6,49 €
Con sus condiciones Kim Lawrence Chantajearla… ¿o seducirla? Leo Romano nunca imaginó el éxito que alcanzaría tras el rechazo de Amy Sinclair durante su juventud. Y tampoco imaginó que ella caería en desgracia y terminaría dependiendo de él. Amy trabajaría para él en la Toscana, o él volvería a enviar a prisión a su rencoroso padre. Daba igual lo que hubiera hecho su padre, él era todo lo que Amy tenía. Y por eso, haría todo lo que Leo quisiera. Pero lo que Leo no sabía era que años atrás, Amy se vio obligada a abandonar a Leo. No fue su elección. Y cuando se reunieron de nuevo, apareció el deseo que nunca desapareció… Necesidad o deseo Dani Collins Volvieron a verse por necesidad… ¿Le pediría él que se quedara? La heredera Carmel Davenport no había vuelto a ver a Damian Kalymnios desde que su tempestuoso matrimonio había acabado tan impulsivamente como empezó. Tras recuperarse, la rebelde joven necesitaba empezar de cero. Para ello, tenía que enfrentarse a su marido griego y pedirle que firmara el divorcio que años atrás le había negado… Damian estaba dispuesto a acceder a la petición… si pactaban una tregua temporal por el bien de su abuela. Pero la estratagema solo sirvió para que se diera cuenta de que su tentadora esposa era mucho más de lo que aparentaba y que se debatiera entre firmar los documentos… o prenderles fuego.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 364
Veröffentlichungsjahr: 2026
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
www.harlequiniberica.com
© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
E-pack Bianca, n.º 435 - marzo 2026
I.S.B.N.: 979-13-7017-392-0
Índice
Créditos
Con sus condiciones
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Epílogo
Necesidad o deseo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Desde el camino que llevaba hasta el palacete se veían las luces que se habían dejado encendidas al salir. Al volante, el padre de Amy continuaba en silencio, tal y como había estado durante todo el trayecto de regreso desde el hospital.
No era un silencio relajado y cómodo, sino un silencio profundo y tenso. Solo se había dirigido a ella con miradas envenenadas cada vez que ella miraba de reojo los mensajes de su teléfono móvil.
Amy tenía el teléfono en la mano, pero no se había atrevido a sacarlo tras ver la expresión de furia que había en el rostro de su padre.
«Ya no eres tan valiente», se dijo en silencio.
Antes, había sido otra historia.
Amy se había mostrado desafiante tras la reacción de sus padres. A pesar de que su madre solía actuar de moderadora cada vez que ella hacía algo que su padre desaprobaba, en esa ocasión no había sido así.
Sus padres se habían horrorizado por igual.
Amy negó con la cabeza como para tratar de bloquear la escena que aparecía en su cabeza una y otra vez.
No funcionó.
–¿Que cómo de lejos ha ido? –repitió–. No más allá de lo que yo deseaba.
–¡Mi niña! –exclamó la madre.
–Mamá, esto no es un melodrama. Ya no soy una niña. La semana que viene cumpliré diecinueve años.
Inmersa en sus propios pensamientos, no se percató de que su padre había parado el motor y estaba abriendo la puerta. Amy lo agarró de la manga y él se volvió para mirarla un instante.
Ella lo soltó, y él se frotó la manga como si estuviera contaminada por su roce.
–Mamá se pondrá bien, ¿verdad, papá?
A pesar de las palabras tranquilizadoras de los médicos, Amy no terminaba de creérselo. Ni siquiera después de que su madre hubiera recuperado la conciencia.
Cuando su padre cerró la puerta del coche dando un portazo, ella puso una mueca.
Las luces de seguridad se fueron encendiendo a medida que él avanzaba hacia la puerta principal. Habían salido tan deprisa detrás de la ambulancia que ni siquiera la habían cerrado.
Mordiéndose el labio inferior, Amy se bajó del coche y permaneció en la entrada semiiluminada. El aire de la noche le enfrió la piel, pero no aplacó la mezcla de emociones que inundaban su cabeza.
Amy miró hacia el reloj de la torre del arco que llevaba hacia los establos y se sorprendió al ver que era la una y media. ¿De veras solo habían pasado seis horas desde que, con todo recogido, les había dicho a sus padres que tenía intención de marcharse? Ella sabía que había hablado a la defensiva para tratar de compensar el nudo que se le había formado en el vientre y el temblor de sus rodillas.
Después de haber pasado la vida entre algodones, algo que había terminado por ser agobiante, había decidido liberarse a pesar de la desaprobación de sus padres.
Seis horas. Lo que significaba que Leo llevaría esperándola cinco horas, puesto que ella había calculado una hora para llegar al lugar de reunión acordado.
¿Seguiría esperándola? ¿Qué habría pensado al ver que no aparecía?
Amy agarró el teléfono que llevaba en el bolsillo. Deseaba poder recuperar parte del valor que había mostrado horas antes. Sin embargo, su valentía se había desvanecido al ver cómo el cuerpo de su madre se sacudía como consecuencia de las descargas que le habían administrado los paramédicos. El miedo le había arrebatado a Amy toda la seguridad en sí misma, incluso antes de que su padre comentara:
–¡Tú lo has provocado!
Amy ya no creía en la idea de que el amor lo arreglaría todo. Esa idea había hecho que permaneciera en silencio escuchando una ristra de acusaciones y amenazas.
–Sal por esa puerta y ya no tendré hija.
–No apruebas que salga con Leo, pero lo quiero y sé que estamos hechos el uno para el otro. No tengo elección.
No obstante, sí tenía elección y fue la que tomó cuando su madre recupero la conciencia y se quitó la máscara de oxígeno un momento para suplicar:
–No lo hagas, Amy. Prométeme que no te irás con él.
–Lo prometo, mamá.
Amy se dirigió hacia la puerta abierta, pero su padre ya había desaparecido de su vista. La lámpara de techo iluminaba la elegante escalera por la que Amy estaba bajando cuando su madre pronunció un grito de angustia, se llevó al mano al pecho y se desmayó. Amy se volvió rápidamente y corrió a su lado.
Su padre también estaba a su lado, tenía el rostro colorado y contrastaba con la tez pálida de su madre.
–¿Estás contenta ahora que has estado a punto de matarla?
Amy contuvo las lágrimas al ver que la imagen se repetía una y otra vez en su cabeza. Miró el teléfono que llevaba en la mano, recordando cómo tuvo que gritar para poder darle los detalles a los servicios de emergencia mientras su padre continuaba con las acusaciones.
–¿Respira? –le preguntaron.
–¡No lo sé! –había exclamado ella con frustración. El miedo dificultaba que pudiera llevar a cabo las instrucciones que le daban dese el otro lado del teléfono.
–Sí, creo que tiene despejada la vía aérea, pero tiene los labios morados. ¿Compresiones en el pecho? Yo. De acuerdo.
Cuando aparecieron los paramédicos, ella suspiró aliviada y comenzó a llorar antes de retirarse para dejarlos trabajar.
El trayecto hasta el hospital lo recordaba como una nebulosa, igual que la llegada al área de urgencias. No obstante, recordaba bien algunos detalles, como el emoticono con forma de corazón que vio en la pantalla de su teléfono antes de que le pidieran apagar el teléfono para poder entrar a la sala donde estaba su madre, rodeada de todo un equipo médico.
Al llegar al pie de las escaleras, Amy oyó pasos dentro de la casa y se contuvo para no retrasar el momento en el que tendría que quedarse a solas con su padre.
Estaba tratando de reunir el valor necesario cuando, al oír un ruido, volvió la cabeza y vio una silueta alta y delgada.
–¡Leo! –exclamó asombrada–. No. No puedes estar aquí. –Miró hacia atrás con nerviosismo. La situación ya estaba lo bastante mal sin Leo, que no tenía ni idea de lo que era estar en el punto de mira del enojo de su padre.
Él dio un paso adelante y la luz iluminó los rasgos de su rostro, resaltando sus pómulos, su nariz y la curva de sus labios sensuales.
Las sombras no suavizaban su aura masculina ni la esencia de peligrosidad que desprendía. Ese peligro la había atraído en un principio, pero fue su pasión y sensibilidad lo que hizo que ella permaneciera a su lado, convirtiendo el deseo en amor.
Tanta masculinidad provocó que se le tensaran los músculos del bajo vientre y que le costara respirar. La sensación de pérdida que experimentó a continuación era como un peso anclado a su pecho.
–¿Dónde estabas, Amy? –Se acercó a ella. No estaba enfadado, solo confuso y frustrado–. Te estuve esperando.
Aunque sonara a disparate, cada célula del cuerpo de Amy reaccionó al oír su voz.
–¿Qué te han hecho?
Ella permaneció quieta, preparada para correr hacia él y abrazarlo. Deseaba sentir su cuerpo musculoso, inhalar su aroma y apoyar la cabeza contra su pecho.
Deseaba que el resto del mundo desapareciera y que solo quedaran Leo y ella.
Cuando estaba con Leo, se sentía más fuerte y valiente. Era más ella misma. Igual que cuando hacían el amor sentía algo profundo que invadía todo su cuerpo.
–¿El sexo siempre es así? –había preguntado ella la primera vez, puesto que no tenía con qué comparar.
–Para mí no lo es –repuso él, tan asombrado como ella.
Mirándolo fijamente, ella dio un paso hacia él.
–Lo siento mucho, Leo –comentó, tratando de contener las lágrimas.
De pronto, comenzó a llover y, puesto que ella estaba bajo el porche de la casa, no se mojó. Leo se empapó enseguida, pero no parecía importarle.
Ella se percató de que su padre se acercaba por detrás y se volvió para ver que llevaban un teléfono en la mano, apuntándolo hacia Leo como si fuera un arma.
–Ya he llamado a la policía para decirles que hay un intruso. Estoy grabándolo todo, así que ¡mantén la distancia!
Leo miró al padre de Amy y después a ella.
–No he venido para discutir con usted. Solo he venido a por Amy.
Amy miró la mano que él le extendía y suspiró angustiada.
–No lo comprendes, Leo.
Se miraron durante tres segundos y, después, él bajó la mano.
–Puede que sí. Esto es lo que tú quieres –comentó gesticulando a su alrededor–. Quieres tu vida de lujo… el club de tenis, los viajes de esquí. No tenías intención de apartarte de ello, ¿no es cierto? –Se encogió de hombros–. Ya lo he captado.
–¡No! No es eso. Es solo que no puedo.
–Amy –la interrumpió su padre.
–Lo siento, Leo, pero…
–No necesito peros. Adiós, Amy. Sin duda, ha sido toda una experiencia.
Leo se volvió para marcharse y se llevó algo de Amy con él.
Nueve años más tarde
Leo Romano iba hablando por teléfono mientras caminaba y se detuvo junto a la cristalera desde la que se contemplaba la ciudad. Sin embargo, ignoró la vista y terminó la conversación con un ciao cortante.
Se guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón vaquero y se secó el cabello con la toalla que llevaba al cuello, antes de lanzarla sobre una silla de diseño. Negó con la cabeza y cubrió de gotitas la camisa de seda azul que todavía no se había abrochado. La llevaba abierta y su torso bronceado quedaba al descubierto, igual que su vientre musculado. La hebilla dorada de su cinturón era un tono más claro que su piel.
Abrochándose la camisa con una mano, se detuvo frente al ordenador portátil que tenía sobre la mesa. En la pantalla aparecía la imagen de una silueta delgada. En el fondo se veía parte del edificio del que estaba saliendo la mujer, bloqueado por las hordas de periodistas portando cámaras y micrófonos. Ella parecía tranquila, a pesar de la locura que reflejaba la imagen. Estaba muy pálida y miraba hacia arriba.
Su melena castaña, aquella que él había acariciado con sus dedos, estaba recogida en una trenza y sujeta alrededor de su cabeza. Amy Sinclair estaba más guapa que hacía nueve años.
La estructura delicada de su rostro y sus ojos marrones de largas pestañas combinaban perfectamente con sus cejas oscuras y su boca sensual. Esa boca que había alimentado cientos de fantasías en él.
Leo miró a otro lado para intentar bloquear el sentimiento de frustración que se había alojado en su entrepierna. Era algo humillante para un hombre que alardeaba de su capacidad para separar las emociones de la toma de decisiones en todos los aspectos de su vida. El hecho de que Amy lo hubiera rechazado lo había convertido en el hombre que era, así que tenía mucho que agradecerle.
Leo respiró hondo y apretó los puños. Habría sido más sencillo fingir que no sentía nada, pero llevaba nueve años haciéndolo y estaba cansado.
Había llegado el momento de dejar de negarlo y enfrentarse a su debilidad.
Durante nueve años había tratado de convencerse de que la familia Sinclair formaba parte de la historia y había quedado arrinconada en un lugar polvoriento de su mente.
Él había continuado con su vida.
Aunque se percató de su autoengaño cuando el escándalo de George Sinclair apareció en los titulares: «Ejecutivo adinerado pillado con las manos en la masa».
Teniendo en cuenta la historia que compartían, habría sido razonable que él se alegrara por un momento y luego continuara con su vida.
Sin embargo, se había obsesionado completamente con la historia y se había dedicado a leer y a escuchar cada noticia acerca del juicio de Sinclair y de su posible encarcelamiento. Además, también había guardado todas las fotos y artículos sobre la hija de Sinclair, quien gracias a su lealtad y dignidad había conseguido muchos seguidores.
Tenía muchas fotos y él había mirado cada una de ellas.
Leo había leído todos los artículos, los de la gente alocada y los de los comentaristas serios. Aquellos que adoraban a Amy Sinclair por ser una hija responsable y dedicada se enfrentaban con los teóricos de la conspiración que habían concluido que ella era la mente criminal detrás del delito y que se había librado del castigo, mientras que los verdaderamente locos hablaban de la posibilidad de que ella proviniera de Marte.
Él había visto y leído todas las noticias, y solo porque, nueve años antes, Amy Sinclair lo había rechazado.
Algo de lo que supuestamente se había recuperado totalmente.
Al fin y al cabo, no era la única persona del mundo que había sido rechazada por su primer amor, y tampoco había sido su primera experiencia de rechazo. Era cierto que su madre no lo había rechazado exactamente, pero había muerto, algo que siendo un niño se sentía como algo muy parecido.
Después llegaron las casas de acogida, donde un par de malas experiencias le habían dejado huella, aunque la mayor parte de las familias habían sido amables con él. No obstante, todas las personas que lo habían conocido habían considerado que era demasiado reservado. Era difícil encariñarse con un niño que no sonreía ni lloraba.
La escuela no le había ofrecido la estimulación que su mente ágil necesitaba. Su último informe decía: «Un poco solitario, pero bueno con los animales». Cuando conoció a Amy Sinclair, él estaba trabajando en los establos de un santuario donde cuidaban a caballos viejos o maltratados. Ella era una de las voluntarias ricas que colaboraban allí y de las que él solía mantenerse alejado.
Amy había sido la primera persona de su vida que había confiado en él. Excepto que, por supuesto, no era verdad. Ella simplemente le había seguido el juego, y cuando llegó el momento de tomar una decisión, el atractivo de vivir en un barrio pobre se había desvanecido. Así que ante la idea de dejar su vida de princesa mimada para vivir con un perdedor, tal y como lo había calificado su padre, ella mostró su verdadero ser. Leo no estaba orgulloso de cómo había vivido después de separarse de Amy, regodeándose en la autocompasión y bebiendo demasiado. Después, llegó un punto en el que empezó a ver la parte positiva de la historia y reconoció que había aprendido lecciones muy importantes.
Nunca volvería a considerar que una mujer era suya, y había borrado de su vocabulario el término media naranja. Además, había descubierto que ser un lobo solitario y pensar de manera diferente no lo convertía en un perdedor.
De hecho, esos rasgos podían ser positivos cuando se trataba de hacer dinero, tal y como había demostrado el éxito que había tenido invirtiendo en criptomonedas. La autoconfianza que había ganado en sí mismo le había ayudado a superar el siguiente reto que surgió de la nada.
Al parecer tenía un abuelo italiano que era millonario y que pensaba que Leo consideraría la noticia como si le hubiera tocado la lotería. Sin embargo, Leo decidió echarle en cara que solo había echado a su hija de su lado porque se había enamorado de un hombre que él no aceptaba. Leo no tenía interés alguno en ser el elegido, y era capaz de alcanzar su propio éxito sin necesidad de heredar.
–¿Crees que me importa el apellido Romano o que tu familia pertenezca a la nobleza? ¿Tu dinero? Viniste a buscarme porque no hay nadie más, pero quizá deberías haberlo pensado antes de echar a mi madre de tu lado. No voy a besarte el anillo, ¡porque tú me necesitas más de lo que yo te necesito a ti!
Leo esbozó una sonrisa irónica al recordar su primer encuentro. Había sido un encuentro tormentoso, por decirlo de alguna manera. Durante años había transitado varias tormentas mientras trabajaba junto a su abuelo y, aunque el hombre ya no participara de forma activa en la gestión diaria del patrimonio de los Romano, había ocasiones en las que se encontraban.
Los hombres que lanzaban a sus hijas a los lobos no merecían la admiración de Leo, pero, con el paso de los años, ambos hombres habían llegado a entenderse.
Miró la pantalla por última vez. Tampoco sentía admiración por las hijas que apoyaban a sus padres culpables.
Miró con frialdad la imagen y cerró el ordenador portátil. Había permitido que afloraran los fantasmas del pasado en su cabeza. Necesitaba liberarse y retomar su vida. Una vida que no estaba nada mal.
Nueve años antes, él no estaba en situación de vengarse de la familia responsable de su humillación.
Estiró el brazo y agarró la chaqueta de cuero que se había quitado antes. Era él quien llevaba la sartén por el mango en esos momentos.
Mientras se acomodaba en el asiento del conductor de su coche, miró la hora en el reloj que llevaba en la muñeca. Tardaría media hora hasta donde estaba aparcada la camioneta de comida donde, según se decía en las revistas, Amy preparaba milagros culinarios.
Ella había pasado de ser la cocinera jefa en un restaurante con estrellas Michelín de la capital, que pertenecía a su padre, a llevar una camioneta de comida. Su caída en la esfera social y profesional había sido muy rápida, igual que el recorrido que él había realizado en el sentido contrario.
Según las investigaciones que él había hecho, ella todavía estaría allí cuando llegara. Al parecer, ella trabajaba muchas horas y su único ayudante era un chico que pertenecía a un plan de empleo del gobierno y un cocinero.
Amy debía estar destrozada sin que su papá pudiera decirle lo que hacer, sin que papá le comprara un restaurante como si fuera un juguete, ya que, por lo que él sabía, su papá todavía aprobaba a sus novios.
Sí, Leo esperaba que ella se hubiera desmoronado, pero no lo había hecho.
Todo el mundo sabía que ella había recibido muchas ofertas para que contara su historia en las revistas, pero no había aceptado ninguna.
Leo suponía que debía tener dinero ahorrado y que había esperado a que le ofrecieran una suma mayor. No obstante, no había sucedido, no había contado su historia y había resurgido como una de las propietarias de Gourmet Gypsy, una camioneta de comida elaborada.
A pesar de haberse convertido en una paria social, todavía tenía algunos amigos en la industria, ya que habían aparecido algo de publicidad y un par de críticas positivas. Además, se estaba ganando la vida con ello.
La consideraban una mujer resiliente, imaginativa y trabajadora.
Hacía falta ser una persona dura para hacer lo que Amy había hecho, pero Leo sabía que no era tan dura.
Cuando el padre de ella salió de la cárcel con antelación y Leo se enteró de que había habido un aumento de efectivo en Sinclair, finalmente comprendió lo que sucedía. Amy siempre había seguido las órdenes de su papá y aquello formaba parte del plan a largo plazo de su padre. El negocio de Amy era solo una coartada para que él pudiera ayudar a sus amigos a blanquear dinero.
¿Era cierto que ella formaba parte de aquel engaño, o era solo una partícipe involuntaria del mismo? Había llegado el momento de descubrirlo.
Media hora más tarde, Leo aparcó el vehículo.
Desde donde estaba podía ver la SliverStream con un letrero a cada lado conde ponía Gourmet Gypsy. El interior seguía iluminado y se distinguía una silueta moviéndose en el interior.
Después se apagaron las luces, se abrió la puerta y él observó que una mujer, que vestía una chaqueta guateada bastante fea, bajaba las persianas y cerraba con llave.
Ella no pareció reparar en un grupo de cuatro jóvenes con capucha que se pasaban una botella de alcohol, y que a juzgar por cómo se tambaleaban parecía que no solo habían tomado alcohol.
La Gourmet Gypsy estaba situada en una calle que dividía una zona de tiendas caras y elegantes de otra zona con más carencias.
Leo salió del coche y pensó en lo irónico de la vida. Había ido allí para castigarla y, sin embargo, a lo mejor terminaba salvándola.
Amy estaba agotada, pero reconocía que el agotamiento le servía para detener la preocupación. Se preocupaba mucho, y desde que había aceptado la idea de su padre de que pusiera su nombre a su nueva empresa, se preocupaba todavía más.
Por supuesto, se alegraba de que él hubiera recuperado el foco y se sentía orgullosa de que quisiera reconstruir su vida y pagar a los inversores que había perdido por las malas decisiones que había tomado. Siempre se había quejado de que una serie de injustos obstáculos habían impedido que reconstruyera su vida y llegara al éxito.
Amy nunca olvidaría la noche en que, después de pagar la fianza tras el juicio, lo encontró tumbado en el sofá rodeado de botes vacíos de pastillas. Ella había estado tan enfadada con él que había tratado de evitarlo el mayor tiempo posible, y él había estado a punto de morir.
–No lo comprendo. ¿En qué están invirtiendo ellos? –No era posible que su negocio valiera una parte de la suma de dinero que ella había visto en los documentos que su padre le había pedido que firmara.
Amy tenía sus dudas, pero le asustaba pensar cómo podía reaccionar su padre si no mostraba que confiaba en él. Aunque no comprendía cómo su negocio podía justificar tanta inversión. Además, los suministradores que ella tenía eran mucho más baratos que los contratos que su padre había negociado. Ella trabajaba veinticuatro horas, siete días a la semana, para conseguir que Gourmet Gypsy saliera a flote. Además, ¿qué esperaban esos inversores a cambio de su dinero?
No obstante, ella quería complacer a su padre. Después de todo, él era el único familiar que le quedaba, ya que su madre había fallecido justo después de que a él lo arrestaran.
Él le había asegurado que los inversores no interferirían. Lo único que necesitaba era la firma de Amy, muchas firmas, y cuando ella quiso leer los papeles que estaba firmando, su padre le preguntó si no confiaba en él.
También le dijo que ya había pagado por su delito y que merecía una segunda oportunidad, así que, si no se la daba su hija, ¿quién se la daría?
Amy sacó el teléfono del bolsillo y miró la hora para ver a qué hora llegaría a casa. A pesar de que su padre se quejaba sobre el apartamento, y de que ella realmente no podía mantenerlo, le gustaba. Además, necesitaba una habitación para él.
Todavía no había guardado el teléfono cuando alguien se lo quitó de la mano. Amy se sobresaltó y se fijó en que los chicos se estaban riendo mientras la rodeaban. A pesar de que su instinto le decía que debía salir corriendo, empezó a quejarse. No podía permitirse un teléfono nuevo y en ese llevaba guardada toda su vida.
–Es un teléfono muy viejo. No os va a servir. Yo lo necesito –intentó hablar con calma, pero apenas podía oír sus palabras debido al fuerte latido de su corazón.
–¡Lo necesita! –se burló el chico que tenía el teléfono–. Un poco snob, ¿no? –Se giró blasfemando y vio que sus amigos no estaban a su lado. No comprendía por qué se habían marchado. De pronto, ella le arrancó el teléfono de las manos–. ¡Zorra! –exclamó el chico, y la agarró.
Amy trató de zafarse y, al moverse, le pisó el pie. El chico blasfemó de nuevo y la agarró por el cuello con fuerza. Ella dejó caer el teléfono y notó que recuperaba la respiración. En ese momento, miró de reojo a un hombre alto que estaba muy cerca. Respirando con dificultad, se dejó caer de rodilla en el suelo y trató de no vomitar. Al cabo de unos instantes se incorporó una pizca y, con los ojos entornados, preguntó:
–¿Ya se han ido?
–Se han ido –oyó que contestaban en un idioma que podía identificar, pero no conocía.
No obstante, sí reconocía aquella voz. No le hizo falta mirar. Conocía muy bien a aquella persona.
No tenía ni idea de cómo había aparecido allí, pero estaba a su lado.
¿Se había vuelto loca? ¿Se había golpeado la cabeza?
Era posible. Más que el hecho de que Leo estuviera a su lado. Con el corazón a mil por hora, se secó las palmas sudorosas contra los muslos y se puso en pie.
–¿Leo? –susurró ella, mirándolo con incredulidad. Recordaba la última vez que lo había visto y cómo él se había marchado decepcionado. Sin embargo, ya no había decepción en su mirada. Estaba relajado, excepto por cierta tensión que mostraba en su mentón. Ella conocía tan bien aquel rostro. Recordaba la cicatriz pequeña que tenía en un lateral de la boca y el magnetismo que emanaba de todo su cuerpo.
Amy se abrazó para intentar calmar las emociones que la invadían por dentro. Leo estaba allí, igual pero distinto. Habían pasado nueve años y estaba más musculoso. Además, tenía más marcadas las facciones, y con la mirada parecía capaz de adentrarse en su alma.
Ella sabía que lo mejor era acordarse de que aquello no era más que pura atracción sexual. Hormonas y reacciones químicas.
Nada más.
De todo lo que podía haber dicho, solo exclamó:
–¡Hablas italiano!
Él esbozó una sonrisa y ella sintió un vuelco en el estómago.
–Me parecía correcto aprender el idioma de mi madre.
–Por supuesto… Enhorabuena. Debe ser agradable tener familia.
–Ha debido ser doloroso.
Amy negó con la cabeza tratando de comprender las emociones que invadían su cuerpo.
–No sé qué quieres decir con eso.
–Podría haber sido tu familia también. Eso ha debido resultar doloroso.
–Me alegraba por ti, lo creas o no.
–La gente dice que lo de la sinceridad se te da muy bien.
–¿Les has hecho daño a los chicos? –preguntó ella, tratando de no seguir pensando en el pasado.
–Se marcharon tras una conversación civilizada. No hace falta que me des las gracias.
–No lo haré. Lo tenía todo bajo control.
–Sí, ya lo vi.
Ella ignoró su comentario sarcástico.
–Bueno, no sé por qué estás aquí, pero no creo en las coincidencias, así que…
–Entonces, has cambiado mucho. Solías creer en la conejita de Pascua –repuso él.
–Han pasado nueve años. Por supuesto que he cambiado, Leo. –No había pronunciado su nombre en todo ese tiempo. Excepto en sueños.
Él también había cambiado. Iba vestido con ropa de diseño, pero seguía teniendo el mismo atractivo innato que la había cautivado años atrás. No obstante, parecía que había añadido una capa adicional a su persona. No era solo la expresión dura de su rostro, sino la arrogancia con la que se desenvolvía y que no había mostrado nueve años atrás.
Al mirarlo de nuevo, Amy se estremeció de la misma manera que se había estremecido la primera vez que lo vio. No obstante, se tranquilizó al pensar que ya no reaccionaba de forma imprudente ante la excitación que él le provocaba. A pesar de que volvía a sentir calor en la entrepierna, ella había cambiado.
Conocía las consecuencias.
Dejar la relación con él había sido lo más doloroso que había hecho en la vida. Observar cómo se alejaba de su lado, y pensar que lo había traicionado, había hecho que fuera todavía peor.
Y en ese instante no tenía ni idea de lo que a él le pasaba por la cabeza. Su expresión no le transmitía nada. Era como un desconocido.
Leo la observó mientras ella se enderezaba y alzaba la cabeza tratando de mostrar frialdad en su rostro. No podría engañarlo. Amy había reaccionado ante él igual que siempre. Nueve años era mucho tiempo, pero no le había servido para aprender a ocultar el hecho de que todavía lo deseaba.
–¡Deberías haberles dado el teléfono!
Amy percibió su rabia durante un instante y dio un paso atrás.
Él apretó los labios para no seguir hablando y la miró fijamente.
Ella reaccionó humedeciéndose los labios, lo miró y suspiró.
–Estabas dispuesta a pelearte por él, así que toma –le dijo él.
Amy estiró el brazo y, cuando sus dedos rozaron los de Leo, se estremeció. Miró a otro lado para no ver el rostro del hombre al que había amado, agarró el teléfono y lo presionó contra su pecho.
«Amado y abandonado».
Después de aquella fatídica noche había pasado varios meses imaginando la escena una y otra vez. Sustituyendo los hechos con diferentes situaciones, pero ninguna de ellas con final feliz.
Algunas personas no estaban hechas para estar juntas.
Negó con la cabeza y forzó una sonrisa.
–Este teléfono contiene toda mi vida.
–¡Tu vida! –exclamó él, frunciendo el ceño–. Caminar sola, a estas horas de la noche por un lugar como este, ¡no indica que te preocupe mucho tu vida!
–Esta zona es perfecta. –Respiró hondo al darse cuenta de que discutir no iba a llevarla a ningún sitio–. Mira, te agradezco lo que has hecho, pero lo habría manejado bien. Estaba en ello.
–Ah, ¿sí? –preguntó él con sarcasmo.
–¡Sí! –repuso ella, tratando de recolocarse la trenza.
¿Cómo se atrevía a hacer comentarios acerca del lugar donde ella tenía el negocio y donde vivía la vida? Él, con su nueva familia, su nueva vida. Ya no sabía nada de ella.
Amy se aclaró la garganta.
–Lo siento. Evidentemente, te lo agradezco, pero yo solo… –Tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta y contuvo las lágrimas–. Solo quiero irme a casa. Todo esto es un poco raro. Que estés aquí. Con ese aspecto.
–¿No llevas escolta?
Amy contuvo una risa irónica. Su comentario demostraba lo diferente que era aquel hombre del Leo que ella había conocido.
–Por supuesto, pero es su día libre. –Lo miró un instante. Ese hombre solía tener sentido del humor–. En serio, esta hora suele ser tranquila, y he dado clases de defensa personal. –No era cierto, pero no quería que supiera cómo le había afectado la crítica.
–Ah, ¿sí? –la retó arqueando las cejas.
–No, pero tengo intención de hacerlo cuando tenga tiempo, y he leído muchos libros de autoayuda.
–¿Para qué?
Ella se rio sin saber por qué, pero por un segundo Leo parecía el mismo de antes. Después volvió a la realidad y asumió que Leo no era el de antes, igual que ella no era la Amy de antes. Nunca lo serían. Había llegado el momento de decirles adiós de una vez por todas.
Mira, gracias por tu ayuda, pero…
–Sube.
–¿Qué? –Ella no se había percatado de que habían ido caminando hasta que no llegaron a un coche de lujo.
–Me enseñaron a no subirme al coche de un extraño –dijo ella.
–No soy un extraño, Amy.
Ella ladeó la cabeza para mirarlo un instante.
«Sí, lo es».
Era como si se hubiera convertido en una versión más aterradora del Leo que ella había amado.
–Puedes acompañarme hasta el metro. Eso es.
–O a casa o a la policía –dijo él, sin dejar lugar a negociaciones.
–¿A la policía?
–Para denunciar el atraco.
–Tengo el teléfono, así que no lo considerarán un atraco.
–Hablas como si fueras experta.
Amy negó con la cabeza.
–Solo comento lo evidente.
–¿En qué mundo es tan evidente?
–En mi mundo, Leo –repuso ella. Un mundo que ya no era el de él.
Él comentó algo en italiano y la miró extrañado.
–Podemos quedarnos aquí discutiendo todo el día o puedes subir al coche.
–Será toda la noche.
Él la miró desconcertado tras su corrección. Ella respiró hondo y valoró sus opciones.
–Está bien –dijo ella, y se metió en el coche para acomodarse en el asiento de piel.
Quizá fuera una mujer superficial, pero echaba de menos esa parte de tener dinero. La comodidad, el espacio, la seguridad y el aroma del lujo. Inhaló y percibió el aroma de Leo. Un aroma limpio, cálido y masculino. Con una pizca de colonia cara.
El motor era muy silencioso, así que cuando empezaron a moverse ella se sorprendió.
–¿No quieres saber dónde vivo?
–Sé dónde vives, Amy –comentó él–. Bueno, ¿no te parece esto más cómodo que el metro?
Ella podía haberle mentido y decirle que no, que le gustaba ir en un vagón que parecía una lata de sardinas, y no habría sido una completa mentira. Estar en un espacio cerrado con aquella versión de Leo resultaba igual de estresante. A un nivel mucho más profundo.
Por suerte, él no tenía ganas de conversar, porque ella no era capaz de hacerlo. Permaneció allí sentada tratando de resistirse al aura de masculinidad que desprendía Leo mientras trataba de descubrir cómo era posible que hubiera pasado por allí de casualidad.
Evidentemente, no había sido casualidad. Todo estaba planeado, pero ¿qué era exactamente lo que planeaba?
Cuando se detuvo frente al edificio donde estaba su apartamento, ella se bajó del coche.
Él la siguió.
–Te acompañaré dentro.
Si hubiera creído que podría ganar, Amy lo habría luchado, pero sabía que resistirse sería inútil. No ganaría. Al menos, no contra ese Leo.
Para tratar de recuperar el control, decidió subir por las escaleras y no por el ascensor. Estar a solas con él en un espacio pequeño no era lo más sensato. No pensaba cometer el mismo error por segunda vez.
Nada más abrir la puerta, él entró en el salón con decisión. Ella suspiró. Él estaba invadiendo su espacio, pero ella seguía manteniendo el control.
–¿Vives aquí sola?
Ella esbozó una sonrisa sarcástica y miró al hombre que estaba examinando cada detalle de la casa.
–Creo que sabes que no, Leo. –Si sabía dónde vivía también sabría que su padre vivía con ella.
–¿Tu padre está por aquí?
–Se ha marchado el fin de semana. –Se mordió el labio inferior tratando de disimular su preocupación–. ¿A qué has venido, Leo? Nada de esto es por casualidad, ¿no?
–¿Crees que planifiqué que te atacaran?
–¡Por supuesto que no! Pero tampoco pasabas por allí de casualidad, ¿no?
–Cierto. Este lugar es bonito.
Ella entornó los ojos y exclamó.
–¡Ya basta! ¿Por qué no me dices lo que piensas? ¡Cómo han caído los poderosos! Disfruta el momento, ¡está bien! Supongo que te lo debo. –Extendió los brazos–. Para que lo sepas, este sitio es más de lo que puedo permitirme, pero mi padre… –Se mordió el labio y negó con la cabeza, preguntándose por qué le estaba dando tanta información.
–¿No disfruta de vivir como los pobres?
Ella apartó la mirada. Su padre había dejado bien clara su opinión acerca del piso, ¡y no había sido nada positiva!
–¿Cuándo regresará?
Amy se quitó el abrigo y se quedó con un top de color azul atado a la cintura. Llevaba unos vaqueros oscuros ceñidos que resaltaban su trasero. El cabello le llegaba hasta la cintura, y todavía mantenía una trenza medio deshecha. Se agachó para quitarse las botas y Leo tuvo que esforzarse para que la testosterona no se apoderara de su entrepierna al ver su trasero redondeado.
–El lunes –dijo ella, y se ató el lazo del top un poco más fuerte–. Ya te he dicho que se ha ido con amigos a pasar el fin de semana. –Colocó las manos sobre las caderas y alzó la barbilla.
Él se fijó en su cintura estrecha y en la curva de sus caderas. Su silueta esbelta y su elegancia siempre le habían recordado a un gato.
«Con garras», pensó él, recordando no solo las marcas que le había dejado en los hombros en una ocasión, sino la manera en que lo había apartado de su vida sin dudarlo. Era un buen recordatorio sobre lo que había ido a hacer allí.
–¿Me estás haciendo un interrogatorio? –preguntó ella, frunciendo el ceño.
Leo la miró y se rio.
A los dieciocho, Amy no sabía el poder que le daba su belleza, ni tampoco cómo utilizarlo a su favor. El hecho de que con el tiempo no hubiera aprendido lo asombraba.
–¿He dicho algo divertido? –preguntó ella.
–Eres muy sensible, cara. –Se movió una pizca para aliviar la tensión de su entrepierna.
–No lo soy. –Amy cerró los ojos como para tratar de aliviar la tensión que sentía que había en el ambiente y él se fijó en que tenía ojeras.
–¿Duermes lo suficiente?
Ella se sobresaltó con su comentario, consciente de que su aspecto debía ser terrible y muy diferente al de la mujer con la que él había salido hacía tiempo.
–Gracias por preocuparte, pero ser tu propia jefa significa trabajar muchas horas, pero me gusta.
Por su manera de mirarlo, él supo que no era del todo verdad. Leo decidió no explorar ese camino. Estaba más interesado en seguir con su plan.
–¿Te caen bien los nuevos amigos de tu padre?
Amy tardó un momento en comprender su pregunta. ¿A dónde quería llegar con aquello? ¿Qué era lo que quería saber?
–¿Nuevos amigos?
–Bueno, dudo que siga viendo a muchos de sus amigos del golf, y dijiste que se había marchado el fin de semana con amigos.
–Después de que lo detuvieran nos convertimos en personas tóxicas. Aunque ¿quién quiere amigos como esos? –Se encogió de hombros, pensando en cómo su padre necesitaba esos amigos, su vida antigua, las actividades del club y las reuniones.
Leo se encogió de hombros y Amy se preguntó cómo se había convertido en una persona invulnerable. Dura como el acero.
–Pero tú permaneciste a su lado –comentó él.
–Es mi padre. Sé que no es perfecto –repuso Amy. También sabía lo vulnerable que era.
Leo soltó una carcajada y ella se enojó. Primero porque se sentía culpable por no había estado a su lado cuando su padre la había necesitado. Ella había estado demasiado enfadada con él como para percatarse de lo desesperado que estaba.
Leo esbozó una sonrisa y se acercó a la repisa de la chimenea eléctrica para ver las fotos que había en ella.
–Así que no siempre has tenido miedo de los caballos –comentó, sujetando la foto de una niña subida a un pony–. Eras mucho más rubia.
Ella se pasó la mano por el cabello, odiando que le importara su aspecto en aquellos momentos.
–No, esa no soy yo. Y no tengo miedo a los caballos. –Le encantaban los caballos, pero el acuerdo había sido que podía ayudar en los establos, siempre y cuando nunca montara uno.
Tras haber perdido a una hija en un accidente de caballo, no le sorprendía que le hubieran hecho esa prohibición. Amy comprendía que sus padres fueran sobreprotectores con ella, pero eso no facilitaba que aceptara sus normas restrictivas. Unas normas que la habían convertido en una chica rara, ya que era la niña que no podía ir de acampada, dormir en casa de amigas y otras cosas que a sus padres les parecían peligrosas. La lista de cosas prohibidas parecía interminable.
Nunca le había contado a Leo lo de Alice, ni por qué ella sentía que debía ser la hija perfecta. Debía ser lo bastante buena por ella y por la niña que habían perdido.
Por supuesto, nunca lo había conseguido. ¿Y Alice había sido perfecta? ¿Habría sido diferente si su hermana hubiese sido una adolescente rebelde? Pero no lo fue. Nunca suspendió un examen de matemáticas, nunca tuvo una pataleta adolescente ni tampoco un novio inadecuado.
Antes de conocer a Leo, Amy había dejado de competir con el fantasma perfecto de su hermana y de intentar que sus padres se sintieran orgullosos de ella, admitiendo que no sería posible.
Leo, por supuesto, era un jinete excelente. Una de las primeras veces que lo vio, estaba montado en un caballo y ella sintió un nudo en el estómago. La atracción sexual fue tan potente que no fue capaz de ocultarla.
Amy le quitó la foto de la mano y la colocó sobre la repisa de la chimenea.
–No soy yo, es mi hermana, Alice.
–¿Tienes una hermana? –preguntó él, frunciendo el ceño–. ¿Mayor, supongo?
–Sí, era mayor. Falleció.
–¿La echas de menos?
–No llegué a conocerla. Sucedió diez años antes de que yo naciera. Mis padres eran mayores cuando yo nací. Durante los primeros seis meses de embarazo, mi madre pensó que tenía la menopausia.
–Nunca mencionaste que habías tenido una hermana.
Amy se sintió culpable. Recordaba lo bien que se había sentido al estar con alguien que no mencionaba a su difunta hermana a cada momento y que no la comparaba con ella.
–Estoy seguro de que había más cosas que no me contaste.
Había muchas cosas que ella no le había contado y, de pronto, ya no tenía nada que contarle.
Nueve años después, pensar en el aborto que había sufrido todavía le resultaba doloroso. Amy ignoró la presión que sentía en el pecho.
Repasar el pasado no ayudaría a nadie. Y menos a ella.
–Leo, no pasabas por allí por casualidad. ¿De qué va todo esto?
–¿Cuántos años tenía tu hermana cuando murió?
Ella suspiró con frustración.
–Diez.
Amy miró otra foto donde salía un bebé rubio y sonriente.
–Pensaron que quizá me pusiera más rubia con los años, pero no fue así. Excepto por… –Se acarició el mechón rubio que tenía en la frente y que nadie pensaba que era natural.
–¿Y dónde sales tú? –preguntó él, mirando todas las fotos.
–Nadie imprime fotos hoy en día.
«Sobre todo si no has cumplido con las expectativas», pensó, evitando la mirada de Leo. No estaba dispuesta a permitir que él viera sus inseguridades. Él ya no tenía veinte años. Ya no estaba enamorado de ella. No necesitaba saber que era insegura.
De pronto, ella se alegró de tener veintiocho años y de ser feliz viviendo el momento sin anticipar.
No habría funcionado.
No podría haber funcionado.
Sin avisar, la imagen de Leo apareció en su memoria. De pie, fuera de su cada familiar, tendiendo su mano hacia ella. Durante un instante, ella deseó tomar su mano, a pesar de que era imposible.
Amy negó con la cabeza y vio que él estaba tenso.
Ella respiró hondo y trató de regresar al presente.
–Mira, ya ha quedado claro que esto no ha sido casualidad. No te voy a decir que no te esté agradecida por haberme sacado de esa situación, pero realmente…
–¿Te das cuenta de que, cuanto más me dices lo agradecida que estás, menos lo parece?
