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Su presencia lo invadió todo en el momento en el que entró en la consulta de Brisbane. Alto e imponente, pero con encanto y calidez; todo lo que un médico debería tener. Cate tuvo que controlarse a sí misma. No estaba preparada para sentir otra vez. Aun así, la pasión y la ternura eran dos cosas que compartían, y si Cate podía, poco a poco, superar sus miedos, ¿por qué él no podía? Como médico, Cate comprendió que algo no marchaba bien y que necesitaba convencer a ese hombre de que podía ser paciente y doctor a la vez, de que su amor podía proporcionarle una cura muy especial.
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Seitenzahl: 188
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Leah Martyn
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Como un sueño, n.º 1251 - febrero 2016
Título original: The Loving Factor
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2001
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones sonproducto de la imaginación del autor o son utilizadosficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filialess, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N: 978-84-687-8037-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
CATE se alegraba de haberlo hecho.
La noche anterior había conseguido por fin armarse de valor para recoger las cosas de Rick, cosas que sin duda él no había tenido interés en llevarse del apartamento de Cate. Lo había metido todo en una bolsa de basura grande, y en esos momentos estaba a punto de llevarlas a la tienda benéfica de la zona.
Cate frunció la boca con cierto pesar. Su compromiso con Rick había sido breve, pero aún ocho meses después se preguntaba cómo Rick y ella habían podido hacer planes de boda.
En esos momento veía con toda claridad cómo había sido su relación. Al pensar en lo que podría haber ocurrido, sintió un escalofrío por la espalda.
Pero afortunadamente no había pasado nada. Salió del coche con la bolsa al hombro, resuelta a no volver a pensar más en el pasado.
Unos minutos después Cate ya estaba conduciendo su Volkswagen Polo de camino al Centro Médico Ferndale, donde trabajaba como médico de cabecera.
El consultorio estaba situado en uno de los barrios antiguos más urbanizados de Brisbane, y Cate se alegraba de haber pedido el traslado a aquel consultorio más pequeño. Llevaba ya seis meses allí y era la tercera doctora de un grupo de tres.
Los otros dos eran hombres. Peter Maguire, de unos cincuenta y cinco años, era el socio fundador y Jon Goodsirs, que tan solo llevaba dos años en el centro, el otro médico.
Sus compañeros de trabajo del centro eran buenas personas, pensaba Cate mientras avanzaba con lentitud en medio del tráfico de la mañana. Diez minutos después metía el coche en un espacio del aparcamiento trasero de un edificio de piedra de una sola planta.
Salió del coche, sacó el maletín y se detuvo un instante a respirar el aire fresco de aquella mañana de agosto.
Sin embargo, a pesar del frescor, en el aire flotaba el aroma del verano, la promesa de los largos y cálidos días venideros. ¿Qué le depararía aquella estación? Cate se sintió curiosamente aturdida mientras pasaba por delante de los macizos de arbustos en flor de camino a la entrada trasera.
En la consulta, Cate se quitó la chaqueta y empezó a mirar el correo que Chrissie Jones, la recepcionista, le había dejado sobre la mesa.
De un sobre sacó con alivio las radiografías que había estado esperando. Se puso de pie y colocó la primera de las películas sobre la pantalla iluminada.
–Ah, Cate. Me alegro de que hayas venido –Chrissie asomó su rubia cabeza por la puerta–. ¿Podrías recibir a un paciente que ha llegado algo temprano?
Maldición. Cate le echó una mirada al reloj. De poco le había servido levantarse antes.
–¿Quién es, Chrissie?
–Lauren Bentley.
Cate abrió especulativamente sus grandes ojos marrones. Tan solo hacía seis días que le había hecho a Lauren la revisión posterior al parto.
–Si es urgente, será mejor que la reciba.
La recepcionista hizo una mueca.
–Desde el punto de vista médico no pienso que sea urgente. Aparentemente ha recibido una oferta de trabajo; quiere hablar contigo sobre el bebé antes de comprometerse.
Cate sonrió con pesar.
–En ese caso, será mejor que le digas que pase. Hablaré con ella.
–Gracias, Cate –Chrissie retiró la cabeza y al momento volvió a asomarse–. ¿Querrás tomar un café con nosotras cuando termines?
–Desde luego –Cate metió su bolso debajo de la mesa–. ¿Por cierto, quién está aquí y quién está fuera?
–Jon está en el hospital y haciendo visitas a domicilio, y Peter está honrando el club de golf con su presencia –Chrissie sonrió–. El doctor Whittaker está aquí.
–Creía que tenía que empezar la semana que viene –involuntariamente Cate se llevó la mano a la cadena de plata que llevaba al cuello–. ¿Quiere que le enseñe el centro?
–No ha dicho nada –Chrissie arqueó una ceja–. ¿Te mando ya a Lauren?
–En dos minutos –Cate ahogó un suspiro y se estiró la camiseta negra mientras veía cómo aquel rato que se había reservado libre se desvanecía como el humo.
Parecía que iba a tener que ser ella la que recibiera a Andrew Whittaker. Qué fastidio. Lo menos que podía haber hecho Peter era estar allí. Después de todo, Andrew Whittaker era su sobrino. Él iba a sustituir a Peter mientras este se tomaba unas vacaciones.
Bueno, molestarse no serviría de nada. Cate se acomodó en su asiento y abrió el archivo de Lauren en el ordenador en el mismo momento en que la paciente entraba en la consulta.
–Gracias por recibirme –Lauren se sentó cuidadosamente en la silla que había junto a Cate–. Me han ofrecido un empleo a tiempo parcial –le explicó–. Tengo una entrevista con el director del colegio esta misma mañana.
–¿Qué te parece compaginar el trabajo con la maternidad?
–Bueno, esto me ha surgido un poco antes de lo que me habría gustado.
–La vida es así, ¿no? –Cate sonrió.
–Sí –Lauren se mordió el labio–. Lo que pasa es que no puedo permitirme el dejarlo. David y yo tenemos una letra mensual por la casa muy gorda.
–¿Has pensando ya en quién va a cuidar del bebé?
Cate repasó rápidamente las notas sobre Lauren. Había tenido un parto rápido y ella y su hijo habían pasado la revisión posterior satisfactoriamente.
–Mi madre se va a ocupar de él –tragó saliva–. Pero en parte siento como si fuera a abandonarlo...
–No pienses eso, Lauren –Cate se apresuró en asegurar a la joven madre–. Si lo deseas, puedes sacarte la leche cada día para que tu madre se la dé al pequeño Scott.
–Esperaba que me dijera eso –Lauren pareció animarse–. No me gustaría tener que destetarlo. Así que... –se acercó un poco más a Cate–. ¿Podría congelar la leche? ¿Y puede calentarla después mi madre en el microondas?
–Lo primero sí, pero lo segundo no –dijo Cate–. Los microondas tienden a calentar algunas partes más que otras y existe la posibilidad de que algunos de los componentes de la leche materna se estropeen durante el proceso. Como los glóbulos blancos, por ejemplo.
–No tenía ni idea –Lauren negó con la cabeza–. Hay tantas cosas en las que pensar.
–No lo conviertas en un problema –dijo Cate–. Mira, no es demasiado difícil una vez que hayas aprendido a almacenar y descongelar la leche –le explicó–. Y la mejor manera de hacerlo para que no se estropee. ¿Quieres que te apunte unas cuantas directrices? –Cate se acercó un bloc de notas–. Creo que tengo también unos interesantes folletos informativos de la Asociación de Madres. Si te lo meto todo en un sobre y te lo dejo en recepción, tal vez puedas pasar a recogerlo después de la entrevista.
–Estupendo –Lauren se puso de pie–. Le agradezco mucho su ayuda, doctora Clifford.
–Estamos para eso –Cate esbozó una sonrisa deslumbrante–. Recuerda, para esto es para lo que me he preparado. Igual que tú te has preparado para otra cosa.
Lauren esbozó una sonrisa pesarosa.
–Solo que ahora yo tengo tres trabajos, ¿no? Además de enseñar, tengo que ser la mamá de Scott y la esposa de David. Pero soy optimista –soltó una risotada.
Cate acompañó a su paciente hasta la puerta, dejó esta entreabierta y se volvió a estudiar de nuevo la radiografía.
–Buenos días.
Cate volvió la cabeza rápidamente. Se quedó con la vista fija en la puerta y en el metro ochenta de hombre que tenía delante.
–Hola... –suspiró–. ¿El doctor Whittaker?
–Andrew –el hombre en cuestión se adelantó despacio y fue hacia ella–. Y usted debe ser Cate Clifford.
Una sonrisa pausada y provocativa se asomó a sus labios.
Ella asintió mientras sentía la cálida firmeza de su piel al estrecharle la mano.
–Me han encargado que le diga que el café está listo y que si es necesario la lleve a la fuerza –sonrió y apoyó la cadera en la mesa de Cate; entonces arqueó una ceja–. ¿Quiere eso decir que es usted una especie de adicta al trabajo, doctora Clifford?
–No más de lo que nos toca ser a todos en un consultorio pequeño como este –se defendió–. No lo esperábamos hasta la semana próxima... –se calló bruscamente al darse cuenta, demasiado tarde, que sus palabras asemejaban una acusación.
Oh, Dios mío, estaba exagerando. Cate sabía que nada ni nadie la había preparado para la presencia de aquel hombre.
¿Por qué no podía haber sido bajo?, pensaba mientras estudiaba sus bronceadas facciones. O aún mejor, casado. Para no sentir ninguna tentación.
–Peter llegará sobre las nueve y media –dijo Cate en tono seco.
–Mmm, lo sé –Andrew se apartó de la mesa para echar un vistazo por encima del hombro de Cate–. Me voy a quedar con Pete y Ellie hasta que alquile una casa. ¿De quién es el pie? –señaló la radiografía que Cate tenía delante.
Cate respiró hondo para tranquilizarse.
–De un hombre de cincuenta y seis años. Es carnicero. Pasa casi todo el día de pie sobre un suelo de cemento. Tiene molestias en el arco del pie derecho.
–¿Cree que pueda tener una deformación ósea en la parte posterior del pie? –aquellos ojos azules se iluminaron inquisitivamente.
–Bueno... sí.
Entonces él apretó los labios.
–Bueno, está claro por lo que tenemos aquí que no es una deformación ósea. Tampoco se ven lesiones en ningún otro hueso –con la yema del pulgar se acarició la barbilla.
–Tiene un par de quistes en la cabeza del metatarso –Cate señaló la silueta en sombra–. Pero eso no debería ser un problema.
–No –Andrew esbozó una breve sonrisa que iluminó su rostro atractivo–. ¿Entonces, Cate, qué tratamiento le recomendarás al carnicero?
Cate apagó la luz de la pantalla, consciente de los acelerados latidos de su corazón. La proximidad de Andrew Whittaker la turbaba de un modo incomprensible, y Cate empezó a hablar para que él no se diera cuenta.
–Fisioterapia para devolver algo de flexibilidad al pie.
–Tal vez no vendría mal que cambiara el calzado que utiliza para trabajar. Me tropecé con un montón de problemas en los pies en ejército, te lo puedo asegurar.
¿Ejército? Cate pestañeó y entonces hizo memoria. Peter había comentado que su sobrino había estado en las Fuerzas de Defensa australianas como oficial médico durante los últimos años. Aparentemente se había dado de baja hacía relativamente poco tiempo.
Cate le sonrió tímidamente.
–¿Qué te parece trabajar en un centro de barrio?
–¿Distinto, quizá?
–Espero que te las apañes.
–Dios mío, eso espero.
Cate se puso colorada al darse cuenta demasiado tarde de que se estaba burlando de ella con mucha gracia. Por supuesto que se las apañaría. Probablemente Andrew Whittaker habría visto muchas más emergencias que ella.
–Me refería al cambio de ambiente –dijo a la defensiva.
–Lo sé –Andrew se apartó de la pared y se metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón vaquero–. Siento haber sido un sabelotodo.
Cate carraspeó ligeramente. Si Andrew era un bromista, eso no tenía importancia. Su mera presencia era suficiente para que Cate sintiera una extraña turbación que amenazaba con hacer que perdiera la cabeza.
–¿Vamos entonces a tomar ese café?
–Venga –sonrió de nuevo–. Antes de que envíen a alguien a buscarnos.
–Después te enseñaré el centro, si te apetece –se ofreció Cate, para sorpresa suya.
–Gracias –asintió brevemente–. Pero prefiero que sea Pete el que lo haga. Probablemente tendrás una larga lista de pacientes esperándote.
Cate le dirigió una mirada cortante.
–Los viernes siempre pasa lo mismo; todo el mundo viene a solventar sus problemas antes del fin de semana.
–Mmm –parecía pensativo–. Los humanos somos criaturas peculiares, ¿no crees? ¿Vives cerca? –cambió de tema sutilmente.
–No vivo lejos.
Cate le rozó el brazo con el hombro cuando Andrew se retiró para dejarle entrar en la sala de personal. Sus miradas se encontraron y Andrew la miró fijamente durante un buen rato antes de desviar la mirada, dejándola más confusa y turbada que nunca.
–¡Ya era hora, vosotros dos! –Chrissie se puso de pie y empezó a servir café en dos tazas de alegres colores–. Andrew, negro con un terrón, ¿verdad? –la recepcionista le pasó el azucarero.
–Sí –contestó él–. Huele de maravilla. ¿Cate? –le pasó el azucarero con cortesía.
Ella negó con la cabeza.
–No, gracias. Solo le añado leche.
–Buenos días a todos –Bea Harrison, la administradora del centro, entró en la sala muy sonriente–. Hola de nuevo, doctor Whittaker. ¿Se va acomodando?
–Totalmente –sonrió a Bea–. El café también es bueno.
Bea pestañeó.
–Ah, sí –dejó las llaves sobre un estante–. ¿Alguno de vosotros tiene interés en venir a la feria benéfica del colegio mañana?
–No cuentes conmigo –Jessica Royal, la enfermera del grupo, levantó la cabeza pelirroja de la revista que estaba leyendo–. Tengo una día muy apretado. Nos vamos a la playa.
–Y yo juego al hockey los sábados, Bea –Chrissie parecía consternada–. ¿No dijiste que es para recaudar fondos para la orquesta del colegio o algo así?
Bea asintió.
–Mis dos hijos van a participar. Hay un viaje a Adelaide en perspectiva. A los niños les han pedido que toquen en su festival de arte. Será una publicidad estupenda. Pero desgraciadamente todo ello cuesta dinero.
–Supongo que podría pasarme un par de horas –dijo Cate en voz baja–. Jon está de guardia el fin de semana.
–Oh, Cate, ¿podrás? –Bea sonrió de oreja a oreja–. Toda ayuda nos vendrá bien. Y tal vez pueda encontrarte un trabajo en mi puesto de tartas. Tú puedes venir también, Andrew, si no estás ocupado.
Andrew se quedó sorprendido.
–Yo... esto... Estoy buscando piso, Bea. Lo siento.
–Menuda excusa –Cate ahogó una sonrisa ante su claro dilema.
Andrew levantó la taza.
–Ya veremos –dijo y sonrió con humor al tiempo que se llevaba la taza a los labios.
Sentada ya a su mesa unos minutos más tarde, Cate apoyó la barbilla entre ambas manos y se quedó mirando al vacío. Suspiró largamente. Una luz de emergencia parecía parpadear en su mente. Debía mantener los pies en el suelo...
Suspiró de nuevo y descolgó el teléfono para llamar a su paciente el carnicero, Trevor James. Mientras marcaba el número seguía dándole vueltas a la cabeza.
Esperaba que Andrew Whittaker poseyera el sentido común necesario para llevar una consulta de medicina general. ¿Y si no era así? Cate desestimó aquella idea. Tendrían que tratar de llevarse bien de alguna manera. Después de todo, no tenían por qué estar todo el día pegados el uno al otro.
Mientras esperaba a que Trevor contestara el teléfono, Cate abrió el cajón para buscar algunos folletos para Lauren Bentley.
Y también estaba Madeleine Twigg. Cate pensó en la señora mayor, abandonada en su vieja casa sin nadie que cuidara de ella. Aunque eso bien podría cambiar. Tendría que buscar un momento para hablar con Pete y Jon de la señora Twigg. Había que intentar alojar a aquella pobre mujer en algún hogar de ancianos con urgencia. Aunque conseguir que ella accediera era también otro problema.
Nada más terminar de hablar con el carnicero, Cate oyó una algarabía fuera del despacho. Levantó la cabeza, muy nerviosa. Ya habían intentado robar en el centro en una ocasión, un drogo dependiente pidiendo metadona. La experiencia había sido una pesadilla...
–¿Cate, puedes venir? –Chrissie llegó sin aliento a su puerta–. Es el señor Cameron. ¡Ha sufrido un colapso!
Cate aspiró con fuerza. El destacado parlamentario era paciente de Pete.
–¿Qué ha pasado? –le preguntó mientras corrían juntas por el pasillo de camino a la sala de espera.
–Se quejó de una indigestión. Dijo que quería ver al doctor Maguire –Chrissie se mordió el labio de abajo–. Y entonces se le pusieron los ojos en blanco... Ha sido horrible...
–Llama una ambulancia, Chrissie –Cate dijo rápidamente.
Cuando miró hacia la sala de espera vio que Andrew Whittaker se había hecho cargo de la situación. Apretó los labios. Solo les faltaba eso; un posible ataque cardiaco en la sala de espera y con los primeros pacientes a punto de llegar.
Jessica también se había acercado corriendo y en pocos segundos le aflojó la corbata al señor Cameron y le desabrochó los primeros botones de la inmaculada camisa blanca.
Andrew intentaba encontrarle el pulso con cara de preocupación.
–Nada –dijo al momento–. Vamos a necesitar la maquina de oxígeno, por favor. ¡Rápido!
Jessica salió volando.
A Cate se le hizo un nudo en el estómago. Al momento se arrodilló junto a Bart Cameron y empezó a darle un masaje cardiorespiratorio. Los ataques cardiacos se presentaban sigilosamente. Cate pensaba en eso mientras contaba el ritmo de cabeza. Golpeaban sin previo aviso, elegían a sus víctimas al azar...
–Continúa, Cate –dijo Andrew con desasosiego y Cate sintió que le apoyaba una mano firme y cálida sobre el hombro–. Traeré un tubo. ¡Y, Chrissie! –se volvió y la miró con intensidad–. ¡Esto no es un espectáculo de cabaret! Cierra las puertas y mete a los pacientes en otro sitio durante un rato –se volvió hacia Cate–. ¿Tiene pulso?
–No.
Maldijo entre dientes.
–De acuerdo, pongámosle la máquina. ¿Es algún pez gordo? –preguntó mientras colocaba una de las planchas sobre el pecho del hombre.
–Un parlamentario –dijo Cate.
–Es lógico –Andrew apretó los dientes y encendió la máquina.
Cate percibió el ritmo del silencio mientras la máquina se cargaba.
–¡Aparta! –se oyó la voz profunda de Andrew mientras le daba las descargas.
Cate apretó los labios, le buscó el pulso y negó con la cabeza.
–¡Adrenalina! –rugió Andrew, y Jessica le pasó la dosis que tenía preparada en la mano.
Cate rezó en silencio para que funcionara mientras Andrew le inyectaba el estimulante y se preparaba para darle otra descarga.
–¡Aparta!
–Tenemos pulso –le confirmó Cate–. Y respiración espontánea.
La expresión de Andrew se relajó visiblemente.
–Ya era hora.
–Y aquí está la ambulancia –Jessica se puso de pie apresuradamente y fue hacia las puertas para dejar pasar a los enfermeros.
–¿Adónde lo enviamos? –Andrew se apoyó sobre el mostrador de recepción y empezó a escribir en la cartulina que Chrissie le había dado.
Cate se hizo a un lado mientras colocaban la camilla junto al enfermo y lo levantaban cuidadosamente.
–Al hospital Princesa Alejandra –dijo Cate–. Es el más cercano y el personal es bueno. Lo atenderán bien.
–Dile a Pete que me he ido con el señor Cameron –Andrew le puso la mano en el hombro al paciente–. Volveré en cuanto sepa algo.
–¿Andrew? –Cate corrió tras él.
–¿Sí? –se volvió y la miró un momento.
Ella le sonrío.
–Gracias.
–Lo mismo digo –contestó y la miró con intensidad antes de volverse y seguir a la camilla a través de las puertas de cristal.
Cate aspiró hondo. Volvió rápidamente a su consulta mientras se imaginaba aquella mirada inquisitiva siguiéndola.
Entró en su consulta y resopló con incredulidad y exasperación. Andrew Whittaker solo estaría allí unas semanas, y probablemente andaría a la caza, buscando alguien con quien divertirse después de salir del ejército.
¿Qué demonios le ocurría? ¿Acaso era adicta de algún modo a los hombres poco recomendables?
Se sentó en la butaca para tranquilizarse un poco, empeñada en rechazar el silencioso mensaje que había visto en los ojos increíblemente azules de Andrew Whittaker.
A MEDIDA que avanzaba la mañana, Cate sintió que había conseguido controlar la situación. Claro estaba, sin contar el maldito papeleo.
Cuando se hubieron marchado sus últimos pacientes, empezó a pasar las notas al ordenador. Al poco oyó que llamaban a su puerta y levantó la cabeza.
Chrissie se asomó.
–Me voy a la cafetería, Cate. ¿Quieres que te traiga algo de comer?
–¿Dios mío, tan tarde es? –Cate frunció el ceño mientras miraba el reloj–. Mejor será que traigas sándwiches para todos, Chrissie –se apartó de la mesa y se estiró–. Creo que Peter quiere que nos reunamos durante la hora del almuerzo.
–Pobre –la recepcionista hizo una mueca–. De acuerdo. Atracaré la caja chica.
–Buena idea –Cate sonrió y volvió al teclado–. ¿Ha vuelto ya Andrew?
Chrissie se encogió de hombros.
–No lo he visto.
Cate se mordió el labio inferior, sin saber si se alegraba o no.
Andrew tardó en volver del hospital. Tenía mucho en qué pensar.
De acuerdo, hacía mucho tiempo, más de un año ya, que no había en su vida ninguna mujer. El ejército no había sido el lugar más propicio para entablar, menos aún para mantener, una relación.
Pero eso ya había terminado. Más animado, avanzó por la acera hacia la calzada mientras repasaba mentalmente los acontecimientos de esa mañana.
Entre ellos, su encuentro con la doctora Clifford.
¿Qué perfume llevaría? Estaba totalmente despistado con ese tipo de cosas últimamente. Pero aún lo recordaba. La suave fragancia se había quedado impregnada en la manga de su jersey cuando ella lo había rozado al pasar.
Tenía una bonita figura también. Andrew sonrió. La camiseta negra y los pantalones de pinzas le ceñían amorosamente las suaves curvas de su cuerpo.
De repente, sin previo aviso, sintió una punzada de deseo, un anhelo que no había experimentado desde hacía muchísimo tiempo.
¡Maldición! No podía ser; tenía que controlarse. Pero, por otra parte...
Andrew apretó el paso, deseoso de volver a verla.
Cate se cepilló el pelo y se puso un poco de carmín en los labios antes de unirse al resto para almorzar en la sala de personal.
