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En "La última semana de Jesús", Javier Alonso repasa minuciosamente y con el máximo rigor histórico a la vista de las últimas novedades deparadas por la investigación histórica y arqueológica todos aquellos hechos que recogen las diversas fuentes que dan cuenta de la Pasión de Cristo,los evangelios, la literatura clásica y judía de la época, y que han acabado integrando uno de los relatos fundamentales para la cultura cristiana y occidental. Al mismo tiempo, intenta iluminar muchos de las zonas que en el mismo quedan en sombra: ¿Cómo era aquel mundo? ¿Qué fue Jesús en realidad? ¿Cómo fue la Última Cena? ¿Cómo el entierro del Mesías? El resultado es un libro imprescindible y lleno de interés para todos aquellos interesados en saber la verdad y la esencia del relato evangélico y de la propia figura del Nazareno, o en profundizar en ellas.
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Seitenzahl: 399
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Javier Alonso López
La última semana de Jesús
Nota previa
Introducción
PRIMERA PARTE: EL MUNDO DE JESÚS
1.Judea en tiempos de Jesús
Alejandro Magno y los reinos helenísticos
Los Asmoneos
Roma
Herodes el Grande
Los hijos de Herodes: el fin de la pax herodiano-romana
Galilea
Judea, provincia romana
Poncio Pilato
La sociedad judía en tiempos de Jesús
2.Jesús de Nazaret, el hombre
Jesús, ¿personaje real o mito?
Datos probables para una biografía de Jesús
3.El escenario, Jerusalén
Los alrededores de Jerusalén
Jerusalén
El monte del Templo
SEGUNDA PARTE: LA ÚLTIMA SEMANA DE JESÚS
4.Seis días de abril
Domingo
Lunes
Martes
Miércoles
Jueves
Viernes
Apéndice: La fecha exacta de la última semana de Jesús
Glosario
Bibliografía
Créditos
A mi hija Carmen, porque la princesa, aunque encerrada en su torre, sigue siendo el personaje más hermoso del cuento.
La presente obra es una revisión de la edición original publicada en 2003. En el proceso ha habido correcciones, puntualizaciones, puestas al día e incluso cambios profundos en algunos puntos concretos para adecuar la obra tanto a las últimas novedades de la investigación como a la propia evolución del pensamiento del autor sobre algunos aspectos determinados de la cuestión.
La narración que se ofrecerá en las siguientes páginas parte de la premisa de que todos los hechos relacionados con la pasión de Jesús de Nazaret, desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección (aunque este libro se detendrá en el viernes), ocurrieron en el transcurso de una semana. Ése es el espíritu del libro, que lo asume desde su propio título y basa su estructura, a partir de este momento, en un relato cronológico que sigue, día a día, las vicisitudes por las que pasó el Nazareno.
Sin embargo, la investigación histórica parece desmentir este hecho basándose, sobre todo, en una circunstancia concreta: el Domingo de Ramos parece preservar el recuerdo de la celebración de una fiesta de Tabernáculos, no de una Pascua, y, por lo tanto, esta escena debió de tener lugar en septiembre-octubre. La propuesta de los historiadores es que los evangelistas comprimieron en una semana unos acontecimientos que, en realidad, se desarrollaron durante al menos varios meses, desde la fiesta de Tabernáculos en otoño hasta la muerte de Jesús, ahora sí, durante la Pascua, en primavera.
Por lo tanto, este libro no hace más que seguir la ficción creada por los evangelistas, pero se obliga a explicar convenientemente cada escena, de manera que desenmascara voluntariamente su propia ficción.
Por último, se ha ampliado la bibliografía para incluir en ella obras más recientes y se han suprimido algunas de las imágenes de la edición original.
Espero que el resultado final satisfaga al lector y le ayude a profundizar en este tema tan apasionante.
Madrid
enero de 2019
En el año 325 d. e. c., Santa Elena, madre del emperador Constantino, emprendió un viaje a Palestina, una de las provincias del gran imperio gobernado por su hijo. Lo que hacía diferente este viaje era que no se trataba únicamente de una visita oficial, sino también de una peregrinación en busca de los Santos Lugares, aquellos puntos de la geografía palestina que habían sido testigos de la vida, predicación y muerte de Jesús de Nazaret. Con una eficacia arqueológica que nos recuerda a la facilidad que tiene el cinematográfico Indiana Jones para encontrar tesoros, y con la ayuda de Macario, obispo de Jerusalén a la sazón, Santa Elena identificó en poco más de un año numerosos escenarios de la vida de Jesús, entre los que destacaban los emplazamientos del portal de Belén y del Santo Sepulcro, además de los lugares donde se habían realizado numerosos milagros mencionados en los evangelios. Sobre estos lugares marcados por la madre de Constantino se comenzaron a construir las iglesias y basílicas que proporcionarían un marco físico a unas historias que, hasta entonces, carecían de él.
No es éste el lugar para cuestionar el acierto de los emplazamientos elegidos por Macario y aceptados por Santa Elena, y nos limitaremos a señalar únicamente que realizó estos descubrimientos siguiendo, además de su inquebrantable fe y su atrevida ignorancia, las indicaciones, en ocasiones muy poco precisas, que le ofrecían los evangelios. Lo que pretendía Santa Elena era completar de algún modo los vacíos que sentía en los relatos del evangelio; quería ver con sus propios ojos los lugares, quería comprender mejor ciertas cosas que resultaban incomprensibles en el texto.
Pero Santa Elena sólo fue una precursora, y desde entonces no ha cesado esta obsesión por completar nuestra información sobre la vida y obra de Jesús de Nazaret. Con el paso de los siglos, esta Jesusmanía ha adquirido formas muy diversas, y, así, hemos sido testigos de la aparición de numerosos libros, de la filmación de decenas de películas, del auge del turismo religioso (para el que, desde estas páginas, sugiero a Santa Elena como patrona fundadora), que ha pasado de ser una experiencia personal a convertirse en un fenómeno de masas, de manera que, si tenemos la fortuna de visitar Israel, en cada esquina podremos toparnos con un grupo de peregrinos, guiados por un religioso, que intenta descubrir en cada piedra, en cada rincón, un resto, por minúsculo que sea, que le ponga en contacto con Jesús, que le acerque un poco más a él.
Lógicamente, todas estas formas de entender y «experimentar» a Jesús de Nazaret se basan, en gran medida, en una misma fuente original: los cuatro evangelios canónicos conservados en el Nuevo Testamento. Poco a poco, una versión conjunta de las narraciones de Mateo, Marcos, Lucas y Juan ha forjado una imagen de Jesús que ha quedado grabada a fuego en las mentes de casi todos los adultos del mundo occidental, sean o no creyentes, sin que, por lo general, seamos capaces de asegurar a ciencia cierta cuál o cuáles de los evangelistas mencionan un dato concreto sobre la vida del Nazareno.
Para ilustrar mejor esta circunstancia, me permitiré proponer al paciente lector una pequeña prueba, rogándole que intente responder a las siguientes cuestiones:
1.Cuando Jesús pregunta a sus discípulos «¿Y vosotros quién decís que soy yo?», y Pedro responde «Tú eres el Mesías», ¿qué evangelio es el único que presenta la respuesta de Jesús «Y yo digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia»?
2.¿Qué dos evangelios son los únicos que comienzan el relato de la vida de Jesús con los hechos relativos a su concepción y nacimiento?
3.¿Cuál es el único evangelio que afirma que la Última Cena no fue una celebración de la Pascua judía?
4.¿Qué evangelista no menciona a los dos bandidos crucificados junto a Jesús, y cuál de ellos cuenta que uno de ellos expresa su deseo de estar junto a Jesús en el Reino de los Cielos?
Si el lector siente curiosidad por conocer el alcance de sus conocimientos, puede consultar las respuestas correctas en la nota al final de esta introducción*.
En cualquier caso, sirvan estos cuatro ejemplos para señalar una deficiencia de los cuatro evangelios. A pesar de contar, en líneas generales, una misma historia, hay una gran cantidad de detalles diferentes entre ellos, lo que nos aleja considerablemente de la posibilidad de saber qué es lo que ocurrió en realidad.
Pero hay otra deficiencia de los evangelios que es aún más profunda, y responde a la propia concepción y propósito de los mismos. Tal y como han llegado hasta nosotros, los cuatro evangelios son unas narraciones escritas en griego, que era la lengua internacional del Imperio Romano oriental, y el público al que van dirigidos no era un público judío, sino gentil. Por eso, en algunos casos, se omitían ciertos detalles propios del contexto judío original que carecían de interés para el lector, mientras que, en otros, se modificaban ciertas informaciones para acomodarlas al entendimiento o sensibilidad de este público. Aunque también podía ocurrir lo contrario. Si el público al que iba dirigido un determinado evangelio era judío, aunque de cultura judía griega, no era necesario explicar ciertas cosas que, por su condición de judío, conocía sobradamente.
Por otro lado, el propósito de los evangelios no es histórico, sino teológico. El mensaje que se pretende transmitir puede resumirse en pocas líneas: Jesús de Nazaret era hijo de Dios, fue crucificado y resucitó al tercer día, y mediante este sacrificio y resurrección había salvado al mundo del pecado. A través del conocimiento de estos hechos, los evangelios ofrecen a todo aquel que quiera creer en Jesús (y no sólo a los judíos) la posibilidad de participar del Reino de Dios.
Quizás, desde el punto de vista teológico, no sea importante la diferenciación entre los hechos históricos y el mensaje teológico, pues el segundo prima de tal manera sobre el primero que parecen olvidarse las más elementales reglas lógicas. Pruebe, si no, el avisado lector a preguntar a un ministro de la Iglesia (no importa la confesión) sobre si lo que le dieron a beber a Jesús en la cruz era vino con mirra (como afirma Marcos) o agua con vinagre (Mateo, Lucas y Juan). La respuesta será, sin lugar a dudas, que se trata de un detalle menor, y que lo que realmente importa es la buena nueva que anuncia el evangelio, a la que no afecta en absoluto que sea Marcos o los otros tres evangelistas quien ofrezca la versión más ajustada desde el punto de vista histórico.
Sin embargo, para el historiador es imprescindible realizar un análisis riguroso de los textos a la hora de intentar conseguir sus objetivos, a saber, deducir en la medida de lo posible cómo ocurrieron realmente los hechos. Sólo así podrá separar el grano de la paja o, lo que es lo mismo, hecho histórico e interpretación teológica (o política).
Llegamos así al propósito de este libro. Lo que se intentará ofrecer en las siguientes páginas es una visión de la última semana de Jesús de Nazaret, desde su entrada triunfal en Jerusalén hasta su muerte en la cruz y posterior entierro. Se utilizará como hilo argumental el propio relato en el orden que proponen los evangelios, pero deteniéndonos en cada episodio para cumplir una múltiple función de explicación, ampliación, elección o modificación de las informaciones que nos ofrezca el texto evangélico. Para una mayor claridad, pondré un breve ejemplo de cada una de estas situaciones.
Gran parte de las disquisiciones de este libro tratarán de explicar hechos, palabras o situaciones que, por una razón u otra, quedan poco claros a veintiún siglos de distancia y para un lector occidental medio. Por ejemplo, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén a lomos de un pollino blanco es un acto con unas connotaciones muy precisas para cualquier judío del siglo primero de nuestra era, pero su significado se escapa, al menos en parte, a la mayoría de nosotros. La cuestión sobre el pago del tributo al emperador o qué era una cena de Pascua podrían ser otros ejemplos de esta función explicativa.
Como hemos comentado, en numerosas ocasiones los evangelistas suprimieron u omitieron información que consideraron irrelevante para los destinatarios de sus textos. Quizás el ejemplo más claro sea el del escenario de los hechos. Poco o nada cuentan los evangelios sobre cómo era realmente Jerusalén en aquellos momentos, la extensión de la ciudad, los principales monumentos, la población, incluso el Templo, mencionado a menudo, pero del que no se nos ofrece descripción alguna. Por eso, una de las labores de ampliación consistirá en devolverle al relato su contexto geográfico original, situando al lector en la Jerusalén de, aproximadamente, el año 30 d. e. c. Sin embargo, esta misma labor se extenderá también a todo el contexto histórico, cultural e institucional que interese al historiador para comprender mejor los últimos días de Jesús de Nazaret.
Las cuestiones de elección se centran en el estudio de los propios textos evangélicos. Como hemos comentado anteriormente, existen numerosas divergencias, y no siempre menores, entre las versiones de los cuatro evangelistas. Y aunque es verdad que, desde el punto de vista teológico, la mayoría de ellas carece de importancia, para el historiador son detalles que pueden resultar de un valor incalculable y que, en cualquier caso, le acercarán un poco más a los hechos tal como ocurrieron. Valgan como ejemplos los casos mencionados anteriormente sobre si Jesús bebió vino con mirra o agua con vinagre, o si la Última Cena fue una celebración pascual o no.
Dentro de este apartado de elección se incluye la supresión, dentro del hilo argumental, de ciertos datos o pasajes que son claramente elaboraciones teológicas de los evangelistas y no pertenecen, por lo tanto, a los acontecimientos históricos estudiados. La mayoría de estos pasajes se pueden identificar porque incluyen referencias ex eventu, es decir, intentan hacer pasar por profecías de Jesús acontecimientos que, en realidad, él no podía prever, y que sólo el evangelista relaciona a posteriori con las palabras y hechos de Jesús. Para mayor claridad, citaré unos pocos ejemplos. El primero de ellos es la parábola de la viña y los renteros homicidas (Mc 12, 1-12), en la que Jesús se presenta a sí mismo como el hijo del dueño de la viña asesinado por los renteros, una clara alusión a su próxima muerte en la cruz. Otro caso similar sería la profecía sobre la destrucción del Templo («¿Ves esos grandes edificios? No quedará ahí piedra sobre piedra que no sea derruida», Mc 13, 2, cf. Lc 19, 44).
Por último, la labor que, posiblemente, resulte más complicada de todas, la modificación de la visión tradicional de algún aspecto del relato o de algún concepto general. En este apartado se concentra la aportación más original del libro, pues pretende ofrecer una visión de conjunto de los hechos acaecidos durante la semana anterior a la muerte de Jesús que esté de acuerdo con los datos disponibles y con el análisis puramente histórico de los mismos. El resultado final será sorprendente para la mayoría, lógico para algunos y, quizás, inaceptable para otros. Sin adentrarme en los detalles, adelantaré que lo que aparecerá ante nuestros ojos será un Jesús con una fuerte carga política antirromana y con un plan bien definido: su ascensión al trono de Israel por medio de una serie de acontecimientos que deberían desencadenarse a partir de su entrada en Jerusalén. Evidentemente, el plan fracasó, y su propósito inicial quedó diluido (aunque todavía podemos rastrear sus restos por todas partes dentro de los textos) por las diferentes modificaciones e interpretaciones teológicas y políticas que realizaron los autores de los relatos evangélicos.
Así pues, podríamos resumir el propósito del libro en una pregunta: el hecho X mencionado en los evangelios, si es que ocurrió, ¿cómo fue en realidad? Para responder a esta pregunta, aplicable a todos los hechos comentados en el libro, utilizaremos tres herramientas fundamentales.
La arqueología nos será de gran ayuda para responder a cuestiones como, por ejemplo, cuáles eran las costumbres funerarias de los judíos en esta época concreta, y poder saber así cómo debió de ser el entierro de Jesús; o, gracias al descubrimiento de los restos de un hombre crucificado en Giv’at ha-Mitvar, cómo era exactamente una crucifixión, bastante diferente, por cierto, de la imagen clásica que nos hemos formado a través de las pinturas renacentistas y barrocas. Los datos arqueológicos nos proporcionarán también información acerca de los escenarios en los que tienen lugar los acontecimientos narrados, así como sobre objetos y costumbres concretos de la época.
El segundo gran pilar sobre el que se construirá este libro serán los textos, en su mayoría judíos, que ampliarán hasta límites insospechados la riqueza de detalles sobre el mundo de Jesús y sobre algunas circunstancias concretas de sus últimos días de vida. Destaca, en primer lugar, el Antiguo Testamento, fuente inagotable de citas y alusiones durante toda la vida de Jesús, y al que se debe recurrir también para interpretar algunos de sus actos. Por otro lado, no hay que olvidar toda la literatura judía disponible gracias a los descubrimientos de la biblioteca esenia de Qumrán, conocidos más familiarmente como Manuscritos del mar Muerto, así como a los textos legales y religiosos judíos de esta época y siglos posteriores, que aclararán numerosos detalles del comportamiento de los personajes de la historia.
Estos dos pilares, la arqueología y los textos, no serían de gran ayuda sin el estudio e interpretación de los mismos que se ha llevado a cabo desde el mundo académico. Se trata de una labor minuciosa, sin la menor garantía de éxito y, en muchos casos, ingrata. Sin embargo, a lo largo de los años, y gracias al esfuerzo de muchos estudiosos, se van obteniendo pequeñas piezas del gran puzle que entre todos intentamos reconstruir. Es muy posible (de hecho, algunos afirman su absoluto convencimiento) que jamás lleguemos a tener la imagen completa, pero cada nueva pieza nos acercará un poco más al objetivo final.
El libro que tiene entre las manos es una obra de divulgación, con las ventajas e inconvenientes que éstas conllevan. El autor transmitirá al lector los resultados de las investigaciones de otras personas, cribando, racionalizando y haciendo comprensible una información que no suele estar al alcance del lector medio, que, de esta forma, se evitará leer una ingente cantidad de libros y artículos en varios idiomas, plagados de notas y, en algunos casos, redactados, además, en un estilo tan preciso y técnico como aburrido. Pero esta aparente ventaja se tornará también en desventaja, pues se evitará, a su vez, llenar esta obra de referencias y notas, por lo que aquel que desee ahondar en algún tema en concreto deberá recurrir a la bibliografía que se ofrece al final del volumen y volver a andar todo el camino recorrido por el autor.
Para terminar, quiero expresar mi gratitud a aquellos maestros que, con paciencia infinita y dedicación ejemplar, me iniciaron en el estudio del mundo bíblico. A todos los profesores del Departamento de Estudios Hebreos y Arameos de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, y en especial a la profesora María Ángeles Navarro, que, igual que a un párvulo, me enseñó mis primeras letras en hebreo; al profesor Antonio Piñero, que me dedicó parte de su valioso tiempo para introducirme por la mejor puerta posible en los estudios del Nuevo Testamento; a la profesora Pilar González Serrano, que, además de Arqueología, me ha enseñado Amistad y Humanidad, y al profesor Federico Lara Peinado, que fue el primero en animarme a escribir y que, después de dos libros ya publicados, me sigue animando. Vaya para todos ellos mi mejor recuerdo y el deseo de que se sientan orgullosos de aquel que ha sido, y será, su alumno.
Todo mi agradecimiento también para Eugenio Gómez Segura, gran amigo mío desde hace muchos años, y que me ha ayudado más de lo que se puede imaginar leyendo todo el texto y formulando numerosas sugerencias que lo han mejorado sensiblemente. Te debo una cena. Gracias también a mi editor y (como él mismo gusta decir), sin embargo, amigo, Juan Diego Pérez, por su fe casi sobrenatural en mí y por la paciencia que ha demostrado en algunas ocasiones. No quiero olvidarme de su principal colaboradora, Ana Belén Fletes, siempre atenta, siempre alegre, siempre eficaz; ni de la maquetadora de este libro, Mila Recio, porque un libro queda bien cuando todos los que participan en su realización hacen correctamente su trabajo. Una parte del mismo también es vuestra.
La Adrada, Ávila
agosto de 2003
* Respuestas a las preguntas: 1. Mateo. 2. Mateo y Lucas. 3. Juan. 4. Juan omite el episodio, y Lucas es el único que hace referencia a un «buen ladrón».
Tal como ocurre con cualquier otro personaje histórico, Jesús de Nazaret es hijo del tiempo que le toca vivir, de manera que su vida y su obra sólo serán plenamente comprendidas si conocemos el contexto histórico en que se desarrollaron ambas. Por tanto, se hace necesario ofrecer un cuadro riguroso y veraz de la situación de Judea en el siglo primero de nuestra era. En él prestaremos especial atención a los tres elementos que constituyen la esencia política y social del mundo en el que vivió el Nazareno: la cultura helenística que impregnó todas las esferas sociales del Mediterráneo oriental desde el siglo IV a. e. c., la dominación de Roma, superpotencia política y militar de la época, y, por último, la cultura judía de la región, con sus diferentes corrientes de pensamiento religioso y político, que, en ocasiones, llegaron a adoptar posturas absolutamente enfrentadas. A partir de estos tres elementos surgen diversos tipos de personas (judíos helenizados, judíos prorromanos, judíos opuestos a cualquier influencia externa, romanos tolerantes, romanos opresores, etc.), unas personas que, al fin y al cabo, son las que escriben la historia con sus pensamientos, actitudes y hechos.
Para lograr la mejor perspectiva posible de la situación, nos remontaremos hasta el 323 a. e. c., año de la muerte de Alejandro Magno. Sólo así llegaremos a conclusiones que nos permitan reconstruir con rigor un período histórico oculto durante veinte siglos: la última y decisiva semana de la vida de Jesús.
Todo ocurrió tan deprisa que casi no pareció real. Partiendo desde el lejano reino de Macedonia, en Grecia, Alejandro barrió literalmente a las tropas persas en tantas ocasiones como osaron enfrentarse a él y, en cuestión de pocos años, conquistó, Judea incluida, todo el gran imperio asiático del Rey de Reyes. Sin embargo, una vez que hubo vencido, Alejandro no impuso la cultura griega a los numerosos pueblos conquistados. En contra de lo que era, y es, opinión generalizada entre los vencedores de cualquier conflicto, Alejandro no pensaba que su superioridad militar implicase una superioridad cultural y ética sobre el enemigo derrotado. Convencido de que debía ser rey de todos sus súbditos por igual, y no un conquistador macedonio que administraba unos territorios bárbaros sin preocuparse realmente de su bienestar, Alejandro pretendió «unir» a sus dos pueblos en uno solo, empleando para ello todas las armas que tuvo a su alcance. La idea de casarse él mismo, y obligar a sus generales a contraer matrimonio con mujeres persas, puede no ser más que una anécdota, pero refleja el auténtico espíritu de la concepción que tenía Alejandro de su reino. Los hijos de estos matrimonios no serían ni griegos ni orientales, sino un «híbrido» que tomaría lo mejor de cada progenitor para crear un nuevo mundo y una nueva cultura. Esta fusión del mundo griego con las diferentes culturas orientales se denomina helenismo, y será un elemento fundamental en cualquier consideración histórica sobre el Próximo Oriente desde este momento hasta una época tan tardía como la conquista árabe del siglo VII d. e. c. El helenismo impregnó todos los aspectos de la vida de los pueblos orientales, desde la utilización del griego como lingua franca para comunicarse entre ellos hasta la creación de divinidades mixtas y, por tanto, susceptibles de ser adoradas tanto por los griegos como por los orientales. Por citar tan sólo uno de los casos más conocidos, recordemos a Serapis, un dios cuyo nombre era una fusión de las divinidades egipcias Osiris y Apis, pero que, en su forma final, añadió rasgos de los dioses griegos Zeus, Helios, Dionisos, Hades y Asclepio.
Tras la repentina e inesperada muerte (quizás un asesinato) de Alejandro, sus generales y compañeros, entre los que se contaban Ptolomeo, Seleuco, Antípatro, Pérdicas y otros, se despojaron inmediatamente de toda la dignidad que se les suponía por sus cargos y hazañas, y se apresuraron a repartirse el gran imperio conquistado por su señor con unos modales que recordarían en algunos casos a los gángsters de los años veinte. En esta feroz carrera por lograr el máximo poder y la mejor porción de territorio se sucedieron episodios vergonzantes, como el asesinato de Alejandro y Cleopatra, hijo y hermana del propio Alejandro, o el asalto por parte de Ptolomeo de la comitiva funeraria de Alejandro y el consiguiente secuestro de su cadáver, que acabó en Egipto para ser utilizado como legitimación del nuevo gobierno sobre el país del Nilo.
Judea, donde trescientos años después nacería Jesús de Nazaret, entró también en el lote que le correspondió a Ptolomeo y pasó a formar parte del reino de Egipto. Los años de gobierno de la dinastía fundada por este primer Ptolomeo fueron, para los judíos, una época de tranquilidad similar a la que habían vivido bajo el Imperio Persa. Sin embargo, en 200 a. e. c., siendo rey Ptolomeo V, Palestina cayó, como consecuencia de las interminables guerras entre los diferentes reinos helenísticos herederos del imperio de Alejandro, en manos de Antíoco III, gobernante del Imperio Seléucida, que se extendía desde el Egeo hasta el Indo, al modo de un nuevo Imperio Persa.
Aunque en un primer momento Antíoco III trató bien a los judíos por haberle apoyado en sus luchas contra los Ptolomeos, el dominio seléucida en Palestina acabó convirtiéndose en una pesadilla, que duraría, con diferentes rostros y matices, siglo y medio. Tras el benéfico reinado de Antíoco III, su hijo Antíoco IV Epífanes comenzó una campaña de acoso y derribo contra el pueblo judío. Los judíos de Palestina, que habían forjado su propia identidad y supervivencia oponiendo siempre sus rasgos esenciales a los de los sucesivos pueblos que los habían dominado (egipcios, asirios, babilonios, persas, y ahora griegos), se distinguían entre los demás pueblos por adorar a un único dios, Yahvé, y por su obstinada negativa a reconocer y, mucho menos, a venerar a cualquier otro dios que no fuese el suyo. Junto a este hecho, su legislación religiosa les imponía una serie de obligaciones y restricciones, entre las más conocidas la obligación de circuncidar a los niños varones y la prohibición de comer cerdo, lo que fomentaba el recelo de sus vecinos y les impedía compartir con otros pueblos el espacio de convivencia creado por el mundo helenístico.
El libro bíblico de los Macabeos cuenta cómo Antíoco IV decidió que todos los súbditos de su enorme imperio gozasen de los mismos privilegios, pero también que abandonasen sus creencias religiosas particulares para abrazar la religión griega oficial del Imperio. Antíoco no era Alejandro, y no supo ver la diferencia entre ofrecer un marco de convivencia común basado en la aceptación de unos acuerdos mínimos y la imposición de unas creencias y normas por la fuerza. A pesar de que algunos judíos se adhirieron a sus reformas, renunciando así a sus propias tradiciones, Judea se convirtió en un polvorín. La prohibición de la religión judía, las prácticas idólatras que proliferaban en la tierra de Yahvé y, por último, la profanación del Templo de Jerusalén fueron los detonantes de una gran revuelta popular.
Una familia judía de origen sacerdotal, la macabea, se encargó de dirigir la resistencia contra los seléucidas. La chispa que prendió la llama fue una visita de las tropas seléucidas a la ciudad de Modín, hogar de los Macabeos, con la intención de hacer cumplir las normas dictadas por el rey. Estando allí los soldados, un hombre llamado Matatías vio cómo un judío se acercaba a un altar para hacer un sacrificio idolátrico, tal y como había ordenado el rey Antíoco. En ese momento, Matatías se sintió invadido por el «celo de Yahvé» y, abalanzándose sobre él, lo degolló sobre el propio altar.
Este concepto de «celo» (de la palabra griega zelos, «celo, amor ferviente, obsesión») será muy importante en las luchas de liberación de los judíos que tendrán lugar en los siglos siguientes. El celo se consideraba una de las virtudes del fiel israelita, y se basaba en prototipos del Antiguo Testamento como Pinjas (muerte de Zimrí, Núm 25, 6-13) y Elías (desafío y ejecución de los profetas de Baal, 2 Re 18). Tal «virtud» justificaba el homicidio en nombre del cumplimiento de la Ley de Dios, transformando así cualquier conflicto en una guerra santa, y se convirtió a la postre en la base ideológica de los grupos revolucionarios judíos que se enfrentaron al poder romano en tiempos de Jesús, hasta el punto de que los más violentos de entre éstos, los llamados zelotas (del griego zelotes, «celoso, devoto, obsesionado, zelota»), consideraban a Pinjas como su fundador (véase más adelante La sociedad judía en tiempos de Jesús).
Primero Matatías y, más tarde, sus cinco hijos, Juan, Judas, Eleazar, Jonatán y Simón, convirtieron este episodio de celo religioso en el punto de partida de una guerra de liberación nacional. Los primeros éxitos militares tuvieron lugar bajo el liderazgo de Judas Macabeo (165-160 a. e. c.), quien, tras derrotar en varias batallas a los ejércitos griegos, consiguió tomar Jerusalén y restablecer el culto judío en el Templo de Yahvé en diciembre del 164 a. e. c. A Judas le sucedió Jonatán, que aprovechó la debilidad del Imperio Seléucida, inmerso en luchas intestinas, para convertirse en sumo sacerdote (y, por tanto, en representante oficial del pueblo judío). Además, extendió sus conquistas más allá de Judea, inaugurando un proceso de expansión a costa de los pueblos vecinos. En 140 a. e. c., Simón aceptó la dignidad hereditaria de príncipe, caudillo y sumo sacerdote, con lo que quedaban unidos en una sola mano los poderes religioso y político, y el territorio se transformó en un reino teocrático hereditario.
Con el tiempo, esta familia no sólo conservó el título de sumo sacerdote, sino que acabó ostentando también el de rey. Los Macabeos, llamados también Asmoneos por el nombre de uno de sus antepasados, gobernaron el país durante más de un siglo de independencia, en el que extendieron las fronteras de su reino. Por el norte de Judea se hicieron con el dominio de Samaria y Galilea, mientras que por el sur hicieron lo propio con Idumea y Perea, obligando a esos pueblos a adoptar la religión judía. Se trata de una circunstancia interesante porque, como veremos, en tiempos de Jesús se seguía mirando con recelo tanto a los samaritanos como a los galileos, pues los judíos de pura cepa consideraban que estos conversos de nuevo cuño tenían interpretaciones aberrantes de la religión yahvista.
Por otra parte, este nuevo orden político, religioso y social, que había surgido como feroz respuesta a la cultura griega, derivó, con los años, hacia ese mismo helenismo que había combatido. El reino de Judea, como cualquier otro de la época en el Mediterráneo oriental, acabó gobernado por un monarca de cultura helenística, contaba con una administración en lengua griega, y con un sustrato de población helenística que impuso su forma de vida al conjunto de la sociedad, en especial en los grandes centros urbanos. Y así, incluso los reyes asmoneos, antaño defensores del más rígido judaísmo, cayeron en brazos del hechizo helenístico, y adoptaron modales e incluso nombres griegos, tales como Alejandro Janeo o Aristóbulo.
En este difícil equilibrio entre helenismo y judaísmo se introduciría, a partir del gobierno de Simón Macabeo (142-134 a. e. c.), un tercer elemento, el poder de Roma, pues, para contrarrestar la continua amenaza seléucida, los reyes asmoneos recurrieron a una maniobra tan eficaz como peligrosa, buscando el apoyo de la nueva potencia emergente en el Mediterráneo occidental. Mediante pactos con Roma, Judea consiguió mantener su independencia, pero dio pie a que la República se inmiscuyera en la política de la región.
En efecto, tras haber aplastado sin piedad a Cartago en la Segunda Guerra Púnica, Roma era la dueña indiscutible de la mitad occidental del Mediterráneo, y había comenzado a poner sus ojos en objetivos más lejanos. En 168 a. e. c. tuvo un primer encontronazo diplomático con el monarca seléucida Antíoco IV con ocasión del asedio de la ciudad egipcia de Alejandría: mientras Antíoco inspeccionaba las maniobras de asedio de la ciudad, se le aproximó el legado romano Pomponio Lenas, que se presentó para hablar en favor de sus aliados egipcios, y le ordenó que levantara inmediatamente el cerco de Alejandría. Antíoco le respondió de forma desdeñosa con un cortante «ya me lo pensaré». Pomponio Lenas tomó entonces un pequeño palo y trazó con él un círculo alrededor de Antíoco. «Piénsalo antes de salir del círculo», le contestó. La intimidación surtió efecto, y Antíoco, recordando quizás la suerte que había corrido Cartago, decidió que no merecía la pena comprobar si se trataba de un farol o de una amenaza bien fundada.
Judea, igual que había hecho el Egipto ptolemaico en aquella ocasión, recurrió a Roma, y ésta no defraudó las esperanzas puestas en ella. Bajo el manto protector de Roma, pero a cambio de concederle un peso cada vez mayor en la vida política de la región, los territorios gobernados por los Macabeos vivieron en una relativa tranquilidad desde la muerte de Simón, el último hijo de Matatías (134 a. e. c.), hasta el final del reinado de Alejandra Salomé (67 a. e. c.). Esta reina, esposa de Alejandro Janeo, el monarca anterior, gobernó unos años en solitario tras la muerte de su marido. Fue una época de paz y tranquilidad, basada en el apoyo que la reina obtuvo de los fariseos, la corriente de pensamiento dominante dentro de la religión judía (véase La sociedad judía en tiempos de Jesús).
La reina Alejandra Salomé tenía dos hijos. El mayor era Hircano, un hombre afable y con buenos sentimientos. El menor era Aristóbulo, un joven impetuoso y violento que había heredado todos los excesos que habían caracterizado a su padre. Consciente del peligro que para la estabilidad del reino supondría el gobierno del irascible Aristóbulo, Salomé dejó el sumo sacerdocio y el trono a Hircano, favorito también de los fariseos.
Aristóbulo no se resignó a su destino y, para arrebatar el poder a su hermano, buscó el apoyo de los saduceos, partido de la casta sacerdotal más tolerante con las influencias helenísticas dentro de la vida del pueblo judío (véase La sociedad judía en tiempos de Jesús). Los dos hermanos reunieron sendos ejércitos y lucharon durante varios años sin resultados definitivos. Finalmente, Hircano consiguió, con la ayuda de sus aliados nabateos (pueblo de origen nómada que vivía en el territorio de la actual Jordania y tenía su capital en la mítica ciudad de Petra), cercar a Aristóbulo en Jerusalén, pero en ese momento la historia de Judea dio un giro que marcaría su destino en los siglos siguientes.
En efecto, tras muchos años de injerencia en la política de los reinos mediterráneos orientales, Roma había decidido acabar con la caótica situación que reinaba en Siria y asegurar las fronteras romanas contra el único enemigo realmente preocupante de Oriente, los partos, un gran reino de raza irania heredero del antiguo Imperio Persa. Pompeyo el Grande, que había creado una nueva provincia romana en Siria, se dispuso a intervenir en el conflicto entre los dos hermanos asmoneos. Lo que diferenciaba esta situación de otras anteriores es que ahora los romanos ya no ejercían su poder a distancia, utilizando como principales armas la diplomacia y la intimidación, sino que, por primera vez, Roma tenía sus legiones a tiro de piedra de Judea. Pompeyo se dispuso a aprovechar la ocasión y envió a un emisario a Jerusalén que obligó a Hircano y los nabateos a levantar el cerco de la ciudad, tras lo cual el rey nabateo Aretas volvió a su reino convencido de que lo mejor era no enfurecer al poderoso romano.
Una vez que quedó claro quién era el más fuerte, ambos hermanos enviaron embajadas a Pompeyo para solicitar su apoyo. Al final Hircano, con la ayuda de su primer ministro Antípater, padre del futuro rey Herodes, consiguió atraer para su causa a Pompeyo. La batalla final se libró en Jerusalén, pero esta vez, en lugar de tropas nabateas, Hircano contó con la ayuda del ejército de Pompeyo. Después de tres meses de asedio, las legiones romanas irrumpieron en la ciudad, masacraron a miles de judíos y profanaron el Templo de Yahvé. El propio Pompeyo entró en el Templo, adentrándose incluso hasta el Sancta Sanctórum, un lugar al que sólo el sumo sacerdote tenía permitido entrar. Era el año 63 a. e. c., y a partir de aquel momento el recuerdo de la terrible profanación y el odio al romano permanecerían fijados para siempre en la conciencia del pueblo judío.
Pompeyo permitió que Hircano gobernase sobre un territorio bastante reducido respecto al antiguo reino asmoneo, pues separó de él todas las regiones con mayoría de población griega. Aunque Hircano conservó el título de sumo sacerdote, perdió el de rey para convertirse en etnarca (= gobernador, prefecto). Los romanos, por su parte, ya nunca serían a los ojos del pueblo judío unos aliados salvadores, sino el peor enemigo al que se había enfrentado jamás. Pompeyo había llegado aún más lejos que Antíoco IV y, si la afrenta sufrida a manos de este último fue el inicio de la independencia de Judea, la llegada del primero supuso el final de aquel sueño de libertad.
Hircano gobernó veintitrés años apoyándose en su nuevo «aliado» romano y en la eficacia de Antípater y su hijo Herodes, que se convirtieron en los auténticos gobernantes del territorio. Durante estos años, Roma sufrió una serie de convulsiones que la transformaron profundamente. El Primer Triunvirato (60 a. e. c.), la conquista de la Galia por parte de César (51 a. e. c.), la Guerra Civil (49-46 a. e. c.) y la muerte de Pompeyo (48 a. e. c.), el asesinato de César (44 a. e. c.) y el Segundo Triunvirato (43 a. e. c.) fueron acontecimientos que influyeron de una manera u otra en la política de Judea, pues sus dirigentes se vieron obligados, una y otra vez, a tomar partido en las luchas intestinas de los romanos. Era un terreno en el que Herodes heredó la habilidad de su padre para escoger el bando correcto, o bien para cambiar de postura con la mayor naturalidad y sin ofender a ninguna de las partes enfrentadas en las guerras civiles de Roma.
Sin embargo, Hircano siguió viendo amenazado su trono, pues, aunque su hermano Aristóbulo había acabado envenenado por los agentes de Pompeyo, sus hijos continuaron la lucha en nombre de su padre. En el año 40 a. e. c., los partos, aliados de Antígono, uno de los hijos de Aristóbulo, invadieron Judea e hicieron prisionero a Hircano. Antígono respetó la vida de su tío, pero, no pudiendo reprimir la vena sádica que había caracterizado a su padre y su abuelo, arrancó personalmente las orejas de Hircano a mordiscos. De esta forma, el lisiado Hircano, al quedar físicamente impuro según la Ley judía, no podría seguir siendo sumo sacerdote.
Tras la inhabilitación de Hircano y los asesinatos de Aristóbulo y Antípater (envenenado en una oscura conjura palaciega), sólo quedaron dos posibles candidatos para asumir el control de Judea: Antígono y Herodes, preferido por Roma y que además se había casado con Mariamne, nieta de Hircano, un matrimonio que le ligaba a la estirpe asmonea y le procuraba la legitimidad dinástica necesaria para aspirar al trono.
Herodes se adelantó a Antígono a la hora de atraerse el favor de Roma, donde, tras la muerte de César, los nuevos hombres fuertes eran Marco Antonio y Augusto, sobrino de César. Marco Antonio tenía tres motivos para apoyar a Herodes: en primer lugar, se trataba de una apuesta personal; en segundo, Antígono era amigo de los partos y, por tanto, enemigo de Roma, y, tercero, Herodes le hizo una suculenta oferta económica en caso de que le ayudara a conseguir el trono de Judea. Marco Antonio, en un momento en el que todavía mantenía buenas relaciones con Augusto y tenía a su cargo la parte oriental del Imperio, convenció a Augusto de que Herodes era el candidato ideal para actuar como aliado de Roma en Judea.
El Senado de Roma, tras escuchar las poderosas razones que movían a Marco Antonio a proponer la alianza con Herodes (aunque debemos suponer que nada dijo del dinero prometido), accedió a su petición y nombró a Herodes rex socius de Judea (el título de rex socius designaba oficialmente a un aliado, pero en realidad se trataba sencillamente de un cliente de Roma). Al finalizar la sesión del Senado, Herodes, escoltado por Marco Antonio y Augusto, depositó en el templo de Júpiter Capitolino el decreto que le convertía en rey, y realizó un sacrificio al dios supremo de los romanos. Ya era rey de Judea, pero había dos inconvenientes: sabía que debía su trono a los romanos, lo que le ponía en una situación comprometida respecto a su pueblo, pues se veía obligado a realizar actos que eran abominables para los judíos, como el sacrificio ofrecido a Júpiter; por otro lado, y no menos importante, Roma le había nombrado rey, pero tenía que conquistar su reino en un momento en el que los romanos no le podían ofrecer demasiada ayuda, pues tenían sus tropas ocupadas en la guerra contra los partos. De hecho, Herodes tardó casi tres años en derrotar a las fuerzas de Antígono. Sólo a finales del verano del año 37 a. e. c. las tropas de Herodes entraron en Jerusalén. Antígono fue hecho prisionero por los romanos y conducido a Siria para que fuese juzgado por Marco Antonio, pero Herodes, temiendo que los acontecimientos diesen otro giro inesperado, consiguió, previo pago de un suculento soborno, que su rival fuese asesinado. Terminaba así la conquista de Judea por parte de Herodes y comenzaba su largo reinado, una época de paz forzosa que permitió a Judea alcanzar una prosperidad que jamás había conocido y que marcaría profundamente toda su historia durante el siguiente siglo.
Herodes es, sin duda, un personaje ambiguo, despreciado u odiado por casi todos, pero al que todos reconocieron sus indudables virtudes. Hijo de un idumeo y una nabatea, consiguió el trono de Judea, como hemos visto, gracias al apoyo de Roma, y se enfrentó a la difícil tarea de gobernar a un pueblo que hacía de su separación del resto de las naciones su principal razón de ser. Y Herodes, por increíble que parezca, consiguió mantener un equilibrio entre su cultura helenística, su deuda de gratitud y fidelidad hacia los romanos y sus obligaciones respecto a sus súbditos. Dando muestras de una inteligencia privilegiada, la política de Herodes el Grande logró mantenerse siempre en una posición intermedia que, si bien no satisfacía plenamente a nadie, dejaba suficientemente contentos a todos.
Herodes sabía que para los judíos era un extranjero que había usurpado el trono a Antígono, que, aunque cruel y probablemente incapaz, era el único descendiente de los gloriosos Macabeos. Por ello, no se conformó con el matrimonio con la princesa asmonea Mariamne, descendiente de Hircano, pues aunque esta unión le proporcionaba cierta legitimidad dinástica, no cambiaría la opinión que el pueblo tenía de él. Y así, decidió hacerle al pueblo el mayor regalo que jamás un rey de Israel había hecho a la nación.
Según la mitología nacional judía, allá por el siglo X a. e. c., el mítico rey Salomón había construido un gran templo dedicado a Yahvé en la cima del monte Moria, en Jerusalén. Aquel templo, gloria de la nación israelita y maravilla y envidia de los pueblos vecinos, había sido destruido en 586 a. e. c. por las tropas de Nabucodonosor, que, además, se llevó cautiva a Babilonia a la elite intelectual del país. Pocos años después, el persa Ciro el Grande conquistó todo el Imperio Babilonio y permitió a los judíos que regresasen a sus hogares y reconstruyesen sus lugares de culto. Tras la vuelta de los judíos del destierro de Babilonia, a mediados del siglo V a. e. c., se reconstruyó el santuario de Yahvé en Jerusalén, aunque con unos medios y unas dimensiones mucho más modestos de los que supuestamente había tenido el primer templo. Desde entonces, ni los persas primero, ni los imperios helenísticos ni la dinastía asmonea más tarde, habían podido o querido reparar esta situación. Fue Herodes quien llevó a cabo unas enormes y costosas obras que convirtieron todo el monte Moria en un gran complejo cultual dedicado a Yahvé de claro corte helenístico, pero que respetaba escrupulosamente todas las prescripciones cultuales judías. Tan sólo se permitió el lujo de hacer colocar una imagen de un águila de oro sobre la puerta del santuario, un gesto que horrorizó a los judíos más ortodoxos, contrarios a cualquier representación humana o animal. Y así, un extranjero dio a los judíos lo que ningún rey judío de la casa asmonea les había dado: un templo del que sentirse orgullosos (a pesar del águila).
El reino de Herodes el Grande, en su forma final del año 4 a. e. c., tras las sucesivas anexiones que tuvieron lugar durante su reinado.
Pero, aunque en este caso Herodes se comportó como un rey judío, en otras situaciones fue un fiel aliado de Roma y un hombre de su tiempo. Amigo de sus amigos y hombre profundamente agradecido, muchas de sus edificaciones fueron bautizadas con los nombres de sus aliados romanos. En la propia Jerusalén, la fortaleza que vigilaba la gran explanada del Templo de Yahvé recibió el nombre de Antonia en honor de Marco Antonio, y las dos alas de su palacio fueron bautizadas como Sebaste (versión griega del nombre de Augusto, emperador de Roma en solitario tras derrotar a Marco Antonio) y Agripa (yerno de Augusto y uno de sus principales ayudantes en las tareas de gobierno), y otro tanto ocurrió con la antigua Samaria, refundada entonces también como Sebaste. En la costa mediterránea de su reino construyó además la ciudad de Cesarea Marítima, una urbe típicamente romana que estaba llamada a ser la ventana de su reino al mundo grecorromano. La ciudad se encontraba en una parte del reino cuya población era mayoritariamente gentil, por lo que Herodes dio rienda suelta a sus impulsos más clásicos. Cesarea contaba con un gran puerto construido según los más recientes cánones arquitectónicos romanos, teatro, anfiteatro, estadio, termas, foro, alcantarillado y un gran templo dedicado a Augusto, que contenía las estatuas del emperador y Roma.
Por último, hay que destacar la educación puramente helenística de Herodes, que se reflejó en muchos de sus actos, en ocasiones sorprendentes en una persona con fama de cruel. Por una parte, igual que dio el nombre de sus amos romanos a algunas de sus construcciones, reservó otras para sus familiares y para sí mismo, aunque en este caso el motivo no era la adulación, sino el deseo de pervivencia del recuerdo, esa «vida de la fama» típica del espíritu griego y que volvemos a encontrarnos muchos siglos después en el Renacimiento. Su padre Antípater, sus hermanos Hipico y Fasael y su esposa Mariamne dieron nombre a diferentes construcciones, mientras que su propia tumba recibió el nombre de Herodión.
Por otro lado, Herodes se distinguió por su preocupación por el bienestar de su pueblo en momentos de escasez o catástrofes. Por ejemplo, en su decimotercer año de reinado (25 a. e. c.), todo el reino sufrió una gran sequía, a la que siguieron las inevitables hambruna y peste. La situación en Judea era crítica, porque a la falta de víveres se unían las dificultades económicas del propio rey, que había derrochado los fondos del Estado en su gigantesco programa constructivo. La población estaba descontenta, y Herodes no tenía nuevos ingresos, pues debido a la pobreza generalizada no podía recaudar impuestos; además, las regiones vecinas se encontraban en una situación similar, por lo que tampoco podían ayudarle. En esta situación desesperada, Herodes hizo algo que, a pesar de su sencillez, no deja de sorprender. Reunió todos los objetos de oro y plata del palacio real, sin exceptuar siquiera los más valiosos, y los envió a Egipto para comprar trigo y lana con los que la población pudiese comer y fabricarse prendas de abrigo. La generosidad de Herodes se extendió a otras naciones, y no sólo en aquella ocasión, cuando muchas ciudades de Siria recibieron víveres comprados por el rey de Judea, sino también en otros momentos de su largo reinado en los que gastó grandes cantidades de dinero en embellecer ciertas ciudades del Mediterráneo oriental que no pertenecían a su reino: Rodas, Trípoli, Damasco, Beirut y Tiro entre otras deben a Herodes parte de su grandeza durante el siglo I a. e. c.
