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"Contra Paraíso" es la primera y más preciada novela de la fecunda saga de libros autoficcionales de Manuel Vicent. En ella regresa al mítico mundo de la infancia en su Vilavella natal. Los aprendizajes del niño se debaten entre el placer y la culpa, la libertad y el castigo, hasta desembocar en la inevitable expulsión del paraíso que depara el crecimiento. El relato encierra inestimables claves de la poética y la lengua literaria del autor.
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Seitenzahl: 764
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Manuel Vicent
Contra Paraíso
Edición de Raquel Macciuci
INTRODUCCIÓN
Mínima presentación
Manuel Vicent. Hoja de vida y literatura
El pueblo
La ciudad
La capital
El tardofranquismo y la transición
La prensa y el libro
En el nuevo siglo
Imagen de escritor: el autorretrato, el daguerrotipo y el campo literario
La cita cotidiana
Un escritor «anormal»
Porte y talante
Las artes de la literatura: narrar, novelar, contar
Una poética de sensaciones y contrastes
Opuestos, antítesis y paradojas: una estética del oxímoron
La prensa y el libro; la invención y la imaginación
Perspectivismo, contrastes e iluminaciones
Claroscuros del mar de Homero
Mitos cotidianos
Celebración y crítica del mundo
Clásico y barroco
Inclemencia y ternura; humor y melancolía
Sensualismo, pensamiento y superficies profundas
«Contra Paraíso»: historial de un libro
Entornos de la novela: la geografía, la historia, el tiempo
Sobre las coordenadas básicas
La geografía y el espacio
La historia y la Guerra Civil
El tiempo y el calendario
La infancia recobrada. Aproximaciones
Primer acercamiento
Significados de ‘contra paraíso’
El anclaje de los géneros: autoficción y novela de aprendizaje
Enseñanzas, iniciaciones y contra-aprendizajes
Tres lecciones primordiales: la vida,la muerte, la literatura
Itinerarios textuales
La cartografía esencial
El Mediterráneo
«Y entonces conocí el mar»
El santoral: ritos, ciclos, lugares
Los caminos de la memoria
Apuntes de poética y estilo
Las cosas y sus nombres
Final abierto: la memoria sensorial
Premios, distinciones
ESTA EDICIÓN
BIBLIOGRAFÍA
CONTRA PARAÍSO
PRÓLOGO. Los límites de este paraíso
1. Los límites del paraíso
2. La sombra de una música de violín
3. La despensa
4. Nada bajo el resplandor
5. Sustrato de frailes
6. La puerta de casa
7. El castillo de las mentiras
8. Los muertos
9. La escuela de párvulos
10. Inventario de sonidos y silencios
11. Mendigos, zíngaros y saltimbanquis
12. Choneta y los animales fantásticos
13. La simiente del miedo y el poder
14. La primera sangre del amigo
15. El descubrimiento del mar
16. La resaca
17. El nudo de los animales
18. Sombras en el telón
19. El sexo en el espejo
20. El terror y la ortografía
21. El jardín cerrado
22. La culpa y los pasteles
23. La rueda del tiempo
24. El viento morado de Cuaresma
25. El misterio del pan
26. Las procesiones de primavera
27. Tempestad de agosto
28. Mitad monje, mitad soldado
29. Paco Tachim y el infinito
30. Muerte de la yegua Maravilla
31. Cinema Rialto
32. Pistolas y canciones de Navidad
33. El día en que llegó la nieve
34. El hambre de los atletas
35. Partida de caza
36. El milagro del lidonero
37. El profesor Alba
38. Las formas que adoptaba Dios
39. Los galanes de la tribu
40. Zapatos nuevos
41. El corazón del palomo
42. El tren de los hambrientos
43. Sacrificios al pie del limonero
44. La visita del gobernador
45. El convite de Franco
46. Un caballero muy elegante
47. Un combate de boxeo
48. Un diosa con sombrero de Panamá
49. Cuando murió Manolete
50. Un cierto olor a picadura selecta
51. Hay un barco en el puerto de Borriana
52. Adiós, adiós
GLOSARIO
AGRADECIMIENTOS
CRÉDITOS
Contra Paraíso fue mi trabajo preferido porque fue determinante y necesario. Mientras lo escribía sentí que estaba tocando una materia orgánica, sensible y verdadera.
Manuel Vicent, Eñe. Revista para leer, 2017
Manuel Vicent en la cima de El Puntal, con la Plana y el mar Mediterráneo al fondo (1998). (Cortesía de Joan Antoni Vicent)
Contra Paraíso inaugura el ciclo autoficcional de Manuel Vicent. Probablemente haber abierto la trilogía que completaron Tranvía a la Malvarrosa y Jardín de Villa Valeria, seguidas, ya fuera de este ciclo por León de ojos verdes y Verás el cielo abierto, influyó en la desigual recepción e impacto de la primera novela de la saga, pareja a su trayecto editorial igualmente atípico. Atípico, que no quiere decir inexistente ni insustancial, sino todo lo contrario, pues en su derrotero Contra Paraíso ha dejado testimonios inapreciables del arte de hacer libros.
La presentación en sociedad fue en la revista El Temps, por entregas comprendidas entre octubre de 1991 y el mismo mes de 1992, con el título Plaques de la memòria. Cada capítulo estaba ilustrado por los delicados dibujos del artista plástico Andreu Alfaro y ostentó la infrecuente novedad de darse a conocer antes la traducción al catalán1, a cargo de Miquel Alberola, que la versión en la lengua original.
Desde entonces, Contra Paraíso ha estado rodeada de circunstancias, si no excepcionales, poco frecuentes: de 1993 data la primera aparición en soporte libro en idioma castellano, bajo el sello Destino, con su título definitivo. Pocos años después, en 1994 y 1997, contó con dos deslumbrantes ediciones, en Destino, en lengua catalana y con premio incluido una; en Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, en castellano, la otra. Ambas repusieron con sumo esmero los dibujos de Alfaro que habían ilustrado cada una de las entregas del semanario valenciano. De menor trascendencia, aunque digna de mencionarse, fue la edición de Planeta De Agostini de 2000, no revisada ni autorizada por el autor, que reproduce la de Destino de 1993.
En 2002 Contra Paraíso apareció por primera vez con el sello Alfaguara como parte del volumen que reunió la trilogía memorialística bajo el título Otros días, otros juegos. El mismo año contó con una traducción al alemán, con el título Zeit der Orangen, es decir, ‘Tiempo de naranjas’.
En 2013 se sumó una versión en valenciano, destinada a la circulación restringida en un ámbito local. Además de incluir fotografías ilustrativas de la trama y parte de los dibujos de Alfaro, esta edición, preparada por Joan Antoni Vicent, tiene el mérito de recuperar por primera vez los títulos de cada uno de los capítulos, suprimidos al pasar de El Temps a soporte libro.
Sin duda la discontinuidad editorial y los diferentes formatos, con el consiguiente cambio del perfil del público receptor, sumados a la condición de novela de apertura de la trilogía, contribuyeron a que su repercusión relativa haya sido menor, pues pese a las reiteradas ponderaciones de lectores y expertos, carece de los estudios específicos que su importancia y calidad ameritan2. El lugar algo apartado de Contra Paraíso se evidencia en que los comentarios críticos sobre el ciclo de memorias de Manuel Vicent suelen partir de Tranvía a la Malvarrosa, y si se menciona la primera, no se advierte un trato directo con el libro. Igual desatención se advierte cuando no se sitúa el inicio de la saga de los llamados relatos del yo del escritor y periodista valenciano en la fecha correspondiente, anterior a la eclosión del género a finales del siglo XX y, por lo tanto, independiente del fenómeno.
Aunque pueda juzgarse una asociación libre, espero que las páginas siguientes justifiquen el símil entre la tendencia a brillar y a eclipsarse de Contra Paraíso y la elíptica órbita de la andadura de su autor, que a menudo no está —física o simbólicamente— donde se lo aguarda y, en cambio, se lo encuentra donde no se lo espera, en parte impulsado por su consustancial inclinación a huir puertas afuera y tomar soberana distancia de la palestra pública; en parte, gracias a la inercia de las praxis autorreproductoras de la institución literaria, a las cuales especialistas y críticos no somos ajenos.
Es de esperar que la presente edición de Cátedra permita sacar esta preciosa novela memorialística de una especie de selecto e intermitente ostracismo, concediéndole un lugar más visible en el sistema literario. Los lectores quedarán argradecidos si se vuelve a poner en foco una novela que mediante un cautivante registro literario rescata una parcela del pasado de España desde una perspectiva poco transitada por la narrativa dedicada a la Guerra Civil y la posguerra.
Es de esperar también que el análisis razonado y documentado aquí presente logre —medianamente— poner de relieve las principales virtudes de Contra Paraíso. Si además consigue mover al receptor inquieto y al crítico prevenido a continuar explorando innumerables redes de sentido aún por revelar, mi tarea habrá llegado más allá de su cometido.
Manuel Vicent vive en Madrid, a veces, uno va al café Gijón esperando encontrarle en la tertulia de la primera mesa entrando a mano derecha, y no está. Se ha ido a su Mediterráneo a ver los palmerales y huertos de naranjos, a comprar salmonetes en el pósito.
Luis Carandell, 1993
Manuel Vicent ha contado fragmentos de su existencia en numerosas entrevistas y artículos, pero, fundamentalmente, se ha prodigado en la serie de libros de memorias que se inicia en 1993 con Contra Paraíso3. Estos relatos, junto a las noticias brindadas por el propio autor, han sido la fuente de la presente reseña biográfica y fueron contrastados con datos e hipótesis aportados por fuentes indirectas atentas a la trayectoria literaria, a la imagen de autor y a su lugar en el campo intelectual y en la esfera de la cultura, en tanto derivas biográficas que enriquecen el estudio de una obra.
El autor de Contra Paraíso nació el 10 marzo de 1936 en la Vilavella, pueblo de la Plana Baixa, provincia de Castellón, Comunidad Valenciana, a escasos kilómetros del mar Mediterráneo. La comarca pertenece a una región bilingüe donde se habla castellano y catalán o valenciano. En los años cuarenta, recuerda el autor, la lengua mayoritaria era el valenciano, aunque el castellano ejercía la hegemonía, y él formaba parte del reducido colectivo que podía comunicarse en los dos idiomas4.
Quien indague la fecha de nacimiento de Manuel Vicent encontrará que la mayoría de las reseñas biográficas dan como válida el 10 de junio, error fomentado por el propio autor, que prefirió establecer su natalicio sin someterse a los designios de las lunas y del calendario, para así librarse de los fastidiosos almanaques que cada jornada proporcionan una lista de los nacidos bajo determinados signos australes. Según su propio testimonio, la fecha elegida se explica en el contexto de la Guerra Civil, porque la partida de nacimiento se destruyó cuando la iglesia fue incendiada poco después de la sublevación de una parte del ejército bajo las órdenes de Franco. Cuando años después supo que fue bautizado el 10 de junio en un balneario destruido sin la presencia de un sacerdote (pues estaban huidos a causa de las persecuciones desatadas tras el golpe de Estado), le parecieron signos auspiciosos para fijar su natalicio, y además podía decir que, en realidad, su cumpleaños ya había pasado.
Sin duda, nacer el año del comienzo de la Guerra Civil deja un fuerte impronta; además de las adversidades que conlleva un conflicto bélico y sus secuelas, significa pertenecer a una generación que en 1975, cuando finaliza la dictadura que sobrevino al triunfo de los sublevados contra la República, tiene la misma edad del régimen de Franco, es decir, que se ha criado y llegado a un estadio de madurez avanzado bajo una férrea dictadura.
La familia Vicent estaba compuesta por los progenitores y cinco vástagos, José María, Rosita, Manuel, Pura y Juan Antonio. En rigor de verdad el escritor fue el cuarto de siete hermanos, dos de los cuales murieron pronto, antes de su nacimiento; uno a los pocos meses de vida, mientras el otro, una niña, a los dos años, por lo que pudo dejar más recuerdos; ambos son recordados en el capítulo 8. Comparecen en distintas alternativas de la novela tanto los hermanos sobrevivientes como los padres y otros allegados cercanos, en particular, los abuelos de la rama materna y cinco tíos, cuatro varones y una mujer.
Las tierras propiedad de la familia le permitieron pasar una infancia sin las penurias más extremas de la posguerra, aunque no dejó de advertir las consecuencias de la contienda y de la dictadura, pese a pertenecer a una familia encuadrada en el bando vencedor.
El primer estadio de su educación comenzó en una escuela de párvulos en la ciudad de Vila-real, en donde tuvo que refugiarse el grupo familiar desde 1938 por casi tres años. Ya de regreso en su pueblo comenzó la primera enseñanza, bajo la tutela sucesiva de dos maestros, don Ramón Ribelles y don Manuel Segarra; paralelamente se fue incorporando a la esfera de la Iglesia como monaguillo. Hacia los diez años, el padre y los sacerdotes cercanos a su entorno terminaron encauzándolo hacia la carrera sacerdotal, para lo cual ingresó en el Seminario de Tortosa, regido por jesuitas, a cuya diócesis pertenecía Castellón, provincia que lo nutría de hasta un 90 % del alumnado. La falta de auténtica vocación lo llevó a idear artimañas para merecer la expulsión, lo que consiguió después de haber estudiado los primeros cursos de Humanidades. Los años de escuela media restantes los cursó en el castellonense Instituto de Segunda Enseñanza Francisco Ribalta.
Cumplida la etapa de segunda enseñanza, se traslada a Valencia. Allí reside en el Colegio Mayor Pío XII y estudia el preuniversitario en la academia Castellanos. Se prepara para comenzar la carrera de Filosofía y Letras, que pronto cambió por Derecho. Con el fin de lograr situarse a la par de la promoción que le correspondía, hacia 1957, en el segundo año de carrera de Derecho, se matriculó en dos cursos a la vez en la Universidad de Granada, donde permaneció un año.
Durante la adolescencia y juventud corrobora y elabora conceptualmente la índole política y moral de la dictadura de Franco, que había intuido y entrevisto en su niñez. Su rechazo del régimen autoritario y las ansias de libertad crecerán por partes iguales a medida que transcurra el tiempo, aunque el patrón ideológico de la infancia sin duda lo condiciona todavía cuando en sus primeros años de estudiante de Derecho forma parte de Juventud Universitaria Masculina de la Acción Católica (JUMAC).
Pocos años después cumple con el servicio militar obligatorio en la Milicia Universitaria con el grado de alférez reservado a los estudiantes o recién graduados. El destino del campamento fue Montejaque (Málaga) y luego, por su alta puntuación, pudo elegir destino, que fue el cuartel del Regimiento Inmemorial del Rey, en el Paseo Moret de Madrid. Cuando realizaba la instrucción, recibe la noticia de la muerte de su madre, episodio que ha narrado en diferentes capítulos de sus memorias.
En 1960 traslada el expediente académico desde Valencia a la Facultad de Derecho de la Complutense en Madrid, donde obtiene la licenciatura. A partir de 1960 vive en la capital de España, según su propia explicación, movido por el deseo de ampliar horizontes lejos de la ciudad del Turia, aunque la razón aducida ante sus progenitores fue la de realizar una supuesta especialización que solo podía estudiar en la capital.
En diferentes momentos Vicent ha dicho que si hubiera tenido que tomar la decisión unos pocos años después, cuando la aplanada cultura valenciana fue sacudida por Joan Fuster con dos libros señeros (El País Valenciano, 1962; Nosaltres, els valencians, 1964), quizás no hubiera abandonado la capital del Turia. La doble identidad, o identidad escindida entre Madrid y Valencia, el castellano y el valenciano, ha dejado su huella en el autor, que en la capital del Estado era visto como un extranjero, y en su tierra, una especie de desertor, situación de la cual, según su relato, el reconocido filólogo valenciano lo redimió al decirle: «Tu escrius en castellà però penses en valencià». Con el tiempo se ha revertido en parte el estigma de ser valenciano en Madrid y castellano en Valencia: «sería injust no reconèixer el mestratge que ha suposat per als escriptors valencians —fins i tot per a aquells que, com jo, hem desenvoluupat lanostra obra en català— la seua prosa elegant i concisa, la seua recerca constant de la perfecció estilística»5.
En sus primeros años capitalinos se aloja en distintas viviendas del barrio de Argüelles, en las calles Gaztambide, Rodríguez de Sampedro y Romero Robledo, como ha narrado en Jardín de Villa Valeria y en Verás el cielo abierto. En una de ellas conocerá a su futura esposa, valenciana exiliada en México, a donde había llegado siendo niña junto a sus padres republicanos y que por entonces se encontraba de viaje familiar y de estudios en Madrid. El dato trasciende el ámbito privado porque en la España franquista y en una familia conservadora habrá causado no pocos resquemores la filiación política de la contrayente, aun cuando no llegaran a enterarse de que paralelamente a la boda legal se había celebrado otra clandestina, por poderes, ante las autoridades de la República Española en el Exilio residentes en la capital azteca, pormenores narrados por primera vez en Verás el cielo abierto.
Con un futuro incierto por delante y sin oficio definido, Manuel Vicent retoma una incipiente vocación literaria que se había manifestado en forma discontinua desde la infancia y dado algunos frutos primerizos en los años universitarios y de la milicia. Comienza a afirmarse en esta profesión con la edición de su primer relato, El resuello, publicado en 1966 por Alfaguara en la colección La Novela Corta Española Contemporánea. En 1967, el otorgamiento del Premio Alfaguara a Pascua y naranjas constituye un reconocimiento decisivo para afianzar su trayectoria.
Sin embargo, a pesar del prometedor comienzo en el campo clásico de la literatura a través de un género canónico como la novela, Manuel Vicent pronto se decantó por una práctica cada vez más intensa en el campo de la prensa, en el que comienza a destacar hasta convertirse en una firma descollante entre los escritores que renovaron el articulismo literario en los años de la transición política. Resultado de este giro vocacional, aparece matriculado en la Facultad de Periodismo porque el título le hacía falta para obtener el carnet de periodista. Cursa y aprueba en poco tiempo los tres años de la carrera, pero no llega a graduarse porque no se examina de la última materia.
El período tardofranquista lo encuentra escribiendo en los últimos años del diario Madrid 6. Diferentes secciones de las que fue principal responsable en este periódico preanuncian los rasgos de sus artículos futuros: por un lado, escribió análisis sobre política internacional, en la línea del registro objetivo y distanciado del periodismo clásico7; por otro, las notas de sesgo crítico y burlesco en la serie «Cosa Nostra». Por entonces comienza a perfilar también una particular sensibilidad estética en la medida en que el diario comienza a dedicar un lugar más destacado a la actividad artística y literaria. Destaca en particular en el apartado «Cultura hoy», en el cual volcará su conocimiento directo del mundo del arte, de los museos, las galerías y los coleccionistas, acompañado de afinados comentarios de obras plásticas.
En los tiempos de la declinación del franquismo y de la trabajosa transición democrática, Vicent se asienta en el oficio a la vez que profundiza la ruptura con los valores encarnados en la figura de un padre adusto, católico practicante y afecto al régimen. La adscripción a un modelo político democrático de izquierdas lo convirtió en un fiel compañero de viaje de las organizaciones políticas de sello progresista, pero probablemente su acérrimo espíritu independiente lo mantuvo alejado de la militancia con carnet. No obstante, el verbo cáustico, la mirada certera y la coherencia de sus principios lo convirtieron en cronista imprescindible de una época marcada por la aceleración de los tiempos históricos.
El siguiente paso después del diario Madrid será a Hermano Lobo. Revista de humor dentro de lo que cabe. Su firma aparece en diferentes secciones del semanario satírico surgido del mismo tronco editorial del emblemático semanario Triunfo8. Entre 1972 y 1976, el nuevo medio dirigido por Chumy Chúmez se convirtió en una de las publicaciones de humor más celebradas gracias a las sátiras antifranquistas y al insistente reclamo de democracia, llegando a desplazar del centro a La Codorniz, la revista de posguerra pionera en la construcción de un humor impertinente9.
En Hermano Lobo Vicent jugó un papel sobresaliente; puede decirse que en sus páginas terminó de perfilar su condición de sagaz analista de la realidad política poseedor de un estilo irónico y mordaz. No decayó sin embargo su interés por la crítica de arte, visible en los artículos firmados con el pseudónimo el Malburu, de especial relevancia porque indican la continuidad de la vocación ya manifestada en las colaboraciones en el diario Madrid, que se concretaría en la apertura en los años setenta de la galería de arte El Coleccionista, en el barrio de Argüelles, indudable fuente de conocimiento de los entretelones de un mundo refinado y fastuoso que supo volver ficción en La novia de Matisse.
Entre sus mordaces intervenciones en Hermano Lobo destaca la serie Caperucita y los lobos10 en la que Vicent representaba al Cazador, el humorista Cándido a la abuelita y Francisco Umbral a Caperucita. Otra sección de relevancia fue «A media voz los dos», ciclo de entrevistas en las que Vicent dialogó, entre otros, con Felipe González, Raimon, la esposa de Marcelino Camacho y las de otros dirigentes comunistas que se encontraban presos en Carabanchel. En las entrevistas se puede ver la forja de uno de los géneros que el autor de Tranvía a la Malvarrosa llegó a dominar con maestría.
Su afianzamiento en el campo de la cultura española de los años 70 queda evidenciado asimismo en su participación en la última etapa de La Codorniz, desde julio de 1977 a diciembre de 1978. Bajo las sucesivas directrices, de Manuel Summers primero, de Máximo y Cándido después, y alternando su nombre con el pseudónimo Aymerich, Vicent integró el equipo que, formado por otros reconocidos colaboradores de la desaparecida Hermano Lobo, intentó encontrar un patrón humorístico que se adecuara a las expectativas del lector de la posdictadura y diera nuevo impulso a la histórica revista de humor11.
Similar propósito de los directores por renovar la planta con firmas descollantes motiva su incorporación como colaborador fijo en el último tramo de Triunfo, desde diciembre de 1979 hasta 1982, medio en el que ya había publicado antes en forma espaciada12. Entre sus contribuciones destaca la sección fija a su cargo denominada «Detrás del espejo», donde vio la luz «No pongas tus sucias manos sobre Mozart», artículo galardonado con el premio González-Ruano de Periodismo en 1980 y uno de sus relatos más citado.
Todos los rasgos de la escritura del escritor de la Vilavella preanunciados desde la llegada a Madrid se conjugan y potencian en el diario El País. El matutino creado por José Ortega Spottorno en 1976 es sin duda el medio en que Vicent da forma definitiva a su proyecto creador y el que identificará su hacer literario en la prensa española. Desde 1977, en que fue convocado para escribir las crónicas de las primeras sesiones de las cortes democráticas, publicará de forma regular hasta el presente. Aunque sin adscribirse formalmente al plantel estable del periódico13, pronto se convirtió en uno de los periodistas estrella y en el presente su firma constituye una marca de identidad del influyente medio.
Es de referencia obligada su celebrada columna dominical, a la que se suman diversas sesiones en las que cultiva las modalidades que le han merecido renombre internacional, como el retrato, la crónica de viajes o la entrevista, siempre recreados con nuevos elementos capaces de emparentarse con distintos géneros discursivos y de migrar a otros soportes14.
La presencia de Manuel Vicent, sostenida durante más de cuarenta años en el que en breve tiempo llegó a ser el diario más leído de España y el de mayor proyección internacional, ha adquirido un valor simbólico insustituible que le otorga identidad y raíces. El escritor valenciano se ha convertido en una voz emblemática para los lectores —y un sobreviviente—; su nombre queda definitivamente asociado a los años fundacionales de El País y a los complicados trances del cambio de régimen, cuando el periódico dirigido por José Luis Cebrián era entonces, en el campo del publicismo, el órgano de la ciudadanía de centro izquierda y el motor principal de la democratización de España.
Manuel Vicent comenzó a destacar gracias al particular registro literario y disolvente punto de vista de las Crónicas parlamentarias, donde reseñaba los debates y peripecias de cada una de las sesiones del primer año de las cortes democráticas. En los años siguientes, su afilada pluma continuó cubriendo la decisiva batalla de la prensa por la consolidación democrática; en sus elocuentes frisos de la sociedad antes amordazada y por entonces entregada a aceleradas transformaciones en todos los ámbitos, supo retratar magistralmente la cambiante realidad española y, al mismo tiempo, contribuir desde la tribuna a forjar una mentalidad nueva, tolerante y cosmopolita, conjunto de cualidades que lo consagró como una de las firmas estrella del matutino en auge, formadora de opinión y referente de un público que trascendía al lector del periódico.
Sería arriesgado intentar brindar una lista exhaustiva de los medios gráficos que solicitaron sus colaboraciones, de manera esporádica o con secciones fijas, pero sin duda no se redujeron a los ya nombrados. En el pormenorizado registro de la tesis doctoral de Arias Aisa15 figura, entre otras, la revista Diálogo, pero podrían constar igualmente otras publicaciones, en particular extranjeras. Distintos medios de países latinoamericanos han reproducido artículos de Manuel Vicent, casi todos publicados previamente en España, con excepción del periódico Reforma de México y la colombiana revista Gatopardo, para los cuales escribió textos originales. También el New York Times publicó sus artículos. Fue precisamente un medio poco citado por los especialistas, Personas, el que dio lugar a un choque con la censura —en retirada pero todavía activa— que terminó en tribunales cuando en enero de 1977, ya en democracia, el Juzgado de Instrucción Decano Especial de Prensa e Imprenta le inició un proceso por desacato a causa del artículo «Paracuellos mon amour», en el que se ocupaba de los sucesos violentos de Montejurra ocurridos en el año 1976. La causa siguió su curso pese a la promulgación de la Ley de Amnistía en 1977, porque el desacato no estaba incluido en sus considerandos. Ya en los años de Hermano Lobo, los embates de la censura lo habían convertido en un asiduo visitante del Tribunal de Orden Público, a donde era citado junto con otros integrantes del plantel a causa de los artículos publicados.
Puede esbozarse como hipótesis para desarrollar en otro espacio que el autor de Retratos de la transición, al mismo tiempo que capta con desenfado e imaginación creadora las mudanzas de la sociedad española de los años setenta y ochenta, en las crónicas de las primeras sesiones parlamentarias da señales del desengaño de una generación que empezaba a comprobar que la sombra de la dictadura era más alargada de lo deseado. Con palabras de Fernando Valls tomadas de Joaquín Sabina, Vicent no solo deja su huella en el «boulevard de los sueños rotos», sino que es «uno de los autores que más ha reflexionado sobre el tema, tanto en sus artículos como en sus novelas»16.
No es posible ahondar en estas páginas sobre las razones del notable auge de los géneros literarios ligados a la prensa en los años de la transición política; solo cabe mencionar que tuvo en Manuel Vicent uno de sus máximos representantes17. Sin duda su forma de conciliar la prensa y la literatura constituyen un sello y una escuela (aunque muchos discípulos silencien al maestro):
El artículo literario, un género en el que el pensamiento se compagina con la voluntad de estilo, hay cuatro maestros indiscutibles: Rafael Sánchez Ferlosio, Manuel Alcántara, Francisco Umbral y Manuel Vicent (su A favor del placer es un libro imprescindible)18.
La memoria del dilatado trayecto que se inicia en el tardofranquismo y continúa en el presente queda resguardada tanto en las columnas como en significadas series que siguieron a Crónicas parlamentarias. El repertorio es tan dilatado como los años transcurridos; el listado de secciones abiertas, o a término, necesariamente incompleto, que se había iniciado en Hermano Lobo —con A media luz los dos y el tripartito Caperucita y los lobos— tuvo sus momentos en La codorniz —Crónicas de un irresponsable o Retratos de comisaría—, en Persona —España en travestí—, en Triunfo —Detrás del espejo— y en la larga cuerda que se inicia en El País. Una gran parte ha sido reunida en antologías, desde las pioneras Retratos de la Transición, Inventario de otoño, Daguerrotipos, La carne es hierba, a las más cercanas Del café Gijón a Ítaca, Historias de fin de siglo, La Europa que viene, Por la ruta de la memoria..., y las muy recientes Más allá de la belleza, Gente Singular, Desde el puente, Un verano con... El repertorio sin duda se prolongará en nuevas singladuras por cafés, hoteles o puertos, sin faltar, naturalmente, la imprescindible entrega del séptimo día de la semana, que mantiene puntualmente desde la primera cita, el domingo 14 de junio de 1988, iniciada con la columna «La rosa».
Probablemente el lugar, material y simbólico, que representa la actuación de Vicent en los años de la transición se materializó en la mesa del café Gijón de Madrid, donde mantuvo su célebre tertulia durante más de una década, entre 1972 y 1983, aunque pervivió todavía algunos años más. Actualmente, una placa y varias imágenes recuerdan el lugar que ocupaba —frente al primer ventanal, a la derecha de la entrada—, conocido como «la mesa de los cómicos», que compartía con los actores Manuel Alexandre y Álvaro de Luna o el periodista Raúl del Pozo, entre otros.
Promediando este período de intervención pública, en 1978 se estrenó Cabaret político, obra teatral de autoría compartida con Cándido y Umbral, compuesta de tres scketchs escritos por cada uno de ellos. La representación inaugural demuestra el peso que la voz de los articulistas adquirió en la etapa de la consolidación democrática: tuvo lugar en una venta de pollos, y a la provocación que esto representaba se sumó la presencia de la plana mayor de la clase política, desde Fraga Iribarne a Carrillo.
Un análisis razonado de la cronología de la obra de Vicent permite establecer una fuerte correlación entre el tiempo histórico, el oficio de escritor y el derrotero editorial del autor. Es sintomático que en las décadas que transcurren desde la premiada Pascua y naranjas en 1967 hasta la publicación en 1986 de Balada de Caín —período casi coincidente con la transición política— prácticamente no cultiva géneros canónicos19 ni narrativa extensa (léase novela), con excepción del ensayo García Lorca, de 196920. Si se restringe el ángulo de la observación y se examina el período más o menos coincidente con el cambio de régimen, desde la proclamación de Juan Carlos de Borbón como futuro rey, en 1969, hasta la sanción de la Constitución de 197821, Vicent solo registra desde El resuello (1966) y Pascua y naranjas (1977) la coautoría de Caperucita y los lobos. El espacio en blanco no significa, en absoluto, que no haya desarrollado una intensa actividad como escritor; según se ha comentado más arriba y lo certifica el riguroso registro de medios gráficos, secciones y artículos consignado por Arias Aisa en su pionera tesis ya mencionada, la trayectoria de Vicent en los años de construcción de una cultura democrática fue intensa, ininterrumpida y sumamente innovadora.
Si la lente sobre los libros publicados por Manuel Vicent se desplaza al período siguiente, es decir, a los años considerados de la normalización y estabilización democrática, que se extiende desde 1975 hasta mediados de los ochenta —coincidiendo con Balada de Caín22—, la lista crece notablemente con nueve títulos, de los cuales dos son novelas, El anarquista coronado de adelfas y Ángeles o neófitos, y el resto antologías de artículos aparecidos en medios periodísticos en la década anterior (Retratos de la transición, Inventario de otoño, No pongas tus sucias manos sobre Mozart, Daguerrotipos, Crónicas parlamentarias, La carne es yerba, Ulises, tierra adentro). Por esta época el escritor y periodista termina de perfilar un estilo propio y de revitalizar los géneros breves de la prensa periódica que continúa cultivando en el presente.
Es de imaginarse que, pasada la máxima aceleración del tiempo histórico de la transición, Vicent, junto con, o gracias a las editoriales que supieron apreciar el valor literario de sus reputadas intervenciones periodísticas, comienza a recoger redes y a dar a su brillante carrera un sesgo más institucionalizado en el campo literario, con el libro como principal fiador (no es momento de detenerme en la dificultad de la prosa periodística de creación para trascender sin la ayuda del soporte libro, ni en su lenta legitimación por el canon literario, que en España se manifiesta con una masa crítica considerable recién a comienzos del siglo XXI)23.
Puede suponerse igualmente que el fin de la tertulia del café Gijón es indicio de un deseo de morigerar su exposición pública, que continuará prodigándose de forma más selectiva —según una clásica distinción de Walter Benjamin, Vicent nunca será el novelista aislado de gabinete, sino el continuador de los grandes narradores de historias, herederos de cronistas, viajeros, caminantes y compiladores de relatos24.
Son igualmente años de viajes y travesías, de ampliación de horizontes e internacionalización de sus temas y espacios literarios. El creciente cosmopolitismo de la cultura española y la apertura de sus fronteras simbólicas lo encuentra buscando otras fuentes en Europa, en los años previos a la adhesión de España a la Unión, y recorriendo el continente americano cuando América Latina comienza a superar el largo período de las dictaduras de los setenta25. Después de un itinerario que se prolongará hasta Oriente —el lejano y el cercano— volverá, como Ulises, a su tierra enriquecido con la experiencia del viaje, plasmado en la literaria y a la vez literal navegación en el mar Mediterráneo recogida en Del café Gijón a Ítaca.
No podía faltar Nueva York en la bitácora, pujante capital del mundo, imán modernizador para una España ávida de romper la incomunicación forzosa de la dictadura. A la gran manzana no le dedica solo varias desmitificadoras crónicas, sino una de sus más singulares novelas: sin la experiencia de Nueva York no se puede entender Balada de Caín, premio Nadal 1986 y primera traducción de su obra a distintas lenguas de Europa26.
Si este relato tiene un sentido de culminación, no lo es en un estricto sentido cronológico, sino en el de una biografía literaria, pues el tratamiento de la trama, basada en el mito bíblico, muestra un punto de inflexión en la narrativa de su autor. En sus páginas Vicent extrema la búsqueda de un modelo narrativo sustentado en la metáfora y la implosión de la estructura narrativa. Los pilares del tiempo, el espacio, la acción y el personaje se diluyen en función de una alegoría poemática que invierte el mito bíblico, los valores y la interpretación teológica mediante una reescritura que desde el Edén a Nueva York rompe todos los esquemas narrativos.
Si Balada de Caín representa la máxima disolución de los presupuestos estructurales de la narrativa clásica, poco después La muerte bebe en vaso largo —publicada por entregas en El País en 1991— marcará un cambio complementario del anterior y clave para la siguiente etapa del trayecto literario del autor valenciano, por ahora, la última. Después de esta novela, en que el tratamiento del grotesco, aunado con una aguda descripción de ambientes y tipos pintorescos, opta por una vía fantástica emparentada con los sueños y las visiones de la tradición española, desde el medioevo hasta la Ilustración, su narrativa presentará un repliegue hacia fórmulas menos rupturistas y más terrenales, por no usar el resbaladizo término realista, sobre todo tratándose de la literatura de Vicent. No significa, sin embargo, que no mantenga, aun en sus relatos más referenciales, una zona donde se cruzan lo extraño, lo raro, lo inexplicable desde la lógica convencional.
Lo que se observa, mediando su trayectoria, es que su poética se afina, sintetizada en concepciones cuya evolución puede describirse a partir de distintas declaraciones a lo largo de los años: «Antes era más barroco e ilusionista y trataba de deslumbrar con las palabras, pero con el tiempo fui aprendiendo a depurar ideas y formas»27; «La sencillez es una larga conquista. Tardas toda una vida en conquistar la sencillez, la naturalidad, en saber que las cosas desnudas se ven mejor»28.
Difícilmente su mundo dejará de ser barroco en tanto se nutre de una realidad poblada de claroscuros y contrastes, pero su expresión tenderá a un clasicismo que en definitiva constituye su ideal estético, como lo expresa en «La Vibradora Universal en el Vaticano»: «El espíritu es el vacío; la materia va adquiriendo belleza y perfección a medida que se acerca a ese espacio desnudo»29.
A partir de entonces, la exploración formal no afectará a los pilares del relato clásico, aunque continuará en la línea de una novela que siempre preferirá decir más con la plasmación de imágenes con un gran sentido de la connotación, la sugerencia y la economía expresiva que mediante la complicación de la trama y los conflictos de personajes construidos sobre el modelo de la reflexión introspectiva. El predominio de la ironía fina y la contención sentimental y verbal sustentan la armonía y la prestancia que identifica la prosa vicentina en los distintos géneros que cultiva, sea ficción, autoficción, no ficción. Y no es casualidad que el vuelco hacia una fórmula más reposada tenga en Contra Paraíso un exponente aventajado de este programa poético.
La formulación de sus mitos y temas más caros, ligados a una filosofía hedonista mediterránea se traduce en un inusual y extremado dominio del verbo y de la imagen; al mismo tiempo, su sesgo más crítico y ‘situado’, sin perder el pulso certero y el acerado filo que lo caracteriza, parece haber domesticado la veta cáustica más implacable. Ambas vertientes establecen un delicado contrapunto entre hedonismo y disidencia, entre gozosa sensualidad y un sordo malestar civilizatorio que Sanz de Villanueva no duda en denominar «nihilismo radical»30. No se trata de una mera depuración de estilo, sino de una diferente forma de convivir con un mundo descalabrado, de encontrar una poética sustentada en una filosofía, cuestión que será tema de otros apartados.
Para la crónica cotidiana, es decir, el día a día de la historia, destinará fundamentalmente la prensa diaria; para la epicúrea contemplación del mundo, el formato libro, comenzando por la forma y el continente. Los títulos de las compilaciones que reúnen sus celebradas columnas, a partir de las ediciones del sello Alfaguara, ponen el acento en el lado gozoso de la existencia: placer, horas profanas, cuerpos, olas, vísperas, daiquiri, son algunos de los vocablos de una familia léxica que obtura el lado oscuro de la realidad; A favor del placer, Las horas paganas, Nadie muere en la víspera, Radical libre, Lecturas con Daiquiri se imponen en la presentación de las antologías. Constituyen una excepción la primera antología de columnas, Arsenal de balas perdidas, y Radical libre31, las únicas que no llevan el sello Alfaguara, lo que permite enunciar la hipótesis de que la decisión del editor no es ajena a los títulos ni al énfasis en determinados aspectos epicúreos del contenido.
Sin embargo, aun cuando el antólogo, al rediseñar los materiales para verterlos en libro, suprime las columnas de tema más acuciante y coyuntural32, las compilaciones nunca dejan de rescatar textos que señalan no solo los males de la humanidad, sino sus causas y sus ejecutores33. Los artículos que Vicent publica en el periódico presentan un palmario equilibro entre aquellos de materia atemporal y los que abordan asuntos políticos puntuales o se ocupan de temas lacerantes, conflictivos o polémicos, algunos identificados indisolublemente con el nombre de Manuel Vicent, como es su prédica contra la corrida de toros, de la que fue pionero detractor, antes de la irrupción del animalismo del nuevo siglo y de nuevo cuño. Pese a la interpretación habitual que asocia las antologías con el aura hedonista del autor y el propósito de brindar al lector el costado menos perecedero de los escritos dominicales, las columnas reunidas no constituyen una propuesta para el letargo placentero, sino que se realzan justamente por mostrar un contraste que es sello y blasón de la poética vicentina: la coexistencia de realidades antagónicas, el contrapunto entre la sabiduría para gozar de la existencia y la conexión sensible, dolida, irónicamente escéptica, siempre aguda, con los aspectos menos amables del mundo.
La deriva poética y vital cristalizada en los rumbos literarios delineados desde la última década del siglo XX hasta la actualidad —que la definitiva inserción en la editorial Alfaguara seguramente contribuye a perfilar— se manifiesta en una escritura transversal a todos los géneros, caracterizada por un equilibrio clásico al que se subordinan los rasgos sobresalientes de su lenguaje y concepción del mundo.
Los títulos que anuncian este nuevo derrotero, que no rompe con el anterior, sino que lo amplía, se concentran en la década del noventa: el columnismo ofrece el precioso volumen A favor del placer, la autoficción se presenta magníficamente con Contra Paraíso, la ficción brilla en la deslumbrante novela Son de mar, premio Alfaguara 1999. Tanto en estas como en las siguientes, La novia de Matisse,Cuerpos sucesivos, La regata, el contraste y la paradoja adoptan vías ficcionales más veladas; sin embargo, incluso en aquellas que se enmarcan en el goce y la voluptuosidad mediterráneos, el atisbo de destrucción anida en los momentos gozosos, la muerte complementa al erotismo, la degradación a la plenitud.
Queda para indagaciones más detenidas analizar el recorrido transitado desde las carcajadas en la redacción de Hermano Lobo, situada en los sótanos de Triunfo, donde describe a su grupo como «los malditos, unos superficiales que se reían»34, pasando por la risa escéptica de Crónicas parlamentarias, hasta la sonrisa discreta y la mirada penetrante del presente (que más callan que dicen; pero que callando dicen mucho) sobre la transición política, interpretada con serenidad cuatro décadas más tarde.
El trayecto que cubre la distancia entre el «tiempo real» de las crónicas y artículos de prensa a la elaboración depurada por el tiempo toma cuerpo literario en la serie de relatos con perspectiva histórica publicados en el segundo milenio. La serie en torno a figuras destacadas del pasado, pariente de la novela histórica y la biografía —«novelas-crónicas» las llama Antón Castro35— iniciada magistralmente con Aguirre el magnífico, seguida de El azar de la mujer rubia y Desfile de ciervos, ofrece un campo de estudio todavía poco transitado.
Revestidos con la pátina del tiempo, figuras del arte y la cultura, iconos de la cultura occidental, personajes públicos de primera línea, políticos internacionales, estrellas mediáticas, reaparecen junto a otros que permanecieron en la sombra; todos recreados en la vieja forja de la prosa periodística de creación, en la zona limítrofe de la historia y la ficción, la crónica y la literatura, laboratorio del que Manuel Vicent fue artista pionero cuando las prácticas mestizas en el papel prensa iban a la par de la historia y se refundaban en tiempos de cambios acelerados.
Queda por explorar en qué medida los géneros híbridos llamados, entre otras denominaciones, relatos factuales, que han eclosionado en el siglo XXI, abrevan en las prácticas discursivas que en la transición política renovaron la prosa narrativa y dinamitaron las fronteras entre la literatura, la crónica y el periodismo36. Y en ese marco, cómo se integran los primigenios materiales narrativos de Vicent en sus biografías noveladas más recientes, así como analizar la actual confluencia de géneros de estirpe histórica y periodística, de crónica y literatura, en los nuevos retratos, semblanzas y trayectos vicentinos —Viajes y travesías, Mitologías, Póquer de ases, Los últimos mohicanos— donde el escritor de la Vilavella da nueva vida a sus primeras prácticas de reportajes y entrevistas, ahora con la huella más visible de sus predilecciones, de los conocimientos acumulados y, cómo no, de la melancolía y la edad.
Quedan otras obras fuera de este rango, no agrupables fácilmente, fruto de otros intereses, así como del modo plural y libérrimo de entender la literatura. Numerosos prólogos a libros y —de particular interés— catálogos de exposiciones y tratados de arte están pendientes de un trabajo de archivo primero, y un estudio después, que sistematicen la fecunda producción ligada a galerías, exposiciones y museos de quien es, además de escritor, reconocido esteta.
Igualmente son resultado de un enfoque dialógico y dinámico de la literatura y la cultura, diversas creaciones transartísticas e intermediales, entre ellas, los libros en coautoría —que no deben confundirse con los libros ilustrados que pueden prescindir de las imágenes en las ediciones de bolsillo ni con aquellos que los incorporaron con posterioridad a la primera edición. No es el caso de Piel de toro, de Vicent y Colita; Antitauromaquia, con ilustraciones de Ops, resultados ambos de su vieja y sostenida brega contra la fiesta de los toros; Roda el temps, y Valencia del tranvía, con Joan Antoni Vicent; ni es tampoco el caso del libro doble Travesía literaria e Iconografía, de Manuel Vicent y Raquel Macciuci, respectivamente, con un formato diferente a los mencionados. Todos comparten la integración de texto e imagen en una unidad indisoluble, y todos requieren una aproximación crítica dotada de herramientas no habituales, del mismo modo que también lo precisan los productos audiovisuales Esta es mi tierra y Elogio de la luz.
Por último, las breves, mínimas, actuaciones en dos películas, Adiós con el corazón y Franky Banderas, ambas con guion de Rafael Azcona, completan el perfil de un escritor que ve la vida literariamente, pero no vive para la literatura.
Manolo tiene una comprensión diferente y lateral de muchas cosas, una comprensión mejor, más profunda, difícil de encontrar en otra parte, y es porque se muestra capaz de romper esquemas sin hacer el chorra.
Juan Luis Cebrián, 1983
Después de la entonces justificada reflexión de Dámaso Alonso, «Gracias a las llamadas Historias de la Literatura —necrópolis a veces bellísimas—, vamos sabiendo bastante de todos los cuñados de las primas de los escritores. De lo único que no sabemos nada nada es de la obra literaria»37; y después de la también comprensible expulsión del autor del territorio de su propia obra por los teóricos estructuralistas, los escritores han vuelto a ingresar lentamente al predio del texto, bien porque el texto respira —y no siempre igual— merced a unas baterías de soportes concretos, físicos, materiales, crematísticos, entre los cuales quien firma la obra en cuestión no es aleatorio; bien porque la actual y omnipresente cultura de la comunicación lo ha puesto en el escaparate junto con su criatura el libro en una unidad indisociable38. O bien porque debido a una de estas razones, o varias, o todas a un tiempo, el escritor del siglo XXI está en el polo opuesto del anonimato radical de sus antepasados medievales o del pudoroso retiro de sus precedentes modernos.
Ninguna imagen de escritor es accesoria o intrascendente, pero en algunos casos es especialmente relevante, y la de Manuel Vicent pertenece a esta clase. No fue necesario que irrumpiera la era de la comunicación para que su nombre se revistiera de resonancias singulares en el campo de las letras y la cultura.
Seguramente no constituye motivo de preocupación para sus muchos lectores lo que a un especialista en literatura puede llamarle la atención, esto es, la escasa proporción entre los estudios dedicados al afamado escritor y periodista frente al caudal y la pluralidad de su obra y el raudal de los elogios que ha recibido a lo largo del tiempo.
Manuel Vicent, uno de los más eminentes y reconocidos escritores de la literatura española de los últimos años. Un escritor que nos seduce y nos envuelve en los difusos contornos de una obra, sin lugar a dudas, excepcional, ecléctica y diversa39.
Innumerables citas de esta naturaleza pueden recogerse en acreditados medios de muy diversos países. En muchas ocasiones el reconocimiento aparece en forma de cita de sus imponderables hallazgos lingüísticos, comparaciones o joyas literarias, con o sin mención de la autoría. Uno de sus más célebres relatos, No pongas tus sucias manos sobre Mozart (merecedor del Premio González Ruano de periodismo), ofrece un ejemplo paradigmático. En Internet se multiplican las entradas con utilizaciones más o menos espurias y más o menos referenciadas de la conocida frase del título; por demás elocuentes son sendas citas pronunciadas por tres conocidos hombres públicos: el 18 de agosto de 2017, Juan Carlos Monedero40, uno de los fundadores del partido Podemos, reprobó el uso morboso de las imágenes del atentado del ISIS en las Ramblas de Barcelona en un artículo rotulado «No pongáis vuestras sucias manos sobre la muerte». Poco antes también la había utilizado Gabriel Rufián, diputado por Ezquerra Republicana de Cataluña (ERC) para dirigirse al entonces presidente de Gobierno Mariano Rajoy: «Le pido y le exijo que saque sus sucias manos de las instituciones catalanas»41; y en otro punto distante del arco político, el periodista y académico de la lengua Juan Luis Cebrián invitó a «sacar las sucias manos del diccionario» en el marco del VIII Congreso de la Lengua Española celebrado en Córdoba, Argentina42. Quizás los tres consideraron que no era necesario nombrar al autor del aforismo por considerarlo ya parte del patrimonio cultural común; en cambio, La Voz de Galicia, quizás por imperativos del régimen de propiedad intelectual, tuvo la deferencia de recordar al escritor y periodista valenciano al comenzar el artículo en que lo citaba: «Manuel Vicent publicó en la revista Triunfo un celebrado artículo a principios de los años ochenta, que tituló “No pongas tus sucias manos sobre Mozart”»43.
Para intentar disipar estos y otros interrogantes relacionados con la distancia entre el impacto de la obra de Manuel Vicent y el desigual eco en la crítica más o menos institucional, si no académica, resultará orientador detenernos en la peculiar forma trashumante de ejercer su oficio de escritor, del libro al periódico, del papel prensa al cine —sea de ficción o documental, lúdico o profesional—, del catálogo de museos a las galerías de arte, sin recalar definitivamente en un único sitio, por lo que su nombre aparece inscripto en distintos ámbitos de la cultura.
No es aleatorio para la construcción de la imagen de autor44 que su obra —artículos, cuentos, novelas, dramas, autoficciones, novelas no ficcionales, crónicas viajeras— se desplace por diferentes soportes y ofrezca ángulos de recepción diversos y cambiantes. Los distintos ámbitos y soportes favorecen que predomine una vertiente según el acceso de los lectores. Aunque están los seguidores de la totalidad, es frecuente encontrar comentarios que revelan un intercambio parcelado con su producción: «Hoy he descubierto a otro Manuel Vicent, el escritor que mejora al articulista que creí inmejorable»45. Hay quienes se inclinan por el columnista crítico, sagaz e imaginativo, es decir, por su faceta periodística, y quienes se sienten más atraídos por las novelas tamizadas por la prosa sutil de un gran artífice del lenguaje; esto es, por el literato dueño del egregio estilo y de la exquisita sensibilidad. Existe otra vertiente menos atendida que seduce al público que tiene la fortuna de escucharlo; me refiero a las dotes de la conversación, don que, aunque no tiene un estatuto muy claro y, menos aún, estudiado, pertenece sin duda al campo de la literatura, como observaron tempranamente los críticos más atentos: «Cabe la sospecha, con Vicent, de que esté haciendo literatura al hablar,habla como escribe, como si hubiera destilado antes las palabras, y hay que tomar nota de absolutamente todo»46.
Pluralidad de formatos y soportes, itinerancia, singularidad en cualesquiera de los registros y géneros que practica, doble adscripción al periodismo y a la literatura; todo contribuye a delinear un estatuto inusual y, por tanto, inestable en el campo literario que redunda en una determinada recepción y valoración de su obra47. Cabe recordar una premisa unánime del campo del arte: las creaciones artísticas no surgen aisladamente, sino en el interior de diferentes instituciones de la cultura que regulan y establecen el valor y la función de la obra de arte. El postulado es quizás demasiado absoluto, pero no deja ser una buena herramienta analítica y revela, por otra parte, que las ideas dominantes en una época sobre el arte determinan la recepción de las obras, y está claro que hasta hace pocos años el articulismo literario, como otras prácticas que no se alinean junto a los géneros canónicos, solo excepcionalmente eran incorporados a las historias literarias.
Pero no todas las explicaciones sobre su imagen de autor se fundan en el consabido mestizaje entre literatura y periodismo o en la extrañeza proveniente de la condición nómade de sus prácticas transmediales.
El fenómeno se retroalimenta, pues el canon tradicional se reproduce en los espacios colindantes48. En el juicio del crítico literario tiene un gran peso la sanción preexistente en las esferas clásicas y consolidadas, las cuales, por su propia condición, son refractarias al mestizaje genérico y a los escritores díscolos a las clasificaciones, y si los críticos son peninsulares, estas se acentúan respecto del resto del mundo hispano49.
Para la brevedad del espacio disponible, me ciño a un más que meridiano ejemplo: en 2015, El País-Babelia publicó una nota a doble página para recordar el 40 aniversario del final de la dictadura franquista. La fecha de aparición, 20 de noviembre, y el título, «La narrativa de la democracia. Cuarenta años de novedad», eximen de más explicaciones50. En él, el autor, Javier Rodríguez Marcos, realiza un apretado recorrido por cuatro décadas de la producción novelística desde la muerte del dictador. En la tupida lista de nombres, desde los más exitosos a los menos conocidos; desde los infaltables hasta los que ya estaban olvidados si no fuera por el enciclopédico recorrido de la nota, no figura el nombre de Manuel Vicent, quien en 2015, sobra decirlo, acreditaba un más que aceptable número de novelas, muy leídas y reeditadas, varias de ellas premiadas, a lo que puede sumarse —aunque no sea vinculante— que, paradójicamente, fue el mismo autor de Cuerpos sucesivos quien propuso, en un café de Lisboa, el nombre Babelia para el suplemento cultural del periódico.
La omisión es extraña, por no decir sorprendente, en particular si se tiene en cuenta que desde 2004 el autor de «La narrativa de la democracia» publica habitualmente en El País, esto es, el diario que tiene a Vicent como máximo columnista, a quien poco antes le había dedicado, en enero de 2010, una reseña de su Póquer de ases, e incluso suele escribir artículos que en determinados casos o temas parecen querer seguir la senda de los vicentinos.
Cualquiera que sea el motivo —no creo conducente exponer distintas hipótesis—, la omisión demuestra que, en el proceso de canonización de un autor y de su obra, la tradición y la autoridad tienden a perpetuar lo establecido y en cambio, ofrecen resistencia ante aquello que no se ajusta a los esquemas preexistentes y conlleva el riesgo de equivocarse. El crítico joven tiende a ser aquiescente con las autoridades51; y los cambios en la institución literaria, como en cualquier institución, son paulatinos y cautelosos.
Cuando las fronteras entre los géneros y entre los lenguajes dejaron de ser líneas definitorias, las historias literarias comenzaron a detenerse en el fenómeno y con ello, a prestar atención a los géneros no canónicos. La influyente Historia y crítica de la literatura española dirigida por Francisco Rico registra estos cambios de diversas formas, pero basta un ejemplo representativo por demás: en el volumen publicado en el año 2000, el clásico apartado titulado La novela es reemplazado por otro que no limita el estudio al género narrativo por antonomasia, Prosa narrativa. Y Jordi Gracia, al cuidado de la edición, deja constancia del cambio cuando sostiene: «sobre Manuel Vicent apenas existe alguna referencia, cuando es autor de relatos como “No pongas tus sucias manos sobre Mozart”, que tan bien han retratado personajes cohibidos y chantajeados por su propia conciencia»52.
No obstante, no todo se explica desde la institución y la historia literaria. En la lógica de la canonización de un escritor intervienen, además de su obra, múltiples mediaciones.
A finales de 2018, Jorge Panesi dio una charla en la Universidad Nacional de La Plata para un reducido público que resistió la fatiga del fin de curso, el calor de diciembre austral y la tardanza provocada por un guía inexperto. Con el tono dubitativo y moderado que lo caracteriza, el catedrático de la Universidad de Buenos Aires comentó estar pensando la relación de los escritores con la institución: «¿Sería NN peor escritor si no tuviera vínculos tan estrechos con tal universidad?» (el anonimato es elección mía; el conferenciante dio nombres y apellidos). «Sin duda, no; pero tampoco sería igual su proyección sin el vínculo con determinada institución académica», se contestó.
No se refería, obviamente, a Manuel Vicent, pues su imagen pública no responde al perfil familiarizado con las instituciones. Refractario a comparecer en espacios públicos de los ‘hombres de letras’, no suscribe las convenciones que rigen para el oficio. Por el contrario, dice sentirse a gusto entre gentes de otro ámbito artístico o profesional. Desde este punto de vista, es significativa una temprana opinión de Juan Benet, volcada, con la displicencia que lo caracterizaba cuando hablaba de los otros, en su prólogo al libro No pongas tus sucias manos sobre Mozart (1983). La imagen que brinda del autor del volumen no responde a los gestos propios del oficio:
Manuel Vicent es un tanto anormal... En Madrid se viste de marinero y muy probablemente en la costa se viste de madrileño... No acude a los premios literarios, publica con regularidad y hace ostentación de un incomprensible buen estado de ánimo53.
La aparente banalidad del comentario de un escritor nada banal habla de la tendencia del valenciano a sortear paradigmas y ordenamientos en un lugar preciso del universo literario español. El acento puesto en la forma de vestir opuesta al entorno puede interpretarse como una disociación entre dos lugares de pertenencia, el mar Mediterráneo y la meseta castellana, o como una puesta en escena de la paradoja, uno de los rasgos sobresalientes de la estética vicentina.
El contradictorio atuendo atribuido al escritor, además de aludir a la cuestión geográfica, encierra un símbolo clave en la trayectoria de Vicent y resume la mirada de los otros sobre un escritor cuya identidad y raíces reciben un doble cuestionamiento; en Valencia por haber abandonado el lugar de origen; en Madrid por representar con su literatura de raíz mediterránea un espacio cultural ajeno a la prosapia castellana. La identidad repartida entre dos ámbitos culturales no es contingente; si una está en la periferia y otra en el centro, no es inocua en España, como queda manifiesto muchos años después del comentario de Benet, en la Laudatio de Francisco Fernández Beltrán leída en la ceremonia investidura de Vicent como Doctor honoris causa de la Universitat Jaume I, dondese puede leer que los valencianos «habían podido comprobarque se puede recrear el mediterráneo valenciano desde la meseta castellana»54.
La discordancia entre el talante de Vicent y el de los escritores ‘normales’ aflora también en una semblanza de Eduardo Haro Tecglen:
un día oigo una voz que viene de lo alto cuando atravieso una calle, y es Vicent que saluda desde el pescante de un landrover [sic]. Un día lo veo a la madrugada en un local nocturno de Lisboa, y otro amparando pintores en su galería de Claudio Coello. Un día le oigo discutir con Chumy de valores de la bolsa y otro le leo y es un ilusionista que juega con la luz y los hombres para enseñar la realidad de detrás de la realidad55...
Además de la imagen ex céntrica que le devuelven quienes lo frecuentan, Manuel Vicent ha dejado a lo largo de su trayecto literario profusas muestras de la construcción de una autoimagen des-centrada, refractaria a los condicionamientos hegemónicos. Antes de llegar a los cincuenta años, en 1987 —un momento estelar de su carrera, después de recibir el Premio Nadal por Balada de Caín— manifestaba explícitamente que se consideraba en los bordes de la literatura, en una triple o cuádruple frontera: «un marginal» pues «un escritor de periódicos, se siente un ‘outsider’». El cronista que cubría el acto apuntaba que el agasajado recibía beneplácitos de más personalidades de ámbitos ajenos a la literatura que de colegas de las letras, y resumía sus palabras: «Dice también que no cuida su imagen, y de ahí que pueda aparecer, por ejemplo, en algún escenario más adecuado a ministros y estrellas de revista»56. Los presentes en aquel homenaje llamaron la atención del autor de la nota: Carmen Romero, esposa del entonces presidente del Gobierno Felipe González; el académico Julio Caro Baroja; Pilar Miró, a la sazón directora general de Radio Televisión Española; Álvaro de Luna, actor —y uno de sus amigos más preciados—, representantes de la prensa como Juan Luis Cebrián, periodista de prestigio si había. Solo es mencionado un literato, el ya citado Juan Benet, situado en el polo opuesto, patricio y distante. Evidentemente, no cultiva la imagen más frecuente de un escritor; se puede decir sin temor a errar que su imagen es centrífuga al campo literario.
Aunque mucho expresan el círculo social, las elecciones y los gestos del autor, también los textos arrojan señales elocuentes de su autoimagen —cómo se representa y cómo se ve a través de la mirada de los otros. No son pocos los momentos en que Manuel Vicent elige identificarse con el margen y las zonas limítrofes como lugares simbólicos de la literatura y del escritor. Su iniciación a la lectura —el hallazgo, casual, de un ejemplar de Corazón, de Edmundo De Amicis no en la biblioteca de «un mi abuelo», ni en otro lugar asociado a la reflexión y el saber, sino extraviado en el campo— subraya el valor del margen con respecto al centro, de lo difuso sobre lo establecido, del azar frente a lo predecible.
A través de algunas pocas páginas salvadas que contienen dibujos con un pie en letra redondilla, empecé a deletrear las aventuras de Marco en su viaje de los Apeninos a los Andes. Cada uno de sus lances se perdía en los bordes fermentados por la humedad que los hacía ilegibles, pero yo los suplía con la imaginación57.
El fragmento forma parte de un texto iluminador sobre la formación de su genealogía literaria, por lo que volveré a comentarlo en distintos momentos. Pero también forma parte de un motivo recurrente en su biografía: la preferencia por los márgenes, la deserción del centro y de los lugares establecidos, y la preferencia por lo efímero y placentero58.
La misma identificación con el margen manifestará años más tarde, en un momento clave, como es el comienzo de su carrera y de su reconocimiento público, al finalizar los años setenta, en que participa activamente en Hermano Lobo, revista de humor adyacente a la acreditada Triunfo, en la que también colaboró. Cuando más tarde rememora esta etapa en el artículo «En el sótano de Triunfo», se describe alejado de la toma de decisiones, y frente a la práctica profesional sesuda y circunspecta, reivindica la risa y sus connotaciones heréticas.
La redacción estaba en el sótano de la Plaza del Conde del Valle de Súchil, 20 [...]. Nuestras carcajadas se oían desde la redacción de Triunfo
