3,49 €
Las palabras del asesino al que Lily Fitzgerald había fotografiado sin saberlo habían sido claras y concisas: "Vas a morir". La bella fotógrafa no quería depender de la ayuda de nadie... y menos aún del guapísimo agente Tony Giovani. La amabilidad y la confianza de Lily estaban resquebrajando las barreras que Tony había construido a su alrededor. Tenía que concentrarse en ganar la custodia de su hijo y no perder el control con la encantadora muchacha que afirmaba estar en peligro. ¿Sería cierto que alguien la amenazaba? ¿Cómo podría protegerla... de sí mismo?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 245
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica. Una división de HarperCollins Ibérica, S.A. Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid
© 2004 Linda Turner © 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A. Desafiando al deseo, n.º 101 - septiembre 2018 Título original: Deadly Exposure Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A. Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia. ® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited. ® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-9188-892-5
LILY Fitzgerald se quedó indecisa en la puerta de la cafetería del instituto en el que había estudiado, la Liberty Hill High School. Lo mejor sería que se marchara antes de que nadie la viera. No debería haber ido. Hacía tiempo que había perdido el contacto con sus compañeros de instituto, y realmente no le importaban mucho aquellas reuniones. Todo el mundo hablaba de cuántos hijos tenía y de lo bien que le iba la vida, y ella no tenía mucho que decir. No se había casado y no había tenido hijos, y no medía el éxito en términos de dinero. ¿Qué importancia tenía que su cuenta bancaria estuviera boyante? No recordaba la última vez que se había sentido feliz.
—¡Lily! ¡Has venido! Creía que no aparecerías.
Aquella voz la sacó de su ensimismamiento. Era Natalie Bailey, que estaba sentada a la mesa más cercana de la puerta. Lily tuvo que sonreír. Natalie y ella habían sido compañeras en el tercer año de instituto y habían compartido una rana en el laboratorio de biología. No eran exactamente amigas íntimas, pero se habían llevado muy bien y habían disfrutado trabajando juntas. En aquel momento, Lily se sintió aliviada de encontrar una cara conocida entre la multitud.
—He estado a punto de no venir —admitió con sinceridad, mientras se sentaba con Natalie a la mesa.
—Yo también —dijo Natalie—. Pero después me he sentido culpable por no querer hacerlo, lo cual es ridículo. ¡Tengo treinta y tres años, por Dios! No debería dejar que el sentimiento de culpabilidad controle mi vida.
—No te castigues por ello. Todos lo hacemos —le aconsejó Lily.
Intentó que aquello sonara despreocupado, pero a Natalie no consiguió engañarla. Su antigua compañera la miró con los ojos entrecerrados y le dijo:
—Creía que, de todas nosotras, tú serías la que conseguirías hacer lo que realmente querías y la que encontrarías la felicidad. Siempre fuiste muy equilibrada, muy controlada.
Lily estuvo a punto de reírse al oír aquello. Desde que tenía uso de razón, nunca le había parecido que tuviera el control de nada, y mucho menos de su vida.
—Lo parecía —dijo—. Sólo estaba haciendo lo que mi padre y los profesores querían que hiciera, y estaba siendo lo que querían que fuera. Pensaba que algún día sería lo suficientemente mayor como para hacer lo que yo quisiera.
—¿Y ha llegado ese día? —le preguntó Natalie, arqueando una ceja—. ¿Estás haciendo lo que siempre quisiste hacer?
Ella estuvo a punto de decir que sí porque era lo que se esperaba que dijera. Siempre había hecho lo que se esperaba de ella. Pero ya no era una niña, y estaba cansada de decirle a la gente lo que quería oír.
—No.
—Pues nosotras tampoco —intervino Rachel Martin, que estaba escuchando descaradamente desde la mesa de al lado. Estaba con Abby Saunders y las dos se unieron a Lily y a Natalie—. ¿Qué nos pasa? ¿Cómo es posible que no nos hayamos casado con un hombre maravilloso y tengamos angelitos como los de Susan Phillips? Todas somos igual de listas y de guapas que ella. Entonces, ¿qué es lo que hemos hecho mal?
—Yo siempre he permitido que mi padre influyera en las decisiones que tomaba, y él nunca quería lo mismo que yo —dijo Lily, con tristeza—. Parece que me importaba más hacerlo feliz a él que a mí misma.
—Yo no creía que fuera lo suficientemente guapa como para conseguir a un hombre en condiciones —dijo Abby en voz baja—. Por eso estoy saliendo con Dennis. Parece que nadie más se ha interesado por mí.
—¿Qué? —exclamó Rachel, asombrada—. ¡Por supuesto que están interesados! Sólo tienes que tener más confianza en ti misma. Al menos, no eres tan idiota como yo. Lo que más quería en el mundo era tener un hijo, y he estado durante años con un hombre que tenía una vasectomía y no me lo decía. ¿No es de imbécil?
—¡Claro que no! —exclamó Natalie, indignada—. Él era el imbécil, no tú. Tú creíste en el hombre al que querías, como yo. Trabajé durante seis años para que Derek pudiera ir a la universidad y licenciarse en Derecho porque me dijo que después él haría lo mismo por mí cuando abriera su propio bufete. Por supuesto, también me dijo que me quería, pero al mismo tiempo, me la estaba pegando con su secretaria. Y ahora vive en una isla del Caribe con su nueva mujer mientras yo estoy criando sola a nuestra hija de ocho años. Y no puedo hacer nada al respecto.
—Sí, sí puedes —dijo Lily—. Todavía puedes ir a la universidad. Licénciate en Derecho y ríete en la cara de ese asqueroso.
—Eso es muy fácil de decir —respondió Natalie—. ¿Cuándo vas a dejar de permitir que tu padre tenga el control de tu vida?
—¿Y yo? —intervino Rachel—. Quiero tener un hijo, y el tiempo pasa. ¿Cómo voy a quedarme embarazada sin un hombre?
Por primera vez desde que había entrado en aquella cafetería, Lily sonrió.
—No necesitas a un hombre, Rachel. Sólo necesitas... su esperma.
—¡Ah, no! —dijo Rachel rápidamente—. Eso no. Si voy a tener un hijo, lo tendré de la forma tradicional, con un hombre al que quiera, una boda, un anillo...
—Ése es el problema —dijo Natalie—. Todas queremos que nuestra vida sea diferente, pero no queremos hacer lo necesario para encontrar la felicidad. Quizá ésa sea la diferencia entre ellos y nosotras —añadió, y señaló con la cabeza hacia la pista de baile, donde sus compañeros estaban bailando—. Ellos fueron detrás de aquello que querían. Nosotras no.
—Porque teníamos miedo de aprovechar la oportunidad y salir de la zona segura —dijo Abby.
Con la expresión seria, Rachel añadió:
—¡Ya hace quince años que salimos del instituto, y todavía tenemos miedo! ¿Cuánto tiempo más vamos a vivir así?
Se miraron las unas a las otras. Aquélla era una pregunta para la que ninguna tenía respuesta.
EL ANUNCIO del periódico decía simplemente «se alquila apartamento de una habitación en Georgetown», pero era mucho más que eso, pensó Lily con una sonrisa mientras sacaba unas cajas del maletero de su furgoneta.
El apartamento tenía el suelo de tablones de madera antiguos y los techos altos. La calle estaba empedrada, y el olor a lasaña del restaurante de abajo impregnaba el aire al llegar al portal. Aquel restaurante era, además, de su nuevo casero, Angelo Giovanni, un hombre encantador que le había dado un abrazo afectuoso cuando habían firmado el contrato de alquiler. En aquel barrio las farolas eran antiguas y había tiendecitas, bares y una librería de segunda mano, tan antigua que parecía que llevaba allí desde tiempos de Lincoln.
Sin embargo, lo mejor de todo aquello era la libertad. Había dejado una vida que no quería. Sólo con pensar en todos los años que había estado trabajando de contable para el estado, una ocupación que odiaba, notaba un nudo en el estómago. Ella siempre había deseado ser fotógrafa, pero su padre ni siquiera quería oír hablar de aquello. Él la había concienciado para que consiguiera un buen trabajo con un buen sueldo, que le permitiera tener una casa propia y dinero en el banco, y Lily nunca habría podido conseguir aquello con una carrera artística.
No obstante, durante todo el tiempo que había estado trabajando para el gobierno, en Washington, nunca había abandonado su sueño. Había tomado clases en secreto, había estudiado para aprender todo lo que pudiera sobre fotografía mientras esperaba el día mágico en el que pudiera hacer lo que ella quisiera, y no lo que su padre le indicara. Y aquel día nunca habría llegado si no hubiera ido a aquella reunión de antiguos alumnos en su instituto...
Había tomado la decisión de pedir una excedencia en el trabajo para conseguir alcanzar su sueño, y cuando se lo había contado a su padre, él había dejado de hablarle. Lily sabía que, además, no la perdonaría en bastante tiempo. Después de todos aquellos años lo conocía bien. Si ella vivía su vida de un modo que él desaprobara, él no querría tener trato con su hija.
Y además estaba Neil, su ex prometido. Cuando se había enterado, le había echado un sermón. Mientras hablaba, ella había tenido la sensación de que seguía cara a cara con su padre, lo cual le había resultado aterrador. Se había dado cuenta de que aquel hombre nunca iba a apoyarla para que llevara a cabo sus planes. ¿Qué esperaba? Él nunca había tenido ningún sueño, y nunca lo tendría. Él no haría otra cosa que intentar que volviera a su antigua vida, y ella no podía permitirlo. Así que había terminado con su relación.
Estaba sola y no se arrepentía. Se sentía como si acabara de salir de la cárcel. Tenía un apartamento nuevo, se había comprado una cámara y había empezado a tomar clases de fotografía avanzada en una escuela municipal. Pensaba comprar una ampliadora y habilitar un cuarto de revelado en el fregadero de su casa. Nunca había revelado fotos, y tenía muchas ganas de empezar a hacerlo.
Al pensar en todo aquello mientras subía a su piso con las cajas, no se acordaba de la última vez que había sido tan feliz. Y, a pesar del comportamiento de su padre, ella se había portado bien, lo había llamado y le había dejado en el contestador su nueva dirección y su número de teléfono. Él no le había devuelto la llamada, pero Lily no quería sentirse mal. Por fin tenía la vida que quería, y su padre tendría que aceptarlo.
Oyó el sonido de unos truenos en la lejanía y apartó aquellas cosas de la cabeza. Mejor sería que subiera todas las cosas a casa antes de que empezara la tormenta. Iba por la mitad de las escaleras cuando empezó a perder el control de todo lo que llevaba en los brazos.
—¡Oh, no! —exclamó.
—Parece que necesitas ayuda.
Mientras luchaba por mantener las cajas en equilibrio, Lily no vio al hombre que bajaba las escaleras hacia ella hasta que estuvo justo a su lado. Sorprendida, miró hacia arriba y obtuvo una rápida visión de su pelo negro y brillante, de unos ojos verdes y de una mandíbula fuerte, y acto seguido las cajas cedieron ante la fuerza de la gravedad y se cayeron. Las toallas, las sábanas y su ropa salieron disparadas por los peldaños.
—¡Lo siento! —dijo ella, ruborizada mientras se apresuraba a recoger sus cosas—. No debería haber intentado llevarlo todo a la vez. No te preocupes, yo lo recogeré.
—No me importa —dijo él con una sonrisa—. Ha sido culpa mía, porque te asustado. Creía que me habías oído bajar —dijo, y le tendió una bayeta que había tomado del suelo—. Creo que es tuya.
Lily subió la vista desde la bayeta a su cara y se le cortó la respiración. Normalmente, ella no habría perdido la cabeza por un hombre guapo, pero a la luz tenue de las escaleras, aquel rostro de rasgos marcados la fascinó. ¿Dónde estaba su cámara cuando tanto la necesitaba?
—¿Hola? —dijo él, burlonamente, saludándola con la mano justo enfrente de la cara para que reaccionara—. ¿He dicho algo raro?
Ella asimiló sus palabras y lo miró. Entonces, aunque demasiado tarde para evitarlo, Lily se dio cuenta de que seguía ruborizada como si fuera una adolescente, y se sintió mortificada. No se acordaba del nombre del último hombre que la había dejado en aquel estado. Ni siquiera le había ocurrido con Neil y había terminado enamorándose de él. ¿Qué demonios le ocurría?
—Por supuesto que no —le respondió, y se dio la vuelta rápidamente para recoger las cosas de los peldaños—. Estaba distraída porque me has sorprendido.
—Espero que haya sido una sorpresa agradable.
Al ver que ella se volvía a mirarlo con una ceja delicadamente enarcada, él dejó escapar una suave carcajada.
—Vaya, eres bastante expresiva. Es la primera vez que alguien me pone en mi sitio sin decir una sola palabra. Me gusta eso —dijo él con una enorme sonrisa mientras le tenía la mano—. Me llamo Anthony Giovanni, soy el sobrino de Angelo. Vivo en el 201. Creo que tú debes de ser la nueva inquilina del 202. Angelo me ha dicho que vendrías hoy.
Ella le dio la mano y, al tomar aire, notó la esencia de su loción de afeitar jugueteándole en la nariz. Irritada consigo misma, le sacudió la mano enérgicamente y se la soltó.
—Me llamo Lily Fitzgerald. Angelo me ha dicho que vivías en el apartamento de enfrente —lo que no le había dicho era que su sobrino no tenía nada que envidiarle a Brad Pitt—. Si me perdonas, tengo que subir todo esto al apartamento.
Él frunció el ceño.
—¿Tienes a alguien que te ayude? No puedes subir todas tus cosas tú sola.
—He contratado a una empresa de mudanzas —le dijo ella—. Me han traído los muebles esta mañana. Las cosas pequeñas puedo llevarlas yo.
—Bueno, así que no quiere que te ayude. ¿Es eso lo que quieres decirme?
—No…
—De acuerdo —dijo él, con una enorme sonrisa, y le quitó las cajas las manos. Cuando ella intentó quitárselas de nuevo, se rió.
—Ah, no. Acabas de decir que necesitabas mi ayuda.
—¡Yo no he dicho eso!
—Claro que sí. ¿Dónde quieres que lleve esto?
Con el ceño fruncido de irritación, lo miró fijamente.
—¿Siempre eres tan persistente?
—No. Algunas veces soy peor —respondió él, sonriente. Después se dio la vuelta y empezó a subir las escaleras.
—No soy una mujer desamparada, ¿sabes? —le dijo ella, mientras subía tras él—. Lo he metido todo en el coche yo sola, sin necesidad de ayuda, y puedo sacarlo y subirlo yo sola perfectamente.
—Yo no he dicho que no puedas —respondió él desde el rellano, mientras dejaba las cajas junto a la puerta—. Pero ¿por qué vas a llevarlo tú sola cuando te puede ayudar alguien? Yo no soy un maníaco. Si no me crees, pregunta por ahí. Todas las viejecitas te dirán que soy muy bueno.
—¡Yo no soy una viejecita!
—No, no lo eres —dijo él, con una sonrisa irónica—. De eso ya me he dado cuenta —de hecho, había notado mucho más. Tenía la cara ovalada, la nariz respingona y la barbilla fuerte. Además, tenía el pelo rubio y rizado, y el cuerpo esbelto con curvas en los lugares precisos. Si sumaba todos aquellos detalles, tenía un problema con mayúsculas.
Aquella mujer iba a darle algo de calor a aquel viejo lugar, pensó Tony con una sonrisa. Parecía que la vida estaba a punto de volverse muy interesante.
—Para tu información —le dijo—, a mí me gusta ayudar a las mujeres ancianas, jóvenes y de mediana edad, así que vamos por el resto de tus cosas. Sujeta la puerta, ¿de acuerdo?
Sin esperar a que ella respondiera, él bajó tres veces rápidamente a la calle y en un momento había descargado la furgoneta y había colocado ordenadamente las cajas en el salón.
—Ya está —le dijo con una sonrisa—. Me ofrecería a ayudarte a sacar tus cosas, pero estoy seguro de que no quieres que me acerque a tu ropa interior.
Ella tuvo que reprimir una carcajada. Aquel hombre era incorregible.
—Exacto. Y ahora que ya hemos aclarado ese punto...
—Te invito a cenar para darte la bienvenida a la vecindad. No digas que no. Conozco un restaurante italiano magnífico.
Si las cosas hubieran sido diferentes, ella habría aceptado. Al fin y al cabo, Tony era un hombre increíblemente guapo, encantador, y tenía un brillo especial en la mirada. Pero Lily no quería tener citas con ningún hombre, ni nada que se pareciera a una relación. Por una vez en su vida, no quería que su padre ni su prometido le dijeran cómo tenía que hacer las cosas, y estaba decidida a conseguirlo.
—Te agradezco la invitación, pero no puedo. Tengo muchas cosas que hacer.
A Tony siempre le habían gustado los desafíos. Quería pensar que, si él mismo tuviera tiempo, podría conseguir que cambiara de opinión. Sin embargo, no lo tenía. Trabajaba muchas horas en la comisaría, y quería estar todo el tiempo posible con su hijo, así que tenía suerte la noche que dormía más de cinco horas.
Con una sonrisa compungida, le dijo:
—Entonces, quizá en otra ocasión. Si necesitas algo, sólo tienes que decirlo. Si yo no estoy por aquí, siempre podrás encontrar a Angelo en el restaurante.
—Lo haré —respondió Lily—. Muchas gracias.
Tony salió del apartamento de su nueva vecina e intentó consolarse pensando en que, si no encontraba la manera de encajar a una mujer en su horario, era que realmente no quería ninguna mujer. La última que había habido en su vida no le había causado más que dolor.
El buen humor se le esfumó al acordarse de Janice. Se había enamorado a primera vista de ella, se habían casado, y él había pensado que envejecerían juntos. Sin embargo, a los siete años de matrimonio, ella había empezado a ser infiel. Todavía no se había secado la tinta de los papeles del divorcio cuando Janice se había casado con otro hombre.
Tony quería odiarla por aquello, pero no podía. Si no hubiera sido por ella, nunca habría tenido a su hijo. Y además, ella no había intentado arrebatárselo después del divorcio. Tenía la custodia, pero era muy generosa con las visitas, y Tony podía estar con Quentin tanto como ella. Janice apenas estaba en casa. Tony sabía que quería mucho a Quentin, pero estaba totalmente centrada en su carrera y quería labrarse una reputación en el bufete de abogados en el que trabajaba. Se quedaba hasta muy tarde en la oficina todas las noches, y algunas veces trabajaba también los fines de semana.
Él tenía un horario más flexible y tenía la posibilidad de cambiar turnos con sus compañeros. Así podía estar con Quentin por las tardes y cenar con él las noches en que Janice trabajaba hasta muy tarde, con lo cual su hijo no tenía que pasar más tiempo del necesario con Larry, su padrastro, que no tenía ni idea de cómo relacionarse con un niño de nueve años. Cuando Janice llegaba del trabajo, Tony llevaba a Quentin a casa. Según Quentin, normalmente veía a su madre cuando iba a darle un beso de buenas noches.
Sin embargo, en aquella ocasión Janice tenía el fin de semana libre, así que Quentin no estaba con él. Oyó el ruido de las risas y los platos del restaurante de su tío, y pensó que bajaría a ayudar. Los sábados cualquier par de manos trabajadoras eran bienvenidas.
Bajó por la escalera del patio y entró por la puerta de la cocina del restaurante. Se asomó al comedor, y no lo sorprendió constatar que estaba abarrotado. El restaurante de su tío no sólo era famoso por la comida, sino también por su hospitalidad. Él tenía familias enteras como clientes, y con el paso de los años, los clientes asiduos se habían convertido en parte de la familia. Iban al restaurante de Angelo's a celebrar los cumpleaños, los aniversarios, las peticiones de mano, las licenciaturas, y también cuando necesitaban que alguien los escuchara.
Sin embargo, aquel día no había caras tristes. Había una fila de clientes esperando mesa en la entrada, y los camareros se apresuraban a llevar los platos a los comensales. Y, en mitad de aquel caos organizado, estaba su tío. Completamente impertérrito, estaba en su elemento mientras sentaba a los clientes, daba instrucciones a los camareros e incluso preparaba mesas cuando todos los demás estaban ocupados.
Vio a Tony inmediatamente y sonrió mientras se acercaba.
—Ya era hora de que llegaras. Carlos se casa hoy, Thomas se ha roto el brazo y Roger tuvo una avería en el coche y no va a llegar hasta dentro de una hora. ¿Podrías ocuparte de la mesa del reservado en mi lugar? La señora Stanlowski hoy cumple ochenta y cuatro años, y ha venido toda su familia. Asegúrate de que se lo pasen bien.
No tuvo que pedírselo dos veces. La señora Stanlowski había sido la propietaria de la tienda de caramelos de la esquina durante toda la infancia de Tony, y siempre había sido tan dulce como el chocolate y las piruletas que vendía.
—¿Tenemos una tarta para ella? ¿Y champán?
—Ya me he ocupado de todo eso —le dijo Angelo—. Tú sólo tienes que ir a verla.
—Será el mejor cumpleaños que haya tenido en su vida —prometió Tony. Sin embargo, antes de que pudiera entrar a la zona reservada, su ex mujer se saltó la cola de clientes que esperaban mesa y se dirigió directamente hacia él.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó con aspereza—. ¿Dónde está Quentin? ¿Le ha ocurrido algo?
—Está bien, no te preocupes —respondió Janice—. Tiene una fiesta de cumpleaños de un compañero de colegio. ¿Estás ocupado? Tengo que hablar contigo.
Si hubiera sido otra mujer la que le hubiera preguntado aquello, se habría reído. ¿Acaso no veía que sí estaba ocupado con el restaurante a rebosar? Sin embargo, conocía a Janice desde hacía unos cuantos años y sabía que tenía la irritante tendencia a pensar que el mundo giraba a su alrededor. Y aquello, evidentemente, no había cambiado.
Sin embargo, aunque estaba a punto de abrir la boca para decirle que tendría que esperar a que él tuviera un día libre para hablar, se contuvo. Cuando se habían divorciado, él se había prometido que no se pelearía con ella como lo hacían muchos divorciados. No siempre había sido fácil cumplir aquella promesa, pero durante los dos años que llevaban divorciados, aunque había que hacerlo todo como ella quería, Tony lo había conseguido. Normalmente, si Janice tenía que hablar sobre algo de Quentin, le mandaba un correo electrónico o lo telefoneaba. ¿Por qué entonces habría ido al restaurante?
—¿Qué ocurre, Janice?
Ella se quedó callada, y Angelo, que había presenciado la conversación desde una de las mesas, se acercó y les dijo en voz baja:
—¿Por qué no charláis en mi despacho? Será más tranquilo y nadie os interrumpirá.
Tony estuvo a punto de decir que no. Tenía el presentimiento de que no le iba a gustar nada lo que ella iba a decirle. Sin embargo, Janice ya estaba andando hacia el despacho de Angelo, y él la siguió.
—¿Qué quieres? —gruñó él, después de cerrar la puerta.
Ella entrecerró los ojos al oír su tono de voz, pero se limitó a decir:
—Quería que supieras que voy a cambiar de trabajo.
—Estupendo —respondió él, perplejo. Aquello no se lo esperaba—. ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
—Mi nuevo trabajo está en Florida. Empiezo a finales de octubre.
—Pues enhorabuena —dijo, sin entender por qué había ido a contárselo. Sin embargo, de repente lo entendió todo—. ¡No! Si estás intentando decirme que te vas a llevar a Quentin, olvídalo. No vas a hacerlo.
Janice no se quedó muy impresionada ante su estallido de indignación.
—No intentes oponerte a esto, Tony. Yo tengo la custodia, y Quentin va donde yo vaya. Ésta es una oportunidad excepcional para mí...
Él la interrumpió furioso.
—Siempre tú, ¿verdad? ¿Y qué ocurre con Quentin? ¿Has pensado en lo que va a significar para él? Lo vas a apartar de su padre, de sus amigos, de su colegio, de todo lo que conoce. ¿Eso va a ser bueno para tu hijo, Janice? No veo que este trabajo sea excepcional para nadie más que para ti.
—Se adaptará —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Tendrá que hacerlo, y tú también. No voy a dejar pasar la oportunidad de trabajar en uno de los bufetes más importantes del país sólo porque a Quentin y a ti no os apetezca. No tienes nada que decir al respecto, así que empieza a acostumbrarte. Va a venir con Larry y conmigo a Miami, y no puedes hacer nada para evitarlo.
JANICE se marchó airadamente, y Tony se quedó en el despacho, soltando imprecaciones. ¿Cómo se atrevía a amenazarlo con llevarse a su hijo tan lejos de él? Sabía que estaban muy unidos. Quentin era toda su vida, y no podía perderlo. Además, ¿cómo podía hacerle Janice aquello a su propio hijo?
—¿Tony? ¿Estás bien? He visto que Janice se marchaba, y estaba un poco enfadada. ¿Qué ha ocurrido?
Él miró a su tío y soltó una carcajada seca.
—¿Que qué ocurre? ¡Todo! Janice se va a vivir a Florida, y se va a llevar a Quentin.
—¿Qué? ¡No puede hacerlo! ¿Quién va a cuidar al niño cuando ella esté trabajando? ¿Ese marido que tiene? ¡Ni siquiera se lleva bien con Quentin!
Y aquello precisamente era lo que más daño le hacía a Tony. Desde el primer momento en que había conocido a Larry Coffman, había sabido que a aquel hombre no le gustaban los niños. Janice había dicho que simplemente era muy reservado, pero Tony lo había visto desde el principio tal y como era: autoritario, nada condescendiente y sin sentido del humor. Y para un niño de nueve años como Quentin, aquello sólo podía significar tristeza.
—Está decidida —dijo Tony con amargura—. Es su hijo, y tiene la custodia. Puede hacer lo que quiera, y yo no puedo evitarlo.
—Claro que sí. Puedes luchar por conseguir la custodia.
—Pero tío, ella es abogada. ¿Quieres que la lleve a juicio? Trabaja en un bufete de los más caros del estado, y todos sus compañeros querrán ayudarla. No tendría ni una oportunidad.
—Eso no lo sabes —dijo Angelo—. Tú también puedes encontrar a un buen abogado.
—Aun así, no tendría ninguna oportunidad de arrebatarle la custodia. Janice no es una mala madre, no tiene vicios y se dejaría cortar un brazo antes de que Quentin estuviera en peligro. Simplemente, es fría y ambiciosa. Sólo le importa su carrera.
—Eso es —replicó su tío—. Nunca he visto una mujer que pase menos tiempo con su hijo. ¿No has llevado la cuenta de todas las ocasiones en que has cuidado tú de él?
—Sí, pero lo he hecho por si acaso Hacienda me hacía una inspección por desgravarme los gastos del cuidado de un hijo y tenía que demostrar lo frecuentemente que me hago cargo de él.
—Ya lo sé. Has sido muy listo en tener esa precaución. Sin embargo, esas cuentas también pueden demostrar que Janice pasa muy poco tiempo con el chico. Creo que a un juez le interesaría saberlo.
—No sé. Ella es abogada, Angelo, y muy buena. No va a rendirse y concederme la custodia de Quentin sólo por que yo quiera. No hay nada que le guste más en el mundo que una buena pelea. Y además, conoce a bastantes jueces.
—¿Y?
—Que si yo estuviera lo suficientemente loco como para meterme en un juicio, ella sólo tendría que pedir unos cuantos favores y tendría al juez en el bolsillo antes de entrar en la sala. ¿Para qué voy a intentarlo?
—Por tu hijo.
Aquello le llegó a Tony al corazón. Su tío tenía razón, por supuesto. Su hijo era lo más importante. Si no le paraba los pies a Janice, se lo llevaría a miles de kilómetros de distancia, y sólo con pensar en lo triste y solo que se sentiría el niño, Tony se ponía enfermo.
—Sabes perfectamente que quiero tener a Quentin. Siempre lo he querido, pero cuando nos divorciamos, Janice no quiso darme la custodia, y me prometió que yo lo vería siempre que quisiera si no me enfrentaba a ella en los tribunales. Yo acepté porque sabía que tendría a Quentin la mayor parte del tiempo de todas formas. Nunca pensé que Janice quisiera mudarse algún día.
—Deberías hablar con tu abogado. Tiene que saber lo que está ocurriendo.
—No servirá de nada. Ella tiene derecho a vivir donde quiera —dijo Tony, con la voz ronca. Se le había formado un nudo de angustia en el estómago. Nunca se había sentido tan impotente en su vida—. No puedo perderlo, Angelo. Hablo con él todos los días. Cenamos juntos casi todas las noches. ¿Cómo voy a ayudarlo con los deberes si está en Florida? ¿Y cuándo voy a verlo? Sabes cuánto gano. Con eso, tendré suerte si puedo pagarme un billete para ir allí una vez al año.
—Janice es la que se lo va a llevar —respondió Angelo—. Ella debería pagarle los billetes a Quentin para venir a verte.
—Aunque lo haga, sólo podré verlo un par de veces al año —dijo él, desesperado—. No sé qué hacer. Si me enfrento a Janice por la custodia, Quentin tendrá que elegir entre su padre y su madre. A pesar de lo que yo piense de ella, es su madre, y la quiere. No me agradecerá que lo ponga en esa situación.
