Como si me quisieras - Gail Martin - E-Book
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Como si me quisieras E-Book

Gail Martin

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Beschreibung

En el instituto, Derek Randolph había sido la pesadilla de Jessamy Cosette... Ahora, sin embargo, era un atractivo soltero con una sonrisa irresistible. No era de extrañar que Jess hubiera accedido a hacerse pasar por su amada novia para ayudarlo a conseguir un ascenso en su empresa. En poco tiempo, Jess se dio cuenta de que deseaba con todas sus fuerzas que Derek hubiera cambiado de verdad, porque su impostado romance se estaba volviendo cada vez más real... Derek apenas podía creer que aquella chica delgaducha a la que tanto había atormentado se hubiera convertido en una mujer irresistible. Y él se moría de ganas de demostrarle lo que sentía por ella. ¿Sería posible que dos antiguos enemigos se convirtieran en amantes? Por su parte, Derek estaba totalmente seguro de que las cosas serían mucho mejores cuando dejaran de fingir.

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Seitenzahl: 181

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Editado por Harlequin Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2002 Gail Gaymer Martin

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

Como si me quisieras, n.º 1741 - octubre 2014

Título original: Let’s Pretend…

Publicada originalmente por Silhouette® Books..

Publicada en español en 2003

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-5572-4

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Publicidad

Capítulo 1

Maldición!

Esforzándose en ver más allá de la cortina de agua contra la que nada podían los limpiaparabrisas, Jessamy Cosette sintió el ruido sordo de un pinchazo. Había recorrido cuatrocientos kilómetros desde Cincinnati sin ningún problema y estaba a tres kilómetros de su destino, Royal Oak. Pero estar cerca no era estar allí.

Se retiró al arcén de la autopista y dio un puñetazo en el volante. El veranillo de San Martín, que llevaba imaginando todo el día, se esfumó de su mente como las hojas doradas que se llevaba el viento. El cielo estaba oscuro y tormentoso, y los muros de la autopista la rodeaban como un cañón de cemento. Lo único que veía en su imaginación era su propio cuerpo ahogado flotando en la autopista… perdido para siempre.

Desde que había recibido la llamada de Meg Sullivan, dos semanas antes, Jess se lo había pensado dos, tres y cuatro veces. Volver a casa para la celebración del centenario del instituto y ver a su mejor amiga era una idea maravillosa, pero vivir en la misma casa que el hermano menor de Meg, Derek Randolph, le apetecía menos que un dolor de muelas.

Jess no había visto al enorme y detestable jugador de fútbol desde que acabó el instituto, cuando a él aún le faltaban dos años para hacerlo. Pero no lo había olvidado, había sido su tormento durante años. Si volvía a llamarla «Palillo» o «Francesita», lo mataría.

Miró cómo las luces traseras de coche tras coche desaparecían a toda velocidad. Parecía que si quería seguir su camino, tendría que ser ella misma quien cambiara la rueda, y no lo había hecho en su vida. Mientras observaba la imparable tromba de agua, se preguntó temerosa si esa sería la autopista de Detroit en la que se habían producido tantos robos y asaltos a conductores.

El cielo seguía de color gris pizarra y no parecía que la lluvia fuera a amainar. Con un suspiro, se armó de valor y oprimió el botón que abría el maletero. Quizá encontrara algo útil allí.

Jess salió del coche pensando en su precioso paraguas de colores, colgado en el perchero de casa. Unos segundos después, completamente empapada, abrió el maletero; allí solo había una rasqueta para el hielo. Los chorros de agua que le caían por el rostro se unieron a sus lágrimas. Se miró la blusa empapada, que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, y se sintió fatal.

Unos faros iluminaron el interior del maletero. Jess se dio la vuelta asustada y miró el coche que se detenía, preguntándose si lo hacía para ofrecer ayuda o por razones más inquietantes.

Un hombre alto y fornido salió del coche, abriendo un paraguas negro. Iluminado desde atrás por los faros, su espalda parecía ancha y atlética, de gigante.

Esforzándose por ver su rostro, Jess observó al desconocido, que cruzaba los charcos en su dirección. Decidió que no era muy probable que un ladrón utilizara paraguas.

–¿Algún problema? –preguntó él, protegiéndola con el paraguas. Ella se sintió envuelta por un olor fresco y boscoso. Sintió vergüenza al imaginarse el aspecto que tendría con el pelo empapado y pegado a la cabeza.

–Un pinchazo –replicó Jess, atisbando de reojo su interesante rostro. Señaló la rueda trasera–. Parece que no tengo rueda de repuesto ni una de esas… bombas.

–¿Una de esas bombas? –repitió él, arrugando los ojos. El gesto le resultó familiar a Jess.

–Ya sabes, una de esas cosas para levantar el coche –explicó, haciendo un gesto con la mano.

–¿Un gato? –dijo él con voz sonora y divertida.

–Un gato –farfulló ella, humillada. Fijó la vista en la rueda, convencida de que probablemente tenía la cara llena de churretones de rímel negro.

Pero no tenía por qué haberse preocupado. El hombre no miraba su rostro. Tenía los ojos clavados en la blusa empapada, tan pegada al cuerpo que no dejaba lugar a la imaginación. Al ver sus senos tan claramente como si estuviera desnuda, Jess gimió y alzó una mano para taparse. Él alzó los ojos e hizo una mueca.

–Supongo que será mejor que encuentre «la bomba». ¿Puedes sujetar el paraguas? –metió la mano en el maletero, alzó una sección del fondo y, para sorpresa de Jess, debajo había una rueda de repuesto y un gato–. Vaya, mira lo que hay aquí –exclamó él, mirándola de reojo.

–Gracias. Ahora ya sé dónde buscar –se retorció de vergüenza por su ignorancia. Tenía que poner «mantenimiento del coche» en su lista de cosas pendientes. A los veintiocho años, ya iba siendo hora de que aprendiera algo al respecto.

–Es una lástima que escogieras tan mal día para un pinchazo. Si no, te daría una lección –dijo él, sacando la rueda de repuesto.

Jess se preguntó si le había leído la mente, mientras observaba su ancha espalda y sus musculosos brazos. Pensó que no le importaría nada que le diera lecciones. Inmediatamente, aparcó esa fantasía en la zona de su mente destinada a basura. Llevaba mucho tiempo dedicándose a su floreciente negocio de catering, atada a la cocina, con los dedos llenos de masa y cubierta de harina. El menú del día no incluía aventuras.

Cuando Jess volvió a centrarse, se fijó en los ríos de agua que recorrían los brazos del desconocido y chorreaban codo abajo. No sabía qué habría hecho sin él.

–Siento que te hayas mojado tanto. No sabes cuánto te agradezco que no pasaras de largo… como tantos otros.

–No creas que no lo pensé, pero soy demasiado caballeroso –se giró hacia ella y guiñó un burlón ojo azul. A Jess se le aceleró el pulso.

–Cuando paraste, tuve miedo de que fueras un atracador –confesó Jess con una risita.

Él dejó caer la rueda en el suelo y ella siguió su caída con la vista, subiendo después por sus largas piernas, caderas estrechas y estómago prieto.

–¿Decepcionada? –preguntó él.

Jess alzó la cabeza y vio que él miraba la zona que ella acababa de examinar, la que estaba más debajo de su cintura. Se ruborizó intensamente.

–¿Decepcionada? No sé a qué te refieres.

–Decepcionada porque no sea un atracador –dijo él torciendo la boca con una media sonrisa.

–Oh, solo un poco –replicó ella, dedicándole una sonrisa de actriz de cine, aunque algo humillada. Él no se movió y, durante un instante, Jess creyó reconocerlo. Lo estudió y negó mentalmente con la cabeza. No. No podía ser.

–¿Te resguarda bien el paraguas? –preguntó él, agachándose junto a la rueda y titubeando como si esperara algo.

–En realidad no –replicó ella. De repente, su dura cabeza comprendió la razón de la pregunta. Su función era protegerlo a él con el paraguas, no a sí misma. Turbada, lo puso sobre él mientras aflojaba la rueda.

Cuando situó el gato en posición, Jess perdió el interés en la rueda y en el paraguas y se concentró en sus largas y fuertes piernas, embutidas en unos vaqueros empapados y muy ajustados que se acoplaban perfectamente a un trasero prieto y bien formado. Incómoda con su observación, Jess volvió a mirar la rueda, diciéndose que quizá debería volver a incluir las aventuras en su agenda.

–Yo no me fiaría de esta rueda de repuesto –dijo el hombre–. Me parece que está pasada. Yo que tú la arreglaría cuanto antes –quitó el gato, se puso en pie y guardó la rueda pinchada y el gato en el maletero–. Pero aguantará de momento. Estrechó los ojos, escrutando su rostro, y entreabrió la boca como si quisiera hacerle una pregunta. Pero volvió a cerrarla y sonrió.

–Muchas gracias –dijo ella, mirando la lluvia que le caía por la barbilla. Nunca se había encontrado con alguien tan guapo… Jess se detuvo a medio pensamiento. Nunca se había encontrado con alguien tan caballeroso; recordó sus modales–. Permite que te dé algo por tu ayuda.

–De acuerdo –dijo él sin dudarlo, y extendió la mano.

Jess, que esperaba un «no gracias», disimuló su asombro. Mientras metía la mano en el bolso, oyó una carcajada. Alzó la vista.

–Me conformaré con mi paraguas –dijo él.

Ella miró la tela negra que la protegía de la lluvia, mientras él esperaba como Neptuno saliendo de las aguas. Le dio el paraguas.

–Perdón. Soy algo despistada.

–¿En serio? No me había dado cuenta –agarró el paraguas y despidiéndose con la mano volvió a su coche. Encendió el motor y, en vez de marcharse, esperó a que lo arrancara ella.

Aún existía la galantería. Empapada, Jess subió al coche, comprendiendo que acababa de permitir que el hombre de sus sueños se le escapara entre los dedos sin tocarlo. Sonriendo por su ridícula fantasía, se incorporó al tráfico.

Derek esperó. Era una mujer atractiva y guapa, que le resultaba familiar. Exceptuando las curvas que se apreciaban bajo la ropa húmeda, se parecía vagamente al palillo de amiga que había tenido su hermana en el instituto.

Pero lo que se le había grabado en la mente no era su figura, sino sus ojos almendrados color avellana. Por no hablar de esos labios carnosos y suaves, que tanto le habría gustado besar.

Había estado a punto de preguntarle si era Jess, pero no lo hizo por temor a que sonara a la típica frase de ligue: «¿No te conozco de algo?». Dudaba que Jess se hubiera convertido en la sensual sirena que acababa de rescatar. Soltó una risita, asombrado por la sensación de anhelo que se había instalado en su estómago.

Cuando Derek pensaba en romance, recordaba con desagrado la situación en la que se encontraba. Gerald Holmes lo había contratado para trabajar en el estudio de televisión, pero su bella hija se había convertido en una pesadilla. Había cometido el error de salir con ella un par de veces al principio y, aunque él había dado marcha atrás, ella no. Holmes lo había ascendido de recadero a corrector y después a reportero, y había empezado a preguntarse si los ascensos se debían a su talento o a la intervención de Patricia.

Derek se encogió, volviendo a sentir la inseguridad de su adolescencia. En el instituto había triunfado jugando al fútbol americano, pero se sentía torpe y gordo, y ocultaba su incomodidad bromeando y armando jaleo. Su fuerte era el deporte, no las chicas. En la universidad no habían considerado que su talento para el fútbol fuera suficiente como para hacerle una oferta profesional. Se había dedicado a los medios informativos y había recuperado la confianza en sí mismo.

Su éxito era innegable. Recibía cartas de admiradores, tanto hombres como mujeres, que alababan su talento, encanto y atractivo. Se encargaba de retransmitir las noticias de última hora y, según decían, en la televisión parecía refinado y seguro de sí mismo.

Quizá por eso se había sentido atraído por la mujer empapada a la que había ayudado. Se había convertido en su héroe por una sola razón: era el hombre que la había salvado de los atracadores; el hombre que sabía cambiar una rueda.

A lo largo de los años, Derek había ido transformando el exceso de grasa en músculos bien definidos, y ante las cámaras de televisión mostraba aplomo y confianza. Pero en su interior, cuando algo le importaba mucho, volvía a sentirse como el payaso barrigón que lo sabía todo sobre el fútbol pero nada sobre las mujeres.

Jess vio la señal que indicaba Está usted entrando en Royal Oak. Siguió la carretera y giró hacia Maple Street, mientras la asaltaban los recuerdos. Meg y ella habían pasado muchos días paseando por esa carretera. Desde que los padres de Jess se habían trasladado a Arizona y su hermano a Colorado, no había vuelto… hasta ese momento.

Aparcó ante la casa de madera de color amarillo y comprobó, con alivio, que la lluvia había amainado. Meg salió de la casa con un paraguas sobre la cabeza.

–¡Jess! –gritó, corriendo hacia ella. Jess saltó del coche y, olvidando su supuesta madurez, dio un grito típico de adolescente y abrió los brazos. Meg le dio un gran abrazo. Después, la soltó y dio un paso hacia atrás.

–¡Puaj! ¿Qué te ha ocurrido?

–Tuve un pinchazo –Jess echó una ojeada a su elegante y compuesta amiga, segura de que, a su lado, parecía una vieja muñeca de trapo.

–¡Que horror! –exclamó Meg.

–Excepto por el tipo guapo que paró a ayudarme –dijo Jess, sintiéndose como una colegiala.

–¿En serio? –Meg abrió los ojos de par en par–. Y… ¿cómo se llamaba?

–Cuando estás ahogándote, eso no se pregunta –replicó Jess encogiéndose de hombros.

–Mala señal, Jess –Meg sacó la mano, comprobó que había dejado de llover y cerró el paraguas–. Siempre tuve que empujarte un poco, ¿no?

Jess asintió. Era verdad. Envidiaba la capacidad de Meg para relacionarse con los hombres. Su pelo rojo y sus ojos verdes parecían atraerlos como abejas a la miel.

–Pero mírate ahora. Estás fantástica –dijo Meg, poniendo un brazo sobre sus hombros.

–Gracias –dijo Jess, que imaginaba su aspecto de rata mojada–. Y tú, ¿qué? Una autora famosa en Nueva York. Estoy impresionada –sonrió con admiración y abrió la puerta trasera del coche.

–Famosa aún no, pero estoy en ello. Vamos a subir el equipaje ahora que ha dejado de llover. Estoy segura de que quieres cambiarte –sacó la bolsa portatrajes mientras Jess agarraba la maleta y la seguía hacia la casa.

–Te he preparado una habitación arriba –dijo Meg–. Mientras te cambias, prepararé té.

–Eso suena fantástico –dijo Jess, siguiéndola.

–Derek debería arreglar esto para que parezca una habitación de invitados –dijo Meg con un suspiro al abrir la puerta. Jess miró a su alrededor. Había algunos recuerdos del pasado de Derek: un banderín de su facultad y una estantería llena de trofeos de fútbol y fotos enmarcadas–. Derek ahora tiene su dormitorio abajo –siguió Meg–, e ignora esta parte de la casa, excepto cuando yo vengo de visita.

–Siento mucho lo de tu divorcio, Meg. Ojalá… –comenzó a decir Jess.

–No lo sientas –Meg movió la mano como si quisiera borrar el pensamiento–. Es agua pasada –sonrió con valentía.

Temiendo decir más, Jess dio un suave apretón al hombro de su amiga y dejó el tema.

–He vaciado un par de cajones y hay sitio en el armario –dijo Meg, señalando un tocador.

–Esto es mucho mejor que dormir en un motel –dijo Jess–. Por cierto, ¿dónde está Derek?

–No estoy segura, pero aparecerá antes o después –Meg se detuvo en el umbral–. Es fantástico verte, Jess. Prepararé el té mientras te arreglas.

–De acuerdo. Estoy hecha un desastre –dijo Jess con una mueca, al verse en el espejo. La carcajada de Meg retumbó en el vestíbulo.

Jess volvió al espejo. «Desastre» no era la palabra adecuada; «horror» se acercaba más a la realidad. Su maquillaje había desaparecido, excepto por los círculos negros que rodeaban sus ojos, y el pelo le caía lacio y húmedo sobre la cara.

Colgó la bolsa portatrajes en el armario, puso la maleta sobre la cama y sacó ropa interior seca. Se puso una bata y fue hacia la puerta. Se quedó inmóvil al ver la foto enmarcada que había en la estantería. Dejó la ropa en la cama, agarró la foto y la miró fijamente: era ella atrapada en una llave bajo el grueso brazo de Derek. Sí, así era como recordaba a Derek.

Miró otra: Derek vestido de futbolista, con un trofeo en la mano. Inquieta, vio una foto más pequeña, sujeta entre el marco y el cristal, era ella, en su foto de graduación. Se preguntó por qué Derek tenía esa foto allí.

Intrigada, Jess se metió en la ducha. Cuando acabó se puso un pantalón elástico y una enorme camiseta a juego. Se pasó un cepillo por el pelo húmedo y, tras echar una última ojeada a las fotos, bajó las escaleras.

Meg la recibió en el salón con el té y un plato de galletas. Se acurrucaron en sendos sillones, charlando y riendo como en los viejos tiempos, hasta que llegó el aroma de comida desde la cocina. Jess olfateó el aire.

–Voy a ver cómo va el guiso –dijo Meg, mirando su reloj de pulsera–; traeré la tetera para tomar otro té. La cena no es nada especial.

Especial o no, a Jess le daba igual. Tenía hambre y el aroma había excitado su paladar. Mientras Meg estaba en la cocina, se relajó en la silla y miró la habitación. Todo le traía recuerdos: cotilleos, noches durmiendo allí, tardes estudiando para los exámenes…

El golpe de una puerta interrumpió sus pensamientos. Una voz de hombre sonó en la cocina e, inconscientemente, se hundió en los cojines del sillón, esperando hacerse invisible si el intruso era Derek… de lo que estaba casi segura.

–Sabía que llegarías a casa en cuanto se oliera a comida –oyó decir a Meg.

–Es que guisas muy bien –replicó él.

A Jess le gustó esa voz sonora y profunda. Dejándose vencer por la curiosidad, se inclinó hacia la puerta con la esperanza de echar una ojeada al gigante hecho adulto. Se oyó un ruido de metal, como una tapa de cacerola al caer y la exclamación de Meg.

–¿Qué te ha pasado? Estás hecho un desastre.

–Lo creas o no, he estado haciendo de «caballero andante» en la autopista –rio Derek.

En la autopista. El recuerdo de esos impresionantes ojos inundó la mente de Jess y se quedó sin respiración. Era imposible.

–¿De quién es el coche que hay aparcado en la puerta? Me parece familiar –preguntó él con la boca llena, cerrando la puerta de la nevera.

–Es de Jess. Y deja de comer, Derek. Cenaremos en cuanto haga la ensalada –bajó el tono de voz, pero Jess la oyó de todas formas–. Ya te dije que venía al centenario. Está en el salón.

Jess sonrió, preguntándose si Meg creía que estaba sorda.

–¡Eh, francesita! –gritó Derek.

–No empieces con eso, Derek –susurró Meg–. Prueba a decir «Jess». Os llevaréis mucho mejor.

–¡Eh, palillo! –el saludo de Derek llegó al salón un segundo antes que su cuerpo.

Capítulo 2

Eras tú! –dijeron Derek y Jess al unísono.

Él se paró tan bruscamente que derramó un poco de leche y una galleta rodó por la alfombra y se detuvo a los pies de Jess; él recorrió la esbelta pierna con la mirada, subiendo hasta el sensual cuerpo que ocultaba la enorme camiseta. Cuando llegó al rostro vio un asombro equivalente al que experimentaba él mismo.

Intentó recuperar la compostura y conjuró mentalmente la imagen de la esquelética amiga de su hermana: un poste de pelo liso y oscuro, ojos preciosos y enormes. Los ojos eran los mismos, enmarcados por pestañas largas y oscuras. Pero su figura había envejecido como el mejor borgoña. La camiseta ocultaba su cuerpo, pero Derek recordaba bien las deliciosas curvas que habían sido aparentes bajo la blusa empapada. Cerró la boca y tragó saliva.

–¿Qué te ha ocurrido, Jess? Antes me pareció que me resultabas familiar, pero no podía creerme que fueras tú.

Decidió olvidar para siempre el apelativo de «palillo». Teniendo en cuenta su apellido francés y esos sensuales labios que tanto lo atraían, decidió que «francesita» aún podía servir.

–No te has olvidado de mí, ¿verdad? –preguntó, al ver que ella no contestaba.

–¿Cómo podría hacerlo? –Jess puso los ojos en blanco e hizo una mueca–. Es como preguntar si me olvidé de que existe la peste.

Reaccionando, Derek se acercó a ella y recogió la galleta del suelo. Le puso un brazo sobre los hombros y le dio un apretón cariñoso. Ese mínimo contacto hizo que su corazón brincara como un yo-yo.

–No era tan terrible, ¿o sí?

–No preguntes –replicó ella con sarcasmo.

–Entonces éramos unos críos –se excusó Derek. Sabía que había sido horroroso–. Ahora tengo veintiséis años, no dieciséis.

–Yo tengo veintiocho –comentó Jess–. Los cumplí el mes pasado.

–Feliz cumpleaños –dijo Derek–. No parece que tengas más de veinticinco.

Jess agradeció el comentario con desgana.

–Ahora que eso está aclarado, démonos la mano y olvidemos el pasado. Piensa en el galante caballero que te cambió la rueda y no te robó el coche –Derek apartó el brazo de su hombro y le ofreció la mano.

–De acuerdo, Derek, pero no prometo nada –dijo ella aceptando el gesto–. Tendrás que demostrarlo.

–Disfrutaré haciéndolo, Jess –sonrió Derek, reteniendo su mano. Ella reflexionó un instante y, sonrojándose, retiró la mano.