Con sus condiciones - Kim Lawrence - E-Book

Con sus condiciones E-Book

Kim Lawrence

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Beschreibung

Chantajearla… ¿o seducirla?   Leo Romano nunca imaginó el éxito que alcanzaría tras el rechazo de Amy Sinclair durante su juventud. Y tampoco imaginó que ella caería en desgracia y terminaría dependiendo de él. Amy trabajaría para él en la Toscana, o él volvería a enviar a prisión a su rencoroso padre. Daba igual lo que hubiera hecho su padre, él era todo lo que Amy tenía. Y por eso, haría todo lo que Leo quisiera. Pero lo que Leo no sabía era que años atrás, Amy se vio obligada a abandonar a Leo. No fue su elección. Y cuando se reunieron de nuevo, apareció el deseo que nunca desapareció…

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Seitenzahl: 173

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025 Kim Jones

© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Con sus condiciones, n.º 3216

Título original: Reclaimed on Romano’s Terms

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A. Esta es una obra de ficción.

Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).

HarperCollins Ibérica S.A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370172428

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Prólogo

 

 

 

 

 

Desde el camino que llevaba hasta el palacete se veían las luces que se habían dejado encendidas al salir. Al volante, el padre de Amy continuaba en silencio, tal y como había estado durante todo el trayecto de regreso desde el hospital.

No era un silencio relajado y cómodo, sino un silencio profundo y tenso. Solo se había dirigido a ella con miradas envenenadas cada vez que ella miraba de reojo los mensajes de su teléfono móvil.

Amy tenía el teléfono en la mano, pero no se había atrevido a sacarlo tras ver la expresión de furia que había en el rostro de su padre.

«Ya no eres tan valiente», se dijo en silencio.

Antes, había sido otra historia.

Amy se había mostrado desafiante tras la reacción de sus padres. A pesar de que su madre solía actuar de moderadora cada vez que ella hacía algo que su padre desaprobaba, en esa ocasión no había sido así.

Sus padres se habían horrorizado por igual.

Amy negó con la cabeza como para tratar de bloquear la escena que aparecía en su cabeza una y otra vez.

No funcionó.

–¿Que cómo de lejos ha ido? –repitió–. No más allá de lo que yo deseaba.

–¡Mi niña! –exclamó la madre.

–Mamá, esto no es un melodrama. Ya no soy una niña. La semana que viene cumpliré diecinueve años.

Inmersa en sus propios pensamientos, no se percató de que su padre había parado el motor y estaba abriendo la puerta. Amy lo agarró de la manga y él se volvió para mirarla un instante.

Ella lo soltó, y él se frotó la manga como si estuviera contaminada por su roce.

–Mamá se pondrá bien, ¿verdad, papá?

A pesar de las palabras tranquilizadoras de los médicos, Amy no terminaba de creérselo. Ni siquiera después de que su madre hubiera recuperado la conciencia.

Cuando su padre cerró la puerta del coche dando un portazo, ella puso una mueca.

Las luces de seguridad se fueron encendiendo a medida que él avanzaba hacia la puerta principal. Habían salido tan deprisa detrás de la ambulancia que ni siquiera la habían cerrado.

Mordiéndose el labio inferior, Amy se bajó del coche y permaneció en la entrada semiiluminada. El aire de la noche le enfrió la piel, pero no aplacó la mezcla de emociones que inundaban su cabeza.

Amy miró hacia el reloj de la torre del arco que llevaba hacia los establos y se sorprendió al ver que era la una y media. ¿De veras solo habían pasado seis horas desde que, con todo recogido, les había dicho a sus padres que tenía intención de marcharse? Ella sabía que había hablado a la defensiva para tratar de compensar el nudo que se le había formado en el vientre y el temblor de sus rodillas.

Después de haber pasado la vida entre algodones, algo que había terminado por ser agobiante, había decidido liberarse a pesar de la desaprobación de sus padres.

Seis horas. Lo que significaba que Leo llevaría esperándola cinco horas, puesto que ella había calculado una hora para llegar al lugar de reunión acordado.

¿Seguiría esperándola? ¿Qué habría pensado al ver que no aparecía?

Amy agarró el teléfono que llevaba en el bolsillo. Deseaba poder recuperar parte del valor que había mostrado horas antes. Sin embargo, su valentía se había desvanecido al ver cómo el cuerpo de su madre se sacudía como consecuencia de las descargas que le habían administrado los paramédicos. El miedo le había arrebatado a Amy toda la seguridad en sí misma, incluso antes de que su padre comentara:

–¡Tú lo has provocado!

Amy ya no creía en la idea de que el amor lo arreglaría todo. Esa idea había hecho que permaneciera en silencio escuchando una ristra de acusaciones y amenazas.

–Sal por esa puerta y ya no tendré hija.

–No apruebas que salga con Leo, pero lo quiero y sé que estamos hechos el uno para el otro. No tengo elección.

No obstante, sí tenía elección y fue la que tomó cuando su madre recupero la conciencia y se quitó la máscara de oxígeno un momento para suplicar:

–No lo hagas, Amy. Prométeme que no te irás con él.

–Lo prometo, mamá.

 

 

Amy se dirigió hacia la puerta abierta, pero su padre ya había desaparecido de su vista. La lámpara de techo iluminaba la elegante escalera por la que Amy estaba bajando cuando su madre pronunció un grito de angustia, se llevó al mano al pecho y se desmayó. Amy se volvió rápidamente y corrió a su lado.

Su padre también estaba a su lado, tenía el rostro colorado y contrastaba con la tez pálida de su madre.

–¿Estás contenta ahora que has estado a punto de matarla?

Amy contuvo las lágrimas al ver que la imagen se repetía una y otra vez en su cabeza. Miró el teléfono que llevaba en la mano, recordando cómo tuvo que gritar para poder darle los detalles a los servicios de emergencia mientras su padre continuaba con las acusaciones.

–¿Respira? –le preguntaron.

–¡No lo sé! –había exclamado ella con frustración. El miedo dificultaba que pudiera llevar a cabo las instrucciones que le daban dese el otro lado del teléfono.

–Sí, creo que tiene despejada la vía aérea, pero tiene los labios morados. ¿Compresiones en el pecho? Yo. De acuerdo.

Cuando aparecieron los paramédicos, ella suspiró aliviada y comenzó a llorar antes de retirarse para dejarlos trabajar.

El trayecto hasta el hospital lo recordaba como una nebulosa, igual que la llegada al área de urgencias. No obstante, recordaba bien algunos detalles, como el emoticono con forma de corazón que vio en la pantalla de su teléfono antes de que le pidieran apagar el teléfono para poder entrar a la sala donde estaba su madre, rodeada de todo un equipo médico.

 

 

Al llegar al pie de las escaleras, Amy oyó pasos dentro de la casa y se contuvo para no retrasar el momento en el que tendría que quedarse a solas con su padre.

Estaba tratando de reunir el valor necesario cuando, al oír un ruido, volvió la cabeza y vio una silueta alta y delgada.

–¡Leo! –exclamó asombrada–. No. No puedes estar aquí. –Miró hacia atrás con nerviosismo. La situación ya estaba lo bastante mal sin Leo, que no tenía ni idea de lo que era estar en el punto de mira del enojo de su padre.

Él dio un paso adelante y la luz iluminó los rasgos de su rostro, resaltando sus pómulos, su nariz y la curva de sus labios sensuales.

Las sombras no suavizaban su aura masculina ni la esencia de peligrosidad que desprendía. Ese peligro la había atraído en un principio, pero fue su pasión y sensibilidad lo que hizo que ella permaneciera a su lado, convirtiendo el deseo en amor.

Tanta masculinidad provocó que se le tensaran los músculos del bajo vientre y que le costara respirar. La sensación de pérdida que experimentó a continuación era como un peso anclado a su pecho.

–¿Dónde estabas, Amy? –Se acercó a ella. No estaba enfadado, solo confuso y frustrado–. Te estuve esperando.

Aunque sonara a disparate, cada célula del cuerpo de Amy reaccionó al oír su voz.

–¿Qué te han hecho?

Ella permaneció quieta, preparada para correr hacia él y abrazarlo. Deseaba sentir su cuerpo musculoso, inhalar su aroma y apoyar la cabeza contra su pecho.

Deseaba que el resto del mundo desapareciera y que solo quedaran Leo y ella.

Cuando estaba con Leo, se sentía más fuerte y valiente. Era más ella misma. Igual que cuando hacían el amor sentía algo profundo que invadía todo su cuerpo.

–¿El sexo siempre es así? –había preguntado ella la primera vez, puesto que no tenía con qué comparar.

–Para mí no lo es –repuso él, tan asombrado como ella.

Mirándolo fijamente, ella dio un paso hacia él.

–Lo siento mucho, Leo –comentó, tratando de contener las lágrimas.

De pronto, comenzó a llover y, puesto que ella estaba bajo el porche de la casa, no se mojó. Leo se empapó enseguida, pero no parecía importarle.

Ella se percató de que su padre se acercaba por detrás y se volvió para ver que llevaban un teléfono en la mano, apuntándolo hacia Leo como si fuera un arma.

–Ya he llamado a la policía para decirles que hay un intruso. Estoy grabándolo todo, así que ¡mantén la distancia!

Leo miró al padre de Amy y después a ella.

–No he venido para discutir con usted. Solo he venido a por Amy.

Amy miró la mano que él le extendía y suspiró angustiada.

–No lo comprendes, Leo.

Se miraron durante tres segundos y, después, él bajó la mano.

–Puede que sí. Esto es lo que tú quieres –comentó gesticulando a su alrededor–. Quieres tu vida de lujo… el club de tenis, los viajes de esquí. No tenías intención de apartarte de ello, ¿no es cierto? –Se encogió de hombros–. Ya lo he captado.

–¡No! No es eso. Es solo que no puedo.

–Amy –la interrumpió su padre.

–Lo siento, Leo, pero…

–No necesito peros. Adiós, Amy. Sin duda, ha sido toda una experiencia.

Leo se volvió para marcharse y se llevó algo de Amy con él.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Nueve años más tarde

 

Leo Romano iba hablando por teléfono mientras caminaba y se detuvo junto a la cristalera desde la que se contemplaba la ciudad. Sin embargo, ignoró la vista y terminó la conversación con un ciao cortante.

Se guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón vaquero y se secó el cabello con la toalla que llevaba al cuello, antes de lanzarla sobre una silla de diseño. Negó con la cabeza y cubrió de gotitas la camisa de seda azul que todavía no se había abrochado. La llevaba abierta y su torso bronceado quedaba al descubierto, igual que su vientre musculado. La hebilla dorada de su cinturón era un tono más claro que su piel.

Abrochándose la camisa con una mano, se detuvo frente al ordenador portátil que tenía sobre la mesa. En la pantalla aparecía la imagen de una silueta delgada. En el fondo se veía parte del edificio del que estaba saliendo la mujer, bloqueado por las hordas de periodistas portando cámaras y micrófonos. Ella parecía tranquila, a pesar de la locura que reflejaba la imagen. Estaba muy pálida y miraba hacia arriba.

Su melena castaña, aquella que él había acariciado con sus dedos, estaba recogida en una trenza y sujeta alrededor de su cabeza. Amy Sinclair estaba más guapa que hacía nueve años.

La estructura delicada de su rostro y sus ojos marrones de largas pestañas combinaban perfectamente con sus cejas oscuras y su boca sensual. Esa boca que había alimentado cientos de fantasías en él.

Leo miró a otro lado para intentar bloquear el sentimiento de frustración que se había alojado en su entrepierna. Era algo humillante para un hombre que alardeaba de su capacidad para separar las emociones de la toma de decisiones en todos los aspectos de su vida. El hecho de que Amy lo hubiera rechazado lo había convertido en el hombre que era, así que tenía mucho que agradecerle.

Leo respiró hondo y apretó los puños. Habría sido más sencillo fingir que no sentía nada, pero llevaba nueve años haciéndolo y estaba cansado.

Había llegado el momento de dejar de negarlo y enfrentarse a su debilidad.

Durante nueve años había tratado de convencerse de que la familia Sinclair formaba parte de la historia y había quedado arrinconada en un lugar polvoriento de su mente.

Él había continuado con su vida.

Aunque se percató de su autoengaño cuando el escándalo de George Sinclair apareció en los titulares: «Ejecutivo adinerado pillado con las manos en la masa».

Teniendo en cuenta la historia que compartían, habría sido razonable que él se alegrara por un momento y luego continuara con su vida.

Sin embargo, se había obsesionado completamente con la historia y se había dedicado a leer y a escuchar cada noticia acerca del juicio de Sinclair y de su posible encarcelamiento. Además, también había guardado todas las fotos y artículos sobre la hija de Sinclair, quien gracias a su lealtad y dignidad había conseguido muchos seguidores.

Tenía muchas fotos y él había mirado cada una de ellas.

Leo había leído todos los artículos, los de la gente alocada y los de los comentaristas serios. Aquellos que adoraban a Amy Sinclair por ser una hija responsable y dedicada se enfrentaban con los teóricos de la conspiración que habían concluido que ella era la mente criminal detrás del delito y que se había librado del castigo, mientras que los verdaderamente locos hablaban de la posibilidad de que ella proviniera de Marte.

Él había visto y leído todas las noticias, y solo porque, nueve años antes, Amy Sinclair lo había rechazado.

Algo de lo que supuestamente se había recuperado totalmente.

Al fin y al cabo, no era la única persona del mundo que había sido rechazada por su primer amor, y tampoco había sido su primera experiencia de rechazo. Era cierto que su madre no lo había rechazado exactamente, pero había muerto, algo que siendo un niño se sentía como algo muy parecido.

Después llegaron las casas de acogida, donde un par de malas experiencias le habían dejado huella, aunque la mayor parte de las familias habían sido amables con él. No obstante, todas las personas que lo habían conocido habían considerado que era demasiado reservado. Era difícil encariñarse con un niño que no sonreía ni lloraba.

La escuela no le había ofrecido la estimulación que su mente ágil necesitaba. Su último informe decía: «Un poco solitario, pero bueno con los animales». Cuando conoció a Amy Sinclair, él estaba trabajando en los establos de un santuario donde cuidaban a caballos viejos o maltratados. Ella era una de las voluntarias ricas que colaboraban allí y de las que él solía mantenerse alejado.

Amy había sido la primera persona de su vida que había confiado en él. Excepto que, por supuesto, no era verdad. Ella simplemente le había seguido el juego, y cuando llegó el momento de tomar una decisión, el atractivo de vivir en un barrio pobre se había desvanecido. Así que ante la idea de dejar su vida de princesa mimada para vivir con un perdedor, tal y como lo había calificado su padre, ella mostró su verdadero ser. Leo no estaba orgulloso de cómo había vivido después de separarse de Amy, regodeándose en la autocompasión y bebiendo demasiado. Después, llegó un punto en el que empezó a ver la parte positiva de la historia y reconoció que había aprendido lecciones muy importantes.

Nunca volvería a considerar que una mujer era suya, y había borrado de su vocabulario el término media naranja. Además, había descubierto que ser un lobo solitario y pensar de manera diferente no lo convertía en un perdedor.

De hecho, esos rasgos podían ser positivos cuando se trataba de hacer dinero, tal y como había demostrado el éxito que había tenido invirtiendo en criptomonedas. La autoconfianza que había ganado en sí mismo le había ayudado a superar el siguiente reto que surgió de la nada.

Al parecer tenía un abuelo italiano que era millonario y que pensaba que Leo consideraría la noticia como si le hubiera tocado la lotería. Sin embargo, Leo decidió echarle en cara que solo había echado a su hija de su lado porque se había enamorado de un hombre que él no aceptaba. Leo no tenía interés alguno en ser el elegido, y era capaz de alcanzar su propio éxito sin necesidad de heredar.

–¿Crees que me importa el apellido Romano o que tu familia pertenezca a la nobleza? ¿Tu dinero? Viniste a buscarme porque no hay nadie más, pero quizá deberías haberlo pensado antes de echar a mi madre de tu lado. No voy a besarte el anillo, ¡porque tú me necesitas más de lo que yo te necesito a ti!

Leo esbozó una sonrisa irónica al recordar su primer encuentro. Había sido un encuentro tormentoso, por decirlo de alguna manera. Durante años había transitado varias tormentas mientras trabajaba junto a su abuelo y, aunque el hombre ya no participara de forma activa en la gestión diaria del patrimonio de los Romano, había ocasiones en las que se encontraban.

Los hombres que lanzaban a sus hijas a los lobos no merecían la admiración de Leo, pero, con el paso de los años, ambos hombres habían llegado a entenderse.

Miró la pantalla por última vez. Tampoco sentía admiración por las hijas que apoyaban a sus padres culpables.

Miró con frialdad la imagen y cerró el ordenador portátil. Había permitido que afloraran los fantasmas del pasado en su cabeza. Necesitaba liberarse y retomar su vida. Una vida que no estaba nada mal.

Nueve años antes, él no estaba en situación de vengarse de la familia responsable de su humillación.

Estiró el brazo y agarró la chaqueta de cuero que se había quitado antes. Era él quien llevaba la sartén por el mango en esos momentos.

 

 

Mientras se acomodaba en el asiento del conductor de su coche, miró la hora en el reloj que llevaba en la muñeca. Tardaría media hora hasta donde estaba aparcada la camioneta de comida donde, según se decía en las revistas, Amy preparaba milagros culinarios.

Ella había pasado de ser la cocinera jefa en un restaurante con estrellas Michelín de la capital, que pertenecía a su padre, a llevar una camioneta de comida. Su caída en la esfera social y profesional había sido muy rápida, igual que el recorrido que él había realizado en el sentido contrario.

Según las investigaciones que él había hecho, ella todavía estaría allí cuando llegara. Al parecer, ella trabajaba muchas horas y su único ayudante era un chico que pertenecía a un plan de empleo del gobierno y un cocinero.

Amy debía estar destrozada sin que su papá pudiera decirle lo que hacer, sin que papá le comprara un restaurante como si fuera un juguete, ya que, por lo que él sabía, su papá todavía aprobaba a sus novios.

Sí, Leo esperaba que ella se hubiera desmoronado, pero no lo había hecho.

Todo el mundo sabía que ella había recibido muchas ofertas para que contara su historia en las revistas, pero no había aceptado ninguna.

Leo suponía que debía tener dinero ahorrado y que había esperado a que le ofrecieran una suma mayor. No obstante, no había sucedido, no había contado su historia y había resurgido como una de las propietarias de Gourmet Gypsy, una camioneta de comida elaborada.

A pesar de haberse convertido en una paria social, todavía tenía algunos amigos en la industria, ya que habían aparecido algo de publicidad y un par de críticas positivas. Además, se estaba ganando la vida con ello.

La consideraban una mujer resiliente, imaginativa y trabajadora.

Hacía falta ser una persona dura para hacer lo que Amy había hecho, pero Leo sabía que no era tan dura.