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Ensayista extraordinario, intelectual incómodo, homenot de Josep Pla, persona de fuertes convicciones y duda metódica, conversador de verbo irónico y atinado, polemista de insolencia pertinente, articulista certero… Joan Fuster es sin lugar a dudas uno de los hombres de letras más interesantes del siglo pasado. Poco o muy poco traducido, aprovechamos el Año Fuster, la celebración del centenario de su nacimiento, para publicar por primera vez en castellano los aforismos de este sabio valenciano, sentencias imprescindibles llenas de humor e inteligencia.
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Seitenzahl: 128
Veröffentlichungsjahr: 2022
Título original: Consells, proverbis i insolències; Poques paraules y D’altres judicis finals.
Primera edición digital: mayo de 2022
© De los textos: herederos de Joan Fuster Ortells, 2022
© De la traducción: Àngela Elena Palacios, 2022
© Del prólogo: Suso de Toro, 2022
La presente edición ha tomado como referencia principal Poesia, aforismes, diari, vinyetes i dibuixos, Volumen i de la Obra completa de Joan Fuster, Barcelona, Edicions 62, 2002, Antoni Furió i Josep Palàcios editors.
© De esta edición:
H&O Editores
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Corona, 36 – 46003 València
Teléfono: +34 963 883 169
www.alfonselmagnanim.net
Ilustración de la faja: Dani Nebot
Fotografía de la contra: Arxiu fotogràfic de Joan Fuster. afjf-1049
Diseño de colección: Silvio García Aguirre
Diseño y maquetación del interior: Carolina Hernández Terrazas
Corrección: Marc García García
isbn digital: 978-84-125118-6-4
Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, y el alquiler o préstamo público sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, salvo las excepciones previstas por la ley.
Hay que ser valiente y resistente para ser Joan Fuster. Prólogo de Suso de Toro
¿Joan Fuster la figura pública o el individuo? Porque, aunque no recibió la luz de los focos del poder, que institucionaliza, sí que fue toda una figura, porque su voz era altamente disonante y peligrosa. Una figura sin duda disidente.
Tan disonante que sus libros y su figura fueron quemados en una falla en Valencia en 1963, en un indisimulado remedo de castigo inquisitorial por herético. Tan peligrosa que se le hicieron dos atentados con bomba, el segundo con Goma 2 extraída de un almacén del Ejército.
Sus razones puede que no fuesen muy amplificadas por los medios dominantes en España, porque eran molestas, pero sí que recibieron la atención de quienes las odiaban. Y no se llega a recibir esa atención si uno es una persona que carece de voluntad de ser. Fuster tenía voluntad de intervenir en su entorno, y para eso es inevitable transformarse en figura pública.
Si se utiliza el explosivo para liquidar físicamente a una persona es porque esa persona tiene enemigos declarados, luego es un guerrero, y esos enemigos lo consideran temible. Temían a Joan Fuster y querían matarlo. Si sabemos quién lo temía y odiaba, sabremos el por qué, y eso ayudará a entender esa figura.
Desde luego nos hallamos ante alguien que, por voluntad o por necesidad, gasta armadura y máscara guerrera.
Es difícil traspasar armadura y máscara para conocer el rostro y la piel de la persona Joan Fuster. Para conocer eso hay que arreglarse con lo que él mismo contó y dejó que supiésemos, aunque al final puede ser que lo más personal que nos dejara fuese precisamente el contenido de este libro, donde se destila a sí mismo.
En 1983tve emitió un programa de la serie Esta es mi tierra titulado «El País Valenciano de Joan Fuster». Es decir que en ese momento el autor, que tenía sesenta y un años, era considerado una figura de referencia para hablar de la tierra valenciana, a la que la televisión pública de entonces consideraba «País Valenciano», como así escribía y explicaba Fuster. El autor era una figura de referencia ligada a un lugar.
Y creo que esto es importante para entender tanto la figura pública de Fuster como la identidad de Joan. El referirlo a un lugar, desde el punto de vista del poder, lo limita a lo local, señala que su voz es interesante para sus convecinos, mientras que las voces que son de interés general no se apellidan localmente. Hay intelectuales, escritores locales y escritores de interés general o universal. Limitar a Joan Fuster a escritor local es minorizarlo, cosa completamente injusta en su caso, pues tanto sus temas como su mirada sobre las cosas son de alguien que se relaciona con el mundo y con la cultura europea, ese es su marco cultural, sin complejos y con naturalidad y en la confianza de que donde él vive es su centro del mundo.
Pero es el propio Fuster quien juega también con esa relación entre él y su lugar y hace de ello uno de sus temas, la importancia y el valor de ser de un lugar, porque es un asunto relevante para él. Escribe: «Yo no tengo costumbre, ni afición, ni necesidad de ir a Madrid. Soy un animal sedentario, y hasta el simple trayecto de Sueca a Valencia —treinta kilómetros justos— me parece toda una aventura. Madrid me queda bastante, muy lejos». Sin duda, hay una parte de pose en ese presentarse ermitaño en provincias. Aún retrata su vida recogida pero autosuficiente explicando que tiene una biblioteca con unos veinte mil libros y un «pequeño tocadiscos» con sus discos y hace algunos viajes.
En la ocasión de ese programa remarca esa relación suya con su lugar, Sueca, cuando dice: «Me siento entre los míos, en mi paisaje entrañable, en mi pequeño mundo de siempre. De todo lo cual me siento solidario». Oyéndole hablar así cuesta imaginar que esa persona ha sido criticada y amenazada de muchas maneras y que su casa ha sufrido atentados y destrucción: dos años antes le pusieron dos bombas que causaron heridos, destrozos y la pérdida de parte de su valiosa biblioteca. Y hay que preguntarse por qué lo hace.
Parece un acto de afirmación de alguien que llegó a un momento de la vida en la que aceptó que lo vivido ya era su destino. Orgullo o fatalismo, o las dos cosas. Y él explica así su situación: «Yo no hago un mérito, o por lo menos no hago un mérito especial del hecho de haberme quedado a vivir en Sueca. Las cosas vinieron rodadas y las acepté con toda naturalidad. En primer lugar hubo unas razones familiares, que me forzaban, y, en segundo lugar, mi temperamento, o mi temperamento poco aventurero, quizá más bien sedentario, que me invitaba a la raíz, a quedarme aquí».
Cuando habla de las «razones familiares» (el hijo único que está al cuidado de sus padres mayores) que lo «forzaban» es evidente que hace un reconocimiento de que se vio obligado a permanecer en su lugar. Con independencia de que fuese o no lo más adecuado a su carácter, lo cual él afirma que es así.
Y estamos hablando de alguien que vivió del oficio de escribir y quiso hacer la carrera de las letras en un tiempo en el que era casi imprescindible estar cerca de las editoriales, empresas de comunicación e instancias del poder cultural e ideológico, que se encontraban en capitales medianas o grandes.
En los años sesenta, setenta y aún ochenta, además de ser en España los medios de transporte lentos, los medios de comunicación eran la oficina de Correos, el telégrafo y el teléfono. Solamente a partir de mediados de los años ochenta empezó a extenderse el fax, que permitía enviar instantáneamente un artículo de prensa desde un domicilio particular a una redacción de periódico. Es evidente que la circunstancia de Fuster era una limitación desde el punto de vista profesional, y lo situaba en clara desventaja frente a quienes vivían cerca de esos lugares donde residían las oportunidades profesionales.
Y él era muy consciente de eso, y acerca de un asunto tan crucial se expresa así en el mismo programa: «Han pasado los años, tuve ya unas facilidades para empezar sin necesidad de hacer la maleta y marcharse a Madrid o a Barcelona para avanzar, para trepar, en la carrera del jornal y del prestigio y aquí me siento muy bien». Debo matizar que cuando dice «para trepar» el rostro se abre en amplia sonrisa con mueca de fumador perpetuo, amplificando el sentido y la importancia de las palabras. Sí, Fuster aquí dice algo esencial para él, algo sobre cómo él está limitado para la carrera literaria por vivir lejos de los centros de poder. Dice de su situación de desventaja con un deje de sarcasmo, de inevitable amargura.
Desde luego su situación es la de cualquier otro escritor que viva alejado forzosamente de los centros de poder de su ámbito: Joan Fuster está condenado por su lugar de residencia a ser periférico a esos centros. Pero hay otras razones, tan importantes o más que esa, para hacer de él un marginado o minorizado.
Una de ellas es que, aunque su obra periodística es mayoritariamente en castellano, su lengua literaria es el catalán, cosa que entonces, y aún ahora, es un obstáculo para ser reconocido como un escritor español. Pero además, siendo escritor en catalán, y defendiendo la pertenencia lingüística, cultural y aún histórica y política a los «Països Catalans», él era valenciano. Es nuevamente periférico al ámbito en que se sitúa.
Y, siendo valenciano, su posición es minoritaria dentro de su propio País Valencià, donde un anticatalanismo radical tenía y tiene fuerte asiento. Esa interpretación histórica y política que él hace de su tierra lo hace minoritario y lo sitúa definitivamente en un lugar muy vulnerable dentro de la propia Valencia.
Bastaría su apartamiento vital y su opción lingüística y cultural para hacer de él un escritor destinado al fracaso. Pero aún hay otra característica suya que lo hace prácticamente inasumible por la ideología y el sistema cultural establecidos: es un crítico iconoclasta del casticismo españolista. Y lo es, además, de forma frontal y demoledora: con sarcasmo.
Su diagnóstico sobre la España que le toca, a la que él prefiere referirse como la piel de toro, la «pell de brau» de la que el poeta catalán Salvador Espriu había hecho un símbolo histórico y dramático, para que se le hiciese más asumible: «(...) ocurre que la humanidad hispánica, a trancas y barrancas, sin confesarlo tanto como desea, trata de abandonar su tradicional residencia en las cuevas de Altamira».
En sus escritos de prensa no ahorra pólvora, pero el blanco preferido de sus disparos no es tanto la sociedad española en su conjunto, que también, como los creadores de su ideología y sus mitos. Y, aunque en ocasiones matiza y se refiere con respeto a figuras como Américo Castro, al final, con su espíritu polémico, agrupa nombres y se lanza: «Y el futuro que quisieron preparar Menéndez Pelayo, Unamuno, Menéndez Pidal, Ortega, Sánchez Albornoz y Américo Castro, por encima y por debajo de las apariencias, tiene mucho en común». Unamuno es su blanco preferido, pero Salvador de Madariaga le anda muy cerca en esa querencia, y tampoco escapan el profesor Aranguren o Tamames. En sus críticas se mezclan de modo difícil de discernir la agudeza intelectual con el ingenio y la elocuencia que lo arrastran.
Tras la crítica previa a la ideología subyacente en los historiadores, escribe: «Pienso que la única persona capaz de acometer la empresa con una notable garantía de seguridad era don Ramón del Valle-Inclán. Y que nadie lo tome a broma. Las páginas de Valle sobre Isabel II, sus espadones y su sor Patrocinio, sobre los diversos don Carlos y sus curas Santa Cruz, sobre Prim y su Revolución de Septiembre, valen un perú. La “historia” del rabo de Europa que habitamos es, en realidad, “valleinclanesca”. Toda la conocida y probablemente toda la por conocer. Contra lo que imaginaban Soldevila y Vicens, la “Historia de España” se ha de escribir desde Madrid. Pero por Valle-Inclán». Si el diagnóstico es desolador, lúcido o ambas cosas cada quien dirá.
Fuster es un intelectual puro, que se mantenía, y probablemente disfrutaba de hacerlo, sumido en una crítica perpetua, en parte seguramente por su carácter pero también por sus ideas, que no encajaban en la realidad que lo envolvía.
Su dialéctica crítica y su ingenio cáustico, sus disparos irónicos en todas direcciones, es difícil que no nos acaben alcanzando a todos, y creo que terminaron dañándolo a él. Frente a lo que él denomina «la carcunda», con lenguaje decimonónico, se define como «un liberalote arcaico y sin reservas», con ese mismo lenguaje arcaico. Es un intelectual atrapado en la dialéctica contra el pensamiento reaccionario que entonces era dominante. No sé ahora.
Pero su ironía alcanza también a mitos literarios de su tiempo, sean Lukács, Henry Miller o los historiadores que se definen de izquierdas y comparten ideología casticista con los de derechas.
Joan Fuster seguiría siendo hoy día una voz muy incómoda e inasumible, porque sus escritos polemizadores son prosa para intelectualmente valientes.
Él confiesa «un deliberado énfasis polémico» porque desea réplicas. «De hecho la intención es obligar al lector a reflexionar sobre unos cuantos temas, vidriosos y estimulantes, que, por lo general, me parecían alevosamente silenciados o confundidos por unos y por otros. Eso me obligaba, en cierto modo, a adoptar un ligero desenfado en la expresión». Y la lógica consecuencia de esa dialéctica con el lector es que Fuster desee que sus «artículos de referencia sirvan para facilitar la otra polémica, la polémica de quien me lea consigo mismo, a partir de mis planteamientos».
Naturalmente sus opiniones no tuvieron lugar en la prensa madrileña, aunque sí en alguna prensa local valenciana y en la de Barcelona, donde dejó su mirada tan personal y original sobre todo tipo de temas, de la literatura a la sociología cultural.
Fuster se ganó la vida con ese tipo de prosas, pues vivía profesionalmente de la escritura y era muy consciente de cómo eso limitaba su figura de autor. Lo que le permitía económicamente vivir lo condicionaba y orientaba su obra en una dirección muy determinada. Atrás quedaron la poesía y sus intentos de novela, caminos ensayados y abandonados. El conjunto de su prosa periodística o ensayística, como su libro más famoso, Nosaltres, els valencians, fueron una intervención cultural e ideológica de primer orden, y con todo su peso casi no dejaron espacio o tiempo para ensayar otras formas de expresión más personal, o subjetiva.
Cuando Fuster escribe, con admiración absoluta, sobre Paul Valéry, también se ausculta a sí mismo y, comparando, piensa en su propia situación: «Valéry, hombre de “palabra pura”, tuvo que ser hombre de pocas palabras. Naturalmente. Pudo ganarse el jornal sin llenar demasiadas cuartillas al cabo del año, y, en consecuencia, las pocas que confeccionaba alcanzaban un nivel sublime. (...) Pero el mismo Paul Valéry, sin ayuda de costas, (...) hubiera sido bastante menos “puro”. Afortunadamente, alguien le pagaba».
Por eso lo que él mismo escogió para este libro es lo más querido, lo que está a salvo del deber ético y los deberes del oficio, lo gratuito. Aquí nos ofrece lo que escribió fuera de su agónica vida de escritor público.
Sin duda están la agudeza, el aserto ingenioso, el humor paradójico, la ironía que empieza en la autoironía, la inevitable provocación descarada, la inteligencia disfrazada de banalidad, la referencia literaria envuelta en papel de periódico... Pero también está lo que difícilmente cabe en el artículo de prensa, la amargura del pensamiento, la soledad asumida, las mínimas confesiones de un ermitaño irónico y dolorido que afirmó su existencia dando golpes a su propia sombra, agotadoramente.
Suso de Toro
Presentación
