.

Diario inconcluso

Paso mi vida entre libros y soy asiduo visitante de bibliotecas. Mi profesión de paleógrafo es también mi pasatiempo y, debo admitirlo, mi pasión. No hace mucho me llegó una de esas invitaciones que, para una persona como yo, constituye el más seductor de los señuelos. Se había iniciado la restauración de un antiguo edificio que había sido construido y ocupado durante casi trescientos años por una orden religiosa. Al seguir los planos de la construcción original, se encontró que un muro no estaba señalado, una pared más reciente, quizá de hace unos doscientos o doscientos cincuenta años, de adobe, de casi treinta centímetros de espesor. Los arqueólogos a cargo de la restauración practicaron una perforación a través de la cual pasaron una lámpara y una pequeña cámara de televisión. No sé qué esperaban encontrar, tal vez una cripta o algo parecido, pero lo que hallaron es lo que provocó que tuviera la oportunidad de conocer el convento de San Cosme.

En una habitación de tal vez dos por tres metros, inaccesible y oculta desde hace mucho tiempo, se hallaban una pequeña biblioteca en perfecto estado, una mesa de madera basta, una silla en el centro del cuarto y, lo más asombroso, al menos para mí: sentado en la silla un cuerpo momificado, muy bien conservado, vestido con los hábitos de la orden que ocupó el convento. El cuerpo, recargado en la mesa, junto a un tintero y la caña de una pluma, se encontraba encadenado de pies y manos.

Platicando con los arqueólogos concluimos que el clima seco de la región y el ambiente casi anaeróbico del interior de la celda eran las causas de que tanto el cuerpo como los libros se encontrasen en tan buen estado. A causa del espacio tan reducido, primero se retiraría el cuerpo, para lo cual era necesario tirar totalmente el muro de adobe. El siguiente paso sería que mi asistente, un calificado bibliotecólogo y yo entraríamos a inventariar y clasificar los volúmenes hallados. Después, ya con tiempo, estudiaríamos cada libro.

Habríamos seguido este sencillo plan de trabajo si no hubiera sido porque al levantar el cuerpo se encontró un manuscrito debajo de éste. Desde luego, la curiosidad nos venció. Todos quisimos saber que era lo que el monje escribía cuando la muerte lo sorprendió.

Una prolija caligrafía llenaba varias páginas del papel ahuesado que, en cuadernillos de ocho, formaba el tomo encuadernado en piel que por largo tiempo estuvo oculto bajo el cuerpo de quien lo escribió:

Tenga el Señor piedad y misericordia de este humilde siervo que sin pecado es asediado por el Maligno. Obediente al mandato de su Ilustrísima, transcribo las visiones infernales que cada noche asaltan mi sueño hasta el punto que ya temo el momento en que la fatiga me obliga a cerrar los ojos.

Éste era el inicio del que parecía ser el diario del pobre hombre que tal vez fue encadenado por culpa de algunas pesadillas. No hay que olvidar que en el tiempo en que le tocó vivir, a los pobres neuróticos en lugar de darles tratamiento psicológico se les condenaba a la reclusión o, con demasiada frecuencia, a la tortura. Inmediatamente nació en mí cierta simpatía hacia quien parecía ser víctima de la ignorancia y la superstición. Por otra parte, bien comprendí ese temor a quedar dormido, pues de un tiempo acá mis noches se habían vuelto intranquilas. Aunque no recordaba mis sueños, sabía que algo terrible pasaba en ellos.

Durante dos días fotografiamos y ampliamos cada página del cuaderno. Con las fotografías en la mano inicié la transcripción de los —suponía yo— afiebrados sueños de aquel monje:

son millones de libros, nunca pensé que pudieran existir tantos… Un cuadro, que representa un paisaje pero con mucho mayor detalle y preciosura que los que adornan, Dios me perdone, la sala en que recibe su Ilustrísima y que una vez hace ya tiempo tuve el privilegio de visitar, brilla aun más que la luz que parece venir de todas partes. Ahora, el paisaje desaparece y en el marco que lo contenía se van formando palabras en una lengua que desconozco.

El texto continúa y conforme voy leyendo, aunque parezca increíble, me parece encontrar en las palabras escritas hace tanto tiempo la descripción de la biblioteca de la universidad en la que trabajo, las mesas de los investigadores con sus computadoras… El paisaje del que habla bien podría ser el tapiz de la pantalla de alguna de ellas; de hecho, tengo en la mía una hermosa fotografía de una cascada que yo mismo tomé con una cámara digital. No deja de asombrarme la exactitud de la descripción, desde luego que trato de interpretar lo que con su lenguaje el monje nos dice. Después de leer y releer decido que ha sido suficiente. Por fin pude recordar y entender las pesadillas que me atormentan, el frío, la luz de la vela y, sobre todo, el dolor que cada vez que escribo me producen los grilletes en la carne viva.

Sonata en rojo

Y todo lo que el sueño

hace palpable:

la boca de una herida,

la forma de una entraña,

la fiebre de una mano

que se atreve.

X. VILLAURRUTIA

3

Allegro non molto