Como arena nevada - Dori Torres - E-Book

Como arena nevada E-Book

Dori Torres

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Beschreibung

Empujada por la decepción de la infidelidad de su pareja, Carla decide aceptar el encargo del periódico en el que trabaja de realizar una guía turística sobre una pintoresca zona costera con la esperanza de que un cambio de aires calme su dolor. El encuentro casual en la playa con la señora De Sanz le abrirá las puertas a un mundo de sensibilidad artística que restañará las heridas de su corazón, y una ventana a un posible nuevo amor con Olivier de Sanz, atrapado en la promesa dada a su mujer al casarse, una mujer que vive en las profundidades de la locura y ya no lo conoce. La vida parece querer dar a Carla y a Olivier una segunda oportunidad, pero no será fácil. ¿Conseguirán el valor para superar los escollos y encontrar la felicidad que tan esquiva les ha sido? - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 275

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2016 Adoración Torres Bravo

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Como arena nevada, n.º 111 - marzo 2016

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

I.S.B.N.: 978-84-687-7824-2

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Si te ha gustado este libro…

A mi hermana.

Capítulo 1

Salí del apartamento de mis padres a las seis de la mañana en dirección a la estación de Atocha. Madrid me despedía con un ambiente gélido, varios empleados del ayuntamiento borrando de las calles las evidencias de otro sábado desordenado, y dos bebedores noctámbulos con las voces y los brazos entrelazados, festejando la importancia de su amistad tambaleante. Agradecí que los confines del sueño, donde aún rondaban perdidas mis pupilas, me embotaran los tímpanos impidiéndome distinguir con nitidez la envergadura de la obscenidad que ambos me dedicaron. Caminé por aceras desiertas y mal alumbradas, bajo un cielo triste que empezaba a romperse a medida que un lento amanecer lo iba venciendo. Anduve hasta el andén cargando mis maletas de cuero envejecido, una labor periodística que realizar en un pueblito emblemático de la costa, y el propósito inquebrantable de recopilar las mil esquirlas en las que se resquebrajó lo que alguna vez fue mi dignidad.

Después de incontables cabezadas, de un intento frustrado de conversación y de la lectura en una revista atrasada de secretos caseros de belleza que prometían convertirte en la envidia del grupo de amas de casa local, bajé del tren para subir a un taxi que me acercaría a mi destino, Portohermoso. Tras varias horas de monótonos paisajes, de campos interminables punteados de olivos, la vista a través de los cristales me resultó ahora conmovedora. Era difícil apartar la mirada de aquella inmensa lámina blanca que se dejaba besar ininterrumpidamente por las olas.

—Ha venido usted a Portohermoso en un día especial, señorita: hace veinte años que no nieva en la playa —me dijo el taxista, que había reducido sensiblemente la velocidad para permitirme contemplar aquel espectáculo de la naturaleza.

—¡Qué bonito y raro! —añadí tras unos segundos, escuetamente, como si las palabras rasgaran mi garganta al dejarse ser pronunciadas, presas de una repentina tendencia al silencio que se había convertido, sin pretenderlo, en un hábito desde hacía un mes. Así me siento yo, pensé, etérea, gélida y extraña, como arena nevada.

De repente, bajé la ventanilla, y la brisa de mediados de febrero me golpeó con su salada humedad, refrescándome el pelo y las dudas. Cerré los ojos e inspiré profundamente. Quizá el destino hubiera inventado aquella mágica escena para confirmarme lo que yo ya sospechaba: empezaba una nueva etapa en mi vida, una etapa para desprenderme de mentiras y reproches. Cuando abrí los ojos noté que la carretera tortuosa por la que viajábamos conducía a la parte alta del pueblo, donde las casitas recién encaladas se distribuían ordenadamente en la ladera de una inmensa colina. Abajo, un enjambre de edificios de nueva construcción peleaba por acercarse al mar.

—Calle Los jazmines, señorita. Hemos llegado.

Delante de mi nueva casa de alquiler me esperaba una pareja de ancianos que parecía recién recuperada de una fotografía sepia de las que en nuestras estanterías acumulan el polvo del recuerdo de épocas ya olvidadas.

—Bienvenida, señorita, soy Carmen Picassent —se presentó y me abrazó con naturalidad, dejándome sentir en la espalda sus manos ateridas de frío—. Y este es Antonio, mi marido.

—Bienvenida —dijo él, y completó su saludo con otro abrazo, un visto y no visto que apenas logró rozarme.

—Hola —dije yo, algo ruborizada por aquella muestra inesperada de afecto—. Soy Carla, su nueva inquilina. ¿Por qué están en el porche con esta temperatura? Debieron haber esperado dentro —al fin y al cabo aquella era su casa, y el tiempo, además, no se prestaba a contemplaciones.

—¡No, por favor! —exclamó él tendiéndome las llaves y pidiéndome permiso para portar mis maletas.

Le calculé ochenta años, patentes en las arrugas profundas del rostro, la espalda ligeramente torcida y la curvatura inapelable en los andares. Tenía la mirada serena de quien no tienen cuentas pendientes con su conciencia.

—Ahora es usted quien vive aquí, señorita —aclaró la mujer quien, de la misma edad seguramente, había resistido con mejor suerte los embates de la vejez malintencionada.

Al abrir la puerta me inundó el olor a mezcla proporcionada de lejía y jabón. El señor Picassent se empeñó en entrar sin ayuda mi equipaje y lo depositó al lado de la puerta del que supuse que sería el dormitorio.

—La casa es pequeña, señorita, pero muy acogedora.

—Llámeme Carla, por favor —dije interrumpiendo a la señora Picassent.

Ella me enseñó cada habitación, describió cada mueble, aparato o utensilio, sus utilidades, esperando aparentemente una frase de aceptación tras cada una de sus exposiciones. Enumeró la letanía de electrodomésticos con la esmerada habilidad de un tombolero que ha memorizado el listado de artículos a exhibir a fuerza de presentarse rutinaria y tediosamente en cada feria de la zona, con la seguridad del comercial que ha firmado previamente la venta del producto que publicita a posteriori: aquel lavavajillas abrillantaba mejor que cualquier otro la porcelana, aún poniendo la mitad de la cantidad de detergente que sugería el fabricante; su horno doraba la pierna de cordero con la maestría del chef más cotizado, y su plancha debía asustar las arrugas de incluso la peor almidonada de las camisas porque tras su uso la ropa pasaba por recién estrenada. Eso quise entender yo, que la seguía en aquella ruta descriptiva sin prestar demasiado oído a sus explicaciones. Si era cierto el contenido de su charla o había en su discurso más imaginación que en la trilogía de Tolkien sería asunto de observación prolongada que yo decidí postergar a instantes futuros, estando como estaba cansada por el viaje, saturada ya de virtuosismos de índole doméstico, y falta de habilidades sociales, que parecían haberse evaporado en este último mes de tanto ruido.

Se ofrecieron a conseguirme cualquier artículo que pudiera llegar a necesitar. Aseguraron que garantizarme una estancia inolvidable era ahora una prioridad para ellos, y yo extrañé no sentirme privilegiada por la suma de atenciones inmerecidas.

—Yo creo que lo que ella necesita es descansar —dijo el señor Picassent, que debió haber percibido mi desgana.

—Discúlpenos, señorita. Mi marido tiene razón, como siempre —dijo ella sin un ápice de acritud.

—No, no —mentí yo, sintiéndome culpable por mi obvia falta de entusiasmo.

—Nosotros vivimos al final de la calle, en el número treinta y nueve, para cualquier cosa que necesite. Le he dejado café y roscos caseros en la encimera.

—Carmen, deberíamos irnos ya.

—Son ustedes muy atentos, tal y como me dijo la empleada de la inmobiliaria.

—¡Claro! María, buenísima chica. Su familia nos conoce de toda la vida. Aquí todos nos conocemos. Otra cosa son los nuevos habitantes de los residenciales y los turistas… —y dejó la fase inconclusa al observar cómo su marido le señalaba la puerta con la cabeza—. Viene mucha gente últimamente. El pueblo está creciendo tanto…Y usted, ¿por qué ha venido a Portohermoso?, si no es mucho preguntar.

Ahí estaba yo, en aquella casa que aún no era mi hogar, sobreviviendo a aquellos días de heridas abiertas, intentando responder por educación, sin querer mentirles pero sin querer tampoco reconocer mi verdad.

—Porque… —logré a duras penas balbucear las dos sílabas cuando, de nuevo, recuerdos amargos me apelotonaron las palabras en la garganta, y mi voz se hizo invisible apenas empezó a quebrarse.

—A trabajar. Creo que comentó María que usted venía aquí a trabajar —dijo aceleradamente el señor Picassent para sacarme del apuro, al percatarse de que mi mirada se aguaba tras una lágrima inoportuna.

Asentí y quise esconderme tras una mueca amable, una especie de sonrisa de emergencia a la que acudo en situaciones difíciles. El señor Picassent se acercó y me acarició el hombro con suavidad. Después tomó a su mujer de la mano y ambos salieron hacia la calle, entornando la puerta tras de sí. Entonces me sentí fatal y me enfadé conmigo misma por esa facilidad para acumular pesares que debió dejarme en herencia algún antepasado desconsiderado: por no haber escuchado a mi madre cuando me alertaba de la fragilidad de quienes esperan demasiado del amor; por no haber seguido sus consejos plagados de advertencias que brotaban de la impotencia y por haber sido incapaz de disimular ahora, ante dos desconocidos, un dolor que se me trasparentaba, como una vena verdosa perceptible a pesar de la piel, y que dejaba trasver a cualquiera la razón por la que había emprendido aquel viaje, que no era otra que olvidar.

Capítulo 2

Aquella pequeña vivienda me había gustado desde el principio y, cuanto más atentamente escudriñaba sus rincones, más se confirmaba mi pálpito inicial: esa casa iba a darme suerte. Allí, según la señora Picassent, su hija había sido feliz. Si yo iba a pagar por su alquiler, lo justo sería que pudiera heredar también esas buenas vibraciones, me sugería la parte optimista de mi subconsciente, demasiado silente desde hacía semanas. No solo no me importaban sus reducidas dimensiones sino que suponían una destacable ventaja, desde el punto de vista pragmático de alguien responsable de la limpieza de su hogar. El salón parecía haber sido diseñado para mí: en la pared opuesta a la puerta de entrada había una chimenea eléctrica cuyas llamas fingidas eran visibles a través del cristal de protección oscuro, y que quedaba encendida con solo tocar el interruptor. A su alrededor, un sinfín de baldas componían una enorme estantería apenas decorada por una minicadena con altavoces triangulares, una televisión de pantalla plana, varias revistas de decoración, una bonita escultura en bronce de una bailarina, y un portarretratos descomunal sin fotografía. A excepción de eso, la gran mayoría de los anaqueles estaban vacíos. Me resultó extraño no encontrar ningún libro pero, al instante, comprendí que quizá para la anterior dueña, como para mí, los libros formaban parte de su equipaje y los llevaba allá donde viajara. Frente a la chimenea había una mesita baja de doble tablero, con un centro plateado repleto de pétalos blancos, y, detrás de esta, había un sofá beige de polipiel con una manta con motivos étnicos doblada sobre uno de los enormes orejones que flanqueaban sus extremos. La luz que se filtraba a través del visillo transparente de la ventana lateral daba a la estancia una luminosidad serena. Al lado de la ventana, superando sobremanera el tamaño de la misma, había un cuadro de marco ocre de un arco iris de tonos tierra. Nadie firmaba la obra. Una barra de ladrillo oscuro culminada por una encimera color champán separaba el salón de la cocina, del mismo tono. Un cuarto de baño, un trastero para la lavadora, la tabla de la plancha y las artes de limpieza, y un dormitorio completaban el conjunto. En este último, una cama de matrimonio situada en el centro de la habitación apenas dejaba espacio para una mesita baja de noche y un armario alto y ancho pero con escaso fondo. Como única decoración, un tríptico abstracto sobre el cabezal. Al observar el edredón de gruesas rayas grises a juego con las cortinas pensé que una cama semejante debería ser siempre compartida. Y en ese instante la imagen de Manuel retozando con otra mujer en aquel lecho cruzó fugaz ante mí. Mantendré la mente ocupada para alejarte de los días de mi nueva vida, pensé, porque sabía que por las noches no podría eludir su acecho. Mientras deshacía la primera maleta, la que contenía la ropa, mi madre me llamó por teléfono.

—¿Cómo estás, cariño? ¿Va todo bien? ¿Qué tal el viaje? —encadenaba dudas por su tendencia obsesiva al interrogatorio—. ¿Cómo es Portohermoso? ¿Es tan bonito como dicen? ¿Qué has visto? ¿Adónde has ido?

—Mamá, solo llevo aquí media hora. No he tenido tiempo para dar una vuelta, pero la casa es estupenda.

—¿Y tú, qué tal? ¿Has comido? Quiero que comas, cariño y que recuperes los kilos que has perdido estos días —preguntaba mi madre aproximándose intencionadamente a la cuestión que realmente le inquietaba y que no tardó en formular—. ¿Te ha llamado Manuel? ¿No habrás hablado con él? ¿No irás a perdonarlo?

—Sabes que no, mamá, pero ya soy mayorcita. Sé lo que hago y no estoy dispuesta a dar explicaciones a nadie, de nada.

—Lo sé, cariño, y yo no quiero entrometerme, pero es que lo que ha hecho es imperdonable, y yo sé que lo quieres mucho…

—¿Cómo está papá? —interrumpí un alegato en mi defensa que, por repetitivo, ya me resultaba agotador.

—Está bien, pero no deja de decirme que lo siente por ti, y que lo que ese sinvergüenza merece es…

—¡Mamá! —dije cortándola de nuevo—. No quiero ni hablar de él, por favor —y, sabiendo que ella no se daría por vencida, decidí precipitar el final de la conversación—. Tengo que deshacer las maletas y colocarlo todo, hablar con Adela sobre los artículos…

—Mejor te dejo y hablamos en otro momento, cariño —añadió ella, propensa a extralimitarse cuando se le desborda la curiosidad pero incapaz de molestar conscientemente.

—Vale, ya te llamo yo cuando tenga un rato libre, no te preocupes. Un beso para todos. Chao.

—Un beso, cariño. Otro de papa. Come, ¿vale? Un beso.

La preocupación de mis padres por mi delgadez no era, en absoluto, desproporcionada. Creo que descubrí la infidelidad antes incluso de que él intentara disimularlo, cuando empezó a desbordarme con halagos sobre mi aspecto y a regalarme detalles del hombre enamorado que ya no era. Las responsabilidades laborales de Manuel eternizaron sus horas en la calle, y cuando, después de haber esparcido quién sabe dónde algunos orgasmos y toda la alegría, por fin regresaba, se le hundía el techo de una casa cuyas dimensiones le resultaban diminutas y cuyo ambiente se tornaba paulatinamente irrespirable. Él aventaba acusaciones como quien zarandea un matamoscas para librarse de una plaga del tormentoso insecto, esforzándose por convencerme de que alguna locura pasajera me estaba enturbiando los sentidos, reiterando tras cada discusión sus promesas de amor eterno. Perdí un tiempo irrecuperable, desorientada en una ciénaga de dudas. Pero en una de sus frecuentes ausencias, lo seguí y, una vez cogido in fraganti, con las manos en caderas ajenas, a su lengua calenturienta y fabuladora no le quedó más remedio que reconocer lo que sus ojos ya no negaban. Me hundí en la más profunda y salvaje de las tristezas. Fue la deslealtad, más incluso que la reiterada infidelidad, lo que me destrozó con la facilidad con la que un viento huracanado logra tumbar una choza de paja, dejando una huella indeleble capaz de condicionar cualquier futuro amago de relación. El desamor logró sin esfuerzo reducirme en un mes a una sombra lastimera de quien era: perdí siete de mis cincuenta y dos kilos en tres semanas porque mi estómago rechazaba cualquier alimento, lucía unas ojeras extrañas en una persona que acostumbra a dormir ocho horas diarias, y un escalofrío que no dependía de la temperatura exterior me hacía tiritar la piel y las entrañas. Arrastraba la tragedia en la mirada, en la mente y hasta en las manos, que parecían haberse vuelto torpes y habían dejado caer varios objetos al suelo. Y tanta miseria física no era sino la prueba palpable de haber querido, pero tenía la firme e inquebrantable intención de arrancarme de dentro los posos de aquella pasión.

Capítulo 3

Coloqué en las perchas mi limitado vestuario: chaquetas, camisetas y vaqueros ajustados en todos los azules imaginables, de manera que mi armario parecía un trocito de cielo con la sombra de la noche acechando y el agua del mar regalándole el reflejo. Había llevado también un par de vestidos negros de austera elegancia. Escondido entre los pijamas y la ropa interior apareció un minúsculo camisón morado con transparencias estratégicamente situadas para llamar a la lujuria sin resultar obsceno. De un tirante pendía la etiqueta. Mi hermana debió deslizarlo a escondidas entre las demás prendas. No tenía la menor intención de estrenarlo, con nadie, nunca. En la segunda maleta, junto al calzado y el neceser, estaban el ordenador, la agenda, mi cuaderno y lápices para dibujar, un joyero, una caja con mi música favorita y mis libros de cabecera, aquellos que releía cada cierto tiempo y que nunca me decepcionaban. Cuando los coloqué en la estantería del salón vi que mi hermana había vuelto a injerirse en mi equipaje y había colado entre mis lecturas un librito de autoayuda de una psicóloga mediática titulado Empezar sin penes, que yo no tenía la menor intención de abrir. Cuando todo estaba en su sitio, recorrí la estancia con una ojeada desapasionada para comprobar que aquel lugar seguía tan desangelado como dos horas antes de la mudanza, pero ahora al menos yo era la dueña de tanta desapacibilidad, y no tenía ni la obligación ni el deseo de compartirla con ser alguno: nadie habría para hacerme esperar mi turno en la ducha, ni para pelear conmigo por el mando del televisor, ni para calentarme la sábana en mi lado de la cama, ni para borrarme con abrazos el frío en las tardes de invierno. Tan cierto, dulce y desgarrador como la vida misma.

Para revisar el correo que volvería a vincularme con el mundo, encendí el ordenador. Encontré la desesperación de Manuel en tres mensajes que decidí ignorar para centrarme en los otros tres de la bandeja de entrada: mi padre me deseaba un traslado sin incidentes; mi hermana me mandaba besos y risas; y mi editora jefa, Adela, se interesaba por mi estado anímico y me animaba en el desempeño apasionado de mi nueva misión como articulista de una miniguía turística.

Adela Villaespesa me abrió las puertas del periodismo dándome mi primera oportunidad laboral. Tras los años de carrera y una estancia de trece meses en Londres para perfeccionar mi inglés, volví a Madrid con veinticinco años, hice cincuenta copias de mi triste currículum y me dispuse a patearme la ciudad en busca de un empleo que me permitiese satisfacer una necesidad innata por comunicar. Ella misma me hizo la entrevista de trabajo. Llegué al edificio del Crónica 7, el segundo diario de mayor tirada nacional, a las nueve de la mañana, hora a la que fui citada. Pregunté en la oficina de información por Adela Villaespesa y un chico muy educado me indicó que subiera a la primera planta y entrase en la segunda habitación de la izquierda. Se trataba de una sala de espera con una mesa central rodeada de un bajísimo sofá rinconera verde aceituna donde otros dos aspirantes al puesto esperaban ser llamados. A los diez minutos, ya éramos cinco las personas esperando, y una más se nos unió transcurrido otro cuarto de hora. Me entregué al ejemplar más reciente del Crónica 7 para distraer el hastío de otra jornada de castings. Dos periódicos y tres revistas después, Adela pronunció mi nombre y seguí sus pasos hacia un cuartito desangelado que hacía las veces de despacho.

—¿La señorita Ruiz? ¿Carla Ruiz? —preguntó mientras extraía mi currículum de entre un montón ordenadísimo de folios.

—Sí —¡muy lista, considerando el hecho de que tienes mi foto delante!, bromeó la parte irónica de mi subconsciente, tan alerta en aquellos años.

—Veo que quiere usted trabajar en nuestro periódico —y me lanzó una pregunta pensada para desarmarme—. ¿Ha mentido usted en su currículum?

—No… sí —respondí sin calibrar las consecuencias de mi sinceridad.

—Explíquese, por favor —me pidió abriendo ampliamente los ojos.

—Es rigurosamente cierta toda la información que incluyo pero la fotografía está retocada, ya sabe, por aquello de la importancia de la imagen —mentí por no reconocer la verdadera razón por la que acudí al photoshop.

Ella me lanzó un vistazo fugaz que desprendía un tufillo de maldad que solo fue desmentida por la candidez de la sonrisa que me dedicó un segundo después. Pensé entonces en los diferentes planos de poder que nos diferenciaban claramente: ella habitaba en plena cúspide de autoridad, tratando los dos folios que recogían los escasos logros de mi existencia con el mismo desinterés con el que manipulaba los dos cientos currículos restantes; yo era la marioneta que dejaba mecer sus hilos con la esperanza de cambiar la nebulosa que empañaba mi porvenir, que malvivía en un peldaño a ras de suelo, tragándome la desatención a la que, seguramente, me condenaba mi mediocridad. Pero, de pronto, un detalle de mi biografía atrapó la curiosidad de mi interlocutora, y pude vislumbrar una claridad, lo más semejante a la luz que pude apreciar desde el comienzo de aquella conversación, que parecía querer iluminar mi túnel en penumbra. Preguntó por la colección de relatos con los que fui premiada en un certamen de literatura creativa universitaria.

—No creí que fuese necesario adjuntarlos pero puedo enviárselos por correo electrónico.

—¿Por qué quiere trabajar aquí?

Estaba aguardando a que me formulase aquella pregunta y, aunque tenía preparada una respuesta aduladora sobre lo mucho que aprendería rodeada de los profesionales inigualables del Crónica 7, contesté con un “¡Quiero contar la vida a quien me quiera escuchar!” tan apasionado que ella me miró y sonrió. Por un instante me ruboricé al oír mi entusiasmo.

—De acuerdo, señorita Ruiz.

—Carla —interrumpí.

—Esta es mi tarjeta. Envíeme sus relatos lo antes posible a la dirección de correo que aparece en el borde inferior. Ha sido un placer. Nos pondremos en contacto con usted si es la elegida. Gracias.

La propia Adela me llamó para comunicarme la buena noticia: Crónica 7 me contrataba por un período en prácticas de tres meses para trabajar en su revista dominical, Miradas. Me citó para ultimar los detalles y firmar el contrato, esta vez en su despacho, en la segunda planta. Años después, cuando ya se había forjado una amistad sincera entre nosotras, ella reconoció que fue la sinceridad de mi declaración lo que inclinó la balanza a mi favor; yo admití, tragándome el feminismo en pos de un futuro redactando artículos, haber retocado mi fotografía para impactar al hombre que me entrevistase.

—¡Y luego llegas tú, una mujer!

—¡Y heterosexual! —añadió ella, y en el aire retumbó la primera de nuestras carcajadas compartidas.

Capítulo 4

A las siete de la tarde anocheció. La llegada de aquella luna plomiza me trajo también una sensación ya conocida a huida en soledad. Encendí la luz del salón. Después de tomarme un café y dos de los deliciosos rosquillos de la señora Picassent, puse un CD en la minicadena, me tumbé en el sofá y me arropé con la mantita. El quejido profundo de la guitarra flamenca se iba alejando de mis oídos a medida que el sopor relajaba mis extremidades y me dejaba inerme frente al poder de los sueños. Vi borrosamente a dos fornidos hombres vestidos de negro, con apariencia de sicarios, que me secuestraban al mediodía y me conducían a la rastra hasta un descampado infinito, salpicado aquí y allá por abundantes matas de flores carbonizadas. En medio de aquella primavera fracasada observé una cama redonda e inmensa donde una docena de mujeres sin rostro contoneaban sus pieles desnudas, sus cuerpos de distinta complexión y color, alrededor de un único hombre. Le revelaban obscenidades varias, cada una en su idioma, mientras manoseaban su anatomía y sus encantos. Cuando intenté desviar la mirada de un Manuel lascivo y arrogante, los dos matones me oprimieron las mejillas dirigiéndolas hacia la intempestiva escena. El protagonista, consciente de que yo contemplaba forzada, sonreía regocijándose en mi extrañeza, hasta que me aburrí de mi propio asombro y me mimeticé con su mueca cínica. Como una marioneta cuyos hilos manejase la furia, se me acercó con paso colérico y, al aproximar sus labios a los míos, la visión crujió cual apagón tras un corte de luz, dejando en mi retina una cortina de puntitos blanquinegros.

Desperté. Desperté a las tres de la mañana con un sudor tibio humedeciéndome la frente y las manos. La imagen, impactante y pestilente, me atormentaría durante un tiempo cuando alguien me hablaba de asuntos de alcoba. No era la primera vez que mis fantasmas me pudrían las madrugadas. La primera ensoñación coincidió con mi declive sentimental y, aunque ya habían transcurrido más de treinta días, se me había enquistado porque siempre me perturbó más el dolor ajeno que el propio. El paso de la ambulancia destapaba una ventolera arrasadora, capaz de agitar las ramas deshojadas de los árboles y desplazar varios metros los papeles en las aceras. Tumbada en la camilla, mi estado de semiinconsciencia apenas me permitía reconocer el paisaje: era una mancha con estela interminable, un lienzo emborronado por un artista sin talento. La enfermera me colocó la mascarilla de oxígeno antes de tomarme la temperatura. A duras penas pude comprender las palabras del médico, que instaba al conductor a acelerar mientras destacaba mi gravísimo estado.

—¿Cómo está, doctor?

—Mal, no creo que pueda recuperarse. Nunca volverá a ser la misma. ¿Han avisado a la familia?

—Sí, de hecho creo que ya se han puesto en marcha hacia el hospital.

Allí estaban mis padres, esperándonos con rostro desencajado y los labios yertos de frío e incertidumbre. Uno a cada lado, me cogieron ambas manos mientras me susurraban que yo no estaba sola, que ellos cuidarían de mí.

—¿A qué planta la llevamos, doctor? —preguntó un camillero.

—A la sexta planta, a la planta del desamor.

No volví a ver a mi madre hasta varias horas después, cuando el médico la reclamó para hacerla partícipe del diagnóstico y la terapia aconsejada.

—Usted conoce la enfermedad de su hija, ¿verdad?

—Claro, doctor. Enfermó hace tiempo. ¿Cómo está? ¿Se curará?

—No voy a mentirle, señora. Su hija ha empeorado. Tiene metástasis por todo el cuerpo. El desamor ha penetrado en los huesos, en los músculos, en los órganos e incluso en la sangre. No morirá de esto pero tampoco tiene cura. Está condenada a vivir con ello. Lo siento muchísimo.

Mi padre, que desde el pasillo había escuchado la conversación, agarró a mi madre, que se derrumbó en sus brazos mientras dejaba escapar un grito ensordecedor.

—¡No!

Ahora, dolida de impotencia al reconocerme incapaz de controlar la intensidad de mis pesadillas, parecía una muñeca de vudú picada de agujas. Al incorporarme para dejar en su sitio la manta, que yacía en el suelo desordenada, llamó mi atención el icono brillante de un sobre en la pantalla de mi teléfono móvil advirtiendo de la presencia de un mensaje que mi hermana me había enviado a las diez: “Espero que el libro te ayude a superar la ruptura con ese gilipuertas y te anime a salir y conocer a un buen maromo que te arranque el picardías a bocados”. Sensibilidad fraterna.

Capítulo 5

Después de esa noche malograda, amanecí con la intención de abrir las ventanas de par en par y ventilar la casa, por si algún efluvio lujurioso hubiera desertado de la bacanal soñada para venir a esconderse a un rasgón de aquellas paredes. Tras ducharme y vestirme, cogí mi libreta y algunos lápices de colores, me colgué mi bolsito riñonera y salí. Algo en la fría mañana llamaba a lanzarse al raso. Descendí por un sendero de tierra rojiza, desayuné en un barecito que encontré por el camino y me dejé llevar cuesta abajo mientras el sol de las diez empezaba a calentar el aire. Al toparme con la playa, arremangué mis vaqueros, me descalcé y hundí los pies en la arena. Un hormigueo helado se refugió en mi columna vertebral. Allí, a veinte metros del romper de las olas, me senté y desplegué el cuaderno apoyándolo sobre el bolsito, que hacía las veces de caballete. Con trazos cortos pero firmes me sumergía yo en la definición curvilínea del oleaje, la silueta de las rocas, el perfil de un barquito perdido en el horizonte y el vuelo desorientado de un ave solitaria. Al rato, aquellas rayas iniciales, distraídas, iban ascendiendo a la categoría de boceto.

Paseando cerca de lo orilla apareció una señora de aproximadamente setenta años. A pesar de su caminar torpe y aletargado al abrigo de un bastón con empuñadura de nácar, su presencia era elegante e imponente. Disimulaba su extremada delgadez, delatada solo por unas muñecas huesudas, con un largo vestido salmón, holgado hasta la cintura, ajustado en cadera y muslos, y acampanado hasta descansar a la altura de los tobillos. Una rebeca de punto con cuello de piel de visón, unos zapatitos marrones de suela plana y un moño italiano completaban su indumentaria. Detrás, a un metro de distancia, avanzaba una mujer de mediana edad, mulata, de pelo corto y uniforme de doncella sin cofia. Pisando sobre las puntas de los dedos para no empapar de mar sus botines negros, se agachaba para recoger las conchas que la señora le señalaba y que las olas habían devuelto de las profundidades saladas. En un cestito de mimbre de lazo rosa trenzado iba depositando el tesoro recién adquirido. En unos minutos ambas habían desaparecido de mi campo de visión pero al cabo de media hora, deshaciendo el camino andado, borrando sus propias huellas, volvieron al lugar de partida. Esta vez, al desfilar ante mí, que había abandonado la actividad artística para abstraerme en la contemplación, la anciana se detuvo en mis ojos y levantó la barbilla en señal de saludo. Yo respondí con gesto similar, segura de que me confundía con otra persona. Este fue el primero de nuestros encuentros en la distancia. El segundo sucedió a los pocos días, a la misma hora, el mismo atrezo, con atuendo parecido. La señora, siempre delante, se esmeraba en detectar e indicar a la doncella dónde recoger el trofeo, que en esta ocasión eran piedras. “Pero solo las blancas” acerté a escuchar. “Las de un blanco óptico, no las quiero en blanco sucio, ni rotas ni veteadas”. De manera que la mulata descartaba, después de analizarlas, aquellas que no se ceñían estrictamente a las condiciones requeridas. Al regreso, con el cesto rebosante del botín inmaculado, la señora me dirigió una sonrisa lejana pero cálida que yo imité de inmediato. La tercera vez que coincidimos, recién iniciado el paseo —deduje yo por la soledad en la cesta de dos rosas amarillas de largo y espinoso tallo— las dos mujeres se me acercaron, la más joven en la retaguardia. Yo estaba centrada en la siguiente fase de mi particular proceso pictórico: reproducir para el papel las tonalidades paisajísticas.

—Disculpe mi curiosidad, señorita. Llevamos varios días observándola afanada en el dibujo. Yo también soy amante del arte. ¿Puedo? —y me sugirieron sus intenciones que le mostrara el boceto inacabado. Queriendo prever una decepción inminente, confesé que no entendía de pintura ni había jamás asistido a clases—. ¿Es solo una distracción? —preguntó mientras ojeaba mi marina sin que se inmutase su semblante.

—Para relajarme y no pensar —aclaré.

Entonces, devolviéndome suavemente el bosquejo, me preguntó que por qué intentaba plasmar en papel la obviedad:

—¡Saque lo que lleva dentro!

Intenté digerir aquella clase gratis de talento y luego contesté con un lacónico “si lo hiciera, esa página sería solo un enorme tachón negruzco” y recurrí a mi sonrisa de emergencia para enmascarar mis angustias.

—Entiendo, bueno, no se preocupe demasiado porque el tiempo es el milagro que devolverá los colores a su mundo en blanco y negro —filosofó la anciana, que cuando hablaba con prisas exhibía un ligerísimo acento francés.

—De todas formas —alegué yo desviando el tema a confines menos vergonzosos para mi intimidad— ni siquiera es mi pasatiempo favorito. Prefiero la lectura.

—¿Y qué lee usted? —se interesó.

—Ahora nada en particular. Acabo de mudarme y aún no me he traído todas mis pertenencias.

—Una chica sensible —dedujo y luego me preguntó mi nombre. Me presenté y, al finalizar, lo hizo ella:

—Soy Catherine Lampier y esta es Elsa, que trabaja en mi casa.

Por primera vez, la mulata intervino:

—Encantada.