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Eugenio Silva es piloto de una aerolínea española. Desde hace años no vuelve a su ciudad natal en Argentina. Por un pedido especial de la empresa, debe realizar un vuelo a Buenos Aires. Allí recibe el llamado de la persona que está a cargo de su enferma madre que le anuncia la inminente partida de ella. El rumbo de la vida de Eugenio cambia de manera rotunda. Las pesadillas que siempre lo atormentaron por una tragedia familiar se vuelven incontrolables. Los vicios de la adolescencia que había superado, como la presencia de un viejo amor, otra vez están presentes. Desea volver a Madrid y retomar su ordenada vida, pero las complicaciones de la herencia familiar lo llevarán a descubrir un secreto familiar. Con un estilo ágil y sencillo el lector podrá ir metiéndose en la trama donde los problemas psíquicos del protagonista y los distintos escenarios aportarán más intriga a la historia.
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Seitenzahl: 285
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Fotografía de tapa: Franco Gastellu. @franco_gastellu, @fran.gaste
Fotografía de solapa: Pablo Argiroffi.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Ceratti, Sandra Inés
Como martillazos en la cabeza / Sandra Inés Ceratti. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
266 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-283-5
1. Narrativa. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Ceratti, Sandra Inés
© 2023. Tinta Libre Ediciones
¡Uno, dos, tres, ya!
¡Uno, dos, tres, ya!
Las pesadillas son cada vez más frecuentes. Uno, dos, tres, ¡ya! son como martillazos en la cabeza. No puedo controlarlo, no puedo compartirlo, solo callarlo.
A mamá y Vivi, dos luchadoras incansables que nunca se rinden. ¡Las quiero!
Como martillazos en la cabeza
Capítulo 1
Después de varias entrevistas y concursos entre las mejores azafatas, Isabel había logrado su tan merecido puesto. Por suerte, no fue necesario que yo intercediera ante los notables jefes de la Aerolínea para que fuera tripulante de mis rutas. Ocultábamos nuestra relación para no tener problemas laborales. Sabíamos de las reglas de la empresa y lo estricto que eran, aunque, claro, cada vez se hacía más difícil. El juego del misterio y del disimulo tenía su encanto. Miradas cómplices, roces seductores que pasaban desapercibidos ante la vista de nuestros compañeros, todo lo que nos ocurría hacía que la relación fuese más excitante.
La ruta de vuelo Madrid–Viena siempre fue una de mis preferidas. Pasar unos días en la ciudad austríaca era el mejor premio que mi trabajo me podía ofrecer. Ser piloto comandante me generaba muy buenos beneficios. El más importante para mí era disponer del mejor cuarto de hotel, generalmente ubicado en un piso preferencial, distinto al que se le destinaba a la tripulación. Por lo que tanto la llegada de Isabel a mi cuarto como su partida muchas veces apasionada pasaban inadvertidas.
Después de la breve estancia de una noche en compañía de la mujer que deseo, hospedados en el mejor hotel de Viena, regresamos a Madrid. El vuelo fue diferente porque el avión y los pasajeros sintieron los coletazos de una tormenta que nos acompañó durante casi todo el trayecto. Tal vez por eso, por haber vencido las turbulencias, el aterrizaje mereció un estrepitoso aplauso por parte del pasaje y la tripulación.
Una vez en tierra, me retrasé con los trámites de rigor en las oficinas de la Aerolínea, pero, afortunadamente, pude llegar a tiempo para ver el partido de fútbol de mi equipo preferido. Durante el entretiempo preparé la cena. Solo condimenté el pollo y pelé unas papas, puse todo al horno y, de inmediato, a seguir mirando el segundo tiempo.
Bajé para abrirle la puerta de ingreso del edificio a Isabel. Me gustó verla allí, elegante, sensual. La saludé con un beso en los labios. Ella me abrazó encantadora, como siempre. Nuestra relación estaba por cumplir un año y me reclamaba algunas cosas, por ejemplo, tener las llaves de mi piso, como yo tenía las del suyo. Nunca se las había pedido, pero en un gesto de confianza a los pocos meses de frecuentarnos me las había entregado. Conocer a su familia había sido una petición que dilaté lo más que pude, hasta que, para su cumpleaños, en la reunión supuestamente íntima que había organizado en su departamento, me sorprendió con la presencia de todos. Insistía con un viaje a la Argentina, con el argumento de que no conocía mi país. Quería saber quién era yo antes de que me hubiese instalado en Madrid. El aroma a pollo lo invadía todo, tanto como el perfume de Isabel que impregnaba la piel de mi rostro cada vez que hacíamos el amor. A pesar del momento amoroso, los pedidos no se hicieron esperar tampoco esa noche.
—Podrías quedarte unos días en mi piso. ¿Te comenté que el consorcio que lo administra reparó la piscina? —propuso Isabel mientras se mezclaba su voz con el sonido del agua de la ducha.
—Bueno, no sé, tendría que ver —comenté tratando de eludir el tema. Sin duda, fue un error decirle eso. Mi contestación fue la chispa que necesitó para comenzar a reclamarme, como muchas veces sucedía, que nunca pasábamos más que unas horas juntos.
—Evidentemente jamás vamos a lograr dormir una noche completa los dos en ningún sitio —exclamó desde el cuarto de baño.
—¿Por qué lo decís? —le contesté sabiendo que provocaría una discusión.
—¡Pues, hombre! ¿Lo dices en serio? ¿Cómo que por qué lo digo? Estamos de licencia por varios días. Tranquilamente podríamos amanecer en la misma cama, y no me vengas con la historia de que alguno de nuestros compañeros podría vernos por la ciudad —reclamó.
—¡Basta, Isabel! Ya hablamos hasta el cansancio de esto. Sabés que no voy a arriesgar mi puesto dentro de la empresa, ¡un puesto que tanto me costó conseguir! —le respondí elevando el tono de voz para dar por terminado el tema.
—¿Tu puesto? Así que ahora también me tomas por culo*. Me vienes con toda esta historia del curro* de la Aerolínea.
»¿Acaso lo nuestro será eternamente un secreto como lo es tu pasado?
»¡Coño*!, ya te voy diciendo que me estoy hartando de toda esta fábula de misterio que constantemente te ronda.
»Me fastidia vivir en una incógnita sobre tu vida. Jamás me hablas de tu familia ni me muestras una fotografía. Muchas veces me pregunto si realmente eres quien dices ser —esto último lo expresó ya con la voz quebrada por el llanto.
—¡Basta! —le grité desde el cuarto.
—¡Basta! Es lo único que me dices cuando trato de saber algo sobre ti, algo que pueda ayudarme a conocerte. Estás rodeado de un muro impenetrable y no solo para mí. Tu defensa continua es el ataque y el enojo para todo. Así es como logras evadir el momento cuando te sientes presionado —Isabel lloraba devastada.
La agarré por sorpresa mientras secaba su rostro bañado por las lágrimas. No podía ahora arruinar nuestro encuentro, debía remediarlo. La abracé y le susurré un tímido perdón junto a seductoras caricias por sus senos. Nos unimos en un beso apasionado y volvimos a la cama donde minutos antes habíamos tenido un primer encuentro. Otra vez, desenfrenadamente, hicimos el amor. Quedamos exhaustos, como habitualmente sucedía. El estado de éxtasis había logrado evitar una nueva discusión. Cuando me sentí seguro de que estaba profundamente dormida, tomé una manta y, sigiloso, salí de la cama. Traté de relajarme en el diván del living.
El esfuerzo por no dormirme me llevó a buscar distintas estrategias. Me levanté. Primero fui a la cocina a buscar algo para comer. La cena había sido abundante así que, con las sobras que aún estaban sobre la mesada, me sentí más que satisfecho. Buscando algo para entretenerme, en los tantos canales de televisión, encontré un documental que me atrapó y gracias a eso pude permanecer despierto algo más. Cuando el sueño estuvo a punto de vencerme, volví a ducharme y así logré estirar el tiempo antes del amanecer. Una vez que me pareció que era una hora lógica para despertarla, regresé a la cama. A propósito, me moví bastante, y logré mi cometido. Se sorprendió al ver que eran las nueve de la mañana, solo me dijo: “Gracias”. Y comenzó a recorrer mi cuerpo.
Desayunamos mirando cada uno las noticias en nuestros respectivos ordenadores. Comentamos las novedades. De pronto, recordó que tenía un turno con su peluquero; con mil disculpas, me pidió que bajara a abrirle la puerta de entrada del edificio y subió al primer taxi que pasó.
Ni siquiera llevé las tazas a la pileta. Aseguré la puerta con el pasador y mientras me desnudaba, me metí en la cama. Creo que en segundos me quedé dormido.
Capítulo 2
Correr por el Parque del Retiro ya era parte de mi rutina de actividad física. Había logrado muchos cambios positivos en mi vida al dejar atrás algunos vicios que muchas veces habían hecho que estuviera en situaciones complicadas. Llevaba más de un año sin probar alcohol y en mi soledad lo festejaba. Además, el tiempo que nadé en la piscina de mi edificio resultó ser lo más relajante para mi primer día de descanso. Como había dormido cinco horas sin ningún tipo de interrupción, al salir del sauna me sentía más que relajado.
Cuando subí a mi departamento escuché un mensaje de Isabel que me sorprendió: había organizado un viaje de chicas a Sevilla por tres días. Era evidente que mi negativa a pasar los días de licencia en su piso le había molestado, entonces hizo otro programa. Su grupo de amistades no era muy extenso; sin embargo, estaba en un nivel de afecto y cercanía como si se tratara de la familia. De hecho, no había un lugar en el mundo donde no perdiera horas y horas buscando un regalo, un detalle, con el cual sorprender a cada uno de ellos.
Yo, en cambio, nunca compro nada para nadie, solo para mí. Desde pequeño me gusta vestirme bien y tener lo mejor, desde las sábanas más finas hasta los jabones más exquisitos. Tengo mis preferencias en marcas de ropa italiana, aunque algunas españolas también visito. Me resulta difícil sorprender a Isabel, ella misma se reconoce compradora compulsiva y ciento por ciento consumista. Mi recurso, que no falla en nuestra relación, es en la intimidad de mi departamento. Mi fuerte, entre otras cosas, es la cocina. Ser un buen cocinero se lo debo a Totina, la persona que siempre estuvo presente en mi casa. Ella es la imagen de la tía o de la abuela especial que incondicional e ininterrumpidamente me ha mimado. Si debo recordar mi niñez, la presencia de Totina está en todo momento. No solo era la persona que cocinaba, que limpiaba, que nos servía: era el alma en la casa frente al lago.
Nací y viví en la ciudad de Bariloche hasta que me fui a la provincia de Córdoba a hacer el curso de Piloto. Con las correspondientes horas de vuelo para comenzar a volar como piloto privado, mi primer trabajo me obligó a quedarme. Mis visitas a casa fueron cada vez más espaciadas. Totina y mi madre no dejaban de reprochármelo, y razón tenían. Mi profesión me gusta, pero muchas veces me he preguntado si la elección ha sido solo por el placer de volar.
El frío continuaba en Madrid. La temperatura era de apenas 5 °C, pero igual eso no fue motivo para dejar de salir. Estrené una de las camisas que había comprado en Vía Condotti, en Roma, y como abrigo me puse un blazer azul que era uno de mis preferidos, y, además, el más abrigado.
Caminar por la Gran Vía un viernes por la noche es para mí sentir la verdadera ciudad de Madrid. Los negocios están abiertos hasta tarde y las vidrieras son como clásicas obras de arte. Me encantan las luces que embellecen cada monumento. Me fascina escuchar a los turistas hacer sus comentarios cuando llegan a la fuente de Cibeles o cuando se sorprenden con la arquitectura del edificio del Banco de España. Mi visita obligada es siempre y religiosamente la misma: la antigua disquería. Comprar discos inéditos se transformó en un vicio, es una tentación que no puedo controlar. Isabel siempre es muy crítica de mi pasión por la música, aunque tampoco le molesta que pase mucho tiempo con los auriculares encerrado en mi mundo.
Faltaban unos minutos para que cerrara la disquería de la Gran Vía, pero el vendedor al reconocerme fue considerado y me dejó pasar. Me dirigía al sector de mis intérpretes preferidos, cuando algo me llamó la atención. En un rincón, cerca de la zona de los ascensores, un pequeño cartel sobre un pilón de discos anunciaba el precio promocional. La forma de presentar los vinilos en el local era siempre la misma. Una pila en forma de espiral y en la parte superior un disco enmarcado en un atril de madera con el aviso del precio. La imagen de la tapa me impactó, era el retrato de una hermosa mujer; me sorprendió tanto como el título: ¡Ya lo sabrás!
Lo estaba por volver a poner en la prolija exhibición cuando escuché detrás de mí: —¡Cómprelo, señor! Yo no puedo dejar de escucharlo. Nunca sentí una voz tan dulce.
Solo le dediqué una sonrisa a la simpática señora y me fui a la zona de las cajas. Le pedí al empleado que lo envolviera para regalo, quizás pudiera empezar a tener algo más para compartir con Isabel. El vendedor me miró sorprendido, no era el tipo de música que me gustaba. Me sentí intimidado por esa mirada y para justificar la situación le dije: —¡Me lo recomendó la simpática señora!
El comentario del empleado mientras envolvía la compra me sorprendió…
—¡Usted es el único cliente en el local!
Tomé el disco y hui del lugar.
Nadie elige el rumbo del destino.
Él solamente obra sin más.
Capítulo 3
Al entrar en casa y sentir el sonido de mi celular caí en la cuenta de que no lo había llevado. No llegué a responder y miré las llamadas perdidas. Eran diez, todas desde la compañía. Solo logré llegar hasta mi cuarto a dejar el blazer y el disco que le había comprado a Isabel cuando otra vez volvió a sonar. Ahora sí atendí.
—¿Comandante Eugenio Silva? —era la voz inconfundible de la telefonista de la aerolínea.
—¡Sí! —afirmé. Pero no había terminado de responder, cuando ya estaba comunicándome con la persona encargada de la distribución de los vuelos.
—¡Buenas noches, comandante! Disculpe la insistencia y la molestia de llamarlo cuando apenas inicia su franco, pero el motivo es muy importante. El piloto que debe hacer el vuelo a Buenos Aires tuvo un accidente automovilístico grave y el jefe de Distribución de Vuelos me pidió que me comunicara con usted. Tiene todo el derecho a negarse a hacer el reemplazo, pero la necesidad nos apremia —esto último lo dijo cambiando el tono de voz, tratando de ser agradable ante lo que en realidad era una orden.
—Comprendo. ¿A qué hora pasará el chofer mañana a buscarme? —quise saber.
—Es una emergencia, ¡tiene que despegar en cinco horas!
Cuando ya estábamos en vuelo reaccioné al hecho de que con tanto apuro no le había mandado un mensaje a Isabel para avisarle del cambio de planes. No hubiera cambiado nada si hubiera podido enviárselo en ese momento, seguro habría estado durmiendo luego de una noche de tapas con sus amigas.
Hacía dos años que no viajaba a la Argentina. La última vez que me despedí de mi madre fue muy duro. Su enfermedad avanzaba haciendo estragos. Las llamadas a Totina eran cada vez más espaciadas. No tenía problema en reclamármelo y hacerme sentir mal, pero la angustia solo me duraba unos días. Había logrado también superar eso.
Las rentas de las numerosas propiedades de la familia alcanzaban y también sobraban para pagar los gastos de atención de mi madre. El dinero nunca había sido un problema, al contrario. Mi padre había sido un hombre muy astuto para los negocios y había logrado que el patrimonio se agrandara cada año. Recuerdo que siempre eran frecuentes sus viajes para gestionar los inmuebles. Mi mamá nunca lo acompañaba, ella quedaba a cargo de la casa del lago y de nosotros.
Teníamos un chofer que nos llevaba a la escuela cuando mi papá estaba de viaje. Mi madre no siempre conducía. Y no es que no supiera, solo que el haber sufrido un accidente a los 20 años mientras intentaba llegar temprano a su casa en una fuerte tormenta de nieve, la marcó lo suficiente para evitarlo.
El trayecto desde el aeropuerto al hotel fue corto. Al otro día realizaría el vuelo de regreso y ya me habían anticipado que, gracias a mi disponibilidad frente al pedido urgente de la compañía, tendría dos días extra de franco. Logré dormirme inmediatamente. Estaba agotado.
Los sonidos se mezclaban y no lograba deshacerme de la pesadilla que me tenía atrapado.
Uno, dos, tres, ¡ya! Uno, dos, tres, ¡ya!
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, la vencí y cuando logré despertarme me senté en el borde de la cama: estaba empapado de sudor. En paralelo sonaban mi celular, una llamada por Skype desde mi computadora y también el teléfono de la habitación. No sabía a qué responder primero. Estaba atontado, como me sucedía siempre después de una pesadilla.
Al ver en la pantalla del celular que la llamada entrante era de Totina, imaginé cuál sería el motivo.
Capítulo 4
Su voz sintetizó la noticia. Mi madre había tenido una terrible decaída y ella misma le había ordenado a mi nana** que no me llamara. Ahora estaba agonizando y de la clínica de la ciudad habían sugerido que la trasladaran a casa. Luego, la fiel custodia de la familia decidió desobedecer la orden de Elena Silva.
No fue necesario que me explicara más acerca de la gravedad de la situación. Solo debía gestionar con la empresa que no regresaría a Madrid y pronto estaría allí. Eso tranquilizó a mi querida Totina.
La compañía comprendió la petición que estaba haciendo y me facilitaron las cosas para que tomara el primer avión disponible hacia la ciudad de Bariloche. Me sentía agotado después de tantas horas de vuelo. Necesitaba dormir además de recuperarme física y mentalmente. El viaje de solo dos horas desde Buenos Aires a mi ciudad apenas me sirvió para tratar de ordenar mis pensamientos.
El aterrizaje fue perfecto, era evidente la experiencia del piloto en aeropuertos azotados siempre por fuertes vientos. Las impecables y majestuosas montañas patagónicas extendían sus cimas como muestra de su fortaleza, como muestra de la indiscutible superioridad frente a todos los mortales que las observábamos desde una simple estructura de metal.
El taxista no dejaba de hablar de las bellezas que ofrecía la ciudad para los visitantes. Evidentemente, creyó que era un turista. Cuando me hizo el comentario de que por pocos pesos podía llevarme a recorrer interesantes lugares no incluidos en las clásicas excursiones, fui claro: —Necesito que se apure. Mi madre se está muriendo. —Fin de la conversación.
Mamá siempre había dicho que tener la casa al final de la calle era una bendición. Argumentaba cosas como que no pasaban autos, que la vista al lago era exclusivamente nuestra, que podíamos jugar fuera sin peligro. La verdad es que nunca jugábamos en la calle ya que los dos mil metros de parque eran más que suficientes.
Al llegar, le dije al taxista que no se preocupara por cómo haría para retomar, ya que la calle anunciaba que era sin salida: había suficiente espacio para maniobrar. Debería hacer la curva rodeando la inmensa araucaria que estaba en el centro, mi padre decía que el final de la calle nos pertenecía y la había plantado a propósito en el centro, para que fuera más cómodo poder entrar o salir de casa con el auto.
Atenta detrás del gran ventanal, Totina sintió el sonido del automóvil y salió a mi encuentro. No llegué a tomar la valija que ella ya estaba en la calle abrazándome. Su calidez producía en mí efectos que nadie podía lograr. Era una sensación de seguridad, de cobijo con olores y sabores que se mezclaban y hacían volver el tiempo atrás. De pronto pensé en los dos años de ausencia y sentí que la había abandonado. No pude hacerle frente a la enfermedad de mi madre y, como solución para mí, busqué un destino lo más lejos posible de casa. La excusa había sido perfecta, ¿pero para quién era perfecta? Me autoengañaba y me justificaba. Solo un conjunto de pensamientos inútiles y excusas vacuas lograban borrar de mi mente las tenebrosas pesadillas que me recordaban otra vez esos duros años.
—Mi guagua**, mi guagua —murmuraba mi adorable nana entre sollozos y caricias. La levanté en el aire (como ella había hecho todas las mañanas cuando me servía el tazón de café con leche antes de ir a la escuela) para demostrarle así que yo era más fuerte que ella. Juegos tontos que solo nosotros comprendíamos.
Quiso tomar mi valija, pero no se lo permití. El paso de los años también había hecho estragos en ella. Subiendo la pequeña pendiente del terreno para llegar a la puerta principal, necesitó agarrarse de algunos de los canteros altos.
—¿Qué sucede que no escucho a mi llegada la eterna música de perros que ladran? —Con que solo cambiaran los sonidos o visitantes habituales, era un clásico del barrio sentir ladridos por doquier. Pero esta vez ningún perro había salido a recibirme. Durante esos pocos pasos me contó que hacía unos meses que un auto había atropellado a Vikingo en la ruta que va hacia el hotel Llao Llao. No me lo había dicho en la última comunicación telefónica para no angustiarme.
Vikingo era uno de mis preferidos. Hacía algunos años había aparecido en la puerta de casa todo ensangrentado y malherido, seguramente, por una pelea con otro perro. Sin consultarlo con mi madre en aquel momento, me ocupé de él, lo llevé al veterinario y le hice lugar en el cuarto de las herramientas de mi padre. Su recuperación fue tan veloz que, al ver su restablecimiento, se me ocurrió decir que era fuerte y resistente como un vikingo. Entonces, ese fue su nombre.
Abrir la puerta de roble con vidrios repartidos del ingreso de la casa fue como volver el tiempo atrás. En esa primera mirada me di cuenta de que todo estaba en el mismo lugar. El amplio salón de la planta baja conservaba la calidez de siempre… la gran mesa del comedor rodeada por sus doce sillas; el living con todos los sillones orientados hacia la impactante vista del jardín con el fondo del muelle, el lago y las montañas. Nada había cambiado. Dejé la valija junto a la puerta y automáticamente me acerqué al gran ventanal. No pude dejar de ver las escaleras que armónicamente descendían hacia la playa. Los árboles estaban inmensos y sus puntas se encontraban en la máxima altura. Cubriéndolo todo con su follaje, le daban al hermoso jardín una sensación de intimidad.
—Vamos, mi cabrito**, al cuarto. Le dije a tu mamita que venías —me susurró entre lágrimas. No subí la escalera de a dos escalones como usualmente lo hacía. Retrasaba mi llegada, quizás, para no ver la triste realidad de encontrarme con mi madre moribunda.
A medida que subíamos podía sentir el dulce aroma de su fragancia preferida. Seguramente Totina la perfumaba, la maquillaba y la vestía con lo mejor a pesar de su enfermedad. Mi madre, Elena, siempre fue una mujer elegante y jamás la vi desaliñada. Su cabello lacio y negro azabache se precipitaba como una lluvia de luces brillantes enmarcando sus perfectos rasgos. Tapó enseguida las primeras canas que intentaron revelar sus años. La piel de su rostro era tan suave que jugar a rasparlo con mi barba crecida era terrible para ella. Sus manos eran muy finas, con dedos largos, estilizados, que terminaban en unas uñas perfectamente pintadas, las que le encantaba entrelazar en mi cabellera. Siempre me llamaba para hacerme sus masajes sanadores, como ella decía.
Estaba dormida. Desde la puerta podía sentir su débil respiración. El delicado acolchado la cubría toda dejando solo a la vista su rostro. No podía avanzar. Estaba inmovilizado. Temía que al hacer un movimiento mamá se despertase. Mi nana me tomó de la mano y me dio coraje para entrar.
—No te preocupes, ahora está tranquila. Duerme después de tener una noche muy dura.
Me senté en la única silla que había allí. Me resultó cómoda. Estaba junto a la cama. Seguramente sería donde Totina pasaría el resto del día. Le regalé una sonrisa con el guiño de un ojo. Nos entendíamos con solo mirarnos. Al oído me dijo que bajaba a prepararme algo rico para comer y me dejó solo con mi madre.
Sentía una fuerte presión en mi pecho. Era el llanto que pedía a gritos querer manifestarse. No era el momento, ni el lugar. Dejé de contemplarla para tratar de contener mi angustia y empecé a recorrer con la mirada cada rincón de su cuarto. Los recuerdos llegaban unos tras otros. Las horas de lectura recostados en su cama. Ver las grandes nevadas desde el balcón con vistas al parque. Los resfriados que, aunque insustanciales, eran motivo suficiente para que decidiera que durmiera en su cuarto y así poder controlarme. Recuerdo los enojos de Totina cuando mamá trataba de justificar cosas como esas. Podía revivir otra vez cómo me hacía el dormido y las escuchaba discutir. Mamá argumentaba que yo era lo único que tenía en el mundo y aunque fueran unas pocas líneas de fiebre era suficiente para que ella estuviera junto a mí. Muchas veces pensé que mi nana se enojaba solo porque ella perdía el control de cuidarme. Cuando mamá y yo estábamos juntos nada ni nadie existía en nuestro mundo.
Los muebles brillaban, impecables como siempre. La antigua cama de bronce parecía recién lustrada. La vista hacia el exterior me dejaba ver las montañas y el calmo lago. Cuántos recuerdos se hacían presentes. Los rayos de sol alcanzaban la antigua lámpara de vitral y dibujaban en la pared con hermosos colores. Bajé la vista hacia la mesita de luz junto a la cama. Había muchos medicamentos, recetas médicas, algunos sobres, una jarra con agua, cosas que ocupaban la totalidad de la mesa; detrás de todo, un pequeño portarretrato, pero con tantos objetos delante de él, no podía ver quién era la persona de la foto. Cuando lo tomé y vi enmarcado el rostro de mi hermana, Celeste, que me regalaba una sonrisa, el temblor de mis manos hizo que se me escapara y se rompiera contra el piso.
Capítulo 5
Mi madre se sobresaltó por el fuerte ruido de los vidrios rotos. Noté que debajo del acolchado sus manos se movían. Estaba haciendo un esfuerzo muy grande por sacarlas. En ese momento, alarmada por el ruido, subió Totina. Al ver lo que había pasado, sin decir una palabra, salió de la habitación a buscar algo para juntar los vidrios.
—No te preocupes, mi guagua —me dijo.
Cuando terminó de juntar todo, me dio la foto y me pidió que la conservara. No sé por qué le noté una mirada distinta en ese momento. Comprobó la hora en el antiguo reloj de péndulo que estaba sobre la cajonera y tomó con seguridad uno de los tantos medicamentos. Me pidió que la ayudara a incorporar a mi madre para que pudiera darle la pastilla. La afiancé por los hombros y sentí su frágil cuerpo. Emitió un pequeño gemido entredormida. Logramos sentarla poniéndole unas cuantas almohadas detrás. Mi nana le hablaba dulce como siempre: —Vamos, mi linda señora, es la hora del medicamento.
Mamá despegó sus finos labios y entreabrió la boca. Con maestría, Totina consiguió que tragara la píldora y solo un hilo de agua se derramó a través de la comisura de sus labios. La fiel compañera de toda la vida de la familia, adivinando la petición de ese cuerpo débil y moribundo, le sacó las manos de debajo del acolchado. No la volvió a recostar. Empezó a acariciarle las manos y con voz aniñada empezó a cantarle. Era la canción que siempre la hacía reír, la que Totina le decía que de pequeña su madre le cantaba. La noble mujer trabajaba en mi casa desde el primer año de casados de mis padres. Vivió siempre con nosotros, regresaba solo una vez al año, y generalmente para las fiestas, a su país, Chile, para estar unos días con su familia.
Mi madre abrió los ojos y me regaló una sonrisa. Totina me alcanzó sus manos y me pidió que las acariciara, que era lo que más le gustaba. Silenciosamente se fue para dejarnos solos. Mi madre me miraba fijo a los ojos y débilmente sentía la sutil presión de sus manos en las mías.
—¡Hola, mami! —fue lo único que alcancé a murmurar. No sé por qué me sentía temeroso de hablarle. Con un susurro me pidió que me acercara. Me soltó las manos y llevó las de ella hacia mi rostro. Fue guiándome hacia su pecho y logró ubicarme en una posición cómoda para hacerme sus caricias sanadoras. Sentí que el tiempo volvía atrás, que era un niño otra vez. Allí estábamos mi mamá y yo con nuestro secreto, que era como ella llamaba a esa ceremonia de mimos y abrazos. Seguramente a Celeste le haría lo mismo y le diría, como a mí, que era el secreto entre ellas. Ahora percibía su débil respiración a través de su pecho que apenas se movía. Balbuceaba algo que yo no podía comprender. Traté de mover mi cabeza, pero hizo un esfuerzo con sus manos y no me dejó. Quería que siguiera así, pegado a ella. Sus masajes sanadores eran débiles, apenas una caricia. Mi madre agonizaba abrazada a mí. Sin permitir que sus manos soltaran mi cabeza, me acerqué a su rostro y comprendí lo que murmuraba.
—Ya lo sabrás. —Fue lo último que dijo antes de morir.
El destino marcará tu propio rumbo,
travesía pronta a despegar.
Capítulo 6
Del servicio se ocupó la casa funeraria. Totina comunicó cuáles eran las intenciones de mi madre y yo las respeté. No hubo velatorio, no hubo flores ni tampoco una misa. Retiré la pequeña urna con sus cenizas y me tomó unos días tener el coraje de esparcirlas sobre el lago como había sido su voluntad.
Me costó mucho convencer a Isabel de que no viniera. Necesitaba estar solo con mis cosas, mis recuerdos, y ella nada tenía que ver con todo eso. Me preocupaba mi nana. Si aceptaba mi propuesta de quedarse en la casa, sería una preocupación ya que viviría sola, alejada de la ciudad y apenas con un par de vecinos que habitaban de forma permanente en el barrio. Si decidía irse a su país, con su familia, yo debía resolver qué hacía con respecto a la casa, además de las otras propiedades.
Me dolía la cabeza. Desde mi llegada había dormido muy poco y esa mañana amanecí exaltado. Otra pesadilla me había perturbado de una manera terrible. Totina con sus palabras y sus caricias logró que me volviera a dormir. Siempre con sus paños sanadores conseguía que me relajara y pasara el duro momento.
Buscando documentos, encontré algunas botellas de alcohol escondidas entre la cristalería. Y estuve seguro de que la compañera de la familia había acomodado las cosas así para que yo no me tentase al verlas. Mis excesos… los tenía controlados. La responsabilidad de mi trabajo y el deporte me habían hecho ver que podía sentirme mejor. El alcohol como alternativa fue, en su momento, un salvavidas para superar la angustia que me invadió después de tantas desgracias. De nada sirvió, porque solo logré sentirme peor.
Desde la muerte de Celeste, las pesadillas fueron una tortura para mí. Si no era mi madre, era Totina quien venía a calmarme. Había logrado superar, después de años de terapia, el hecho de que no fue culpa mía la caída que le provocó la muerte. Nuestro juego de las escaleras del jardín no era peligroso, solo eran seis escalones que sortear para llegar primero a la casa. Algo la hizo trastabillar y rodó en la pendiente del terreno hasta golpearse la cabeza con el borde de uno de los canteros. Nada se pudo hacer, fue instantánea la muerte. Solo tenía seis años.
Todo lo compartíamos. Cada uno de nosotros tenía su cuarto, pero ella todas las mañanas amanecía durmiendo a los pies de mi cama, tapada con su manta. Yo la cuidaba. Era muy frágil. Nunca entendí por qué mi madre no era cariñosa con ella como lo era conmigo. Era una niña dulce, curiosa y hermosa. Sus largos rulos rubios y sus ojos celestes conquistaban a todo el mundo. Cada vez que salíamos, notaba cómo la gente la miraba con dulzura. Es que realmente era preciosa. Entre mis padres, evidentemente, había un acuerdo sobre quién se ocupaba de cada uno: papá, de Celeste; mamá, de mí. Cosa extraña.
—¡Euge, vamos a tomar algo caliente! —me llamó desde la planta baja Totina. Cuando bajé, había preparado el desayuno como sabía que yo lo prefería. En sus manos tenía impregnado el intenso olor del pan dulce chileno. Inmediatamente, aparecieron los recuerdos de las tardes junto a Celeste, esperando que Totina hiciera sonar la pequeña campanita de bronce para anunciar que ya estaban horneados. Entrábamos en la casa, previo paso por el baño para lavarnos las manos, y la abrazábamos mientras en alto llevaba la bandeja llena hasta el tope de los dulces panes.
—No me hagás desayunar solo, traé tu mate que lo tenés escondido en la cocina. Nunca entendí, con la confianza que había entre ustedes, por qué mi madre no quería compartir la mesa con vos. Sos nuestra familia, sos lo único que tengo —le dije, acariciando sus agrietadas manos y procurando que las lágrimas que brotaban de mis ojos se disiparan.
Con movimientos lentos, fue a la cocina a buscar la bandeja del mate. En silencio, cada uno tomó el desayuno sin mediar palabra y con la vista fija en algún recuerdo que encerraba la casa. Cuando se dispuso a levantar la mesa, no se lo permití.
—Totina, tenemos que hablar. Necesito que me digás cuál es tu idea. No pretendo que tomés ahora una decisión, tenés todo el tiempo del mundo para pensar qué hacer. Quiero que sepás que lo que resuelvas va a estar bien para mí —mientras yo hablaba, en su rostro las lágrimas se asomaban y bañaban sus mejillas.
—Euge, todo esto es muy duro. Mi vida fue junto a ustedes. Mi lugar está acá, conozco cada rincón, cada secreto, pero no es mía esta casa y no es lo mismo sin tu mamá. Y vos, seguramente, en pocos días volverás a España. ¿Qué puedo hacer yo sola acá? Mi sobrino, desde Santiago, llamó diciéndome que esperaba que le avisara para venir a buscarme. Además, tengo una hermana que está delicada de salud y yo ya tengo mis achaques también. Mis piernas no me responden como siempre, la presión a veces me juega una mala pasada. En fin, no te voy a cargar con más preocupaciones —terminó diciendo.
—Te comprendo y estoy de acuerdo con que compartas tus días con los tuyos y en tu tierra. Sé que tengo que volver a Madrid con urgencia por mi trabajo, pero antes quiero saber que vos vas a estar bien. Si no te quedás acá, debo vaciar la casa, algo tengo que hacer. Hay muchos temas legales que debo resolver antes de partir. Tu pensión… entre otras cosas.
—Yo mucho no puedo ayudarte en todo eso. Quizás lo mejor es que hablés con el abogado.
