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Del autor del best seller "Norah - La sombra de la razón". Con el fondo de una Lyon de los años sesenta, las vidas de Jean y Eloise se cruzan en un hilo invisible, y al mismo tiempo, separadas por un muro delgado, que divide sus departamentos, un tiempo unidos. No se conocen, sin embargo, la vida del uno entra en aquella de la otra a través de los sonidos, los rumores y las palabras que la pared deja filtrar. Son almas desgastadas por la soledad, la espera de sus respectivos amores y oscurecidas por sus existencias, como el sol a medianoche. "Aquel apartamento, tan armonioso fue transformado en dos habitaciones imperfectas e incompletas, así como los dos huéspedes que en aquel periodo ocupaban las estancias vacías"."La pared era tan delgada que, si recitaba cerca de la cama, parecía que estaba al lado de él".
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Como El Sol a Medianoche
Jason Warner
––––––––
Traducido por Marcela Gutiérrez Bravo
“Como El Sol a Medianoche”
Escrito por Jason Warner
Copyright © 2016 Jason Warner
Todos los derechos reservados
Distribuido por Babelcube, Inc.
www.babelcube.com
Traducido por Marcela Gutiérrez Bravo
Diseño de portada © 2016 Koi Press
“Babelcube Books” y “Babelcube” son marcas registradas de Babelcube Inc.
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Como El Sol a Medianoche
Jason Warner | Como el sol a medianoche
Prólogo
Marzo 1972, Lyon | Jean
Eloise
Jean
Diez primaveras atrás. | Jean
Eloise
Marzo 1972, Lyon | Jean
Eloise
Diez primaveras atrás | Jean
Eloise
Jean
Marzo 1972, Lyon | Jean
Eloise
Diez primaveras atrás. | Jean
Eloise
Jean
Marzo 1972, Lyon | Eloise
Diez primaveras atrás | Jean
Marzo 1972, Lyon | Eloise
Diez primaveras atrás | Eloise
Jean
Eloise
Marzo 1972, Lyon | Ella y Él
Jean y Eloise
Jason Warner
Como el sol a medianoche
Abril 2016
Todos los derechos reservados
En el carnaval de los encuentros,
Siempre hay un fin enmascarado de comienzo.
Elena Mearini
Encuentra confort en la escritura. Es una prosa limpia y lineal, quirúrgica en las descripciones y en el perfil de los personajes. Las palabras son sopesadas y contadas en la balanza del estilo. No siente la necesidad de compartir su ser con un hipotético lector, tiene serias dificultades en concebir a una persona capaz de comprenderlo plenamente. Las explicaciones solamente serían tiempo perdido.
Solo tiene necesidad de vomitar lo que no logra digerir más adentro.
Él, que nunca aprendió a levantar la voz y tomársela con vasos inertes.
Siente el peso que le está de más en el pecho, cortándole la respiración. Se siente fatigado por la sensación oprimente de lo inconcluso.
Debe actuar, debe hacer algo. No admite dejar que el tiempo resuelva sus problemas. Mucho menos él, que apenas se fía de sí mismo, ¿cómo puede confiar su vida a algo que no puede, ni siquiera mirarlo a los ojos?
Toma la vieja máquina de escribir con la cinta de tinta ya resignada al enésimo abuso. Comienza a golpear. Golpes feroces y rítmicos. Golpes de mortero contra sus enemigos imaginarios. Escribe frases, aduce conclusiones, delinea sanciones y epílogos.
Continúa haciéndolo sin tregua, hasta que se siente vacío y con los dedos adoloridos.
Arranca la hoja del rollo y la tira en el cesto de papeles, junto a aquel enésimo día de su existencia.
Se tira sobre la cama y se queda vestido, dentro de pocas horas deberá volver a ser una de las imágenes de sí, pero todavía no sabe cuál.
Pasos en el recibidor. Pasos cansados. La llave en la cerradura. Un solo giro, cerrar esa puerta con dos giros sería un gesto de celo excesivo.
Escucharla entrar recrea la mañana. Observa las manos débilmente iluminadas, ya es el amanecer.
La pared que los divide es sutil, logra escuchar sus pasos, un golpe de tos, los resortes del colchón chirrían bajo su peso.
Sin que se dé cuenta, se duerme con ella.
A su despertar, el sol ya estaba en lo alto del cielo. Los rayos atraviesan las fisuras de las viejas ventanas de madera, eran como astillas clavadas en la apretada pupila. Llevaba puesta la ropa del día anterior, y del anterior a ese. La barba estaba erizada y era irregular, las orbitas cavadas en el rostro delgado y cansado. Se puso los zapatos como si fuesen dos pantuflas, abrió la puerta y, por primera vez, después de días, pasó por el dintel de la puerta. El angosto recibidor hospedaba solamente a otro apartamento.
Lesen Sie weiter in der vollständigen Ausgabe!
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