Corazón inocente - Linda Turner - E-Book
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Corazón inocente E-Book

Linda Turner

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Beschreibung

El agente especial Patrick O´Reilly no iba a permitir que la belleza de Mackenzie Sloan le hiciera olvidar sus obligaciones. Su aspecto inocente no significaba que fuera incapaz de cometer un delito. Y después de vigilarla durante varias semanas, casi se había convencido de que el caso que estaba investigando era lo único que le importaba. Sin embargo, cuando el caso puso a Mackenzie en peligro, ya no pudo negar que sus obligaciones se habían transformado en deseo.

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Seitenzahl: 193

Veröffentlichungsjahr: 2011

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2009 Linda Turner. Todos los derechos reservados.

CORAZÓN INOCENTE, N.º 1895 - junio 2011

Título original: His Wanted Woman

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español en 2011

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Julia son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ es marca registrada por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9000-392-3

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

Inhalt

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Promoción

Prólogo

LA vieja taberna estaba llena de clientes bulliciosos con ganas de celebrar el Día de San Patricio. Patrick O’Reilly, cuyo pelo negro y rizado estaba húmedo por la niebla que engullía Washington D.C., no se llevó ninguna sorpresa cuando observó que sus dos hermanos ya se habían sentado en su mesa favorita, junto al fuego de la chimenea. Los dos trabajaban en la esquina y sólo habían tenido que caminar un poco para llegar al bar; en cambio, él se había visto obligado a cruzar toda la ciudad.

Devin lo vio avanzar entre la multitud y le dedicó una sonrisa, aunque en sus ojos azules, fríos como el hielo, no había ni rastro de humor.

—Ya era hora de que aparecieras. Hemos empezado sin ti —dijo, alzando su cerveza a modo de saludo.

—Te habíamos pedido una —declaró Logan—, pero Devin pensó que no ibas a venir y se la está bebiendo.

—De todas formas, ya está caliente —se defendió Devin—. Pero si quieres un trago...

Patrick rió.

—No, gracias. Pediré otra.

Patrick hizo un gesto a una de las camareras, se sentó en el banco de madera, entre sus dos hermanos, y arqueó una ceja.

—¿Y bien? ¿Lo habéis traído?

Devin y Logan no necesitaron preguntar a qué se refería. Cada uno sacó un papel que dejó sobre la mesa; después, Patrick se llevó una mano al bolsillo interior de la chaqueta y puso su documento junto a los otros.

—Casi damos lástima —dijo Logan mientras la camarera les servía otra ronda—. Tres hermanos y los tres nos divorciamos en un lapso de seis meses. ¿Quién lo habría imaginado?

—Tú deberías habértelo imaginado —intervino Patrick—. Por lo menos, en tu caso... A fin de cuentas, nunca has creído en el matrimonio. Ni siquiera sé cómo se las arregló Jan para arrastrarte al altar.

—Sí, eso es cierto, no dejabas de repetir que el matrimonio era antinatural —le recordó Devin—. Y de repente, nos invitaste a tu boda.

Logan se encogió de hombros. Sus ojos verdes brillaron con expresión compungida.

—¿Qué puedo decir? Supongo que fue demencia transitoria. Pero he aprendido la lección de la peor forma posible.

—No eres el único, hermano —dijo Patrick—. Aunque tuviste suerte... tú no te enamoraste de una mentirosa.

Devin y Logan intercambiaron una mirada que irritó a Patrick.

—Conozco esa mirada —les advirtió—. Sois tan malos como mamá... Que no quiera volverme a casar, no significa que esté amargado; sólo significa que no soy estúpido.

Logan sonrió y alzó las manos en gesto de rendición.

—Descuida, yo estoy de acuerdo contigo. Nuestra madre no crió idiotas.

—No, sólo a tres policías con mal gusto en materia de mujeres —ironizó Devin entre risas—. Habría sido mejor que criara idiotas.

—Por los tres títeres —brindó Devin con malicia.

—De títeres, nada —protestó Logan—. Por los tres mosqueteros.

—Porque nunca nos volvamos a casar —dijo Patrick.

—Amén —sentenciaron sus hermanos.

Sin más ceremonias, alcanzaron las licencias matrimoniales y las arrojaron al fuego para celebrar el segundo aniversario de sus divorcios. En cuestión de segundos, los tres papeles y sus recuerdos asociados se convirtieron en cenizas.

Capítulo 1

STACY Green estornudó y arrugó la nariz por culpa del polvo que se levantaba al mover los mapas y documentos antiguos. Estaban tan sucios como si nadie los hubiera limpiado en varios años.

—No sé cómo lo soportas, Mac —declaró—. Me dijiste que tu padre se desentendió de este sitio durante un par de años, pero tardarás décadas en limpiarlo.

—No exageres. Está bastante limpio —dijo Mackenzie Sloan mientras cambiaba los objetos del escaparate de la tienda.

—Sí, claro, y yo soy la reina de Saba —se burló Stacy.

—Bueno, no puedes negar que he avanzado mucho.

Mackenzie echó un vistazo a la librería que había heredado tres meses antes, cuando su padre falleció de forma inesperada, y pensó que Stacy tenía razón. Aquel lugar era un desastre. Había empezado a limpiarlo y a organizarlo al día siguiente del entierro, pero a pesar del tiempo transcurrido, seguía siendo un caos.

De repente, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tendría que haber pasado más tiempo con él...

—No te atrevas a sentirte culpable —la interrumpió Stacy, su amiga más antigua y su más feroz defensora—. Los estudios no te dejaban tiempo para nada, sin contar que además vivías con el hombre del que te habías enamorado. ¿Cuándo podías ver a tu padre? ¿Entre las dos y las tres de la madrugada? Mac, te recuerdo que vivías en California, no al otro lado de la calle.

Mackenzie suspiró.

—Lo sé... cuando mi padre quería verme, no tenía más remedio que cruzar medio país. Y se comportaba como si todo fuera bien. Ni siquiera me insinuó que estaba enfermo.

—Porque no quiso que lo supieras. Tu padre sabía que habrías dejado la universidad y se habría odiado a sí mismo por ello.

—Y lo más irónico de todo es que, al final, Hugh y yo nos separamos y tuve que volver a casa de todas formas —declaró con una sonrisa de tristeza.

—Pero volviste después de conseguir tu licenciatura —le recordó.

—Es cierto. Al menos, mi padre murió sabiendo que había terminado los estudios... Fue un gran hombre y un gran padre. Y a pesar del estado de la librería, me dejó un negocio que adoro.

Stacy frunció el ceño.

—Me preocupa que te esfuerces demasiado, Mac. Últimamente no nos vemos nunca; trabajas día y noche. Estoy segura de que ni siquiera recuerdas la última vez que saliste con un hombre.

—Mi vida está llena de hombres...

—¿En serio? Nombra uno —la desafió.

—Abraham Lincoln, George Washington...

Stacy la miró con desaprobación.

—Estoy hablando en serio, Mac. Me preocupas.

—Entonces, despreocúpate. Me encuentro perfectamente bien.

—Deja que te presente a Baxter Townsend. Ah, si no estuviera casada y profundamente enamorada de mi esposo...

—Y si no estuvieras embarazada de seis meses —ironizó Mac—. ¿O es que te has olvidado de mi futura ahijada?

Stacey sonrió y se llevó una mano al estómago.

—¿Cómo podría olvidarla? Se dedica a pegarme patadas todas las noches. Creo que va a ser jugadora de fútbol.

—Pues lo habrá heredado de John, porque tú no tienes ni un gramo de atleta en todo tu cuerpo —afirmó.

—Por supuesto que no; con el deporte se suda mucho. Pero a ti te encanta, Mac... de hecho, te llevarías maravillosamente con Baxter. Jugaba al tenis en la universidad.

—Stace...

—Además, no se ha casado y gana un montón de dinero. Es todo un...

—No.

—Oh, vamos, deja que te lo presente. Seríais una pareja perfecta.

Mackenzie la miró con exasperación. La última vez que Stacy se había empeñado en presentarle a un hombre que teóricamente era perfecto para ella, el hombre en cuestión resultó ser un borracho con mal genio.

—¿Tengo que recordarte lo de Gus Dole?

Stacy fingió estremecerse.

—Eso es un golpe bajo, Mac... pero está bien, sé que metí la pata con Gus; y ahora que lo pienso, Baxter tampoco te gustaría; es más bien pomposo. Pero estás malgastando la vida en esta librería llena de polvo y de cosas viejas. Tienes que salir de aquí.

—Ya salgo de aquí —se defendió—. Me voy fuera casi todos los fines de semana.

—Sí, claro, a ferias de coleccionistas donde conoces a hombres de alrededor de ochenta años que sólo están interesados en comprar algún objeto que perteneciera a Washington o a Jefferson o a quién sabe quién. Maldita sea... ¡tienes veintiocho años! Cuando tu padre te dejó la librería en herencia, no pretendía que te enterraras viva.

—Puede que no, pero tú misma has dicho que este lugar es un desastre. ¿Se te ocurre algún hombre que quiera quedarse conmigo y con la librería? Tendría que estar loco.

Stacy sonrió.

—No tendría que estar loco; bastaría con un hombre atractivo y seguro de sí mismo que prefiera leer sobre Thomas Jefferson antes que perder el tiempo con revistas de chicas. Eso no puede ser difícil de encontrar.

—Sí, bueno... —dijo Mackenzie entre risitas—. Si es tan fácil y encuentras uno, dímelo.

La puerta de la librería se abrió en ese momento; y como siempre, sonó la marcha de John Philip Sousa. Mackenzie sonrió. John Philip Sousa había nacido en Washington D.C., pero su padre no había elegido la marcha por ese motivo, sino porque se concentraba tanto en su trabajo que a veces no se daba cuenta de que tenía un cliente. Al final, decidió instalar un sistema automático que reproducía el tema musical de Sousa cada vez que alguien entraba.

Stacy se giró hacia la puerta y miró al cliente con interés.

—Vaya, vaya, vaya, fíjate en esa maravilla. Creo que me he enamorado.

—Oh, vamos...

Mackenzie se tragó sus palabras en cuanto vio al hombre. Parecía salido de una de sus fantasías eróticas. Era alto, moreno e inmensamente atractivo. Un hombre de ojos verdes, hoyuelos en las mejillas y un cuerpo fantástico.

Le gustó tanto que se quedó sin aire. Pero Stacy no era tan tímida como ella; de hecho, se acercó al recién llegado y declaró, sonriendo:

—Menudo pedazo de hombre. ¿Qué eres, guapo? ¿Un amante de la Historia?

Él soltó una carcajada.

—Sí, eso es exactamente lo que soy.

—Y supongo que te interesará... la guerra civil.

—Stacy... —le advirtió Mackenzie.

—Sólo estoy preguntando —dijo Stacy con tono inocente.

—Pues sí, también me interesa la guerra civil. Sé bastante de estrategia —ironizó el cliente—. Espero que no sea un problema...

—En absoluto —declaró Stacy—. Es que los amantes de la Historia tienen algo que...

Mackenzie miró a su amiga con recriminación antes de preguntar:

—¿Estás buscando algo en concreto? ¿O sólo querías mirar?

—Sólo quería echar un vistazo —respondió él.

—Los libros y los mapas de la guerra civil están en el piso de arriba —le informó—. Si necesitas ayuda, llámame.

—Serás la primera persona a quien llame.

El cliente desapareció por las escaleras. En cuanto se quedaron a solas, Mackenzie se giró hacia Stacy.

—¿Qué diablos estás haciendo?

—Divertirme un poco, nada más. Y tú también deberías divertirte —respondió—. Acaba de entrar un hombre impresionante y tú reaccionas como si fuera un cliente del montón. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que entró alguien por debajo de sesenta y cinco años? ¿En qué estás pensando, Mac?

—Por Dios, es un cliente...

—No. Es un hombre atractivo que no lleva anillo de casado.

Mackenzie también había notado la ausencia del anillo, pero no estaba dispuesta a admitirlo.

—No sé de qué estás hablando.

—¡Mentirosa! —declaró Stacy—. Te conozco desde que teníamos cuatro años... pero no te quiero presionar; además, he quedado con John a cenar y tengo que irme.

Stacy le dio un abrazo y añadió:

—Ah, no hagas nada que yo no hiciera en tu lugar.

—¡Stacy!

Stacy rió y se marchó.

Cinco segundos después, oyó un ruido en la escalera. Cuando se dio la vuelta, vio que el cliente la estaba mirando y se ruborizó, pensando que habría escuchado su conversación.

—¿Has visto algo que te guste? —acertó a preguntar.

Él sonrió.

—Eso depende. Si el precio me pareciera bien, creo que me llevaría a casa todo el contenido de tu librería.

Ella le clavó sus ojos azules y se preguntó si la estaría incluyendo en el contenido del local. Tenía aspecto de ser un hombre atrevido, capaz de cualquier cosa.

—¿Y no hay nada que te interese en particular?

Él se encogió de hombros.

—Oh, no sé... hay muchas cosas, pero empecemos por algo pequeño. He notado que tienes una carta enmarcada de uno de los soldados que combatieron en Valley Forge. ¿Cuánto pides por ella? —preguntó.

—Me temo que el precio no te va a gustar.

Él se subió literalmente las mangas de la camisa y se cruzó de brazos.

—Dímelo y lo veremos.

—Mil dólares.

—¿Cómo? ¡Qué barbaridad!

—¿Te parece mucho? Es un objeto original de una época importante en la historia de Estados Unidos. Además, conseguiría el doble si lo vendiera en cualquiera de los sitios de subastas de Internet.

—¿En Internet? Por favor...

La reacción del cliente no la sorprendió. La mayoría de los coleccionistas desconfiaban de Internet porque no querían comprar nada sin tocarlo antes.

—Vendo donde puedo —se defendió—. Y si no te interesa...

Él sonrió con picardía.

—Eres una vendedora excelente.

—Procedo de una familia que se ganaba la vida vendiendo caballos. Y por tu aspecto, sospecho que tú también.

Él asintió.

—Claro... soy irlandés. Lo llevo en la sangre —dijo—. ¿Qué te parece si hacemos un trato?

Ella frunció el ceño.

—¿Un trato? ¿Qué clase de trato?

De repente, él sacó un papel amarillento metido en una carpeta de plástico.

—Tengo algo que encontré hace unos años y que te podría interesar. Mackenzie sintió curiosidad, pero se resistió a la tentación de alcanzar la carpeta.

—Normalmente no hago intercambios —le advirtió—. Tendría que ser un objeto muy interesante para que lo acepte.

—Das por sentado que tu carta es más valiosa que mi mapa...

A Mackenzie se le erizó el vello de la nuca. Adoraba los mapas. Y sus clientes también los adoraban.

—Un mapa, ¿eh? No sé mucho de mapas —mintió—. Mis clientes sólo buscan libros antiguos.

Él le dio la carpeta.

—Bueno, echa un vistazo antes de tomar una decisión. Es un mapa de la batalla de Gettysburg trazado por el general Lee. Tiene anotaciones suyas en los márgenes.

Mackenzie lo miró con sumo interés.

—¿Éste es el mapa del general Lee? —preguntó, asombrada.

—Ah, veo que lo conoces...

Mac pensó que todo el mundo lo conocía. Había desaparecido poco después de la batalla y no se le había visto desde entonces. Se rumoreaba que había pertenecido a Barnum, a los Rockefeller e incluso a un príncipe saudí que coleccionaba objetos de la guerra civil de Estados Unidos. Le pareció increíble que el mapa auténtico hubiera terminado en las manos de aquel hombre.

—Adelante —dijo él, notando su desconfianza—. Estúdialo tanto como quieras y dime qué te parece. Yo ya sé lo que vale, pero ¿lo sabes tú?

Mackenzie no se sintió insultada por sus palabras. Era especialista en historia estadounidense y llevaba toda la vida trabajando con documentos antiguos y libros poco comunes. Si era el mapa original, valdría una fortuna.

Se acercó a la mesa que estaba junto a la chimenea, alcanzó una lupa, sacó el mapa de la carpeta de plástico y lo extendió bajo la luz de la lámpara. El papel se había puesto amarillo por el transcurso de los años, pero las anotaciones de los márgenes todavía eran legibles.

—¿Dónde has dicho que lo has conseguido? —preguntó.

—No lo he dicho. Pertenecía a un amigo mío que últimamente lo está pasando mal... primero se divorció, luego perdió su trabajo y la semana pasada se quedó sin casa.

—Así que está desesperado y quiere vender su herencia familiar... ¿O es coleccionista? ¿Cómo se llama? Puede que lo conozca.

Él rió.

—¿Coleccionista? No, ni mucho menos. Sólo le interesan las motos y las carreras —explicó—. Su abuelo se lo dejó en herencia y él lo guardó por si llegaban malos tiempos y necesitaba dinero.

—Comprendo.

Mackenzie siguió examinando el mapa. No había creído ni una sola palabra de su historia. Si su amigo había guardado el mapa para hacer negocio con él, lo habría llevado a Sotheby’s o a cualquier casa de subastas parecida, donde habría conseguido una fortuna.

Pero todavía no sabía si el mapa era auténtico.

Mientras lo miraba con la lupa, empezó a dudar. En la parte posterior había anotaciones del Departamento de Guerra que no parecían casar con un documento de esas características; y aunque no significaban que el mapa fuera un fraude, el aspecto del cliente y la historia que le había contado la inclinaban a desconfiar.

Los coleccionistas de objetos de la guerra civil de Estados Unidos eran un grupo relativamente pequeño. Todo el mundo se conocía; sobre todo, en la zona de Washington D.C., Virgina y Maryland. Pero jamás había visto a aquel tipo. Si lo hubiera visto, se habría acordado. Tenía unos ojos verdes, cabello negro y unas facciones tan bellas que ninguna mujer lo habría olvidado así como así.

Admiró los hoyuelos de sus mejillas y se maldijo para sus adentros. No podía dejarse impresionar por su atractivo. Cabía la posibilidad de que quisiera venderle un mapa falso.

Durante unos momentos, sintió la tentación de comprarlo sólo para impedir que se lo vendiera a algún inocente; pero le disgustaba dar dinero a un estafador.

De repente, tuvo una idea. Diría que conocía a un hombre que podía estar interesado en la compra, pero que debía ponerse en contacto con él y que no tendría respuesta hasta tres días más tarde. Así tendría tiempo de investigar el mapa a fondo.

Sin embargo, tampoco se podía arriesgar a que saliera de la librería con la promesa de volver tres días después. Si el mapa resultaba ser auténtico, perdería el negocio de su vida.

—¿Cómo has dicho que te llamas? —preguntó, entrecerrando los ojos.

—No lo he dicho. Pero me puedes llamar O’Reilly.

—Dime la verdad. ¿Dónde has conseguido el mapa?

—¿Cómo dices?

—La historia que me has contado es una invención. Todavía no estoy segura de que el mapa sea auténtico, pero tiene notas del Departamento de Guerra en la parte de atrás. ¿De dónde lo has sacado, O’Reilly? ¿Lo has robado? ¿Lo has falsificado tú mismo?

—No —respondió, sin más.

—No lo has robado...

—No —insistió.

—Entonces, es una falsificación.

—Yo no he dicho eso.

Mackenzie se sintió frustrada por sus respuestas y, al mismo tiempo, asombrada por su atrevimiento. Se mantenía firme, sin dar explicaciones.

—No te creo. Llévatelo. Yo no trato con ladrones ni con falsificadores.

Patrick O’Reilly pensó que era una gran profesional. Casi estuvo a punto de creerla. Aquellos ojos grandes y azules, llenos de indignación, parecían incapaces de ocultar una mentira. Y nadie habría imaginado que una mujer tan hermosa, con cara de no haber roto un plato en su vida, pudiera ser una ladrona.

Le gustaba tanto que tuvo miedo de obsesionarse con ella en lugar de obsesionarse con el caso, que era lo importante.

Había estado siguiendo sus movimientos durante tres semanas, sin que ella se diera cuenta. Veía su cara cuando investigaba las ventas por Internet. Veía su sonrisa cuando vigilaba la librería para saber quién entraba y salía. Y de noche, cuando terminaba su turno de trabajo y volvía a casa, no se la podía quitar de la cabeza.

Pensó que había cometido un error al entrar solo en el establecimiento sin ir acompañado de otro agente, que le sirviera de testigo. Su comportamiento iba totalmente en contra de los procedimientos policiales.

Sin embargo, aquella mujer lo desconcertaba tanto que decidió entrar en la librería y salir de dudas de una vez por todas. Mackenzie Sloan parecía una lady Di moderna, sin una sola mancha en su historial; era increíble que su nombre estuviera relacionado con la venta de antigüedades robadas.

—Así que no tratas con ladrones, ¿eh? —comentó al fin—. Eso resultaría más fácil de creer si tú misma no fueras una ladrona.

Mackenzie lo miró con asombro.

—¿Cómo has dicho? ¡Yo no he robado nada en toda mi vida!

—¿Ah, no? Entonces, ¿qué es esto?

Patrick se llevó una mano al bolsillo y sacó otro papel amarillento.

Al ver el cartel del teatro Ford que habían regalado a los espectadores la noche del asesinato de Abraham Lincoln, Mackenzie soltó un grito ahogado.

En ese momento, Patrick supo lo que necesitaba saber. Lo había reconocido, aunque eso no tenía nada de particular; al fin y al cabo, ella era la profesional que lo había vendido por Internet a un coleccionista.

Capítulo 2

MACKENZIE estaba indignada. No podía creer que la acusara de ser una ladrona.

—Esto es absurdo... —se defendió.

—Si no has robado nada en toda tu vida, ¿puedes decirme de dónde ha salido esto? —insistió él—. Es el cartel del teatro donde asesinaron a Lincoln.

—Lo sé de sobra —dijo, enfurruñada—, pero no sabía que fuera un objeto robado. Mi padre...

—Tu padre lo robó de un museo del Estado —la interrumpió.

—¡No es verdad!

—Y tú se lo vendiste por Internet a un coleccionista privado —continuó Patrick—. De modo que ahórrame tu indignación y tu inocencia fingidas... Has reconocido el cartel en cuanto lo he sacado del bolsillo.

Mackenzie no lo negó.

—Por supuesto que lo he reconocido. Heredé la librería de mi padre hace tres meses y he estado reduciendo el exceso de inventario. Vendí el cartel hace unas semanas.

—Así que lo admites...

—Admito que lo vendí —asintió, irritada—, pero no admito que sea un objeto robado. Mi padre se lo compró a un descendiente de un congresista que estuvo en el teatro Ford la noche del asesinato de Lincoln.

—¿Estás completamente segura? ¿Tu padre se molestó en investigar a ese supuesto descendiente? —preguntó—. ¿Cómo se llamaba? ¿Podría demostrar que era propietario del cartel? ¿Dónde lo conoció tu padre?

El interrogatorio sólo sirvió para enfadar más a Mackenzie. La trataba como si no tuviera ninguna duda sobre su culpabilidad, acribillándola con preguntas.

—¡Cómo te atreves! —estalló—. ¡Mi padre dirigió este negocio durante treinta años y tenía una reputación impecable! ¡No voy a permitir que insultes su memoria! ¡Y mucho menos en su propio establecimiento!

Patrick no tuvo ocasión de replicar, porque ella añadió:

—Además, tú no eres quién para acusar a nadie de robar. ¿De dónde ha salido ese mapa? ¿De algún falsificador de poca monta? Sí, no lo niegues, sé que es una falsificación. Mi padre ya me había enseñado a reconocerlas cuando yo tenía ocho años.

Mackenzie se giró y alcanzó el mapa de la mesa.

—Si no te importa —continuó—, este mapa se va a quedar conmigo. No quiero que se lo vendas a algún pobre diablo... Y ahora, lárgate de aquí antes de que llame a la policía.

Él la observó con admiración.

—Eres realmente buena, cariño —dijo, sonriendo—. La indignación de tu voz, la ira de tus ojos... Sinceramente, eres la mejor actriz que he visto nunca. Pero sé lo que estás haciendo. Te estás marcando un farol.

—¡No es un farol! ¡Y no me llames cariño!