Con los libreros en Cuba - Álvaro Castillo Granada - E-Book

Con los libreros en Cuba E-Book

Álvaro Castillo Granada

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Beschreibung

Segunda edición aumentada del libro de Álvaro Castillo Granada donde recorre buena parte de la isla de Cuba registrando el oficio de los libreros cubanos institucionales, independientes o "cuentapropistas" y ambulantes. Historias personales que recrean diferentes modo de ver y hacer el oficio con el tono cálido al que nos tiene acostumbrados el autor. "Sin duda cada ser tiene, en el universo de lo escrito, una obra que le convertirá en lector, suponiendo que el destino favorezca su encuentro" asegura Amelie Nothomb. Y es justo ahí, al señalar el instante de ese encuentro, donde cobra sentido vital la labor de los libreros. El recorrido inverso es más o menos así: en los anaqueles, libros; dentro de los libros, historias; tras las historias, autores y editores; editoriales —grandes o pequeñas— y sus respectivos diseñadores e imprentas. Una larga, accidentada cadena de acontecimientos para que la mano del librero, concentrada y vigilante, coloque el libro en su justo lugar: en el anaquel necesario ante los ojos del lector. A su vera miramos, tomamos alguno entre manos, sopesamos si pagar el precio —una vez aceptada su recomendación— o simplemente seguir. Extraños seres los libreros, silenciosos nos observan mientras revisamos sus estantes o los ejemplares traídos hasta el pavimento de una calle cualquiera, hasta algún muro anónimo de la ciudad. Menuda tarea sin página de créditos. Hasta que el colombiano Álvaro Castillo Granada, amigo entrañable de Cuba y librero a su vez, desanda la isla y les pone alma y rostro en este mapa particular. Un atlas de libreros cubanos. Una ruta donde, suponiendo que el destino favorezca el encuentro, los libreros le encontrarán a cada libro un lector.

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Seitenzahl: 124

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Con los libreros en Cuba

Con los libreros en Cuba

Álvaro Castillo Granada

@edicionesisladelibros

Con los libreros en Cuba

Primera edición electrónica en Isla de Libros© Álvaro Castillo Granada, 2020© Ediciones Isla de Libros, 2020

Carrera 5, 34-13, AP 101, Bogotá, [email protected]

Los textos «El amante de Lady Chatterley», «Como todo en la vida», «El más librero de los libreros de la plaza», «San Lázaro, 1101» y «Según pasan los años» fueron publicados en 2017 enUn librerode Álvaro Castillo Granada (Literatura Random House). Se reproducen aquí por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial Colombia.

Dirección editorial y fotografías: Álvaro Castillo GranadaEdición y producción:Ginett Alarcón

Logo Isla de Libros: Zilah RojasDiseño de cubierta: Nicolás ConsuegraDiseño gráfico: David ArneaudConversión a libro electrónico|eBook conversion:Apex

ISBN 978-958-52645-9-5

CONTENIDO

LIBREROSYLIBRERÍASENCUBA

ESTOSLIBREROS

Centenario del Apóstol

Fundación Fernando Ortiz

Araújo

Canelo

Abel Santamaría

Alma Mater

Plaza de Armas

Carlos Orallo Boscá

Best Seller

Cuba Científica

«La poesía él la llevaba día a día»

La librería sin nombre

El librero más viejo

El Cartel

23 de diciembre

Mi chiquitica librera

El librero que abre todos los días

El Eco

Una maleta roja, sobre un banco, en la librería La Piedra Lunar

El Gran Zoo

Una librera de raza

Librera itinerante

¿Cuándo sé que estoy frente a un verdadero librero?

Gérard Philipe

Librero ambulante

Jacobo viajó al cielo de los libreros

«Ponle tú el nombre»

La Polilla

La Tertulia

La Lectura

Loydalba, las paredes de su casa

41 y 64

Centro Cultural Literario Habana

AQUELLOS

Humberto Alemán

Como todo en la vida

De cuando aparece un libro en una libreríasin luz

El amante de Lady Chatterley

«El más librero de los libreros de la plaza»

San Lázaro, 1101

Según pasan los años

Buzo de libros

APÉNDICE

Para todos, con todos,libreros, ayudantes, correparques:compañeros.

Para Carlos Orallo Boscá, mi hermano.

LIBREROSYLIBRERÍASENCUBA

No sé cuándo empezó a escribirse este libro. Ha sido más lo apuntado en mi mente. Lo he pensado y recordado durante un largo trecho. Un buen día salió el primer texto. Más cercano a las viñetas y a las estampas, en realidad son azares. Concurrentes y recurrentes. No tienen orden. No están todos los libreros que he conocido y que conozco. No tiene intención de totalidad. No es un inventario. Me habría encantado empezar a escribirlo hace mucho tiempo. Ya componen una tribu los libreros que he conocido y que se han marchado «al cielo de los libreros» del que habla Adolfo Castañón. Es, por sobre todas las cosas, un homenaje al oficio y a sus hacedores. Cada historia ha nacido de una necesidad. De un impulso. De golpe. En ellos está el que he sido y el que soy: un librero colombiano que ha recorrido Cuba deteniéndose siempre cuando sus ojos se topan con una librería. Grande o pequeña. Estatal o particular. Ordenada o caótica. No importa. Las librerías son el paraíso para los lectores. Y siempre podrá estar esperándonos el libro que nos aguarda.

Aquí y en cualquier lugar admito una particular debilidad, una clara empatía, por los libreros callejeros. Por aquellos que carecen de un local y, sin embargo, persisten tercamente en su oficio con los libros tendidos sobre una acera. Es algo parecido a la ternura, a la admiración, a la solidaridad, a no sé qué tantas cosas…

A lo largo de veinticinco años de experiencia en las librerías cubanas, me he encontrado, zapateando sus calles, toda clase de libreras y libreros. Desde grandes lectores hasta simples bisneros. Desde oportunistas hasta personajes de leyenda. De todo. De todos y cada uno he aprendido. Se han instalado en mis recuerdos. Algunos de ellos hacen ya parte de la memoria de mi corazón.

ESTOSLIBREROS

Norma Fentés Lugo

Centenario del Apóstol

Fue en 25 y L. En los bajos de ese edificio, en esa esquina, había una librería. La atendía un hombre que, ahora que lo pienso, siempre estaba sentado en su sillón. Dominándolo todo (como diría Máximo Pérez, otro librero habanero de memoria prodigiosa). Ahora hay un restaurante que se llama ¡Wao!!! Era octubre de 1995 y el calor tremendo. Recuerdo haberle comprado un folleto de Natalia Bolívar Aróstegui:Tributo necesario a Lydia Cabrera y sus egguns. Él fue quien me dijo que si bajaba por 25 hasta O me encontraría una librería en moneda nacional: Centenario del Apóstol. Por lo general no se le revelaban esos datos a un colega extranjero. Hasta entonces solo conocía una librería de esas: El Canelo o La Avellaneda. Allí llegué andando por Reina. Pero de esta otra nadie me había hablado. Me preguntó si tenía algún billete de mi país. Llevaba uno conmigo como amuleto. Se lo di. Él me dio otro. Cada uno firmó su billete. ¿Dónde lo habré guardado? ¿En qué libro permanecerá como un resguardo de la memoria?

En la librería Centenario del Apóstol, hace ya veinticuatro años, conocí a Norma Fentés Lugo. Una de las mejores libreras de este país. Ella, a pesar del tiempo y los achaques y las cosas, mantiene la ética del servicio y la atención al cliente, al buscador que entra a esa librería con el ánimo infinito de encontrar. De toparse con algo que lo sorprenda de repente, como un rayo, y le haga sentir que era una cita acordada. Que el libro y el lector estaban destinados.

¿Cuántas cosas no he encontrado allí? ¿Cuántos libros han iluminado mi rostro? Norma permanece como una guardiana que abre las puertas de ese espacio para que los destinados se encuentren. Atenta, amable, ordenada, servicial. Aconsejando y mostrando. Preguntando y queriendo aprender. Cualidades que un librero nunca debe perder ni olvidar. Y alegrándose de los hallazgos y encuentros. Sabiéndose cómplice. De esta librería he salido cargado de libros. En esta librería he conversado y me he reído. En esta librería he compartido un jugo de naranja y un buchito de ron. En esta librería, Norma Fentés Lugo, hemos sido amigos. Colegas. Compañeros. Libreros cubanos. Eso soy también.

Yolanda Velazco

Fundación Fernando Ortiz

Yolanda Velazco es la librera de la Fundación Fernando Ortiz. La conocí hace poco cuando fui a buscar el tomoIIIde la correspondencia de don Fernando. Me atendió con una gentileza inmensa y me explicó la importancia de una carta en este tomo que aclara y define el término «transculturación» en oposición al de «aculturación». También es una fanática del fútbol que, cuando supo que era colombiano, se alegró por la clasificación de la selección de mi país al mundial. Vale la pena parar un rato y conversar con ella.

Suly y Arvency

Araújo

Suly y Arvency son los libreros de la librería Araújo (Galiano, esquina Virtudes). Desde hace seis años abren de lunes a sábado. En su librería he encontrado libros nacionales y extranjeros, que han dibujado en mi rostro. Hallé, por ejemplo, el único ejemplar que he visto deSalmos paganos, de Alberto Garrandés. Hace unos días se fue conmigoEl universo de al lado, ¿el último? libro de Eduardo del Llano. Los libros dan a veces vueltas muy raras, tantas que es posible que estén a la vuelta de la esquina.

La librería Araújo cerró sus puertas en el 2019.

Lázaro Pitaluga

Canelo

En abril de 1995 entré por primera vez a una librería cubana: a Canelo (llamada a partir de 1968 La Avellaneda). A ella me llevó un muchacho quien, sin que yo lo buscara ni pretendiera, se convirtió en mi guía voluntario. Era/es una librería de libros usados. La más antigua de Cuba en funcionamiento. Después de varios desplazamientos se enraizó en Reina 259. «Y desde entonces los años…». Por más que lo intento no logro recordar el nombre de mi guía. Solo lo vi en esos días. Nunca me lo he vuelto a encontrar. Y eso que La Habana es, entre tantas otras cosas, la ciudad de los reencuentros. Al doblar una esquina no es nada raro que una voz amiga te diga «Álvaro… ¡estás perdido…!». Lo primero que me llamó la atención, cuando entré, fue el desorden y la cantidad de polvo que había. Yo, que carezco de olfato, de inmediato me vi asaltado por una mezcla de olor a madera-libro-humedad y tiempo. Esa vez compré dos libros: la versión dePor el camino de Swann, de Marcel Proust, que hizo Virgilio Piñera en 1968 y la edición cubana deSombra de la sombra, de Paco Ignacio Taibo II.

Aunque parezca difícil creerlo soy bastante despistado y desorientado. Me aprendo un camino/recorrido que sigo al pie de la letra. Cualquier alteración o variación hace que todo se pierda para mí y entre en una sensación parecida al desamparo.

En octubre de 1995, cuando regresé a La Habana, subí por Galiano (calle que desde entonces y hasta hoy recorro incansable de un lado pal otro) y reconocí Reina. Doblé a la derecha y llegué de nuevo a Canelo.

Han pasado ya veinticuatro años. Lázaro Pitaluga es su librero y tasador desde hace veinte. ¡Hace ya esa pila de tiempo que nos conocemos! Es una librería que visito constantemente cuando estoy acá. Por lo menos dos veces a la semana. Y de la que nunca salgo sin un libro en las manos. Así sea uno… o con una caja llena (como pasó una vez). En ella «el azar concurrente» se hace presencia y potencia. A estas alturas de la vida sería imposible un inventario de todo lo que he encontrado allí. Hoy, por ejemplo, conseguí un ejemplar de la primera edición deEl turno del ofendido, de Roque Dalton, de Casa de las Amércias, La Habana, 1962. Y otras cositas… Me gusta mucho cuando llego y no hay tanto trabajo y agobio y calor y me pongo a conversar con Pitaluga. Es un gran lector de, entre otras cosas, ciencia ficción. El otro día lo vi dar una «muela» sobre Isaac Asimov como si fuera lo más normal del mundo ser un experto en las novelas de la saga deFundación. Siempre me enseña, como quien no quiere la cosa, algo. Para él es una gran alegría cuando el lector y su libro se encuentran. Lo llena de satisfacción. De verdad se pone contento. Esboza una sonrisa entre socarrona y satisfecha.

Venir a la librería Canelo es adentrarse en un espacio donde el tiempo parece no acontecer. Todo es posible porque es la primera vez. Los libros llegan y se van. Transcurren. Los lectores volvemos y volvemos. Y Pitaluga casi siempre está ahí…

Roberto Verdecia y Gisela Inastrilla

Abel Santamaría

Monte y Cárdenas… Un día, en julio de 1996, mientras esperaba en el parque de la Fraternidad a una máquina para ir a Marianao (en esa época costaba 5 pesos… Ahora vale 20…) descubrí la librería Abel Santamaría. Ahí conocí a Roberto Verdecia (administrador y librero) y, años después, a Gisela Inastrilla. Por esas cosas de la vida que no requieren explicación fui su vecino durante casi dieciocho años… En mis idas y regresos a Corrales, entre Factoría y Aponte, se convirtió en un «punto fijo» (como diría Anita Valladares). Fui testigo de su resurrección, esplendor y decadencia… Allí he encontrado, desde un ejemplar de la primera edición deNicaragua tan violentamente dulce, de Julio Cortázar, hasta libros de ediciones provinciales que jamás volví a ver. Allí trabajó durante muchos años Ada, quién miraba siempre hacia la puerta que da a la calle Monte esperando la aparición del destino, con esa mirada indescriptible que tienen los cubanos: una mezcla de alegría y tristeza simultánea. Un color de lejanía que es imposible de atraparcon palabras. A ella le regalé, alguna vez, un ejemplar deLolita(epilogado por Alberto Garrandés) y le escribí un texto que fue publicado en la revistaUniverso Centro, de Medellín. A sus manos llegó un ejemplar, que recibió con asombro, timidez y picardía. Sigo pasando por esta librería de vez en cuando. No importa que ya no tenga luz, ni aire y que ya no se pueda entrar y toque mirar los libros expuestos sobre unos burós al lado de la puerta. No importa que Ada ya no esté. Solo permanecen Roberto y Gisela. Imperturbables y amables sabiendo que «Quedamos nosotros brindando buen servicio con amor y cariño». Porque de eso se trata esta aventura nuestra: hacer que los libros lleguen a sus lectores. Que cumplan su destino. Y si es con amor y cariño, mejor. Mucho mejor.

Rabier Ochoa Díaz

Alma Mater

Nos hemos estado cruzando en librerías a lo largo de los años. Primero fue en la Elías Entralgo (en las escalinatas de la Universidad de La Habana). Allá encontré, en la sección de usados, libros de poesía maravillosos, de esos que te dibujan en la cara una sonrisa parecida al extrañamiento. Recuerdo ahora varios títulos de Humberto Ak’abal y de Roberto Fernández Retamar. Después en la Jicotecal (Terminal de ómnibus) —cada vez que iba o venía de visitar a Rebeca y Lorenzo en Santa Clara— me encontraba libros que en otras librerías ya habían desaparecido. Y ahora en Alma Mater (Infanta y San Lázaro). Fuera de su gentileza y amabilidad, algo que siempre he apreciado de los lugares por donde ha trabajado (Rabier lleva dieciséis años en el oficio) es el orden que quiere y pretende mantener (junto a sus compañeros de trabajo) en la librería. Que el cliente encuentre lo que está buscando y se sienta a gusto. Es un profesional del oficio. De esos que ya quedan pocos…

Cada vez menos…

Plaza de Armas

Urrutia era el apellido del chofer que fue a esperarme al aeropuerto Rancho Boyeros de La Habana, cuando llegué el 17 de abril de 1995.

En el paquete que compré para esa primera visita, junto a diez días en el Hotel Deauville, estaban incluidos los dos «transfer».

Ya no recuerdo si fue él quien me dijo que en la plaza de Armas había una venta de libros usados cuando le pregunté por este tema. Debió ser él. No se me ocurre ahora quién más.

La cosa fue que lo primero que hice, después de dejar mi mochila en la habitación, fue bajar a la recepción y preguntar cómo podía llegar allá. Aún recuerdo los dos primeros libros que compré: las primeras ediciones deParadiso, de José Lezama Lima yCanción de gesta, de Pablo Neruda.

Ese primer encuentro se convirtió y transformó en una cita permanente. Un lugar adonde siempre ir. Por el que siempre pasar.

No solo por los libros que he conseguido (y me han regalado) que han sido, por supuesto, demasiados. En ese lugar, en ese espacio original encontré una vez el amor —a mí «Meñique oriental», Yanelis Hernández Pérez—, y lo más importante, amigos que se han transformado en mis hermanos. Seres que no alcanzo a definir con palabras. Están enraizados en mi corazón de tal manera que es imposible desterrarlos.

Han sido ya demasiados años… Son muchos los que ya no están. Han partido al «cielo de los libreros»: Juan Carlos,El viejo,o Nilo o Joaquín, por ejemplo. Otros han emigrado: Adolfo, Javier Rabasa, Fidelito, Sixto, Juan Carlos Morales… Unos más han cambiado de oficio. Cuando nos encontramos con los viejos