Coraje y Espíritu - Bianckah Castle - E-Book

Coraje y Espíritu E-Book

Bianckah Castle

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Beschreibung

Inspired by the Holy Spirit, I began my journey to Spain, where the doctor who had discovered my son's diagnosis lived. This doctor had been in Quito, Ecuador, to attend a congress of nephrologists. He had examined my son and was sure that his problem was in the kidney, but in Quito they lacked the precise machinery to detect his condition. I left my city full of sadness and hope at the same time, leaving my family, but with the faith that my son would be saved.

Unfortunately, I could not make it to Spain, as during the flight my son took a turn for the worse and was burning with fever. Trembling, he lay in my arms like a dying man. Despite emergency help on the plane, everything seemed impossible. He had applied for a transit visa in New York to provide me with winter clothing and continue my trip to Spain three days later, where the doctor was waiting for him for surgery. However, circumstances forced us to stay in New York. During the trip, it seemed like my son was going to die.

Upon arriving in New York, an ambulance was waiting for my son to be rushed to Queens General Hospital. With an emergency, my son was admitted to intensive care. At one point, I saw him as a crucified man, with his yellowish face, it looked like he was going to die. After three days, I asked the specialized doctor in charge if he could continue the trip to Spain. He flatly told me: "He can't get out of here; if he went to Spain, he would die."

I was going to the right, but God was going to the left. My plans were not God's, since God is everywhere and performs wonders and wonders in his time. God wanted to use an excellent doctor to heal my son and save him from death. He also wanted to test me, like gold is tested in the furnace of suffering. When he fell, he picked me up, he picked me up with impetus and gave me the strength to continue fighting like a warrior. When He cried, He would comfort me and strengthen me, and then He would heal my wounds and release me from sadness in one breath. Afterwards, he filled me with joy, giving me courage and courage to resist and walk the painful path of my life without giving up. Fighting against all odds, his energy lifted me up strong and without giving up until I won the battle and saw his smile of God in my victory.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Coraje y Espíritu

Mi viaje a la victoria

Bianckah Castle

Bianckah Castle

Coraje y Espíritu: Mi viaje a la victoria

Todos los derechos reservados

Copyright © 2023 por Bianckah Castle

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna manera o mediante ningún medio, incluyendo fotocopias, grabaciones u otros métodos electrónicos o mecánicos, sin el permiso previo por escrito del editor, excepto en el caso de breves citas incluidas en reseñas críticas y ciertos otros usos no comerciales permitidos por la ley de derechos de autor.

Publicado por BooxAi

ISBN: 978-965-578-549-4

ÍNDICE

Parte I - Capítulo I

Legado de mi madre ……………………………………..…..… pág. 13

Mi hijo trasladado al hospital …..…………………….….…. pág. 37

Retenida en inmigración ……………………………..………. pág. 68

Consejos a los padres de familia ……………………..….…. pág. 79

Niños masacrados por el crimen del aborto …..………. pág. 88

Dios te llama ábrele la puerta ………………………..……… pág. 95

Me quede atrapada en un elevador ………………..……… pág. 103

Parte II - Capítulo II

Pruebas y Aflicciones …………………………..……………… pág. 109

Designios de Dios ……………………………………………….. pág. 111

Búsqueda de trabajo ……………………………………………. pág. 117

Exonerada de pagar al hospital …………………….……….. pág. 137

Parte III - Capítulo III

La importancia de la oración ……………………………….. pág. 149

Daños de la brujería ……………………………………………. pág. 159

Trabajo que me permitía cuidar a mi niño ……………. pág. 165

Me lleve a mi niño del hospital ……………………….……. pág. 167

Me libré del arresto …………………………………………….. pág. 193

Me escapé de la deportación ……………………………….. pág. 201

Preparación del regreso a mi país …………..…………….. pág. 207

Parte IV - Capítulo IV

Llegada a mi país ……………………………………………….. pág. 208

Futuros chequeos de mi niño ………………………….….. pág. 210

Conozco al ministro de Relaciones Exteriores en Ecuador y obtengo visa para regresar a EEUU ……………………… pág. 212

Regreso a EEUU ……………………………………………….. pág. 219

Mi niño inicia Educación Especial ………………………. pág.229

No fue posible el trabajo para mi esposo ……….……… pág. 235

Trabajo como profesora en Nueva York ………………… pág. 240

Obstáculos que tuve que vencer en el trabajo ………… pág. 245

Parte V - Capítulo 5

Instrumento de Dios en las misiones …………………….. pág. 273

Sacerdote resucita a un niño ………………………….……… pág. 295

Milagros y prodigios …………………………………………….. pág. 302

La Virgen Maria me dio medallas para consagración …………………………………………………………………….…..… pág. 309

Prueba de que la religiosa no existía, era la misma Virgen María que me dio las medallas ……………….………………………. pág. 316

Aparición de la imagen de la Virgen del Santísimo Sacramento ………………….…………………………………………….…………. pág. 338

Milagros de la Santísima Virgen María ……….…………. pág. 345

Mi devoción a enaltecer las grandezas y las glorias de la Virgen Maria ………………………………………………………………… pág. 347

Terrible derrumbe de las torres gemelas por un acto de terrorismo ………………………………………………………………………….. pág. 349

Dios me manifestaba su poder …………………………….. pág. 357

Llamado a la conversion ……………………………………… pág. 386

Historia del autor ………………………………………………. pág. 403

Introducción

A los lectores de mi historia,

Esta es una lección real que aprendí en mi propia vida, sobre cómo la marea del mar me zarandeó. A veces me elevó tan alto que parecía besar el sol, mientras que en otros momentos me arrastraba hasta la profundidad para asfixiarme y restregarme las narices al suelo. Luego, con presunción, se elevaba de nuevo y jugaba como un yoyo, y si volvía a tambalear, ascendía una vez más para hacerme tocar nuevamente el sol. Con su mano, me balanceaba de arriba abajo, no me detenía a tocar la tierra, peleaba con las olas hasta brindar otra vez al cielo, subiendo y bajando, luchando contra viento y marea. La vida es un continuo caminar con pasos que como hilos siguen el rumbo trazado, hasta llegar a formar un ovillo. De principio a fin, choca con los obstáculos que por doquier se interponen para ahogar y golpear. Aquí están los desafíos que enfrenté, y sin miedo, los superé sin cortar el hilo ni perder el ovillo, a pesar de que lo más difícil es luchar contra la piedra que llevamos dentro de nosotros, la que nos desanima, nos flaquea y nos llena de miedo. Nos insulta, nos desafía y apuesta a que no seamos capaces de ver la tierra desde el cielo. "¡No puedes!" repite. Puede limitar la mente, pero es impotente para llegar al lugar donde no hay límites. No puede llegar al corazón, porque allí está Dios guiándonos hacia el puerto donde, tarde o temprano, anclaremos nuestras metas cumplidas para acariciar el sol y tocar las estrellas. Para alcanzar este oasis, debemos escalar alturas con piedras, acantilados y rocas, sosteniéndonos en el tronco fuerte de lo ideal; la pasión necesita del corazón para tocar la cumbre donde moran los anhelos que se fabrican con fe y valentía.

Las lágrimas oprimían mi pecho. No había nadie que me consolara; debía tratar de estar serena, pero la llaga de dolor había llegado al corazón de la gente que con nosotros viajaba y, todos conmovidos, vieron el triste episodio como en un trance de agonía, con lágrimas en los ojos. Las azafatas de la nave me ayudaban con compresas heladas para reducir la fiebre, pero todo era en vano. Parecía que mi hijo yacía sin vida en mis brazos.

Prólogo

La médula de esta historia real es el contenido de todo lo que tuve que hacer para salvar la vida de mi último hijo, de 18 meses de edad. Quise cambiar el diagnóstico que lo condenaba a morir, compitiendo con la vida y la muerte, y enfrentando la terrible impotencia que me impedía revocar esa sentencia. Me aferré a su vida como un león, peleando con uñas y dientes, armada de esperanzas; tuve que medir mis fuerzas sin rendirme hasta ganar la batalla.

Llegó a mi corazón la noticia de que mi hijo podía descender al sepulcro, y yo tenía que caminar con equilibrio en una cuerda floja tan delgada como un hilo. Llevé a mi hijo pegado a mis entrañas para dar a luz en otro lugar sin síntomas de muerte. Después, con gritos de júbilo, quería estrecharlo con gozo como si volviera a nacer. Al llegar a ese lugar, mi alma en desolación, quería encontrar paz y serenidad. En pleno vuelo, lancé un silbido a la altura, como si quisiera que el eco de mi voz se introdujera en el cielo. De repente, caí en la cuenta de que no solo sufría por el niño que llevaba en mi regazo: el recuerdo más antiguo que guardaba en mi corazón partido era la pena honda que sentía por mis otros hijos. Pero los azotes más fuertes eran por la enfermedad de mi último niño, que amenazaba con arrebatarle la vida. Tenía que luchar para desafiar esa negra realidad, así que me lancé al vacío aún con el riesgo de caer en un hueco sin luz y sin asiento.

No vi ni espacio, ni altura, ni lugar desconocido; todo lo que quería era detener esa vida, sin importarme dar la mía. La vida que estaba en peligro era parte de mí. Mi carne sentía el dolor en su cuerpecito agonizante, su sangre corría como fuego en mis venas. Ambos estábamos sentenciados a morir. Mi pequeño, por su enfermedad, y yo, de amor. La vida se me escapaba, y mientras él tenía un cuerpo desahuciado de dolor, mi alma y mi corazón también morían. Estábamos en la misma coyuntura. Yo tenía vida para luchar por él. Estaba físicamente sana, y no tenía la voluntad lisiada por la amargura. Volé tan alto, sosteniéndome en el aire, dejando atrás a mis otros hijos, que quedaban a una cruel e inmensa distancia. Aún tenía sus besos pegados a mis mejillas y todavía tenía mojado mi pecho con sus lágrimas. Otra herida que lloraba sin consuelo latía al unísono en mi corazón. Los tres nos fundíamos en un solo ser. Me acariciaban con su piel hasta sentirlos junto a mí traspasando las alturas. Los llevaba en mis entrañas como un canguro carga en su vientre a sus crías. Íbamos a un rumbo desconocido. Me aliviaba con amor el dolor y la pena, ya que a medida que volábamos, la tristeza se desvanecía. Se me metía bien adentro el valor incontenible de luchar hasta alcanzar mi meta. Rogaba a mi alma que no se sumiera en la melancolía y que buscara la alegría.

Con ansias de que mi voluntad no se rindiera, le rogué a mi corazón que no dejara de latir, y con destellos de valor me fortalecía para alumbrar a mi hijo otra vez sin dolores de parte y que en mis brazos lo tuviera pletórico de salud y vida. Al aire, exhalé mis gritos clamando ayuda. Mis súplicas valieron la pena, porque el auxilio me llegó como un enjambre de abejas que, con un dulce néctar, pusieron miel a mi amargura. Imaginariamente, alumbré a un niño colmado de salud y repleto de alegría. Mientras los motores acortaban la distancia, escuchaba los quejidos del niño que arrullaba entre mis brazos. Su dolor era fuerte y se intensificaba como un fuego ardiente hasta que sentí las yemas de mis dedos que como brasas me quemaban. No quería llorar. Oía el clamor dentro de mi corazón: "¡Hijo nacido de mis entrañas, no te vayas! ¡Mira que estoy deteniendo tu muerte con mi alma, corazón y vida! Transida de dolor, te suplico que aguantes la muerte, que te detengas y esperes, que sostengas la esperanza".

Hasta el reloj detuvo sus manecillas. Yo no sabía si pedirle que se detuviera o pedirle que corriera velozmente. Faltaban muchas horas por recorrer hasta llegar a Nueva York, donde planeaba hacer una escala de tres días para luego volar a España, donde mi niño sería intervenido por un famoso médico nefrólogo.

El Dr. García, un instrumento maravilloso, había atendido a mi hijo durante un breve tiempo y fue él quien sugirió que lo trajera a España, porque de lo contrario, moriría. Él consiguió que el Dr. Adams operara a mi hijo sin cobrarnos absolutamente nada, razón por la cual había emprendido mi viaje a Europa en busca de salvarle la vida, muy a pesar de nuestra escasa situación económica. Mi esposo estaba cursando una carrera universitaria para obtener una profesión, y, a pesar de los recursos limitados, estábamos dispuestos a hacer muchos sacrificios para llevar a mi pequeño a Europa.

Mientras el avión atravesaba el aire, mi pequeño se debatía entre la vida y la muerte. Mis ansias de llegar a Nueva York aumentaban con la incertidumbre de que llegaría demasiado tarde; las horas se volvían interminablemente largas. De repente, mi hijo se quedó inmóvil, su débil cuerpecito estaba desvanecido y sin aliento. Mientras yo no me daba por vencida, con fortaleza me sobreponía a la dura realidad que enfrentaba; no me lo imaginaba muerto. Al contrario, a fuerza de voluntad, quería sacarlo de ese estado mortal, agarrándome de mi optimismo con la seguridad de que recobraría su salud. Me aferraba a la esperanza de mantenerlo vivo hasta por fin llegar.

Aumentaba la compasión entre los pasajeros y llegaba hasta el asiento helado donde estábamos los dos entumecidos, susurrando entre ellos palabras que traspasaban mi alma y un tajo en mi corazón provocaban. “¡Parece que el niño está muerto!”, decían quedamente. Y yo con un frío congelado en mis rodillas sin una palabra y con los ojos cerrados quería poner en su pecho mis oídos para percibir los latidos, y en su respiración quería medirle la vida, pero me reprimía para no morirme de pena, pues temía no escuchar su aliento. Era mejor quedarme a la deriva sin averiguar si estaba vivo o si había muerto; me alentaba el beneficio de la duda.

Casi inconsciente escuché finalmente una voz quebrada que anunciaba que ya llegábamos, pues la azafata no podía con el nudo en su garganta. Toda la gente sabía que yo no quería que me hablaran, pero se sentía en el avión un suspenso que hacía parecer a todos los pasajeros de duelo. El avión fue apegándose a tierra hasta que se detuvo y todos los pasajeros se pusieron de pie como amontonándose a mi alrededor, hasta que súbitamente una voz se oyó por el parlante diciendo, “Atención señores pasajeros, deténganse en sus asientos hasta que la ambulancia saque al niño que viene grave.” Entre todas las cosas que pensé, la que más me preguntaba era qué iba a hacer cuando llegáramos a Nueva York. Efectivamente, con mucha velocidad nos sacaron a los dos primero. En una ambulancia que iba abriendo paso en el tráfico con la sirena, pronto estuvimos en el hospital donde mi niño fue inmediatamente trasladado en una camilla a cuidados intensivos. En menos de cinco minutos, se encontraba con suero, oxígeno y toda clase de máquinas. Él yacía en la cama como un muerto, pero yo tenía fe de que estaba vivo. El personal del hospital estaba alerta; parecía que aguardaban a alguien muy importante porque enfermeras y médicos corrieron con la camilla llevándolo por los corredores hasta la unidad de cuidados intensivos donde todos se esmeraron en salvarle la vida. Me sentía despertar de una pesadilla; la diferencia de la atención que mi niño hubiera recibido en mi país era extrema, no podía compararse con el equipamiento y la calidad del personal, tanto de médicos como enfermeras. Era increíble pero claro, estábamos en un país desarrollado. Me levantó el ánimo el saber que mi hijo estaba en muy buenas manos, y confiaba plenamente que los profesionales encontrarían un diagnóstico certero.

ParteUno

MI MADRE, SU LEGADO Y SUS RECUERDOS

Mi madre era una mujer única, fuerte y aguerrida.

En lugar de faldas, llevaba pantalones.

Para ella, el trabajo era una devoción,

e incansablemente luchaba sin importar el horario.

Solía decir: "A DIOS ROGANDO Y CON EL MAZO DANDO".

Cualquier tarea la emprendía con ímpetu y fuerza.

Si un trabajo veía mermada su ganancia o se agotaba, inventaba uno nuevo.

Nunca se quejaba de las dificultades de la vida,

controlaba las riendas y frenaba cualquier obstáculo en su camino

como un hábil jinete en su caballo, siempre en silencio.

No se amedrentaba por nada de lo que le pasara.

Volvía una y otra vez con tesón hasta obtener lo que se proponía.

Su fortaleza era como un cinturón que ceñía su figura

y su coraje era su diadema,

un adorno que brillaba como un diamante en su camino.

Cuando caía, se levantaba como un roble, apoyándose en su valentía.

Absorbía el dolor de los tiempos difíciles y enterraba el pasado en el olvido.

Siempre vivía en el presente, sin preocuparse por el futuro,

ya que, como decía, "no sabemos predecir el mañana; solo Dios lo sabe".

Bendecía la mesa y daba gracias a Dios por el pan,

la paz, la unidad y el amor en la familia.

Soportaba el sufrimiento con entereza y despreciaba la cobardía como un monstruo.

En lugar de llevar un collar, llevaba una fe inquebrantable en su corazón.

Con esa fe, era capaz de superar obstáculos aparentemente insuperables,

recordándonos que "LA CONSTANCIA VENCE LO QUE LA DICHA NO ALCANZA".

Siempre complacía a Dios y confiaba en su misericordia,

sometiéndose a su voluntad con la frase: "SE HAGA LA VOLUNTAD DE DIOS".

Antes de salir de casa, nos bendecía de rodillas,

inculcándonos el amor a Dios y dibujando la cruz en nuestra frente.

Nos aconsejaba: "VER, OÍR Y CALLAR SI DEL MUNDO QUIERES GOZAR",

enseñándonos que a menudo era mejor no hablar

y que "EL QUE MUCHO HABLA MUCHO YERRA".

Terminaba su enseñanza con una señal de chitón,

apretando sus labios con sus dedos.

Basta para comprender que debíamos estar callados.

Todos estos dichos aprendíamos imitándola a ella,

la sabiduría le venía de lo alto, nadie la había instruido.

En lugar de trabajar, pasaba su tiempo amando a Dios y orando.

Siempre rezaba moviendo sus labios sin hacer notar que estaba orando,

y yo me preguntaba, “¿Por qué siempre está moviendo sus labios?”.

Me di cuenta que de los labios para adentro encontraba en Dios

la fuerza para trabajar siempre agradándolo.

Su vida dejó huellas imborrables y, con su ejemplo,

sus reglas marcaron nuestra existencia y seguimos sus pasos,

que nos guían por el camino que nos traza con sus bendiciones.

Con la misma transparencia hablaría de la bondad,

amor, valentía y fortaleza de otras personas,

no dejaría de reconocer las virtudes que poseen muchos seres en el mundo.

Así como algunos dejan un legado de lástima al morir,

otros dejan una aureola de bondad y amor que alumbra a los demás,

dejando huellas luminosas y recuerdos inolvidables.

Le pregunté alguna vez, “’Madre, ¿dónde estás?”

después de que Dios la llevó a la eternidad,

y dos noches más tarde tuve un hermoso sueño:

estaba en la iglesia, a punto de recibir la comunión,

y cuando llegué al sacerdote, tomó la Hostia y, elevándola y mirándome, me dijo:

"¿Ves esa luz?", señalando una luz brillante en la parte alta del altar.

"¿Ves esa luz resplandeciente que ilumina como un sol reverberante?

Allí están los buenos, allí está tu madre".

Creí sin duda que mi madre estaba en el cielo,

Pues nos dejó una estela de luz que nos alumbrará

hasta llegar a ver la sonrisa eterna.

Solo tenemos que seguir el ejemplo que nos legó,

la mejor herencia que perdurará hasta que nos encontremos de nuevo en el cielo.

MADRE, CORAZÓN CORAJE

Eres la lámpara brillante que ilumina mi camino donde quiera,

siempre la estrella que ha guiado mi infancia,

niñez, juventud y el resto de mi vida.

Con amor sublime, sacrificio y ternura me cuidaste,

entre faenas pesadas en noches no bien dormidas me arrullaste.

Aunque arduas eran tus tareas, las mezclabas con abrazos y besos.

Entre mimos y caricias que nos dabas,

con tus manos trabajabas para darnos el sustento.

Sin descanso por nosotros te desvelabas,

amor y pan al mismo tiempo nos diste y con celo nos protegiste.

Eras el padre fuerte que trabajaba y la madre amorosa que abrazaba,

madre corazón no estás de cuerpo entero,

pero siempre estás a mi vera.

Si vivieras aún, no estarías conmigo en todas partes,

Dios quiso llevarte con él para que desde el cielo estés siempre conmigo.

En cada cosa te recuerdo con amor profundo,

en todo lo que hago te aprendo.

En todas las luchas tengo tu valor, no me rindo,

tú me enseñaste a no tener miedo, a no temer al ayer,

ni recordar ni repetir lo mismo, porque eso impide progresar en la vida.

No me dijiste que el caer era equivocarse

pues siempre te vi de pie y en las caídas

aprendías con rigor a levantarte victoriosa.

Cuantas veces yo he caído, como tú me he levantado airosa y he sufrido,

pero de ti llevo en mi sangre una inmensa fortaleza.

Me enseñaste a no rendirme en el dolor,

ni a doblegarme en las peripecias.

Te vi brincar los obstáculos de la vida y derribar barreras con coraje,

aprendí esa lección y he derribado piedras, cerros y montañas.

Llevabas de collar el coraje y de cinturón la valentía.

Tu recio carácter era como una diadema que te adornaba la cabeza.

Yo también me he puesto el cinturón que ataviaba tu cintura,

el collar de diamantes que brillaba en tu figura

y la diadema de brillantes que te guiaba en tu camino.

Tú me enseñaste a orar en las madrugadas frías,

desde la aurora hasta el anochecer,

tu espíritu a Dios elevabas,

me enseñaste a amarlo con los ejemplos de tu propia vida.

Sigo buscando a Dios por tus mismas sendas, madre querida.

CAPULLOS Y ROSAS

Hay Rosales y jardines en praderas y valles,

fecundan bellas semillas en el seno de las flores,

con el riego de la sabia acarician los claveles,

que van dejando rocío en las blancas azucenas.

Viene el sol y hace al rocío germinar las ilusiones,

del fragante nardo que abraza con amor a su olorosa azucena,

brotan del corazón los frutos dulces como la miel,

que son como néctar para el nardo y la azucena.

Bien prendida la semilla va creciendo la flor y el fruto,

el tiempo pone sus hojas, sus ramas y sus colores,

el corazón ardiente de la azucena les da amor y ternura,

con el mismo aire que respira la azucena,

respira también su fruto.

Se pone tan bien florido el jardín que se riega con la lluvia,

y en cristales se divisa la hermosura de una rosa,

o el esplendor de un capullo que va a adornar un jardín,

que va a nacer de un nardo y una azucena.

Aspiramos la fragancia de un nardo o una rosa,

el perfume de estas flores llena de alegría la casa,

el hogar ya no es un jardín,

es un rosal con aroma delicioso,

ya no son solo los dos, ya son más que tú y yo.

No solo nosotros vivimos en casa,

uno por uno se suman más,

la azucena y el nardo se han multiplicado,

ya no somos los dos, somos nosotros

y en vez de tú y yo cuando la gente nos llama nos dicen son ellos,

si alguien me pregunta, ¿Cómo estás? dice también ¿Y ellos?

Si están sanos nos alegramos

y para prevenir que se enfermen,

con delirio los cuidamos, si están enfermos sufrimos,

y nos duele más que a ellos cuando se quejan llorando,

daríamos hasta la vida por verlos felices y sanos.

Van creciendo y no podemos detener el río crecido,

de pronto sentimos que se escapan de nuestras manos,

no podemos entender que dejaron de ser niños,

se nos pasaron los años y no aceptamos el reto.

Cuanto amor se deposita en cada hijo,

en cada pedazo de vida laten sus corazones,

el destino nos abraza con este amor sublime,

los amamos con pasión hasta que la muerte venga.

El corazón perdona siempre y no se gasta amando,

que siendo el hijo bueno o malo

no le quita nunca el derecho,

de amarlo porque así le dio derecho a la vida,

y lo recibió en sus brazos cuando nació con inmensa alegría.

Una madre vive amando y muere amando a todos sus hijos,

malos o buenos le son todos iguales,

aunque unos la hagan reír y otros la hagan llorar,

ella es la que hace la diferencia,

con todos sus hijos es compasiva y buena, pues los ama.

Si bien es cierto que hay tantos amores grandes y profundos,

que muy a pesar de las promesas y juramentos se terminan,

solo el amor sublime de una madre es eterno

porque nunca de su corazón puede arrancar

el cordón de amor sino hasta que muera.

ParteDos

SERÉ MADRE HASTA MI ÚLTIMO SUSPIRO

Desde que mi corazón palpitó al unísono con su corazón,

desde que en mi seno los sentí bailar al son de mis notas de amor,

desde que los rayos del sol abrieron sus ojos,

desde que tuvieron vida y desde que mi piel aspiró el perfume de su piel.

Desde que comencé entonando mis dulces canciones de cuna,

desde que sentí con mis besos las caricias de ternura,

desde que me desvelaba contemplando su rostro dormido,

desde que sentía en mi primero el dolor antes de que a ellos les doliera.

Desde que la música, de sus primeras palabras me cantaran,

a mis oídos como entonaban los pájaros a ritmo de hermosas melodías,

al pie de la ventana, ellos al ritmo de su trinar,

gorjeaban con manitas con palmas y baile con alegría.

“Mamá” repetían desde el amanecer hasta quedarse en mis brazos dormidos,

los arrullaba con abrazos y besos

hasta que yo también me quedaba con ellos dormida,

con el cálido aliento de su piel,

me arrobaba el sueño y el corazón.

Les hablaba del océano de amor en que dentro de mi vivía,

aún en noches lóbregas y largas nunca me cansé de aliviarlos,

con caricias, lágrimas y plegarias los consolaba en cualquier dolor,

siempre tenía la fuerza del corazón más fuerte para amarlos.

En los días como noches, cuando el sol cegaba mis ojos,

y no podía ver rosas en el camino porque las espinas me dolían,

quería ser yo la que padeciera sus enfermedades a cambio de vida,

en mis tratos con Dios yo me daba por ellos,

pero Él no quería.

Sabía Dios que viéndolos sufrir sería mayor mi dolor,

sabía Dios que estando yo enferma ellos más sufrirían,

porque sin madre fuerte ni yo ni ellos sobrevivirían,

sólo quiso darme valor y fortaleza para lo que venía.

Una ofrenda de amor en cada cosa que hacía les daba,

de mi corazón todos los afanes dulces o amargos a Dios le ofrecía.

En las noches largas cuando no dormía porque algo les dolía,

en vez de llorar, con caricias y besos en mis brazos los aliviaba.

Me hice un cofre de recuerdos que como un tesoro yo guardaba,

uñitas y dientes como joyas las tengo,

en mi cofre dorado para verlos siempre niños,

todas las penas y quebrantos,

no los tomaba en cuenta.

Valió la pena sufrir para saber lo que es reírse de alegría,

entre mis hijos y yo hubo largas ausencias,

que hicieron nuestros reencuentros emocionantes,

y el valor que teníamos cada uno para no decirnos adiós sino hasta luego.

En cada abrazo de regreso nos dábamos cuenta,

que nunca podríamos vivir separados tanto tiempo,

en un solo abrazo y beso, de nuevo nos encontrábamos,

como el agua sigue su curso para no perder su brillo cristalino.

Como el tiempo que de segundo en segundo se hace un día,

como el sol que calienta y poco a poco se enfría,

así mis hijos dejaron de ser niños,

hermosas copias de caritas tengo pintadas al rojo vivo.

Que lleva mi sangre, rosas y claveles nacieron de mi jardín florido,

seis niños que reemplazaron el lugar de nuestros hijos,

a los que ya no reprendimos, solo mimamos con delirio.

Dios nos dio la bendición de enmendar en ellos los errores

que cometimos con nuestros hijos cuando eran niños,

sin experiencia en nuestra juventud en vez de meternos en ellos,

queríamos que ellos nos entendieran, sin pensar en ellos.

Cada nieto es una piedra preciosa que me adorna como una corona.

La llevo como una diadema que ilumina mi cabello plateado,

cada cual es un dibujo diferente, es distinta su fragancia, y su manera,

todos dotados por Dios de talentos y encantos que me llenan.

Diego, con él, las cuerdas de la guitarra cantan y danza el piano,

bohemio, soñador, seductor y bien parecido.

Actuar es su arte favorito, le auguro éxito y fama como actor,

que los aplausos no lo cambien que como el ejercicio talla su cuerpo y su figura,

la fama no le quite del corazón su hermosura.

Isabela, genio musical con dedos de seda,

sus conciertos de piano nos llenan de emoción y de alegría,

de ojos grandes y bellos,

cálida, hermosa e inteligente, en su mente brilla el éxito de una carrera.

One Direction la eleva a las nubes y con Zayn se va hasta la luna.

Gaby, todos deben mirarla con atención,

el amor la llena de alegría, bonita y cariñosa.

Con inteligencia quiere hacer reales sus sueños,

tesón y dedicación en sus tareas.

El cine es el preferido en tiempos libres, nada de espectáculos,

se distrae con la música y cosas que le gustan.

A Angélica la deleitan los libros y la desvelan,

por eso es estudiante de honores;

inteligente, bella, dulce, cariñosa, sueña con triunfar en su carrera.

Ama los espectáculos, la emocionan y hasta llora

con One Direction. Harry le deslíe el corazón, por él pierde la cabeza.

Sebastian, su dinámica festiva comunica su alegría,

sociable, confidente, parecido, con espíritu empresario,

tiene tendencia a una carrera financiera,

es inteligente, el fútbol su deporte favorito,

loco eufórico con la música roquera,

se divierte entonando música alegre con los héroes de la guitarra.

Brandon, espíritu de investigador del por qué de la luna y las estrellas,

muy alegre, inteligente, para matemáticas un genio.

Dulce, festivo, lector favorito de la ciencia,

colector de monedas, toca la flauta con ritmo,

y nos contagia su risa y algarabía, comunicador y muy bien parecido.

Ahora van como riachuelos,

pero siguen en el inmenso océano de mi corazón latiendo

y dándome vida, alegría y júbilo,

no recuerdo sinsabores ni amarguras, solo me río,

porque sin sufrir un hijo me faltaría y conmigo no estaría.

Si el viento fuerte arrecia en sus caminatas con amor y valor

les ayudo poniéndole brida a los reveses de sus vidas,

apenas resbalan los abrazo, fuerte para que no caigan,

y si caen, con ahínco los pongo de pie para que sigan.

Con entereza y valentía les enseño que no existe el fracaso,

que son regalos que nos vienen en bandeja de oro y plata,

para no volver a tropezar con la misma piedra,

les muestro que la levantada es mejor que la caída.

Los llevo bien adentro desde que vieron la luz del sol,

hasta que la luz de mis ojos se apague,

seré madre hasta que en mi mente se pierdan sus figuras,

hasta que mis fuerzas los suelten de mis manos.

Y si aun viéndome caminar por la misma cera me despreciaran

y con indiferencia y olvido me hirieran,

aunque me miraran con odio,

en cada pedazo de mi ser amándolos seguiría hasta que me muera

y en cada oración el perdón de Dios les alcanzaría el cielo.

Que Dios, el desamor no les tenga en cuenta,

y que en mi corazón ponga consuelo para que todas esas penas,

se conviertan en un cúmulo de paz y alegría,

en el dolor, en sus triunfos y en sus logros.

Apenas abro mis ojos, en mis plegarias los bendigo,

a todos, los amo como a mi propia vida, aunque lo vean diferente,

en cada parte de mi corazón laten, están pegados a mi vida,

como si todos fueran uno solo,

hasta la muerte los amaría.

Enjugaré sus lágrimas si lloran por pesar o melancolía,

celebraré sus triunfos con fiesta y algarabía,

reiré con ellos cuando estén pictóricos de gozo,

su felicidad esfumará las penas y pesares de mi vida.

Contarán conmigo para solucionar los problemas de la vida,

sin que me llamen escucharé su voz en mis oídos,

mientras viva como ofrenda, se los daré a Dios en mis plegarias,

los amaré hasta que exhalé mi último suspiro.

¡MADRE MIA YO RECUERDO!

¡Madre mía, yo recuerdo!

Cuando niña me tenías

en tus brazos sin faltar, pero luego vino el tiempo,

y se fue borrando el recuerdo, y la vida y sus afanes,

me alejaron de tu altar.

Cosas extrañas pasaron, ilusiones pasajeras,

sueños vanos que se mueren,

me robaron la alegría de cantarte, madre mía,

de llevarte mis plegarias, como lo hacía de niña.

Y me quedaba dormida con tu imagen bendecida,

muy pegadita a mi pecho, cuidabas tú de mi lecho,

si un temor me abatía, seguro que, entre tus brazos,

dormía junto contigo cuando recordaba tu imagen me llenaba de alegría

que tenía colgada en mi pecho.

Era hermosa la cinta celeste que conmigo llevaba de niña.

¡Y cómo te fui olvidando! Se me pasaron los años.

Y mi amor se fue apagando,

ya no recordé siquiera, ¡qué hermoso era el mes de Mayo!

¡Que linda se te vestía!

Llevábamos todas flores y brillaban de mil colores.

Las luces que iluminaban para ti, nuestros corazones.

Era el mejor mes del año corrías la noticia,

que pronto era el mes de María y todas con alegría,

queríamos estar temprano para sentarnos al lado,

oh, nuestra Virgen María, te alabábamos con cantos celestiales.

Pero de todos el que más me gustaba era el Ave María.

La primera voz temblaba, la segunda repetía,

y en un deleite de voces el coro le respondía:

Escúchame, Ave María...

Mientras cantábamos todas unas ofrendas se ponían.

Para cumplirla con amor durante todo el día,

¡Y cómo te fui olvidando! Si yo, junto a otras niñas

un día trece de mayo, a tu imagen bendecida

con fervor me consagré, recibí el escapulario.

Me ofrecí a Ti, como ofrenda de amor ese día,

frente a tu imagen bendita, te dije que iba a ser devota de tu rosario

y amarte siempre Madre mía.

Se me pasaron los años,

y tan pronto como el tiempo me dijo “ya no eres niña”,

mis plegarias se murieron.

Si un temor me abatía, seguro que entre tus brazos,

dormía junto contigo cuando recordaba tu imagen me llenaba de alegría

que tenía colgada en mi pecho,

era hermosa la cinta celeste que conmigo llevaba de niña.

¡Y cómo te fui olvidando! Se me pasaron los años.

Y mi amor se fue apagando, ya no recordé siquiera

¡Qué hermoso era el mes de Mayo!

¡Que linda se te vestía!

Llevábamos todas flores y brillaban de mil colores.

Las luces que iluminaban para ti, nuestros corazones.

Era el mejor mes del año corrías la noticia,

que pronto era el mes de María y todas con alegría,

queríamos estar temprano para sentarnos al lado.

Oh, nuestra Virgen María, te alabábamos con cantos celestiales.

Pero de todos el que más me gustaba era el Ave María,

la primera voz temblaba, la segunda repetía,

y en un deleite de voces el coro le respondía:

Escúchame, Ave María...

Mientras cantábamos todas unas ofrendas se ponían

para cumplirla con amor durante todo el día,

¡y cómo te fui olvidando!

Si yo, junto a otras niñas un día trece de mayo,

a tu imagen bendecida.

Con fervor me consagré, recibí el escapulario.

Me ofrecí a Ti, como ofrenda de amor ese día,

frente a tu imagen bendita, te dije que iba a ser devota de tu rosario.

Y amarte siempre Madre mía.

Se me pasaron los años,

y tan pronto como el tiempo me dijo “ya no eres niña”,

mis plegarias se murieron y me cansé de rezar,

me alejé de tu capilla,

donde a solas me gustaba de rodillas estar a tus plantas.

He de pedirte que me llevaras.

¿Recuerdas que te decía no dejes,

oh, Madre mía que yo me haga mujer?

Dejaba esos anhelos en tus manos escondidos.

Y mis lágrimas hablaban de cuantas ansias yo sentía.

De quedarme allí dormida, para nunca recordarme,

yo quería que me llevaras y soñaba en el cortejo,

de una hija de María entre hermosas rosas blancas.

Y azucenas tan fragantes,

como las que adornaban tu altar.

Presentía que mi alma de ti se iba a olvidar,

que si yo niña no era de ti me iba a alejar,

y por eso te pedía,

no dejes oh, madre mía que yo me haga mujer.

¡Oh, Virgencita mía!

De amor yo te puse triste,

¡Cómo olvidé la alegría que al mundo tú trajiste!

Diste a luz una vida que muere por no vernos tristes.

Madre, desde que fui niña, de mi lado nunca te fuiste.

Al amparo de tus manos, siempre mi corazón tuviste.

Madre, la huella de mis pasos recorriste.

No cesaste de buscarme porque me perdí, pero aún perdida,

llevaba prendida la medalla

que cuando era niña, Tú me diste.

Me encontraste cuando más te necesitaba.

Oí en mi alma tu reclamo y me dijiste:

“Hija mía, ¿Te olvidaste de mí?”

En cambio, yo no te he olvidado,

desde el día en que naciste, entre zarzas y espinas te he buscado,

hasta que por fin te tengo otra vez entre mis brazos.

En tus brazos, Madre mía quiero otra vez cantarte.

Otra vez yo quiero rezar y dormirme contigo de noche,

y sentir que te tengo en mi lecho,

que la cinta celeste se quede con tu imagen prendida en mi pecho.

Yo te amo otra vez como niña, pero ahora soy una mujer.

EXPERIENCIAS VIVIDAS

No me valen las experiencias ajenas,

soy de cabeza dura y pertinaz,

me lanzo al vacío,

nadie me atemoriza.

Mi audacia sobrepasa límites.

Si algo me sale mal no me derrumbo,

si no me resulta me es indiferente,

me resbalo, pero no caigo,

es que no me queda remordimiento

de haber hecho algo que no me dio buen resultado.

No me gusta que me quede la incertidumbre

de que a lo mejor hubiera sido mejor hacerlo,

no me importa, hago lo que me propongo salga como salga,

soy tenaz y de cabeza dura, me gustan los retos,

con Dios nada hay imposible,

me fio de Él con fé, ahínco y esperanza.

Soy como soy, he cometido errores

y esos son los que me han dado la fuerza

y han sido a la medida de mi carácter.

Esto rebasa la fuerza de un corazón

que no se vence ni aún vencido,

de un corazón que aunque tambalee

encuentra equilibrio en la oración que fortalece mi espíritu,

ilumina mi mente y repara mis fuerzas.

Nací en el cálido regazo de mi madre querida,

sin que nadie se percatara de mi nacimiento,

llegué furtiva a este mundo.

Sólo ella dulcemente en sus brazos me arrullaba,

y me guardaba en su corazón como un secreto.

En una pequeña ciudad,

rodeada de amapolas e iluminada por un sol radiante,

sus ríos escondidos a las faldas de frondosos árboles y coloridos matorrales,

las aves alegrando con su trinar desde la aurora

y con su cántico los ruiseñores alegraban al obrero

que a prisa cruzaban para hacer su faena,

mientras las campanas en las iglesias repicaban

y los feligreses temprano se daban cita

con el artífice que regía el día

con la luz del sol y al anochecer

con la luna, luz menor.

Alumbraba a sus guardianes que se vestían unos de galantes luceros,

otras de bellas estrellas que coqueteaban

danzando mientras velaban el sueño de todos los ciudadanos.

La creación se asomaba otra vez llegando al nuevo día,

les traía ánimo y entusiasmo para buscar el sustento que sabía a pan, hogar y alegría.

Las aceras ya calientes por el sol, testigos del trajinar,

veían las vías en zigzag que atravesaban unos con otros,

corriendo iban todos, tanto nobles con chaqueta,

como mestizos y pobres con poncho y pollera.

Los ricos bien ataviados con cartera iban en carro,

los pobres con alforjas, o bajo el brazo verduras, conejos o gallinas,

otros en su cabeza hacían piruetas cargando comida hecha, tamales y tortillas.

Todos en un laberinto, cada cual por su lado,

unos a la oficina y otros a la despensa,

mientras los demás ambulantes en las plazas

se apilaban en las veredas,

cada cual un puesto para vender tomaba.

Los estudiantes corrían en masa, como atrasados,

abriendo paso entre la multitud,

hacían la venia a los ancianos,

y les cedían la vereda con respeto y saludo,

así como los hombres cedían paso seguro a las mujeres,

sacándose el sombrero para saludar con venia, respeto y pleitesía.

Tallado de antaño,

era la reminiscencia más hermosa y antigua escultura que recuerdo la Catedral,

el emblema colonial, engalanada y reluciente,

plasmaba la mística sublime de los cuadros santorales

que dejaban en el alma recuerdos de la santidad,

de aquellos que brillaron en la tierra y nos iluminan desde el cielo.

La Misa campal del domingo,

celebrada al anochecer, era concurrida y repleta.

Había casi siempre pueblo de pie, sin asiento.

Las lecturas, desde el púlpito emitían una voz que hacía eco,

recorriendo de lado a lado los oídos,

el celebrante con la palabra de Dios,

no dejaba que el mensaje se quedara en los oídos.

Muy bien hondo en el corazón de todos la metía,

este derretido por el cálido mensaje que ardía en el alma empedernida,

lágrimas ardientes, se rodaban por los ojos y sin decir nada,

hacíamos la señal de la cruz en la frente, nadie se hacía el quite,

parecía que todos meditábamos lo mismo,

una sola fe nos abrazaba, nadie ignoraba al de al lado,

porque le dábamos la paz como a un hermano, con un apretón de manos y un abrazo.

¡Qué tiempos tan bellos aquellos!

¡Creo que todo aquel que estuvo allí conmigo no lo ha olvidado!

¡Qué domingos tan inolvidables!

Después de misa, los juegos pirotécnicos

y la retreta engalanaban la ciudad,

alegraban a los feligreses con aire de fiesta

y hacían del domingo un día espléndido.

Los uniformados de verde

componían la banda con platillos vibrantes,

cornetas sonoras y bombos chispeantes,

entonaban melodías acompasando el paseo

que dábamos alrededor del parque,

mientras fugaces,

las luces brillantes destellaban en el aire,

danzando y vestidas de lindos colores.

Todos disfrutaban del musical,

que hacía reír y gozar a los ciudadanos,

cada quien, entre carcajadas y gran humor,

hacían la fiesta con algarabía.

Yo tenía una iglesia que era mi preferida,

adornada con preciosos altares.

Desde la entrada,

en ambos costados estaban los santos,

a los cuales sus devotos veneraban implorando milagros.

Adelante estaba la reina de todos los santos,

vestida de blanco y celeste en su altar radiante,

adornado con rosas de aroma fragante,

las luces en fila cual rayos de oro

besaban el rostro del divino diamante,

en el que Dios refleja su amor a los hombres.

La excelsa reina del cielo iluminaba el templo

y su resplandor alumbraba todos los rostros.

Mi ciudad, cuna del poeta,

llena de profundo sentimiento que a estos inspiraba

y a la música del lírico le plasmaba para darle a su gente,

los innatos e inolvidables amantes de la pluma,

que inmortales dejaron la huella de la canción arraigada en el corazón,

haciendo del poema eterna melodía,

que hablaba del puro amor en lenguaje sentidísimo

y se mezclaba con las cuerdas de una guitarra apasionada.

Por doquier el eco de la serenata se colaba por los ventanales;

eran los bohemios enamorados

que ostensible hacían su sentir en sus melodías.

En las noches, cuando la ciudad dormía,

se oía implorar perdón,

o bien la declaración del que no podía hablar sino a través de una canción,

que hablaba de lo mucho que la amaba.

Las noches serenas y calladas

eran solo un murmullo musical que los vecinos hacían también suyo

y solían escudriñar tras los cristales.

Todas estas memorias se fueron conmigo

cuando salí de mi ciudad natal

hacia la capital a la edad de 14 años,

pues continuaría mis estudios en la capital,

en medio de muchos sinsabores

porque no tenía familia que me hiciera compañía.

Después de un largo tiempo,

mi madre había decidido moverse a la capital,

así que allí con toda la familia nos instalamos

y seguimos el tren de vida de una familia feliz.

Terminé mis estudios obteniendo

una especialización en Administración de Negocios.

ParteTres

COSAS DEL DESTINO

De repente, sin haberlo planeado, contraje matrimonio y tuvimos nuestra primera niña. A la edad de año y medio, caímos en cuenta de que tenía luxación de las caderas, con lo cual tuvimos que atravesar por momentos muy dolorosos, ya que no podía pararse y sin una operación no iba a poder caminar. El proceso anterior a la operación era desgarrador; había que hacerle un estiramiento de las caderas que estaban sueltas. La tuvimos dos semanas bajo un doloroso tratamiento. Luego vino la operación y la enyesaron. Fue terrible, noches enteras de desvelo.

La niña no podía dormir en esa posición. Nos turnábamos para tenerla en brazos; lloraba y nos destrozaba el corazón. Se nos secaron las lágrimas de tanto llorar; fue una cruz muy pesada de llevar. Al año de estar enyesada, por negligencia de una empleada, la niña se cayó al piso de espaldas. Yo sentí que me moría, pensando que se había roto las caderas. Le faltaban seis meses más para que le removieran el yeso. Luego de quitarle el yeso estuvo con férulas hasta aprender a caminar.

Habíamos atravesado un mar de tempestades nadando a brazo fuerte; las recias olas nos habían golpeado parejo. La marea en crecida arrasaba subiendo y bajando. A veces parece que por fin amainaba la tormenta; las aguas mansas y tranquilas de nuestras vidas anclaban en un puerto seguro. El progreso, el éxito y las ilusiones fueron asomando la cara, y las metas que habíamos trazado dependían del afán y el esfuerzo nuestro.

Súbitamente se oscureció nuestro horizonte de nuevo, derrumbando las ilusiones, distanciándonos del bienestar y sembrando inquietudes. Nace mi segundo hijo trayendo otra cruz muy pesada de llevar, que nos sume de nueva cuenta en el sufrimiento. A los 6 meses comenzó padeciendo de una enfermedad desconocida y nuestra casa se convirtió en una clínica. De los médicos entraban y salían sin atinar a descubrir de qué enfermedad padecía, ni acertaban a aliviarlo de sus dolencias. La fiebre era un aguijón que lo destrozaba, las convulsiones lo ponían en el riesgo de obtener una meningitis tan peligrosa, que le podía causar la muerte; irresistible a todos los antibióticos y desahuciado por los médicos, que se quedaban muy cortos de conocimiento para lidiar con la enfermedad. Por milagro quedó sano completamente sin volver a enfermarse. Fue creciendo sano y sin secuelas de su larga enfermedad.

Habíamos vencido otra guerra con fortaleza, paciencia y sacrificio. Fue causa de nuestra alegría el verlo corriendo y jugueteando; respirábamos aire libre y nos creíamos felices. Un gran milagro nos había devuelto al niño sano y salvo. Todo iba a viento en popa, todos felices y satisfechos, nuestra vida diaria tenía matices de acuerdo a las flores que cultivábamos en nuestro jardín, el sol las acariciaba y se daban en bellos colores, pero llegaron las aguas torrenciales y marchitaron, de repente el sol dejó de brillar y las flores perdieron la fragancia y el color, perdieron la sabia y murieron, al igual que nuestros sueños se esfumaban. El ocaso oscureció, el viento huracanado silbó en nuestros oídos, otra vez días sombríos. Se desvió el timón de nuestra embarcación que ya iba por aguas tranquilas, de nuevo estábamos remando contracorriente: enfermedad, distancia, soledad, peligros, riesgos con amenaza de muerte, amarguras, llanto y quebrantos que nunca imaginamos. Esas pruebas venían con el nacimiento de mi hijo que vendría a romper el récord de los sufrimientos. Desde que nació estuvo casi todo el tiempo en clínicas, batallando con su vida, en su cuna yacía como muerto y si no estaba en una clínica, los médicos entraban y salían de casa.

Otra vez la tribulación nos arrebata lo que habíamos logrado. El castillo de naipes se desmoronaba, se acabó el verano y llegó el invierno. Habíamos sembrado rosas y se dieron espinas. Estábamos dando vueltas en una montaña rusa. Mi hijo era como un fogón, ardía abrazado por la fiebre, su piel sin color. Tenía una mejilla como un papel, y la otra mejilla era como si un ají rojo le quemara. Los médicos no sabían lo que tenía; eran médicos, pero no madres. No entendían que yo también me estaba muriendo. Los médicos eran torpes e insensibles, su incapacidad los hacía duros, eran incompetentes. Sólo en la pared tenían un título que parecía que lo habían comprado. Si el título hubiera podido hablar, seguro les hubiera dicho: "Quítame de la pared, debes tener vergüenza, eres inútil e ignorante, no tienes conocimiento; preferiría estar colgado en la pared de un analfabeto." La negligencia de los médicos iba agotando la esperanza; había una lámpara titilando en el corazón; siempre nos ceñía un cinturón de acero que aguantaba el peso que cargábamos. Enjugábamos las lágrimas y teníamos que descubrir las fortalezas que estaban en el interior y pelear con ellas para alcanzar otra victoria.

Ignoramos a veces que tenemos fuerzas ocultas, tales como valor, entereza, coraje, persuasión, audacia, osadía, astucia, intuición e imaginación sugestiva y positiva, optimismo, seguridad de nosotros mismos, voluntad férrea, resistencia y constancia. Cada una de estas fortalezas tiene influencia; son el eje que nos pone en acción. Todas juntas son una fuerte cadena indestructible; son recursos enviados por Dios que pueden bloquear la depresión, la ansiedad, la desesperación y la pérdida del control de nosotros mismos. Dios nos ha dado memoria, entendimiento y voluntad, que actúan junto con todos nuestros sentidos, mediando con paz y serenidad en los momentos difíciles. Nos otorgan reflexión para lidiar con los problemas como si el problema fuera ajeno, como sacando el pie del zapato para que fluya el raciocinio. Aprendemos a solucionar las dificultades positivamente, manejando los reveses como si no fueran nuestros, porque entre más calentamos la cabeza, explotamos y perdemos los estribos. Otra persona con la cabeza fría puede ayudarnos a resolver los problemas.

Hay polos positivos, y debemos eliminar los polos negativos; estos nos ayudarán a vencer los obstáculos, rompiendo cadenas y brincando barreras con nuestra voluntad. Debemos rechazar el pesimismo, la negatividad, el miedo, la cobardía y el riesgo de pensar que lo que decidimos hacer es para mal. La expresión que mata nuestros ánimos es “¿Y si no sale?, ¿y si falla?, ¿y si pierdo?, ¿y si me hundo?” Fuera todos estos monstruos que nos impiden luchar para alcanzar lo que queremos. Hay que tirarse con los ojos cerrados, con el beneficio de la duda, pero seguros de que vamos a vencer y a obtener lo que queremos. Al final saldremos victoriosos, no nos quedará el ser acusados por nosotros mismos, con el remordimiento de que si lo hubiéramos hecho podría haber sido mejor, pues de esta manera nunca podremos solucionar las adversidades y siempre estaremos lamentándonos de que no tenemos suerte, pero ojo, no es cuestión de suerte. Si eres flojo y calculador las cosas no salen, no vale la pena calcular en la vida; el calculista siempre estará vencido. Si decides hacer algo, lánzate, no arruines tu vida por la cobardía; si caes al precipicio, acude a tus fortalezas positivas y lograrás tocar con los dedos el cielo.