Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
¿Qué es la espiritualidad?, ¿qué tiene que ver con la religión?, ¿qué nos aporta la inteligencia espiritual?, ¿cómo podemos cultivarla?, ¿adónde nos conduce?, ¿qué supone todo esto hoy para nuestro mundo y para el futuro de la humanidad?De un modo sencillo, pedagógico y profundo, Enrique Martínez Lozano, uno de los mejores especialistas en la materia, ofrece unas claves que facilitan comprender y vivir todo este despertar que conduce hacia una mayor plenitud de vida.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 194
Veröffentlichungsjahr: 2013
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
VIDA EN PLENITUD
Apuntes para una espiritualidad transreligiosa
Yo he venido para que tengan vida, y vida en plenitud
JN 10,10.
La plenitud no se posee, se irradia.
JAVIER MELLONI
A Clara Iváñez, Chelo Miró, Marisol Campos, Noemí Caballero,Alicia Esparza, Ramón Inda y José Juan Serrano,con amor y gratitud,
porque su espléndida colaboración
y su don de facilitar las cosas ayudan a vivir.
Nos consideramos como la playa que tiene sed del mar, pero somos el mar que juega con la playa.
WILLIGIS JÄGER, MONJE BENEDICTINO Y MAESTRO ZEN.
Por inconcebible que resulte para nuestra razón ordinaria, todos nosotros estamos todos en todos. De modo que la vida que cada uno de nosotros vive, no es meramente una porción de la existencia total, sino que en cierto modo es el todo.
ERWIN SCHRÖDINGER, FÍSICO.
Hay una tradición que comparte toda la humanidad: el despertar progresivo de la conciencia hacia el Todo,ya lo comprendamos en categorías personalistas, transpersonales o impersonales
JAVIER MELLONI, JESUITA Y MAESTRO ESPIRITUAL.
Espiritualidad es plenitud de vida. Quiero empezar con esta afirmación tajante para disipar, de entrada, tantos malentendidos inveterados y para situarnos en la perspectiva adecuada: espiritualidad es plenitud. Abarca a toda la persona y a todas las personas –todos los seres–, en un Abrazo que es sabiduría, sentido y bondad.
Por eso, una persona espiritual es aquella que, con todos los límites e imperfecciones de los seres humanos, se halla en un proceso en el que es llevada a descubrir la verdad sobre sí misma –su verdadera identidad, más allá del «yo individual»– y a vivirse en coherencia con ella.
Esa sabiduría o lucidez básica se manifiesta en signos que nos permiten evaluar si se trata de una espiritualidad genuina o de meros sucedáneos. Entre ellos, caben destacarse dos: una creciente unificación, integración o armonía personal –hecha de autoconocimiento, aceptación, humildad, ecuanimidad...– y una progresiva vivencia de la compasión, que nace del amor que somos, de la conciencia clara de la unidad compartida, y que se manifiesta como deseo de bien para todos, ayuda y servicio eficaz.
Me parece importante insistir en los signos, porque, si siempre han podido darse sucedáneos, este riesgo se acentúa en un momento como el nuestro, en el que parece innegable que estamos asistiendo a un resurgir de lo que podemos llamar «inquietud espiritual». Se trata, a mi modo de ver, de un interés renovado y esperanzador, pero que nos exige estar atentos para evitar cualquier confusión fácil.
En ese sentido, lo que busco ofrecer en este trabajo son unos «apuntes», que permitan encuadrar adecuadamente el tema de la espiritualidad, subrayando especialmente la novedad, profundidad y plenitud que la caracterizan, cuando es auténtica. De hecho, su descuido se manifiesta como rutina, banalidad, egocentración, vacío, soledad y sinsentido.
Para empezar a centrar el tema, me gustaría volver sobre dos palabras que ya han aparecido en las líneas precedentes: los malentendidos y los sucedáneos.
En cuanto a los primeros, no deja de ser triste que una palabra que apunta nada menos que al corazón mismo del Misterio del existir y a lo que tenemos de más humano, se haya deteriorado hasta el extremo de significar, para no pocos de nuestros contemporáneos, exactamente lo contrario.
«Espiritualidad» es una palabra desafortunada. Para muchos significa algo alejado de la vida real, algo inútil que no se sabe exactamente para qué puede servir o, como mucho, un «añadido», superfluo o poco significativo, a lo que es la vida ordinaria. Frente a eso llamado «espiritual», de lo que se podría fácilmente prescindir, lo que interesa es lo concreto, lo práctico, lo tangible.
Pero «espiritualidad» es, además, una palabra gastada. Gastada y estropeada, porque ha sido víctima de una doble confusión: el pensamiento dualista que contraponía espíritu a materia, alma a cuerpo, y la reducción de la espiritualidad a la religión.
Como consecuencia, se produjo un rechazo más y más generalizado hacia ella en la cultura moderna. Por una parte, la modernidad, celosa de la racionalidad y de la autonomía, arremetía contra una religión (institución religiosa) poderosa, autoritaria y dogmática, que parecía desconfiar de lo humano. Por otra, cegada en su propio espejismo adolescente, la misma modernidad cayó en un reduccionismo tan estrecho que no aceptaba sino aquello que fuera materialmente mensurable.
Ambos factores –el rechazo de la religión y el encierro en un materialismo cientificista– condujeron al olvido de la dimensión más básica de lo real, promoviendo con ello una cultura chata y empobrecedora de lo humano, que todavía sigue estando mayoritariamente vigente.
La institución religiosa, por su parte, tampoco favoreció un mejor desenlace. Con valiosas excepciones individuales, la institución en cuanto tal optó por encastillarse en su propia perspectiva y en su consolidado estatus de poder1. Una actitud ultradefensiva, igualmente ciega para captar la transformación que se estaba operando en la sociedad, la llevó a condenar en bloque la modernidad, afirmando tajantemente en el Syllabus de 1894 la incompatibilidad entre la Iglesia y la civilización moderna.
¿Qué cabía esperar de un enfrentamiento en gran medida «ciego» por ambas partes? Que el diálogo se hiciera imposible y todos saliéramos perdiendo. Habría que esperar al concilio Vaticano II, a mediados del siglo XX, para que la Iglesia se aviniera a comprender al mundo moderno nacido casi cinco siglos antes... ¡Y eso ocurría cuando se estaba ya realmente gestando lo que se ha venido en llamar «postmodernidad»!
Hasta el gran acontecimiento conciliar, la institución eclesial vivió prácticamente de espaldas al mundo, encerrada en su propio lenguaje, en una teología abstracta y una religiosidad espiritualista que no lograba conectar con las grandes cuestiones que se estaban planteando los seres humanos. La modernidad, por su parte, renegó de todo lo que sonara a religioso y, por extensión, a espiritual.
La consecuencia no podía ser otra que la que fue: el desprestigio de lo religioso y el olvido de lo espiritual2. Y, con ello, la amputación de una dimensión básica de la persona y de la vida en general: aquella que nos permite «ver» con profundidad y vivir en plenitud. Porque eso, y no otra cosa, es la espiritualidad.
¿Cómo fue posible que la institución eclesiástica alentara un concepto tan rígido y reduccionista de lo religioso? ¿Cómo fue posible, igualmente, que la modernidad se empeñara denodadamente en negar una dimensión fundamental del ser humano? ¿Cómo fue posible, en fin, tanta ceguera?
Tras siglos de malentendidos, parece claro que se impone todo un proceso de recuperación, que habrá de incluir la deconstrucción de lo que se ha presentado como «espiritualidad», para poder construir sobre bases firmes. Pero tenemos algo a nuestro favor: parece ser que nos hallamos en el umbral de un nuevo estadio de conciencia (transpersonal) y estamos asistiendo a la emergencia de un nuevo modo de conocer (el modelo no-dual). Desde esta nueva perspectiva, contamos con mayor luz para evitar cualquier reduccionismo mental.
Por otro lado, están los sucedáneos: no todo lo que se coloca la etiqueta de espiritual encaja en lo que es una espiritualidad auténtica. Como tendremos ocasión de ver en su momento, los riesgos de engaño o reducción vienen de dos direcciones.
Por un lado, en ciertos círculos de la Nueva Era o influidos por ella, suele presentarse la espiritualidad como la búsqueda de un bienestar que, por más que se designe como «integral», no parece superar los límites del narcisismo y de la charlatanería. Frente a la dureza de la situación cotidiana, es tentadora la huida a paraísos narcisistas, refugios de un ensimismamiento adolescente, que nuestra propia cultura promueve.
Por otro lado, en los grupos religiosos más estrictos, probablemente por un instintivo mecanismo de defensa, se promueve una espiritualidad rígida y exclusiva, con notables tintes dogmáticos y autoritarios.
En el primer caso, parece imperar la ley del «todo vale», con tal de que favorezca el bienestar: representaría al postmodernismo extremo. En el segundo, el criterio parece ser la creencia mental de estar en posesión de la verdad: sería la voz del integrismo mítico.
Lo que ofrezco en estas páginas son unos sencillos «apuntes», que quieren aportar luz para plantear lo que es la espiritualidad, al margen de identificaciones religiosas y de reduccionismos postmodernos.
La espiritualidad genuina no es reductiva, porque no niega ni esconde ningún dato de lo real; mucho menos, busca el bienestar del yo, dado que en su esencia consiste nada menos que en la desapropiación del mismo. Pero, por otra parte, tampoco es religiosa: con lo cual no se niega la dimensión espiritual de la religión, pero se subraya la especificidad propia de aquella, teniendo en cuenta las confusiones que arrastramos.
La espiritualidad es, por definición, transreligiosa. Si bien las religiones serán tanto más vivas y humanizadoras cuanto más se alimenten de ella, no cabe duda de que las trasciende. Si cada confesión religiosa constituye un «mapa» que trata de aportar indicaciones, señales y orientación, la espiritualidad es el «territorio» vivo al que los mapas querían conducir. Es claro que no tiene por qué existir enfrentamiento entre unos y otro, pero tampoco identificación. De hecho, en el inicio de cualquier tradición religiosa encontramos a personas sabias que han visto y recorrido el «territorio»; sus sucesores han tratado de trazar «mapas». Pero, en realidad, la espiritualidad no exige la adhesión a fórmulas, dogmas o credos; sencillamente, aporta «instrucciones» para que cada persona pueda experimentar y verificar la verdad de lo que es.
Lo que buscamos es conectar con la sabiduría espiritual que nos permita acceder al territorio, transitarlo y vivirlo. Ahí descubrimos que es siempre pleno y compartido: nadie queda excluido.
Y lo que nos jugamos en ello es nada menos que la posibilidad de una vida plena. La espiritualidad es la puerta que conduce a la plenitud: ¿cómo ignorarla, sin amputar gravemente lo que somos?
1
La conciencia puede modular la materia. La conciencia es fuente de información y, a la vez, fuente de energía y ésta, a su vez, una fuente de materia.
DEEPAK CHOPRA, MÉDICO.
Durante siglos los físicos han pensado que la materia era la sustancia primitiva, la base de las teorías físicas. Yo creo que ahora existe un movimiento que concibe la información como la magnitud primaria y la materia como algo que emerge de un entendimiento correcto de la información.
PAUL DAVIES, FÍSICO.
Parece claro que toda la búsqueda humana empieza por esas preguntas esenciales: ¿quién soy yo?, ¿qué es la vida? Los esfuerzos por responderlas han dado lugar a los diferentes sistemas filosóficos y construcciones religiosas que ha ido conociendo la humanidad a lo largo de su desarrollo histórico. Más recientemente, las llamadas «ciencias humanas» han venido a sumarse a esa misma tarea.
Al abordar el tema de la espiritualidad, había que empezar por este punto. ¿Tiene la espiritualidad alguna respuesta coherente y original para aquellas cuestiones básicas? De ello dependerá que sea reconocida como una realidad valiosa o que sea considerada como algo prescindible. De hecho, quienes la desechan lo hacen convencidos de que la aportación «espiritual» no es sino un conjunto de creencias –en general, irracionales– de escaso interés para las preocupaciones humanas.
Por eso, si es aquí donde se juega la validez de la espiritualidad, necesitamos plantearnos con rigor qué responde a la pregunta sobre el ser humano y sobre el misterio de la vida. Simultáneamente, en esta misma tarea, empezará a ponerse de manifiesto su significado más genuino.
La cuestión del yo. El horizonte abierto por la psicología transpersonal
Empecemos, pues, por la cuestión del yo. Hoy nadie pone en duda la valiosísima aportación que ha supuesto la psicología moderna, de cara a comprender la constitución, los entresijos y el funcionamiento del psiquismo humano y, en concreto, esa realidad que llamamos «yo».
Al considerar a la persona como un puzzle complejo, las diversas escuelas psicológicas han tratado de descubrir cuáles son las «piezas clave» del mismo, para saber cómo intervenir con acierto y favorecer su integración creciente. Sin duda, a mayor unificación y armonía, corresponde una mejor calidad de vida y mayor capacidad de relaciones constructivas.
El trabajo psicológico favorece el conocimiento de la persona, a la vez que ofrece herramientas para la tarea de aceptación de sí mismo, reeducación de aquellas pautas, mecanismos o funcionamientos que se revelan inadecuados, y curación de heridas emocionales y carencias afectivas que bloquean o lastran el crecimiento.
Pero la psicología no puede llegar más allá. Toda su magnífica labor tiene como meta la unificación de la persona y gira, por tanto, en torno a lo que solemos llamar el «yo integrado»..., o así era, al menos, hasta hace muy pocos años.
A finales de los años 60 del pasado siglo XX, dentro de la denominada «escuela humanista», se empieza a plantear una cuestión sorprendente: no todo acaba en la autorrealización psicológica.
Abraham Maslow, uno de los autores más reconocidos dentro de la citada corriente, venía a afirmar que todo proceso de autorrealización que no se aborta, desemboca en la autotrascendencia. Era la señal de nacimiento de lo que se habría de denominar «psicología transpersonal», considerada por el propio Maslow como una «cuarta fuerza», tras el psicoanálisis, el conductismo y la propia escuela humanista.
Personalmente, considero el nacimiento de la psicología transpersonal como un hito en la historia de la humanidad. El horizonte que se abrió con ella se basa en el reconocimiento de que el yo no es nuestra identidad última, sino más bien una relativa, histórica o transitoria. Podía –y debía–, por tanto, ser trascendido, si realmente queríamos responder adecuadamente a la cuestión sobre nuestra verdad.
Ciertamente, desde sus orígenes, y animada por la voluntad de curar enfermedades y trastornos mentales, la psicología se había centrado en el estudio de lo patológico (neurosis y psicosis). Fue con el surgir de la psicología humanista (Maslow, Horney, Rogers, Fromm, Frankl, Sutich, Rochais y otros), cuando se empezó a prestar atención a los aspectos sanos del psiquismo humano. En ese sentido, puede afirmarse que la corriente humanista es la antecesora cronológica e ideológica de la psicología transpersonal, dado que, al hacer hincapié en investigar los aspectos más sanos del ser humano y los modos de estimular el proceso de autorrealización, derivó su atención hacia los niveles espirituales.
De esta manera, la psicología se adentraba en el territorio de la espiritualidad. Hasta el punto de que, sin entrar todavía en mayores precisiones, «transpersonalidad» será uno de los nombres en los que pueda volcarse el contenido de la palabra «espiritualidad», para quienes este último término tuviera resonancias tan negativas que lo hicieran inasumible.
En el próximo capítulo trataré de clarificar el término «transpersonal» y de explicar por qué puede entenderse como equivalente de «espiritual». Por el momento, retomemos la pregunta inicial: ¿quién soy yo?
Lo que la psicología transpersonal viene a decirnos es que somos más que el yo que nuestra mente piensa que somos. Evidentemente, esto no es una novedad: la más sencilla intuición y la más genuina espiritualidad habían sabido desde siempre que «el hombre es un ser con un misterio en su corazón que es mayor que él mismo» (Hans U. von Balthasar).
Sin embargo, nos sigue costando aceptarlo. Para la mente, el yo es un objeto. Porque el hecho mismo de pensar significa separar (una cosa de otra), delimitar y objetivar. Por tanto, todo lo que es pensado, sea lo que sea, será convertido en objeto. A esta forma de conocer la designamos como «modelo mental de cognición».
Pues bien, este modelo no puede ofrecernos sino objetivación. Mientras hagamos de la mente el árbitro supremo del conocimiento, no lograremos salir de una visión de la realidad en la que todo ha sido objetivado y, al mismo tiempo, separado.
Este modelo mental puede llamarse también «dual» (o «dualista», por aquella separación que le es inherente), «egoico» (porque hace del yo individual su valor más alto) o «cartesiano» (porque quedó absolutizado por Descartes, el padre de la filosofía moderna, en su célebre «pienso, luego existo»).
Ahora bien, prácticamente al mismo tiempo que la psicología transpersonal reconocía la autotrascendencia del yo –somos más que el yo que pensábamos ser–, el modelo mental empezó a entrar en crisis, mostrando su agotamiento.
Es indudable que se había manifestado sumamente eficaz en el campo de los objetos, en el mundo de lo pragmático. A ese modelo le debemos gran parte de nuestro desarrollo científico y técnico. Pero, del mismo modo, indujo a un error grave, al absolutizarse e inducirnos a creer que no había otro modo posible de conocer.
Ese engaño se hace patente, como suele ocurrir, en el momento mismo en que el propio modelo es puesto en cuestión. De hecho, mientras estamos identificados con algo, somos incapaces de percibir sus incoherencias, porque carecemos de la distancia necesaria para poder verlas. Pero, a partir del instante en que nos es posible alejarnos, se nos hacen evidentes sus carencias y sus trampas.
Eso es lo que ha empezado a ocurrir con el modelo mental. Al mirarlo con perspectiva, reconocemos su capacidad y eficacia para operar en el mundo de los objetos, pero palpamos del mismo modo las aporías a las que conduce: empobrece nuestro modo de conocer y reduce todo lo existente a la condición de objeto.
Me parece importante subrayar que, con este descubrimiento, no se pone en cuestión el conocimiento mismo, sino únicamente un modelo específico, el mental o dual. Por eso, lo que ha empezado a abrirse paso, tras esa constatación, ha sido un nuevo modelo de conocer, que llamamos «modelo no-dual» (y, por ello mismo, transmental, transegoico y no-cartesiano).
Entre las características más destacadas de este nuevo modelo, habría que subrayar las siguientes:
• existe un conocimiento anterior al pensar, una forma de conciencia previa al cogito cartesiano; • ese conocimiento nos hace ver que la realidad es no-dual: todo se halla interrelacionado; el conocedor, lo conocido y el acto de conocer constituyen una realidad no-separada; • lo que existe es un continuum de conciencia no-diferenciada; • accedemos a esa experiencia al acallar la mente; su silenciamiento posibilita la comprensión: el pensamiento es trascendido en la visión.Llegados a este punto, constatamos la convergencia entre la perspectiva transpersonal y el modelo no-dual de cognición. Ambos vienen de la mano, suponiendo un salto cualitativo en la evolución de la conciencia y aportando una nueva percepción de nuestra identidad y del secreto último de lo Real.
Hablo de un salto cualitativo –decía más arriba que la emergencia del estadio transpersonal suponía un hito en la historia de la humanidad–, porque se trata de la emergencia de un nivel nuevo de conciencia, tras el mágico, el mítico y el racional, que nos abre a una comprensión más ajustada de quienes somos y, en consecuencia, a un comportamiento acorde con ella.
¿Quién soy yo? La respuesta que surgía del nivel racional de conciencia y del modelo dual de cognición era la siguiente: soy un «animal racional», individual y separado del resto. Desde una visión religiosa, se añadía que estaba dotado de un alma inmortal, que garantizaba un destino eterno.
Desde el nivel transpersonal y el modelo no-dual de cognición, la respuesta varía notablemente. Soy inmensamente más que el yo, con el que previamente me había identificado. Ese «yo mental» o «yo psicológico» es, en todo caso, un «objeto» dentro de lo que es mi identidad.
¿Quién soy? Nada de aquello que pueda ser observado, sino Eso que lo observa; y, en último término, Eso no-dual, que trasciende incluso al Testigo-observador. No soy mi cuerpo, ni mis pensamientos, ni mis sentimientos, ni mis emociones, ni mis reacciones... Soy Lo que es consciente de todo ello. Por tanto, Eso que soy, no puede ser observado, ni pensado ni delimitado; en ningún caso es un objeto. Lo que soy no lo puedo conocer... hasta que no lo soy.
Como decía más arriba, en esta nueva comprensión todo queda redimensionado. Lo que soy no puede ser pensado y tampoco se halla separado de todo lo que es. Soy la Conciencia en la que todo es, en una Unidad que abraza las diferencias, es decir, en la No-dualidad.
Lo único que nos impide reconocerlo es nuestra identificación con el yo, que nos hace percibirnos constreñidos a él, encerrados en sus estrechas dimensiones, que bloquean la apertura a nuestra verdadera identidad.
Cada día son más los neurocientíficos que afirman que no existe ningún yo que pudiera encontrarse en el cerebro. Le darían así la razón a Wolf Singer, del Instituto Max Planck de Frankfurt, cuando sostiene que el cerebro es «una orquesta sin director». Es cierto que es pura actividad, pero no es posible saber dónde y cómo surge una sensación de conciencia separada (o yo). La realidad es que solo hay experiencias, no un experimentador.
Y eso mismo parece ser confirmado por nuestra propia experiencia, cuando observamos con atención. Si vuelvo a lo que experimento un día y otro día –recorriendo quizás los mismos lugares–, tengo que admitir no solo que las vivencias fluctúan y difieren de un día a otro, sino que únicamente hay vivencias o experiencias que aparecen y desaparecen. Ningún yo; tan solo este pensamiento, esa sensación, aquel sentimiento, aquella impresión. Incluso la misma experiencia de la consciencia viene y va. ¿Quién soy yo?1 Lo que llamamos «yo» no es otra cosa que el resultado de la memoria que hilvana y anuda experiencias impersonales y de una mente que ha aprendido a decir «mío».
También tenemos todos a nuestro alcance constatar que, cuando sencillamente nos permitimos «estar» –bien porque hemos adiestrado el funcionamiento mental, o bien porque nos encontramos tranquilos, alegres y productivamente ocupados–, apenas hay sensación de «yo» y, por tanto, poca preocupación por él.
En ese mismo estar aquí y ahora, en la aceptación de lo que es, realizada en el presente, notamos con sorpresa que, poco a poco, se va disipando la ilusión de que hay «alguien» que pueda aceptar o rechazar cuanto sucede. Como escribe Marisa Pérez,
solo puede haber aceptación cuando, una vez deshecha esta ilusión, percibimos sin lugar a dudas, que mi yo mismo surge cada momento como un suceso más, en un suceder sincrónico con un número infinito de acontecimientos, todos brotando y disolviéndose en la fuente única, despliegue incesante de inteligencia pura.
No hay nadie antes de que algo ocurra para esperar, ni nadie después para juzgar, solo hay vida para vivir, un brote de luz para observar. Entonces todo enmudece y vuelve a expresarse, para de nuevo enmudecer2.
Nivel de conciencia transpersonal, modelo no-dual de cognición: este es el territorio específico y característico de la espiritualidad. No tiene absolutamente nada que ver con ningún tipo de espiritualismo sobreañadido, de los que solían aparecer en el nivel anterior.
La espiritualidad genuina siempre ha sido transmental y no-dual. Ha trascendido la mente y, gracias a ese silenciamiento, ha accedido a la visión. Y lo que ha visto ha sido la Unidad-en-la-diferencia, el Misterio del Uno en lo Múltiple, la Realidad una en la infinita y hermosa variedad, Eso no-dual.
La pregunta por el misterio de lo Real
En el título de este capítulo había una segunda pregunta: ¿qué es la vida? La espiritualidad auténtica siempre ha visto el engaño oculto en cualquier visión materialista. Pues bien, en este nuevo estadio transpersonal y desde el modelo no-dual, aquella convicción es reforzada.
No solo significa la superación del materialismo –por lo que la cosmovisión materialista todavía vigente en nuestro entorno ha quedado radicalmente trasnochada–, sino que encuentra una admirable convergencia con lo que viene diciendo la física cuántica en sus cien años de existencia: la materia no es sino energía condensada. Y todo lo que observamos, parece proceder de un gran Vacío primordial.
