Cómo romper un corazón - Un engaño delicioso - Aimee Carson - E-Book

Cómo romper un corazón - Un engaño delicioso E-Book

Aimee Carson

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Beschreibung

Cómo romper un corazón Valía la pena arriesgarse por un buen titular… Hunter Philips, el rompecorazones de Miami, puso en marcha el olfato periodístico de Carly Wolfe. ¿Qué clase de individuo sin corazón era capaz de inventar algo como El Desintegrador, una aplicación para romper relaciones? Pero, cuando lo retó a un duelo en televisión, no supuso que el azul helado de su mirada y su carisma arrebatador acelerarían de aquella forma su corazón... Después de que un escándalo profesional le hiciera perder su trabajo, Carly se había olvidado del amor. Una relación con Hunter podía llevarle a romper su regla de oro de no implicarse emocionalmente, pero ¿no eran, al fin y al cabo, gajes del oficio? Un engaño delicioso Estar tan cerca de él era un tormento que apenas podía soportar... Rayne Hardwicke tenía una vieja cuenta que saldar con Kingsley Clayborne, el playboy arrogante y despiadado que había construido un negocio multimillonario a costa de su padre. Quería justicia… pero una parte de ella también quería algo más… Siete años antes, cuando solo era una adolescente, lo había amado en silencio. Y aún seguía adorándolo. Si sucumbía a sus impulsos, se delataría sin remedio, pero si no lo hacía corría el riesgo de perder la razón.

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Seitenzahl: 391

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

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www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 509 - diciembre 2025

© 2012 Aimee Carson

Cómo romper un corazón

Título original: Dare She Kiss and Tell?

© 2012 Elizabeth Power

Un engaño delicioso

Título original: A Delicious Deception

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2013

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA). HarperCollins Ibérica S. A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 979-13-7000-836-9

Índice

 

 

 

Créditos

Cómo romper un corazón

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Un nuevo compromiso

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Hunter contempló en el monitor a la mujer que estaba a punto de salir a antena. Estaba en una sala contigua al plató del canal WTDU de televisión de Miami. Carly Wolfe sonrió al presentador y al público. Era más bella de lo que se había imaginado. Tenía una melena castaña que le caía por los hombros y unas piernas maravillosas que mantenía cruzadas de forma muy elegante a la vez que sexy. Llevaba un vestido de piel de leopardo bastante corto y atrevido y unos zapatos de aguja a juego. Un look muy indicado para aquel programa de medianoche y aún más para seducir y despertar la libido de todos los hombres que la contemplaban sin pestañear.

El presentador, Brian O’Connor, un hombre rubio, bastante atractivo, se recostó en su silla, tras la mesa de caoba, y fijó la mirada en el sofá de invitados en el que Carly Wolfe estaba sentada.

–He seguido con gran interés todos los comentarios que han ido saliendo en su blog y he disfrutado mucho con sus audaces e ingeniosos intentos para tratar de provocar una reacción en Hunter Philips, antes de publicar su historia en el Miami Insider. Pero, tal vez, un hombre como él, propietario de una empresa consultora de seguridad informática tan importante, no disponga de mucho tiempo para la prensa.

–Sí, es posible. Me dijeron que es un hombre muy ocupado –replicó ella con una cálida sonrisa.

–¿Cuántas veces ha intentado ponerse en contacto con él?

–He llamado a su secretaria seis veces –dijo ella, agarrándose la rodilla con las manos en un gesto lleno de coquetería–. Siete, si contamos la vez que llamé para contratar los servicios de seguridad de su empresa para mi red social.

Se escucharon algunas risas del público del plató. El presentador sonrió también levemente. Hunter, por el contrario, sin apartar la vista del monitor, esbozó un gesto de contrariedad. Carly Wolfe, con su espontaneidad y simpatía, había conseguido meterse al público en el bolsillo.

–No me atrevería a asegurarlo –dijo Brian O’Connor, haciendo gala del sarcasmo que le había hecho tan popular en la pequeña pantalla–, pero me imagino que la empresa de Hunter Philips tendrá asuntos más importantes que el de ocuparse de la seguridad de su humilde red social.

–Esa es la impresión que saqué de su secretaria –respondió ella con un guiño divertido.

Hunter miró a Carly: sus cautivadores ojos de color ámbar, su piel tersa de porcelana, su cuerpo tentador... Había aprendido a controlar sus impulsos y a no dejarse llevar por la atracción física de una mujer, pero viéndola ahora en el monitor, comprendía que sus sex-appeal y su sentido del humor componían una mezcla explosiva e irresistible.

Sintió deseos de marcharse pero permaneció inmóvil, sin poder apartar la vista del monitor.

Años atrás, se había sometido a un entrenamiento muy estricto para aprender a controlar sus emociones y dominar cualquier situación por peligrosa que fuera. ¿Pero estaba preparado para hacer frente al peligro que suponía una periodista tan atractiva como aquella mujer?

No pudo evitar seguir con atención el curso de la entrevista.

–Señorita Wolfe –dijo Brian O’Connor–, ¿podría resumir, para los pocos ciudadanos de Miami que no hayan leído aún su artículo, en qué consiste esa invención de Hunter Philips que ha suscitado esa enemistad entre ustedes?

–Se trata de una aplicación, pensada para rupturas de parejas, denominada «El Desintegrador».

Hubo una segunda oleada de carcajadas entre el público asistente. Solo Hunter permaneció impasible sin mover un músculo. Se acordó de Pete Booker, su socio en el negocio, que fue quien buscó aquel nombre tan original pero, tal vez, poco afortunado.

–Al que más y al que menos le han roto el corazón alguna vez. Ya sea por mensaje de texto o de voz, o incluso por correo electrónico. ¿Tengo razón o no? –dijo ella volviéndose hacia el público con una sonrisa de complicidad.

El público respondió entregado con una lluvia de aplausos, mientras Hunter torcía la boca en un gesto de frustración. Había diseñado esa aplicación en su tiempo libre para vencer el nerviosismo que sentía últimamente, no para crear un problema de imagen a su empresa. Era un programa que había desarrollado hacía ocho años en un momento de flaqueza. Nunca debería haber dado el visto bueno a su socio para que reelaborase y comercializase finalmente la idea.

–¿Sigue aún interesada en hablar con el señor Philips? –preguntó el presentador a Carly.

–Por supuesto. ¿Qué piensan ustedes? –replicó ella, volviéndose de nuevo al público–. ¿Debería dejar de perseguir al señor Philips o insistir hasta que me diga lo que tenga que decirme?

Por los vítores y muestras de apoyo y entusiasmo que se escucharon en el plató, Hunter no tuvo la menor duda de qué lado estaba el público. Estaba tenso, a punto de estallar. Años atrás, había tenido una experiencia análoga. Había sido acusado y juzgado por un delito que no había cometido, gracias a otra bella reportera en busca de una historia que contar a sus lectores. Pero ahora estaba dispuesto a usar cualquier medio a su alcance para no dejarse vencer.

–¿Señor Philips? –dijo uno de los ayudantes de realización del programa–. Entra en un minuto.

Mientras se emitía una cuña publicitaria, Carly trató de relajarse. Esperaba que Hunter Philips estuviera viendo el programa y se diera cuenta de que el público compartía su indignación por aquella aplicación tan indignante que había diseñado.

Ella misma no había sido ajena a esa experiencia tan humillante en más de una ocasión. Sintió la sangre hirviéndole en las venas al recordar el frío mensaje de Jeremy a través de El Desintegrador. Y cuando Thomas la dejó para salvar su carrera, ella se enteró a través de un artículo de prensa. Fue sin duda, toda una humillación. Pero aquello de El Desintegrador era algo diferente. Cruel y despiadado. Y lo que era aún peor, frívolo e irrespetuoso.

Por nada del mundo, iba a permitir que Hunter Philips siguiera en la sombra, enriqueciéndose a costa del dolor de la gente.

Tras la pausa publicitaria, el presentador volvió a aparecer muy sonriente.

–Afortunadamente, hemos tenido la suerte de recibir hoy mismo una llamada telefónica sorpresa. Señorita Wolfe, creo que está a punto de ver cumplidos sus deseos.

Carly se quedó de piedra. Tuvo un inquietante presentimiento. Comenzó a respirar de forma entrecortada mientras el presentador seguía hablando de forma distendida y desenfadada.

–Damas y caballeros, por favor, demos la bienvenida a nuestro programa al creador de El Desintegrador, el señor Hunter Philips.

Carly sintió una gran desazón. Era increíble. Después de haber estado semanas persiguiéndolo, él había demostrado ser más astuto que ella, presentándose allí por sorpresa cuando menos preparada estaba. Trató de recobrar la calma mientras aquel hombre entraba en el plató, acercándose a ella, entre los aplausos del público. Llevaba unos pantalones oscuros y una elegante camisa negra de manga larga bajo la que se adivinaba un torso duro y musculoso.

Tenía el pelo muy corto por los lados pero no tanto por arriba. Era alto y delgado y su cuerpo atlético y fibroso no parecía tener un solo gramo de grasa. Era una imagen realmente turbadora para cualquier mujer. Pero tenía también el aspecto de un depredador dispuesto a saltar sobre su presa en cualquier momento. Y ella tuvo la impresión de que iba a ser su objetivo.

Brian O’Connor se levantó para saludar a Philips. Los dos hombres se dieron la mano y luego Hunter Philips se sentó en el sofá de invitados junto a Carly.

–Muy bien. Así que, señor Philips... –comenzó diciendo el presentador.

–Hunter, por favor.

La voz de Hunter Philips era suave, pero tenía un tono metálico que disparó todas las alarmas internas de Carly. No iba a ser fácil de tratar, se dijo para sí. Después de todas las estratagemas que había urdido contra él, tendría que andarse con cuidado. Pero ya no podía volverse atrás.

–Hunter –repitió el presentador–, toda Miami ha estado siguiendo con mucha atención el blog de la señorita Wolfe, mientras ella trataba de conseguir la opinión de usted sobre el asunto. ¿Qué puede decirnos sobre ello?

Philips Hunter se giró ligeramente en el asiento para poder clavar su mirada en Carly Wolfe. Sus ojos azules eran tan fríos y cortantes como el hielo. Ella se sintió casi paralizada, como un cervatillo cegado en la noche por los faros de un automóvil.

–Lamento profundamente no haber podido aceptar su amable oferta de trabajo para la mejora de la seguridad de su red social. Parecía muy interesante –dijo él secamente–. Por desgracia, tampoco pude hacer uso de las entradas para la convención de Star Trek que tan gentilmente me envió como incentivo para que aceptase su oferta.

Se escuchó un murmullo de sonrisas por el plató. Algo ciertamente sorprendente, porque Hunter Philips distaba mucho de ser el estereotipo de persona capaz de arrancar las risas del público.

Carly sintió angustiada la inquietante mirada de Hunter clavada en ella.

«Ahora es tu oportunidad, Carly», se dijo para sí. «Mantente firme y no pierdas los nervios».

Trató de adoptar la sonrisa con la que acostumbraba a desarmar a los hombres, con la esperanza de que pudiera influir algo en aquel hombre inquietante y sombrío que tenía a su lado.

–Veo que la ciencia ficción no es lo suyo, ¿verdad?

–No. A decir verdad, prefiero las películas de misterio y suspense –respondió él.

–Estoy segura de ello. Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

–No habrá una próxima vez –afirmó él con un tono mezcla de amenaza y sarcasmo.

–Es una lástima –respondió ella, sosteniendo su penetrante mirada–. Aunque, al final, todos mis intentos resultaron infructuosos, todo fue muy divertido.

El presentador se rio entre dientes.

–Me encantó esa historia de cuando trató de hacerle llegar una caja de dulces con un mensaje.

–Ni siquiera consiguió pasar el control de seguridad –dijo Carly con ironía.

Hunter arqueó una ceja y se dirigió a ella como si él fuera el presentador del programa.

–Pero lo mejor de todo fue cuando solicitó un puesto de trabajo en mi empresa.

A pesar de la rabia que sentía, Carly hizo un esfuerzo y trató de poner su mejor sonrisa.

–Esperaba conseguir, a través de una entrevista de trabajo, un contacto más personal con usted.

–¿Un contacto más personal, dice usted, señorita Wolfe? –intervino Brian O’Connor con ironía.

Hunter clavó deliberadamente la mirada en los labios de Carly y luego en sus ojos.

–No me cabe duda de que los encantos de la señorita Wolfe son más eficaces en persona.

Carly sintió el corazón latiéndole con fuerza. Aquel hombre no solo estaba poniéndola a prueba, estaba acusándola de flirtear descaradamente con él.

–Lo único cierto –exclamó ella, tratando de ocultar su indignación– es que mientras usted hace lo posible por escabullirse, yo trato, en cambio, de buscar el contacto directo con las personas.

–Sí –replicó Hunter con un tono a la vez acusador y sensual–. No hace falta que lo diga.

Carly apretó los labios. Si iba a ser acusada de usar sus encantos femeninos como herramienta de negociación, podría hacerle al menos una pequeña demostración. Se echó un poco hacia atrás y cruzó las piernas, de modo que la falda del vestido se le subió por encima de medio muslo.

–¿Y a usted? ¿No le gusta el contacto con la gente? –preguntó ella, en tono inocente.

Él bajó instintivamente la mirada hacia sus piernas. Fue solo una fracción de segundo, pero lo suficiente para darse cuenta del poder de sus encantos y de su intención de hacerle perder la cabeza. Sin embargo, conservó la serenidad.

–Eso depende de con quién esté. Me gustan las personas interesantes e inteligentes. Codificó el currículum que me envió a la oficina con mucha creatividad. Usó un sencillo cifrado por sustitución, muy fácil de descifrar, pero, aun así, consiguió que llegara directamente hasta mí.

–Como experto en protección de datos, pensé que apreciaría el esfuerzo.

–Y así fue –respondió él con una pequeña sonrisa pero sin bajar la guardia en ningún momento–. Mi silencio sobre el asunto debería haber sido, para usted, respuesta suficiente.

–Creo que un simple «sin comentarios» habría sido más elegante por su parte.

–Dudo de que se hubiera conformado con eso. Y ahora, dado que rechacé su oferta de entrevistarme, tengo que devolverle el anillo decodificador que me envió como regalo.

Mientras se oían murmullos de todo tipo entre el público asistente, Hunter metió la mano en el bolsillo del pantalón y, sin dejar de mirarla, sacó de él un pequeño objeto. Ella se quedó aturdida y desconcertada, mientras él extendía el brazo hacia ella con el anillo en la mano.

–Casi llegué a pensar que, con tal de perseguirme, se apuntaría también al gimnasio de boxeo al que voy a entrenarme.

A juzgar por su tono de voz, parecía casi decepcionado de que no lo hubiera hecho.

Ella pareció recobrar la seguridad en sí misma. Sonrió y alargó la mano.

–Si hubiera sabido que frecuentaba ese tipo de instalaciones deportivas, habría ido allí a verle.

Hunter depositó el anillo en la palma de su mano. Ella percibió la calidez de sus dedos en la piel y sintió como si una corriente eléctrica de un millón de voltios le recorriera todo el cuerpo.

–De eso, no me cabe ninguna duda –replicó él.

Carly tuvo la sensación de que aquel hombre estaba pendiente de todos sus gestos como si pretendiera registrarlos en alguna de sus bases de datos. Lo que no acertaba era a adivinar con qué propósito. Sintió un escalofrío solo de pensarlo.

Hunter siguió mirándola fijamente como esperando una respuesta, pero el presentador anunció entonces de manera providencial que iban a hacer una nueva pausa para la publicidad.

–¿Por qué me persigue, señorita Wolfe? –le preguntó él durante el descanso.

–Porque quiero que admita públicamente que su aplicación es una basura –dijo ella muy altiva.

–En tal caso, me temo que tendrá que esperar sentada.

Carly estuvo a punto de decirle algo fuerte pero, afortunadamente, el presentador anunció en ese momento el final de la pausa publicitaria.

–Señorita Wolfe, ahora que tiene al señor Hunter a su disposición, ¿qué le gustaría decirle?

«Que se vaya al infierno», fue la respuesta que acudió en seguida a su mente. Por desgracia, ese tipo de expresiones no estaba permitido en aquel programa de máxima audiencia.

–En nombre de todos los afectados, me gustaría darle las gracias por esa aplicación tan maravillosa que ha desarrollado y por los mensajes tan bonitos que envía, como por ejemplo ese de «Se acabó, nena». Enhorabuena, es usted todo un poeta. Debe de haberle llevado muchas horas componer esas frases tan sublimes.

–En realidad, solo me llevó unos pocos segundos. Se trataba de hacer mensajes cortos y directos.

–Oh, sí, y muy ingeniosos –replicó ella–. Pero lo que contribuye a hacer aún más divertida la experiencia es la avalancha masiva de correos electrónico que El Desintegrador es capaz de enviar, notificando a los amigos y seguidores de las redes sociales que una se ha quedado sola y sin compromiso. Todo un reclamo –añadió ella con una sonrisa.

–Me gusta la eficiencia –dijo Hunter–. Vivimos en un mundo muy dinámico.

–¿Sabe lo que más me gusta de su aplicación? –añadió ella, apoyando el brazo en el respaldo del sofá–. La extensa lista de canciones que se pueden elegir para acompañar al mensaje.

–Lo que no consigo entender –dijo Hunter, dirigiéndose al presentador–, es por qué la señorita Wolfe está utilizando su columna del Miami Insider para meterse conmigo. Creo con quien debería estar enojada sería con el hombre que le envió el mensaje... su exnovio.

–No llevábamos mucho tiempo juntos –replicó ella–. Nuestra relación no era nada serio.

–Ya, pero todo el mundo sabe que no hay odio mayor que el de una mujer despechada.

Ella comprendió que, sin saber cómo, se habían cambiado los papeles y que él era ahora el que la estaba atacando a ella. De manera sutil, eso sí.

El presentador parecía satisfecho del espectáculo que le estaba brindando a su audiencia.

–Esto no es la venganza de una mujer despechada –dijo Carly con una leve sonrisa.

–El amor y el odio son dos caras de la misma moneda –replicó Hunter.

–Yo nunca he estado enamorada, tal vez sea usted el que ha diseñado esa aplicación para divertirse despachando a sus amigas.

–No suelo guardar rencor cuando termino una relación –replicó Hunter.

–Créame. Si me hubiera sentido despechada por mi ex, me habría vengado de él, no de usted.

–La creo. Pero ¿se puede saber qué tengo yo que ver con sus problemas amorosos?

–No fue el hecho de que me dejara plantada lo que me molestó, sino el método que eligió para hacerlo: la famosa aplicación que usted inventó.

–Sí, yo la diseñé –dijo él tranquilamente.

Ella se sintió aún más indignada con esa respuesta. Era tan escueta y sincera que parecía echar por tierra toda la fuerza de su acusación. Y él lo sabía.

–Mi novio fue simplemente un cobarde. Pero usted –añadió ella, bajando la voz pero recalcando las palabras–, está explotando el lado más bajo de la gente solo por dinero.

–Por desgracia, la naturaleza humana es lo que es –dijo él, arqueando una ceja y haciendo una breve pausa antes de continuar–: Quizá el problema estribe en que usted es demasiado ingenua.

Esas palabras tuvieron la virtud de despertar el resentimiento de Carly. Ya las había escuchado antes a los dos hombres más importantes de su vida. Hunter Philips pertenecía al mismo club de hombres despiadados que su propio padre y Thomas. Un club gobernado por la impiedad, donde el dinero era el rey y el éxito estaba por encima de cualquier otra consideración.

–Ese es el tipo de excusas que contribuye a destruir la decencia de la especie humana.

Se produjo un silencio expectante tras esas palabras.

«Te has lucido, Carly», se dijo ella. «Con esas frases tan sublimes e histriónicas, a nadie le va a caber la menor duda de lo loca que estás».

Se había dejado llevar de nuevo por sus emociones. ¿Es que no había aprendido nada en esos últimos tres años?

Hunter pareció satisfecho, como si hubiera estado esperando esa reacción desde el principio.

–¿Me está acusando de ser el responsable de la decadencia de la especie humana? ¿No le parece una acusación demasiado grave para una aplicación tan insignificante? –exclamó él, frunciendo el ceño de forma aún más acentuada, y luego añadió dirigiéndose al público–: ¡Si hubiera sabido la importancia que iba a tener mi aplicación, la habría prestado más atención cuando la diseñé!

Los asistentes rompieron a reír y Carly se dio cuenta de que su papel en el programa había dejado de ser el de una simpática periodista amena y divertida para convertirse en el de una mujer amargada, despechada y algo desquiciada tras haber sido abandonada por su novio.

Hunter la miró fijamente y creyó ver en ella una gran dosis de frustración. Había conseguido desenmascararla, tocando sus puntos débiles. Ella comprendió que era algo más que un atractivo e inteligente hombre de negocios. Tenía la astucia de un zorro y el peligro de una pantera negra.

–Lamentablemente –dijo el presentador con un tono de contrariedad–, el tiempo es un imperativo en televisión y el de nuestro programa está tocando a su fin.

Hunter clavó los ojos en ella, preguntándose quién habría resultado vencedor en aquella contienda dialéctica. Ella sostuvo su mirada de forma penetrante, como si le estuviera lanzando dardos afilados para tratar de traspasar la armadura de acero en la que parecía escudarse, pero convencida de que rebotarían en ella sin afectarle lo más mínimo.

–Es una lástima que no podamos continuar esta charla otro día –dijo ella–. Me encantaría saber el motivo que le llevó a desarrollar El Desintegrador.

Por primera vez, ella percibió un destello de luz en su mirada. Tenía un brillo tan intenso que tuvo que hacer un esfuerzo para no cerrar los ojos o parpadear al menos.

–A mí también –dijo O’Connor, y luego preguntó volviéndose al público–: ¿Les gustaría escuchar la historia? –se oyó un clamor entusiasta de aprobación y entonces el presentador se dirigió de nuevo a ella–: ¿Estás dispuesta, Carly?

–Por supuesto. Pero me temo que el señor Philips esté demasiado ocupado para aceptar la invitación –replicó ella con un tono lleno de cordialidad.

Carly miró a Hunter. Seguía aparentemente impasible, pero tenía que estar librando una batalla interna para buscar una salida airosa a la comprometedora situación en que le había puesto. Disfrutaba solo de pensarlo. Era un placer mayor que el de los dardos afilados tratando de atravesar su coraza de acero. Pero su inesperada respuesta vino a poner fin a su efímera dicha.

–Si usted está dispuesta, señorita, yo también –dijo Hunter.

Capítulo 2

Un segundo show. ¿Por qué había aceptado él acudir de nuevo al plató de televisión?

Tras una breve charla con el productor del programa, Hunter se dirigió a la salida del edificio de la WTDU, sin mirar siquiera las fotos de los famosos que poblaban las paredes de los pasillos. Solo pensaba en una cosa: llegar el primero a la meta. Carly Wolfe había sido una dura adversaria, pero se había dejado llevar por su indignación. Él había sido el ganador de la prueba.

Sin embargo, cuando el presentador O’Connor había lanzado el reto de un segundo debate, él había visto la expresión desafiante de Carly, con sus ojos ámbar encendidos de ira, y había dudado. Recordó sus respuestas irónicas llenas de ingenio y espontaneidad, y su sonrisa cortante, pero a la vez seductora y desafiante. ¿Qué hombre no quedaría cautivado por la astuta y encantadora Carly Wolfe? Y eso sin mencionar el intento de querer sacarle de sus casillas con aquel descarado y espectacular cruce de piernas.

No le preocupaba la posibilidad de perder el segundo duelo verbal ni de sucumbir a sus encantos. Ella era sin duda una mujer muy hermosa y sensual. El sexo podía llegar a ser un problema para él, pero sabía que podía controlarlo. Había vivido ya una vez con una hermosa periodista y decir que su relación no había acabado demasiado bien hubiera sido un eufemismo.

Pero era de la opinión de que de los fracasos de la vida era donde más se aprendía.

La voz de Carly llamándole, en ese instante, interrumpió sus pensamientos. Volvió la cabeza y la vio acercándose a él, tratando de mantener el equilibrio sobre aquellos tacones de vértigo.

–Resulta curioso, señor Philips, que haya estado todas estas semanas tan ocupado como para no poderme dedicarme cinco minutos de su valioso tiempo y, sin embargo, haya acudido tan voluntariamente a este programa de televisión –dijo Carly secamente con tono frío y distante.

–Llámame Hunter, por favor –dijo él, tratando de sobreponerse a su embriagador perfume.

Ella le lanzó una mirada desafiante, como no dando crédito a sus palabras de acercamiento, y siguió caminando, acelerando el paso para conseguir mantenerse a su altura.

–¿Por qué insistes tanto en que te tutee? ¿Pretendes aparentar que eres un hombre con corazón?

–Por lo que parece, estás muy enfadada.

–Todo lo que quería era unos minutos de tu tiempo, pero parecías estar demasiado ocupado para atenderme. Sin embargo, te has prestado venir aquí e incluso has aceptado volver. ¿Por qué?

–Me venía bien.

Carly se puso delante de él, obligándolo a pararse o a pasar por encima de ella.

–¿Te venía bien? ¿Un sábado a medianoche? –exclamó ella con tono de incredulidad–. Se supone que deberías estar agotado después de pasar toda la semana protegiendo a tus clientes importantes de los piratas informáticos y diseñando esas aplicaciones tan simpáticas que haces. Espero que saques provecho de todo eso.

–El dinero es siempre una buena recompensa –replicó él, con ironía.

Hacía ocho años que Hunter había empezado a reconstruir su vida. Su empresa estaba empezando a darle buenos beneficios y no estaba dispuesto a pedir disculpas a nadie por ello.

–La pregunta clave es: ¿cuánto dinero has sacado de esa vergonzosa aplicación?

–Menos de lo que supones –respondió él.

–¿Hasta dónde serías capaz de llegar para saciar tu ambición?

–Eso depende de la motivación que tenga –respondió él, con una sonrisa provocadora–. Prueba a subirte la falda de nuevo y verás hasta dónde puedo llegar.

–No lo creo –exclamó ella con una amarga sonrisa–. No eres de ese tipo de hombres que pierde fácilmente el control por las piernas de una mujer. Tú no tienes sentimientos.

No. Él no podía permitirse ese lujo. La forma en que una mujer se había reído de él dos veces en los últimos diez años le hacía acreedor al premio vitalicio a la estupidez. Sin embargo, a pesar de sus amargas experiencias sentimentales, no podía dejar de admirar el cuerpo de la mujer que tenía enfrente: su piel tostada por el sol, su sedoso pelo castaño y la figura que se adivinaba bajo su exiguo y sugerente vestido capaz de despertar las fantasías eróticas de cualquier hombre.

–¿Tan mal concepto tienes de mí?

–Creo que eres un hombre sin alma ni corazón. Un canalla cuya única preocupación en la vida es ganar dinero como sea. Perteneces a esa clase de hombres que no puedo soportar.

–En ese caso, no deberías haberme desafiado a volver contigo al programa.

–Fue una decisión de última hora –respondió ella, con la barbilla alzada–. Pero no me arrepiento. Sospecho que la única razón que te ha llevado a presentarte aquí esta noche ha sido la publicidad gratuita que el programa de O’Connor puede darle a tu vergonzosa aplicación.

–No habría venido aquí si no hubiera sido por ti.

Carly los miró con los ojos entornados, llenos de odio.

–Si vas a obtener un beneficio económico del debate de esta noche, deberías enviarme al menos un ramo de flores, como muestra de gratitud.

–Tal vez, lo haga –respondió él, con una sonrisa.

Ella se mordió la lengua para no decirle lo que le hubiera gustado en ese momento.

–Prefiero las orquídeas a las rosas y me gustaría un ramo que fuera original –dijo ella finalmente, cruzando los brazos por debajo de los pechos, realzándolos así de modo excitante, ante la atenta mirada de Hunter que se preguntaba si lo estaría haciendo solo para provocarlo.

–Trataré de recordar tus preferencias florales –dijo él, dirigiéndose a la salida.

El lunes, a última hora de la tarde, Hunter se abrió paso entre la gente que abarrotaba el lujoso vestíbulo del SunCare Bank. Sonó en ese momento su teléfono móvil. Miró el número que aparecía en la pantalla: era Pete Booker, su socio.

–Acabo de entregar la propuesta del SunCare. ¿Pensé que te ibas a encargar tú de ello?

–A ti se te dan mejor esas cosas. Tienes unas grandes dotes de negociador con los clientes –dijo su socio–. Yo no consigo entenderme con ellos.

–Tal vez sea porque esperas que hablen en código binario como los ordenadores.

–Es el lenguaje del futuro, amigo –dijo Pete Booker–. No tengo tu don de gentes, pero creo que he hecho un buen trabajo con nuestro nuevo software de encriptación multiplataforma. Lo he terminado en un tiempo récord. Creo que me merezco un aplauso.

Hunter contuvo la sonrisa. Su amigo había sido un superdotado ya en el instituto y con el tiempo se había convertido en un friki de la informática, un apasionado de la técnica. Pero odiaba las reuniones. Él, en cambio, era todo lo contrario. Se sentía a gusto hablando y negociando con los clientes sobre seguridad informática y protección de datos, pero carecía de los profundos conocimientos técnicos de Booker. La madre naturaleza había repartido equitativamente sus dones entre ellos: Booker era el cerebro técnico y él el encargado de llevar el negocio. Se complementaban perfectamente. Formaban un gran equipo en el que cada uno confiaba plenamente en el trabajo del otro.

–Pero no te he llamado para que me aplaudas –continuó diciendo Booker–, sino para informarte de que tenemos un problema.

Habituado a la tendencia de su amigo a ver problemas y conspiraciones por todas partes, Hunter adoptó el papel de hombre de negocios sensato y responsable, con los pies en la tierra.

–¿Has vuelto a ver a alguno de tus misteriosos helicópteros negros silenciosos?

–No te burles, Hunt. ¿Quieres oír lo que tengo que decirte o no?

–Solo si se trata de un nuevo avistamiento de Elvis –replicó Hunter, bromeando.

–No tiene nada que ver con eso –replicó Booker–. Se trata de Carly Wolfe.

Hunter frunció el ceño al escuchar el nombre de su encantadora enemiga. Empujó la puerta giratoria del banco y salió a la calle. Una calle bulliciosa, poblada de rascacielos.

–¿Y bien?

–Tal como me sugeriste, llevé a cabo una pequeña investigación sobre esa mujer. Su padre es William Wolfe, el propietario de Media Wolfe, un poderoso grupo de medios de comunicación de ámbito nacional –dijo Booker, y luego añadió tras hacer una pausa para dar mayor relieve a sus palabras–: Tengo que decirte que el canal WTDU de televisión forma parte del grupo.

Hunter se detuvo en seco como si acabara de escuchar una alarma, mientras la gente seguía pasando a su lado a toda prisa. Carly Wolfe iba a suponer para él un problema mayor del que al principio se había imaginado.

Respiró hondo, tratando de vencer la sensación de disgusto que sentía. Hasta ahora, había pensado que Carly Wolfe había tenido con él una conducta descarada pero franca, persiguiendo como único objetivo conseguir una entrevista con él. Y lo había hecho sin esconderse, dando la cara. No como su ex, que lo había hecho a sus espaldas valiéndose de todo tipo de maquinaciones. Aunque no había reglas escritas en el conflicto que Carly y él venían manteniendo desde hacía días, había una especie de acuerdo tácito, unas reglas implícitas entre caballeros. Si bien, costaba mucho poder calificar con ese nombre a una mujer como ella.

En su opinión, Carly había traspasado la línea de la rivalidad para adentrarse en el terreno del juego sucio. Porque no habría hecho uso de su ingenio y simpatía para conseguir ir al programa. No. Habría descolgado el teléfono y habría llamado a su padre para valerse de su influencia.

–Tu presencia por segunda vez en el show de Brian O’Connor será solo el comienzo de una larga cadena de problemas –dijo Booker, ahora más serio–. Con los contactos que esa mujer tiene en televisión, puede conseguir que ese conflicto se prolongue indefinidamente, con el grave perjuicio que eso ocasionaría a los intereses de nuestra empresa.

Hunter apretó los puños, lleno de rabia. Firewall Inc. no era solo una empresa destinada a ganar dinero, representaba para él mucho más que eso: sus señas de identidad, la reconstrucción de una vida que había creído destruida en un momento dado.

–Espero que se te ocurra algo –dijo Booker–. Yo me siento perdido con este tipo de problemas.

Como de costumbre, el peso de la responsabilidad recaía sobre sus hombros. Apretó el móvil con fuerza. Ocho años atrás, Booker había estado a su lado, apoyándolo en todo, cuando el resto de sus amigos lo habían abandonado y su reputación y su honor habían sido puestos en entredicho. Había conseguido finalmente sobreponerse y había creado una empresa con la que no solo había logrado el éxito que buscaba, sino también rehacer su vida. Pero sabía muy bien que nada de todo eso habría sido posible sin la ayuda y la lealtad de su amigo.

Trató de relajarse. Aflojó la tensión de la mano que sujetaba el móvil.

–No te preocupes, yo me encargaré de solucionarlo.

No sabía cómo. Pero, para empezar, pensó que lo mejor sería tener unas palabras con la señorita Wolfe.

Tras su intento fallido de encontrar a Carly Wolfe en su oficina, consiguió finalmente hablar con su compañera de trabajo, una extravagante joven de estética gótica.

Dos horas después, Hunter circulaba en su coche por una humilde barriada de las afueras de Miami, poblada de pequeños apartamentos y almacenes abandonados o medio en ruinas. ¿A qué tipo de personas habría ido ella a entrevistar por aquellos andurriales?, se preguntó él. Un área tan alejada de los modernos y exclusivos barrios de Miami. La zona le pareció peligrosa y se puso en alerta, procurando extremar las precauciones.

Detuvo el coche frente a un edificio de estructura metálica que correspondía a la dirección que la chica gótica le había dado. Aparcó detrás de un Mini Cooper azul bastante nuevo que parecía fuera de lugar en aquel sitio. Nada más apagar el motor, vio a Carly saliendo de un callejón que había entre dos almacenes destartalados. Iba muy ensimismada hablando por el móvil.

Sonrió satisfecho de haber podido finalmente dar con ella. Pero se le heló en seguida la sonrisa al ver a dos hombres de veintitantos años saliendo por la puerta de uno de los almacenes detrás de ella, siguiéndola. Los dos eran muy corpulentos y atléticos. O eran sicarios de una banda de gánsteres o zagueros de un equipo de rugby profesional. Llevaban una sudadera con la capucha puesta. Tenían los hombros encorvados y las manos metidas en los bolsillos. Cualquiera que les viera diría que tenían frío o que estaban escondiendo algo.

Se acercaron con paso decidido hacia Carly, con intenciones que no parecían dejar lugar a dudas. Hunter se puso en guardia y activó su estado de alarma a Defcon Uno: peligro inminente.

Dejando a un lado las rencillas que pudiera tener con Carly y, con la adrenalina corriendo a torrentes por sus venas, metió la mano en la guantera del coche.

–Abby, habla más despacio –dijo Carly por el móvil, tapándose el otro oído con la mano para tratar de escuchar la voz de su amiga, entre los ruidos de la ciudad que parecían amplificarse entre aquellos callejones llenos de grafitis–. No consigo entenderte una palabra.

–Vino a la oficina y me preguntó dónde estabas –replicó Abby en voz baja, como presagiando algo malo–. Creo que las cosas se van a poner feas.

Carly sonrió. Su amiga parecía estar anunciando el día del Juicio Final. Abby, la joven gótica con la que Hunter había estado hablando era la mejor amiga de Carly. Tenía fama de pesimista aunque casi siempre acertaba. A pesar de que había vaticinado a Carly que acabaría atada y amordazada en el interior del maletero de un coche, su entrevista con aquellos dos artistas urbanos del grafiti había salido mejor de lo esperado. Podían dar la apariencia de dos gánsteres, pero su talento artístico natural la había deslumbrado.

–¿De quién me estás hablando? –preguntó Carly.

–De Hunter Philips.

Carly se tambaleó ligeramente. Apretó el teléfono entre los dedos, tratando de aislarse del ruido y de alguna conversación espuria que parecía haberse acoplado a la línea.

–¿Y qué le dijiste?

–Lo siento, Carly –comenzó diciendo Abby con tono quejumbroso–. Le dije dónde estabas. Yo no quería, pero me pilló por sorpresa. Es un hombre tan... tan...

–Lo sé, lo sé –replicó Carly suspirando, ahorrándole a su amiga pasar por el trago de tener que describir a Hunter.

–Exactamente –exclamó Abby, como si todo hubiera quedado completamente claro entre ellas.

Carly se sintió aliviada de no tener que escuchar la descripción detallada de los encantos de Hunter Philips. Era un hombre demasiado cauto y reservado para ser un playboy y tenía demasiada seguridad en sí mismo para ser un simple conquistador de barrio. Al margen de su mirada de hielo, era un hombre terriblemente atractivo y sexy. Ella le encontraba tan fascinante que a duras penas había podido concentrarse en la aburrida tarea que le habían encomendado esa mañana sobre la apertura de un nuevo club nocturno. Una nueva historia a añadir a su extenso dosier de artículos sobre el club de moda, la galería de arte recientemente inaugurada o alguna de esas estúpidas nuevas tendencias. Pero ¿qué mujer podría concentrarse cuando un hombre tan enigmático como Hunter Philips ocupaba sus pensamientos?

Esa noche, sin embargo, esperaba poder librarse de su obsesiva imagen trabajando como una esclava en su artículo sobre los artistas del grafiti. Otro profundo trabajo de análisis que su jefa probablemente no se molestaría en publicar y tal vez ni siquiera en leer.

–Gracias, por la advertencia, Abby –dijo ella suspirando de nuevo.

–Ten cuidado, ¿vale?

Carly tranquilizó a su amiga diciéndole que tendría cuidado y colgó el teléfono. Seguía aún tan ensimismada con Hunter, que no vio siquiera al hombre que se acercaba a ella con gesto de preocupación. Se chocó con él bruscamente, sintiendo en sus pechos la dureza de su cuerpo. Una oleada de adrenalina disparó su sistema nervioso. Cuando alzó la vista y vio la cara de Hunter Philips, creyó derretirse del todo.

Hunter le pasó entonces un brazo por alrededor de la cintura y la agarró con fuerza, pegándose lateralmente a ella y obligándola a darse la vuelta. Carly se sintió confusa y desconcertada, presa de una mezcla de emociones y sentimientos contradictorios.

Los fríos ojos azul pizarra de Hunter se clavaron en los dos hombres que ella acaba de entrevistar. Su rostro parecía un molde acero. Apretó el cuerpo de forma protectora contra el de Carly y entonces ella notó en la cadera la presión de un objeto duro que debía llevar en el bolso de su chaquetón de cuero. Todas las alarmas comenzaron a sonar en su cabeza. Se imaginaba lo que debía ser aquel objeto pero no acertaba a entender qué podía hacer allí.

Escuchó entonces la voz de Hunter llena de autoridad dirigiéndose a los dos jóvenes.

–Creo que deberíais largaros de aquí –dijo él, mirándolos fríamente y transmitiendo la impresión de que estaba dispuesto a luchar con ellos si fuera necesario.

Thad, uno de los jóvenes, se acercó a Hunter con cara de pocos amigos.

–¿Quién le ha pedido su opinión?

Hunter se puso en guardia, con los músculos en tensión. Los dos fornidos jóvenes parecían haber participado ya en muchas peleas, pero la voz de Hunter volvió a salir firme y sin el menor atisbo de miedo. Carly tuvo la impresión de que debía de estar casi disfrutando con aquello.

–Nadie –contestó Hunter, en tono de amenaza–. Pero yo voy a dárosla de todos modos.

Thad se encrespó, pero Marcus, su colega, miró a Hunter con cautela, como si presintiera que era alguien peligroso con el que no debían meterse.

–Tranquilícese, hombre. Somos buena gente –dijo Marcus a Hunter, agarrando mientras tanto a su amigo por la sudadera–. Solo veníamos a decirle a Carly que se dejó olvidada la grabadora.

–Sí –añadió el otro, volviéndose a encarar con Hunter–. Y no le hemos pedido su ayuda.

Carly estaba empezando a marearse con aquella incontrolada demostración de testosterona entre los tres hombres. Pero afortunadamente, las aguas parecían haber vuelto a su cauce.

–Hunter, todo ha sido un malentendido. Estos son Thad y Marcus –dijo ella, señalando con la cabeza a cada uno de ellos–. Acabo de hacerlos una entrevista.

Hunter miró a Carly con cara de estupefacción como si pensara que acababa de escaparse de un sanatorio para enfermos mentales. Ella alargó la mano hacia Thad para que le diera la grabadora. El joven metió la mano en el bolsillo del pantalón y entonces Hunter volvió a ponerse en tensión y apretó a Carly contra su cuerpo, de forma instintiva y protectora, sin perder de vista un solo instante al grafitero. Ella volvió a sentir entonces aquel objeto duro en la cadera.

¿Qué demonios sería?

Thad le dio la grabadora y Carly se despidió de los dos.

–Os llamaré la semana que viene para fijar la fecha de la entrevista final.

Thad guiñó un ojo a Carly y lanzó a Hunter una mirada envenenada. Luego los dos amigos volvieron al callejón y se metieron por la puerta lateral del almacén.

Hunter se quedó mirándolos durante unos segundos y después se volvió hacia Carly.

–No puedes estar hablando en serio. ¿De veras has estado entrevistándolos?

–¿Y por qué no?

Carly lo miró fijamente. No sabía si insultarle por mostrar tan poco respeto por sus irascibles entrevistados o darle un beso por salir a defenderla pensando que iban a atacarla.

A pesar de que la situación se había resuelto pacíficamente, veía que él seguía con todos los músculos en tensión, como si pensara que la cosa podría volver a complicarse. Por supuesto, ella no dejaba de mirarlo, fascinada con cada centímetro de su cuerpo. Y había muchos centímetros que admirar. Todos ellos tan duros como una roca. Podía dar fe de ello: sentía el contacto de su pecho fuerte y sólido en el hombro, su brazo atenazándole la cintura y su atlético y poderoso muslo apretado contra su pierna. No se parecía en nada a esos tipos blandengues con los que solía salir. Todo su cuerpo parecía una perfecta máquina de guerra dispuesta a entrar en funcionamiento ante la menor amenaza.

Al pensar en ello, creyó adivinar la naturaleza del objeto duro que seguía sintiendo en la cadera.

–¿Es un pistola eso que llevas ahí? –preguntó ella sin más rodeos.

En realidad, era una pregunta retórica, porque ella sabía la respuesta. Había sido su héroe salvador, pero quería saber con certeza de qué lado de la ley estaba.

–Tal vez solo sea que me siento muy feliz de verte.

Ella pareció sorprendida por su respuesta. Pero en seguida de dio cuenta de que se había valido de aquel viejo y estúpido chiste de intención sexual.

–En tal caso, debes de tener una seria anomalía anatómica –dijo ella, dispuesta a seguirle el juego.

–No tengo ninguna malformación en mi anatomía –respondió él, con una sonrisa.

Ella estaba convencida de eso, pero creía poder admirar perfectamente la belleza de un hombre sin sucumbir necesariamente a sus encantos. Y esperaba que Hunter no acabara siendo una excepción, porque ese aire suyo imperturbable sobre aquel cuerpo glorioso y atlético le producía una excitación como nunca había sentido hasta entonces por ningún hombre.

«Recuerda, Carly, lo que te pasó la última vez que encontraste a un hombre fascinante», le dijo una voz interior. «Al final fuiste víctima de tus propias emociones».

No, ella no iba a dejarse dominar de nuevo por ese tipo de fantasías. Estaba consolidándose en su carrera como periodista y eso era lo más importante para ella en ese momento.

–¿Quién eres realmente? –preguntó ella, soltándose de él, muy a su pesar–. Y no me digas que eres un simple consultor de informática porque, desde que te vi por primera vez en el programa, supe que eras algo más. Mi instinto me lo dijo y ahora he comprobado que no me engañó.

–¿Y qué más cosas te dijo tu instinto? –preguntó él a su vez, sin dejar de mirarla.

–Que podrías haberte deshecho fácilmente de esos dos chicos solo con tus propias manos.

Tras una larga pausa en la que Hunter permaneció en silencio, ella tomó una decisión para despejar sus dudas. Quería confirmar de forma fehaciente que llevaba una pistola en el costado y solo veía una forma de comprobarlo. Tenía que pasar a la acción.

Sintió un sudor frío en las manos solo de pensar en el plan que acaba de ocurrírsele.

Armándose de valor, se acercó a él hasta casi rozarse sus cuerpos.

–Sí, creo que podrías haberte deshecho de ellos sin arrugarte siquiera la ropa –dijo ella en un tono lleno de sensualidad, poniéndose a girar lentamente alrededor de él–. Sin mancharte siquiera esa camisa blanca inmaculada que llevas –él la seguía expectante con la mirada mientras ella comenzaba a sentir un surco de sudor corriendo entre sus pechos–. Sin estropearte la raya de los pantalones, ni tu elegante chaqueta de cuero negro...

Con el corazón latiéndole a toda velocidad, Carly se detuvo frente a él y comenzó a deslizar los dedos por el borde de su chaqueta como si quisiera disfrutar del contacto de su textura.

–¿Estoy en lo cierto? –preguntó ella, mirándolo fijamente a los ojos–. ¿No es verdad que los habrías despachado con sendos ganchos de derecha y habrías salido victorioso sin un rasguño?

Con mucha precaución, comenzó a levantar lentamente el borde la chaqueta para tratar de echar un vistazo a lo que podía llevar debajo.

Hunter frunció el ceño y se ajustó la chaqueta con la mano para que ella no pudiera ver nada.

–Es posible –respondió él escuetamente.

Llena de frustración, Carly apartó la mano, decepcionada. Su plan había fracasado. Aquel hombre le parecía cada vez más astuto y a la vez más cautivador.

Se le ocurrió entonces un nuevo plan para tratar de conseguir su objetivo.

–¿Has sido acaso un delincuente en el pasado? Ya sabes a qué me refiero –dijo ella, inclinando la cabeza con aire misterioso–. A uno de esos piratas informáticos que atacan y corrompen los ordenadores y luego crean una empresa de productos antivirus para proteger los sistemas de datos de las empresas contra los ataques de individuos como ellos mismos.

Hunter se apoyó en la pared del callejón pintarrajeada de grafitis y se cruzó de brazos, como si le divirtiera la pregunta. A decir verdad, parecía divertirle toda aquella situación.

–¿Qué te dice tu instinto infalible? –dijo él.

–Que eres algo más de lo que aparentas.

Carly se acercó a él y se apoyó sobre la pared metálica del callejón. Tuvo que alzar la barbilla para mirarlo a los ojos. No era fácil coquetear con un hombre bastante más alto que ella. Pero ¿por qué estaba coqueteando con un hombre del que no sabía aún de qué lado de la ley estaba?

–¿Vas a responder de una vez a mi pregunta? –exclamó ella arqueando una ceja, viendo que él permanecía impasible sin mover un solo músculo–. Por lo que he podido ver eres un tipo peligroso. Representas una amenaza y creo que debería salir corriendo en busca de ayuda.