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Enrique Martínez Lozano desarrolla en este libro –que viene completar una «trilogía», junto con sus libros Presencia y Vida– una definición del compromiso como amor, implicación, esfuerzo, denuncia, cuidado... dimensiones que brotan de la profundidad-fraternidad. Compromiso es –dice– lo que somos. Estas páginas quieren ser una invitación a conectar con el amor que somos de una forma sentida y práctica. Para que ese amor fluya en forma de compromiso a favor del bien de todos los seres y del planeta entero.
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Seitenzahl: 119
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Índice
Portada
Créditos
Introducción. Compromiso: cuidado amoroso y eficaz
1. Narcisismo: El compromiso ausente
2. Apropiación: El compromiso desconectado
3. Comprensión: El compromiso que fluye
Conclusión: Somos compromiso
Biografía del autor
Notas
Colección dirigida por Luis López González
© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Enrique Martínez Lozano 2021
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 978-84-285-6442-7
Depósito legal: M. 26.647-2021
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)
Printed in Spain. Impreso en España
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
A Ana, con admiración,
porque lo que hace nace de lo que es.
Los ríos no beben su propia agua;
los árboles no comen sus propios frutos;
el sol no brilla para sí; las flores no esparcen
su fragancia para ellas mismas...
Vivir para los otros es una regla de la naturaleza.
La vida es buena cuando tú estás feliz;
pero la vida es mucho mejor
cuando los otros son felices por tu causa.
Nuestra naturaleza es el servicio (anónimo).
Los seres humanos somos
seres predispuestos a cuidar de nosotros
mismos y de los otros.
ADELA CORTINA
«Un buen día –cuenta la conocida como fábula de Higinio–, al atravesar un río, Cuidado encontró un trozo de barro. Lo tomó y empezó a darle forma. En ello estaba, cuando se presentó el dios Júpiter. Al reconocerlo, Cuidado le pidió que soplara con su espíritu sobre la forma de barro que había amasado, y Júpiter así lo hizo. Pero enseguida empezaron a discutir acerca del nombre que debía tener la criatura recién creada, reclamando cada cual ponerle el suyo propio.
En ello estaban, cuando apareció la Tierra, quien también quiso llamar a la criatura con su nombre, argumentando que estaba hecha de su propia materia, el barro. Todo ello generó una fuerte discusión.
Al ver que no lograban ponerse de acuerdo, le pidieron a Saturno que actuara como árbitro. Y así fue. De manera inmediata, Saturno tomó la palabra y sentenció: “Júpiter, tú le diste el espíritu; por lo tanto, recibirás ese espíritu cuando la criatura muera. Tierra, tú le diste el cuerpo; por tanto, se te devolverá cuando la criatura muera. Y finalmente tú, Cuidado, al ser quien modelaste a la criatura, la mantendrás bajo tus cuidados mientras viva. Y como veo que no os ponéis de acuerdo sobre el nombre de la criatura, decido que se llamará ‘Hombre’, es decir, ‘humus’, que significa tierra fértil”».
El término «compromiso» es polisémico. Puede aludir a cosas tan dispares como un contrato («hemos firmado el compromiso») o una dificultad («nos han puesto en un compromiso»). Y puede referirse también a una actitud de responsabilidad asumida ante uno mismo, ante otros, ante un colectivo o incluso ante el planeta entero. En virtud de ella, la persona se implica voluntariamente en la búsqueda del bien de las personas o de la naturaleza, aun por encima de sus propios intereses inmediatos. Y no porque reniegue del cuidado de su propio bienestar, sino porque su comprensión le permite abrirse a un horizonte más amplio que, aun abrazándolo, trasciende su pequeño universo egoico.
Hablamos, pues, de una actitud responsable, es decir, que nace como respuesta ante una situación determinada y busca el bien por encima de todo, por lo que se traduce en un comportamiento que quiere ser eficaz. La responsabilidad es la actitud sabia, entre la irresponsabilidad, por un extremo, y la reactividad, por el otro.
El deseo profundo de bien, que da cuerpo a todo compromiso genuino, brota de lo mejor de la persona, se experimenta como amor gratuito, se traduce en servicio y se vive –este es el motivo por el que he querido comenzar recordando la fábula citada– como cuidado.
El cuidado evoca de inmediato atención, acogida, abrazo, protección, amparo, apoyo, seguridad... Pone de manifiesto la bondad radical del ser humano y es, al mismo tiempo, el requisito indispensable para que la vida pueda desplegarse, así como la atmósfera que hace posible el florecimiento de todos los seres y del planeta en su conjunto.
Lo opuesto al cuidado es la depredación. Si aquel es manifestación del amor, esta es hija del narcisismo patológico y del egocentrismo que ve todo y a todos como objetos con los que intenta calmar su voracidad insaciable.
Nuestra actitud en la vida se mueve entre la voracidad y la ofrenda. Aquella define al ego, se alimenta de la ansiedad y se traduce en abuso, sometimiento y depredación, ya que se mueve exclusivamente por intereses egoicos. La ofrenda se apoya en un sentimiento de comunión con todo lo real, es expresión del amor, se alimenta de la gratuidad y de la gratitud y se vive como entrega.
Si todo lo humano es necesariamente imperfecto y, en consecuencia, ambiguo, tampoco el compromiso escapa a esa ley. Capaces de lo más sublime y de lo más rastrero, del amor más entregado y del egoísmo más hostil, de la más noble integridad y de la peor vileza, necesitamos crecer en lucidez crítica para, desnudando las diferentes trampas que puedan acecharnos, vivir con la mayor limpieza el compromiso en todas sus dimensiones.
El mejor y más eficaz antídoto frente a la ambigüedad es la comprensión, tal como se recoge en la sabia afirmación socrática: «Solo hay una virtud: la sabiduría [o comprensión]; y solo hay un único vicio: la ignorancia». Intento, pues, aportar comprensión que ilumine la vivencia del compromiso, alertando de un doble riesgo: la evasión y la apropiación. Entiendo por evasión aquella actitud egocentrada que, ahogándose en el pozo del narcisismo, elimina de raíz la búsqueda del bien para todos y para todo. Y con la apropiación me refiero al mecanismo sutil, igualmente egoico y egocentrado, por el que, de manera consciente o inadvertida, se vive el compromiso, en cualquiera de sus formas, como afirmación y alimento del ego. Ambos escollos –evasión y apropiación– que el compromiso ajustado ha de saber sortear no son, en realidad, sino dos modos diferentes en los que se expresa, se refugia y con los que se alimenta el narcisismo.
Con ello, quedan nombradas las tres partes en que se divide este trabajo: el compromiso imposible o ausente en el narcisismo, el compromiso apropiado y colonizado por el ego y el compromiso que fluye limpiamente de la comprensión. Probablemente, todos y todas nos reconozcamos en los tres casos, lo que significa que se dan en nosotros estas actitudes: la indiferencia, la apropiación –ambas narcisistas, como veremos en su momento– y, de fondo, la limpieza y la bondad.
Me he referido a la ambigüedad de lo humano. Además de ambiguo, lo humano es inexorablemente imperfecto. Al hablar del compromiso, no abogo, pues, por un ideal inalcanzable ni exijo un «purismo» que, por extremo, llegaría a ser paralizante. Soy completamente consciente de que nos movemos siempre entre claroscuros y que la pretensión de ser «ángel» puede terminar, como resultado de la represión, en comportamientos de «demonio». Tanto la lucidez como la experiencia nos advierten de que no hay luz sin sombra; por tanto, la primera actitud sabia es la aceptación de toda nuestra verdad, desde el reconocimiento de que no estamos llamados a ser «perfectos», sino «completos». Dado todo esto por supuesto, me parece importante subrayar los riesgos que pueden acecharnos a todos con más facilidad y frecuencia de lo que tendemos a pensar, para crecer en consciencia, limpieza y honestidad a la hora de vivir el compromiso.
Compromiso es cuidado amoroso, eficaz y sostenido. No nace del voluntarismo, no se conforma con la «buena intención», ni tampoco es algo pasajero. Nace del amor y se despliega como deseo profundo de bien. Estas páginas quieren ser una invitación a conectar con el amor que somos, de una forma sentida y práctica. Al comprender que somos amor, encontraremos la mayor motivación, tanto para ir limpiando todo aquello que nos impide o dificulta vivirlo, como para favorecer que fluya en forma de compromiso a favor del bien de todos los seres y del planeta entero.
Somos amor; el compromiso es el modo en que se manifiesta.
En este mundo loco, cada uno va a la suya,
menos yo que voy a la mía.
ANÓNIMO
De entrada, aun queriendo evitar toda generalización y sin negar que en cualquier momento pueda saltar la excepción, el narcisismo, caracterizado por la egocentración, dificulta o incluso imposibilita una actitud comprometida o entregada. Es lo que quiere expresar el título de este primer capítulo: el narcisismo equivale a ausencia de compromiso.
Ahora bien, al hablar de «narcisismo» nos estamos refiriendo a una actitud que se despliega en un abanico de intensidades muy diferentes y que darán lugar a comportamientos notablemente distintos. Sin duda, en todo ser humano late un narcisismo básico, huella de nuestra propia necesidad y de la etapa narcisista por la que atravesamos en la infancia. Pero esa tendencia más o menos latente puede conocer diferentes niveles de intensidad hasta llegar, en algunos casos, a constituir un grave trastorno.
Con todo, al hablar de narcisismo no lo hago en su sentido estrictamente clínico, sino que me refiero, más bien, a lo que puede considerarse como una orientación de la personalidad, presente, como acabo de señalar, en todos los humanos. Hablar de narcisismo es hablar de todos nosotros..., de la misma manera que hablar de cuidado es hablar de una dimensión constitutiva de lo que somos.
En estas páginas deseo aportar luz para comprendernos, empezando por entender nuestra común orientación narcisista para, a partir de ahí, poder superarla y, de ese modo, crecer en libertad interior para vivir lo que somos. Desde la convicción de que no somos egocentración –aunque ese dinamismo se halle también presente en todos nosotros–, sino amor capaz de entregarse y dichoso de compartir.
La superación del narcisismo requiere, como primer paso, comprenderlo. Me referiré, por tanto, en este primer capítulo, al lugar donde se inició todo y a la «atmósfera» sociocultural en la que nos movemos, para detenerme en el análisis de los síntomas narcisistas en cuanto trabas para vivir el compromiso. Y terminaré con alguna indicación acerca de los vínculos que pueden establecerse entre narcisismo y espiritualidad.
La herida narcisista
El narcisismo primario constituye una etapa infantil dentro del proceso evolutivo que recorre el ser humano en su desarrollo psicoafectivo. Posterior al estadio de fusión, significa la emergencia del yo que empieza a buscar su lugar en el mundo. Tal etapa se caracteriza por la autorreferencialidad: el niño se percibe como el centro de todo su universo, hasta el punto de creerse causante de todo lo que sucede a su alrededor.
Por expresarlo simbólicamente, el narcisismo constituye una especie de caparazón protector, en el que el niño aspira a encontrar su propio «paraíso», a salvo de toda amenaza. Una búsqueda, por cierto, que tenderá a acompañarnos durante toda nuestra existencia. De la misma manera que viviremos anhelando la primera fusión perdida de la etapa anterior, es común que nos veamos embarcados constantemente en la construcción de un «paraíso narcisista» que nos resulte placentero. El empeño por la fusión es reflejo de lo vivido en nuestra primera fase simbiótica; el intento de construir un paraíso a nuestra medida –presente, como veremos, en todo perfil narcisista– reproduce el deseo característico de este otro momento de nuestro desarrollo infantil.
De aquel primer sueño de «omnipotencia infantil» nos sacará –como ocurre con los sueños– la frustración. Sin embargo, del caparazón narcisista primero únicamente nos liberará el amor.
La frustración constituye una llamada al «principio de realidad»: las cosas no son como imagino o deseo; son como son. Y mientras me resista a ello, no haré sino generar e incrementar el sufrimiento. Solo la aceptación profunda hará posible la reconciliación con la realidad, como punto de partida de toda acción posterior, y traerá consigo el regalo de la paz.
La mera frustración, sin embargo, no logra abrir el caparazón narcisista, sino que produce el efecto contrario, reforzándolo hasta el extremo de exacerbar el enclaustramiento y la desconexión con la realidad exterior.
Aquella etapa únicamente puede resolverse adecuadamente gracias al amor recibido. La experiencia de sentirse amado, más allá de las inevitables y necesarias frustraciones, despierta en el niño un sentimiento de seguridad afectiva y de confianza, que se traduce casi de manera espontánea en apertura y, por tanto, liberación del narcisismo primario.
Es probable que reaparezcan signos narcisistas –como «recuerdo» de aquella etapa– a lo largo de toda nuestra existencia y que, aun siendo adultos, nos descubramos esporádicamente en actitudes y comportamientos infantiles. Pero si aquel estadio logró resolverse más o menos adecuadamente, no cabrá hablar de trastorno grave.
El llamado «trastorno narcisista» de personalidad se produce cuando el niño se queda atascado o fijado en aquella etapa, por falta de seguridad afectiva y, en último término, por carencia de un amor seguro y consistente.
El proceso podría describirse de este modo: si se siente visto en su corazón –en su valor original y en su genuina bondad–, el niño será capaz de conectar con lo mejor de sí, al tiempo que experimentará seguridad y confianza que, en el futuro, le permitirán hacer pie en sí mismo: el reconocimiento recibido asentará así las bases para una sana autoestima. Por el contrario, la frustración reiterada de aquella necesidad producirá como efecto una herida de inseguridad afectiva, que le hará sentirse como sin tierra bajo sus pies.
En esquema, podría representarse de este modo:
Una respuesta adecuada a su necesidad de sentirse reconocido libera al niño de su primer enclaustramiento narcisista, posibilitando, favoreciendo y estimulando el despliegue, que se traducirá en capacidad de amarse a sí mismo y de amar a los otros, reconocidos y respetados en su alteridad.
