Como murciélagos en la noche - Eugenio Cardi - E-Book

Como murciélagos en la noche E-Book

Eugenio Cardi

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Beschreibung

Es una novela de denuncia social contra la homofobia y el feminicidio, inspirada en una historia real. Kira es una joven de los suburbios de Roma que es abusada desde niña. Nos narra su historia y nos acompaña a un mundo donde la homosexualidad femenina todavía tiene que ocultarse, al menos en la familia, y donde la violencia contra las mujeres, esposas, amigas o compañeros ocasionales representa una práctica apoyada por el silencio y la resignación. Una chica que intenta, con dificultad, la forma correcta de no perderse.

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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Eugenio Cardi

Como murciélagos en la noche - chicas out -

Es una novela de denuncia social contra la homofobia y el feminicidio, inspirada en una historia real. Kira es una joven de los suburbios de Roma que es abusada desde niña. Nos narra su historia y nos acompaña a un mundo donde la homosexualidad femenina todavía tiene que ocultarse, al menos en la familia, y donde la violencia contra las mujeres, esposas, amigas o compañeros ocasionales representa una práctica apoyada por el silencio y la resignación. Una chica que intenta, con dificultad, la forma correcta de no perderse.

Autor: Eugenio Cardi

Es escritor, vive y trabaja en Roma. Graduado en Ciencias Políticas en la Universidad de Perugia, ha adquirido una larga experiencia en las áreas: PRISIONES, NIÑOS EN DIFICULTAD, INMIGRACIÓN. Profesor en "Educación afectiva, estética y emocional y criminología intervencionista para síndromes pedófilos y delincuentes sexuales", organizado por la Universidad de Roma 3 y dirigido por el profesor Matteo Villanova. Hasta la fecha ha publicado varias novelas en Italia y en el extranjero (Francia, España, Canadá, Argentina). Todas están basadas en un camino de introspección, problemas psicológicos o relacionados, y son de denuncia social.

UUID: 5d993927-7e32-4ef3-b0ba-874e407e21a5
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Indice dei contenuti

COMO MURCIÉLAGOS EN LA NOCHE – Chicas out –

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 24

CAPÍTULO 25

contratapa:

COMO MURCIÉLAGOS EN LA NOCHE

– Chicas out –

La mejor obra que se puede escribir es la que en cierto modo te perturba. Siempre. Porque te pone al descubierto a veces en forma solapada, a veces en forma simbólica.

Arthur Miller

CAPÍTULO 1

Todavía tengo en mis narices el desagradable olor a humedad de ese sillón; con el tiempo ha formado parte de mi ser, no logro eliminarlo. En realidad, mi temor es que esté instalado en mi mente y no en mi olfato. Era un olor molesto, desagradable, permanente, horriblemente invasivo, inquietante; un olor que en forma constante me recuerda cosas que quisiera olvidar. O que tal vez una parte de mí quiere con desesperación recordar, sí, recordar para no olvidar nunca, o tal vez para que aún me duela, cada vez un poco más y aún más y más. O tal vez no, no sabría explicarlo con exactitud. La confusión, lamentablemente, ya es mi permanente actitud psicológica existencial.

El sillón era feo y viejo, anónimo, de color marrón; la funda estaba gastada y rota en algunas partes; sabía a pobreza, como también el resto de aquel pequeño departamento del octavo piso de un viejo edificio popular en los suburbios romanos, alegría y ganancias de políticos corruptos y de constructores sin escrúpulos de los años 60. En esa época Noemí tenía seis años más que yo, por lo tanto, tenía 14. Su madre quiso ponerle ese nombre tan original y exótico para poder, todas las veces que la nombrara, soñar con estar lejos de allí; aunque sea por un segundo, soñar con estar en el otro lado del mundo. Pero esta fue solo una ilusión porque, de hecho, la otra parte del mundo no tuvo nunca el placer de conocer a esa mujer. Ninguna playa dorada, ni aperitivos o happy hour en lugares de ensueño, sino solamente aquel sombrío y angustiante suburbio romano. No estaba destinada otra cosa para ella, para su miserable existencia.

Noemí vivía en mi mismo piso. No sé por qué me obstinaba en visitarla todos los días; en realidad, no habría querido ir, o tal vez sí. Había alguien o algo dentro de mí que me obligaba, algo o alguien que me impulsaba a abrir la puerta de casa, cruzar ese sucio pasillo y tocar el timbre de la puerta enfrente. En realidad, sabía muy bien el motivo que me obligaba a salir de mi casa y refugiarme allí, pero probablemente sentía miedo de decírmelo a mí misma, de confesármelo; sí, sentía terror. Y así me ilusionaba con que solo lo hacía por el placer de ir a jugar y visitar a mi amiga. En verdad, era una auténtica huida de la realidad. Una realidad dura, agobiante; una realidad que sería una pesada e insostenible carga hasta para un adulto; mucho más para una niña de 8 años. Sí, 8 años, ya huyendo; huyendo solo hacia el otro departamento del pasillo, pero de todos modos huyendo. Pienso en esa niña de solamente 8 años y siento una infinita tristeza, y entiendo, de repente, cómo gran parte de una vida, mi vida, se ha destrozado.

Iba a lo de Noemí todos los días, siempre a la misma hora, a las tres de la tarde, cuando el aire de mi casa se tornaba irrespirable, cuando era mejor alejarse. Era la hora en la que regresaba mi padre. Y no era un buen momento. Nunca. Él salía al amanecer y regresaba a esa hora, aún más enfadado y molesto que como había salido. Y mi madre se quedaba ahí a recibir los golpes. Era suficiente una mirada entre nosotras; una sola mirada y yo entendía lo que era mejor hacer. Ella solo me hacía una seña con la mano, cuando podía, o con los ojos, cuando la situación era más grave que lo normal, y yo entendía. Sí, tenía 8 años, solo ocho años, y entendía lo que era mejor hacer. Así que giraba la manija de la puerta, la cerraba muy lentamente, y tocaba el timbre del otro lado del pasillo, en donde Noemí esperaba con ansia que yo llegara, como un lobo hambriento que aguarda alrededor de la cueva a su víctima preferida.

No sabía con certeza lo que hacía su madre, la madre de Noemí, para poder mantenerse ella y a su hija, pero no debía ser algo muy lícito. No estaba nunca, y cuando estaba no nos prestaba atención, daba vueltas por la casa medio desnuda hablando por teléfono y fumando un cigarrillo tras otro. Vestía en un modo inapropiado para una mujer de su edad, se reía a carcajadas y tomaba bebidas alcohólicas. Además, tenía el molesto vicio de masticar continuamente chewing gum con la boca abierta y haciendo ruido. No dejaba de hacerlo nunca, ni siquiera cuando fumaba o comía, y tal vez tampoco cuando hacía otras cosas. Mientras fumaba, reía (hablando por teléfono) y masticaba chewing gum, todo al mismo tiempo; continuamente se asomaba a la ventana desplazando un poquito entre ellas las láminas de aluminio de una cortina de las que se usan normalmente en las oficinas, cortina que probablemente era un desecho de alguien (visto que era vieja, sucia y estaba en malas condiciones) y que seguramente había recogido en algún basural cerca de la casa. El hecho es que (en aquellas raras veces que no estaba echada sobre la cama del otro cuarto fumando, riendo y gritando en el teléfono) estaba siempre pegada a esa ventana de la sala mirando hacia afuera como si estuviese esperando a alguien, como si esperara al príncipe azul que, de un momento a otro, llegaría a esa sucia ventana para sacarla de allí y llevarla lejos, lejos, lejos, lo más lejos posible de aquella inmundicia material y moral. Pero no, nunca nadie tocaba a la puerta, y menos aún se acercaba a esa ventana. Pero esto no significaba que no se relacionara con hombres, al contrario. Creo que –en algún lapso de lucidez mental– buscaba frecuentarlos lejos de las miradas y comentarios de su hija y de los míos. Ellos también eran unos pobres desgraciados, sórdidos, ignorantes y a menudo violentos; desechos de la humanidad escupidos allí, en ese lugar asqueroso, y con los cuales ella, probablemente, se prostituía, aunque no lo puedo asegurar. De todas formas, la poca plata que conseguía ganar, ella, Lorena, la madre de Noemí, se la gastaba toda en centros de estética y peluquerías. Por lo que concierne a las costumbres impúdicas que su hija tenía conmigo, creo que de algún modo era cómplice; en aquel tiempo no lo pensaba, pero hoy en día tengo muchas dudas al respecto, aunque obviamente no tengo certezas. Tal vez, simplemente, no le importaba nadalo que nosotras hacíamos en aquel sillón; era por completo ajena a lo que sucedía; podríamos habernos suicidado o dedicado a robar; para ella habría sido lo mismo, tenía otros pensamientos: la preocupación de juntar el almuerzo con la cena y de vivir su vida a pleno, así como siempre lo había hecho, así como estaba acostumbrada a hacer y, a pesar de todo, lo lograba bastante bien.

El padre de Noemí no estaba, simplemente no existía; tal vez nunca existió, y en aquel momento me pareció algo muy afortunado. Una suerte poco digna, pero una suerte que habría deseado tener yo también.

Así que en cuanto cruzaba esa puerta Noemí (físicamente era mucho más grandota y fuerte, yo era menuda y grácil), me tomaba, literalmente, casi a la fuerza y me manoseaba tirándome sobre aquel sillón.

Estaba con la cara hacia abajo, sentía ese olor repugnante del sillón que me atravesaba la nariz mientras ella, encima de mí, ponía las manos por todas partes. No me desnudaba, y suponiendo que yo lo hubiese querido, tampoco me daba el tiempo para hacerlo. Me metía las manos por debajo de los vestidos, pero no había penetraciones. Estoy segura de no haber sido penetrada con ningún objeto ahí en lo de Noemí, cosa que, sin embargo, sucedió, más adelante en el tiempo, con Raquel, otra vecina de mi casa, de mi misma edad, cuando, después de unos años, nos mudamos de zona, de Giardinetti a Garbatella, más al centro, mucho más al centro, cuando prácticamente mi madre y yo nos fugamos. Pero la huida duró poco. Muy poco, visto que mi padre nos encontró inmediatamente.

Nos trasladamos a la casa de una vieja tía que no habitaba en ella. La tía Concetta estaba al tanto de lo que nos pasaba, así que le dio a mi madre la posibilidad de vivir gratis en su casa de Garbatella, con la condición de que mi madre decidiera dejar definitivamente a mi padre. Mi madre aceptó y en cierta forma lo dejó, pero nuestro modo de vida cambió muy poco, visto que él nos encontró inmediatamente.

Nos mudamos un domingo por la mañana; lo recuerdo muy bien: mi padre estaba de viaje por trabajo (me parece que lo habían mandado por algunos días a Alemania, a una nueva planta; era técnico en soldaduras industriales) y mi madre –ella también obrera– había logrado liberarse de su turno cambiando el horario de trabajo con una compañera. Con coraje y fortaleza, juntamos rápidamente nuestras cosas (en verdad, no eran muchas) y huimos, en una vieja Punto destartalada de mi madre.

Todavía recuerdo que estábamos en otoño, y dejando por última vez la vieja casa nos paramos por un momento ante el portón oxidado: afuera, un hermoso día de sol, todavía cálido. Miramos hacia lo alto, entrecerramos los ojos –lo poco para hacer penetrar esa luz tan intensa y agradable– con la esperanza, aunque no lo dijimos en voz alta, de una nueva vida en una nueva casa.

Pero no, ese milagro no se realizó, y aun cambiándonos de casa, nuestra vida quedó igual; esa vida de mierda que habíamos tenido hasta ese momento tal vez hasta empeoró. De hecho, no sé quién le informó, de pronto algún estúpido compañero de trabajo, quizás algún vecino que no se ocupaba de sus cosas, pero el mensaje llegó rápido y doloroso como una flecha envenenada al celular de mi madre: “Huye, huye, total es completamente inútil, lo sabes, inmediatamente te agarro, y cuando te agarro…”. Lo que en realidad atemorizaba no era lo que estaba escrito en aquel mensaje, era lo que no estaba escrito, lo que escondían aquellos tres puntitos finales. Obviamente, mi madre no me dejó leer el mensaje, pero yo lo leí a la noche, en el momento en que ella se desplomó de cansancio.

La tía Concetta, propietaria del departamento, tenía un único hijo albañil (Mario, primo segundo de mi madre) que había emigrado a Bélgica hacía muchos años, y así esa casa que ella había conseguido con grandes sacrificios para su único hijo quedó desalquilada y semiabandonada. Por lo tanto, cuando empezó a sospechar lo que nos sucedía, decidió entregárnosla a cambio de que la mantuviésemos bien y saldáramos regularmente todas las boletas de los servicios, además de las cuotas del consorcio.

Estuvimos agradecidas, aunque ese cambio de casa y de barrio, así como lo dije hace un rato, sirvió poco, muy poco, y me sentí culpable con relación a ella, visto que antes nunca tenía ganas de visitarla. De hecho, me acuerdo bien que cuando la visitábamos, mi madre me hacía poner el mejor vestido y peinaba atentamente mis largos cabellos castaños. Amaba (y amo) muchísimo mis cabellos, tan lisos, suaves y largos; nunca habría querido cortarlos, porque además sabía muy bien que funcionaban a la perfección como un llamado sexual tanto para hombres como para mujeres. Cuando ella me los peinaba con el cepillo, muy lentamente, era el momento más lindo de la semana; me hubiera gustado que siguiera durante horas y horas; era una especie de placer sexual, no me hubiera cansado nunca de estar ahí quieta, sintiendo y gozando de aquel ligero crujido y de aquella caricia suave y sensual entre mi pelo.

En el camino a la casa de tía Concetta, mi madre me recomendaba mil veces de que fuera cariñosa con ella, que la besara en las mejillas (aunque su mal aliento se podía sentir desde la entrada de su departamento) y que le sonriera todo el tiempo, tratando de estar callada y contestando solo a sus preguntas.

Ahí, en el pasillo de nuestra nueva casa de aquel edificio que era parte de un gran complejo de aquella zona en la que habitaban familias burguesas y algún artista famoso, vivía Raquel, mi coetánea. Así que, como acostumbraba con Noemí, empecé a ir a su casa casi todas las tardes, visto que los nuevos compañeros de la escuela –ya frecuentaba la escuela media– no me agradaban mucho, y de todos modos no estaba en condiciones de entablar amistades ni mucho menos de llevar gente a la casa, dado que de un momento a otro podía llegar mi padre, borracho o fuera de sí.

Ahí en lo de Raquel a menudo estábamos solas. Sus padres tenían un negocio de frutas y verduras en el barrio, estaban muy bien económicamente (al contrario de nosotras), pero no tenían nada de tiempo para ocuparse de su única hija. Todo el día estaban en el negocio y volvían a la nochecita, muertos de cansancio. Con frecuencia me quedaba a cenar con ellos y a veces también a dormir.

Con Raquel empezamos a hacer algunos jueguitos sexuales, sobre todo con pequeños accesorios de las muñecas, por ejemplo, cepillos para el pelo y otros que no recuerdo (o, mejor dicho, no tengo ganas de recordar). Tal vez, en ese momento, exageramos un poco con esos jueguitos de penetración a tal punto que, en una especie de relación sexual con un cepillo-juguete, casi perdí la virginidad. Hubiera sido una verdadera vergüenza, aunque tal vez hubiese sido mejor que como pasó en mi realidad. De todos modos, cuando me quedaba allí, a cenar y a dormir, enseguida después de comer nos íbamos a su cuartito y nos acostábamos. Una vez que su madre al darnos las buenas noches salía del cuarto, me trasladaba a su cama y durante algunos minutos, antes de dormirnos, hacíamos las pruebas del beso, que consistían en besarnos con la lengua preparándonos y entrenándonos para el día en el que lo haríamos con los muchachos, hecho que no tardó en llegar, aunque, sí, necesité tiempo para entender que eso no era lo que buscaba. Me lo negaba a mí misma, lo negaba desesperada y categóricamente: ¿yo lesbiana? ¡Por el amor de Dios, jamás!

CAPÍTULO 2

Lamentablemente Raquel no tuvo un buen final. No la vi durante varios años; yo me había mudado y me había ido a vivir sola; alquilaba un cuarto con otras chicas en Testaccio. Mi madre, sin quererlo, también tuvo que dejar aquella casa de Garbatella, obligada por los acontecimientos: murió tía Concetta y su hijo se apoderó de la casa e inmediatamente la alquiló a una pareja de Turín con hijos a un precio bastante alto. Le dolió mucho, porque se sentía comodísima en esa casa y en ese barrio. Desde ese momento yo “avanzaba” hacia el centro de la ciudad, y ella se iba cada vez más hacia los suburbios, y terminó en un subsuelo de la zona de Tor Bella Monaca que una compañera le había alquilado por pocas liras. En realidad, no era nada agradable.

De todos modos, entre todos estos acontecimientos, no había pensado nunca más en Raquel hasta el día en que vi su foto en el diario que leía distraídamente y de vez en cuando, Il Messaggero; me costó reconocerla, pero leyendo el artículo me di cuenta de que hablaba justamente de ella: madre de una niña murió tirándose al Tevere –en pleno invierno– mientras la hija estaba en el jardín de infantes. Se había suicidado. Se había casado con un colega de sus padres, un verdulero; el artículo hablaba de depresión post partum, pero yo creo que la verdadera razón era otra: no había tenido la fuerza de admitir frente a su familia su verdadera orientación sexual y afectiva, doblegándose al sistema, ese mismo sistema, falso, prejuicioso e hipócrita que luego la destruiría, la mataría.

Desde aquel día decidí seguir mis inclinaciones sexuales sin vacilar, aunque, en realidad, una cosa es decirlo y otra es hacerlo; de hecho, no me fue nada fácil enfrentar el tema con mi madre y necesité algunos años para poder hacerlo.

Al leer ese artículo lloré, me asomé a la ventana y pensé en ella, en Raquel. No era como Noemí; con ella no sufría, al contrario, sentía placer; en definitiva, gozaba.

Tuve muchas experiencias sexuales de ese tipo, entre otras también con mi prima Brígida (luego se trasladó a Londres), pero los momentos pasados con Raquel los recuerdo con un placer particular, aunque en realidad fue un período muy estresante y cansador a causa de la relación que existía entre mis padres, pero eso trato de no recordarlo. Experiencias sexuales que solo y únicamente se experimentaban entre mujeres, no se prestaba atención a los hombres; pero esto no significa que no haya tenido relaciones sexuales con hombres, al contrario… en esa época rechazaba de modo categórico mi homosexualidad.