Consumida - Andrea Guaymasi - E-Book

Consumida E-Book

Andrea Guaymasi

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Beschreibung

El abandono y el maltrato son el día a día de Alaia, tanto que hace raíces en su frágil mente y hacen que se crea merecedora de tales actitudes. Su novio no es mejor que los anteriores verdugos que hubo en su vida. Lo que ella no sabe es que hay alguien más cuidándola, protegiéndola, amándola y esperándola. La vida parece ponerse de su lado al conocer a Mary y recuperar parte de su pasado, y comenzar a soñar con un futuro mejor. Pero todo nuevamente vuelve a cubrirse de oscuridad tras un llamado que obliga a Alaia a elegir entre su felicidad o la vida de sus seres queridos, y esta decisión será la más difícil y dolorosa que debe tomar. ¿Entenderá Alaia que ella merece aún más de lo que sus miedos le hacen creer?

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Seitenzahl: 123

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Guaymasi Rivero, Andrea

Consumida / Andrea Guaymasi Rivero. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

134 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-354-2

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.

CDD A860

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Guaymasi Rivero, Andrea

© 2023. Tinta Libre Ediciones

A mi familia y mis amigos, a los que creyeron en mí, muchas gracias.

Y a los que no lo hicieron, les agradezco más aún por darme la fuerza para reinventarme y cumplir mis sueños.

A todas aquellas almas consumidas.

A todos aquellos consumidos que encuentran sus colores y abren sus alas una vez más para volar.

Consumidas almas que abundan en los parques sin calma.

El karma no está, pero está la fuerza de voluntad como el arma.

A veces es inevitable, pero tenemos el amor como el arma.

Movimiento Original, “Consumida realidad”.

Consumida

Capítulo 1

—Ya no más —suplicaba una y otra vez.

—¿Ya no? —reía gozando por verme destruida.

«Quiero matarlo, voy a matarlo, a matarme y ser libre», me repetía una y otra vez mientras el maldito seguía penetrando mi cuerpo sin piedad y sin delicadeza alguna.

No era la primera vez que lo hacía, no era la primera vez que lo justificaba. En realidad, estaba enamorada. Tantas veces me habían advertido que el amor te volvía ciega y hacía cometer errores, demasiados.

—Anda, maldita, sigue poniendo algo de tu parte. Hasta que no me satisfaga, no te dejaré.

—Por favor, Dean, me estás lastimando.

—Ya deja de hacerte la mojigata.

Torció mi muñeca y, volteándome, dejó expuesta mi espalda. Lo siguiente que sentí fueron los golpes que su cinturón dibujaba sobre mí. Sin salir de mi interior, continuó golpeándome cada vez más fuerte mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas. Luego de acabar con su tortura, simplemente entró al baño, se duchó y se mudó de ropa.

—Ya aprenderás la próxima a obedecer cuando pida algo.

No contesté. Quedé hecha un ovillo sobre la cama, cubierta con la sábana aún ensangrentada por lo violento del acto. Siquiera me sentía con fuerzas para levantarme e ir al baño a quitar toda la suciedad que había en mi cuerpo, aunque dolía más el alma que el cuerpo y aún seguía viva. No caí en la cuenta del tiempo que había pasado y quedé profundamente dormida sin más compañía que el dolor.

Al despertar, giré en la cama hasta llegar al borde. Me dejé caer en el suelo y, sin mediar sensación alguna, las lágrimas nuevamente comenzaron a caer. Me arrastré hacia el baño y abrí el grifo del agua hasta que se llenó la tina y me sumergí en ella.

«Es lo que eres, no llegarás a nada por más que lo intentes, siempre serás nada más que esto, una mojigata».

Sus palabras calaban cada vez más hondo en mi mente y en mi corazón. El agua iba mojando lentamente mis piernas al tiempo que se iba tiñendo del carmín de la sangre que mi cuerpo llevaba impregnado. Comenzaba realmente a cuestionar si aquello que estaba sufriendo no era más que mi destino sellado desde mi nacimiento.

—La solución a todo o ser cobarde una vez más —susurré mientras me sumergía en las tibias aguas que llenaban la tina.

Cerré los ojos tratando de hallar aquello que me salvase, algún recuerdo escondido en mi mente, alguna voz que me guiara hasta el final del dolor, una mano que llegase hasta mí y me permitiera salir a flote una vez más, algo.

—¡Pero qué demonios! —oí gritar a Joel—. ¡No, Alaia, no! —Sus fuertes brazos, ese algo.

Pero ¿por qué estaba aquí? Joel era mi amigo de la infancia, uno de los pocos que no me juzgaba y seguía a mi lado a pesar de todo.

—Abre los ojos, Alaia, te pedí que me llamaras si volvías a sentirte mal. ¿Por qué me haces a un lado? —susurraba mientras me acunaba y besaba mi cabello.

Su calidez era algo increíble, nunca había sentido nada igual. Demasiadas pérdidas y ninguna ganancia, error tras error y no hallaba salida. No podía arrastrar a Joel a mi infierno, él no se merecía esto, él merecía que alguien lo amara como el hombre que era, y yo ya estaba demasiado dañada para hacerlo.

El aroma a café llegó hasta donde estaba y despertó mis sentidos. Aún me costaba abrir los ojos, o simplemente y no quería hacerlo, no quería ver a mi amigo cuidando nuevamente de mí, no quería sentirme feliz y valorada por él, no lo merecía. Quería que se fuera, que se alejara antes de que…

—Ya deja de pensar y abre los ojos, Alaia —habló mientras secaba las lágrimas delatoras.

—No quiero abrirlos —musité.

—Quiero verlos, ver el rastro de la Alaia que conozco.

—Ya no existe, no pierdas tu tiempo.

—Existe, es real, está aquí. —Tomó mi mano y la puso en su pecho—. Mírame, Alaia, por favor.

—Voy a lastimarte. Si él sabe que estás aquí, te matará. —Negué con la cabeza y me separé de él.

—No dejaré que lo haga, te lo he dicho mil veces, Alaia, ¿por qué no confías en mí?

—Porque no, él no me dejará en paz, me lo ha dejado claro las veces que intenté alejarme de él.

—Así como anoche... —soltó apretando los dientes—. Amiga, tu espalda... vi los moretones en tu entrepierna y tu rostro. ¡Con un demonio, Alaia!, ¡abre los putos ojos y mírame!

Su grito no me asustó, no me dolió como los de Dean, los de Joel eran un llamado, un grito desesperado para que dejara de sufrir, era mi bote salvavidas, era mi salvación, pero el miedo me cegaba, el terror me consumía, sabía bien lo que Dean era capaz de hacerle. Aun así, esta vez era diferente, su voz poco a poco iba dándome fuerzas y comencé a abrir los ojos. Allí lo vi, esos hermosos ojos negros, pero las lágrimas los estaban cristalizando esta vez, su ceño fruncido y sus labios gruesos temblaban. Lucía demacrado, como si no hubiera dormido en toda la noche. La verdad es que ni siquiera tenía idea de qué día era.

—Sálvame, Joel —susurré dejando caer mis lágrimas mientras tomaba su rostro entre mis manos.

—Confía en mí —dijo tirando suavemente de mi cintura, rodeándome con sus brazos—. Confía en mí, por favor.

—Tengo miedo, él nos matará, Joel —confesé al fin.

—No lo dejaré, Alaia, ya basta de tenerle miedo. Él es fuerte, pero yo también lo soy. Y tú… —me alejó y levantó mi rostro con sus manos— eres la mujer más fuerte del planeta, solo has perdido el rumbo.

Capítulo 2

Comenzaba a creer en él, comenzaba a creer que todo podía cambiar cuando unos golpes en la puerta me hicieron volver a la realidad. Joel sintió cómo me tensaba entre sus brazos y besó mi cabeza haciéndome saber que no me dejaría. Los golpes se volvieron patadas y gritos de Dean intentando entrar al apartamento.

—Cambié las cerraduras mientras dormías —explicó de repente. Lo miré confundida y entendió mi duda—. Fueron dos días, Alaia.

Acunó mi rostro entre sus manos haciendo que lo viera a los ojos. Pasé mis manos por su alborotado cabello negro intentando peinarlo, él cerró los ojos ante mi gesto y volvió a acercarme y abrazarme con más fuerza que antes.

—¡Abre la puerta, maldita zorra! ¿Qué?, ¿tu amante de turno está contigo? —gritaba sin parar Dean del otro lado de la puerta.

El teléfono comenzó a sonar, al ver la luz en la pantalla y su nombre, se me estremecía hasta el último milímetro de piel. Terror, esa palabra definía lo que sentía por él.

—Sí, llegó el día, señor. Está aquí. Bien, espero. —No pude entender mucho de aquella corta charla que mantuvo por teléfono Joel—. Espérame aquí, no salgas por nada del mundo.

—No, es una locura, Joel. No me dejes, no salgas, por favor —supliqué colgándome de sus brazos.

—¿Confías en mí? —susurró muy cerca de mis labios.

—Con todo mi ser.

—Volveré por ti —susurró. Presionó suavemente sus labios sobre los míos y se alejó hacia la puerta—. Cierra todo y no abras, ¿entendido?

Solo pude asentir y, sin más, salió del apartamento. Corrí hasta la puerta y eché llave de inmediato. Oí los pasos de Joel alejarse y luego un silencio que en lugar de tranquilizarme me ponía aún más temerosa. Fui hasta la ventana que daba a la calle a verificar que no estuvieran peleando o que algo hubiera sucedido con Joel, pero la calle estaba tan desierta como en tarde de domingo.

“Volveré por ti”, “Confía en mí”, aquellas palabras valían más que cualquier declaración de amor.

¿Amor? ¿Joel? Caí de rodillas junto a la ventana con mi rostro entre las manos. No, no podía ser. “Estoy aquí”, “No te dejaré”, sus palabras de apoyo, pero no podía ser, yo lo alejaba de mí, lo quería lejos de mí. «Querías protegerlo».

—Joel, Joel —comencé a repetir su nombre sin darme cuenta de que ya había abandonado el apartamento para ir a buscarlo.

Bajé los escalones de dos en dos, iba descalza, el frío piso del edificio me estremecía cada vez más. Quería verlo, saber que estaba bien, quería que terminara esta maldita pesadilla de una vez, quería ser feliz.

—¡Jo...! —alcancé a gritar saliendo del edificio antes de sentir una mano sostenerme del brazo y otra tapar mi boca.

—Mira nada más, si hasta te preocupas por el maldito imbécil. Ahora despídete, querida Alaia, observa bien el cielo, es la última vez que lo harás.

—¡Alaia! —el grito ahogado de Joel fue lo último que oí.

El sonido de dos disparos retumbó en el silencio de la calle y acabó con cualquier rastro de tranquilidad que pudiera haber. La mano de Dean fue perdiendo agarre y en un segundo sentí como su cuerpo caía tras de mí.

—Alaia... —Volví la vista hacia donde Joel se hallaba y lo vi acercarse veloz hasta mí.

—Joel, yo... —Me tomó de los hombros y fijó sus oscuros ojos en los míos.

—Te dije que confiaras en mí, que volvería por ti. —Una sonrisa leve se dibujó en su rostro.

—Lo sé, pero no podía permitir que te hiciera daño por mi culpa.

—Mi Alaia, no tengo miedo de sufrir para que tú seas libre al fin —sentenció abrazándome.

Correspondí su abrazo y al fin después de tantos años pude corresponder a su amor. No sabía si acabaría como yo esperaba, pero luego de cinco años de maltratos y violencia por parte de Dean, creí que me lo debía a mí misma.

—¿Joel? —Sentí su respiración más agitada y su cuerpo recargarse sobre el mío.

—Siempre te amé, Alaia —susurró cayendo sobre sus rodillas.

—¿Joel?

Fui presa de los nervios en un segundo, levanté su rostro y una cálida sonrisa adornaba sus pálidos labios. Busqué ayuda con mis ojos y a lo lejos vi que una persona con chaqueta blanca se acercaba hasta nosotros.

—Sálvelo, por favor —repetía mientras otra persona me separaba de él.

—Lleva a la mujer a la ambulancia, controla su estado —dijo al que me tenía entre brazos.

Fijé mis ojos en Joel y vi su abdomen cubierto de sangre, ¿cómo no me había dado cuenta? Bajé la mirada hacia mis manos, estaban manchadas, al igual que mi ropa. Comencé a temblar como una hoja, no quería perderlo, no podía, lo amaba, tardé demasiado en darme cuenta, lo que tanto buscaba siempre estuvo allí, junto a mí, y ahora lo necesitaba más que a mi vida.

—¡Joel! —grité y salí del estado de shock en el que estaba.

Capítulo 3

Intenté zafarme del paramédico que me sostenía y llegar hasta donde atendían con urgencia a mi salvador.

—¡Lo prometiste, Joel!, ¡volverías por mí, pediste que confiara en ti! ¡Regresa, Joel! —gritaba desesperada hasta que un piquete en el brazo me hizo volver la vista hacia quien me sostenía y vi cómo se deshacía de una jeringuilla.

—Es por tu bien, te calmará y dejarás que ayudemos a tu novio —gruñó ante mi actitud.

—Solo tráigalo de regreso, por favor —sollocé cayendo de rodillas al frío asfalto.

—Necesitas descansar, anda, vamos.

Se inclinó hasta quedar a mi altura y ofreció su mano, la acepté y me condujo hasta la ambulancia. Prácticamente adormilada, subí a la camilla y al hacer efecto el calmante caí rendida ante el agotamiento.

Un sonido lejano llamó mi atención, parecían golpes, estruendosos golpes. Abrí los ojos y la oscuridad me rodeaba, toqué alrededor e intenté incorporarme lentamente, ya que aún me sentía muy mareada y agotada. Solo llevaba una bata de hospital y estaba descalza, el frío piso me lo recordó haciendo que mi cuerpo temblara al sentirlo.

—¿Qué pasa? —me pregunté frotando mis brazos y comencé a caminar hacia la puerta de lo que suponía era la habitación.

Al abrirla, el aroma a hospital me llenó por completo. El lugar se encontraba en penumbras, las paredes estaban descuidadas y cubiertas por humedad. «Esto no es nada normal». Joel, tenía que encontrarlo. Apresuré el paso y el llanto de un bebé hizo que me detuviera frente a una habitación. El llanto del bebé era desesperante y la curiosidad pudo más que mi fuerza de voluntad. No contaba con ver aquella imagen frente a mí.

—¡No la quiero!

—Hija, es tu bebé, tu hija, te necesita.

—¡Que no la quiero! —volvió a gritar haciendo que la señora con la niña se alejara de ella.

No podía comprender tanto odio hacia un ser tan pequeño e indefenso como ese bebé, aunque fue algo ya conocido para mí. Quedé con la vista fija en aquella mujer que seguía gritando enajenada. Al pasar a mi lado, la enfermera, con la niña en brazos aún llorando, consolaba a la pequeña con rizos rubios envuelta en una manta bordada color rosa.

—Todo va estar bien, cariño, vamos a alimentarte y calmar ese llanto —sonreía mientras hablaba.

Me acerqué lentamente hasta la cama en la que se encontraba la mujer llorando desconsoladamente e intenté abrazarla, pero se apartó de mí. Al retirar el negro cabello que cubría su delgado rostro, no pude contener el jadeo por el asombro.

—Es tu culpa, todo esto es tu culpa, ¡asesina! —Cubrí mi boca con las manos al ver de quién se trataba y comencé a alejarme.

—¡Largo de aquí, asesina!

—Mamá, yo...

—¡Vete! Déjame en paz de una vez —volvió a gritar.

Continué caminando hacia atrás hasta que tropecé y caí. Aún con las manos cubriendo mi boca y las lágrimas cayendo por doquier, me levanté tan rápido como pude y salí disparada de allí. Aún oía los gritos de mi madre, ¿cómo era posible haber visto aquello? No lo sé. Continué corriendo por los pasillos oscuros del hospital intentando limpiar mis lágrimas para poder ver mejor. Entre llanto y llanto, no pude esquivar el carro cargado con instrumentos que estaba frente a mí.

—¿Señorita? —una tierna voz llamó.