Contigo encontré mi luz - Estrella Ferre - E-Book

Contigo encontré mi luz E-Book

Estrella Ferre

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Beschreibung

HQÑ 349 La compañía de un recuerdo y un vibrador no es suficiente para ser feliz. Beatriz tiene el corazón lleno de espacios vacíos, huecos helados que le ha ido dejando la vida. Ha convertido París en su particular Fortaleza de la Soledad, donde solo tiene cabida Verónica Gasques, su amiga y editora. Animada por ella, empieza a abrir su mundo oscuro a la luz de Tyler, un joven periodista, y de Tom, un actor de fama mundial. Con la ayuda de ambos comienza a explorar su mundo interior, redescubriendo su sexualidad y aprendiendo a vivir con sus particulares fantasmas. ¿Surgirá con alguno de ellos una nueva oportunidad para amar intensamente? El amor siempre llama dos veces... O tres. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 631

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2023 Estrella de los Ángeles Ferre González

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Contigo encontré mi luz, n.º 349 - enero 2023

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

Imagen de cubierta CalderónStudio®

 

I.S.B.N.: 9788411416504

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Dedicatoria

Primera parte. Marinos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Segunda parte. Aguamarina

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Tercera parte. Tonos de azul

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Epílogo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

 

Darling…

Primera parte Marinos

Capítulo 1

 

CON OTROS OJOS

 

 

 

 

Doy vueltas por el piso, concentrada en cómo los tacones impactan contra el parqué. Estaré volviendo loca a la vecina de abajo. Me detengo ante el espejo de la entrada para comprobar si el maquillaje es suave, tal y como me recomendaron. Los tonos nude y tierra se ciñen a esa idea. Me veo bien, sé que lo estoy, pero eso no calma mis nervios.

La camisa blanca almidonada y la falda de tubo gris quizá sean demasiado formales. Yo nunca estoy en casa así. Me giro para ir a mi habitación a quitarme este disfraz de reunión. Al primer paso suena el zumbido del portero y me sobresalta. Muy puntual.

—Allô?[1] —pregunto al telefonillo.

—Madame Dorado?[2]

—Oui, c’estmoi.[3] —Me tiemblan las manos, vaya imagen. ¿Quién me manda aceptar esta entrevista?

—Tyler Adler, de Visión. —Habla en castellano, empieza bien.

Aprieto el botón y oigo el leve zumbido al otro lado, supongo que ya no puedo cambiarme de ropa. Parece que viene solo, quizá tenga suerte y hoy no me hagan fotos. Echo una última ojeada a mi piso sin tabiques. Ayer pasé toda la tarde ordenándolo, pero sería muy propio de mí haberme dejado la última colada sobre el brazo del sofá, y aquel piso sin paredes no daba muchas opciones de almacenaje rápido. Oigo los nudillos contra la puerta. Es un crío, un chaval alto con falta de tres cocidos.

—¿Perdona? ¿A quién buscas? —Este niño se ha colado en el piso y se ha equivocado.

—¿Beatriz Dorado? —Me tiende la mano.

—¿Tyler Adler? —Se la estrecho.

—Sí. —Tiene un leve acento, que no parece francés. Le indico que pase—. ¿Dónde puedo dejar esto? —Levanta de su hombro un bolso que parece la funda de una cámara. ¡Es el fotógrafo! Abro mucho los ojos, me había hecho rápidamente a la idea de que no me sacarían fotos hoy.

—Entonces… ¿Y tu compañero? —Está parado delante de mí, mirándome como si yo fuera idiota porque, claramente, lo parezco.

—¿Mi compañero? —Mira la cámara, mira la carpeta que tiene en la otra mano, sonríe con la mirada—. Yo trabajo solo.

Se me escapa un amago de risa, se nota que ha soltado el cliché deliberadamente, y no tengo claro por qué me hace gracia, pero me la hace. Seguimos en la entrada hasta que consigo reaccionar y le indico que deje las cosas donde pille o le venga bien y emprendo el camino hacia la cocina.

—¿Quieres tomar algo? —Definitivamente, yo sí necesito tomar algo y, sin prestar atención a si está explorando toda mi casa, lleno la tetera de agua y la pongo al fuego justo cuando oigo un clic. Miro a mi derecha justo a tiempo para ver cómo despega la cámara de su angulosa cara.

—Perdona. Si quieres, la borro, pero si pedía permiso se habría perdido la postura. —Se acerca a mí, me ha dejado helada. No me gusta nada que me hagan fotos. Miento: No me gusta posar y tampoco quiero que nadie tenga fotos mías que yo no haya revisado.

Se pone a mi lado y me enseña la foto, como si hubiera escuchado mis pensamientos. Aparezco de perfil, con la cabeza ladeada y un pie ligeramente levantado. Me veo esbelta, ceñida con la falda de tubo que me hace unas piernas fantásticas, terminadas en mis maravillosos zapatos con tiras cruzadas en el empeine. La luz es cálida y, a pesar del vestuario de oficina, se nota natural. Tengo que admitir que ha tenido ojo. No descarto que su perfume me esté atontando. ¿Por qué puedo olerle? ¿No está muy cerca? Me mira a un par de palmos de la cara, con esos ojos marinos y semblante de absoluta inocencia, igual no tiene ni veintiuno.

—Está bien, no la borres. ¿Vas a hacer muchas?

—Creo que solo necesitan un par, pero, si me lo permites, me gustaría tener unas cuantas más para elegir. —Asiento—. ¿Mejor de improviso o posados?

—No, no, cuando poso parezco Chandler.

—¿Quién? —Mátame, camión, ¿cómo que quién?

—El de Friends.

—No te pareces a nadie de Friends… En el pelo, un poco a Jennifer Aniston. —Al menos conoce la serie. Y el pelo de Rachel…, espera, ¿en qué temporada?

—No, es por aquel capítulo en el que Chandler sale fatal en las… —Interpreto a la perfección su expresión de: «No tengo ni pajolera idea de lo que estás diciendo». Y si pudiera leerme la mente diría: «¿Quién usa ya la palabra “pajolera”?»—. Bueno, da igual. Sí, mejor si son de improviso. ¿Una taza de té?

—Sí, gracias. —Saca su teléfono del bolsillo trasero del vaquero—. ¿Te voy preguntando?

¿Cuándo hicieron a esta generación tan seguros de sí mismos? Yo estoy hecha un manojo de nervios, a pesar de estar en mi casa, dentro de mis zapatos favoritos, y aquí está este chaval, que huele a gloria bendita, paseando por mi cocina como si fuera la suya. Me pide permiso tácito para sentarse en uno de los taburetes que rodea la isla de madera natural. Asiento, y allí se pone a sacar papeles y a trastear con su teléfono.

—Cuando me digas, empiezo a grabar. —Le doy la espalda para sacar las tazas del aparador.

—Sí, claro, cuando quieras. Oigo cómo se aclara la voz detrás de mí.

—Eres la autora del momento. —Le cambia la voz, que se vuelve un poco más grave. Parece más tenso, me alegra ver que es humano. No continúa, se produce un silencio que sería total de no ser por los papeles que se escuchan contra el aire. Me doy la vuelta y veo cómo examina un papel, luego otro, después otro, y me dirige su mirada honda y aterrada.

—No sé si lo soy… —digo creyendo que quizá esa era la pregunta.

—This is horrible —dice en un susurro.

—Puedo extenderme un poco más, si te parece tan mal. —Me mira blanco como los papeles que mueve ante su cara, se le ha escapado hasta el color de los labios—. ¿Estás bien? —Se echa las manos a la cabeza y tira un poco de sus rizos oscuros, me recuerda un fotograma exacto de Mentiroso compulsivo.

—He perdido las preguntas. —Me mira con pánico mientras la tetera brama como un barco a vapor que sale de puerto. Me giro para retirarla y servir el té, que algo le calmará.

Ya le dije a Vero que no era necesario hacer ninguna entrevista, que si la novela no se vendía no pasaba nada, que era un proyecto muy personal y que la sacaba porque me insistía. No quería hacerle publicidad, tengo cinco libros en el mercado que se venden genial y nadie necesita ver fotos mías ni conocer mi trágica historia de expatriada en París. Además, yo tampoco necesito que me manden a un chaval que pierde preguntas. ¿De dónde habrán sacado a este muchacho?

—¿No tienes las preguntas en el teléfono? —A medida que él va entrando en pánico yo me voy calmando. Entiendo al pobre chico. Me parece de una incompetencia tremenda, pero tampoco le voy a machacar, menos aún, siendo como soy de despistada. Y de desastre. Y de perder cosas. De todas formas, no será para tanto; la gente de esta generación lo tiene todo controlado, y mil copias de cada cosa en todas partes.

—I’m so stupid… La imprimí en casa y estuve retocándolas en el metro. —Su acento inglés se hace más patente, no logro averiguar si es británico o americano—. Las tenía en la mano, no vi la necesidad de… —Balbucea algo que no termino de entender en un inglés a todo trapo, mientras, le pongo la taza de té delante.

—¿Tyler? —Soy buena para los nombres, pero me quiero asegurar. Él asiente—. Tyler, tranquilo, bébete el té y pensemos. Vamos a ver qué opciones tenemos. ¿Puedes volver a casa e imprimirlas otra vez? Yo no tengo nada hasta las cuatro. —Miro el reloj, son las once y media, puedo cancelar la cita con Vero para comer, pero luego vendrá para llevarme de las orejas al evento de la editorial. Ese evento que no sé de qué va, pero al que me ha insistido que tengo que ir sí o sí.

—Vivo a una hora de aquí, con los horarios de metro… Podría estar de vuelta a las dos, pero a las cinco tengo que enviar el borrador y no llegaría a casa hasta las…

—Vale, esa no es una opción. ¿Alguien que te las pueda enviar? —Niega con la cabeza—. Las has estado repasando en el metro, has empezado sin leerlas… ¿Seguro que no te acuerdas? Improvisa, seguro que puedes.

Se muerde ambos labios, provocando que las facciones de la cara se le marquen aún más. Entiendo su desesperación, y casi no me molesta, pero puede ser porque estoy centrada en mirar la tensión de los músculos de su cuello y sus hombros, que se marcan bajo la camiseta.

—In my first interview, well done!

—¿Esta es tu primera entrevista? —Esto es peor de lo que pensaba. Un novato. Se suponía que era una entrevista importante.

—Para Visión, sí. He trabajado para otros medios, pero necesitaban a alguien que estuviera disponible hoy, hiciera fotos, que pudiera hacer la entrevista en español y traducirla al inglés y al francés, y que enviara el borrador hoy mismo, porque tiene que salir este domingo.

No hay ni una gota de reproche en su voz, pero está claro que la culpa es mía. He tenido una agenda de locos y, además, tengo unas exigencias complicadas. Me manejo en inglés y en francés, pero solo me defiendo; siempre evito que me entrevisten en otros idiomas para no decir alguna burrada. Ya me han insistido en que es una cuestión de inseguridad, pero mientras se pliegan a mis exigencias, bien, y cuando no lo hacen, me ahorro fotos, entrevistas y molestias. Le doy un trago al té ahora que estamos empatados en culpabilidad.

—¿Alguna opción? ¿La hacemos por teléfono? —Espero que diga que no. Prefiero que me claven astillas bajo las uñas.

—Había redactado unas preguntas muy al uso, eso lo recuerdo. —Se rasca la coronilla y algo en ese gesto me resulta adorable, quizá sea el músculo del brazo, que expone sin ningún tipo de pudor. ¿Por qué iba a tenerlo? Bebe un trago de té y me fijo en su nuez y en su pecho al hincharse cuando respira hondo, se marca ligeramente bajo la fina camisa de algodón. En cualquier momento se va a sentir violento por el estudio pormenorizado que estoy haciendo de cada una de sus curvas.

—¿Por qué París? —me dispara de repente.

—¿Cómo? —Me sirvo otra taza y aprovecho para darle la espalda y dejar de mirarle de esa manera tan invasiva.

—¿Por qué te trasladaste a París? No es la primera vez que me lo preguntan, así que despliego mi respuesta tipo:

—La verdad es que yo también me lo planteo. Mi idea principal era irme a una ciudad más grande, pensé en Madrid o Barcelona. Era lo lógico: Ciudades grandes, bien conectadas, que es lo que me faltaba en Almería. Vuelvo siempre que puedo, pero las conexiones allí son terribles y todo se estaba moviendo bastante. Mi editorial principal está aquí y, en una de las visitas…, esta casa estaba a la venta. Cuando veníamos nos quedábamos en aquel hotel de enfrente. —Señalo hacia el otro lado de la casa, la primera habitación que ocupamos da directamente a las ventanas de mi casa. Recuerdo estar tumbada en la cama y ver este piso diáfano, que parecía un estudio de arte, con los pilares al aire y el techo de molduras, y pensar que era un lugar maravilloso para vivir—. No diré que me pareció una señal, pero me pareció una señal. —Él sonríe, con toda la cara—. Y, bueno, es París, está bien conectada, que era lo que buscaba. —Me encojo de hombros pensando en quién me abrazaba en esa habitación de hotel que veo desde aquí y todavía me pincha. Noto el peso de su brazo en mis hombros.

—En el edificio en el que vivió Bizet.

—Exacto.

—Que compuso Carmen. —Sonríe y me lo contagia.

—No se me escapa que un señor que vivió en este edificio compusiera una obra sobre una española, como yo. Bueno, como yo, no, que yo soy mucho mejor persona.

—Pero una española irresistible. —Levanto las cejas.

—¿Carmen o yo? —Bebe un sorbo de té, imitando mi gesto con las cejas, y me deja con la duda. Por un instante, su mirada me quema la piel, así que desvío la vista. Oigo un nuevo clic. Es el pistolero más rápido a esta orilla del Sena.

—¿Ha cambiado tu proceso creativo ahora que has terminado con los espías? —Todavía no tengo claro si las ha leído o no.

—Por un lado, no. Fui cambiado mi proceso a medida que me «profesionalicé». Ahora soy mucho más disciplinada que cuando empecé, he alcanzado un nivel de trabajo terminal, como la velocidad al caer, pero la conseguí en la tercera novela, que fue cuando empecé a tener contacto con editoriales. Por otro lado, mi estructura sí ha cambiado mucho. Los espías eran muy corales, escribía con distintos colores, con distintos montones, era más puzle. —Muevo mucho las manos intentando explicar que manejaba muchas cosas—. Además, escribía en omnisciente, aunque los capítulos tuvieran una determinada perspectiva. Ahora, solo manejo una voz, es distinto a la hora de organizarse. —Vuelvo a beber, me sorprende lo cómoda que estoy.

Apoya el codo en la encimera y la cara sobre la mano. Él también se ha relajado. Me gusta cómo queda en mi cocina, de tonos beis y madera. Su presencia azulada es casi mediterránea, me recuerda a casa. ¿Estoy pensando en él como en un objeto decorativo?

—¿Ahora es más sencillo?

—No, es distinto. Yo tampoco entrelazaba tramas complejas, pero sí distintas perspectivas. Ahora me ha costado no ahondar en la voz del de enfrente. Mónica es más compleja y tiene mucho más mundo interior, más giros. Rita, por ejemplo, queda asentada en la primera novela. Tiene sus líos en la cabeza, pero es buena, abnegada, no tiene dobleces. Mónica es oscura, retorcida, y a la vez también es abnegada.

—Pero es la voz de una villana.

—¿Lo es? Bueno, lo es, pero no es solo una cosa.

—¿Habrá adaptación a televisión o a cine, como pasó con los espías?

—Sería todo un hito que me propusieran adaptarla antes de que salga a la venta. —Se ruboriza ligeramente—. Por ahora no me han propuesto nada.

—Ha habido ciertas quejas sobre la serie porque se ha disminuido la importancia de Pat y, sin embargo, ha aumentado el papel de Bobby. Hay quien dice que es por pertenecer al colectivo LGTB. —Gira a temas controvertidos. Buen interrogatorio.

—Bobby es lesbiana. No te apuntas al colectivo como el que se apunta a senderismo, es lesbiana. Yo no tengo ninguna capacidad de decisión sobre la serie, pero, en ese punto en concreto, estoy muy de acuerdo. Bobby tiene mucho mundo que quizá exploré poco en las novelas. Es la que más tarda en afianzarse, en decidir qué rumbo va a tomar, me parece un personaje muy interesante en el que centrarse. Y se está contando la historia de Pat.

—Es mi personaje favorito. —Se ruboriza, no entiendo bien por qué, a todo el mundo le encanta Pat. Me mantengo de pie al otro lado de la isla, ante él, cambiando el peso entre las piernas—. ¿Tú tienes un personaje favorito?

—¿A quién quieres más, a papá o a mamá? —Sí que lo tengo, pero jamás lo confieso en voz alta, me da la sensación de que los traiciono si lo digo. Es una gilipollez, pero lo siento así.

—Vale, vale. —Sonríe de nuevo, mirándome a los ojos, y me lo vuelve a contagiar.

—Se rumorea que habrá spin-off.

—También se rumoreaba que Michael Fassbender haría de Connor y todavía estoy esperando esa reunión.

—¿Te reúnes con los actores de la serie? —Me mira con los ojos como platos. Me da la risa inmediatamente, me imagino en una de esas reuniones, hiperventilando y sufriendo un ataque de pánico pese a estar delante de mi actor favorito. No sé cuánto tiempo me río, pero a él le da tiempo a hacerme otra foto.

—No —termino diciendo—. Suelen consultarme alguna cosa o pedirme opinión si no se han decidido, para luego no hacerme caso. Ni siquiera he ido a un rodaje.

—¿Pero la ves? —Sonríe con una pizca de malicia.

—Sí, claro, pero de fondo; la pongo, pero intento no prestarle atención. Vi los dos primeros episodios con mucha intensidad y no me sentó bien.

—No te gusta. —Me lo está sacando todo a base de miradas azul oscuro y gestos muy sutiles. Y estoy cayendo como una civil.

—Me encanta. —Lo digo sinceramente, y debería parar ahí, pero no puedo, me mira que me atraviesa—. El problema es que yo conozco sus gestos. A veces no puedes contarlo todo, no puedes describir el modo en que el personaje mueve las manos o la cintura mientras habla, cuando otro le responde, ni el lenguaje que hay entre ellos. Como escritor te dedicas a dar pinceladas para que el lector rellene esos huecos porque, si no lo haces, lo que le das es una lectura pesadísima. Yo sé cómo se mueve cada uno de ellos, cómo es el tono de cada frase y, sobre todo, cuando hay algo que no he escrito, cómo reaccionan a esa novedad. Entiendo que hay algunas situaciones que se tienen que añadir, pero me descuadra mucho cuando un personaje no reacciona de forma acorde a la personalidad que yo le di. —Hago una pausa para tomar aire y evitar pensar en que me mira embelesado—. Identifico a los actores con los personajes, eso es un logro tremendo, porque yo escribo «haciendo casting» y es muy difícil que, si para mi Pat era Heath Ledger, ahora tenga otra cara y otro cuerpo, pero claro, no puede ser Heath Ledger. Y he conseguido cambiar mi propio reparto.

—¿Y Heath Ledger se queda sin papel? —bromea conmigo, y me hace sentir más cómoda aún.

—Bueno, fue el protagonista absoluto de todos mis relatos mientras estuvo vivo, desde que vi 10 razones para odiarte.

—¿No los echas de menos? —Cambia de nuevo de postura, de verdad que no me importaría tenerle rondando por mi cocina, haciendo gestitos con la nariz y hablándome. No necesito mucho más.

—Claro que los echo de menos, a veces les pregunto qué tal están. Pero están todos bien, ya no hay nada extraordinario en sus vidas que merezca la pena ser contado.

—Ouch. —Arruga la cara—. ¿Siempre hay que contar cosas extraordinarias?

—Por supuesto. Esa cosa extraordinaria puede ser totalmente ordinaria. La gente se enamora a diario y siempre merece la pena contar una historia de amor. Sin embargo, la gente también hace la compra a diario y escribir cómo están de maduros los aguacates ese día y la disyuntiva de si se pasarán antes de poder comerlos es una cosa que a mí me aburre escribir y a ti te aburriría leer.

—Por eso la semana que viene sale nuevo libro. Sobre un villano.

—No, solo es alguien que no sabe manejar sus circunstancias.

—Estoy deseando leerla —dice desviando la mirada.

—¿No te la han enviado? Esta semana se mandó a la prensa. —Niega con cara de perro apaleado. Todo fue muy precipitado, me lo ha explicado muy bien antes. Sin mediar palabra, rodeo la isla y voy en dirección a la estantería—. ¿En qué idioma lees? —Oigo un par de clics de cámara a mi espalda.

—Soy inglés. —Cojo uno de los ejemplares en inglés y vuelvo a la cocina, está girado sobre el taburete con la cámara en la cara, pero la aparta al verme llegar con el libro. Se lo tiendo—. No puedo aceptarlo.

—Claro que sí. —Se lo pongo en las manos. Mira el libro y después a mí, vuelve al libro y lo abre.

—Aquí pone «copia del autor». —Me la enseña como si yo no la hubiera visto.

—Tengo más, te lo prometo. —Mira a todas partes—. Yo no escribo aquí, tengo el estudio en Saint Michelle, forma parte de mi rutina: Salir de casa, recorrer parte de la ciudad y sentarme en una oficina. Como todo el mundo.

—Como todo el mundo… —Aprieta el libro contra su pecho, lo separa un instante, mira la portada y añade—: Como todo el mundo, no.

Miro la hora. ¡Una hora de entrevista! Vero me tiene que estar esperando ya, por lo menos he quedado cerca. Veo como aprieta el libro contra sí, me siento muy a gusto con este chico insultantemente joven, al que invitaría a comer y a morderle las orejas, pero tengo la tarde hasta arriba y creo que tiene todo lo que necesita, ¿o no?

—¿Tienes todo lo que necesitas?

—Sí, creo que sí, claro, sí. —Se le ve algo abrumado.

—Tengo que salir pitando, llego tarde a una cita que he olvidado aplazar.

Se afana en recoger sus papeles vacíos sin soltar el libro. Yo voy a por mi bolso, colgado en la entrada, y paso el pulgar por la foto de la consola, su pesado brazo sobre mi hombro. Saco la cartera del bolso y extraigo una de mis tarjetas de visita, porque soy una señora mayor que tiene tarjetas de visita. Al ir a por mis cosas le han entrado las prisas y está recogiendo todo de aquella manera. Cuando termina, le tiendo la tarjeta, diría que está hasta más sorprendido que cuando le di el libro, que todavía mantiene pegado a su pecho. Lo cierto es que yo tampoco sé por qué se la estoy dando, o por qué no quiero terminar con esta entrevista, si yo las odio. Y las fotos. Y a la gente. Pero me gusta Tyler. Tyler Adler.

—Gracias por todo, y perdona por el desastre.

—No pasa nada. Salgo contigo.

Abro la puerta y le dejo pasar, le siento a la espalda mientras cierro con llave, va con las manos llenas de cosas, se le va a caer todo en el metro, lo veo venir. Bajo las escaleras caminando un paso por delante de él. Es posible que me contonee un poco de más; no es culpa mía, es culpa de la falda y de mi vocación frustrada de vedete.

—Si cuando revises las preguntas consideras que hay alguna que me tendrías que hacer…

—¿Te llamo? —Asiento.

¿Asiento? ¿Por qué asiento? Si odio hablar por teléfono con desconocidos. Salimos de allí, yo especialmente acalorada. En la puerta él indica que se dirige a Cadet. Yo voy en dirección opuesta. Entonces, sin más, se inclina sobre mí y me da dos besos en sendas mejillas, rozando su piel con la mía. Es una forma común de despedida. ¡Tampoco es para tanto! No debería serlo, pero noto su tacto mientras camino al bistró donde he quedado con Vero. Llego tardísimo, debería andar un poco más rápido en lugar de pensar en aromas frescos y tonos azules. Me palpo la frente esperando tener fiebre y una excusa para eludir mis compromisos, volver a casa y tocarme con fruición, pero se ve que estoy sana.

No puedo correr mucho por la absurda falda de tubo que he decidido ponerme y ahora tendré que aguantar todo el día. Vero me ve llegar y hace aspavientos indicándome que ya ha pedido el vino.

—Madre mía, qué pibón. —Se levanta para besarme en las mejillas, me da rabia que solape el tacto del roce con Tyler, pero no se lo voy a decir.

—Tú estás muy bien también. —Y es cierto; como buena parisina, parece que casi acaba de salir de la ducha, pero un «salir de la ducha» para Vanity Fair. Puede regalarme el oído lo que quiera. Al lado de su belleza exótica, su mezcla latino-europea y su cabello ondulado que parece flotar, yo siempre parezco harapienta, aunque ella lleve la ropa hecha girones.

—¿Qué tal ha ido? ¿Llevabas esa falda?

—Ha ido… bien. Sí, llevaba esta falda, ¿está mal? —Como editora, las funciones de Vero no pasan por ser mi agente de prensa en absoluto, ni de prensa ni de nada. Tengo un agente afincado en Madrid que se encarga de gestionar todas estas cuestiones, pero, como no suelo hacerle caso y me escaqueo de cada compromiso extraliterario que puedo, usa a Vero como intermediaria.

—No, está de escándalo. Me dijo Vicente que iban a mandar a un chico joven, pero que habían conseguido que te hiciera la entrevista en español y que la tradujera para que salga a la vez en los tres idiomas. —Asiento, intentando no hacer ni un gesto al respecto del «chico joven» o me interrogará. Me escondo tras la copa de vino—. ¿Has dicho algo o voy a recibir un borrador de largos silencios? —Me mira con ojos inquisitivos. ¡Cómo me conoce! Cuando no consigo estar a gusto en una entrevista, es decir, siempre, no puedo evitar comunicarme con monosílabos.

—He hablado mucho.

—¿Ves cómo era buena idea que fuera en tu casa y no en el estudio o durante la gira? Que no nos quieres hacer caso.

—Sí, ya, pero vaya tela mandar a alguien hoy para tener el borrador esta misma tarde. —Aunque sé que la culpa es mía, pero no voy a admitir que ella y Vicente tenían razón en todo, por mera cabezonería.

—Ah, no. Fue imposible quedar otro día, no hacías más que poner excusas: Que necesitabas días de descanso antes de la gira, que tenías un proyecto al que le estabas dando forma, que solo si la entrevista era en español, que no querías reportaje de fotos… —Hace un gesto de hartazgo con la cabeza, muy suyo, dejándome claro que pongo muchas trabas—. Dime que te has dejado hacer fotos. ¿Cómo han quedado?

—Pues solo he visto una… —SOLO HE VISTO UNA. ¿Cómo le he dejado irse sin revisar las fotos que me ha tomado de improviso? ¿Y si parezco un orco?

—¿No las has visto? —Niego levemente, cada vez me siento más pequeña, noto que se viene regañina y me centro en mirar y comerme las patatas fritas—. Pero ¿cómo no te las ha enseñado? Si es que no se te puede dejar sola, Bea. Claro, como tenía que ser esta mañana que yo tenía que preparar la… El evento. Al menos te habrá dado las preguntas para que repasemos lo que tendrá que cambiar. —Dios mío, va a quemar París.

—No tenía las preguntas… Ha improvisado un poco. —Lo digo muy bajito, igual está ya tan enfadada que no me oye. Oigo cómo su sangre hierve—. Pero, si os van a mandar el borrador, se podrá cambiar lo que no os guste, tampoco es tan terrible. —Piensa un instante y parece que hayan quitado el cazo del fuego.

—No es tan terrible, además, un mono amaestrado sería capaz de sacarte una foto decente hoy. Si no se puede arreglar pondremos una foto bien grande y que nadie lea la entrevista.

—No veo a las Brontë prestándose a estas cosas.

—¿Ves? No les hacía falta, tenían un hermano pintor que las dejaba muy monas.

Seguimos durante el resto de la comida hablando de la estética victoriana, de la imposibilidad que tenía Jane Eyre de verse atractiva si se empeñaba en ir con esas trenzas por delante de las orejas. Vero es la única amiga que tengo en París, y hace más por mí de lo que le corresponde, pero nos une el amor por la literatura y por ser un poco petardas. No nos cuesta migrar la conversación entre la literatura inglesa victoriana, la estética y la cinematografía al respecto.

—Mi versión favorita es la de Fukunaga, porque así entiendes por qué Jane Eyre, una niña de diecinueve años, se puede sentir atraída por un casi cuarentón vivalavirgen. Pero siendo Fassbender es normal. —Vero abre el melón de siempre. Somos fans, eso es así, las dos nos emocionamos cuando se empezaron a oír los rumores de que saldría en la serie. Evidentemente nos dejamos llevar por lo que se decía en Twitter, porque jamás nos llegó una noticia al respecto por parte de la productora—. No hay ningún jovencito que le llegue a la suela del zapato, ahora parecen niños desvalidos. Como el de la versión nueva de Mujercitas. ¿Dónde está Christian Bale? Ese Laurie que parece que se va romper… O el chico de Spiderman, que están todas locas por él. —Un engranaje se mueve en mi cerebro hasta que encaja con otro, perfectamente, casi hace daño. Tyler es justo así, ese tipo de chico, casi una mezcla entre los dos. Más musculoso que Chalamet, más alto que Holland, y con ese gesto de inocencia. Esbelto, con percha de modelo de los noventa, pero aspecto de modelo de última generación. Con esos ojos azul profundo, grandes, expresivos—. ¡Eh! Me estás ignorando.

Y es cierto que ha seguido hablando y yo me he ido por los cerros de Úbeda, o por los músculos de los brazos de Tyler que se marcan cuando levanta el brazo para rascarse la coronilla.

—¿Estás pensando en Fassbender? —me dice.

—Eeeh… Sí, claro, sí… Fassbender…

—Joder, qué mal mientes. Venga, cuenta. ¿Qué pasa?

—Que es… es muy guapo.

—Bueno, sí, lo sabemos, dedicamos tardes enteras a analizar que es guapo y atractivo, es nuestro crush.[4] —Me analiza. Noto el escáner de sus ojos sobre mí—. A ti te pasa algo. No me digas que has vuelto a salir y a llevarte a alguien a casa. ¿Has hecho la entrevista con resaca?

Menuda imagen tiene de mí. ¿Tiene razones para pensar que anoche salí y bebí de más y me llevé a alguien a la cama con quien ahora fantaseo? Relativamente, porque es algo que he hecho otras veces, pero no algo que haga a diario. En cinco años de absoluta soledad, de vez en cuando duele el alma y mentiría si no dijera que cuando no puedo más salgo a tomarme una copa, o tres, o seis. Y que, cuando eso pasa, de vez en cuando, muchas veces, la totalidad de las veces, acabo echando a alguien de mi cama, o saliendo a hurtadillas de la cama de otro u otra. Pero no es como para tratarlo como si fuera una práctica general. En estos últimos cinco años habrá pasado tres u ocho veces. Quizá diez. Y es cierto que se lo suelo ocultar y que siempre me caza, porque dice que un día se me va a olvidar algún detalle y voy a pillar algo. Seguramente tenga razón.

—No he hecho la entrevista con resaca.

—No me mires así, que no he dicho ninguna locura. Aunque sí es verdad que, teniendo entrevista al día siguiente, me parecía un poco irresponsable por tu parte. ¿Entonces qué?

—¿Qué de qué? —Se ve que no he tenido suficiente interrogatorio por hoy.

—Estás traicionando a nuestro crush con otro crush. ¿Es Spiderman? Si tu nuevo crush va a ser un chico de veinte años, no te puedo seguir. Ah, no, pero no te refieres… Estás poniendo una cara muy rara, hay algo que no me quieres contar. ¿Qué te ronda la cabeza? Y no te pongas borde que te veo venir. —Pasa de mi incipiente enfado pidiendo café para las dos con un gesto.

—Ay, nada. El chico, el periodista que me ha hecho la entrevista, Tyler Adler, que se parece un poco a Spiderman.

—¿Y a ti te gusta Spiderman? —Asiento con la cabeza, derrotada—. No le veo ningún problema. ¿Te ha dado su teléfono? Igual puede ayudarte con las telarañas.

—Spiderman las pone, no las quita.

—Entonces, no tenemos el teléfono. ¿Llamo a la revista? —Observo con pavor que va a coger su teléfono. Cada vez me siento más como una adolescente, en cualquier momento se me va a llenar la cara de granos.

—Verónica —hablo muy despacio—, deja el teléfono quieto o te corto la mano.

—Si me da tiempo a llamar quizás merezca la pena. —Pero me mira y desiste, porque igual que sabe que estoy pensando en otra cosa o que miento, sabe que estoy hablando en serio.

—Lo he entendido. ¿Pero no crees que te va haciendo falta?

—¿El qué? Aclárate. Si follo te parece mal, y si no, también.

—Bea, una cosa es follar con cualquiera, ciega y loca, y otra cosa es que salgas con alguien, probar suerte, dejarte querer un poco. Que no pasa nada, no estás traicionando a nadie. —Noto físicamente el puñetazo en la boca del estómago que me produce esa frase.

—Estoy bien sola.

—Pero si no estás sola. Estás con un fantasma, con un recuer… —Levanto el dedo para que se piense muy bien lo que va a decir y se frena un segundo—. Con un recuerdo de César siempre a la espalda, nadie te pide que lo olvides. Ni que tengas nada serio, ni que te vuelvas a enamorar. Pero vive un poco, date el gusto de tener a alguien cerca, hasta que te canses. En lugar de beber, echar un polvo con solo la mitad de sensaciones y salir corriendo por la mañana.

—En serio, ya, que eso no lo he hecho tanto. —Y está empezando a ofenderme.

—Pero si te entiendo, entiendo que es tu forma de reventar, pero no ves que con otra dinámica tal vez no explotarías por ahí.

—¿Y si no quiero otra dinámica?

—Hija, si no la quisieras no se te habría ido la cabeza pensando en Spiderman.

Hago un gesto de frustración cuando me sobresalto porque mi teléfono vibra en la mesa de aluminio y hace un ruido infernal. Es un número que no reconozco. No suelo coger el teléfono cuando no sé quién me llama, espero que deje de sonar y después busco el número. Si es de interés, devuelvo la llamada, pero ahora mismo haría cualquier cosa por escapar de esta conversación. Si fuera de una compañía telefónica hasta les daría palique, y eso que odio hablar por teléfono.

—Dígame —digo en español y analógico.

—¿Beatriz? Fuck… Quiero decir… ¿Señora Dorado? —Le dije que me llamara si necesitaba hacerme alguna pregunta más. Teniendo en cuenta que estaba hablando de él, pensando en él y la situación en general, me pongo a temblar como una hoja.

—¿Tyler? —Vero abre los ojos como si hubiera visto el tesoro de Willy el Tuerto—. ¿Alguna pregunta más?

—La verdad es que ni las he mirado, he estado redactando en el metro y creo que tengo todo lo que necesito, pero al ir a ver las fotos… —Que no tenga que volver a hacerme fotos, una sesión no, por favor.

—¿Ha pasado algo? ¿Han salido mal? —Vero alarga las manos para cogerme el teléfono y la esquivo.

—No, no, están perfectas, tendría que habértelas enseñado, yo creo que te van a gustar. La cuestión es que he cambiado la tarjeta en tu casa y me he dejado otra tarjeta allí, que son para otro proyecto que tengo que entregar el lunes.

—¿Y cómo te las hago llegar? —Vero empieza a hacer gestos, pregunta vocalizando mucho: «¿El qué?». Me pide que le pase el teléfono, que haga algo con la cuenta—. Tyler, discúlpame un segundo, que me está atacando un mimo. —Oigo cómo se ríe al otro lado. Tapo el micro del teléfono con la mano—. Se ha dejado en mi casa una tarjeta de memoria con algo que tiene que entregar el lunes.

—Tú te vas mañana —me dice Vero, porque es mi agenda personal, se lo pida o no—. Dame el teléfono, yo lo soluciono, ve a pagar la cuenta que nos tenemos que ir.

Con un gesto que no veo venir me arrebata el teléfono de las manos. Podría haber sido uno de los personajes de los espías, es rápida y silenciosa. Pienso un segundo si debería protestar, pero no va a servir de nada. Se pone a hablar en un francés frenético que yo entiendo regular, solo espero que él sí pueda entenderla y que no le esté regañando. Pago la cuenta y, cuando vuelvo a prestar atención, entiendo que le está dando las señas de la editorial y la hora del evento. Verá el fuego en mis ojos, llenos de ira homicida hacia ella. Debe de hacerle gracia, porque sonríe con malicia antes de colgar.

—¿Le has invitado? —Ni me mira, está muy pagada de sí misma manejando mi teléfono y el suyo a la vez.

—Eso he hecho, ahora pasamos a recoger su tarjeta y se la das allí, habláis de que os gusta dar paseos por el cementerio de Montmartre al atardecer, y lo que surja.

—Como en los anuncios por palabras. Es para matarte.

—Luego, cariño, que llegamos tarde. Y me estoy dando de hostias por conseguir una invitación para que te ligues a Spiderman. ¿Has pagado? —Sigue con los ojos fijos en la pantalla, no espera mi respuesta—. Qué buena amiga eres, estamos en paz.

Siempre se sale con la suya. ¿Qué puedo hacer? Ella me salvó de estar a medio gas. Me rescató de mi encierro en un recuerdo para darme mi parcela de fantasmas controlados. Así que me dejo conducir por mi salvadora, rumbo nuevamente a mi casa.

Efectivamente, la tarjeta está en el aparador de la entrada, la meto en mi cartera y, cuando voy a darme la vuelta para irme, Vero me grita desde mi habitación. No sé cuándo ha entrado y ha abierto el armario, pero deberían ficharla en una agencia de espionaje ya. Me habla en francés a toda pastilla sobre lo guapa que estoy, pero que debería llevar algo menos de oficina, así que saca la mitad de mi ropa en busca de un outfit[5] a su gusto, algo que hace una hora no me hacía falta. Parlotea sin parar sobre la ropa monísima que tengo y que nunca me pongo, critica mi empeño por ir en vaqueros y sneakers por la vida cuando tengo una figura estupenda que debería lucir. Aunque parece que entre toda esa ropa que nunca me pongo tampoco hay nada que valga para el evento y ya vamos tarde. Que a mí me da igual, como si no vamos. Ni siquiera sé de qué va. Porque nunca me lo cuenta, solo me obliga a ir y al final me veo atrapada en la presentación del libro de otro compañero y me limito a quedarme en una esquina esperando que alguien se acerque a hablar, o mejor no, porque no sé qué decir.

Al final insiste en que me ponga un vestido ceñido, muy corto, que debería estar apolillado y no recuerdo haberme puesto ni una vez. Hace ocho años que me lo compré, y ya entonces pensé que no tenía edad para llevarlo. Demasiado ajustado, demasiado corto, demasiado cuero en los laterales, demasiadas trasparencias en los hombros…, pero me quedaba espectacular. Y se quedó espectacular en el armario, primero en Almería y después en París. Me lo pongo por demostrarle a Vero que yo ya no tengo ni edad ni cuerpo para ponerme algo así, pero al colármelo me queda hasta mejor que entonces, más con los zapatos de tiras cruzadas en el empeine. También se empeña en retocarme el maquillaje y ahumarlo un poco. Total, voy de pegote a un evento donde nadie me va a mirar ni yendo vestida de faralaes.

En la calle se giran un par de cabezas a nuestro paso y tengo que admitir que me hace sentir bastante bien. Noto cómo la cola de pavo real se va desplegando a mi espalda, no es una sensación común, pero a veces pasa.

Llegamos tarde, pero decorosamente tarde, o eso creo cuando entramos por la puerta, hasta que todo el mundo se gira y nos mira. Noto que me arden las mejillas al instante, nos han pillado. ¿Cómo escapamos ahora? Voy a girarme y Vero ya no está a mi lado. Empiezo a oír un ruido tremendo, como una tromba de agua. Aplausos. No… No, por Dios, me quedo bloqueada, me late el corazón a mil, noto que se me va a salir por la boca y me arrugo, se me encoge la garganta y un dolor punzante me sube desde la mandíbula hasta las sienes. Todos me miran y aplauden, y yo estoy a punto de tener un berrinche tremendo. Necesito agarrar algo y respirar. La voy a matar. Está muerta, en cuanto la pille la estrangulo.

Verónica habla al otro lado de la sala, no tengo idea de cómo ha llegado allí ni de dónde ha salido ese micrófono, pero le queda poco de vida, eso es seguro. Todo el mundo se gira en su dirección y yo no soy capaz de entender lo que dice, estoy muy concentrada en evitar las lágrimas y respirar, solo oigo ruido de fondo y algo se repite. Se repite. Se repite.

Alguien me toca la espalda, en la zona dorsal. Me sobresalto un poco y me giro, me encuentro de golpe con sus bucles y sus ojos azul oscuro. ¡Lo que faltaba! Se muerde el labio inferior, como hace un rato en la puerta de mi casa. Ha cambiado la camiseta por una camisa blanca y una americana azul marino que le encaja sobre los hombros como hecha a medida. Baja ligeramente su mano a mi espalda y me calma. Dejo de notar el corazón en los oídos.

—Hola. —Me dedica una media sonrisa.

—Ho… hola. —¡Bien! He conseguido hablar. ¿Dónde está mi premio?

—Creo que te llaman. —Aquello que se repetía en mis oídos y no era capaz de descodificar era mi nombre. Respiro hondo, expulsando el aire a trompicones.

—Tengo tu… tu… tu… cosa. —Observen a su derecha el espécimen de autora de libros de éxito que no sabe articular palabra. Sonríe ampliamente.

—Te espero aquí. —Se inclina para decírmelo cerca del oído y noto el leve aire que mueve su aliento en mi oreja.

Me acompaña con la mano que mantiene en mi espalda. Consigo reaccionar gracias a su apoyo y, al empezar a andar, las piernas casi no me sostienen. Maldita ansiedad social, tardo un siglo en dar tres pasos y, cuando lo consigo, me giro para volver a mirarle, él ya me observa a través del objetivo de su cámara. Sigo caminando hacia donde está Vero, tengo que armarme de valor y matarla, lentamente y con sufrimiento, tal y como se merece. «La homenajeada», me llama. Hija del mal.

—Hay que decir que ha sido una encerrona, es muy tímida, si llegamos a avisarla se tira al Sena a lo Javert. —Me acerco a abrazarla y le dedico unas palabras al oído.

—No sé de qué va esto, no me hagas hablar. Me contesta en el mismo abrazo:

—Has vendido diez millones de copias de los espías. —Me ha dado ideas homicidas eso del Sena.

Vero se gira hacia el micro:

—Ahora les dedicará unas palabras.

Me giro a la audiencia, busco a Tyler entre la gente. ¿Por qué le busco a él? Ni idea, ahora mismo buscaría a Mickey Mouse si supiera que puede sacarme de allí. Mira, llevarme a Disney, con lo que me gusta pasear por allí, habría sido una buena celebración, y no vestirme de viuda alegre y lanzarme a una horda de desconocidos a los que, encima, tengo que hablar en francés. Hoy duermo en la cárcel y Vero en la morgue.

—Esto… Gracias… —Y se me olvida el francés—. Merci, merci beaucoup. —Y esas son todas las palabras que puedo articular, me quedo respirando encima del micrófono unos largos segundos. Boqueo como un pez fuera del agua, no me sale una palabra y además me estoy quedando sin respiración, así que me giro, pongo el micro en las manos de Vero y huyo.

Alguien me recoge por la cintura casi sin tocarme y me pone una copa de champán en las manos, me hace girar con su propio movimiento y me esconde. Al levantar la mirada, vuelvo a ver sus profundos ojos ante mí. Alguno de mis personajes femeninos se habría revuelto diciendo que no necesitaban ser salvadas, pero la verdad es que yo sí lo necesitaba. Y allí estaba, justo donde hacía falta, haciendo de pantalla con el resto del mundo, mirándome desde arriba, con una media sonrisa que conseguía que mis rodillas volvieran a ser de hueso en lugar de gelatina.

—Gracias. —Me bebo la copa de champán de un trago, las burbujas se me suben a la nariz y me producen una especie de rebuzno que no puedo controlar. ¿Pero se puede ser más ridícula?

—¿Quieres otra? —Niego, puedo ser muy peligrosa con unas copas de champán de más—. ¿Te escondo un rato? —Veo a su espalda cómo Vero se acerca hacia nosotros como un toro.

—No, pero no te vayas. —Salgo de detrás de su parapeto, no sé por qué le pido que se quede, pero es lo que le he pedido. Él se gira también y se coloca a mi espalda esperando la embestida de Vero.

—A tus seis —me dice al oído, me hace sonreír. La frase de Pat, siempre cubriendo tu espalda.

—¿Pero a ti qué te pasa? Esta gente ha venido por ti, han trabajado mucho para que tus libros se hayan vendido tanto. ¿Y tú quién eres? —se dirige a Tyler, que tal y como prometió sigue a mi espalda. Con un temple sorprendente se pone a mi lado, se cuadra y le tiende la mano a Vero.

—Tyler Adler, encantado. Supongo que es usted Verónica Gasques, gracias por la invitación —dice. A mí me da la risa, pero intento disimularlo. Ella le da la mano y gira en mi dirección.

—Bea, es tu trabajo. —Venga ya, he vendido diez millones de libros, mi trabajo está hecho—. Por favor.

—Tengo que darle a Tyler su… su…

—Mi cosa —apostilla él inclinándose un poco hacia nosotras haciendo uno de esos pequeños gestos con la nariz. ¡No me hagas reír! Pero me río. ¡No seas divertido!—. Pero puedo esperar. —Y ahora me mira solo a mí.

Me libera de su escudo protector, dejándome en manos de Vero, que me tiene dando vueltas por la sala saludando a gente que no recordaré mañana. La milonga de «Toda esta gente ha trabajado por ti» se agota en cuatro saludos, la mayoría son periodistas del gremio, críticos, personalidades o influencers. Así que, aunque ya no estoy enfadada con ella porque está haciendo su trabajo, sí aumentan mis ganas de salir de allí. Soy muy mala en este tipo de cuestiones y ella me tiene que salvar constantemente de los silencios incómodos en los corrillos, en los que suelo quedarme allí como un pasmarote. El Pasmarote Incómodo.

A mitad de la velada, cuando el enésimo desconocido me comenta lo acertado que fue el casting de la serie, veo a Vero hablar con Tyler al otro lado de la sala. No logro interpretar si es una conversación buena o mala, pero él levanta la mirada hacia mí y noto como, desde esa distancia, es capaz de cambiar mi respiración. Intento volver a la conversación que discurre en mi presencia, pero sigo sintiendo sus ojos sobre mí. Eso despliega mi cola de pavo real, me estiro y balanceo la cadera. Hace mucho tiempo que no me pavoneo, pero es memoria muscular, aunque no tengo idea de por qué lo hago. No sé cómo manejarlo, produce ese efecto en mí, aunque yo ya no estoy para perfumes frescos, ni para chascarrillos que me hagan reír. Todo esto no trae más que dramas, y de esos he tenido de sobra.

Mi amiga editora vuelve a salvarme de un silencio incómodo. Aprovecho la ocasión para sacar de mi bolso la tarjeta de memoria y dársela a ella, que se niega a cogerla.

—Hazme el favor, dásela y dale las gracias, que no se quede aquí secuestrado, tendrá cosas que hacer.

—Bea, no seas tonta y dásela tú. Qué menos, si ha tenido las narices de esconderte de mí. Además, es verdad que se parece a Spiderman, con los ojos más grandes y algo más de cuerpo.

—Tienes que volver a ver Spiderman. Por el cuerpo, digo. Dale la tarjeta. —Lo digo muy seria. La coge y se gira, no quiero verlo, así que voy en busca de la segunda copa de champán, por fin.

Estoy esperando pacientemente, con la postura de pavo real, que quizá me dure un par de días, y deseando que esta maldita fiesta en mi honor, que no quería, se acabe de una vez. Noto el calor de una mano en las lumbares, no necesito girarme, pero lo hago.

—Gracias por mi… cosa. —Se me escapa una sonrisa y él mueve la mano hacia mi cintura, muy despacio, yo me giro a la vez que él y me voltea, casi sin tocarme, acabamos frente a frente. Su tacto me hace crecer—. Verónica y tu agente me han dado el visto bueno a la entrevista, y la revista también, solo tengo que hacer un par de cambios. Espero que te guste. —Ladea levemente la cabeza y vuelve a arrugar un pelín la nariz—. Tienes mi número, por si tienes alguna queja.

Sin más, y sin dejar de posar su mano en mi cintura, se inclina y me besa en las mejillas, prolongando el roce de nuestras caras, tanto que casi le sigo y me tengo que morder para no ir más lejos. Me suelta la cintura a la vez que concluye su despedida, me deja las huellas del contacto en la piel, como si fuera radioactivo.

 

El terrible sonido de la alarma me perfora los tímpanos, me revuelvo en la cama y me doy en la frente con algo duro, grito de dolor, me incorporo. El vibrador me ha atacado. Me toco la frente, no parece que vaya a dejar marca. Algo se me enreda en los pies, levanto las mantas y descubro que mi ropa interior también se ha vuelto contra mí, menuda noche loca.

—¡Dios, ya voy! —le grito al despertador mientras me desembarazo de las ligaduras de mi propia ropa. Consigo apagarlo y me dejo caer derrotada. El aparato me ataca por la espalda—. Ya voy, ya me levanto, no hace falta tanta violencia.

Rebusco las bragas perdidas entre las sábanas y me adecento un poco antes de manejar la cafetera. El champán me sienta fatal, pero al menos esta vez solo se ha traducido en un dolor atroz de cabeza. El estómago sigue en su sitio. Cojo el teléfono para comprobar el localizador del vuelo por enésima vez y me encuentro con el mensaje de un desconocido. Mi primera idea es bloquear sin piedad cuando me encuentro con una foto mía, de espaldas, mirando hacia atrás. Es cierto que ese vestido me hace un cuerpo espectacular. Se me ve la cara, mirándole, ligeramente desesperada. Tiene ojo, de eso no hay duda. Preciosa, ha escrito justo debajo. No hizo ni media mención a mi aspecto en ningún momento, así que no sé si se refiere a mí o a la foto. Escribo casi sin pensar: No la uses. Y vuelvo a mirarla, es una buena foto, si me pidieran que me girara así a propósito no sería capaz, la gente a mi alrededor está apagada, como si hubiera un foco solo para mí. Noto la vibración en las manos: Solo para ti. Me quedo parada mirando el mensaje y procedo a guardar el contacto como Spiderman. Allí sigo, con la cafetera fluyendo y en bragas, mirando un mote absurdo en una pantalla.

¡Beatriz! ¡Reacciona! Que tienes que coger un vuelo. Hago a un lado el teléfono y mis ganas de que vuelva a sonar. Recojo las cosas, me visto como las personas —vaqueros, sneakers y camiseta—, me pongo la carpeta bajo el brazo, con los documentos ordenados por orden de entrega. Paracetamol, café y salgo preparada para enfrentarme a un día largo de aeropuertos hasta llegar a casa.

 

 

[1] ¿Quién es?

[2] ¿Señora Dorado?

[3] Sí, soy yo.

[4] Cuelgue. Amor platónico.

[5] Atuendo.

Capítulo 2

 

DAME LA MANO

 

 

 

 

Entra en mi casa como una exhalación. Me besa en los labios sin avisar, cogiéndome la cabeza. No necesita empujarme contra sí mismo, le ansío tanto como él a mí. Respiramos fuerte el uno sobre el otro. Clavo las uñas en sus costados. No sé quién cierra la puerta, pero en cuanto pasa me empuja contra ella, explorándome la boca, como si no la conociera, cacheando mi cuerpo, sorteando capas de ropa. Le agarro por el trasero y le empujo contra mí, notando con satisfacción su erección contra mi cuerpo, lo que me provoca un gemido dentro de su boca. Ataca mi cuello con dentelladas suaves, que son el fuego para que hierva mi vientre. Me hace abrir las piernas usando la rodilla, con una mano amasa mi pecho y, con la otra, aparta mis bragas para llegar al clítoris y provocar mi primer grito. Con las narices enfrentadas y los labios apenas rozándose, jadea sobre mi boca, y yo sobre la suya. Me observa con malicia, adivinando cuál será mi reacción al siguiente movimiento. Él aumenta el ritmo de sus dedos, preparándome para el siguiente paso. Se me nubla la mente hasta que alcanzo la meseta del placer. Vuelvo a enfocar y soy capaz de pensar que me queda muy poco para el orgasmo.

—Joder —le digo al oído.

Conocedor de mí, introduce un dedo en mi interior, señalándome el camino directo al clímax. El empuje del placer me hace levitar. Aprovecho para colocar mis piernas alrededor de sus caderas, y recorre todo mi cuello en una succión que duele y excita a la par. Después dejará marca. Sujetándome en volandas contra la puerta con mis brazos anudados a su cuello, libera su pene erecto del pantalón. De un golpe y sin aviso, me deja caer, todo él en todo yo. Me hace gritar de tal manera que tiene que cerrarme la boca con una mano. Respondo mordiéndole, ciega por la corriente que me recorre el cuerpo. Debo provocarle más placer que dolor, porque acelera. Cada gemido suyo hace que me vibre el pecho, cada movimiento de cadera me eleva más. Ni sus dedos en mi boca pueden acallar el grito hondo que me produce un segundo orgasmo. Le empujo contra mí clavando los talones en su culo. Como efecto dominó, mi placer empuja al suyo y se convulsiona entre mis piernas, como si le fuera la vida en ello. Mi pecho y el suyo palpitan encabritados a la vez, en una taquicardia fugaz.

—Ay… Hola —dice. Me muerde la oreja, antes de dejarme vacía y besarme otra vez, ahora con más calma.

 

 

Abro los ojos, alguien me está zarandeando. Me encuentro de golpe con el rostro preocupado de la auxiliar de vuelo.

—¿Se encuentra bien? —Miro a mi alrededor, desorientada. Se escucha el motor del avión y no tengo a nadie al lado. Asiento para que deje de mirarme como si me fuera a morir—. Estaba gritando. ¿Quiere usted agua?

—¿Me la vas a cobrar? —Ella sonríe, si me preocupo por lo que cuesta una botella de treinta centilitros será que no estoy tan mal. Me toca levemente el hombro y anuncia al resto de los pasajeros que estoy bien.

Nota mental: No usar el vibrador la noche antes de un vuelo. O en cualquier otra situación en la que me pueda quedar dormida con público.

La cabeza me va a explotar y aún noto las nebulosas manos de César sobre mi cuerpo. Recibo el vaso de agua de manos de la auxiliar de vuelo junto con un guiño, que correspondo, aunque normalmente se me cierran los dos ojos al intentarlo. Es pelirroja, con la nariz punteada de pecas y la tez de alabastro, tiene una sonrisa cálida. La observo cuando va a la cabeza del avión. Tal y como se mueve, debe de haber bailado alguna vez en su vida, tiene esa línea. Debería dejar de mirarla. También debería dejar de mezclar las sensaciones del sueño, que todavía me asaltan, con su figura. Cierro los ojos un instante y puedo oír a César susurrándome al oído la cantidad de situaciones divertidas que podríamos vivir con ella. Doy un último trago de agua y recuerdo que aquellas aventurillas se acabaron. Me esfuerzo por recordar que él ya no existe, que hay cosas que no volverán a pasar, antes de que el cerebro me vuelva a jugar una mala pasada en pleno vuelo.

 

 

Cada vez que vuelvo ocurre igual, el peso de su ausencia se hace más patente. Ya no es su brazo en aquel gesto tan suyo al pasear, le noto a todo él sobre mi espalda, cargando su peso sobre mí. Oprimiéndome. Siento que pierdo algunos centímetros de altura nada más tocar tierra, y sigo menguando cuando veo a mis padres esperándome en la terminal. Me han preparado un día repleto de actividades y visitas a familiares para que me mantenga distraída. Su niña rara, a la que ya no le gusta hablar, en peregrinación por casas de familiares que me hacen menguar más, a pesar de su intento por tenerme ocupada. Echo de menos a mi familia, pero me saturo de todos ellos en menos de doce horas, contestando una y otra vez las mismas preguntas sobre mi soledad. Creía que cuando rondabas la cuarentena dejaban de preguntarte si habías conocido a alguien. Resulta que no. Es mucho peor, porque, al parecer, a mi edad estar soltera es un pecado capital.