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Con a de mamá es una novela realista que narra la historia de Ana, una niña que es rescatada por su maestra de la casa en la que vive junto a su madre, que ha caído en la locura, y su padre alcohólico. Ana es llevada a un Internado en el que conoce a Clara, la directora, y a su amiga Tamara, con la que crea un lazo de hermandad que durará hasta la adultez. Es una novela atrapante por las rupturas temporales y los cambios de personajes, excelentemente logrados, de manera tal que el lector nunca pierde el hilo de la historia. En este ir y venir en el tiempo, narra el encuentro de Ana con otras mujeres de las que recibe ayuda. Todas tienen su historia y se mezclan en una sola. También todas tienen nombres que solo contienen la vocal a: Ada, Alba, Sandra, Tamara, Clara, Amanda… El relato visibiliza la violencia en todos sus matices, la pobreza y sus consecuencias y, sobre todo, la indefensión de las infancias. La necesidad de que las mujeres se unan en un bloque compacto que ayude a salvarse entre sí es primordial. La narración mezcla pasajes duros, con un lenguaje que no necesita ser explícito, con momentos de infinita ternura y un final esperanzador. De fácil lectura por el lenguaje y por la forma en que se entrelazan los núcleos narrativos, Con a de mamá es una fabulosa novela.
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Seitenzahl: 416
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Rosa, María José
Con a de mamá : una historia hecha de historias que se hacen una / María José Rosa. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
322 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-495-2
1. Narrativa. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.
CDD A863
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Rosa, María José
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Dedicatorias
A mi madre, Dolli Ana Ferrari, por amamantarme con letras.
A mi padre, Inri José Rosa, por el ejemplo de humildad.
A mis hermanos, por la infancia compartida.
A Gustavo, amor de mi vida, por el acompañamiento incondicional.
A mis hijos, Guadalupe y Juan Martín, por ser mi motor y mi motivo.
A mi nieta, Ana Josefina, por conectarme con la vida.
A mis amigos, por acompañar el proceso.
A mi amiga, licenciada Cecilia Plenazzio, por las horas y el amor que le dedicó a este proyecto y por su saber inmenso.
A la magister Norma Matteucci, autora del prólogo, por su generosidad y su análisis de la obra.
A Dios… por la vida.
Prólogo
Ana, la protagonista de esta novela —ópera prima de María José Rosa— vive desde el abandono en su infancia, hasta la búsqueda de sí misma en su juventud, para la superación de su trauma. Pero no transita su vida sola. Desde ese estado de desprotección y desamparo inicial, va encontrando los cuidados y la contención afectiva de otras mujeres, mayores o de su propia generación. Y así, Ana se constituye con otras, compartiendo nuevos lenguajes, hechos no solo de palabras sino, también, de gestos, de acciones, de abrazos.
Juntas, ellas construyen relaciones igualitarias de sororidad, para enfrentar la violencia machista que se cierne sobre Ana y otras mujeres de esas redes femeninas. Son personas fuertes, autónomas y maduras que “maternizan”, aún sin ser madres biológicas, lo que apunta al título metafórico de la novela. Y desde esa sororidad construida desinteresadamente, intentan superar las relaciones opresivas, que deben vivir con hombres machistas y violentos.
Sin embargo, ni las mujeres ni los hombres están esencializados en la novela. Hay, también, masculinidades que no responden a los imperativos de la sociedad patriarcal y son capaces de apoyar y acompañar a las mujeres de su entorno.
Con una prosa ágil y diáfana —aunque no ajena al lenguaje literario— y diálogos simples, espontáneos y verosímiles la novela fluye —con ruptura del orden cronológico— y posibilita una lectura placentera, más allá de la opresión del mundo que subjuntiviza, marcado por la violencia simbólica y física que amenaza la existencia de la protagonista.
Puede decirse que se trata de una obra polifónica, centrada en voces femeninas que tienen mucho que decir acerca de una realidad que, en la mayoría de los casos, las oprime y las subvalora.
No obstante, todas son capaces de superar las historias dolorosas que las han atravesado, trastrocando sus vidas mediante su libertad de decidir, como agentes activas que interpelan las relaciones de poder. Parafraseando a Marcela Lagarde, puede decirse que estas mujeres se transforman desde “seres para otros”, en “seres para sí”.
Con a de mamá es una novela amena que —más allá del placer estético— posibilita la construcción de múltiples sentidos en torno al género y sus implicancias. Su lectura requiere de un lector/a crítico/a, que se comprometa con el mundo posible que la obra despliega.
Magíster Norma Matteucci
Con a de mamá
Hoy me mata. Es lo último que recuerdo haber pensado cuando lo vi con el enorme puño levantado apuntando mi cabeza. Le miré los ojos, esos ojos azules que alguna vez me cautivaron por la dulzura, ahora agrandados por el odio, inyectados, con venas rojas y supe que estaba decidido a terminar con mi vida. Ahí estaba yo, hecha un saco de huesos, paralizada como el ratoncito que sabe que la serpiente se lo va a engullir y sin embargo se queda como fascinado, quieto, esperando su destino. Después nada. La luz blanca me cegó y perdí la conciencia. Al fin la paz y el silencio.
Me despertó una claridad que me pegaba directo en la cara. Deseé que fuera la luz de la que todos hablan cuando vuelven después de haber estado muertos unos minutos. Todos hablaban de la luz. Pero también coincidían en la sensación de paz, en la alegría y la tranquilidad. Me duró poco el convencimiento de que se había acabado la tortura. La muerte no debería doler, y yo no podía abrir los ojos por la hinchazón, ni hablar por el dolor en la boca. Se me partía la cabeza y era imposible moverme. Estaba acostada sobre algo blando. Aspiraba un aroma a lavanda con incienso que me resultaba conocido. La cumbia sonaba de fondo con un volumen suave. Había alguien conmigo. Recordaba el ruido de los huesos de mi cabeza contra el piso y sabía que sola no podría haber llegado a ningún lado.
Escuché su voz inconfundible tarareando la canción que sonaba en la radio. Claro, no había otra persona en el mundo capaz de hacerlo. Sandra me mojaba los labios con un algodón húmedo y corría las cortinas estampadas para esquivar el sol. Intenté hablar. No pude.
—Dormí, hija, yo te cuido. Acá nadie te va a tocar un pelo.
Esas palabras y su mano sobre mi frente fueron el somnífero más potente y efectivo. Caí en un sueño profundo y manso. ¿Cuánto tiempo llevaba sin dormir? Siempre en estado de alerta, vigilante, espiando por la ventana desde el segundo piso del edificio en el que vivía. La noche era una tortura, y por eso las madrugadas me encontraban frente a la computadora, haciendo el trabajo que tenía pendiente y que mandaba por mail a la oficina.
Había conseguido permiso de don Pedro para trabajar desde mi casa. Salía lo mínimo indispensable, podía ponerme gorro y anteojos oscuros y bajar a comprar sin intercambiar una palabra con nadie. Me corté el pelo como un varón y empecé a ponerme ropa grande. No quería que me reconocieran, y mucho menos él. Me había mudado otra vez y mientras me mantuviera así era menos probable que me encontrara. Cambié de casa otra vez, me metí entre las paredes desconocidas como el ratón que huye del gato que lo persigue. Había llegado con las pocas cosas que quedaron sanas. Era lo que menos me importaba. Lo que necesitaba era encerrarme y sentir que estaba a salvo.
A los pocos días de haber llegado a ese departamento, tan revuelto como mi vida, tocaron timbre. El corazón se me salía por la boca y me paralizó el miedo. Me quedé inmóvil, sin poder dar un paso. De nuevo el timbre, esta vez más insistente. Y yo cada vez más asustada. Tercer timbrazo, que me retumbó en la cabeza como un zumbido insoportable.
—¡Vecinaaa! Abrime la puerta, que sé que estás adentro.
Esa voz desconocida me tranquilizó y me sacó de mi catatonia. Logré llegar a la puerta y espiar por la mirilla. Pude ver a una mujer sonriendo, con una mirada que me dio confianza. Ahí estaba Sandra, un milagro tocando mi puerta, aunque no lo supiera aún. Entró como un torbellino, moviendo los brazos llenos de pulseras y dejando un perfume embriagante a su paso. Subida a unos tacos descomunales, la figura apretada en un vestido escotado, el pelo rojo y la cara maquillada, traía una bandeja con un budín recién horneado. Era difícil imaginar que aquella mujer de uñas larguísimas pintadas de rojo hubiese cocinado esa mezcla de huevos, harina, y esencia de vainilla que olía como un elixir y hacía que mi estómago se quejara con un ruido estrepitoso.
Me quedé mirándola, hipnotizada. El revoleo de su falda, la cabeza moviendo con gracia la larga cabellera ensortijada, el tintineo de las pulseras y la cadencia con la que se movía eran una estampida de vida que me plantaba la evidencia de otra realidad. Parecía recién llegada de un lugar que en ese momento yo desconocía y en el que abundaba la alegría. Me atravesó con sus ojos durante un rato, mientras seguía sosteniendo el budín frente a mí, que permanecía incapaz de moverme.
—¡Nena! ¿Así recibís a las vecinas vos?
Como pude, busqué mi voz hasta que la encontré.
—Disculpe… le pido mil disculpas.
—¿Encima me tratás de usted? ¡Ay, querida, te perdono porque vos parecés un zombi! Soy Sandra, tu vecina de arriba. ¿Vos tenés nombre?
—Soy Ana —dije a media voz.
—Bueno, Ana, hacé de cuenta que hoy te ganaste el Quini. Y este es tu premio —rio mientras con el brazo que tenía libre hacía un ademán que abarcaba desde su cabeza hasta los pies.
Me reí. Un calorcito me invadió de repente el cuerpo. Había olvidado la risa.
Sandra se paró en el medio de la sala y empezó a mirar el desorden de bultos por todos lados, las cajas de pizza amontonadas y el cenicero desbordante de colillas. Olfateó el ambiente e hizo un gesto de asco con la cara que me dio vergüenza.
—Antes de que nos agarre tétano, mejor nos vamos arriba y me cebás unos mates. Me saco los zapatitos de cristal y me transformo en La Cenicienta. Vamos a dejar este lugar brillante.
—No hace falta —dije tímidamente.
—Dejá de disimular conmigo, pollo mojado, que vos estás más deprimida que santo al que se le pasó el día. Así que vamos, y subí vos primero porque si subo yo, sos capaz de cerrarme la puerta y no abrirla más.
Por fortuna subí primero. Al menos pude disimular las lágrimas y secármelas con el puño de la campera antes de llegar por la escalera al piso de arriba.
—Bienvenida a mi palacio —me dijo, y soltó una carcajada.
¡El departamento de Sandra se veía ten diferente del mío a pesar de ser idéntico! El olor a limpio, las ventanas abiertas que dejaban entrar el sol y que iluminaban todo. No tenía lujos. El lugar era una mezcla de colores que contagiaban alegría. El mantel estampado sobre la mesa y un jarrón con flores de plástico. La mesada limpia, el Buda sobre la heladera y el olor a sahumerio le daban al ambiente un aire de misticismo. Un sillón de pana rojo y bordes dorados que parecía salido de otros tiempos y otros lugares, las cortinas con flores de colores, las sillas de madera pintadas de blanco, el piso impecable. Alcancé a ver, antes del pasillo, unas tiras de piedras brillantes que separaban el comedor del resto de la casa. Me dieron ganas de pasarles la mano porque imaginé que sonaban como cascabeles. No me animé.
—¿Te vas a quedar parada? Sentate que pongo la pava.
Me senté y miré, fascinada, cómo Sandra movía las caderas al ritmo de la cumbia que sonaba en la radio. Trajo las cosas para el mate, que puso sobre un individual de plástico, también con flores. Cortó el budín y lo sirvió en una bandejita impecable.
—Conozco esa cara, mi amor. La vi tantas veces. No hace falta que me cuentes. Ya hablaremos. Pero te voy a decir solo una cosa: a partir de hoy nunca más vas a estar sola.
Bajé la cabeza para disimular las lágrimas que empezaron a caer de mis ojos como las gotas enormes con las que empiezan los chaparrones, esas que se estampan contra el pavimento o caen en la cabeza y golpean fuerte. Sandra me miraba sin hablar. Dejó que llorara de manera incontenible, como el desborde de un dique que era imposible de parar y que acompañaba con temblores y sacudidas de mi cuerpo flaco y maltratado. Se sentó a mi lado y me abrazó mientras me alcanzaba servilletas de papel para que me secara los mocos que chorreaban de mi nariz. Me acarició la espalda, me pasó las manos por el pelo hasta que de a poco fue amainando la tormenta de lágrimas.
—¿Estás mejor? —me preguntó. Me tomó suavemente de la barbilla y me miró.
—Disculpame, Sandra. Perdón. No quería llorar.
—Acá no hay que explicar. Es mejor llorar acompañada que sola. Lo sé porque muchas veces me sequé por dentro hecha un ovillo, y sola. Y dale, comé el budín que tenés más hambre que el Chavo del Ocho. Mientras tanto, te cuento el chusmerío del barrio.
Me comí todo. Hacía tanto que no probaba algo casero, y encima preparado para mí. Me había acostumbrado a que mi estómago no existía, y cuando el ruido ya era insoportable, pedía una pizza que devoraba en dos segundos.
Empezó a contarme del chino de la esquina, que cuando ella entraba la desnudaba con los ojos. La china se ponía como loca y le gritaba. Mientras me contaba actuaba la escena y yo lloraba, pero de la risa. Después me contó de las viejas que vivían en el edificio de al lado y que se la pasaban espiando por la ventana. Las imitaba y me mostraba cómo se asomaba, las miraba y les hacía fuck you con el dedo. Me dolía el estómago de tanto reír y de tanto budín.
Mientras me pasaba todos los chismes, se cambiaba. Se sacó los tacos y el vestido ajustado, se desmaquilló la cara, se puso una calza, una remera, zapatillas y juro que la vi hermosa. Así, a cara lavada, era la persona más bella que había visto. Entre la risa y la panza llena estaba en un estado de paz que no recuerdo haber sentido en años.
—¿Cuánto hace que no dormís vos?
—No sé, no me acuerdo.
—Bueno, vení.
Me agarró de la mano y me llevó al baño. Cuando entramos al pasillo me detuve y pasé los dedos por las tiras de piedritas para escuchar el ruido. Me sentí como una nena otra vez.
—Entrá y date un buen baño. Ponete esta remera y después te vas a mi cama. Dormí tranquila; yo me encargo de la mugre.
—Pero no, Sandra. ¿Cómo voy a dejar que hagas eso sola?
—Una mano lava a la otra y las dos lavan la cara. ¿Quién te dijo que no te voy a cobrar? Me vas a tener que cambiar los pañales cuando me haga pis encima. Por ahora no hace falta. ¿Ves?
Se me puso al frente y empezó a bailar. Llevaba el ritmo en la sangre. Me tomó de las manos e intentó en vano que siguiera los pasos con una mínima coordinación. Al cuarto pisotón me abrazó y me prendí a su cuerpo cómo quien después de andar en el desierto por mucho tiempo encuentra un manantial. ¡Un abrazo! Cuánto tiempo sin un abrazo. Nadie se acostumbra a la falta de contacto. Se vive igual, se vuelve costumbre, pero es tan necesario como el aire. Y yo había estado muriéndome de asfixia. Me dejó apretarla fuerte y sentí que para ella también era un gesto esperado. Así estuvimos las dos hasta que con suavidad se despegó de mi cuerpo.
—¡Bueno, bueno! Te mandé a bañarte, así que haceme caso y me voy.
Me dio la espalda y se fue. Creo que no me miró para que no viera que a ella también se le escapaba el agua por los ojos. Para no avergonzarla entré al baño. Era igual que el mío, pero con la diferencia de que este brillaba por donde se lo mirara y tenía esos toques femeninos que me faltaban: la toallita de mano impecable, la cortina de baño limpísima, una pecera redonda de vidrio llena de flores de lavanda, el estante sobre el que había un millón de botellas de perfume vacías, las toallas perfectamente dobladas, el espejo grande con los bordes dorados. Definitivamente a todo le ponía su toque.
Me metí bajo la ducha y dejé que el chorro cayera sobre mi cuerpo limpiándome por fuera y por dentro. El agua caliente, el olor del champú y el jabón de rosas eran una bendición. Afuera era diciembre, pero adentro sentía que era julio, de esos julios helados. Tenía el invierno en los huesos, un frío eterno que nunca dejaba de sentir. Por eso me miraban de manera extraña cuando me veían con campera de abrigo en pleno verano. Había renunciado a dar explicaciones.
Me sequé con una toalla limpia. ¿Cuándo había sido la última vez? Hice memoria y recordé que había tenido una vida en la que todo era diferente. El lugar donde vivía, las cenas con amigos, las salidas, la ropa, todo era distinto. Había alegría. Después llegó él y me lo robó todo. Ni siquiera sabía por qué seguía viva. Quizás yo era como las flores de plástico del florero de Sandra. Parecía real, pero por dentro no corría la savia que pone verde a los árboles.
Me paré frente al espejo y me sorprendió una figura desconocida. Qué pena me dio esa mujer, con cicatrices en todo el cuerpo, con las costillas marcadas, escuálida, llena de moretones de todos los colores. Rápidamente busqué la remera que Sandra había dejado para mí.
Entré a su habitación. Todo lo que me había sorprendido de su casa era poco comparado con ese cuarto. Una cama enorme, con el respaldar de bronce lustrado, las cortinas de satén rojas, como el cubrecama brillante y lleno de arabescos. Almohadones de todas formas y tamaños, una cómoda de madera maciza con un espejo y una lámpara estilo araña con muchas luces de colores. Cedí a la tentación de oler el frasco de perfume sobre la mesa de luz y me atreví a ponerme una gota en la muñeca. Con culpa, pero con curiosidad, abrí el primer cajón. La lencería era un derroche de encaje y portaligas, de corsés apretados y de sostenes con puntillas.
Cerré el cajón y aparté con cuidado los almohadones. Meterme en esa cama era casi un sacrilegio. Pero me venció la sensación de paz y me metí bajo las sábanas. ¡Qué placer indescriptible el de estar limpia sobre un colchón mullido y almohadas blandas y perfumadas!
No sé cuánto dormí. Sé que fue un sueño manso, sin gritos por las pesadillas que me acosaban, y me hacían esquivar la cama a la noche y quedarme en vela hasta que el día apareciera.
Me despertó la voz de Sandra llamándome. Abrí los ojos y la vi, sosteniendo una bandeja que despedía un aroma delicioso.
—¡Vamos, querida! Que ese cuerpo necesita comer.
—¿Cuánto dormí?
—Dos días y dos noches. Me acercaba a ver si respirabas porque tenía miedo de que estuvieras muerta.
—¿Y vos dónde dormiste? —pregunté mientras me incorporaba para sentarme.
—¿Y a vos qué te importa? Dale, comé que te desperté por el ruido de tus tripas.
Puso sobre mi regazo la bandeja. Un café con leche de tamaño descomunal, tostadas recién hechas, manteca, mermelada y medialunas tibias. La miré con asombro. Ella adivinó la mezcla de sentimientos que me recorrían el cuerpo y el alma.
—Te dejo comer tranquila. Me voy hasta el chino. Mientras se iba, exageró los movimientos de la cadera y el pelo mostrando un andar de pantera al tiempo que imitaba a la china.
Comí hasta la última miguita. Esta vez no tragué sin saborear. Lo hice con placer, olfateando el café y masticando despacio. Junto a mí estaba la ropa que tenía puesta cuando llegué y que ella había lavado. Me invadió una mezcla de ternura y angustia que no podía describir. Hundí la nariz y el olor a suavizante me embriagó.
Cuando Sandra volvió del chino la cama estaba tendida y el mate listo. Era lo menos que podía hacer por ella. Se sacó los anteojos de sol y se sentó.
—¡Justo lo que necesitaba! Unos mates y una sonrisa.
Le alcancé el mate y nos quedamos las dos en silencio. No era un silencio incómodo. Era uno de esos momentos sin palabras en los que uno se mete en su cabeza buscando la mejor manera de hablar.
—Sandra, no tengo forma de agradecerte.
—Es que gracias hacen los monos —me contestó con un mohín gracioso.
—¿Por qué me ayudás?
—Mi amor, aprendí de chiquita que la vida puede ser hermosa, pero también una montaña de mierda. ¿Sabés la cantidad de veces que salí de la mierda? Hay momentos en que cuesta encontrar un motivo para vivir, y estoy convencida de que justo cuando estamos a punto de tirar la toalla, aparecen personas que nos ayudan a salir. Te ayudo porque estás viva, porque tuviste el coraje de no morir.
—Pero a vos te debe querer mucha gente.
—No es momento para que te cuente mi historia, pero te juro que son más las veces que me rechazaron que las que me quisieron. Y cuando me quisieron fue por un rato.
Por un segundo perdió la risa. Pero al instante la recuperó.
—¡Qué estamos haciendo acá! Esperame un ratito.
Volvió con un pañuelo y me lo puso en los ojos como venda. Me agarró de la mano y me guio para bajar las escaleras. Notaba su emoción. Me dejé llevar con confianza. Cuando se detuvo, escuché el tintineo de unas llaves, luego el sonido de la puerta que se abría. Me empujó suavemente un par de metros y me dejó ver.
—Bienvenida a su palacio.
Estuve un rato con los ojos desorbitados girando por toda la habitación. ¿Era mi departamento? Todo estaba reluciente y las paredes recién pintadas, algo que no había hecho por falta de ganas. Las latas de pintura y los pinceles habían estado donde los dejé cuando volví de comprarlos.
Ni una sola cosa fuera de lugar. El escritorio al lado de la ventana, la computadora y todo lo que necesitaba para trabajar prolijamente ordenados y limpios. La mesa en el centro de la sala, las sillas de madera que dejé de usar porque se movían para todos lados, ahora firmes y sólidas. Un mantel nuevo y almohadones de cuerina azul en las sillas. La mesada absolutamente impecable, el horno y la cocina níveos de blancura. Un repasador nuevo colgaba de una gallina que estaba adherida a los azulejos. La heladera llena de carne, fruta y verdura. Como flotando, entré en el baño. No sé cómo había hecho, pero eliminó los hongos y el sarro, lustró las canillas. Una bata de toalla, también azul, colgaba del gancho de cerámica. Dentro del mueble, jabón de tocador, champú, crema para el cuerpo y un juego de toalla y toallón nuevísimos y azules. Cepillo de dientes y pasta dental en un tarrito (azul) al lado del lavamanos. Una cortina de baño tapaba la ducha. Por supuesto también tenía dibujos azules.
Venía aguantando las lágrimas hasta que llegué a mi dormitorio. Ella me seguía en silencio durante todo el recorrido. ¡Cortinas en las ventanas! Mi cama estaba tan distinta que me pregunté si no era otra. Un cubrecama de algodón rústico, un par de almohadones, sábanas limpias. En la pared donde se apoyaba el respaldar, una lámina con una imagen del mar. En el placar, toda mi ropa limpia en perchas y en cajones. La frutilla del postre: un pijama nuevo doblado sobre la colcha. Todo era perfecto.
Me di vueltas con los ojos arrasados en lágrimas. No podía hablar. No encontraba las palabras. Ella también tenía los ojos humedecidos y una sonrisa tierna. La abracé, nos abrazamos y lloramos juntas. Nos estábamos acostumbrando a los abrazos y eso era un milagro.
—Sandra…estás loca. ¿Cómo vas a hacer todo eso?
—Descubriste la pólvora, mi vida —me respondió recuperando la compostura.
—Pero esto es demasiado. Dejame que te pague, por favor.
—¿Vos creés que todo se hace por plata? No me ofendas.
—Pero pintaste, gastaste un montón en las cosas que compraste. ¿Cómo supiste que mi color favorito es el azul?
Se sentó sobre la cama y me hizo señas para que me sentara a su lado.
—Ana, habrás notado por mi dormitorio que trabajo de prostituta. Nunca elegí este trabajo, me forzaron a hacerlo. Cuando me di cuenta, ya estaba en el baile y no me quedó otra que bailar. Mucha gente piensa que hago esto porque es más fácil que salir a trabajar. Tocan de oído, porque si escucharan toda la historia cerrarían bien la boca. A veces tomamos malas decisiones y nadie tiene que decirme que lo que vos elegiste terminó mal. Tenemos derecho a equivocarnos y también a que nadie nos acuse con el dedo.
—Sandra… —intenté interrumpir.
—Dejame hablar, Ana. Ahora que me saqué la máscara, si no hablo vuelvo a ponérmela y no me la saco más. Vos ves que ando a las risotadas de acá para allá. Pero lo hago a propósito, para que nadie note el agujero que tengo en el corazón ¡Tantas veces he llorado sola! ¡Tantas veces me sentí vacía después de atender a un cliente, viendo cómo se iba sin siquiera saludar! Me tiraban la plata en cualquier lado y se iban. Entonces me bañaba y me refregaba con la esponja hasta quedar roja. Se me quedaba el olor pegado en la nariz, y horas después todavía sentía los dedos apretándome, como si fuera un pulpo con dedos interminables. ¿Sabés? Lo que más me duele es no haber tenido hijos. Primero no quise. Las putas no podemos andar con críos mientras caminamos la calle en cualquier época del año. Y después no pude. Me enamoré de un hijo de puta que me contagió una peste, y los doctores dijeron que ni se me ocurriera quedar embarazada. Me da mucha vergüenza mirarte a los ojos. Vergüenza de mí, por esta vida de mierda que tengo y por esta peste que me va a acompañar a la tumba.
—¿Tenés cáncer? —pregunté en voz tan baja que solo ella escuchó en el silencio total.
Me agarró las manos y me miró profundo, como quien sondea cómo va a reaccionar el otro ante la respuesta.
—No, Ana. Tengo SIDA.
La apreté tan fuerte como pude para que sintiera todo el amor del mundo. Le acaricié la cara despacio, le sequé las lágrimas y puse su cabeza en mi pecho.
—Sandra, mirame y escuchame. Nada de vergüenza. Si te preocupa lo que yo piense, olvidate. Me importa un carajo lo que tengas. No estoy diciendo que no me importés vos. Digo que ni me asusta, ni me causa rechazo. Al contrario. Me dan ganas de cuidarte.
—El día que te mudaste te vi. Traías todo en bolsas de consorcio. Tus cosas estaban rotas y sucias. Pero lo que más me impresionó fue ver que estabas muerta por dentro, que te daba lo mismo si bajaban tus bártulos del camión o se los llevaban. Desde ese día no pude sacarte de mi cabeza. Eras un pollo mojado, sucio, embarrado, pero, sobre todo, solo. Andabas dejando soledad por donde pasabas, como si una bala te hubiese dado en el pecho; ibas desangrándote sin darte cuenta. Pensé mil maneras de acercarme, pero ni siquiera te cruzaba en la calle. Cuando volví a verte por casualidad, te habías cortado el pelo como varón y me imaginé que había sido obra tuya por los tijeretazos que dejaban ver el cuero cabelludo. Junté coraje y vine. Tenía tanto miedo de que no me dejaras pasar…
—Sandra…
—Me provocaste tanta ternura. Me derritieron tus ojos, esa mirada que grita pidiendo socorro y que pocos podemos entender. Por eso hice todo esto. Porque te quise desde el día en que te espié desde arriba. Lo hice para que alguna vez sientas ese amor. Quizás fue porque me hubiera encantado que alguien lo hiciera por mí. Quizás imaginé que podías ser mi hija, la que nunca tuve.
—No tengo mamá ni papá, o al menos no sé si están vivos. Desde muy chiquita me sacaron de esa casa. Nunca más los vi.
—Bueno, entonces te pregunto. ¿Te gustaría que te cuide como una mamá?
—Solo si me dejás que te cuide como una hija.
Dimos vueltas por toda la casa bailando un vals que sonaba en algún lugar. Nos enredamos y caímos y nos quedamos en el piso retorciéndonos de felicidad.
Ese día supe que la vida nos pone gente en el camino que nos salva de la muerte, que es tranquilizador saber que hay aunque sea una persona en el mundo a la que le importamos tanto como para tejer una red de amor y no nos matemos en las caídas. Tuve la certeza de que éramos dos las que estaban sosteniéndonos para seguir en pie: Sandra y yo. Las dos habíamos llegado a la vida de la otra en el momento justo.
Nací en el conurbano bonaerense. Fui la típica hija que llega cuando nadie la espera, cuando los hermanos ya crecieron y se fueron de la casa. Mi madre había parido siendo una niña a mis hermanos mayores, para los que siempre fui una desconocida.
Mi padre era tornero en una metalúrgica y mi madre, Alba, era profesora de Arte y daba clases en colegios y en el garaje de nuestra casa, donde había instalado su taller. Me fascinaba el olor a pintura, el óleo, el barniz y los colores, que fueron la teta de la que mamé desde que llegué el mundo de esa mujer tan etérea como bella.
No había dos personas más diferentes. No me explicaba cómo habían terminado en matrimonio. Mi padre era tosco, gruñón, carente de amor. Volvía del trabajo lleno de grasa y así se quedaba, con el overol azul puesto y engrasado, dejando ese olor que también se me metió en la nariz y en los huesos. Se sentaba a mirar televisión en un sillón destartalado del comedor, se sacaba los borceguíes y ponía los pies sobre una silla. Muchas veces se quedaba dormido, producto del cansancio y de la depresión eterna que lo acompañó siempre. No recuerdo su risa. Creo que nunca lo escuché reír. Me acercaba con mis patitas flacas y mi pelo rubio enmarañado a saludarlo y solo se limitaba a ponerme una mano sobre la cabeza. Nunca me miraba. Si quería hablarle me hacía callar porque quería escuchar las noticias. A la hora de la cena se sentaba y comía sin decir una palabra. Masticando el último bocado se levantaba, se sacaba al fin la ropa, se daba un baño y se iba a dormir. Todo el proceso duraba unos quince minutos. Después lo escuchaba roncar como un león. Era como Atlas. Parecía estar condenado a llevar el peso del mundo sobre los hombros.
Alba, en cambio, era lo más parecido a un ángel que conocí. Caminaba como flotando sobre una nube y tarareaba todo el día. Bella hasta el exceso, parecía una niña, aunque ya no lo fuera. Usaba vestidos largos llenos de flores y amaba andar descalza por la casa, costumbre que heredé. Para ella la vida era un juego, una maravilla que tenía que plasmar en lienzo, o en acuarela, o en las paredes. Mis abuelos nunca más la vieron después de haberles dicho que se casaba con ese muchacho que, para ellos, era el peor partido que podía haber elegido. No sé si ella los extrañaba, porque nunca los nombró. Tampoco sé si se unió a un hombre tan diferente a ella como un acto de rebeldía adolescente. Se comunicaba conmigo en los pocos momentos en que se daba cuenta de que existía. Entonces me llenaba de besos, diciendo palabras dulces, notaba que llevaba puesto un vestido sucio y el pelo enredado. Llenaba la bañera y le ponía agua de rosas, me bañaba mientras cantaba canciones que inventaba. Ropa limpia, peinada con dos trenzas del color del trigo, si tenía suerte íbamos a la plaza, tomábamos un helado y visitábamos la tienda de doña Mafalda.
—¡Mafalda! ¡Mira cómo creció Ana! Ya no tengo qué ponerle porque todo le queda chico.
Mafalda la miraba y se limitaba a elegir ropa para mí mientras mi madre se paseaba, absorta entre encajes y muselinas, y se probaba vestidos. En esos días perdía la noción del tiempo y del dinero. Pagaba fortunas en la tienda. Sacaba del bolsillo de la cartera montones de billetes arrugados y los iba poniendo sobre el mostrador hasta que la vieja tendera le decía que ya estaba bien, que ya había pagado. Quizás esa tarde gastaba en ropa el sueldo entero. Yo agarraba fuerte las bolsas, sabiendo que ese mes nos iban a cortar la luz o comeríamos fideos todos los días.
Cuando llegaba mi padre y la veía danzando con su vestido nuevo, se enfurecía. Era el momento de huir. Me iba a la vereda, a la plaza o a cualquier lado que me mantuviera lejos de los gritos. Al regresar veía que ella tenía un ojo morado, un brazo lastimado o el vestido roto.
—¿Podés creer? —repetía lo que ya sabía que iba a decir—. ¡Qué costumbre la mía de andar descalza! Me pisé el vestido y me caí. ¡Qué tonta! Había aprendido lo que tenía que hacer. Iba a la heladera y vaciaba las cubeteras del congelador. Ponía los cubitos de hielo en una toalla y se la alcanzaba. A veces se tiraba en el sillón y me encargaba de ponerle frío a las heridas. Después de esos episodios, podía estar días en la cama. De a poco empezó a pasar más tiempo en casa. Claro, no iba a trabajar, entonces la echaban de los colegios.
Podía estar días en la cama, o con la mirada fija. Papá llegaba más tarde porque hacía horas extras para poner comida en la mesa y yo andaba a la deriva. Días enteros sin hablar con nadie, deambulando por la casa y recluyéndome en el taller de mamá. Ponía una hoja en el atril y pintaba. Después le llevaba de regalo el dibujo a mi maestra para compensar que de nuevo mi mamá había faltado a la reunión de padres.
Tuve la suerte de ser inteligente. Eso me salvó de la ignorancia y del abandono al que me hubiera condenado la orfandad en la que vivía. Almorzaba en el comedor de la escuela. Era mi única comida del día. La señorita Ada sin Hache se paraba en una esquina y miraba con qué voracidad comía y pedía más. Había en su forma de mirarme una mezcla de ternura y compasión que no entendía. Tampoco entendía que me llevara al baño y me lavara la cara y las manos y después me peinara con una cola de caballo. Era un ritual que siempre terminaba en un beso ruidoso en mi mejilla. A Ada le faltaba la hache para ser un hada. Me cuidaba, me felicitaba por las tareas, me regalaba cuadernos y lápices, me compraba un alfajor en el quiosco de la escuela y tenía guardados en su carpeta todos los dibujos que le regalaba.
Una tarde sonó el timbre en la casa. Corrí a atender pensando en la respuesta que tenía en la punta de la lengua y que repetía cuando iba alguien a exigir el pago de una cuenta: “Mi papá está trabajando y mi mamá no está”. Pero ahí estaban Ada sin Hache y una señora que no conocía, que traía un maletín. Preguntaron por mi papá y no pudo hacerse el desentendido porque lo vieron desde la puerta, sentado en su sillón y con una copa de vino en la mano. Se levantó fastidiado y las atendió. La señora le mostró unos papeles y vi cómo la cara de mi padre se transformaba y adquiría la misma expresión de furia que ponía cuando miraba a veces a mi madre. Estuvieron hablando mucho, no sé de qué, pero al final mi papá las dejó pasar a la casa. Ada sin Hache me agarró fuerte la mano mientras seguíamos a la desconocida en el recorrido. En la cocina había platos apilados sin lavar desde vaya a saber cuánto tiempo y ollas con comida que ya estaba verde. La heladera completamente vacía y el piso tan sucio que a la señora se le quedaban pegados los pies. Para poder caminar corrían las botellas de vino diseminadas por todas partes. Últimamente mi papá estaba siempre borracho.
Ropa sucia por todas partes. El baño olía a pis y las paredes estaban ennegrecidas por los hongos. Mi cama no tenía sábanas. Dormía sobre un colchón mugriento al que la faltaba el forro de tanto uso. Las mujeres se miraban y movían la cabeza. El final del recorrido fue la habitación de mi madre. Como si estuviera en otra dimensión y mirando un punto fijo, ni siquiera reparó en las visitas. La sacudí y la llamé “mamá” muchas veces y solo logré que diera vuelta la cabeza hacia mí, sin verme.
Después me dejaron sola y salieron a hablar con mi papá. Estuvieron un rato largo afuera, mientras desde adentro yo no entendía por qué decían palabras como pésimas condiciones, abandono, ayuda psiquiátrica. Entraron. La señora me acarició la cabeza con la sonrisa más triste que había visto. Hizo lugar en la mesa corriendo vasos, platos y otras cosas y puso muchos papeles que mi papá firmó. Salí de mi casa de la mano de Ada sin Hache. Nunca más los vi.
Subimos a un auto. Ada sin Hache me pasó la mano por la cabeza y me dio un alfajor que devoré. Después me dijo que me iban a llevar a un lugar donde había otras chicas y también ropa limpia y comida, que ella se iba a ocuparía de todo lo que me hiciera falta. Nunca mencionó a mi padre ni a mi madre. Solo me preguntó si estaba de acuerdo. La abracé fuerte y le dije que sí. Cualquier lugar sería un paraíso comparado con la casa en la que vivía.
Ada sin Hache fue como esas madres que tienen la mayoría de los chicos, las que veía en los actos del colegio. Yo espiaba hasta el último segundo para ver si mi mamá llegaba porque le había avisado, un millón de veces le había avisado de las reuniones y los actos. La esperaba hasta que la portera me hacía entrar. Nunca tuve una cartuchera llena de lápices como las que tenían mis compañeros. Soñaba con tener una, con todos los colores del universo adentro.
Anduvimos un rato largo. Escuchaba cómo mi maestra le contaba a la señora que era muy inteligente, la mejor de la clase en matemática y que leía como nadie. La otra me felicitaba y me decía que alguien como yo merecía la oportunidad de una vida mejor, que me llevaban a ese lugar para que tuviera todo lo que necesitara y que podía seguir viendo a mi familia. Los fines de semana podía irme con ellos si me iban a buscar. Recordé mi casa antes de salir y pensé que no quería volver a ese lugar. De alguna manera me aliviaba alejarme. Con los años, me di cuenta de que Ada sin Hache siempre estuvo atenta, que no solamente me lavaba la cara y las manos, que además de comprarme un alfajor, de darme cuadernos y lápices, se preocupó por esa niña huérfana que vivía con sus padres Supe que no era invisible, que alguien me veía y me quería. El día en que salí de mi casa, me rescató de la vida a la que estaba condenada. Mientras ellas charlaban, sonreía feliz por saber que ningún lugar podía ser peor. Me había salvado esa mujer que para mí era un hada como las de los cuentos.
Llegamos a un lugar enorme. Tocaron el timbre y tardaron un rato en atender. Cuando abrieron vi por primera vez a Clara. Me sonrió y le devolví la sonrisa. Después se agachó y me miró con amor, trasmitiendo tranquilidad a mi corazón. Me explicaron que Clara era la directora del lugar, que se iba a encargar de todo lo que necesitara. Creo que oyó el ruido de mi panza porque la seguimos por un pasillo ancho e interminable, con el piso rojo que brillaba tanto como el sol. Entramos a una sala donde había chicas de todas las edades y estaban tomando la leche. Clara me presentó, dijo que iba a ser su nueva compañera y que esperaba que fuéramos todas amigas. Saludaron y cantaron “le damos la bienvenida”, mientras un calorcito me llenaba el cuerpo. Una nena, más o menos de mi edad, me hizo señas para que me sentara a su lado en el banco largo donde se acomodaban. Había dos mesas larguísimas. Las chicas ocupaban su lugar y merendaban. De fondo se escuchaba una música alegre.
La nena se llamaba Tamara. Era de piel oscura, pelo negro y abundante, prolijamente peinado. Me quedé mirándola porque me pareció hermosa. Pero lo más hermoso era su sonrisa, la más blanca del mundo. Con esa sonrisa me recibió mientras me traían una taza enorme de mate cocido con leche y un montón de tostadas.
—Comé más despacio que te vas a ahogar —me dijo con una carcajada.
Tamara tenía una risa tan contagiosa que también empecé a reír y me sentí feliz como una lombriz. ¿Cuánto hacía que no merendaba?
—Bueno —rio Clara también. Veo que empezamos bien. Tamara es muy buena compañera, así que después de que Ana coma, la vamos a acompañar para mostrarle el lugar.
Sonreímos las tres. Nunca me había sentido tan contenta, ni siquiera cuando mi madre reaccionaba y me bañaba, y salíamos de compras.
Clara le hacía honor a su nombre. Era rubia y delgada, con el cabello hasta la cintura. Usaba jeans y zapatillas y su mejor adorno era la sonrisa. Y los ojos, claros como el agua clara. Caminaba por los pasillos con un andar de bailarina de ballet. Parecía no tocar el piso. Era silenciosa y tenía esa elegancia natural que tienen algunas mujeres y que desconocen; van por la vida derrochando luz como una antorcha que alumbra el camino cuando todo es oscuridad. Creo que todas las chicas pensaban lo mismo porque eran cariñosas con ella, que devolvía besos y abrazos todo el tiempo.
Me llevaron a un lugar que tenía unos roperos gigantescos. Clara midió a ojo mi talle y empezó a sacar pantalones, bombachas, remeras y zapatillas. Armó una pila y la llevó a otro cuarto, el de Tamara. Puso la ropa sobre la cama y me pidió que eligiera qué quería ponerme después de bañarme. Tamara y yo nos abalanzamos sobre la ropa como si estuviéramos eligiendo traje de novia. Ante tanta ropa me quedé atónita. Sabía que era reciclada, pero para mí, que no tenía ni bombachas, eran trajes de fiesta. Tamara eligió un conjunto para esa noche y el día siguiente y un guardapolvo nuevísimo que todavía tenía la etiqueta. Después me ayudó a ordenar todo en un placar chiquito frente a mi cama, sobre la que dejó un pijama con florcitas. Era mi primer pijama.
Después, al baño. Ella cargaba con la ropa y yo con la toalla, que iba oliendo mientras caminaba. Toalla limpia, ¡qué maravilla!
—Acá está el champú y el jabón —me dijo señalando un mueble en el que había muchas botellas y jabones. Mañana le ponemos tu nombre porque hay uno para cada chica. Yo te espero acá. Bañate bien porque con la mugre que tenés vas a tener que estar dos días.
Todo nos daba risa, y así entré a la ducha caliente. Con la cabeza llena de espuma le di la razón a Tamara. Tuve que refregarme las rodillas, los codos y el cuello porque ya ni me acordaba cuándo había sido mi último baño. Mientras tanto mi nueva amiga cantaba. Creo que era de otro lugar porque hablaba diferente. Tenía una voz preciosa, de esas que uno nunca se cansa de escuchar. La melodía era maravillosa y la canción hablaba del río y de los pescadores.
Salí envuelta en la toalla. Tamara empezó a reírse.
—¿Cuánto tiempo voy a tener que estar para desenredarte el pelo? ¡Tenés un nido de loros en la cabeza! Buscó entre sus cosas un peine y empezó a renegar con mi pelo. Me daba tirones y yo gritaba y ella me retaba. A la tercera vez me puso un espejo al frente y no pude evitar llorar, pero de risa. Era preferible cortar esa mata enredada que peinarla. Así que me porté muy bien y no volví a gritar. Después de un rato largo terminó.
—¡Ja! ¿Quién te ha visto y quién te ve? —exclamó mientras me observaba con una mano en la cintura—. Ahora vamos, que hay que cenar y me muero de hambre.
Corrimos hasta el comedor. Ocupamos los mismos lugares que en la merienda, porque ya eran nuestros, mientras empezaban a servir los platos con algo que olía delicioso.
—Está exquisito, para chuparse los dedos —dijo mientras hacía un montoncito con la mano y se besaba los dedos.
Nos dieron una manzana de postre y tuve que hacer esfuerzo para comerla porque estaba repleta. Una sensación rara me llenó el cuerpo. Se me cerraban los ojos y bostezaba. Algo desconocido para mí me llenaba el alma. Después supe que ese sentimiento tenía nombre. Se llamaba paz.
—Vamos a dormir antes de que te caigas de cabeza en la mesa. Primero hay que ayudar. Todas llevamos lo nuestro a la cocina. Nos turnamos para lavar los platos. Tenés que limpiar tu habitación y lavar tu ropa. Mejor te explico mañana. Estás más dormida que un secarropa.
En el dormitorio me desvestí, y cuando fui a acomodar la ropa en mi silla, encontré un bulto encima. Estaba envuelto en papel madera y tenía mi nombre escrito con fibrón negro. “Para Ana”, decía. Tamara se abalanzó sobre el paquete y me vio tan sorprendida que empezó a romper el papel para ver lo que había adentro. Una mochila nueva, y adentro cuadernos de tapa dura de todos los colores, hojas para plástica, y lo mejor: una cartuchera con todos los lápices con punta, los colores del mundo entero, largos, flamantes. Los conté y eran veinticuatro, y encima tenían un papelito con mi nombre pegado con cinta scotch. Además, había lápiz negro, goma, regla y compás, todo con mi nombre. Tamara solo se limitaba a mirar las cosas, pero creo que más se fijaba en mi asombro. Sabía quién me había hecho ese regalo. Ada sin Hache tenía todo pensado.
—¿Sabés? Cuando era chiquita vivía en Corrientes. Después mi mamá me sacó de la cama una madrugada y me subió a un camión que nos trajo a Buenos Aires. Terminé acá, como vos, y tampoco nunca había tenido una cartuchera. Veo a mi mamá y a mis hermanitos los fines de semana, pero siempre dejo todas mis cosas porque si las llevo, no vuelven.
En su voz de adulta obligada había emoción. Era un año mayor que yo, y tenía claras tantísimas cosas que yo ignoraba y que el tiempo se encargaría de enseñarme, muchas veces a las trompadas. La abracé fuerte y me devolvió el abrazo. Después hurgó entre sus cosas y sacó una pulserita tejida, idéntica a la que llevaba en la muñeca.
—Vamos a hacer un pacto —me dijo, mientras ataba la trenza de colores en mi muñeca flaca. —Desde hoy, amigas para siempre. Yo te cuido y vos me cuidás. ¿Querés?
—Quiero —le contesté con los ojos húmedos.
—¡Bueno, a dormir, amiga!
Me di vuelta para que no viera mis lágrimas. Me metí bajo las sábanas limpias y fue tocar el cielo con las manos. Tamara apagó la luz y me quedé boca arriba mientras acariciaba mi pulsera. Me dormí con una sonrisa. Ese día también había aprendido que existían la amistad y la esperanza.
A Gabriel lo conocí en la casa de una compañera de trabajo. No puedo decir que éramos amigas. Mi única amiga, mi hermana, seguía siendo Tamara. Era desconfiada con la gente y para mí la palabra amistad le quedaba grande a casi todos. En el Instituto, en la escuela, había aprendido que la amistad era uno de los mejores regalos que podían ofrecerse las personas, y que tenía que elegir bien a quién le daba mi corazón envuelto en papel brillante y con un moño de feliz cumpleaños. Desde el día en que Tamara me mostró con gestos lo que era un amigo, siempre miré mucho más las acciones y fui sorda a las palabras.
Con Laura compartíamos algunas charlas, unos mates o salíamos a correr. Ese día pasé a buscarla y abrió la puerta. Me plantó cara de fastidio, esas que uno pone cuando se siente invadido. Me invitó a pasar.
—Bancame un ratito. Vino de sorpresa un amigo a visitarme.
Laura era como yo, respetuosa de los códigos. Nunca había ido a mi departamento sin preguntar. Y yo había hecho lo mismo con ella. Por eso su cara. Cuando llegué al comedor, lo vi. Alto, atlético, musculoso, dueño de una cara perfecta, me fascinó como un encantador de serpientes. Tenía los ojos más azules que había visto en mi vida y miraba fijo, sin bajar los ojos y sin pestañear. Sin embargo, tenía una expresión contrariada. Era la primera vez que lo veía, no lo conocía y por eso tampoco podía opinar.
—Gaby, te presento a Ana.
Se acercó y noté que era aún más alto de lo que pensaba. Me dio un beso en la mejilla. Emanaba un perfume delicioso.
—A Gaby lo acaba de dejar su pareja.
—Uh, qué bajón —dije sin saber muy bien qué se dice en esos casos.
Nos sentamos y siguieron el mate. Mientras tanto, lo escuchaba llorar por la ex, que le había metido una denuncia por violencia y que había estado preso toda la noche. Esa ingrata seguro tenía otro tipo, y como las minitas estaban todas prendidas con la idiotez del feminismo, cualquiera podía ir a denunciar y las canas les daban bola. Si hasta se había golpeado sola para hacerse un moretón en el brazo. ¡Con todo lo que hizo por ella!
—¿Tienen hijos? —pregunté tímidamente.
—No —me contestó. Ella tiene dos hijos que crie desde muy chiquitos. Y ahora no voy a poder verlos. Apoyó los codos sobre la mesa y se tomó la cabeza con ambas manos.
Odié a esa mujer sin conocerla. ¡Cómo iba a ser capaz! Seguí escuchando sus lamentos por un rato hasta que empezó a dolerme la nuca. Desde que tenía memoria, cuando algo no estaba bien me dolía la nuca. Tamara se mataba de risa las veces que le pedía que nos fuéramos de algún lugar.
—Seguro te duele la nuca —me decía. Se burlaba de mi teoría sobre el enano que vive ahí y que es el que nos alerta cuando algo malo está pasando. Me aferraba a esa teoría porque las veces que lo ignoré me fue muy mal.
Al final terminaba dándome la razón, porque después confirmábamos que era verdad. Nos salvamos de un incendio en un boliche, de un robo a mano armada en la casa de unos amigos donde estábamos reunidos. El enano funcionaba sobre todo cuando conocía a alguien. Era capaz de detectar la esencia debajo de la máscara, el discurso detrás de las palabras.
El enano también aparecía de repente para traer cosas del pasado. A veces los domingos, mientras hacíamos limpieza general del departamento que compartíamos, algún vecino que escuchaba música ponía un chamamé y Tamara se quedaba en el medio de la sala, con la escoba en la mano y la mirada perdida, Los ojos fijos, mirando sin ver. Vaya a saber adónde se le volaban los pájaros, seguramente se iba hasta el Corrientes de su infancia, a la casa que compartía con la abuela, los hermanos y los primos, a los esteros llenos de camalotes, a los pescados que limpiaba cuando el padre volvía del Paraná con la lancha rebosante de dorados y vendía en el mercado del pueblo. Tamara manejaba el cuchillo como nadie porque en la infancia aprendió a cortar la cabeza del pescado y sacarle la carne sabrosa dejando solo el espinazo mientras se prendían las brasas para asarlo.
Podía estar mucho tiempo en ese estado. Pero como la conocía tanto, ponía reggaetón a todo volumen y bailaba haciendo muecas hasta que al fin me miraba y salía de ese estado de ensueño.
—¡Vos y tu maldito enano! —se quejaba, y bailábamos las dos como poseídas hasta caer en el piso recién encerado.
