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"Me gusta leer las historias de Unamuno porque me atrapan sus personajes de boca floja y ruda. Le pongo Seguir a este nuevo libro de uno de los escritores más interesantes de este siglo, porque no es políticamente correcto, pero sin volverse torpemente provocador o, peor, vulgar. Hago clic en el corazón de estos cuentos, porque en sus narraciones no hay anécdota circunstancial o paisaje de costumbres, sino que siempre asistimos al desarrollo de un plan, como en las novelas de Roberto Arlt. Así escribe Unamuno, quien no precisa fingir literatura, sino que la escribe y esto lo vemos en la complejidad de los diferentes narradores que utiliza, aunque con una invariante: el relato corre con prisa, mientras leemos tenemos la sensación de que algo vertiginoso nos lleva hacia adelante, pero la mirada narradora no se apura y se detiene en cada pincelada, casi como una fuerza contraria" (Del prólogo de Luciano Lutereau).
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Seitenzahl: 196
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Unamuno, Gonzalo
Contactos bloqueados / Gonzalo Unamuno. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-950-556-924-3
1. Literatura Argentina. 2. Cuentos. I. Título.
CDD A863
© 2023, Gonzalo Unamuno
© 2023, RCP S.A.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
ISBN 978-950-556-924-3
Digitalización: Proyecto 451
Primera edición en formato digital: febrero de 2023
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Diseño de la colección: Pablo Alarcón | Cerúleo
Diagramación del interior y de tapa: Pablo Alarcón | Cerúleo
Foto de tapa: istockphoto - MF3d
Foto de contratapa: Carlos Aguilar Uriarte
Porque la libertad, me han dicho, no es más
que la distancia entre el cazador y su presa.
Bei Dao
La familia es una patología
que te acompaña toda la vida.
Por eso pongámosla en la heladera
para que no se pudra.
Fabián Casas
PRÓLOGO
Sexo, drogas y redes sociales
Por LUCIANO LUTEREAU (1)
Me gusta leer las historias de Unamuno porque me atrapan sus personajes de boca floja y ruda. Le pongo Seguir a este nuevo libro de uno de los escritores más interesantes de este siglo, porque no es políticamente correcto, pero sin volverse torpemente provocador o, peor, vulgar. Hago clic en el corazón de estos cuentos, porque en sus narraciones no hay anécdota circunstancial o paisaje de costumbres, sino que siempre asistimos al desarrollo de un plan, como en las novelas de Roberto Arlt.
Unamuno pertenece a la filiación arltiana, según la cual la realidad es dura, canalla y de innecesaria crueldad. A la literatura le sobran las palabras bonitas; escribir no es poetizar el lenguaje, sino llegar a la carne de las cosas, a la sangre derramada para el perdón de quienes no pueden arrepentirse. Esto es lo que encontramos en Unamuno: pasión, la de personas que están dispuestas a llegar hasta el clímax de su sufrimiento, sin redención. El sexo y las drogas son apenas las figuras para explicitar el trasfondo criminal que habita al ser humano, menos por maldad que por desgracia ajena.
Ahora bien, ¿qué pasó con nuestra realidad desde que la virtualidad vino a duplicar el campo de nuestras acciones posibles? O, mejor dicho, a reemplazarlas. ¿Quién puede hoy decir que su identidad es verdadera? ¿De qué manera se amplificaron nuestros vínculos desde que tenemos la posibilidad de espiarnos, grabar un audio desde un lugar en el que no estamos, haciéndole creer al otro que estamos en otra parte, bloquearnos, ghostearnos, etc.? A lo que se suma la chance de extorsión, ciberdelito y pornovenganza. Recuerdo que, en el cambio de milenio, con el auge de las telecomunicaciones se anticipaba un mundo en que la conexión abierta facilitaría los intercambios; pero como ya lo dijo Leonard Cohen: I’ve seen the future, brother. It’s murder.
Ahora dos cuestiones de estilo que no quiero dejar de likear. Por un lado, Unamuno es un genio de la descripción. Por momentos tiene elementos de la crónica periodística, o más bien del informe policial, que lo acerca a lo mejor de Rodolfo Walsh (o a la impasibilidad de Ricardo Piglia), que hacen que cada detalle se vuelva significativo, sin necesidad de gestos ampulosos y un desborde emocional. Las cosas se cuentan donde se las ve y tal como se las ve, como en una canción de Gustavo Cerati: “Las tazas sobre el mantel. La lluvia derramada. Un poco de miel. Un poco de miel no basta”.
Así escribe Unamuno, quien no precisa fingir literatura, sino que la escribe y esto lo vemos en la complejidad de los diferentes narradores que utiliza, aunque con una invariante: el relato corre con prisa, mientras leemos tenemos la sensación de que algo vertiginoso nos lleva hacia adelante, pero la mirada narradora no se apura y se detiene en cada pincelada, casi como una fuerza contraria.
De este modo, la tensión es una constante en estos cuentos; por otro lado, Unamuno es un maestro del desenlace. Sus relatos no terminan, sino que estallan en el final. Es como si fuésemos en un auto a toda velocidad y, de repente, ante un paredón no quedase más remedio que clavar el freno de mano y volantear para quedar, después de un golpe en la parte trasera, frente a un nuevo cuadro y un horizonte ampliado.
Sexo, drogas y redes sociales. Paternidad sin consentimiento, Trastorno límite de la personalidad y aplicaciones. Por esta vía podríamos seguir realizando variaciones de esos tres términos que desplazan una época en que el rock n’ roll ya pasó de moda. El rock está muerto y nosotros somos los hijos de una nueva generación perdida, aturdida y abrumada en la falta de fe, sin revoluciones por delante, apelmazada con psicofármacos, después de haber querido derribar todas las estructuras y que se nos cayeran encima.
Por eso me emociono con estos cuentos de Gonzalo Unamuno, porque a pesar de la dureza, no pierde jamás la ternura. Nadie nos prometió un jardín de rosas, no tenemos misión, alrededor todo es corrupción y basura, ¿pero eso quiere decir que no hay salvación? A través de ese misterio que es la literatura, después de leer Contactos bloqueados uno siente que algo adentro de uno se destrabó y es capaz de pensar que la vida no tiene sentido, es cierto, pero no por eso es absurda e injusta.
Esto es todo cuanto tengo para “compartir”. Send.
Febrero, 2023
1. Luciano Lutereau es psicoanalista y escritor. Doctor en Psicología y doctor en Filosofía. Autor y compilador de más de veinte libros.
Nueva difusión
I
Se trata de personas que no querrían conocer. A una de ellas, Froilán Sasuolo, en los apestados días de su infancia, su madre le dijo que alguna vez, cuando fuese adulto, iba a comprobar por sí mismo que la gente millonaria se aburre soporíferamente y, más que cualquier otra cosa, solo habla estupideces. ¿Suele hablar estupideces? preguntó entonces él, creyendo haber entendido mal, buscando hacer gala de una dicción y de una reinterpretación impropia para alguien de su edad. No, reafirmó su mamá: solo habla estupideces.
—¿Y eso por qué? —preguntó el niño Froilán, sin importarle el significado de la eventual respuesta.
—Porque es lo que hacen quienes creen tener más certezas que dudas —respondió ella, haciendo una magra adaptación de una frase que alguna vez escuchó le atribuían a Aristóteles, y desde entonces deformó a su favor para soslayar su ignorancia y sus falencias educativas, desorientando a su hijo, que era incapaz de asimilar lo que acababa de oír.
Incluso así, a Froilán le pareció un haiku berreta, una vaga explicación que no lo satisfizo y que adjudicó, aun a sus doce años, a la segunda botella de vino que veía descorchar a su madre antes del almuerzo. Sin embargo, siete años después, ese domingo de diciembre, no dejaba de pensar en aquella sentencia dado que llevaba horas comprobando cuánto de verdad encerraba en sus aires de refrán, aunque no por eso había arruinado el paseo en yate y la fisonomía de ese hombre a riesgo de sufrir represalias de cualquier índole. Sabía muy bien por qué lo había hecho —su naturaleza jodida, indómita— e incluso meses antes, cuando con su cómplice acordaron inaugurar el barco junto a un invitado de fuste, ya ansiaba que el pánico y la violencia fuesen las geografías del desenlace y no lo que se habían propuesto, en principio y en teoría, lograr: una extorsión exitosa, sin altercados, mediante la que se devolviese la suma exacta de dinero que le robaron al padre del dueño del barco hacia fines del año 2002.
El yate a estrenar consistía en la última adquisición opulenta de Tomás Presler —de los escasos conocidos de Froilán y veinte años mayor que él—, una belleza aerodinámica de treinta metros de eslora capaz de alcanzar una velocidad de ciento diez kilómetros por hora incluso sobre aguas bravas, con cuatro camarotes de lujo que contaban con aire acondicionado, wifi, refinados sommiers y Smart Tv, tres baños completos, cocina amplia, sala de estar que cualquier departamento palermitano envidiaría, cubierta de popa con piscina, ducha, parrilla náutica, techo plegable y automático, y un entrepiso para deleitar la vista o arder al sol. Tener, tenía de todo, pero lo cierto es que a Tomás no lo estimulaba navegar en él. Lo había comprado con un notorio desinterés y por un precio muy inferior al del mercado debido a las ansias de su anterior dueño por sacárselo de encima e irse a vivir al exterior, hecho que le valió la enemistad de su padre y la de buena parte de su familia. Y lo hizo a solo título de seguir presumiendo y despistando a su entorno social sobre su supuesto éxito como bróker inmobiliario, epíteto bajo el que se definía cuando alguna gente se asombraba por su capacidad adquisitiva y dudaba a qué atribuirla, porque sabían hasta qué punto su padre era un tacaño y tampoco creían verosímiles las fábulas de sus inversiones en criptomonedas, en tokenización de inmuebles, o en startups sin actividad comercial alguna.
Lo cierto es que había, para sus fines, mucho atractivo en el universo de lo náutico: fama de inaccesible, de complejo, de remoto. De la gente con la que se rodeaba en su día a día, ninguna tenía idea de cuánto podía llegar a costar un yate, cuánto mantenerlo, cuánta nafta cargaba o qué autonomía manejaba, ni mucho menos qué tipo de licencia o de permisos eran los necesarios para poseerlo, cuál era el costo de la cochera o la guardería náutica, cuál el del mantenimiento general. Nadie sabía nada al respecto, pero todos lo atribuían a alguna clase de poder, lo que, a Tomás, le parecía un justificativo más que suficiente, acaso el único válido de esa inversión absurda, sin sentido aparente.
II
Froilán Sasuolo tenía diecinueve años. Era una porquería de persona, aunque brillante en lo suyo. Decía trabajar desde su casa como hacker ético para la ciberseguridad de un banco extranjero con sucursales en el país, —que le facilitaba teléfonos y computadoras de último modelo—, y que le permitía vivir como se le daba la gana.
Su labor consistía en proteger con máximo hermetismo la integridad de la base de datos de la entidad bancaria mediante la generación constante de contraseñas que la blindasen de cualquier intento de vulnerar su sistema operativo y sus aplicaciones. Pero esto no le llevaba más que unas cuatro horas al día —treinta personas más se ocupaban de lo mismo, alternadamente—, motivo por el que disponía de eso que se entiende por mucho tiempo libre. En ese tiempo, además de salir a correr y de ver pornografía hardcore, hacía de stalker, de sabueso en las redes sociales, apilando información valiosa sobre muchísima gente, como si temiese verse obligado a soltar una inminente represalia universal que nadie le requería. Esa manía por acumular datos sobre vidas ajenas había empezado como un hobby, pero a esa altura de su vida ya era un oficio demandante que le generaba muchísimo disfrute, y consideraba que nadie era capaz de hacerlo tan bien como él.
La obsesión de Tomás, igual o más enfermiza que la de Froilán, era distinta, pero complementaria. Aunque gozaba de un cargo jerárquico en la empresa constructora de la familia, —que le habían inventado para que tuviese ingresos y una pantalla digna ante la sociedad—, no trabajaba ni hacía acto de presencia, y dedicaba la mayor parte de sus días prendado al celular. Tenía cientos de miles de seguidores en su cuenta en redes sociales, donde no figuraba con su nombre verdadero y donde solo mostraba la exuberancia con la que vivía. Desde ella obtenía los recursos para llevar adelante su pasión por extorsionar gente de su entorno, cuyo aparente éxito estuviese labrado a base de una identidad digital falaz y sin más sentido que el de alienar un ego atomizado desde la infancia. Rastreaba a ese tipo de personas, las conociese personalmente o no, las estudiaba, y entonces empezaba a tejer la red para sustraerles cuanta información comprometedora pudiese. Consciente de que uno nunca es tan fuerte como la imaginación de un adversario, una vez que lo conseguía, probaba de amedrentar a la persona, llevarla a cualquier límite, siempre con el fin de interrumpirle la actividad que estuviese desarrollando, de dañarle la imagen pública o la relación privada, de banearle la cuenta, de perturbarle el negocio, la familia, la emocionalidad, la salud mental. No carecía de intuición y prestaba demasiada atención a los detalles. Su modus operandi —mucho más primitivo que el de Froilán— no tenía nada de exclusivo por fuera de su talento para la indagación, algunas técnicas puntuales, y su capacidad de camuflaje. Todo su accionar se basaba y se sostenía íntegramente en las nimiedades que bien pueden estropear una vida en tiempos de hiperconectividad: escraches mediante capturas de pantalla, diálogos editados, divulgación de rumores falsos o injuriantes, denuncias ignotas, hostigamiento físico, acoso verbal, robo o suplantación de identidad, etc.
¿Y por qué causas o motivos dedicaba tiempo a fines tan mediocres y riesgosos? Él ya no se hacía esas preguntas. Ni siquiera se consideraba un resentido, aunque se sabía un melancólico, y estaba convencido de que todo se debía a la influencia que Jorge, su padre, seguía ejerciendo sobre él.
Jorge era un reconocido empresario del rubro de la construcción y del real estate, y un fabulador enfermizo, que había hecho circular, a lo largo de toda su vida, cualquier tipo de rumores entre quienes conformaban su entorno: que a tal le gustaban los pendejos, que tal vendía droga, que tal era yeta, que tal era adicto a la pornografía. Lo cierto es que su hijo se manejaba con la misma falta de escrúpulos, pero la usaba para desentrañar las apariencias y hacer sentir a la gente como lo que él percibía que en verdad era: una impostura, un embauque, un holograma. Por eso, ahora que tenía la obligación de desenmascarar a una y además quitarle dinero que le correspondía a él, le sería sumamente funcional contar con alguien con los atributos de Froilán. Eran demasiados. Parecía dócil si se lo sabía llevar, hermético y criterioso, pero además, o sobre todo, era bestial en la dark web, podía infringir cualquier disco duro, software, cuenta, o página web que se propusiese y, desde los trece años se dedicaba a ello, contaba con más de cuarenta perfiles creados y en activo en las redes sociales, listos para utilizarse con cualquier fin.
En cada cuenta, ya fuese primaria, secundaria u aleatoria —así las dividía— encarnaba un personaje de una integridad absoluta, consistente, y, aun si se lo indagaba con ojo clínico, era difícil advertirle la falla, el resquicio que avalase una sospecha sobre su simulación. Sabía ensamblar fotos, fundar infancias y familias inexistentes, generar marcos idóneos que no admitiesen fisura en los breves relatos con que acompañaba las imágenes y las poblaba de ficciones inusitadas, narradas con peculiar inteligencia, con deliberada malicia. Sabía hacer, sin revelar su identidad, reels y videos con cualquier clase de contenido —cocinando, por ejemplo, o tumbando muñecos de nieve—, muchos de los cuales llegaron a ser virales. Tenía sus reglas, su disciplina. Solo en contadas ocasiones se permitía diálogos por privado, excesos de interacción o de intimidad. Era coherente con cada posteo, encadenaba el contenido de las fake lifes como un continuista experto capaz de lograr una estética infalible para cada cuenta. Disponía de programas y aplicaciones que solo circulaban en el acotado mundo de los hackers para rastrear los movimientos de quien se propusiese. Agendaba las fechas de los cumpleaños de todos sus personajes, los aniversarios, las efemérides. A cada cual le confería un lenguaje particular, distintivo, una identidad casi siempre abstracta que reforzaba con sus programas de respuestas relacionadas de inteligencia artificial. Bien podía ser un viajero japonés, un granjero alemán, una azafata costarricense, un activista queer, una yogui australiana, un cosplayer mexicano, o una ambientalista serbia. Su única condición indeclinable era mantener la distancia geográfica de la cuenta en la que figuraba respecto de las de sus seguidores y seguidos. Sabía la importancia de lucir inalcanzable, de habitar, por ejemplo, alguna ciudad estrambótica con paisajes en los que él luego se iría añadiendo, y que amputase de cuajo la posibilidad del encuentro cara a cara. Sin embargo, prefería la interacción virtual con gente cercana, a la que pudiese, llegado el momento o el justificativo, dañar y ser testigo del daño. En su material de archivo guardaba miles de capturas de pantalla con conversaciones privadas, historias, likes dados y recibidos, (propios y ajenos) comentarios, arrobas, hashtags. No perdía pisada del manejo, del ritmo, la constancia que cada quién poseía en las redes. Estaba al tanto de quién tenía qué engagement o alcance, si era fandom y de qué, quién hacía follow back, a qué horarios lo hacía y también a qué horarios decía qué cosas, con qué enjundia o con qué abandono, a raíz de qué tipo de situaciones, ya fuesen personales, segmentadas, o de interés general. Estudiaba la veracidad de fotos y videos, la calidad de los filtros y de las cámaras, la saturación final, el ojo de quien fotografiase o filmase, el pulso, la descripción al pie de la imagen o la ausencia de la misma. En cuestión de segundos, por una práctica secreta que siempre se negó a revelar y que en principio solo nació para detectar bots, sabía quién compraba seguidores, si lo hacía con disimulo o con arrebato, quién usaba la cuenta para fines recreativos, quién para hacer dinero promoviendo sus emprendimientos, quién para ligar canjes y promociones, quién para sentirse alguien en un mundo, o quién para no morir de aburrimiento.
Sobre escenarios artificiales y siempre difíciles de ignorar, hacía reels que lo mostraban desde corriendo en un parque hasta nadando en un lago en invierno. Programaba historias para que se fuesen subiendo de manera automática dependiendo de los husos horarios del hemisferio en que supuestamente se hallaba. Era tal la constancia y la eficacia que había desarrollado que, de un solo vistazo, se podía dar una idea no solo de la salud psicológica y económica de la gente con la que interactuaba, sino que también conseguía entrever eso que suele no quererse mostrar y aquello que busca magnificarse. Viajes, ideologías, amistades en común, memes, temas random o tendencias, viralizaciones. Lo absorbía todo.
Operaba desde un departamento en el Bajo Belgrano, donde también vivía y, por curioso que pueda parecer, nunca había salido del país, carecía de toda experiencia con gente de otras latitudes, pero como gustaba decir, emulando a Silvana, su madre, y citando mal a Terencio —aunque no tenía idea de quién había sido— nada de lo humano le era ajeno.
III
Froilán y Tomás se habían conocido de noche, meses antes, en un bar semivacío y próximo a su horario de cierre, donde ambos tomaban en solitario y donde tardaron poco en entrar en contacto. Aunque con la mesura propia de los perturbados, sintieron una imantación instantánea, una conexión simétrica. Sin embargo, la confianza tardó en hacerse lugar. Tuvieron varios encuentros que siempre se dilataban hasta la madrugada, en los que por lo general evitaban hablar de sus intimidades, pero fue recién al séptimo de ellos cuando, estando en el balcón de su casa, Froilán le contó durante más de una hora y abundando en detalles que, por fuera de lo laboral, se dedicaba a la recopilación exhaustiva de datos de la vida de otras personas, todo ello mediante una multiplicidad de personajes que interpretaba a través de una cantidad exorbitante de cuentas apócrifas en las redes sociales, y con una consagración de horas diarias que rozaba lo esquizoide. ¿Y con qué finalidad? Eso no lo dijo.
Tomás quedó hechizado por lo que acababa de oír, en estado de pálpito. Enseguida supo o creyó saber que Froilán era la persona indicada para acompañarlo en el plan de redención económica que tenía en mente. Hasta llegó a considerar la situación como un mandato para decidirse de una vez y, si bien lo embelesó todo el súbito alardeo de delirio y estupidez de Froilán, no terminó de creerle. ¿Cómo podía ese pendejo resultar la contracara de lo que hasta entonces había dicho ser, y que él, un tipo veinte años mayor, no hubiese advertido siquiera un indicio? Por un lado, sentía que la inaudita casualidad de que se hubiesen encontrado no podía carecer de una significancia ulterior, trascendental, y posiblemente lo que acababa de oír le estuviese dando la razón. Por el otro, le parecía demasiado dudoso. De todas formas, Tomás habló.
En pose de predominio le contó quién era en verdad, hijo de quién, cómo era la suerte de secuestro extorsivo al que llevaba meses dándole vueltas para recuperar cuál suma de dinero y bajo qué métodos. Tampoco quiso ser menos en el pavoneo de sus atributos virtuales, y aseguró considerarse a sí mismo un stalker, aunque, a diferencia de Froilán, con propósitos más precisos y conocimientos más acotados. Dejó en claro que, de liquidar unos pormenores, le restaban pocas semanas para activar el engranaje y llevar a cabo el plan. Recién entonces le hizo la propuesta formal de trabajar como dúo para la ocasión. Vale la pena, juró, a modo de cierre. Froilán estuvo de acuerdo sin poner objeciones, sin siquiera hacer una pregunta al respecto, como si no quisiese saber de qué le hablaban y se dejase arrastrar por la indolencia. Esto desconcertó a Tomás, pero lo que principalmente no entendía era el hecho de que Froilán hubiese asegurado no haber obtenido ni buscado jamás un rédito económico con su dedicación paralela —algo inconcebible para el razonamiento de Tomás, y lo único que podía ofrecerle a cambio— alegando que solo se trataba de una manía extrema por la compilación de datos, por el poder que confiere el saberse dueño de tanta información.
—Dos cosas —dijo Tomás a cierta altura de esa noche.
—Te escucho, pero entremos y tomemos algo —contestó Froilán, que empezaba a sentir frío en el balcón.
Ya adentro, sobre el vidrio de la mesa ratona, peinaron dos rayas de cocaína y las aspiraron. Se sirvieron cerveza.
—Me decías…—retomó el diálogo Froilán.
—Sí, dos cosas. La primera: ¿hasta dónde estás dispuesto a secundarme en esta trama? —preguntó Tomás.
—No fuiste claro. No me dijiste cuánta de esa guita me correspondería, ni qué clase de riesgos puedo correr.
—Pero dijiste que sí como un idiota.
—Para no desentonar.
—De guita, el 30%. Riesgos, me voy a encargar de que ninguno. El posible, que esta persona nos quiera coger cuando la conozcamos. Aunque es parte de la idea.
—No hay problema con eso. ¿Y en qué consistiría mi trabajo?
Tomás, enervado por la cocaína pero molesto por la presunción con que Froilán respondía, al fin le explicó de qué iba la cosa. El plan devenía de un pedido expreso de Jorge, su padre, quien llevaba meses en coma farmacológico después de sufrir un ACV y quien fue contundente al decirle, la última vez que pudo balbucear con coherencia unas palabras, que Aldo Costamagna lo había estafado y que buena parte de su herencia se había fugado en esa estafa. Naturalmente tuvo que explicarle a Froilán quién era el tal Aldo y por qué su padre había llegado a contextos tan inusuales. Dedicó unos minutos a dar pinceladas de la psicología de Aldo, de sus antecedentes tanto políticos como penales, y en base a eso le hizo un esbozo sobre qué tipo de información era la que Froilán debía sustraerle, con qué anzuelos y estratagemas, para qué fecha estimativa. También hizo referencia al paseo en yate que tenía pensado, lo que no era una extravagancia inútil, ni un rapto vano, sino la mejor maniobra para dejar aislado e indefenso a Aldo, dado que tenía fascinación por ese tipo de experiencias.
