Cómo nació el cristianismo - Javier Alonso - E-Book

Cómo nació el cristianismo E-Book

Javier Alonso

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Beschreibung

El relato de la auténtica (y desconocida) historia del nacimiento del cristianismo, narrada por dos de los principales especialistas en la materia. Según la versión transmitida tradicionalmente, el cristianismo surgió en su forma ya acabada a partir de la predicación de Jesús de Nazaret, cuyo inalterado mensaje se cristalizó unos siglos más tarde en la Iglesia. Sin embargo, la evidencia histórica muestra una realidad bien distinta. Tras la muerte de Jesús, proliferaron variadas comunidades de creyentes, con enfoques, creencias, objetivos y filiaciones muy distintos entre sí. Harían falta más de dos siglos para que uno de esos múltiples cristianismos acabara imponiéndose sobre los demás, institucionalizando su particular versión como la única. El propósito de este libro es ofrecer una visión rigurosa y documentada de esos primeros años de existencia del cristianismo.

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Seitenzahl: 390

Veröffentlichungsjahr: 2025

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CÓMO NACIÓ EL CRISTIANISMO

CÓMO NACIÓ EL CRISTIANISMO

La verdadera historia de sus orígenes, de Jesús a la creación de la Iglesia

ANTONIO PIÑERO · JAVIER ALONSO

Cómo nació el cristianismo. La verdadera historia de sus orígenes, de Jesús a la creación de la Iglesia.

© Antonio Piñero Sáenz, 2025

© Javier Alonso López, 2025

Autores representados por Silvia Bastos, S.L., Agencia literaria

© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2025

@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S. L.

Diseño de cubierta: Ana Montero

Diseño y maquetación: reverté-aguilar

Conversión a ebook: Iglú ebooks

© de los mapas: CC BY-SA 3.0 y Emse Publishing.

ISBN: 978-84-1361-786-2

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice

Introducción
En tierra de judíos
La Torá: una forma de vida
La promesa de un «mesías»
La Alianza
Fin de la religión israelita primitiva. Diáspora y helenismo
Un nuevo judaísmo
La sociedad judía en tiempos de Jesús
Otras fuentes de las que bebió el cristianismo
Jesús de Nazaret
¿Cómo estudiar la figura de Jesús?
La infancia y los años de formación
La predicación
La restauración del reino
Los destinatarios de su mensaje
Mesianismo de Jesús
¿Fue Jesús cristiano?
De anunciador a anunciado
¡Ha resucitado!1
Según las Escrituras
Camino de Emaús
Un pastor para una Nueva Alianza
Las primeras comunidades
Los doce apóstoles
La comunidad de Jerusalén
Los helenistas
El primer conflicto: ¿viudas, lengua o teología?
Escándalo en torno a Esteban
El aborto de Dios
La «llamada» de Pablo
Bernabé y los «cristianos» de Antioquía
Primer viaje misionero
El concilio de Jerusalén
Los siguientes viajes de Pablo
Los últimos días
Una breve teología de Pablo
El punto de inflexión
La muerte de Santiago
La muerte de Pedro
La Primera Guerra Judía
Reconstrucción judía
La alternativa a Yavne
La asamblea de Dios
Una Iglesia, unas Escrituras
De las iglesias a la Iglesia
Cómo construir un canon
Los Evangelios sinópticos
El grupo marginal de Juan
En busca de la unidad
Los otros cristianismos
Cristología
Eclesiología
Soteriología
Primeros debates trinitarios
Ebionitas y judaizantes
Elcasaítas
Los milenaristas
Cristianos que se creían especiales: los marcionitas
Cristianos que se creían especiales: los gnósticos
Entonces, ¿dónde está la «Iglesia de Pedro»?
¿Qué es la Gran Iglesia?
Imagen poco convincente
A modo de resumen
La explicación alternativa
Apéndices
Apéndice I: La Fuente Q y la comunidad de Galilea
Apéndice II: Cronología de la composición del Nuevo Testamento
Bibliografía recomendada

Introducción

Cesarea de Filipo, decimosexto año de reinado del emperador Tiberio (30 e. c.)

Ojalá todas las huidas fueran como aquella.

Caminando unos pasos por detrás del Maestro, Simón, a quien el resto de los discípulos llamaban Kefa, ‘el Roca’, quizás por su dureza de mollera, miraba a su alrededor fascinado por el verdor del bosque, y sonreía viendo, escuchando, casi oliendo el río que corría paralelo al camino. Estaban cerca del lugar donde nacía el Jordán.

—Ya podríamos quedarnos aquí, en lugar de pasarnos el día caminando bajo el sol por las orillas del Genesaret. Aquí el rabí también podría predicar —dijo medio en broma, medio en serio.

—No hemos venido a eso, Kefa —le respondió Yakov, otro de los Doce.

Y así era, en efecto. Ir al territorio gobernado por Herodes Filipo no era pasar un día de campo, sino una forma de evitar problemas con su hermano Antipas. Era una suerte que Cafarnaúm estuviera tan cerca de la frontera entre los reinos de ambos hermanos. Bastaba cruzar el río hacia el este y uno ya se sentía a salvo.

Antipas, «ese zorro», como lo había denominado Jesús, era un tipo peligroso. Criticar sus actos, en especial el que se hubiera ­casado con la esposa de su hermano, un pecado según la Ley de Moisés, ya le había costado la cabeza a Juan el Bautista, y no era la primera vez que Jesús sentía de cerca el aliento de los esbirros de Antipas. Pero, aunque le ofrecía un refugio, a Jesús no le gustaba demasiado aquella región. La mayoría de la población no era judía y estaba demasiado influida por las vecinas ciudades de la Decápolis. Aquello no tenía nada que ver con las ovejas de Israel a las que él quería predicar.

Llegados a un llano en el bosque, se sentaron en el suelo y sacaron de sus alforjas un trozo de pan, un poco de queso y unas aceitunas. Dispuestos alrededor de su maestro, charlaban de nada y de todo, ajenos en parte a los pensamientos que ocupaban en aquel momento la mente de Jesús.

—¿Quién dice la gente que soy yo? —La pregunta de Jesús quebró de golpe el encanto de aquel breve rato de esparcimiento.

Otra de sus preguntas.

Los Doce se miraron unos a otros sin saber muy bien qué responder. ¿Qué pretendía? Estaba claro que él era Yeshúa, el hijo de José y María. Eso lo sabía cualquier hijo de vecino desde Nazaret hasta Cafarnaúm. Debía de referirse a otra cosa.

—Algunos dicen que eres Juan el Bautista —se atrevió Juan a responder—. Ya sabes…, que, después de su muerte, su espíritu está en ti.

Jesús asintió.

—Comprendo…

—Otros —interrumpió Andrés— dicen que eres Elías.

Lo de Elías era algo obsesivo. Desde que el dios de Israel había tenido a bien llevárselo en vida en su carro de fuego, los judíos no habían dejado de esperar su regreso. En todos los hogares se le reservaba un asiento vacío en las celebraciones de Pascua, por si se le ocurría presentarse a cenar sin avisar. Y en las circuncisiones, igual. Siempre estaba presente la silla vacía para Elías. Aunque, a decir verdad, no todos los judíos parecían igual de optimistas sobre la venida de aquel profeta que no había muerto. También era habitual hacer bromas sobre el asunto: «¿Cuándo me pagarás lo que me debes? ¡Cuando regrese Elías!». Jesús sonrió al escuchar aquel nombre, recordando, quizás, alguna deuda impagada en el taller de su padre José.

—O alguno de los profetas… —concluyó Andrés.

—¿Y vosotros? —Jesús hizo una pausa—. ¿Quién decís que soy yo?

No se podía quedar atrás. Juan y su propio hermano Andrés ya habían dado sus respuestas. Simón era impulsivo, competitivo. No podía permitir que alguien gozara del favor de su maestro con ventaja sobre él.

—Tú eres… —dudó un instante. ¿Iba a decir una barbaridad o quizás era el único que veía lo evidente? Todos lo observaban—. Tú eres… Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo.

Se hizo el silencio. Las miradas de los otros Once iban de Simón a Jesús y de Jesús a Simón. Intentaban adivinar qué pensaba Jesús, porque los pensamientos de Simón se podían ver con la claridad del agua cristalina en sus ojos: «Ahora Jesús me dirá que estoy loco».

Jesús dejó el trozo de pan que tenía entre las manos, se las ­sacudió dando unas palmadas y miró a Simón con una amplia sonrisa.

—Eres afortunado, Simón hijo de Jonás, porque no ha sido tu naturaleza la que te lo ha revelado, sino mi padre que está en el cielo. Y yo te digo que tú eres Kefa, ‘el Roca’, y sobre esta roca construiré mi Iglesia, y las puertas del infierno nada podrán contra ella. Te entregaré las llaves del reino de los cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.

Este relato, basado en el texto del primer Evangelio (Mateo 16, 13-20), puede servir de brevísimo resumen sobre lo que, a la mayoría de nosotros, nacidos en un mundo de innegables raíces cristianas, se nos transmitió desde pequeños: Jesús fundó una Iglesia universal y encomendó a Pedro la tarea de continuar su misión cuando él ya no estuviera. La autoridad y primacía de Simón Pedro sobre el resto de los apóstoles quedó firme e indiscutiblemente establecida mediante esta declaración y así, uno tras otro, los sucesores de este primer Papa han guiado al rebaño cristiano por la senda correcta durante dos mil años. Fin de la historia.

O no.

Según el Annuarium Statisticum Ecclesiae publicado anualmente por el Vaticano, hay en la actualidad más de 1300 millones de personas repartidas por todo el planeta que son consideradas católicas romanas y que, por lo tanto, admiten de facto la primacía de los sucesores de Simón Pedro y las doctrinas transmitidas por ellos como la auténtica Iglesia de Jesús.

Sin embargo, despojado del corsé del dogma, desde el punto de vista del historiador que únicamente pretende explicar a sus lectores las causas, características y consecuencias de los acontecimientos históricos, es lícito preguntarse si realmente ocurrió así.

¿De verdad Jesús fundó una Iglesia? ¿Fue él quien designó a Simón Pedro como sucesor? ¿Todos los demás discípulos estuvieron de acuerdo en aceptar la primacía de Pedro? ¿Y se aceptaron sin discusión todas las concepciones teológicas y mundanas defendidas por Pedro y sus sucesores? ¿No hubo disensiones en los años posteriores, cuando Jesús ya no estaba en la tierra?

El objetivo de esta obra es responder a estas y otras preguntas que van más allá de la vida de Jesús, hasta alrededor de un par de siglos después. El libro desea presentar a los lectores un panorama general de los primeros siglos de la comunidad cristiana primitiva.

Así pues, comenzaremos en los años de vida de Jesús de Nazaret, y terminaremos a principios del siglo III de nuestra era, ­cuando podemos dar por constituido el canon, o lista de libros sagrados que forman el Nuevo Testamento.

Intentaremos cumplir esta tarea de la manera más cercana, fácil y entretenida para los lectores. Creemos que la divulgación científica es una obligación moral de nuestra profesión. Si nuestros estudios se limitan al círcu­lo de expertos en el que nos movemos, estaremos privando a muchas personas de la posibilidad de entender una parte fundamental del pasado de nuestra cultura occidental. El saber nos concede pequeñas cuotas de libertad, porque nos ayuda a pensar por nosotros mismos y a tomar o rechazar aquello que se nos presenta muchas veces como verdad inamovible.

Lo expuesto en estas páginas es el resultado de años de investigación académica, de intercambio de ideas, de hipótesis confirmadas o fallidas, pero siempre con el objetivo de conocer, de aprender utilizando el espíritu crítico. Queda fuera, por lo tanto, la fe indiscutible. Para eso, doctores tiene la Iglesia.

Por último, como es lógico en un libro escrito a cuatro manos, Antonio Piñero, maestro, y Javier Alonso, discípulo, ambos amigos, asumimos como nuestra la obra completa. Lo que hayamos escrito en esta tierra, quedará escrito en el cielo, y lo que hayamos borrado en la tierra, quedará borrado en los cielos.

Empezamos.

En tierra de judíos

«No nos olvidemos de que las causas de las acciones humanas suelen ser inconmensurablemente más complejas y variadas que nuestras explicaciones posteriores sobre ellas».

Fyodor Dostoyevsky

Digámoslo cuanto antes, para que quede claro: Jesús de Nazaret no era cristiano, era judío.

Por lo tanto, resulta necesario entender los orígenes judíos de Jesús, de sus seguidores y del mundo en el que vivieron, para poder comprender después cómo evolucionó el pensamiento religioso en los primeros momentos del cristianismo.

A fin de encontrar los orígenes del judaísmo, debemos retroceder en el tiempo hasta comienzos del primer milenio antes de nuestra era (aproximadamente el año 800 a. e. c.). En Canaán, el territorio que ocupan en la actualidad Israel y Palestina, tierra de paso entre Egipto y Mesopotamia, los dos grandes centros de la civilización del mundo antiguo, había dos pequeños reinos que sobrevivían en relativa paz e independencia frente a los gigantes egipcio y asirio. El reino del norte se llamaba Israel y tenía su capital en Samaria (actual Nablus, en territorio de Cisjordania). Judá, el reino del sur, tenía como capital Jerusalén.

Estos dos reinos tenían muchas cosas en común, hasta el punto de que podríamos considerarlos reinos hermanos: compartían lengua (el hebreo), tradiciones, cultura y creencias religiosas, muchas de ellas similares a todos los pueblos vecinos del ámbito cananeo y mesopotámico. Según las tradiciones de ambos pueblos, cuando las tribus de Israel salieron de Egipto, se habían trasladado hasta la tierra que ahora ocupaban y, tras una fase de conquista, habían creado un reino unificado en el que habían gobernado sucesivamente tres reyes: Saúl, David y Salomón.

La cumbre de toda esta gloria monárquica fue el Templo de Yahvé que Salomón construyó en Jerusalén, y en cuyo interior se guardaba el Arca de la Alianza con la Ley que Moisés había recibido en el Sinaí. Este periodo de la historia mítica de Israel quedó fijado en el recuerdo colectivo del pueblo judío como la pasada Edad de Oro a la que había que intentar regresar.

Pero lo que aquí nos interesan son las creencias religiosas. En este momento (entre los siglos IX y VI a. e. c.) en esos reinos se adoraba a un dios de distintos nombres (El, Elohim, ‘el que es’; Yahvé Sebaot, ‘Yahvé de los ejércitos celestiales’,es decir, los ángeles, o simplemente Yahvé), aunque no está claro que este dios, bajo cualquiera de sus nombres, fuese considerado una divinidad única y excluyente respecto a todas las demás. Hay incluso indicios arqueológicos que sugieren que se le atribuía una compañera femenina, cuyo nombre era Asherá/Astarté, y que se parecía mucho a la idea que suele tenerse de una diosa de la fertilidad.

Además, ambos reinos consideraban que tenían un origen común: el patriarca Abrahán, su hijo, Isaac; el nieto, Jacob, y los doce hijos de este último (las doce tribus de Israel). Con Abrahán, Dios-Yahvé habría establecido un pacto según el cual sus descendientes serían su pueblo elegido, tendrían un país y una monarquía eterna que acabaría gobernando a todos los pueblos del mundo, a cambio de mantenerse fieles en su fe.

El culto y la práctica religiosa todavía no estaban centralizados únicamente en Jerusalén, pues sabemos de la existencia de otros santuarios, como Siloh. Asimismo, tenemos noticias de que ya se celebraban algunas de las grandes fiestas religiosas que han sobrevivido hasta nuestros días, aunque no todas, y tampoco existía una obligación de peregrinar a Jerusalén en las fiestas mayores.

Dentro de su herencia cultural común, tanto los habitantes de Israel como los de Judá creían que habían vivido en el pasado la experiencia de un exilio en Egipto, y que su dios les había librado de la ira del faraón por medio de su legislador, Moisés, y su hermano, el sacerdote Aarón. En su camino de regreso a la Tierra Prometida, los israelitas habrían pasado por el monte Sinaí, donde Yahvé habría dictado a Moisés la Ley que regiría la vida de su pueblo a partir de ese momento.

La Torá: una forma de vida

Según la creencia judía, la Ley que Dios entregó a Moisés en el Sinaí está recogida en los cinco primeros libros de la Biblia hebrea y constituyen también la primera parte del Antiguo Testamento cristiano: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Los judíos conocen a estos cinco libros como la Torá (del hebreo, ‘instrucción’) y los cristianos como Pentateuco (del griego ‘Cinco rollos’, puesto que antiguamente los libros se escribían en hojas de pergamino o papiro cosidas y enrolladas).

En la Torá se narra de manera lineal la historia del pueblo judío desde sus orígenes. Comienza en el Génesis con la creación del mundo, las primeras generaciones (Adán y Eva; Noé y el diluvio; la Torre de Babel; Abrahán, Isaac y Jacob y los doce hijos de Jacob-Israel). Éxodo cuenta la esclavitud del pueblo judío en Egipto y su liberación de la mano de Moisés. A partir del capítulo 20 de Éxodoy a lo largo de Levítico, Númerosy Deuteronomio, tenemos noticia de los cuarenta años que pasa el pueblo judío en el desierto de camino a la Tierra prometida y, de manera fundamental, se ofrece toda la legislación que regirá hasta el más mínimo aspecto de la vida del pueblo judío según el pacto que le ofrece Yahvé.

Esta Ley divina se extrae del propio texto, bien por mandatos directos (por ejemplo, «No tendrás otros dioses frente a mí» de Éxodo 20, 3; o «Creced y multiplicaos» de Génesis 1, 28), bien por medio de sugerencias más o menos veladas, como la prohibición de comer el nervio ciático de cualquier animal («Por eso los israelitas no comen hasta el presente el nervio ciático que está en la articu­lación del muslo, porque Dios tocó la articu­lación del muslo de Jacob en el nervio ciático»; Génesis 32, 33).

En total, la Torá cuenta con 613 mandamientos, lo que convierte el judaísmo en una ortopraxia, es decir, una religión en la que hay que hacer lo correcto, más que creerlo correcto. Hay mandamientos relativos a cómo deben celebrarse las fiestas judías, a los alimentos que se pueden consumir y los que no, a las impurezas rituales que se derivan del acto sexual, de la menstruación de las mujeres, del contacto con enfermos y muertos. También se regula toda la vida del fiel, desde la circuncisión de los varones a los ocho días de nacer hasta todos los ritos de paso que este vivirá a lo largo de su existencia. Asimismo, una buena porción de los mandamientos se ocupa de todo lo relativo al funcionamiento del culto y a los sacrificios en el Templo de Yahvé en Jerusalén.

La Ley es importante, básica, porque es la forma de relación del ser humano con Dios, de ahí que constituya uno de los temas de discusión de Jesús con sus contemporáneos (por ejemplo, la obligación de respetar el descanso del sábado o los casos en los que es admisible el divorcio), y también será con el tiempo el caballo de batalla de las comunidades cristianas primitivas (¿Debe circuncidarse un cristiano? ¿Debe guardar las prohibiciones judías respecto a alimentos como el cerdo?).

La promesa de un «mesías»

El principal legado de las figuras de David y Salomón para la religión judía (y cristiana) lo constituye la denominada «promesa mesiánica». Sin embargo, es imprescindible subrayar que el significado original de la palabra mesías (del hebreo mashiaj, ‘ungido’) era notablemente más amplio del que suele tener para nosotros, y no incluía el que tiene para los cristianos. De las 39 veces que la palabra aparece en la Biblia hebrea, ninguna tiene el significado que le atribuimos hoy en día.

Por los relatos de los libros bíblicos de Samuel y Reyes, sabemos que la unción era un acto que consistía en derramar aceite sobre la cabeza de una determinada persona con el fin de investirla de cierta autoridad. La persona que recibía la unción, el «ungido», era un elegido de Yahvé, que podía ser un rey de Israel, como Saúl, David o Salomón, pero también un sacerdote (Éxodo 28, 41), un profeta (1 Reyes 19, 15-16) o incluso un monarca pagano, como Ciro de Persia, al que Yahvé hubiera escogido para llevar a cabo una misión (Isaías 45, 1). Así pues, «mesías» podía ser un rey, el sumo sacerdote o un profeta, aunque en la mayoría de las ocasiones se identificara con la figura de un monarca.

El texto absolutamente clave para entender el concepto de mesías y su repercusión en la religión judía y en el origen mismo del cristianismo, se encuentra en el segundo libro de Samuel. El profeta Natán transmite a David el siguiente mensaje:

Y cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, suscitaré detrás de ti un vástago tuyo, salido de tus entrañas, y consolidaré su realeza. El construirá una casa en mi nombre y consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo; que, si él se pervierte, le castigaré con vara de hombre y con golpes habituales entre humanos. No apartaré de él mi benignidad, como la aparté de Saúl, al cual aparté de mi presencia. Y tu casa y tu realeza permanecerán firmes para siempre ante ti: tu trono será estable por siempre (2 Samuel 7, 12-16).

Si pensamos en términos de historia sagrada, la identificación lógica de este descendiente de David que edificaría un templo en honor de Dios debería ser Salomón (aproximadamente 965-928 a. e. c.), puesto que fue él quien erigió finalmente el santuario de Yahvé en Jerusalén. Sin embargo, aunque presentado en forma de profecía a David, este texto fue redactado en un momento posterior, probablemente en tiempos del rey Josías (640-609 a. e. c.) y poco antes de la destrucción de Jerusalén y del Templo de Yahvé por el rey de Babilonia Nabucodonosor en 586 a. e. c. Más que referirse a Salomón, el texto aludía más bien a todos los reyes de Judá y muy concretamente a Josías, considerado el paradigma de rey piadoso y fiel a los mandamientos de Yahvé.

Sin embargo, como se acaba de decir, apenas un cuarto de siglo después de la muerte de Josías, aquella promesa pareció desvanecerse con la destrucción del reino de Judá, de Jerusalén, del Templo y el exilio en Babilonia.

El fracaso del Israel histórico, tal como lo concebían los judíos de épocas posteriores al destierro babilónico (el «exilio» por antonomasia), supuso una nueva interpretación de la promesa a David: significaba que ese prometido vástago del gran monarca, que lo superaría en gloria, aún estaba por llegar.

El siguiente paso resulta lógico. A partir de ese momento, el judaísmo esperó la llegada de ese descendiente de David en el que habría de cumplirse la promesa del trono eterno de Israel, un rey y, por tanto, ungido, es decir, Mesías. El primero fue, curiosamente, un extranjero, el rey Ciro de Persia (559-530 a. e. c.), a quien los judíos vieron como ungido de Dios al ser él quien destruyó el poder babilónico y permitió el regreso de los exiliados a Judá. Durante los siglos siguientes, y en realidad hasta nuestros días, la historia del pueblo judío está trufada de numerosos personajes de toda condición que, en diferentes momentos de necesidad, peligro, persecución u opresión, han sido señalados o se han proclamado Mesías.

La Alianza

Esta religión judía primitiva (normalmente se la denomina israelita, mientras que se reserva la idea de judía para la religión posterior al siglo VI a. e. c.) se sostenía sobre varios pilares básicos que representaban un pacto entre Dios y su pueblo por medio de una alianza compleja, que en realidad era triple, pues contenía tres promesas sobre la base del «diálogo» entre Abrahán y Yahvé.

La primera cláusula se refería a la exclusividad de Yahvé como dios nacional de los judíos, un rasgo compartido con las demás culturas del Próximo Oriente. Esta exigencia tiene su origen en las palabras de Dios a Abrahán («Yo seré el Dios de los tuyos»; Génesis 17, 8), pero se especifica aún más claramente en el principio del Decálogo, dictado a Moisés en el Sinaí:

Yo, Yahvé, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso (Éxodo 20, 2-5).

Pero tener a Yahvé como único dios suponía que había que cumplir todos sus preceptos, es decir, la totalidad de mandamientos contenidos en la Torá. Como ya se ha señalado, se trataba, por tanto, de cumplir con normas más que de creer complicados dogmas teológicos.

A cambio de la fidelidad del pueblo que había elegido como suyo, Yahvé se comprometía a garantizar a los judíos una gran descendencia. La promesa no aparecía en la revelación a Moisés en el Sinaí, sino que procedía del inicio mismo de la relación entre Yahvé y el primer judío, Abrahán:

Dijo Abram: «He aquí que no me has dado descendencia, y un criado de mi casa me va a heredar.» Mas he aquí que la palabra de Yahvé le dijo: «No te heredará ese, sino que te heredará uno que saldrá de tus entrañas». Y sacándolo afuera, le dijo: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas». Y le dijo: «Así será tu descendencia» (Génesis 15, 1-5).

Esta parte de la Alianza de Dios con Abrahán era asombrosa: «Te haré padre de numerosos pueblos» (Génesis 17, 5) significaba, nada menos, que Israel habría de ser finalmente el primero y principal, el pueblo elegido, entre todos los pueblos de la tierra, y que estos, de un modo u otro, acabarían reconociendo la soberanía absoluta de Yahvé, pero el que imperaría sobre ellos sería el «heredero de la promesa», Israel, cosa nada imposible, puesto que el «brazo de Yahvé» estaría con él.

Además de garantizar la pervivencia de los descendientes de Abrahán, Yahvé entregaría al pueblo judío una tierra ­donde vivir, para que no tuviera que morar entre otros pueblos como extranjero. Esta promesa aparece en dos formulaciones diferentes. Las dos tienen como receptor a Abrahán, y cada una hace hincapié en un aspecto de la promesa. La primera formulación garantiza la propiedad eterna de la tierra:

Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos (Génesis 17, 8).

La segunda formulación hace las veces de mapa, marcando los límites geográficos del territorio concedido a los judíos:

En aquel día pactó Yahvé alianza con Abram diciendo: «A tu posteridad otorgo este país, desde el río de Egipto hasta el Río Grande o río Éufrates: los qenitas, los qenezeos, los cadmoneos, los hititas, los pereceos, los refaítas, los amorreos, los cananeos, los girgaseos y los yebuseos» (Génesis 15, 18-21).

Esta era también la visión que se tenía en Israel como pueblo elegido por Dios desde los tiempos de Abrahán. El mundo se dividía en judíos y gentiles (no judíos), estos últimos seres dignos de lástima por no participar del favor divino. Y al final de los tiempos, cuando Israel viviera bajo ese rey mesiánico, estos gentiles tendrían dos opciones: ser destruidos o volverse por fin hacia el dios de Israel y convertirse.

Por último, como ocurre en todo contrato o pacto, había una firma que daría fe de lo allí acordado. En el caso de esta alianza, la señal del pacto sería la circuncisión de todos los varones, que comenzó efectivamente con Abrahán, según Génesis 17, 3.

Fin de la religión israelita primitiva. Diáspora y helenismo

La existencia paralela de los reinos de Israel y Judá acabó bruscamente a finales del siglo VIII. Una primera embestida del rey asirio Tiglatpileser III en el 732 a. e. c. y el golpe de gracia diez años después bajo Salmanasar V y Sargón II destruyeron para siempre el reino del norte (722 a. e. c.). Los asirios deportaron a gran parte de la población a otros lugares de su imperio. Son las «diez tribus perdidas» que jamás han sido halladas.

Quien pudo evitar la deportación huyó al vecino reino del sur. De ese modo, Judá, que hasta entonces había sido el «hermano pobre», ganó en poder, élite intelectual y prestigio. Sin embargo, los judíos se habían quedado solos ante el peligro, y únicamente se salvaron de la destrucción a manos de los asirios por un golpe de suerte: la peste asoló el campamento enemigo mientras asediaba Jerusalén (hacia el 702 a. e. c.).

Judá sobrevivió para ver el final del Imperio asirio por obra de los babilonios, pero acabó sucumbiendo a la nueva superpotencia de la región. En 586 a. e. c., Nabucodonosor, como hemos señalado ya, destruyó Jerusalén y deportó a parte de la población al destierro en la capital de su imperio: Babilonia.

La experiencia de la deportación a Babilonia debió de resultar traumática para los que la vivieron. El texto del Salmo 137, popularizado en los años setenta del siglo XX por la versión que hizo de él el grupo de música disco Boney M. («By the rivers of Babylon, there we sat down…») nos muestra a un pueblo derrotado que ha perdido toda esperanza. Había sido expulsado de su tierra, su capital y su Templo nacional habían sido destruidos y parecía que su dios le había abandonado. En realidad, podemos considerar este momento como el acta de defunción de la religión israelita-yahvista primitiva.

Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos, y llorábamos, acordándonos de Sión.

De los sauces que hay en medio de ella colgábamos nuestras cítaras,

y los que nos habían llevado cautivos nos pedían cantares,

y nuestros capataces nos pedían alegría: «¡Cantadnos algún cántico de Sión!»

¿Cómo cantaremos el cántico de Yahvé en tierra extranjera?

Si me olvidara de ti, Jerusalén, olvídese mi diestra.

Se me pegue mi lengua al paladar, si de ti no me acordase.

si no enalteciera a Jerusalén como cima de mi alegría.

Recuerda, ¡oh Yahvé!, a los hijos de Edom en el día de Jerusalén.

Los que decían «¡Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos!»

¡Población de Babilonia, desolada! ¡Feliz aquel que te dé el pago que tú nos diste!

¡Feliz el que estrelle a tus hijos contra la peña!

(Salmo 137)

Surge de este modo un fenómeno denominado diáspora, una palabra griega que significa ‘dispersión’. Pero en esta desesperación quedaba una llama de esperanza («Si me olvidara de ti, olvídese mi diestra, se me pegue mi lengua al paladar, si de ti no me acordase»). El propósito de no olvidar los orígenes ni a su dios impulsó a la élite intelectual desterrada a buscar dos cosas: la causa de su desgracia y la forma de remediar su situación.

¿Por qué nos ha ocurrido esta desgracia? O, dicho de otra manera, ¿por qué Yahvé, nuestro dios, ha permitido que nos ocurriera esto a nosotros, que somos su pueblo? La conclusión a la que se llegó fue que los habitantes de Israel y de Judá, incluidos sus reyes, habían adorado a otros dioses, y no habían cumplido los preceptos señalados por su dios. Hay numerosos pasajes bíblicos que juzgan la bondad (cuyo paradigma es David) o maldad de los reyes de Israel y Judá no por sus logros políticos o económicos, sino únicamente por su grado de fidelidad a su dios.

[Josías] hizo lo recto a los ojos de Yahvé, y siguió todo el camino de David, su antepasado, sin apartarse ni a derecha ni a izquierda (2 Reyes 22, 2).

Y Ahab hizo lo malo a los ojos de Yahvé, más que cuantos le habían precedido. Y lo de menos fue seguir los pecados de Jeroboam, hijo de Nebat, pues tomó por esposa a Jezabel, hija de Etbaal, rey de los sidonios, y fue y sirvió a Baal y se prosternó ante él. Asimismo, levantó un altar a Baal en el templo que Baal había ordenado construir en Samaria. Hizo también Ahab la aserá y prosiguió obrando de forma que irritó a Yahvé, dios de Israel, más que todos los reyes israelitas que le habían precedido (1 Reyes, 16, 30-34).

Es decir, si un rey se portaba mal, o si una parte de la población pecaba, el castigo recaía en la totalidad del colectivo. Para nuestra mentalidad moderna, esto resulta profundamente injusto, y así debieron de considerarlo también los exiliados en Babilonia. La refundación de su religión, que se convertiría pasado el tiempo en el judaísmo, dejó de entender el castigo como algo hereditario. A partir de entonces, la responsabilidad sería de cada individuo. Ezequiel, uno de los profetas del destierro, ofreció una ventana a la esperanza, al mostrar un Dios que premiaría o castigaría a cada uno según sus obras, y no condenaría a los hijos por los pecados de sus padres:

Decís: «¿Por qué no carga el hijo con la culpa de su padre?». Puesto que el hijo ha practicado derecho y justicia, ha guardado todos mis mandatos y los ha cumplido, ciertamente vivirá. La persona que peque, esa morirá. El hijo no cargará con la culpa del padre, ni el padre cargará con la culpa del hijo; la justicia del justo será sobre él mismo, y la maldad del malvado sobre él será (Ezequiel 18, 19-20).

No obstante, resultaba evidente el disgusto de Yahvé, que había permitido aquel desastre nacional. Se forjó así la creencia de que el destierro era una prueba que Yahvé imponía a su pueblo a modo individual. Si los judíos, cada uno de ellos, permanecían fieles a Yahvé en esas circunstancias tan adversas, este obraría el milagro, un mesías anunciaría el fin de la opresión extranjera y el comienzo de los últimos días en los que el pueblo judío recuperaría su independencia.

Sucedió tan deprisa que a algunos no les debió de parecer real. En 334 a. e. c. Alejandro Magno partió desde el lejano reino de Macedonia, en Grecia, atravesó el Helesponto y barrió literalmente a las tropas persas en tantas ocasiones como osaron enfrentarse a él. En apenas cuatro años, conquistó todo el gran imperio asiático del rey de reyes, incluyendo la provincia de Yehud (la Judá persa). Sin embargo, una vez que hubo vencido, Alejandro no impuso la cultura griega de su tierra natal a los numerosos pueblos conquistados, sino que pretendió «fusionarlos» en uno solo, empleando para ello todas las armas que tuvo a su alcance. La idea de casarse él mismo, y obligar a sus generales a contraer matrimonio con mujeres persas refleja su concepción. Los hijos de estos matrimonios no serían ni griegos ni orientales, sino un «híbrido» que tomaría lo mejor de cada progenitor para crear un nuevo mundo y una nueva cultura.

Esta fusión del mundo griego con las diferentes culturas orientales se denomina helenismo, y será un elemento fundamental en cualquier consideración histórica sobre el Próximo Oriente desde este momento hasta una época tan tardía como la conquista árabe del siglo VII de nuestra era. El helenismo impregnó todos los aspectos de la vida de los pueblos orientales, desde la utilización del griego como lingua franca para comunicarse entre ellos a la creación de divinidades mixtas y, por tanto, susceptibles de ser adoradas tanto por los griegos como por los orientales.

Tras la repentina e inesperada muerte (quizás asesinato) de Alejandro, sus generales y compañeros se apresuraron a repartirse el gran imperio conquistado por su señor.

Judea (en griego, Ioudaia), donde trescientos años después nacería Jesús de Nazaret, pasó a formar parte del reino de Egipto, gobernado por Ptolomeo. Los años de gobierno de la dinastía fundada por este fueron, para los judíos, una época de tranquilidad similar a la que vivieron bajo los persas aqueménidas. Sin embargo, en 200 a. e. c., siendo rey Ptolomeo V, Palestina cayó, como consecuencia de las interminables guerras entre los diferentes reinos helenísticos herederos del imperio de Alejandro, en manos de Antíoco III, gobernante del Imperio seléucida, que se extendía desde el mar Egeo hasta el Indo, al modo de un nuevo imperio persa.

Con todo, más allá de las cuestiones políticas, el helenismo trajo consigo un intercambio de ideas entre culturas muy diferentes, y esto acabó impregnando todos los ámbitos de la vida de los diversos pueblos que ahora vivían en esta nueva comunidad mixta greco-oriental. La religión de los judíos no fue una excepción. Unas veces de buen grado y otras casi contra su propia voluntad, fueron modificándose varios aspectos importantes de sus creencias. En estos cambios fue fundamental la participación de la diáspora.

Un nuevo judaísmo

Empecemos por lo más obvio. La primera diferencia entre los judíos de Judea (y en especial los de Jerusalén) y aquellos que vivían en la diáspora era espacial. Estar lejos de Jerusalén significaba que no podían llevar a cabo los ritos correspondientes en el Templo de Yahvé, centro y razón de ser de la religión judía. Aunque los más pudientes viajaban a Jerusalén con motivo de las tres grandes fiestas de peregrinación (Sukkot o Tabernácu­los, en otoño; Pesaj o Pascua, en primavera, y Shavuot o Semanas, cincuenta días después de Pascua), el día a día lo vivían lejos del templo. La alternativa ante esa ausencia era la sinagoga, una palabra de origen griego que significa ‘lugar de reunión’, (el término hebreo era beit knesset, ‘casa de la asamblea’).

La sinagoga no era un templo, sino un espacio de reunión, oración, lectura, estudio y comentario de la Torá. Y allí no se celebraban sacrificios, de manera que el centro de la sinagoga no era el altar, sino un arcón donde se guardaban los rollos de la Torá que se leían en las celebraciones. Este hecho indica que, ya antes de desaparecer el Templo de Jerusalén, se percibía en el judaísmo una tendencia a la espiritualidad que emanaba del texto sagrado y una menor preocupación por el rito y el sacrificio de víctimas en un altar.

La segunda gran diferencia era la lengua. Los judíos de la diáspora no solo vivían en un entorno en el que la lengua común era el griego, sino que muchos de ellos ignoraban, parcial o completamente, la lengua hebrea en la que estaban escritos sus libros sagrados, y también el arameo que se hablaba en Judea desde los tiempos de la conquista persa. Por eso, a partir aproximadamente del reinado de Ptolomeo II Filadelfo (285-246 a. e. c.), se tradujeron al griego todos los textos sagrados del judaísmo. Se comenzó por la Torá (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), y para el año 130 a. e. c. de nuestra era aproximadamente ya estaba traducida la totalidad de los libros de los profetas y el resto de obras de la Biblia hebrea. La primera traducción griega de la Torá, conocida como versión de los Setenta o Septuaginta, se convertiría en la principal herramienta de transmisión de la Ley judía entre las comunidades de la diáspora. Su fama y su prestigio hicieron de la Septuaginta un texto casi en pie de igualdad con el original hebreo y, en los primeros momentos del cristianismo, veremos cómo los evangelistas citaron los textos sagrados judíos no en su versión hebrea, sino a través de la traducción griega.

Como es lógico, que los judíos vivieran dispersos en un mundo de cultura, lengua y valores griegos acabó por impregnar también el pensamiento filosófico y religioso del judaísmo, igual que siglos antes lo habían hecho otras culturas. Entre los siglos III y I antes de nuestra era se escribieron una sesentena de obras que constituyen lo que se denomina literatura judía helenística. Algunas de ellas son bien conocidas en el mundo cristiano porque pasaron a formar parte del canon del Antiguo Testamento. Es el caso, por ejemplo, de Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Eclesiástico o Sabiduría. Otras obras son menos conocidas, como Jubileos, 3 y 4 Macabeos, Henoc, José y Asenet, el Apocalipsis de Baruc y otras muchas. Lo que todos estos libros tienen en común es que son un reflejo, en mayor o menor medida, de las nuevas ideas que se introdujeron en el judaísmo de la época a través de su contacto con la cultura griega. Veamos cuáles son las principales ideas de esa corriente, centrándonos en cinco grandes novedades:

La concepción de Dios. En sus fases más primitivas, fácilmente identificables en algunos pasajes del libro del Génesis, el judaísmo tenía una idea de Dios muy cercana al ser humano. Dios pasea por el jardín del Edén (Gn 3, 8), crea al hombre con barro e insuflando su propio aliento (Gn 2, 7) o cierra personalmente la puerta del Arca de Noé (Gn 7, 16). Con el tiempo, este antropomorfismo dio paso a una imagen de Dios cada vez más distante. Dios permanece alejado, en el cielo, y gobierna desde su trono celestial. Se había impuesto la idea de diversos filósofos griegos que pensaban que la divinidad suprema, incluso aunque reinara sobre los dioses en los que creían las gentes, estaba en un plano mucho más elevado que aquellos, y no tenía parecido alguno con las debilidades y vicios de los seres humanos.Un ser humano con cuerpo y alma. Igual que en época helenística se modifica la concepción de Dios y de la existencia del mal, las ideas griegas influyen también a la hora de redefinir la naturaleza del ser humano.

En las fases más antiguas del judaísmo, se consideraba al ser humano como una criatura unitaria, compuesta de materia y poseedora de un hálito vital. Se trataría de una noción unitaria de la persona como carne/alma, «almicuerpo». Así se describía en el episodio de la creación del hombre al principio de la Torá:

Entonces, Yahvé Elohim formó al hombre con el polvo de la tierra, e insuflándole en la nariz el aliento de vida, convirtió al hombre en un alma viva (Génesis 2, 7).

En esta naturaleza unitaria, la parte aparentemente no material confería la vida al individuo, pero no era inmortal; probablemente no sea correcto llamarla «alma». De hecho, hay otros textos bíblicos que refuerzan la sensación de que en el judaísmo primitivo no existía un alma inmortal.

Sin embargo, en algún momento, y gracias al contacto con las ideas griegas, en especial con la filosofía platónica, se introduce en el pensamiento judío la concepción del alma como una parte del ser humano distinta a su cuerpo. Pero ya no se trata de ese hálito vital, sino de un ente inmortal que, una vez llegada la muerte, correrá una suerte distinta a la del cuerpo material. Estas nuevas ideas aparecen en Sabiduría, uno de los últimos libros del Antiguo Testamento, escrito en griego entre el año 100 a. e. c. y el 40 e. c.

Porque Dios creó al hombre para la inmortalidad, lo hizo a imagen de su misma naturaleza […] las almas de los justos están en manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno […] porque sus elegidos hallan gracia y misericordia, en cambio los impíos recibirán el castigo que merecen sus pensamientos (Sabiduría 2, 23-3,10).

El cambio resulta evidente: el autor de Sabiduríadistingue en el ser humano un alma y un cuerpo, y afirma la inmortalidad de la primera, la existencia de un mundo futuro tras la muerte y un premio o un castigo de acuerdo con las obras de cada uno. Volveremos al tema de los premios y castigos más adelante, pero antes atendamos a la cuestión del origen de esta alma inmortal.

Un alma preexistente. Las especu­laciones filosóficas a este respecto son una herencia de los órficos griegos, seguidores de un movimiento religioso de los cultos de misterios (que aseguraban la inmortalidad) cuyas creencias se remontan al siglo VIII o VII antes de nuestra era. La creencia en un alma preexistente antes de habitar un cuerpo material fue transmitida por la filosofía griega popularizada, sobre todo, por el platonismo. Esta doctrina, asimilada por el judaísmo helenístico, significaba que se concebía al ser humano como un compuesto de un cuerpo material, corruptible y mortal y un alma inmortal que ansía regresar a su origen divino.Premios y castigos. Al contacto con la religión zoroastriana en tiempos del Imperio persa, apareció entre las creencias judías la concepción de un juicio tras la muerte que separaría el destino de las almas justas de las que no lo fueran mediante un castigo (Casa de la Mentira) o un premio (Casa del Canto).

La reafirmación de la creencia en un alma preexistente, inmortal e independiente del cuerpo tomada de la filosofía griega no hizo sino ahondar en esta concepción. Si el alma es inmortal, debe aguardarle un destino más allá de la muerte acorde con su conducta en la vida terrenal.

Sin embargo, no todos los estamentos del judaísmo de la época helenística compartían estas nuevas ideas. De hecho, la postura mayoritaria seguía sosteniendo la fe en una justicia inmediata y terrenal de Dios. Así pues, en los siglos anteriores a nuestra era, cuando ya se sentía el influjo de las ideas griegas, había dos corrientes dentro del judaísmo:

La «oficial», más conservadora y menos permeable a las novedades del helenismo, que sostenía que Dios trataría a cada uno según su conducta en esta vida, sin aplazar el premio o el castigo, y que el šeol, recinto común o región de los muertos, era igual para todos.La «alternativa», más innovadora, que constataba cómo los impíos progresaban en la vida terrena y, por tanto, creía que el premio o castigo por la conducta de cada uno se aplazaría al más allá, con la consiguiente esperanza en una vida futura y resurrección de mejor calidad.

Este equilibro se inclinó mayoritariamente en favor de la segunda opción a partir de la revuelta de los macabeos (167 a. e. c.) con la aparición de un nuevo fenómeno sin demasiados precedentes en la historia judía: el martirio.

En el 200 a. e. c., Judea había pasado de manos de los Ptolomeos egipcios a las del Imperio seléucida, uno de los reinos herederos de la gran aventura de Alejandro Magno. El libro bíblico de los Macabeos cuenta cómo, en 168 a. e. c., el rey seléucida Antíoco IV decidió que todos los súbditos de su enorme imperio gozasen de los mismos privilegios, pero también que abandonasen sus creencias religiosas particu­lares para abrazar la religión griega oficial. A pesar de que algunos judíos se adhirieron a sus reformas, renunciando así a sus propias tradiciones, Judea se convirtió en un polvorín. La prohibición de la religión de sus padres, las prácticas idólatras que proliferaban en la tierra de Yahvé y, por último, la profanación del Templo de Jerusalén, fueron los detonantes de una gran revuelta popular. Una familia judía de origen sacerdotal, la macabea, se encargó de dirigir la resistencia contra los seléucidas amparándose en el «celo de Yahvé».

Este «celo» (de la palabra griega zelos, ‘celo, amor ferviente, obsesión’) se consideraba una de las virtudes del fiel israelita, y se basaba en personajes prototípicos del Antiguo Testamento como Pinjás y Elías, quienes, en su celo por cumplir la Ley de Yahvé, habían llegado a arrebatar la vida a algún infiel. Tal «virtud» justificaba el homicidio en nombre del cumplimiento de la Ley de Dios, transformando así cualquier conflicto en una guerra santa, y se convirtió a la postre en la base ideológica de los grupos revolucionarios judíos que se enfrentaron al poder romano en tiempos de Jesús. De hecho, los más violentos de entre estos se hacían llamar zelotes (que significa ‘celoso, devoto, obsesivo’).

Además de proporcionar una justificación de la violencia, ese celo se mostraba en la terca negativa a aceptar aquello que no fuese acorde con la Ley de Dios, incluso si eso suponía entregar la propia vida antes que violar los mandamientos de Yahvé. De esta manera, apareció el fenómeno del martirio, que planteaba una cuestión fundamental. Si en los siglos anteriores se había extendido la creencia de que Yahvé concedía larga vida al justo y se la arrebataba como castigo al malvado, ¿cómo era posible ahora que, precisamente por seguir la Ley divina, uno perdiese la vida? Evidentemente, si el premio a la fidelidad no estaba en esta vida, debía encontrarse en otro sitio, en otra existencia después de la vida terrenal.

Una vez establecida la creencia en la resurrección y el reparto de castigos y recompensas de acuerdo con la conducta mostrada en vida, quedaba por dilucidar una última cuestión. ¿Cómo sería esa resurrección? ¿Afectaría únicamente al alma o también al cuerpo?

Los judíos que vivían en territorio palestino y que estaban más arraigados en la cultura oriental pensaban que la resurrección sería completa, corporal. Esta creencia se extendió invariable ­hasta la época de Jesús y más allá. En el siglo segundo de nuestra era, la creencia general era que el cuerpo de un ser humano resucitado sería exactamente el mismo que tuviera en el momento de la muerte, lo que incluía posibles defectos, deformidades, amputaciones, etcétera, pero aquellos que fueran encontrados entre los justos en el Juicio Final, serían sanados y restituidos en la perfección de la juventud.

Por otro lado, aquellos judíos que vivían en la diáspora (recordemos, fuera de Judea-Palestina), por lo general en ciudades de territorios profundamente impregnados de la cultura helenística y, en consecuencia, más receptivos a las ideas propias de la filosofía griega, pensaban que la resurrección afectaría únicamente al alma, parte incorruptible del ser humano que habita dentro del envoltorio corporal y que se libera de él una vez finalizada la vida terrenal y regresa a Dios, de donde procede. El libro de la Sabiduría, representante de esta corriente helenística dentro de la Biblia, lo expresa así: