Corazones hambrientos - Anzia Yezierska - E-Book

Corazones hambrientos E-Book

Anzia Yezierska

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Beschreibung

La primera edición en español de Corazones hambrientos aparece como un destello tardío de justicia literaria, rescatando del olvido a Anzia Yezierska, una autora genial que, como Lucia Berlin, convirtió su propia precariedad en una forma de arte descarnado y luminoso. Corazones hambrientos (Hungry hearts, 1920), su primer libro, es una colección de relatos interconectados que retrata la vida de los inmigrantes judíos en los barrios bajos de Nueva York, reunidos en un gueto en el Lower East Side —un gueto muy particular, pues no tiene puertas de entrada ni se imponen las vestimentas—. Constituye un testimonio brutal y humano del desencanto, en el que el «sueño americano» aparece como un espejismo cruel frente a la explotación laboral, la desigualdad, el racismo y la deshumanización. Las protagonistas son mujeres que luchan por mantener su dignidad mientras se enfrentan al hambre, los matrimonios forzados, la servidumbre, la vergüenza y el machismo. Partiendo de un estudiado juego con sus recuerdos autobiográficos, la sensibilidad lírica de Yezierska y su oído prodigioso para el inglés roto y poético de los recién llegados no hacen sino potenciar la fuerza de los relatos. Este libro fue llevado al cine en la década de los años veinte —la película fue dirigida por E. Mason Hopper y contó con un elenco de figuras muy conocidas por entonces, como Helen Ferguson, E. Alyn Warren y Bryant Washburn— y convirtió a Yezierska en una escritora de culto que se negó a ser tratada como la «Cenicienta de los talleres de explotación». Aunque su fama se desvanecería con el tiempo, ha sido merecidamente redescubierta en Estados Unidos por las nuevas generaciones. «En medio de estas singulares luchas personales de cada mujer retratada, Anzia Yezierska consigue lo que Virginia Woolf consideró un logro obtenido por "la presión de la mudez" tolerada durante siglos, esa "acumulación de vida no registrada" que de golpe sale a la luz». Claudia Kerik

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Seitenzahl: 295

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título:Corazones hambrientos

Título original:Hungry hearts (1920)

Autora: Anzia Yezierska

©  De esta edición: Ladera Norte, 2025

©  De la traducción del inglés: Israel Irving Roffe Plakjin (Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México), 2025

©  Del prólogo: Claudia Miriam Kerik Rotenberg, 2025

Coordinación del proyecto: Hugo R. Miranda y Claudia Kerik

©  Fotografías de interiores: The New York Public Library Digital Collections, excepto las de las páginas 234 y 237. Todas son de dominio público

Primera edición: noviembre de 2025

Diseño de cubierta y colección: ZAC diseño gráfico

©  Fotografía de cubierta: Underwood & Underwood, Anzia Yezierska, 1925, dominio público

Publicado por Ladera Norte, sello editorial de Estudio Zac, S.L.

Calle Zenit, 13 · 28023, Madrid

Forma parte de la comunidad Ladera Norte: www.laderanorte.es

Correspondencia por correo electrónico a: [email protected]

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones que marca la ley. Para fotocopiar o escanear fragmentos de esta obra, diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos), en el siguiente enlace: www.conlicencia.com

ISBN: 979-13-9903-968-9

Índice

Cubierta

Título

Créditos

Índice

Nota del traductor

Prólogo

Corazones hambrientos

Alas

Hambre

La belleza perdida

Casa de descanso gratis

El milagro

Donde los amantes sueñan

Agua y jabón

«La abundancia de la tierra»

Mi propia gente

Cómo descubrí América

Glosario

Guide

Cubierta

Título

Start

Nota del traductor

En la presente obra aparecen abundantes términos y nombres propios en yídish, y dado que este idioma se escribe con letras hebreas, es necesario transliterarlo. Generalmente, esta transliteración se hace a la fonética del inglés, que carece de un sonido como la «j» (que abunda en el yídish), de modo que toma prestada la «ch» alemana, «kh» del francés, o simplemente la «h», que se pronuncia como «j» suave. Además, utiliza la «ee» para el sonido «i». Puesto que la letra «e» también se pronuncia como «i», en la versión original del libro aparece junto con una «h» para dar a entender que debe pronunciarse como «e», tal como la pronunciamos en español. Esto es más o menos eficaz para el inglés, pero no en español (que sí posee estos sonidos), y se presta a pronunciaciones inexactas, de modo que se ha optado por transcribir las palabras a la fonética española. Así, y por poner un par de ejemplos ilustrativos, los nombres propios que se transcriben en el original como «Shenah Pessah» y «Hanneh Hayyeh», en esta traducción aparecen como «Shina Pesaj» y «Jane Jaye», y se deben leer como cualquier otra palabra, pronunciando todo al modo español, y, por tanto, manteniendo el sonido fuerte de la «j». Lo mismo ocurre con expresiones como «Oi weh», que se pronunciaría como «Oi ue» y que aparece aquí más precisamente como «Oi vei». Al final del libro un glosario explica el significado de éste y otros términos en yídish, que en el texto se resaltan con letra cursiva.

Irving Roffe

Arriba, vendedora de pretzel junto a un quiosco de prensa en el Lower East Side de Nueva York (hacia 1920).

Abajo, un puesto de venta de calabacines.

Prólogo

Anzia Yezierska: la vida doméstica de una hija del gueto

Corazones hambrientos de Anzia Yezierska es, a primera vista, un libro compuesto por diez relatos sobre la vida de una inmigrante judía, su autora, quien, proveniente de la parte rusa de Polonia a fines del siglo XIX1, consigue, a través de distintos roles femeninos personificados por un puñado de mujeres-protagonistas, hacernos participar de las vivencias que una joven recién llegada a América tuvo que vivir, en un ambiente de extrema pobreza y desafío emocional, así como de lucha por la reivindicación cultural de sus raíces. El hecho de que estas historias de mujeres recién llegadas provengan de la pluma de una inmigrante judía es relevante, pues la ubica en el contexto de una experiencia concreta de adaptación que tuvo sus tintes épicos: el desplazamiento de millones de judíos en masa, que entre los últimos veinte años del siglo XIX y los primeros del XX arribaron a la isla de Ellis, en la ciudad de Nueva York, huyendo de la persecución antisemita que arrasaba por medio de pogromos2 con la supervivencia de todo un pueblo en Europa.

Este período, considerado por los historiadores como un «nuevo éxodo», arrastró a dos y medio millones de judíos desde Europa del Este hasta América, y tuvo como su primer hogar para la ubicación de las hordas de recién llegados una zona particular de la ciudad neoyorquina denominada «Lower East Side»3. Esta demarcación urbana, que albergó a miles de familias de desplazados, adquiriría muy pronto un sello particular como gueto multicultural, gueto judío, como «ciudad interior», y como espacio de re-significación de la identidad judía —ahora libre— en América. Pero cabe aclarar que no se trataba de un gueto que provenía de la noción de un confinamiento obligado por la segregación impuesta, esa vivencia de aislamiento en el espacio que marcó al judío europeo durante siglos hasta convertirse, como lo explicara Richard Sennet, «en parte del problema de definir qué significaba ser judío»4, sino que esta vez se trataba de un gueto como el que describió el escritor Israel Zangwill al hablar del East End de Londres, uno en el que «no existen las puertas de entrada [ni] las vestimentas impuestas del antiguo Gueto de la Ciudad Eterna [y] sin embargo, no faltan señales para reconocerlo y para reconocer también a los que en él habitan», pues «gentes que han vivido en un gueto por un par de siglos no son capaces de salir de él simplemente porque se hayan demolido los muros que lo limitasen [y] cuando emigran llevan consigo tales muros a través de los mares, a tierras donde no los ha habido nunca»5.

El Lower East Side neoyorquino, con su desmedida concentración de familias judías desprovistas de todo sustento, no tardaría en convertirse, debido al hacinamiento y las condiciones paupérrimas de los inmigrados6, en una zona de lucha voraz por la supervivencia, pero también en un sitio de gran potencia cultural donde se redefinirían las señas de identidad del judío moderno, en una constante tensión con el marco religioso abandonado en Europa7. Mucha, sino toda la mejor literatura norteamericana judía, desde Charles Resnikoff hasta Paul Auster, o desde Anzia Yezierska hasta Cynthia Ozick, nació de la experiencia de una infancia transcurrida en vecindarios judíos neoyorquinos8, siendo el Lower East Side el sitio fundacional del judaísmo norteamericano fuertemente ligado a la urbe. Toda una estirpe de literatos que reflexionaron agudamente sobre su propia condición surgió de ese caldo de cultivo que fue la experiencia desgarradora de los primeros habitantes de ese magma urbano, los hijos de ese barrio mítico que Jerome Charyn denominaría con acierto una «Calcuta judía», tras la cual «[los escritores llevamos] en nuestro interior una herida cultural de demencia que se adentra continuamente en nuestros sueños»9. Parte de esa herida cultural estuvo relacionada con el tránsito de una experiencia de aislamiento y persecución religiosa en el Viejo Mundo, a la vivencia de una supuesta libertad social en una tierra promisoria de la que se desconocían la lengua y las costumbres, y donde la marca del origen judío nunca se borraría. La separación de la lengua materna —por ejemplo, la mamaloshn, el yídish, esa la lengua acuñada por los judíos ashkenazim que hablaban la mayoría de los desplazados— fue un proceso al que opusieron una natural resistencia a su llegada al nuevo hogar que les esperaba en América.

Se trataba de una lengua que suena a alemán pero que está escrita con el alfabeto hebreo, de la que había nacido toda una cultura —la suya, denominada «ashkenazí»— y todo un sentido del humor codificado en sus refranes, un teatro (por el que Franz Kafka sintió devoción) y, en suma, un medio de mantenerse indefectiblemente unidos con el pasado10. Los primeros escritores del Lower East Side retrataron las experiencias de supervivencia en ese barrio, mezclando el inglés con el yídish, o mostrando las dificultades que se les presentaron a los recién llegados para conseguir idealmente ser vistos alguna vez como amerikaners. Muchos de los desafíos fueron primeramente lingüísticos, y Anzia Yezierska hace hablar a sus figuras femeninas en yídish y en inglés, simultáneamente, para mostrarnos esa doble realidad que le tocó padecer a ella misma al no pertenecer a una generación de escritores nacidos en América, sino a los que arribaron al país dispuestos a perder su lengua. Pese a la imagen idealizada que, en última instancia, se nos ha transmitido culturalmente sobre el desembarco en la isla de Ellis como puerta de entrada a una tierra de libertad, donde una estatua colosal —que lleva grabados los versos de una poeta judía, Emma Lazarus— se erige como «madre de los exiliados» ante el transterrado en el momento en el que baja, extendiendo desde lo alto sus brazos, la vivencia de la llegada a América no parece haber sido la de una bienvenida ideal al Nuevo Mundo11.

Este choque con la realidad es el que retratan los relatos de Yezierska, quien pone a sus personajes femeninos en situaciones que revelan las dificultades para aceptar su condición de migrantes, de extranjeras, de pobres, trabajando como empleadas temporales en lavanderías y fábricas textiles donde serán explotadas, expuestas, además, a ser rechazadas en su misma comunidad por no tener dote, es decir, dinero, y, por lo tanto, estar condenadas a la soltería o relegadas a tener que someterse a algún familiar que fuera el responsable de haberlas mandado traer desde Europa, y al que, en consecuencia, habría que tolerarle todo su maltrato a cambio de haberles pagado el pasaje que las llevó hasta allá. Estas condiciones difieren cada una en su contenido, pero todas formaron parte de las vivencias comunes a las que una chica recién desembarcada en tierras americanas podría haberse visto sometida a su llegada, e incluso a lo largo de toda su vida. Sin embargo, son el punto de vista de Yezierska y la forma en que resuelve los conflictos de cada una de sus figuras lo que llama la atención y hace de este conjunto de situaciones femeninas algo más que un enervante testimonio de época, la llamada a la superación a través de una presencia de carácter, y una lealtad a ciertos principios que las eleva, a cada una, más allá de sus fuerzas personales y las convierte en heroínas de carne y hueso, pero no por triunfar sobre la realidad a través de un accidente afortunado que las transforme de golpe en cenicientas redimidas, sino por la fuerza interior que surge inesperadamente de los peores retos, como una prueba del espíritu que triunfa cuando éste es llevado a sus límites.

En medio de estas singulares luchas personales de cada mujer retratada, Anzia Yezierska consigue lo que Virginia Woolf consideró un logro obtenido por «la presión de la mudez» tolerada durante siglos, esa «acumulación de vida no registrada» que de golpe sale a la luz12. En las historias de estas extranjeras que se superan a sí mismas por vías inesperadas hay implícito un mensaje que debe escucharse, pues «todas estas vidas aún quedan por registrarse»13. Nombrarlas en su realidad más cotidiana (cosiendo, lavando, gritando, buscando denodadamente comida para los niños, en la carnicería, en la fábrica, en la calle, en la cocina con la vecina, en el vecindario, etcétera), dispara, además, nuestra mirada sobre esa misma realidad para apreciarla desde otro ángulo. Yezierska nos ofrece a través de sus relatos redirigir nuestra atención más allá de la lucha por la supervivencia cotidiana de madres e hijas, jóvenes y adultas, obligadas todas por su condición de pobres a salir a buscar sustento (de inmigrantes, a ser relegadas por no hablar bien la lengua; de incultas, a ser menospreciadas por no haber accedido a los estudios; de inexpertas, por no tener experiencia en el amor), a buscar algo más detrás de la injusticia de la condición que se nos presenta como insuperable, pues nos revela que incluso cuando estas circunstancias son trascendidas con mucho esfuerzo, quien no cumple con un modelo ideal prescrito socialmente habrá de enfrentar inevitablemente el rechazo.

Así, por ejemplo, en el cuento titulado «Agua y jabón» se nos describe el repudio del que es víctima una chica en la universidad por no estar suficientemente pulcra y aliñada ante a sus superiores (quienes le negarán el título de maestra al concluir sus cursos), pese a que trabaja día y noche como empleada en una lavandería, e incluso horas extra, para completar sus estudios. Llena entonces de odio hacia «la sociedad pulcra», y sintiendo que «todo el mundo de los limpios conspiraba» en su contra, la estudiante no nativa de Estados Unidos, empleada y lavandera de este cuento, declara su verdadera decepción: anhelaba una vida más amplia. «La inmigrante visionaria […] tenía hambre y sed de pertenecer a este país». La imposibilidad de lograrlo por la vía esperada del estudio y el esfuerzo personal no la detiene y descubre en el camino un contacto amigable con «alguien del mundo de los limpios» que le devuelve su dignidad al reconocerla como ser humano y la convence de haber encontrado por fin a la América de sus sueños. Ese es el hambre que recorre a los corazones hambrientos de las mujeres del libro de Yezierska, un hambre nada común, de verdadera comunión con los habitantes de su nuevo hogar, esa gran nación idealizada, más allá de su propia comunidad. El afán de llegar a ser estadounidense proyecta la noción que de Estados Unidos albergó toda una generación de migrantes que vieron en Amerike no sólo un sitio para vivir en libertad, sino un espacio donde es posible vivir en hermandad universal, una ilusión que prácticamente en cada relato se ve defraudada irrevocablemente por no pasar la prueba de la realidad.

Pero la literatura de Yezierska tiene más ángulos y nos reclama todavía más. No es un cuento de hadas americano que se evapora ante nuestros ojos. Sus retratos de mujeres no siempre son favorables al propio género que describe, pues nos confronta con aspectos insospechados que exigen del lector una revisión mayor de las condiciones en las que surgen estos perfiles. Ejemplo de ello es la protagonista del relato titulado «Mi propia gente», una madre pobre que se ve en terribles problemas para conseguir la comida del día para sus numerosos hijos, capaz de desearles la muerte para verse liberada de tal obligación. La escuchamos maldecirlos: «¡Que sólo viva hasta enterraros a todos vosotros en el mismo día! […] ¡Que tengan una muerte rápida!», mientras sus pequeños recién llegados de la escuela se pelean por una patata hirviendo en la cocina. Y en el cuento «La abundancia de la tierra», el mismo personaje femenino (llamado Jane Braine), la misma madre de varios niños, proclama su desdicha por tener que sufrir para alimentarlos con estas palabras: «Algunas madres tienen suerte: a un niño lo atropella un coche, otro se cae de una ventana, otro se quema con cerillas, y otro se ahoga por la difteria. Pero ninguna muerte se lleva al mío». ¿Qué nos toca como lectores opinar de estas maldiciones de una madre desnaturalizada que añora recuperar su libertad personal, una que la despoje de su maternidad forzada? Nos toca estirar más los límites de nuestra compasión y comprensión de la naturaleza humana, nos toca saber que la maternidad también puede ser un suplicio, y en este caso llama la atención la naturaleza de un personaje que fue construido contrariamente a la visión judía de la yídishe mame, que es la madre sobreprotectora, incluso hasta el exceso. Y en este punto tal vez quepa decir que la misma autora nunca se encontró cómoda ni en el matrimonio ni desempeñando roles domésticos, pues abandonó a su hija a los cuatro años14, aunque esto no significara perder el vínculo con ella, algo que quedará probado al ser su misma descendiente, Louise Levitas Henriksen, una de sus mejores biógrafas.

En los relatos de Yezierska tampoco está ausente el amor. Una galería de chicas enamoradas se lamentan al ser decepcionadas por muchachos que, o no corresponden a su ideal, o no las asumen como parte del suyo, muchachos que se dejan manipular por parientes que buscan mejores partidos para incrementar los ingresos de la familia, o bien, que tienen puesta su atención en otros objetivos. De nuestra autora se sabe que vivió un tórrido y muy breve idilio —que no se acabaría de concretar— con el respetado filósofo John Dewey, en quien al parecer estarían inspirados algunos de los modelos intelectuales masculinos que aparecen en sus relatos. De Dewey sabemos que, plenamente enamorado de Yezierska, ocultaría los innumerables poemas que le escribió, arrojándolos al cesto de basura de su cubículo en la Universidad de Columbia. Gracias a los esfuerzos de un bibliotecario (Milton Halsey Thomas) que los rescató y conservó, hoy tenemos de regreso algunos de sus versos, que describen fielmente el mundo que nuestra autora dejara plasmado en estos cuentos:

Generaciones de mundos sofocados extendiéndose

a través de ti,

anhelando la expresión, muriendo en los labios

que han muerto de hambre,

hambre no de tener, sino de ser…15

En el timbre tan apremiante de la voz de Anzia Yezierska que se percibe en estas historias del corazón sobre mujeres ávidas de justicia social y redención espiritual, se cumple el cometido de testimoniar una parte de la construcción de la nación americana, la que correspondió a los primeros habitantes del Lower East Side, ese centro urbano tan judío en su momento, donde se articularían otras voces femeninas que tomaron el relevo en el camino, como las de Vivian Gornik16, Susan Sontag, Fran Lebowitz, y otras más, sumando esfuerzos por nombrar, a través de su escritura, las condiciones injustas de las mujeres, que merecen siempre atraer nuestra atención para ser registradas y poder, finalmente, también ser transformadas. Y si como aseverara W. H. Auden, «el inmigrante viene a ser cada vez más el símbolo del hombre común»17, el lector podrá encontrar en estos relatos de «una inmigrante visionaria» una parte de su propia lucha de superación personal.

Claudia Kerik

 

1. Sobre la procedencia de Yezierska, su biógrafa Bettina Berch señala lo siguiente: «… ¿dónde habría nacido Yezierska? […] Como apunta [Magdalena] Zaboroska con cierto humor: la hija de Yezierska llama «Plotsk» a su lugar de nacimiento, [Alice] Kessler-Harris lo nombra «Plinsk», mientras que [Mary] Dearborn «Plöck» y [Thomas] Ferraro se refieren a él como «Ploch». Pero Zaboroska, siendo polaca ella misma, cree que se trata de «Plock», una ciudad de Polonia ubicada a orillas del río Vístula, cerca de Varsovia. De hecho, entre los papeles de Yezierska existe un borrador de su árbol genealógico que indica que su familia procedía de Plock. Un autor desconocido —que no parece ser la propia Yezierska— añadió, además, que debería haber una diagonal en la «l» de Plock, pronunciada como una «w» (Bettina Berch, From Hester Street to Hollywood. The life and work of Anzia Yezierska, Nueva York, Sefer International, 2009, p. 19). Por su parte, la hija de Yezierska afirmaría que «Anzia inventaba un nombre nuevo para [su] pueblo cada vez que escribía sobre él» (Louise Levitas Henriksen, Anzia Yezierska, a writer’s life, New Brunswick, Rutgers University Press, 1988, p. 13).

2. «Desde principios del siglo XIX, Europa Central y Oriental fue escenario de disturbios antisemitas urbanos conocidos colectivamente como «pogromos», palabra rusa que denota un estallido de violencia. Dos grandes oleadas de pogromos azotaron los territorios que hoy ocupan Ucrania y Moldavia: una, tras el asesinato del zar en 1881, y la otra, en torno a la Revolución rusa de 1905. Se extendieron hasta las fronteras de Polonia, Rusia y Bielorrusia, y por toda la Zona de Asentamiento destinada a los cinco millones de judíos del Imperio ruso. Los pogromos siempre han estado ligados a momentos de crisis política. Tolerados y, en ocasiones, alentados por las autoridades, aunque nunca decretados oficialmente, evidenciaron una coexistencia de dominación dentro del imperio multiétnico y representaron una forma espontánea de violencia popular ritualizada mediante ataques a objetivos característicos como escaparates, calles comerciales y barrios judíos. Los pogromos sufrieron una transformación radical en 1914. Ya no eran actos de multitudes, sino de ejércitos que saqueaban residencias judías. Ya en 1914, y sobre todo durante su retirada en 1915, como parte del desplazamiento forzado de minorías acusadas de traición y espionaje, los soldados rusos intensificaron la violencia contra la población civil judía bajo la supervisión de sus oficiales. Perpetrada por ejércitos en campaña, la violencia antisemita creció en intensidad y alcance, extendiéndose por regiones enteras. La práctica del saqueo, heredada del período anterior a 1914, fue la esencia de estos pogromos, que también se caracterizaron por violaciones y asesinatos» (Thomas Chopard, «Pogromos», Encyclopédie d’histoire numérique de l’Europe [en línea], ISSN 2677-6588, publicado el 22/06/20, consultado el 11/04/2025. Enlace permanente: https://ehne.fr/es/node/12432).

3. La ubicación de los judíos rusos en esta zona específica estuvo a cargo de una minoría judía alemana y rica que ya estaba asentada en Nueva York, pues había llegado a Norteamérica en muy distintas condiciones medio siglo antes. Estos veían con recelo a «esos salvajes asiáticos […] espantados por su activismo sindical y político […] En 1897 […] ingresa a los Estados Unidos un millón de judíos rusos que huyen de los pogromos de 1894. Su llegada revoluciona la estructura del judaísmo norteamericano: los tres cuartos de los recién llegados se hacen obreros en las grandes ciudades; fabrican la mayoría de la ropa del país […] En 1897 la Yídish Gazette indica [que] en las instituciones filantrópicas de los judíos aristócratas alemanes […] cada refugiado es interrogado como si fuera un criminal» (Jacques Attali, Los judíos, el mundo y el dinero. Historia económica del pueblo judío, traducción de Víctor Goldstein, Fondo de Cultura Económica, México, 2019, pp. 370-375). En los relatos de Anzia Yezierska asoman los conflictos entre estas dos partes de la comunidad judía norteamericana opuestas entre sí, los inspectores de las instituciones de beneficencia y los recién llegados que no disponen de ningún recurso, y que serán maltratados con suspicacia, como ocurre al final del cuento titulado «Mi propia gente».

4. Richard Sennett, Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, traducción de César Vidal, Madrid, Alianza Editorial, 1997, p. 264.

5. Israel Zangwill, Los hijos del Ghetto. Estudios sobre el pueblo judío, vol. I, traducción de Vicente Vera, Madrid, Calpe, 1921, pp. 9-10.

6. Howard Fast nos ha dejado un retrato estremecedor del estado en el que llegaron esos inmigrantes: «Por encima de todo, estos judíos eran pobres; no pobres en alguna noción que podamos asimilar hoy, sino extremadamente pobres: sin dinero, sin posesiones, sin hogar, aterrizados en un país extraño, incapaces de hablar una sola palabra de inglés, incapaces de leer siquiera la señal de una calle, ya que la alfabetización de casi todos ellos (y casi todos eran letrados) procedía del alfabeto hebreo, en el que se escribía el yídish. Sus primeros pasos fueron guiados por personas encomendadas por los judíos alemanes ya establecidos; su primer refugio en el Lower East Side de Nueva York fue proporcionado por los mismos judíos alemanes; y la comida que evitó que la hambruna los destruyera durante sus primeros días en Estados Unidos, fue proporcionada por las instituciones benéficas alemanas. No había fondos de bienestar público entonces, y tampoco los judíos podían ir a los comedores populares puesto que la comida allí no era kosher, y estos judíos eran profundamente religiosos y ritualistas (a excepción, por supuesto, de la pequeña pero volátil minoría de ateos, socialistas, bundistas, anarquistas, spinozistas, escritores, actores, agitadores, etcétera)» (Howard Fast, The Jews, story of a people, Nueva York, The Dial Press Inc., 1968, p. 277).

7. «La historia del Lower East Side ha sido casi universalmente entendida como un sinónimo de la historia de la vida judía en América» (Hasia R. Diner, Lower East Side memories. A Jewish place in America, Nueva Jersey, Princeton University Press, 2000, p. 13).

8. «Y no recuerdas el momento exacto en que comprendiste que eras judío. Te parece que fue poco tiempo después de tener la edad suficiente para identificarte como estadounidense, pero podrías estar equivocado […] Incluso en el estado de Nueva Jersey, donde creciste, había barreras invisibles, impedimentos que, por ser aún demasiado joven, eras incapaz de entender o apreciar» (Paul Auster, «You remember the planes», Granta. The magazine of new writing (After the war), núm. 125, otoño de 2013, ebook, párrafo 3).

9. Jerome Charyn, Metrópolis. New York como mito, centro mercantil y país mágico, traducción de S.I. González, Madrid, Ediciones Júcar, 1988, p. 39. «En 1900 éramos seiscientos mil en Nueva York, apiñados en el Lower East Side, que se había convertido en una Calcuta judía» (ibíd., p. 31).

10. «El yídish estaba habitado por el pasado, los nuevos judíos no lo querían» (Cynthia Ozick, «Envidia, o el yídish en América», en Cuentos reunidos, traducción de Eugenia Vázquez Nacarino, Madrid, Lumen, 2024, p. 58).

11. Para Jerome Charyn, «…la isla de Ellis sirvió para hacer cristalizar el terror que la mayoría de los inmigrantes tuvo que sentir al llegar» (Charyn, Metrópolis, p. 38). Howard Fast, en cambio, nos ofrece una mirada compasiva de los funcionarios de inmigración que «nunca lograron ponerse al día con esta marea humana. Los judíos alemanes y serfardíes de Nueva York, adinerados, dignos e intelectuales, no se convirtieron en funcionarios de inmigración, y aunque muchos de los funcionarios gentiles [no-judíos] lograron aprender algo de yídish, ahora se enfrentaban a media docena de dialectos yídish distintos: el yídish suave de las praderas ucranianas, el yídish nasal y singular de las tierras altas de los Cárpatos, de donde provenían miles y miles de judíos galitzianers (de Galitzia), el yídish intelectual, duro y preciso de Varsovia, el yídish ceceante y monótono de Lituania, el yídish de influencia prusiana de Curlandia... ¿Cómo entenderlo o lidiar con ello? Muchos de ellos nunca habían visto a un judío yídish antes de 1881; sin embargo, vale la pena recordar su paciencia y decencia con una raza tan desarrapada y extraña» (Fast, The Jews, p. 277).

12. Virginia Woolf, Una habitación propia, traducción de Mónica Mansour, Ciudad de México, Editorial Porrúa, 2021, p. 86.

13.Ibíd.

14. Véase: Louise Levitas Henriksen, «Afterword about Anzia Yezierska by her daughter», en Anzia Yezierska, The open cage: an Anzia Yezierska collection, edición de Alice Kessler-Harris, Nueva York, Persea Books, 1979, p. 253.

15. John Dewey, The poems of John Dewey, edición de Jo Ann Boydston, Carbondale, Southern Illinois University, 1977, p. 4.

16. Escuchemos a esta voz imprescindible del feminismo actual cuando, en 1996, prologó Corazones hambrientos de Yezierska: «En la década de 1920, el grito del inmigrante excluido de la vida convencional se escuchó en Estados Unidos como algo sorprendente, doloroso y significativo, reflejado en el grito de muchos otros que se sentían excluidos de la democracia, incluidas las mujeres de la clase media que, después de sesenta años de lucha, acababan de ganar el derecho al sufragio. Cuando Anzia Yezierska comenzó a plasmar sus experiencias en relatos del gueto del Lower East Side, la joven inmigrante de sus historias, rebosante de un “ansia desbocada y ciega” por vivir, se expresaba con elocuencia en ese momento. Partiendo de una sensación que era a la vez personal y política, Yezierska escribió palabras profundas, dirigidas a una situación urgente. Su narradora sonaba como si hubiera nacido para expresar su opinión en este lugar y en este momento, y no en ningún otro. Era una escritura que sólo la idea de Estados Unidos —frente a la realidad— podría haber producido. Se había instaurado un personaje y un mundo que reflejaban la época y trascendían sus propias circunstancias. A partir de la materia prima de su propia vida doméstica, Yezierska había creado una metáfora» (Vivian Gornick, «Introduction», en Anzia Yezierska, Hungry Hearts, Nueva York, Signet Classics, 1996, p. VII-VIII).

17. W. H. Auden, «Introduction», en Anzia Yezierska, Red Ribbon on a White Horse, Nueva York, Persea Books, 1981, p. 19.

 

 

A la Sra. Sarah Scheuer de Ollesheimer

Corazones hambrientos

Ropavejeros ambulantes en las calles del Lower East Side (hacia1923).

Alas

«¡El corazón se me ahoga en el pecho como en una prisión! Me muero por un poco de amor y no tengo a nadie… ¡A nadie!», gemía Shina Pesaj, mirando por la oscura ventana del sótano.

Era una luminosa tarde dominical de mayo, y un tímido rayo de luz solar se filtraba en la portería gris y lúgubre, anunciando el inicio de la primavera.

«¡Oi vei! ¡Luz!», exhaló Shina Pesaj, emocionada y abriendo la ventana de un tirón. «¡Por primera vez un poco de luz en este lugar!». Extendió ávidamente las manos para recibir el retazo de tibieza ofrecido por el sol.

Las alegres risas de las empleadas de la tienda, que estaban con sus pretendientes en las escaleras de entrada al edificio, y la imagen de las madres jóvenes junto a sus maridos y bebés, encendieron nuevamente el fuego que ardía en el pecho de Shina.

«¡No estoy celosa!», jadeó, sofocada. «El corazón me duele demasiado como para querer arrancarlas de su suerte y felicidad. Pero… ¿por qué ellas viven y disfrutan sus vidas, y yo no puedo hacer otra cosa que verlas felices?».

Se rodeó el cuello con la mano, como si estuviera a punto de asfixiarse. «¿Se puede saber qué te pasa? ¿Te estás volviendo loca? ¿Por qué lloras? Nadie te oirá. ¿A quién le importa lo que vaya a ser de ti?».

Destrozada por la soledad, se desplomó en una silla. Durante largo tiempo quedó inmóvil, mirando con aburrida fascinación los rostros burlones que se le dibujaban en el yeso agrietado. Gradualmente notó la calidez cosquilleante que se extendía en sus mejillas. Recuperando el aliento, contempló el milagro del muro iluminado por el sol.

«¡Aj!», suspiró. «Si una vez al año el sol ilumina incluso este lóbrego sótano, quizá el Altísimo también me enviará un poco de gozo».

Esta nueva oleada de esperanza borró en ella el hecho de no ser más que una portera inmigrante, de veintidós años de edad y sin dote, y que, según las tradiciones de su pueblo, estaría condenada a ser puesta de lado como solterona; una ridícula y patética criatura.

«¡No puedo evitar lo vieja y pobre que soy!», gritó al aire sordomudo. «¡Quiero un poco de vida! ¡Algo de felicidad!».

Sonó el timbre con estridencia y, al acudir para responder a la llamada, vio a un joven en la puerta, la viva imagen de sus sueños más recónditos.

El recién llegado le habló.

Shina Pesaj no oyó las palabras, sino la música de su voz. Observó fascinada sus ropas, la chaqueta holgada de paño escocés y la camisa de seda algo abierta a la altura del cuello, aunque sin verlo a él. Sólo sintió una irresistible presencia que se apoderó de su alma. Era como si el dios de sus deseos más profundos de pronto cobrara forma humana y la alzara en vilo.

—¿Vive aquí el portero? —interrogó el extraño.

Shina Pesaj asintió.

—¿Puedes mostrarme la habitación en alquiler?

—Sí, de inmediato… espere un momento —tartamudeó Shina, buscando a tientas las llaves en la repisa.

«¡Deja de volar!», se dijo al subir las escaleras con él, en un intento de razonar con su corazón que palpitaba enloquecido. Habló nerviosamente, afanándose para apagar el caos de emociones que la sacudían:

—La señora Stein es quien alquila la habitación, pero no volverá hasta la noche, aunque puedo decirle el precio y todo lo que necesite saber. La señora cocina muy bien y puede desayunar y cenar con ella… —En realidad, no tenía la menor idea de lo que estaba diciendo, pero siguió hablando en un torrente incontenible para no oír el sonoro latir de su corazón.

—¿Se podría poner un foco aquí? —preguntó el hombre al observar la habitación.

Ella lo miró de soslayo, tímidamente:

—¿Es usted maestro? ¿O escritor?

—Sí, a veces doy clases —repuso, estudiando a Shina, cuya mirada mostraba casi a gritos la lucha que libraba consigo misma.

—Supe de inmediato que usted es Alguien —dijo ella, con adoración melancólica en los ojos—. Aj, qué grandioso debe ser vivir únicamente para pensar y aprender.

—¿Ésta es tu casa?

—Desde los ocho años nunca he tenido una casa. Aun en Rusia ya vivía entre extraños.

—¿Rusia? —repitió él, poniendo toda su atención. De modo que estaba entre ellos, el pueblo que había venido a estudiar. La joven con mirada hambrienta e intensa avidez ahora le era de mucho interés.

John Barnes, el profesor ayudante de Sociología más joven de su universidad, se congratuló por su buena suerte al toparse con este espléndido espécimen para su investigación. Estaba preparando una tesis sobre los «Problemas educativos de los judíos rusos», y a fin de estar en contacto más estrecho con su tema, había decidido vivir en el East Side durante sus vacaciones de primavera y verano.

Siguió interrogándola, utilizando inconscientemente todo el poder de persuasión con el que empujaba a los demás a sincerarse con él:

—¿Hace cuánto tiempo vives aquí?

—Ya son dos años.

—Parece gustarte el estudio. Supongo que asistes a una escuela nocturna.

—Nunca he entrado en una escuela nocturna desde que llegué a América. ¿Cómo podría tener tiempo para eso? Mi tío es un hombre tan viejo que ya no puede hacer gran cosa, y ya está acostumbrado a dejarme todas las tareas de la casa.

—¿Vives entonces con tu tío?

—Sí, él me envió el pasaje para Estados Unidos cuando mi tía aún vivía. Luego se enfermó. Un hombre tan anciano como mi tío ya no podía hacer gran cosa con sus dos manos.

—¿Y eso fue motivo suficiente para irte de tu tierra natal?

—En Savel no tenía nada que temiera perder. Las vacas que ordeñaba tenían mejor vida que yo. Al menos las vacas tenían comida suficiente y a mí como su esclava, y no pasaban hambre de la mañana a la noche.

—¡Pobre criatura! —se le escapó al hombre por impulso, con su curiosidad científica de sociólogo momentáneamente rebasada por un sentimiento de simpatía humana.

Nunca le habían dicho «pobre criatura» a Shina Pesaj, y mucho menos con esa voz. Las lágrimas le nublaron los ojos. Por primera vez reunió el valor suficiente para mirar de lleno al hombre. Su rostro, voz y porte eran muy distintos de lo que había visto hasta entonces, pero algo había en él que la hacía sentirse extrañamente cómoda. Siguió hablando, irresistiblemente impulsada por el resplandor amistoso en los ojos de su interlocutor.

—He tenido mucha suerte. Aprendí yo sola el inglés con un texto para niños, y uno de los inquilinos me dejó un libro grande. En cuanto empiezo a leer olvido que estoy en este mundo. Vuelo con las alas de elevados pensamientos. —Su rostro y su figura se iluminaron de animación al explayarse ante él.