9,99 €
Los Perros de Essex vuelven para la batalla definitiva Un país al borde del abismo. 1350. Inglaterra se tambalea por el azote de la peste negra. Pueblos vacíos, familias destrozadas, un reino debilitado… y lo peor está por llegar. Una última cruzada. Tras regresar de Francia, la pequeña banda de guerreros conocida como los Perros de Essex se ha dispersado, pero cuando la poderosa Castilla hace que soplen vientos de guerra, los veteranos guerreros tendrán que volver a tomar las armas y luchar en una batalla como ninguna a la que se hayan enfrentado antes. La Inglaterra medieval cobra vida en esta aventura épica, repleta de acción y heroísmo.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 476
Veröffentlichungsjahr: 2026
Para Arthur
No debería callar, si deseo bien lograr, al hablar de hombres valientes, armados y de noble atavío, que ahora yacen en sus tumbas, tras cumplir cuanto se propusieron. Navegan ya en el fondo del mar, pasto de los peces.
LaurenceMinot, Poema X: Cómo el Rey Eduardo y los suyos se encontraron con los españoles en el mar (c. 1350–1352)
Cuando las olas se agiten y los muros caigan […], y cuando jóvenes presuntuosos y orgullosos desposen a nobles damas y presuman de ellas, el temible Día del Juicio esté cerca.
Poema anónimo inglés, Ganancia y despilfarro(c. 1350)
Las cosas son como son.
Lema de Eduardo III
1348
Estamos seguros de que Vuestra Excelencia sabe que, tras arduas negociaciones sobre el matrimonio entre el renombrado príncipe Pedro, vuestro primogénito, y nuestra muy adorada hija Juana, que fue concebida para fomentar una paz perpetua y crear una unión inquebrantable entre nuestras Casas Reales, hemos enviado a nuestra hija a Burdeos, de camino hacia sus territorios en España.
Carta de Eduardo III a Alfonso XI de Castilla,
septiembre 1348
—¿Qué opinas? —dijo Thorp, que se protegió el rostro con la mano para mirar hacia la soleada Burdeos. Desde la Katherine, la nave inglesa que remontaba el estuario del Garona, cada vez más estrecho, la ciudad parecía ondularse por el efecto del calor—. ¿Podrías nadar desde aquí?
Thorp, un arquero fornido y de pelo oscuro natural de Essex, debía rondar las treinta y cinco primaveras. El hombre, de espaldas anchas y ojos vivaces y cínicos, estaba en el castillo de proa de la Katherine. Burdeos aún quedaba bastante lejos río arriba, pero las aguas sugerían una frescura de lo más tentadora. Los caballitos del diablo revoloteaban sobre su superficie ondulante, y peces plateados chasqueaban mientras giraban en los remolinos.
La nave, una coca, solía transportar vino desde puertos como aquel, en el abrasador país gascón, hasta las frescas costas de Inglaterra por rutas que, en ese momento, estaban infestadas de piratas castellanos. Ese día, el primero de julio, viajaba en la dirección opuesta, y las entrañas del barco cargaban cajas llenas de vestidos, cortinas, tapices, colchas y tesoros.
Además del capitán y la pequeña tripulación de marineros, viajaban a bordo dos docenas de hombres de armas, en su mayoría veteranos curtidos de la guerra del rey Eduardo contra los franceses. Uno de esos veteranos era el hombre al que Thorp acababa de dirigirse.
Gilbert «Millstone» Attecliffe, cantero de oficio, tiró de un mechón de su pelo rizado, que empezaba a encanecer aquí y allá, y meditó la cuestión.
Todavía faltaba casi una milla para llegar a Burdeos. Por eso preguntaba Thorp. Pocos hombres habrían sido capaces de plantearse siquiera semejante hazaña de resistencia. Pero Millstone era duro. Durante años, los dos habían combatido juntos en los Perros de Essex, pero esta unidad se había disuelto: algunos miembros habían fallecido, de otros no se sabía su paradero, y su líder, Loveday, se había retirado. Pero Thorp y Millstone seguían manteniendo vivo el espíritu de los Perros. O lo intentaban.
—¿Nadar hasta allí? Sí, podría —dijo Millstone, que seguía evaluando Burdeos—. Sin las botas, claro. Pero para cuando llegase a la orilla, no valdría una higa. —Entornó los ojos—. Me tendrían que llevar a rastras y echaría los pulmones por el culo como una marsopa.
Thorp soltó una risotada.
—Está bien, compañero —dijo.
Millstone le devolvió la pregunta, como quien devuelve un favor.
—¿Le acertarías a la aguja de la catedral de un flechazo?
—Ni de broma —respondió Thorp.
Era un arquero extraordinario, uno de los mejores que jamás habían empuñado un astil de tejo, pero disparar una flecha a una milla era imposible.
—Si llega a estar unos cientos de pasos más cerca… —Miró de reojo a su compañero—. Sabes perfectamente que podría clavarle la picha a un hombre en su propia mano si el muy desgraciado estuviera meando en la torre.
Thorp se pasó el pulgar por las cejas sudorosas y se revolvió el cabello, que formaba una especie de costra por la sal y el sudor tras una semana en el mar. Bebió un trago de su bota de cerveza, se inclinó sobre el borde del castillo de proa y escupió.
Entonces se echó atrás, sorprendido: el cadáver de una mujer lo miraba desde las aguas.
En opinión de Thorp, la chica tenía unos veinte años. Flotaba bajo la superficie bocarriba, con los ojos bien abiertos y el pelo castaño extendido a su alrededor, como las algas del río. El basto camisón que llevaba dejaba expuestos los muslos y varios cardenales de un profundo color morado alrededor de la ingle; parecía que la hubieran golpeado con una vara. En torno al cuello también había unos bultos oscuros, del tamaño de un huevo de gallina.
—¡Por los clavos de Cristo! —Thorp estuvo a punto de vomitar, aunque trató de que no se le notara. Le dio un codazo a Millstone—. Mira eso.
El cantero, una auténtica mole de persona, asintió: él también había visto los bultos negros.
—Llama a Cosyngton —dijo Millstone.
A sir StephenCosyngton, el caballero al mando de la expedición, le faltó tiempo para subir los peldaños hacia el castillo de proa. Lucía un bigote espeso, cuyas puntas caían a ambos lados como barbas de pez. Se cubría la cabeza con un pañuelo de seda roja, empapado en sudor, para evitar que el sol le abrasase la calva.
—¿Qué estáis mirando? —preguntó, tan brusco como siempre.
—El cadáver de una chica —dijo Thorp—. Parece que se ha ahogado.
Cosyngton observó el agua con los ojos entornados.
—Ahogada mis cojones —dijo—. Miradle las axilas.
Durante un momento, los tres se inclinaron sobre el borde del castillo. La proa redondeada de la nave empujó el cuerpo de la joven, que acabó en el costado de estribor de la Katherine para flotar en dirección a la popa y desaparecer luego de su vista.
Millstone señaló hacia el panorama que tenían ante ellos. Un antebrazo emergió de la superficie, con la mano extendida como si intentase escapar del agua, del incomprensible rigor de la muerte. La carne de los dedos, hinchados como salchichas crudas, estaba oscura y moteada.
—Aquí no se ha ahogado nadie —dijo Cosyngton—. Que el Señor nos proteja. —Inspiró hondo—. Esto es la peste.
Mientras Millstone, Thorp y Cosyngton contemplaban los cuerpos que flotaban en el agua, los tres pensaban lo mismo. Desde hacía más de medio año, corrían por Inglaterra rumores de una enfermedad mortal que se extendía por toda la Tierra; había pasado de los tártaros del este a las tierras de los sarracenos y, ahora, a las de los cristianos.
La llamaban de varias formas. La peste. La pestilencia. La mortandad. O, simplemente, la muerte. Todos estos nombres se referían a unas fiebres que hacían que la garganta y las partes pudendas de una persona se hincharan, ennegrecieran y se pudrieran; que su aliento atufase; que los ojos y las fosas nasales sangraran a borbotones, y que la orina se secara. Mataba a casi todo el que tocaba.
Algunos, como Thorp, dudaban de su existencia y resoplaban al oír su nombre. Decían que solo era una enfermedad de verano; que aquello de que fuera algo más era un disparate difundido por necios o, peor aún, palabras malintencionadas de gente rica que esperaba asustar a los pobres para que obedecieran.
Pero quienes la habían visto arrasar ciudades y campos decían que anunciaba el fin del mundo. Parecía que estaban a punto de averiguarlo, o eso pensó Millstone.
Cosyngton llevaba un rato reflexionando, y en esas ocasiones le palpitaba el músculo de la mandíbula. Al final habló.
—Traed a un mozo para que los vaya contando —dijo—. Para saber a qué nos enfrentamos. Tú, ¿tienes un grumete?
—Sí —dijo Thorp. Exploró la nave con la mirada y silbó con los dedos—. ¡Rigby! —gritó.
Rigby era el hijo de su hermana. Había perdido a su padre esa primavera, cuando el cenutrio de tomo y lomo que lo engendró bebió hasta morir, después de muchos años intentándolo. En ese momento, el mozo estaba en la popa del barco, componiendo canciones picantes junto a un laudista castellano, el amigo de alguien de la corte, que había rogado que lo llevaran de vuelta a casa en la Katherine.
Buena parte de la tripulación no quería tratar con Garcías, pues odiaban a todos los castellanos por los estragos que sus piratas causaban al tráfico marítimo inglés. Pero Rigby, en su simpleza, no le daba importancia y jugaba a los dados con el músico, quien además le enseñaba las mayores obscenidades que conocía en su idioma.
Al oír el silbido de su tío, Rigby recorrió la nave a zancadas y subió al castillo.
—A la orden un Perro de Essex, mi señor —dijo, limpiándose la nariz con la manga—. Listo para lo que ordene. ¿Contra quién hay que combatir?
Sir StephenCosyngton lo miró sorprendido.
—Puedes empezar combatiendo ese natural tuyo y dejar de comportarte como un perfecto imbécil —dijo—. Quédate aquí y cuenta cuántos muertos hay en el río.
Rigby asintió con entusiasmo. Se acomodó en el castillo y se quedó allí rascándose el culo, perdido en sus pensamientos.
Mientras la Katherine seguía remontando el río, Millstone vio cómo Burdeos emergía de la calina. Era inmensa, al menos tan grande como Londres. Calles con edificios de uno y dos pisos se extendían en torno a la aguja de la catedral nueva. Unas murallas de piedra ceñían el centro de la ciudad, y un castillo dominaba una de las esquinas. Fuera de las murallas, los arrabales daban paso a los viñedos. Toda la tripulación estaba ilusionada con la llegada a la ciudad del Garona: Burdeos era famosa por su buen vino y sus aún mejores casas de baños. Pero ahora, mientras corría por la nave la noticia de los cadáveres en el río, Millstone notó que se tensaba el ambiente.
Se suponía que aquel era un trabajo sencillo. Formaban parte de la escolta organizada por Cosyngton para servir a la princesa Juana, una de las jóvenes hijas de Eduardo III. Como le había explicado Cosyngton cuando lo encontró bebiendo en el tugurio londinense que los veteranos habían convertido en su guarida, la princesa iba a Burdeos para contraer matrimonio.
—Va a casarse con un castellano —había dicho—. Un tal Pedro. Para sellar una alianza. Todos sabemos que esos enculaburras llevan meses sembrando el terror en el mar. Esto los pondrá de nuestro lado.
Cosyngton explicó que la princesa ya estaba en Burdeos. Su misión, y la de sus hombres, era viajar a Francia en las naves que transportaban lo que el caballero llamó el ajuar (vestidos, tapices y ropas) para, una vez allí, relevar a la escolta de la princesa.
—Normalmente robamos estas baratijas, no las protegemos —se había quejado Thorp cuando Millstone le contó el encargo. Pero pronto cambió de opinión—. ¿Unas semanas de hacer de niñera y calentarnos la picha en los baños de Burdeos? —recapacitó Thorp en su momento—. Hombre, pues visto así…
Y allí estaban. Dos viejos soldados en una misión que por una vez sería pan comido.
Pero quizá Dios tuviera otros planes para los últimos Perros de Essex que quedaban, o eso se temió Millstone cuando vio el cadáver de la chica en el agua.
En el castillo de proa de la Katherine,Rigby permanecía donde el caballero le había ordenado. Era un muchacho alto y desgarbado: un tirillas de mierda, como le decía su madre entre golpe y golpe. Se acarició los cuatro pelos del bigote e intentó mantenerse quieto y centrarse en la tarea.
Al mirar por el costado de la nave vio que había muchos cuerpos en el río. Algunos de viejos, otros de jóvenes; algunos de hombres, otros de mujeres. Algunos flotaban solos y otros por parejas, con las extremidades entrelazadas como amantes en una era.
Cuántos había en concreto, no sabría decirlo. Contar nunca se le había dado bien.
Al cabo de un rato, se cansó de la faena y decidió entretenerse de otra forma. En la manga llevaba unas piedrecillas que había ganado jugando a los dados con el músico. Pensó que podría intentar lanzar una hasta la ribera. Apuntó a un almacén del muelle y lanzó el canto. El guijarro describió un arco en el aire tibio y chocó contra la puerta del almacén.
Rigby sonrió: había sido fácil. Vio unas cuantas cabras famélicas pastando en una mata de hierba pajiza. Lanzó otro guijarro y golpeó a una cabra en el lomo. El animal baló, furioso, y el joven se echó a reír.
Para entonces, la Katherine estaba casi en el puerto. Los marineros tiraron de los cabos que plegaban su gran vela cuadra. En el muelle, Rigby vio a unos hombres que agitaban los brazos en dirección a la Katherine. Parecían ricos, y también preocupados. El que mandaba —un individuo de rostro arrebolado y sombrero alto— se tapaba la nariz y la boca con algo: un puñado de hojas y ramitas.
Rigby no pudo resistirse. Echó el brazo atrás todo lo que pudo, consideró la suave brisa que le daría efecto a la piedra y comprobó que ni su tío Thorp ni Millstone lo miraban. Luego lanzó un guijarro plano, liso, del tamaño de su pulgar, hacia el hombre del sombrero alto.
El canto segó el aire como una guadaña. Golpeó al hombre en la sien y lo sorprendió tanto que se llevó la mano a la cabeza, lo que provocó que se le cayera el sombrero.
Rigby se partió de la risa y se agachó tras la baranda del castillo.
Entonces sintió una mano pesada en el hombro.
Sir StephenCosyngton no había querido ir a Burdeos, pero no tenía elección. Era un caballero ambicioso, con un historial de buenos servicios a la Corona. El nombramiento era un honor.
La ocasión, sin embargo, era pésima. Desde que el rey había regresado de sus campañas en Francia el otoño anterior, tras las victorias de Crécy y Calais, la corte se había entregado a una inacabable sucesión de banquetes, fiestas y torneos.
Uno de los acontecimientos más esperados, un torneo de justas, debía celebrarse en Canterbury dentro de dos semanas, y a Cosyngton lo habían invitado a capitanear uno de los equipos de caballeros.
Durante meses, Cosyngton se había preparado para satisfacer como cumplía este honor. Había formado un equipo de doce hombres y pagado sus libreas, cuadras y gastos de viaje. Había enviado varios paños de lino flamenco como regalo para el rey y la reina, unos rollos de tela hermosos y preciados que le compraba a RichardLarge, un sargento de armas con iniciativa que vendía buen paño al mejor precio.
Y, aun así, a última hora lo habían desviado a Burdeos para entregar un cargamento de vestidos. Le habían indicado que, si se producían retrasos, debía unir su tropa al ejército destacado en Gascuña al mando del primo del rey, el conde de Lancaster. El mero hecho de recibir esa instrucción implicaba que se esperaban demoras.
En Canterbury, sus hombres combatirían igualmente bajo su estandarte y a su costa. Pero él no estaría allí, y quizá no tuviera otra oportunidad tan buena para distinguirse como un gran caballero en un periodo de esplendor. Y ahora, para colmo, parecía que Burdeos rebosaba de peste. Cuando la Katherine entró en el puerto de la ciudad, Cosyngton maldijo su fortuna.
La comitiva que había acudido a recibirlos estaba liderada por un hombre al que Cosyngton conocía de vista: el señor RobertBourchier, el representante del rey en Gascuña. Cosyngton lo consideraba un plomo y un pedante. De encontrarse en otra situación, le habría hecho gracia ver al imbécil que había puesto en el castillo de proa lanzando un guijarro y quitándole el sombrero al caballero.
Pero no era momento de chanzas. Por los semblantes lúgubres de Bourchier y sus acompañantes, y por los ramilletes de hierbas y hojas que se apretaban contra la cara, Cosyngton entendió que las cosas en Burdeos estaban muy feas.
No era momento de hacer el tonto.
Subió al castillo de proa, agarró al muchacho por el hombro y le arreó un par de bofetadas. Luego pidió al capitán que tendiera una tabla desde la Katherine al muelle.
La comitiva retrocedió al verlo, y Cosyngton percibió su miedo.
—Mis señores —los saludó—. Veo que las cosas van mal.
Mientras hablaba, se dio cuenta de que se había quedado muy corto. Miró en ambas direcciones. Era mediodía, y el largo muelle debería estar lleno de trabajadores y mercaderes, pero no había prácticamente nadie. Sintió una estela de sudor escapar del paño de seda que llevaba en la cabeza y deslizarse por su rostro.
Bourchier levantó una mano e hizo una cruz en el aire entre ambos. Hablando a través del manojo de hierbas, se limitó a decir:
—Volved al barco.
—¿Cómo de grave es? Hemos visto los cuerpos en el río. ¿Cuántos…?
—Volved al barco —repitió Bourchier—. Es como dicen. Todo lo que habéis oído es cierto, y aún peor. La peste ha llegado. Y si os quedáis, moriréis. Marchaos. Que Dios os guarde.
—Mis hombres se quedarán a bordo. Pero, por supuesto, debemos descargar la dote de la princesa.
Bourchier negó despacio, con tristeza, como si hablara con un niño. Entonces, por primera vez, se apartó las hierbas del rostro.
—La princesa ha muerto esta mañana.
Durante un instante, a sir Stephen le dio vueltas la cabeza. La hija predilecta del rey Eduardo estaba muerta. La paz con Castilla se iría al traste.
—¿Ha muerto? ¿Entonces el matrimonio…?
—Ha muerto. Sus sirvientes también. Incluso sus perros.
—Por Dios santo. Que el Señor los ampare. Que nos ampare a todos.
—Dios parece decidido a castigarnos, no a socorrernos. No hay nada que hacer. Subid al barco. Partid y rezad para que la peste no os siga.
Sir Stephen asintió.
—Muy bien.
Mientras hablaba, otro pensamiento se le cruzó por la cabeza. No era piadoso, pero sí honesto. Lo ocurrido en Burdeos era, a todas luces, una tragedia, y tendría consecuencias terribles para la paz entre Inglaterra y Castilla. Sin embargo, para él quizá resultara ser una bendición.
Si partían de inmediato y el viento era favorable, desembarcaría con sus hombres en La Rochela al día siguiente, con órdenes de encontrar al conde de Lancaster.
Podría volver a Inglaterra.
Si desembarcaba en un lugar como, pongamos, Winchelsea, podría cabalgar a toda prisa y llegar a Canterbury justo a tiempo.
Si se marchaban ahora, podría ser él quien le comunicara al rey la trágica noticia de la muerte de su hija y le explicara el alcance y la naturaleza de la nueva peste.
Podría participar en el torneo.
—Mi señor —dijo, con toda la gravedad que pudo—, que Dios sea con vos. Os deseo lo mejor.
Luego se volvió y subió despacio por el tablón hasta la Katherine.
—¡Cambio de planes! —gritó Cosyngton, procurando insuflar algo de entusiasmo en la tripulación, que tenía un aspecto lúgubre—. La joven ha muerto. Adiós a la paz. Vosotros os iréis de correrías con el conde de Lancaster.
Después, murmuró para sí:
—Y este hombre va a ganar un torneo.
Los marineros se apresuraron a aparejar la Katherine para descender de nuevo por el Garona mientras la marea los favoreciera. Nadie refunfuñó ni resopló; todos sabían que la situación era muy grave.
Cuando la nave viró, el cuerpo de un niño emergió a la superficie del río y volvió a hundirse hacia el lecho de barro.
Sir Stephen no lo vio. Estaba en el castillo de proa, pensando en sus cosas.
Las noticias eran malas, peor que malas, pero quizá aún pudiera sacar algo bueno de todo el embrollo. El rey Eduardo tenía un dicho que le gustaba repetir en ocasiones así.
Cosyngton vio una rata asomar el hocico entre dos cajas de la bodega y luego retirarse a la oscuridad. No le prestó atención. Pronunció en voz alta el lema favorito del rey.
—Las cosas son como son —dijo—. Son como son.
Primavera de 1350
El rey avisó a todos los condados de que […] los obreros no deberían recibir más de lo que ya recibían […]. Sin embargo, los obreros se mostraron tan altivos y obstinados que no prestaron atención al decreto del rey.
Crónica de HenryKnighton
—Por el santo madero de Cristo —exclamó LovedayFitzTalbot, antaño soldado y ahora tabernero rechoncho de un local llamado el León Verde, cuando un estruendo brutal sacudió las encorvadas vigas del techo. Desde algún punto del sobrado cayó una lluvia de paja seca, cuyos tallos aterrizaron en la cerveza aguada que llenaba la jarra desconchada de Loveday—. Ni que estuviéramos bajo asedio. —Alzó la voz y llamó a Gilda, que estaba en el corral de la taberna—. ¿Qué demonios está haciendo ese tipo ahí arriba?
Gilda no lo oyó. Loveday sonrió a la sala e intentó tranquilizar al puñado de parroquianos asegurándoles que el alboroto pasaría enseguida. Nadie lo miró a los ojos. Aun así, siempre jovial, Loveday rescató los restos de paja de su bebida con un dedo nudoso y los lanzó al suelo cubierto de esteras.
Los martillazos en el tejado de la pequeña taberna, reconocible por su letrero con un león verde, no se habían interrumpido en toda la semana, incesantes como un repique de campanas en un día de fiesta mayor. Los golpes llegaban en ráfagas que parecían sacudir el edificio entero. De vez en cuando, como acababa de ocurrir, un topetazo arrancaba un terrón de mugre o un puñado de paja ennegrecida. Una nube de polvo flotaba por la sala principal de la taberna, lo que añadía notas de moho y suciedad al aroma de siempre, común a cualquier taberna de Inglaterra: cerveza en fermentación, levadura, humo de leña, sudor rancio y mal aliento.
Perro viejo como era, Loveday no se inmutaba por la porquería, la fetidez o el estruendo. Había pasado por cosas mucho peores. Había sobrevivido a las guerras del rey. Había sobrevivido a la peste.
De hecho, pensó mientras se apoyaba en la mesa antigua y torcida donde reposaban sus jarras, con los brazos cruzados sobre su vientre redondo y duro, el polvo tenía su encanto. Cuando los haces de la renovada luz primaveral se colaban entre los huecos de las tablas que faltaban en la vetusta puerta, las motas suspendidas en el aire giraban igual que angelitos.
Pero por mucho que toda aquella algarabía y aquella nube de polvo le resultasen extrañamente reconfortantes, le hacían ver un problema, uno que no conseguía resolver.
El León Verde se venía abajo.
Loveday recordaba encontrarse más o menos en su cuadragésimo quinto año de vida, y siempre que se sentaba en silencio a pensar en ello, negaba con la cabeza, maravillado.
Era soldado. O, en cualquier caso, lo había sido. Toda su vida se había ganado el pan con los puños, el ingenio y la espada corta. Casi siempre lo había hecho junto a una compañía de mercenarios llamada los Perros de Essex. En tiempos de paz, los Perros se enfrentaban a otros hombres y robaban lo que podían. En tiempos de guerra hacían más o menos lo mismo, salvo que en nombre del rey.
Ese trabajo le había dado a Loveday sustento y muchas aventuras. Pero, al final, lo había hecho trizas. No tenía nada de vergonzoso. Se consideraba afortunado por haber alcanzado una edad a la que sentía cansancio. Muchos hombres morían antes de conocerlo. Como les había ocurrido a muchos de sus camaradas. Hormiga y el Padre estaban muertos. El Escocés estaba desaparecido, por lo que seguramente también hubiera abandonado este mundo.
Por eso, cuando Loveday bajó del barco que lo había traído de vuelta desde Francia y desembarcó en el puerto de Winchelsea, les dijo a Millstone y Thorp, sus camaradas de los Perros de Essex, que aquello se había acabado para él.
Si esto les sorprendió, ninguno dijo palabra.
Mientras ellos se dirigían a Londres en busca de otro trabajo de carácter violento, él se instaló en la primera taberna que encontró: el León Verde. Se sentó allí a beber, olvidar y charlar sin prisa con los parroquianos. A la semana, se enteró de que el tabernero, un viejo cascarrabias llamado PeterGlynde, quería vender el local. Loveday le hizo una oferta, el equivalente a todos los peniques de plata de sus soldadas. Glynde aceptó con un gruñido. Así que, cuando Loveday entró al León Verde al día siguiente, lo hizo como su nuevo dueño.
Anunció que no pretendía cambiar las cosas. Únicamente colocó un par de clavos en la pared sobre la chimenea para colgar su espada corta. También dejó un asiento reservado para el Escocés desaparecido, con la esperanza de que no estuviera muerto, sino entregado a una borrachera solitaria en algún lugar. Después arrojó el hatillo que contenía su capa, su cantimplora y su sobreveste de cuero a un rincón oscuro de la bodega para que se pudriera allí.
Tras esto, decidió no pensar en más guerras. Solo quería poner los pies en alto y disfrutar de la cerveza, de conversaciones tranquilas y del bramido del mar en la playa de guijarros al pie de los acantilados de Winchelsea.
La taberna, su taberna, tenía una buena ubicación junto al camino que descendía por el acantilado hacia el puerto. Era un edificio modesto y rectangular con una bodega de piedra; los muros de entramado de madera estaban rellenos de barro y ramas, y el techo era de paja.
Cuando Loveday se hizo cargo, atrajo a una clientela fiel de estibadores, carpinteros de ribera y vecinos de la ciudad. También estaba en la posición ideal para atender a los viajeros que desembarcaban de las naves mercantes y militares que recalaban en el puerto con regularidad.
Loveday había sentido aprecio por el León Verde desde el primer momento, y lo seguía sintiendo. Le gustaban las vigas combadas y la gruesa capa de hollín que cubría la chimenea. Le gustaba la rebaba amarillenta que crecía en el lateral del abrevadero exterior, grande como un ataúd; le gustaba el olor a cerrado del altillo donde dormía por las noches.
El problema era que, pese a haber pasado incontables días de su vida bebiendo en tabernas, eso había resultado ser un entrenamiento pésimo para regentar una.
Días después de instalarse en el León Verde, se resbaló en los escalones de piedra que bajaban a la bodega y rodó por ellos, se golpeó en cada tramo y cayó con tal ímpetu que se quedó sin aliento y se magulló todas las costillas del lado derecho. Luego descubrió que la carcoma estaba devorando casi todas las mesas y los taburetes, tan destrozados que apenas servían para nada salvo para convertirlos en leña. Después, varios tramos de las paredes, hechas de barro apisonado y desechos, se deshicieron con las primeras lluvias del invierno.
Cada uno de aquellos pequeños desastres fue caro de reparar, de modo que casi cada penique que ganaba vendiendo cerveza se lo debía a algún artesano de Winchelsea.
Y entonces llegó la peste. La enfermedad había arribado a Inglaterra en otoño del primer año en que él regentó la taberna, y había atravesado Winchelsea con la misma saña que cualquier otra ciudad o aldea del reino.
Muchos aseguraban que la peste no hacía distinciones. Acababa con viejos, jóvenes, tullidos, fuertes, hombres o mujeres. Pero Loveday observó que tenía unas ganas particulares de llevarse consigo a los hombres y mujeres que componían la clientela que él había heredado. Quienes sobrevivieron, no obstante, tardaron en atreverse a salir de sus casas incluso cuando lo peor de la peste ya había pasado.
Durante todo aquello, Loveday intentó mantener un buen ánimo. Daba gracias a Dios cada mañana al despertar en el altillo y comprobar que no tenía un bulto negro bajo el brazo o en las ingles. Cada noche que despertaba sudando y jadeante, atrapado en pesadillas de guerras de otros tiempos, se obligaba a dar gracias por seguir con vida.
Cada vez que tenía que aguantar el hambre para pagar sus deudas, o reunir los seis chelines y medio que debía pagar cada trimestre ante los tribunales de la ciudad para renovar la licencia de tabernero —la siguiente cuota tocaba en diez días, cuando el tribunal se reuniera el 25 de marzo, Día de la Anunciación—, se recordaba que su estómago ya había rugido antes y que eso no lo había matado.
Se repetía una y otra vez que, por dura que fuese, aquella era la vida que quería. Que sus días de guerra habían terminado. Y que se alegraba por ello.
La mayoría del tiempo, lo creía.
—¡Perro de Luna! ¿Me llamabas?
La voz de Gilda llegó desde la puerta trasera de la taberna, y Loveday sonrió feliz. La chica, su chica, lo llamaba por el apodo que ella misma había inventado.
—¡Ya voy! —respondió él, y tras comprobar que todos los clientes tenían las jarras llenas, salió a toda prisa.
Gilda estaba en el corral, donde las gallinas picoteaban entre las sombras del cobertizo de elaboración de cerveza, mirando hacia el tejado. Allí estaba el albañil, que seguía con las obras, encaramado en su escalera. A Loveday le pareció que Gilda estaba preciosa bajo el sol de la primavera.
La conocía desde que era una chiquilla, pues era hija de la tabernera de Colchester, la ciudad donde ambos habían vivido antes de que estallase la guerra. Ahora era una mujer de veinticinco primaveras, y aunque la mayoría habría dicho que era bizca, achaparrada y tenía los dientes torcidos, Loveday no creía haber conocido corazón más tierno ni manos más dulces.
Gilda llevaba más de un año viviendo con él en Winchelsea. En aquellos días extraños en los que la muerte negra estaba ya ahíta, pero la gente aún tenía miedo de acercarse al León Verde, Loveday había cerrado la taberna durante un mes para regresar a Colchester y poner en orden sus cosas. Quería recuperar las escasas posesiones que quedaban en la casa que había compartido con su difunta esposa, Alys, y visitar su sepultura.
Le había costado hacer ese viaje, aceptar que toda su antigua vida había quedado atrás. Pero, en cierto modo, la peste lo había ayudado en ese trance, porque había devastado la tierra hasta tal punto que nada de lo antiguo pesaba ya tanto.
Cuando llegó a la vieja posada de Colchester, Gilda estaba allí. Se pusieron a charlar y terminaron hablando toda la noche. Ella le contó que todos los suyos, salvo su hijo Sammy, habían muerto por la peste. Habló de su tristeza… y también de su esperanza. Él la escuchó y, después, fue ella quien escuchó mientras Loveday hablaba de Francia, de su decisión de no volver jamás a la guerra, de sus proyectos para el León Verde. Era la primera vez que abría su corazón de esa forma.
Aquella noche había luna llena, y fue entonces cuando Gilda le dio su nuevo apodo.
—Ya no eres un Perro de Essex —le dijo, mareados ambos por la cerveza—. Eres un… Perro de Luna.
Y al final de la noche le hizo una petición tan insólita que Loveday se echó a reír:
—¿Puedo ir contigo a Winchelsea?
Loveday era un viudo maltrecho por la guerra, le doblaba la edad, tenía una barriga cervecera y el pelo ralo y encanecido. No podía entender por qué ella o cualquier otra persona querría hacer algo así. Pero Gilda, con su franqueza habitual, le dijo que era bondadoso, que siempre le había parecido un hombre de palabra, alguien que cuidaría de aquellos a quienes amaba. Cuando Loveday la convenció de que hablaba en serio al afirmar que su vida de aventuras había terminado, ambos hicieron planes juntos: Gilda elaboraría la cerveza y atraería a los clientes, tal y como hacía en Colchester; Loveday ayudaría con Sammy y ella lo ayudaría a llevar la taberna.
Así que, cuando regresó a Winchelsea, Loveday se llevó a Gilda con él. Y Gilda, a su pequeño Sammy. El niño, de casi cuatro primaveras, apenas conocía media docena de palabras. No se separaba nunca de su madre, aferrado a sus faldas con una mano y chupándose los dedos de la otra. Loveday no sabía quién era el padre. Ella solo decía que se lo había llevado la peste.
Ahora estaba en el corral, con la cara enrojecida tras vigilar las cacerolas espumeantes de cerveza, y Sammy se escondía tras ella. Gilda sonreía de manera que el labio superior le cubría los dientes torcidos, que siempre intentaba ocultar, y señalaba hacia lo alto de la escalera.
—Perro de Luna, el techador dice que por hoy ha terminado. Quiere hablar contigo la semana que viene. Yo me vuelvo dentro a atender a la gente.
Se marchó, arrastrando a Sammy consigo. Al pasar junto a Loveday, le rozó con suavidad el antebrazo, grande y ennegrecido por el sol.
Había algo en esa forma de tocarlo que siempre conmovía a Loveday. Por un instante, sintió que quería echarse a llorar, y mientras ella desaparecía en la penumbra de la taberna, tuvo que tragar saliva para no hacerlo.
—Lo de ahí arriba es un desastre de tres pares de cojones —rio el techador al bajar por la escalera, limpiándose la cara mugrienta con la mano que sostenía el martillo.
Era un joven llamado Twinch, de rostro alegre, pelo negro rapado y un brazo derecho con un músculo desprendido del hueso, de modo que toda la extremidad parecía una especie de protuberancia. Posó la mano de ese brazo sobre el hombro de Loveday y juntos contemplaron el destrozo del tejado del León Verde.
La verdad era que daba pena mirarlo. Durante los últimos cinco días, Twinch había arrancado la capa superior de la paja, que ahora yacía en montones por todo el corral. Las marañas estaban teñidas por el verdor enfermizo del musgo acumulado durante muchos inviernos. Apestaba a podredumbre. El techador le dio una patada a uno de los montones con su bota de trabajo mugrienta, tan distinta de los zapatos caros, con punta y de cuero blando con los que llegaba y se marchaba cada día.
—¿Ves esto? Pues todo está igual de empapado —dijo—. He tenido que bajar hasta las vigas, y están jodidas también.
Loveday se rascó la cabeza y miró adonde Twinch señalaba.
—Ya le dije a Pete Glynde que arreglara todo esto, pero nunca lo hizo, el muy agarrado —dijo el techador—. Agarrado como el Niño Jesús al pezón de su Santa Madre.
Se santiguó, aunque al mismo tiempo soltó una risita.
—Perdón por la blasfemia. Pero serviste en el ejército del rey, y diría que habrás oído cosas peores. Creo que ya me lo has contado alguna vez, pero no recuerdo dónde estuviste.
Loveday hizo un gesto para quitarse importancia.
—En Francia —dijo con vaguedad, e intentó reencauzar la conversación con Twinch—. ¿Cuánto crees que tardarás?
El techador puso una mano en la cadera y se protegió los ojos del sol primaveral con la otra.
—¿Dos semanas? ¿Tres? Pero eso solo para arrancar todo esto y llevarlo al muladar de fuera de las murallas, y para embrear las vigas, si se puede. Para matar la carcoma y todo eso. Hostias, qué sed —añadió de pronto, como si hablar del trabajo lo agotara—. ¿Me pones algo para darle gusto al gaznate?
—Claro —dijo Loveday, que ese día se sentía hospitalario.
Llamó a Gilda, que regresó con una jarra abollada. Le ofreció a Twinch una taza, rellenó la de Loveday y luego se quedó mirando el tejado con ellos.
—Parece un trabajo duro —dijo, dedicándole al techador una sonrisa amable.
Él la observó y soltó una carcajada.
—Claro, cariño —dijo—. Durísimo. Trabajo de hombres. Ahora tira.
Twinch puso los ojos en blanco mirando a Loveday.
Gilda asaeteó a Loveday con la mirada, pero no dijo nada.
—Buena chica —dijo el techador, mirándole el trasero—. ¿Tu hija?
Loveday carraspeó.
—No. —Cambiando de tema a toda prisa, añadió—: ¿Tres semanas?
—Podrían ser cuatro —dijo Twinch—. Pero escucha, amigo. Esto es lo que hay. Me han ofrecido trabajo fuera de la ciudad. Un buen encargo. Han derribado media docena de graneros y están reacondicionándolo todo, y hay que hacerlo rápido.
Loveday lo miró, sin saber muy bien qué quería decirle el hombre. El jolgorio del interior de la taberna llegaba hasta allí. Se volvió más intenso cuando la maltrecha puerta se abrió un instante con un chirrido, al paso de una ráfaga de viento.
—Así que eso —repitió el techador—. Ese otro trabajo paga el triple del salario permitido por la Ordenanza. Y nos dan la comida y la bebida de todo el día. —Se tocó la nariz—. Que quede entre nosotros, claro, que si no acabamos en la picota.
Entonces Loveday creyó entender. Twinch lo estaba extorsionando para sacarle más dinero. La Ordenanza a la que se refería era una ley que se había proclamado el año anterior en todas las ciudades de Inglaterra. Prohibía a los empleadores pagar más de lo que se pagaba antes de la peste. La ley era motivo de burla y casi nadie la cumplía. De hecho, Loveday ya pagaba al techador una vez y media la tarifa permitida. Y ahora le pedía más.
—Entiendo —dijo con un suspiro—. ¿Cuánto…?
Pero Twinch lo interrumpió.
—Conozco a un par de tíos que rematarían esta faena de puta madre —dijo, rascándose la barbilla, y luego soltó una risita—. El problema es que han acabado todos en la fosa común por la peste. Quedamos pocos que podamos subir a una escalera, y de esos, la mitad ya no quiere ni intentarlo. A decir verdad, yo…
—¿Cuánto quieres? —preguntó Loveday.
Twinch negó con pesar.
—No es eso. Intentaré volver cuando pueda —dijo—. No será antes de Pascua. Pentecostés, quizá. —Parecía poco convencido—. Pero este verano tendrás el techo arreglado. A los santos pongo por testigo. Y si encuentras a otro para hacer el trabajo, tan amigos. Sé que hay unos cuantos en el astillero que saben lo suyo de maderas. Al fin y al cabo, un barco es una casa al revés, ¿a que no habías caído? Y en algún barco habrás estado, me parece a mí.
De pronto, Loveday sintió que se mareaba. Twinch no lo extorsionaba, estaba abandonando el trabajo sin más.
—Quieto ahí —dijo Loveday, intentando sonar autoritario—. Necesito acabar con esto. Yo…
Miró alrededor, para asegurarse de que ningún transeúnte pudiera oírlo. Bajó la voz.
—Acábalo antes de irte. Te pagaré el doble.
El techador soltó una carcajada y también bajó la voz, aunque parecía burlarse de Loveday al hacerlo.
—Escucha, amigo —dijo—. No me sigues. Tengo que aceptar ese otro trabajo. Si estuvieras en mis zapatos… —Loveday miró sin querer los zapatos caros y puntiagudos que Twinch se estaba poniendo—…, harías lo mismo. —El techador se irguió y alzó las manos a modo de disculpa—. Al menos he empezado. Lo que sí vas a necesitar es un carro para deshacerte del musgo y estas mierdas. No puedes dejarlo aquí, te multarán por causar molestias públicas. —Twinch devolvió la jarra vacía a Loveday—. Tienes una chica preciosa —añadió—. Algún hombre tendrá la suerte de convertirla en una buena esposa.
Dicho eso, comenzó a guardar sus herramientas en un saco de piel de cordero, silbando para sí.
Por un instante, Loveday pensó qué habría hecho en una situación así en sus días como soldado. Se vio a sí mismo, años atrás, agarrando a Twinch por el cuello y gruñéndole en la cara. Incluso partiéndole el labio y tirándolo al suelo.
Sin querer, cerró los puños. Sintió un hormigueo en el cuello, que se le extendió por los brazos como pequeñas punzadas. Luego se contuvo y relajó las manos. No le gustaba lo que el techador le decía, y no tenía la menor idea de cómo iba a arreglar aquel desastre. Pero pelearse era cosa del pasado. Así que, mientras el techador se calzaba sus buenos zapatos y luego se echaba sobre los hombros una capa de terciopelo más apropiada para un caballero que para un artesano, Loveday se limitó a asentir.
Twinch se alejó por el camino con paso despreocupado, sin dedicarle una mirada de despedida. Y Loveday, diciéndose con toda la calma que pudo reunir que esa era la vida que había elegido, lo observó marcharse.
Cuando Twinch desapareció del todo, Loveday respiró hondo, crujió uno por uno los nudillos de sus ásperas manos y volvió al interior del León Verde para servirse otra cerveza.
¡Dinero, dinero, qué feliz he sido!
Dinero, ¿dónde has estado?
Dinero, dinero, ya te has ido
y no quieres quedarte a mi lado
Poema inglés de finales de la Edad Media
Tras la partida del techador, reinaba la calma en el León Verde. Aquel año la primavera había llegado pronto, y una brisa cálida y salobre soplaba con fuerza desde el mar. Dentro de la taberna, el golpeteo había cesado y la nube de polvo había empezado a asentarse. Gilda limpiaba las mesas una y otra vez y daba la vuelta a las esteras del suelo, tarareando alegremente mientras trabajaba. Sammy la seguía de un lado a otro, trasteando feliz.
El trasiego de personas en el León Verde no cesaba. Los parroquianos sorteaban los restos del tejado cuando salían al patio o a la calle a orinar, contentos de pasar el rato chismorreando. Se hablaba de un ejército del rey que, según decían, regresaba de Gascuña. De un brote de peste en una aldea más allá de los límites del condado. «Dicen que ha nacido un ternero en Irlanda con dos colas y cuernos ya crecidos en la cabeza», anunció cierta vez Geoffrey el Pesado, lo que provocó un revuelo general.
Sin embargo, Loveday estaba preocupado, más que preocupado, en realidad. Las deudas lo acosaban y le costaba pensar en otra cosa. Le debía dinero a un albañil que había reparado los muros en invierno. Tenía pagos pendientes por los muebles que había comprado para sustituir las mesas podridas que heredó de Glynde.
No había manera de ocultar el lamentable estado en que se hallaba. Visto desde la calle, el León Verde ofrecía una estampa deprimente. Las vigas del tejado asomaban por entre los restos de la techumbre; montones de paja mohosa se pudrían en el patio, y el cartel de la puerta estaba tan sucio que el león verde parecía llorar lágrimas de mugre. La taberna en sí parecía pregonar los fracasos de Loveday.
No lo soportó mucho tiempo. Dos días después de que Twinch abandonara el trabajo, Loveday decidió hacer lo que pudiera para arreglar el desastre que el techador le había dejado. Una mañana ventosa bajó a la bodega a por una escalera y una pala oxidada, y se puso manos a la obra. Empezó reuniendo los restos de paja que Twinch había sembrado por el patio tras las obras. Transportarlo todo hasta el muladar de extramuros estaba fuera de su alcance, así que hizo lo que pudo: apiló aquellos apestosos y pesados montones de cañas y musgo hasta formar una montaña húmeda. El trabajo era asqueroso, y pronto tenía la cara y los antebrazos salpicados de suciedad. Mientras Loveday reunía y acarreaba la paja, Sammy salió a mirar. Al principio el pequeño se mostró tímido, pero poco a poco se envalentonó y empezó a balbucear de alegría, hasta gritar:
—¡Pao! ¡Pao! ¡Pao!
Loveday se irguió, intrigado. Como tantos otros niños pequeños criados a la sombra de la peste, Sammy estaba tardando en hablar. Pronto comprendió lo que intentaba decir. Unas gaviotas habían descendido sobre el montón de paja y hurgaban entre la suciedad en busca de escarabajos. Sammy correteaba a su alrededor, aplaudiendo y gritando para hacer que aquellas criaturas de ojos amarillos dieran vueltas, se lanzaran en picado y graznaran.
—Pájaros, muchacho —dijo Loveday, intentando corregirlo y ayudarlo con las palabras.
—Pao, pao —repitió Sammy, y siguió a lo suyo.
Cuando por fin tuvo toda la paja amontonada, Loveday dirigió la atención al tejado. No tenía ni idea de lo que hacía, pero trató de recordar lo que Twinch había dicho. «¿Sabes lo carcomida que tienes la madera?». Supuso que las vigas estarían podridas. Se encajó la pala bajo el brazo y apoyó la escalera desvencijada contra la pared de la taberna. Se disponía a subir hasta el punto en que el tejado se unía al muro cuando una sensación inesperada le recorrió el estómago. Era un pellizco de miedo. Recordó que la última escalera por la que había subido estaba apoyada en las murallas de la ciudad de Calais, cuando los ingleses intentaron asaltar las almenas. Aquella vez había visto morir a su amigo Tebbe, y él mismo había escapado por poco.
Loveday había soñado muchas veces con aquel día terrible y se había despertado temblando. Pero no lo había tenido presente hacía un instante, cuando apoyó la escalera contra su destartalado negocio. Tragó saliva y expulsó el pensamiento. Se dijo que el pasado había quedado atrás. Ahora era tabernero, no soldado. Y tenía un trabajo que hacer.
Subió con decisión los peldaños y examinó las vigas.
Lo que encontró hizo que se le encogiera el corazón. Prácticamente todas las vigas presentaban un estado avanzado de descomposición. Le bastó un vistazo para entender que habría que sustituirlas todas antes de colocar una nueva techumbre.
Incluso sin contar lo difícil que sería encontrar un hombre capaz de hacer el trabajo, la madera le saldría por tres o cuatro chelines, por si no tenía ya pocas deudas.
Loveday notó que los últimos restos del buen ánimo al que intentaba aferrarse se le escapaban de las manos. Cedieron ante una mezcla de frustración, irritación y rabia.
—Puto Glynde —murmuró, buscando a alguien a quien culpar de su desgracia—. Puto Twinch, hijo de su madre. Que el demonio se lleve a esos dos bellacos.
Mientras maldecía, una ráfaga de aire lo zarandeó. Asustado por el súbito balanceo de la escalera, se agarró a una de las vigas. Estaba viscosa, y la mano se le resbaló.
—Por los clavos de… —Tratando de agarrarse a lo que pudiera, Loveday soltó la pala, que cayó al patio con estrépito. Agarró la escalera, pero solo consiguió pillarse los dedos entre la madera y la pared dura.
El dolor que le atravesó los dedos fue lacerante y le arrancó un alarido. Tiró de ellos para soltarlos y se desgarró la piel en el proceso. Incapaz de contenerse, siguió maldiciendo entre dientes:
—La puta que… Joder… Me cago en…
Abajo oyó un chillido, y vio que Sammy, asustado y conmocionado, se había tapado las orejas con las manos y se alejaba de allí corriendo y llorando.
Loveday bajó del tejado rebosante de una rabia impotente. Agarró la escalera y la lanzó contra el montón de paja. No logró más que espantar a los pájaros. Así que recogió la pala, la alzó sobre la cabeza como si fuera un hacha y se dispuso a estrellarla contra el suelo. Tenía la intención de destrozarla. De ver cómo se abollaba la cabeza metálica y cómo el mango de madera se partía y astillaba. Quería golpearla una y otra vez contra el suelo hasta no tener más que un troncho entre las manos.
Pero no lo hizo.
En su lugar, soltó un grito de frustración, lanzó la herramienta hasta el hediondo montón de paja donde yacía la escalera y se dejó caer sobre los talones, respirando con fuerza por la nariz.
—¿Perro de Luna?
La voz de Gilda llegó desde la puerta, dulce y preocupada. Loveday la miró y descubrió en sus ojos lo que imaginó que debía ser su reflejo: vio a un loco sudoroso, enrojecido, desmelenado, encogido en el suelo como un demonio devorando el alma de un pecador en el infierno.
Se puso en pie, y toda su rabia se transformó en vergüenza.
Gilda sonrió, triste y cariñosa a la vez. Tenía a Sammy en brazos, con la cabeza sumida en su hombro y los bracitos aferrados a su cuello.
—Perro de Luna —dijo—. No te preocupes, entra.
Loveday hizo un gesto vacío hacia el desastre del patio y del tejado. Se sentía clavado ahí, como si algo lo sujetara al suelo.
Gilda negó con la cabeza otra vez, pero seguía sonriendo.
—Vamos —dijo.
Luego se dio la vuelta, y Loveday consiguió levantarse y seguirla. La humillación de haber perdido los nervios le quemaba por dentro, y sobre todo que Gilda lo hubiera visto así.
Mientras regresaba al interior del León Verde, se habló a sí mismo como a un niño travieso. Se prometió que esa era la última vez que lo devoraba la frustración.
Pero aquello, como tantas otras cosas en su vida, era más fácil de decir que de hacer.
Loveday sabía que solo era cuestión de tiempo que empezase a llover, y así fue. El primer día de aguacero, un pequeño grupo de parroquianos estaba reunido en la sala principal de la taberna.
Gilda se encontraba en la habitación de atrás, cantándole a Sammy mientras remendaba unos calzones de Loveday que se habían rasgado en la entrepierna. Loveday estaba apoyado junto a las jarras de cerveza, al lado del taburete de tres patas que él llamaba el «Taburete del Escocés» en honor a su amigo de los Perros de Essex, perdido en el mar durante la guerra.
En la mesa más grande se sentaban Geoffrey el Pesado y un tratante de caballos y tahúr de dados conocido como Pyx; ambos estaban enfrascados en una tranquila partida de gato y ratón, moviendo fichas rojas y blancas sobre un paño de lino marcado con puntos. WalterSquathard* estaba cerca de ellos, atento a medias al juego y a medias a los comentarios de un comerciante de Winchelsea de cara enrojecida llamado WymarchPigtail.†
Este último disertaba sobre la situación de las guerras del rey.
—El problema hoy en día es que el inglés común ha perdido las ganas de pelear —proclamó—. Los mares están llenos de piratas castellanos, y no hay quien salga a plantarles cara. Esos cabrones incendiaron Rye la semana pasada, según me dicen. Southampton también. Ya llegarán aquí, acordaos de lo que os digo, si no tenemos lo que hay que tener.
Contuvo un regüeldo.
—Yo lo que creo es que el rey debería coger a todos los vagos del reino, ahorcar a uno de cada diez, darle una buena azotaina al resto y meterlos en un barco para vigilar los mares —siguió Pigtail—. Que vean para qué coño Dios los libró de la peste. No lo harían peor que los que se supone que nos defienden ahora, ¿eh?
Lanzó una mirada alrededor, buscando asentimiento.
Por aquel entonces, en las tabernas de Inglaterra las pláticas seguían esos derroteros, sobre todo cuando hablaban hombres como Pigtail, que no habían combatido ni un solo día en la guerra. Loveday solía callar cuando lo oía. Pero la noche anterior había tenido uno de sus sueños sobre sus días con los Perros de Essex.
En el sueño estaba en una batalla, tendido en el suelo, tratando de alcanzar su espada corta, mientras un caballero le aplastaba la mano con el botín para que no pudiera asirla. Al despertar, estaba apretándose los dedos que se había pillado con la escalera, rechinando los dientes y esforzándose por no gritar.
Lo desagradable del sueño y los recuerdos de la guerra que deseaba desterrar lo habían puesto tenso.
—¿Dónde luchaste tú, Pigtail?
Se arrepintió antes de acabar la frase.
Pigtail se quedó quieto, mirando con sus ojos rosados y húmedos al otro extremo de la sala, como si su cerebro necesitara un tiempo para procesar la pregunta de Loveday.
—¿Luchar? —dijo en tono fanfarrón—. Pues… he jurado unirme a la guardia de la… de la ciudad en cuanto asome la cabeza un extranjero…, un invasor, es decir… Estaré en primera línea en las barricadas, buen hombre. En primera línea. —Carraspeó y enderezó la espalda—. Y, por supuesto, pagué casi una libra en impuestos al fisco del rey Eduardo el año pasado.
La sala quedó en silencio y Loveday notó que todas las miradas recaían en él.
—Sí —dijo—. Dios te lo premie. Pero yo estuve allí. Y aquellos muchachos… Bueno. Es un trabajo duro.
Bebió un largo trago de su jarra. Quería decir mucho más. Quería contarles a Pigtail y a los demás los horrores que había visto. Los hombres que había enterrado. Pero sentía que hablar del asunto era romper una de las promesas que había hecho, a sí mismo y a Gilda. Así que se limitó a mirar fijamente la cerveza y a guardar silencio.
Mientras lo hacía, empezó a oírse el leve golpeteo de la lluvia sobre el barro seco de la calle.
Pigtail escuchó la lluvia un momento y meditó las palabras de Loveday. Luego asintió despacio.
—Yo solo digo que… Mira, lo que me preocupa es que al inglés de hoy le faltan… —Hizo una pausa dramática—… un par de cojones.
Aquello irritó a Loveday aún más, y estuvo a punto de fulminarlo con palabras y hacerle ver lo equivocado que estaba. Pero el sonido de la lluvia aumentaba. Y entonces sucedió lo que Loveday sabía que ocurriría: el agua empezó a filtrarse por el punto más alto del tejado a través de la paja fina y vieja que apenas cubría las vigas.
—Mierda. ¡Gilda! —gritó Loveday al darse cuenta de que había llegado el momento de empezar a colocar cubos y jarras para recoger el agua de las goteras.
Oyó la voz de Gilda amortiguada desde la otra habitación. Pero antes de que saliera, la puerta de la taberna se abrió y tres jóvenes, dos muchachos y una muchacha, entraron gritando y riendo, con la ropa medio empapada por el aguacero y el pelo largo chorreando y pegado a la cara.
—¡Pigtail! —gritó uno de los chicos—. ¡Por el prepucio costroso de Cristo, qué haces bebiendo en esta pocilga!
La muchacha soltó una risita aguda.
El otro joven se acercó con aire despreocupado a las jarras de cerveza y cogió una. Tras oler su contenido con una mueca exagerada de repugnancia, bebió un trago directamente de la jarra, hizo gárgaras y escupió un chorro al suelo.
—¡La madre que me parió! —dijo, mientras la chica volvía a reír—. ¿Con qué han hecho esto? ¿Con meado de cabra?
Loveday había visto antes a aquellos dos muchachos, y la fama de la chica la precedía. Ellos eran hijos de un rico comerciante de vinos de Winchelsea llamado JohnAlard, entre cuyos negocios se contaban varias tabernas mucho más grandes y concurridas que el León Verde. Ella se llamaba Emma, aunque en los tugurios de la ciudad era más conocida como la Fulana de Winchelsea.
La joven se sentó en el regazo de Pigtail y empezó a canturrearle una canción al oído:
—«Llévame a la fuente del avellano…» —entonó, con la lengua prácticamente metida en la oreja peluda del hombre.
La cara amoratada de Pigtail se puso aún más roja y su respiración se volvió jadeante.
Loveday sabía que no podía permitir que aquello siguiera. Caminó con calma hasta el muchacho que había bebido y escupido la cerveza.
—Basta ya —dijo—. Esta es mi taberna. ¿Qué quieres? Si es una jarra de cerveza, cuesta medio penique.
Los ojos del muchacho brillaron con la idea de una travesura mientras le sostenía la mirada a Loveday.
—¿Medio penique por este meado de cabra? —Se volvió hacia su hermano y sonrió—. Sabía que con la peste habían subido los precios, pero esto ya es de coña. —Vertió lo que quedaba en la jarra sobre el suelo de esteras, a los pies de Loveday—. Nuestro padre paga la cuenta.
La taberna quedó en silencio. El sonido de la cerveza golpeando el suelo solo competía con el goteo del agua que entraba por el tejado desnudo.
Loveday mantuvo la mirada fija en el muchacho y asintió. Igual que le había ocurrido cuando Twinch abandonó el trabajo, sintió que el cuello le hormigueaba y que pequeñas punzadas, como de agujas, le bajaban por los brazos.
—Te recomendaría que mantuvieras las formas —dijo—. La cerveza derramada no se cobra. No sé cómo lleva tu padre sus tabernas, pero aquí no permito tonterías.
Mientras hablaba, no apartó los ojos del muchacho.
—¿Quieres saber cómo lleva mi padre las tabernas? —preguntó el chico, devolviéndole la mirada con arrogancia.
Loveday imaginaba lo que el joven se pensaba que tenía enfrente: una señora barriga cervecera; una barba blanca, larga y desaliñada; extremidades pesadas y hombros redondeados por los años y el trabajo duro.
El muchacho torció la boca en una mueca de desprecio.
—Mi padre lleva las tabernas y les saca un buen dinero. No tiene deudas con media ciudad. Pero dice que tú sí. Dice que llegará el día en que alguien con un poco de seso se haga cargo de este sitio y lo convierta en algo rentable. —Extendió las manos para recoger las gotas de lluvia—. Ya se ve que ese alguien no eres tú.
Desde el otro lado de la sala, Pigtail intervino:
—Déjalo, joven TomAlard —dijo, intentando sonar autoritario, sin éxito—. Nuestro Loveday está empezando en el oficio. Estuvo en la guerra, ¿sabes? Peleó en… muchas batallas.
—¿Batallas? ¿Este gordo cabrón? —se burló el muchacho, y su sonrisa se convirtió en una mueca de desprecio mientras examinaba a Loveday—. ¡Si a este lo cogen unas monjas por banda y lo dejan tieso! Eso es, un tieso y un inútil, que no puede ni evitar que este tugurio se caiga a pedazos. Ni que cambie de manos.
Loveday controló la respiración. Ignoró el insulto y la amenaza.
—He dicho que te vayas.
Por el rabillo del ojo vio que Gilda ya estaba en la sala, con Sammy
