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A través de los diecisiete perfiles que componen este libro se percibe la presencia espectral de uno de los mitos fundacionales de la literatura chilena: la maulinidad. Este compendio de vidas y obras, que van desde autores reconocidísimos a figuras destinadas al fondo de un baúl rural, nos permite enfrentarnos a una buena parte del canon de la literatura hecha desde el Maule. "Contra el olvido», como bien lo dice su título, es una buena posibilidad de releer, pero por sobre todo de descubrir figuras borroneadas por la historia.
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Seitenzahl: 353
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Contra el olvido: 17 escritores maulinos
Materias: literatura chilena, literatura regional chilena,
territorio y descentralización, Siglo XX
256 pp, 150x230mm, exterior couché 300 g, interior bond ahuesado 80 g
Talca, Chile, Ediciones UCM, 2021
CONTRA EL OLVIDO: 17 ESCRITORES MAULINOS
© EDICIONES UCM, 2021
COLECCIÓN:ARCHIVO LITERARIO REGIONAL
1ERA EDICIÓN: OCTUBRE 2021
ISBN: 978-956-6067-17-7
ISBN DIGITAL: 978-956-6067-60-3
DEWEY: CH860
CUTTER: C764O
EDITORIAL UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL MAULE
AV. SAN MIGUEL 3605, TALCA, CHILE
DIRECCIÓN EDITORIAL: JOSÉ TOMÁS LABARTHE
EDITORES DEL PROYECTO DEL FONDO DEL LIBRO: MARINA FIERRO | CRISTIÁN RAU
EDICIÓN: JONNATHAN OPAZO
DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN: MICAELA CABRERA ARTUS
Todos los derechos reservados. La reproducción parcial o total de esta obra debe contar con la autorización de los editores. Se autoriza su reproducción parcial para fines periodísticos, mencionando la fuente editorial.
Sobre la imagen de la cubierta: fotomontaje satélite chileno Fasat-Delta
DIAGRAMACIÓN DIGITAL: EBOOKS [email protected]
Pepe Donoso o el intento de robar a los dioses el fuego de la creatividad
Por Cecilia García Huidobro Mc
Hugo Correa: la luz propia no pasa de moda
Por Óscar Barrientos Bradasic
Carmen Arriagada: una del mismo sexo
Por Francisca Oróstica Dorado
Eduardo Anguita: casi un decoracionista, casi un poeta sonoro
Por Felipe Cussen
Emma Jauch: crónica para una desconocida
Por Masiel Zagal
Pablo de Rokha: el convidado de piedra
Por Cristián Rau y Daniel Rozas
Winétt de Rokha: de la cruz a la piedra
Por Susana Burotto
Stella Corvalán: la cristiana errante
Por Silvia Rodríguez
Juan Ignacio Molina: un naturalista de Huaraculén
Por Felipe Moncada
Jorge González Bastías: la luz que nunca se apaga
Por Jonnathan Opazo Hernández
Efraín Barquero: el perpetuo destierro
Por Rodolfo de los Reyes
Margot Loyola: la vida en seis octavos y tres cuartas
Por Francisca Ortiz
Tancredo tiene un plan
Por Claudio Maldonado
Gladys Thein: el soliloquio de la eternidad sobre su propia desventura
Por Begoña Suazo
Marta Jara Hantke: entre flores y delirios
Por Lilian Barraza Pizarro
El exilio de Óscar Bustamante
Por Juan Diego Spoerer
Claudio Giaconi: el mito invisible
Por Samuel Maldonado de la Fuente
Sobre los autores
Pepe Donoso o el intento de robar a los dioses el fuego de la creatividad
Por Cecilia García Huidobro Mc
Toqué el timbre de su casa en la calle Galvarino Gallardo, en Providencia, a las cinco de la tarde. Era un día primaveral y a esa hora la fragancia del jazmín o ylang‒ylang, no recuerdo bien, ya se había diseminado por todo el lugar y se podía sentir desde la entrada. No conocía personalmente a José Donoso, pero luego de una ceñida persecusión teléfonica había conseguido que aceptara una entrevista. Para asegurarme que me recibiera, le prometí que la conversación giraría alrededor del grupo Bloomsbury y su admirada Virginia Woolf.
Esperaba en la puerta como si fueran las cinco en todos los relojes, al decir del hermoso verso de García Lorca, como si fueran «las cinco en sombra de la tarde». Voy a entrar a la casa de un escritor que ha sabido como nadie dar forma a lo umbroso que todos llevamos dentro, pensé mientras escuchaba desde el interior insistentes ladridos. En la mayoría de las fotografías que me había tocado ver en revistas e incluso portadas de alguno de sus libros, había un perro que sigue a Donoso o bien posa en su falda y mira a la cámara dando a entender que tiene mucho que decir. Así lo han hecho en su narrativa, pues con frecuencia aparecen como una disrupción desestabilizadora en medio de una realidad en calma aparente. No era de extrañar que fueran estos habitantes del mundo donosiano los más atentos a la llegada de lo extraño. ¿A quién escuchaba ladrar en realidad? ¿sería la perturbadora perra amarilla de El obsceno pájaro de la noche o los violentos mástines negros de El lugar sin límites olos numerosos canes callejeros de La desesperanza o el enérgico perro gris en La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria o la quiltra que pone todo fuera de control en el cuento «Paseo»?
«Hola», saludó un hombre cordial, más encorvado de lo que yo imaginaba, con ademanes lentos como si fuera mayor, pero con una mirada aguda como si fuera más joven que su edad cronológica. Vestía un sweater rojo de fino cachimira. Un poco de caspa en la zona de los hombros disminuía algo su elegancia.
«Entra rápido para que no salga Cirilo», agregó y recién entonces vi a un perro al lado suyo —muy pequeño para el ruido que habían hecho sus ladridos—, que seguía el diálogo como un apuntador.
Crucé los dedos para que la conversación se realizara en el mítico ático de su casa donde operaba el aplaudido y vilipendiado taller de escritura que sostuvo por años, y donde el narrador se encerraba a diario a escribir. Quería conocer ese santuario. Casi no pude contener la sonrisa cuando me dijo, «tenemos que subir al tercer piso». Hasta ahí, todo bien, pero no contaba con que el perro fuera el primero en trepar la escalera ni mucho menos que me gruñera durante toda la entrevista. Cada tanto Donoso le llamaba la atención: «!Basta, Cirilo!», orden que el animal ignoró olímpicamente. La sorpresa para mí fue que no lo sacó de la habitación pese a que estuvo mostrándome los dientes durante más de una hora.
Siempre tiemblo durante una entrevista atemorizada de que la grabadora no funcione o de que yo no esté lo suficientemente alerta para contrapreguntar. En esa oportunidad la angustia más bien provenía de la posibilidad que Cirilo terminara abalanzándose sobre mí. En contraste a esta amenaza, mi entrevistado era particularmente amable y bien dispuesto a responder, aunque siempre de manera vacilante como si su voz fuera ciega y tuviera que escoger las ideas a tientas. Las frases terminaban con una inflexión ascendente, pareciendo que todo en él era pregunta. «¿Te fijas?». Años después leyendo sus diarios me di cuenta de que era mucho más que un estilo de conversación, era también su método de escritura: «En lo que se refiere a los Notebooks de James: la sensación, insatisfactoria para mí, de falta de titubeos. Uno no lo ve trabajando, o lo ve trabajando solo en un sentido muy exterior (…) No pierde su tiempo ni energía, ni jamás se equivoca. Tal vez porque sea tan diferente mi experiencia de la creación literaria, estos Notebooks son, quizás, lo más desilusionante e insatisfactorio de Henry James»,1 comenta en uno de sus cuadernos.
Ya avanzada la entrevista y dado que la bravata de Cirilo no menguaba, me entró la sospecha que Pepe actuaba en complicidad con el perro para mantener a la periodista a raya. Con el tiempo he llegado a la convicción de que se trató de una escena de ventrilocuismo, y que los gruñidos eran más bien la expresión de la permanente incomodidad que siempre acompañó a Donoso, ya que, como muchas veces dijo, no podía ni sabía funcionar socialmente. Ahora que lo pienso, la idea del ventrilocuo dice mucho de su escritura exploratoria que, en cada proyecto, tantea nuevas voces, sondea lenguajes para desplegar alguno de los espectros que lo habitaban. «El que escribe una novela lo hace, generalmente, no porque estime que su propia vida sea novelesca, sino todo lo contrario: por un anhelo vergonzante de participar en hechos que, se figura, tuvieron esa condición», dice el narrador en las primeras líneas de su novela Donde van a morir los elefantes. Arranca el relato y uno adivina que una vez más Donoso ha puesto en práctica el arte de impostar voces.
Tempranamente en su vida eligió el más solitario de los oficios, escribir. Y, como consecuencia de ello, dispuso de largos tiempos para compartir con sus fantasmas. Cuando escribo fantasmas, dudo si decir «demonios», pero me arrepiento. Es más indicada la primera porque es un concepto que se instala en la ambigüedad, que arrastra más misterio y marca las horas desde inquietantes sombras. Como sus relatos.
***
Recuerda Donoso que siendo niño una de sus actividades favoritas era acompañar a su padre al sastre. «Tenía de esos espejos movibles, y parándome yo entre las dos alas, y moviendo las alas en forma conveniente, sucedía que mi pequeña figura se multiplicaba en forma infinita, y veía una galería de Pepes unánimes, ritmados, que se prolongaban hasta que la vista ya no lograba comprender los fenómenos de la óptica».2 Es una anécdota, pero también es una suerte de declaración de principios. O, más que eso, una infidencia no forzada y el más acabado de sus autorretratos. Algo así como el abstract que acompaña a cualquier ensayo. El resumen de su vida.
Alguien podría preguntar entonces ¿cuántos José Donoso existieron realmente? Se puede especular con la tentación de hacer una lista: el descendiente de talquinos de cepa, el anglófilo, el homosexual, el escritor del boom, el tallerista, el envidioso, el cinéfilo, el esposo, el maestro, el paranoico, el padre, el hipocondríaco, el autor de obras imperecederas, el
guest professor, el cronista, el abuelo que leía Alicia en el país de las maravillas a su nieta…
La respuesta es más bien breve: todos y ninguno. Se disfrazó de cada uno de ellos para ser siempre fiel a sí mismo. O más precisamente, para estar en sintonía con ese niño que, en los espejos de la sastrería, viéndose replicado hasta la monstruosidad, ya había intuido que su identidad personal no estaría construida sobre la base de la coherencia, cuestión que años después con muchas jornadas de psicoanálisis en el cuerpo, verbalizaría diciendo que experimenta «una duda muy fuerte, una no creencia en la unidad de la personalidad humana».
No se trata de un escritor maldito, nada de eso. Si nos pusiéramos a revisar su biografía, encontramos una vida ordenada y sencilla. Mientras estuvo en España por casi veinte años con su mujer María Pilar y su hija Pilarcita, se mudaron muchas veces de ciudad y de casa, pero se preocupaba de que fueran acogedoras, amobladas con gusto, ojalá con objetos de calidad, aunque el dinero escaseara, como bien refleja la alegría que plasmó en su diario cuando el suegro le avisa que le regalará todas las alfombras persas. Donoso sencillamente escribe: «!!!!!!!HURRAH!!!!!!!».3
Hay que internarse en niveles más íntimos para percibir que vivió una existencia expuesta, una vida a la intemperie desde el momento en que se propuso robar a los dioses el fuego de la creatividad. Una apuesta vital a la que se arrojó sin red ni protección. Padeciéndola y gozándola. Haciéndola padecer y gozar a los suyos porque hay costos para una osadía como esa.
En muchos sentidos, nuestro novelista forma parte de esa rara especie literaria para quienes la escritura es sinónimo de vida. Si lo habitual para una persona de letras es que se proponga vivir para escribir, para contarlo, él invierte el orden de los factores y con ello el orden de su existencia. Para Donoso ser escritor no es un estado, es un proceso, una derrota que hay que combatir a diario. En un período de seca, cuando las palabras y los personajes parecen haberlo abandonado, anota desesperado en un cuaderno: «El fracaso no me gusta en nadie, menos en mí, y el fracaso no es ni la falta de dinero y de eco, sino otra cosa distinta, esto que siento cada mañana al sentarme a escribir y ser incapaz de hacerlo, dar vueltas en círculos, girar en banda. Lo contrario de fracaso no es éxito, sino vigor, potencia literaria».4
Estuviera radicado en Santiago, Buenos Aires, México, Iowa, Barcelona, Calaceite o Madrid, Donoso todas las mañanas se instala en su taller para dar un salto al vacío, que en su caso era enfrentarse a la página en blanco. Garrapatea borradores en sus cuadernos como quien hace elongaciones antes del match con la máquina de escribir. Durante su vida va sumando cábalas para conseguir un par de párrafos que le llenen el gusto: lápiz Bic de punta fina y tinta negra, cuadernos grandes, papeles especiales para cumplir con el ideal que predicaba Virginia Woolf: escribir cuatro páginas diarias. Eso podía retenerlo en su escritorio una jornada completa al final de la cual estaba realizado o amargado según hubiera logrado darle cuerpo a ese otro cuerpo, el de la ficción. Y que para él fueron más bien uno solo.
***
José Donoso nació en una familia burguesa en Santiago, en octubre de 1924, pocas semanas después de la intervención militar denominada «Ruido de sables» que obligó al Presidente de la República, Arturo Alessandri, a abandonar el territorio. Una suerte de anticipo de lo que será la vida política del país en que le ha tocado nacer, con momentos de turbulencias más complejas donde los zumbidos ya no fueron de sables sino de bombarderos de guerra. Acaso esta coincidencia influyó en que Pepe haya mantenido relaciones tensas, de amor y odio con su patria. Chile lo asfixiaba y lo fascinaba al mismo tiempo. Desde pequeño se sintió distinto, como si una fuerza lo llevara a contracorriente. No debe ser casualidad que el primer cuento que escribió y publicó en inglés mientras estudiaba en Princeton —«The Poisoned Pastries» (1951)— se trate de niños con cierta perplejidad frente a su entorno, lo mismo que le sucede al chico que protagoniza el primer relato que publicó en Chile en la reconocida Antología del nuevo cuento chileno y que constituyó la puesta en marcha oficial de su carrera de escritor: «China» (1954). Pero sin duda, será el protagonista de su aclamada novela El obsceno pájaro de la noche, Boy, quien extremó hasta la aberración esa inconformidad. Nacido deforme, su padre lo encierra en una casona de campo rodeado de una corte de los milagros a modo de falsa normalidad. Un espacio asfixiante que institucionaliza lo grotesco reflejado en ese espejo anómalo de la novela donde los rasgos monstruosos de Boy metaforizan la sociedad que representa.
En sus memorias cuenta que su familia paterna estaba conformada por antiguos patriarcas talquinos. Describe detenidamente los rasgos de vieja raza de latifundistas desde el primer Donoso llegado a Chile en 1581. Como no le interesaba vivir entre los datos, recurre a la inventiva o a la provocación —no lo sabemos— para hacer un árbol genealógico con una sombra adecuada donde cobijar su imaginación. El giro lo hace desde el origen al afirmar que descendían de un cura. La familia de su madre, en cambio, la describe como «tempranos advenedizos muy ricos», «una tribu brillante, pero improvisada». Lo que va a ocurrir es un irremediable choque de esas placas tectónicas. Chile es un país telúrico y, por lo mismo, su sociedad rehuye de los movimientos, rechaza los cambios y privilegia el statu quo. Ha sido —y lo es hoy— una nación clasista y altamente estratificada. Esta «falla geológica» como la llama Donoso, será otra de las bases de su condición de escritor.
Desde el inicio me di cuenta de que todo consistía en la herencia de una fisura, una pifia que destruía la perfección superficial de toda visión, una fragilidad de la cual nacía el impulso a ser otra cosa, que en mi caso era —como en tantos de la familia de mi madre— la ambición de reencarnarme en escritor. No tuve libertad de elección, porque un escritor no elige ni su voz, ni su mundo, ni su protesta, ni su modo de manifestarla (…) En mí ese dolor se dio, desde que fui niño, como una conciencia de fisura social, un desorientador menoscabo de quién era yo y quiénes mis padres, lo que destruía mi escasa seguridad sobre el lugar que me correspondía dentro del grupo de los que la suerte me asignó como pares. Quizás por eso estoy escribiendo ahora.5
La escritura nacida y alimentada desde la fragilidad, desde un impulso para ser otro. Esa estupefacción empieza a fraguarse tempranamente. A lo mejor principia en la casa de tres patios en la calle Ejército, con esas tías abuelas riquísimas encamadas desde hacía varios años a donde vivieron un tiempo pues su padre, el doctor Donoso, se convirtió en un especie de médico residente de este mundo detenido y su madre en una ama de llaves de estas fortunas y estilos de vida en pleno desmoronamiento.
Ahí llegaban las encomiendas cargadas de frutos de los campos maulinos como un recordatorio de una tradición en retirada mientras en los patios traseros se recitaban como jaculatorias las historias de esos mundos olvidados por la modernidad, pero tan vivos en la memoria colectiva, que el niño Donoso escuchaba deslumbrado.
Los distintos patios eran una réplica en miniatura de la clasista sociedad chilena. Esa que luego el escritor retrata en cuentos y novelas. Esa que lo haría empatizar con quienes han experimentado algún tipo de discriminación como la vivida por él durante «sórdidas crisis personales» que lo hacían apartarse o buscar «escondrijos acogedores» donde «intercambiar sin culpas las distintas máscaras que me vi forzado a seguir asumiendo para sobrevivir como algo más que un facsímil de lo que me rodeaba». Así lo recordó muchos años después en Conjeturas sobre la memoria de mi tribu, libro que terminó por ser su testamento literario, pues lo publicó meses antes de morir. En estas peculiares memorias, donde el novelista navega con mucha libertad dando rienda suelta a su fantasía a la hora de revisitar su pasado, establece matrices de su ADN que prefiguran ese achaque que padeció su vida entera: la literatura.
Es verdad que Donoso fue un hipocondríaco de fuste, que vivió atemorizado ante males imaginarios horribles como una parálisis total frente a una molestia en la planta del pie, un severo cáncer producto de un dolor de espalda o el pavor de subir a un avión convencido que la nave se estrellaría. Sabido es que en el colegio inglés en el que estudiaba inventaba dolores de estómago para evitar los deportes y, muy especialmente, las prácticas de rugby. Ya mayor, declaró más de una vez que sentía una marcada inferioridad física y, por sobre todo, rechazo al concepto de «equipo» que supone ese tipo de deporte. En sus diarios íntimos recuerda que en su niñez llegó a fingir una apendicitis que terminó en el quirófano engañando a padres y médicos. Lo evoca como uno de los momentos epifánicos, cuando descubre el poder de la ficción. Fue el instante en el que supo que el cobijo en la vida se lo brindaría la fabulación y la mentira. Cuesta creer que le hayan extirpado el apéndice estando sano, pero quizás no sea relevante verificar hasta qué punto se trata de hechos reales. Lo que importa es que Donoso lo cuenta en su diario, y, por lo tanto, lo considera como parte de la imagen que quiere ver reflejada en el espejo. Es muy probable que haya forzado algunos temas y haya recargado algunas tramas hasta dejar a punto el personaje que quiso ser: el último escritor de tiempo completo que vive acompañado de sus espectros día y noche. Ese fue su centro de operaciones, su comando de vida, el closet del que nunca quiso salir.
Como suele ocurrir en la vida de todo hipocondríaco, un día deja de serlo. Sus apocalípticas profecías lo alcanzaron. En algún momento sus padecimientos imaginarios se tomaron su cuerpo. El herido del lenguaje comenzó a sufrir ataques de úlcera (palabra que significa llaga etimológicamente) cada vez que concluía un libro, como si se hubiera vaciado por dentro, como si al carecer de un proyecto de escritura perdiera toda identidad, como si el cuerpo no fuera otra cosa que el soporte para la escritura. En las primeras páginas de Conjeturas sobre la memoria de mi tribu se pregunta «¿por qué esta sensación de catástrofe para mi salud cuando entrego una novela?, ¿Por qué esta sensación de merma del oxígeno de la fantasía, de paseo por los ribetes de la muerte, de carencia, de ser un pobre hombre vulnerable e inerme?».6
También era frecuente que le sobrevinieran patatús en los que terminaba hospitalizado asociados a otros eventos literarios, como cada vez que no le fue otorgado el premio Cervantes, por ejemplo.
En 1988 durante una larga estadía en Estados Unidos le diagnostican cirrosis hepática. Es posible que haya que intentar un trasplante, dicen los médicos. Hablan de una expectativa de vida de entre cinco y diez años. Un Donoso acongojado le dice a su mujer que quería seguir viviendo por tres razones. «Una, por ella y la niña, dos, porque quería ver derrotado a Pinochet, y tres, porque quería saber que le sucede a TARATUTA» (libro en el que trabaja en ese momento y que se publicó en 1990).7 Quiere morir como vivió, escribiendo, y es lo que ocurre cuando la deficiencia del hígado, que lo condenó a una vida muy limitada los últimos años, le provocó la muerte pocos meses después de haber cumplido 72 años.
Y es que de todos los males que experimentó Donoso, ficticios y reales, hay que decir que ante todo él fue un enfermo de literatura. Y su cuerpo fue en realidad su corpus poético, su escritura. En 1983 luego de una discusión con María Pilar que lo deja abatido, anota en su diario que no puede dejar que esto lo destruya. «Tengo que refugiarme en mi trabajo», escribe. Y luego agrega:
Tengo que vivir adentro de este cuaderno. Le tengo miedo al mundo exterior y a sus agresiones, a sus fantasmas del pasado (Lafourcade, etc.) y por lo tanto un mínimo, a penas, de vida: toda mi vida tiene que ser lo que escribo, porque de otro modo me puedo morir (corazón, etc.)8.
***
Como Chile lo asfixiaba, tan pronto terminó el colegio (que no fue fácil porque pasó por varios establecimientos escolares a causa de su desinterés por estudios formales que posponía a cambio de la lectura) la forma que encontró de no ser empaquetado en los estereotipos que la sociedad le ofrecía, fue marcharse. Partió a la Patagonia chilena donde estuvo alrededor de un año. No se sabe bien si lo que hizo allá fue leer completo En busca del tiempo perdido como abrigo improvisado contra el frío austral y el tedio o por el contrario realizó el trabajo de ovejero en la estancia Gringos Duros donde se empleó y donde junto con pastorear debía degollar sobre la marcha a aquellos animales que se accidentaban. El propio Donoso ha contado las dos versiones como si la experiencia la relatara desde el espejo del sastre. Tampoco es relevante cuál de las historias se ajusta mejor a la realidad. Lo importante, más bien, es que Donoso experimentó tempranamente la práctica del viaje como un operativo para recuperar la mirada, algo que consideraba fundamental a la hora de escribir, y como una ruta para deslizarse hacia un paisaje interior. Al principio, ese cambio de horizontes lo necesitó para ampliar las minúsculas circunstancias en las que vivía cualquier «muchacho bien» santiaguino de esos años, como alguna vez dijo. Más adelante viajó para exponerse a lo diverso. Cuando alguien le consultó si vivir fuera del país había sido una necesidad para él, dijo: «En Princeton me siento tan extraño como en Chile. Esa situación de extrañeza con el mundo no depende del lugar donde se vive y tal vez sea esa sensación de extrañeza lo que nos abre las puertas al viaje».9
Lo otro que puso en práctica tempranamente fue el viaje inmóvil: la escritura y, dentro de ella, un exilio interior a través de sus diarios íntimos que habría empezado a escribir —al menos eso indican los que se han conservado— durante otro viaje, cuando se desplazó a estudiar a la Universidad de Princeton en Estados Unidos en 1950. En mi opinión, los ochenta cuadernos que escribió a lo largo de 45 años y que describió como su «carne viva», fueron una suerte de destierro hacia adentro.
Durante su primer gesto de independencia, «de abalanzarse, ciego, hacia lo desconocido», enfermó severamente y su padre tuvo que ir a buscarlo a Buenos Aires. Al verlo a mal traer, burlonamente le dijo: «mal fin para esta primera salida de Don Quijote: veremos cómo te va en la segunda...».10 Supongo que el gesto del hijo de tomar distancia de esa sociedad encasilladora le resultaba incomprensible, y de ahí la ironía de su progenitor con quien Donoso siempre tuvo una relación conflictuada, como se percibe en cartas donde le recrimina haberlo dejado solo ante los problemas que lo corroían y que hicieron de su adolescencia «un infierno secreto, que por secreto era peor».11
En cualquier caso, habría que aclararle al doctor Donoso que su ironía erró el blanco al asociar las salidas del hijo a Don Quijote. No se trataba de un «hidalgo» aspirante a escritor que pretendía a poner en práctica sus ideales. José Donoso fue más bien Alonso Quijano, el hombre hecho enteramente por sus lecturas.
***
Sea cual sea la máscara donosiana de la que nos ocupemos, nos encontraremos con un lector empedernido. Lo fue de niño como un refugio ante la extrañeza que le generaba el mundo además del tedio que le provocaban las clases de matemáticas. Lo fue de joven cuando rehuía el colegio y se instalaba en la Biblioteca Nacional a devorar libros. Siendo todavía un escritor inédito leía a los clásicos con la secreta ilusión de desentrañar las mejores técnicas narrativas. Leyó con dedicación y premura a sus pares del boom a quienes luego retrató desde la admiración, la envidia y el cuestionamiento en ese libro insoslayable que es Historia personal del boom. Releía con frecuencia cabalística a Virginia Woolf y Henry James («leyendo por décima vez, Portrait of a lady de Henry James, y lo encuentro aún más genial que otras veces, si eso es posible»12). De hecho la literatura española le debe mucho a su anglofilia literaria. Así al menos lo reconoce el catalán Felix de Azúa, quien solía encontrarse en casa de amigos con este chileno «neurotiquísimo, pero muy simpático». Nos trajo la gran tradición crítica norteamericana, algo insólito para nosotros provincianos, dijo de Azúa. «Él nos llamaba “analfabetos” por no haber leído a los grandes ensayistas de Estados Unidos, y a nosotros nos parecía que eran todos de la CIA».13
Indudablemente, leer era una fuente de placer para él. Pero era también una travesía hacia la identidad: «Siempre quiero parecerme a los escritores sobre los cuales leo, tener una vida y una penetración como la de ellos, y lo que hago me parece que carece de toda profundidad. Nadie más distinto a mí que Isak Dinesen, en todo sentido. ¿Por qué, entonces, mi fascinación con ellos?».14
La lectura puede, incluso, llegar a ser canibalesca. Sus cuadernos registran momentos antropófagos que dejan convertido su escritorio en una mesa de disección donde va reuniendo fragmentos de cuerpos literarios como apreciadas piezas colección: «Leyendo Doctor Faustus aparecen mil cosas para el Pájaro» (8 junio 1967); «Curiosamente, estoy sacando muy poco de mi lectura de Los endemoniados de Dostoyevki» (3 octubre 1973); «Mañana voy a hojear Paradiso en busca de palabras» (11 julio 1968); «Tal vez leer un poco a Katherine Mansfield para dar la atmósfera de los niños jugando en el jardín» (18 junio 1965); «Lo que debo hacer es leer leer leer, Paradiso, releer a Fuentes» (10 febrero 1968); «Puede ser como el camera eye de Dos Passos» (8 abril 1968); «¿Por qué no hacerlo “histórico”, y muy Isak Dinesen?» (3 diciembre 1968); «Leyendo el artículo de Hemingway se me aclara la relación Humberto–Jerónimo» (6 abril 1966).
Consume libros para poseer sus nutrientes, alimentarse de ellos. Así lo declara en 1984 en su diario: «debo tratar de recordar que cada vez que leo un libro que me interesa por cualquiera razón que sea —aun por las razones de cotilleo de este libro— me dan ganas de descuartizarlo y sacar para mí, y apropiarme de las partes que me interesaron».15
Como le fascinaban las peripecias de escritores fue un gran lector de biografías y un permanente fisgón de vidas ajenas. Donoso era tan voraz frente al chismorreo como ante la lectura. A la hora del pelambre —como decimos en Chile— sobresalía con observaciones incisivas. Para Jorge Herralde este escritor «apasionado por la literatura y su queridísimo Henry James, también tenía un gran sentido del humor y lanzaba frecuentes y certeras maldades sobre escritores y “personajones”, una gozada».16 Donoso se sorprendería con esta afirmación, nunca se consideró un conversador atractivo, sin embargo, lo era a pesar suyo.
Ni las inclemencias de las paranoias que lo rondaban ni los achaques que aparecieron con los años disminuyeron su fascinación por la lectura. Nada mermó su enorme apetito libresco. Las novelas de los otros eran para Donoso el jardín de al lado, que despertaban toda su curiosidad y apetencia cuando le parecían relatos logrados. Para nuestro novelista más que un pecado capital como establece la religión católica, la envidia era un dispositivo primordial para la creación. Es hora de admitirlo: muchas de sus debilidades que no fueron pocas, lo hicieron una persona entrañable, precisamente, por su fragilidad y forma honesta de vivir sus neurosis. «Nada de pedanterías. Tengo, tengo, tengo que ser honrado y tengo, tengo, tengo que ser novelístico a la vez».17
***
Sus molinos de viento fueron contradictorios. Imposibles no por lo grandiosos —que lo eran—, sino porque estaban hechos por fuerzas confrontadas. Batalló por conseguir que su obra fuera reconocida en forma masiva, transversal, pero velando por no quedar atrapado en las garras del poder que implica el éxito, negándose a escuchar los cantos de las sirenas de proyectos escriturales facilistas.
Fantaseaba a ratos con la idea de ponerse en contacto con «el fracasado que uno lleva dentro» porque reconocía allí una gran fuente creativa. Ahí estaba el magma para moldear y ser moldeado. Pero sucumbía ante los delirios del reconocimiento y los celos que le producía ver que algunos de sus pares del boom como García Márquez o Vargas Llosa, eran reverenciados como rock stars. En ese desgarro vivió y escribió. Y así lo percibieron sus colegas. Según Carlos Fuentes fue «el más literario de todos los literatos del boom».18 Vargas Llosa expande esa calificación al afirmar que era el más literario de todos los escritores:
No solo porque había leído mucho y sabía todo lo que es posible saber sobre vidas, muertes y chismografías de la feria literaria, sino porque había modelado su vida como se modelan las ficciones, con la elegancia, los gestos, los desplantes, las extravagancias, el humor y la arbitrariedad de que suelen hacer gala sobre todo los personajes de la novela inglesa, la que prefería entre todas.19
Juan Cruz fue más escueto al decir que Donoso era «el ego más refinado, el más literario de los egos que he conocido».20
Ser escritor de tiempo completo no necesariamente significa escribir ocho o diez horas diarias. Se trata más bien de enfrentarse al día a día con una mirada escritural, abordarlo todo como una incógnita, una interrogante sobre sí mismo y sobre el mundo al que hay intentar atrapar mediante una historia.
¿Por qué escribo? Todo ha sido dicho ya, esa es la sensación que uno tiene. Pero resulta que uno nunca sabe lo que va a decir, qué tiene que decir, hasta no decirlo por escrito. Porque no me interesan los escritores que llegan a una conclusión antes de su obra y construyen una ficción para exponerla. Me interesan, al contrario, aquellos escritores cuyo significado, cuya voz, es inseparable de la obra hecha, y solo al hacerla la van encontrando y conociendo. Me interesan sobre todo las obras que, por muy conscientes e inteligentes que sean, sean más que nada ellas mismas un encuentro del escritor con su propio ser, con el mundo, con la vida. Si una obra no es esto, es muerte, es un aborto, no es literatura. (…) En el fondo, uno escribe para saber por qué escribe.21
Agnóstico y nada religioso, quizás veía en la escritura una forma —inútil, pero un camino de todas maneras— de vencer a la muerte. A la nada que era una de sus obsesiones. A los 33 años confiesa en su diario que tiene terror a la muerte. Y luego remata:
Este accidente miserable que es mi vida y a la cual debo darle la mejor estructura de que soy capaz. ¿Por qué? Bueno, para que en el momento de la muerte no me aterre más aún con la conciencia que ni siquiera he cumplido o tratado de cumplir con mis deseos. Ya que no puede haber una honradez histórica general, por lo menos el haber alcanzado una honradez psicológica, moral, con respecto a uno mismo, el haberse creado lo más posible, hasta sus límites, puede dar algo de consuelo.22
Pese a lo convulsionadas que fueron las décadas de los sesenta y setenta donde los artistas ocupan un espacio relevante en las confrontaciones políticas, Donoso no estuvo involucrado cabalmente en la cuestión pública por su naturaleza retraída, su carácter temeroso y, sobre todo, porque no le atraía ni confiaba en lo que aparecía en la superficie. Tenía la convicción de que las verdades se despliegan en profundidades oscuras, se expresan de modos más complejos y tienen lenguajes que demandan lecturas no necesariamente lineales ni racionales. Tantas cosas que solo se pueden conocer mediante la imaginación y técnicas adivinatorias. Acaso su agnosticismo no era absoluto y se pensó a sí mismo como un chamán volcado a interpretar los signos de su tiempo. El adivino de la tribu del que habla Ricardo Piglia, que narra «una historia a partir de rastros y vestigios oscuros».23
En esos vericuetos se instaló Donoso.
Un hombre es, también, sus máscaras, desde las cuales es posible inferir la identidad, la unidad de un ser, y son como metáforas de ese ser, objetos traslúcidos, no transparentes, que dejan pasar la luz y entra lo que hay al otro lado, pero sobre todo que retienen la luz y son, en esencia cuerpos opacos cuya presencia se interpone entre el ojo del espectador y el objeto real que queda al otro lado.24
En ese espacio de opacidades elocuentes, José Donoso desarrolló su escritura, que se fraguó en obras reconocidas en todo el mundo como lo demuestran las de 25 lenguas a las que han sido traducidas: el coreano, ucraniano, chino, turco, entre muchas otras.
Su biografía consigna que falleció el siete de diciembre de 1996 en Santiago. No es exacto. Personas como él —habitante de ese otro lado— no mueren, solo se mudan a sus libros. Desde entonces, José Donoso no ha hecho otra cosa que multiplicarse en personajes, situaciones, narradores, monólogos. Replicarse en ficciones que dan cobijo a miles de lectores. Lo más sorprendente es que ha seguido publicando póstumamente. Artículos, crónicas, entrevistas suyas así como sus diarios íntimos han sido editados en las últimas décadas. Hay que sumar, además, novelas escritas por él y libros hechos por otros, como el extraordinario y conmovedor Correr el tupido velo de Pilar Donoso, su hija.
Es probable que la mejor síntesis acerca de quién es José Donoso la haya acuñado él mismo al momento de escoger las palabras para la lápida de su tumba en el hermoso cementerio de Zapallar donde yace: «José Donoso: escritor».
Punto.
Hugo Correa: la luz propia no pasa de moda
Por Óscar Barrientos Bradasic
Quiero comenzar esta semblanza con una imagen: un niño de rostro vivaz caminando por las calles de Curepto. Esa es la génesis de todo cuanto pueda escribir en el trayecto de estas páginas. Curepto en aquel tiempo tiene a su haber unos dos mil habitantes. Es un pueblo con casas de adobe, algunas construcciones coloniales y, en su recodo, el río Mataquito silba con su flauta de estero sediento y maltrecho. Tierra de secano, famosa por sus vinos. Una pincelada agrícola en medio del paño territorial chileno. Pero este niño camina indiferente con las manos en los bolsillos y en su contemplación, la noche maulina parece un gran fresco de astros luminosos bosquejado en el corazón de la penumbra.
Su poblado, no obstante, tiene a su haber el terrible antecedente de ser el lugar donde fue ejecutado y desmembrado Lautaro, el corajudo guerrero mapuche de probado prestigio bélico. De igual manera, es probable que este niño haya escuchado a muchos hablar del Oriflama, el ya mítico navío que naufragó en la playa de La Trinchera y del cual se ha forjado un acopio en el Museo Histórico Religioso de Curepto. Sin embargo, estas leyendas ligadas a la ruralidad chilena no le llaman tan poderosamente la atención. Más bien le fascinan las tiras cómicas de Flash Gordon, el héroe que visita el planeta Mongo gobernado por el siniestro Ming.
El niño no despega los ojos del cielo estrellado, esa colosal alfombra de luces que titilan despidiendo una luz que traduce eras remotas, constelaciones que se desgajan en círculos infinitos, galaxias donde el astrónomo solaza sus pupilas, el geómetra extravía las dimensiones de su alma y el cosmonauta (como un náufrago) eleva plegarias a un dios sin rostro que viaja en el viento de la perpetuidad.
Este niño de Curepto se pregunta por quienes viven en esos sistemas planetarios, en esos confines donde sus ojos no llegan. Podría habitar en el fondo de su espíritu, el germen de un astrónomo, pero en realidad, yace más bien, un escritor.
De eso quiero hablar.
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Me topé con la literatura de Hugo Correa Márquez durante mis años universitarios, dada mi irrevocable afición por la literatura fantástica, los cómics y la ciencia ficción. Con mi primo Rafael Cheuquelaf y un estudiante de derecho que luego se transformaría en un maestro de aikido llamado Aldo Corrales, nos constituimos, durante aquellos tiempos lluviosos de la Universidad Austral de Chile, en seguidores leales y capciosos de la obra de Correa, traficando fotocopias que circulaban por pocas manos y sus libros de gastadas portadas, siempre en ediciones añosas y arduas de conseguir.
Su excentricidad y su silencio me conmovieron. Sin temor a equivocarme, creo que costaba encontrar otras expresiones de esta naturaleza en la producción nacional y pese a su aparente marginalidad, algunos estudios lo incluían junto a voces de la envergadura de Asimov, Silverberg y Clarke. Lo consignaban como antecedente de autores respetadísimos como Stanislaw Lem o Larry Niven. A pesar de ello, era bastante difícil saber de su paradero, ya que incluso cultivaba fama de eremita.
Recuerdo haber visto su fotografía en una enciclopedia ilustrada de la revista Ercilla que lo clasificaba en la generación de 1950, cosa que era como insertar en un redil ajeno, no precisamente a una oveja negra, sino a una entidad alienígena. Su narrativa tenía poco que ver con el Parque Forestal, con la erosión existencial, con la casa de Dostoievski y la despreocupada vivencia de lo urbano. Estos libros de Correa no querían necesariamente superar el criollismo, sino más bien dotarlo de aderezos góticos y estrafalarios. En su prosa gravitaban cosmonautas y autómatas, seres extraterrestres, civilizaciones gobernadas por máquinas, su imaginario transcurría un mundo que también era Chile, pero transfigurado con los atavíos del esperpento y una solapada invocación a la espada justiciera.
Después me enteraría que esa excentricidad y silencio también era transmitida a sus lectores considerados bichos raros, despistados o nerds que sobrevaloraban a este arisco maulino, convirtiéndolo en un autor de culto. También se le endosaba su cercanía a la derecha, aseveración que no era del todo gratuita. En esta misma Ercilla se veía una foto en blanco y negro de este hombre bajo, adusto, cejas gruesas, labios estrechos, con algo de un actor francés de la década del cuarenta.
Sabemos que nació en Curepto el 24 de mayo de 1926 y que estudió en el liceo de dicha ciudad, para después proseguir en el Internado Barros Arana. Permaneció dos años en las aulas de la Universidad de Chile estudiando Derecho y fue justamente en la Casa de Bello donde decidió renunciar a los códigos y la jurisprudencia para dedicarse por completo a la literatura y también al periodismo, oficio que ejerció bajo diferentes aristas. Inició sus colaboraciones con El Mercurio en 1947 y trabajó como redactor y columnista en La Nación, La Tercera, Ercilla y revista Paula. Durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva fue director de Difusión de la Consejería Nacional de Promoción Popular y en los años de la dictadura pinochetista tuvo un rol en la Fundación Nacional de la Cultura.
Presidió UFO Chile, organización dedicada a estudiar los objetos extraños que circulan por el cielo y las dudosas intenciones de los extraterrestres cuando se les antoja visitar nuestro planeta.
Escribió una importante cantidad de cuentos y novelas clasificables dentro de los géneros, ciencia ficción, gótico y fantástico: Los altísimos (1951); El que merodea en la lluvia (1962); Alguien mora en el viento (1966); Los títeres (1969); Cuando Pilato se opuso (1971); Los ojos del diablo (1972); El Nido de las Furias (1981); Donde acecha la serpiente (1988). Posteriormente, siete años después de su deceso, acaecido en Santiago el año 2008, la editorial Alfaguara reeditó gran parte de su narrativa y, además, publicaría una novela inédita titulada El valle de Luzbel (2015).
Su literatura circuló por revistas españolas, inglesas, norteamericanas y japonesas. Participó del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa. Recibió variados reconocimientos en vida (entre ellos el acreditado Premio Alerce que otorgaba en otrora la Sociedad de Escritores de Chile) y se le propuso alguna vez para el Premio Nacional de Literatura, iniciativa que, finalmente, no prosperó.
Fue reconocido por la autorizada revista española de ciencia ficción Nueva Dimensión donde se dijo que Correa era «uno de los escritores fantásticos sudamericanos más conocidos fuera del marco de Latinoamérica, uno de los que ha conseguido mayor proyección allende sus fronteras», por lo que le dedicó una edición especial con doce cuentos suyos en 1972. De igual manera, aparecería en la reconocida revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, cuyo editor científico era Isaac Asimov y que tenía colaboradores del calado de Kurt Vonnegut.
A esto se suman comentarios elogiosos y números destacados en las revistas Norte de Holanda y Cuadernos del Sur de Argentina.
Pese a su fascinación por la tecnología jamás usó computador. Hugo Correa confió siempre en su herrumbrosa máquina de escribir. Esa máquina de escribir ahora es una nave espacial que recorre horizontes remotos, las inmensidades estelares y literarias, los planetas solitarios (como los que visitaba el Principito) en busca de lectores atentos y probos. Siempre los habrá.
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