Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Fruto de más de cuatro décadas de docencia de la lengua española, Fernando Vilches destila sus conocimientos sobre la materia en esta obra. Se trata de una peculiar gramática que se hace eco de las dificultades que el autor ha detectado en sus alumnos y oyentes. Con buenas palabras se organiza en tres bloques: las cuestiones gramaticales (propias de las partes de la oración); las ortográficas, que abordan las cuestiones de puntuación y las palabras con dificultades de escritura y las léxicas, que ahondan en diversos aspectos de lo que Vilches llama "ese maravilloso armario del vocabulario que posee el idioma español". Aquí no se eluden otras cuestiones de actualidad, como el reflejo en el lenguaje de los tratamientos sociales o el mal llamado "lenguaje de género". Además de todo lo anterior, el libro se completa con un bloque de dislates (errores cometidos por periodistas o políticos), que se señalan y corrigen para buen uso de todos los hablantes. La obra culmina con una curiosa e hilarante recopilación de despropósitos lingüísticos en textos, anuncios y cartelería de nuestra vida cotidiana. En conjunto nos encontramos ante una amena síntesis sobre el buen uso de nuestro idioma y una denuncia de los abusos que cometen los hablantes, todo ello con el inimitable humor y bonhomía del autor.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 534
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
FERNANDO VILCHES tiene más años que un bosque, pero, si volviera a nacer, haría exactamente lo que ha hecho. De titulación, Filología Hispánica y de vocación, profesor (la palabra Maestro le infunde respeto). Tras cuarenta años dedicado a corregir a los «prevaricadores del buen lenguaje» a través de la docencia ha decidido compartir su experiencia emocional con la lengua española con quienes quieran seguirle en esta apasionante aventura. Durante tres años se dedicó a enmendar semanalmente las incorrecciones lingüísticas desde el programa de radio Herrera en COPE, algo que sigue haciendo alguna tarde con Ángel Expósito en La Linterna.
Sus prioridades en la vida son su familia, sus amigos, los coches y el amor por la lengua de Cervantes, que define como «hermosa y antigua, abigarrada y variopinta, dulce y severa».
En Arzalia Ediciones publicó su primer libro divulgativo, muy relacionado con este: La divertida aventura de las palabras.
Fruto de más de cuatro décadas de docencia de la lengua española, Fernando Vilches destila sus conocimientos sobre la materia en esta obra. Se trata de una peculiar gramática que se hace eco de las dificultades que el autor ha detectado en sus alumnos y oyentes.
Con buenas palabras se organiza en tres bloques: las cuestiones gramaticales (propias de las partes de la oración); las ortográficas, que abordan las cuestiones de puntuación y las palabras con dificultades de escritura y las léxicas, que ahondan en diversos aspectos de lo que Vilches llama «ese maravilloso armario del vocabulario que posee el idioma español».
Aquí no se eluden otras cuestiones de actualidad, como el reflejo en el lenguaje de los tratamientos sociales o el mal llamado «lenguaje de género».
Además de todo lo anterior, el libro se completa con un bloque de dislates (errores cometidos por periodistas o políticos), que se señalan y corrigen para buen uso de todos los hablantes.
La obra culmina con una curiosa e hilarante recopilación de despropósitos lingüísticos en textos, anuncios y cartelería de nuestra vida cotidiana.
En conjunto nos encontramos ante una amena síntesis sobre el buen uso de nuestro idioma y una denuncia de los abusos que cometen los hablantes, todo ello con el inimitable humor y bonhomía del autor.
CON BUENASPALABRAS
Con buenas palabras
Todo lo que necesitas para expresarte mejor
© 2020, Fernando Vilches
© 2020, Arzalia Ediciones, S.L.
Calle Zurbano, 85, 3º-1. 28003 Madrid
Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea
ISBN: 978-84-17241-85-8
Producción del ebook: booqlab
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.
www.arzalia.com
Introducción
Primera parte. DIFICULTADES
Cuestiones gramaticales
ADJETIVOS
ADVERBIOS
ARTÍCULOS
COMPLEMENTOS CIRCUNSTANCIALES
NOMBRES
NUMERALES
PREPOSICIONES
PRONOMBRES
VERBOS
VOZ PASIVA
DESARROLLO SINTÁCTICO
Cuestiones ortográficas
PUNTUACIÓN EN LA ORACIÓN SIMPLE
COMATOSIS: ENFERMEDAD CURABLE
ACENTUACIÓN
ORTOGRAFÍA DE LOS NÚMEROS
PALABRAS JUNTAS. PALABRAS SEPARADAS. HOMÓNIMAS Y HOMÓFONAS
ORTOGRAFÍA DE LOS EXTRANJERISMOS
Cuestiones Léxicas
PRECISIÓN SEMÁNTICA
SINONIMIA Y ANTONIMIA
EL LÉXICO EN SU CONTEXTO
PALABRAS E IDEAS
PALABRAS POLISÉMICAS. PARÓNIMOS
NEOLOGISMOS
PREFIJOS Y SUFIJOS GRIEGOS Y LATINOS
GENTILICIOS
EXPRESIONES EXTRANJERAS USADAS EN ESPAÑOL
EXPRESIONES FRASEOLÓGICAS
AMERICANISMOS Y VOCES DEL ESPAÑOL DE AMÉRICA
TAUTOLOGÍAS: PLEONASMOS Y PEROGRULLADAS
COMODINES Y ALARGAMIENTOS
UN ENFRENTAMIENTO POR FALTA DE CONFRONTACIÓN
UN OÍDO FINO DE RÉCORD MUNDIAL
BARBARISMOS LÉXICOS
ADQUISICIÓN DE LÉXICO
Cuestiones Pragmáticas y sociolingüísticas
USTED / TÚ
EJEMPLOS DE FRASES SEGÚN EL CONTEXTO PRAGMÁTICO
RAE Y LENGUAJE DE GÉNERO
Segunda parte. DUDAS
Temporada 2017-2018
Temporada 2018-2019
Temporada 2019-2020
Tercera parte. DISLATES
Cuarta parte. APÉNDICES
Palabras
Despropósitos
A modo de diccionario de americanismos
Bibliografía: mis bastones
Agradecimientos
—Vuestra merced sabe bien que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.
—Eso no, Sancho —respondió don Quijote—, que el necio en su casa ni en la ajena sabe nada, a causa que sobre el aumento de la necedad no asienta ningún discreto edificio.
CERVANTESEl ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda.
JEAN DE LA FONTAINE
La cantidad de energía que se necesita para refutar (o corregir) una estupidez es de magnitud superior a la que se necesita para producir esa misma estupidez.
Ley de BRANDOLINI
A Juan Manuel Moreno Ochoa,
hermano y amigo de los que dejan una huella imborrable.
A Julio Laria,
amigo entrañable, mejor profesional y excelente persona.
A Manuel Leardy (padre, abuelo),
buen amigo y amante del buen uso de nuestro idioma.
A David Gistau y a Paloma Tortajada,
dos grandes de la radio y del periodismo a quienes admiré profundamente.
In memoriam
La muerte no es nada, solo he pasado a la habitación de al lado. Lo que somos unos para los otros seguimos siéndolo. Dadme el nombre que siempre me habéis dado. Hablad de mí como siempre lo habéis hecho. No uséis un tono diferente. No toméis un aire solemne y triste. Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí. Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra. La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado. ¿Simplemente porque estoy fuera de vuestra vista? Os espero; no estoy lejos, solo al otro lado del camino. ¿Veis? Todo está bien.
SAN AGUSTÍN
A menudo, subestimamos el poder de las palabras. Así empieza El fuego invisible, novela con la que ganó el Premio Planeta Javier Sierra. Pero las palabras son lo que somos. Hablar y escribir bien, como vestir bien, tiene sus claroscuros. Todos conocemos a personas cuya forma de expresarse nos repele, hemos leído textos ininteligibles o llenos de faltas de ortografía o de transgresiones de las normas académicas y, también, vemos por la calle o en los medios de comunicación audiovisuales gente que viste de forma hortera (interesante vocablo) o, como se dice vulgarmente (de vulgo, o sea, de forma popular), sin ningún gusto.
Pero ¿quién crea las normas o el estilo que calificaríamos con los adverbios bien o correctamente? Porque, al igual que sobre gustos y colores hay toda una gama de posibilidades, el uso de la lengua española no es uniforme y las variedades que esta presenta son signo de riqueza y de su buen estado de salud. Que un andaluz hable un español con matices fonéticos tan distintos de un gallego, de un vasco, de un extremeño, de un murciano (aunque este y el anterior a veces se confunden) o de un madrileño, por poner solo algunos ejemplos, es signo de riqueza porque todos se entienden. Solo existiría alguna dificultad con ciertas palabras, lo mismo que nos pasa con quienes hablan el español de América.
La japuta en Murcia es la palometa en Madrid. Los alcauciles murcianos son las alcachofas para muchos otros españoles. Los manises lorquinos son los baldosines con que se alicatan baños y cocinas. Viejo es ya el sucedido de aquella mujer que dijo en televisión que a su marido le gustaba ir siempre muy alicatado. También es curiosa la anécdota de ese profesor peruano que vino a una universidad española a impartir un curso y el día del examen dijo sin rubor a los alumnos: Guarden las pollas, dado que, en su infinita inocencia y en el desconocimiento de la diferencia léxica, para este docente ese mensaje era correctísimo: Guarden las chuletas y no copien. Para la abuela de mi mujer, las pollas eran mujeres jóvenes y lozanas, pero, para el común de los españoles, no necesito explicárselo a ustedes.
Del mismo modo, tenemos usos variados del idioma que nos llevan a afirmar que no hay una sola norma culta del español. Lo decimos porque un andaluz con cultura lingüística dice a sus hijos pequeños Ustedes ce callan, por favor, al igual que un andaluz sin esa cultura, siempre que ambos sean hijos de zonas con ceceo. En fin, que, entre todos, con más o menos acierto, contribuimos a enriquecer nuestro idioma dentro y fuera de nuestras fronteras.
Por ello, en primer lugar, trataremos de plantear algunas cuestiones de la lengua que pueden llevarnos a equívocos o, peor aún, a dificultades nunca resueltas; en segundo lugar, de resolver las dudas que nos asaltan en nuestra habla cotidiana (planteadas por los oyentes de la sección «El menosprecio de la lengua» en el programa Herrera en Cope, que he tenido el placer de conducir en antena hasta la temporada 2019-2020), y lo haremos en un español sencillo, con ejemplos que nos ilustren sobre usos de nuestro idioma que nos producen interrogantes, porque oímos lo suyo y lo contrario y esto crea en nosotros una gran inseguridad, tanto al hablar como al escribir. En tercer lugar, iré desgranado dislates y despropósitos reales, no inventados, perpetrados contra nuestra bonita lengua.
Dicho esto, trataremos de acercarnos a aquello en que se basaba el Diccionario de autoridades, es decir, apoyarnos en quienes tienen como obligación el cuidado de nuestro idioma, su análisis, su adaptación a los tiempos en que vivimos (recordemos que el español es una lengua viva y en constante evolución), pero sin perder la cabeza, porque, a veces, a mi juicio, nuestras autoridades lingüísticas desbarran (ver mi anterior libro La divertida aventura de las palabras. Del buen uso del español, en esta misma editorial) y toman caminos en los que manifestaré mi desacuerdo.
Por ello, la RAE, con su Nueva gramática (la de 2009, en dos volúmenes, o el llamado Manual, de un solo volumen, de 2010) y su Ortografía (2010), así como la Fundéu (una excelente institución que trabaja sobre el español más actual), nos servirán de base —es decir, de referencia— para resolver las dudas normativas y de estilo, si bien no siempre estaré de acuerdo con ambas instituciones.
Para las impropiedades del léxico —utilizamos los vocablos de manera impropia cuando creemos que significan una cosa y en realidad su sentido es otro muy distinto—, echaremos mano del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), del Diccionario panhispánico de dudas (DPD), del Diccionario de americanismos (porque el español de América es sustento principal del español en el mundo) y del Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española de Manuel Seco (Ddyd), como principales obras de consulta.
Y, para usos y modas del idioma poco acertadas, recurriré a El dardo en la palabra del añorado lingüista Fernando Lázaro Carreter porque estoy seguro de que muchos de mis lectores (como yo) iniciaron su andadura en bachillerato con su libro de Lengua Española. Llegados a este punto, he de recomendarles un interesante y muy inteligente trabajo de la profesora María Antonia Martín Zorraquino (El neoespañol y los principios que fundamentan la lengua estándar), pues ella manifiesta posturas ante algunos de los cambios de nuestra lengua que yo denuesto, pero que ella no ve tan claros, y razona su postura de forma muy perspicaz y no exenta de rigor.
Aderezaremos este inicio del menú con diversos dislates (hechos o dichos disparatados; barbaridades en gran cantidad) que se acometen en la actualidad contra el idioma español desde diversos ámbitos de la sociedad.
Pero no se preocupen: yo cocino todas estas viandas y se las presento en la mesa para que ustedes se limiten a degustar los diversos menús (según el DPD, se desaconseja el plural menúes, y nadie quiere aceptar el mucho más sonoro menuses, al igual que el plural de sofá, sofás, que es mucho menos plástico que sofases o el más tierno sofales) sin mayor esfuerzo que el del interés por mejorar nuestra forma de hablar y de escribir.
Y para que sigan con facilidad la estructura de este trabajo, haré las siguientes precisiones:
La primera parte no pretende ser una gramática al uso ni mucho menos. La RAE y lingüistas de prestigio como don Emilio Alarcos las han escrito con precisión de especialista. Quien quiera, pues, repasar la gramática o recordar algunos de sus fundamentos no está en el libro adecuado.
La división de la obra, sin embargo, recoge una de las dos partes fundamentales de la gramática: la sintaxis (hoy se tiende al estudio de la morfosintaxis), y, obviamente, las otras dos partes de la gramática, que son la fonética y la fonología, no las abordo ni de lejos.
Elijo la sintaxis como eje fundamental de esta mi gramática particular porque es donde surgen las dudas en la construcción del discurso (del mensaje), analizo por orden alfabético las partes de la oración porque me parece que son las que precisan de mi atención y termino el apartado con los usos incorrectos (los anacolutos y los barbarismos sintácticos) que abundan en exceso en el español actual, tanto en el habla común como en el español que aparece en los medios de difusión.
Tras este apartado, en el que las definiciones técnicas que haga serán lo más sucintas posible, y solo a modo de orientación, abordo otros dos: cuestiones ortográficas y cuestiones léxicas. Llevo impartiendo docencia de lengua española más de 35 años y veo que el nivel de dominio de la lengua ha bajado considerablemente. Pero no crean que solo en la juventud, por aquello de las nuevas tecnologías, también entre personas a las que se les supondría una preparación adecuada.
El 11 de junio de 2020 veía un informativo de una televisión cualquiera en el que estaban hablando de la vuelta al colegio en septiembre. El reportaje se adentraba en un colegio y enfocaba un cartel con la leyenda: «La sonrrisa es la curva que lo ordena todo». Podría tratarse de un cartel hecho por un alumno pequeño, pero —sin quitarle mérito si es así— habría que haber corregido la ortografía, pues, para muchos especialistas, esta tiene mucho de imagen mental.
Y tengo como artículo de cabecera, para no olvidar las tropelías que se cometen contra nuestra ortografía (uno de los más grandes regalos que poseemos, por las características fonéticas de nuestro idioma), «La epidemia de las faltas de ortografía escala hasta la universidad», publicado en El País (6 de noviembre de 2018), cuya autora, Elisa Silió, hace un excelente reportaje sobre esta cuestión y se apoya, entre otras personas de autoridad, en Inés Fernández-Ordóñez (una de nuestras filólogas más destacadas).
En cuanto a las cuestiones léxicas, muchos de ustedes convendrán conmigo en que la pobreza léxica de la sociedad española (desde los niños, pasando por los universitarios, haciendo parada en periodistas y profesionales para llegar a la meta de los políticos) es un mal endémico: impropiedades y otras cuestiones (escogidas por mí) nos harán navegar por la riqueza del español de España y del español de América.
La segunda parte de este libro aborda dudas de uso que se me han planteado en mi trabajo en la radio. Son dudas reales de personas que quieren mejorar su idioma y que tienen, a veces, ciertas inseguridades en los usos. Las respuestas están elaboradas desde la máxima sencillez y sin buscar mi lucimiento; se trata de que sean comprensibles para quienes han formulado esas cuestiones problemáticas y para el resto de los oyentes.
En la tercera parte se comentarán dislates y desatinos lingüísticos que voy leyendo aquí o escuchando allá, y que también he abordado como ejemplos en el transcurso de mi actividad profesional radiofónica.
Por último, encontrarán un apéndice con despropósitos (dichos o hechos fuera de razón, sentido o de conveniencia), con una especie de diccionario de americanismos y con carteles y pantallazos que, bien recojo por la calle o en viajes, bien me los mandan amigos y oyentes, sabedores de mi afición por esa literatura popular que no sabe de normas y, a veces, tampoco del mínimo decoro lingüístico. Dicho apéndice está hecho con el único fin de que terminen el libro (si son tan generosos de llegar al final) con una amplia sonrisa.
Mi propósito fundamental no es poner a nadie en evidencia, pues todos nos equivocamos (lo grave no es equivocarse, sino empecinarse en la equivocación); mi intención es hacer una llamada de atención a todas aquellas personas que quieren mejorar su forma de hablar, que quieren escribir con mayor corrección, bien porque no han podido tener una instrucción cuando era el tiempo adecuado para ella, bien porque se sienten inseguros en el manejo del idioma.
Les diré que, como filólogo, profesor universitario y amante de nuestra lengua, al corregir exámenes ya dudo hasta de mi ortografía, algo que nunca me había ocurrido desde que empecé a sacar buenas notas en los dictados y, con el consejo y la guía de mi madre, a leer a autores clásicos españoles y a novelistas extranjeros de renombre, pero, al ver escrita más de una docena de veces la palabra *incapié, sin su h correspondiente, me entran dudas de su correcta escritura.
Tranquilos, pues, porque dudar es signo de inteligencia y tratar de solucionar nuestras dudas es propio de personas inquietas que intentan mejorar en todo durante su vida. Decía Samuel Butler: «Los más obstinados suelen ser los más equivocados, como todos los que no han aprendido a dudar». No nos vale tampoco eso de para la edad que tengo… Cualquier edad es buena, como dicen los clásicos, para el amor y para aprender.
Y tengo, como en todos mis escritos de divulgación, un segundo propósito: sacarles una sonrisa según vayan avanzando en la lectura de estas líneas, si es que me conceden el honor de dejarse guiar por mí en el invento más importante y apasionante de la humanidad: el lenguaje. Ojalá consiga ambos propósitos.
El adjetivo tiene como función modificar al sustantivo, por un lado, y, por otro, aportar significados muy variados. En muchas ocasiones, denota propiedades o cualidades del sustantivo al que acompaña.
¿Lo recuerdan? Cuando estudiábamos matemáticas, a la pregunta de si daba igual la operación 8 x 4 que 4 x 8, don Leopoldo, que fue mi primer profesor de la materia en 1.º de Bachillerato, y una persona excepcional, decía rápidamente: «El orden de los factores no altera el producto». Pues en el caso de los adjetivos calificativos ese orden altera, en algunos casos completamente, el producto.
En nuestra lengua, la posición habitual del adjetivo es pospuesta al nombre. Así, Me he comido una manzana jugosa suele ser preferible en el habla normal al más literario jugosa manzana. En esos casos, nos iríamos a las matemáticas y, efectivamente, el orden no altera el resultado; en los dos ejemplos era una buena manzana para comérsela.
Veamos ahora el caso de los llamados adjetivos valorativos. Esto que pasa de forma recurrente con las matemáticas no ocurre siempre con ciertos adjetivos. Yo tengo más de sesenta años y llevo impartiendo docencia más de cuarenta. ¿Qué dirían ustedes de mí, que soy un profesor viejo o un viejo profesor? Hace años, sería ambas cosas, sin duda, porque recuerdo a mi padre con cincuenta y me parecía un señor muy mayor, casi un anciano. Actualmente, la edad cronológica no se acompasa con la biológica como antes y, ni mucho menos, con la edad que uno siente por dentro. Por ello, yo me defino como un viejo profesor, es decir, con bastantes años de profesión a mis espaldas, pero no como un profesor viejo, porque, además de estar todavía en activo, me siento interiormente mucho más joven de lo que indica mi carné de identidad.
Este mismo procedimiento lo podemos aplicar con viejo amigo o amigo viejo, y así, distinguimos perfectamente a los amigos de la vieja frase inglesa Old friends are the best friends (‘Los viejos amigos son los mejores amigos’, o sea, los de la infancia o los del colegio) de esos otros amigos de nuestros padres que acababan siendo también nuestros en poco tiempo y que eran, lógicamente, amigos de mucha edad. Y, para no cansarlos, sucedería lo mismo con hombre grande y gran hombre.
En cuanto a los adjetivos relacionales, se comportan de manera muy disciplinada, pasan de todas estas cuestiones y van siempre a tiro fijo: se dice queso manchego pero no manchego queso, y hay algunos otros cuya colocación responde más bien a una intención subjetiva: un amanecer triste es más objetivo que un triste amanecer.
En cuanto al uso y el significado de algunos elementos relacionales (sustantivos y adjetivos), se dan confusiones frecuentes entre uno y otro. Por ejemplo:
anual (adj.)
que se repite cada año
bienio (sust.)
periodo de dos años
bianual (adj.)
que se repite dos veces al año
bienal (adj.)
que se repite cada dos años o dura dos años
trienal (adj.)
que sucede o se repite cada trienio
cuatrienal (adj.)
que sucede o se repite cada cuatrienio
decenio (sust.)
periodo de diez años sucesivos cualesquiera
decenal (adj.)
que se repite cada diez años
década (sust.)
serie de diez años (2040-2050)
mensual (adj.)
que se repite cada mes
bimensual (adj.)
que se repite dos veces al mes
bimestral (adj.)
que se repite cada dos meses o dura dos (bimestre)
semestral (adj.)
que se repite cada seis meses o dura seis (semestre)
quincena (sust.)
espacio de quince días
quincenal (adj.)
que se repite cada quince días
semanal (adj.)
que se repite cada semana
Hablando de decenios, hay varias formas de nombrarlos: la más obvia es el decenio 2020-2030; la más corriente hoy, que es calco del inglés: los años veinte; la fórmula clásica: la década de los veinte.
Por último, están los adjetivos especificativos descriptivos, que tienen la misión de descubrirnos aquello que buscamos entre otros muchos objetos de su especie. Me explico: ¿Dónde vives? En la casa pequeña. Así, de entre todas las que hay en la calle, la mía es la pequeña, y otra cosa muy distinta es cómo es la casa: Mi casa es pequeña o Vivo en una pequeña casa.
Vamos a tratar ahora de la gradación del adjetivo, es decir, lo que llamábamos el grado positivo —alto—, el comparativo —más alto— y el superlativo —muy alto o altísimo—. Y hablaremos concretamente de dos grupos de adjetivos: los que no pueden tener gradación, porque en sí mismos ya expresan un estado que no admite ningún tipo de escala, o aquellos otros que no añaden al nombre ninguna cualidad inteligente ni con matices ni enriquecedora porque ya la portan consigo.
Entre los de imposible gradación, situaríamos el que aparece en el epígrafe que da título a este apartado. Yo puedo estar o no casado. Y punto. Ni más casado que otro ni casadísimo, aunque lleve más de 30 años de matrimonio con la misma mujer. Me dirán ustedes: pero, en el habla coloquial, pueden añadir cierta ironía o guasa. Sí, claro, pero no es caso de andar siempre hablando sin tener en cuenta el buen uso de la lengua. Así, no cabrían en un habla lógica los adjetivos del tipo solterísimo, muertísimo o rechazadísimo, porque con soltero, muerto y rechazado tengo todo el grado significativo que necesito.
Otra cuestión es la metáfora, la lengua literaria, cierta expresividad del lenguaje a la que recurro para informar de una situación desde mi punto de vista, como cuando digo: Está más muerto que vivo, como descripción de alguien cuyo aspecto o cuyo modo de tomarse las cosas está más próximo al final de la vida o lo asemeja a un fiambre (interesante viaje semántico de esta forma de preparar alimentos fríos que ha pasado también a designar muertos, sobre todo en las películas policíacas de serie B).
Ahora toca el turno de aquellos que no soportan el análisis del recto significado. Escucho con frecuencia que se va a dar esta u otra noticia acaecida en un pueblecito pequeño. ¿Cabe en cualquier cabeza que digamos que Madrid es un pueblecito? La ciudad más bonita y acogedora de Europa es todo menos un pueblecito, lo fue, efectivamente, como todas las grandes urbes en su inicio, un pueblo más o menos grande que, luego, por mor de las decisiones reales, pasó de burgo a villa y, a partir de ahí, a crecer sin parar hasta convertirse en lo que hoy con toda claridad llamaríamos ciudad. El término pueblecito tiene, por tanto, valor apreciativo y, obviamente, no aporta nada a la eficacia significativa en este caso concreto.
Si a un nombre le planto el diminutivo –ito, -a, inmediatamente ese nombre designa algo pequeño, pero hay que diferenciar dos cuestiones:
1) Que se trate de un valorativo: quien lo usa pondera una apreciación subjetiva sobre el sustantivo en cuestión.
2) Que designe disminución de la extensión significativa.
Así, ese sustantivo puede designar algo pequeño, un pueblecito podría ser una aldea, o algo entrañable y amoroso como en el caso de amorcito, chiquito, cariñito, etc. Si analizamos la cuestión oponiendo mesita redonda a mesa redondita, la primera expresión indica que hablamos de un mueble de reducido tamaño; la segunda manifiesta apreciación máxima de la cualidad de redondo.
Aquí nos referimos a los comparativos que estudiamos en el cole: más que (superioridad), menos que (inferioridad), igual que (igualdad). Pero hay adjetivos que no admiten tal posibilidad. ¿Yo soy más principal que tú en esta historia? Si principal, dicho de una persona, significa ‘que tiene el primer lugar en estimación o importancia y se antepone y prefiere a otras’, se da por hecho —sin la comparación— que principal es lo que es: el primero.
Voy a referirme aquí a la construcción actriz/actor protagonista, que nos lleva a confusión cuando a veces se dice que en tal película fulanita es más protagonista que menganito o que esa otra película tiene dos protagonistas. ¡Imposible! Ni lo uno ni lo otro. En el DRAE se dan tres acepciones del término protagonista. La primera se refiere a las obras teatrales, literarias o cinematográficas, en las que sería el personaje principal de la acción; la segunda habla de una persona o cosa que en un suceso cualquiera desempeña la parte principal; en la tercera acepción se alude a aquello perteneciente o relativo al protagonista.
Por ello, hemos de tener en cuenta dos cuestiones: que el protagonista de cualquier evento artístico es siempre único. Y me dirán ustedes: ¿Y en Pretty Woman? La respuesta es que el protagonista indiscutible es Richard Gere y la antagonista, el personaje que se opone o, en este caso, da la réplica, es Julia Roberts. Para saber esto, el orden de aparición en los créditos (salvo que haya prevalecido el orden alfabético) da siempre la pauta de quién protagoniza la obra en cuestión (suele cobrar más, su tarifa es más alta por razones de fama y de antigüedad y de carrera con premios u otras cuestiones de este tipo). Pero, subjetivamente, y sin atender a cuestiones técnicas, se podría pensar lo contrario, por motivos de interpretación o cualesquiera otros.
La segunda cuestión es que, dicho lo antedicho (y perdonen lo redicho que queda), no admite el grado comparativo: como decía el clásico, «Se es o se no es», porque es relacional (son los adjetivos cuya definición en el diccionario viene precedida de la fórmula relativo a: lácteo: ‘relativo a la leche’; circular: ‘relativo al círculo’; vacuno: ‘relativo a las vacas’…).
Otra palabra que puede generarnos alguna duda es mayor. Las expresiones más mayor y mayor que tienen, en el contexto de la edad, significados y matices diferentes. El adjetivo mayor se emplea generalmente con valor comparativo y significa ‘que excede en edad a otra persona’.
Por tanto, con este significado, se construye con la conjunción que y es inadecuado combinarlo con marcas de grado como más o tan como sucede en estos casos: Otra mujer acompañada por una más mayor que ella provoca sospechas a última hora de la tarde y Hubo conocidos que le preguntaron por qué se iba a vivir con una persona más mayor que él.
Para evitarlo, se eliminan estas marcas de grado que, en estos ejemplos, alteran también el significado que se quiere expresar, de modo que lo adecuado habría sido mayor que, en lugar de más mayor que: Otra joven acompañada por una mujer mayor que ella provoca sospechas a última hora de la tarde y Hubo conocidos que le preguntaron extrañados cómo es que se iba a vivir con una persona mayor que él. Sin embargo, también en el contexto de la edad, mayor se usa, asimismo, a menudo como un adjetivo no comparativo, y significa ‘de no poca edad’, ‘de edad avanzada’, o lleva implícito el sentido de ‘adulto’.
En esos casos, sí puede ir acompañado de marcas de grado como más, muy o tan: Ya no es un joven fallecido en accidente de tráfico, sino alguien muy mayor que ha sufrido un accidente cerebrovascular, No era tan mayor como para sufrir ese deterioro o Es una de las principales preocupaciones entre la gente más mayor.
En resumen: mayor es adjetivo comparativo de grande y se construye con correlación de que. Por ejemplo: Mi hermano es mayor que tú. Y es incorrecto combinarlo con más: más mayor que… Dentro del ámbito de la edad, no funciona como comparativo, sino como adjetivo verdadero con el significado de ‘de no poca edad’: así, puedo decir que Yo soy mayor (desde luego, más de lo que me gustaría) o que, De mis hermanos, Emilio es el hermano mayor.
Entre los adolescentes, abundan este tipo de expresiones con las que se quiere dar más fuerza significativa a la que ya posee de por sí el superlativo (algo muy grande o desmesurado). Son claramente, y sin dudas de ningún tipo, construcciones incorrectas, ni mucho ni poco: simplemente, no son admisibles en el buen uso de la lengua. Por mucho que quieran amarrarse a la expresividad (es como lo de las mayúsculas en las redes, no son más expresivas, solo equivalen a dar gritos), son manifestaciones jergales que se curan con los años.
No me cabe duda de la belleza de esta actriz australiana y de su capacidad interpretativa (yo la recordaré siempre en el personaje de Las normas de la casa de la sidra). Tanto en el cine como en los anuncios se muestra explosiva, muy atractiva, aunque, a mi modesto juicio, y esto va más para los lectores de mi generación, no llegará nunca a la belleza juvenil o madura de Jacqueline Bisset.
No me refiero en este apartado al uso de como con valor de conjunción en la oración Como muy tarde, llegaré a la hora de comer, sino al uso incorrecto del adverbio de relativo como + adjetivo: Era como muy lento. Este uso, a diferencia del anterior, es santo y seña de una juventud algo pija (y perdonen esta expresión, más de mis tiempos jóvenes) y, como señala Miguel Á. Mendo en un delicioso articulito en Internet1, suaviza y ablanda lo que se dice, emborrona los contornos, puesto que acaba por no definir nada de manera clara y tajante (Era como muy estúpido). Este rasgo de indefinición deja traslucir esa famosa desidia, falta de implicación y superficialidad que suele confundirse con la elegancia. Su utilización reiterada y machacona, sigue diciendo Mendo, como muletilla llega a ser enfermiza, puesto que puede colocarse delante de cualquier adjetivo, sustantivo o frase adverbial. Según el DRAE, atenúa el grado de certeza de lo que se expresa a continuación.
Pues cambia mucho la vida. Sin el artículo, es bobo de cintura para arriba y de cintura para abajo, es decir, es tonto intonso (como definía el gran Jaime Campmany a algunos): ignorante, inculto, rústico y todos los días de la semana. Con el artículo, la cosa mejora: lo es por una causa concreta y determinada.
—¿Arriba es un adverbio de tiempo?
—No.
—¿Y ahora?
—Ahora sí.
—¿Y antes no?
—Antes también.
—Pues me has dicho que no…
Como se ve con este chiste malo que juega con los conceptos semánticos (metalenguaje) y con la consideración de esta parte de la oración que es el adverbio, los utilizamos en nuestro idioma para modificar el significado de varias categorías, principalmente de un verbo, pero también de un adjetivo, de una oración o de una palabra de la misma clase.
El adverbio, como acabamos de indicar, se caracteriza por modificar a un gran número de grupos sintácticos, especialmente los verbos y los grupos formados por ellos, los adjetivos y también otros adverbios. El adverbio es, pues, una de las partes de la oración más versátiles y que más juego da en nuestro idioma.
Los caracteres comunes a todos los adverbios son los siguientes:
Son invariables
Lo dijo medio dormida / Lo dijo medio dormido
Como vemos, el adverbio medio no ha cambiado de forma en el segundo ejemplo.
Son las únicas palabras que modifican la acción de los verbos
Lee atentamente / Lee poesías
En ambas frases, la persona está leyendo, pero, en la primera, modificamos calificando la acción del verbo y, en la segunda, solo decimos lo que lee, no cómo lo está leyendo, con qué actitud.
Muchos recordarán, sin duda, aquellos adverbios que se clasificaban por su significado: de tiempo, de lugar, de modo, de cantidad, de afirmación, de negación…, vamos, los de toda la vida. Por si les asaltan dudas con otros que están fuera de esta clasificación, les voy a señalar algunos (pensando también en si tienen hijos en edad escolar) que se clasifican por su función, y recurriremos a la fuente más fiable: la RAE.
Empezaremos por el denominado adverbio adjetival, que es el que presenta la forma de un adjetivo masculino singular: «No hables tan alto»; seguimos con el adverbio comparativo, el que denota comparación: «Canta peor que yo»; el adverbio demostrativo, por su parte, muestra o señala un lugar, un tiempo o un modo: «Estoy allá en un rato, pues ahora no puedo»; veamos, a continuación, un ejemplo del adverbio exclamativo, aquel que da lugar a expresiones exclamativas: «¡Cómo vive!»; el penúltimo es el adverbio interrogativo: «¿Cuándo lo terminas?», y, por último, el adverbio relativo, que desempeña una función sintáctica en la oración subordinada que introduce y tiene antecedente expreso o implícito (para entendernos, el que puede sustituirse por un pronombre relativo): «La ciudad donde vivo» («La ciudad en la que vivo»).
Los adverbios sirven para modificar o precisar la acción del verbo, la cualidad del adjetivo y el modo, la cantidad, el lugar… de otro adverbio. Normalmente modifican verbos, diciéndonos cómo, con qué frecuencia, cuándo o dónde sucede algo.
No tienen una posición fija en la frase y funcionan como complementos circunstanciales. Así, Mi amigo vino ayer /Ayer vino mi amigo /Vino ayer mi amigo.
En español, existen también locuciones adverbiales que funcionan igual que un adverbio. Se trata de un conjunto indivisible de palabras que actúa como un adverbio. Al igual que estos, las podemos clasificar según su significado:
de tiempo
a cada paso / a deshora / a diario / al instante / al momento
de modo
a ciegas / a disgusto / a lo loco / a ojo / de improviso / de puntillas / de raíz
de lugar
de aquí para allá / de cabeza
de cantidad
a tope
de afirmación
a ciencia cierta / con seguridad / desde luego
de negación
de ninguna manera / en absoluto / ni en sueños
Y, como estudié yo en mi Curso de redacción de Gonzalo Martín Vivaldi (1964, p. 38), llamábamos frases adverbiales (por si son de mi generación y quieren recordar) a expresiones tales como tal vez, enseguida, en realidad, en rigor, en efecto, en derredor (hoy completamente en desuso); también a aquellas construidas con la preposición a, como a menudo, a veces, al fin, a la postre, a la chita callando (¡qué recuerdos de mis padres!), a tontas y a locas, a escondidas, a gatas, a medias, a la buena de Dios (que es como se hicieron algunas cosas en la pasada pandemia), y con la preposición de, entre las que citamos de repente, de súbito, de veras, de verdad, de hecho, de cuando en cuando, entre otras muchas.
Por último, sepamos que algunos adjetivos pueden convertirse en adverbios y funcionan como complementos circunstanciales de un verbo, por ejemplo, en la oración «Habla muy bajo»; se trata de un uso muy común en el español de América: «Me miró feo» (malamente).
En la puerta de un establecimiento: «Se dan clases de adivino».
—¡Caramba! Esto me interesa. ¡Toc, toc!
—¿Quién es?
—Pues vaya mierda de adivino.
El chascarrillo va por aquello de que hay significados que no necesitan ningún añadido. Si, tras la puerta, se anuncia alguien que da clases de adivino, la pregunta ¿Quién es? está en esa línea. Lo entenderemos si leemos todo este epígrafe.
En español, la redundancia es una viejísima amiga del genio de nuestra lengua. De esto trata un excelente artículo de uno de nuestros más insignes gramáticos españoles, Ignacio Bosque, titulado «Sobre la redundancia y las formas de interpretarla»2, cuya lectura recomiendo vivamente.
Es un extenso texto que no tiene desperdicio y, en el caso que nos ocupa, el del adverbio, habla de un gran número de combinaciones redundantes en las que el adverbio reproduce una parte de la información contenida en el verbo al que modifica.
Les paso la lista que el profesor Bosque aporta:
de antemano
prever, anticipar, adivinar, planear…
detalladamente
especificar, desglosar, desgranar, concretar, enumerar, precisar…
abusivamente
acaparar, apropiarse, dominar, imponer…
a los cuatro vientos
pregonar, gritar, vocear, alardear…
armoniosamente
confluir, casar, combinar, encajar, maridar…
brevemente
resumir, recapitular, sintetizar…
machaconamente
repetir, insistir, recalcar, remarcar…
repetidamente
reiterar, incidir, insistir…
miméticamente
copiar, imitar, reproducir, repetir…
manifiestamente
mostrar, revelar, descubrir, expresar, aparecer…
sin contemplaciones
aplastar, arrasar, arremeter, fustigar, vapulear…
destacadamente
sobresalir, diferenciarse, resaltar…
Tomemos simplemente algunos verbos de los ejemplos anteriores para darnos cuenta de su función pleonástica, aunque, a mi juicio, en la mayoría de casos estas combinaciones son completamente innecesarias.
Ya que he comenzado este apartado con el viejo chiste del adivino, nos fijaremos en la combinación prever de antemano. Las tres acepciones que del verbo prever (con una sola e, no confundirlo con proveer, con el que no tiene parentesco alguno) nos da el DRAE implican necesariamente esa anticipación en el tiempo porque, a posteriori, todos somos buenos profetas. Así, significa que vemos con anticipación lo que se nos echa encima; con el arte de prever, conocemos algo o podemos hacer una conjetura por las señales o los indicios que se nos muestran de lo que va a pasar y, también, es lo que hacen las personas previsoras, que se preparan para futuras contingencias.
Aquellos alumnos que no prevén que los exámenes en la Universidad se agolpan en, prácticamente, una semana son los que luego se quejan de esta situación: no han previsto esta contingencia y no les da tiempo a preparar bien las pruebas.
Acaparar abusivamente es lo que ocurre cuando la gente cree que hay motivos para la preocupación (guerras, huracanes, pandemias…). Los tres significados del verbo acaparar nos van dando idea del concepto de abuso por exceso: 1. Adquirir y retener cosas propias del comercio en cantidad superior a la normal, previniendo (de antemano, por supuesto) su escasez o encarecimiento. 2. Apropiarse u obtener en todo o en gran parte un género de cosas. 3. Adquirir y retener cosas propias del comercio en cantidad suficiente para dar ley al mercado.
Cuando esas catástrofes humanas (que no humanitarias) acaecen o se supone que van a ocurrir, se acaparan las cosas más impensables. Uno piensa, cuando no está inmerso en estos acontecimientos, que acapararía productos alimenticios y sanitarios por si las moscas. Pero lo que ocurre a veces es que se adquieren en cantidad excesiva objetos que no denominaríamos de primera necesidad; es el caso de los productos de la repostería, palabra que siempre nos lleva a pensar en dulces, pero que tiene una multitud de significados. Aunque del léxico nos ocupamos en la parte tercera del libro, no me resisto a hablarles de este polisémico vocablo.
En tiempos pasados, en los de reyes y señores feudales, el repostero era la persona que se encargaba del orden y custodia de objetos relacionados con un aspecto concreto del servicio, por ejemplo, el de la cama. También era (y es) el nombre del aparador de cocina. Curioso es el significado que toma el término en heráldica, pues se trata de un paño, cuadrado o rectangular, con emblemas heráldicos. Por último, y muy particular (al menos en mi opinión), en el lenguaje de la marinería el repostero es el marinero que está al servicio personal de un jefe u oficial (en el ejército de tierra se le denominaba asistente). Nuestro rico idioma no deja de sorprendernos.
Y ahora, pregonemos a los cuatro vientos la siguiente construcción… Si en todos los significados del verbo pregonar encontramos ya indicaciones del tipo en voz alta, a voces y para que llegue a conocimiento de todos, vemos lo innecesaria que se hace la locución adverbial que lo acompaña. Pregonar bajito o en la intimidad algún sucedido, hecho, cualidad o defecto sería perder el tiempo.
Elijo ahora un verbo muy de moda en los ambientes de cata de vinos y de comidas regadas con el caldo adecuado: maridar. Aparte del significado que todos conocemos de ‘casarse o unirse en matrimonio’, aventura que necesita la armonía como pocas, se aplica ahora mucho en gastronomía cuando se trata de escoger el vino que mejor acompaña a la comida. Si esta armonía fallara, sería la ruina del prestigio de cualquier chef o gourmet que se precien. Así pues, si logramos el maridaje de un vino con determinado alimento, se da por sentado que el acierto está en la armonía entrambos.
Si yo quisiera escribir en este preciso lugar un resumen de lo explicado hasta ahora en cuanto al maridaje entre el verbo y sus adverbios, a la fuerza tendría que ser breve, dado que, en caso contrario, sería cualquier cosa menos un resumen. Por ello, esta fórmula tan común en los medios de comunicación es completamente innecesaria, remarca algo que es inherente al concepto resumir: ‘Reducir a términos breves y precisos, o considerar tan solo y repetir abreviadamente lo esencial de un asunto o materia’.
Recuerdo, en mi época como profesor del colegio Joyfe de Carabanchel (hoy desafortunadamente desparecido), el hincapié que ponía en los comentarios de texto para que el resumen no pasara de cuatro líneas, porque algunos alumnos tenían vocación de escritores y reescribían el texto del autor con sus propias palabras y mayor extensión que el original. ¿Por qué? Porque trabajar la capacidad de síntesis (mucho más compleja que la de análisis) ayuda luego en la futura vida laboral. En el examen de acceso a la Universidad de entonces se era mucho más exigente que en el actual.
Como prueba de síntesis, les reproduzco el ejercicio de un adolescente en un colegio público de Madrid. La prueba estaba planteada así: «Escriba una redacción muy breve en la que se toquen los siguientes temas: religión, sexo, monarquía y misterio». El alumno escribió lo siguiente: «¡Dios mío!, se follaron a la reina, ¿quién habrá sido?». Disculpen el verbo, pero es que la resolución no tiene desperdicio. «Como ejemplo de síntesis, matrícula de honor», espetó mi maestro Ramón Sarmiento.
Insisto machaconamente en lo dicho hasta ahora. Y ustedes me dirán: pero si insistir significa ‘instar reiteradamente’, ‘repetir o hacer hincapié en algo’, va a ser una insistencia insoportable. Efectivamente, tanto machacar dará como resultado hacer polvo y, con ello, perderemos la eficacia de la insistencia.
Muy similar es el efecto que produce reiterar repetidamente, pues en el verbo ya está el concepto de repetición, dado que significa ‘volver a decir o a hacer algo’. Para eso tengo que haberlo dicho o hecho anteriormente, por lo que, si reitero algo, lo estoy repitiendo.
Por último, hemos de hacer una distinción entre el adverbio que solo modifica al verbo que acompaña, que es la misión natural para la que ha nacido desde el punto de vista gramatical, y el adverbio que modifica a toda la oración en la que va inmerso. Estos últimos adverbios son los llamados modalizadores oracionales.
La explicación se entenderá mejor con un ejemplo: El profesor ha venido felizmente a clase significa que está contento y con esa felicidad ha llegado a clase. Sin embargo: Felizmente, el profesor ha venido a clase significa que había muchas dificultades para llegar y, afortunadamente, las ha podido superar y ahora ya está en el aula. Si se trata de un atasco morrocotudo, en la acepción que le damos en el español de España (porque en Argentina, Bolivia y Uruguay se denomina así coloquialmente a alguien fornido o corpulento), si la culpa, repito repetidamente, de nuevo y otra vez, es por un atasco de los que padecemos en las grandes ciudades a la hora punta, lo más probable es que llegue de cualquier manera menos feliz.
El artículo, como el resto de las que forman el grupo de los determinantes (demostrativos, posesivos prenominales y cuantificadores nominales) es la parte de la oración que sirve para delimitar la denotación del grupo nominal del que forma parte y para informar de su referencia.
El papel fundamental del artículo, como señala la Nueva gramática española, consiste en especificar si lo que designa el sustantivo (o el grupo nominal) constituye o no información consabida (es la persona ideal para el trabajo o es una persona ideal para el trabajo).
Los determinantes son partes de la oración que acompañan al nombre para actualizar o identificar la referencia significativa —concretar y limitar su significado— al aportar informaciones como género, número, situación en el espacio o posesión. Se utilizan para determinar con más o menos precisión el objeto al que se hace referencia.
Los artículos constituyen un tipo concreto de determinante que indican si de lo que se habla es un objeto o una persona no identificados, en el caso de los indeterminados, o bien identificados, en el caso de los artículos determinados.
Normalmente, se emplea el artículo indefinido cuando algún objeto o alguna persona se introducen por primera vez en un discurso y, una vez que se sabe de qué o de quién se está hablando (porque el objeto o la persona ya han sido introducidos en la esfera psicorreferencial de los hablantes y se han convertido en concretos), se usa el artículo determinado.
Veamos esta diferencia en el siguiente cuento de A. Bioy Casares:
Esta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. ¿Cómo un ser tan ínfimo —sin duda estaba pensando el tirano— es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz? Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. Por humildes que sean —dijo indicando al [a + el] pájaro— hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros.
Como se puede ver, el escritor nos presenta por primera vez una fuente que, líneas más abajo, ya es la fuente; y lo mismo ocurre con el pájaro en las últimas líneas de este tan breve como excelente relato.
En el ejemplo Las vacas pasan, parecería implícita la idea de que todos los días sucede lo mismo, es decir, esas vacas tienen la costumbre (perdonen, la costumbre, claro, es del vaquero que las saca a pasear) de pasar a diario por delante de mi puerta. Aquí se identifica el referente conceptual: son las conocidas o las que pasan todos los días.
Sin embargo, en lo que a vacas respecta, Madrid ya no es como antes… Es impensable ver una vaca atravesando una calle. Mi edad, aunque provecta, tiene todavía memoria de aquel vaquero que pasaba en Aranjuez todos los días por delante de la casa de mis padres con sus vacas y, posteriormente, vendía la leche puerta por puerta. Una leche que tenía una capa de nata de dos centímetros de espesor con la que mi madre hacía un bizcocho que olía, sabía y tenía un color dorado, causa de que ahora esté algo pasado de kilos. Por eso, si por un casual muy casual viéramos pasar por alguna calle un grupo de vacas, diríamos asombrados: ¡Pasan vacas! Ahí, pues, radica la diferencia entre la presencia del artículo —todos los días lo mismo— y su ausencia —o no—. Y, con la ausencia, si decimos Pasan vacas es que no pasan ni ovejas ni bueyes, solo vacas.
Seguro que entienden este epígrafe quienes hayan hecho el servicio militar. Entre la tropa, siempre había alguien que, al desfilar, acompasaba cada pierna con su brazo respectivo —derecha con derecho, izquierda con izquierdo—, para desesperación del cabo instructor. Si lo intentan, verán que no es nada fácil, por la tendencia natural al andar de mover al mismo tiempo brazo y pierna contrarios. Pues bien, a estos reclutas de la compañía los calificábamos con el marbete de piñón fijo.
Y eso es lo que ocurre con el artículo, sea determinado o indeterminado, que siempre se coloca delante del sustantivo (o el adjetivo al que sustantiva, ese es su poder) indefectiblemente. Y esta regla es inamovible: cuando utilizamos el artículo, de la clase que sea, obligatoriamente lo colocaremos delante: lo dicho, de piñón fijo.
Hablamos ahora de algunas contracciones de la combinación artículo más preposición —determinados contractos— que solemos pronunciar todos en el lenguaje oral, lo que no deja de ser una incorrección, pero que nunca debemos escribir tal y como las pronunciamos. Había una máxima latina que se aplicaba a los posibles errores o descuidos y que era más indulgente con el lenguaje oral que con el escrito: Verba volant, scripta manent, o sea, ‘Las palabras vuelan, pero lo escrito permanece’. Aludía, por tanto, a que hablando las incorrecciones pasan más desapercibidas, pero lo que dejamos por escrito permanece en el tiempo.
Tengo que admitir que esta máxima ha perdido su vigencia. Yo no sabía lo que era un podcast hasta que mi hija me enseñó, primero, en qué consistía, y, segundo, a bajármelos para poder oír a cualquier hora del día cualquier programa de cualquier emisora de radio; es decir, ya no nos vale lo de verba volant, dado que las palabras se quedan grabadas a disposición de quien quiera escucharlas, donde quiera escucharlas y cuando quiera escucharlas. Somos, pues, prisioneros de nuestras palabras y, como continúa el dicho, dueños de nuestros silencios.
Cuando escuchamos Voy al escorial, pronunciación habitual para la mayoría de la gente, se puede uno creer que quien así se expresa se dirige a uno de los pueblos más bonitos de España, y, sin embargo, lo que está diciendo es que va a la escoria, es decir, al lugar donde se han echado o se echan las escorias de las fábricas metalúrgicas, en consecuencia, a un basurero de desechos industriales. No es lugar para llevar a una pareja a pasar un buen rato.
Pero si digo Voy a El Escorial, estoy dando la información que todo el mundo cree oír con el primer ejemplo, dado que el topónimo de ese lugar, que enamoró a nuestro Felipe II y en donde construyó una de las maravillas del mundo, tiene el artículo El en la partida de nacimiento.
Hay dos teorías acerca del origen de este vocablo, aunque ambas coinciden en su origen latino. La primera cree que proviene del término aesculus, ésculo en castellano, que es un árbol similar a la encina, del cual nació más tarde la voz esculeal, escurial y escorial, esto es, un terreno poblado de ésculos, carbajos o quejigos. La segunda teoría afirma que proviene de escouro, que significa ‘oscuro’ en castellano, y esto se debe a que la abundancia de árboles dentro del terreno que envuelve el monasterio hace que se produzca una menor insolación cuando llega la tarde.
Por su parte, la palabra escoria, según el Diccionario etimológico castellano e hispánico de Corominas y Pascual, viene del latín scoria, con el mismo significado. Este vocablo latino fue tomado en préstamo del griego (skoría, ‘escoria’, ‘espuma de un metal en fusión, especialmente del hierro’) y su certificado de nacimiento data del siglo XIII y nos conduce a una obra de nuestro Gonzalo de Berceo.
Con artículo determinado —el vino— se indica la clase; sin él —vino—, la parte. En este último caso, vino funciona como partitivo y también indica la categoría de lo que se bebe: vino y no cerveza.
Un vino ya es nombre contable —un vino muy bueno; igualmente, en plural: los vinos o unos vinos—, y Bebe vinos, sin artículo y en plural, indica la categoría de lo que se bebe, al igual que en el ejemplo Pasan vacas, que hemos visto más arriba.
Al mismo tiempo, los nombres masa, como vino, en singular indican la unidad de lo significado, el vino, y, en plural, en cambio, indican variedades: vino rioja, vino ribera, vino jerez. Los nombre no contables, continuos, medibles o de materia son aquellos que categorizan las entidades como materia, masa o sustancia (arena, aire, basura). Denotan cosas que pueden dividirse hasta el infinito conservando su naturaleza y su nombre (agua, vino, oro, plata). Una parte de un poco de agua es también un poco de agua (si el lector estuviera interesado en profundizar sobre los sustantivos, le remito al siguiente artículo de Justo Fernández: «Clases léxicas de sustantivos, según Ignacio Bosque»3.
Tanto si les sitúo al indicarles la clase de bebida (el vino, junto con el agua, es la más sana) como si se la parto en variedades y marcas, que en España las hay muy variadas y excelentes, recordemos que es necesario, bueno y benéfico beber con moderación.
Omitir el determinante ante un nombre común es un error muy habitual, especialmente en el lenguaje administrativo y en el lenguaje profesional de oficinas y empresas, donde a menudo encontramos expresiones como Se remite informe, Se envía resolución.
Hay que recordar que los nombres comunes en español deben llevar necesariamente un determinante, salvo en el caso de que actúen como genéricos. Con un ejemplo, lo entenderemos mejor.
Si le preguntamos a una amiga qué va a comer hoy y desconoce lo que se va a encontrar en casa, aunque su pareja le dijo por la mañana que iba al mercado a comprar pescado, nos dirá: Voy a comer pescado. Al día siguiente, ante la pregunta ¿Qué comiste ayer?, nos responderá: Comí un besugo a la espalda riquísimo. Es decir, cuando desconocía el género concreto quitó el determinante y nos manifestó el genérico pescado, que tiene muchísimas clases particulares (besugo, lubina, lenguado, rodaballo…), pero, una vez que lo tenga delante, ya usará el específico de clase: un besugo.
Si se le preguntara a alguien en un acto formal cómo suele vestir, la contestación —en los términos en que estamos hablando— sería: Suelo vestir pantalón vaquero, camisa de cuadros, zapatillas deportivas…, pero hoy voy con un traje azul, una corbata a juego de topitos y unos zapatos de cuero.
Así que esa costumbre, inveterada (arraigada) en las administraciones públicas españolas sobre todo, padece una significación impropia porque lo que se suele enviar, a petición de otro organismo o de un ciudadano, es un informe sobre cualquier cuestión o el informe solicitado por un organismo o un ciudadano.
Cuando los sustantivos de género femenino en singular que empiezan por a / á o ha / há —con o sin tilde, pero con el golpe de entonación en esa sílaba— van precedidos de artículo determinado o indeterminado, tienen que usarse los masculinos el, un, algún o ningún. Pero no olvidemos que hablamos de sustantivos, no de adjetivos, y solo en singular. Así, diremos el agua clara (el adjetivo que acompaña a agua sí debe ir en femenino, claro) o el águila majestuosa. Como vemos en estos ejemplos, el primero de esos nombres no lleva tilde y el segundo sí, pero en ambos casos esa primera sílaba es tónica. Y diremos, sin embargo, la áspera batalla, porque áspera es un adjetivo.
En cuanto a los que empiezan por h, como el hampa, dado que la hache en español es una consonante muda (una de las pocas ocasiones en que nuestro idioma se distancia de su fonética habitual), no cuenta como elemento perturbador y escoge también el artículo en masculino.
En plural tampoco rige esta regla —las aguas mansas, las águilas imponentes— y, como hemos indicado, tampoco funciona con otro determinante que no sea el, un, algún o ningún —Esta agua está caliente, Esta águila es impresionante—. ¡Cuidado!, porque la confusión puede surgir a partir del viejo refrán español que reza: «Nunca digas de este agua no beberé». Tengamos en cuenta que el refrán es un dicho agudo y sentencioso que pasa a través de los siglos lexicalizado y no puede cambiarse (más adelante nos ocupamos brevemente de ellos).
Recapitulemos con una serie de claves que pueden ayudarnos a entender y emplear adecuadamente estos determinantes:
La misma arma y no el mismo arma. El artículo no va inmediatamente antepuesto al nombre, por lo que funciona la concordancia habitual y no hay que recurrir a la excepción. Solo si la conexión es directa, como en el alma, usaríamos el determinante en masculino.
El hambre perruna; el agua podrida. Esta regla no transforma el género de estas palabras, como lo demuestran los adjetivos que las acompañan.
Las aves; las hachas. En plural, se recupera la regla normal: el artículo femenino precede al sustantivo del mismo género.
La hache. El nombre de la letra se queda fuera de esta regla (la [letra] hache).
La árabe. Los términos que son adjetivos, aunque el artículo los sustantive (la [mujer]árabe) escapan también a la excepción.
La aguilita. Como se aprecia en el diminutivo, el acento ya no recae en la vocal inicial, por lo que no tiene sentido aplicar la citada regla.
La aguanieve. Igual que en el ejemplo anterior, la a ha perdido la fuerza de la acentuación.
Un acta; algún alma; ningún águila. Según algunas fuentes, con un, algún y ningún se admiten ambas posibilidades, pero, si siguen mi consejo, empleen la misma regla que con el artículo determinado.
La AMPA. Sin embargo, con las siglas, se prefiere emplear el artículo que corresponde al desarrollo: Asociación de Madres y Padres de Alumnos; de esta manera, y en este caso concreto, además, se diferencia perfectamente de la asociación de malhechores, o sea, el hampa.
La áspera montaña. Pensemos siempre que la regla se cumplirá si los determinantes de los que hablamos acompañan al sustantivo, y solo al sustantivo (la ácida bebida, porque ácida es adjetivo).
El aceite; la harina. Recordemos que solo se aplicará esta regla si la palabra comienza por a o ha tónicas (la acentuación, no tilde, en aceite recae en la primera e y en harina, en la sílaba –ri).
Y veamos a continuación un par de ejemplos, azúcar y artes, que constituyen casos excepcionales de concordancia con diversas peculiaridades. En cuanto a la palabra azúcar, siguiendo lo que apunta la Fundéu, por ser un sustantivo de género ambiguo —el o la azúcar— se admite tanto azúcar moreno como azúcar morena. Ahora bien, si no va acompañada por adjetivo alguno, es mayoritario el empleo del masculino. En plural, lleve o no adjetivo, prevalece el empleo en masculino (los azúcares).
Por lo que respecta a arte, como también es palabra ambigua en el género, se podrá usar tanto en femenino como en masculino. Es frecuente que, en fórmulas fijas, se emplee con un número y un género concretos. Cuando se refiere a la actividad con la que se crean obras artísticas, se utiliza singular y masculino (el arte poética), o bien plural y femenino (las artes marciales), pero no es una regla fija.
Esta frase esconde una añagaza que puede costarnos muy cara, teniendo en cuenta la Hacienda que sufrimos los españoles, sea cual sea el color del Gobierno de turno, que, ante cualquier duda, rompe por completo una vieja máxima jurídica del derecho romano: In dubio pro reo (‘En la duda, siempre a favor del acusado’, y disculpen que se la traduzca. Lo hago por si algún lector no estudió latín o no tiene nociones básicas de derecho). En España, si de Hacienda se trata, in dubio pro poena, no lo duden, o sea, ‘en la duda, a favor del castigo’, porque, si usted o yo nos equivocamos, es mala fe; si es Hacienda la que se equivoca, aquí paz y, después, gloria.
Así pues, hay que estar muy atentos ante este tipo de instrucciones. En la primera frase, Se presentarán las liquidaciones el día 15 y último hábil de cada mes, nos están diciendo, por la omisión del determinante el antes del adjetivo último, que el día 15 es el único y último día para presentarlas; en Se presentarán las liquidaciones el día 15 y el último hábil de cada mes, la presencia del determinante nos indica que tenemos dos días para presentarlas: el día 15 y el último día hábil de ese mes en cuestión.
