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Jacob, un joven polaco de origen sefardí, guiado por sus ideales se embarca en un periplo que le llevará a combatir en la Guerra Civil Española. A su vez, su familia y amigos se ven atrapados por el avance del nazismo por toda Europa y su ola de antisemitismo. Como la luz a través del cristal esconde la historia de tantos y tantos ciudadanos europeos cuyas vidas fueron truncadas y su memoria no puede pasar por nosotros como la luz por el cristal, que lo atraviesa y no deja huella.
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Seitenzahl: 503
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Ángel Mora Urda
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1386-514-0
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Por el día a día,
por el amor infinito,
por creer en mí más que yo mismo,
por tu apoyo incondicional,
por hacer esto posible,
por todo.
Este libro es tuyo.
Por la vida
por hacer de mí, vuestro hijo,
la persona que soy hoy en día.
Por estar siempre ahí,
sustentando todo.
Este libro también es vuestro.
I
Las primeras gotas de lluvia comienzan a golpear los cristales de la ventana del salón. Todo hacía presagiar una lluviosa tarde de febrero en Cracovia, como venía ocurriendo casi desde que comenzara 1937. Las gotas de lluvia se deslizan veloces por el cristal, en una frenética carrera hacia el alféizar de piedra de la ventana. Al otro lado del cristal, Jacob, absorto en sus pensamientos, las mira sin apenas verlas. Su mente está divagando en un mar de contradicciones e ideas que pueden poner patas arriba su vida y la de sus seres queridos.
Jacob Nagar es un joven judío, de origen sefardí, nacido en 1915 en Bibice, una pequeña localidad situada a unos ocho kilómetros de Cracovia, en Polonia. A sus 22 años, todos sus recuerdos de infancia se remontan a esta ciudad y, más concretamente, al barrio de Kazimierz donde siempre ha vivido.
Tras un último vistazo hacia la calle, Jacob suspira levemente mientras se gira alejándose de la ventana. Se dispone a preparar el café mientras su esposa termina de recoger los restos de la comida. Con el proceder melancólico y pausado que siempre le produce la visión de la lluvia, Jacob recorre el pequeño salón para unirse a su mujer en la cocina. Susan es algo más joven que su marido y natural de Cracovia, donde nació un templado día de julio de 1917. Cuando contaba con 19 años, la joven Susan Katz se unió en matrimonio con Jacob en una bonita y emotiva ceremonia celebrada en la cercana Sinagoga Mayor de Cracovia.
Al verla de espaldas, junto al fregadero de la pequeña cocina, Jacob se acerca y agarra a su esposa por la cintura mientras le da un cariñoso beso en la cabeza. Desde que la conoció, quedó encandilado de Susan y no podía más que sentirse afortunado de tenerla a su lado. Jacob es un joven que, sin destacar excesivamente por su físico, sí que tiene cierto atractivo que le hace especial. Con algo más de metro ochenta, es uno de los muchachos más altos de todo el barrio. Ya desde su más tierna infancia era un niño desgarbado y delgado. A sus 22 años aquel niño dejó paso a un joven alto, moreno y con una musculatura ligeramente marcada, dándole un aspecto varonil sin perder los rasgos esbeltos y ligeros que le han acompañado desde siempre. Pero lo que más destaca de Jacob es su rostro, y más concretamente sus ojos, de un verde oscuro intenso que le proporcionan una luz e ímpetu a su mirada que el hecho de usar gafas, de fina patilla metálica y lente circular, no puede apagar.
—¿Alguna vez te he dicho lo tremendamente guapa que eres? —Los besos de Jacob ya empiezan a recorrer el cuello de Susan.
—¿Tú no ibas a hacer café? Vas a conseguir que deje esto a medias… —Un pequeño escalofrío recorre la espalda de Susan y una sonrisa comienza a aparecer en su rostro.
Mientras permanecen en esa posición, con Jacob agarrando a Susan por la espalda, a la altura de la cintura, el teléfono empieza a sonar. Se trata de uno de los pocos lujos que la pareja ha incorporado a la vivienda desde su matrimonio. Situado en el mueble principal del salón, Jacob se apresura a descolgar.
—Ajá, sí, sí, pero prepara café, ¡ni tomarlo me has dejado! Hasta ahora.
«Algo bueno debe de tener el tamaño del piso, desde aquí puedo oír todo», piensa Susan mientras se seca las manos y se encamina al salón.
—Era Bartek. Nos invita a su casa en media hora —resume Jacob a su esposa.
—Ya imaginaba.
Solamente por el tono de voz de su marido, Susan sabe perfectamente que al otro lado del teléfono solo podía estar Bartek, el mejor amigo de Jacob. Aunque ya consideraba a Bartek como su proprio amigo, y sentía curiosidad por las novedades que les fuera a contar, Susan no puede evitar pensar en lo inoportuno de la llamada.
—De todas formas, estoy seguro de que puede esperar un rato, ¿Por dónde íbamos? —Ahora la sonrisa ha pasado al rostro de Jacob.
II
El trayecto hasta casa de Bartek es bastante corto, solamente es preciso avanzar un par de calles sin salir del mismo barrio. El hogar del matrimonio Nagar está compuesto por un pequeño piso que pasó a su propiedad fruto de la herencia familiar de Susan. Ubicado en la segunda planta de un viejo edificio, el apartamento es pequeño, formado por un salón, la cocina, el baño y un dormitorio. Solamente cuenta con una habitación exterior, el salón, con un ventanal abierto a la calle por el que penetra la única luz natural que ilumina la casa. Las estancias son reducidas y de mobiliario antiguo, el mismo que los padres de Susan utilizaran para amueblar el piso por primera vez, aunque más que suficiente para lo que requiere la joven pareja. Así con todo, Jacob y Susan se sienten afortunados de poder tener un techo bajo su propiedad, algo que la mayoría de los ciudadanos de Cracovia a su edad no pueden ni siquiera soñar.
Situado en la calle Jozefá, cerca de la esquina con la calle Jakuba, el piso se encuentra muy céntrico dentro del barrio de Kazimierz. A escasos metros se sitúan varios de los edificios más emblemáticos, como la Sinagoga Mayor o, entre dos y cinco minutos caminando, la Sinagoga Vieja y la Sinagoga y Cementerio Remuh. La presencia de todos estos edificios relacionados con el judaísmo en tan reducido espacio no es casual.
Kazimierz (Kuzmir en yiddish) es un barrio cargado de historia dentro de Cracovia. Basta con caminar por sus calles para sentir toda la presencia de su historia. Esta parte de la ciudad es conocida como el centro de la comunidad judía local desde el siglo XIV hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Lo que Jacob y Susan ven y conocen como un barrio más de la ciudad, en su origen no fue así. Kazimierz fue fundado como una ciudad aparte en 1335 por el rey Casimiro III de Polonia y situado sobre una isla formada en el brazo norte del río Vístula, al lado sur de Cracovia. En 1495, la población judía residente en la parte occidental de Cracovia fue expulsada de esa zona y obligada a trasladarse a Kazimierz, lo que posibilitó que esta ciudad se convirtiera en el principal centro espiritual y cultural de los judíos polacos. Saltando en el tiempo, en el siglo XIX y bajo la dominación austriaca, los límites administrativos de Cracovia fueron ampliados dando así lugar a la inclusión jurídica de Kazimierz como barrio de la ciudad. Esto no hizo sino normalizar algo que ya se venía dando tiempo atrás debido a la absorción de Kazimierz por el crecimiento de Cracovia, así como la pérdida de su carácter insular por el drenaje del pequeño cauce del Vístula.
La expansión económica de Cracovia hacia la zona occidental provocó la salida de Kazimierz de las familias judías más pudientes para instalarse al otro lado de la ciudad. Este hecho generó que a inicios del siglo XIX la población de Kazimierz estuviera formada, casi exclusivamente, por los judíos más pobres o conservadores, posibilitando así la conservación de la mayor parte de las edificaciones antiguas del barrio, presentes durante todo el siglo XX.
III
El paseo había sido más agradable de lo esperado, la lluvia aún no arreciaba con la fuerza suficiente y el contacto de las gotas de agua con el rostro de la joven pareja resultaba hasta cierto punto agradable.
Por el camino, Jacob y Susan no mencionan directamente el motivo de la llamada de Bartek, aunque ambos lo saben. La situación en España se ha puesto muy tensa. Un grupo de militares dio un golpe de Estado hacía unos siete meses. Tras unos primeros momentos de incertidumbre, la situación acabó derivando en una cruenta guerra civil. Pero no solamente es la situación española lo que inquieta a la pareja. Son jóvenes hasta cierto punto implicados que procuran mantenerse informados acerca del escenario político europeo, conocedores de la realidad en Italia con el ascenso del fascismo de Benito Mussolini y, sobre todo, temerosos del poder que está adquiriendo el nacionalsocialismo alemán, encarnado por el partido nazi de Adolf Hitler. Ya desde inicios de 1937 se habla en diversos ámbitos acerca de las consecuencias para el resto de Europa de una victoria del bando sublevado en España, compuesto por militares y falangistas de corte e ideología fascista.
—Hola, parejita, pasad, pasad. ¿Qué tenéis ambos en contra de los paraguas? ¡Estaréis empapados! —Mientras les recibe con su eterna y sincera sonrisa, Bartek se hace a un lado para dejar entrar en casa a sus amigos.
A Susan siempre le ha gustado el amigo de Jacob. Bartek es para ella de ese tipo de personas que, sin saber exactamente por qué, desde un primer momento se ganan tu aprecio por su forma de ser.
—Anda, dame tu abrigo y siéntate. No me mires así, el café se está terminando de hacer. —Tras colgar el abrigo de Jacob, Bartek salió disparado hacia la cocina para terminar de preparar ese café.
La amistad entre los dos jóvenes hace posible todo tipo de bromas, reproches y pullas, constantes entre ambos, sin que la cosa vaya más allá de unas carcajadas. Su amistad se remonta a su más tierna infancia, cuando pasaban todo el tiempo posible correteando por el barrio y tramando mil travesuras que llevar a cabo. Desde que tenían memoria, ambos recordaban la vida el uno junto al otro. Siendo el único hijo de una familia trabajadora, la vida fue relativamente cómoda para Bartek durante su infancia, sin lujos, pero siempre con un plato que llevarse a la boca a diario. Pasaba las tardes calibrando su mayor preocupación: urdir las diferentes diabluras que llevaría a cabo con su inseparable Jacob, solo un año menor que él.
—Bueno, no necesitáis explicaciones a mi llamada, ¿verdad? —Las tazas, rebosantes de un negro café, humeaban sobre la pequeña mesa del salón donde Bartek las acababa de dejar.
Mientras daba el primer sorbo a su taza, el dueño de la casa se sienta en una silla al otro lado de la mesa, mirando justo enfrente al matrimonio Nagar. Con las manos apoyadas en las huesudas rodillas, Bartek les interroga directamente con sus intensos ojos azules. Jacob conoce a la perfección a su amigo y no necesita más que un contacto directo con la mirada para aproximarse a sus pensamientos.
—La situación en España se complica, ¿cierto?
—¡Más que eso, Jacob! Mi contacto del Partido en Varsovia ha remitido un informe con las noticias de la prensa internacional y datos de brigadistas y no es precisamente alentador con la causa republicana.
—Y mientras el Pacto de No Intervención siga vigente, estamos dejando solos a los españoles.
—¡Ese pacto es un engaño, Susan! —Como si una fuerza invisible lo hubiera impulsado, Bartek salta de la silla comenzando a deambular por el pequeño salón mientras sigue su discurso—. Papel mojado, una pantomima de características épicas. Eso es ese pacto. Mientras Europa permanece de brazos cruzados y mirando hacia otro lado, en España se está bombardeando al pueblo con aviación alemana e italiana.
A finales de agosto de 1936, con la guerra civil española en su fase inicial, 27 de los Estados europeos (todos menos Liechtenstein, Mónaco, Suiza, Andorra y Ciudad del Vaticano) incluido Polonia, se suscribieron al «Acuerdo de No Intervención en España». Esta política de aislamiento del conflicto español fue impulsada por Francia y, sobre todo, Gran Bretaña, quienes veían que la guerra de España podía complicar aún más el panorama estratégico que se vivía a escala europea. Para el cumplimiento del acuerdo se creó el 9 de septiembre de 1936 un Comité de No Intervención. Con sede en Londres y bajo la presidencia del conservador Ivor Windsor—Clive, en el comité estaban representadas todas las principales potencias europeas, incluidas Alemania, Italia y la Unión Soviética.
Pero en la práctica, la política de no intervención se convirtió en una farsa, ya que la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal de Salazar no suspendieron en ningún momento el envío de armas, municiones y tropas al bando sublevado.
—En eso llevas razón, Bartek, pero siéntate, vamos a pensar bien el siguiente paso a dar... —El carácter más templado y paciente de Jacob, frente al temperamento impulsivo de su amigo, le confería la capacidad de mantener la cabeza fría en casi cualquier situación, algo más complicado para el apasionado Bartek.
—Está claro que si queremos intervenir en España vamos a tener que hacerlo nosotros, uniéndonos a cualquiera de las iniciativas que se están llevando a cabo ya y no solo me refiero a los brigadistas. ¿Habéis oído hablar del SMAC?
En esta ocasión quienes se quedan mudos son los dos amigos de la infancia ante la pregunta de Susan. Ninguno de los dos había escuchado ni una sola palabra sobre qué era eso de SMAC. Ni siquiera Bartek, quien siempre parecía contar con una fuente inagotable de información.
Ante los segundos de silencio y las expresiones interrogativas de los dos muchachos, Susan decide continuar con su explicación.
—Son las siglas en inglés de Spanish Medical Aid Comittee. Es una organización que se creó con el fin de mandar material sanitario y personal médico para ayudar al esfuerzo bélico de la República Española. ¡Ya han conseguido incluso crear algún hospital militar entero!
—¿Y bien?
—¿No lo ves, Bartek? No solamente se trata de ir a combatir al fascismo en España desde las trincheras, también hay posibilidades de ayudar desde aquí, desde nuestros propios hogares. Ya que el Acuerdo de No Intervención es una pantomima, tú mismo lo decías antes, y no hay colaboración de los Estados... ¡saltémonos ese acuerdo! Seamos nosotros mismos quienes pongamos en marcha iniciativas de ayuda al pueblo español.
—Te entiendo... —Mientras Susan hablaba, Bartek había reanudado sus paseos por la habitación, pero en esta ocasión sin rastro de alteración, sino todo lo contrario. Con la mano izquierda acariciando la escasa barba que le cubre el mentón, el joven no para de darle vueltas a la cuestión que está proponiendo Susan.
—Podríamos comenzar con una campaña de recogida de fondos, desde aquí, desde Kazimierz, para acabar abarcando toda Cracovia. Con los fondos compraremos material médico o alimentos para mandar a España.
—Cuenta conmigo, Susan. ¡Me encanta tu entusiasmo! Conozco varios compañeros que se pondrían manos a la obra desde ya, te los presentaré.
Esta vez fue Jacob quien se pone de pie tras apurar el último sorbo de café. Ha asistido en silencio a toda la conservación entre Susan y Bartek, casi como distraído y con la mirada fija en el interior de su taza de café, como si hubiera algo flotando que solamente él podía ver, como si en los posos del café estuvieran las respuestas a sus inquietudes y cavilaciones. Su mente divaga entre varias ideas, algunas de las cuales llevan varias semanas rondando por su cabeza, sin casi atreverse a pronunciarlas en voz alta por miedo a escucharse.
—Estoy de acuerdo en todo lo que habéis dicho y os apoyo completamente. Estoy seguro de que se puede hacer muy buen trabajo desde aquí. Sin embargo, quiero anunciaros algo. Llevo varias semanas con una idea que me ronda en la cabeza. En un principio surgió como un impulso, como un fugaz rayo que te ilumina y te impulsa a actuar de inmediato. Decidí no dejarme llevar por el ímpetu y meditarlo tranquilamente en frío antes de tomar una decisión definitiva. Al principio pensaba que sería un calentón, que esa idea se diluiría en mi cabeza como un azucarillo en el café, pero no ha sido así.
Bartek y Susan permanecen mudos y absortos sin intuir a donde quiere ir a parar Jacob. Bartek aún no acierta a descifrar las intenciones de su amigo, envueltas entre las divagaciones de su discurso. Pero no es el caso de Susan, conocedora a la perfección de su marido. Ella comienza a hacerse una idea de las intenciones del joven, aunque espera estar equivocada.
—Tras mucho meditarlo —prosigue Jacob— y aunque la decisión final saldrá de debatirlo aquí, sobre todo contigo, Susan, mi amor, he de confesaros mi firme intención de partir a España para combatir desde allí, a pie de trinchera, al fascismo.
El anuncio produce una sacudida de emociones en Susan y Bartek. Un temblor digno del mayor de los terremotos. Bartek se debate entre la perplejidad, la admiración y el asombro por la valentía demostrada por Jacob. Por otro lado, todos esos sentimientos no alcanzan a ocultar cierto miedo al imaginar a su amigo en plena guerra, jamás lo habría imaginado.
En cuanto a Susan, un volcán de sentimientos acaba de erupcionar en su interior. Aún no es capaz de discernir si su mayor cabreo es debido a la idea de Jacob sobre viajar a España o por el hecho de haberse enterado de esa manera y con la decisión prácticamente tomada. Aunque también en su interior alberga algo de orgullo y admiración por su marido, es mayor el miedo y la angustia que aflige su espíritu.
Jacob contempla a su amigo durante un segundo para posar, finalmente, su mirada sobre la de Susan. A través de sus ojos, abiertos como platos, Jacob comienza a intuir los pensamientos y la lucha apasionada de sentimientos que se está llevando a cabo en el interior de su esposa.
Tras el anuncio de Jacob el silencio es breve. Apenas un minuto de calma tensa en que los tres jóvenes se miran entre ellos. Un silencio cargado de una tensión densa, pesada, que ocupa todo el aire cargado de aroma a café del salón.
—No estás hablando en serio, ¿verdad?
La joven decide tomar las riendas y pronuncia las palabras con un hilo de voz seco, casi un susurro, pero firme y autoritario. La pareja se mira directamente a los ojos, casi olvidando la presencia de Bartek a su lado quien permanece mudo observando la escena en un prudente segundo plano. De nuevo se hace el silencio en el que solo se escucha la nuez de Jacob en su subida y bajada al tragar saliva.
—Escúchame, Susan, antes de tomar una decisión final quiero explicarme.
2. Los Nagar de Bibice
I
En el sur de Polonia, a escasos 8 kilómetros de Cracovia, se encuentra la pequeña localidad Bibice. Es aquí, en esta tranquila ciudad, donde se remontan los orígenes genealógicos de Jacob, así como los acontecimientos que conllevaron al desmantelamiento de la familia Nagar y la temprana salida del pequeño Jacob hacia Cracovia.
En una de las principales avenidas, próxima al centro de Bibice, se encontraba el hogar familiar de los Nagar. Se trataba de una casa antigua, pero amplia, de dos plantas, de las cuales la parte superior era la reservada a la vivienda. La planta baja estaba ocupada completamente por el negocio familiar: una carpintería. La fachada estaba compuesta casi en su mayoría por un gran portón de madera destinado al negocio y rematado por un cartel, también en madera labrada, con la inscripción «Carpintería Nagar» grabada en el mismo. El portón daba acceso a un gran espacio que ocupaba casi la totalidad de la planta baja y que correspondía con el taller donde se llevaban a cabo todos los trabajos. Un intenso olor a madera verde y serrín, mezclado con barniz invadía toda la estancia.
En la fachada también había sido abierta una pequeña puerta que daba acceso a un habitáculo destinado a la recepción de clientes y proveedores sin hacerlos entrar al taller. Al fondo de esta sala comenzaba una escalera que constituía el único acceso a la parte superior de la casa, la cual albergaba la vivienda de la familia.
La carpintería no solamente vertebraba la casa familiar, sino la vida entera de la familia Nagar. Esta había ido pasando de generación en generación desde tiempos casi inmemoriales cuando los antepasados de Jacob se instalaron en Polonia. Se trataba ya no solamente de un negocio, era una forma de vida, un orgullo familiar, donde los hijos varones de la familia eran iniciados desde pequeños en el arte de la carpintería y la ebanistería para acabar viviendo todos juntos en la parte superior y regentando el negocio de manera familiar entre padre e hijos.
Corría el año 1892 cuando Isaac, a la edad de 22 años, recibiera la gerencia del negocio bajo su responsabilidad. Con una capacidad de sacrificio y esfuerzo fuera de lo común, unidas a un verdadero don para la ebanistería, Isaac consiguió expandir el círculo de influencia del negocio. Durante toda su vida le acompañó la fama de tener las mejores manos para tallar la madera.
Instalado en la parte superior de la casa, tuvo un matrimonio feliz, lleno de amor y estabilidad familiar fruto del cual nacieron dos varones, Alexander en 1893 y Ernest en 1897. En esos momentos, con la familia y el negocio subidos en la cresta de ola, nada hacía presagiar cuán frágil puede ser la felicidad y con qué facilidad puede saltar todo por los aires.
Los primeros años de vida de los dos hermanos Nagar fueron de una complicidad absoluta. A pesar de los cuatro años de diferencia entre ambos, y de los celos iniciales ante la irrupción de un pequeño más en la familia, Alexander pronto aceptó el papel de hermano mayor y tutor de juegos y enseñanzas del pequeño Ernest. Fue durante la adolescencia cuando terminó de formarse el verdadero carácter y la personalidad de ambos hermanos agudizando las diferencias entre ellos.
Alexander podría definirse como el hijo perfecto, sosegado, buen estudiante y alejado de cualquier foco de conflicto. Con una personalidad paciente y tranquila, el primogénito de la familia se encontraba muy próximo y cercano a su padre. Casi movido por los hilos invisibles de la tradición familiar, desde muy temprano, Alexander comenzó a mostrar interés por la carpintería y los vericuetos del negocio. Así, pasó de corretear jugando entre los utensilios, a comenzar a conocer y aplicar las técnicas de la ebanistería. Ante el creciente talento de Alexander para convertir tablones de madera en verdaderas obras de arte en forma de muebles, Isaac comenzó a prestar cada vez más atención a su primogénito, a quien veía como el verdadero heredero de la carpintería. Alexander encarnaba el pilar sobre el que sustentar la tradición familiar garantizando su futuro a través de otra generación más.
Inmerso dentro de la absorción de conocimientos del negocio familiar, por propio interés, así como por agradar a su padre, Alexander acabó sacrificando en gran parte su vida social. A pesar de esto, el amor acabó llamando a su puerta y fue, como casi todo en su vida, predecible. La comunidad judía de Bibice se había quedado reducida a la práctica nulidad debido al éxodo hacia el cerceno Kazimierz, en Cracovia. Sin embargo, algunas familias aún resistían. Dentro de ese grupo, encabezado por los Nagar, se encontraba la familia de Judyta. Hija única de una humilde familia, desde pequeña Judyta pasaba las tardes jugando con los hijos de los Nagar. Con los años y mediante la complicidad creada acabó enamorándose del mayor de los hermanos. Aunque predecible y casi anunciado desde su infancia, el amor que surgió entre Alexander y Judyta fue puro y sincero, fruto de una connivencia basada en años de confidencias y una pasión surgida durante la edad adulta. Una vez que la pareja contrajo matrimonio se instalaron en la casa familiar de Alexander, donde comenzaron a forjar su proyecto de vida en común.
Mientras la fortuna parecía sonreír a Alexander, quien seguía los pasos marcados invisiblemente por la tradición, no fue así en el caso de Ernest. Con una personalidad más díscola, con menos implicación en el negocio familiar y en la comunidad religiosa, el menor de los Nagar se dejaba llevar más por ideas políticas y círculos intelectuales. Pronto comenzaron las disputas entre Isaac y su hijo menor, primero por cuestiones triviales para acabar desembocando en verdaderos focos de conflicto. El patriarca de los Nagar creía ver como su hijo se estaba alejando del buen camino, despistándose de sus obligaciones en la carpintería para pasar cada vez más tiempo vagueando con sus amigos, fumando, bebiendo y discutiendo de política y libros. Por su parte, Ernest nunca llegó a perdonar a su padre el no haber pasado tiempo con su familia durante la infancia de los niños, quienes veían a su padre solamente durante la cena y rara vez hablando de algo no relacionado con el trabajo.
Al contrario de su hermano, Ernest sentía una curiosidad insaciable, principalmente por la historia, la política y la literatura. Durante la adolescencia procuró satisfacer su ansia de conocimiento y respuestas mediante la lectura. Pasados unos años, las vivencias de los libros se quedaron cortas para Ernest, surgiendo en su interior una acuciante necesidad por vivir sus propias experiencias, por salir de una vida y una casa que le estaban produciendo una sensación de asfixia y agobio.
Pero no todo eran discusiones en la casa familiar de los Nagar. El matrimonio de Alexander y Judyta no podía ser más feliz. Hacían una de las mejores parejas que se recordaban en Bibice y jamás se les veía pasear sin cogerse de la mano o besándose siempre que se creían a solas. Esta felicidad pasó a ser completa el 8 de enero de 1915, cuando Judyta dio a luz a un precioso bebé. Desde el momento en el que vino al mundo, el pequeño enamoró a toda la familia con la dulzura de su cara y su cautivadora mirada de ojos verdes. En el momento de decidir nombre para el pequeño, pronto hubo consenso. Si algo pesaba en el seno de los Nagar y, especialmente para Alexander, era la tradición familiar. Por lo tanto, no hubo lugar a duda entre Alexander y Judyta, el recién nacido debía llamarse como su antepasado, Jacob Nagar, quien había sido el fundador de la carpintería y, por ende, de la casa y la estirpe de los Nagar de Bibice.
II
La repentina e inesperada muerte de su esposa logró agriar aún más el ya de por sí duro carácter de Isaac. Las fuertes discusiones entre el padre, ya claramente favorable por Alexander, y su hijo menor llevaron a este a abandonar el domicilio familiar. A pesar de los esporádicos roces con su hermano, la relación entre Alexander y Ernest no llegó a quedar completamente rota, de ahí que en el momento de partir la única pena en el corazón de Ernest fuera dejar atrás a su hermano y su pequeño sobrino.
Unos días después de su decimonoveno cumpleaños, el 7 de septiembre, Ernest condujo sus pasos hacia la cercana Cracovia, donde podía instalarse en casa de algún amigo mientras decidía el siguiente paso a dar en su vida. Una vez en la ciudad, pronto consiguió un trabajo como portero de un edificio de viviendas dentro del barrio de Kazimierz, bloque en el que se estableció alquilando un pequeño cuarto. Poco a poco se fue ampliando el círculo de amistades y la vida social del joven Ernest en Cracovia. Una tarde, unos amigos comunes le presentaron a una muchacha en un café donde se habían reunido para una tertulia sobre política local. Desde el instante en que la vio, Ernest quedó completamente enamorado de ella. Tras unos meses de citas casi siempre con la presencia de algún conocido común, finalmente el joven consiguió la oportunidad que tanto anhelaba, una cita autentica, una noche para salir a cenar a solas. Desde esa noche, el amor llenó sus vidas y Ernest y Shara quedaron prometidos.
Tras el fallecimiento de sus padres, Shara vivía sola en un pequeño piso de la calle Józefa de herencia familiar. Tras su matrimonio con Ernest, en verano de 1917, la pareja se estableció en dicho apartamento. Tras dos años juntos, llenos de felicidad, Shara acabó falleciendo de la manera más trágica posible. A las pocas semanas de contraer matrimonio, Shara se quedó embarazada. La gestación del primogénito de la joven pareja transcurrió sin sobresaltos, dentro de la mayor normalidad posible. Sin embargo, a mediados de marzo de 1918, casi cuarenta días antes de la fecha calculada por los médicos y por la propia Shara, la joven madre se puso de parto. Aquella mañana, Ernest había salido para trabajar sin poder sospechar nada, encontrando a su llegada a Shara en pleno alumbramiento, sola. Durante el parto se produjeron una serie de complicaciones. La hemorragia desatada fue incontrolable y acabó desembocando en la muerte de la joven madre, acunada en los brazos de su amado, así como de la prematura niña, quien tampoco logró sobrevivir.
Fue un duro golpe para Ernest, un mazazo que logró doblegar su espíritu, antaño indomable, convirtiéndolo en un hombre huraño y solitario, envejeciendo de una tacada su rostro y su alma. Alejado de sus amigos, fuera de sus antiguos círculos políticos y culturales, pasaba el día encerrado en su domicilio, sin querer ver ni dejarse ver por nadie. Dejaba pasar las horas leyendo y releyendo sus viejos libros, entre cigarrillos, esperando que el sueño o el whisky le condujeran a un estado de somnolencia donde huir de los fantasmas que le atormentaban.
Cuando todo parecía perdido, cuando los nubarrones más negros se cernían sobre la vida de Ernest, y las señales indicaban un futuro corto y desgraciado para su existencia, llegaron noticias de Bibice que cambiaron el rumbo de los acontecimientos.
III
Todo sonreía a los Nagar de Bibice, ajenos a la dura realidad que golpeaba a Ernest, de quien no habían vuelto a tener noticias desde su marcha del hogar familiar. El duro y constante trabajo de Alexander al frente de la carpintería estaba dando sus frutos, la familia podía vivir holgadamente y ni siquiera los acontecimientos derivados de la Gran Guerra habían hecho mella en ellos.
Desde el verano de 1915, un año antes de la partida de Ernest, Alemania y Austria—Hungría habían ocupado la totalidad de los territorios históricamente polacos gracias a la efectividad de la ofensiva de Gorlice—Tarnów, llevada a cabo entre el 2 de mayo y el 22 de junio de 1915 a unos 90 kilómetros al sudeste de Bibice. No será hasta el 5 de noviembre de 1916 cuando los alemanes propongan la creación del Reino de Polonia, sin embargo, la designación de un monarca quedó pospuesta en varias ocasiones, en las que siempre se consideró como candidato a miembros de la alta nobleza de la Casa de Habsburgo. Por lo tanto, la independencia de este reino polaco, militarmente ocupado y con el general alemán Hans Hartwig von Beseler en el poder es, cuando menos, dudosa.
Durante este periodo, la Gran Guerra ocupaba la mayor parte de la vida de los habitantes de Bibice, quienes no podían quedarse ajenos a los continuos movimientos de tropas o las movilizaciones de jóvenes para ocupar las líneas del frente. En este aspecto, la fortuna se alió con la familia Nagar, ya que ninguno de los varones fue reclutado. El abuelo Isaac, que contaba ya 46 años en 1916, esquivó el alistamiento gracias a una leve afección pulmonar que vería agravados sus síntomas en el ambiente húmedo y frío de una trinchera. En cuanto a Alexander, unos años antes había sufrido un accidente mientras trabajaba en la carpintería que le seccionó la primera falange de los dedos índice y corazón de su mano derecha. Aquel accidente, que en su momento asustó a la familia y dejó a Alexander la sensación de ser un mutilado, se convirtió en el salvoconducto que, al impedirle accionar un arma de fuego, evitó su llamada a filas pudiendo morir atravesado por una bala enemiga.
Con la firma del Armisticio de Compiègne, el 11 de noviembre de 1918, el Gobernador Von Beseler cedió el poder al General polaco Józef Pilsudski. Este traspaso de poder significó inmediatamente el establecimiento del primer Estado Polaco independiente en más de doce décadas. A pesar de la firma de este armisticio, se necesitaron seis meses de negociaciones más. Así, el 28 de junio de 1919, exactamente cinco años después del atentado de Sarajevo que acabó con la vida del archiduque Francisco Fernando, causa directa de la Gran Guerra, se firmó en Versalles (Francia) el tratado que puso punto final al estado de guerra entre la Alemania del Segundo Reich y los Estados Aliados. En el Tratado de Versalles se reconoció internacionalmente la independencia de Polonia, quedando su frontera occidental definida. Si bien Polonia estuvo en paz con Alemania, su integridad territorial estaba lejos de estar segura, al igual que la de la familia Nagar, quienes pasada la guerra se creían a salvo, ajenos de lo que el futuro inmediato les deparaba.
IV
La suerte había sido un gran aliado para los Nagar, quienes sortearon de puntillas las consecuencias más adversas de la Gran Guerra. Acabado el conflicto, gran parte del viejo continente necesitaba una reconstrucción urgente y fue ahí donde Alexander vio la posibilidad de seguir incrementando la influencia y actividad de la carpintería familiar.
Los primeros meses tras la guerra fueron de una actividad frenética dentro del negocio. Alexander se pasaba el día dentro del taller, la mayor parte del tiempo elaborando las grandes y pesadas vigas de madera que serían exportadas directamente para la construcción de nuevas viviendas. Además de esto, su fama como ebanista no le había abandonado, ni sus capacidades mermado tras su accidente laboral, haciendo que el encargo de los muebles no cesara.
Fue este inusitado incremento de trabajo lo que impidió a Alexander darse cuenta de cómo su amada esposa enfermaba. Lo que en un principio parecía un simple resfriado, con algo de fiebre, pero nada que no remitiera con unos días de cama, acabó siendo algo terrible. Los síntomas se confirmaban y Judyta había enfermado de esa dichosa gripe de la que tanto se hablaba en España.
La gripe española fue una pandemia de gran virulencia. También conocida como la gran epidemia de gripe o la epidemia de gripe de 1918. Al contrario que otras epidemias que afectan básicamente a niños y ancianos, con la gripe española muchas de las víctimas fueron jóvenes y adultos saludables. Está considerada la pandemia más devastadora de la historia humana, ya que solamente en un año causó la muerte de entre 20 y 40 millones de personas y se mantuvo entre 1918 y 1920. El nombre de gripe española le fue dado desde casi desde su origen, debido a que la epidemia recibió una mayor atención y cobertura en la prensa en España en comparación con el resto de Europa, ya que España no estaba involucrada en la Gran Guerra y, por tanto, no censuró ningún tipo de información.
Aunque la Gran Guerra no se considera como una causa directa de la gripe, el constante movimiento de tropas, así como la cercanía de los cuarteles con la población, ayudaron a su mortal expansión.
En pocas semanas los síntomas se agravaron y la enfermedad, al igual que por Europa, se expandía por la familia Nagar, afectando, en segundo lugar, a Isaac. Abatido, observando como la gripe hacía mella de sus seres queridos, Alexander dejó de atender el negocio familiar, cerrando la carpintería y no cumpliendo con los encargos. Mientras los clientes y acreedores golpeaban la puerta cerrada del local, en la parte superior de la casa Alexander se encargaba de cuidar de su pequeño hijo mientras atendía las necesidades febriles de su esposa y su padre. Volcado en sus cuidados, olvidándose de sí mismo y cualquier precaución más allá de mantener separado al pequeño de su madre enferma, Alexander acabó sucumbiendo al contagio. A finales de octubre, la muerte alcanzó a Isaac y Judyta, dejando a Alexander sumido en un profundo dolor acrecentado por la seguridad de recorrer el mismo camino que sus seres queridos. Así, en un último esfuerzo encomiable, entre la fiebre y el dolor, logró apalabrar la venta de la casa familiar y todos los bienes de la familia Nagar con la promesa de que todo el dinero fuera entregado a su hermano Ernest, en quien debía recaer la tutela del pequeño Jacob, de solamente cuatro años.
A comienzos de diciembre de 1919, con un leve suspiro, la vida abandonó el cuerpo febril de Alexander Nagar. Su existencia se apagó en la cama matrimonial de la casa que fuera orgullo de su familia durante generaciones. Con su fallecimiento se ponía fin a los Nagar de Bibice mientras Alexander, instantes antes de morir y entre ensoñaciones producidas por la fiebre, solo podía pensar en qué sería de su hermano y si sería capaz de cuidar y proporcionar una buena vida a su pequeño Jacob.
3. La partida de Jacob.
I
La tenue luz del día que comienza a encaminarse a su final entra por la ventana del salón mientras se escucha el inconfundible sonido de una cremallera al cerrarse.
—No puedo creerlo, ya ha llegado el día... ¿Estás seguro de que llevas todo? ¡Anda, echa un último vistazo a la mochila!
—Susan, mi amor, ya la hemos revisado tres veces, estoy seguro de llevar todo. —El tono de Jacob es dulce y cálido mientras observa a su amada recorrer de un lado al otro, inquieta y agitada, el pequeño salón.
—Perdona, cariño, estoy un poco nerviosa, no puedo creer que mañana te vayas ya.
—La verdad es que ha ido todo demasiado rápido, sí.
El inicio del viaje a España había sido previsto para el lunes 8 de marzo, dos semanas después desde que Jacob anunciara en casa de Bartek su decisión de partir hacia Madrid para ayudar en la lucha contra el fascismo. El plan del joven cayó como un jarro de agua fría sobre Susan, quien, entre perpleja y asustada, apenas atendió a las explicaciones de Jacob. Sin embargo, ahora toda aquella conversación le viene clara y nítida a su mente mientras sigue deambulando por la estancia rodeando la mochila de viaje de Jacob.
—Escuchad, sé que puede parecer una locura, pero lo siento así. Estoy convencido de que es el momento y de que es la lucha de nuestra generación. Sabéis del origen sefardí de mi familia, mi tío Ernest siempre se ha enorgullecido de ello. Siento que tengo que ir, ¡debo ir!
—¿Lo has pensado bien? ¿Estás seguro? —Los ojos de Bartek permanecían clavados en los de su amigo, con una intensidad abrasadora en un intento por escudriñar su mente, por acercarse a entender los motivos que impulsaban a Jacob a emprender ese peligroso viaje.
—Pues claro, Bartek, llevo varias semanas dándole vueltas y creo que ha llegado el momento de hacerlo.
»Cariño, ¿te apetece que prepare un café? —Ante el escueto movimiento afirmativo de la cabeza de Susan, Jacob se pone manos a la obra mientras la joven continúa rememorando la conversación en casa de Bartek.
Tras unos segundos de incómodo silencio, donde hasta el aire parecía espesarse haciendo imposible la respiración, Bartek concedió un leve gesto inclinando su cabeza.
—Está bien Jacob. Puedo llegar a entender tus motivos, te conozco, eres mi amigo, qué digo amigo, eres un hermano para mí y, si esta es tu decisión, cuentas con mi apoyo.
El gorgoteo de la cafetera llega hasta el salón en el momento en el que Susan recuerda su propia ebullición aquella tarde. El instante en que el asombro y el desconcierto salieron de su cuerpo empujado por la rabia y el enojo.
—¿Pero nos hemos vuelto todos locos? —Levantándose de golpe, la joven no dejó lugar a la respuesta —Yo creo que sí, que nos hemos dejado llevar por el ímpetu y la locura—. ¿Me podéis explicar qué de bueno tiene ir a luchar a una guerra?
—Susan, mi vida, escucha y relájate un momento...
—No, no y no. No me vengas ahora llamándome mi vida cuando me dices así, de golpe, que te vas a jugarte la vida dejándome aquí sola. Eres un egoísta, hablas del deber y de la lucha de nuestra generación y todo eso, pero ¿te has parado a pensar en mí?
—Creo que deberíamos tranquilizarnos...
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? Joder, Bartek, tú eres su amigo, ¡habéis crecido juntos! ¡Sois como hermanos!
—Susan, te entiendo, puedo llegar a acercarme a lo que sientes porque yo mismo tengo miedo. Como bien sabes, sabéis, Jacob es para mí el hermano que nunca tuve, nunca hemos estado separados por más de dos calles en el barrio. La sola idea de estar alejado de él, pensando constantemente en cómo le irá y si estará a salvo me atormenta, pero no puedo más que apoyar la decisión que tome. Ese es mi papel.
—Mi amor, necesito que me entiendas y necesito tu apoyo. Claro que he pensado en ti, siempre lo hago. Desde que la idea comenzó a rondar mi mente y se hacía cada vez más fuerte, no he parado de preguntarme a mí mismo si hacía lo correcto. He barajado todas las opciones y siento que debo hacerlo, pero ni puedo ni quiero tomar la decisión yo solo. No lo haré. Jamás me iría sabiendo que no estás de acuerdo o si eso te causara dolor.
—Está bien, me voy a casa, necesito airearme un momento. Adiós, Bartek. —Sin más explicaciones, Susan se dirigió hacia la puerta, la cruzó y se encaminó escaleras abajo hacia la calle. En su rostro, hasta hace un instante rojo y acalorado por la ira y la tensión del momento, comenzaban a deslizarse lágrimas amargas cargadas de rabia y dolor.
—Tengo que ir con ella, te veré estos días Bartek. Gracias por todo.
Apenas recorridos unos metros, Susan fue alcanzada por Jacob, quien la sujetó por la cintura desde la espalda. Al girarla suavemente hacía él, la sorprendió ya sin poder ocultar sus lágrimas.
—Jacob, yo...
—Tranquila mi amor, no iré.
—Eso es lo peor, sé que tienes que ir.
La fría noche de febrero en Cracovia comenzaba a caer cuando la pareja se fundió en un apasionado beso en mitad de la calle. Ambos sabían que la decisión estaba ya tomada y no habría marcha atrás, Jacob iría a combatir a España.
II
Una vez que cruza el umbral de la puerta, Jacob cierra los ojos y se deja invadir por el familiar olor del piso. Un intenso aroma en el que se entremezclan tintes de café recién hecho con la fragancia desprendida de decenas de libros antiguos y usados repartidos por todos los rincones. Se trata de un olor familiar para él, el olor al hogar de su infancia y juventud. Abre los ojos embriagado de emoción y observa a su tío Ernest, el hermano pequeño de su padre, quien ha sido verdaderamente su padre.
Tras terminar de preparar todas las cosas que llevará a su viaje a España y tomar un café en casa con su esposa, Jacob ha ido a visitar a su tío. Es siete de marzo, domingo, y como todos los domingos, Jacob pasa la tarde en casa de Ernest. Normalmente suele llegar sobre las siete de la tarde y ambos pasan las horas charlando sobre política, literatura o jugando al ajedrez. Ernest ha sido un buen maestro de ajedrez para Jacob y ambos pueden pasar la tarde entera entre igualadísimas partidas.
—Jacob, ¡qué sorpresa! No te esperaba todavía. ¿Qué hora es? ¿Las siete ya?
—Las cinco y media, tío, hoy me he adelantado
Ambos se sonríen e inmediatamente se acaban fundiendo en un cálido abrazo. Había llegado pronto, sí, pero es que en esta ocasión el objetivo de la visita no era una partida de ajedrez, sino despedirse de su tío quien ignoraba por completo las intenciones de su sobrino. La conversación iba a ser dura para Jacob.
—Pasa y siéntate donde quieras, ¿quieres tomar algo? Perdón por el desastre, tengo el salón un poco desordenado.
—¿Un poco? —Jacob no puede evitar sonreír mientras echa un vistazo a la principal estancia de casa de Ernest y alza la voz para ser escuchado por su tío que ha salido a la cocina a por café—. Pero no te preocupes, no veo la diferencia, creo que este salón siempre ha estado así.
En efecto, el salón del piso de Ernest, en el barrio de Kazimierz, podría ser considerado una pequeña biblioteca si en él reinara algún tipo de orden lógico. Los libros son el elemento predominante, ensayos, novelas, tratados científicos, antologías poéticas, y un sinfín de obras clásicas y contemporáneas que se habían ido acumulando con el transcurso de los años. A pesar del aparente caos y desorden, la combinación entre el olor característico de la estancia, la luz natural que inundaba el salón directamente desde una amplia ventana a la calle Jozefá y el calor de la pequeña estufa situada en el rincón opuesto a la ventana dan al salón una sensación de calidez y serenidad. Esas sensaciones, propias de un hogar, junto con el aroma a libros embriagan a Jacob mientras espera sentado a su tío. Sensaciones y olores de una casa en la que pasó su infancia y adolescencia y que siempre le acompañarán.
—¡Ya está!
Sosteniendo dos humeantes tazas de negro y espeso café, Ernest avanza cruzando el salón hasta acomodarse junto a su sobrino. A sus cuarenta años, el pequeño de los Nagar de Bibice, ya no era aquel joven que abandonó su pequeña localidad para establecerse en Cracovia. Su pelo castaño claro, algo más largo de lo recomendado por los cánones varoniles de su juventud, había dejado paso a una incipiente alopecia que solo respetó los laterales y la parte posterior de su cabeza. En cuanto a su porte, los años y los avatares de la vida había logrado encorvar ligeramente su espalda y una ligera barriga comenzaba a hacerse notar en una camisa quizá ya demasiado entallada. Sin embargo, aunque los años pudieran haber hecho mella en su físico, los motivos y ansiedades que le llevaron a dejar su casa familiar seguían intactos en él. En su mirada aún se puede ver un brillo especial, Ernest es una persona curiosa por naturaleza, con ansias de conocimiento y fuertes principios y convicciones tanto sociales como culturales. Alejado de los círculos políticos desde el fallecimiento de Shara, su esposa, eso no quiere decir que permanezca ajeno a la realidad que se vive en toda Europa, especialmente en los últimos años.
—Si quieres, podemos comenzar por una partida de ajedrez. Que sepas que aún no te he perdonado que el domingo pasado te marcharas sin concederme la revancha.
—Tío, en realidad tengo una cosa que contarte y me gustaría hacerlo cuanto antes.
Pasan dos segundos en los que ambos, situados el uno en frente del otro, se miran a los ojos. Tiempo más que de sobra para que Ernest intuya que la cosa es seria. Conoce demasiado bien a su sobrino, al que ha criado como un hijo. Tomando el silencio de ambos como una invitación a continuar, Jacob prosigue la conversación.
—Imagino que estarás informado acerca de la situación que se está viviendo en España, donde la guerra está en un punto crucial y cualquier ayuda internacional es más que bienvenida. Además, si de algo me siento orgulloso, y tú eres quien me lo ha inculcado, es de las raíces españolas de nuestra familia, ¡si hasta tú me has enseñado varias palabras y expresiones en ladino!
—Jacob, hijo, ¿a dónde quieres llegar?
La impaciencia no es característica de Ernest, pero un escalofrío recorre su espalda y una extraña intuición le hace querer llegar pronto al fondo del asunto. Mientras sigue sentado en el sillón, Ernest cruza sus piernas y sus intensos ojos escudriñan a su sobrino con un ímpetu tal que parece que pudiera ver hasta su alma.
—Pues bien, sin más rodeos... He decido ir a España para unirme a los combatientes del fascismo. No puedo quedarme aquí, de brazos cruzados, espero que lo entiendas. Tú has sido quien me ha inculcado los valores que hoy me hacen ser el hombre que soy. Tú has sido quien me ha mostrado con orgullo el pasado remoto de nuestra familia en España y tú me has enseñado que cuando se está convencido de algo se debe perseguir con determinación. No quiero con esto achacarte nada ni hacerte partícipe o culpable de mi decisión, si no hacer ver lo orgulloso que estoy de haber podido crecer contigo y haber sido educado por un hombre como tú. Espero que me entiendas, que me juzgues si así crees, pero que respetes mi decisión y pueda partir en paz contigo.
Calma tensa. Tras las palabras de Jacob reina el silencio en toda la estancia, apenas alterado por el eco del canto de algún pájaro que, desafiando el frío, trina en las proximidades de la ventana. Jacob ha soltado todo el discurso de seguido, casi sin respirar, como con miedo de ser interrumpido por su tío. Un discurso que en principio parecía haber sido ensayado previamente, pero acabado con un tinte emocional, no solo en las palabras, también en la voz, demostrando la sincera admiración y amor de Jacob hacia su tío. Por su parte, Ernest había asistido al anuncio de su sobrino con los ojos bien abiertos, atento a sus palabras y dando pequeños sorbos a la taza de café que sostiene en sus manos algo temblorosas.
Tras unos instantes en silencio, esta vez es Ernest quien decide poner fin al mismo.
—Aún puedo recordar a la perfección el día en que te trajeron aquí. Tú no llegaste a conocerla, se nos fue antes, pero tendrías que haberla visto, Jacob, Shara tenía todo lo que siempre había soñado. Era una mujer excepcional. A veces me recuerda a nuestra Susan. Desde el mismo momento en que la vi, su sensualidad y belleza me encandilaron, pero fue tras conversar con ella cuando su viva inteligencia me conquistó. Ya conoces la historia, aún no sé ni como conseguí convencerla para casarse conmigo, pero fuimos muy felices los dos años que la vida nos dejó. El día que me dijo que estaba embarazada, fue el momento más maravilloso y feliz de mi vida. Todo parecía marchar a la perfección y es en esos momentos cuando más hay que valorarlo todo y disfrutar de los pequeños detalles, porque nunca se sabe lo que va a durar y en cualquier momento se te pueden escapar de entre los dedos. Nunca he dejado de darle vueltas, Jacob. Con el tiempo he aprendido a perdonarme, a decirme a mí mismo en largas noches de insomnio que la culpa no fue mía, que nada podría haber cambiado. Pero lo cierto es que aún sigo maldiciendo aquella fría mañana de marzo de hace casi veinte años. Aún no era la fecha indicada para el parto, ni siquiera estaba cerca, quedaba algo más de un mes —la voz de Ernest se encuentra cargada de emoción, los ojos húmedos de lágrimas que pugnan por salir mientras mira a su sobrino sin verlo, con la mente y la vista puestas en la mañana de la muerte de Shara—. A pesar de todo, yo debía de haber dejado el trabajo, tendría que haber estado a su lado, pero necesitábamos el dinero. Cuando llegué a casa, aún no era medio día, pero ya era demasiado tarde. Ya desde el umbral de la puerta un fuerte olor ácido impregnaba todo y me apresuré a entrar como movido por una mala intuición.
»La escena que encontré era desoladora Jacob, jamás podré borrarlo de mi mente. Shara se hallaba sentada en el suelo, sobre una pequeña alfombra y con la espalda recostada contra el sofá del salón. Había dado a luz ella sola y sostenía a nuestra hija entre sus brazos, pero su cara no era de felicidad ni acaso de descanso por el esfuerzo del parto. Estaba pálida, con la frente empapada de sudor y una expresión de miedo y dolor en su rostro. Me apresuré corriendo a su lado y pude comprobar que algo no iba bien. La niña apenas respiraba y su pequeño y prematuro cuerpo se violentaba intentando llenar sus pulmones de aire. Shara apenas podía hablar, por el esfuerzo y el miedo, supuse. A los pocos segundos, que parecieron horas, los esfuerzos de la pequeña por respirar cesaron, no se podía hacer nada, nuestra hija acababa de morir en los brazos de su madre. La preocupación por la niña me impidió ver la magnitud del problema. La cara de Shara había palidecido aún más y su tacto era frío. Era incapaz de articular palabra y en sus ojos se podía leer autentico dolor y miedo. En ese momento, levanté la manta que cubría sus piernas y pude comprobar como un reguero de sangre recorría sus muslos hasta empapar la alfombra.
»De inmediato, me incorporé, enloquecido grité pidiendo ayuda por la ventana y la puerta. Al volver intenté contener la hemorragia con nuevos paños limpios, pero no era capaz, me sentía impotente viendo como la vida de la mujer que amaba se escapaba de su interior. Intentando consolarla, la mantenía abrazada, acunada entre mis brazos al igual que ella aún mantenía a nuestra hija y así fue como nos encontró la muerte, lenta, sigilosa, que acudió de nuevo para arrebatarme a mi esposa ante mis propias narices y sin que pudiera hacer nada.
No era la primera vez que Jacob escuchaba aquel relato, pero no por muy repetida una historia así puede dejar de emocionar a alguien y más cuando se trata de un ser querido. De ahí que el joven se mantenga en silencio mientras su tío se toma un breve respiro más para evitar el llanto que por cansancio.
—Para mí el mundo había acabado esa mañana, Jacob —continua Ernest tras la escueta pausa—. Fueron los peores momentos de mi vida. Dejé de salir a la calle, abandoné a mis antiguos amigos, que se acabaron cansando de venir a visitarme y solo encontrar desprecio y malas formas como respuesta. Perdí la noción del tiempo, no sabía en qué día vivía y qué momento del día era. Casi no comía, pasaba el tiempo fumando y borracho, intentado leer y releer mis libros para evitar pensar. Me aterraba dormir, en mis sueños mis fantasmas y monstruos llegaban para atormentarme y culparme de todo. Apenas dormía y casi siempre que lo hacía era inducido por el exceso de whisky con el que intentaba matar o acallar a mis demonios. Al principio, pensé en regresar a Bibice con el resto de la familia, pero pronto deseché la idea, no me sentía con la fuerza necesaria para afrontar ese paso. Abandonado por todo y por todos, estaba decidido a terminar mis días, que no auguraba demasiados, entre cigarrillos y alcohol. Fue entonces cuando llegaste a mi vida.
»Llevaría no más de una hora despierto, con la cabeza dando vueltas por el whisky y con un cigarrillo recién encendido en la boca seca cuando sonó la puerta. Hacía semanas que no recibía a nadie y estuve tentado de no abrir, pero la curiosidad me empujó. Tras la puerta, embutido en un ajado traje negro, encontré a un hombre mayor, cuyo nombre no recuerdo, que decía ser un abogado contratado por mi hermano Alexander. Desde un primer momento se le vio incómodo ante la oscuridad y suciedad que reinaba en la casa, con una atmósfera densa cargada de olor a tabaco y aire viciado. Rápidamente me puso en situación y me narró los acontecimientos que habían ocurrido en la casa familiar de Bibice, cómo la enfermedad y la muerte se habían cebado con todos los miembros del clan a excepción de ti, mi pequeño sobrino. Me expuso la última voluntad de mi difunto hermano, tu padre, con respecto a la venta de todo el patrimonio familiar y su expreso deseo de entregarme a su hijo bajo mi custodia.
»Ante las reticencias del abogado al ver mi estilo de vida tuve que jurarle mi sincero propósito de enmienda y cambio de vida para convencerlo de cumplir la última voluntad de tu padre. Así pasaron dos intensas semanas en la más estricta sobriedad, en las que ocupaba las mañanas en buscar trabajo y las tardes en limpiar, ordenar y adecuar la casa. Tras ese tiempo, el abogado volvió, pero esta vez traía su cartera con resguardos bancarios de la herencia familiar a tu nombre y, lo más importante, venía acompañado de un pequeño de cuatro años flaquito, despeinado y con un brillo especial en los ojos bien abiertos. Así fue como llegaste a mi vida, Jacob, y quiero que sepas que, aunque pueda parecer lo contrario, fuiste tú, fue aquel niño, quien me salvó a mí y no al revés.
4. Lluvia de metralla
I
Había llegado la fecha señalada para la partida. Era lunes, 8 de marzo de 1937. El día había despertado frío, con una densa niebla que apenas dejaba ver, una niebla húmeda que envolvía toda la ciudad. Tras un ligero desayuno, a Jacob los nervios nunca le han dejado comer demasiado, la joven pareja se encamina hacia el norte de la ciudad, dejando atrás su barrio de Kazimierz. Son las siete menos diez de la mañana. Recorren en silencio, cogidos de la mano, los poco más de veinte minutos que separan su casa del destino. Jacob porta sobre su hombro izquierdo la correa que sujeta el bolso de mano que lleva por todo equipaje. Al llegar a una plazoleta, se encuentran al final de camino para Susan, pero al comienzo del trayecto que ha de conducir a Jacob a una España en plena guerra. Desde la plazoleta la intensa niebla apenas de ver la estación de tren de Cracovia, un imponente edificio construido a mediados del siglo XIX. Es una niebla densa, muda, que absorbe todos los sonidos dejando a la ciudad en silencio sumida en sus tinieblas de aspecto fantasmagórico. Jacob abraza a Susan, rodeándola por completo con sus brazos, mientras las lágrimas que comienzan a aflorar de los ojos de ambos se confunden con la fina humedad que la niebla les lanza inmisericordemente.
II
El sol comienza a ocultarse tras los tejados de un edificio situado en la orilla opuesta del río, de aspecto antiguo, pero señorial, de ladrillos rojizos y ventanas grandes donde apenas se atisba la sombra de sus habitantes. Jacob observa el lento descenso del sol y el fluir del Sena absorto en sus pensamientos. Las vistas son maravillosas y, a pesar de la céntrica ubicación del piso, apenas se escucha más sonido que el discurrir del agua por su cauce. Lleva un día en París y, aunque daría lo que fuera por un rato libre para poder perderse por la ciudad, todo parece indicar que no se lo van a conceder. Desde su llegada a la capital francesa reside en un viejo apartamento en la quinta planta de un edificio que había vivido tiempos mejores. El piso es amplio y luminoso, especialmente por el gran ventanal del salón desde el cual el joven polaco observa la ciudad.
Una vez tomada la decisión de partir a España para tomar parte en la guerra era necesario abordar el cómo llevar a cabo ese cometido. Jacob siempre ha tenido unos ideales políticos y sociales fuertemente marcados, pero con eso, aunque pueda parecer suficiente, no basta. Para llevar a cabo su plan de unirse a los combatientes republicanos, es necesario cruzar media Europa y, lo más difícil aún, conseguir entrar en España y unirse al Ejército Popular de la República. Es ahí donde ha jugado un papel crucial Bartek. El inseparable amigo de Jacob sabe manejarse como nadie dentro de los ambientes políticos y los círculos activistas más vivos e influyentes del momento. Al constatar que el plan de viaje de Jacob presentaba más sombras que luces, no teniendo demasiado claro cómo ni por dónde cruzar la frontera de España, Bartek se puso manos a la obra. Tras varias llamadas telefónicas y pedir algún que otro favor, el joven consiguió fijar la fecha y el modo en que su amigo iba a llevar a buen puerto su propósito. El primer tramo unía Cracovia con París mediante el tren. Se trata de una de las etapas más sencillas del viaje, ya que, con un permiso de vacaciones, es relativamente fácil entrar en Francia. Una vez en la Gar du Nord el enlace parisino del Partido Comunista, con el que Bartek ha acordado todo, se encargó de recoger a Jacob y llevarlo hasta el piso que utilizan como centro de recepción y agrupamiento para futuros combatientes en España.
El día pasa lento, sin nada que hacer, pero sin la posibilidad de salir por la ciudad. Ives, el joven francés que recogió el día anterior a Jacob en la estación, le ha recomendado no salir del apartamento hasta el momento de la partida definitiva. Sus maneras son suaves, de trato encantador y amable, pero el tono de voz y su mirada ha dejado claro a Jacob que, más que una recomendación, la reclusión en el piso es una orden. No quieren correr el más mínimo riesgo pasando desapercibidos, por lo que la discreción es más que obligada.
—París es la ciudad más bella del mundo. —El entusiasmo de Ives ha sacado a Jacob de sus pensamientos mientras su anfitrión se sienta a su lado junto al ventanal del salón—. Prométeme que cuando pase todo esto te tomarás unas semanas para pasear por sus calles. Montparnasse, Montmartre, Notre Dame, Tour Eiffel, Saint Chapelle....
A lo largo de su vida, Jacob siempre ha tenido la certeza de que es el hombre en que ha llegado a convertirse gracias a los valores, influencias y enseñanzas de su tío Ernest. Entre muchas otras cosas, le inculcó su amor por la literatura y no siempre en polaco, haciendo que su sobrino practicara algunos idiomas como el alemán o francés y algunas expresiones en español y ladino, cuyo componente familiar era aún más fuerte. Sin llegar a dominar completamente estos idiomas, Jacob jamás pensó que le podrían llegar a ser tan útiles como en este momento, sentado junto a un desconocido en un destartalado piso de París.
