Cómo el placer lo permite - Marcelo Romero - E-Book

Cómo el placer lo permite E-Book

Marcelo Romero

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Beschreibung

Si tu felicidad dependiera de alguien más, estarías dispuesto a jugar su juego. Entender que la muerte no representa el final de tu vida o de lo que amas. Estás solo, sola, el fin del mundo se avecina y lejos de lo esperado, se muestra como una nueva oportunidad para ti. Estas y otras incógnitas son las que el autor nos invita a respondernos en su esperado primer libro de relatos. En un estilo maduro y actual que aborda las relaciones sentimentales, la vida en pareja y la convivencia, la vida familiar, de carencias y alegrías, y sobretodo desconocidas realidades que pueden surgir frente a una taza de café o caminando por la calle. Así el autor se mueve a descubrirnos en cada una de las historias. Nada más cerca de lo que imaginamos. «- Sabes lo que me llamó la atención de ti en un comienzo. -Lo he olvidado, como tantas cosas importantes he olvidado».

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Seitenzahl: 123

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Como el placer lo permite © 2021, Marcelo Romero ISBN: 978-956-6083-44-3 eISBN: 978-956-406-247-1 Primera edición: Abril 2021 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte ni registrada o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio sea mecanismo, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro sin el permiso previo escrito por el autor. Ilustración portada: Pepeyo Diseño portada y diagramación:www.edicionesondemand.cl Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chile www.trayecto.cl Impreso en Chile/Printed in Chile

Para mi esposa e hija.

Índice

Ficciones

No fumar

Como el placer lo permite

Vaivenes

Callar

Soledades

A un clic

Quince minutos

Redención

Papá

Cuando el vivir no basta

Las cenizas de un padre

Fontaine

Mi día personal del fin del mundo

Ficciones

Incapaz de conciliar el sueño, despertaba por tercera vez cerca de las cinco de la madrugada. A mi lado, Angélica dormía profundamente, trabajaba de recepcionista en un hotel y entregaba su turno pasada la medianoche. La besé en la frente y decidí levantarme.

Llevábamos un año de casados, luego de tres de conocernos. No teníamos hijos, ni mascotas, ni grandes posesiones de las cuales jactarnos. Una vida simple a la espera de un mejor pasar.

Tomé mi computadora y me dirigí a la cocina por un café y un par de ideas. Al trabajo de Angélica en el hotel, se sumaba el mío en una tienda por departamentos. En mis ratos libres, estimulaba al escritor que pretendía, escribiendo algo del gusto de los editores.

Me arrimé a la pantalla con una taza de café en las manos y algunas dudas. Hace días que me hallaba entrampado en una historia sobre un matrimonio joven, como el nuestro, que luego de dos años de casados no lograban entenderse como pareja. Sus trabajos, amistades y familias resultaban incompatibles; con ellos comenzaba a ocurrir algo similar.

En las primeras páginas habían desenvuelto toda su pasión, compartiendo sueños y esperanzas de alcanzar una vida plena. Para ello los había dotado de una fuerza entrañable, que los hacía sortear todo tipo de obstáculos. En ellos ejemplificaba lo que caracteriza a toda pareja en los primeros años de convivencia. Además del amor.

Así y todo, en las siguientes páginas algo cambiaba, obligándolos a cambiar a ellos también. Una crisis económica mal asumida, los llevaba a dejar el amplio departamento que ocupaban, por uno más pequeño, obligándolos a deshacerse de gran parte de sus bienes y de algunas cosas más.

Puedo comprender que se vieran sobrepasados por la situación, a los que fueran arrastrados a representar, pero de ahí a comportarse como dos extraños compartiendo un lugar en común, no cabía en mi planteamiento. Donde antes describiera amor y salud de pareja, ahora ellos exponían razonamientos perdidos y cuestionamientos absurdos muy alejados de la idea original, donde la confianza comenzaba a menguar, lo mismo que la comunicación. El cambio nos sorprendía sin saber qué hacer.

Motivado por las desavenencias que los llevaran a prescindir cada vez más de la compañía del otro, como consecuencia y muy a mi pesar, es que en las siguientes páginas me decidiera a prescindir de uno de ellos, como último recurso para salvar la relación.

Angélica se despertó pasado el mediodía, encontrándome en aquella deliberación. Para ella, que en ocasiones se convertía en correctora de mis escritos, ninguno de los dos era digno del otro, como para tomar una decisión tan drástica.

“Nadie sacrifica independencia cuando te sientes lastimado, menos aún, por tu cada vez más opuesta alma gemela. Yo no les daría una salida tan fácil”, decía. “Tomando en cuenta la infidelidad de ambos, los condenaría a vivir con esa culpa y más”.

No dejaba de sorprenderme cómo es que siempre se las arreglaba para encontrar algo más en mis historias. Por ello me había tomado la tarde anterior para leer entre líneas, tratando de descubrir la infidelidad a la cual se refería. Pero luego de unas horas intentándolo, me daba por vencido.

—Hola, quieres tomar algo —dijo animadamente al verme.

—Hay café recién hecho —le indiqué—. Me sirves una taza, por favor.

Accedió con gusto, sirviendo dos tazones enormes e inundando de sabor la habitación.

—Estuve pensando en lo que dijiste. —Probé el café, estaba caliente, pero reconfortante—. En parte tienes razón, hay algo de egoísmo en el personaje de Ariel, y hay que hacer algo al respecto.

—Debe haber una manera de corregir su actitud —comentó, segura de que él era la clave de todo—. Si logramos ampliar su percepción del entorno en el que habita, mostrándole que hay alguien más junto a él, como su esposa, por ejemplo, estoy segura que la trama correrá sobre ruedas. —Se detuvo para dar un largo sorbo a su taza de café.

Cada vez que Angélica mostraba interés sobre una de mis historias, se hacía parte de la creación, como si fuera ella quien las escribiera.

Esta vez mostraba un marcado rechazo hacia el personaje de Ariel. Para el personaje de Laura, pasaba por un detonante que la remeciera, que lograra despertarla y hacerla crecer junto al de Ariel, pues corría el riesgo de desaparecer.

Hace unos días, buscando referencias para el argumento de la historia, fue que me encontré a una pareja joven en el tren subterráneo, sosteniendo una acalorada discusión.

No éramos más que un puñado de extraños compartiendo el vagón, enterándonos de las intimidades de un hombre y una mujer que no debían sobrepasar los veinte años de edad.

Unos más avergonzados que otros, cómplices por la liviandad de las palabras que usaban para herirse, comprendíamos que no era la primera vez para ellos.

Puedo asegurar que ese no fue el trayecto más cómodo que realizaba hacia el centro. Lo mismo debió ser para ellos, al percatarse que los observaba con entusiasmo y que tomaba nota de cada palabra que decían. Bajar en la siguiente estación me valió salir airoso con mi botín.

“Algún día te meterás en un lío espantoso o te cruzarás con la persona equivocada y no sabrás como salir de aquel embrollo —me replicaba continuamente Angélica—. Deberías poner mayor atención a otras cosas, como a nuestra relación. Pues me apena sentirme tan ignorada, que tenga que estar pidiendo la misma dedicación que le entregas a tu libreta de notas”.

Creo firmemente que la institución del matrimonio, es quien les otorga a las mujeres ese sentido, el de la razón, que lamentablemente a los hombres les es negado.

Volviendo a la realidad de mi historia frente a la pantalla del computador, las sugerencias de Angélica me parecían más que razonables.

Ella permanecía a mi lado, absorta en cada uno de mis movimientos, como si con ello pudiera entrar en mi cabeza, indicándome donde cambiar, reescribir o acentuar.

Tan cerca lo hacía, que unas gotas de café de la taza que mantenía apegada a su cuerpo, cayeron sobre ella, sobre su camisa de dormir, sin llegar a lastimarla, pero tanto como para marcar el contorno de uno de sus pezones, sorprendiéndola.

Con mi mano intenté limpiarle el exceso de café, pero vaya sorpresa, la presión de mis dedos hicieron que ambos pezones se marcaran aún más. Siendo a propósito o no, la sonrisa de Angélica la sentí como una señal; no alcanzamos a volver a la habitación.

Usando la mesa de la cocina como un improvisado lecho, nos comportamos como dos amantes impetuosos buscando la desnudez del otro, cosa que ya no realizábamos tan a menudo como me gustaría. Hicimos el amor como nunca, como no recuerdo, como la primera vez.

El sexo con Angélica me persuadió de volver sobre la historia con una idea renovada. Asesinar a uno de ellos para así poder mejorar la relación, resultaba concluyente. Al igual que a una estrella de mar, que al perder una de sus puntas logra renovarla con el tiempo. Valía la pena preguntarse si Laura sin Ariel, o viceversa, recaería en una nueva y mejor persona.

Transcurridas varias semanas desde la última vez, persuadía al argumento para situar a Laura y Ariel en un café cercano. La escena los mostraba intentando vivir la vida por ellos mismos, sin buenos resultados.

Como dos extraños, permanecían en silencio, sentados uno frente al otro. Él escribía algo en su smartphone, ella hablaba por teléfono con una amiga. Distantes, algo que ni siquiera un café podía corregir.

Aun así, pensé en el ejercicio que se sintieran sexualmente atraídos por el otro, para lo cual, urdí a sus espaldas escenarios propicios para un encuentro furtivo.

El baño del café, como primera opción, decidí desecharla. La imagen y la personalidad que le hiciera proyectar a Laura, lo tildarían de poco glamoroso; vano y sucio, serían las palabras de Angélica.

Un cuarto de hotel, un tanto premeditado, poco franco. Dados sus temperamentos, no cederían a un encuentro concertado.

Fue que, a través de las ventanas, justo en frente del café, vi el automóvil de Ariel. Grande, espacioso, que los pudiera llevar a la aventura desatada de un encuentro casual. Resultaba más prometedor.

Los imaginé en los miradores de la capital al anochecer, donde escapan los amantes a sellar los placeres de la carne con sudor.

Luego de releerlo un par de veces, lo deseché. Qué pasión puede surgir entre dos personas sentadas una frente a la otra, sin verse, sin entenderse. Qué sería de ellos entonces, desnudos, uno junto al otro, en un automóvil, a mitad de la noche, en un descampado.

Logré que anocheciera y fueran a casa a dormir en un par de líneas. Para refrescar las ideas, hice lo mismo, por la mañana vería qué hacer con ellos dos.

Una niña de no más de cuatro años de edad llora desconsoladamente, deambula sola por el andén del tren subterráneo, donde nadie parece advertir su presencia. De pronto, resbala y cae a las vías en el momento justo que el tren se acerca. Un gran alboroto se arma tratando de rescatarla, antes de que el tren llegue a arrollarla. Desperté de un salto, soñaba otra vez, eran las siete de la mañana y Angélica dormía a mi lado.

Respiré profundo para recobrar algo de cordura frente a las imágenes de los sueños. Tan reales las sentía, como recreaciones de una vida que no existiera, como fragmentos descartados por el literato que dispusiera sobre nuestras vidas.

Abandoné la cama, luego de ver que no conciliaría el sueño para saber qué sucedía luego.

A diferencia de otros días, no trabajaría en mis escritos, sino que me concentraría en preparar un desayuno para mi mujer, quería de alguna manera sorprenderla.

Algo de esto le faltaba a la relación de Laura y Ariel, degustar la vida como un desayuno para la ocasión. Porque la vida puede ser una tostada con margarina o con mermelada, el placer está en degustarla con la sazón que a uno más le agrade, junto a la compañía ideal, claro está.

Se me ocurrió que alguien debería tomar nota de estas palabras y añadirlas a nuestra historia.

—Debes matarlo a él, haciéndolo parecer culpable de todo —escuché decir a Angélica llegando a la cocina. Yo ponía algo de mermelada a una tostada, mientras ella ocupaba el puesto frente al mío.

Escuchándola hablar de esa manera, tan decidida e insidiosa, más sentía el compromiso hacia el personaje de Ariel, y no es porque fuera hombre, no, para nada. Sino que, al perfilar el carácter de Laura, con algo del libre albedrío de Angélica, cabía preguntarse, ¿a quién debía dar más poder?

—¡Matar!, hablas de matar. Sacrificar una vida para sentenciar otra, como un simple capricho —le reproché.

—No, no es capricho. Es evolución. Como en la guerra. A veces requieres perder un poco, si con ello logras ganar mucho más —noté algo de displicencia en sus palabras.

—¿Qué, ahora es una guerra?

—Una guerra, una prueba, una partida de ajedrez. Los peones están al servicio de lo único que importa, la reina.

—¿Qué ganarías con ello? No concibo una historia de pareja sin una de sus partes, ¿cuál es el sentido de tu conclusión? —dije, esperando su reacción.

—Será una bofetada para Ariel, también para el lector. Una vuelta de tuerca que mantenga el interés en la historia —decía sin llegar a convencerme.

Terminamos el desayuno en silencio. Yo escribía algo en mi agenda; ella, creo que hablaba con una amiga por teléfono.

—¿Qué hay de la infidelidad de ambos? —pregunté al rato—. ¿Dónde nos lleva todo eso?

—A nada en concreto, por supuesto. No creerás que alguien engañe pensando en cómo terminará todo. Saca eso de tu cabeza, no le veo continuidad por ese lado.

—Qué dices, estás segura. Porque te vengo escuchando este mismo discurso desde que nos conocemos.

—Mi consejo es que debieras escuchar mejor. El ejercicio que haces escuchando a los demás, debieras hacerlo contigo mismo. La pasividad con la que te desenvuelves, te hace proyectar una falsa seguridad, amor. No te confíes demasiado, es una mujer, recuérdalo bien.

Es una mujer, me dije yo también. Debía poner más atención a esos detalles.

—Y si decidiera matarla a ella, tal vez liberaría la relación.

—Solo condicionarías tu progreso, no querrás eso, ¿verdad? La maldad es un mal necesario. Dota a Laura de un poder sobre sí misma, liberándola de la sombra de Ariel, es lo que yo haría, y al final verás que todo es distinto.

Tenía razón, sus palabras resultaron tal y como una premonición de la cual no puedes escapar.

Para el fin de semana ya era tarde. Ariel era asesinado a la salida de un bar, por un desconocido, frustrando un robo.

Mientras él moría desangrado en un callejón por una estocada mortal, Laura, su mujer, se hallaba revolcándose con su amante no lejos de allí.

Luego de una corta diligencia en tribunales, Laura era absuelta por las leyes de este hermoso país. No hallándose pruebas suficientes sobre su aventura extramarital, quedaba en libertad. La defensa probaría cierta demencia por parte de Ariel, desestimando una nueva investigación, cuya muerte no ayudaría en su favor.

Posterior a eso, Angélica me pedía el divorcio. Siendo incapaz de controlar personajes de ficción, qué se podría esperar de nuestro matrimonio, le confesaba al juez.

Cierro estas líneas citando las palabras de Angélica: debí poner más atención a esos detalles, sobre todo tratándose de una mujer.

Debí matarla a ella.

No fumar

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