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La vida es una sucesión de acontecimientos que te pueden llevar desde lo más bajo hasta lo más alto y viceversa. En este caso, la pobreza marcará el inicio de la vida de los personajes en el primer tercio del siglo XX. Pero el futuro deparará esperanzas para ese pequeño inteligente y audaz en otro país. Los pobres pueden dejar de serlo si saben tocar las puertas adecuadas y en este novela se demuestra que los caminos de la vida pueden hacer a las gentes avanzar hacia un estatus mayor. José Antonio Domínguez Parra proyecta en esta novela una historia que no deja indiferente. El lector se sentirá identificado con los personajes que sufrirán la desventura, pero también la satisfacción dentro de un libro que nos hace viajar a una sociedad no tan lejana de la que todos portamos algo.
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Seitenzahl: 378
Veröffentlichungsjahr: 2018
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CORAZONES NOBLES
JOSÉ ANTONIO DOMÍNGUEZ PARRA
CORAZONES NOBLES
EXLIBRIC
CORAZONES NOBLES
© José Antonio Domínguez Parra
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2018.
Editado por: ExLibric
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Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
JOSÉ ANTONIO DOMÍNGUEZ PARRA
Catalina Gutiérrez se encontraba nerviosa y casi desesperada —dos gallinas de las cinco que tenía en su bonito corral, se habían escapado y campeaban por el huerto del vecino en mitad del sembrado—. Eran casi las diez de la mañana, hora en la que Cristóbal Morales el Cerrojo, apodo con el que era conocido en su ausencia, hacía acto de presencia en el huerto que decía de su propiedad.
El maldito Cerrojo, llegaba siempre con muy malos modos y continuos improperios dirigidos a las personas que malvivían en una triste casucha que se encontraba justo en una esquina del dichoso huerto y que, además, el malvado vecino no cesaba de reclamar como de su propiedad, aunque todo el pueblo sabía a ciencia cierta que todo era una mentira y que en realidad el huerto era propiedad de esas humildes personas que tenía como vecinas y a las que estaba dispuesto incluso a echar del pueblo si se diera el caso.
Catalina, lloraba amargamente mientras contemplaba cómo el temible Cerrojo mataba a garrotazos a las dos gallinas. Esos animales, eran gran parte de su capital y el desagradable vecino sonreía lleno de satisfacción y mirando en dirección a la apenada Catalina.
Poco después, cogiendo a las dos gallinas por las patas, las lanzó a un enorme zarzal con la única intención de que nadie las pudiera coger y aprovechar su carne como alimento en unos tiempos tan difíciles. Quizá los gatos, pudieran dar buena cuenta de tan sabroso manjar.
Catalina, junto a su pequeño sobrino Juan, de tan solo un año de edad, esperaba a su prima Paca que se encontraba repartiendo unas tablas de pan como cada día hacían tanto una como la otra alternándose para poder cuidar al niño —el trabajo de transportar el pan en las tablas, como se llamaba entre los vecinos del pueblo, consistía en un artilugio compuesto por cuatro o cinco tablas bien unidas y con unas dimensiones de metro y medio por cincuenta centímetros. Sobre esas tablas, una vez hecha la masa y confeccionados los panes crudos, se colocaban bien cubiertos y eran transportados sobre la cabeza y llevados al horno—.
Una vez cocido el pan, colocados en el mismo lugar, se devolvía a la casa de donde se llevaron al horno.
Ese era un trabajo denigrante para casi todo el pueblo y precisamente, Catalina y su prima Paca, eran las únicas personas que se dedicaban a realizar dicha tarea. Una vez realizado el servicio, eran retribuidas con uno de los panes y en ocasiones con unas monedas.
También, y por encargo de la propietaria del horno, marchaban al campo propiedad municipal y recogían grandes haces de leña para calentar el horno y poder así, llevar algo más de dinero a su miserable economía. Era el peor trabajo del pueblo pero al único que tenían acceso.
Corría el año de 1924 y la situación en el país para los más pobres era dramática, y justo Catalina y su prima Paca, junto con el pequeño Juan, eran los más pobres y humildes del pueblo, pero honestos y honrados como nadie.
Catalina, seguía esperando a su prima Paca con el niño dormido entre sus brazos y hecha un mar de lágrimas.
Con los ojos completamente húmedos y rojos por el llanto, se mantenía con la mirada perdida en el horizonte mientras pensaba en la cantidad de desgracias que le habían tocado vivir unas tras otras desde años atrás.
En ese momento, recordaba a su hermana María, muerta hacía ya siete meses y dejando a su cargo aquel pequeño tesoro de niño. Ella luchaba con ahínco para sacar al niño adelante, dándole todo el amor que había en su corazón, y cómo no, también el de su prima Paca, ya que ambas se las apañaban para cuidar del pequeño.
Se acordaba de aquel maldito inglés que con sus dotes, sedujo a su bella hermana, dejándola abandonada a su suerte y con una barriga de la que salió aquel precioso niño que estrechaba entre sus brazos. La criatura tenía los mismos rasgos que su hermana, pero con el pelo rubio y unos grandes ojos azules como el inglés.
Después de aquel indeseado embarazo, toda la familia era repudiada por la inmensa mayoría de la población. El niño aún no estaba bautizado, ya que no encontraba padrinos, y además el párroco no se mostraba proclive a suministrar dicho sacramento a un niño fruto de la perdición, según él.
La madre del pequeño, María Gutiérrez, había muerto al haber padecido una fuerte anemia a causa de las continuas hemorragias sufridas en el parto, y que luego continuaron, y de la que no pudo curarse, a pesar de ser una experta en conocer hierbas medicinales tan abundantes en los campos cercanos al pueblo. Todo Igualeja conocía sus graves padecimientos, pero le volvieron la espalda y la abandonaron a su terrible suerte.
Durante el tiempo que duró el embarazo y ya con una enorme barriga, María se esforzaba sobremanera para cumplir con los encargos que le encomendaban cada día, tanto a ella como a su hermana y todo por una miseria, pero era lo único que le ofrecían y a lo que se agarraban para poder subsistir.
En el pueblo se habían hecho multitud de comentarios sobre el origen de aquel embarazo, todos con muy malas intenciones, y por supuesto, tan falsos como las personas que se dedicaron a tal menester.
En un principio, todos decían que tanto el médico inglés como sus compañeros se acostaban con ella a diario a cambio de algo de dinero. «Es muy puta», se decían unas a otras en los comentarios que se tenían. Luego, cambiaron de personaje y la relacionaron con un tal Jerónimo Checa, un señor de Ronda que ejercía como veterinario, aunque en realidad se dedicaba a capar cerdos y burros de los muchos que abundaban en el pueblo y sus alrededores.
María, le ayudaba en esa tarea a cambio de unas monedas que le venían muy bien. Jerónimo Checa, además de ser un hombre generoso, estaba casado con una mujer de buena familia de Ronda y se comportaba con ella de forma respetuosa y educada.
También llegaron a relacionar el dichoso embarazo con un guardia civil soltero que le tiraba los tejos a todas las mozas de Igualeja, aunque tanto María como su hermana Catalina, fueron las únicas que le dejaron muy claro que con ellas, nada se podía hacer. Finalmente, comentaban que la barriga era de un arriero que frecuentaba el pueblo vendiendo cántaros de barro, sartenes y una variedad de utensilios para el hogar.
Tan solo María, su hermana y su prima Paca, conocían el verdadero origen de aquel embarazo al que debía su vida el delicado y precioso niño, como no se conocía otro en Igualeja en muchísimos años.
El médico inglés que se llamaba Thomas Wilson, estuvo más de un año estudiando y recolectando la gran cantidad de hierbas medicinales con muchas propiedades curativas. El médico contactó con María, ya que ella tenía grandes conocimientos sobre el tema, y en muchas ocasiones las suministraba a personas del pueblo logrando con ello mitigar sus dolencias, aunque jamás nadie le agradeció ni pagó. Esos conocimientos le venían de herencia familiar, de siglos atrás y de lo que conservaba varios libros de autores árabes y judíos.
María, ofreció sus servicios y conocimientos al solícito médico, el cual le pagaba un buen dinero y siempre agradecido por su entrega y generosidad. A partir de entonces, la gente del pueblo empezó a mirar con malos ojos la relación de María, que pasaba horas y horas durante casi todos los días por los campos cercanos y acompañada por unos hombres extranjeros y desconocidos. Sin embargo, ella se mostraba contenta y gozosa con aquel trabajo, que sí era de su total agrado y que desempeñaba con una desmesurada alegría.
El tiempo que pasaban juntos y la gran belleza de María cautivaron al médico inglés, que se acercaba a los cuarenta años mientras ella, aún no llegaba a los diecisiete.
Por otra parte, la simpatía y el atractivo del médico, poco a poco llegaron a conquistar a una criatura tan buena e inocente que no sabía cómo agradecer tantas atenciones del guapo y educado médico inglés.
María llegó a encontrarse muy a gusto y segura con la presencia de Tomás, como ella solía llamarle. Por su parte, el inglés parecía estar enamorado y así llegó a manifestarlo entre sus dos colegas. Muchas veces, Thomas le comunicaba a sus colaboradores la idea de estar a solas con María. Ambos sentían una fuerte atracción hasta que un día, Thomas se decidió a declararse y le comunicó que estaba muy enamorado de ella. María por su cuenta, no sabía que contestar a semejante declaración, pero tomó las manos del médico y las apretó con fuerza y él sin dudarlo, la atrajo contra su pecho y enseguida, se estaban besando. Poco después, debajo de una encina hacían el amor. A partir de aquel momento, cada día repetían la misma acción y casi siempre en el mismo lugar.
Dos meses duró aquella bella relación en la que el médico le confesó que se casaría con ella y marcharían juntos a Inglaterra.
Una mañana, María, que mantenía bien informada a su hermana y a su prima Paca sobre la relación que mantenía con el inglés, como entre ellas solían llamarlo, y después de arreglarse todo lo mejor que pudo, marchó hacia Los Nogalejos, lugar donde previamente se había citado, pero que ese día nadie apareció. María quedó desolada y volvió a casa después de más de tres horas de espera y sin dejar de llorar.
Durante una semana acudió cada día al mismo lugar pero, allí nadie aparecía. De hecho, nunca más llegó el maldito inglés Thomas Wilson.
Transcurrido un largo mes de continuas idas y venidas de María a los parajes que con tanta frecuencia recorrió junto al médico, dio por finalizada la aventura amorosa con el apuesto y educado Thomas. Las consecuencias sin embargo, se presentarían terribles para ella.
Una noche, María despertó a su hermana para decirle que se sentía muy mal, tenía ganas de vomitar y su angelical rostro presentaba unas grandes ojeras que hicieron estremecer a Catalina.
—¿Que te ocurre María? —le preguntaba mientras veía angustiada el estado que presentaba su hermana.
María no pudo contestar. Corrió hacia el corral y empezó a vomitar con grandes arcadas. Luego, sintió un leve mareo y tuvo que sentarse en el suelo. Su hermana Catalina la acariciaba ajena a la causa de aquel repentino malestar.
La prima Paca se despertó con el ajetreo y se acercó, asustada al ver a María tumbada en el suelo de tierra y la cabeza apoyada en los brazos de Catalina, que lloraba amargamente.
Ninguna de las tres se imaginaba a qué era debido aquel repentino mal que sufrió María. Jamás se podían imaginar el porqué de aquella extraña situación que les tocó vivir. Sus escasos conocimientos, debido a su corta edad y nula experiencia, no les llevaban a la conclusión de que todo se debía a un embarazo.
Después del mal trago, volvieron a la cama y se quedaron dormidas hasta el amanecer.
Cuatro días más tarde, María transportaba sobre su cabeza una pesada tabla de pan para llevarla de vuelta ya bien cocidos a casa de Ana la Pajarita, quien al día siguiente marcharía con su mula cargada de los ricos panes a su finca, Los Perales, donde esperaban hombres hambrientos. Gran parte de esos panes eran guardados en alacenas construidas para tal fin.
María, tras pasar por la estrecha calle del horno y a punto de desembocar en la plaza, sintió un nuevo mareo y cayó al suelo. Los panes salieron rodando por la plaza mientras ella quedó tumbada en el suelo, con la pesada tabla encima sin poderse mover.
Enseguida acudieron unas vecinas más interesadas en recoger los panes que en socorrer a la pobre criatura que yacía en el suelo sin conocimiento. Para esas vecinas, se trataba de María la Piojosa, apodo despectivo y cruel con el que eran llamadas en el pueblo.
Justo en ese momento pasaba por allí Jacinta la Coja, que ejercía como matrona en todos los partos que acontecían en el pueblo, contando con una dilatada experiencia en esos menesteres. Esta era una mujer sensata y de buen corazón, se acercó hasta la pobre María tumbada en el suelo tras haber sufrido una lipotimia y la tomó entre sus brazos. Acto seguido, un numeroso grupo de mujeres se arremolinaron a su alrededor con el único propósito de satisfacer su curiosidad y conocer a qué se debía aquel descalabro sufrido por la Piojosa.
Jacinta por su parte no dijo absolutamente nada, con el consiguiente disgusto para el grupo de curiosas, a pesar de las múltiples preguntas a las que era sometida. Después de refrescarle la cara con un poco de agua, la llevó a su humilde casa sin mediar palabra alguna con toda persona que se encontraba a su paso.
Una vez colocada en su maltrecho catre, Jacinta le comunicó con todo el cariño de que fue capaz a qué se debía su estado.
—¡Cariño!, ¡estás embarazada! —se lo dijo con voz suave y un tono muy dulce.
María, volvió a desmayarse en cuanto oyó la noticia. Su hermana Catalina, que se encontraba a su lado, empezó a llorar sin consuelo mientras se abrazaba a su joven y preciosa hermana.
—¿Qué podemos hacer Jacinta?
—¡Ay Dios mío!, cuántas desgracias vienen a esta pobre casa. Con la cara llena de lágrimas, besaba a su hermana en la frente llena de preocupación por las consecuencias.
—¿Qué será de nosotras? —preguntaba a Jacinta—. En el pueblo nadie nos quiere y ahora con esto, va a ser terrible para nosotras seguir viviendo entre estas personas que tanto nos desprecian.
Jacinta la Coja, que además de ser la partera del pueblo, tenía ciertas dotes para adivinar el futuro, quiso poner algunas palabras de consuelo y dar tranquilidad a esas jóvenes mujeres que con diferencia eran las más guapas del pueblo, con un corazón noble y generoso, y por ese motivo, Jacinta llegó a sentir un gran aprecio por aquellas muchachas.-
—¡Catalina! —le decía Jacinta mientras mantenía una de sus manos entre las suyas, y mirándola fijamente a los ojos mientras permanecía sentada en el suelo con la cabeza de su hermana contra su pecho, mientras su prima Paca temblando de miedo, le limpiaba el rostro con un trapo húmedo—. Sé que es un momento muy difícil para vosotras, y a partir de ahora, deberéis ser más fuertes que nunca. Vuestros antepasados siempre manifestaron esa gran cualidad y otras muchas e importantes que han llegado a perderse en este pueblo y que solo en vosotras puede permanecer. Todos en Igualeja, conocen esa historia que ha llegado hasta nosotros generación tras generación. Pero las cosas, pueden tomar un camino diferente según me dicta mi corazón. Creo que la angustiosa situación por la que estáis pasando, cambiará radicalmente y un horizonte nuevo y lleno de bienestar, aparecerá para cambiar vuestras vidas, pero incapaz de hacer desaparecer la nobleza de vuestros corazones con la que Dios os ha bendecido.
Las lágrimas tenían empapada la cara de Catalina, que no cesaba de acariciar a su hermana menor, con un gran problema, pero que a ella, la llenó de nuevas fuerzas y de una profunda y desconocida alegría. Las palabras de Jacinta hicieron que se cargara de esperanza, ilusión y la decisión de luchar para salir airosa de aquel duro trance.
Jacinta le dijo a Catalina que se marchaba a casa y regresaría con una ración de hierbas para prepararle una bebida de reanimación. Hierbas que la propia María se encargaba de suministrarle en cuanto se las solicitaba.
Jacinta recordaba que una ocasión trajeron a su casa un niño del vecino pueblo de Pujerra, con los ojos cerrados y llenos de unos desagradables granos repletos de pus, y que tanto hacían sufrir al pequeño y a sus familiares.
Con anterioridad, lo habían llevado a un médico de Ronda y este se encontró incapaz de curar aquellas raras y repugnantes bolsas de pus. Hacía ya un año que el niño, sufría de aquellas dolencias, aunque fue en el último mes cuando aparecieron los desagradables y molestos granos.
Pedrito, que así se llamaba el niño, había perdido mucho peso a consecuencia de la extraña enfermedad y que nadie le supo explicar a qué se debía la aparición de los granos, que en esos momentos tenía un aspecto verdaderamente lamentable, y menos aún como atajar aquella terrible maldición según muchos de sus vecinos.
En el mismo momento en que Jacinta se disponía a salir con una panera de ropa sucia con destino al nacimiento del río, llegó a su puerta la familia de Pedrito con la maltrecha criatura de ocho años y sin parar de quejarse por el intenso dolor que le producían los dichosos granos. El niño viajaba a lomos de un burro y cuando lo apearon, el corazón de Jacinta se conmovió con su aspecto.
Benito, su padre, le explicaba a Jacinta que lo enviaba su vecino Aurelio, quien le recomendó su visita, ya que toda su familia se encontraba desesperada y angustiada con el terrible sufrimiento del niño y nadie capaz de curarlo.
Una vez que el niño fue examinado, Jacinta mandó llamar a María Gutiérrez, que se encontraba ese día repartiendo los panes y que no dudó en atender la llamada de una de las pocas personas que sentía cariño y respeto por su familia.
Nada más llegar y ver el aspecto del niño, se arrodilló delante del crío y se dispuso a examinar aquellos ojos repletos de granos con algunos de ellos supurando en abundancia. Pedrito, se quejaba cuando María intentaba abrir una parte del ojo izquierdo que parecía en mejor estado. Luego, con un pañuelo limpio, se dedicó a limpiar algunas zonas, pero tuvo que desistir ante los gritos del niño.
María se levantó, y con una sonrisa se dirigió a los angustiados padres, logrando alegrar a la apenada familia.
—¡Vuestro niño se curará muy pronto! —les dijo.
Benito no pudo aguantar el llanto al oír aquellas palabras cargadas de esperanza, la madre no pudo aguantarse y le dio un fuerte abrazo a María en señal de agradecimiento. Mientras eso ocurría, Jacinta, conociendo las cualidades de María, encendió fuego y se dispuso a calentar un caldero con agua.
Finalmente María logró limpiar con esfuerzo, delicadeza y el dolor por parte del niño muy estimulado con la noticia de la cura. Una vez terminada la laboriosa tarea de la limpieza de los ojos, María buscó entre los numerosos tarros que Jacinta guardaba en una alacena y escogió uno de ellos. En el interior del tarro había una buena cantidad de flor de sauco y tomando una buena ración de dicha flor seca y muy bien conservada, la depositó en el caldero para ser hervida.
Después de una buena cocción y templado del líquido resultante, tomó un paño limpio que le ofreció Jacinta, lo impregnó en el brebaje y lo colocó sobre los ojos del pequeño, que rápidamente empezó a sentir alivio. Pasada una hora, María procedió a retirarle el paño y volver a limpiarle nuevamente los ojos con otro nuevo paño y también empapado de aquel líquido milagroso.
Una vez bien limpios, le fue colocado el paño nuevamente junto con unos algodones bien humedecidos en aquella pócima de flor de sauco. Horas después, la familia con el niño tranquilizado y casi dormido, se disponían a partir para su pueblo con el líquido sobrante en una botella y las instrucciones para hacerle una cura diaria durante una semana. Pasado un mes, Pedrito se encontraba totalmente recuperado de sus dolencias con unos ojos sanos y una visión extraordinaria.
Benito, muy contento y agradecido por la cura de su hijo, se presentó una mañana en la casa de Jacinta y le entregó una cabra preñada, tres gallinas y unas cuantas monedas que le vinieron muy bien. María sin embargo no recibió nada de la familia de Pedrito por su aportación. Jacinta sí que supo valorar su trabajo y sabiduría. Con bastante frecuencia eran reclamados los servicios de la joven por la gente del pueblo, pero jamás le agradecían ni pagaban, aunque ella lo hacía con todo el cariño y satisfacción cuando se trataba de ayudar a la persona que necesitaba de sus conocimientos.
La familia Gutiérrez era así. Servía a todos los que requerían sus favores sin esperar nada a cambio. Era raro el día que no le exigían un favor, que hacían de buen grado y sin rechistar.
Por otra parte, las tres jóvenes por su belleza, tenían encandilados a los muchachos del pueblo pero, sin recibir petición alguna de noviazgo ni por supuesto de matrimonio. Se decía que eran la escoria del pueblo, de tal manera que muchas madres apartaban a sus hijos de cualquier intento de acercamiento a cualquiera de las tres. Las Piojosas no podían mezclarse en sus familias, eran despreciadas y aunque había bastantes enamorados en secreto, jamás se atrevían a confesar sus deseos por temor a las rigurosas familias.
La noticia del embarazo corrió como la pólvora por un pueblo ansioso de noticias, y aquella lo era por mucho tiempo.
A partir de entonces, casi nadie les dirigía la palabra y algunas mujeres escupían a su paso lanzándole maldiciones y advertencias de no acercarse a sus casas.
Cristóbal Morales, el Cerrojo, las insultaba cada vez que las veía en el corral. Las llamaba de todo, desde piojosas, guarras, desmayadas y hasta putas… También, se dedicó a darle palos a la higuera que hacía linde con el huerto y cuyas ramas daban a su finca hasta hacerlas añicos, a pesar de que las jugosas brevas, él se las comía y luego tiraba las pieles a la casa de ellas mientras se partía de risa con sus actos de humillación a unas criaturas, que odiaba a muerte desde que fue despreciado por Carmen, la madre de Catalina y María.
Muchos años atrás, la madre de las dos jóvenes era sin duda la mujer más hermosa de todo el pueblo. Su belleza y simpatía tenía en vilo a todos los mozalbetes de Igualeja y entre ellos, a Cristóbal Morales. Este, intentó por todos los medios llegar a ser su novio e incluso, se planteó un rapto, costumbre por otra parte aceptada por los habitantes del municipio. Una vez realizada la brutal acción y consumado el acto sexual, el matrimonio era aceptado por todo el pueblo y algún tiempo después se celebraba la boda que en ocasiones coincidía con el bautismo de la criatura nacida de dicho acontecimiento.
Sin embargo, Carmen optó por el peor partido de todos. Era verdad que el joven Manuel, pasaba por ser el más guapo y simpático del pueblo, aunque un poco bebedor.
Carmen, nunca hizo caso a los consejos de su madre y a los de otros familiares que les desaconsejaban aquella relación, pero ella, se decidió por Manuel. Desde aquel momento, el Cerrojo, odiaba a muerte a Carmen y a toda su familia y por supuesto, no cesaba en su empeño de buscarles la ruina, algo que más tarde consiguió.
Carmen, poseía como herencia unos bonitos huertos junto al pueblo y la casa con su corral en una esquina de los mismos y que ahora, pertenecían al hombre más vil de todo el pueblo pero con mucho poder e influencia entre los habitantes del pequeño municipio.
Pasado un año de la celebración de la boda entre Manuel y Carmen, él se dio a la bebida y era muy raro el día que no aparecía tumbado en el huerto o en los alrededores de la pequeña casa, sucio y meado. A veces, aparecía en el corral donde había un cerdo amarrado y unas gallinas que se refugiaban en el tronco de la higuera.
Nació Catalina y al año, Carmen se encontraba nuevamente embarazada. Manuel, seguía con la bebida y maltratando a veces a su bella y sensible esposa.
En una ocasión, previamente preparado bajo la astuta y maliciosa estrategia del Cerrojo, Manuel con una gran borrachera, firmó un contrato por el que vendió los huertos heredados de su mujer a Cristóbal Morales por una miseria que luego, perdió jugando a las cartas engañado por el Cerrojo y sus amistades, que firmaron como testigos de la fraudulenta venta.
A la mañana siguiente, Cristóbal Morales, se presentó en casa de Carmen estando su marido aún durmiendo por los efectos de la borrachera. Su llegada, estaba rebosante de soberbia y orgullo para tomar posesión de los huertos y de la casa que según él, pertenecía a la propiedad adquirida. Lo acompañaban el juez de paz, un hombre sensato pero tímido y siempre amenazado por el Cerrojo, el alguacil y un guardia civil que más que servir al pueblo, era su asistente.
Carmen, no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Lloraba amargamente y suplicaba al juez y al guardia civil, que intercedieran por ella. Los huertos, eran una herencia familiar y además, lo único que poseía. Sin embargo, nada quisieron hacer para remediar el desastre. El juez, temeroso pero firme, negó a Cristóbal Morales apoderarse de la casa y del corral, el documento firmado no hacía ninguna referencia a ello y por consiguiente no formaba parte del trato.
Unos días después, Manuel amaneció muerto en el cercano paraje del Hiladero en circunstancias muy sospechosas pero que nadie se atrevió a manifestar.
A partir de entonces, fue cuando la familia de Carmen se dedicó a la tarea de transportar las pesadas tablas de pan y de acarrear leña para calentar el horno.
Con una niña de poco más de un año y una enorme barriga de su segundo embarazo, Carmen, se esforzaba para cumplir sus compromisos y de esa forma, poder alimentar a su pequeña y a ella misma. Su hermana Rosario, le ayudaba con la pequeña Catalina llevando con ella a su hija Paquita, algo mayor que Catalina.
Poco tiempo después nació su segunda hija a la que llamó María, como algunos de sus antepasados. Sin apenas tiempo de reponerse, tuvo que volver a su duro trabajo por una necesidad imperiosa, si no trabajaba, no podría alimentar a sus dos preciosas criaturas.
A partir de entonces, la vida de Carmen se convirtió en un martirio. Cristóbal Morales, no cesaba de insultarla, le recordaba que si se hubiera casado con él, nada le hubiera faltado y viviría como una señora, algo que ahora, correspondía a su pareja, que aunque bastante fea, había heredado unas buenas propiedades. En ocasiones, la provocaba haciéndole insinuaciones que a Carmen le daban asco, lo mismo que su propia persona a la que siempre despreció. La sola presencia de aquel hombre, hacía enfermar a una mujer repleta de preocupaciones, viviendo en la miseria más absoluta pero llena de amor como nadie en el pueblo.
A veces, sus ojos se llenaban de lágrimas y su corazón rebosaba de alegría cuando se encontraba junto a sus dos hermosas criaturas que sonreían al sentir sus caricias. Tan solo su prima, que se mudó a vivir con ella, conocía y compartía aquellos momentos de amargura y felicidad a la vez.
Así transcurría la vida de Carmen. A veces, mientras sufría algún ataque verbal de personas sin sentimiento que la despreciaban, ella sonreía, se había acostumbrado a los desprecios. Tantas veces había llorado ante las groseras insinuaciones de algunos hombres entre los que se encontraba el Cerrojo, que Dios le dio fuerzas para superar las humillaciones y además, con esa actitud hacía ridiculizar a esas marujas cargadas de odio hacia ella sin motivo alguno.
Un día, armándose de valor y junto con su prima Rosario, cada una de ellas con una niña en los brazos, se dirigieron a la iglesia. Era una hora en la que apenas había nadie en las calles y aprovecharon para hacer una visita al párroco D. Miguel Cansino al que tenía mucho miedo por tener muy malas pulgas y las dos con toda seguridad, serían diana de su mal genio.
El cura, al verlas aparecer por la sacristía y sin esperar su visita, se levantó de la silla y entre su altura, la prominente barriga fruto de las grandes comilonas y la mirada inquisitoria, dejó aterrorizadas a las dos mujeres que debido al miedo, no podían articular palabra alguna.
—¿A qué se debe esta inoportuna visita? —preguntó el cura de muy malos modos.
—¡Queremos bautizarlas D. Miguel! —respondió Carmen sin atreverse a levantar la cabeza.
—¿Y el padre? —volvió a preguntar en tono burlón. Ellas representaban la escoria del pueblo y ese era el trato que merecían, se decía el cura para sus adentros.
Carmen, no pudo evitar que dos gruesas lágrimas se deslizaran de sus grandes ojos marrones, él conocía su historia y la pregunta, la hizo para humillar y herir a la sencilla y humilde mujer.
—¿Tenéis padrinos? —seguía preguntando.
—¡No D. Miguel!, nadie quiere ser padrino de mis niñas, tal vez pueda servir mi hermana Rosario.
El cura, se tocaba la barbilla y sonreía al ver a las dos mujeres llorando y humilladas. Pasados unos segundos, el dueño y señor de aquella situación, rompió el silencio.
—¡Está bien!, estudiaré el caso. Pero hoy no puedo perder el tiempo, venid la semana que viene y arreglaremos este asunto.
Carmen y Rosario, después de besar la mano del sacerdote, se marcharon a casa con las niñas dormidas entre sus brazos.
A la semana siguiente, 9 de mayo de 1907, las dos niñas eran bautizadas con los nombres de Catalina y María. Padrinos, Cristóbal Conejo, que ejercía como sacristán y Rosario. Una vez terminado el ritual, Carmen depositó unas monedas en un plato que el cura le puso delante. La buena mujer, había estado ahorrando durante meses a sabiendas que el cura le exigiría el pago por suministrar el ansiado sacramento a sus dos angelitos.
Carmen, se esforzaba de manera titánica dedicando horas y horas al duro trabajo que realizaba y al cuidado de sus dos niñas con la ayuda de su hermana Rosario y sufriendo las continuas amenazas e insinuaciones del maldito Cerrojo.
El día que su hija Catalina cumplía sus catorce años, ya echa toda una mujer, iban a saborear una merienda con algo que jamás las niñas habían probado, una taza de chocolate. Ese manjar que nunca estaba a su alcance, fue obra de Pilar Galindo cuyo marido viajó a Sevilla por asuntos de negocios y regresó con algunos regalos y un buen surtido de chocolate.
Cuando Carmen le llevó su tabla de pan, limpió su casa y tiró en las cercanías del río un cubo repleto de haber hecho sus necesidades Pilar y su marido, le dio su pago y como acto de caridad, la correspondiente tableta de chocolate para alegría de Carmen.
Aquella tarde, ya libre de trabajo, la dedicó por entero a disfrutar de la velada junto a su hermana Rosario y las tres jovencitas, que nunca antes habían probado semejante exquisitez.
Sin embargo, las desgracias hacían nuevamente su aparición en aquella familia.
Ya anocheciendo, Carmen sintió un leve y repentino mareo. De no haberse encontrado cerca de su hermana, su cuerpo habría caído contra el escalón de la puerta y sufrido un fuerte y peligroso golpe. Al desmayo, le siguió un sudor frío y el cuerpo tan lacio que parecía haber perdido la vida. Rosario y las tres niñas, lloraban asustadas por el estado de Carmen, que por el momento no reaccionaba. Al instante, Rosario ordenó a Catalina que corriera a casa de Jacinta la Coja, ella, sabría qué hacer.
Una vez colocada Carmen sobre el maltrecho catre, Jacinta no auguraba nada bueno para aquella mujer tan trabajadora y cariñosa. A partir de ahora, debe descansar al menos durante una semana. Rosario movía la cabeza de forma negativa, sabiendo que esa receta era imposible de cumplir.
Pasaban los días y Carmen cumplía fielmente con su agotador trabajo, cada vez con más esfuerzo a medida que pasaba el tiempo.
Por las mañanas se levantaba a rastras, tomaba un trozo de pan con un vaso de agua y se marchaba al campo en busca de leña junto con su hermana Rosario, dejando a las tres niñas tumbadas en el suelo de tierra en unos colchones rellenos de “sayo” de maíz —a punto de finalizar el verano, se recogían en los campos el sembrado del maíz. Ya seco y apilado en las casas, se procedía a pelar las mazorcas y hacer grandes gajos para luego colgarlos en los techos de madera y mantenerlos en buen estado de conservación. Con las gruesas pieles de las mazorcas (“sayos”), la gente más pobre como la familia de Carmen, al no tener acceso a la lana de oveja, que tanto abundaba en el pueblo llevadas por sus antepasados, se servían de este producto, aunque muy incómodo, suponía un buen aislante de la humedad y más confortable que la dura tierra—.
Algunos días ya de vuelta con los pesados haces de leña y depositados en el horno, compraban unos jarrillos de leche —medida de un cuarto de litro—, para las niñas a Dolores Doña que tenía unas cuantas cabras de leche. Eso solo ocurría cuando faltaban algunas de las compradoras habituales, que siempre tenían preferencia.
Pasados unos meses, una mañana ya casi a mediados de junio, Carmen intentó levantarse de la cama pero no pudo, sus fuerzas la habían abandonado y apenas si pudo llamar a su hermana. La tocó con las manos y Rosario se despertó sobresaltada. Cuando se dio cuenta del estado de Carmen, despertó a las niñas y una de ellas corrió en busca de Jacinta, que acudió al momento.
Después de examinarla y darse cuenta de su delicado estado, quedó desconsolada.
—¡No hay nada que hacer!, ¡tu hermana se está muriendo!
Rosario y las tres niñas rompieron a llorar amargamente ante la terrible noticia que acababan de oír. Jacinta, intentó darle una cucharada de manzanilla pero Carmen no abría la boca.
Toda la mañana, la familia acompañada de Jacinta, la pasaron junto a la enferma. Los latidos de su corazón cada vez más débiles. De vez en cuando abría los ojos y miraba a las tres niñas pero enseguida los cerraba, las fuerzas la estaban abandonando por momentos. La noticia corrió enseguida por el pueblo pero nadie acudió, a excepción de Pilar Galindo y Mariana Álvarez, dueñas del horno, que acudieron enseguida a su lado. Cuando ya el día tocaba a su fin, a Carmen le ocurrió lo inevitable, parecía estar dormida pero ya se encontraba en manos de Dios.
Al día siguiente por la tarde fue enterrada en el pequeño cementerio junto al río. D. Manuel no dijo misa en el sepelio, se limitó a unas oraciones del ritual de exequias y acto seguido se marchó.
En aquel triste momento, tan solo acompañaban a la familia Jacinta la Coja y Mariana Álvarez junto a Cristóbal Conejo, que ayudó al cura y además se dispuso para meter en la fosa a la difunta y taparla con tierra. En la otra parte del cementerio y separada por el río, un grupo de mujeres contemplaban la escena sin acercarse a dar el pésame a la destrozada familia.
Cuando Rosario y las tres niñas se disponían a salir del cementerio con el corazón roto, miró hacia un rincón de aquel lugar donde se encontraban dos hermosas tumbas, junto al tronco de un robusto almendro ya seco y repleto de maleza. Allí, se encontraban los restos de sus antepasados, ya olvidados en la memoria de sus paisanos, a pesar de todo cuanto le debían según la leyenda que pasaba de unos a otros y que en aquellos momentos, nadie reconocía esas bonitas historias en la persona de la fallecida y su familia.
De vuelta a casa, Rosario y las tres niñas se abrazaron angustiadas pero decididas a seguir luchando. Al día siguiente, había que portear las pesadas tablas de pan y acudir al campo en busca de leña para seguir viviendo.
La dura y penosa tarea de ir al campo a recoger leña, recayó además de Rosario en su hija Paca y su sobrina Catalina. Cuando iban al monte, les explicaba la forma de recoger la leña que luego iban colocando en un rellano hasta conseguir varios haces, que más tarde y ya acabada la tarea de repartir el pan, volvían al monte y entre las tres se llevarían una buena ración de leña que serviría al día siguiente para calentar el horno. María, al ser la más pequeña, quedaba en casa limpiando y ordenando el humilde hogar.
A partir de entonces, Rosario y las dos mocitas acometían con gran esfuerzo el trabajo que aprendieron con rapidez y realizaban sin ninguna queja. El vacío dejado por Carmen era muy grande pero no quedaba más remedio que seguir adelante.
Dos veces por semana, acudían las tres jovencitas a unas clases particulares que su vecino D. Juan Molina, comandante ya retirado a consecuencia de una herida sufrida en la gran guerra de Cuba en el año 1898 ante el avance de Estados Unidos y en la que le destrozaron la pierna izquierda y que por circunstancias que nadie del pueblo llegó a saber, se instaló de forma definitiva en Igualeja. Con su gran estatura y un enorme bigote, presentaba un aspecto amenazador, aunque en realidad era un hombre muy amable, educado y servicial. Como se aburría al estar solo, se dedicó a dar clases por las que no cobraba nada y que se tomó muy en serio cuando se trataba de las tres muchachitas.
María, aun siendo la más pequeña, era sin embargo la más lista e inteligente de las tres con mucha diferencia, algo que tenía entusiasmado a D. Juan Molina. María, gustaba de sacar de un viejo baúl unos libros de antiguos sabios médicos de origen árabe y judío y se animaba a estudiarlos. Cuando le surgían dudas, se marchaba a casa de D. Juan y él se las aclaraba. En ocasiones y con páginas en latín, el hombre se esforzaba en resolverle el problema ya que sus conocimientos de esa lengua no eran muy elevados, aunque finalmente conseguía hacer una decente traducción.
En otras ocasiones, María las acompañaba al campo, pero ella nunca se dedicaba a recoger leña. Su misión, con el consentimiento de su tía Rosario, era escoger las distintas hierbas medicinales, tan abundantes en los alrededores y que ella conocía a través de sus libros heredados de sus antepasados y que cuidaba como el mayor de los tesoros.
Otras veces, se marchaba ella sola y cuando llegaba a casa, lo hacía con una talega que se fabricó ella misma, repleta de plantas y flores que una vez secas, eran colocadas en tarros de cristal y de barro ya seleccionadas.
Muy pronto se corrió la voz por el pueblo a través de su maestro, de que esa chiquilla era una experta en elaborar tisanas con grandes propiedades curativas. Muchas de las vecinas, a escondidas, acudían a ella para que les suministrara alguna de esas hierbas cuando se sentían con dolores. Las que más solicitaban esa ayuda eran mujeres con la menstruación, ya que sentían un gran alivio con sus preparados. Las infecciones y heridas también las curaba, de tal manera que su fama corrió hasta pueblos cercanos. Sin embargo, nada cambió y siguió siendo María la Piojosa.
Paca, llegó a casa totalmente agotada. Eran más de las doce de la mañana y desde las siete, no cesó de trabajar. Primero y como siempre al campo dando dos viajes bien cargada de leña, limpió el horno, luego, marchó a las cuatro casas que le esperaban para llevar sus panes al horno según el turno que les correspondía, y una vez cocidos y despidiendo un aroma delicioso, eran llevados de vuelta a las respectivas casas. Cuando por fin llegó a su hogar, se había ganado un buen jornal, dos panes recién hechos y unas cuantas monedas, que eran esperadas para comprar los escasos alimentos que ellas podían adquirir.
Nada más hacer su entrada, se dio cuenta de que algo no marchaba bien en casa. Vio a Catalina con el niño medio dormido entre sus brazos y llorando con la mirada perdida, refugiada como siempre en sus recuerdos. Corrió a su encuentro para preguntar por el niño, pensó que se encontraba enfermo y ese sería el motivo de su disgusto.
Catalina, aunque muy apenada pero algo más tranquila, le explicó con todo detalle lo ocurrido durante la mañana con el dichoso vecino.
—¡Asqueroso Cerrojo!
Esas fueron las palabras que pronunció al conocer los hechos. Se agachó y cogiendo del suelo un palo de castaño que había junto a la puerta del corral, se acercó a la valla que los separaba del huerto y entre llantos con decisión y una voz seria, amenazó al vecino, aunque este ya no se encontraba en los alrededores.
—¡Algún día te mataré!, eres un bandido, puerco y ratero. ¡Ya pagarás por tus fechorías maldito Cerrojo!
Poco después, Paca tenía al niño en sus brazos y entre lágrimas lo mecía cantándole una bonita nana, aprendida de su tía Carmen.
Duerme pequeño mío, duerme
duerme angelito, que desde el cielo te miran
duerme que el amor te cuida, el amor te rodea
duerme tesoro mío, y sueña, sueña…
La letra de la nana continuaba, pero su voz se ahogó por el llanto impidiendo que pudiera seguir cantando. El niño se quedó dormido y fuertemente agarrado contra el pecho de su tía.
Catalina mientras tanto, había cogido las monedas que Paca dejó sobre la mesa, marchó hasta la plaza donde Frasquito Lunares vendía pescado fresco traído aquella misma mañana en su mulo, conservado en un serón repleto de nieve y procedente de Estepona. Luego, se acercó a la tienda de Juan Acevedo, a quien de vez en cuando, le dejaba algo fiado. Compró aceite, un poco de achicoria para hacer café y varios productos de primera necesidad. Una vez en casa, Catalina, que era una excelente cocinera, hizo una sopa de pescado y el resto lo hizo frito.
Cuando se dispuso a servir la comida, le llevó una buena ración al amigo y vecino D. Juan Molina. Él, por su parte y de vez en cuando, compraba un conejo o un pollo y se los llevaba para que ella lo guisara. Así, se ayudaban mutuamente y a la vez hacían la vida algo más llevadera.
La tarde fue muy tranquila en casa. Habían calentado agua en un caldero, lavaron al niño y le cambiaron los escasos ropajes que, aunque viejos, se veían limpios y arreglados.
Paca se acercó al río que se encontraba a escasos metros y lavó la ropita de Juan y algunos trapos de ellas, los dejó tendidos sobre unas piedras y regresó a casa para seguir haciendo faena.
El pequeño Juan correteaba por el corral a gatas detrás de las gallinas y lleno de tierra, pero feliz y con una bella sonrisa siempre presente en su rostro.
*****
El niño, cercano ya a los dos años, daba sus primeros pasos correteando detrás de unos pollos, que rápidamente se refugiaban en unos huecos justo en el grueso tronco de la higuera temiendo los ataques del niño.
Catalina a pesar de encontrarse agotada, contemplaba junto a su prima Paca las travesuras de aquel pequeño, que era la ilusión de sus vidas. Ellas, a pesar de ser dos mujeres hermosas y muy jóvenes aún, habían renunciado de momento a la compañía de algún hombre. Las dos sabían con absoluta certeza que eran deseadas por algunos hombres del pueblo, pero, debido a su bajo estatus para sus convecinos, hacía que estos pretendientes no tuvieran el valor necesario de acercarse a ellas y ofrecerle su amistad y llegado el caso matrimonio. La presión a la que eran sometidos por familiares y amistades, hacían imposible una relación con aquellas bellas y simpáticas mujeres.
Ellas por su parte, tenían muy claro su destino y lo asumían con valentía desafiando a tanta crítica injusta y envidiosa por parte de las demás muchachas, llenas de envidia por el físico de Catalina y Paca.
Cierto día, mientras las dos primas se recreaban como siempre viendo jugar al pequeño, D. Juan Molina llamó a la puerta. Catalina se sobresaltó, ya que nunca a esas horas recibían visita y las que solían hacerlo, se permitían entrar sin llamar, y sin miramiento alguno, les encargaban hacer un trabajo como si fuera una orden y ellas cumplían sin rechistar.
