Conexión ADSL - Ricard Millàs - E-Book

Conexión ADSL E-Book

Ricard Millàs

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Beschreibung

Conexión ADSL reúne dentro del imaginario del autor un mundo repleto de cine negro, zombis, escritores malditos, posesiones infernales y retazos de una vida dedicada al noble arte de la escritura. La mezcla entre ficción y realismo tiene lugar en las páginas de este primer libro de narrativa que seguramente no dejará a nadie indiferente. Conexión ADSL es una sierra eléctrica segmentando a la realidad.

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Veröffentlichungsjahr: 2012

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Título: Conexión ADSL

Diseño de la portada: Ricard Millàs

Primera edición: Marzo, 2013

© 2013, Ricard Millàs

Derechos de edición en castellano reservados para todo el mundo:

© 2013, Enxebrebooks, S.L

Campo do Forno, 7 – 15703, Santiago de Compostela, A Coruña

www.descubrebooks.com

ISBN: 978-84-15782-06-3

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de la propiedad intelectual.

A mis padres y mis hermanas,

por tener el valor de soportarme.

Prólogo de Vanity Dust

Cuando mi agente Karl Straüss me llamó para comentarme que me habían pedido prologar un libro me fui al primer paki que vendía rosas por la calle y le compré la cesta entera para ponérmela delante de una foto que tengo de mí mismo en mi cuarto de los trofeos. Pensé que me pagarían pasta y un par de perras, pero cuando supe de qué iba la cosa vi que poco había que sacar en ese aspecto. Entonces es cuando tuve que preguntarme cuándo trabajo gratis y en qué condiciones. Fue fácil, Ricard Millás juega en una liga que puedo entender, que me divierte y me levanta extasiado del sofá, como poseído por 5 clenchas de Speed, cuando termino uno de sus relatos. Tras el contacto con Karl, Ricard y yo nos conocimos vía Facebook, como los quinceañeros o aquellas compañeras de inglés que tenías a los 10 años y que, tras meses de darle vueltas al apellido, has logrado recordar (incluso has cambiado tu foto de perfil con una renovada esperanza, esa segunda oportunidad de la que vive Zuckerberg), y esperas ansioso la respuesta a tu estúpida petición de amistad. Nos entendimos bien. A la semana estábamos de birras haciendo el capullo por Barcelona. Por el Borne, por el Raval, pillando merca a dealers chungos y dándole a las lonchas en los portales de calle Carme. Las cosas iban bien. Lo mejor de todo es que siguen yendo bien. Porque Ricard es un obseso, un perturbado, y eso es una alabanza, claro. Le peta la cabeza cuando piensa en los colgados, aquellos tipos y mozas que han perdido por completo el rumbo de la vida, es decir, que no han tenido la suerte de conocer a Paulo Coelho, y que todo lo que tocan se convierte en mierda. También se vuelve loco con la gente normal, con sus vidas pseudoacomodadas y absurdas. Pero sé que comparte como yo que follarse a tías normales es un deporte nacional de lo más entretenido. En definitiva, le vuelve loco casi todo lo que le rodea, y no puede evitar, en un acto de salvación suicida [sic] escribir sobre ello para tratar de ubicarse en medio del percal.

Sería hipócrita no reconocer que mola que te paguen por hacer un prólogo de un libro de autoayuda. Eso tiene que estar muy bien, y ahí quiero que Karl Straüss se gane su puto sueldo. Eso sí, todo lo que sea hablar de Ricard, leer sus jugadas, dialogar con ellas y luego pillar ciegos y comentarlas hasta la saciedad, es también un deporte que practico con gran satisfacción. Y que dure, con ese mágico y lamentable equilibrio que mantenemos para seguir con vida en medio de todo esto.

Vanity Dust

www.vanitydust.com

Barcelona, Octubre ‘12

Prólogo del autor

A uno le cuesta escribir sobre sí mismo y más cuando es el segundo prólogo que escribes en tu vida. El primero fue para un poemario de mi propia autoría; el segundo, el que estás leyendo justo ahora para este libro de relatos. El reverso más oscuro de la fuerza ha tomado forma dentro de mi pecho y mis dedos han obedecido su dictamen. Soy un poseso consciente de ello. Aunque algunos detractores puedan decir lo contario, soy escritor desde hace un tiempo y algunas de las personas que me han leído afirman que soy un salvaje porque me gusta recrearme en el lado más oculto del ser humano. Aunque existan mil leyes y normas de conducta que configuren nuestro modo de ser, el hombre tal y como lo conocemos es la bestia más extraña que podemos encontrar en el planeta tierra. Y utilizo dicho vocablo porque son muchos los que, consciente o inconscientemente, reaccionarían de una forma poco habitual ante distintas circunstancias de nuestra vida.

La naturaleza humana está mutando en una casta de seres que no sienten reparo en lamerse los dedos cuando se hacen sangre. El amor, la aspereza de los sentimientos y el egoísmo más intrínseco nos une a la vez que nos separa de nuestra propia casta. El horror se mezcla con el placer mientras el poder se sienta en una silla Luis XV a esperar a ver qué pasa. Por suerte no todo el mundo piensa de la misma manera. Es curioso ver como en las redes sociales los cientos de amigos agregados disparan mensajes de unidad y denuncian la injusticia social, a pesar de que no hagan mucho más que eso. Inconscientemente abren paso a la maldad que reside en algunos eductos del poder dándoles más publicidad de la que merecen. El terror entra en tu casa mediante un cable de conexión ADSL.

Las personas reaccionan de un modo distinto según su estado de ánimo. En mis relatos me gusta mezclar todo tipo de comportamientos en un escenario totalmente distinto al habitual. Narrar cómo poder besar a la chica que te gusta en un holocausto zombi, justo antes de que una horda de muertos vivientes esté a punto de devorarte o desafiar a los malos espíritus rociándoles con esperma, se hace posible en un mundo donde lo macabro y las necesidades más básicas se cogen de la mano. Los héroes de los relatos que os presento, terminan por convertirse en antihéroes, en perdedores que nunca tienen remordimientos de conciencia porque no sabrían cómo enfrentarse a ellos mismos en caso de sentir la necesidad de rectificar, de redimirse corrigiendo los actos que han protagonizado. Simplemente prefieren no pensarlo puesto que no conseguirían nada con ello.

El lado más divertido del ser humano despliega sus encantos en el libro que tienes en tus manos. Para mí, es un placer que hayas confiado en Enxebrebooks y en Ricard Millàs, autor del libro.

“Alguien que escribe ficción es alguien –o eso imagina la gente— que está solo. Tal vez porque la ficción parece conectarlo a uno solamente con la voz de otro individuo. Tal vez porque leer es algo que hacemos a solas. Es un pasatiempo que parece separarnos de los demás.”

Chuck Palahniuk.

“…si pudiera desearos a todos/pobres cabrones muertos/el ápice de vida que me resta/os lo hundiría/y/dormiría para siempre.”

Charles Bukowski.

“Los gordos están bien atrincherados, han echado raíces y son más traicioneros de lo que pensaba.”

Hunter S. Thompson.

“Sospechan que soy un demente o un asesino… seguramente estoy loco. Pero podría no estarlo si aquellas condenadas legiones de la tumba no hubieran sido tan silenciosas.”

H.P. Lovecraft.

122 pulsaciones por minuto

Patricia sale cada día a correr cinco kilómetros. Cada mañana su corazón late al ritmo de los Underworld mientras llegan los primeros bañistas alrededor de las diez de la mañana. Se abrocha sus Nike y recorre el tramo comprendido entre su casa y la playa. El ejercicio le sienta bien. Sus latidos se asemejan a la base de un tema de música electrónica, la piedra angular de su existencia.

La mañana se despierta nublada. Tras el rocío un grupo de caminantes desarraigados deambulan por las calles sin rumbo aparente. Quizás hoy el mundo parezca diferente.

Patricia corre como cada mañana. Ayer los bañistas contemplaban su cuerpo dorado de diosa guerrera avanzando por la calle. Hoy, una horda de cuerpos sin vida lanza dentelladas al aire y profiere débiles gruñidos, como una camada de gatitos hambrientos buscando alimento.

La diferencia entre ayer y hoy estriba en el motivo de su ejercicio diario. Esta mañana Patricia corre por su vida.

Decenas de zombis luchan por un pedazo de carne viva. Las tiendas están cerradas, los coches permanecen esparcidos por la calle como las piezas de un Tente. Algunos supervivientes luchan por una caja de Lacasitos en la estantería de un OpenCor abandonado. El caos sonríe divertido esta mañana.

Patricia se dirige hacia el mar en busca de esperanza. La playa está infestada de muerte. Su reloj Polar electrofunciona a la perfección. 122 pulsaciones por minuto. El terror la vuelve ágil, suspicaz, sarcástica. Se ríe de la muerte que camina, que obstruye su paso hasta el embarcadero. Sonríe ante la idea de salir a alta mar con la única compañía de sus Nike runner y su pulsómetro.

A Patricia nunca le ha importado la gente; siempre se ha sentido traicionada.

Esquiva cuerpos sin vida tambaleándose en mitad del puerto, enrarecido por una especie de olor a cerrado. El mundo necesita abrir las ventanas y ventilarse un poco.

Logra saltar dentro de una menorquina y soltar amarras. Su nivel de esperanza sufre un incremento considerable. La vida asoma la patita por debajo de la puerta.

Patricia sale a navegar esta mañana. Sus pulsaciones son ahora un tema de Aphex Twin. El mundo parece arder en llamas. Cuando se agoten las pilas de su reloj, sus biorritmos yacerán sumidos en un profundo silencio.

Ahora el mar luce plácido mientras se desabrocha sus Nike runner en mitad de ninguna parte.

Altas dosis de deseo tostándose al sol en el latrocinio del anhelo extinguido

Te marchas de su piso sabiendo que no vas a volver nunca más. Sexo ocasional a modo de trampa para el espíritu. Cuando te alejas de lo que es un posible bonito nidito de amor piensas que nunca vas a encontrar a nadie que quiera compartir tu vida contigo. Porque te gusta demasiado tu imagen, porque te miras demasiado en el espejo. Caminas atormentándote por tu fracaso como artista y aun así, no cejas en tu empeño de querer ser uno de los mejores poetas del mundo. Tu imagen es el reflejo del hombre fracasado que eres. Nunca sabrás quién podrías llegar a ser. Porque crearse un personaje hipotético tan solo contribuye a alentar el insomnio que te asalta cada noche a la misma hora, justo en el momento en que tu yo hipotético estaría follándose a tu esposa hipotética.

Tu universo paralelo te obsesiona cada vez más.

Sales a la calle y compruebas el estado del mundo en el que vives. Sus habitantes cada vez están más enfadados, pero aún no han pasado al estado de agresión que suscita el panorama actual, tan solo se encuentran en una semiinconsciencia que les impulsa a colgar enlaces y fotografías reivindicativas en las redes sociales.

La lucha del hombre moderno adopta un cáliz incomprensible.

Avanzas pensando en todas las mujeres que pudiste besar, en todos los trabajos que hubieras podido tener, en todo el éxito embotellado que trataron de venderte y no consiguieron. Sonríes cuando te acuerdas de aquella vez que te levantaste en mitad de una entrevista y les dijiste que preferías freír hamburguesas en un restaurante barato. Tus ojos brillan al recordar a aquella chica que rechazaste porque solo se miraba en el espejo.

Un escritor no puede invitar a nadie. Un escritor crea mundos e invita a los demás a sumergirse en sus aguas. A un escritor tienes que invitarle tú a langosta y Cabernet Sauvignon.

Tu ciudad arde en llamas y sus habitantes se visten de rojo para celebrar el fracaso en las gradas. Crees vivir en el infierno cuando los moribundos son ignorados en las terrazas de los restaurantes. Te incluyes en la muchedumbre, guiada por un estandarte que lleva el emblema de Ikea y Pocoyó, de Spiderman y de vaqueros cosidos a mano por menores de siete años. Consideras que vas a seguir comprándote ropa en las grandes multinacionales, más que nada porque no sabes coserte los pantalones y porque no existen marcas menores que ofrezcan la misma falsa seguridad que una gran compañía textil. El confort asegurado en un trozo de algodón cosido a mano.

Sigues arrastrando los pies por la acera mientras te das cuenta que el mundo no tiene culpa de nada. Los seres que vivían en el agua antes de salir a la superficie hace millones de años no sabían en qué llegarían a convertirse. Una ameba transformada en un director financiero con ínfulas de mandatario. Un microorganismo heterotrófico conductor de trenes y maltratador físico. Crees que la vida ha involucionado con respecto a lo que se esperaba de ella.

Crear un mundo para rasurarlo hasta el tuétano en lugar de dejarlo florecer.

A menudo preferirías conocer a una arqueobacteria para salir a tomar una copa y besarla cuando te plazca sin tener que pedir permiso con la mirada. Piensas en aquella amiga que tienes, que te dice que la beses y cuando lo haces aparta la cabeza. Entonces te dice que culebreas, que pareces un muerto de hambre que solo quiere rollo. Te imaginas bailando un vals en un palacio con una bacteria quimiolitótrofa, besándoos antes del amanecer.

Saludas al mundo con tu mente creadora de universos paralelos.

Entras en la biblioteca y un montón de chicas en sandalias con las piernas depiladas estudian concentradas en las mesas. Esta visión te hace arrepentirte de tus pensamientos zoofílicos con microbacterias del tipo eucariota. Eres demasiado débil para ignorar toda la belleza del mundo. Tus ojos se abren a la realidad, ilustrada de auténticas deidades de carne y hueso, suaves piernas, ojos color miel y uñas pintadas de negro.

Mujeres: la perdición de un escritor con el sueldo congelado desde hace meses. La auténtica revelación lleva unos vaqueros muy cortos y tiene los labios pintados de carmín. Descubres la verdad sentado en una mesa con una pata coja cuando no puedes remediar acercarte a ella con una estúpida sonrisa dibujada en la cara. Su pelo rojo y sus pestañas como colas de pavo real son un sueño eterno sin necesidad de levantarse para ir al baño.

Te diriges a su mesa. Las demás chicas que la acompañan te miran ligeramente molestas: has importunado la concentración de sus pequeñas mentes; has profanado el templo de la macroeconomía y el arte precolombino; eres un intruso con unas Chuck Taylor agujereadas.

Tu sonrisa es correspondida. Su boca es un sofá de tres plazas listo para recibir el calor de tus besos de escritor fracasado. Te arrodillas y le preguntas qué está estudiando. Le suben los colores y te contesta que en realidad no está estudiando, que ya se lo sabe todo y trataba de convencer a sus compañeras de salir a fumar a la calle.

Estudias la posibilidad de invitarla a salir fuera pero decides preguntarle primero el nombre. Se llama Anna y tiene 20 años. Su pie derecho se mueve en círculos cuando habla contigo y es entonces cuando comienzas a sufrir de verdad. El movimiento de un pie femenino es algo altamente provocativo para ti. No puedes evitar hacer chisporrotear tus ojos cuando la miras con cara de cordero degollado.

Salís fuera y le ofreces un cigarrillo aplastado. Ella se saca un cigarrillo liado del bolsillo. Es hierba; por el olor que desprende cuando te echa el humo en la cara adivinas que es de la buena. Fumáis mirando al sol y sonriéndoos cada vez que tratáis de decir algo al mismo tiempo. El diálogo que mantenéis con los ojos es tan solo una paradoja de lo que podríais estar haciendo en una cama alquilada con las sábanas limpias.

Amor efímero.

Altas dosis de deseo tostándose al sol en el latrocinio de un deseo extinguido.

Cuando termináis de fumar estás tan ido, que lo único que deseas es juntar tus labios con los suyos para comprobar que estás realmente en el mundo. Quieres volver a la realidad mediante el arrebato que te confiere una ocasión inesperada. Tratas de acercarte y se aparta. Es demasiado temprano para besarse pero es un buen momento para intercambiarse los números de teléfono y buscar un buen plan para compartir un sábado por la noche.

Te da su número pero no acepta el tuyo. Sabe que si un hombre quiere realmente ver otra vez a una chica, la llamará seguro.

Te da dos besos y te dice que tiene que volver con sus amigas. Te alejas girando la cabeza para ver cómo entra de nuevo en la biblioteca y vuelves a sonreír. No sabes si vas a volver a verla pero te encuentras más animado. Ya no piensas en amebas ni microorganismos, habitantes irritados por la situación actual o etiquetas mal cosidas en la parte exterior de unos vaqueros. Piensas en el hombre y la mujer; en que no todo es un pozo de agua sucia ni un cubo lleno de agujeros; en que la atracción humana lo puede todo y es mucho más poderosa que un microorganismo originario del Arcaico de Australia convertido en subdirector general de un banco.

Y mientras piensas en ello te acuerdas de lo que realmente ibas a hacer en la biblioteca.

Conexión ADSL

Dispongo de toda una vida para echar a volar y lo único que se me ocurre es ponerme delante del ordenador y escribir palabras; usar los dedos como si fueran patas de araña tejiendo una trampa y convertir las ideas en vocablos.

Abro un blog, escojo un color de fondo, una tipografía y expreso mi ‘arte’ por toda la red. Internet nos hizo libres. Estamos tan liberados que no despegamos el culo del asiento.

Salgo a la calle a por un poco de aire. Lo más habitual es salir a por manzanas o a por el periódico… No, yo salgo a consumir un cóctel de oxígeno, monóxido de carbono, dióxido de carbono y plomo. Luego enciendo un cigarrillo a modo de guinda. La vida es gratis si te gusta caminar por la ciudad.

Me cruzo con gente que conozco de ver sus fotografías en algún lado. Son como forajidos del oeste. “David vive con sus padres, fuma hierba a escondidas y le contesta a su madre. Se busca vivo o muerto. Ofrecemos 5.000 euros por su cabeza”. Facebook es el mayor registro de forajidos del siglo XXI. Todos podemos ser agentes del F.B.I con las zapatillas puestas y el pelo hecho unos zorros.

Internet nos deja andar tranquilamente por casa.

Trabaja en casa, liga en casa, compra en casa, chatea con desconocidos (en casa), vive en un mundo sostenido por cables, routers y pantallas de plasma. De vez en cuando abre la ventana y regálate un chute de monóxido de carbono. La vida sonríe cuando menos te lo esperas.

Entro en un bar y me siento al lado de una chica pelirroja. Pido una cerveza para mí y otra para ella. Para cuando el camarero las sirve, la chica se ha dado el piro y un señor trajeado de unos sesenta y largos la ha suplantado. Este se encuentra una botella de refrescante lúpulo recién salida de la nada: “¿Y esto?”. Alargo el brazo y me soplo las dos botellas del tirón. Soy un alcohólico de fin de semana.

Hoy es jueves, ¡mierda!

Al darte de alta a una buena conexión ADSL deberían regalarte la matrícula a un club de natación. En poco tiempo seremos la generación de los jorobados. Tendremos malformaciones en la columna si no levantamos el trasero de la silla. Imagínate un ejército de “Igors” caminando sin rumbo fijo por la calle: nos veríamos las caras y nos reconoceríamos de las redes sociales; chocaríamos nuestras chepas a modo de saludo: “¡Eh, tío! ¡Agrégame!” “¡Hecho!”; y nos alejaríamos calle abajo con la mochila a cuestas.

Últimamente tengo muchos amigos en Facebook. Será que paro mucho por casa...

Al salir del bar me encuentro con alguien que ya conocía antes que existiera internet. Ese alguien es ella. Lleva una falda muy corta y un escote que dice: “¿De qué color tengo los ojos?” El sol sale en mitad de la tormenta. La vida le sonríe hasta al más vago.

Mi trasero ha cogido forma de carpeta. Ahora debo ir al gimnasio y fortalecer mis glúteos mientras algo de Melvins brota por los auriculares. Uso faja para no desviar más la columna al levantar pesas y no terminar como el criado de Drácula. Me niego a repetir demasiado su nombre por miedo que aparezca medio cuerpo suyo por el marco de la puerta “¿Si, amo?”

Nada de invocaciones. Esta noche no.

Bajamos los tres por la calle: ella, su escote y yo. La gente se gira. Ellos se giran. El mundo sigue girando y nadie le enseña las tetas. El sol luce hermoso sin conexión a internet.

Esta noche no voy a conectarme.

Amor 2.0.

En un mundo supuestamente de hombres, una mujer camina descalza por la calle sin saber adónde ir. Todo el mundo necesita ver un amanecer alguna vez en su vida. Con la cara mojada por las lágrimas trata de perderse en una jungla de asfalto y publicidad no deseada. Nadie sabe el motivo por el cual no lleva zapatos.

Dos días antes de su curiosa excursión, Natalia llora y nada puede consolarla. Su novio ha dejado de trabajar y se dedica a cobrar el subsidio por desempleo y a jugar a futbol sala con los amigotes. Ella trabaja como camarera en un restaurante de cinco estrellas. No está contenta con su trabajo. Ve como parte del mundo se alimenta en exceso, mientras otros tratan de hallar consuelo para su estómago en el fondo de un contenedor. Los peces gordos llenan el buche con comida que vale el triple de lo que pagan.

Los días van pasando y no hay luz al final del túnel. Las facturas se acumulan en la mesa del recibidor. El sueldo de Natalia queda atrapado en las arenas movedizas del sistema; el subsidio de su pareja esponsoriza cervezas, entradas para ver el fútbol y ropa deportiva de un hombre que sueña ser una estrella del deporte con 39 años a sus espaldas. El mundo de Natalia pasa al nivel B. Su vida es una triste película que pasará sin pena ni gloria. El sexo se ha convertido en un tema tabú. Las largas conversaciones que mantenían al inicio de su relación son ahora un monólogo. Natalia comienza a pensar que su novio es una imagen, como los hologramas que proyectaban los intercomunicadores de las películas de la saga Star Wars. Algo la llena de rabia por dentro. En su mente se mezclan cuchillos clavados en balones de fútbol sala y puñetazos en la recién afeitada mandíbula de su novio. Mover el trasero para tratar de cambiar la situación sería más que recomendable. Quedarse en casa financiando a empresas de pañuelos de papel sería un error del tamaño de un templo sefardí.