Cómo acabar con la humanidad - Dán Lee - E-Book

Cómo acabar con la humanidad E-Book

Dán Lee

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Beschreibung

En Cómo acabar con la humanidad, siete voces brillantes de la narrativa joven mexicana exploran un tema a la vez aterrador y fascinante: el fin de los humanos sobre el planeta. ¿Quién no ha imaginado el fin del mundo o se ha preguntado en qué condiciones se despediría el ser humano de la existencia? Las guerras y las hambrunas, la crisis climática y los excesos del actual antropocentrismo nos confrontan con nuestro peor miedo: un mundo sin nosotros. La presente antología reúne toda clase de cataclismos que enfrentan a los personajes de estas historias con el exterminio de la especie. Las causas en las que se gesta la muerte son diversas: humo rojo esparcido por un avión que lo tiñe todo de violencia, la cura de una enfermedad cuyo efecto secundario es la pérdida de la fe, un gigante ojo cósmico que aparece en el cielo e intriga a la humanidad o las plantas que recuperan el territorio perdido ante la civilización. Morir es un destino ineludible, las formas, sin embargo, son ilimitadas.

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Seitenzahl: 167

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Título: Cómo acabar con la humanidad

© 2023 Carlos Alvahuante, Juan José Gutiérrez, Ulises Islas, Dán Lee, Julián Mitre, Edna Montes, Amelia Obregón

© 2023 Comma Ediciones, S.A.S de C.V.

www.commaediciones.com.mx

Primera edición: Ciudad de México, marzo de 2023

Queda prohibida la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio —incluidos los electrónicos— sin permiso escrito por parte del titular de los derechos. Todos los derechos de reproducción de los textos publicados son propiedad de Comma Ediciones, S.A.S. de C.V. Las opiniones vertidas en los relatos firmados son responsabilidad exclusiva de los autores y no necesariamente reflejan las opiniones y los juicios de Comma Ediciones, S.A.S. de C.V.

ISBN: 978-607-59667-2-4

Edición: Víctor Uribe

Coordinación: Dán Lee

Cuidado editorial: Sophia Barba y Alma Martínez

Diseño gráfico editorial: Eduardo Hermosilla

Índice

¿Quién quiere acabar con la humanidad?

El Rey de los Gorriones

Carlos Alvahuante

Jardinería pagana

Edna Montes

El asesino de Dios

Ulises Islas

La noche de la verga

Julián Mitre

El libro de las cosas imposibles

Juan José Gutiérrez

El ojo de Dios

Amelia Obregón

Punto final

Dán Lee

Semblanzas

¿Quién quiere acabar con la humanidad?

¿A quién no le gusta jugar a ser Dios? Hacer y deshacer ejercitando solamente la voluntad. La fantasía infantil de la omnipotencia, el “ya tengo el poder” que prometieron los personajes de He-man y She-ra a una generación entera. Este sueño, al ejecutarse en la realidad, se ha convertido en pesadilla: el Antropoceno; esta nueva era geológica definida por la extinción masiva de especies a causa del impacto de la actividad humana en el planeta. En poco menos de un siglo, el apetito de destrucción que caracteriza al Homo sapiens sapiens ha dejado una marca en la historia natural del planeta equivalente a la caída de un meteorito kilométrico, la oxidación de la atmósfera o un cataclismo volcánico. Como es lógico, la naturaleza no se iba a quedar de brazos cruzados (o raíces, tentáculos, placas tectónicas, lo que sea que cruce la naturaleza) ante la devastación. Esta antología es la reacción evolutiva a los efectos del Antropoceno: en las historias aquí contenidas, ejemplares de Homo sapiens traidores a su especie ofrecen, a los ojos de quien desee observar, ideas que ilustran diversas maneras de acabar con la humanidad, o al menos de intentarlo.

Sabemos que las fantasías de exterminio no son nuevas, existen desde tiempos bíblicos (pocas veces mejor empleado este adjetivo), con inundaciones, apariciones de seres sobrenaturales que anuncian la destrucción y otros planes igual de macabros. Aunque los narradores aquí reunidos no son tan arrogantes como para llamar “profecías” a sus historias, las elucubraciones que emanan sí pueden compararse en salvajismo con la creatividad de los innumerables dioses que han fastidiado a los humanos desde que éstos aprendieron a inventarlos: vapores rojos que encienden la ira colectiva, circunferencias en el firmamento que despiertan lo más oscuro de la naturaleza personal, deidades arcanas cuyo único fin es hartarse de almas, etc. Aparentemente, esto de ser dios conlleva dos cualidades: crueldad e inventiva.

No es casualidad que las características citadas al final del párrafo anterior sean también rasgos que definen al ser humano y que sean la raíz de las peores amenazas en nuestra contra, como las armas de destrucción masiva o las medidas gubernamentales de exterminio (contra otros pueblos o contra sus mismos gobernados), por citar dos ejemplos “sobresalientes”. Para ponerle fin a la humanidad no es necesario convertirse en asesino, basta con erradicar aquello que diferencia a las personas del resto del reino animal, aunque no se sepa a ciencia cierta cuál es este factor; tal vez sea la capacidad de crear una obra artística, la necesidad de creer en la ciencia o en un ser supremo… o la habilidad de vivir existencias paralelas mientras soñamos. ¿Cuáles serían las consecuencias de eliminar alguno de estos factores de la psique humana? Las posibilidades se exploran en las historias que esperan luego de este prólogo.

Estamos ante un libro sin esperanza ni soluciones. Detrás de cada relato de Cómo acabar con la humanidad se encuentra una amenaza, una posible hipótesis, una forma en que el Antropoceno, este nuevo cataclismo natural, podría finalizar… pero ¿en verdad alguien desea que termine? Como estás a punto de leer, pese a nosotros mismos, nos la estamos pasando muy bien.

Dán Lee

El Rey de los Gorriones

Carlos Alvahuante

El cielo es azul, pero no por las razones que todos creen; es azul porque en realidad se trata de un océano de aire, lleno de islas de nubes y peces con alas en bandadas de colores.

Armando sonríe. Imagina. Está acostado bocarriba en la azotea de su casa. Trae una peluca morada y unos lentes oscuros con armazón de estrella, además de un overol de mezclilla que decidió no quitarse nunca, sin importar las manchas de tierra o los agujeros que le brotan espontáneamente.

Junta los pulgares, eleva las manos y las hace aletear a semejanza de los gorriones que van pasando por ahí. Él es el Rey de los Gorriones, el Emperador de los Días Soleados, el Amo y Señor de los Pensamientos que le Dan Forma al Mundo. Por lo mismo, odia el nombre que le pusieron sus padres. Es demasiado común. Normal incluso. Un nombre que no le hace justicia.

Ve algo en las profundidades del cielo que le llama la atención. Se pone de pie y se quita los lentes. Preocupado, frunce el entrecejo. Se trata de un submarino con alas. O un avión, según las creencias que uno tenga. Armando no los quiere. Son ruidosos y molestos. Asustan a los gorriones.

El avión deja escapar una nube de humo rojo que se va esparciendo por el aire.

—¡Mamá! —Armando se abre paso entre la ropa que cuelga de los tendederos y baja las escaleras; con mucho cuidado, eso sí, sujetándose del barandal en todo momento. A pesar de su corpulencia y de la aparente fuerza de sus dieciséis años, su cuerpo a veces lo hace tropezar en los momentos más inoportunos, como aquella vez que se cayó al cruzar una calle y estuvo a punto de que lo atropellaran—. ¡Mamá!

—¿Qué pasó? —La señora se encuentra en la cocina, cortando zanahorias con un cuchillo oxidado.

—¡Es el avión, mamá! ¡Regresó! ¡Lo acabo de ver!

—¿Por qué traes esa peluca? Quítatela, te ves ridículo.

Armando se quita la peluca y una corriente de aire fresco le acaricia la cabeza. De inmediato continúa:

—¡Está echando humo!

—¿Qué cosa?

—¡El avión! ¡Igual que los otros días!

—Ha de estar fumigando.

No. Armando conoce la diferencia. Ha visto algunas avionetas rondando los campos de cultivo a las afueras de la ciudad. Siempre vuelan bajo. Este avión es diferente. Grande. Negro. Más parecido a un avión de guerra que a una avioneta destartalada. Además de que vuela a demasiada altura como para que pueda atinarle a un minúsculo sembradío.

—¿Y si nos está echando el humo a nosotros? —pregunta Armando. No es algo que se le haya ocurrido de repente. Lo pensó desde la primera vez que vio la nube roja, desde la primera vez que vio cómo el humo se iba abriendo en el cielo como una mano con garras.

—Ay, hijo, qué cosas dices. —Su mamá niega con la cabeza. Echa las zanahorias en una olla y toma un par de calabazas. Las corta con saña, como cuando se enteró de que el papá de Armando tenía otra familia, una con la que prefirió llevarse todo su dinero.

—¡A lo mejor estamos en guerra, mamá, y nadie nos ha avisado!

—¿Por qué no vas a ver si ya puso la marrana?

—¿Si ya puso qué?

—Pues búscala para que te enteres.

Armando nunca ha logrado entender ese asunto de la marrana. Dedicó tardes enteras a buscarla, pero no la encontró por ningún lado, por lo que supuso que su mamá no estaba bien de la cabeza. Desde entonces, decidió que lo mejor era seguirle la corriente, fingir que creía en la existencia de ese animal que ponía huevos o algo semejante.

—Está bien. Voy a buscarla.

—Bueno —le dice su mamá con aire distraído. Agrega las calabazas al caldo y revuelve todo como una bruja sudorosa.

Armando va al tiradero de basura que está como a un kilómetro de ahí, del otro lado de la autopista. Es de sus lugares favoritos para pasar el tiempo. También el cine, pero a ése no puede ir tanto como quisiera: los boletos cuestan una fortuna. En cambio, la entrada al tiradero es gratis; la única cuota que uno debe pagar es aguantarse la peste y una que otra cortada con un vidrio roto.

—¡Buenas tardes, don Pepe!

Aquel hombre, con una enorme barba que le llega hasta el pecho, le devuelve el saludo a la distancia, alzando una mano. Siempre está ahí. Armando ha tratado de preguntarle si vive en el tiradero, pero sus respuestas no son claras: habla como una biblia con las páginas revueltas. Le cae bien a pesar de todo. Don Pepe es un poco como él, de la clase de gente que sabe que el mundo no es tan definitivo, que es un mundo a la espera de que alguien lo cambie y le dé una forma interesante.

Armando encuentra una muñeca sin ojos. Un ratón muerto. Un álbum con fotografías de gente limpia a la que le gustaría conocer. Le resulta increíble la clase de objetos que se pueden hallar en las bolsas de basura. Son como cofres llenos de tesoros… aunque en algunos haya papel higiénico usado y una que otra toalla sanitaria. Cofres sorpresa, se podría decir.

Encuentra también una peluca rosa. No tiene ninguna de ese color. La hace bola y se la guarda en un bolsillo. Los disfraces lo hacen sentir como una estrella de la música, como el personaje de una historia, como lo que él quiera. Sigue hurgando. Descubre algunas máscaras. Emocionado, revuelve el contenido. Y se topa con uno de los artículos más extraordinarios que haya visto en su vida: una máscara antigás como las que salen en las películas, con dos grandes círculos de vidrio y una especie de trompa que tiene un filtro de aire en el extremo.

—¡Acuérdate! —le grita don Pepe—. ¡Acuérdate de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete!

—¿Qué? —le pregunta Armando.

Don Pepe se le acerca con pasos rápidos. Trae el torso desnudo, marcado por un sinnúmero de cicatrices.

—¡Pues si no velas! —agrega aquel hombre—, ¡vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti!

—No entiendo —dice Armando mientras retrocede. Nunca lo había visto comportarse de esa manera. Su expresión también es nueva: rebosante de odio, de codicia.

—¡Yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero! —grita don Pepe. De pronto echa a correr hacia él, con una mano extendida en dirección a la máscara.

Armando emprende la fuga. Se tropieza con las bolsas, recupera el equilibrio y sigue adelante. Escala. Se resbala con algo viscoso. Corre. Brinca sobre algunos obstáculos. Hasta que su tobillo falsea y lo hace rodar cuesta abajo por un cerro de basura tan alto como una casa de dos pisos. Se golpea las costillas durante la caída. Siente un pinchazo en el hombro. Y aterriza en unas bolsas negras tan mullidas que parecen colchones. Se levanta lo más rápido que puede y continúa corriendo.

—¡Porque el gran día de su ira ha llegado! —le advierte don Pepe desde lo alto del cerro—. ¿Y quién podrá sostenerse en pie?

Armando sale del tiradero. Va disminuyendo la velocidad conforme se aleja por la autopista, hasta pararse junto a un letrero que anuncia una curva próxima. Jadeando, apoya las manos en las rodillas en un intento por recuperarse. Ve que tiene una jeringa clavada en un hombro. Se la quita y la tira a un lado.

Su mamá le ha hablado del sida, de la hepatitis, de la enfermedad que hace que se te caiga el pilín si intentas metérselo a una mujer sin su permiso. Armando ruega por que la jeringa no esté contaminada. Por si las dudas, se escupe en los dedos y se embarra saliva en la herida. Su papá alguna vez le dijo que eso ayudaba a combatir las infecciones. Mientras más baba le pongas, mayor protección. Eso no se lo dijo, pero es obvio, así que se escupe una y otra vez en la mano y se embadurna el hombro hasta dejarlo reluciente.

Se pone la máscara antigás, luego la peluca recién adquirida y vuelve a casa.

No sabe qué es el humo rojo que echó el avión, pero de una cosa está seguro: no piensa seguirlo respirando por más tiempo.

* * *

Disturbios. Vaya palabreja. Así le dicen en los noticiarios a lo que está ocurriendo en distintos puntos de la ciudad. Choques entre manifestantes y policías. Tiendas saqueadas, al igual que bancos y otros comercios. Armando ve todo a través de los cristales rayados de la máscara antigás. Oye su propia respiración como si trajera el casco de Darth Vader.

No entiende la razón de tanto enojo. ¿Están protestando por lo que hace el avión? ¿O es por algo distinto? Para salir de dudas, le sube el volumen a la tele.

Su mamá, atraída por el ruido, acude al instante.

—¿Qué haces? ¡Bájale!

—Sí, mamá. —Armando baja el volumen.

—¿Por qué estás viendo eso? Mejor pon la novela.

Él obedece, aunque a regañadientes.

—Y quítate esa máscara. ¿De dónde la sacaste?

Armando se la quita y la esconde tras la espalda.

—Me la encontré.

—¿Dónde? ¿Fuiste al tiradero otra vez?

—No.

—¿Quieres que te maten?

—No, mamá.

—Porque eso es lo que va a pasar si sigues yendo tú solo, ¿oíste? —Ella lo observa por varios segundos, escudriñándole la mirada. Armando baja la vista—. Ya vete a dormir, ándale.

—¿Por qué? Todavía es temprano.

—No importa. Igual tienes que dormir. —Su mamá le quita el control remoto y lo corre del sofá.

* * *

Armando duerme. Sueña. Se despierta al amanecer. Nunca ha podido dormir más de ocho horas, ni siquiera cuando era pequeño. En ocasiones, le bastan cuatro o cinco horas de descanso, como si tuviera demasiadas cosas por descubrir y no quisiera desperdiciar ni un momento de su vida estando inconsciente.

Desayuna lo que encuentra. Pan con frijoles. Sin embargo, lo piensa mejor y se come sólo los frijoles.

Sube a la azotea despacio, con más cuidado que de costumbre, pues además de que trae puesta la máscara antigás, lleva una bolsa de papel consigo.

En cuanto sale, se quita la máscara y se la pone en la frente para que su voz se escuche con claridad hasta el cielo.

—¡Pip! —dice con voz aguda, mirando hacia arriba.

Saca los panes de la bolsa y los desmorona.

—¡Pip! —mientras va dejando un reguero de migajas por toda la azotea.

Los gorriones no tardan mucho en llegar. Los hay de distintos tipos: blancos y gordos, pequeños y veloces, algunos con manchas amarillas; otros, verdes, o incluso azules. Para Armando, todos son iguales, todos son gorriones y están bajo su cuidado.

—¡Pip! —los saluda en aquella lengua que aprendió a hablar mucho antes que el español.

—¡Pip! —le contestan ellos.

Armando sonríe. Se sienta en el piso con las piernas cruzadas y los mira comer. Podría darles órdenes, obligarlos a hacer lo que se le antoje, pero él es un rey benevolente, al que no le gusta imponer su autoridad sobre nadie.

Uno de ellos se le trepa en la rodilla y lo mira a los ojos, como si quisiera decirle algo.

—¿Pip? —le pregunta Armando, invitándolo a hablar.

Pero el gorrión no alcanza a darle una respuesta: la puerta se abre de golpe, sobresaltándolos a todos.

Entre un revuelo de pájaros y plumas, la mamá de Armando avanza por la azotea.

—¿Qué hiciste? —pregunta furiosa.

Armando se pone de pie a toda velocidad. No sabe qué hizo, pero de seguro no fue algo bueno.

—¿Les diste el pan? —pregunta ella.

—Sí. Tenían hambre.

Su mamá aprieta los dientes. Lo mira con odio. Y le da una bofetada.

—¡Pendejo! —le dice.

Armando detesta esa palabra. Lo lastima como si fuera un alambre de púas que se le metiera por los oídos. Lo lastima tanto que siente ganas de llorar.

—¿Crees que cago el dinero o qué? —pregunta su mamá, furiosa.

Otra bofetada. Él se cubre la cara con los brazos. Ella lo golpea en los hombros, le jalonea el cabello. Grita como un animal salvaje, como los policías y los manifestantes de los noticiarios.

Al hacer aquella relación, Armando se da cuenta de algo: el humo rojo es el causante de todo. Debe serlo. Está transformando a su mamá, así como transformó a don Pepe, antes tan apacible; así como transformó a las personas que se metieron a la fuerza en las tiendas.

—¡Es el humo, mamá!

—¡Cállate!

—¡Déjame que te explique!

—¡No me expliques nada! ¡Estúpido! ¡Idiota!

Otra andanada de golpes.

Su mamá se encuentra infectada. No hay nada qué hacer.

Armando huye, se encierra en su cuarto y se vuelve a poner la máscara antigás.

Camina en círculos por la recámara, en cuadrados, rombos, alterando constantemente la trayectoria de sus pasos. Hasta que, por ahí del mediodía, se le ocurre una solución. Es demasiado peligrosa, quizás un suicidio, pero no le queda otro remedio.

* * *

Encuentra un cubrebocas en el interior de una bolsa despanzurrada. Casi, pero no es lo que necesita. Mira a los lados con nerviosismo. La máscara antigás limita su campo de visión, por lo que constantemente tiene que interrumpirse para echar un vistazo alrededor. En concreto, para asegurarse de que don Pepe no ande por ahí.

Le sorprendió no haberlo visto cuando llegó al tiradero. Había otros, los habituales, pero ni rastro de él. De cualquier forma, Armando procedió con extrema cautela: entró agachado, escondiéndose tras los muebles desvencijados y los bultos grandes que veía. Luego se puso a hurgar en las bolsas con movimientos rápidos.

Pero sigue sin encontrar otra máscara antigás. Sabe que no hay muchas posibilidades de que su buena suerte se repita. A pesar de ello, debe intentarlo. Debe conseguirle una máscara a su mamá. Sólo así podrá despejarle la cabeza para que entienda lo que está ocurriendo… y de paso evitar que lo mate a golpes la siguiente vez que se porte mal.

Encuentra un cuaderno. Un zapato sin agujetas. Un visor de buceo. ¿Podría servirle si lo usara en combinación con el cubrebocas?

—Nah. —Armando lo lanza hacia atrás y sigue buscando.

—¡Porque tú dices “yo soy rico”!

Aquel grito lo hace respingar. Mira hacia un cerro de basura que está a su derecha: Don Pepe se encuentra ahí, en la punta, señalándolo con el índice.

—¡Y no sabes que tú eres un desventurado! —grita con enojo—. ¡Un miserable, pobre, ciego y desnudo!

Armando retrocede. En esta ocasión tiene más ventaja, así que decide aprovecharla: da media vuelta y se va corriendo. Se esfuerza por no caer, pero sus pies insisten en tropezarse con todo. Se va de bruces. Se raspa las palmas de las manos, las rodillas. Sin embargo, logra levantarse y continuar con su carrera.

Sale del tiradero. Se aleja por la autopista sin mirar atrás. Se detiene junto al letrero que anuncia una curva próxima. Igual que en la ocasión pasada, apoya las manos en las rodillas y trata de recuperar el aliento.

—¡Yo conozco tus obras! —le grita don Pepe mientras se le acerca con grandes pasos.

Asustado, Armando vuelve a correr, a pesar de que apenas puede respirar. ¿Cómo es posible que don Pepe haya salido del tiradero? Eso no debía ocurrir. No formaba parte del plan de contingencia.

—¡Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente! —Los gritos se acercan deprisa.

Armando cruza la autopista sin mirar a los lados, pues no hay tiempo para eso. Oye cláxones, rechinidos de llantas, el estruendo de un choque de automóviles.

Siente que va a vomitar por el miedo, pero más por el esfuerzo físico. No debe hacerlo, y menos con la máscara puesta. Se la quita y la sujeta con fuerza contra su pecho.

—¡Ojalá fueses frío o caliente! —le grita don Pepe a sus espaldas, incansable.

Armando llega a las calles de su colonia con la esperanza de que ahí le resulte más fácil escapar. Su esperanza se desvanece en cuanto siente que lo jalan de uno de los tirantes del overol.

—¡Si alguno lleva en cautividad, va en cautividad!

Aprovecha su corpulencia para sacudirse y contrarrestar la fuerza de la mano de don Pepe. El tirante se rompe. Su overol se rasga a la altura de la espalda, pero logra zafarse.