Conexión temporal - Valentina Acevedo Miño - E-Book

Conexión temporal E-Book

Valentina Acevedo Miño

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Beschreibung

Por un instante, me perdí en los detalles: el rítmico tic-tac del reloj que marcaba las 20.26, el intenso tono rojizo del tobogán de afuera, la extremada limpieza de las copas, la conversación a mis espaldas…

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Seitenzahl: 54

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Conexión temporal

Conexión temporal

Valentina Acevedo Miño

Acevedo Miño, Valentina

Conexión temporal / Valentina Acevedo Miño. - 1a ed. - Paraná : Editorial Fundación La Hendija, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8472-58-4

1. Literatura. 2. Cuentos. 3. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

Primera edición en formato digital :

Otoño de 2022

I.S.B.N.: 978-987-8472-58-4

© por Fundación La Hendija

Gualeguaychú 171 (C.P.3100)

Paraná. Provincia de Entre Ríos.

República Argentina.

Tel:(0054) 0343-4242558

e-mail: [email protected], [email protected]

www.lahendija.org.ar

Diagramación: Martín Calvo

I.S.B.N.: 978-987-8472-58-4

Digitalización Proyecto451

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

Índice de contenidos

Portada

Prólogo

Invasores

Verdad oculta en el pasadizo

Cuidado con lo que dices

Dulces Moras

Ella, inmortal

Boletos al pasado

Te veo

Yo en un mito

En paralelo

Conexión temporal

Prólogo

Prologar un libro de un autor desconocido podría ser fácil: leer en profundidad, de manera crítica y opinar, pero hacerlo con los cuentos de alguien tan especial como Valentina lleva una carga emocional adicional. Sucede que luego de más de dos años de asistir a mi taller de narrativa, ella ha ido conociendo y haciéndome re-conocer a mí las curiosidades de trabajar todo el tiempo con (según nombra Rosa Montero) “La loca de la casa”, es decir: la imaginación.

Encauzar esa imaginación es la propuesta inicial. Ya traía consigo diferentes tipos de libros leídos, un barullo de ideas y ganas enormes de poner en palabras sus ocurrencias.

En dos años esa fuerza creativa, involucrada en lecturas, ha ido cambiando, recreando textos de otros, aprendiendo a mirar, a analizar lo conocido. Ante alguna consigna, se caracteriza por delinear varios caminos y luego elegir. Al iniciar, quiso trabajar con una novela a la que, con una acción ya creada, empieza a ordenarla en las clases. Pero primero había que aprender diversas técnicas y las usadas en cada encuentro van despertando en ella interés por crear historias más cortas.

Aquí están esas producciones, las que partieron de su cabeza y las que fueron motivadas por diferentes autores. Podrás identificar algún personaje o lugar de un relato tradicional, de una serie y hasta del pueblo. Si te das cuenta… genial. Y si no…cada relato toma vuelo propio y va al ritmo de esa imaginación extensa y sin límite de Valentina.

El orden en el que aparecen no es el mismo en que los creó. Si bien su forma de redactar fue variando, incluyendo diferentes recursos literarios y corrigiendo usos lingüísticos, no se los modifica. Considero que el tiempo transcurrido en su escritura deja observar y observarse en su evolución. Acá reside un punto bueno de la escritora: darse cuenta, valorar el cambio y permitirse dejarlo así.

Lo otro es animarse a publicar a los quince años, cuando tenemos los dos extremos: o mucha timidez o demasiado orgullo para mostrar lo producido. Y hay que encontrar el equilibrio. Entiendo que es esto un paso, uno de muchos. ¡Y vaya que es importante! Por eso apoyo su interés en dar un cierre a esta etapa, ofreciendo estas conexiones de letras, de frases, de pura imaginación.

Gabriela Cardozo

Invasores

Era demasiado húmedo. Demasiado frío, demasiado solitario. Nadie bajaba nunca allí, nadie molestaba. Y estaba bien porque ¿a quién le interesaba? La lista estaba en blanco. Por las noches la oscuridad se movía amenazándome…y bueno, durante el día también. Ni una pizca de luz. Atemorizante, triste. Era perfecto.

Bueno, en realidad, casi. Y digo casi, porque lo único malo era la comida. ¡Repugnante! Solo podías extraer un poco de las ratas, nada más. Y no tiene un gusto muy sabroso: es tan espesa y amarga. Pero lo demás estaba bien. La escasez de luz, la temperatura, el lugar, la vista, y muchas otras cosas. De todos modos, no podía quejarme.

La paz parecía garantizaba, cuando un día…

-¡Qué lugar más horrible!-gritó la señora, después de abrir la puerta.

La luz que entraba…ay, como quemaba. Qué mal me hacía. Era insoportable.

-Este olor…voy a vomitar.

Y, dicho eso, se fue.

Pero iba a volver. Lo sabía. Y no porque tuviera poderes o algo así (tampoco creo en eso), sino porque dejó todas sus cosas en la entrada. Así que volvería a…matarnos.

Y sí. ¿Qué otra cosa podía esperar? ¿Dejarnos vivir? Jaja, no señor. La piedad no existía para nosotros. Y, en cierto modo, tenían razón. Nos alimentábamos de ellos. ¡Eran tan deliciosos! Si yo estuviera en su lugar, haría lo mismo.

-¡Mamá!-gritó una nena desde alguna parte de la casa -¡Vení que hay una cucaracha! ¡Hay que matarla!

Uf sí. A esas, que las maten nomás. Eran nuestro mayor enemigo. Hacía unos meses, habían querido ocupar nuestro lugar, nuestro hogar, pero no, no lo lograron.

-¡No puedo!-le respondió la señora.-Estoy ocupada con otro asunto ahora.

Claro, éramos más importantes.

De pronto, mientras ella bajaba por las escaleras, comenzó a escucharse una fuerte melodía proveniente del interior. Y luego, una voz empezó a cantar: era aguda y chirriante. Espantosa. Hasta a mí me molestaba.

Sin embargo, cuando recién empezaba, otra, un poco más grave, se le sumó. Y así se perdió toda la tranquilidad.

-Ay, mucho ruido, ¡ya basta! -la señora se impacientaba- ¡Mili! ¡Apagá eso!

Al instante, el silencio absorbió todo.

-Así me gusta, mucho mejor. Ahora, a ordenar.

Su cara llena de maquillaje barato se transformó en una máscara de matar. Y, créanme, ya había visto muchas, y esa era una de las peores.

Prendió la luz, lo que nos obligó a escondernos. Entramos al armario por una pequeña rendija llena de telas de araña, pero por suerte pudimos esquivarlas.

Después de dos horas, cuando la señora ya había ido y venido cientos de veces, lo único que le quedaba era nuestro escondite improvisado. Abrió las puertas mientras se quejaba y…atacamos. Era nuestra única opción.