Corazón culpable - Carol Voss - E-Book
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Corazón culpable E-Book

Carol Voss

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Beschreibung

¿Estaría dispuesto a enfrentarse a sus miedos y tener una familia? Cuando la viuda Nan Kramer se vio obligada a enfrentarse a los hábitos delincuentes de su hijo Justin, no supo qué hacer. Aquellos dos años ocupándose ella sola del muchacho la habían llevado al límite. Pero entonces apareció un viejo amigo que le ofreció un hombro sobre el que llorar y mucho, mucho más... David Elliot se había dedicado a proteger a los Kramer después de sobrevivir al tiroteo en el que había muerto el marido de Nan y que a él lo había dejado con un enorme sentimiento de culpabilidad. Él siempre había creído que los policías no debían tener familia, pero en cuanto comenzó a ayudar a Justin, empezó también a sentirse atraído por la tranquila belleza y la fortaleza de Nan...

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Seitenzahl: 220

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Editados por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2004 Carol Voss. Todos los derechos reservados.

CORAZÓN CULPABLE, Nº 1537 - noviembre 2012

Título original: The Way to a Woman’s Heart

Publicada originalmente por Silhouette® Books

Publicada en español en 2005

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Julia son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-1186-7

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Capítulo 1

Tratando de olvidarse del nudo de tensión que se le había formado en el estómago, David Elliot, ayudante del sheriff del condado de Dane, recorrió la calle Maple lentamente hasta pasar por delante del chalet de Nan Kramer. Normalmente había una luz encendida cuando pasaba por allí alrededor de la medianoche, pero no esa noche. Como siempre, observó bien la casa y el jardín en busca de alguna anomalía.

Pensó en la familia que dormía a salvo en el interior de la casa. Pensó en Nan, en su suave risa y la increíble alegría de vivir que la había hecho brillar en otro tiempo. Se le encogía el corazón al pensar en ella y en sus tres hijos huérfanos de padre.

Jamás debería haber ocurrido.

Hasta que los dedos comenzaron a dolerle, no se dio cuenta de que estaba apretando el volante demasiado fuerte; era aquel recuerdo espeluznante. El recuerdo de aquella aciaga noche no le hacía bien a nadie, ni a su compañero muerto, ni a Nan ni a los niños y desde luego, tampoco a él.

En el aire se podía respirar el olor acre de las algas del lago Mendota, que en agosto adquiría aún más fuerza. David tomó Northport, la calle principal de Wisconsin, y se dirigió hacia su casa, donde esperaba relajarse con una buena cerveza fría para quitarse de encima la tensión acumulada tras seis días seguidos con turnos de doce horas. Pero un movimiento atrajo su atención desde el callejón detrás de la tienda Harper’s. La adrenalina inundó su cuerpo con una sacudida. Parecía que la vuelta a casa iba a tener que esperar.

Pisó el freno a fondo y dio marcha atrás haciendo chirriar las ruedas sobre el asfalto. Las luces del coche llamaron la atención de tres muchachos que, subidos uno encima de otro, se disponían a entrar por la ventana lateral de Harper’s, que estaba en un segundo piso bastante bajo.

—¡Es un poli! —el chico que hacía de base de la pirámide cayó al suelo del susto de ver a David salir del coche. Los otros dos saltaron al suelo dejando al tercero colgado del alféizar de la ventana y sin apoyo alguno.

—¡Eh! ¡No puedo bajar! —gritó el de arriba al ver que sus amigos salían corriendo por el callejón. Estaba demasiado alto como para saltar sin arriesgarse al menos a torcerse un tobillo.

Los cubos de basura caían al paso de los muchachos provocando un enorme estruendo. David fue tras los dos que habían huido esperando, eso sí, que el otro tuviera la bastante fuerza como para sujetarse allí. Cuando ambos jóvenes se separaron y siguieron corriendo en direcciones opuestas, decidió ir por el de la camiseta blanca pues resultaba más fácil verlo en mitad de la oscuridad. Al dar la vuelta a una esquina, el muchacho había desaparecido, había un edificio abandonado donde se podía haber escondido perfectamente. David se quedó en silencio unos segundos intentando escuchar el más mínimo ruido que le diera una pista del escondrijo del muchacho. Nada. Sólo se oían las hojas de los árboles y el zumbido de los insectos volando alrededor de la luz de las farolas. Lo mejor sería ir a ver si el otro chico seguía colgado de la ventana.

Allí estaba, balanceando las piernas en busca de un apoyo que no encontraba. Llevaba zapatillas de deporte, unos vaqueros cortados y una camiseta roja. Parecía tener unos diez años. Demasiado joven para andar robando. Como si hubiera alguna edad buen para eso...

—Bájame —le pidió el ladronzuelo al ver que se había quedado parado debajo de él. Le temblaba la voz como si estuviera a punto de echarse a llorar.

David se acercó un poco más, rompiendo aún más los cristales que ya había en el suelo procedentes de la ventana. No le costó mucho agarrar al muchacho por las piernas.

—Suéltate, ya te tengo.

El poco peso del chaval cayó sobre él y enseguida le dio la vuelta para poder mirarlo a la cara. Él también lo miró con los ojos sombríos.

Los ojos de Corry.

—¿Justin? —dijo David con apenas un hilo de voz.

Los rizos rubios que recordaba eran ahora muy cortos, y la sonrisa traviesa había sido reemplazada por una expresión mezcla de miedo y mal genio... Pero sí, era Justin Kramer, no había duda. David sintió cómo se le retorcía el estómago. ¿Cuándo se había convertido aquel muchacho en un vulgar ladronzuelo?

Justin cerró los ojos y los volvió a abrir de par en par, como si no creyera lo que veía.

—¿David? ¿Qué haces aquí?

—Mala suerte, supongo —habría dado cualquier cosa por no estar allí. Deseaba no haber reparado en el jaleo que había en el callejón, no haberse detenido a mirar... De no haber sido así, en ese mismo instante estaría en casa disfrutando de una cerveza bien fría. Y sin embargo estaba allí, mirando a la cara de culpabilidad del hijo de su compañero muerto.

Pero lo peor sería tener que contárselo a Nan.

—Soy un estúpido —murmuró el muchacho mirando al suelo con un gesto que daba verdadera lástima. Pero sentir lástima por él no iba a hacerle ningún bien; además, David estaba enfadado, muy enfadado.

—Me parece que te quedas corto —aseguró dejándolo en el suelo.

—No es lo que tú crees.

—Ni siquiera intentes mentirme. Me sé todas las historias que puedas inventarte.

Justin levantó la mirada.

—No íbamos a robar nada serio. Teníamos hambre, sólo íbamos a buscar algo de comer; patatas fritas o algo así.

—¿Crees que voy a creerme eso?

—Pensamos que podríamos entrar por la ventana del callejón sin que nadie se enterara.

David no se dejó engañar por la mirada inocente del muchacho.

—¿Quiénes lo pensasteis?

—Otros dos y yo —respondió Justin enterrando la puntera del pie en la grava del suelo.

—¿Esos otros dos tienen nombre?

—¿Se lo vas a contar a mi madre?

David sintió frío a pesar del calor de la noche. Habría preferido enfrentarse a un pelotón de fusilamiento antes que causarle más dolor a Nan.

—Ojalá no tuviera que hacerlo —hizo una pausa mirando a Justin—. ¿Cómo se llaman esos dos?

—No te lo puedo decir —dijo el chico levantando el rostro dignamente.

David hundió las manos en los bolsillos mientras intentaba contener las ganas de hacerle entrar en razón.

—Siento que digas eso. ¿Entonces vas a apechugar tú solo con las culpas?

—No irás a detenerme, ¿verdad?

Buena pregunta. ¿Qué iba a hacer con él?

—Lo que estabais haciendo es ilegal.

—Mamá cree que estoy durmiendo. Se va a enfadar mucho —Justin volvió a mirar al suelo.

Dios. Para una vez que Nan había conseguido acostarse antes de medianoche, iba a tener que despertarla para contarle que Justin se había escapado de casa después de que ella lo hubiera dejado bien arropado en su cama. Aquella mujer ya había sufrido bastante.

De pronto la recordó en el funeral de Corry hacía dos años, aplastada por el dolor y mirándolo con aquellos ojos llorosos y tristes. Era la imagen que había presidido sus pensamientos día y noche.

Habría querido estrangular a aquel muchacho.

—¿Por qué demonios has hecho esta tontería? ¿Sabes el daño que vas a hacerle a tu madre? ¿Lo sabes?

—No pensé...

—No, desde luego no pensaste, en eso tienes razón. Vamos, sube al coche, te llevaré a casa.

En nudo que tenía en la garganta se apretaba sin piedad. Había hecho todo lo que había podido para cuidar de Nan a distancia desde la muerte de Corry, pero no podía evitarle ese trago. Llevaba dos años sin atreverse a acercarse a ella. Jamás habría imaginado que se encontraría en la situación en la que ahora se encontraba.

Con los puños enterrados en los bolsillos, caminó hacia el coche seguido por Justin.

La mente agotada de Nan Kramer se llenó de ruido, era el timbre, que se hacía un hueco en la inconsciencia del sueño. Quitándose de encima el bracito de Brenda, se volvió para mirar la hora en el despertador. Las doce y media. Sólo llevaba media hora dormida. ¿De verdad la había despertado el timbre, o había sido otra vez esa pesadilla? Aquella terrible pesadilla siempre empezaba con el sonido del timbre de la puerta.

Se levantó de la cama con un sudor frío empapándole el cuerpo y se puso la bata de felpa blanca. Tenía que ver a los niños, asegurarse de que estaban bien.

—Mami —farfulló Brenda prácticamente en sueños.

—No te preocupes, mi amor. Sólo voy a ver a Melody y a Justin.

El timbre volvió a romper el silencio de la casa, poniéndole los nervios a flor de piel. Definitivamente habían llamado. ¿Quién sería a esas horas de la noche? El miedo que sintió le recordó la noche de la muerte de Corry. La noche en la que el timbre de la puerta le había cambiado la vida para siempre.

—¿Quién es, mami?

Nan respiró hondo intentando recuperar la calma antes de contestar.

—Voy a ver, pero tú sigue durmiendo.

—Está muy oscuro.

—No, mira, la luz del pasillo está encendida.

—No te vayas, mami —imploró la niña al borde del llanto.

—Te voy a llevar a tu cama, así Melody estará contigo —susurró Nan en tono tranquilizador al tiempo que levantaba a la pequeña de cinco años. Volvieron a llamar a la puerta. Habría jurado que cada vez sonaba más fuerte.

—Mamá... —se oyó la voz adormilada de Melody desde el dormitorio de las dos niñas—. ¿Quién llama?

—No lo sé, hija. Por favor, acuesta a Brenda para que pueda ir a ver.

La hermana mayor, de trece años, se ocupó en seguida de la pequeña.

—¿Quieres que vaya contigo a la puerta? —se ofreció con voz temerosa.

—No, acuesta a Brenda. Seguro que es algún vecino —en realidad no estaba segura de nada, pero sabía que Melody recordaba aquella horrible noche tan bien como ella, y sabía que debía decir algo que tranquilizase a su hija. Fue hasta el salón y después a la puerta oyendo el crujido del suelo de roble bajos sus pies.

Tras las cortinas del cristal de la puerta se adivinaba la sombra de alguien alto. Nan se detuvo en seco, el cuerpo entero le hormigueaba y en su mente resonaba un grito ahogado. Aquella persona iba a decirle que había ocurrido algo terrible y su vida nunca volvería a ser la misma. «No. Por favor. Otra vez, no». Nan intentó razonar con calma. Aquello no era su pesadilla, era la realidad.

—¿Quién es? —¿por qué no le salía la voz?—. ¿Quién es? —repitió con más fuerza.

—David Elliot —se oyó una voz suave y profunda al otro lado.

¿David? Apenas había vuelto a verlo desde el día del funeral. ¿Por qué aparecía ahora? ¿Qué estaba haciendo a la puerta de su casa a medianoche?

—Siento despertarte, Nan, es que hay un problema —su tono era enérgico y convincente, como si estuviera comunicando algo oficial.

Nan se quedó mirando a la puerta, no quería saber lo que había ido a contarle.

—¿Sigues ahí? —una cierta preocupación suavizó su tono de voz.

No podía quedarse allí parada, tenía que abrir la puerta. Se apretó el cinturón de la bata, encendió las luces y giró el picaporte. Al abrir la puerta se encontró con el rostro de su hijo.

—¡Justin! —el corazón le dio un vuelco y tuvo que apoyarse en la puerta para no caerse. Lo miró fijamente sin comprender, no parecía que le hubiera pasado nada; no había ni rastro de heridas o de sangre. Pero tenía los ojos húmedos de un niño de once años a punto de llorar y la cara sucia—. ¿Qué ocurre?

Justin levantó la mirada.

—No te preocupes, mamá. Estoy bien.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Se suponía que estabas en la cama!

El muchacho fijó la mirada en el suelo. Fue entonces cuando Nan reparó en David, el agente que en otro tiempo que ahora le parecía una eternidad, había sido muy buen amigo de Corry y de ella. Con sólo mirarlo se podía apreciar que estaba en tensión, tenía el ceño fruncido y en sus ojos marrones había una mezcla de dolor y cariño.

—Será mejor que entremos —contestó por fin David—. Me temo que Justin se ha metido en un pequeño lío.

—¿Qué clase de lío? —preguntó ella preocupada al tiempo que les dejaba paso para entrar.

—¿Por qué no se lo cuentas tú, Justin?

El niño cambió de postura, pero siguió mirando al suelo. Nan esperó a que hablase sin apenas atreverse a respirar, pero de la boca de Justin no salió ni palabra. ¿Qué había hecho que no podía ni contárselo? Miró a David en busca de algún tipo de explicación.

El agente lanzó a Justin una mirada fulminante y al ver que no parecía dispuesto a hablar, respiró hondo.

—Él y otros dos chicos han roto una ventana de Harper’s. Los encontré cuando estaban intentando impulsar a Justin para que se colara en la tienda.

Nan cerró los ojos y trató de comprender lo que acababa de escuchar. A medida que pasaba el tiempo desde la muerte de su padre, Justin parecía estar cada vez más enfadado, por mucho que ella intentara ayudarlo con todas sus fuerzas. Volvió a abrir los ojos y miró a su hijo a punto de derrumbarse por el miedo de que algo le pasara a su pequeño.

—Siento traerte tan malas noticias.

El cariño que desprendían las palabras de David estuvo a punto de hacerla derramar las lágrimas que se le agolpaban en los ojos. Pero no era momento de llorar.

—No puedo creerlo, Justin. ¿De verdad te has marchado de casa mientras yo creía que estabas durmiendo? ¿En qué demonios estabas pensando?

Justin se limitó a morderse el labio inferior.

—Los otros muchachos salieron corriendo —le explicó David como pidiéndole disculpas por ser el portador de la noticia—. Pero parece que Justin no recuerda cómo se llaman.

Nan volvió a mirar a su hijo.

—No puedes proteger a tus amigos, Justin. Dile al agente Elliot quiénes son esos chicos.

—Yo no soy un chivato, mamá.

Ella resopló exasperada.

—La lealtad es algo estupendo, pero tiene que ser algo mutuo. Y tus amigos te han dejado solo cuando ha llegado la policía, ¿no es así?

Por la expresión de su rostro, Nan sabía que su hijo había registrado sus palabras, pero seguía sin decir nada, así que volvió a mirar a David.

—¿Lo has arrestado?

—No exactamente. Pero tampoco puedo pasar por alto lo ocurrido... tendré que hacer un informe. Lo que ha hecho es muy serio y Justin tendrá que afrontar las consecuencias.

No era necesario que él le dijera lo seria que era la situación, había estado casada con un policía durante doce años. Sabía perfectamente lo inflexible que podía ser la ley. Era evidente que su hijo tenía algo que aprender de todo aquello.

—¿Quién es mamá? —gritó Melody desde el piso de arriba.

—No pasa nada, Melody. Vuelve a dormir —esperaba que su hija no percibiera el tono de preocupación de su voz y decidiera salir para comprobar por sí misma qué estaba pasando.

David le puso la mano en el hombro a Justin como si acabara de llegar a una decisión.

—Es tarde. ¿Por qué no te vas a la cama, Justin? Tu madre y yo necesitamos hablar de todo esto.

El muchacho miró a su madre en busca de confirmación. Nan asintió sin querer dejarse llevar por el dolor que reflejaban aquellos enormes ojos grises.

—Luego pasaré a verte.

Se alejó de ellos cabizbajo mientras su madre seguía preguntándose cómo no se había dado cuenta de que su hijo había salido de la casa mientras ella dormía. Le parecía imposible que hubiera intentado colarse en Harper’s, quería seguirlo hasta su habitación y obligarlo a decirle los nombres de los chicos con los que había estado. Pero sabía que la rabia nunca conducía a nada con Justin.

Una tremenda náusea le revolvió el estómago obligándola a cerrar los ojos y a llevarse la mano a la boca. No podía vomitar, ni desmayarse porque David pensaría que había perdido el control.

—¿Estás bien? —le preguntó él agarrándola del brazo.

Parecía que el malestar remitía lo suficiente como para permitirle abrir los ojos e incluso hablar.

—Debería hablar con él —dijo después de asentir con cierta inseguridad. Además de estar enfadada con Justin, lo que sentía era miedo por su hijo. ¿Cómo iba a ayudarlo si se empeñaba en seguir el camino de la autodestrucción?

—Mejor no lo hagas esta noche —opinó David—. Le vendrá bien preocuparse por lo que ha hecho.

David trabajaba con adolescentes, pero no sabía nada sobre lo que era tener hijos. No tenía la menor idea de cuánto echaba de menos Justin a su padre o de lo silencioso que se había vuelto el muchacho. David no lo había abrazado mientras lloraba desesperado después de sus pesadillas, ni se había despertado con sus llantos.

Nan no tenía respuesta para las preguntas de Justin, lo único que podía hacer era abrazarlo. Había intentado hacer el papel de padre y de madre, pero había cometido errores. Demasiados.

—No debería haber sacado a los niños de la ciudad después de la muerte de Corry. Justin no ha conseguido adaptarse. Pero tampoco se había metido nunca en un lío como éste.

—No te culpes, Nan. Podría haber sido peor si te hubieras quedado en Madison.

Podría haber sido peor. Lo sabía, pero aun así no podía dejar de temblar. Tenía que controlarse para poder enfrentarse a todo aquello.

—No te hagas la fuerte conmigo —dijo David de pronto como si hubiera podido leer sus pensamientos—. Tienes que sentarte, estás muy pálida —dio un paso más hacia ella y la rodeó con el brazo para servirle de apoyo. Su cuerpo fuerte y musculado se apretó contra ella.

El calor que desprendía la hizo sentirse repentinamente femenina y cohibida, lo que no hacía más que aumentar la vergüenza de no saber controlar la situación por sí misma. Intentó reírse, pero la suave carcajada sonó más como un sollozo.

—Vamos —susurró mientras la llevaba hasta el sofá, donde ella se dejó caer como un peso muerto—. Pon la cabeza sobre las rodillas —ordenó con la autoridad indiscutible de un agente de la ley.

—Estoy bien —protestó ella.

—Baja la cabeza —repitió poniéndole la mano en la cabeza y acompañando el movimiento con suavidad.

El mero roce de su mano volvió a ponerla nerviosa y le provocó una extrañísima sensación. No obstante, obedeció sus órdenes y apoyó la frente en las rodillas.

—Quédate así mientras te traigo un poco de agua.

Las lágrimas le quemaban en los ojos. Intentó no pensar en lo ridícula que se sentía y permaneció inmóvil hasta que oyó a David de nuevo a su lado. Entonces volvió a ponerse recta, se peinó un poco con las manos y se puso las palmas sobre las sonrojadas mejillas.

—¿Mejor? —preguntó dándole un vaso de agua.

Había olvidado la ternura de aquellos intensos y oscuros ojos, unos ojos llenos de cariño y preocupación. Asintió recuperando la compostura y aceptó el vaso de agua.

—Siéntate por favor, David —lo invitó señalando la butaca de cuero que había junto al sofá. La butaca de Corry.

De pronto la habitación parecía inundada por su presencia; por su calor y su aroma masculino. No era de extrañar pues en los dos años que llevaban allí ella y los niños, no se había sentado en aquel salón ningún hombre. Y aquel hombre tenía el aspecto de desear estar en cualquier otro sitio que no fuera aquél. Tenía los músculos en tensión, como si estuviera alerta, a punto de empezar a luchar en cualquier momento. David siempre había sido un hombre de acción que se sentía más a gusto nadando o corriendo que sentado. Debía tratar de hacerle sentir cómodo, pero no sabía cómo hacerlo cuando ella misma estaba tan incómoda. Bebió un trago de agua fresca.

Una mata de pelo negra salió corriendo de la cocina y se subió al regazo de David, que miró hacia abajo sorprendido.

—Hola, Sheba —saludó a la enorme gata negra.

Nan sonrió agradecida por la distracción.

—Debe de acordarse de ti perfectamente porque siempre se esconde de los desconocidos.

Algo cambió en el rostro de David, pero no la miró a los ojos. Simplemente acarició a la gata en silencio mientras el felino ronroneaba encantado. David parecía mayor de lo que lo recordaba, y más triste. Lo mismo que ella. ¿Dónde estaba la complicidad que habían compartido en otro tiempo?

Habían cambiado tanto las cosas desde que Corry había muerto. Nan tenía la sensación de que a los amigos con los que los Kramer habían pasado tan buenos momentos les resultaba difícil relacionarse ahora con ella. Parecía que nadie supiera qué decir en su presencia. Pero creía que David era diferente, él había sido realmente buen amigo y a Nan le había sorprendido enormemente que desapareciera de ese modo. Jamás habría esperado sentirse tan incómoda con él.

—Siento no haber venido a verte —dijo él de pronto—. Debería haber intentado ayudaros a ti y a los chicos tras la muerte de Corry.

El dolor que transmitían sus palabras le encogió el corazón, despertando su propio dolor. Tenía que admitir que se había sentido traicionada cuando comprobó que no volvía a aparecer por allí después del funeral. Durante mucho tiempo había tenido un marido que la amaba y un amigo fiel y de pronto los había perdido a los dos. Por supuesto, se había enfadado mucho; con Corry por morir y con David por abandonarla. Pero sobre todo con la vida, por tratarla con tanta crueldad e injusticia.

Pero la vida tampoco había sido muy justa con David. Él también había querido mucho a Corry y era evidente que después de su muerte no había querido estar cerca de su familia. Pero Nan no podía evitar que aún le doliera tal ausencia.

—Te hemos echado de menos.

Siguió acariciando a la gata apretando la mandíbula con fuerza.

—No podía asimilar lo ocurrido.

Nan asintió al tiempo que en un impulso su mano agarraba la de él y la estrechaba en un gesto de comprensión.

—No podías hacer nada.

Por fin levantó los ojos para mirarla. Aquellos ojos seguían teniendo el brillo esquivo que siempre la había intrigado, que la hacía preguntarse qué pensaba. Tenía la piel cálida, áspera y con su roce, parecía transmitirle parte de su energía.

—Aquella noche debería haber entrado yo antes.

Una profunda tristeza se apoderó de ella, se sintió pesada al recordar todas las preguntas que ella misma se había hecho tras la muerte de su marido.

—Él tenía más experiencia. Y ambos sabemos que siempre hacía las cosas al pie de la regla.

David cerró los ojos unos segundos.

—Pero yo no habría dejado a toda una familia.

Su sufrimiento le partía el corazón. Pero también el de sus hijos. Y el suyo propio.

—Déjalo, David. No sigas torturándote. Ya ha pasado.

—Nunca pasará del todo —la rebatió negando lentamente con la cabeza—. Ni para ti, ni para tus hijos. Ni tampoco para mí —su mirada se perdió en el vacío mientras le apretaba la mano y luchaba con sus turbulentas emociones—. Quizá pueda ayudar con Justin. He estado trabajando con adolescentes conflictivos, intentando darles alternativas a las drogas y a las armas. A lo mejor puedo hacer algo por él, si a ti te parece bien.

—¿Drogas y armas? —preguntó alarmada.

David la miró fijamente.

—Seguramente todavía no. Pero los chicos que salieron corriendo eran mayores que él, quizá un par de años más. Apostaría el cuello a que ellos fueron los que lo presionaron para hacer lo que ha hecho esta noche.

Nan no se encontraba con fuerzas para afrontar los problemas de su niño, pero sabía que debía ser consciente de la realidad antes de que fuera demasiado tarde. También sabía que David había hecho muy buen trabajo con esos adolescentes conflictivos, al menos eso había deducido por algunos artículos que habían aparecido en el periódico y por los comentarios que había oído de amigos comunes.

—Justin y yo solíamos pasarlo bien juntos... podría llevarlo a dar una vuelta en mi barco, como hacíamos Corry y yo.

Hacía muy poco tiempo que Nan había conseguido empezar a acordarse de su marido sin echarse a llorar y no estaba segura de que fuera buena idea recordarle a Justin cómo eran las cosas cuando su padre estaba vivo.

—No sé. A lo mejor estar contigo le despierta recuerdos dolorosos.

David se inclinó hacia delante, frunciendo el ceño con una increíble intensidad en la mirada.

—A lo mejor ha llegado el momento de enfrentarse a esos recuerdos. Son buenos recuerdos, no deberíais mantenerlos encerrados como si fuera algo siniestro.

Nan respiró hondo.

—Puede que tengas razón. Pero podrían provocar preguntas para las que no tengo respuestas. Como por qué tuvo que cambiar todo.

—Yo...

No debería haber sido tan directa.

—David, te agradezco mucho el ofrecimiento —cambió de tema a modo de disculpa—. Pero creo que tengo que pensarlo.

Él asintió comprensivamente soltándole la mano.

—Llámame mañana. Tengo el día libre, así que estaré en casa —después de dejar a Sheba en el suelo, sacó una libreta y un bolígrafo del bolsillo de la camisa y apuntó unos números que después le dio—. Si estoy trabajando fuera, deja un mensaje y yo te llamaré.

Nan agarró el papel y después lo acompañó hasta la puerta mientras reparaba en la anchura de sus hombros, en el poder que desprendía al moverse, parecía estar dispuesto a comerse el mundo. Había olvidado la energía que emanaba.

—Sólo intento ayudar —aseguró volviéndose a mirarla—, pero si decides que prefieres que no intervenga en lo de Justin, lo entenderé.

Había algo que le impedía aceptar la propuesta de David. Quizá estaba negando que Justin necesitaba ayuda. O quizá estuviera tratando de negar sus propias emociones manteniéndose alejada de su amigo. No podía olvidar que también él era policía y en cualquier momento podrían matarlo en el ejercicio de su deber como habían matado a Corry.

—Trataré de pensar qué es lo mejor para él.

David le puso la mano en el hombro como tratando de transmitirle algo de tranquilidad.

—Para un chico es difícil aprender a ser un hombre sin tener un padre que le enseñe.

Le hacía tan bien notar su mano sobre ella, le resultaba tan familiar; le transmitía el cariño que tanto echaba de menos desde la muerte de Corry. Las lágrimas siempre dispuestas a salir volvían a amenazarla, pero ella las obligó a desaparecer. Como no estaba segura de poder emitir palabra, se limitó a asentir. David respondió con una ligera sonrisa.

—La vida le ha dado un golpe muy duro, no podemos culparlo por estar furioso y demostrar su rabia.