Corazones sin rumbo
Pedro Mata
Century Carroggio
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Reservados todos los derechos.Introducción de Federico Carlos Sainz de Robles.Portada;En el palco, de Harrison Fisher (1875-1934)Isbn: 9788472547513
Contenido
Página del título
Derechos de autor
INTRODUCCIÓN
CORAZONES SIN RUMBO
EL IDILIO
EL SAINETE
EL CINEMATÓGRAFO
EL DRAMA
INTRODUCCIÓN
de
Federico Carlos Sainz de Robles
PEDRO MATA (Madrid, 1875 - 1946)
Pedro Mata, nieto del famoso doctor Pedro Mata y Fontanet, catedrático en la Facultad de Madrid, nació en la calle madrileña de Cervantes, 2; precisamente en el inmueble en que está la lápida que recuerda que allí mismo se levantó la casa en que murió Cervantes el 16 de abril de 1616. Mata nació el día 17 de enero, y fue bautizado en la famosa Parroquia «de los comediantes»: la de San Sebastián, en la calle de Atocha. Estudió el bachillerato en el Instituto de San Isidro; y en la Facultad de Medicina de San Carlos inició los estudios que no llegaría a terminar, pese al buen ejemplo de su abuelo paterno. Y como tenía que ganarse la vida, se inició en la carrera de las letras, para la que contaba con gran vocación y con enorme ilusión. En 1901 ya era redactor de El Español; en 1903 escribía en El Nacional, de ideología canovista. Y sucesivamente escribió en El Diluvio y en La Correspondencia de España, hasta que en 1910 ingresó en A.B.C., diario en el que se mantuvo muchos años y ganó respeto y popularidad, pues su pluma era ágil y amena, y él sabía elegir temas «candentes» y del mayor interés nacional.
Al compás del periodismo, Pedro Mata se dedicó a los más altos menesteres de literato. En 1904 ganó el primer premio en el Concurso «Novelas del Siglo xx» convocado por la Editorial barcelonesa Henrich y Compañía; su novela se titula Ganarás el pan. A partir de 1909 inició su colaboración novelesca en la famosísima revista El Cuento Semanal, fundada -1907- por Eduardo Zamacois, publicando en ella La celada de Alonso Quijada y Cuesta Abajo. En otras revistas similares -La Novela Corta, El Libro Popular- publicó otras breves narraciones de indiscutible calidad: El misterio de los ojos claros, Ni amor ni arte, Los cigarrillos del duque, La excesiva bondad, La paz del hogar...
Ambicioso de rápida gloria y de pingüe economía, Mata se lanzó a escribir para el teatro, único género capaz de alcanzar provecho y gloria en una sola jornada. Y estrenó, con varia fortuna: En la boca del lobo, La Goya, Uno menos, El nublado... Pero Dios no le había llamado para triunfar en este género, por lo que Mata, entre enojado con la crítica y cariacontecido contra sí mismo, tornó a la novela grande, con la que pronto alcanzó la fama y el dinero que había buscado inútilmente en el teatro. Corazones sin rumbo -1916- le alcanzó un éxito sin precedentes casi en las modernas letras españolas; en pocos años se agotaron una veintena de copiosas ediciones, y el Círculo de Bellas Artes, de Madrid, le otorgó su «Gran Premio de Literatura». Dueño ya de una enorme masa de lectores -entre las clases sociales alta, media y baja-, seguro de sí mismo y del camino que había tomado con tan singular acierto, Pedro Mata acabó de popularizarse y de enriquecerse con Un grito en la noche, Muñecos, Irresponsables, El hombre de la rosa blanca, Una aventura demasiado fácil, El hombre que se reía del amor, Más allá del amor y de la vida, Más allá del amor y de la muerte, La reconquista, El pájaro en la jaula, Chamberí, Una mujer a la medida, Las personas decentes, El amor de cada uno, Celosas...
Pedro Mata fue un novelista realista. Su secreto estuvo en su extraordinaria facilidad para interesar y conmover a los lectores. Su maestría narrativa fue tal, que de una insignificancia hizo un cuento notable, y de un asunto universal -por lo común y conocido- una novela larga de culminante éxito. No cabe ocultar que entre 1916 y 1936 fue el novelista de más lectores en España. Excedió al mismo Blasco Ibáñez en el número de ejemplares vendidos de sus novelas, de algunas de las cuales la tirada superó la cifra de doscientos mil. El «otro secreto» de Pedro Mata consiste en haber mezclado con sabiduría las dosis de espiritualidad, sensualismo, psicología y de sentimentalismo, que convienen al gran público español. El estilo de Mata es natural y sencillo. Su vocabulario, muy de cada caso y de cada boca. Y dibuja y colorea con el arte suficiente los caracteres de sus personajes y los ambientes donde estos se desviven por lo cotidiano.
En sus primeras novelas cultivó un madrileñismo con verdad y fortuna. Sin embargo, no fueron estas las novelas que le dieron fama, sino las posteriores, en las que toca temas complicados con las costumbres de la mesocracia, los amores sentimentales, y unos problemas que él juzga trascendentales. Con estas novelas Mata se convierte en el Georges Ohnet español; los dos muy preocupados por filosofías sociales de alto vuelo; los dos, justo es reconocerlo, con una habilidad narrativa cautivadora de las grandes masas de lectores. Mata me parece superior a Ohnet, con mucho; algo así como un gran discípulo de Paul Bourget, y parecido al actual «Pedro Mata francés»: François Mauriac.
En carta dirigida al historiador y crítico literario Julio Cejador, Mata confesaba: «Mi ideal es de una simplicidad primitiva. Creo en la juventud, en el amor, en el bien y, sobre todo, en la alegría de vivir. Creo en la justicia inmanente e inexorable de la vida. Creo que toda la filosofía de la Humanidad se puede compendiar en dos aspiraciones: perfeccionar la moral y mejorar el bien vivir, hacernos más felices y más buenos. Este es mi ideal artístico como finalidad. Como procedimiento, también es muy sencillo: interés, sinceridad, amenidad, emoción... Nada más.»
Para integrarse en nuestro catálogo han sido seleccionadas tres de sus mejores novelas: Un grito en la noche, Corazones sin rumbo y El hombre que se reía del amor. Todas ellas, indiscutiblemente, las más famosas, las más veces reimpresas, las más traducidas.
En resumen, Pedro Mata es un escritor al que hay que leer y saborear. Pocos como él pueden encuadrarse en la primera fila de los escritores contemporáneos españoles.
BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL
ENTRAMBASAGUAS, JOAQUÍN DE: Las mejores novelas contemporáneas. Tomo V. (Contiene una precisa biografía del novelista y una bibliografía casi exhaustiva.) Editorial Planeta. Barcelona, 1959.
SAINZ DE ROBLES, FEDERICO CARLOS: Historia y Antología de la Novela Corta (española). Aguilar. Madrid. Varias ediciones.
CANSINOS-ASSENS, RAFAEL: La Nueva Literatura. Tomo IV. Madrid, 1927.
CEJADOR, JULIO: Historia de la lengua y literatura castellana. Tomo XII.
NORA, EUGENIO G. DE: La Novela Española Contemporánea. Tomo I: 1898-1927. Ed. Gredos. Madrid, 1950.
Federico Carlos Sainz de Robles
CORAZONES SIN RUMBO
A...
Me dio ayer tarde, para matar el tiempo, la idea de revolver cosas antiguas, y en el fondo de un cajón de la mesa, con otros cien objetos que dormían el sueño del olvido, hallé, dentro de un sobre, marfileño ya por la pátina de los años, un retrato tuyo: una vieja fotografía iluminada, con tierna y expresiva dedicatoria al dorso. ¿La recuerdas? ¡Cómo no! Por muy rápidamente que pretendamos escribir la vida, hay líneas en la cartulina de los retratos y en el corazón de las mujeres que no se borran nunca.
Yo la recordé enseguida. Bien es verdad que yo soy un pobre hombre que siento como ninguno la melancolía de las cosas que fueron. Como a Pigmalión, me encanta recrearme a diario en mi obra y es mi mayor placer, cuando a solas me veo, hojear el poema de mi vida, el viejo poema de mis muertos amores. Por eso un retrato, un lazo descolorido, una carta arrugada, una flor seca, tienen a veces para mí más encanto y me despiertan emociones más vivas que todos los dramas de Shakespeare.
Me complace resucitar viejos recuerdos. Con anhelo de egiptólogo que descifra el enigma de un papiro, me agrada revivir historias de otros días, y aunque no soy filósofo, afortunadamente, aunque tomo las cosas conforme son, sin preocuparme nunca de porqué son así, en estas viejas historias de amores me gusta profundizar hondo, muy hondo, meterme en las almas y adivinar los secretos, las exquisitas intimidades de las mujeres que he querido.
Tú eres, de todas, la que más he querido. Imagina, pues, qué pasaría ayer por mí cuando saqué del sobre marfileño tu fotografía iluminada.
Te he querido mucho. Bien sabes que no lo digo para ganarme benevolencias tuyas, a las cuales no aspiro ya. Por suerte o por desgracia, más por desgracia que por suerte, he vivido lo bastante para saber que los días que pasaron, pasaron para siempre, que es tarea inútil apuntalar ruinas y renovar amores. El nuestro acabó porque tenía que acabar, y demos todavía gracias porque terminó a tiempo, cuando el hielo del hastío no se había aún apoderado de nosotros. Por eso nuestra separación, aunque dolorosa, ¿qué separación de amantes no lo es?, no fue desesperada. Nos queríamos tanto, éramos tan jóvenes, tan inocentes, tan sentimentales y tan felices, que no puede pasar por nuestra frente ni la sospecha solo de que con el tiempo se envejece y se olvida. Nosotros no creíamos en el tiempo. Por eso aunque el tiempo ha pasado y han pasado tantas cosas y se ha renovado tantas veces la primavera en mi alma y han brotado en ella tantas flores de amor, el recuerdo del tuyo ha persistido siempre, persiste y persistirá, y el día que yo muera, si muero lúcido, mi último pensamiento será para ti. Porque tú eres, de todas las mujeres, la que más he querido; porque tú eres la única de quien no conservo una emoción desagradable; la única a quien conocí siempre enamorada y joven, a quien no vi marchitarse las rosas de su cara ni envejecer su corazón.
Ahora comprenderás por qué sentí ayer tarde una emoción tan honda cuando saqué del sobre marfileño tu fotografía iluminada.
Amigos oficiosos, de esos que creen que todas las nuevas, por el hecho de ser nuevas, han de ser agradables, de tarde en tarde me las traen de ti. Por ellos sé que vives feliz, que tienes un marido que te ama y te respeta, y unos chiquillos rubios que te llaman mamá. Sé que en la calma apacible de tu pueblo los años resbalan sobre ti tranquilos y agradables; sé que eres muy hermosa y que eres muy buena y que eres muy feliz. ¿Feliz? Sí; yo sé que eres feliz.
Acaso algún día.,.. estos días serenos del otoño, cuando del brazo de tu marido, rodeada de tus chiquillos rubios bajas a la estación a ver pasar «el tren de Madrid», tus ojos recorren las ventanillas de los coches, buscando con ansia el encuentro de otros ojos queridos; acaso cuando el tren ha partido resbalando sobre los rieles y es sólo una sombra que se desvanece en la lejanía, una lágrima empaña tus pupilas y un suspiro se escapa de tus labios y un punto de tristeza te oprime el corazón; pero esto es instantáneo, pasajero, fugaz como el tren que cruzó; sé que enseguida vuelves a recoger la santa calma, y otra vez tranquila, contenta, satisfecha de la vida y de ti, regresas al pueblo colgada del brazo de tu marido, rodeada de tus chiquillos rubios que te llaman mamá.
Porque sé todo esto, porque tengo la convicción de todo esto, a pesar de que te quiero tanto, nunca he tenido valor para meterme en uno de los coches del « tren de Madrid» que pasa por tu pueblo; he tenido miedo de que, al asomarme a la ventanilla, buscando el encuentro de otros ojos queridos, no hallara los tuyos. Esto me habría hecho mucho daño; me habría parecido que me faltabas a una cita. Pero aún me habría hecho más daño lo contrario. Porque, con franqueza, con lealtad: ¿Tengo derecho a turbar tu reposo? ¿Tengo derecho a manchar con mi presencia la diafanidad de tu vida? No. Yo sé que no.
Y todavía sé más. Sé muchas cosas que no sabía cuando te amaba; sé ya que con el tiempo se envejece y se olvida. Yo guardo de ti una impresión muy grata; no la quiero perder; no estoy tan sobrado de ilusiones que me pueda permitir el lujo de buscarme a sabiendas desengaños. No quiero saber cómo eres, sino cómo has sido. Quiero, siempre que te recuerde, gozar la emoción intensa, honda, que ayer tarde sentí cuando saqué del sobre marfileño tu fotografía iluminada.
* * *
Sobre la mesa, esperando la mano que las corrija, tengo unas largas tiras de papel impreso: son las pruebas de un libro; una historia de amores o varias historias de amor, no lo sé a punto cierto.
Las escribió Luis de Guzmán. Tú que conociste a Luis de Guzmán, que como yo alcanzaste la fortuna de llamarle amigo; tú que sabes cuánto valía aquel hombre soñador, sentimental, vicioso y exquisito, verás, cuando leas estas páginas, qué leal sinceridad alienta en ellas. Algunas, sin embargo, te desconcertarán. Aunque tú no seas -en buena hora sea dicho- una profesional de la literatura, sabes demasiado cuánto me maravilló siempre tu buen gusto, el tacto discretísimo con que aciertas a separar el oro de la escoria. Si en esto del buen gusto pudiera haber exceso, yo diría que el tuyo es excesivo.
Sí; estoy seguro de que muchas de estas páginas te desconcertarán. Te costará mucho trabajo comprender cómo un hombre que escribe tan pulcro, tan diáfano, tan limpio, puede ser al mismo tiempo bárbaro, pedestre, incorrecto y ramplón. Y puesta ya en la corriente resbaladiza de la duda y del afán curioso de querer indagar el porqué de esta y de otras muchas sinrazones que en el libro has de ver, acaso llegues a la definitiva conclusión de que la culpa es mía. No me defenderé. Es más: reconozco leal y claramente que, en el fondo, te sobra la razón. Desde el momento en que eché sobre mí, voluntario y gustoso, la responsabilidad de la publicación de estas cuartillas, justo es también que me haga solidario de cuantos vicios y errores hay en ellas. Pero... oye; aquí para los dos..., guarda el secreto; no lo digas a nadie: escribir bien es muy fácil. Quiero decir que la materialidad de escribir, de coordinar una frase, pulir un período, redondear un párrafo, sustituir un gerundio, escoger un adjetivo, borrar una asonancia, evitar una cacofonía, huir de una sinalefa, truncar una cadena de eslabonados monosílabos no es, en verdad, una cosa tan difícil que no pueda lograrse con un poco de estudio y de consonancia. Sin presunción te digo que si me lo hubiera propuesto, si hubiera tenido un verdadero empeño, decidido y grande, con pasar sobre ellas el rasero implacable de la Gramática las habría dejado tan pulidas que acaso sirvieran algún día de escalinata para la Academia. Más ¿habrían ganado algo con ello? ¿No habrían perdido acaso, con esta labor hecha a destiempo, en frío, sinceridad, frescura, lozanía, el perfume exquisito de su ingenuidad? Ingenuidad, amenidad, sinceridad, emoción; he aquí el secreto, el gran secreto de lo que no se aprende.
Pero, además, ¿por qué ha de ser la belleza la perfección y no el contraste? ¿Habría nada más insoportable que una obra perfectamente bella? ¿Y qué es la belleza? ¿Y qué es la perfección? ¿Lo sabe alguien? ¡Bah!... preceptos, reglas, fórmulas..., ríete de todo eso. Nada hay en el mundo inmutable ni fijo. El agua es arroyo manso, y río caudaloso, y torrente devastador, y mar profundo, y lluvia bienhechora, y, sin embargo, siempre es agua; como el arte es arte, ya se deslice plácido y humilde, ya se encrespe iracundo, ya se desborde en pasiones, ya se derrame sobre la muchedumbre con la lluvia fecunda y bienhechora de la bondad y del bien. Y lo que te digo de las palabras, aplícalo igualmente a las ideas. No te indignes demasiado si hallas en este libro páginas bochornosas. En las tardes más hermosas de la primavera hay ráfagas terribles que desgajan los árboles, chubascos formidables que deshojan las flores. Cuando el nublado pasa queda la tarde más diáfana y más limpia.
Vayan, pues, estas cuartillas tal como van, sin aliños ni retoques. De este modo, si otro mérito no tuvieran -que sí lo tienen-, siempre les quedaría el de la naturalidad y la sencillez.
-¿Con qué te lavas la cara
que siempre tan linda estás?
-Me lavo con agua clara,
y Dios pone lo demás.
Literatura a chorro libre. Así brotó y así debe correr. Dejémosla que corra. Turbia o limpia, manso arroyo, torrente devastador o lluvia bienhechora, el agua siempre es agua.
Y nada más, alma del alma mía, nada más. Sé feliz; sigue viviendo tu vida dichosa en la calma apacible de tu pueblo, con tu marido que te adora y tus chiquillos rubios que te llaman mamá. Yo seguiré consumiendo la inutilidad de la mía en este Madrid de mis fatigas y de mis amores, malgastando las pocas energías que me quedan, entre el periódico y el teatro, estas dos grandes labores antiliterarias y embrutecedoras que dan para comer. En arte no hay más que dos géneros supremos y definitivos: la poesía lírica y el poema sinfónico. Todo lo demás es trabajo material, labor de noria, dominio de técnica, lo deleznable y lo mezquino. Acaso la novela sea un término medio. Yo haría novelas si pudiera. Pero no puedo. Vivo con tal intensidad las mías, que no me queda tiempo para escribir las otras.
Yo sé que este libro llegará a tus manos. Yo sé que tú lees todos mis libros. Sólo deseo, pues, que cuando llegue, cuando con él te encierres a solas en el retiro perfumado de tu saloncito y vayas poco a poco con la hoja afilada del cuchillo desflorando su secreto, página tras página, halles en una de ellas una emoción intensa y honda, tan intensa y honda como la que ayer tarde sentí yo cuando saqué del sobre marfileño tu fotografía iluminada.
Pedro Mata
EL IDILIO
I
María Luisa Heredia, la hija menor de la señora viuda de Heredia, está triste y pálida como las princesas rubias de las leyendas medievales. Sus grandes ojos claros miran sin ver, a través de la escarcha que dejó el frío, dormida en los cristales. Sus brazos caen rendidos; los dedos se entrelazan con abatimiento doloroso.
-¿Usted no quiere té? -me pregunta la señora de Heredia, fijando en mí sus ojos pensativos.
-Sí, señora -respondo, y maquinalmente tomo la taza, y maquinalmente me pongo a mover la cucharilla para diluir los terrones de azúcar.
Qué gran cosa es una taza de té cuando no tiene uno nada que decir o cuando tiene que decir demasiado. Su vaporoso aroma, al pasar por mi frente, acariciándome, parece que lleva, compasivo, inquietudes y preocupaciones; el repiqueteo de la cucharilla me distrae, y cuando, después de contemplar un rato los exóticos dibujos de la porcelana y los dorados reflejos del líquido, me decido a beber un sorbo, y luego un trago, y luego el contenido de la taza entero, respiro satisfecho, contento de haber hallado, al fin, un pretexto para romper el silencio que nos abruma.
-¡Qué té más exquisito! Es verdaderamente delicioso.
-Sí; es muy bueno -contesta la pobre señora, con el mismo tono con que podía decir: «Parece que llueve.»
Hondo suspiro cierra luego la frase, y una sombra de tristeza nubla sus pupilas. Entonces me doy cuenta de que dije una tontería, y me callo de nuevo, avergonzado. Aquel té se lo envió su hijo Antonio cuando fondeó en Shanghái la corbeta Nautilus. Antonio es guardia marina. Pronto hará un año que navega a través de los mares.
La mirada de la señora de Heredia vaga, sin posarse por los cuadros de la sala. Seguro que la pobre señora piensa en este momento lo mismo que yo: ¿Dónde estará Antonio? ¿Dónde estará ahora la corbeta Nautilus? Enciendo un cigarro, hago girar la butaca y me sepulto en ella de espaldas al balcón.
-María Luisa, hija mía, ¿no quieres té?
-Sí, mamá.
Oigo detrás de mí cómo sus pies huellan la alfombra con pasitos menudos; sin verla, noto en mi ser la clara sensación de que se me aproxima; escucho el tenue glu... glu... glu... del té al caer en la taza, el arañar de las tenacillas en los terrones ásperos; después, nada; después, los piececitos que se alejan, hollando de nuevo la alfombra, camino del balcón.
-María Luisa...
-¿Qué quieres, mamá?
-¿Qué haces ahí?
-Nada.
-¿Qué miras?
-Nada.
-Ya lo oye usted, nada; siempre nada; siempre lo mismo. Estamos divorciadas. Ni ella me entiende a mí, ni yo la entiendo a ella. ¿Verdad que es muy triste para una madre no contar con la confianza de su hija?
Calla un instante aguardando mi respuesta; pero como yo nada contesto, suspira y sigue:
-Estos días nublados me entristecen mucho. Tengo frío. ¡Esta casa es tan fría! Ya ve usted, he tenido que decir que enciendan... ¿Quiere hacerme el favor, y usted perdone, de echar otro leño en la chimenea? A nosotros los viejos nos gusta mucho la chimenea.
«¡Ah, señora -pienso yo para mí, mientras cumplo solícito la orden-, benditos sean aquellos que gustan todavía de las antiguas chimeneas! ¡También yo gusto de ellas; también a mí me complace ver cómo los leños chisporrotean sobre los morrillos, crepitan, crujen, se quiebran y caen sobre la ceniza, que los recibe generosa; también a mí me agrada el calor de la leña, este calor dulce y suave que...!»
La señora de Heredia interrumpe mis reflexiones:
-Tengo que pedirle un favor.
-Todo lo que usted quiera, Guadalupe.
Ella entonces acerca hasta mi hombro su cabeza blanca y me confía sus pesares. María Luisa le tiene muy disgustada. ¡Oh, muy disgustada, muy disgustada! En pocos meses esta niña ha cambiado por completo. No come, no duerme, está siempre triste... Miss Fany dice que la ha visto llorar.
Todo esto me lo cuenta la pobre señora en voz baja, muy baja, como si se tratara de un secreto muy grave; y yo, que todo esto lo tengo ya olvidado; yo, que leo como en un libro abierto en el corazón de María Luisa, no encuentro para esta pobre madre que me pide consuelo más que vulgaridades y tonterías, y para no decirlas, callo y me hundo en la butaca y miro cómo los leños se consumen en los morrillos de la chimenea.
Implacable, la señora de Heredia continúa:
-Nadie sabe lo que tiene; nadie la entiende. Yo misma he tenido que suspender mis preguntas, convencida de que solo sirven para entristecerla más y más. La ha visto el médico dos o tres veces. Ya le conoce usted: Miranda. Es un gran médico, uno de los primeros clínicos de Madrid; todo el mundo lo dice, y cuando lo dicen habrá que creerlo; pero lo cierto es que a nosotras no nos entiende. Yo, desde que Atienza se murió, no tengo un día bueno. Y de María Luisa no hablemos. Con María Luisa, Miranda no da pie con bola. ¡Atienza sí que la conocía! ¡Señor, como que la vio nacer, como que fue él quien la sacó al mundo! Y luego tan atento, tan amable, tan meticuloso. A mí este Miranda no me gusta. No se fija, no se entera; viene siempre con prisas, siempre con el reloj en la mano; hace cuatro chistes, nos habla de modas, de teatros, de frivolidades, receta un específico y se va. Todo lo arregla con específicos y reconstituyentes. Yo, Dios me perdone, pero creo que lleva participación con el farmacéutico. Con un hombre así no hay manera de que una sepa jamás a qué atenerse. Poniéndome muy seria he conseguido que reconozca a María Luisa; un reconocimiento detenido, largo; pero nada, dice que no tiene nada, que está muy bien, que no hay lesión alguna, que todos los órganos funcionan normalmente. Y, sin embargo, ya lo ve usted: cada vez más delgada, cada vez más pálida, cada día más triste.
Da un profundo suspiro -la señora de Heredia siente marcadísima predilección por esta clase de expansiones sentimentales- y se pasa la mano por los ojos, no sé si para ahuyentar un recuerdo o para enjugarse una lágrima. Después se inclina sobre la chimenea, agrupa torpemente con las tenazas las brasas desperdigadas de un tizón que se ha roto, se hunde otra vez en el sillón y sigue:
-Esta hija mía es una criatura tan especial... Está tan consentida, tan mimada... Tiene una manera tan extraña de ser... Yo he tenido otras hijas: María Teresa, María Victoria, Encarnación... A María Victoria ya la conoce usted; qué buena, qué sensata, qué razonable... Pues si hubiera conocido a las otras, sobre todo a María Teresa... ¡Oh, María Teresa, qué encanto de mujer! ¡Hija de mi alma! (Aquí otro suspiro.) Pero esta María Luisa no sé a quién ha salido. No se parece a nadie…
-Sí, realmente -me decido a interrumpir por decir algo-, es un poco especial.
Como si no me oyera, la señora de Heredia continúa:
-Esta naturaleza nuestra, amigo Luis, debe de ser una cosa muy complicada y muy imperfecta, porque si no fuera así, ¿cómo se podría explicar que hijos nacidos de los mismos padres, criados en la misma casa, de la misma manera, con igual trato, iguales atenciones e idéntico cariño, salgan tan diferentes entre sí? Yo, cuando leo en los periódicos estas cosas que cuentan de las maravillas de la educación, me permito dudar, un poco escéptica. No creo en los milagros de la educación. La educación mejora, pero no modifica. Lo que llevamos dentro, dentro está, y ello me encamina por el mundo. María Luisa es como es porque sí, porque así nació, porque está constituida de esa manera, porque indudablemente sus nervios y su sangre, y su piel, y su corazón no son como los de sus hermanas, como los míos, como los de usted; son... de otro modo. Y no crea que esto es de ahora, no; toda la vida fue igual, desde pequeña. Chiquitita, chiquitita, de mantillas, nadie podía en casa, en su presencia, coger en brazos a otra criatura sin que rompiese en llanto; pero ¡de qué modo!: desconsolada, acongojada, a gritos. Parecía que se iba a accidentar. Poco después, algo mayor, de corto, una vez que despedí a la niñera, no sé por qué motivo, tuve enseguida que volverla a tomar, porque la niña se me puso mala de sentimiento. Cuando yo cuento estas cosas, se ríen de mí; dicen que son exageraciones de madre, chifladuras de vieja; que todos los niños son iguales. No es verdad; María Teresa, María Victoria, Encarnación, Antoñito, no fueron nunca así. Verá usted lo que sucedió con Antoñito. Tenía María Luisa cinco años y Antoñito... siete; sí, eso es, ¡se llevan veintidós meses! Había estado mi marido comentando de sobremesa una noticia que traía un periódico, un crimen que había habido en París entre dos cocotas, dos mujeres que estaban enamoradas del mismo hombre. Una de ellas aguardó a que su rival estuviese dormida; a medianoche se acercó a la cama y la acribilló el cuerpo a puñaladas con los agujones del sombrero. El comentario cruel de la noticia estaba en que el hombre se decidió desde aquel momento por la vencedora. Nadie, como usted comprenderá, dio a la conversación más importancia que la que tenía; se habló de ello incidentalmente, como se habla de tantas cosas, y nada más. Pero verá usted, verá usted: llega la hora de acostar a los niños, les dejamos a cada uno en su camita; María Luisa y Antoñito, que eran los dos pequeños, dormían en la misma alcoba, uno al lado del otro, y los dos al cuidado de una muchacha, que, como es natural, se acostaba más tarde; se marcha Inocencia a la calle, y cuando yo me disponía a recogerme el pelo, oigo de pronto unos gritos horrorosos. Ya se figurará usted lo que había ocurrido. María Luisa había saltado de la cama, cogido del tocador de María Victoria unos agujones de sombrero, y había querido pinchar a su hermano. Excuso decirle a usted, al primer arañazo la escandalera que armó el otro. «¡Mamá!..., ¡mamá!... » Cuando entramos, aquello era un campo de Agramante: las camas deshechas, las sillas por el suelo y los dos en pijama; la niña todavía con los aguijones en la mano, y Antoñito cubriéndose con la almohada a manera de escudo y dando unos chillidos horrorosos. Yo, inmediatamente, me di cuenta de todo lo que había pasado por la cabeza de María Luisa: la historia, los alfileres, la falsa creencia de que se quiere más al que hace daño, al más fuerte... Y, en efecto, era todo eso. María Victoria, que siempre ha querido muchísimo a su hermana, y que fue primeramente quien la cogió, no sé si por librarla del cachete que se le venía encima o solo en realidad para comprobar estas sospechas que le asaltaron como a mí, le decía: «Pero, niña, ven acá; ¿tú sabes lo que vas a hacer? ¿No comprendes que eso no se hace? ¿No ves, borrica, que le podías hacer mucho daño, que le podías matar? ¡Pobre Antoñito! ¿Por qué hacías eso?» Y la niña, todo acongojada, entre puchero y puchero, y un hipo y otro hipo, se limitaba a contestar por toda explicación: «Pos po que lo quieréis más que a mí..., pos pa que me quieréis más a mí... » Naturalmente, hubo que darle unos azotes. Y no fue esto lo peor. Lo peor fue que cuando María Victoria, que no podía oír a la niña llorar, fue a hacerle una caricia para consolarla, yo me interpuse, y con gran energía, precisamente con objeto de que lo sintiese, para hacerle comprender toda la gravedad de su falta, le dije: «¡No la beses; no la quieras! A las niñas que son malas no las quiere nadie. Desde hoy, en esta casa, no queremos más que a Antoñito. Ven tú, Antoñito, rico, vida mía, esta noche dormirás con mamá.» Esto de dormir con mamá ya comprenderá usted que era para evitar la reproducción de la tragedia. Nunca lo hubiese hecho. A la mañana siguiente, muy temprano, la criada, toda asustada, entró en mi cuarto para decirme que la niña estaba muy mala. Llamamos al médico al acto. Cuando vino, la niña tenía cuarenta grados de calentura. Por fortuna, aquello no tuvo más consecuencias que el susto; se puso pronto buena, pero no fue con medicinas ni potingues; fue con mimos, con ternura, con caricias, con besos. Dicen que esto es envidia, y yo digo que no, Guzmán; yo digo que esto es otra cosa más fuerte, muchísimo más honda; es ceguedad de amar, sed de ternura, ganas de querer y de que la quieran a una con toda el alma. Hablamos de los niños y no los conocemos. ¡Qué sorpresas encontraríamos si fuéramos tan puros que pudiéramos descender al alma de los niños! ¿No cree usted, Guzmán?
-Indudablemente, señora, los niños son lo único bueno que hay en este mundo.
-Por lo menos, son lo mejor.
Se apoya un momento sobre el codo, vuelve la cabeza, y señalando a la mesita:
-María Luisa, hija mía, ¿quieres hacerme el favor de decir que se lleven esto? Y tú, guarda el té; ya sabes dónde.
Luego se inclina a mí, y en voz baja, a manera de explicación:
-Lo guardo porque me queda ya muy poco, y ¡es tan bueno!
-Sí, señora, es muy bueno Y, además, es recuerdo de Antonio.
Esto último no lo digo, pero lo pienso, y, sin querer, sonrío.
Ella comprende todo el valor de esta sonrisa, y avergonzada, como un chico cogido en un embuste, baja los ojos y sonríe también. María Luisa sale de la sala llevándose la bandeja del té. Sus piececitos ágiles repiquetean en el entarimado del pasillo. Luego se oye una voz: «¡Teresa!... » Y otra voz que responde: «¡Señorita!» Tamizados por la batista del stor, caen sobre los muebles los últimos reflejos de la tarde. Un piano desgrana lentamente a lo lejos unas notas confusas y tristonas. La señora de Heredia vuelve a suspirar.
-Esta hija mía, como no cambie, me va a costar muchísimos disgustos. Hace tiempo que tengo, no sé por qué, el presentimiento de que va a ser muy desgraciada. Sí, créalo usted, esta chiquilla no puede ser feliz; tiene demasiado corazón. Le digo a usted que estoy verdaderamente preocupada. ¡Si al menos María Victoria estuviera en Madrid! María Luisa quiere con delirio a su hermana, tiene con ella una confianza sin límites... Estoy segura de que si María Victoria se hallase en Madrid, a estas horas ya le habría sonsacado todo lo que le pasa. Porque a ella, indudablemente, le pasa algo. Esa tristeza, esas lágrimas, esa preocupación constante, por fuerza tienen que responder a algo. Hay un motivo. Y esto es lo que quiero consultarle a usted. Usted es un buen amigo..., un hombre de mundo..., conoce usted muy bien la vida... ; vamos a ver..., Guzmán: ¿usted qué haría? -acerca de la butaca, se acoda en las rodillas, entrelaza los dedos, y mirándome de hito en hito-: Verá usted: yo había pensado...
Lo que Guadalupe Heredia había pensado era, sencillamente, enviar a María Luisa a Cádiz a pasar una temporada con María Victoria. Con una serie inacabable de rodeos y circunvoluciones, la buena señora quiere convencerme, ¡a mí, que estoy de antemano completamente convencido!, de las grandes ventajas que por todos conceptos tendría este viaje para el estado sentimental de María Luisa. Pero María Luisa no quiere; dice que no quiere dejar sola a su madre. Esto podrá ser un pretexto, podrá ser verdaderamente un motivo; lo cierto es que no quiere.
-Bueno, ¿y por qué no va usted también?
-¿Quién, yo? ¡Pobre de mí! ¡Imposible! ¡Si estoy imposible! ¿Usted sabe cómo estoy yo? Hecha una calamidad..., llena de alifafes. Si no tengo un menudillo sano.
No hay manera. La señora de Heredia no acepta, ni en hipótesis, el magno sacrificio de semejante expedición. Ella no puede salir de Madrid. Mas si ella no sale, María Luisa tampoco. Por este lado el problema no tiene solución. Veamos, pues, por otro. Es indiscutible que María Luisa está enamorada. Pero ¿de quién? He aquí el misterio, el tremendo misterio. La señora de Heredia se encuentra en este punto completamente a oscuras. Ella no sabe nada. Por más que indaga, por más que mira, por más que reflexiona..., nada, ni la menor sospecha. Si esta criatura tuviese novio, y este novio fuera como son todos los novios del mundo, de carne y hueso, parece lo lógico y lo natural que le escribiera, que la siguiese, que la pasease por la calle, que se plantara bajo los balcones y... nada.
-Estos balcones -afirma rotundamente la señora de Heredia- no los mira nadie. La miss me ha dado su palabra de honor de que nadie las sigue cuando van por la calle. Aquí no se reciben cartas. ¿Qué debo pensar de todo esto?
Hace una pausa, cambia de postura, y con tono cada vez más grave prosigue:
-Usted, amigo Guzmán, creo que me conoce lo bastante para juzgarme bien. Yo no soy una madre intransigente, yo no he contrariado jamás los sentimientos de mis hijas. Las he dejado siempre en absoluta libertad de acción. Me he limitado a dar un consejo, cuando lo he creído oportuno; a hacer una advertencia; a guiarlas por el buen camino, nada más. Usted comprenderá que no voy a hacer ahora con esta lo que no hice con las otras. Si María Luisa quiere tener novio, allá ella. Yo no me meto en nada. Con tal de que sea una persona decente, me doy por satisfecha. Y en este punto he de suponer que María Luisa, por propia dignidad, no ha de poner los ojos en quien no lo merezca. De manera que...
La entrada de María Luisa en la sala corta el diálogo. La señora de Heredia coge las tenazas, se inclina de nuevo sobre la chimenea y finge interesarse mucho en el arreglo de la lumbre. María Luisa, como si no existiéramos, pasa de largo; se dirige al balcón, alza el stor y apoya de nuevo la frente en el cristal. Su madre la sigue con los ojos, mueve muy triste la cabeza, suspira y otra vez se aproxima a mí.
-Le he dicho a usted antes, Guzmán, que deseaba pedirle un favor.
-Y yo le he dicho a usted, señora, que todo lo que quiera.
-Gracias, Luis. Bien; pues yo deseaba que hablara con María Luisa. Usted nos quiere muy de veras, tanto a ella como a mí. Ella también a usted le estima mucho. Tiene en usted gran confianza. ¿Quiere hacer el favor de hablar con ella?
Yo trato de defenderme.
-Es una misión muy delicada. Acaso María Luisa...
-¿Qué?
-Quizá se moleste.
-No. ¿Por qué?
-Sin embargo...
-Prométame cuando menos que lo intentará.
-Bueno, señora, lo intentaré.
-Gracias, muchas gracias; ya sabía yo que era usted un buen amigo.
En seguida se levanta y agrega en alta voz:
-Con el permiso de usted voy a dar algunas órdenes. María Luisa, haz un rato de compañía al señor De Guzmán.
Y se va.
Un enorme gatazo blanco y rojo salta majestuosamente y se enrosca en el asiento, caliente todavía, que su dueña ha dejado vacante.
II
-María Luisa...
-¿Qué quieres?
-¿Qué miras?
-Nada.
-Pues si no miras nada, ven a mi lado.
-Ya estoy a tu lado.
-Siéntate.
-Espera; encenderé antes.
-No; ¿para qué? Bien estamos a oscuras. La luz es enemiga de las confidencias.
-¡Ah! ¿Me vas a hacer una confidencia?
-No; me la vas a hacer tú.
-¿Yo?
-Tú.
Callamos un instante; yo, para encender otro pitillo; ella, para expulsar al gato, tarea algo difícil, porque el animalito le ha tomado gusto a la butaca. Por fin se levanta, bosteza, arquea el lomo y se marcha pausadamente estirando las patas.
-Conque una confidencia, ¿eh?
-Sí, una confidencia.
Y de nuevo callamos. ¿Tendrá razón Maeterlink? ¿Será cierto que cuando tenemos realmente algo que decir nos vemos obligados a callar? Por mi parte, confieso ingenuamente que no se me ocurre nada. En vano trituro la imaginación para encontrar una frase ingeniosa, una frivolidad. El silencio, el terrible silencio, precursor de las verdades íntimas, se ha interpuesto entre nuestra franqueza y nos sella los labios. Las sombras del crepúsculo pesan sobre nosotros; en la negrura de la chimenea las llamas se retuercen; el viento llora con lastimero y lúgubre gemido.
-María Luisa, tengo que hablarte. Tu madre está muy disgustada contigo, y con razón. Dice que no tienes confianza con ella, que no la quieres; no diré yo tanto, pero sí me atreveré a aconsejarte que modifiques tu manera de ser. No está bien lo que haces, María Luisa.
-¿Qué hago yo?
-Demasiado lo sabes. No es necesario que te lo repita.
-No te entiendo.
-María Luisa, hablemos como buenos amigos. Comprenderás que a mí no puedes engañarme. Eso se queda para tu pobre madre, que, cegada por el cariño, no ve lo que pasa en tu alma. Yo sí lo sé, nenita. No hay en ello ningún milagro. Me voy haciendo viejo, y para un viejo ya sabes que una niña siempre tiene el pecho de cristal. De cristal finísimo es para mí el tuyo. ¿Quieres que te hable más claro, María Luisa?
Ella no contesta. Hundida en la butaca, sus grandes ojos claros me miran fijamente.
-Lo que haces -continúo- no está bien en una muchacha formal y razonable como tú. Estás dando que pensar a la gente, y eso no puede ni debe ser. Es necesario que cambies de conducta y de vida; que te animes; que te distraigas. No quiero verte triste.
-Si no estoy triste.
-Sí, nenita, lo estás. Tienes la peor de todas las tristezas: la del aburrimiento, que a tus años es una enfermedad muy peligrosa.
Entorna los párpados, alza los hombros y frunce la boca con un mohín cansado de indiferencia y de desdén.
-María Luisa, no seas niña y escúchame. Tú no puedes dudar que yo te quiero.
-No lo sé.
-¡Ah!, pues no lo dudes. Te quiero muchísimo. Te quiero más que..., pon la comparación mayor que encuentres, y todavía resultará pequeña. María Luisa, yo no he tenido nunca hijos; no sé si este cariño será, en verdad, tan grande como dicen; pero te juro que si tuviera uno, por muchísimo que le quisiera, no le querría tanto como a ti.
-¡Me quieres como a una hija!
-Lo mismo.
A los cárdenos reflejos de la chimenea veo todo su cuerpo temblar en la butaca. Yo también he temblado; el latigazo de dolor me ha sacudido desde el corazón hasta la nuca. La boquilla de espuma se ha roto entre los dedos. Pero yo lo he dicho. Y después de decirlo he respirado fuerte. Parece que me he quitado un gran peso de encima. Ya me siento mejor; ya estoy tranquilo; ya puedo hablar con serenidad y con reposo.
-Es necesario que modifiques tu manera de ser. Así no puedes continuar. Eres demasiado sentimental y demasiado impresionable. Quieres vivir solo con el alma, y la vida es contraste, equilibrio y ponderación. Tienes formada del mundo una idea completamente equivocada, y es preciso que la modifiques descendiendo a la realidad. Ya has dejado galopar bastante a la imaginación por campo libre; refrénala ahora y encáuzala por las calles de la vida para que aprendas cosas nuevas. El mundo no es tan aburrido como supones; al contrario, es muy divertido y muy alegre, y en él se vive muy bien, sobre todo cuando se posee la doble fortuna de ser guapa y de tener dinero. Desde mañana te voy a enviar mi automóvil, ya que tu madre por desidia y tú por indiferencia no os habéis preocupado de arreglar el vuestro; desde mañana vas a salir todos los días con tus amigas; o sola con la miss, si lo prefieres; está la Castellana que es un encanto. Además, te traeré un abono de la Princesa, un palco principal, el de los Spínola, a quienes se les ha muerto la abuela, y lo ceden. Precisamente, ayer me hablaron de ello. Así, ¿te parece bien? ¿Lo harás, nenita?
-Ya sabes que yo hago siempre todo lo que tú mandas.
-Así, así te quiero, razonable.
-Ni razonable, ni no razonable. Cuando tú mandas una cosa, nunca me meto a averiguar si es razonable o no. La mandas, y la cumplo. Ya lo sabes. Ya sabes que yo no hago nunca más que lo que tú quieres.
-Bueno; pues ahora «quiero» que seas feliz.
-¡Feliz!
Da un suspiro muy hondo y se muerde los labios. Corro la butaca, me acerco a ella, oprimo dulcemente sus manos en las mías, y le digo, mirándola a los ojos:
-Sí, feliz, feliz. Me he propuesto que seas feliz, y lo serás. Por encima de lodo, por encima de ti misma, lo serás.
Suspira de nuevo y de nuevo se muerde los labios. Hay una pausa larga. Los cortinajes apagan en sus pliegues los últimos reflejos del crepúsculo. Las sombras crecen. Enroscado sobre la alfombra, el gato ronronea.
-Te agradezco muchísimo tus buenos deseos; pero permíteme que te diga que estás completamente equivocado. No son diversiones ni distracciones lo que yo necesito; es..., es otra cosa. En fin, ¡cómo ha de ser! Es el primer desengaño de mi vida. Tarde o temprano, tenía que llegar. Después de todo, la culpa es mía; nada más que mía. Yo me había hecho la ilusión de que me conocías y no me conoces, Luis, no me conoces.
-Algo más de lo que te figuras.
-Entonces, ¿por qué me hablas así?
-Porque le quiero.
-¡Qué me vas a querer! Tú no me has querido nunca, ¡nunca!, ¡en la vida! ¡Si me quisieras no me tratarías así!
-Te quiero con toda mi alma.
-Como a una hija; ya me lo has dicho.
-Eres una chiquilla.
-Sí, ya lo sé. Ese es el concepto que tienes tú de mí. No soy más que eso: una chiquilla, un trasto... Nunca he sido otra cosa para ti.
Retira las manos, se las lleva a la cara y cae sobre el brazo del sillón, llorando a todo llorar.
El día ha muerto definitivamente. Estamos a oscuras. Apenas una débil claridad, resplandor de una lámpara de la casa de enfrente, pone en el espejo una mancha de luz que, al reflejarse luego plateada y fría como un rayo de luna en un charco de agua, cae sobre las figuras de la chimenea y los cabellos rubios de mi María Luisa. ¡Pobre María Luisa, con qué pena llora; qué suspiros tan hondos; qué dolor el suyo tan sincero y tan grande! Llora igual que cuando tenía cinco años, igual que cuando contaba cuatro meses y, vestidita de mantillas, veía entrar otro niño en su casa. Llanto del corazón, sin fingimiento ni mentira: llanto bendito. Nadie lloró en el mundo de este modo por mí.
-¡María Luisa, María Luisa, mi nena...!
Se quita las manos de la cara, se incorpora y me mira.
-¡Mentira! No soy tuya. No lo seré nunca. ¡No quieres que yo lo sea!
Y, sacudida por otra congoja, vuelve a caer llorando sobre el brazo del sillón.
-No puedo más; mi corazón se rompe.
-María Luisa...
No contesta.
-María Luisa...
Sigue el silencio.
-¡María Luisa...! -gimo yo suplicante.
Ella, sin moverse, sin quitarse las manos de la cara, casi sin voz:
-¿Qué?...
-Oye.
Me acerco a su butaca, me acomodo en el respaldo, separo dulcemente las muñecas, levanto la carita, toda llena de lágrimas, y pegando mis labios a su oído, muy quedo: «Oye...» Y las palabras fluyen apasionadas y acariciadoras, humildes como un ruego, dulces como un arrullo, tiernas como un suspiro, reconfortantes como una promesa, insinuantes como un deseo, abrasadoras como un ascua. Hablo, hablo, y ella me escucha sin interrumpirme, pálida y fría, los ojos aún llorosos, el pecho palpitante, sus manos abandonadas en mis manos y su oído en mi boca, tan cerca, que no sé a veces si la hablo o si la beso.
-Mi nena, mi ilusión, encanto de mi vida, ¡te adoro!
Sus párpados se cierran, sus labios se entreabren y sacude su cuerpo un estremecimiento de voluptuosidad.
-¡Mi nena!
-¡Mi Luis!
-¡Te quiero!
-¿Verdad que sí?
-¡Mucho!
-¿Mucho?
-¡Mucho! Pero no llores.
-No, si ya no lloro.
Se levanta, se pasa los dedos por los ojos y viene hacia mí con los brazos en cruz.
-¿Ves cómo ya no lloro?
Y ante la duda de que no la vea, ante el afán de que la vea, corre hacia el interruptor y da toda la luz.
-Mira, mira cómo no lloro.
Es verdad: ya no llora. Una lágrima clara como un diamante tiembla todavía en el borde de las pestañas; pero ninguna otra la empuja ya. Los párpados se abren; brillan las pupilas; brillan los dientes en el arco de rosa de los labios que ríen; brilla la cara transfigurada de felicidad, y los cabellos rubios bajo el chaparrón esplendoroso de la luz. Todo es luz y brillo y alegría.
-¡María Luisa, mi nena...!
-¿Verdad que sí? ¿Verdad que soy tu nena? ¿Verdad que lo seré siempre, siempre, toda la vida?
Nunca la vi tan exquisitamente encantadora. Está para comérsela a besos. ¡Con acercar los labios! No los acercaré. La alegría y la claridad me han devuelto toda mi sangre fría. Ya soy otra vez dueño de mí. María Luisa no me domina más que cuando llora. Cuando está contenta, soy yo quien la domina.
-Sí, nenita, todo lo que tú quieras; pero... con una condición.
Me mira sorprendida.
-¿Cuál?
-Que no has de decir a nadie una palabra de esto.
-¿De qué?
-De esto que acabamos de hablar.
-A nadie. ¿Para qué?
-A nadie, absolutamente a nadie..., ni a tu madre.
-A mi madre menos que a nadie. ¿Hay otra condición?
-Sí; hay otra.
-¿Y es?
-Que desde mañana harás lo que te he dicho. Cambiarás de vida.
-Cambiaré.
-Saldrás todos los días.
-Saldré.
-Irás a todas partes.
-Contigo.
-Conmigo o sin mí. Irás.
-Bueno.
-¿Te veré siempre contenta?
-Muy contenta.
-¿De veras lo harás?
Se acerca a mí y me estrecha las manos.
-Yo hago siempre todo lo que tú quieras.
Hay un silencio largo. Sus manos me oprimen nerviosas y anhelantes. Sus grandes ojos claros me miran fijamente con expresión infinita de ternura.
-Quedamos en que no le dirás a nadie nada.
-A nadie..., nadie.
III
Acabo de recibir dos cartas: una es del ministro de Hacienda, otra de María Luisa.
La del ministro dice:
«Mi distinguido amigo: Tomo nota preferente de la recomendación que con tanto interés me hace usted para el ascenso a oficial cuarto de la Dirección General del Tesoro, don Agustín López Leal, y mucho celebraré que se me presente cuanto antes oportunidad de complacerle.
»Ya sabe que siempre tiene mucho gusto en servir le su afectísimo», etc., etc.
La de María Luisa:
«Amigo Luis: Esta noche inauguramos el abono de la Princesa. Mamá confía que vendrás a pasar un rato con nosotras. También me encarga que te dé las gracias por tu automóvil. Ayer fuimos con él hasta El Pardo. No dirás que no nos divertimos y que no hacemos todo lo que mandas.
»Recuerdos afectuosísimos de mamá, y tú dispón como siempre de tu buena amiga, María Luisa.
»No dejes de venir.»
En cualquier otra circunstancia ninguna de estas cartas me habría llamado la atención. Enterado de su objeto, lo demás habría pasado para mí convenientemente inadvertido. Leemos y vivimos tan deprisa, que no nos queda tiempo para dar a la vida y a las cartas la importancia que tienen. Una carta no dice nunca lo que quiere decir. Por ejemplo: estas dos cartas que he recibido hoy quieren decir: la del ministro: «Señor diputado de la mayoría: Quedo enterado de que me ha hecho usted una recomendación por puro compromiso en favor de un señor de cuyo nombre no nos acordamos a estas horas ni usted ni yo; y excuso decirle que no pienso ocuparme de semejante asunto. Ya sabe usted que ni ahora ni nunca ha tenido el menor interés por complacerle su indiferente jefe político y parlamentario...»
La de María Luisa es más complicada; pero también la he traducido: Dice así:
«Amigo Luis -es decir, ni amado ni amante-: Te escribo obligada por mi madre, que se empeña en que cumpla por ella el doble deber de cortesía de darte las gracias por el abono y de invitarte al palco. Conste que es ella quien te invita, que por mí puedes venir o no, según te parezca. Mi madre te agradece mucho cuanto haces por tenerme contenta. Yo, en cambio, no te lo agradezco ni pizca, pues sé demasiado que todo son pamplinas y que tú eres el primer convencido de que mi felicidad no va por ahí. Puedes seguir burlándote impunemente de esta pobre mujer que no quieres que sea más que amiga tuya.»
¿Y la posdata? ¡Ah, la posdata! Eso es lo único que ha salido derecho del corazón. Esa línea tan corta, esas cuatro palabras tan escuetas son lo único sincero de la carta. ¡Cuántas cosas quieren decir! Quieren decir: «No hagas caso de lo anterior. Es mentira. Lo escribí en un momento de despecho, de dolor y de pena. Pretendía ser mala contigo. Me hice la ilusión de que podía ser fuerte..., y no lo soy. Ven..., ven..., no dejes de venir. Aunque me hagas sufrir, aunque me hagas llorar, ven. Necesito hablar contigo. Tengo muchísimas cosas que decirte; pero aunque no te las pueda decir, ven. Ven, aunque no me hables, aunque no me mires. Yo, con saber que estás cerca de mí, tengo bastante. Ven.»
Estas son las dos cartas que he recibido hoy. La del ministro, dentro de una hora estará en poder del interesado, que acaso no creerá en ella, y hará bien. La de María Luisa la guardaré como santa reliquia, porque creo demasiado en ella.